Gonzalo de Berceo y el mester de clerecía en la nueva perspectiva de la crítica
Voy a comenzar señalando un hecho que, en cierto modo, justifica la elección del tema de mi exposición, y es que las obras de Gonzalo de Berceo y demás poemas en cuaderna vía del siglo XIII, están viviendo un momento importante de su historia, en el que el interés creciente que despiertan en la crítica comporta una vigorosa renovación de su estudio, con nuevos métodos de análisis y desde nuevos puntos de vista, y cuyos frutos están siendo altamente positivos, tanto para la investigación histórico - literaria, cuanto en lo que respecta a la valoración del propio «mester de clecería».
De los datos propiciados por la Historia literaria, se deduce que los poemas del clérigo riojano vivieron confinados, durante siglos, en la localidad en que se originaron, sin transcender a otros ámbitos de cultura, siendo prácticamente desconocidos fuera del territorio emilianense y su enlomo, hasta que los eruditos del siglo XVIII fijaron su atención en ellos y los dieron por primera vez a la imprenta. Así, en el siglo XIX, son ya objeto del interés y estudio de los romanistas, hispanistas, y filólogos en general, entre cuyos nombres se encuentran dos grandes historiadores de nuestra literatura: Amador de los Ríos y Menéndez Pelayo. Ambos dedican no pocas páginas de sus respectivas Historias al análisis de las obras de Berceo y demás poemas de clerecía del siglo XIII, con agudas observaciones y acertados juicios que aún hoy mantienen su validez. Sin embargo, aunque la visión global que ambos tienen del «mester de clerecía» es positiva, al llegar el siglo XX, estos poemas -y en especial los de Berceo- entran en un período de indiferencia o subestima crítica que se prolonga hasta los años 60. A partir de aquí, y de una manera progresivamnte creciente, los poemas del «mester de clerecía» del siglo XIII atraen el interés de los medievalistas y en nuestros días ocupan un lugar privilegiado en el conjunto de los estudios literarios del medievo.
En este esquemático panorama de la trayectoria crítica del «mester de clerecía» del siglo XIII, se perfilan varias etapas muy diferentes en cuanto al conocimiento, estudio y valoración estética de dichas obras, siendo, obviamente, el último período, que aún estamos viviendo, el que me interesa y he elegido como tema de mi exposición.
Pero, antes de entrar en el desarrollo de los nuevos puntos de vista, permítame que aluda, aunque sólo sea muy brevemente, a los juicios y opiniones que sobre Berceo y su obra se han venido repitiendo desde finales del siglo XIX hasta hace poco más de quince años; pues esos juicios y opiniones ponen de relieve el enorme cambio operado en la crítica, respecto a la valoración histórico - literaria, de ese conjunto de poemas del siglo XIII que llamamos «mester de clerecía».
Ciertamente, para conocer la opinión que sobre Berceo y su obra se tenía en la primera mitad de nuestro siglo, no es necesario recorrer toda la bibliografía berceana, acumulada en esos cincuenta años. Basta con ojear los Manuales en boga en la época, pues ellos recogen, en forma condensada, las opiniones y juicios de los especialistas en la materia.
Uno de los Manuales más difundidos y citados en las Facultades de Letras de aquellos años era la Historia de la Literatura Española de Valbuena Prat. En ella se nos presenta una imagen de Berceo que, como veremos, contrasta fuertemente con la que tiene la crítica actual:
«Berceo, sencillo y humilde, tranformándose en el juglar de los santos..., bebió su cultura eclesiástica en los libros latinos de la Biblioteca del Monasterio» (Vol. I, p. 75)
«(Berceo) vivió y murió entre el pueblo, con la sonrisa de la sencillez» (Ibidem.)
