antologia Alfonso X el sabio [Indice]
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  • "Romance de Reduán y el rey chico sobre la conquista de Jaén"
  • "Romance del obispo don Gonzalo"
  • "Romance del alcaide de Alhama"
  • "Romance del Maestre de Calatrava"
  • "Romance de don Manuel Ponce de León"
  • "Romance de Sayavedra"
  • "Romance del rey Ramiro"
  • "Romance del rey de Aragón" 
  • "Romance de doña Isabel de Liar"
  • "Romance de la duquesa de Guimaranes"
  • "Romance de los cinco maravedís"
  • "Romance de los Carvajales"
  • "Entre las gentes se suena..."  
  • "Romance de don Fadrique"
  • "Romance de Pero Díaz"
  • "Romance del rey don Pedro el Cruel 1"
  • "Romance del rey don Pedro el Cruel 2 "
  • "Romance del prior de San Juan"
  • "Romance del rey don Rodrigo 1"
  • "Romance del rey don Rodrigo 2"
  • "Romance del rey don Rodrigo 3"
  • "Romance del rey don Rodrigo 4"
  • "Romance del rey don Rodrigo 5"
  • "Romance del duque de Arjona"
  • "Romance de don García"
  • "Romance de la linda infanta"
  • "Romance de Bernardo del Carpio 1 "
  • "Romance de Bernardo del Carpio 2"
  • "Romance de Bernardo del Carpio 3"
  • "Romance del conde Fernán González 1"
  • "Romance del conde Fernán González 2"


  • Romance de Reduán y el rey chico sobre la conquista de Jaén


    -Reduán, bien se te acuerda que me diste la palabra
    que me darías a Jaén en una noche ganada.
    Reduán, si tú lo cumples, daréte paga doblada,
    y si tú no lo cumplieres, desterrarte he de Granada;
    echarte he en una frontera, do no goces de tu dama.
    Reduán le respondía sin demudarse la cara:
    -Si lo dije, no me acuerdo, mas cumpliré mi palabra.
    Reduán pide mil hombres, el rey cinco mil le daba.
    Por esa puerta de Elvira sale muy gran cabalgada.
    ¡Cuánto del hidalgo moro! ¡Cuánta de la yegua baya!
    ¡Cuánta de la lanza en puño! ¡Cuánta de la adarga blanca!
    ¡Cuánta de marlota verde! ¡Cuánta aljuba de escarlata!
    ¡Cuánta pluma y gentileza! ¡Cuánto capellar de grana!
    ¡Cuánto bayo borceguí! ¡Cuánto lazo que le esmalta!
    ¡Cuánta de la espuela de oro! ¡Cuánta estribera de plata!
    Toda es gente valerosa y experta para batalla:
    en medio de todos ellos va el rey Chico de Granada.
    Míranlo las damas moras de las torres del Alhambra.
    La reina mora, su madre, de esta manera le habla:
    -Alá te guarde, mi hijo, Mahoma vaya en tu guarda,
    y te vuelva de Jaén libre, sano y con ventaja,
    y te dé paz con tu tío, señor de Guadix y Baza.

    Romance del obispo don Gonzalo

    Un día de San Antón, /ese día señalado,
    se salían de Jaén /cuatrocientos hijosdalgo.
    Las señas que ellos llevaban /es pendón, rabo de gallo;
    por capitán se lo llevan /al obispo don Gonzalo,
    armado de todas armas, /encima de un buen caballo;
    íbase para la Guarda, /ese castillo nombrado.
    Sáleselo a recibir /don Rodrigo, ese hijodalgo.
    -Por Dios os ruego, el Obispo, /que no pasedes el vado,
    porque los moros son muchos /que a la Guarda habían llegado:
    muerto me han tres caballeros, /de que mucho me ha pesado.
    El uno era mi primo, /y el otro era mi hermano,
    y el otro era un paje mío, /que en mi casa se ha criado.
    Demos la vuelta, señores, /demos la vuelta a enterrarlos;
    haremos a Dios servicio /y honraremos los cristianos.
    Ellos estando en aquesto, /llegó don Diego de Haro:
    -Adelante, caballeros, /que me llevan el ganado;
    si de algún villano fuera /ya lo hubiérades quitado,
    empero, alguno está aquí /a quien place de mi daño.
    No cumple decir quién es, /que es el del roquete blanco.
    El obispo, que lo oyera, /dio de espuelas al caballo.
    El caballo era ligero /y saltado había un vallado,
    mas al salir de una cuesta, /a la asomada de un llano,
    vido mucha adarga blanca, /mucho albornoz colorado
    y muchos hierros de lanzas /que relucen en el campo.
    Metido se había por ellos /como león denodado;
    de tres batallas de moros /las dos ha desbaratado,
    mediante la buena ayuda /que en los suyos ha hallado;
    aunque algunos de ellos mueren, /eterna fama han ganado.
    Todos pasan adelante, /ninguno atrás se ha quedado;
    siguiendo a su capitán, /el cobarde es esforzado.
    Honra los cristianos ganan, /los moros pierden el campo:
    diez moros pierden la vida /por la muerte de un cristiano;
    si alguno de ellos escapa, /es por uña de caballo.
    Por su mucha valentía /toda la presa han cobrado.
    Así, con esta victoria /como señores del campo,
    se vuelven para Jaén /con la honra que han ganado.

    Romance del alcaide de Alhama

    -Moro alcaide, moro alcaide, /el de la barba vellida,
    el rey os manda prender /porque Alhama era perdida.
    -Si el rey me manda prender /porque Alhama se perdía,
    el rey lo puede hacer, /mas yo nada le debía,
    porque yo era ido a Ronda /a bodas de una mi prima;
    yo dejé cobro en Alhama /el mejor que yo podía
    . Si el rey perdió su ciudad, /yo perdí cuanto tenía:
    perdí mi mujer y hijos, /las cosas que más quería.

    Romance del Maestre de Calatrava

    De Granada parte el moro /que Aliatar se llamaba,
    primo hermano de Albayaldos, /al que el Maestre matara,
    caballero en un caballo /que de diez años pasaba,
    tres cristianos se le curan, /el mismo le da cebada;
    una lanza con dos fierros /que treinta palmos pasaba,
    hízola aposta el moro /para bien señorearla;
    una adarga ante sus pechos /toda nueva y cotellada;
    una toca en su cabeza /que nueve vueltas le daba
    , los cabos eran de oro, /de oro, de seda y de grana;
    lleva el brazo arremangado, /so la mano alheñada.
    Tan sañudo iba el moro, /que bien demuestra su saña,
    que mientras pasa la puente, /nunca al Darro le miraba.
    Rogando iba a Mahoma, /a Mahoma suplicaba,
    que le muestre algún cristiano /en que ensangriente su lanza.
    Camino va de Antequera, /parecía que volaba,
    solo va, sin compañía, /con una furiosa saña.
    Antes que llegue a Antequera, /vido una seña cristiana,
    vuelve riendas al caballo /y para ella le guiaba,
    la lanza iba blandiendo, /parecía que la quebraba.
    Saliósele a recibir /el Maestre de Calatrava,
    caballero en una yegua, /que ese día la ganara,
    con esfuerzo y valentía /a ese alcaide del Alhama;
    de todas armas armado, /hermoso se divisaba,
    una veleta traía /en una lanza acerada.
    Arremete el uno al otro, /el moro gran grito daba,
    diciendo: -¡Perro cristiano, /yo te prenderé la barba!
    El Maestre entre sí mismo /a Cristo se encomendaba.
    Ya andaba cansado el moro, /su caballo ya aflojaban;
    el Maestre, que es valiente, /muy gran esfuerzo tomaba.
    acometió recio al moro, /la cabeza le cortara.
    El caballo, que era bueno, /al rey se lo presentaba,
    la cabeza en el arzón, /porque supiese la causa.

