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Francisco Brines (1932). Poeta, (Las brasas, Palabras a la oscuridad, Insistencias en Luzbel, El otoño de las rosas, Ensayo de una despedida (1960-1997)) profesor universitario (Cambridge, Oxford), ensayista (Encuentros con los 50) y académico. Página en internet - 1. Francisco Brines 2. Francisco Brines

Carmelo Guillén Acosta (1955), Poeta (Envés del existir, Rosa de invierno, Aprendiendo a querer, Quedar con alguien, Este hilo que enhebro), catedrático de Lengua Castellana y Literatura en el I.E.S. Tartessos de Camas (Sevilla) y director de la colección Adonais de poesía. Página en internet - Carmelo Guillén Acosta



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EL DOLOR -

Texto: Francisco Brines / Comentario: Carmelo Guillén Acosta

La niña,
con los ojos dichosos,
iba - rodeada
de luz, su sombra por las viñas -
a la mar.                                                           5
Le cantaban los labios,
su corazón pequeño le batía.
Los aires de las olas
volaban su cabello.

Un hombre, tras las dunas,                                   10
sentado estaba,
al acecho del mar.
Reconoció la miseria humana
en el gemido de las olas,
la condición conclusa de los vivos                        15
aullando de dolor,
de soledad, ante un destino ciego.
Absorto las veía
llegar del horizonte, eran
el profundo cansancio del tiempo.                        20

Oyó, sobre la arena
el rumor de unos pies
detenidos.
Ladeó la cabeza, pesadamente
volvió los ojos:                                                 25
la sombría visión que imaginara
viró con él, todavía prendida,
con esfuerzo.
Y el joven vio que el rostro
de la niña.                                                        30
envejecía misteriosamente.

Con ojos abrasados
miró hacia el mar: las aguas
eran fragor, ruina.
Y humillado vio un cielo                                    35
que, sin aves, estallaba de luz.
Dentro le dolía una sombra
muy vasta y fría.
Sintió en la frente un fuego:
con tristeza se supo                                              40
de un linaje de esclavos.

(Francisco Brines, "El dolor", Palabras a la oscuridad 1966, en Poesía Española 1935-2000, ed. de Carmelo Guillén Acosta, Novelas y Cuentos, Barcelona 2000, págs: 303 - 308)



ANÁLISIS

Partimos del tipo de comentario de textos más frecuente en los manuales, esto es, aquel que, por encima de escuelas (formalista, semiológica, etc.) se ha impuesto de una manera general. Así pues, dividiremos nuestro trabajo en una breve introducción, donde localizaremos el texto, hablaremos, si procede, de la significación histórica-literaria y, también, si procede, de las distintas influencias. Después, nos detendremos en el contenido temático y conceptual del texto (qué ha tratado de expresar el autor). Seguiremos, refiriéndonos a la estructura en que ha sido expresado el contenido: la externa (componentes métricos) y la interna (lógica de las ideas), y, por ultimo, hacemos un análisis de los aspectos formales y estilísticos del texto en cuestión (recursos literarios, léxico, carga connotativa, etc.). Al final, a modo de conclusión, nos centramos, siempre a partir del texto, en la relación del autor con el conjunto de su obra y su época. Este que proponemos, repetimos, es uno de los muchos métodos que hay para acercarse al texto. Cualquier metodología que arroje luz sobre el hecho literario que se vaya a analizares tan válida como la que aquí sugerimos.

Evidentemente, sabemos que un comentario de texto no es ni una paráfrasis ni un pretexto para hablar de lo que queramos, sino un desvelamiento de una realidad que intentamos comprender y enjuiciar.

1. Introducción

El poema "El dolor" forma parte de la sección VII y última del libro Palabras a la oscuridad (1966) de Francisco Brines, tercera de las entregas poéticas del autor. La segunda es un cuadernillo Materia narrativa inexacta se titula, y la primera, el libro que lo consagró como un poeta con voz propia y con el que obtuvo el Premio Adonais en 1959, Las brisas. Este poema en cuestión está incluido en un apartado de muy diversa temática, si bien el sentido unitario del conjunto lo da la indagación de la desconsoladora condición humana, donde el dolor es ese misterio que nos envuelve y es, a la vez, fuente de meditación.



2. Aspectos temáticos

Con este texto se sitúa Brines en la consideración de uno de los grandes temas de la literatura de siempre: el paso inevitable del tiempo en su continuo sucederse que, ineluctablemente, lleva a la vejez y, por fin, a la muerte. Aquí, ese paso del tiempo está visto como una tragedia irremisible donde, por contraste, se descubre la precariedad de la existencia humana y la indigente situación en la que se encuentra el hombre. La soledad, el sentimiento de culpa que pueden producir las relaciones humanas, la falta de Alguien que nos pueda salvar de nuestra condición mortal y, sobre todo, la conciencia de sabernos seres desgraciados en continua aniquilación son los motivos que se desvelan tras la lectura de este poema.