«Sencillo, popular y religioso, Berceo se pasea por la galería de un claustro románico de transición» (Ibid. p. 78)
Con respecto a los juicios sobre su obra poética, Valbuena Prat la califica, lo mismo que el autor, de ingenua, sencilla y candorosa, cuando no de monótona, prosaica y totalmente falta de inspiración. De los Loores de Nuestra Señora, por ejemplo, opina que:
«Deben de corresponder al aprendizaje de Berceo en la cuaderna vía. Escasa poesía, visión nula de la objetividad. Ni épico ni lírico, Berceo reunió en tetrástrofos un sumario de la Vida de Jesús, relatos del Antiguo Testamento y recuerdos de comentarios de los Santos Padres, en una lánguida especie de letanía mariana, en que apenas sobresale la candorosa devoción del autor en el raconto final» (Ibid. p. 83)
Para no limitarnos a un sólo crítico, voy a leer alguno de los juicios que, sobre Berceo y su obra, formulaba por aquellos años el maestro de la Filología española. En su Poesía juglaresca y juglares, dice don Ramón Menéndez Pidal:
«Berceo siente humildemente de si, pues aunque clérigo, confiesa que no es bastante letrado para escribir la lengua de los doctos; sólo sabe algo de latín para entenderlo» (p. 274).
No es necesario citar más ejemplos. Los aducidos son suficientemente reveladores de la opinión que la crítica de aquellos años tenía sobre la personalidad y la obra del clérigo riojano: un poeta rural y popular, sencillo, humilde, ingenuo y candoroso, cuyos conocimientos de la lengua latina no pasaban de un nivel elemental. Tal es la imagen que nos ofrecen estos y otros muchos textos que se podrían citar.
Naturalmente, esa imagen no la creó don Ángel Valbuena ni don Ramón Menéndez Pidal, sino que se fue forjando poco a poco, a través de sucesivas generaciones de escritores. En realidad, su origen se remonta al siglo XIX, al período postromántico, en el que hay ya una preocupación e interés por comprender y explicar la personalidad de Berceo, tratando de determinar su grado de cultura, su talante, la intención y el público de sus obras, su forma de difusión...; para lo cual se fijan en el estilo y forma de expresión del poeta, en los comentarios y observaciones personales, interpretando literalmente ciertas frases y locuciones que, con frecuencia, están usadas irónicamente o son meramente formularias, tópicos retóricos de «falsa modestia», al servicio de la captatio benevolentiae.
Así, los autores del siglo XIX, tanto españoles como extranjeros - y especialmente los alemanes -, influenciados por el espíritu romántico de su época, van moldeando una imagen también romántica de Berceo y su entorno; imagen que no desaparece en el periodo siguiente, sino que, por el contrario, se consolida, acentuándose aún más los rasgos idealistas de su perfil. Pensemos en cómo evocan a Berceo los poetas y prosistas del Modernismo y del Noventa y Ocho. Rubén Darío, Azorín, Antonio y Manuel Machado, Pérez de Ayala..., con sus poéticas y bellas evocaciones, han colaborado, no poco, en la forja y difusión de esa imagen romántica del clérigo riojano, imagen que pronto se hace tópica y se convierte en el obligado lugar común que todos repiten al juzgar la personalidad y la obra de nuestro poeta. Pero, como suele ocurrir con los tópicos y lugares comunes, el perfil idealista de Berceo, forjado por los románticos y los poetas de principios de siglo, se va volviendo cada vez más prosaico y menos panegírico; así, a los calificativos de sencillo, humilde, modesto, candoroso, crédulo, se añaden los de pueril y trivial. Algunos lo consideran vulgar y casi todos escaso o falto de cultura.
Sin embargo, tanto Amador de los Ríos como Menéndez Pelayo, Georges Cirot, etc., habían reconocido y puesto de relieve el carácter primordialmente culto y erudito de las obras de Berceo y del «mester de clerecía» del siglo XIII, poemas que ellos consideraban productos de escuela docta, elaborados con un riguroso formalismo, y difundidos sólo entre las clases minoritarias.
Es obligado citar al respecto el acertado párrafo de don Marcelino sobre el origen del «mester de clerecía», y la cultura y talante de los clérigos, autores de estos poemas:
«el mester de clerecía, socialmente considerado, no fue nunca ni la poesía del pueblo, ni la poesía de la aristocracia militar, ni la poesía de las fiestas palaciegas, sino la poesía de los monasterios y de las nacientes universidades o estudios generales. Así se explica su especial carácter, la predilección por ciertos asuntos, el fondo de cultura escolástica de que hacen alarde sus poetas, y la relativa madurez de las formas exteriores, que son ciertamente monótonas, pero nada tienen de toscas y sí mucho que revela artificio perseverante y sagaz industria literaria.»
Curiosamente, esta visión del «mester de clerecía», no es la que prevalece, sino que va a ser desatendida por la crítica posterior, y será, en cambio, la imagen romántica, sólo insinuada en el siglo XIX, la que se recoge, se acentúa y se vuelve tópica, perdurando, en líneas generales, hasta la década de los 60.