    Romance de don Manuel Ponce de León

    -¿Cuál será aquel caballero /de los míos más preciado,
    que me traiga la cabeza /de aquel moro señalado
    que delante de mis ojos /a cuatro ha lanceado,
    pues que las cabezas trae /en el pretal del caballo?
    Oídolo ha don Manuel, /que andaba allí paseando,
    que de unas viejas heridas /no estaba del todo sano.
    Apriesa pide las armas, /y en un punto fue armado,
    y por delante el corredor /va arremetiendo el caballo;
    con la gran fuerza que puso, /la sangre le ha reventado,
    gran lástima le han las damas /de verle que va tan flaco.
    Ruéganle todos que vuelva, /mas él no quiere aceptarlo.
    Derecho va para el moro, /que está en la plaza parado.
    El moro, desque lo vido, /de esta manera ha hablado:
    -Bien sé yo, don Manuel, /que vienes determinado,
    y es la causa conocerme /por las nuevas que te han dado;
    mas, porque logres tus días, /vuélvete y deja el caballo,
    que yo soy el moro Muza, /ese moro tan nombrado,
    soy de los almoradíes, /de quien el Cid ha temblado.
    -Yo te lo agradezco, moro, /que de mí tengas cuidado,
    que pues las damas me envían, /no volveré sin recaudo.
    Y sin hablar más razones, /entrambos se han apartado,
    y a los primeros encuentros /el moro deja el caballo,
    y puso mano a un alfanje, /como valiente soldado.
    Fuese para don Manuel, /que ya le estaba aguardando,
    mas don Manuel, como diestro, /la lanza le había terciado.
    Vara y media queda fuera, /que le queda blandeando,
    y desque muerto lo vido, /apeóse del caballo.
    Cortado ha la cabeza, /y en la lanza la ha hincado,
    y por delante las damas /al buen rey la ha presentado.

    Romance de Sayavedra

    Río Verde, río, Verde /más negro vas que la tinta.
    Entre ti y Sierra Bermeja /murió gran caballería.
    Mataron a Ordiales, /Sayavedra huyendo iba;
    con el temor de los moros /entre un jaral se metía.
    Tres días ha, con sus noches, /que bocado no comía;
    aquejábale la sed /y la hambre que tenía.
    Por buscar algún remedio /al camino se salía:
    Visto lo habían los moros /que andan por la serranía.
    Los moros, desque lo vieron, /luego para él se venían.
    Unos dicen: -¡Muera, muera!, /otros dicen: -¡Viva, viva!
    Tómanle entre todos ellos, /bien acompañado iba.
    Allá le van a presentar /al rey de la morería.
    Desque el rey moro lo vido, /bien oiréis lo que decía:
    -¿Quiénes ese caballero /que ha escapado con la vida?
    -Sayavedra es, señor, /Sayavedra el de Sevilla,
    el que mataba tus moros /y tu gente destruía,
    el que hacía cabalgadas /y se encerraba en su manida.
    Allí hablara el rey moro, /bien oiréis lo que decía:
    -Dígasme tú, Sayavedra, /sí Alá te alargue la vida,
    si en tu tierra me tuvieses, /¿qué honra tú me harías?
    Allí habló Sayavedra, /de esta suerte le decía:
    -Yo te lo diré, señor, /nada no te mentiría:
    si cristiano te tornases, /grande honra te haría
    y si así no lo hicieses, /muy bien te castigaría:
    la cabeza de los hombros /luego te la cortaría.
    -Calles, calles, Sayavedra, /cese tu malenconía;
    tórnate moro si quieres /y verás qué te daría:
    darte he villas y castillos /y joyas de gran valía.
    Gran pesar ha Sayavedra /de esto que oír decía.
    Con una voz rigurosa, /de esta suerte respondía:
    -Muera, muera Sayavedra /la fe no renegaría,
    que mientras vida tuviere /la fe yo defendería.
    Allí hablara el rey moro /y de esta suerte decía:
    -Prendedlo, mis caballeros, /y de él me haced justicia.
    Echó mano a su espada, /de todos se defendía;
    mas como era uno solo, /allí hizo fin su vida.

    Romance del rey Ramiro

    Ya se asienta el rey Ramiro, /ya se asienta a sus yantares,
    los tres de sus adalides /se le pararon delante:
    al uno llaman Armiño, /al otro llaman Galvane,
    al otro Tello, lucero, /que los adalides trae.
    -Mantengaos Dios, señor. /-Adalides, bien vengades.
    ¿Qué nuevas me traedes /del campo de Palomares?
    -Buenas las traemos, señor, /pues que venimos acá;
    siete días anduvimos /que nunca comimos pan,
    ni los caballos cebada, /de lo que nos pesa más,
    ni entramos en poblado, /ni vimos con quién hablar,
    sino siete cazadores /que andaban a cazar.
    Que nos pesó o nos plugo, /hubimos de pelear:
    los cuatro de ellos matamos, /los tres traemos acá,
    y si lo creéis, buen rey, /si no, ellos lo dirán.

    Romance del rey de Aragón

    Miraba de Campo-Viejo /el rey de Aragón un día,
    miraba la mar de España /cómo menguaba y crecía;
    miraba naos y galeras, /unas van y otras venían:
    unas venían de armada, /otras de mercadería;
    unas van la vía de Flandes, /otras la de Lombardía;
    esas que vienen de guerra /¡oh, cuán bien le parecían!
    Miraba la gran ciudad /que Nápoles se decía,
    miraba los tres castillos /que la gran ciudad tenía:
    Castel Novo y Capuana, /Santelmo, que relucía,
    aqueste relumbra entre ellos /como el sol de mediodía.
    Lloraba de los sus ojos, /de la su boca decía:
    -¡Oh ciudad, cuánto me cuestas /por la gran desdicha mía!
    Cuéstasme duques y condes, /hombres de muy gran valía,
    cuéstasme un tal hermano, /que por hijo le tenía;
    de esotra gente menuda /cuento ni par no tenía;
    cuéstame ventidós años, /los mejores de mi vida,
    que en ti me nacieron barbas, /y en ti las encanecía.

