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EL CONDE LUCANOR
  • "Lo que sucedió a un hombre bueno con su hijo" 
  • "Lo que sucedió a una zorra con un cuervo
    que tenía un pedazo de queso en el pico"
     
  • "Lo que sucedió a una mujer
    que se llamaba doña Truhana"
  • "Lo que sucedió a un hombre al
    que tenían que limpiarle el hígado"
  • "Lo que ocurrió a un hombre que por pobreza
    y falta de otro alimento comía altramuces"
  • "Lo que sucedió a un deán de Santiago
    con don Illán, el mago de Toledo"
  • "Lo que sucedió a un rey con un hombre
    que le dijo que sabía hacer oro"
  • "Lo que sucedió a una zorra
    que se tendió en la calle y se hizo la muerta"
  • "Lo que sucedió a un rey con los burladores
    que hicieron el paño"
  • "Lo que sucedió a un mancebo
    que casó con una muchacha muy rebelde"
  • "Lo que sucedió a un hombre que iba cargado
    con piedras preciosas y se ahogó en el río"
  • "Causas por las que perdió
    su alma un general de Carcasona"
  • "Lo que sucedió a un hombre
    que se hizo amigo y vasallo del diablo"


  • El conde Lucanor

    Exemplo segundo

    De lo que contesçió a un omne bueno con su fijo

    Otra vez acaesçió que el conde Lucanor fablava con Patronio, su consejero, et díxol' cómo estava en grant coidado et en grand quexa de un fecho que quería fazer, ca, si por aventura lo fiziese, sabía que muchas gentes le travarían en ello; et otrosí, si non lo fiziese, que él mismo entendié quel'podrían travar en ello con razón. Et díxole cuál era el fecho et él rogól' quel' consejase lo que entendía que devía fazer sobre ello.
    -Señor conde Lucanor -dixo Patronio-, bien sé yo que vós fallaredes muchos que vos podrían consejar mejor que yo, et a vos dio Dios muy buen entendimiento, que sé que mi consejo que vos faze muy pequeña mengua; mas pues lo queredes, dezirvos he lo que ende entiendo. Señor conde Lucanor -dixo Patronio-, mucho me plazería que parásedes mientes a un exiemplo de una cosa que acaesçió una vegada a un omne bueno con su fijo.
    El conde le rogó quel' dixiese que cómo fuera aquello. Et Patronio dixo: -Señor, assí contesçió que un omne bueno avía un fijo; como quier que era moço segund sus días, era asaz de sotil entendimiento. Et cada que el padre alguna cosa quería fazer, porque pocas son las cosas en que algún contrallo non puede acaesçer, dizíal' el fijo que en aquello que él quería fazer, que veía él que podría acaesçer el contrario. Et por esta manera le partía de fazer algunas cosas quel' complían para su fazienda. Et vien cred que cuanto los moços son más sotiles de entendimiento, tanto son más aparejados para fazer grandes yerros para sus faziendas; ca an entendimiento para començar la cosa, mas non saben la manera como se puede acabar, et por esto caen en grandes yerros, si non an qui los guarde dello. Et así, aquel moço, por la sotileza que avía del entendimiento et quel' menguava la manera de saber fazer la obra complidamente, enbargava a su padre en muchas cosas que avié de facer. Et de que el padre passó grant tiempo esta vida con su fijo, lo uno por el daño que se le seguía de las cosas que se le enbargavan de fazer, et lo ál, por el enojo que tomava de aquellas cosas que su fijo le dizía, et señaladamente lo más, por castigar a su fijo et darle exiemplo cómo fiziese en las cosas quel' acaesçiesen adelante, tomó esta manera segund aquí oiredes: El omne bueno et su fijo eran labradores et moravan çerca de una villa. Et un día que fazían ˜ mercado, dixo a su fijo que fuesen amos allá para comprar algunas cosas que avían mester; et acordaron de levar una vestia en que lo traxiesen. Et yendo amos a mercado, levavan la vestia sin ninguna carga et ivan amos de pie et encontraron unos omnes que vinían daquella villa do ellos ivan. Et de que fablaron en uno et se partieron los unos de los otros, aquellos omnes que encontraron conmençaron a departir ellos entre sí et dizían que non les paresçían de buen recabdo aquel omne et su fijo, pues levavan la vestia descargada et ir entre amos de pie. El omne bueno, después que aquello oyó, preguntó a su fijo que quel' paresçía daquello que dizían. Et el fijo dixo que le parescía que dizían verdat, que pues la vestía iba descargada, que non era buen seso ir entre amos de pie. Et entonçe mandó el omne bueno a su fijo que subiese en la vestia. Et yendo así por el camino, fallaron otros omnes, et de que se partieron dellos, conmençaron a dezir que lo errara mucho aquel omne bueno, porque iva él de pie, que era viejo et cansado, et el moço, que podría sofrir lazeria, iva en la vestia. Preguntó entonçe el omne bueno a su fijo que quel' paresçía de lo que aquellos dizían; et él díxol' quel' paresçía que dizían razón. Entonçes mandó a su fijo que diciese de la vestia et subió él en ella.
    Et a poca pieça toparon con otros, et dixieron que fazía muy desaguisado dexar el moço, que era tierno et non podría sofrir lazeria, ir de pie, et ir el omne bueno, que era usado de pararse a las lazerias, en la vestia. Estonçe preguntó el omne bueno a su fijo que quél' paresçié desto que estos dizían. Et el moço díxol' que, segund él cuidava, quel' dizían verdat. Estonce mandó el omne bueno a su fijo que subiese en la vestia porque non fuese ninguno dellos de pie. Et yendo así, encontraron otros omnes et començaron a dezir que aquella vestia en que ivan era tan flaca que abés podría andar bien por el camino, et pues así era, que fazían muy grant yerro ir entramos en la vestia. Et el omne bueno preguntó al su fijo que quél' semejava daquello que aquellos omnes buenos dizían; et el moço dixo a su padre quel' semejava verdat aquello. Estonçe el padre respondió a su fijo en esta manera: -Fijo, bien sabes que cuando saliemos de nuestra casa, que amos veníamos de pie et traíamos la vestia sin carga ninguna, et tú dizías que te semejava que era bien. Et después, fallamos omnes en el camino que nos dixieron que non era bien, et mandéte yo sobir en la vestia et finqué de pie; et tú dixiste que era bien. Et después fallamos otros omnes que dixieron que aquello non era bien, et por ende desçendiste tú et subí yo en la vestia, et tú dixiste que era aquello lo mejor. Et porque los otros que fallamos dixieron que non era bien, mandéte subir en la vestia conmigo; et tú dixiste que era mejor que non fincar tú de pie et ir yo en la vestia. Et agora, estos que fallamos dizen que fazemos yerro en ir entre amos en la vestia; et tú tienes que dizen verdat. Et pues que assí es, ruégote que me digas qué es lo que podemos fazer en que las gentes non puedan travar; ca ya fuemos entramos de pie, et dixieron que non fazíamos bien; et fu yo de pie et tú en la vestia, et dixieron que errávamos; et fu yo en la vestia et tú de pie, et dixieron que era yerro; et agora imos amos en la vestia, et dizen que fazemos mal. Pues en ninguna guisa non puede ser que alguna destas cosas non fagamos, et ya todas las fiziemos, et todos dizen que son yerro; et esto fiz yo porque tomasses exiemplo de las cosas que te acaesçiessen en tu fazienda; ca çierto sey que nunca farás cosa de que todos digan bien: ca si fuere buena la cosa, los malos et aquellos que se les non sigue pro de aquella cosa, dirán mal della; et si fuere la cosa mala, los buenos, que se pagan del bien, non podrían decir que es bien el mal que tú feziste. Et por ende, si tú quieres fazer lo mejor et más a tu pro, cata que fagas lo mejor et lo que entendieres que te cumple más, et sol que non sea mal, non dexes de lo fazer por reçelo de dicho de las gentes; ca çierto es que las gentes a lo demás siempre fablan en las cosas a su voluntad, et non catan lo que es más a su pro.
    -Et vós, conde Lucanor, señor, en esto que me dezides que queredes fazer et que reçelades que vos travarán las gentes en ello, et si non lo fazedes, que esso mismo farán, pues me mandades que vos conseje en ello, el mi consejo es éste: que ante que començedes el fecho, que cuidedes toda la pro o el dapño que se vos puede ende seguir, et que non vos fiedes en vuestro seso et que vos guardedes que vos non engañe la voluntad, et que vos consejedes con los que entendiéredes que son de buen entendimiento et leales et de buena poridat. Et si tal consejero non falláredes, guardat que vos non arrebatedes a lo que oviéredes a fazer, a lo menos fasta que passe un día et una noche, si fuere cosa que se non pierda por tiempo. Et de que estas cosas guardáredes en lo que oviéredes de fazer, et lo falláredes que es bien et vuestra pro, conséjovos yo que nunca lo dexedes de fazer por reçelo de lo que las gentes podrían dello dezir.
    El conde tovo por buen consejo lo que Patronio le consejava. El fízolo assí, et fallóse ende bien.
    Et cuando don Johan falló este exiemplo, mandólo escrivir en este libro, et fizo estos viessos en que está avreviadamente toda la sentençia deste exiemplo. Et los viessos dizen así:

    Por dicho de las gentes, sol que non sea mal,
    al pro tenet las mientes, et non fagades ál
    .
    Et la estoria deste exiemplo es ésta que se sigue:

    Cuento 2

    Lo que sucedió a un hombre bueno con su hijo

    Otra vez, hablando el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, le dijo que estaba muy preocupado por algo que quería hacer, pues, si acaso lo hiciera, muchas personas encontrarían motivo para criticárselo; pero, si dejara de hacerlo, creía él mismo que también se lo podrían censurar con razón. Contó a Patronio de qué se trataba y le rogó que le aconsejase en este asunto.
    -Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, ciertamente sé que encontraréis a muchos que podrían aconsejaros mejor que yo y, como Dios os hizo de buen entendimiento, mi consejo no os hará mucha falta; pero, como me lo habéis pedido, os diré lo que pienso de este asunto. Señor Conde Lucanor -continuó Patronio-, me gustaría mucho que pensarais en la historia de lo que ocurrió a un hombre bueno con su hijo.
    El conde le pidió que le contase lo que les había pasado, y así dijo Patronio:
    -Señor, sucedió que un buen hombre tenía un hijo que, aunque de pocos años, era de muy fino entendimiento. Cada vez que el padre quería hacer alguna cosa, el hijo le señalaba todos sus inconvenientes y, como hay pocas cosas que no los tengan, de esta manera le impedía llevar acabo algunos proyectos que eran buenos para su hacienda. Vos, señor conde, habéis de saber que, cuanto más agudo entendimiento tienen los jóvenes, más inclinados están a confundirse en sus negocios, pues saben cómo comenzarlos, pero no saben cómo los han de terminar, y así se equivocan con gran daño para ellos, si no hay quien los guíe. Pues bien, aquel mozo, por la sutileza de entendimiento y, al mismo tiempo, por su poca experiencia, abrumaba a su padre en muchas cosas de las que hacía. Y cuando el padre hubo soportado largo tiempo este género de vida con su hijo, que le molestaba constantemente con sus observaciones, acordó actuar como os contaré para evitar más perjuicios a su hacienda, por las cosas que no podía hacer y, sobre todo, para aconsejar y mostrar a su hijo cómo debía obrar en futuras empresas. »Este buen hombre y su hijo eran labradores y vivían cerca de una villa. Un día de mercado dijo el padre que irían los dos allí para comprar algunas cosas que necesitaban, y acordaron llevar una bestia para traer la carga. Y camino del mercado, yendo los dos a pie y la bestia sin carga alguna, se encontraron con unos hombres que ya volvían. Cuando, después de los saludos habituales, se separaron unos de otros, los que volvían empezaron a decir entre ellos que no les parecían muy juiciosos ni el padre ni el hijo, pues los dos caminaban a pie mientras la bestia iba sin peso alguno. El buen hombre, al oírlo, preguntó a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos hombres, contestándole el hijo que era verdad, porque, al ir el animal sin carga, no era muy sensato que ellos dos fueran a pie. Entonces el padre mandó a su hijo que subiese en la cabalgadura.
    »Así continuaron su camino hasta que se encontraron con otros hombres, los cuales, cuando se hubieron alejado un poco, empezaron a comentar la equivocación del padre, que, siendo anciano y viejo, iba a pie, mientras el mozo, que podría caminar sin fatigarse, iba a lomos del animal. De nuevo preguntó el buen hombre a su hijo qué pensaba sobre lo que habían dicho, y este le contestó que parecían tener razón. Entonces el padre mandó a su hijo bajar de la bestia y se acomodó él sobre el animal.
    »Al poco rato se encontraron con otros que criticaron la dureza del padre, pues él, que estaba acostumbrado a los más duros trabajos, iba cabalgando, mientras que el joven, que aún no estaba acostumbrado a las fatigas, iba a pie. Entonces preguntó aquel buen hombre a su hijo qué le parecía lo que decían estos otros, replicándole el hijo que, en su opinión, decían la verdad. Inmediatamente el padre mandó a su hijo subir con él en la cabalgadura para que ninguno caminase a pie.
    »Y yendo así los dos, se encontraron con otros hombres, que comenzaron a decir que la bestia que montaban era tan flaca y tan débil que apenas podía soportar su peso, y que estaba muy mal que los dos fueran montados en ella. El buen hombre preguntó otra vez a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos, contestándole el joven que, a su juicio, decían la verdad. Entonces el padre se dirigió al hijo con estas palabras:
    »-Hijo mío, como recordarás, cuando salimos de nuestra casa, íbamos los dos a pie y la bestia sin carga, y tú decías que te parecía bien hacer así el camino. Pero después nos encontramos con unos hombres que nos dijeron que aquello no tenía sentido, y te mandé subir al animal, mientras que yo iba a pie. Y tú dijiste que eso sí estaba bien. Después encontramos otro grupo de personas, que dijeron que esto último no estaba bien, y por ello te mandé bajar y yo subí, y tú también pensaste que esto era lo mejor. Como nos encontramos con otros que dijeron que aquello estaba mal, yo te mandé subir conmigo en la bestia, y a ti te pareció que era mejor ir los dos montados. Pero ahora estos últimos dicen que no está bien que los dos vayamos montados en esta única bestia, y a ti también te parece verdad lo que dicen. Y como todo ha sucedido así, quiero que me digas cómo podemos hacerlo para no ser criticados de las gentes: pues íbamos los dos a pie, y nos criticaron; luego también nos criticaron, cuando tú ibas a caballo y yo a pie; volvieron a censurarnos por ir yo a caballo y tú a pie, y ahora que vamos los dos montados también nos lo critican. He hecho todo esto para enseñarte cómo llevar en adelante tus asuntos, pues alguna de aquellas monturas teníamos que hacer y, habiendo hecho todas, siempre nos han criticado. Por eso debes estar seguro de que nunca harás algo que todos aprueben, pues si haces alguna cosa buena, los malos y quienes no saquen provecho de ella te criticarán; por el contrario, si es mala, los buenos, que aman el bien, no podrán aprobar ni dar por buena esa mala acción. Por eso, si quieres hacer lo mejor y más conveniente, haz lo que creas que más te beneficia y no dejes de hacerlo por temor al qué dirán, a menos que sea algo malo, pues es cierto que la mayoría de las veces la gente habla de las cosas a su antojo, sin pararse a pensar en lo más conveniente.
    »Y a vos, Conde Lucanor, pues me pedís consejo para eso que deseáis hacer, temiendo que os critiquen por ello y que igualmente os critiquen si no lo hacéis, yo os recomiendo que, antes de comenzarlo, miréis el daño o provecho que os puede causar, que no os confiéis sólo a vuestro juicio y que no os dejéis engañar por la fuerza de vuestro deseo, sino que os dejéis aconsejar por quienes sean inteligentes, leales y capaces de guardar un secreto. Pero, si no encontráis tal consejero, no debéis precipitaros nunca en lo que hayáis de hacer y dejad que pasen al menos un día y una noche, si son cosas que pueden posponerse. Si seguís estas recomendaciones en todos vuestros asuntos y después los encontráis útiles y provechosos para vos, os aconsejo que nunca dejéis de hacerlos por miedo a las críticas de la gente.
    El consejo de Patronio le pareció bueno al conde, que obró según él y le fue muy provechoso.
    Y, cuando don Juan escuchó esta historia, la mandó poner en este libro e hizo estos versos que dicen así y que encierran toda la moraleja:

    Por críticas de gentes, mientras que no hagáis mal,
    buscad vuestro provecho y no os dejéis llevar.

