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Seudobiografía de Rodrigo Díaz de Vivar -

No existen documentos fehacientes que nos ilustren sobre algunos de los aspectos básicos de la vida de Rodrigo Díaz de Vivar (el Cid histórico). El intento de biografía somera que dibujamos a continuación se sitúa entre la leyenda épica y el enaltecimiento mítico.

1043. Rodrigo Díaz nace en Vivar, pequeña aldea situada a 7 kilómetros de la ciudad de Burgos, fronteriza entonces con el Reino de Navarra.
Sus padres son Diego Laínez, un noble infanzón (estamento nobiliario situado entre los "fijos dalgo" y los "ricos ommes") y Teresa Rodríguez, hija del Conde de Oviedo Rodrigo Alvarez, descendiente por línea paterna de Laín Calvo, uno de los dos Jueces de Castilla. Según la tradición fue criado en el castilla de Sotopalacios (no en el actual sino en el primitivo castillo). Seguramente fue paje del príncipe Sancho.

1058. A los 15 años queda huérfano de padre. se traslada al palacio del rey Fernando I y durante cinco años estudia, seguramente en el monasterio de San Pedro de Cardeña, letras y leyes junto a los hijos de rey y de otros infanzones.

1060. Es armado caballero en la Iglesia de Santiago de los Caballeros (Zamora) por el príncipe Sancho.

1063. Primera intervención en una batalla de El Cid. Ramiro I rey de Aragón intenta conquistar la ciudad de Graus, que es vasalla del rey de Castilla. El rey de Aragón morirá en el intento.

1065. Muerte del rey Fernando I. Ante de morir reparte el reino del modo siguiente:
- Castilla y el reino paria de Zaragoza, para el primogénito Sancho.
- León y el reino paria de Toledo, para Alfonso.
- Galicia y los reinos parias de Badajoz y Sevilla, para García.
- Toro para su hija Elvira.
- Zamora para su otra hija, Urraca.
Sancho, nuevo rey de Castilla, nombra a Rodrigo Alférez del Rey.

1066. Conflicto fronterizo entre Castilla y Navarra. Se resuelve al acudir al "juicio de Dios" u ordalía. El Cid (Castilla) vence al navarro Jimeno Garcés Conde de Lizarra. Cuentan que desde entonces Rodrigo Díaz de Vivar obtiene el título de Campeador ("Campi docti" o sea maestro en el campo de batalla).

1067. El rey moro de Zaragoza se niega a pagar parias pero tras la victoria de Rodrigo todo vuelve a la situación anterior. Recibe el nombre de Cid o Cide (del árabe "sayyid" - señor). Sancho II sigue pretendiendo hacerse con todos los territorios que pertenecían a su padre y emprende una guerra con su hermano García al que derrota.

1069. Ataca a continuación a alfonso al que vence en Llantada.

1072. Batalla de Golpejar. Enfrentamiento entre castellanos y leoneses. Sancho se convierte en rey de León. Encierra su hermano en una mazmorra, pero por intermedio de Urraca, su hermana es desterrado a Toledo. Zamora se convierte en un hervidero de conspiraciones. Sancho asedia la ciudad. Episodio de Bellido Dolfos (tantas veces cantado en los romances y en la épica). Se hace muy difícil separar la leyenda de la historia en este episodio tan manoseado por la literatura y las crónicas. La no menos famosa "Jura de Santa Gadea", tan del agrado de los pintores, es una invención que carece de cualquier base documental e histórica.

1074. De todos modos Rodrigo deja de desempeñar la función de armiger regis y nombra al conde de Nájera García Ordóñez. Lo nombra, sin embargo juez en varios pleitos y le otorgó un ventajoso matrimonio con Jimena Díaz (de rancio abolengo asturiano) con la que tuvo tres hijos: diego, María y Cristina (nacen entre el año 1075 y 1079.

1075. Recibe el señorío de Vivar de parte del rey.

1079. Todo lo anterior subraya la confianza que Alfonso VI depositaba en Rodrigo de tal modo que este año fue comisionado para cobrar las parias al rey Almutamid de Sevilla. Mientras tanto García Ordoñez formaba parte del ejército del rey de Granada Abdalá. Rodrigo como era lógico ayudó con su contingente al rey de Sevilla y cayó hecho prisionero el conde García Ordónez. La literatura sitúa en este episodio la enemistad entre el conde y el castellano que repercutió en la enemistad del rey alfonso VI.

1081. Seguramente la ira regia se debe a la intervención de Rodrigo contra el rey moro de Toledo Al Cadir, vasallo del rey castellano-leonés. El rey le aplica la "ira regia" mediante la cual tiene que partir al destierro (esta figura de "ira regia" conllevaba el destierro y la ruptura de vasallaje).
Parece que intentó ofrecer sus servicios a los Condes de Barcelona, pero éstos le reciben con indiferencia. Entonces opta por dirigirse al reino paria de Zaragoza, donde Muqtadir le recibe con los brazos abiertos. Este modo de comportarse no era infrecuente entre los cristianos. Alfonso VI había sido acogido por Al-Mamún de Toledo en 1072 durante su destierro.

1081 - 1085. Al servicio del rey de Zaragoza Al-Muqtadir y sus sucesor Al-Mutamán. La mesnada del Cid reforzó las plazas fuertes de Monzón y Tamarite y derrotó a la coalición, ya con el apoyo del grueso del ejército taifal de Zaragoza, en la batalla de Almenar, donde fue hecho prisionero el conde Ramón Berenguer II. Se trata de la coalición entre los condes de Barcelona y el gobernador de Lérida contra la taifa de Zaragoza. En 1084 batalla de Olocau del Rey donde vence a la coalición de Al Mundir y Sancho Ramírez de Aragón.
Alfonso conquista Toledo y se dirige después hacia el reino de Zaragoza puesto que no paga parias. Tiene que abandonar tal empresa al conocer la invasión almorávide. Derrota de Alfonso VI en Sagrajas. Quizás rodrigo ya se había reconciliado en el rey pues se le encarga la defensa de la zona de Levante y se le dan varias tenencias en Castilla: Dueñas, San Esteban de Gormaz, Langa de Duero y Briviesca. Probablemente Alfonso no podía pasarse de tal caudillo y de su aguerrida mesnada ante los nuevos peligros que venían del Norte de África.