    Romance de doña Isabel de Liar

    Yo me estando en Giromena /a mi placer y holgare,
    subiérame a un mirador /por más descanso tomare;
    por los campos de Monvela /caballeros vi asomare,
    ellos de guerra no vienen, /ni menos vienen de paz,
    vienen en buenos caballos, /lanzas y adargas traen.
    Desque yo los vi, mezquina, /parémelos a mirare,
    conociera al uno de ellos /en el cuerpo y cabalgare:
    don Rodrigo de Chavella, /que llaman del Marechale,
    primo hermano de la reina, /mi enemigo era mortale.
    Desque yo, triste, le viera, /luego vi mala señale.
    Tomé mis hijos conmigo /y subíme al homenaje;
    ya que yo iba a subir, /ellos en mi casa estane;
    don Rodrigo es el primero, /y los otros tras él vane.
    -Sálveos Dios, doña Isabel, /Caballeros, bien vengades.
    -¿Conocédesnos, señora, /pues así vais a hablare?
    -Ya os conozco, don Rodrigo, /¡ya os conozco por mi male!
    ¿A qué era vuestra venida? /¿Quién os ha enviado acae?
    -Perdonédesme, señora, /por lo que os quiero hablare:
    sabed que la reina, mi prima, /acá enviado me hae,
    porque ella es muy mal casada /y esta culpa en vos estáe,
    porque el rey tiene en vos hijos /y en ella nunca los hae,
    siendo, como sois, su amiga, /y ella mujer naturale,
    manda que murais, señora, /paciencia querais prestare.
    Respondió doña Isabel /con muy gran honestidade:
    -Siempre fuisteis, don Rodrigo, /en toda mi contrariedade;
    si vos queredes, señor, /bien sabedes la verdade:
    que el rey me pidió mi amor, /y yo no se le quise dare,
    teniendo en más a mi honra, /que no sus reinos mandare.
    Cuando vio que no quería, /mis padres fuera a mandare;
    ellos tampoco quisieron, /por la su honra guardare.
    Desque todo aquesto vido, /por fuerza me fue a tomare,
    trújome a esta fortaleza, /do estoy en este lugare,
    tres años he estado en ella /fuera de mi voluntade,
    y si el rey tiene en mí hijos, /plugo a Dios y a su bondade,
    y si no los ha en la reina /es así su voluntade
    ¿Por qué me habéis de dar muerte, /pues que no merezco male?
    Una merced os pido, señores, /no me la queráis negare:
    desterréisme de estos reinos, /que en ellos no estaré mase;
    irme ha yo para Castilla, /o a Aragón más adelante
    y si aquesto no bastare, /a Francia me iré a morare.
    -Perdonédesnos, señora, /que no se puede hacer mase;
    aquí está el duque de Bavia /y el marqués de Villareale
    y aquí está el obispo de Oporto, /que os viene a confesare.
    Cabe vos está el verdugo /que os había de degollare,
    y aun aqueste pajecico /la cabeza ha de llevare.
    Respondió doña Isabel, /con muy gran honestidade:
    -Bien parece que soy sola, /no tengo quién me guardare,
    ni madre ni padre tengo, /pues no me dejan hablare;
    y el rey no está en esta tierra, /que era ido allende el mare,
    mas desque él sea venido, /la mi muerte vengaráe.
    -Acabedes ya, señora, /acabedes ya de hablare.
    Tomadla, señor obispo, /y metedla a confesare.
    Mientras en la confesión, /todos tres hablando estane
    si era bien hecho o mal hecho /esta dama degollare:
    los dos dicen que no muera, /que en ella culpa no hae.
    don Rodrigo que es muy cruel, /dice que la ha de matare.
    Sale de la confesión /con sus tres hijos delante:
    el uno dos años tiene, /el otro para ellos vae,
    y el otro que era de teta, /dándole sale a mamare;
    toda cubierta de negro, /lástima es de la mirare.
    -Adiós, adiós, hijos míos, /hoy os quedaréis sin madre;
    de alta sangre caballeros, /por mis hijos queráis mirare,
    que al fin son hijos de rey, /aunque son de baja madre.
    Tiéndenla en un repostero /para haberla degollare;
    así murió esta señora, /sin merecer ningún male.

    Romance de la duquesa de Guimaranes

    -Quéjome de vos, el rey, /por haber crédito dado
    del buen duque, mi marido, /lo que le fue levantado.
    Mandástemelo prender /no siendo en nada culpado;
    mal lo hicisteis, señor, /mal fuisteis aconsejado,
    que nunca os hizo aleve /para ser tan maltratado,
    antes os sirvió, ¡mezquina!, /poniendo por vos su estado;
    siempre vino a vuestras cortes /por cumplir vuestro mandado;
    no lo hiciera, señor, /si en algo os hubiera errado,
    que gente y armas tenía /para darse a buen recaudo;
    mas vino como inocente /que estaba de aquel pecado.
    Vos, no mirando justicia, /habéismelo degollado.
    No lloro tanto su muerte, /como verlo deshonrado
    con un pregón que decía /lo por él nunca pensado.
    Murió por culpas ajenas, /injustamente juzgado;
    él ganó por ello gloria, /yo para siempre cuidado.
    Agora vivo en prisiones /en que vos me habéis echado,
    con una hija que tengo, /que otro bien no me ha quedado;
    que tres hijos que tenía /habéismelos apartado:
    el uno es muerto en Castilla, /el otro, desheredado,
    el otro tiene su ama, /no espero verle criado,
    por el cual pueden decir /inocente desdichado.
    Y pido de vos enmienda, /rey, señor, primo y hermano,
    a la justicia de Dios /de hecho tan mal mirado,
    por verme a mí con venganza /y a él sin culpa, culpado.

    Romance de los cinco maravedís

    En esa ciudad de Burgos /en Cortes se habían juntado
    el rey que venció las Navas /con todos los hijosdalgo.
    Habló con don Diego el rey, /con él se había aconsejado,
    que era señor de Vizcaya, /de todos el más privado:
    -Consejédesme, don Diego, /que estoy muy necesitado,
    que con las guerras que he hecho /gran dinero me ha faltado;
    quería llegarme a Cuenca, /no tengo lo necesario;
    si os pareciese, don Diego, /por mí será demandado
    que cinco maravedís /me peche cada hijodalgo.
    -Grave cosa me parece, /le respondiera el de Haro,
    que querades vos, señor, /al libre hacer tributario;
    mas por lo mucho que os quiero /de mí seréis ayudado,
    porque yo soy principal, /de mí os será pagado.
    Siendo juntos en las Cortes, /el rey se lo había hablado;
    Levantado está don Diego, /como ya estaba acordado:
    -Justo es lo que pide el rey, /por nadie le sea negado,
    mis cinco maravedís /helos aquí de buen grado.
    Don Nuño, conde de Lara, /mucho mal se había enojado;
    pospuesto todo temor, /de esta manera ha hablado:
    -Aquellos donde venimos /nunca tal pecho han pagado,
    nos, menos lo pagaremos, /ni al rey tal será dado;
    el que quisiere pagarle /quede aquí como villano,
    váyase luego tras mí /el que fuere hijodalgo.
    Todos se salen tras él, /de tres mil, tres han quedado.
    En el campo de la Glera /todos allí se han juntado,
    el pecho que el rey demanda /en las lanzas lo han atado
    y envíanle a decir /que el tributo está llegado,
    que envíe sus cogedores, /que luego será pagado;
    mas que si él va en persona /no será desacatado,
    pero que enviase aquellos /de quien fuera aconsejado.
    Cuando esto oyera el rey, /y que solo se ha quedado,
    volvióse para don Diego, /consejo le ha demandado.
    Don Diego, como sagaz, /este consejo le ha dado:
    -Desterrédesme, señor, /como que yo lo he causado,
    y así cobraréis la gracia /de los vuestros hijosdalgo.
    Otorgó el rey el consejo: /a decir les ha enviado
    que quien le dio tal consejo /será muy bien castigado,
    que hidalgos de Castilla /no son para haber pechado.
    Muy alegres fueron todos, /todo se hubo apaciaguado.
    Desterraron a don Diego /por lo que no había pecado;
    mas dende a pocos días /a Castilla fue tornado.
    El bien de la lealtad /por ningún precio es comprado.