En 1967, el hispanista Brian Dutton publica una edición crítica de la Vida de San Millán de la Cogolla, y, en el capítulo sobre los móviles de la obra de Berceo, así como en las conclusiones finales, nos da una imagen del poeta que es la antítesis de la que se había venido repitiendo a lo largo de más de medio siglo.
Para Dutton, Berceo no tiene nada de humilde y sencillo y menos aún de ingenuo y candoroso. Es un clérigo culto y muy hábil, que escribe la Vida de San Millán y demás poemas hagiográficos, movido por intereses económicos, con la finalidad de atraer peregrinos al monasterio, entonces en decadencia, y levantarlo con sus limosnas y donaciones. Siete años antes, en 1960, Dutton había publicado un artículo, en el que, basándose en la última cuaderna del Ms. de París del Libro de Alexandre, hace a Berceo notario del abad de San Millán, Juan Sánchez, y autor del Libro de Alexandre.
No es necesario poner de relieve el nivel de cultura que Dutton confiere al poeta riojano, al considerarlo autor del Alexandre y notario del abad del monasterio. Ni es éste el momento de discutir lo probable o improbable de tales conjeturas. Lo que sí quiero señalar es que la visión que nos ofrece Dutton de la personalidad de Berceo y el carácter de sus obras se aparta notablemente de la tradicional. Sus trabajos, en efecto, rompen de golpe con el tópico del poeta ingenuo, sencillo y candoroso, que apenas sabe leer latín.
Más o menos por los mismos años en que aparecen los trabajos del profesor Dutton, y en los años inmediatamente posteriores, otros hispanistas medievalistas publican estudios monográficos sobre Gonzalo de Berceo, en los que se defiende el carácter eminentemente culto de su obra y se pone en tela de juicio el tan decantado populismo del poeta riojano. Al mismo tiempo, se insiste con firmeza en que el cómputo de las sílabas del alejandrino del siglo XIII ha de hacerse, rigurosamente, sobre el principio obligado de la dialefa, rechazando, por tanto, el dualismo o mezcla de dialefa y sinalefa, que hasta entonces venían practicando los editores de Berceo.
Hay, en suma, una verdadera renovación de los estudios berceanos y del «mester de clerecía», y en ellos se aprecia una valoración cada vez mayor de su arte y de su técnica versificatoria.
En esta línea de interés creciente por la obra de Berceo y el «mester de clerecía» del siglo XIII, hay que situar la creación, en 1975, del Centro de Estudios Gonzalo de Berceo, en el Instituto de Estudios Riojanos de Logroño, y las inolvidables «Jornadas de Estudios Berceanos», organizadas por el profesor García Turza, entonces director del Centro, y celebradas en 1976, 1977 y 1979, bajo la dirección de don Manuel Alvar.
No sería justo pasar por alto la importancia que tuvieron estas «Jornadas» en el progresivo avance de los estudios berceanos, no sólo por el interés de las ponencias y comunicaciones allí presentadas, sino también porque brindaron la oportunidad de contrastar opiniones y puntos de vista sobre aspectos esenciales de la composición y técnica versificatoria de los poemas del «mester de clerecía» del siglo XIII, abriendo nuevos caminos a la investigación y estudio de los mismos.
El resultado de esta trayectoria de veinte años de estudios, que he sintetizado en pocos minutos, es que hoy podemos ya esbozar un panorama -aunque con lagunas y puntos aún oscuros- del origen del «mester de clerecía», de su nacimiento y desarrollo, así como de las circunstancias históricas, sociales y culturales que propiciaron la creación de la nueva forma poética.
No es posible, ni necesario, exponer los sucesivos pasos que unos y otros hemos dado hasta llegar a la actual visión del «mester de clerecía». Pero, en lo que a mí respecta, sí me importa señalar que el punto de partida fue la consideración de la dialefa como un rasgo peculiar y esencial de la nueva técnica versificatoria.
Como se sabe, la cuestión de la dialefa y la sinalefa, en los poemas de clerecía del siglo XIII, ha sido discutida desde antiguo, pues ya en la primera mitad de nuestro siglo críticos como F. Hanssen y J. Fitz-Gerald consideraban la dialefa como un principio obligado del verso alejandrino, mientras que otros, como P. Henriquez Ureña y J. Saavedra Molina, propugnaban el uso libre de la dialefa o la sinalefa en el cómputo silábico de dicho verso.