1087. Rodrigo vacila entre las posibilidades que le ofrece la situación del momento- Acompaña al rey en sus acciones. Se reúne con el rey de Zaragoza para dirigirse a Valencia. Pretenden socorrer al rey Al Qadir frente al acosa del rey de Lérida y los condes de Barcelona. Al Mundir rey de lérida toma Murviedro (Sagunto actual). Marcha El cid a Castilla y entre ambos planifican la conquista del Levante.

1089. A partir de este año el Cid plantea sus intervenciones como algo personal y no por cuenta del Rey.

1090. Saqueo de la taifa de Denia, aproximación a Murviedro (Sagunto) Al- Qádir de Valencia le paga tributos. Derrota del rey de Lérida y de Berenguer II que abandona sus pretensiones sobre el Levante.

1092. Ante esta situación Alfonso VI forma una coalición para hostigar y derrotar al Cid: Sancho Ramírez de Aragón, Berenguer Ramón II, apoyo naval de Pisa y Génova. La ofensiva no triunfa frente a la oposición del Cid y los coligados abandonan Valencia y Tortosa. Como represalia Rodrigo saquea La Rioja.
Estando en verano Rodrigo en zaragoza Ben Yahhaf (partidario de los almorávides) se hace con el poder en Valencia y asesina a Al- Qádir. Regresa el Cid al Levante y sitia la fortaleza de Cebolla (en el actual El Puig). Desde allí pretende conquistar Valencia. A pesar de recibir el auxilio almorávide al mando de Al- Latmuní que no consigue contener el ataque de El Cid y Valencia termina capitulando el 15 de Junio de 1094. A pesar de todos su triunfos Rodrigo es un desterrado que consigue nombrarse "príncipe Rodrigo". Pacta con el rey de Aragón su no intervención en la región.

1094. Continúa la presión almorávide. Abu Abdalá se instala en Cuart de Poblet, cerca de Valencia donde es derrotado por el Cid.
1097. Vuelven de nuevo los almorávides a intentar conquistar Valencia pero son derrotados en la batalla de Bairén.

1098. se establece Rodrigo definitivamente en Valencia y refuerza su posición con una serie de alianzas mediante los matrimonios de sus hijas: Cristina casa con el infante Ramiro Sánchez de Pamplona y María con el conde de Barcelona (los versos 3724 y 3725 del Cantar son históricos- "hoy los reyes de España sus parientes son,/ a todos alcanza honra por el que en buena hora nació".)

1099. Muere en Valencia. Jimena no consigue defender la ciudad y se retira de la misma en 1102. Los restos del Cid fueron inhumados en San Pedro de Cardeña. Hoy se encuentran en la catedral de Burgos.


