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1802, 27 años
Después de esto podía muy bien considerarme a la edad de veintisiete años no sólo en posesión de los medios que me facilitaban una honorable y generosa subsistencia, sino también en vías de alcanzar puestos más altos por los mismos caminos independientes y honestos que me habían procurado el que entonces disfrutaba. Ciertamente, mi subsiguiente promoción a más elevadas dignidades eclesiásticas hubiera venido por el normal curso de los sucesos de no ser por un profundo cambio espiritual que me hizo concebir una irresistible aversión a la profesión clerical, sin tener la capacidad de encubrir mi estado de ánimo.
En mis libros sobre el catolicismo está fielmente descrita la historia de mi cambio de una sincera fe católica a la total incredulidad. No me siento con ánimo de volver a repetir la narración en este lugar, y mucho menos de acusarme de ningún horrendo pecado. Mi abandono del cristianismo no fue más que el resultado inevitable de haber examinado libremente la forma espuria pero admirablemente construida en que me lo habían enseñado. No abandoné el cristianismo para vivir sin frenos morales y nadie puede achacar mi cambio a inclinaciones viciosas o prácticas inmorales. Mi conducta siguió siendo correcta cuando, a pesar de mis sinceros esfuerzos por resistirme a convencerme, el convencimiento se hizo irresistible. Sé ahora que estaba equivocado al rechazar el cristianismo como impostura, pero en mis circunstancias de entonces no veo cómo me era posible separar el verdadero cristianismo del conjunto de errores y engaños que lo ocultaban a mis ojos. Después de un cuarto de siglo de atento y perseverante estudio he sido capaz de separar el error de la verdad en lo que llamamos cristianismo, pero esto lo he conseguido sólo unos cuantos meses antes del momento actual en que estoy copiando mi manuscrito original. ¡Y qué inmensa montaña de engaños, supersticiones y prejuicios he tenido que remover! ¿Cómo pues hubiera sido capaz en España de hacer tan delicado y laborioso examen, especialmente cuando me habían hecho creer firmemente a lo largo de mis estudios de que o la fe católico-romana era la auténtica revelación de los cielos de la Verdad sobrenatural, o el mismo cristianismo era una falsedad? Pero sigamos adelante.
Al ser nombrado Capellán Real me fui a vivir con mis padres, lo que los llenó de alegría y a mí me libró del inconveniente de poner casa. Mi hermana menor seguía viviendo con nosotros y era para mí una deliciosa compañera. Pero por aquellos años la salud de mi hermana mayor, que llevaba ya varios años de monja profesa, había estado declinando rápidamente como consecuencia evidente de la vida sedentaria y enclaustrada a que la obligaban sus votos. Sin embargo, es para mí un consuelo que jamás se quejó. La pude ver en su lecho de muerte tres días antes de que expirara, y el recuerdo de este último encuentro todavía hace acudir lágrimas a mis ojos. Ella se mostró tranquila y alegre, pero no porque estuviera dominada por el entusiasmo religioso. Se daba cuenta de que la muerte se acercaba, pero no la temía. Ninguna duda la atormentaba, pero tampoco se sentía enfervecida por raptos místicos. Me despedí de ella ahogado por sentimientos que a duras penas podía contener, y en sus bellos ojos apareció una lágrima cuando me dirigió su última sonrisa.
La única hermana que me quedaba estaba condenada a más severas pruebas a consecuencia de su temperamento. Bajo un aspecto exterior tranquilo se ocultaban los sentimientos religiosos más encendidos. Aunque había salido del convento, su celo religioso no había disminuido en nada. Sin embargo, hasta entonces no había mostrado ninguna mórbida preocupación por la religión, aunque por este mismo tiempo su salud empezó a resentirse, dando muestras evidentes de ataques histéricos, y parecía como si se estuviera marchitando lentamente. Los progresos de estos síntomas eran, sin embargo, suficientemente lentos como para que nuestro pequeño círculo familiar siguiera siendo tolerablemente feliz durante algún tiempo.
¿Quién hubiera podido pensar que en estas circunstancias y justamente cuando yo estaba más seria y concienzudamente dedicado a los deberes de mi profesión, una tempestad moral e intelectual iba a descargar sobre mi espíritu e iba a barrer todas las ideas religiosas que tan hábilmente me habían inculcado durante tantos años, tormenta, además, que iba a hacerme odiosa la misma idea de recibir más honores y emolumentos de la Iglesia, y a no poder soportar la permanencia en mi país? Sin embargo, esto es lo que sucedió, a pesar de mis esfuerzos por resistir.