Esta división de la crítica en dos grupos se prolonga hasta nuestra época, pues, todavía en 1967, Brian Dutton, en su edición crítica de la Vida de San Millán, utilizaba, a veces, la sinalefa, si bien la mayoría de los versos están medidos con dialefa. No obstante, la dialefa se va imponiendo cada vez más como norma obligada en los poemas de Berceo y demás poemas de clerecía del siglo XIII.
Ahora bien, la dialefa o hiato entre vocales de palabras distintas, no es sólo un principio obligado del cómputo silábico del alejandrino del siglo XIII, sino que tiene, además, importantes repercusiones en el ritmo del verso y en la prosodia y estructura de la lengua.
Desde que comencé a estudiar seriamente los poemas de Berceo, buscando un tema para la tesis doctoral, llamó mi atención el ritmo cortado que la dialefa impone al verso alejandrino, y la estructura segmentada de la lengua de estos poemas, producida por las pausas rítmico-melódicas, generadas por los constantes hipérbatos, las inversiones, y los incisos y frases parentéticas.
La voluntad de fragmentar la lengua, separando -y realzando-, mediante dichas pausas, las distintas unidades léxicas y sintácticas, siempre me pareció un rasgo peculiar de los poemas de clerecía del siglo XIII, relacionado con el fenómeno de la dialefa, que también impone una prosodia silabeada y un ritmo pausado o desligado muy distinto del ligado y fluido de los versos con sinalefa; y siempre pensé que ambos cumplían la función de deslindar y distinguir bien las unidades lingüísticas, evitando las soldaduras de sintagmas que la sinalefa conlleva, y así lo expuse en la edición del Poema de Santa Oria que publiqué en Logroño, en 1976.
Posteriormente, en las «III Jornadas de Estudios Berceanos», celebradas en diciembre del 79, presenté una ponencia sobre la unidad del «mester de clerecía» del siglo XIII, en la que pongo de relieve todos esos rasgos que caracterizan la lengua de estos poemas, a la vez que la distinguen de la de los poemas de clerecía del siglo XIV. Mi planteamiento de la unidad del «mester» culto del siglo XIII lo resumo allí en tres puntos que se ven hoy apoyados por una serie de hallazgos y estudios recientes. El más importante, en relación con nuestro tema, es un artículo de Francisco Rico, titulado «La clerecía del mester», publicado, en dos partes, en la Hispanic Review.
Es un denso y magnífico trabajo, repleto de noticias y penetrantes observaciones, que nos presenta un amplio y coherente panorama de la nueva cultura que florece en el Norte de la Península, en torno al año 1200. Es ésta , una cultura de raigambre francesa y dimensiones europeas, cuyos autores, los moderni clerici, tienen una sólida preparación intelectual, de la que se enorgullecen, a la vez que se muestran afanosos por adquirir nuevos conocimientos y difundirlos a través de sus obras.
En este medio cultural sitúa F. Rico el «mester de clerecía», que es, en palabras suyas:
«La versión española, inequívoca, de esa escuela de dimensiones europeas. Lo es en los modos: desde los exordios a las despedidas, pasando por la estrutura y concatenación de las coplas, las preferencias sintácticas o el ornato retórico... E igualmente en los contenidos y en las actitudes el «mester de clerecía» se revela como un esqueje cortado de jardines transpirenaicos.»
Estas conclusiones de F. Rico, totalmente convincentes, se fundamentan en sólidas razones y testimonios que no viene al caso exponer aquí. Pero cabe apurar más las cosas y determinar el lugar preciso en el que se desarrolla la nueva forma poética, así como el momento y las circunstancias de su aparición.
Hay, en efecto, un conjunto de datos y tactores que convergen en apuntar de una manera muy clara al centro escolar en el que creemos debió de nacer el «mester de clerecía». Ese centro es el Estudio General palentino, fundado hacia 1212 por Alfonso VIII y patrocinado por el Obispo de Palencia, don Tello Téllez de Meneses.
La consideración del «mester de clerecía» como un producto universitario no es nueva, pues ya hemos visto que Menéndez y Pelayo lo definía como «la poesía de los monasterios y de las nacientes universidades o estudios generales» y llamaba la atención sobre «el fondo de cultura escolástica de sus poetas».