    Exemplo quinto

    De lo que contesçió a un raposo con un cuervo
    que tenié un pedaço de queso en el pico


    Otra vez fablava el conde Lucanor con Patronio, su consejero, et díxol'assí: -Patronio, un omne que da a entender que es mi amigo, me començó a loar mucho, dándome a entender que avía en mí muchos complimientos de onra et de poder et de muchas vondades. Et de que con estas razones me falagó cuanto pudo, movióme un pleito, que en la primera vista, segund lo que yo puedo entender, que paresçe que es mi pro.
    Et contó el conde a Patronio cuál era el pleito quel' movía; et como quier que paresçía el pleito aprovechoso, Patronio entendió el engaño que yazía ascondido so las palabras fremosas. Et por ende dixo al conde:
    -Señor conde Lucanor, sabet que este omne vos quiere engañar, dándovos a entender que el vuestro poder et el vuestro estado es mayor de cuanto es la verdat. Et para que vos podades guardar deste engaño que vos quiere fazer, plazerme ía que sopiésedes lo que contesçió a un cuervo con un raposo. Et el conde le preguntó cómo fuera aquello.
    -Señor conde Lucanor -dixo Patronio-, el cuervo falló una vegada un grant pedaço de queso et subió en un árbol porque pudiese comer el queso más a su guisa et sin reçelo et sin enbargo de ninguno. Et en cuanto el cuervo assí estava, passó el raposo por el pie del árbol, et desque vio el queso que el cuervo tenía, començó a cuidar en cuál manera lo podría levar de'l. Et por ende començó a fablar con él en esta guisa:
    -Don Cuervo, muy gran tiempo ha que oí fablar de vós et de la vuestra nobleza, et de la vuestra apostura. Et como quiera que vos mucho busqué, non fue la voluntat de Dios, nin la mi ventura, que vos pudiesse fallar fasta agora, et agora que vos veo, entiendo que a mucho más bien en vos de cuanto me dizían. Et porque veades que non vos lo digo por lesonja, también como vos diré las aposturas que en vos entiendo, también vos diré las cosas en que las gentes tienen que non sodes tan apuesto. Todas las gentes tienen que la color de las vuestras péñolas et de los ojos et del pico et de los pies et de las uñas, que todo es prieto, et por que la cosa prieta non es tan apuesta como la de otra color, et vós sodes todo prieto, tienen las gentes que es mengua de vuestra apostura, et non entienden cómo yerran en ello mucho; ca como quier que las vuestras péñolas son prietas, tan prieta e tan luzia es aquella pretura, que torna en india, como péñolas de pavón, que es la más fremosa ave del mundo; et como quier que los vuestros ojos son prietos, cuanto para ojos, mucho son más fremosos que otros ojos ningunos, ca la propriedat del ojo non es sinon ver, et porque toda cosa prieta conorta el viso, para los ojos, los prietos son los mejores, et por ende son más loados los ojos de la ganzela, que son más prietos que de ninguna otra animalia. Otrosí, el vuestro pico et las vuestras manos et uñas son fuertes más que de ninguna ave tanmaña como vós. Otrosí, en el vuestro buelo avedes tan grant ligereza, que vos non enbarga el viento de ir contra él, por rezio que sea, lo que otra ave non puede fazer tan ligeramente como vós. Et bien tengo que, pues Dios todas las cosas faze con razón, que non consintría que, pues en todo sodes tan complido, que oviese en vos mengua de non cantar mejor que ninguna otra ave. Et pues Dios me fizo tanta merçet que vos veo, et sé que ha en vos más bien de cuanto nunca de vos oí, si yo pudiesse oír de vos el vuestro canto, para siempre me ternía por de buena ventura.
    Et señor conde Lucanor, parat mientes que maguer que la entençión del raposo era para engañar al cuervo, que sienpre las sus razones fueron con verdat. Et set çierto que los engaños et damños mortales siempre son los que se dizen con verdat engañosa.
    Et desque el cuervo vio en cuantas maneras el raposo le alabava, et cómo le dizía verdat en todas creó que asíl' dizía verdat en todo lo ál, et tovo que era su amigo, et non sospechó que lo fazía por levar de'l el queso que tenía en el pico, et por las muchas buenas razones quel' avía oído, et por los falagos et ruegos quel' fiziera porque cantase, avrió el pico para cantar. Et desque el pico fue avierto para cantar, cayó el queso en tierra, et tomólo el raposo et fuese con él; et así fincó engañado el cuervo del raposo, creyendo que avía en sí más apostura et más complimiento de cuanto era la verdat.
    Et vós, señor conde Lucanor, como quier que Dios vos fizo assaz merçet en todo, pues beedes que aquel omne vos quiere fazer entender que avedes mayor poder et mayor onra o más vondades de cuanto vós sabedes que es la verdat, entendet que lo faze por vos engañar, et guardat vos de'l et faredes como omne de buen recabdo.
    Al conde plogo mucho de lo que Patronio le dixo, et fízolo assí. Et con su consejo fue él guardado de yerro.
    Et porque entendió don Johan que este exiemplo era muy bueno, fízolo escrivir en este libro, et fizo estos viessos, en que se entiende avreviadamente la entención de todo este exiemplo. Et los viessos dizen así:

    Qui te alaba con lo que non es en ti,
    sabe que quiere levar lo que as de ti.
    Et la estoria deste enxemplo es ésta que se sigue:

    Cuento 5 -

    Lo que sucedió a una zorra con un cuervo
    que tenía un pedazo de queso en el pico


    Hablando otro día el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, le dijo: -Patronio, un hombre que se llama mi amigo comenzó a alabarme y me dio a entender que yo tenía mucho poder y muy buenas cualidades. Después de tantos halagos me propuso un negocio, que a primera vista me pareció muy provechoso.
    Entonces el conde contó a Patronio el trato que su amigo le proponía y, aunque parecía efectivamente de mucho interés, Patronio descubrió que pretendían engañar al conde con hermosas palabras. Por eso le dijo:
    -Señor Conde Lucanor, debéis saber que ese hombre os quiere engañar y así os dice que vuestro poder y vuestro estado son mayores de lo que en realidad son. Por eso, para que evitéis ese engaño que os prepara, me gustaría que supierais lo que sucedió a un cuervo con una zorra. Y el conde le preguntó lo ocurrido.
    -Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, el cuervo encontró una vez un gran pedazo de queso y se subió a un árbol para comérselo con tranquilidad, sin que nadie le molestara. Estando así el cuervo, acertó a pasar la zorra debajo del árbol y, cuando vio el queso, empezó a urdir la forma de quitárselo. Con ese fin le dijo:
    »-Don Cuervo, desde hace mucho tiempo he oído hablar de vos, de vuestra nobleza y de vuestra gallardía, pero aunque os he buscado por todas partes, ni Dios ni mi suerte me han permitido encontraros antes. Ahora que os veo, pienso que sois muy superior a lo que me decían. Y para que veáis que no trato de lisonjearos, no sólo os diré vuestras buenas prendas, sino también los defectos que os atribuyen. Todos dicen que, como el color de vuestras plumas, ojos, patas y garras es negro, y como el negro no es tan bonito como otros colores, el ser vos tan negro os hace muy feo, sin darse cuenta de su error pues, aunque vuestras plumas son negras, tienen un tono azulado, como las del pavo real, que es la más bella de las aves. Y pues vuestros ojos son para ver, como el negro hace ver mejor, los ojos negros son los mejores y por ello todos alaban los ojos de la gacela, que los tiene más oscuros que ningún animal. Además, vuestro pico y vuestras uñas son más fuertes que los de ninguna otra ave de vuestro tamaño. También quiero deciros que voláis con tal ligereza que podéis ir contra el viento, aunque sea muy fuerte, cosa que otras muchas aves no pueden hacer tan fácilmente como vos. Y así creo que, como Dios todo lo hace bien, no habrá consentido que vos, tan perfecto en todo, no pudieseis cantar mejor que el resto de las aves, y porque Dios me ha otorgado la dicha de veros y he podido comprobar que sois más bello de lo que dicen, me sentiría muy dichosa de oír vuestro canto.
    »Señor Conde Lucanor, pensad que, aunque la intención de la zorra era engañar al cuervo, siempre le dijo verdades a medias y, así, estad seguro de que una verdad engañosa producirá los peores males y perjuicios. »Cuando el cuervo se vio tan alabado por la zorra, como era verdad cuanto decía, creyó que no lo engañaba y, pensando que era su amiga, no sospechó que lo hacía por quitarle el queso. Convencido el cuervo por sus palabras y halagos, abrió el pico para cantar, por complacer a la zorra. Cuando abrió la boca, cayó el queso a tierra, lo cogió la zorra y escapó con él. Así fue engañado el cuervo por las alabanzas de su falsa amiga, que le hizo creerse más hermoso y más perfecto de lo que realmente era.
    »Y vos, señor Conde Lucanor, pues veis que, aunque Dios os otorgó muchos bienes, aquel hombre os quiere convencer de que vuestro poder y estado aventajan en mucho la realidad, creed que lo hace por engañaros. Y, por tanto, debéis estar prevenido y actuar como hombre de buen juicio.
    Al conde le agradó mucho lo que Patronio le dijo e hízolo así. Por su buen consejo evitó que lo engañaran.
    Y como don Juan creyó que este cuento era bueno, lo mandó poner en este libro e hizo estos versos, que resumen la moraleja. Estos son los versos:

    Quien te encuentra bellezas que no tienes,
    siempre busca quitarte algunos bienes.

    Exemplo VII

    De lo que contesçió a una muger
    quel' dizién doña Truhana


    Otra vez fablava el conde Lucanor con Patronio en esta guisa:
    -Patronio, un omne me dixo una razón et amostróme la manera cómo podría seer. Et bien vos digo que tantas maneras de aprovechamiento ha en ella que, si Dios quiere que se faga assí como me él dixo, que sería mucho mi pro; ca tantas cosas son que nasçen las unas de las otras, que al cabo es muy grant fecho además. Et contó a Patronio la manera cómo podría seer. Desque Patronio entendió aquellas razones, respondió al conde en esta manera: -Señor conde Lucanor, siempre oí dezir que era buen seso atenerse omne a las cosas çiertas et non a las vanas fuzas, ca muchas vezes a los que se atienen a las fuzas, contésçeles lo que contesçió a doña Truana.
    Et el conde preguntó cómo fuera aquello. -Señor conde -dixo Patronio-, una muger fue que avié nombre doña Truana et era asaz más pobre que rica, et un día iva al mercado et levava una olla de miel en la cabeça. Et yendo por el camino, començó a cuidar que vendría aquella olla de miel et que compraría una partida de huevos, et deaquellos huevos nazçirían gallinas et depués, de aquellos dineros que valdrían, conpraría ovejas, et assí fue comprando de las ganancias que faría, fasta que fallóse por más rica que ninguna de sus vezinas.
    Et con aquella riqueza que ella cuidava que avía, asmó cómo casaría sus fijos et sus fijas, et cómo iría aguardada por la calle con yernos et con nueras, et cómo dizían por ella cómo fuera de buena ventura en llegar a tan grant riqueza, seyendo tan pobre como solía seer. Et pensando en esto començó a reír con grand plazer que avía de la su buena andança, et, en riendo, dio con la mano en su fruente, et entonçes cayól' la olla de la miel en tierra, et quebróse. Cuando vio la olla quebrada, començó a fazer muy grant duelo, toviendo que avía perdido todo lo que cuidava que avría si la olla non le quebrara. Et porque puso todo su pensamiento por fuza vana, non se fizo al cabo nada de lo que ella cuidava.
    Et vós, señor conde, si queredes que lo que vos dixieren et lo que vós cuidardes sea todo cosa çierta, cred et cuidat sienpre todas cosas tales que sean aguisadas et non fuzas dubdosas et vanas. Et si las quisierdes provar, guardatvos que non aventuredes nin pongades de lo vuestro cosa de que vos sintades por fiuza de la pro de lo que non sodes çierto.
    Al conde plogo de lo que Patronio le dixo, et fízolo assí et fallóse ende bien.
    Et porque don Johan se pagó deste exienplo, fízolo poner en este libro et fizo estos viessos que dizen assí:

    A las cosas çiertas vos comendat
    et las fuizas vanas dexat
    .
    Et la istoria deste exiemplo es ésta que sigue:

    Cuento 7 -

    Lo que sucedió a una mujer
    que se llamaba doña Truhana


    Otra vez estaba hablando el Conde Lucanor con Patronio de esta manera:
    -Patronio, un hombre me ha propuesto una cosa y también me ha dicho la forma de conseguirla. Os aseguro que tiene tantas ventajas que, si con la ayuda de Dios pudiera salir bien, me sería de gran utilidad y provecho, pues los beneficios se ligan unos con otros, de tal forma que al final serán muy grandes.
    Y entonces le contó a Patronio cuanto él sabía. Al oírlo Patronio, contestó al conde:
    -Señor Conde Lucanor, siempre oí decir que el prudente se atiene a las realidades y desdeña las fantasías, pues muchas veces a quienes viven de ellas les suele ocurrir lo que a doña Truhana.
    El conde le preguntó lo que le había pasado a esta.
    -Señor conde -dijo Patronio-, había una mujer que se llamaba doña Truhana, que era más pobre que rica, la cual, yendo un día al mercado, llevaba una olla de miel en la cabeza. Mientras iba por el camino, empezó a pensar que vendería la miel y que, con lo que le diesen, compraría una partida de huevos, de los cuales nacerían gallinas, y que luego, con el dinero que le diesen por las gallinas, compraría ovejas, y así fue comprando y vendiendo, siempre con ganancias, hasta que se vio más rica que ninguna de sus vecinas.
    »Luego pensó que, siendo tan rica, podría casar bien a sus hijos e hijas, y que iría acompañada por la calle de yernos y nueras y, pensó también que todos comentarían su buena suerte pues había llegado a tener tantos bienes aunque había nacido muy pobre.
    »Así, pensando en esto, comenzó a reír con mucha alegría por su buena suerte y, riendo, riendo, se dio una palmada en la frente, la olla cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Doña Truhana, cuando vio la olla rota y la miel esparcida por el suelo, empezó a llorar y a lamentarse muy amargamente porque había perdido todas las riquezas que esperaba obtener de la olla si no se hubiera roto. Así, porque puso toda su confianza en fantasías, no pudo hacer nada de lo que esperaba y deseaba tanto.
    »Vos, señor conde, si queréis que lo que os dicen y lo que pensáis sean realidad algún día, procurad siempre que se trate de cosas razonables y no fantasías o imaginaciones dudosas y vanas. Y cuando quisiereis iniciar algún negocio, no arriesguéis algo muy vuestro, cuya pérdida os pueda ocasionar dolor, por conseguir un provecho basado tan sólo en la imaginación.
    Al conde le agradó mucho esto que le contó Patronio, actuó de acuerdo con la historia y, así, le fue muy bien.
    Y como a don Juan le gustó este cuento, lo hizo escribir en este libro y compuso estos versos:

    En realidades ciertas os podéis confiar,
    mas de las fantasías os debéis alejar.

    Exemplo VIII

    De lo que contesçió a un omne
    que avían de alimpiar el fígado


    Otra vez fablava el conde Lucanor con Patronio, su consegero, et díxole assí:
    -Patronio, sabet que como quier que Dios me fizo mucha merced en muchas cosas, que estó agora mucho afincado de mengua de dineros. Et como quiera que me es tan grave de lo fazer como la muerte, tengo que avié a vender una de las heredades del mundo de que he más duelo, o fazer otra cosa que me será grand daño como esto. Et averlo he de fazer por salir agora desta lazeria et desta cuita en que estó. Et faziendo yo esto, que es tan grant mío daño, vienen a mí muchos omnes, que sé que lo pueden muy bien escusar, et demándanme, que les dé estos dineros que me cuestan tan caros.
    Et por el buen entendimiento que Dios en vos puso, ruégovos que me digades lo que vos paresçe que devo fazer en esto. -Señor conde Lucanor -dixo Patronio-, paresçe a mí que vos contesçe con estos omnes como contesçió a un omne que era muy mal doliente. Et el conde le rogó quel' dixiesse cómo fuera aquello. -Señor conde -dixo Patronio-, un omne era muy mal doliente, assí quel' dixieron los físicos que en ninguna guisa non podía guaresçer si non le feziessen una avertura por el costado, et quel' sacassen el fígado por él, et que lo lavassen con unas melezinas que avía mester, et quel' alinpiassen de aquellas cosas porque el fígado estava maltrecho. Estando él sufriendo este dolor et teniendo el físico el fígado en la mano, otro omne que estava ˜ çerca de'l començó de rogarle quel' diesse de aquel fígado para un su gato.
    Et vós, señor conde Lucanor, si queredes fazer muy grand vuestro daño por aver dineros et darlos do se deven escusar, dígovos que lo podiedes fazer por vuestra voluntad, mas nunca lo faredes por el mi consejo. Al conde plogo de aquello que Patronio dixo, et guardóse ende dallí adelante, et fallóse ende bien.
    Et porque entendió don Johan que este exiemplo era bueno, mandólo escriviren este libro et fizo estos viessos que dizen assí.

    Si non sabedes qué devedes dar,
    a grand daño se vos podría tornar.

    Et la istoria deste exiemplo es ésta que se sigue:

    Cuento 8

    Lo que sucedió a un hombre al
    que tenían que limpiarle el hígado


    Otra vez hablaba el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo:
    -Ahora estoy necesitado de dinero, aunque Dios me ha hecho venturoso otras muchas veces. Creo que tendré que vender una de mis tierras, aquella por la que más cariño siento, aunque, si lo hago, me resultará muy doloroso, o bien tendré que hacer otra cosa que me dolerá tanto como la anterior. Tengo que hacerlo para salir del agobio y de la penuria en que estoy, pues, aunque me ven así, y a pesar de que no lo necesitan verdaderamente, vienen a mí muchas gentes a pedirme un dinero que tantos sacrificios me va a costar. Por el buen juicio que Dios ha puesto en vos, os ruego que me digáis lo que debo hacer en este asunto.
    -Señor Conde Lucanor -dijo Patronio- me parece que os ocurre a vos con esa gente lo que le pasó a un hombre que estaba muy enfermo.
    Y el conde le rogó que le contara lo acaecido.
    -Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, había un hombre que estaba muy enfermo, al cual dijeron los médicos que no podría curarse si no le hacían una abertura en el costado para sacarle el hígado y lavarlo con unas medicinas. Mientras lo estaban operando, el cirujano tenía el hígado en las manos y, de pronto, un hombre que estaba cerca comenzó a pedirle un trozo de aquel hígado para su gato.
    »Y vos, señor Conde Lucanor, si queréis perjudicaros para conseguir un dinero que después vais a dar a quienes no lo necesitan, podréis hacerlo por vuestro capricho, pero nunca por mi consejo.
    Al conde le agradó mucho lo que dijo Patronio, siguió sus consejos y le fue muy bien.
    Y como don Juan vio que este cuento era bueno, lo hizo poner en este libro y escribió unos versos que dicen así:

    Si no te piensas bien a quién debes prestar,
    sólo muy graves daños te podrán aguardar

    Exemplo X

    De lo que contesçió a un omne
    que por pobreza et mengua de otra vianda comía atramuzes