El momento decisivo llegó cuando, después de admitir deliberadamente que la Iglesia había errado, saqué la necesaria conclusión a que tiene que llegar cualquier católico sincero en semejantes circunstancias: el cristianismo era una falsedad. Repito que esta conclusión no era propiamente mía, sino que la sacaba de la preparación cuidadosa que la misma Iglesia me había dado.
Cuando me recobré del miedo que este cambio violento produjo en mi espíritu, mis pensamientos se volvieron hacia las difíciles circunstancias de mi situación. ¿Cómo iba a actuar en adelante? Aunque lo hubiera querido, la Naturaleza me había incapacitado para vivir hipócritamente. Pero dejar mi profesión era imposible: las leyes de mi país lo prohiben e interpretan el abandono voluntario del oficio sacerdotal como prueba evidente de herejía, que está condenada con la pena de muerte. A no ser que me fuera del país no tenía más remedio que seguir actuando como sacerdote. Pero ¿cómo iba a dejar mi patria sin asestar a mis padres un golpe mortal? ¿Había algo capaz de justificar una medida que produciría tan terribles consecuencias?
Abrumado por estas irreconciliables alternativas, mi mente y mi corazón recurrieron a la idea de que los hombres más notables del paganismo debieron haberse encontrado en circunstancias parecidas. Así que me dije a mí mismo: Si ellos se conformaron externamente con los ritos religiosos de sus países y adoraron al verdadero Dios en su corazón, ¿por qué no puedo hacer yo lo mismo?. No me ofreceré para puestos de importancia en la Iglesia ni simularé celo proselitista; procuraré mostrarme digno de la confianza que depositen en mí como confesor y animaré siempre a los demás a que cumplan con sus deberes morales; a los que estén en dificultades los consolaré y aconsejaré de la mejor forma que pueda.
Estas fueron mis resoluciones y creo que las cumplí con aquellos que confiaron en mi ministerio sacerdotal. A este respecto debo añadir que nunca abusé de los privilegios de mi posición en la Iglesia para ningún fin inmoral. Pero, a pesar de estos buenos propósitos, bien pronto iba a desvanecerse la teoría sobre la que había basado mis esperanzas de vivir una religión filosófica.
Mis relaciones sociales se habían ampliado poco tiempo antes del período que he referido anteriormente con motivo del sermón que prediqué en la Capilla Real en un día de especial celebración en Sevilla. La Brigada de Carabineros Reales, que es un distinguido cuerpo de caballería, estaba acuartelada en la ciudad y tenía como patrono a San Fernando, cuyo cuerpo, verdadero o supuesto, se venera en la Capilla Real de su nombre. Con motivo de la fiesta de San Fernando los Carabineros pidieron permiso para celebrar una misa solemne en el altar donde se guarda el cuerpo del santo. El permiso les fue concedido sin dificultad y los oficiales me invitaron a predicar el sermón. Como para aquel entonces estaba ya asediado por mis dudas contra el cristianismo, intenté confirmar mi vacilante fe predicando un sermón contra el escepticismo religioso. Pero poco bueno podía esperarse del discurso que mis estudios me permitían escribir: la mayor parte de la apologética que había leído era oratoria o sentimental, como por ejemplo el Genie du Christianisme, y mis modelos de elocuencia eran Bossuet, Massillon, Bourdaloue y Flechier, que en verdad son escritores admirables, de los que por lo menos he aprendido los artificios de la oratoria. Mi objetivo no era la instrucción de mis oyentes, pues hubiera resultado ofensivo, sino que les ofrecí un discurso al estilo de las Oraisons Funébres. El sermón fue muy aplaudido y la Brigada lo mandó imprimir para su propio uso, como es la manera establecida de darle las gracias al predicador.