En nuestra época, Brian Dutton, en un artículo publicado en I973, propone ver el «mester de clerecía» como una escuela o unidad poética que se desarrolló como un arte entre los estudiantes de la Universidad de Palencia, bajo la directa influencia del magisterio francés; y yo misma, en «Sobre la unidad del mester de clerecía», propongo el studium palentino como el centro en el que tuvo lugar el nacimiento y desarrollo de la nueva forma poética..
Ahora -como señalaba- tenemos nuevas pruebas de la relación entre el «mester de clerecía» y la Universidad de Palencia.
En el citado artículo, «La clerecía del mester», F. Rico analiza los textos de un par de manuscritos palentinos, en los que se hace evidente esa relación. Uno de ellos, el llamado Verbiginale, es un amplio tratado sobre morfología verbal, con notas prosódicas, escrito en versos, en su mayoría leoninos, entre 1215 y 1220. Su autor, Petrus Blasensis, ha sido identificado por el profesor Rico con un Pedro de Blois, maestro en Chartres en 1181, y mencionado por su homónimo, el célebre poeta y prosista, como favorecido por Juan de Salisbury. El Verbiginale está dedicado al Obispo de Palencia, Tello Téllez de Meneses, el gran impulsor y protector de la Universidad y a quien Pedro de Blois prodiga toda clase de alabanzas y elogios. La relación entre el Verbiginale y el Estudio palentino es, pues, indudable; aquel sería uno de los libros de texto de dicho Estudio, probablemente escrito por encargo del propio don Tello a quien está dedicado.
En cuanto a su relación con el «mester de clerecía», F. Rico ha señalado claras analogías entre el Verbiginale y el Libro de Alexandre; así, en ambas obras se pone de relieve la importancia del saber y se insiste en la necesidad de difundir los conocimientos, y en ambas se exalta la fama como un valor que está por encima de la misma vida, utilizando, incluso, expresiones similares. Estas coincidencias, no sólo en los temas, sino incluso en la forma expresiva, suponen una relación entre el Alexandre y el Verbiginale, en el sentido de que el redactor del poema español debía de conocer el tratado de Pedro de Blois, entonces un libro de texto en el Estudio palentino. Así, a través del Verbiginale, el Libro de Alexandre, el más temprano fruto del «mester de clerecía», a la vez que su más ambiciosa obra, se vincula a la Universidad de Palencia.
Pero hay otras muchas razones para vincular el Alexandre a dicha Universidad.
En las «I Jornadas de Cultura Medieval», celebradas en la Facultad de Filología de Oviedo, en abril del 84, presenté un trabajo, titulado «El Libro de Alexandre y la Universidad de Palencia», trabajo que aún permanece inédito, pues, al no haber Actas, he decidido seguir trabajando sobre el tema y desarrollarlo más a fondo.
Naturalmente, no es posible exponer aquí la extensa argumentación en que se apoya la tesis que allí sostengo. Pero, no obstante, me permito adelantar las conclusiones fundamentales, en la confianza de que pronto publicaré el trabajo completo.
Esas conclusiones son el resultado de un detenido análisis de la estructura del Libro de Alexandre y de su singular sistema de composición, los cuales evidencian que la confección del Libro tuvo que ser realizada por un equipo de iniciados, bajo la dirección de un maestro que, lógicamente, sería quien planificó la obra, organizó el trabajo y dispuso cómo debía hacerse.
Efectivamente, la riqueza y diversidad de fuentes que se utilizaron en la redacción del Libro, latinas, francesas y tal vez también árabes, y, sobre todo, la manera cómo se utilizaron esos diversos materiales, no acumulativamente o por simple suma, como es el caso de tantas obras misceláneas, carentes de una verdadera estructura, sino seleccionando, de unos y otros textos, datos, noticias, descripciones..., e incorporándolos luego en determinados puntos del relato de la fuente básica, en el que quedan perfectamente integrados, logrando, en suma, una obra enciclopédica de estructura compleja y a la vez unitaria. Todo esto -digo- supone un sistema de composición y de trabajo completamente nuevo e innovador, sin precedentes en la Península, al menos para una obra en lengua vernacular. Sólo mucho más tarde, hacia 1270, en el segundo periodo del «taller» alfonsí, encontramos un claro paralelismo en los procedimientos seguidos para redactar las nuevas obras romances.