    Otro día fablava el conde Lucanor con Patronio en esta manera:
    -Patronio, bien conosco a Dios que me a fecho muchas merçedes, más quel' yo podría servir, et en todas las otras cosas entiendo que está la mi fazienda asaz con bien et con onra; pero algunas vegadas me contesçe de estar tan afincado de pobreza que me paresçe que quería tanto la muerte como la vida. Et ruégovos que algún conorte me dedes para esto. -Señor conde Lucanor -dixo Patronio-, para que vos conortedes cuando tal cosa vos acaesçiere, sería muy bien que sopiésedes lo que acaesçió a dos omnes que fueron muy ricos.
    El conde le rogó quel' dixiesse cómo fuera aquello.
    -Señor conde Lucanor -dixo Patronio-, de estos dos omnes, el uno dellos llegó a tan grand pobreza que non fincó en el mundo cosa que pudiese comer. Et desque fizo mucho por buscar alguna cosa que comiesse, non pudo aver cosa del mundo sinon una escudiella de atramizes. Et acordándose de cuando rico era et solía ser, que agora con fambre et con mengua avía de comer los atramizes, que son tan amargos et de tan mal sabor, començó de llorar muy fieramente, pero con la grant fambre començó de comer de los atramizes, et en comiéndolos, estava llorando et echava las cortezas de los atramizes en pos sí. Et él estando en este pesar et en esta coita, sintió que estava otro omne en pos de'l et bolbió la cabeça et vio un omne cabo de'l que estava comiendo las cortezas de los atramizes que él echava en pos de sí, et era aquél de que vos fablé desuso. Et cuando aquello vio el que comía los atramizes, preguntó a aquél que comía las cortezas que por qué fazía aquello. Et él dixo que sopiese que fuera muy más rico que él, et que agora avía llegado a tan grand pobreza et en tan grand fanbre quel' plazía mucho cuando fallava aquellas cortezas que él dexava. Et cuando esto vio el que comía los atramizes, conortóse, pues entendió que otro avía más pobre que él, et que avía menos razón porque lo devíe seer. Et con este conorte, esforçósse et ayudól' Dios, et cató manera en cómo saliesse de aquella pobreza, et salió della et fue muy bien andante.
    Et, señor conde Lucanor, devedes saber que el mundo es tal, et aunque nuestro señor Dios lo tiene por bien, que ningún omne non aya complidamente todas las cosas. Mas, pues en todo lo ál vos faze Dios merçed et estades con vien et con onra, si alguna vez vos menguare dineros o estudierdes en afincamiento, non desmayedes por ello, et cred por çierto que otros más onrados et más ricos que vós estarán tan afincados, que se ternién por pagados si pudiessen dar a sus gentes et les diessen aún muy menos de cuanto vos les dades a las vuestras. Al conde plogo mucho desto que Patronio dixo, et conortóse, et ayudóse él, et ayudól' Dios, et salió muy bien de aquella quexa en que estava. Et entendiendo don Johan que este exiemplo era muy bueno, fízolo poner en este libro et fizo estos viessos que dizen assí:

    Por pobreza nunca desmayedes,
    pues otros más pobres que vos veredes
    .
    Et la istoria deste exiemplo es ésta que se sigue:

    Cuento 10

    Lo que ocurrió a un hombre que por pobreza
    y falta de otro alimento comía altramuces


    Otro día hablaba el Conde Lucanor con Patronio de este modo:
    -Patronio, bien sé que Dios me ha dado tantos bienes y mercedes que yo no puedo agradecérselos como debiera, y sé también que mis propiedades son ricas y extensas; pero a veces me siento tan acosado por la pobreza que me da igual la muerte que la vida. Os pido que me deis algún consejo para evitar esta congoja.
    -Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, para que encontréis consuelo cuando eso os ocurra, os convendría saber lo que les ocurrió a dos hombres que fueron muy ricos.
    El conde le pidió que le contase lo que les había sucedido.
    -Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, uno de estos hombres llegó a tal extremo de pobreza que no tenía absolutamente nada que comer. Después de mucho esforzarse para encontrar algo con que alimentarse, no halló sino una escudilla llena de altramuces. Al acordarse de cuán rico había sido y verse ahora hambriento, con una escudilla de altramuces como única comida, pues sabéis que son tan amargos y tienen tan mal sabor, se puso a llorar amargamente; pero, como tenía mucha hambre, empezó a comérselos y, mientras los comía, seguía llorando y las pieles las echaba tras de sí. Estando él con este pesar y con esta pena, notó que a sus espaldas caminaba otro hombre y, al volver la cabeza, vio que el hombre que le seguía estaba comiendo las pieles de los altramuces que él había tirado al suelo. Se trataba del otro hombre de quien os dije que también había sido rico.
    »Cuando aquello vio el que comía los altramuces, preguntó al otro por qué se comía las pieles que él tiraba. El segundo le contestó que había sido más rico que él, pero ahora era tanta su pobreza y tenía tanta hambre que se alegraba mucho si encontraba, al menos, pieles de altramuces con que alimentarse. Al oír esto, el que comía los altramuces se tuvo por consolado, pues comprendió que había otros más pobres que él, teniendo menos motivos para desesperarse. Con este consuelo, luchó por salir de su pobreza y, ayudado por Dios, salió de ella y otra vez volvió a ser rico.
    »Y vos, señor Conde Lucanor, debéis saber que, aunque Dios ha hecho el mundo según su voluntad y ha querido que todo esté bien, no ha permitido que nadie lo posea todo. Mas, pues en tantas cosas Dios os ha sido propicio y os ha dado bienes y honra, si alguna vez os falta dinero o estáis en apuros, no os pongáis triste ni os desaniméis, sino pensad que otros más ricos y de mayor dignidad que vos estarán tan apurados que se sentirían felices si pudiesen ayudar a sus vasallos, aunque fuera menos de lo que vos lo hacéis con los vuestros.
    Al conde le agradó mucho lo que dijo Patronio, se consoló y, con su esfuerzo y con la ayuda de Dios, salió de aquella penuria en la que se encontraba.
    Y viendo don Juan que el cuento era muy bueno, lo mandó poner en este libro e hizo los versos que dicen así:

    Por padecer pobreza nunca os desaniméis,
    porque otros más pobres un día encontraréis.

    Exemplo XI

    De lo que contesçió a un deán de Sanctiago
    con don Illán, el grand maestro de Toledo


    Otro día fablava el conde Lucanor con Patronio, et contával' su fazienda en esta guisa:
    -Patronio, un omne vino a me rogar quel' ayudasse en un fecho que avía mester mi ayuda, et prometióme que faría por mí todas las cosas que fuessen mi pro et mi onra. Et yo començél' a ayudar cuanto pude en aquel fecho. Et ante que el pleito fuesse acabado, teniendo él que ya el su pleito era librado, acaesçió una cosa en que cumplía que la fiziesse por mí, et roguél' que la fiziesse et él púsome escusa. Et después acaesçió otra cosa que pudiera fazer por mí, et púsome escusa como a la otra; et esto me fizo en todo lo quel' rogué que'l fiziesse por mí. Et aquel fecho porque él me rogó non es aún librado, nin se librará si yo non quisiere. Et por la fiuza que yo he en vós et en el vuestro entendimiento, ruégovos que me consejedes lo que faga en esto.
    -Señor conde -dixo Patronio-, para que vós fagades en esto lo que vos devedes, mucho querría que sopiésedes lo que contesçió a un deán de Sanctiago con don Illán, el grand maestro que morava en Toledo.
    Et el conde le preguntó cómo fuera aquello. -Señor conde -dixo Patronio-, en Sanctiago avía un deán que avía muy grant talante de saber el arte de la nigromançía, et oyó dezír que don Illán de Toledo sabía ende más que ninguno que fuesse en aquella sazón; et por ende vínose para Toledo para aprender de aquella sciençia. Et el día que llegó a Toledo, adereçó luego a casa de don Illán et fallólo que estava lleyendo en una cámara muy apartada; et luego que legó a él, reçibiólo muy bien et díxol' que non quería quel' dixiesse ninguna cosa de lo porque venía fasta que oviese comido. Et pensó muy bien de'l et fizol' dar muy buenas posadas et todo lo que ovo mester, et diol' a entender quel' plazía mucho con su venida.
    Et después que ovieron comido, apartósse con él, et contól' la razón porque allí viniera, et rogól' muy afincadamente quel' mostrasse aquella sciençia que él avía muy grant talante de la aprender. Et don Illán díxol' que él era deán et omne de grand guisa et que podía llegar a grand estado -et los omnes que grant estado tienen, de que todo lo suyo an librado a su voluntad, olbidan mucho aína lo que otrie a fecho por ellos- et él que se reçelava que de que él oviesse aprendido de'l aquello que él quería saber, que non le faría tanto bien como él le prometía. Et el deán le prometió et le asseguró que de cualquier vien que él oviesse, que nunca faría sinon lo que él mandasse.
    Et en estas fablas estudieron desque ovieron yantado fasta que fue ora de çena. De que su pleito fue bien assossegado entre ellos, dixo don Illán al deán que aquella sçiençia non se podía aprender sinon en lugar mucho apartado et que luego essa noche le quería amostrar do avían de estar fasta que oviesse aprendido aquello que él quería saber. Et tomól' por la mano et levól' a una cámara. Et en apartándose de la otra gente, llamó a una mançeba de su casa et díxol' que toviesse perdizes para que çenassen essa noche, mas que non las pusiessen a assar fasta que él gelo mandasse.
    Et desque esto ovo dicho, llamó al deán; et entraron entramos por una escalera de piedra muy bien labrada et fueron descendiendo por ella muy grand pieça, en guisa que paresçía que estavan tan vaxos que passaba el río de Tajo por çima dellos. Et desque fueron en cabo del escalera, fallaron una possada muy buena, et una cámara mucho apuesta que ˜ avía, ó estavan los libros et el estudio en que avían de leer. De que se assentaron, estavan parando mientes en cuáles libros avían de començar. Et estando ellos en esto, entraron dos omnes por la puerta et diéronle una carta quel' enviava el arçobispo, su tío, en quel' fazía saber que estava muy mal doliente et quel' enviava rogar que sil' quería veer vivo, que se fuesse luego para él. Al deán pesó mucho con estas nuebas; lo uno, por la dolençia de su tío; et lo ál, porque reçeló que avía de dexar su estudio que avía començado. Pero puso en su coraçón de non dexar aquel estudio tan aína, et fizo sus cartas de repuesta et enviólas al arçobispo, su tío. Et dende a tres o cuatro días llegaron otros omnes a pie que traían otras cartas al deán en quel' fazían saber que el arçobispo era finado, et que estavan todos los de la eglesia en su eslección et que fiavan, por la merçed de Dios, que eslerían a él, et por esta razón que non se quexasse de ir a lla eglesia; ca mejor era para él en quel' esleciessen seyendo en otra parte que non estando en la eglesia.
    Et dende a cabo de siete o de ocho días, vinieron dos escuderos muy bien vestidos et muy bien aparejados, et cuando llegaron a él, vesáronle la mano et mostráronle las cartas en cómo le avían esleído por arçobispo. Cuando don Illán esto oyó, fue al electo et díxol' cómo gradescía mucho a Dios porque estas buenas nuebas le llegaran a su casa, et pues Dios tanto bien le fiziera, quel' pedía por merçed que el deanadgo que fincava vagado que lo diesse a un su fijo. Et el electo díxol' quel' rogava quel' quisiesse consentir que aquel deanadgo que lo oviesse un su hermano; mas que él le faría bien, en guisa que él fuesse pagado, et quel' rogava que fuesse con él para Sanctiago et que levasse aquel su fijo. Don Illán dixo que lo faría. Fuéronse para Sanctiago. Cuando ˜ llegaron, fueron muy bien reçebidos et mucho onradamente. Et desque moraron ˜ un tiempo, un día llegaron al arçobispo mandaderos del Papa con sus cartas en cómol' dava el obispado de Tolosa, et quel fazía gracia que pudiesse dar el arçobispado a qui quisiesse.
    Cuando don Illán oyó esto, retrayéndol' mucho afincadamente lo que con él avía passado, pidiól' merçed quel' diesse a su fijo; et el arçobispo le rogó que consentiesse que lo oviesse un su tío, hermano de su padre. Et don Illán dixo que bien entendié quel' fazía gran tuerto, pero que esto que lo consintía en tal que fuesse seguro que gelo emendaría adelante. Et el obispo le prometió en toda guisa que lo faría assí, et rogól' que fuesse con él a Tolosa et que levasse su fijo. Et desque llegaron a Tolosa, fueron muy bien reçebidos de condes et de cuantos omnes buenos avía en la tierra. Et desque ovieron ˜ morado fasta dos años, llegaron los mandaderos del Papa con sus cartas en cómo le fazía el Papa cardenal et quel' fazía gracia que diesse el obispado de Tolosa a qui quisiesse. Entonçe fue a él don Illán et díxol' que, pues tantas vezes le avía fallesçido de lo que con él pusiera, que ya aquí non avía logar del' poner escusa ninguna que non diesse algunas de aquellas dignidades a su fijo. Et el cardenal rogól' quel' consentiese que oviesse aquel obispado un su tío, hermano de su madre, que era omne bueno ançiano; mas que, pues él cardenal era, que se fuese con él para la Corte, que asaz avía en qué le fazer bien. Et don Illán quexósse ende mucho, pero consintió en lo que el cardenal quiso, et fuesse con él para la Corte. Et desque ˜ llegaron, fueron bien reçebidos de los cardenales et de cuantos en la Corte eran, et moraron ˜ muy grand tiempo. Et don Illán afincando cada día al cardenal quel' fiziesse alguna gracia a su fijo, et él poníal' sus escusas. Et estando assí en la Corte, finó el Papa; et todos los cardenales esleyeron aquel cardenal por Papa. Estonçe fue a él don Illán et díxol' que ya non podía poner escusa de non conplir lo quel' avía prometido. El Papa le dixo que non lo afincasse tanto, que siempre avría lugar en quel' fiziesse merçed segund fuesse razón. Et don Illán se començó a quexar mucho, retrayéndol' cuantas cosas le prometiera et que nunca le avía complido ninguna, et diziéndol' que aquello reçelava en la primera vegada que con él fablara, et pues aquel estado era llegado et nol' cumplía lo quel' prometiera, que ya non le fincava logar en que atendiesse de'l bien ninguno. Deste aquexamiento se quexó mucho el Papa et començól' a maltraer diziéndol' que si más le afincasse, quel' faría echar en una cárçel, que era ereje et encantador, que bien sabía que non avía otra vida nin otro ofiçio en Toledo, do él moraba, sinon bivir por aquella arte de nigromançía. Desque don Illán vio cuánto mal le gualardonava el Papa lo que por él avía fecho, espedióse de'l, et solamente nol' quiso dar el Papa que comiese por el camino. Estonçe don Illán dixo al Papa que pues ál non tenía de comer, que se avría de tornar a las perdizes que mandara assar aquella noche, et llamó a la muger et díxol' que assasse las perdizes.
    Cuanto esto dixo don Illán, fallósse el Papa en Toledo, deán de Sanctiago, como lo era cuando ˜ bino, et tan grand fue la vergüença que ovo, que non sopo quel' dezir. Et don Illán díxol' que fuesse en buena ventura et que assaz avía provado lo que tenía en él, et que ternía por muy mal enpleado si comiesse su parte de las perdizes.
    Et vós, señor conde Lucanor, pues veedes que tanto fazedes por aquel omne que vos demanda ayuda et non vos da ende mejores gracias, tengo que non avedes por qué trabajar nin aventurarvos mucho por llegarlo a logar que vos dé tal galardón como el deán dio a don Illán. El conde tovo esto por buen consejo, et fízolo assí, et fallósse ende bien. Et porque entendió don Johan que era éste muy buen exiemplo, fízolo poner en este libro et fizo estos viessos que dizen assí:

    Al que mucho ayudares et non te lo conosçiere,
    menos ayuda abrás de'l desque en grand onra subiere.

    Et la estoria deste exiemplo es ésta que se sigue:

    Cuento 11

    Lo que sucedió a un deán de Santiago
    con don Illán, el mago de Toledo


    Otro día hablaba el Conde Lucanor con Patronio y le dijo lo siguiente:
    -Patronio, un hombre vino a pedirme que le ayudara en un asunto en que me necesitaba, prometiéndome que él haría por mí cuanto me fuera más provechoso y de mayor honra. Yo le empecé a ayudar en todo lo que pude. Sin haber logrado aún lo que pretendía, pero pensando él que el asunto estaba ya solucionado, le pedí que me ayudara en una cosa que me convenía mucho, pero se excusó. Luego volví a pedirle su ayuda, y nuevamente se negó, con un pretexto; y así hizo en todo lo que le pedí. Pero aún no ha logrado lo que pretendía, ni lo podrá conseguir si yo no le ayudo. Por la confianza que tengo en vos y en vuestra inteligencia, os ruego que me aconsejéis lo que deba hacer.
    -Señor conde -dijo Patronio-, para que en este asunto hagáis lo que se debe, mucho me gustaría que supierais lo que ocurrió a un deán de Santiago con don Illán, el mago que vivía en Toledo.
    El conde le preguntó lo que había pasado.
    -Señor conde -dijo Patronio-, en Santiago había un deán que deseaba aprender el arte de la nigromancia y, como oyó decir que don Illán de Toledo era el que más sabía en aquella época, se marchó a Toledo para aprender con él aquella ciencia. Cuando llegó a Toledo, se dirigió a casa de don Illán, a quien encontró leyendo en una cámara muy apartada. Cuando lo vio entrar en su casa, don Illán lo recibió con mucha cortesía y le dijo que no quería que le contase los motivos de su venida hasta que hubiese comido y, para demostrarle su estima, lo acomodó muy bien, le dio todo lo necesario y le hizo saber que se alegraba mucho con su venida.
    »Después de comer, quedaron solos ambos y el deán le explicó la razón de su llegada, rogándole encarecidamente a don Illán que le enseñara aquella ciencia, pues tenía deseos de conocerla a fondo. Don Illán le dijo que si ya era deán y persona muy respetada, podría alcanzar más altas dignidades en la Iglesia, y que quienes han prosperado mucho, cuando consiguen todo lo que deseaban, suelen olvidar rápidamente los favores que han recibido, por lo que recelaba que, cuando hubiese aprendido con él aquella ciencia, no querría hacer lo que ahora le prometía. Entonces el deán le aseguró que, por mucha dignidad que alcanzara, no haría sino lo que él le mandase.
    »Hablando de este y otros temas estuvieron desde que acabaron de comer hasta que se hizo la hora de la cena. Cuando ya se pusieron de acuerdo, dijo el mago al deán que aquella ciencia sólo se podía enseñar en un lugar muy apartado y que por la noche le mostraría dónde había de retirarse hasta que la aprendiera. Luego, cogiéndolo de la mano, lo llevó a una sala y, cuando se quedaron solos, llamó a una criada, a la que pidió que les preparase unas perdices para la cena, pero que no las asara hasta que él se lo mandase.
    »Después llamó al deán, se entraron los dos por una escalera de piedra muy bien labrada y tanto bajaron que parecía que el río Tajo tenía que pasar por encima de ellos. Al final de la escalera encontraron una estancia muy amplia, así como un salón muy adornado, donde estaban los libros y la sala de estudio en la que permanecerían. Una vez sentados, y mientras ellos pensaban con qué libros habrían de comenzar, entraron dos hombres por la puerta y dieron al deán una carta de su tío el arzobispo en la que le comunicaba que estaba enfermo y que rápidamente fuese a verlo si deseaba llegar antes de su muerte. Al deán esta noticia le causó gran pesar, no sólo por la grave situación de su tío sino también porque pensó que habría de abandonar aquellos estudios apenas iniciados. Pero decidió no dejarlos tan pronto y envió una carta a su tío, como respuesta a la que había recibido.
    »Al cabo de tres o cuatro días, llegaron otros hombres a pie con una carta para el deán en la que se le comunicaba la muerte de su tío el arzobispo y la reunión que estaban celebrando en la catedral para buscarle un sucesor, que todos creían que sería él con la ayuda de Dios; y por esta razón no debía ir a la iglesia, pues sería mejor que lo eligieran arzobispo mientras estaba fuera de la diócesis que no presente en la catedral.
    »Y después de siete u ocho días, vinieron dos escuderos muy bien vestidos, con armas y caballos, y cuando llegaron al deán le besaron la mano y le enseñaron las cartas donde le decían que había sido elegido arzobispo. Al enterarse, don Illán se dirigió al nuevo arzobispo y le dijo que agradecía mucho a Dios que le hubieran llegado estas noticias estando en su casa y que, pues Dios le había otorgado tan alta dignidad, le rogaba que concediese su vacante como deán a un hijo suyo. El nuevo arzobispo le pidió a don Illán que le permitiera otorgar el deanazgo a un hermano suyo prometiéndole que daría otro cargo a su hijo. Por eso pidió a don Illán que se fuese con su hijo a Santiago. Don Illán dijo que lo haría así. »Marcharon, pues, para Santiago, donde los recibieron con mucha pompa y solemnidad. Cuando vivieron allí cierto tiempo, llegaron un día enviados del papa con una carta para el arzobispo en la que le concedía el obispado de Tolosa y le autorizaba, además, a dejar su arzobispado a quien quisiera. Cuando se enteró don Illán, echándole en cara el olvido de sus promesas, le pidió encarecidamente que se lo diese a su hijo, pero el arzobispo le rogó que consintiera en otorgárselo a un tío suyo, hermano de su padre. Don Illán contestó que, aunque era injusto, se sometía a su voluntad con tal de que le prometiera otra dignidad. El arzobispo volvió a prometerle que así sería y le pidió que él y su hijo lo acompañasen a Tolosa. »Cuando llegaron a Tolosa fueron muy bien recibidos por los condes y por la nobleza de aquella tierra. Pasaron allí dos años, al cabo de los cuales llegaron mensajeros del papa con cartas en las que le nombraba cardenal y le decía que podía dejar el obispado de Tolosa a quien quisiere. Entonces don Illán se dirigió a él y le dijo que, como tantas veces había faltado a sus promesas, ya no debía poner más excusas para dar aquella sede vacante a su hijo. Pero el cardenal le rogó que consintiera en que otro tío suyo, anciano muy honrado y hermano de su madre, fuese el nuevo obispo; y, como él ya era cardenal, le pedía que lo acompañara a Roma, donde bien podría favorecerlo. Don Illán se quejó mucho, pero accedió al ruego del nuevo cardenal y partió con él hacia la corte romana.
    »Cuando allí llegaron, fueron muy bien recibidos por los cardenales y por la ciudad entera, donde vivieron mucho tiempo. Pero don Illán seguía rogando casi a diario al cardenal para que diese algún beneficio eclesiástico a su hijo, cosa que el cardenal excusaba.
    »Murió el papa y todos los cardenales eligieron como nuevo papa a este cardenal del que os hablo. Entonces, don Illán se dirigió al papa y le dijo que ya no podía poner más excusas para cumplir lo que le había prometido tanto tiempo atrás, contestándole el papa que no le apremiara tanto pues siempre habría tiempo y forma de favorecerle. Don Illán empezó a quejarse con amargura, recordándole también las promesas que le había hecho y que nunca había cumplido, y también le dijo que ya se lo esperaba desde la primera vez que hablaron; y que, pues había alcanzado tan alta dignidad y seguía sin otorgar ningún privilegio, ya no podía esperar de él ninguna merced. El papa, cuando oyó hablar así a don Illán, se enfadó mucho y le contestó que, si seguía insistiendo, le haría encarcelar por hereje y por mago, pues bien sabía él, que era el papa, cómo en Toledo todos le tenían por sabio nigromante y que había practicado la magia durante toda su vida.
    »Al ver don Illán qué pobre recompensa recibía del papa, a pesar de cuanto había hecho, se despidió de él, que ni siquiera le quiso dar comida para el camino. Don Illán, entonces, le dijo al papa que, como no tenía nada para comer, habría de echar mano a las perdices que había mandado asar la noche que él llegó, y así llamó a su criada y le mandó que asase las perdices. »Cuando don Illán dijo esto, se encontró el papa en Toledo, como deán de Santiago, tal y como estaba cuando allí llegó, siendo tan grande su vergüenza que no supo qué decir para disculparse. Don Illán lo miró y le dijo que bien podía marcharse, pues ya había comprobado lo que podía esperar de él, y que daría por mal empleadas las perdices si lo invitase a comer.
    »Y vos, señor Conde Lucanor, pues veis que la persona a quien tanto habéis ayudado no os lo agradece, no debéis esforzaros por él ni seguir ayudándole, pues podéis esperar el mismo trato que recibió don Illán de aquel deán de Santiago.
    El conde pensó que era este un buen consejo, lo siguió y le fue muy bien.
    Y como comprendió don Juan que el cuento era bueno, lo mandó poner en este libro e hizo los versos, que dicen así:

    Cuanto más alto suba aquel a quien ayudéis,
    menos apoyo os dará cuando lo necesitéis.

    Exemplo XX

    De lo que contesçió a un rey con un omne
    quel' dixo quel' faría alquimia


    Un día fablava el conde Lucanor con Patronio, su consejero, en esta manera:
    -Patronio, un omne vino a mí et dixo que me faría cobrar muy grand pro et grand onra, et para esto que avía mester que catasse alguna cosa de lo mío con que se començasse aquel fecho; ca desque fuesse acabado, por un dinero avría diez. Et por el buen entendimiento que Dios en vos puso, ruégovos que me digades lo que vierdes que me cumple de fazer en ello.
    -Señor conde, para que fagades en esto lo que fuete más vuestra pro, plazerme ía que sopiéssedes lo que contesçió a un rey con un omne quel' dizía que sabía fazer alquimia.
    El conde le preguntó cómo fuera aquello.
    -Señor conde Lucanor -dixo Patronio-, un omne era muy grand golfín et avía muy grand sabor de enrrequesçer et de salir de aquella mala vida que passava. Et aquel omne sopo que un rey que non era de muy buen recado se trabajava de fazer alquimia.
    Et aquel golfín tomó çient doblas et limólas, et de aquellas limaduras fizo, con otras cosas que puso con ellas, çient pellas, et cada una de aquellas pellas pesava una dobla, et demás las otras cosas que él mezcló con las limaduras de las doblas. Et fuesse para una villa do era el rey, et vistiósse de paños muy assessegados et levó aquellas pellas et vendiólas a un espeçiero.
    Et el espeçiero preguntó que para qué eran aquellas pellas, et el golfín díxol' que para muchas cosas, et señaladamente, que sin aquella cosa, que se non podía fazer el alquimia, et vendiól' todas las cient pellas por cuantía de dos o tres doblas. Et el espeçiero preguntól' cómo avían nombre aquellas pellas, et el golfín díxol' que avían nombre tabardíe. Et aquel golfín moró un tiempo en aquella villa en manera de omne muy assessegado et fue diziendo a unos et a otros, en manera de poridat, que sabía fazer alquimia.
    Et estas nuebas llegaron al rey, et envió por él et preguntól' si sabía fazer alquimia. Et el golfín, como quier quel' fizo muestra que se quería encobrir et que lo non sabía, al cabo diol' a entender que lo sabía; pero dixo al rey quel' consejava que deste fecho non fiasse de omne del mundo nin aventurasse mucho de su aver, pero si quisiesse, que provaría ante'l un poco et quel' amostraría lo que ende sabía. Esto le gradesçió el rey mucho, et paresçiól' que, segund estas palabras, que non podía aver ˜ ningún engaño. Estonçe fizo traer las cosas que quiso, et eran cosas que se podían fallar et entre las otras mandó traer una pella de tabardíe. Et todas las cosas que mandó traer non costaban más de dos o tres dineros. Desque las traxieron et las fundieron ante'l rey salió peso de una dobla de oro fino. Et desque el rey vio que de cosa que costaba dos o tres dineros salía una dobla, fue muy alegre et tóvose por el más bien andante del mundo, et dixo al golfín que esto fazía, que cuidava el rey que era muy buen omne, que fiziesse más. Et el golfín respondiól', como si non sopiesse más daquello: -Señor, cuanto yo desto sabía, todo vos lo he mostrado, et daquí adelante vós lo faredes tan bien como yo; pero conviene que sepades una cosa: que cualquier destas cosas que mengüe non se podría fazer este oro.
    Et desque esto ovo dicho, espedióse del rey et fuesse para su casa.
    El rey probó sin aquel maestro de fazer el oro, et dobló la reçepta, et salió peso de dos doblas de oro. Otra vez dobló la reçepta, et salió peso de cuatro doblas; et assí como fue cresçiendo la recepta, assí salió pesso de doblas.
    Desque el rey vio que él podía fazer cuanto oro quisiese, mandó traer tanto daquellas cosas para que pudiese fazer mill doblas. Et fallaron todas las otras cosas, mas non fallaron el tabardíe. Desque el rey vio que pues menguava el tabardíe, que se non podía fazer el oro, envió por aquel que gelo mostrara fazer, et díxol' que non podía fazer el oro como solía. Et él preguntól' si tenía todas las cosas que él le diera por escripto. Et el rey díxol' que sí, mas quel' menguava el tabardíe. Estonçe le dixo el golfín que por cualquier cosa que menguasse que non se podía fazer el oro, et que assí lo abía él dicho el primero día. Estonçe preguntó el rey si sabía él do avía este tabardíe; et el golfín le dixo que sí.
    Entonce le mandó el rey que, pues él sabía do era, que fuesse él por ello et troxiesse tanto porque pudiesse fazer tanto cuanto oro quisiesse.
    El golfín le dixo que como quier que esto podría fazer otri tan bien o mejor que él, si el rey lo fallasse por su serviçio, que iría por ello: que en su tierra fallaría ende asaz. Estonçe contó el rey lo que podría costar la compra et la despensa et montó muy grand aver.
    Et desque el golfín lo tovo en su poder, fuesse su carrera et nunca tornó al rey. Et assí fincó el rey engañado por su mal recabdo. Et desque vio que tardava más de cuanto devía, envió el rey a su casa por saber si sabían de'l algunas nuebas. Et non fallaron en su casa cosa del mundo, sinon un arca cerrada; et desque la avrieron, fallaron ˜ un escripto que dizía assí: «Bien creed que non a en el mundo tabardíe; mas sabet que vos he engañado, et cuando yo vos dizía que vos faría rico, deviérades me dezir que lo feziesse primero a mí et que me creeríedes.»
    A cabo de algunos días, unos omnes estavan riendo et trebejando et escribían todos los omnes que ellos conosçían, cada uno de cuál manera era, et dizían: «Los ardides son fulano et fulano; et los ricos, fulano et fulano; et los cuerdos, fulano et fulano». Et assí de todas las otras cosas buenas o contrarias. Et cuando ovieron a escrivir los omnes de mal recado, escrivieron ˜ el rey. Et cuando el rey lo sopo, envió por ellos et asseguróles que les non faría ningún mal por ello, et díxoles que por quél' escrivieran por omne de mal recabdo. Et ellos dixiéronlo: que por razón que diera tan grand aver a omne estraño et de quien non tenía ningún recabdo.
    Et el rey les dixo que avían errado, et que si viniesse aquel que avía levado el aver que non fincaría él por omne de mal recabdo. Et ellos le dixieron que ellos non perdían nada de su cuenta, ca si el otro viniesse, que sacarían al rey del escripto et que pornían a él. Et vós, señor conde Lucanor, si queredes que non vos tengan por omne de mal recabdo, non aventuredes por cosa que non sea çierta tanto de lo vuestro, que vos arrepintades si lo perdierdes por fuza de aver grand pro, seyendo en dubda.
    Al conde plogo deste consejo, et fízolo assí, et fallóse dello bien. Et beyendo don Johan que este exiemplo era bueno, fízolo escrivir en este libro, et fizo estos viessos que dizen assí:

    Non aventuredes mucho la tu riqueza,
    por consejo del que a grand pobreza.

    Et la istoria deste exiemplo es ésta que se sigue:

    Cuento 20

    Lo que sucedió a un rey con un hombre
    que le dijo que sabía hacer oro


    Un día, hablaba el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, de este modo:
    -Patronio, un hombre ha venido a verme y me ha dicho que puede proporcionarme muchas riquezas y gran honra, aunque para esto debería yo darle algún dinero para que comience su labor, que, una vez acabada, puede reportarme el diez por uno. Por el buen juicio que Dios puso en vos, os ruego que me aconsejéis lo que debo hacer en este asunto.
    -Señor conde -dijo Patronio-, para que hagáis en esto lo que más os conviene, me gustaría contaros lo que sucedió a un rey con un hombre que le dijo que sabía hacer oro.
    El conde le preguntó lo que había ocurrido.
    -Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, había un pícaro que era muy pobre y ambicionaba ser rico para salir de su pobreza. Aquel pícaro se enteró de que un rey poco juicioso era muy aficionado a la alquimia, para hacer oro. »Por ello, el pícaro tomó cien doblas de oro, las partió en trozos muy pequeños y los mezcló con otras cosas varias, haciendo así cien bolas, cada una de las cuales pesaba una dobla de oro más las cosas que le había añadido.
    Disfrazado el pícaro con ropas de persona seria y respetable, cogió las bolas, las metió en una bolsa, se marchó a la ciudad donde vivía el rey y allí las vendió a un especiero, que le preguntó la utilidad de aquellas bolas. El pícaro respondió que servían para muchas cosas y, sobre todo, para hacer alquimia; después se las vendió por dos o tres doblas. El especiero quiso saber el nombre de las bolitas, contestándole el pícaro que se llamaban tabardíe.
    »El pícaro vivió algún tiempo en aquella ciudad, llevando una vida muy recogida, pero diciendo a unos y a otros, como en secreto, que sabía hacer oro. »Cuando estas noticias llegaron al rey, lo mandó llamar y le preguntó si era verdad cuanto se decía de él. El pícaro, aunque al principio no quería reconocerlo diciendo que él no podía hacer oro, al final le dio a entender que sí era capaz, pero aconsejó al rey que en este asunto no debía fiarse de nadie ni arriesgar mucho dinero. No obstante, siguió diciendo el pícaro, si el rey se lo autorizaba, haría una demostración ante él para enseñarle lo poco que sabía de aquella ciencia. El rey se lo agradeció mucho, pareciéndole que, por sus palabras, no intentaba engañarlo. El pícaro pidió las cosas que necesitaba que, como eran muy corrientes excepto una bola de tabardíe, costaron muy poco dinero. Cuando las trajeron y las fundieron delante del rey, salió oro fino que pesaba una dobla. Al ver el rey que de algo tan barato sacaban una dobla de oro, se puso muy alegre y se consideró el más feliz del mundo. Por ello dijo al pícaro, que había hecho aquel milagro, que lo creía un hombre honrado. Y le pidió que hiciera más oro. »El granuja, sin darle importancia, le respondió:
    »-Señor, ya os he enseñado cuanto sé de este prodigio. En adelante, vos podréis conseguir oro igual que yo, pero conviene que sepáis una cosa: si os falta algo de lo que os he dicho, no podréis sacar oro.
    »Dicho esto, se despidió del rey y marchó a su casa.
    »El rey intentó hacer oro por sí mismo y, como dobló la receta, consiguió el doble de oro por valor de dos doblas; y, a medida que la triplicaba y cuadruplicaba, conseguía más y más oro. Viendo el rey que podría obtener cuanto oro quisiese, ordenó que le trajeran lo necesario para sacar mil doblas de oro. Sus criados encontraron todos los elementos menos el tabardíe. Cuando comprobó el rey que, al faltar el tabardíe, no podía hacer oro, mandó llamar al hombre que se lo había enseñado, al que dijo que ya no podía sacar más oro. El pícaro le preguntó si había mezclado todas las cosas que le indicó en su receta, contestando el rey que, aunque las tenía todas, le faltaba el tabardíe. »Respondió el granuja que, si le faltaba aunque fuera uno de los ingredientes, no podría conseguir oro, como ya se lo había advertido desde el principio.
    »El rey le preguntó si sabía dónde podía encontrar el tabardíe, y el pícaro respondió afirmativamente. Entonces le mandó el rey que fuera a comprarlo, pues sabía dónde lo vendían, y le trajera una gran cantidad para hacer todo el oro que él quisiese. El burlador le contestó que, aunque otra persona podría cumplir su encargo tan bien o mejor que él, si el rey disponía que se encargase él, así lo haría, pues en su país era muy abundante. Entonces calculó el rey a cuánto podían ascender los gastos del viaje y del tabardíe, resultando una cantidad muy elevada.
    »Cuando el pícaro cogió tantísimo dinero, se marchó de allí y nunca volvió junto al monarca, que resultó engañado por su falta de prudencia. Al ver que tardaba muchísimo, el rey mandó buscarlo en su casa, para ver si sabían dónde estaba; pero sólo encontraron un arca cerrada, en la que, cuando consiguieron abrirla, vieron un escrito para el rey que decía: «Estad seguro de que el tabardíe es pura invención mía; os he engañado. Cuando yo os decía que podía haceros rico, debierais haberme respondido que primero me hiciera rico yo y luego me creeríais».
    »Al cabo de unos días, estaban unos hombres riendo y bromeando, para lo cual escribían los nombres de todos sus conocidos en listas separadas: en una los valientes, en otra los ricos, en otra los juiciosos, agrupándolos por sus virtudes y defectos. Al llegar a los nombres de quienes eran tontos, escribieron primero el nombre del rey, que, al enterarse, envió por ellos asegurándoles que no les haría daño alguno. Cuando llegaron junto al rey, este les preguntó por qué lo habían incluido entre los tontos del reino, a lo que contestaron ellos que por haber dado tantas riquezas a un extraño al que no conocía ni era vasallo suyo. Les replicó el rey que estaban equivocados y que, si viniera el pícaro que le había robado, no quedaría él entre los tontos, a lo que respondieron aquellos hombres que el número de tontos sería el mismo, pues borrarían el del rey y pondrían el del burlador.
    »Vos, señor Conde Lucanor, si no deseáis que os tengan por tonto, no arriesguéis vuestra fortuna por algo cuyo resultado sea incierto, pues, si la perdéis confiando conseguir más bienes, tendréis que arrepentiros durante toda la vida.
    Al conde le agradó mucho este consejo, lo siguió y le fue muy bien.
    Y viendo don Juan que este cuento era bueno, lo mandó poner en este libro y compuso unos versos que dicen así:

    Jamás aventures o arriesgues tu riqueza
    por consejo de hombre que vive en la pobreza.