    Romance de los Carvajales

    Válasme nuestra señora /cual dizen de la Ribera
    donde el buen rey don Fernando /tuvo la su cuarentena.
    Desde el miércoles corvillo /hasta el jueves de la cena
    que el rey no hizo la barba /ni peino la su cabeza.
    Una silla era su cama, /un canto por cabecera,
    los quarenta pobres comen /cada día a la su mesa;
    de lo que a los pobres sobra /el rey haze la su cena,
    con vara de oro en su mano /bien hace servir la mesa.
    Dícenle sus caballeros: /-¿dónde irás tener la fiesta?
    -A Jaén, dice, señores, /con mi señora la reina.
    Después que estuvo en Jaén /y la fiesta hubo pasado,
    pártese para Alcaudete, /ese castillo nombrado;
    el pie tiene en el estribo /que aún no se había apeado,
    cuando le daban querella /de dos hombres hijosdalgo,
    y la querella le daban /dos hombres como villanos,
    abarcas traen calzadas /y aguijadas en las manos:
    -Justicia, justicia, rey, /pues que somos tus vasallos,
    de don Pedro Carvajal /y de don Alonso su hermano,
    que nos corren nuestras tierras /y nos robaban el campo,
    y nos fuerzan las mujeres /a tuerto y desaguisado.
    Comíannos la cebada /sin después querer pagallo
    hazen otras desverguenzas /que verguenza era contallo.
    -Yo hare de ello justicia, /tornáos a vuestro ganado.
    Manda pregonar el rey /y por todo su reinado,
    de cualquier que los hallase /le daría buen hallazgo.
    Hallólos el Almirante /allá en Medina del Campo,
    comprando muy ricas armas, /jaezes para caballos.
    -Presos, presos, caballeros, /presos, presos, hijosdalgo.
    -No por vos, el Almirante /si de otro no traéis mandado.
    -Estad presos, caballeros, /que del rey traigo recaudo.
    -Plácenos, el Almirante, /por complir el su mandado.
    Por las sus jornadas ciertas /en Jaén habían entrado.
    -Manténgate Dios, el rey. /-Mal vengades hijosdalgo.
    Mándales cortar los pies, /mándales cortar las manos,
    y mándalos despeñar /de aquella peña de Martos.
    Allí hablara el uno de ellos, /el menor y más osado:
    -¿Por qué lo haces, el rey, /por qué haces tal mandado?
    Querellámonos, el rey, /para ante el soberano,
    que dentro de treinta días /vais con nosotros a plazo
    y ponemos por testigos /a san Pedro y a san Pablo;
    ponemos por escribano /al apostol Santiago.
    El rey, no mirando en ello, /hizo complir su mandado,
    por la falsa información /que los villanos le han dado;
    y muertos los Carvajales, /que lo habían emplazado,
    antes de los treinta días /él se fallará muy malo,
    y desque fueron cumplidos, /en el postrer día del plazo,
    fue muerto dentro en León /do la sentencia hubo dado.

    Entre las gentes se suena...

    Entre las gentes se suena, /y no por cosa sabida,
    que de ese buen Maestre /don Fadrique de Castilla,
    la reina estaba preñada; /otros dicen que parida.
    No se sabe por de cierto, /mas el vulgo lo decía:
    ellos piensan que es secreto /ya esto no se escondía.
    La reina con su [...] /por Alonso Pérez envía,
    mandóle que viniese /de noche y no de día,
    secretario es del Maestre, /en quien fiarse podía.
    Cuando lo tuvo delante, /de esta manera decía:
    -¿Adónde está el Maestre? /¿Qué es de él, que no parecía?
    ¡Para ser de sangre real /ha hecho grande villanía!
    Ha deshonrado mi casa, /y dícese por Sevilla
    que una de mis doncellas /del Maestre está parida.
    -El Maestre, mi señora, /tiene cercada a Coimbra,
    y si vuestra alteza manda, /yo luego lo llamaría;
    y sepa vuestra alteza /que el Maestre no se escondía:
    lo que vuestra alteza dice /debe ser muy gran mentira.
    -No lo es, dijo la reina, /que yo te lo mostraría.
    Mandara sacar un niño /que en su palacio tenía,
    sacólo su camarera /envuelto en una faldilla.
    -Mira, mira, Alonso Pérez, /el niño, ¿a quién parecía?
    -Al Maestre, mi señora, /Alonso Pérez decía.
    -Pues dadlo luego a criar, /y a nadie esto se diga.
    Sálese Alonso Pérez, /ya se sale de Sevilla.
    Muy triste queda la reina, /que consuelo no tenía,
    llorando de los sus ojos, /de la su boca decía:
    -Yo, desventurada reina, /más que cuantas son nacidas,
    casáronme con el rey /por la desventura mía.
    De la noche de la boda /nunca más visto lo había,
    y su hermano el Maestre /me ha tenido compañía.
    Si esto ha pasado, /toda la culpa era mía.
    Si el rey don Pedro lo sabe, /de ambos se vengaría,
    mucho más de mí, la reina, /por la mala suerte mía.
    Ya llegaba Alonso Pérez /a Llerena, aquesa villa;
    puso el infante a criar /en poder de una judía,
    criada fue del Maestre, /Paloma por nombre había;
    y como el rey don Enrique /reinase luego en Castilla,
    tomara aquel infante /y almirante lo hacía:
    hijo era de su hermano, /como el romance decía.

    Romance de don Fadrique

    Yo me estaba allá en Coimbra, /que yo me la hube ganado,
    cuando me vinieron cartas /del rey don Pedro, mi hermano,
    que fuese a ver los torneos /que en Sevilla se han armado.
    Yo, Maestre sin ventura, /yo, Maestre desdichado,
    tomara trece de mula, /venticinco de caballo,
    todos con cadenas de oro, /de jubones de brocado.
    Jornada de quince días /en ocho la había andado.
    A la pasada de un río, /pasándole por el vado,
    cayó mi mula conmigo, /perdí mi puñal dorado,
    ahogáraseme un paje, /de los míos más privado,
    criado era en mi sala /y de mí muy regalado.
    Con todas estas desdichas /a Sevilla hube llegado;
    A la puerta Macarena /encontré con un ordenado,
    ordenado de evangelio, /que misa no había cantado.
    -Manténgate Dios, Maestre, /Maestre, bien seáis llegado.
    Hoy te ha nacido hijo, /hoy cumples ventiún años.
    Si te plugiese, Maestre, /volvamos a bautizarlo,
    que yo sería el padrino, /tú, Maestre, el ahijado.
    Allí hablara el Maestre, /bien oiréis lo que ha hablado:
    -No me lo mandéis, señor, /padre, no queráis mandarlo,
    que voy a ver qué me quiere /el rey don Pedro, mi hermano.
    Di de espuelas a mi mula, /en Sevilla me hube entrado.
    De que no vi tela puesta, /ni vi caballero armado,
    fuime para los palacios /del rey don Pedro, mi hermano.
    En entrando por las puertas, /las puertas me habían cerrado;
    quitáronme la mi espada, /la que traía a mi lado,
    quitáronme mi compañía, /la que me había acompañado.
    Los míos, desque esto vieron, /de traición me han avisado,
    que me saliese yo fuera /que ellos me pondrían en salvo.
    Yo, como estaba sin culpa, /de nada hube curado.
    Fuime para el aposento /del rey don Pedro, mi hermano.
    -Mantengaos Dios, el rey, /y a todos de cabo a cabo.
    -Mal hora vengáis, Maestre, /Maestre, mal seáis llegado.
    Nunca nos venís a ver /sino una vez en el año,
    y ésta que venís, Maestre, /es por fuerza o por mandado.
    Vuestra cabeza, Maestre, /mandada está en aguinaldo.
    -¿Por qué es aqueso, buen rey? /nunca os hice desaguisado,
    ni os dejé yo en la lid, /ni con moros peleando.
    -Venid acá, mis porteros, /hágase lo que he mandado.
    Aún no lo hubo bien dicho, /la cabeza le han cortado;
    a doña María de Padilla /en un plato la ha enviado.
    Así hablaba con ella, /como si estuviera sano,
    las palabras que le dice /de esta suerte está hablando:
    -Aquí pagaréis, traidor, /lo de antaño y lo de hogaño,
    el mal consejo que diste /al rey don Pedro, tu hermano.
    Asióla por los cabellos, /echádosela a un alano;
    el alano es del Maestre, /púsola sobre un estrado,
    a los aullidos que daba 95 /atronó todo el palacio.
    Allí demandara el rey: /-¿Quién hace mal a ese alano?
    Allí respondieron todos /a los cuales ha pesado:
    -Con la cabeza lo ha, señor, /del Maestre, vuestro hermano.
    Allí hablara una su tía /que tía era de entrambos:
    -Cuán mal lo mirastes, rey, /rey, qué mal lo habéis mirado. Por una mala mujer /habéis muerto un tal hermano.
    Aún no lo había bien dicho /cuando ya le había pesado.
    Fuese para doña María, /de esta suerte le ha hablado:
    -Prendedla, mis caballeros, /ponédmela a buen recaudo,
    que yo le daré tal castigo /que a todos sea sonado.
    En cárceles muy oscuras /allí la había aprisionado,
    él mismo le da a comer, /él mismo con la su mano,
    no se fía de ninguno, /sino de un paje que ha criado.