La imagen del Cid en la historia, la literatura y la leyenda -

En este mes de mayo conmemoramos el 800 aniversario del Códice de Per Abbat, que contenía la primera versión conocida del Poema o Cantar de Mio Cid, puesta en escrito por un copista de dicho nombre y fechado en mayo del año de la era de Julio Cesar de 1245, o sea 1207 año de Jesucristo. Desafortunadamente aquel manuscrito se perdió, pero se había hecho una copia anónima de él en la segunda mitad del siglo XIII, tal vez en el monasterio de San Pedro de Cardeña, que luego se guardaba en Vivar hasta mediados de los años 1770, y que hoy se conserva como el manuscrito único del poema en esta Biblioteca Nacional con la signatura de Ms. Vitrina 7-17. Nos conviene distinguir claramente entre el Códice de Vivar todavía existente y el Códice de Per Abbat perdido para nosotros. No es imposible que éste se perdiese cuando el rey Alfonso X el Sabio visitó la tumba del Cid en Cardeña en 1272, y que se llevase el original a Toledo para que se utilizase en la redacción de su gran proyecto de la Estoria de España ( o Primera crónica general), dejando sólo la copia en su lugar de origen.
Es probable que la fecha de composición de la versión del Cantar existente fuese ligeramente anterior al año 1207, puesto que su ideología política parece reflejar las desavenencias entre Castilla y León en 1204, año en que el papa Celestino anuló, por estar los contrayentes dentro del tercer grado de parentesco, el casamiento celebrado en 1197 entre Alfonso IX de León y doña Berenguela, hija mayor de Alfonso VIII de Castilla y la reina Leonor Plantagenet de Inglaterra, obligándoles a separarse bajo amenaza de excomulgar a ambos reinos. Hay que reconocer que Alonso IX tuvo mala suerte con sus matrimonios, puesto que un papa anterior había anulado su primer casamiento con la infanta de Portugal. La reina Berenguela consiguió, no obstante, que el papa legitimase a su hijo mayor, Fernando, heredero del trono de León, el futuro Fernando III el Santo, con quien se realizó la unión definitiva de ambos reinos en 1230.
Son notorios los problemas sufridos por los reyes medievales para trabar alianzas políticas y dinásticas en vista de la prohibición canónica de contraer matrimonio dentro del tercer grado, y sus nobles corrían el mismo riesgo de anulación. Sin embargo, no tenemos noticia de que a Rodrigo Díaz y Jimena Díaz se les aplicase tal prohibición, aunque queda claro que se casaron en contra de tal provisión, como demuestran sus linajes astur-leoneses, siendo Jimena la sobrina segunda de su marido. La genealogía demuestra también que el linaje paterno de Rodrigo Díaz era uno de los más altos del reino de León, si bien por el linaje materno, considerado el menos importante en aquella época, descendía de los Álvarez de Castilla. Doña Jimena, que pertenecía a la más alta nobleza astur-leonesa, hija del conde Diego Fernández y prima tercera del rey Alfonso VI, era también por el lado materno nieta del rey Alfonso V de León.
El Cantar de Mio Cid no nos revela la descendencia de la nobleza astur-leonesa del Cid; por el contrario, el poeta se empeña en contrastar su estirpe enteramente castellana y relativamente humilde, del rango de infanzón, con el alto linaje de los infantes de Carrión y el conde García Ordóñez. Históricamente estos infantes eran figuras de poca monta en la corte de Alfonso VI, y ni siquiera está seguro de que tuviesen derecho al título de infante - entonces concedido hasta a los hijos de los condes -, ni que fuesen nietos del conde de Carrión, lugar que además siempre formaba parte del partido castellano de Palencia, y no de León, mientras que las propiedades del conde García Ordóñez, su supuesto pariente, estaban en La Rioja. Hay que reconocer que estas distorsiones históricas dimanaban del anhelo del poeta de presentar un ambiente de hostilidad entre castellanos y leoneses, y por añadidura entre los magnates que vivían de la economía de propiedades y que tomaban parte en la curia regia por un lado, y los nobles como el Cid que vivían de la economía de la guerra por el otro. Esta economía era mucho más rentable, con la posibilidad de conseguir ricos botines consistentes en armas y armaduras, caballos, esclavos, dineros y joyas. Claro es que algunos magnates vivían de ambas economías, tales como Álvar Fáñez o García Ordóñez, quienes también disfrutaban de comisiones reales de recoger las parias o tributos de las taifas moras. Prueba de la alta estirpe de Rodrigo Díaz es que también tuvo una comisión del rey Alfonso VI de ir con su ejército de hombres libres o mercenarios a recoger las parias a las taifas del al-Andalus. Su sospechosa ejecución de esa comisión fue la causa de su primer destierro de 1082 a 1086, durante el cual, nombrado general en el ejército del emir moro de Zaragoza, atacó los pueblos del valle del Henares pertenecientes a la taifa de Toledo, tributaria de Alfonso VI, causándole al rey más agravio aún. La causa de su segundo destierro en 1089 fue su tardanza en ir a ayudar a las fuerzas de Alfonso VI en el asedio del castillo de Aledo. Aquella nueva expulsión de Castilla dejó al Cid con manos libres para atacar por segunda vez las tierras del conde de Barcelona, a quien hizo preso en ambas ocasiones, y luego para conquistar los pueblos al noroeste del Levante y últimamente asediar a la rica ciudad de Valencia. Hay que tener en cuenta estas realidades históricas mientras que procedemos a considerar la figura del Cid a través de los siglos.
No conocemos ninguna imagen iconográfica contemporánea de Ruy Díaz de Vivar, puesto que los iluminadores de los siglo XI y XII solían limitarse a representar a los reyes y santos de su época, así que en el Tumbo de la catedral de Santiago de Compostela encontramos miniaturas estereotipadas del rey Alfonso VI de hacia 1130, y de Alfonso VII el Emperador, entre otros. Sólo en algunas tumbas talladas en mármol como la de Alfonso Ansúrez (m. en 1093) se ve un espléndido retrato personalizado, u en otras representaciones bordadas en color en el caso del largo paño de Bayeux (Normandía), que representa en escenas sucesivas la batalla de Hastings de 1066, en las que hallamos no sólo al rey Haraldo y Guillermo el Conquistador repetidas veces sino también a los participantes secundarios y humildes en la famosa contienda.
A partir del imperio de Carlomagno en el siglo VIII el redescubrimiento de la poesía panegírica clásica fomentó la celebración de los eventos públicos en versos latinos por Alcuino y otros poetas (Fletcher, 91). Nuestro primer testimonio poético del Cid histórico, el Carmen Campi Doctoris ("Cantar del Campeador", de fecha muy disputada entre 1083 y 1190), fue compuesto por un poeta con grandes conocimientos de la literatura grecolatina, probablemente en el monasterio de Santa María de Ripoll (Cataluña). Escrito en sáficas rítmicas con rima homoteléutica, el poema consiste de 129 versos divididos entre treinta y dos estrofas de cuatro versos, más el primer verso de la estrofa 33; el resto de aproximadamente diez estrofas fue arrancado deliberadamente del manuscrito existente copiado en Ripoll h.1200 por razones desconocidas (Fletcher, 92). Este texto es notable por celebrar las hazañas de la juventud de Ruy Díaz, terminando con su victoria sobre el conde Berenguer Ramón de Barcelona en la batalla de Almenar (Lleida) en 1082:

Eia, letando, populi caterue,
Campidoctoris hoc carmen audite!
Magis qui eius freti estis ope,
cuncti uenite! (estrofa V)
[¡Ea, gentes del pueblo, jubilosas,
del Campeador oíd este poema!
Y más los que en su fuerza habéis fiado,
¡todos veníos!]