Después de la fiesta algunos oficiales de la Brigada buscaron mi amistad, especialmente uno que estaba casado con una joven muy amable y agraciada, y cuyas dependencias en el cuartel eran muy frecuentadas por la mejor sociedad sevillana. Allí me hice amigo de un sacerdote del alto clero, hombre muy culto y completamente incrédulo en secreto. Él me presentó a otro dignatario eclesiástico, mucho mayor que nosotros dos, que durante varios años había desempeñado un cargo de gran importancia en la diócesis pero que entonces vivía retirado. Poco tiempo después descubrí que también era violentamente anticristiano. Nunca hubiera llegado a conocer las verdaderas ideas de mis nuevos amigos de no ser porque el cambio que se estaba obrando en mi espíritu les mostró que podían confiarme sus secretos. Era evidente que ninguno de los dos pertenecían al bando fanático porque de no ser así no me hubiera atrevido a revelar mi estado interior en su presencia. Pero a medida que exponía mis ideas me animaban a seguir hablando. Recuerdo muy bien la ocasión en que descubrí mis nuevas opiniones al mayor de los dos sacerdotes en presencia del más joven. El viejo dignatario, cuyas formas eran habitualmente sosegadas y dignas, prorrumpió en una respuesta tan apasionada que me dejó atónito. Dijo palabras muy duras contra el Evangelio y acusó a la religión cristiana de toda la sangre derramada en las persecuciones religiosas, de todos los vicios del clero, de la degradación de muchas naciones y especialmente de la nuestra. Concluyó diciéndome que, como no había hecho más que empezar a levantarme de un abismo de prejuicios y supersticiones, no sería capaz de tener una idea adecuada de la realidad hasta que no conociera bien la historia del pasado y estuviera al tanto de otras informaciones que hasta entonces habían estado fuera de mi alcance. Inmediatamente puso a mi disposición su biblioteca secreta, y lo mismo hizo el más joven que poseía una gran colección de libros franceses prohibidos.
Me dediqué incansablemente a este tipo de lecturas. El peligro de caer en manos de la Inquisición sólo hacía más sabrosas las aguas prohibidas de las que estaba bebiendo con tantas ansias. En cierta ocasión tuvimos suficiente fundamento para sospechar que el Santo Tribunal iba a organizar una batida y, como no podíamos confiar los libros a los criados, nosotros mismos tuvimos que transportar una buena colección de ellos desde la casa de mi amigo a la mía, yendo y viniendo varias veces el mismo día llevando ocultas bajo los amplios pliegues de nuestros manteos las obras que de ser descubiertas nos hubieran expuesto a graves peligros. Entre los libros que ocultamos estaba Le Systéme de la Nature, obra decididamente atea. Nombro este libro en particular porque mi amigo, a pesar del peligro que sabía que corría con él, lo tenía en tal estima que al cambiar de residencia de otra ciudad andaluza a Sevilla, se llevó los dos volúmenes de la obra ocultos bajo la sotana, con la cual viajó por este único motivo, ya que sólo lo hacen así los miembros más fanáticos del clero. En ninguno de mis libros sobre el catolicismo he mencionado la influencia que ejercieron sobre mí estos amigos porque hubiera puesto en peligro al que todavía vive. Pero cuando lleguen a publicarse estas memorias estoy seguro que, aunque siga viviendo, no le causará ni a él ni a ningún otro de aquellos buenos amigos la menor inconveniencia.
Se puede determinar que en este período de mi vida se fraguó todo lo que los subsiguientes acontecimientos no hicieron más que desarrollar. Ciertamente puedo decir que fijó para siempre mi suerte en la vida. Si yo hubiera sido capaz de vivir como otros muchos sacerdotes aprovechándome lo mejor posible de las circunstancias y disfrutando de mis opiniones, pagando sólo la pequeña tasa de la conformidad externa y una aparente compostura de formas, nada me hubiera hecho irreconciliable con mi profesión. Pero siempre me han sido intolerables el disfraz y el disimulo precisamente en estos asuntos. Si me hubieran confiado todos los secretos de la creación pero a condición de no comunicárselos a nadie y dejar en su ignorancia y prejuicios a mis semejantes, no creo que mi corazón hubiera podido resistir este insoportable peso. Y aun este mismo sufrimiento hubiera sido una insignificancia en comparación con los que estaba condenado a padecer cuando arrastrado por un triste afecto tuve que amar a escondidas y disimular sentimientos que, siendo en sí completamente inocentes, una execrable superstición los había envenenado y degradado. Sufriendo miserablemente de esta manera no había nada en el mundo que me sirviera de compensación. Es verdad que estaba libre de temores religiosos, pero esto no alteraba mi ideas morales: nunca intenté suprimir los límites de lo bueno y lo malo y prácticamente seguí manteniendo los principios morales del cristianismo. Aunque no contaba con la ayuda del miedo a la condenación eterna, la acusación de mi propia conciencia era bastante para hacerme sufrir cuando lo merecía. Pero de todas formas mis circunstancias personales y la situación de la sociedad española no podían menos de llevarme por caminos que conducían al remordimiento. Esta lucha constante, que es difícil contar, me ocasionó el primer ataque de una enfermedad que después volvería a reaparecer en Inglaterra en unos momentos en que me agobiaba otro tipo de problemas, y que me ha debilitado y hecho sufrir durante largos años. Constantes náuseas unidas a una inapetencia total me privaron durante muchas semanas de mi afición a la lectura. Pero es difícil subyugar el vigor de la juventud. La clara conciencia del peligro en que estaba y la certeza que tenía de no poder acabar con los sufrimientos de mi inteligencia y mi corazón me urgían a tomar la resolución de irme de mi ciudad natal, al menos durante algún tiempo, y tratar de fijar mi residencia por cualquier medio en la capital de España.