    Exemplo XXIX

    De lo que contesçió a un raposo
    que se echó en la calle et se fizo muerto


    Otra ves fablava el conde Lucanor con Patronio, su consegero, et díxole así:
    -Patronio, un mío pariente bive en una tierra do non ha tanto poder que pueda estrañar cuantas escatimas le fazen, et los que han poder en la tierra querrían muy de grado que fiziesse él alguna cosa porque oviessen achaque para seer contra él. Et aquel mío pariente tiene quel' es muy grave cosa de sofrir aquellas terrerías quel' fazen, et querría aventurarlo todo ante que sofrir tanto pesar de cada día. Et porque yo querría que él acertasse en lo mejor, ruégovos que me digades en qué manera lo conseje porque passe lo mejor que pudiere en aquella tierra.
    -Señor conde Lucanor -dixo Patronio-, para que vós le podades consejar en esto, plazerme ía que sopiéssedes lo que contesçió una vez a un raposo que se fezo muerto.
    El conde le preguntó cómo fuera aquello.
    -Señor conde -dixo Patronio-, un raposo entró una noche en un corral do avía gallinas; et andando en roído con las gallinas, cuando él cuidó que se podría ir, era ya de día et las gentes andavan ya todos por las calles. Et desque él vio que non se podía asconder, salió escondidamente a la calle, et tendiósse assí como si fuesse muerto. Cuando las gentes lo vieron, cuidaron que era muerto, et non cató ninguno por él.
    A cabo de una pieça passó por ˜ un omne, et dixo que los cabellos de la fruente del raposo que eran buenos para poner en la fruente de los moços pequeños porque non les aojen. Et trasquiló con unas tiseras de los cabellos de la fruente del raposo.
    Después vino otro, et dixo esso mismo de los cabellos del lomo; et otro, de las ijadas. Et tantos dixieron esto fasta que lo trasquilaron todo. Et por todo esto, nunca se movió el raposo, porque entendía que aquellos cabellos non le fazían daño en los perder.
    Después vino otro et dixo que la uña del polgar del raposo que era buena para guaresçer de los panarizos; et sacógela. Et el raposo non se movió. Et después vino otro que dixo que el diente del raposo era bueno para el dolor de los dientes; et sacógelo. Et el raposo non se movió. Et después, a cabo de otra pieça, vino otro que dixo que el coraçón del raposo era bueno para'l dolor del coraçón, et metió mano a un cochiello para sacarle el coraçón. Et el raposo vio quel' querían sacar el coraçón et que si gelo sacassen non era cosa que se pudiesse cobrar, et que la vida era perdida et tovo que era mejor de se aventurar a quequier quel' pudiesse venir, que sofrir cosa porque se perdiesse todo. Et aventuróse et puñó en guaresçer et escapó muy bien.
    Et vós, señor conde, consejad a aquel vuestro pariente que si Dios le echó en tierra do non puede estrañar lo quel' fazen como él querría o como le cumplía, que en cuanto las cosas quel' fizieren fueren atales que se puedan sofrir sin grand daño et sin grand mengua, que dé a entender que se non siente dello et que les dé passada; ca en cuanto da omne a entender que se non tiene por maltrecho de lo que contra él an fecho, non está tan envergonçado; mas desque da a entender que se tiene por maltrecho de lo que ha reçebido, si dende adelante non faze todo lo que deve por non fincar menguado, non está tan bien como ante. Et por ende, a las cosas passaderas, pues non se pueden estrañar como deven, es mejor de les dar passada, mas si llegare el fecho a alguna cosa que sea grand daño o grand mengua, estonçe se aventure et non le sufra, ca mejor es la pérdida o la muerte, defendiendo omne su derecho et su onra et su estado, que bevir passando en estas cosas mal et desonradamente. El conde tovo éste por buen consejo.
    Et don Johan fízolo escrivir en este libro et fizo estos viessos que dizen assí:

    Sufre las cosas en cuanto divieres,
    estraña las otras en cuanto pudieres
    .
    Et la istoria deste exienplo es ésta que se sigue:

    Cuento 29

    Lo que sucedió a una zorra
    que se tendió en la calle y se hizo la muerta


    Hablando otro día el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, le dijo así:
    -Patronio, un pariente mío vive en un lugar donde le hacen frecuentes atropellos, que no puede impedir por falta de poder, y los nobles de allí querrían que hiciese alguna cosa que les sirviera de pretexto para juntarse contra él. A mi pariente le resulta muy penoso sufrir cuantas afrentas le hacen y está dispuesto a arriesgarlo todo antes que seguir viviendo de ese modo. Como yo quisiera que él hiciera lo más conveniente, os ruego que me digáis qué debo aconsejarle para que viva como mejor pueda en aquellas tierras. -Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, para que le podáis aconsejar lo que debe hacer, me gustaría que supierais lo sucedido a una zorra que se hizo la muerta. El conde le preguntó cómo había pasado eso.
    -Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, una zorra entró una noche en un corral donde había gallinas y tanto se entretuvo en comerlas que, cuando pensó marcharse, ya era de día y las gentes estaban en las calles. Cuando comprobó que no se podía esconder, salió sin hacer ruido a la calle y se echó en el suelo como si estuviese muerta. Al verla, la gente pensó que lo estaba y nadie le hizo caso.
    »Al cabo de un rato pasó por allí un hombre que dijo que los cabellos de la frente de la zorra eran buenos para evitar el mal de ojo a los niños, y, así, le trasquiló con unas tijeras los pelos de la frente.
    »Después se acercó otro, que dijo lo mismo sobre los pelos del lomo; después otro, que le cortó los de la ijada; y tantos le cortaron el pelo que la dejaron repelada. A pesar de todo, la zorra no se movió, porque pensaba que perder el pelo no era un daño muy grave.
    »Después se acercó otro hombre, que dijo que la uña del pulgar de la zorra era muy buena para los tumores; y se la quitó. La zorra seguía sin moverse. »Después llegó otro que dijo que los dientes de zorra eran buenos para el dolor de muelas. Le quitó uno, y la zorra tampoco se movió esta vez.
    »Por último, pasado un rato, llegó uno que dijo que el corazón de la zorra era bueno para el dolor del corazón, y echó mano al cuchillo para sacárselo. Viendo la zorra que le querían quitar el corazón, y que si se lo quitaban no era algo de lo que pudiera prescindir, y que por ello moriría, pensó que era mejor arriesgarlo todo antes que perder ciertamente su vida. Y así se esforzó por escapar y salvó la vida.
    »Y vos, señor conde, aconsejad a vuestro pariente que dé a entender que no le preocupan esas ofensas y que las tolere, si Dios lo puso en una tierra donde no puede evitarlas ni tampoco vengarlas como corresponde, mientras esas ofensas y agravios los pueda soportar sin gran daño para él y sin pérdida de la honra; pues cuando uno no se tiene por ofendido, aunque le afrenten, no sentirá humillación. Pero, en cuanto los demás sepan que se siente humillado, si desde ese momento no hace cuanto debe para recuperar su honor, será cada vez más afrentado y ofendido. Y por ello es mejor soportar las ofensas leves, pues no pueden ser evitadas; pero si los ofensores cometieren agravios o faltas a la honra, será preciso arriesgarlo todo y no soportar tales afrentas, porque es mejor morir en defensa de la honra o de los derechos de su estado, antes que vivir aguantando indignidades y humillaciones.
    El conde pensó que este era un buen consejo.
    Y don Juan lo mandó poner en este libro e hizo estos versos que dicen así:

    Soporta las cosas mientras pudieras,
    y véngate sólo cuando debieras.

    Exemplo XXXII

    De lo que contesció a un rey con los burladores
    que fizieron el paño


    Fablava otra vez el conde Lucanor con Patronio, su consejero, et dizíale:
    -Patronio, un omne vino a mí et díxome muy grand fecho et dame a entender que sería muy grand mi pro; pero dízeme que lo non sepa omne del mundo por mucho que yo en él fíe; et tanto me encaresçe que guarde esta poridat, fasta que díze que sí a omne del mundo lo digo, que toda mi fazienda et aun la mi vida es en grand periglo. Et porque yo sé que omne non vos podría dezir cosa que vós non entendades si se dize por vien o por algún engaño, ruégovos que me digades lo que vos paresçe en esto. -Señor conde Lucanor -dixo Patronio-, para que vós entendades, al mio cuidar, lo que vos más cumple de fazer en esto, plazerme ía que sopiésedes lo que contesció a un rey con tres omnes burladores que vinieron a él. El conde le preguntó cómo fuera aquello.
    -Señor conde -dixo Patronio-, tres omnes burladores vinieron a un rey et dixiéronle que eran muy buenos maestros de fazer paños, et señaladamente que fazían un paño que todo omne que fuesse fijo daquel padre que todos dizían, que vería el paño; mas el que non fuesse fijo daquel padre que él tenía et que las gentes dizían, que non podría ver el paño. Al rey plogo desto mucho, teniendo que por aquel paño podría saber cuáles omnes de su regno eran fijos de aquellos que devían seer sus padres o cuáles non, et que por esta manera podría acresçentar mucho lo suyo; ca los moros non heredan cosa de su padre si non son verdaderamente sus fijos.
    Et para esto mandóles dar un palaçio en que fiziessen aquel paño. Et ellos dixiéronle que porque viesse que non le querían engañar, que les mandasse çerrar en aquel palaçio fasta que el paño fuesse fecho. Desto plogo mucho al rey. Et desque ovieron tomado para fazer el paño mucho oro et plata et seda et muy grand aver, para que lo fiziessen, entraron en aquel palaçio, et çerráronlos ý.
    Et ellos pusieron sus telares et davan a entender que todo el día texían en el paño. Et a cabo de algunos días, fue el uno dellos dezir al rey que el paño era començado et que era la más fermosa cosa del mundo; et díxol'a qué figuras et a qué labores lo començaban de fazer et que si fuesse la su merçet, que lo fuesse ver et que non entrasse con él omne del mundo. Desto plogo al rey mucho.
    Et el rey queriendo provar aquello ante en otro, envió un su camarero que lo viesse, pero non le aperçibió quel' desengañasse.
    Et desque el camarero vio los maestros et lo que dizían, non se atrevió a dezir que non lo viera. Cuando tornó al rey, dixo que viera el paño. Et después envió otro, et díxol' esso mismo. Et desque todos los que el rey envió le dixieron que vieran el paño, fue el rey a lo veer.
    Et cuando entró en el palaçio et vio los maestros que estavan texiendo et dizían: «Esto es tal labor, et esto es tal istoria, et esto es tal figura, et esto es tal color», et conçertavan todos en una cosa, et ellos non texían ninguna cosa, cuando el rey vio que ellos non texían et dizían de qué manera era el paño, et él, que non lo veía et que lo avían visto los otros, tóvose por muerto; ca tovo que porque non era fijo del rey que él tenía por su padre, que por esso non podía ver el paño, et reçeló que si dixiesse que lo non veía, que perdería el regno. Et por ende començó a loar mucho el paño et aprendió muy bien la manera como dizían aquellos maestros que el paño era fecho.
    Et desque fue en su casa con las gentes, començó a dezir maravillas de cuánto bueno et cuánto maravilloso era aquel paño, et dizía las figuras et las cosas que avía en el paño, pero que él estava con muy mala sospecha. A cabo de dos o de tres días, mandó a su alguazil que fuesse veer aquel paño. Et el rey contól' las maravillas et estrañezas que viera en aquel paño. El alguazil fue allá.
    Et desque entró et vio los maestros que texían et dizían las figuras et las cosas que avía en el paño et oyó al rey cómo lo avía visto, et que él non lo veía, tovo que porque non era fijo daquel padre que él cuidava, que por eso non lo veía, et tovo que si gelo sopiessen, que perdería toda su onra. Et por ende començó a loar el paño tanto como el rey o más.
    Et desque tornó al rey et le dixo que viera el paño et que era la más noble et la más apuesta cosa del mundo, tóvose el rey aún más por mal andante, pensando que, pues el alguazil viera el paño et él non lo viera, que ya non avía dubda que él non era fijo del rey que él cuidava. Et por ende començó más de loar et de firmar más la vondad et la nobleza del paño et de los maestros que tal cosa sabían fazer.
    Et otro día, envió el rey otro su privado et conteçiól' como al rey et a los otros. ¿Qué vos diré más? Desta guisa, et por este reçelo, fueron engañados el rey et cuantos fueron en su tierra; ca ninguno non osava dezir que non veié el paño.
    Et assí passó este pleito, fasta que vino una grand fiesta. Et dixieron todos al rey que vistiesse aquellos paños para la fiesta.
    Et los maestros traxiéronlos enbueltos en muy buenas sávanas, et dieron a entender que desbolvían el paño et preguntaron al rey qué quería que tajassen de aquel paño. Et el rey dixo cuáles vestiduras quería. Et ellos davan a entender que tajavan et que medían el talle que avían de aver las vestiduras et después que las coserían.
    Cuando vino el día de la fiesta, vinieron los maestros al rey, con sus paños tajados et cosidos, et fiziéronle entender quel' vistían et quel' allanavan los paños. Et assí lo fizieron fasta que el rey tovo que era vestido, ca él non se atrevía a dezir que él non veía el paño. Et desque fue vestido tan bien como avedes oído, cavalgó para andar por la villa; mas de tanto le avino bien, que era verano.
    Et desque las gentes lo vieron assí venir et sabían que el que non veía aquel paño que non era fijo daquel padre que cuidava, cuidava cada uno que los otros lo veían et que pues él non lo veía, que si lo dixiesse, que sería perdido et desonrado. Et por esto fincó aquella poridat guardada, que non se atrevié ninguno a lo descubrir, fasta que un negro que guardava el cavallo del rey, et que non avía que pudiesse perder, llegó al rey et díxol': -Señor, a mí non me enpeçe que me tengades por fijo de aquel padre que yo digo, nin de otro, et por ende, dígovos que yo só çiego, o vós desnuyo ides.
    El rey le començó a maltraer diziendo que porque non era fijo daquel padre que él cuidava, que por esso non veía los sus paños. Desque el negro esto dixo, otro que lo oyó dixo esso mismo, et assí lo fueron diziendo fasta que el rey et todos los otros perdieron el reçelo de conosçer la verdat et entendieron el engaño que los burladores avían fecho. Et cuando los fueron buscar, non los fallaron, ca se fueran con lo que avían levado del rey por el engaño que avedes oído.
    Et vós, señor conde Lucanor, pues aquel omne vos dize que non sepa ninguno de los en que vos fiades nada de lo que él vos dize, çierto seed que vos cuida engañar, ca bien devedes entender que non ha él razón de querer más vuestra pro, que non ha convusco tanto debdo como todos los que conbusco biven, que an muchos debdos et bien fechos de vos, porque deven querer vuestra pro et vuestro serviçio.
    El conde tovo éste por buen consejo et fízolo assí et fallóse ende bien. Et veyendo don Johan que éste era buen exiemplo, fízolo escrivir en este libro, et fezo estos viessos que dizen assí:

    Quien te conseja encobrir de tus amigos,
    sabe que más te quiere engañar que dos figos.

    Et la istoria deste exiemplo es ésta que se sigue:

    Cuento 32

    Lo que sucedió a un rey con los burladores
    que hicieron el paño


    Otra vez le dijo el Conde Lucanor a su consejero Patronio:
    -Patronio, un hombre me ha propuesto un asunto muy importante, que será muy provechoso para mí; pero me pide que no lo sepa ninguna persona, por mucha confianza que yo tenga en ella, y tanto me encarece el secreto que afirma que puedo perder mi hacienda y mi vida, si se lo descubro a alguien. Como yo sé que por vuestro claro entendimiento ninguno os propondría algo que fuera engaño o burla, os ruego que me digáis vuestra opinión sobre este asunto.
    -Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, para que sepáis lo que más os conviene hacer en este negocio, me gustaría contaros lo que sucedió a un rey moro con tres pícaros granujas que llegaron a palacio.
    Y el conde le preguntó lo que había pasado.
    -Señor conde -dijo Patronio-, tres pícaros fueron a palacio y dijeron al rey que eran excelentes tejedores, y le contaron cómo su mayor habilidad era hacer un paño que sólo podían ver aquellos que eran hijos de quienes todos creían su padre, pero que dicha tela nunca podría ser vista por quienes no fueran hijos de quien pasaba por padre suyo.
    »Esto le pareció muy bien al rey, pues por aquel medio sabría quiénes eran hijos verdaderos de sus padres y quiénes no, para, de esta manera, quedarse él con sus bienes, porque los moros no heredan a sus padres si no son verdaderamente sus hijos. Con esta intención, les mandó dar una sala grande para que hiciesen aquella tela.
    »Los pícaros pidieron al rey que les mandase encerrar en aquel salón hasta que terminaran su labor y, de esta manera, se vería que no había engaño en cuanto proponían. Esto también agradó mucho al rey, que les dio oro, y plata, y seda, y cuanto fue necesario para tejer la tela. Y después quedaron encerrados en aquel salón.
    »Ellos montaron sus telares y simulaban estar muchas horas tejiendo. Pasados varios días, fue uno de ellos a decir al rey que ya habían empezado la tela y que era muy hermosa; también le explicó con qué figuras y labores la estaban haciendo, y le pidió que fuese a verla él solo, sin compañía de ningún consejero. Al rey le agradó mucho todo esto.
    »El rey, para hacer la prueba antes en otra persona, envió a un criado suyo, sin pedirle que le dijera la verdad. Cuando el servidor vio a los tejedores y les oyó comentar entre ellos las virtudes de la tela, no se atrevió a decir que no la veía. Y así, cuando volvió a palacio, dijo al rey que la había visto. El rey mand
    ó después a otro servidor, que afamó también haber visto la tela. »Cuando todos los enviados del rey le aseguraron haber visto el paño, el rey fue a verlo. Entró en la sala y vio a los falsos tejedores hacer como si trabajasen, mientras le decían: «Mirad esta labor. ¿Os place esta historia? Mirad el dibujo y apreciad la variedad de los colores». Y aunque los tres se mostraban de acuerdo en lo que decían, la verdad es que no habían tejido tela alguna. Cuando el rey los vio tejer y decir cómo era la tela, que otros ya habían visto, se tuvo por muerto, pues pensó que él no la veía porque no era hijo del rey, su padre, y por eso no podía ver el paño, y temió que, si lo decía, perdería el reino. Obligado por ese temor, alabó mucho la tela y aprendió muy bien todos los detalles que los tejedores le habían mostrado. Cuando volvió a palacio, comentó a sus cortesanos las excelencias y primores de aquella tela y les explicó los dibujos e historias que había en ella, pero les ocultó todas sus sospechas.
    »A los pocos días, y para que viera la tela, el rey envió a su gobernador, al que le había contado las excelencias y maravillas que tenía el paño. Llegó el gobernador y vio a los pícaros tejer y explicar las figuras y labores que tenía la tela, pero, como él no las veía, y recordaba que el rey las había visto, juzgó no ser hijo de quien creía su padre y pensó que, si alguien lo supiese, perdería honra y cargos. Con este temor, alabó mucho la tela, tanto o más que el propio rey.
    »Cuando el gobernador le dijo al rey que había visto la tela y le alabó todos sus detalles y excelencias, el monarca se sintió muy desdichado, pues ya no le cabía duda de que no era hijo del rey a quien había sucedido en el trono. Por este motivo, comenzó a alabar la calidad y belleza de la tela y la destreza de aquellos que la habían tejido. »Al día siguiente envió el rey a su valido, y le ocurrió lo mismo. ¿Qué más os diré? De esta manera, y por temor a la deshonra, fueron engañados el rey y todos sus vasallos, pues ninguno osaba decir que no veía la tela. »Así siguió este asunto hasta que llegaron las fiestas mayores y pidieron al rey que vistiese aquellos paños para la ocasión. Los tres pícaros trajeron la tela envuelta en una sábana de lino, hicieron como si la desenvolviesen y, después, preguntaron al rey qué clase de vestidura deseaba. El rey les indicó el traje que quería. Ellos le tomaron medidas y, después, hicieron como si cortasen la tela y la estuvieran cosiendo.
    »Cuando llegó el día de la fiesta, los tejedores le trajeron al rey la tela cortada y cosida, haciéndole creer que lo vestían y le alisaban los pliegues. Al terminar, el rey pensó que ya estaba vestido, sin atreverse a decir que él no veía la tela. »Y vestido de esta forma, es decir, totalmente desnudo, montó a caballo para recorrer la ciudad; por suerte, era verano y el rey no padeció el frío.
    »Todas las gentes lo vieron desnudo y, como sabían que el que no viera la tela era por no ser hijo de su padre, creyendo cada uno que, aunque él no la veía, los demás sí, por miedo a perder la honra, permanecieron callados y ninguno se atrevió a descubrir aquel secreto. Pero un negro, palafrenero del rey, que no tenía honra que perder, se acercó al rey y le dijo: «Señor, a mí me da lo mismo que me tengáis por hijo de mi padre o de otro cualquiera, y por eso os digo que o yo soy ciego, o vais desnudo». »El rey comenzó a insultarlo, diciendo que, como él no era hijo de su padre, no podía ver la tela.
    »Al decir esto el negro, otro que lo oyó dijo lo mismo, y así lo fueron diciendo hasta que el rey y todos los demás perdieron el miedo a reconocer que era la verdad; y así comprendieron el engaño que los pícaros les habían hecho. Y cuando fueron a buscarlos, no los encontraron, pues se habían ido con lo que habían estafado al rey gracias a este engaño. »Así, vos, señor Conde Lucanor, como aquel hombre os pide que ninguna persona de vuestra confianza sepa lo que os propone, estad seguro de que piensa engañaros, pues debéis comprender que no tiene motivos para buscar vuestro provecho, ya que apenas os conoce, mientras que, quienes han vivido con vos, siempre procurarán serviros y favoreceros. El conde pensó que era un buen consejo, lo siguió y le fue muy bien.
    Viendo don Juan que este cuento era bueno, lo mandó escribir en este libro y compuso estos versos que dicen así:

    A quien te aconseja encubrir de tus amigos
    más le gusta engañarte que los higos.

    Exemplo XXXV

    De lo que contesçió a un mançebo
    que casó con una muger muy fuerte et muy brava


    Otra vez fablava el conde Lucanor con Patronio, et díxole:

    -Patronio, un mío criado me dixo quel' traían cassamiento con una muger muy rica et aun, que es más onrada que él, et que es el casamiento muy bueno para él, sinon por un enbargo que ˜ ha, et el enbargo es éste: díxome quel' dixeran que aquella muger que era la más fuerte et más brava cosa del mundo. Et agora ruégovos que me consejedes si le mandaré que case con aquella muger, pues sabe de cuál manera es, o sil' mandaré que lo non faga.
    -Señor conde -dixo Patronio-, si él fuer tal como fue un fijo de un omne bueno que era moro, consejalde que case con ella, mas si non fuere tal, non gelo consejedes.
    El conde le rogó quel' dixiesse cómo fuera aquello.
    Patronio le dixo que en una villa avía un omne bueno que avía un fijo, el mejor mançebo que podía ser, mas non era tan rico que pudiesse complir tantos fechos et tan grandes como el su coraçón le dava a entender que devía complir. Et por esto era él en grand cuidado, ca avía la buena voluntat et non avía el poder.
    En aquella villa misma, avía otro omne muy más onrado et más rico que su padre, et avía una fija non más, et era muy contraria de aquel mançebo; ca cuanto aquel mançebo avía de buenas maneras, tanto las avía aquella fija del omne bueno malas et revesadas; et por ende omne del mundo non quería casar con aquel diablo. Aquel tan buen mançebo vino un día a su padre et díxole que bien sabía que él non era tan rico que pudiesse darle con que él pudiesse bevir a su onra, et que pues le convinía a fazer vida menguada et lazdrada o irse daquella tierra, que si él por bien tobiesse, quel' paresçía mejor seso de catar algún casamiento con que pudiesse aver alguna passada. Et el padre le dixo quel' plazría ende mucho si pudiesse fallar para él casamiento quel' cumpliesse.
    Entonce le dixo el fijo que si él quisiesse, que podría guisar que aquel omne bueno que avía aquella fija que gela diesse para él. Cuando el padre esto oyó, fue muy maravillado, et díxol' que cómo cuidava en tal cosa: que non avía omne que la conosçiesse que, por pobre que fuese, quisiese casar con ella. El fijo le dixo quel' pidía por merçed quel' guisasse aquel casamiento.
    Et tanto lo afincó que como quier que el padre lo tovo por estraño, que gelo otorgó. Et él fuesse luego para aquel omne bueno, et amos eran mucho amigos, et díxol' todo lo que passara con su fijo et rogól' que pues su fijo se atrevía a casar con su fija, quel' ploguiesse et que gela diesse para él. Cuando el omne bueno esto oyó aquel su amigo, díxole:
    -Par Dios, amigo, si yo tal cosa fiziesse, seervos ía muy falso amigo, ca vós avedes muy buen fijo, et ternía que fazía muy grand maldat si yo consintiesse su mal nin su muerte; et só çierto que si con mi fija casase, que o sería muerto o le valdría más la muerte que la vida. Et non entendades que vos digo esto por non complir vuestro talante, ca si la quisierdes, a mí mucho me plaze de la dar a vuestro fijo, o a quienquier que me la saque de casa. El su amigo le dixo quel' gradesçía mucho cuanto le dizía, et que pues su fijo quería aquel casamiento, quel' rogava quel' ploguiesse. El casamiento se fizo, et levaron la novia a casa de su marido. Et los moros an por costumbre que adovan de çena a los novios et pónenles la mesa et déxanlos en su casa fasta otro día. Et fiziéronlo aquellos assí; pero estavan los padres et las madres et parientes del novio et de la novia con grand reçelo, cuidando que otro día fallarían el novio muerto o muy maltrecho.
    Luego que ellos fincaron solos en casa, assentáronse a la mesa, et ante que ella ubiasse a dezir cosa cató el novio en derredor de la mesa, et vio un perro et díxol' ya cuanto bravamente:
    -¡Perro, danos agua a las manos!
    El perro non lo fizo. Et él encomençósse a ensañar et díxol' más bravamente que les diesse agua a las manos. Et el perro non lo fizo. Et desque vio que lo non fazía, levantóse muy sañudo de la mesa et metíó mano a la espada et endereçó al perro. Cuando el perro lo vio venir contra sí, començó a foír, et él en pos él, saltando amos por la ropa et por la mesa et por el fuego, et tanto andido en pos de'l fasta que lo alcançó, et cortól' la cabeça et las piernas et los braços, et fízolo todo pedaços et ensangrentó toda la casa et toda la mesa et la ropa.
    Et assí, muy sañudo et todo ensangrentado, tornóse a sentar a la mesa et cató en derredor, et vio un gato et díxol' quel' diesse agua a manos; et porque non lo fizo, díxole:
    -¡Cómo, don falso traidor!, ¿et non vistes lo que fiz al perro porque non quiso fazer lo quel' mandé yo? Prometo a Dios que si un punto nin más conmigo porfías, que esso mismo faré a ti que al perro.
    El gato non lo fizo, ca tampoco es su costumbre de dar agua a manos, como del perro. Et porque non lo fizo, levantóse et tomól' por las piernas et dio con él a la pared et fizo de'l más de çient pedaços, et mostrándol' muy mayor saña que contra el perro.
    Et assí, bravo et sañudo et faziendo muy malos contenentes, tornóse a la mesa et cató a todas partes. La muger, quel' vio esto fazer, tovo que estava loco o fuera de seso, et non dizía nada. Et desque ovo catado a cada parte, et vio un su cavallo que estava en casa, et él non avía más de aquél, et díxol' muy bravamente que les diesse agua a las manos; el cavallo non lo fizo. Desque vio que lo non fizo, díxol': -¡Cómo, don cavallo!, ¿cuidades que porque non he otro cavallo, que por esso vos dexaré si non fizierdes lo que yo vos mandare? Dessa vos guardat, que si por vuestra mala ventura non faierdes lo que yo vos mandare, yo juro a Dios que tan mala muerte vos dé como a los otros; et non ha cosa viva en el mundo que non faga lo que yo mandare, que esso mismo non le faga. El cavallo estudo quedo. Et desque vio que non fazía su mandado, fue a él et cortól' la cabeça con la mayor saña que podía mostrar, et despedaçólo todo.
    Cuando la muger vio que matava el cavallo non aviendo otro et que dizía que esto faría a quiquier que su mandado non cumpliesse, tovo que esto ya non se fazía por juego, et ovo tan grand miedo, que non sabía si era muerta o biva.
    Et él assí, vravo et sañudo et ensangrentado, tornóse a la mesa, jurando que si mil cavallos et omnes et mugeres oviesse en casa quel' saliessen de mandado, que todos serían muertos. Et assentósse et cató a cada parte, teniendo la espada sangrienta en el regaço; et desque cató a una parte et a otra et non vio cosa viva, bolvió los ojos contra su muger muy bravamente et díxol' con grand saña, teniendo la espada en la mano:
    -Levantadvos et datme agua a las manos.
    La muger, que non esperava otra cosa sinon que la despedaçaría toda, levantóse muy apriessa et diol' agua a las manos. Et díxole él: -¡A!, ¡cómo gradesco a Dios porque fiziestes lo que vos mandé, ca de otra guisa, por el pesar que estos locos me fizieron, esso oviera fecho a vos que a ellos!
    Después mandól' quel' diesse de comer; et ella fízolo. Et cada quel' dizía alguna cosa, tan bravamente gelo dizía et en tal son, que ella ya cuidava que la cabeça era ida del polvo. Assí passó el fecho entrellos aquella noche, que nunca ella fabló, mas fazía lo quel' mandavan. Desque ovieron dormido una pieça, díxol' él: -Con esta saña que ove esta noche, non pude bien dormir. Catad que non me despierte cras ninguno, et tenedme bien adobado de comer.
    Cuando fue grand mañana, los padres et las madres et parientes llegaron a la puerta et porque non fablava ninguno, cuidaron que el novio estava muerto o ferido. Et desque vieron por entre las puertas a la novia et non al novio, cuidáronlo más.
    Cuando ella los vio a la puerta llegó muy passo et con grand miedo, et començóles a dezir:
    -¡Locos, traidores!, ¿qué fazedes? ¿Cómo osades llegar a la puerta nin fablar?
    ¡Callad, sinon todos, también vós como yo, todos somos muertos!
    Cuando todos esto oyeron, fueron marabillados; et desque sopieron cómo pasaron en uno, presçiaron mucho el mançebo porque assí sopiera fazer lo quel' cumplía et castigar tan bien su casa.
    Et daquel día adelante, fue aquella su muger muy bien mandada et ovieron muy buena bida.
    Et dende a pocos días, su suegro quiso fazer assí como fiziera su yerno, et por aquella manera mató un gallo, et díxole su muger:
    -A la fe, don fulán, tarde vos acordastes, ca ya non vos valdría nada si matássedes çient cavallos: que ante lo oviérades a començar, ca ya bien nos conosçemos.
    Et vós, señor conde, si aquel vuestro criado quiere casar con tal muger, si fuere él tal como aquel mançebo, consejalde que case seguramente, ca él sabrá cómo passa en su casa; mas si non fuere tal que entienda lo que deve fazer et lo quel' cumple, dexadle passe su ventura. Et aun consejo a vós que con todos los omnes que ovierdes a fazer, que siempre les dedes a entender en cuál manera an de pasar conbusco.
    El conde obo éste por buen consejo, et fízolo assí et fallóse dello vien.
    Et porque don Johan lo tovo por buen enxiemplo, fízolo escrivir en este libro, et fizo estos viessos que dizen assí:

    Si al comienço non muestras qui eres,
    nunca podrás después cuando quisieres.

    Et la istoria deste enxiemplo es ésta que se sigue:

    Cuento 35

    Lo que sucedió a un mancebo
    que casó con una muchacha muy rebelde


    Otra vez hablaba el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le decía:
    -Patronio, un pariente mío me ha contado que lo quieren casar con una mujer muy rica y más ilustre que él, por lo que esta boda le sería muy provechosa si no fuera porque, según le han dicho algunos amigos, se trata de una doncella muy violenta y colérica. Por eso os ruego que me digáis si le debo aconsejar que se case con ella, sabiendo cómo es, o si le debo aconsejar que no lo haga.
    -Señor conde -dijo Patronio-, si vuestro pariente tiene el carácter de un joven cuyo padre era un honrado moro, aconsejadle que se case con ella; pero si no es así, no se lo aconsejéis. El conde le rogó que le contase lo sucedido.
    Patronio le dijo que en una ciudad vivían un padre y su hijo, que era excelente persona, pero no tan rico que pudiese realizar cuantos proyectos tenía para salir adelante. Por eso el mancebo estaba siempre muy preocupado, pues siendo tan emprendedor no tenía medios ni dinero.
    En aquella misma ciudad vivía otro hombre mucho más distinguido y más rico que el primero, que sólo tenía una hija, de carácter muy distinto al del mancebo, pues cuanto en él había de bueno, lo tenía ella de malo, por lo cual nadie en el mundo querría casarse con aquel diablo de mujer.
    Aquel mancebo tan bueno fue un día a su padre y le dijo que, pues no era tan rico que pudiera darle cuanto necesitaba para vivir, se vería en la necesidad de pasar miseria y pobreza o irse de allí, por lo cual, si él daba su consentimiento, le parecía más juicioso buscar un matrimonio conveniente, con el que pudiera encontrar un medio de llevar a cabo sus proyectos. El padre le contestó que le gustaría mucho poder encontrarle un matrimonio ventajoso. Dijo el mancebo a su padre que, si él quería, podía intentar que aquel hombre bueno, cuya hija era tan mala, se la diese por esposa. El padre, al oír decir esto a su hijo, se asombró mucho y le preguntó cómo había pensado aquello, pues no había nadie en el mundo que la conociese que, aunque fuera muy pobre, quisiera casarse con ella. El hijo le contestó que hiciese el favor de concertarle aquel matrimonio. Tanto le insistió que, aunque al padre le pareció algo muy extraño, le dijo que lo haría.
    Marchó luego a casa de aquel buen hombre, del que era muy amigo, y le contó cuanto había hablado con su hijo, diciéndole que, como el mancebo estaba dispuesto a casarse con su hija, consintiera en su matrimonio. Cuando el buen hombre oyó hablar así a su amigo, le contestó:
    -Por Dios, amigo, si yo autorizara esa boda sería vuestro peor amigo, pues tratándose de vuestro hijo, que es muy bueno, yo pensaría que le hacía grave daño al consentir su perjuicio o su muerte, porque estoy seguro de que, si se casa con mi hija, morirá, o su vida con ella será peor que la misma muerte. Mas no penséis que os digo esto por no aceptar vuestra petición, pues, si la queréis como esposa de vuestro hijo, a mí mucho me contentará entregarla a él o a cualquiera que se la lleve de esta casa.
    Su amigo le respondió que le agradecía mucho su advertencia, pero, como su hijo insistía en casarse con ella, le volvía a pedir su consentimiento.
    Celebrada la boda, llevaron a la novia a casa de su marido y, como eran moros, siguiendo sus costumbres les prepararon la cena, les pusieron la mesa y los dejaron solos hasta la mañana siguiente. Pero los padres y parientes del novio y de la novia estaban con mucho miedo, pues pensaban que al día siguiente encontrarían al joven muerto o muy mal herido.
    Al quedarse los novios solos en su casa, se sentaron a la mesa y, antes de que ella pudiese decir nada, miró el novio a una y otra parte y, al ver a un perro, le dijo ya bastante airado:
    -¡Perro, danos agua para las manos!
    El perro no lo hizo. El mancebo comenzó a enfadarse y le ordenó con más ira que les trajese agua para las manos. Pero el perro seguía sin obedecerle. Viendo que el perro no lo hacía, el joven se levantó muy enfadado de la mesa y, cogiendo la espada, se lanzó contra el perro, que, al verlo venir así, emprendió una veloz huida, perseguido por el mancebo, saltando ambos por entre la ropa, la mesa y el fuego; tanto lo persiguió que, al fin, el mancebo le dio alcance, lo sujetó y le cortó la cabeza, las patas y las manos, haciéndolo pedazos y ensangrentando toda la casa, la mesa y la ropa.
    Después, muy enojado y lleno de sangre, volvió a sentarse a la mesa y miró en derredor. Vio un gato, al que mandó que trajese agua para las manos; como el gato no lo hacía, le gritó:
    -¡Cómo, falso traidor! ¿No has visto lo que he hecho con el perro por no obedecerme?
    Juro por Dios que, si tardas en hacer lo que mando, tendrás la misma muerte que el perro.
    El gato siguió sin moverse, pues tampoco es costumbre suya llevar el agua para las manos. Como no lo hacía, se levantó el mancebo, lo cogió por las patas y lo estrelló contra una pared, haciendo de él más de cien pedazos y demostrando con él mayor ensañamiento que con el perro.
    Así, indignado, colérico y haciendo gestos de ira, volvió a la mesa y miró a todas partes. La mujer, al verle hacer todo esto, pensó que se había vuelto loco y no decía nada.
    Después de mirar por todas partes, vio a su caballo, que estaba en la cámara y, aunque era el único que tenía, le mandó muy enfadado que les trajese agua para las manos; pero el caballo no le obedeció. Al ver que no lo hacía, le gritó:
    -¡Cómo, don caballo! ¿Pensáis que, porque no tengo otro caballo, os respetaré la vida si no hacéis lo que yo mando? Estáis muy confundido, pues si, para desgracia vuestra, no cumplís mis órdenes, juro ante Dios daros tan mala muerte como a los otros, porque no hay nadie en el mundo que me desobedezca que no corra la misma suerte.
    El caballo siguió sin moverse. Cuando el mancebo vio que el caballo no lo obedecía, se acercó a él, le cortó la cabeza con mucha rabia y luego lo hizo pedazos.
    Al ver su mujer que mataba al caballo, aunque no tenía otro, y que decía que haría lo mismo con quien no le obedeciese, pensó que no se trataba de una broma y le entró tantísimo miedo que no sabía si estaba viva o muerta.
    Él, así, furioso, ensangrentado y colérico, volvió a la mesa, jurando que, si mil caballos, hombres o mujeres hubiera en su casa que no le hicieran caso, los mataría a todos. Se sentó y miró a un lado y a otro, con la espada llena de sangre en el regazo; cuando hubo mirado muy bien, al no ver a ningún ser vivo sino a su mujer, volvió la mirada hacia ella con mucha ira y le dijo con muchísima furia, mostrándole la espada:
    -Levantaos y dadme agua para las manos.
    La mujer, que no esperaba otra cosa sino que la despedazaría, se levantó a toda prisa y le trajo el agua que pedía. Él le dijo:
    -¡Ah! ¡Cuántas gracias doy a Dios porque habéis hecho lo que os mandé! Pues de lo contrario, y con el disgusto que estos estúpidos me han dado, habría hecho con vos lo mismo que con ellos.
    Después le ordenó que le sirviese la comida y ella le obedeció. Cada vez que le mandaba alguna cosa, tan violentamente se lo decía y con tal voz que ella creía que su cabeza rodaría por el suelo.
    Así ocurrió entre los dos aquella noche, que nunca hablaba ella sino que se limitaba a obedecer a su marido. Cuando ya habían dormido un rato, le dijo él:
    -Con tanta ira como he tenido esta noche, no he podido dormir bien. Procurad que mañana no me despierte nadie y preparadme un buen desayuno.
    Cuando aún era muy de mañana, los padres, madres y parientes se acercaron a la puerta y, como no se oía a nadie, pensaron que el novio estaba muerto o gravemente herido. Viendo por entre las puertas a la novia y no al novio, su temor se hizo muy grande.
    Ella, al verlos junto a la puerta, se les acercó muy despacio y, llena de temor, comenzó a increparles:
    -¡Locos, insensatos! ¿Qué hacéis ahí? ¿Cómo os atrevéis a llegar a esta puerta? ¿No os da miedo hablar? ¡Callaos, si no, todos moriremos, vosotros y yo!
    Al oírla decir esto, quedaron muy sorprendidos. Cuando supieron lo ocurrido entre ellos aquella noche, sintieron gran estima por el mancebo porque había sabido imponer su autoridad y hacerse él con el gobierno de su casa. Desde aquel día en adelante, fue su mujer muy obediente y llevaron muy buena vida.
    Pasados unos días, quiso su suegro hacer lo mismo que su yerno, para lo cual mató un gallo; pero su mujer le dijo:
    -En verdad, don Fulano, que os decidís muy tarde, porque de nada os valdría aunque mataseis cien caballos: antes tendríais que haberlo hecho, que ahora nos conocemos de sobra. Y concluyó Patronio:
    -Vos, señor conde, si vuestro pariente quiere casarse con esa mujer y vuestro familiar tiene el carácter de aquel mancebo, aconsejadle que lo haga, pues sabrá mandar en su casa; pero si no es así y no puede hacer todo lo necesario para imponerse a su futura esposa, debe dejar pasar esa oportunidad. También os aconsejo a vos que, cuando hayáis de tratar con los demás hombres, les deis a entender desde el principio cómo han de portarse con vos.
    El conde vio que este era un buen consejo, obró según él y le fue muy bien. Como don Juan comprobó que el cuento era bueno, lo mandó escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:

    Si desde un principio no muestras quién eres,
    nunca podrás después, cuando quisieres.

    Exemplo XXXVIII

    De lo que contesçió a un omne que iva cargado
    de piedras preccedil;iosas etse afogó en el río


    Un día dixo el conde a Patronio que avía muy grand voluntad de estar en una tierra porquel' avían de dar ˜ una partida de dineros, et cuidava fazer ˜ mucho de su pro, pero que avía muy grand reçelo que si allí se detoviesse quel' podría venir muy grand periglo del cuerpo, et quel' rogava quel' consejasse qué faría en ello.
    -Señor conde -dixo Patronio-, para que vós fagades en esto, al mio cuidar, lo que vos más cumple, sería muy bien que sopiéssedes lo que contesçió a un omne que llevava una cosa muy presçiada en el cuello et passava un río. El conde le preguntó cómo fuera aquello.
    -Señor conde -dixo Patronio-, un omne levava muy grand pieça de piedras preçiosas a cuestas, et tantas eran que se le fazían muy pesadas de levar; et acaesçió que ovo de passar un grand río; et como él levava grand carga, ç'afondava más que si aquella carga non levasse; et cuando fue en medio del río, començó a çafondar mucho.
    Et un omne que estava a la oriella del río començól' a dar vozes et dezir que si non echasse carga, que sería muerto. Et el mesquino loco non entendió que si muriesse en el río, que perdería el cuerpo et la carga que levava; et si la echasse que, aunque perdiesse la carga, que non perdería el cuerpo. Et por la grant cobdiçia de lo que valían las piedras preçiosas que levava, non las quiso echar et murió en el río, et perdió el cuerpo et perdió la carga que levava.
    Et vos, señor conde Lucanor, comoquier que los dineros et lo ál que podríades fazer de vuestra pro sería bien que lo fiziésedes, conséjovos yo que si peligro de buestro cuerpo fallades en la fincada, que non finquedes ˜ por cobdiçia de dineros nin de su semejante. Et aún vos consejo que nunca aventuredes el vuestro cuerpo si non fuere por cosa que sea vuestra onra o vos sería mengua si lo non fiziésedes: ca el que poco se presçia et por cobdiçia o por devaneo aventura su cuerpo, bien creed que non tiene mientes de fazer mucho con el su cuerpo; ca el que mucho presçia el su cuerpo, a menester que faga en guisa porque lo preçien mucho las gentes; et non es el omne preçiado por preciarse él mucho, mas es muy preçiado porque faga tales obras quel' preçien mucho las gentes. Et si él tal fuere, çierto seed que preciará mucho el su cuerpo et non lo aventurará por cobdiçia nin por cosa en que non aya grand onra; mas en lo que se deverié aventurar, seguro sed que non ha omne en el mundo que tan aína nin tan de buenamente aventure el cuerpo como el que vale mucho et se preçia mucho.
    El conde tovo éste por buen enxienplo, et fízolo assí et fallóse dello muy bien.
    Et porque don Johan entendió que éste era muy buen enxiemplo, fízolo escrivir en este libro et fizo estos viessos que dizen assí:

    Quien por grand cobdiçia de aver se aventura,
    será maravilla que el bien muchol' dura
    .
    Et la istoria deste enxiemplo es ésta que se sigue:

    Cuento 38

    Lo que sucedió a un hombre que iba cargado
    con piedras preciosas y se ahogó en el río


    Un día dijo el conde a Patronio que deseaba mucho quedarse en una villa donde le tenían que dar mucho dinero, con el que esperaba lograr grandes beneficios, pero que al mismo tiempo temía quedarse allí, pues, entonces, correría peligro su vida. Y, así, le rogaba que le aconsejase qué debía hacer.
    -Señor conde -dijo Patronio-, en mi opinión, para que hagáis en esto lo más juicioso, me gustaría que supierais lo que sucedió a un hombre que llevaba un tesoro al cuello y estaba pasando un río.
    El conde le preguntó qué le había ocurrido.
    -Señor conde -dijo Patronio-, había un hombre que llevaba a cuestas gran cantidad de piedras preciosas, y eran tantas que le pesaban mucho. En su camino tuvo que pasar un río y, como llevaba una carga tan pesada, se hundió más que si no la llevase. En la parte más honda del río, empezó a hundirse aún más.
    »Cuando vio esto un hombre, que estaba en la orilla del río, comenzó a darle voces y a decirle que, si no abandonaba aquella carga, corría el peligro de ahogarse. Pero el pobre infeliz no comprendió que, si moría ahogado en el río, perdería la vida y también su tesoro, aunque podría salvarse desprendiéndose de las riquezas. Por la codicia, y pensando cuánto valían aquellas piedras preciosas, no quiso desprenderse de ellas y echarlas al río, donde murió ahogado y perdió la vida y su preciosa carga. »A vos, señor Conde Lucanor, aunque el dinero y otras ganancias que podáis conseguir os vendrían bien, yo os aconsejo que, si en ese sitio peligra vuestra vida, no permanezcáis allí por lograr más dinero ni riquezas. También os aconsejo que jamás pongáis en peligro vuestra vida si no es asunto de honra o si, de no hacerlo, os resultara grave daño, pues el que en poco se estima y, por codicia o ligereza, arriesga su vida, es quien no aspira a hacer grandes obras; sin embargo, el que se tiene a sí mismo en mucho ha de hacer tales cosas que los otros también lo aprecien, pues el hombre no es valorado porque él se precie, sino porque los demás admiren en él sus buenas obras. Tened, señor conde, por seguro que tal persona estimará en mucho su vida y no la arriesgará por codicia ni por cosa pequeña, pero en las ocasiones que de verdad merezcan arriesgar la vida, estad seguro de que nadie en el mundo lo hará tan bien como el que vale mucho y se estima en su justo valor.
    El conde consideró bueno este ejemplo, obró según él y le fue muy bien.
    Y como don Juan vio que este cuento era muy bueno, lo mandó poner en este libro y añadió estos versos que dicen así:

    A quien por codicia su vida aventura,
    sabed que sus bienes muy poco le duran
    .

    Exemplo XL

    De las razones porque perdió
    el alma un siniscal de Carcassona


    Fablava otra ves el conde Lucanor con Patronio, et díxole:
    -Patronio, porque yo sé que la muerte non se puede escusar, querría fazer en guisa que depués de mi muerte, que dexasse alguna cosa señalada que fincasse por mi alma et que fincasse para siempre, porque todos sopiessen que yo feziera aquella obra. Et ruégovos que me consejedes en qué manera lo podría fazer mejor.
    -Señor conde -dixo Patronio-, comoquier que el vien fazer en cualquier guisa o por cualquier entención que se faga sienpre el bien fazer es bien, pero para que vós sopiésedes cómo se deve fazer lo que omne faze por su alma et a cuál entención, plazerme ía mucho que sopiéssedes lo que contesçió a un senescal de Carcaxona.
    El conde le preguntó cómo fuera aquello.
    -Señor conde -dixo Patronio-, un senescal de Carcassona adolesçió. Et desque entendió que non podía escapar, envió por el prior de los fraires predicadores et por el guardián de los fraires menores, et ordenó con ellos fazienda de su alma. Et mandó que luego que él fuese muerto, que ellos cumpliesen todo aquello que él mandava.
    Et ellos fiziéronlo assí. Et él avía mandado mucho por su alma. Et porque fue tan bien complido et tan aína, estavan los fraires muy pagados et en muy buena entención et buena esperança de la su salvación.
    Acaesçió que dende a pocos días, que fue una muger demoniada en la villa, et dizía muchas cosas marabillosas, porque el diablo, que fablava en ella, sabía todas las cosas fechas et aun las dichas.
    Cuando los fraires en que dexara el senescal fecho de su alma sopieron las cosas que aquella muger dizía, tovieron que era bien de irla ver, por preguntarle si sabía alguna cosa del alma del senescal; et fiziéronlo. Et luego que entraron por la casa do estava la muger demoniada, ante que ellos le preguntassen ninguna cosa, díxoles ella que bien sabía por qué vinían, et que sopiessen que aquella alma porque ellos querían preguntar, que muy poco avía que se partiera della et la dexara en el Infierno.
    Cuando los fraires esto oyeron, dixiéronle que mintía; ca çierto era que él fuera muy bien confessado et reçibiera los sacramentos de Sancta Eglesia, et pues la fe de los christianos era verdadera, que non podía seer que fuesse verdat lo que ella dizía.
    Et ella díxoles que sin dubda la fe et la ley de los christianos toda era verdadera, et si él muriera et fiziera lo que deve fazer el que es verdadero christiano, que salva fuera la su alma; mas él non fizo como verdadero nin buen christiano, ca como quier que mucho mandó fazer por su alma, non lo fizo como devía nin ovo buena entençión, ca él mandó complir aquello después que fuesse muerto, et su entención era que si muriesse, que lo cumpliessen; mas si visquiesse, que non fiziessen nada dello; et mandólo complir después que muriesse, cuando non lo podía tener nin levar consigo; et otrosí, dexávalo porque fincasse de'l fama para sienpre de lo que fiziera, porque oviesse fama de las gentes et del mundo. Et por ende, como quier que él fizo buena obra, non la fizo bien, ca Dios non galardona solamente las buenas obras, mas galardona las que se fazen bien. Et este bien fazer es en la entençión, et porque la entención del senescal non fue buena, ca fue cuando non devía seer fecha, por ende non ovo della buen galardón. Et vós, señor conde, pues me pedides consejo, dígovos que al mio grado, que el bien que quisiéredes fazer, que lo fagades en vuestra vida. Et para que ayades dello buen galardón, conviene que, lo primero, que desfagades los tuertos que avedes fecho: ca poco valdría robar el carnero et dar los pies por amor de Dios. Et a vos poco vos valdría tener mucho robado et furtado a tuerto, et fazer limosnas de lo ageno. Et más, para que la limosna sea buena, conviene que aya en ella estas çinco cosas: la una, que se faga de lo que omne oviere de buena parte; la otra, que la faga estando en verdadera penitençia; la otra, que sea tanta, que sienta omne alguna mengua por lo que da, et que sea cosa de que se duela omne; la otra, que la faga en su vida; la otra, que la faga omne simplemente por Dios et non por vana gloria nin por ufana del mundo. Et, señor, faziéndose estas çinco cosas, serían todas las buenas obras et limosnas bien complidas, et avría omne de todas muy grand galardón; pero vós nin otro ninguno que tan complidamente non las pudiesse fazer, non deve por esso dexar de fazer buenas obras, teniendo que pues non las faze en las çinco maneras que son dichas, que non le tiene pro de las fazer; ca ésta sería muy mala razón et sería como desesperamiento; ca çierto es que en cualquier manera que omne faga bien, que sienpre es bien; ca las buenas obras prestan al omne a salir de pecado et venir a penitençia et a la salut del cuerpo, et a que sea rico et onrado, et que aya buena fama de las gentes, et para todos los vienes temporales. Et assí, todo bien que omne faga a cualquier entención sienpre es bueno, mas sería muy mejor para salvamiento et aprovechamiento del alma guardando las cinco cosas dichas.
    El conde tovo que era verdat lo que Patronio le dizía et puso en su coraçón de lo fazer assí, et rogó a Dios quel' guisse que lo pueda fazer en la manera que Patronio le dizía.
    Et entendiendo don Johan que este enxiemplo era muy bueno, fízolo escrivir en este libro et fizo estos viessos que dizen assí:

    Faz bien et a buena entençión en tu vida,
    si quieres acabar la gloria conplida.