Los estudios de Gonzalo Menéndez Pidal, Diego Catalán, Francisco Rico, sobre la manera cómo trabajaban el rey Alfonso y sus colaboradores, nos enseñan que el sistema que seguían era, básicamente, el mismo que debió de seguirse en la composición del Alexandre.
De hecho, el paralelismo entre el sistema empleado en la composición de éste y el de las obras del segundo período de la escuela alfonsí, ya fue observado por Jesús Cañas Murillo, en su edición del Libro, aunque, incomprensiblemente, no ve, o pasa por alto, la forzosa implicación que supone tal paralelismo; pues si a la altura de 1270 se precisaba la colaboración de un equipo de traductores, redactores, ayuntadores, etc., para componer una obra romance de envergadura, no menos se precisaría en el primer cuarto del siglo XIII, dentro del cual, verosímilmente, se redactó el Libro de Alexandre.
Porque nuestro poema, no sólo es innovador por su compleja estructura, a base de combinar textos de muy diversa procedencia, lo es también por su forma métrica y estrófica: la cuaderna vía y el verso alejandrino, a cuyo singular ritmo hubo de adaptarse un romance recién nacido a la escritura, pese a lo cual presenta una relativa perfección y madurez, con un amplio vocabulario y una sintaxis, apta para expresar toda clase de relaciones y matices.
Todo esto -y aún hay otros aspectos, como la enorme extensión del poema, que alcanza los 10.700 versos-, hace difícil aceptar que un poeta, hacia 1220, digamos, realizase, por si solo, el ingente trabajo que está detrás del Libro de Alexandre.
Por el contrario, la elaboración en equipo, a la manera de los trabajos del segundo período alfonsí, explica, convincentemente, la complejidad estructural del Libro, su carácter exhaustivo, especie de suma del saber de su tiempo, así como la maestría en el manejo de la lengua vernacular.
Si nos preguntamos en qué lugar de la Castilla del primer cuarto del siglo XIII se pudo realizar una obra tan ambiciosa, tan abierta a las corrientes culturales europeas y con tantos aspectos novedosos, tendremos que responder que sólo el centro escolar palentino, i. e. su Universidad recién fundada, reúne las condiciones idóneas para llevar a cabo tal empresa.
Con respecto a las fuentes, por ejemplo, F. Rico, en «La clerecía del mester», deja constancia de que, por esos años, la Alexandreis, fuente principal del Alexandre, estaba en Palencia. Además, en algunas de las cartas de un Epistolario o Ars dictandi palentino, de entre 1220 y 1226, a parte de ecos y reminiscencias de textos de Virgilio, se hacen alusiones a Ovidio, con citas de las Metamorfosis y las Heroidas, obras ambas, que se han señalado como fuentes de ciertos pasajes del Alexandre, mayormente de la digresión de la guerra de Troya. Es, pues, versosimil, que en el Estudio palentino hubiese algún repertorio o selección de textos de autores clásicos, entre ellos los citados en dicho Epistolario.
Pero más que las fuentes, me interesa ahora otra aspecto del Libro que lo relaciona -según creo- con Palencia y su Universidad. Me refiero al aspecto lingüístico.
Como los demás poemas de clerecía del siglo XIII, la lengua del Alexandre es esencialmente paratáctica y asindética, y como en los demás textos, el discurso se nos presenta fragmentado, dividido en unidades sintácticas, claramente deslindadas por las pausas que los constantes hipérbatos o inversiones generan, a las que hay que añadir las pausas dialéficas y las producidas por incisos.
Repetidas veces se han señalado los numerosos latinismos de los poemas de Berceo y se le ha considerado como uno de los mayores introductores de cultismos. Es indudable que la lengua del «mester de clerecía» y, por tanto, la de los poemas de Berceo, es fuertemente latinizante; pero lo es, sobre todo, en dos niveles: el de la sintaxis y el de la prosodia. Ambas, sintaxis y prosodia, son, precisamente, las que segmentan el discurso en grupos de intesidad, que se corresponden con las categorías gramaticales o partes de la oración. Porque la prosodia del «mester de clerecía», a más de imponer la escansión de las sílabas a la manera latin: visión, gloriosa, ciencia, etc., y, a veces, también la acentuación, proscribe, como hemos visto, la sinalefa y exige la dialefa o hiato entre vocales de palabras distintas, lo que condiciona pausas entre ellas.