Una vez tomada esta resolución no demoré mi viaje. Ya en Madrid fui a ver a dos antiguos colegiales que eran abogados y, de acuerdo con lo establecido, cortejaban a los ministros, especialmente al Príncipe de la Paz, que tenía en sus manos todo el poder del gobierno y el patronato real. Mis dos amigos pretendían ser nombrados magistrados de los tribunales provinciales de justicia, que llamamos Audiencias. Yo también podía haberme dedicado a buscar un puesto más importante en la Iglesia, pero este pensamiento no pasó por mi cabeza: todo lo que quería era estar lejos de Sevilla y gozar de las ventajas que la capital de la nación ofrecía a un hombre en mis circunstancias especiales.
Pero había una curiosa dificultad para poder residir en Madrid, que ya he contado en las Cartas de España. La policía había dado una orden prohibiendo a los forasteros vivir en la ciudad a no ser que consiguieran permiso escrito del Ministerio de la Gobernación. Con esta disposición hubiera sucedido lo mismo que con todas las que dicta el gobierno español, que se hubiera observado estrictamente durante varias semanas para ser relegadas pronto al olvido. Pero un hambriento policía podía causar a cualquier persona un sinfín de molestias e inconvenientes con objeto de sacarle algún dinero. Por esta razón una de mis primeras preocupaciones al llegar a Madrid fue la de ponerme a salvo de estas vejaciones. Mis amigos me aconsejaron que me ausentara de la capital durante algunos días y enviara una solicitud al Ministerio alegando la realidad de mi caso: el mal estado de salud que había padecido últimamente en Sevilla.
Como tenía muchos deseos de visitar Salamanca, pensé que no podía escoger mejor lugar para escribir mi petición, con excepción, claro está, del mismo Madrid. Los amigos escritores que me habían presentado en Madrid habían estudiado en la Universidad de Salamanca y me dieron cartas de presentación para sus amigos de aquella ciudad. Tenía una dirigida a Meléndez, cuya fama poética era tan grande como pequeña era su influencia en la Corte. Meléndez había llegado a ser nombrado Magistrado del Tribunal Supremo de Madrid principalmente a causa de la universal admiración que le habían granjeado sus composiciones poéticas. Pero él era en verdad hombre de amplios y variados saberes y capaz de desempeñar dignamente este alto cargo. El Príncipe de la Paz al comienzo de su favor ilimitado le había procurado no solamente este puesto, sino el mismo favor de la reina. Pero en el tiempo a que me refiero Meléndez había caído en desgracia y había sido desterrado a Salamanca, su ciudad natal. Lo encontré tal como me habían dicho, un hombre muy amable y afectuoso, de gran cultura y extraordinario buen gusto. Era el único español que he conocido que, habiendo dejado de creer en el catolicismo, no se había vuelto ateo, sino que era un devoto deísta. Creo sin embargo que la sombra de libertad de conciencia que ha existido en España a partir de la guerra de la Independencia ha cambiado el estado de las cosas, y que probablemente el ateísmo sistemático es ahora menos general. Me parece que Meléndez era una persona naturalmente religiosa o, para usar los términos de los frenólogos, tenía un poderoso «órgano de Veneración".