3. Aspectos estructurales

El texto está escrito sin ningún tipo de rima. Los cuarenta y un versos de que consta quedan dispuestos de manera arbitraria, comprendiendo de tres a once sílabas. En cambio, cuatro situaciones, que corresponden a las cuatro estrofas perfectamente estructuradas por el poeta, dan las claves de la situación que se describe.
En la primera (versos 1-9), sección introductoria, se nos presenta a una niña feliz en un estado de inocencia, que va a la mar (símbolo tradicionalmente de la muerte pero que en Brines suele adoptar el significado de vida).
En la segunda (versos 10-20), que contrasta con la escena anterior, se habla de un hombre que contempla el mar y, fruto de esa contemplación, extrae su condición de orfandad y su imposibilidad de redención (verso 17: "destino ciego").
En la tercera (versos 21-31), primer desarrollo del tema, el hombre mira a la niña y en ella proyecta el misterio que, de toda realidad, late en su propia conciencia: el envejecimiento.
En la cuarta (versos 32-41), más connotativa que ninguna otra y conclusiva además, el hombre se ha visto como cuando era joven y se imagina humillado por su condición mortal, la única mirada a que estamos sometidos los seres humanos.




4. Análisis

El titulo del poema, "El dolor", es lo suficientemente llamativo, como para darnos cuenta de por dónde va la reflexión del poeta. A través de la complementareidad de dos escenas donde un personaje mira y otro es mirado, se plantea Brines una cuestión capital en su obra: la ruindad a que está sometida la condición humana, situación existencial que no podemos sino lamentar. De por sí, el hombre pertenece a un "linaje de esclavos" (verso 41), consecuencia de su precariedad y de saberse en continuo estado de desintegración.
Partiendo de una composición de lugar - en el sentido más propio, como refieren los ejercicios ignacianos (cf.. cualquier edición de los mismos) - el poeta es un contemplador omnisciente que, primero describe sucintamente a un primer personaje en una escena llena de frescura vital y, después, se introduce en la conciencia de un segundo personaje tan lleno de dolor que es capaz de convertir el encuentro con el primero en la proyección de su propia nulidad existencial. En el decir ignaciano, el poeta "narra la historia de tal contemplación ( ... ), discurriendo por los puntos con breve o sumaria declaración" y lo hace sin añadir nada personal a la historia aunque, en realidad, no hace mas que meditar sobre una cuestión puramente humana, intemporal: el hecho enigmático del sufrimiento.
Términos o expresiones como "miseria humana", "gemido", "condición reclusa", "aullando de dolor / de soledad", "destino ciego", "profundo cansancio del tiempo", "pesadamente", "con esfuerzo", "envejecía", "ruina", "humillado", "cielo sin aves", "dolía", "sombra / muy vasta y fría", "tristeza", "linaje de esclavos" producen un efecto completamente desolador, especialmente si esos términos o expresiones los contrastamos con los pocos que expresan gozo: sólo los encontramos en la primera estrofa cuando describe las circunstancias inmaculadas de la niña y, confusamente, en la última estrofa ("un cielo ... estallaba de luz"). Al final, como lectores, llegamos a la conclusión de que a través de ese lenguaje tan persistente en los aspectos más demoledores de la relación niña-hombre se nos está describiendo la preocupación existencial del propio autor que, con una postura lírica autodistanciadora, trata de reflejar su actitud desencantada de la vida en la que no caben excesos de entusiasmo.
Sin embargo, ese pudor retórico no es la única argucia técnica que asume el poeta para presentarnos su visión de la realidad. El empleo de los adjetivos pospuestos a los sustantivos da también un tono impresionista propio del que presenta los hechos como si éstos no fueran de su incumbencia. Así, en "ojos dichosos", "corazón pequeño", "miseria humana", "condición reclusa", "destino ciego", "ojos abrasados" se ve que los adjetivos, por su valor determinativo, ofrecen un grado de objetividad, de distanciamiento, mayor que el único adjetivo antepuesto al sustantivo en todo el poema: "sombría visión" (verso 26), de matiz más subjetivo y, dicho sea de paso, adjetivo clave para entender la conclusión a que llega el hombre observador: se imagina a la niña como una sombra del cuerpo fresco, juvenil que es en ese instante en que él la mira.
A base de pinceladas, de sucesiones de imágenes, vamos entendiendo el poema como un medio de conocimiento, como un modo do saber ("se supo", verso 40) cuál es la auténtica verdad del hombre en el mundo: su soledad. Términos como sombra (la de la niña, versos l-4; y la del hombre, verso 36) se superponen para mostrarnos otra realidad más profunda de orden metafísico: que la situación de los seres humanos es de absoluta orfandad, de total desvalimiento. Como ocurría con el mundo amoroso de un poeta, Pedro Salinas, por el que Brines tiene buena simpatía, las sombras son las únicas realidades que prevalecen (cf.. La voz a tí debida, fragmento último) frente a tanto aniquilamiento a que nos somete nuestra propia existencia, y, además, el dolor es el resultado del mismo autoconocimiento y de ver a qué estado de desintegración nos somete el tiempo. Ya ese aullido terrible (verso 16), presentado en la forma nominal de gerundio, es lo suficientemente revelador de la vergonzosa situación en la que, según el poeta, nos hallamos inmersos los seres humanos. Expresiones como "condición reclusa de los vivos" (verso 15), "destino ciego" (verso 17) o "linaje de esclavos" (verso 41) no hacen más que acentuar la carga pesimista que envuelve el poema briniano. Ni por asomo se intuye en el texto un sentido trascendente del hombre. El poeta, en este aspecto, no proyecta su vida en un más allá, tras la muerte, que le haga ver su vida de un modo más esperanzado o, al menos, estoico.
Como es propio en las descripciones, se recurre al empleo de pretéritos imperfectos (la niña iba, le cantaban, batía, un hombre estaba, reconocía, etc.), hasta llevarnos el autor al clímax del poema: la tercera estrofa, a partir de la cual cambian los tiempos verbales, de imperfectos en perfectos simples (oyó, ladeó, volvió, viró, vió, miró, sintió, etc.). Sólo una forma verbal: envejecía (verso 31) contrasta con el res~ de los otros tiempos. Acaba el poema condensando la imposibilidad de volver atrás en ese proceso inevitable: " ... se supo / de un linaje de esclavos" (versos 40-41); proceso, por otra parte, que arranca de la visión de una realidad externa al poeta y concluye en la interiorización de esa realidad. Obsérvese cómo el narrador parte de una situación concreta: la exposición del ambiente de felicidad luminosa en que se ve envuelta la niña (realidad externa), para terminar con una valoración conjunta de los hechos: nuestra única condición posible es la indefensión frente a tanta precariedad a que nos vemos arrojados. Darnos cuenta de esa verdad es causa de dolor (interiorización de aquella realidad).
El mar, espejo de la vida tal cual se da, con sus continuos vaivenes (representados aquí en "las olas", verso 14), su arena (verso 21) y sus dunas (verso 10), es el escenario donde se desarrollan los hechos. Ese mar que conserva el eco manriqueño de tener que ver con la muerte pero que aquí nos la anticipa en la misma vida. Sentado - nos dice el autor en el verso 10 -, un hombre está al acecho - el diccionario ilumina esta expresión: "observar y mirar a escondidas y con cuidado" - de lo que presiente. El resto ya sabemos cómo se desencadena: a través, principalmente, de la mirada, si bien en el verso 21 se alude al oído (oyó). Los encabalgamientos consiguen que en la exposición de los acontecimientos, el lector descubra que nada se da aislado sino en continua concatenación de acontecimientos. La suavidad con que éstos fluyen se complementa con la disposición de algunos verbosa final del verso: estaba, veía, eran, imaginara y se supo (todas formas imperfecta salvo el último), como si el poeta se permitiera la licencia de remarcar la acción sin interrupción ninguna hasta cerrarla, a manera de condensación temática, con la forma en pretérito perfecto simple, de aspecto perfectivo y puntual, se supo. La gradación ascendente de las formas verbales de la última estrofa refleja por sí misma la reflexión que hace el poeta: miró, vio, dolía, sintió, se supo. Cualquier explicación sobra ante la evidencia que revelan los verbos.
Si el tema no es nuevo, el tratamiento sí lo es por cuanto parece que nada tiene que ver con el poeta, con su concepción particular de ver la vida. La configuración simbólica del texto se deja ver, además, en el planteamiento de orden sensorial que hay detrás de las descripciones que se hacen. Cada una de las escenas descritas le son necesarias al autor para reflejar un pensamiento único: nada persiste en la vida, y esa lucidez lleva a dolor. Sabernos no sólo indigentes sino en trance de desaparecer es la causa de nuestro propio dolor, que nos envuelve con un misterio insoslayable y nos condena a una existencia mortecina.