    Romance de Pero Díaz

    Moricos, los mis moricos,/los que ganáis mi soldada,
    derribédesme a Baeza,/esa villa torreada,
    y a los viejos y los niños/la traed en cabalgada
    y a los moros y varones/los meted todos a espada,
    y a ese viejo Pero Díaz/prendédmelo por la barba,
    y a aquesa linda Leonor/será la mi enamorada.
    Id vos, capitán Vanegas/porque venga más honrada,
    que s vos sois mandadero,/será cierta la jornada.

    Romance del rey don Pedro el Cruel 1

    Por los campos de Jerez /a caza va el rey don Pedro;
    en llegando a una laguna, /allí quiso ver un vuelo.
    Vido volar una garza, /disparóle un sacre nuevo,
    remontárale un neblí, /a sus pies cayera muerto.
    A sus pies cayó el neblí, /túvolo por mal agüero.
    Tanto volaba la garza, /parece llegar al cielo.
    Por donde la garza sube /vio bajar un bulto negro;
    mientras más se acerca el bulto, /más temor le va poniendo,
    con el abajarse tanto, /parece llegar al suelo,
    delante de su caballo, /a cinco pasos de trecho;
    De él salió un pastorcico, /sale llorando y gimiendo,
    la cabeza desgreñada, /revuelto trae el cabello,
    con los pies llenos de abrojos /y el cuerpo lleno de vello;
    en su mano una culebra, /y en la otra un puñal sangriento;
    en el hombro una mortaja, /una calavera al cuello;
    a su lado, de traílla, /traía un perro negro,
    los aullidos que daba /a todos ponían gran miedo;
    y a grandes voces decía: /-Morirás, el rey don Pedro,
    que mataste sin justicia /los mejores de tu reino:
    mataste tu propio hermano, /el Maestre, sin consejo,
    y desterraste a tu madre, /a Dios darás cuenta de ello.
    Tienes presa a doña Blanca, /enojaste a Dios por ello,
    que si tornas a quererla /darte ha Dios un heredero,
    y si no, por cierto sepas /te vendrá desmán por ello;
    serán malas las tus hijas /por tu culpa y mal gobierno,
    y tu hermano don Enrique /te habrá de heredar el reino;
    morirás a puñaladas, /tu casa será el infierno.
    Todo esto recontado, /despareció el bulto negro.

    Romance del rey don Pedro el Cruel 2

    Doña María de Padilla, /no os me mostredes triste, no
    que si me casé dos veces /hícelo por vuestro amor,
    y por hacer menosprecio /a doña Blanca de Borbón.
    Envió luego a Sidonia /que me labren un pendón,
    será de color de sangre, /de lágrimas su labor;
    tal pendón, doña María, /se hace por vuestro amor.
    Fue a llamar a Alonso Ortiz, /que es un honrado varón,
    para que fuese a Medina /a dar fin a la labor.
    Respondiera Alonso Ortiz: /-Eso, señor, no haré yo,
    que quien mata a su señora /es aleve a su señor.
    El rey no le dijo nada, /en su cámara se entró
    enviara dos maceros, /los cuales él escogió.
    Estos fueron a la reina, /halláronla en oración.
    La reina como los vido /casi muerta se calló,
    mas después en sí tornada, /con esfuerzo les habló:
    -Ya sé a qué venis, amigos, /que mi alma lo sintió;
    y pues lo que está ordenado /no se puede excusar, no.
    Di, Castilla, ¿qué te hice? /No por cierto, no traición.
    ¡Oh Francia mi dulce tierra! /¡Oh mi casa de Borbón!
    Hoy cumplo dieciéis años /en los cuales muero yo;
    el rey no me ha conocido, /con las vírgenes me voy.
    Doña María de Padilla, /esto te perdono yo;
    por quitarte de cuidado /lo hace el rey mi señor.
    Los maceros le dan priesa, /ella pide confesión:
    perdónalos a ellos, /y puesta en contemplación
    danle golpes con las mazas: /así la triste murió.

    Romance del prior de San Juan

    Don Rodrigo de Padilla, /aquel que Dios perdonase,
    tomara e rey por la mano /y apartólo en puridade
    -Un castillo está en Consuegra /que en el mundo no le hay tale,
    más para vos vale, el rey, /que para el prior de Sant Juane.
    Convidédesle vos, el rey, /convidédesle a cenare,
    la cena que vos le diésedes /sea como en Toro a don Juane,
    que le cortéis la cabeza /sin ninguna piedade:
    desque se la hayáis cortado, /en tenencia me lo dade.
    Ellos en aquesto estando, /el prior llegado hae.
    -Mantenga Dios a tu Alteza, /y a tu corona reale.
    -Bien vengades vos, Prior, /digades me la verdade:
    ¿el castillo de Consuegra, /decidme, por quién estáe?
    -El castillo con la villa /está todo a tu mandar.
    -Pues convídoos, el Prior, /para conmigo a cenar.
    -Pláceme, dijo el Prior, /de muy buena voluntad.
    Deme licencia tu Alteza, /licencia me quiera dar,
    mensajeros nuevos tengo, /irlos quiero aposentar.
    -Vais con Dios, el buen Prior, /luego vos queráis tornar.
    Vase para la cocina, /donde el cocinero está;
    así hablaba con él /como si fuera su igual:
    -Toma estos mis vestidos, /los tuyos me quieras dar;
    ya después de medio día /salido se ha a pasear.
    Vase a la caballeriza /donde el macho fue a estare.
    -De tres ya me has escapado, /con esta cuatro serane,
    y si de ésta me escapas, /de oro te haré herrare.
    De presto le echó la silla, /y comienza de caminar.
    Media noche era por filo, /los gallos querían cantar
    cuando se entró por Toledo, /por Toledo, esa ciudad.
    Antes que el gallo cantase /a Consuegra fue a llegar.
    Halló las guardas velando, /y empiézales de le hablar:
    -Digádesme, veladores, /digádesme la verdad,
    ¿el castillo de Consuegra, /cúyo es y a qué mandar?
    -El castillo con la villa /es el prior de San Juan.
    -Pues abridesme las puertas, /catalde aquí donde estáe.
    La guarda desque lo vido /abriólas de par en par.
    -Tomádesme ese macho, /de él me querades curare:
    dejádesme a mí la vela, /porque yo quiero velare.
    ¡Velá, velá, veladores, /que rabia os quiera matare!
    que quien a buen señor sirve, /ese galardón le dane.
    Y estando él en aquesto /el buen rey llegado hae:
    halló las guardas velando, /comiénzales de hablare:
    -Digádesme, veladores, /que Dios os quiera guardare:
    ¿el castillo de Consuegra, /dígades, por quién está?
    -El castillo con la villa, /por el Prior de San Juan.
    -Pues abrádesme las puertas; /catalde aquí donde está.
    -Afuera, afuera, el buen rey, /que el Prior llegado ha.
    -¡Macho rucio, macho rucio, /muermo te quiera matar!
    ¡siete caballos me cuestas, /y con este ocho serán!
    Abridme, buen Prior, /allá me dejéis entrar;
    que por mi corona os juro /de nunca he haceros mal.
    -Hacerlo he esto, buen rey, /que agora en mi mano está.