Este poema ya contiene varios elementos que serán fundamentales en el Cantar de Myo Çid: los mestureros que le imbuyeron a Alfonso VI con odio para con Ruy Díaz hasta el extremo de desterrarlo y luego enviar al conde García Ordóñez a abatirlo, maniobra que termina con la captura del conde y su encarcelación en el castillo de Cabra (estrofas XV-XXI), pero así invirtiendo la cronología histórica que es correcta en la Historia Roderici y el Cantar de Myo Çid. El Carmen se acorta justo cuando el Cid se pone a librar batalla en Almenar con el conde de Barcelona, montado sobre su caballo comprado a un bárbaro (primera mención al origen africano de su caballo Babieca) que "más que el viento corre, / que el ciervo salta" (estrofa XXXI), y el poeta compara al Cid con los héroes de Troya: "De tales armas y caballo ornado / _ ni Paris ni Héctor a éste superiores / en la guerra de Troya jamás fueron, / ni lo es hoy nadie _" (estrofa XXXIII). Más tarde, en otro poema latino, el Poema de Almería (h. 1157), Ruy Díaz, aquí llamado Meo Çidi por vez primera (v. 233), es contrastado favorablemente con Roldán y Olivero (vv. 228-29), derivados de una versión tal vez navarra de la Chanson de Roland (h.1100).
Las crónicas tanto árabes como cristianas realzan las calidades guerreras de Ruy Díaz: recio, audaz y cruel; ibn Bassam relata cómo que Cid, nada más entrar en Valencia, rompió los términos de las capitulaciones de la entrega al obligar al cadí a revelar el paraje en donde estaban escondidos los tesoros del emir que se había fugado, dando órdenes de cavar un hoyo en la plaza principal y de meterle en él hasta medio cuerpo rodeado de leña para que se tostase (La tesorería de las excelencias de España (h. 1109) de Ibn Bassam (Abu l'Hassan Ali ibn Bassam, véase Fletcher, 99 y 109). Este texto revela también que Rodrigo era adicto a escuchar las hazañas de los antiguos héroes de Arabia, que nos hace pensar que Rodrigo había aprendido algo del árabe durante su estancia en la corte de al-Mut'amin de Zaragoza. El testimonio de la Historia Roderici (h. 1125 según Fletcher, 96, h. 1180-90 de procedencia najerense, según Montaner y Escobar, 86) tampoco presenta consistentemente a Ruy Díaz de manera heroica; en una ocasión el autor le critica ferozmente por la barbarie que cometió en la devastación de La Rioja en 1092 (Fletcher, 97).
Aún así el hecho de emprender una biografía de un hombre laico que no era rey ni santo fue todo un acontecimiento en la alta Edad Media, y Fletcher (98) la compara sólo con la de Ricardo de Capua (m. 1078), el aventurero normando que se hizo príncipe de Capua, celebrado por Amato de Montecassino en su Historia Normannorum (h. 1080). El autor de la Historia Roderici escribía un latín modesto, sin alusiones clásicas y con una sola bíblica, y sus conocimientos biográficos eran desiguales: el relato de los primeros treinta años de la vida de Ruy Díaz hasta su casamiento es muy sumario (caps 1-6), luego hay mucho más detalles sobre las hazañas del héroe hasta su primer exilio en Zaragoza de 1081 a 1086 (caps 7-24). Su vuelta a Castilla y recuperación del favor de Alfonso VI entre 1086 y 1088 ocupan muy poco espacio (caps 25-27), mientras prosigue con una narrativa más extendida sobre las proezas de Rodrigo en el segundo exilio entre 1889 y la toma de Valencia en 1094 (caps. 28-64). El historiador omite mención a los años 1095-96, y los últimos capítulos (65-75) relatan los dos últimos años de la vida del Cid, 1097-99, con un epílogo (caps. 76-77) sobre el abandono de Valencia a los moros en 1102. El estilo es escueto, sin adorno alguno y con una sola figura retórica en la frase repetida de "Rodrigo se quedó de piedra".
Tanto el Carmen como la Historia Roderici, los textos más antiguos y fiables, parecen haber servido de fuente para el poeta del Cantar de Myo Çid. Con este texto vernáculo entramos en una nueva fase con la transformación en leyenda de la figura de Rodrigo Díaz, puesto que el Cantar manifiesta elementos ficticios desde el comienzo: el invento del personaje burgalés Martín Antolínez, el refugio de doña Jimena en Cardeña cuando en realidad quedó presa brevemente por Alfonso VI en el castillo de Ordejón en el primer exilio, y en el segundo se refugió en casa de su padre en Oviedo, la atribución falsa de la actuación de Álvar Fáñez como el brazo derecho del Cid cuando en realidad lo era del rey Alfonso VI, la niña de nueve años, el episodio de los prestamistas Raquel y Vidas, el asedio a Alcoçer, la reducción de los dos exilios a uno, y la de las dos capturas del conde de Barcelona a uno _ todos estos inventos ocurren sólo en el primer cantar _. En el segundo y tercero los elementos ficticios se aumentan notablemente, con la invención de las bodas entre los infantes de Carrión y las hijas del Cid, cuyos nombres son cambiados, la afrenta de Corpes, las cortes de Toledo y los duelos, terminando con las segundas nupcias con los infantes de Aragón y Navarra. La hija mayor, Cristina (= Elvira en el Cantar) nació h. 1076-7 y casó h. 1094-99 con Ramiro Sánchez, señor de Monzón, nieto del rey García de Atapuerca y por tanto infante de la casa real de Pamplona. Tuvieron un hijo, García Ramírez, que sería futuro rey de Navarra (1134-1150), conocido como El Restaurador, quien concertó en 1151 una boda entre su hija Blanca (bisnieta del Cid) y el futuro rey de Castilla Sancho III el Deseado (1157-1158), cuyo heredero fue el primer rey de Castilla descendiente de Rodrigo Díaz nacido en 1155: Alfonso VIII (1158-1214), e cuyo reinado probablemente se compuso el Cantar. La hija menor del Cid, María (= Sol en el Cantar), nacida h. 1079-80, casó h. 1098-99 con Ramón Berenguer III el Grande, sobrino y sucesor de Berenguer Ramón II capturado dos veces por el Cid. María murió joven en 1104-05 cuando contaba sólo veinticinco años, dejando a dos hijas que le sobrevivieron. Es posible que antes de 1098 llegara a estar desposada con Pedro Pedrez, hijo de Pedro I de Aragón, pero jamás llegó a ser infanta de Aragón como alega el Cantar. Es notable que el Cantar se limite a presentar al Cid durante los últimos catorce años de su vida: todavía fuerte en batalla, pensativo y grave ante deshonras aparte de varias sonrisas no exentas de sorna o ironía, y algunas alusiones a su juventud mucho más tumultuosa (CMC vv. 109-12, 3287-90).
En el alarde de los versos finales del Cantar, "¡Oy los reyes d'Espanna sos parientes son, / a todos alcança onrra por el que en buen ora nasçió!" (vv. 3374-75), se aprecia claramente ya en el reinado de Alfonso VIII la eterna ansia de los reyes de Castilla y León de proclamar su descendencia cidiana como garante de su legitimidad y virilidad. El primer monarca que sepamos en visitar la tumba del Cid en el monasterio de San Pedro de Cardeña fue Alfonso X en 1272, que se sorprendió al ver que no llevaban ningún epitafio. Acto seguido el rey sabio compuso unos versos latinos dignos de inscribirse en la losa, en los que compara al Rodrigo Díaz con el rey Arturo de Inglaterra y Carlomagno de Francia:

Quantum Roma potens, bellicis extollitur actis,
Vivax Arthurus, fit gloria quanta Britannis.
Nobilis è Carolo, quantum gaudet Francia Magno,
Tantum Iberia ducis Cid invictus claret.

Además en la orla de la piedra sepulcral se leía el siguiente dístico:
Belliger invictus, famosus Marte triumphis,
Clauditur hoc tumulo manus Didcai Rodericus.

Parece que los monjes en señal de gratitud le presentaron al rey una copia de la Estoria de Cardeña que ellos habían elaborado sobre la muerte del Campeador en Valencia, el traslado de su cuerpo embalsamado a Cardeña por su viuda, la exposición de su cadáver sentado en una silla de marfil en el monasterio durante diez años hasta que se le cayera la punta de la nariz, y su posterior entierro. Este texto, también conocida como La leyenda de Cardeña, se ha perdido, pero gran parte de él fue incorporado en la Crónica particular del Cid y la Estoria de España de Alfonso X.
La imagen de Rodrigo Díaz en las crónicas castellanas de los siglos XIII y XIV, especialmente en la Crónica de veinte reyes y la Crónica del Cid, sigue la línea establecida por la Historia Roderici entremezclada con las nuevas invenciones del Cantar, pero aumentadas aún más con los relatos de las hazañas temerarias de la juventud del Cid, para las que los cronistas al parecer utilizaron otras poesías épicas perdidas de las que no poseemos otra constancia por escrito. Estas leyendas cronísticas dan lugar a una curiosa epopeya tardía, escrita en verso y prosa, las Mocedades de Rodrigo (h. 1350-60 según Deyermond, o h. 1300 según George Martin). Este texto es ficticio en casi su totalidad, con un Cid precipitado y tumultuoso que termina asediando a la ciudad de París donde el rey de Francia y el conde de Saboya acompañados nada menos que del papa se tiemblan dentro de los muros. Esta imagen exagerada del Cid deja su impronta en los romances populares cidianos que empezaron a cantarse por los años 1380 después de la guerra librada entre Pedro I y el bastardo Enrique de Trastámara por el trono de Castilla donde éste estableció por fin su nueva dinastía. Los cantores anónimos recogían ficciones sobre el Cid de las Mocedades, las crónicas y las leyendas populares: su figura viril, desafiante y violenta, y las leyendas de cómo naciera bastardo de su padre Diego Laínez con la hija de un molinero, de cómo mató al padre de su futura esposa en un duelo, y de cómo Jimena y Álvar Fáñez le montaron ya moribundo sobre Babieca para espantar a los almohades que atacaban Valencia.
Estos aparecen impresos en una época más tardía que los romances viejos: en el Cancionero de romances de Amberes, 1550, figura el Romance del Cid Ruy Díaz, en los desposorios ante Alfonso VI, donde se aprecia un tono completamente distinto del del Cantar:

Ya se apeaba Rodrigo para al rey besar la mano;
al hincar de la rodilla el estoque se ha arrancado;
espantóse de esto el rey y dijo como turbado:
_ ¡Quítate Rodrigo allá, quítame allá, diablo!
Que tienes el gesto de hombre y los hechos de león bravo _.
Como Rodrigo esto oyó, aprisa pide el caballo;
con una voz alterada contra el rey así ha hablado:
_ Por besar mano de rey no me tengo por honrado,
porque la besó mi padre me tengo por afrentado _.
En diciendo estas palabras salido se ha del palacio,
consigo se los tornaba los trescientos hijosdalgo.