Meléndez me presentó a [don Antonio] Tavira, entonces obispo de Salamanca. Este hombre inteligente y honrado había sido sospechoso de jansenismo tiempo atrás a causa de sus ideas reformistas. En particular le resultaba intolerable la burda superstición del país. De no ser por su elocuencia en el púlpito no hubiera sido elevado a ninguna dignidad eclesiástica, pero la fama de sus sermones le consiguió el nombramiento de prelado doméstico del rey [Carlos III]. Relacionado de esta forma con la fuente de toda promoción en el país, poco tiempo después fue nombrado obispo de las Islas Canarias. No deja de ser sorprendente que un hombre de su buen gusto y cultura aceptara el obispado de aquella parte semibárbara de los dominios españoles. Probablemente si no declinó el nombramiento fue por su deseo de intentar mejorar la situación moral y cultural de las islas. Pero el poder de los frailes estaba fuertemente afincado entre los canarios, y me va a perdonar usted una nueva digresión para contarle una de las dificultades con que se encontró Tavira.
En la catedral de Las Palmas se veneraba una imagen de la Virgen María de forma tan escandalosamente idolátrica que el obispo se vio obligado a intervenir. Desgraciadamente sus esfuerzos sólo pudieron conseguir una levísima modificación en unas prácticas tan absurdas que no permitían ni una reforma parcial. Como consecuencia lógica de la creencia católica en la presencia real de Cristo en la hostia consagrada, la Iglesia ha dispuesto que cuando se expone el sacramento a la veneración pública tiene una preferencia absoluta sobre cualquier otro objeto de culto. Sin embargo en Las Palmas toda la devoción popular se centraba en aquella imagen de la Virgen María. En vano intentó el obispo persuadir al clero que la Virgen no estaba allí verdaderamente presente, que lo que tenían ante sus ojos era una imagen de madera, mientras que, por el contrario, tenían que creer que Cristo estaba tan realmente presente en el sacramento como cuando vivía en la tierra. Pero estas distinciones eran demasiado sutiles para que las entendieran los canarios, tanto clérigos como seglares. Aquella imagen, que el obispo había llamado tan irreverentemente un pedazo de madera, era la Virgen, la Virgen era la Madre de Dios, y una madre tiene que ser honrada antes que su hijo. Este razonamiento les parecía evidente. El obispo, sin embargo, alegando la autoridad de la Iglesia, ordenó que cuando el sacerdote en la celebración de la misa ofreciera incienso en el altar, dirigiera el incensario en primer lugar a la hostia consagrada, y después a la Virgen. A pesar de ello, en la primera ocasión en que el obispo fue a la catedral para asistir a una misa solemne con exposición del sacramento, el sacerdote oficiante tomó el incensario en sus manos y deliberadamente dirigió la nube de humo a la Virgen en primer lugar, levantando al propio tiempo la voz para decir de la forma más soez e insolente: Que te la quite el obispo. Tal conmoción se produjo en el pueblo que el obispo vio su vida en peligro. Se hizo necesario su traslado a otra sede y así es como llegó a Salamanca. Las rentas de esta diócesis son escasas y aunque la ciudad puede ser considerada como el Oxford español, no tiene nada que la convierta en lugar agradable para vivir. En la época a que me refiero la población no era numerosa ni rica, pero en cambio había una enormidad de frailes.
Antes de la reforma de los grandes Colegios Mayores de Castilla los hijos jóvenes de las familias de las provincias norteñas disfrutaban en exclusiva de las plazas de aquéllos y gastaban sustanciosas cantidades de dinero, la mayor parte de mala manera porque en los Colegios abundaban los juegos de azar. Pero desde que se abrieron a las clases bajas los Colegios cayeron en el mayor desprestigio y oscuridad al faltarles el rango social y el ambiente cultural que los había distinguido anteriormente.
El obispo Tavira, que residía en uno de ellos, parecía como si se hubiera retirado del mundo. Meléndez me dijo que hasta hacía un par de años el obispo había patrocinado unas selectas reuniones nocturnas con un pequeño grupo de seis u ocho personas, unas dos veces por semana. Pero tanto el gobierno como la Inquisición mostraron sus habituales recelos por este tipo de comunicación entre hombres distinguidos por su talento y relaciones sociales, por lo que el obispo se vio en la necesidad de poner fin a las reuniones y vivir en soledad. Su mesa era, sin embargo, muy distinta de las de los obispos españoles y sus huéspedes no se veían forzados por las reglas de la etiqueta. Tavira tampoco tenía a su servicio jóvenes de buenas familias, como era la costumbre de otros obispos. En una palabra, su casa era más europea de lo que se pudiera esperar de los Pirineos para abajo.