    Et la istoria deste enxiemplo es ésta que se sigue:

    Cuento 40

    Causas por las que perdió
    su alma un general de Carcasona


    Hablaba el Conde Lucanor con Patronio y le dijo:
    -Patronio, como sé que nadie puede evitar la muerte, querría yo, antes de morir, haber podido hacer alguna obra muy útil para la salvación de mi alma que deje memoria de mí y que todos me recuerden por ella. Por eso os ruego que me aconsejéis la mejor manera de lograrlo.
    -Señor conde -dijo Patronio-, aunque las buenas obras siempre nos ayudan para conseguir la salvación, no importa cómo o a quién las hagamos. Para que vos sepáis por qué y con qué intención deben hacerse, me gustaría mucho que supierais lo que sucedió a un general de Carcasona.
    El conde le pidió que se lo contara.
    -Señor conde -dijo Patronio-, un general de Carcasona se puso muy enfermo y, viéndose próximo a morir, mandó llamar al prior de los dominicos y al guardián de los franciscanos, para tratar con ellos los asuntos de su alma. Les pidió que después de su muerte cumplieran cuantas mandas les había dejado, para conseguir su salvación. Así lo hicieron ellos, pues el general les había legado muchos bienes en el testamento. Los dos frailes estaban muy contentos y confiados en su salvación, ya que todo se había hecho pronto y bien.
    »Sucedió que, pasados unos días, llegó a la ciudad una mujer endemoniada, que decía cosas maravillosas y portentosas, porque el diablo, que por ella hablaba, sabe cuanto se dice y se hace.
    »Los frailes que habían atendido a la salvación del general, al enterarse de lo que decía aquella mujer, pensaron que sería conveniente hablar con ella para que les diera noticias sobre el alma del difunto. Así lo hicieron. Cuando entraron en la casa de la endemoniada, antes de que ellos le preguntaran, les dijo que bien sabía los motivos de su venida, pues hacía muy poco que había salido del infierno y allí quedaba el alma del general.
    »Cuando los frailes la oyeron decir esto, le contestaron que mentía, puesto que era público cómo había tenido muy santa muerte, auxiliado con los sacramentos de la Santa Iglesia, y que, como la religión cristiana es la única verdadera, era imposible que se hubiera condenado.
    »Les replicó ella que ciertamente la fe y la religión cristianas son verdaderas, y que si él hubiera hecho, al morir, lo que debe hacer un auténtico cristiano, habría salvado su alma. Siguió la endemoniada diciendo que él no había obrado como verdadero y buen cristiano, pues, aunque había mandado rezar oraciones y dar limosnas por su alma, había pedido que lo hicieran después de su muerte, siendo su intención que lo hiciesen sólo una vez muerto, sin importarle su alma mientras vivía; por eso mandó que lo hicieran después de muerto, cuando ya sus riquezas no le servían para nada ni se las podía llevar consigo. Igualmente les dijo que el general lo había dispuesto todo así para que quedar a fama eterna de lo que había hecho, sólo por alcanzar vanagloria de las gentes. »Por ello, aunque el general mandó hacer buenas obras, no obró bien, ya que Dios no premia solamente las buenas acciones, sino las que están bien hechas, que son hijas de una recta intención. Como la intención del general no fue buena, porque no nacía de su corazón, no consiguió de Dios el galardón eterno que esperaba.
    »A vos, señor conde, pues me pedís un consejo, os digo que, en mi opinión, hagáis en vida el bien que deseéis hacer. Sabed, además, que, para conseguir ante Dios galardón por vuestras buenas obras, debéis reparar primero el daño que hayáis podido hacer: de poco vale robar el carnero y dar luego las patas a los pobres por el amor de Dios. De muy poco os valdría haber robado y hurtado a todos para, luego, dar limosna de lo que no es vuestro. Sabed también que, cuando la limosna es buena, concurren en ella estos cinco requisitos: primero, que se entregue algo cuya propiedad sea legítima; segundo, que se dé cuando uno está haciendo, y arrepentido, verdadera penitencia; tercero, que el hombre sienta desprenderse de lo que da, bien por la cantidad o por la calidad de la donación; cuarto, que se haga en vida; y quinto, que se haga pensando sólo en Dios y no por vanagloria o vanidad. Si se dan estas cinco condiciones, todas las limosnas y buenas obras serán perfectas y el que así las haga recibirá generoso galardón de Dios. Pero si vos, o cualquier otro, por algún motivo no puede hacerlas de ese modo, no por eso debe dejar de hacerlas, pensando que, al no reunir todos los requisitos, no le servirán de nada, pues eso sería una gran equivocación y tentaríais a Dios al pensar así, ya que, de cualquier forma que se haga el bien, siempre será un bien. Sabed también que las buenas obras ayudan al hombre a abandonar el pecado y a hacer penitencia, a la vez que nos proporcionan salud corporal, riquezas, honras y buena fama ante las gentes. Por ello os digo que toda buena obra que haga el hombre será siempre muy provechosa y útil, pero será mucho más provechosa para la salvación si se hace reuniendo las cinco condiciones que os he señalado.
    El conde vio que era verdad lo que Patronio le decía, decidió obrar siempre así y pidió a Dios que le ayudase para seguir los sabios consejos de Patronio.
    Y viendo don Juan que este cuento era muy bueno, lo mandó escribir en este libro y compuso estos versos que dicen así:

    Haz siempre el bien, mas con recta intención,
    si deseas el cielo, si buscas salvación
    .

    Exemplo XLV

    De lo que contesçió a un omne
    que se fizo amigo et vasallo del Diablo


    Fablava una vez el conde Lucanor con Patronio, su consejero, en esta guisa:
    -Patronio, un omne me dize: que sabe muchas maneras, tanbién de agüeros como de otras cosas, en cómo podré saber las cosas que son por venir et cómo podré fazer muchas arterías con que podré aprovechar mucho mi fazienda; pero en aquellas cosas tengo que non se puede escusar de aver ˜ pecado. Et por la fiança que de vos he, ruégovos que me consejedes lo que faga en esto.
    -Séñor conde -dixo Patronio-, para que vós fagades en esto lo que vos más cumple, plazerme ía que sepades lo que contesçió a un omne con el Diablo.
    El conde le preguntó cómo fuera aquello.
    -Señor conde -dixo Patronio-, un omne fuera muy rico et llegó a tan grand pobreza, que non avía cosa de que se mantener. Et porque non a en el mundo tan grand desventura como seer muy mal andante el que suele seer bien andante, por ende, aquel omne que fuera muy bien andante era llegado a tan grand mengua, que se sintía dello mucho. Et un día, iva en su cabo solo por un monte, muy triste et cuidando muy fieramente et yendo assí tan coitado encontrósse con el Diablo.
    Et como el Diablo sabe todas las cosas passadas et sabía el coidado en que vinía aquel omne, et preguntól' por qué vinía tan triste. Et el omne díxole que para que gelo diría, ca él non le podría dar consejo en la tristeza que él avía.
    Et el Diablo díxole que si él quisiesse fazer lo que él le diría, que él le daría cobro para'l cuidado que avía; et porque entendiesse que lo podía fazer, quel' diría en lo que vinía cuidando et la razón porque estava tan triste.
    Estonçe le contó toda su fazienda et la razón de su tristeza, como aquel que la sabía muy bien. Et díxol' que si quisiesse fazer lo que él le diría, que él le sacaría de toda lazeria et lo faría más rico que nunca fuera él nin omne de su linage; ca él era el Diablo, et avía poder de lo fazer. Cuando el omne oyó dezir que era el Diablo, tomó ende muy grand reçelo, pero por la grand cuita et grand mengua en que estava, dixo al Diablo que si él le diesse manera como pudiesse ser rico, que faría cuanto él quisiesse.
    Et bien cred que el Diablo sienpre cata tiempo para engañar a los omnes; cuando vee que están en alguna quexa, o de mengua, o de miedo, o de querer complir su talante, estonçe libra él con ellos todo lo que quiere; et assí cató manera para engañar a aquel omne en el tiempo que estava en aquella coita.
    Estonçe fizieron sus posturas en uno et el omne fue su vasallo. Et desque las avenençias fueron fechas, dixo el Diablo al omne que, dallí adellante, que fuesse a furtar, ca nunca fallaría puerta nin casa, por bien çerrada que fuesse, que él non gela abriesse luego, et si por aventura en alguna priesa se viesse o fuesse preso, que luego que lo llamasse et le dixiesse: «Acorredme, don Martín», que luego fuesse con él et lo libraría de aquel periglo en que estudiesse.
    Las posturas fechas entre ellos, partiéronse.
    Et el omne endereçó a casa de un mercadero, de noche oscura: ca los que mal quieren fazer siempre aborrecen la lumbre. Et luego que legó a la puerta, el diablo avriógela, et esso mismo fizo a las arcas, en guisa que luego ovo ende muy grant aver.
    Otro día fizo otro furto muy grande, et después otro, fasta que fue tan rico que se non acordava de la pobreza que avía passado. Et el mal andante, non se teniendo por pagado de cómo era fuera de lazeria, començó a furtar aun más; et tanto lo usó, fasta que fue preso. Et luego que lo prendieron llamó a don Martín que lo acorriesse; et don Martín llegó muy apriessa et librólo de la prisión. Et desque el omne vio que don Martín le fuera tan verdadero, començó a furtar como de cabo, et fizo muchos furtos, en guisa que fue más rico et fuera de lazeria. Et usando a furtar, fue otra vez preso, et llamó a don Martín, mas don Martín non vino tan aína como él quisiera, et los alcaldes del lugar do fuera el furto començaron a fazer pesquisa sobre aquel furto. Et estando assí el pleito, llegó don Martín; et el omne díxol':
    -¡A, don Martín! ¡qué grand miedo me pusiestes! ¿Por qué tanto tardávades? Et don Martín le dixo que estava en otras grandes priessas et que por esso tardara; et sacólo luego de la prisión. El omne se tornó a furtar, et sobre muchos furtos fue preso, et fecha la pesquisa dieron sentençia contra él. Et la sentençia dada, llegó don Martín et sacólo.
    Et él tornó a furtar porque veía que siempre le acorría don Martín. Et otra vez fue preso, et llamó a don Martín, et non vino, et tardó tanto fasta que fue jubgado a muerte, et seyendo jubgado, llegó don Martín et tomó alçada para casa del rey et librólo de la prisión, et fue quito.
    Después tornó a furtar et fue preso, et llamó a don Martín, et non vino fasta que jubgaron quel' enforcassen. Et seyendo al pie de la forca, llegó don Martín; et el omne le dixo:
    -¡A, don Martín, sabet que esto non era juego, que vien vos digo que grand miedo he passado!
    Et don Martín le dixo que él le traía quinientos maravedís en una limosnera et que los diesse al alcalde et que luego sería libre. El alcalde avía mandado ya que lo enforcassen, et non fallaban soga para lo enforcar. Et en cuanto buscavan la soga, llamó el omne al alcalde et diole la limosnera con los dineros. Cuando el alcalde cuidó quel' dava los quinientos maravedís, dixo a las gentes que ˜ estavan:
    -Amigos, ¡quién vio nunca que menguasse soga para enforcar omne! Ciertamente este omne non es culpado, et Dios non quiere que muera et por esso nos mengua la soga; mas tengámoslo fasta cras, et veremos más en este fecho; ca si culpado es, ˜ se finca para complir cras la justiçia. Et esto fazía el alcalde por lo librar por los quinientos maravedís que cuidava que le avía dado. Et oviendo esto assí acordado, apartósse el alcalde et avrió la limosnera, et cuidando fallar los quinientos maravedís, non falló los dineros, mas falló una soga en la limosnera. Et luego que esto vio, mandól' enforcar.
    Et puniéndolo en la forca, vino don Martín et el omne le dixo quel' acorriesse. Et don Martín le dixo que siempre él acorría a todos sus amigos fasta que los llegava a tal lugar.
    Et assí perdió aquel omne el cuerpo et el alma, creyendo al Diablo et fiando de'l. Et çierto sed que nunca omne de'l creyó nin fió que non llegasse a aver mala postremería; sinon, parad mientes a todos los agoreros o sorteros o adevinos, o que fazen cercos o encantamientos et destas cosas cualesquier, et veredes que siempre ovieron malos acabamientos. Et si non mecredes, acordat vos de Alvar Núñez et de Garcilasso, que fueron los omnes del mundo que mas fiaron en agüeros et en estas tales cosas, et veredes cuál acabamiento ovieron.
    Et vós, señor conde Lucanor, si bien queredes fazer vuestra fazienda paral cuerpo et para'l alma, fiat derechamente en Dios et ponet en Él toda vuestra esperança et vós ayudatvos cuanto pudierdes, et Dios ayudarvos ha. Et non creades nin fiedes en agüeros, nin en otro devaneo, ca çierto sed que de los pecados del mundo, el que a Dios más pesa et en que omne mayor tuerto et mayor desconosçimiento faze a Dios, es en catar agüero et estas tales cosas. El conde tovo éste por buen consejo, et fízolo assí et fallósse muy biend ello.
    Et porque don Johan tovo este por buen exiemplo, fízolo escrivir en este libro, et fizo estos viessos que dizen assí:

    El que en Dios non pone su esperança,
    morrá mala muerte, abrá mala andança.

    Et la estoria deste exiemplo es ésta que se sigue:

    Cuento 45

    Lo que sucedió a un hombre
    que se hizo amigo y vasallo del diablo


    Hablaba otra vez el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, de este modo: -Patronio, un hombre me dice que sabe muchos agüeros y encantamientos por los que no sólo podré adivinar el futuro, sino también aumentar mis riquezas y bienes; pero estoy seguro de que en esas malas artes siempre hay pecado. Por la confianza que tengo en vos, os ruego que me aconsejéis lo que debo hacer en este asunto.
    -Señor conde -dijo Patronio-, para que podáis hacer lo más conveniente, me gustaría contaros lo que sucedió a un hombre con el diablo.
    El conde le pidió que se lo contara.
    -Señor conde -dijo Patronio-, había un hombre que, después de haber sido muy rico, se volvió tan pobre que no tenía con qué alimentarse. Como en el mundo no existe mayor desgracia que la desdicha para quien siempre ha sido feliz, aquel hombre que había sido tan rico, viéndose tan pobre, se sentía muy desdichado. Cuando un día iba caminando a solas por el monte, muy triste y desesperado, se encontró con el diablo. »Como el demonio conoce todas las cosas pasadas, aunque sabía la desgracia de aquel hombre, le preguntó por qué estaba tan triste y pesaroso. El hombre le contestó que no debía decírselo, pues no podría él acabar con sus males.
    »Mas el diablo le dijo que, si estaba dispuesto a obedecerlo, él pondría fin a sus desdichas y, para que viese que podía hacerlo, le diría en seguida en qué iba pensando y por qué estaba tan triste. Entonces le contó toda su historia y los motivos de su tristeza, diciéndole, además, que, si hacía cuanto le ordenase, lo sacaría de la miseria y lo haría el más rico de todos los hombres, porque, como era el demonio, tenía poder para hacerlo.
    »Al oírle decir que era el diablo, el hombre tuvo mucho miedo, pero, por la pena que traía y la miseria en que estaba, le contestó que, si lo hacía rico, le obedecería en todo.
    »Como el demonio busca siempre la ocasión más propicia para engañar a los hombres, cuando los ve angustiados, temerosos, en momentos de apuros o incapaces de conseguir lo que desean, encuentra ahí la mejor ocasión para lograr de ellos cuanto quiere; por eso buscó el modo de engañar a aquel hombre que estaba tan desesperado.
    »Firmaron entonces un pacto y el hombre se hizo vasallo del demonio. Después de esto, el diablo le dijo al hombre que, de allí en adelante, podía robar lo que quisiese, pues nunca encontraría cerrada una casa o una puerta que, por muy bien cerradas que estuvieran, él no se las abriera, y que, si por casualidad se viese en un apuro o encarcelado, le bastaría con decir: «Socorredme, don Martín», para que él viniera en su ayuda y recuperara la libertad. »Después de todo lo cual, se separaron.
    »Una noche muy oscura, pues los que son amigos del delito actúan siempre en la oscuridad, aquel hombre se dirigió a casa de un comerciante. Cuando llegó a la puerta, el diablo se la abrió, así como el arca, con lo que consiguió un buen botín.
    »Otro día cometió un hurto mayor, y después otro, hasta que se hizo tan rico que ya no se acordaba de la pobreza en que había vivido. Pero, como aquel desdichado no se sentía contento por haber salido de la penuria, siguió robando cada vez más; y tanto robó que acabó en la cárcel.
    »Al verse prendido, llamó a don Martín, para que le ayudase. Don Martín llegó en seguida y lo sacó de la prisión. Viendo el hombre que el diablo cumplía su palabra, comenzó a robar como al principio, haciendo muchos más robos, hasta el extremo de que llegó a ser muy rico.
    »Una vez, cuando estaba cometiendo un robo, fue sorprendido y lo llevaron a la cárcel. El hombre invocó a don Martín, pero este no vino tan rápidamente como la vez anterior, sino cuando ya los jueces del lugar habían iniciado sus indagaciones sobre el delito. Cuando don Martín llegó, le dijo el hombre:
    »-¡Ay, don Martín! ¡Cuánto miedo he pasado! ¿Por qué habéis tardado tanto?
    »Le contestó don Martín que estaba resolviendo otros asuntos muy importantes y que por eso había tardado más, pero en seguida lo sacó de la prisión.
    »El hombre volvió a sus robos y, como robaba tanto, fue encarcelado otra vez. Practicadas las diligencias, los jueces lo sentenciaron. Esta vez don Martín lo sacó del peligro, pero cuando ya había sido juzgado y condenado. »El hombre volvió a robar porque comprobó que don Martín siempre venía en su ayuda. Pero de nuevo lo cogieron y lo encarcelaron y, aunque llamó a don Martín, este no vino. Tanto se demoró que el hombre fue juzgado y condenado a muerte, y sólo entonces llegó don Martín, que apeló al rey, librándolo así de la prisión y devolviéndole la libertad.
    »De nuevo volvió a robar y otra vez fue encarcelado. Llamó a don Martín, que no vino hasta que ya lo habían condenado a la horca. Cuando el hombre subía al cadalso, apareció don Martín y el hombre le dijo:
    »-¡Ay, don Martín! ¡Que esto no es una broma, pues he pasado mucho miedo!
    »Le contestó don Martín que él traía consigo 500 maravedíes en una bolsa, que se los diera al juez y de este modo quedaría libre. El juez ya había ordenado que lo ahorcasen, pero no encontraban la soga; mientras la buscaban, llamó el hombre al juez y le entregó la bolsita con el dinero. Pensando el juez que le entregaba 500 maravedíes, dijo a las gentes que allí estaban:
    »-Amigos, ¿se ha visto alguna vez que falte soga para ahorcar a un hombre? Ciertamente, este hombre debe de ser inocente, pues Dios no quiere que muera y, por eso, nos falta la soga. Dejémoslo para mañana, y veremos su caso con más calma; porque, si es culpable, no nos faltará tiempo para ejecutar la sentencia.
    »El juez hacía esto para liberarlo, por el dinero que creía que le había entregado. Cuando aplazaron su ejecución, el juez se fue a un lugar retirado y abrió la limosnera, donde esperaba encontrar los 500 maravedíes; pero sólo encontró una soga, y no el dinero. Apenas vio esto, lo mandó ahorcar.
    »Cuando ya iban a colgarlo, vino don Martín y el hombre le pidió que le ayudase; pero don Martín le contestó que siempre socorría a sus amigos hasta verlos en aquel lugar.
    »Así perdió su vida y su alma aquel desdichado, por confiar en el demonio y obedecerlo. Pues debéis tener por cierto que jamás nadie, que haya creído en sus promesas o confiado en él, ha tenido buen fin; mirad, si no, a todos los que hacen agüeros, o echan suertes, a los adivinos, a quienes invocan al demonio, a los que hacen encantamientos o practican la magia, y veréis que siempre acaban muy mal. Acordaos, si no me creéis, de Álvar Núñez y de Garcilaso, que tanto confiaron en agüeros y en encantamientos, y de cómo terminaron para su desdicha.
    »Vos, señor Conde Lucanor, si queréis llevar buena vida y salvar el alma, confiad en Dios, depositad en él vuestra esperanza y esforzaos cuanto pudiereis, que Él os ayudará. Pero no creáis ni confiéis en agüeros, ni en cosas parecidas, pues, de cuantos pecados existen, este es el que más ofende a Dios y el que más aleja a los hombres de su Creador. El conde vio que este era un buen consejo, obró según él y le fue muy bien.
    Como don Juan vio que este cuento era muy bueno, lo mandó escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:

    Mala muerte le espera, mala vida le aguarda
    al que en Dios no confía, ni goza en su esperanza.




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