La dinastía de los Trastámara solía buscarse sobre todo la confirmación de la legitimidad de la sucesión, y la corte de los Reyes Católicos apoyaba lealmente el culto del Cid en Cardeña, cenobio que Isabel la Católica visitó para ver el claustro de los mártires y se supone la tumba de Rodrigo y Jimena. En 1541 cuando los monjes trasladaron el cadáver del Cid a una nueva tumba, cerca de la sacristía, el emperador Carlos V les emitió un fulminante mandato real exigiendo que en seguida devolviesen los restos de su antecesor a un lugar más digno. En 1554 el rey Felipe II solicitó la canonización de Rodrigo Díaz, y se inició el proceso en Roma, pero luego se interrumpió y jamás se reanudó (Fletcher, 200).
Con una facultad del primer rey borbónico Felipe V los monjes terminaron de construir en 1736 la nueva e grandiosa Capilla de los Reyes y Condes en medio de la que montaron las nuevas tumbas para los restos del Cid y doña Jimena, rodeadas de nichos (casi todos vacíos) para su supuesto hijo Diego y otros parientes y allegados, incluyendo a los ficticios, además de plantar un grupo de olmos sobre la sepultura del caballo Babieca cerca de la entrada del monasterio (hoy los olmos han desaparecido y sólo queda una lápida conmemorativa en su lugar). Con la invasión del ejército de Napoleón en 1808, el marechal Soult ordenó la apertura de estas tumbas y la práctica de una autopsia de los esqueletos por un médico francés, que concluyó que el Cid era muy alto, y que los restos de doña Jimena eran en realidad los de un mozo (se supone de algún novicio). Los huesos del Cid fueron llevados al ayuntamiento de Burgos, aparte del codo derecho del Cid, que fue expoliado y llevado de trofeo a Alemania, terminándose a parar en el castillo de Sigmarinen en el custodio del príncipe Carlos Antonio de Hollenzollern. A petición del rey Alfonso XII fue devuelto en 1891 para unirse a los demás restos. Unos años después don Ramón Menéndez Pidal supervisó el nuevo entierro de los restos del Cid bajo una sencilla losa en el suelo la catedral de Burgos, cuyo epitafio el estudioso sacó del v. 3725 del Cantar: "A todos alcança onra por el que en buen ora nació" (v. 3725).
En 1596 la afortunada visita de Juan Ruiz de Ulibarri y Leyba al concejo de Vivar para buscar y copiar el manuscrito del Cantar había resucitado el interés por la figura del Cid. El historiador vallisoletano Fr. Prudencio de Sandoval fue a inspeccionar el manuscrito en 1601, y comentó que contenía "unos versos bárbaros notables". Poco después Juan de Escobar publicó su Hystoria del muy noble y valeroso cauallero el Cid Ruy Díaz de Biuar. En Romances, con el pie de imprenta de Lisboa: Antonio Aluarez, 1601. El enorme éxito de los romances cidianos fue explotado por el dramaturgo valenciano Guillén de Castro y Bellvis (1569-1631), que adaptó algunos de ellos para su obra más famosa, Las mocedades del Cid: Primera parte y Segunda Parte, que triunfó en Madrid en 1618. A su vez esta obra inspiró a Pierre Corneille (1606-84), cuyo Le Cid causó una sensación en su estreno en París en enero de 1637. Esta obra precursora del drama romántico fue subtitulada "tragicomedia" hasta 1648, y contribuyó al género de tragedia francesa; no obstante fue criticada por no observar enteramente las reglas para la tragedia promulgadas por la recién fundada Academia Francesa, cuyos inmortales la examinaron a órdenes del cardenal Richelieu, a quien la obra sacó de quicio y provocó la gresca político-literaria conocida con el nombre de "La Querelle du Cid". En 1657 un dramaturgo de la corte madrileña, de segunda fila, llamado Juan Bautista Diamante, alcanzó fama con una obra titulada El honrador de su padre, basada en mayor parte en la pieza de Castro, pero tal vez también en la de Corneille.
Aparte del interés del rey Felipe V por la construcción de la nueva capilla en Cardeña, la figura heroica del Cid fue casi olvidada durante la Iluminación del siglo XVIII, cuando el jesuita P. Juan Francisco Masdeu en su historia crítica radical (Roma, 1783, en 20 tomos) llegó a poner en tela de juicio la existencia del Cid, al no haber vistos los documentos originales. No obstante, el interés de los empleados de la Biblioteca Real (precursora de la Biblioteca Nacional) por recuperar y publicar la literatura medieval, parte del proyecto de crear una biblioteca panhispánica tras el modelo francés, instó al secretario del Consejo del Estado Eugenio Llaguno y Amírola por los años 1770 a visitar Vivar, donde encontró en el convento de Santa Clara el manuscrito del Cantar todavía existente, que acto seguido se llevó a Madrid (sin devolverlo jamás) para que Tomás Antonio Sánchez lo viese al objeto de preparar su edición de 1779. De los herederos de Llaguno el códice de Vivar pasó a Pascual de Gayangos en cuyo poder obraba cuando el francés Damas Hinard lo consultó, e incluso se lo mandó en un transatlántico a Boston, Massachusetts, para que George Ticknor lo examinase. En 1863 el político el primer marqués de Pidal compró el códice, dejándolo en herencia a su hijo segundo, Alejandro Pidal, primo segundo de Ramón Menéndez Pidal. En poder de don Alejandro se hallaba cuando lo utilizaron Vollmöller, Baist y Huntington para sus ediciones y estudios. Parece que fue durante aquella época cuando el manuscrito sufrió tanto daño por la aplicación de reactivos químicos, y evidentemente estaba en malas condiciones cuando Menéndez Pidal lo utilizó. El famoso filólogo pudo detectar la aplicación de agallas de roble y repasos de tinta desde fines del siglo XVI, tal vez impuestos por Ulibarri en 1596, aparte de los reactivos más recientes. En su edición de 1908, p. 11, don Ramón nos deja una descripción de lo que aplicó al pergamino:

"Yo empleé, bajo la inteligente dirección de Antonio Paz y Melia, el sulfhidrato amónico en los diversos lugares quee xpreso en las notas de mi edición. Sólo en tres ocasiones usé el prusiato amarillo y e ácido clorhídrico".