    Romance del rey don Rodrigo 1

    Amores trata Rodrigo, /descubierto ha su cuidado;
    a la Cava se lo dice /de quien anda enamorado;
    -Mira, Cava; mira, Cava; /mira, Cava, que te hablo;
    darte he yo mi corazón /y estaría a tu mandado.
    La Cava, como es discreta, /a burlas lo habla echado;
    respondió muy mesurada /y el gesto muy abajado:
    -Como lo dice tu alteza, /debe estar de mí burlando;
    no me lo mande tu alteza, /que perdería gran ditado.
    Don Rodrigo le responde /que conceda en lo rogado.
    Ella hincada de rodillas, /él estala enamorando;
    sacándole está aradores /de las sus jarifas manos.
    Fuese el rey dormir la siesta, /por la Cava había enviado;
    cumplió el rey su voluntad /más por fuerza que por grado,
    por lo cual se perdió España /por aquel tan gran pecado.
    La malvada de la Cava /a su padre lo ha contado.
    Don Julián, que es traidor, /con los moros se ha concertado
    que destruyen España /por le haber así injuriado.

    Romance del rey don Rodrigo 2

    En Ceuta está don Julián, /en Ceuta la bien nombrada;
    para las partes de aliende /quiere enviar su embajada.
    Moro viejo la escribía /y el conde se la notaba;
    después de haberla escrito /al moro luego matara.
    Embajada es de dolor, /dolor para toda España;
    las cartas van al rey moro /en las cuales le juraba
    que si le daba aparejo /le dará por suya España.
    España, España, ¡ay de ti! /en el mundo tan nombrada,
    la mejor de las partidas, /la mejor y más ufana,
    donde nace el fino oro /y la plata no faltaba,
    dotada de hermosura /y en proezas extremada;
    por un perverso traidor /toda eres abrasada,
    todas tus ricas ciudades /con su gente tan galana
    las domeñan hoy los moros /por nuestra culpa malvada,
    si no fueran las Asturias, /por ser la tierra tan brava.
    El triste rey don Rodrigo, /el que entonces te mandaba,
    viendo sus reinos perdidos, /sale a la campal batalla,
    el cual en grave dolor /enseña su fuerza brava;
    mas tantos eran los moros /que han vencido la batalla.
    No parece el rey Rodrigo, /ni nadie sabe do estaba.
    ¡Maldito de ti, don Oppas, /traidor y de mala andanza!
    En esta negra conseja /uno a otro se ayudaba.
    ¡Oh dolor sobremanera! /¡Oh, cosa nunca pensada!,
    que por sola una doncella, /la cual Cava se llamaba,
    causen estos dos traidores /que España sea domeñada,
    y perdido el rey señor, /sin nunca de él saber nada.

    Romance del rey don Rodrigo 3

    Los vientos eran contrarios, /la luna estaba crecida,
    los peces daban gemidos /por el mal tiempo que hacía,
    cuando el buen rey don Rodrigo /junto a la Cava dormía,
    dentro de una rica tienda /de oro bien guarnecida.
    Trescientas cuerdas de plata /que la tienda sostenían;
    dentro había cien doncellas /vestidas a maravilla:
    las cincuenta están tañendo /con muy extraña armonía.
    las cincuenta están cantando /con muy dulce melodía.
    Allí habló una doncella /que Fortuna se decía:
    -Si duermes, rey don Rodrigo, /despierta por cortesía.
    y verás tus malos hados, /tu peor postrimería,
    y verás tus gentes muertas, /y tu batalla rompida,
    y tus villas y ciudades /destruidas en un día,
    tus castillos fortalezas /otro señor los regía.
    Si me pides quién lo ha hecho, /yo muy bien te lo diría:
    ese conde don Julián /por amores de su hija,
    porque se la deshonraste /y más de ella no tenía
    juramento viene echando /que te ha de costar la vida.
    Despertó muy congojado /con aquella voz que oía;
    con cara triste y penosa /de esta suerte respondía:
    -Mercedes a ti, Fortuna, /de esta tu mensajería.
    Estando en esto ha llegado /uno que nueva traía
    cómo el conde don Julián /las tierras le destruía.

    Romance del rey don Rodrigo 4

    Las huestes de don Rodrigo /desmayaban y huían,
    cuando en la octava batalla /sus enemigos vencían.
    Rodrigo deja sus tiendas /y del real se salía;
    solo va el desventurado, /que no lleva compañía,
    el caballo de cansado /ya mudar no se podía,
    camina por donde quiere, /que no le estorba la vía.
    El rey va tan desmayado /que sentido no tenía;
    muerto va de sed y hambre /que de verle era mancilla,
    iba tan tinto de sangre /que una brasa parecía.
    Las armas lleva abolladas, /que eran de gran pedrería,
    la espada lleva hecha sierra /de los golpes que tenía,
    el almete, de abollado, /en la cabeza se le hundía,
    la cara lleva hinchada /del trabajo que sufría.
    Subióse encima de un cerro, /el más alto que veía;
    desde allí mira su gente /cómo iba de vencida;
    de allí mira sus banderas /y estandartes que tenía,
    cómo están todos pisados /que la tierra los cubría;
    mira por los capitanes, /que ninguno parecía;
    mira el campo tinto en sangre, /la cual arroyos corría.
    El triste, de ver aquesto, /gran mancilla en sí tenía;
    llorando de los sus ojos /de esta manera decía:
    -Ayer era rey de España, /hoy no lo soy de una villa;
    ayer villas y castillos, /hoy ninguno poseía;
    ayer tenía criados /y gente que me servía,
    hoy no tengo una almena /que pueda decir que es mía.
    ¡Desdichada fue la hora, /desdichado fue aquel día
    en que nací y heredé /la tan grande señoría,
    pues lo había de perder /todo junto y en un día!
    ¡Oh muerte!, ¿por qué no vienes /y llevas esta alma mía
    de aqueste cuerpo mezquino, /pues se te agradecería?