5. Relación con el autor y la época

Por los años 60, la poesía española ya empieza a manifestar inquietudes temáticas y estilísticas muy distintas a las que confluyeron en los poetas sociales de los años 50. El poema que presentamos lo deja bien claro. Frente a la colectividad como sujeto lírico de la poesía inmediatamente anterior a los de esta generación, hallamos ahora el yo vivificado en la experiencia personal desdramatizada, esto es, distanciada, sin que el autor asome directamente su biografismo; frente a una poesía que se hacía eco de las injusticias sociales, se da ahora otra que prefiere indagar en la problemática existencial del ser humano; frente al tono encendido, apasionado de antes, se da ahora la expresividad siempre contenida del que rechaza por igual el desgarro afectivo y los alardes estilísticos.
No es la única vez que Brines presenta un poema de semejantes característicos. En él es frecuente descubrir a ese protagonista que mira sin ser visto y a ese otro ser que no sabe que lo están mirando, todo para llegar a la conclusión de que la mirada es un modo de conocimiento de la realidad desde la que se alcanza la verdad de la existencia del hombre: su condición temporal y su aniquilamiento final. Poemas como "Mere road", "Niño en el mar" (es el más parecido a las claves del poema que ahora comentamos), por citar dos ejemplos de Palabras a la oscuridad responden a ese sentir elegíaco que invade la obra completa briniana. Con razón titulaba él, en 1974, el conjunto de su obra como el ensayo de una despedida.






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