Cuando la familia Pidal puso el códice a la venta por el año 1957, la Biblioteca del Museo Británico se interesó por él e hizo una puja, pero la generosa intervención de la Fundación Juan March lo salvó para el Estado Español y lo depositó en la Biblioteca Nacional en 1960. En el verano de 1968, por la amabilidad del entonces director don Luis Vázquez de Parga y bajo la supervisión del Padre López de Toro, yo pude examinar el códice de Vivar bajo la lámpara de cuarzo con motivo de preparar la nueva edición crítica para Clásicos Castalia. Observé que los diferentes reactivos utilizados anteriormente no sólo habían ennegrecido los folios en que se habían empleado, sino que además habían dejado una fluorescencia que reducía la eficacia de los rayos ultravioleta. El último folio que lleva la fecha estaba muy afectado donde el uso de los ácidos había corroído el pergamino. Alberto Montaner Frutos describe en su edición del Cantar de 1993 cómo él examinó el manuscrito los días 2 y 31 de julio de 1992 bajo la luz ultravioleta e infrarroja con un vídeo-microscopio. Si bien el estado actual del manuscrito es estable, su encuadernación del siglo XVI está muy afectada, por no decir raquítica; por lo tanto no nos debe sorprender la prudente decisión de la directora de la Biblioteca Nacional, doña Rosa Regàs, tras tomar en cuenta los dos nuevos informes técnicos que encargó, de no permitir viajar más este famoso códice en su preciosa y fragilísima ancianidad.
La calidad y la difusión de la notable edición Sánchez, aparecida en 1779, pronto iban a resonar en el resto de Europa, especialmente a causa de la intrusión extranjera en la guerra de la Independencia, que llevó a la Península Ibérica al centro de miras de todos los intelectuales europeos. Trece años después, en 1792, el historiador P. Maestro Manuel Risco publicó su edición popular de La Castilla, y el más famoso castellano ... Rodrigo Díaz llamado vulgarmente El Cid Campeador, cuya clara intención era de reestablecer al Cid como el principal héroe nacional para rivalizar con los de otras naciones, y fortalecer el concepto de la unidad nacional y el Imperio español de Ultramar (véase nuestra lámina 1).
Después de la apariencia de estos libros fundamentales para la resucitación heroica de Rodrigo Díaz, el joven poeta inglés de ideas republicanas, Robert Southey (1774-1843), fue invitado por el año 1795 a acompañar a su tío, el capellán anglicano en la Factoría británica en Lisboa, en una gira por España y Portugal. Como fruto de aquella visita, no sólo aprendió algo de portugués y español sino publicó en Londres en 1797 sus Cartas desde España y Portugal que había enviado a su mujer (cuñada de su amigo Samuel T. Coleridge). Con sus subsiguientes libros Southey llegó a ser el primer hispanista inglés de la época moderna: después de una segunda visita más larga a España en 1800, preparó su gran Crónica del Cid, que no es mera traduccíón de la Crónica del Cid y parte de la Primera crónica general, porque también utilizó el Cantar y el Romancero del Cid. Cuando apareció en 1808 coincidió con el estallido de la Guerra de Independencia, y tuvo un gran éxito con muchas reimpresiones, hasta entrar en la muy popular "Morley's Universal Library" con más de cuatro ediciones.
El romanticismo alemán acogió la leyenda del Cid con brazos abiertos: Johann Gottfried Herder (1773-1803) tradujo en verso parte del romancero cidiano en Der Cid (1802), que a su vez Abel Hugo adaptó al francés en 1822. En Escocia, la tierra de las baladas, Lockhart y Gibson adaptaron los romances del Cid a la prosodia de la balada anglo-escocesa, y en Austria Jacob Grimm publicó en español su Silva de romances, en la que alegó que los romances históricos eran epopeyas que habían perdurado en los labios del Volk o pueblo hasta la época moderna. Ferdinand Wolff y Conrad Hoffman publicaron su Primavera y Flor de Romances en Berlín en 1856, también alegando una estrecha conexión entre el poema épico del Cid con los romances. Las ideas tanto de Herder y Wolff como de Grimm influyeron en gran manera sobre los conceptos de la epopeya y el romancero que desarrollaron Milà y Fontanals, Menéndez Pelayo y su alumno Menéndez Pidal.
El romanticismo europeo también llevó a la figura del Cid a la ópera en Le Cid de Jules Massenet (1842-1912). Entre 1888 y 1892 Claude Debussy (1862-1918) compuso Rodrigue et Chimène, ópera que dejó inconclusa, pero que fue orquestrada por un compositor ruso y estrenada por Richard Langham-Smith en París en 1987, y una vez más en Lyon en 1993, pero no tuvo mucho éxito.
Los estudiosos europeos a lo largo del siglo XIX no cesaron de abordar la figura heroica y nacionalista del Cid. Huber, catedrático de literatura moderna de la Universidad de Berlín, publicó en español en 1844 la Crónica del Cid, dedicada al emperador Fernando I, en la que pone de epígrafe inicial una cita del emperador Carlos V sacado del decreto del 8 de julio de 1541: "Mirando a que el Cid es Nuestro progenitor..." El gran arabista holandés Reinhart Dozy no sólo estableció la fecha del Cantar en mayo de 1207, sino denegó que la epopeya castellana tuviera antecedentes árabes, puesto que no existían poemas épicos entre los árabes. Este libro causó una revuelta entre los historiadores españoles al presentar una imagen muy desfavorable del Cid derivada de las historias árabes como cruel, de ambición egoísta y poco patriota. En 1897 el hispanista inglés Henry Butler Clarke (1863-1904), fellow o socio del colegio de San Juan en la Universidad de Oxford, publicó su historia del Cid. Era ya miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia a través de su íntima amistad con el primer ministro Antonio Cánovas del Castillo (1828-97). Es tal vez el historiador de la época más equilibrado entre la "leyenda negra" de Dozy y el concepto encomiástico de héroe nacional:
[[In him the nation saw reflected its own bold, independent spirit, its valour and its manliness [...] Thus it is necessary to understand both the Cid of history, a shadowy person the finer shades of whose character have faded in the past, and the Cid of legend, the creation as well as the model of Spaniards of a later time. The former, so far as we know him, is unfit to be the hero of a great nation, but his compatriots soon forgot his cruelty, his selfish ambition and lack of patriotism, and remembering only his heroic valour and his efforts in a great cause, they, by the mouth of the minstrels endowed him with all the virtues and graces.]