    Romance del rey don Rodrigo 5

    Después que el rey don Rodrigo /a España perdido había,
    íbase desesperado /por donde más le placía.
    Métese por las montañas, /las más espesas que vía,
    porque no le hallen los moros /que en su seguimiento iban.
    Topado ha con un pastor /que su ganado traía,
    díjole: -Dime, buen hombre, /lo que preguntarte quería:
    si hay por aquí poblado /o alguna casería
    donde pueda descansar, /que gran fatiga traía.
    El pastor respondió luego /que en balde la buscaría,
    porque en todo aquel desierto /sola una ermita había,
    donde estaba un ermitaño /que hacía muy santa vida.
    El rey fue alegre de esto /por allí acabar su vida;
    pidió al hombre que le diese /de comer, si algo tenía.
    El pastor sacó un zurrón, /que siempre en él pan traía;
    diole de él y de un tasajo /que acaso allí echado había;
    el pan era muy moreno, /al rey muy mal le sabía,
    las lágrimas se le salen, /detener no las podía,
    acordándose en su tiempo /los manjares que comía.
    Después que hubo descansado /por la ermita le pedía;
    el pastor le enseñó luego /por donde no erraría;
    el rey le dio una cadena /y un anillo que traía,
    joyas son de gran valor, /que el rey en mucho tenía.
    Comenzando a caminar, /ya cerca el sol se ponía,
    llegado es a la ermita /que el pastor dicho le había.
    Él, dando gracias a Dios, /luego a rezar se metía;
    después que hubo rezado /para el ermitaño se iba,
    hombre es de autoridad /que bien se le parecía.
    Preguntóle el ermitaño /cómo allí fue su venida;
    el rey, los ojos llorosos, /aquesto le respondía:
    -El desdichado Rodrigo /yo soy, que rey ser solía;
    véngome a hacer penitencia /contigo en tu compañía;
    no recibas pesadumbre, /por Dios y Santa María.
    El ermitaño se espanta, /por consolarlo decía:
    -Vos cierto habéis elegido /camino cual convenía
    para vuestra salvación, /que Dios os perdonaría.
    El ermitaño ruega a Dios /por si le revelaría
    la penitencia que diese /al rey, que le convenía.
    Fuele luego revelado /de parte de Dios un día
    que le meta en una tumba /con una culebra viva;
    y esto tome en penitencia /por el mal que hecho había.
    El ermitaño al rey /muy alegre se volvía,
    contóselo todo al rey /como pasado le había.
    El rey, de esto muy gozoso, /luego en obra lo ponía:
    métese como Dios manda /para allí acabar su vida.
    El ermitaño muy santo /mírale al tercero día,
    dice: -¿Cómo os va, buen rey? /¿Vaos bien con la compañía?
    -Hasta ahora no me ha tocado, /porque Dios no lo quería;
    ruega por mí, el ermitaño, /porque acabe bien mi vida.
    El ermitaño lloraba, /gran compasión le tenía,
    comenzóle a consolar /y esforzar cuanto podía.
    Después vuelve el ermitaño /a ver si ya muerto había;
    halló que estaba rezando /y que gemía y plañía;
    preguntóle cómo estaba. /-Dios es en la ayuda mía,
    respondió el buen rey Rodrigo, /la culebra me comía;
    cómeme ya por la parte /que todo lo merecía,
    por donde fue el principio /de la mi muy gran desdicha.
    El ermitaño lo esfuerza, /el buen rey allí moría.
    Aquí acabó el rey Rodrigo, /al cielo derecho se iba.

    Romance del duque de Arjona

    En Arjona estaba el duque /y el buen rey en Gibraltar,
    envióle un mensajero /que le viniese a hablar.
    Malaventurado el duque /vino luego sin tardar;
    jornada de quince días /en ocho la fuera a andar.
    Hallaba las mesas puestas /y aparejado el yantar,
    y desque hubieron comido, /vanse a un jardín a holgar.
    Andándose paseando, /el rey comenzó a hablar:
    -De vos, el duque de Arjona, /grandes querellas me dan:
    que forzades las mujeres /casadas y por casar,
    que les bebíaides el vino /y les comíades el pan,
    que les tomáis la cebada, /sin se la querer pagar.
    -Quien os lo dijo, buen rey, /no os dijera la verdad.
    -Llamaisme a mi camarero /de mi cámara real,
    que me trajese unas cartas /que en mi barjuleta están.
    Védeslas aquí, el duque, /no me lo podéis negar.
    Preso, preso, caballeros, /preso de aquí lo llevad:
    entregadlo al de Mendoza, /ese mi alcalde el leal.

    Romance de don García

    A tal anda don García /por un adarve adelante,
    saetas de oro en la mano, /en la otra un arco trae,
    maldiciendo a la fortuna, /grandes querellas le dae:
    -Crióme el rey de pequeño, /hízome Dios barragane,
    diome armas y caballo, /por do todo hombre más vale,
    diérame a doña María /por mujer y por iguale,
    diérame a cien doncellas /para ella acompañare,
    diome el castillo de Ureña /para con ella casare,
    diérame cien caballeros /para el castillo guardare,
    basteciómelo de vino, /basteciómelo de pane,
    basteciólo de agua dulce, /que en el castillo no la haye.
    Cercáronme los moros /la mañana de San Juane;
    siete años son pasados, /el cerco no quieren quitare;
    veo morir a los míos, /no teniendo qué les dare,
    póngolos por las almenas, /armados como se estane,
    porque pensasen los moros /que podrían peleare.
    En el castillo de Ureña /no hay sino un sólo pane,
    y si le doy a mis hijos, /la mi mujer ¿qué harae?,
    si lo como yo, mezquino, /los míos se quejarane.
    Hizo el pan cuatro pedazos /y arrojólos al reale:
    el un pedazo de aquellos /a los pies del rey fue a dare.
    -Alá pese a mis moros, /a Alá le quiera pesare,
    de las sobras del castillo /nos bastecen el reale.
    Manda tocar los clarines /y su cerco luego alzare.

    Romance de la linda infanta

    Estaba la linda infanta /a la sombra de una oliva,
    peine de oro en las sus manos, /los sus cabellos bien cría.
    Alzó los ojos al cielo /en contra do el sol salía,
    vio venir un fuste armado /por Guadalquivir arriba;
    dentro venía Alfonso Ramos, /almirante de Castilla.
    -Bien vengáis, Alfonso Ramos, /buena sea tu venida.
    ¿Y qué nueva me traedes /de mi flota bien guarnida?
    -Nuevas te traigo, señora, /si me aseguras la vida.
    -Diéselas, Alfonso Ramos, /que segura te sería.
    -Allá llevan a Castilla /los moros de la Berbería.
    -Si no me fuese por qué, /la cabeza te cortaría.
    -Si la mía me cortases, /la tuya te costaría.

    Romance de Bernardo del Carpio 1

    En los reinos de León /el casto Alfonso reinaba;
    hermosa hermana tenía, /doña Jimena se llama;
    enamorárase de ella /ese conde de Saldaña,
    mas no vivía engañado, /porque la infanta lo amaba.
    Muchas veces fueron juntos, /que nadie lo sospechaba;
    de las veces que se vieron /la infanta quedó preñada.
    La infanta parió a Bernardo, /y luego monja se entraba.
    Mandó el rey prender al conde /y ponerle muy gran guarda.