Según precisa F. Rico, Alejandro de Villedieu, en su Doctrínale condena el uso de la sinalefa en la lengua latina, como signo de rusticitas, pues la sinalefa, al borrar los límites de las palabras, oscurece su sentido y puede producir confusiones. Esta condena es secundada por otros escritores latinos de la época y aún muy anteriores.
Los autores del «mester de clerecía», aplican, pues, a la lengua vernácula los preceptos que dan los gramáticos para la lengua del Lacio. Y esa adaptación del romance castellano a la sintaxis y prosodia latinas, no sólo supone un perfecto conocimiento de éstas, exige también un profundo estudio del vernacular, un análisis de su estructura y de sus correspondencias con el latín, encaminados. sin duda, a formalizar el naciente romance y proporcionarle una base sistemática; para darle, en suma, una Gramática a la manera de la latina y elevarlo así a la categoría de lengua literaria.
Estos estudios tuvieron que hacerse, lógicamente, en un centro escolar como el de Palencia, provisto de maestros venidos de Francia y bien entrenados en las Artes del trivium. Un centro, en el que la enseñanza de la gramática debía de ocupar el primer puesto. Así, los Manuales palentinos que han llegado hasta nosotros, de entre 1210 y 1230, más o menos, son exclusivamente de gramática y de retórica, pero la gramática prevalece con mucho, y de ella se concede un lugar privilegiado a la prosodia, «asediada -dice F. Rico- con una o con otra perspectiva en todos los libros de texto palentinos».
La importancia concedida en Palencia a la gramática es un claro indicio del interés que se despierta en esos años por el estudio de la lengua latina, base necesaria para escribir correctamente en romance, cuando éste deja de ser una lengua solamente hablada y empieza a utilizarse en la escritura. En este proceso, en efecto, el latín servía de modelo al vernacular, proporcionándole paradigmas de todo tipo, morfológicos, sintácticos, prosódicos... La lengua del «mester de clerecía», sistemática y latinizante, sería el resultado de esos estudios; pues incluso la cuaderna de versos alejandrinos parece ser la forma estrófica idónea para encerrar un período lingüístico de sentido pleno, cuyas oraciones se deslindan, sin necesidad de signos de puntuación, mediante las pausas versales y las cesuras hemistiquiales.
Volviendo, para terminar, al Libro de Alexandre, pienso que muy probablemente se concibió y planificó como un libro de texto de la Universidad de Palencia, lo mismo que la Alexandreis, desde hacía años, era un Libro escolar obligado. Nuestro poema sería la versión romance, puesta al día, de la Historia de Alejandro de Macedonia, una de las materias de la Antigüedad más difundidas y de mayor prestigio en la Edad Media.
En cuanto a la fecha de su composición, redacción y versificación, creo que hay que situarla en el segundo período de esplendor de la Universidad, el cual se extiende de 1220 a 1225. En esos años, en efecto, bajo la dirección de un maestro altamente cualificado, probablemente francés o catalán, debió de escribirse el Alexandre. En la versificación del Libro, última fase de su compleja confección, pudieron colaborar escolares del Estudio palentino, ya entrenados en las técnicas de la «nueva maestría»; tal vez, los anónimos autores del Apolonio y del Poema de Fernán González, así como Lorenzo de Astorga y Gonzalo de Berceo. Los célebres versos de la c. 1548 del Alexandre, con los nombres de Lorente (Ms. P) y Gonçalo (Ms, O), sugieren esta posibilidad y, si fuera así, se explicarían como una broma escolar, referida al trabajo de buscar rimas y encajar hemistiquios.
Terminados sus estudios y vueltos u sus respectivos hogares, algunos de estos alumnos, ya preparados para componer por cuenta propia, siguieron cultivando la técnica de la nueva versificación aprendida en Palencia. Pero, mientras que el autor del Apolonio y el del Fernán González nos han dejado una sola muestra de su arte, el clérigo riojano escribió poemas en cuaderna vía hasta una edad avanzada, puliendo y perfeccionando, cada vez más, su técnica, su lengua y su estilo.
Isabel Urí Maqua
II Simposio Literario Internacional sobre «Aspectos de la literatura Medieval Española»,
celebrado los días 25-29 de Noviembre de 1985.
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