En él la nación vio reflejado su propio espíritu audaz e independiente, su valor y su virilidad [...] Por lo tanto es necesario comprender tanto al Cid de la historia, persona sombrosa cuyos matices más finos de carácter se han desvanecido en el pasado, y el Cid de la leyenda, tanto la creación como el modelo de los españoles de una época más tardía. El primero, hasta donde lo conozcamos, no es apto para ser el héroe de una gran nación, pero sus compatriotas pronto se olvidaron de su crueldad, su ambición egoísta y su falta de patriotismo, y, recordando sólo su valor heroico y sus esfuerzos en una gran causa, ellos a través de la boca de los juglares le dotaron de toda las virtudes y gracias (p. iv, trad. nuestra).
El mayor auge de la figura heroica del Cid en la política, arte y literatura se aprecia entre la Restauración de la monarquía con Alfonso XII en enero de 1875 y la marcha al exilio de Alfonso XIII en 1931. Durante las últimas décadas del siglo XIX el Ayuntamiento de Burgos remodeló el puente y la puerta de Santa María adornándolos con estatuas de Rodrigo Díaz y otros personajes del Cantar, incluyendo el personaje ficticio de Martín Antolínez "el burgalés de pro" (vv. 65. 70, 79, etc., véase nuestra lámina 6), mientras el concejo de Vivar del Cid erigió una estatua de su héroe en la dehesa del lugar (véase nuestra lámina 3). En Nueva York en 1927 la Hispanic Society of America instaló en su jardín una espléndida estatua ecuestre del Cid esculpida en bronce por Anna Hyatt Huntington (que mide 687 x 765 cm, cf. Fletcher, lámina 15). En 1882 José Zorrilla publicó su Leyenda del Cid, especie de paráfrasis del Romancero estirada hasta los 19.000 versos. Entre 1906 y 1911 M. Manrique de Lara estrenó en Madrid una trilogía musical titulada Rodrigo y Jimena, El cerco de Zamora, y Mio Cid. En 1908 el poeta catalán Eduardo Marquina (1879-1946) puso en escena su drama titulado Las hijas del Cid basado en el Cantar. El material legendario sirvió de inspiración a las Cosas del Cid (1901) de Rubén Darío (1867-1916) y al Mio Cid Campeador (1929) de Vicente Huidobro (1893-1948).
Después de los desastres nacionales de 1898 el reformador agrario liberal, Joaquín Costa (1845-1911), declaró el 13 de noviembre de aquel mismo año que hacía falta "echar doble llave al sepulcro del Cid para que no volviese a cabalgar"; habiendo oído las consiguientes protestas, explicó después que había querido referirse "al Cid guerrero", ¡no "al Cid repúblico"! La exaltación por parte de Menéndez Pidal del "valor nacional" del poema en su introducción al Poema de Mio Cid en la muy difundida serie de Clásicos Castellanos a partir de 1913, y sobre todo su mezcla de historia y leyenda en La España del Cid que apareció en 1928, sirvieron de armas útiles para aquellos políticos centro-nacionalistas que eran feroces enemigos del federalismo en España y para quienes el Cid había sido el campeón, primero, del condado de Castilla contra el reino de León y el condado de Barcelona, y a continuación el símbolo perpetuo de la primacía del reino de Castilla como cabeza de la España imperial.
Durante el breve lustro de la Segunda República se olvidó del Cid, pero una vez estallida la sublevación nacionalista, la figura de un Cid guerrero y cruzado volvió a lucirse en la propaganda del franquismo, junto con Santiago el patrón de España y los Reyes Católicos. El contraataque librado por Menéndez Pidal a la "leyenda negra" cidiana perpetrada por Dozy llegó a tal extremo durante la dictadura del general Franco que la edición popular de La España del Cid, reducida a un tomo, llegó a ser lectura obligatoria de los cadetes en todas las academias militares de España, como reveló Eukene Lacarra Lanz. La fulminante denuncia de la "interpretación secular" de la Reconquista y el papel de los caballeros medievales como el Cid propuesta por Dozy empezó con la protesta de García Villada contra aquella "mezquina aceptación"en la víspera de la Guerra Civil en 1936, que fue repetida de forma ritualista por los ideólogos del nacionalcatolicismo durante todo el Régimen franquista, como han analizado muy atinadamente Peter Linehan y Richard Fletcher. La imagen heroica del Cid llegó a su apoteosis moderna en 1961 con la superproducción hollywoodiense de Samuel Bronston de El Cid dirigida por Anthony Mann, con Charlton Heston y Sofia Lauren en los papeles principales. En este filme, todavía exitoso en la televisión, no sólo domina el Cid legendario sobre el histórico, sino se aprecian bastantes anacronismos tanto en la arquitectura y las armas y armaduras como en la indumentaria femenina, a pesar de los esfuerzos de Menéndez Pidal en su labor de consejero histórico. En el nuevo milenio la gloriosa figura heroica ha bajado al nivel de Robin Hood en el filme de dibujos animados, El Cid: la leyenda (2004), y el libro infantil El Cid ("Mis Primeros Clásicos", Madrid: El País, 2007).
Después de la transición política de los años 1976 a 1982, parece que El Cid no cabalgaba tanto en la ideología española, ya cediendo el paso a los Reyes Católicos y Felipe II. Si las figuras del rey Arturo, Alfredo el Grande o Enrique V acompañadas de las marchas de Edward Elgar eran importantes en la formación del espíritu bélico británico en las dos guerras mundiales, o las de Siegfried, Dietrich, Hagen y demás héroes de los Nibelungenlied, la epopeya nacional alemana, con el acompañimiento esencial de Der Ring de Richard Wagner, constituyeron la ideología fundamental de las guerras libradas por la nación germana incluyendo las de los nacionalsocialistas del Tercer Reich, y si la figura de Juana de Arco con la cruz de Lorena fueron utilizadas por el ejército de los franceses libres durante la segunda Guerra Mundial, la leyenda guerrera del Cid disfrutó de aún más longevidad hasta nuestra época en una de las dos ideologías diametralmente opuestas de la nación, la de "España, una, grande, libre".

Ian Michael - Biblioteca Nacional, 17 de mayo de 2007





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