    Romance de Bernardo del Carpio 2

    Romance de Bernardo del Carpio Por las riberas de Arlanza /Bernardo el Carpio cabalga,
    en un caballo morcillo /enjaezado de grana;
    gruesa lanza en la mano /armado de todas armas.
    Toda la gente de Burgos /le mira como espantada,
    porque no se suele armar /sino a cosa señalada.
    También lo miraba el rey, /que fuera vuela una garza;
    diciendo estaba a los suyos: /-Esta es una buena lanza;
    si no es Bernardo del Carpio, /este es Muza el de Granada.
    Ellos estando en aquesto, /Bernardo que allí llegaba;
    ya sosegando el caballo, /no quiso dejar la lanza.
    Mas puesta encima del hombro /al rey de esta suerte hablaba:
    -Bastardo me llaman, rey, /siendo hijo de tu hermana;
    y del noble Sancho Díaz, /ese conde de Saldaña;
    que ninguno otro no osaba; /dicen que ha sido traidor,
    y mala mujer tu hermana; /tú y los tuyos lo habéis dicho,
    miente por medio la barba; /mi padre no fue traidor,
    ni mi madre mujer mala, /porque cuando fui engendrado
    ya mi madre era casada. /Pusiste a mi padre en hierros,
    y a mi madre en orden santa, /y porque no herede yo
    quieres dar tu reino a Francia. /Morirán los castellanos
    antes de ver tal jornada; /montañeses y leoneses,
    y esa gente asturiana /y ese rey de Zaragoza
    me prestará su compaña /para salir contra Francia
    y darle cruda batalla; /y si buena me saliere
    será el bien de toda España; /si mala, por la república
    moriré yo en la demanda. /Mi padre mando que sueltes,
    pues me diste la palabra: /si no, en campo, como quiera
    te será bien damandada.

    Romance de Bernardo del Carpio 3

    Con cartas y mensajeros /el rey al Carpio envió;
    Bernardo, como es discreto, /de traición se receló;
    las cartas echó en el suelo /y al mensajero habló
    : -Mensajero eres, amigo, /no mereces culpa, no,
    mas al rey que acá te envía /dígasle tú esta razón:
    que no lo estimo yo a él /ni aun a cuantos con él son;
    mas por ver lo que me quiere /todavía allá iré yo.
    Y mandó juntar los suyos, /de esta suerte les habló:
    -Cuatrocientos sois, los míos, /los que comedes mi pan:
    los ciento irán al Carpio, /para el Carpio guardar;
    los ciento por los caminos, /que a nadie dejan pasar;
    doscientos iréis conmigo /para con el rey hablar;
    si mala me la dijere, /peor se la he de tornar.
    Por sus jornadas contadas /a la corte fue a llegar:
    -Dios os mantenga, buen rey, /y a cuantos con vos están.
    -Mal vengades vos, Bernardo, /traidor, hijo de mal padre,
    dite yo el Carpio en tenencia, /tú tómaslo en heredad.
    -Mentides, el rey, mentides, /que no dices la verdad,
    que si yo fuese traidor, /a vos os cabría en parte.
    Acordárseos debía /de aquella del Encinal,
    cuando gentes extranjeras /allí os trataron tan mal,
    que os mataron el caballo /y aun a vos querían matar;
    Bernardo, como traidor, /de entre ellos os fue a sacar.
    Allí me disteis el Carpio /de juro y de heredad,
    prometístesme a mi padre, /no me guardaste verdad.
    -Prendedlo, mis caballeros, /que igualado se me ha.
    -Aquí, aquí los mis doscientos, /los que comedes mi pan,
    que hoy era venido el día /que honra habemos de ganar.
    El rey, de que aquesto viera, /de esta suerte fue a hablar:
    -¿Qué ha sido aquesto, Bernardo, /que así enojado te has?
    ¿lo que hombre dice de burla /de veras vas a tomar?
    Yo te do el Carpio, Bernardo, /de juro y de heredad.
    -Aquesas burlas, el rey, /no son burlas de burlar;
    llamásteme de traidor, /traidor, hijo de mal padre;
    el Carpio yo no lo quiero, /bien lo podéis vos guardar,
    que cuando yo lo quisiere, /muy bien lo sabré ganar.

    Romance del conde Fernán González 1

    Castellanos y leoneses /tienen grandes divisiones,
    el conde Fernán González /y el buen rey don Sancho Ordóñez;
    sobre el partir de las tierras, /ahí pasan malas razones:
    llamábanse de hi-de-putas, /hijos de padres traidores;
    echan mano a las espadas, /derriban ricos mantones.
    No les pueden poner tregua /cuantos en la corte sone;
    pónenselas dos frailes, /aquesos benditos monjes,
    que el uno es tío del rey, /el otro hermano del conde.
    Pónenlas por quince días, /que no pueden por más, no,
    que se vayan a los prados /que dicen de Carrión.
    Si mucho madruga el rey, /el conde no dormía, no.
    El conde partió de Burgos, /y el rey partió de León;
    venido se han a juntar /al vado de Carrión,
    y a la pasada del río /movieron una cuestión:
    los del rey, que pasarían, /y los del conde, que no.
    El rey, como era risueño, /la su mula revolvió,
    el conde, con lozanía, /su caballo arremetió;
    con el agua y el arena /al buen rey le salpicó.
    Allí hablara el buen rey, /su gesto muy demudado:
    -Buen conde Fernán González, /mucho sois desmesurado,
    si no fuera por las treguas /que los monjes nos han dado,
    la cabeza de los hombros /ya yo os la hubiera quitado,
    y con la sangre vertida /yo tiñiera aqueste vado.
    El conde le respondiera, /como aquel que era osado:
    -Eso que decís, buen rey, /véolo mal aliñado:
    vos venís en gruesa mula, /yo en un ligero caballo;
    vos traéis sayo de seda, /yo traigo un arnés trenzado;
    vos traéis alfanje de oro, /yo traigo lanza en mi mano
    vos traéis cetro de rey, /yo un venablo acerado;
    vos con guantes olorosos, /yo con los de acero claro;
    vos con la gorra de fiesta, /yo con un casco afinado;
    vos traéis ciento de mula, /yo trescientos de a caballo.
    Ellos en aquesto estando, /los frailes que han allegado:
    -¡Tate, tate, caballeros! /¡Tate, tate, hijosdalgo!
    ¡Cuán mal cumplisteis las treguas /que nos habíades mandado!
    Allí hablara el buen rey: /-Yo las cumpliré de grado.
    Pero respondiera el conde: /-Yo de pies puesto en el campo.
    Cuando vido aquesto el rey, /no quiso pasar el vado;
    vuélvese para sus tierras, /malamente va enojado,
    grandes bascas va haciendo, /reciamente va jurando,
    que había de matar al conde /y destruir su condado.
    Y mandó llamar a cortes, /por los grandes ha enviado;
    todos ellos son venidos, /sólo el conde ha faltado.
    Mensajero se le hace /a que cumpla su mandado;
    el mensajero que fue /de esta suerte le ha hablado.

    Romance del conde Fernán González 2

    -Buen conde Fernán González, /el rey envía por vos,
    que vayades a las cortes /que se hacían en León;
    que si vos allá vais, conde, /daros han buen galardón:
    daros ha a Palenzuela /y a Palencia la mayor,
    daros ha a las nueve villas, /con ellas a Carrión,
    daros ha a Torquemada, /la torre de Mormojón.
    Buen conde, si allá no ides /daros hían por traidor.
    Allí respondiera el conde /y dijera esta razón:
    -Mensajero eres, amigo, /no mereces culpa, no;
    yo no he miedo al rey, /ni a cuantos con él son.
    Villas y castillos tengo, /todos a mi mandar son;
    de ellos me dejó mi padre, /de ellos me ganara yo;
    los que me dejó el mi padre /poblélos de ricos hombres,
    las que me ganara yo /poblélas de labradores;
    quien no tenía más que un buey /dábale otro, que eran dos,
    al que casaba su hija /dole yo muy rico don;
    cada día que amanece /por mí hacen oración,
    no la hacían por el rey, /que no lo merece, non,
    él les puso muchos pechos /y quitáraselos yo.





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