Con la aprobación de mi cabildo conseguí licencia real para residir en Madrid durante un año. Lamento profundamente el modo con que malgasté mi tiempo en la capital de España. Sin embargo, en ningún otro período de mi vida vi más claramente la protección de Dios sobre mí. Si pudiera hablar con libertad sobre este punto sin causar daño a quienes menos se lo merecen, aparecería claramente que el mundo, y mucho menos el país contra cuyas bárbaras leyes con respecto a la religión apelo ante el tribunal de los cielos, no tienen ningún fundamento para condenarme. En un momento en que estuve a punto de dejarme arrastrar a una vida de disipación y deshonestidad a causa de estas leyes, mi encuentro con un caso de desamparo y pobreza total en medio de una larga y grave enfermedad, me llevó inmediatamente a una actitud altruista, superior incluso a mis medios de fortuna. De esta manera, mis relaciones se limitaron exclusivamente a aquella mujer que por mi medio había podido escapar de una muerte inminente. Doy gracias a Dios de todo corazón por haber cumplido fielmente todo lo que el más estricto sentido del deber puede reclamar con respecto a estas relaciones. Mi gratitud es todavía mayor al ver que mi fidelidad ha sido después recompensada en el más alto grado.
Mientras disfrutaba de mi liberación de los inútiles y para mí odiosos deberes de mi cargo clerical, se abrió en Madrid un establecimiento que vino a ser el mejor medio de prolongar mi ausencia de Sevilla. El Príncipe de la Paz, aunque no era personalmente hombre de letras, se mostró siempre dispuesto a favorecerlas, y si la situación del país hubiera permitido mejorarlo en este aspecto particular sin una reforma general de su sistema moral y político, ciertamente lo hubiera conseguido. Es verdad que las mejores medidas de este orden se veían siempre estropeadas por los propósitos egoístas de personas que gozaban del favor del Príncipe o de la Reina, pero a veces sus resultados fueron evidentemente beneficiosos. El establecimiento de una escuela de educación primaria de acuerdo con el sistema de Pestalozzi fue un buen proyecto que de no ser por la invasión francesa hubiera beneficiado mucho al país.
En el Ministerio de Guerra español había un funcionario llamado Amorós, hombre de gran perspicacia e inquietud intelectual. Los deberes de su cargo le dieron la oportunidad de darse a conocer al Príncipe de la Paz. Por aquel tiempo la fama de Pestalozzi se había extendido por toda Europa, como bien merecían sus talentos y más que éstos su espíritu altruista. El plan de instrucción que había ideado para beneficio de los hijos de los campesinos se adaptaba tan perfectamente a la educación general elemental que se aplicó también a la educación de las clases altas en Alemania y Francia. Pero como tantas veces sucede, muchos advenedizos que se habían acercado a la escuela de Iverdún para hacerse de un nombre, estropearon el proyecto original con sus propias explicaciones. Sin embargo, a pesar de estos parásitos, las evidentes ventajas obtenidas por los alumnos directos de Pestalozzi mostraron la utilidad del método de forma evidente. Amorós se aprovechó de esta circunstancia para su medro personal, pero no sin buscar al propio tiempo la utilidad pública. Informó al Príncipe de la Paz de las maravillas que el sistema pestalozziano estaba consiguiendo en Iverdún, y le sugirió la idea de establecer una escuela con el propósito de ensayarlo en España.
El Príncipe de la Paz, que había recibido una educación mejor que la mayor parte de los jóvenes de su clase que no han estudiado en la Universidad, fue hasta el fin de su carrera política un amigo de la promoción de la cultura y, de no haber sido por la completa desmoralización del país y por las intrigas cortesanas que amenazaron frecuentemente su poder e hicieron que tuviera que dedicar mucho tiempo a su propia protección, creo que hubiera sido un patrono eficaz de las letras. De esta manera, el plan que le propuso Amorós contó desde el primer momento con su total aprobación. El favorito se lo recomendó al Rey, que hizo a Godoy patrono de la nueva escuela.
Sólo los que conocen la situación de Madrid en aquellos años pueden darse cuenta del interés con que la nobleza de la capital solicitó la admisión de sus hijos en la nueva escuela. De acuerdo con el gusto francés que prevalecía entonces, y que creo sigue prevaleciendo todavía, una de las primeras medidas que se tomaron fue la de convertir la escuela en un instituto militar, fijar además un uniforme para los alumnos y promover a Amorós al rango de coronel como Director del Real Instituto Pestalozziano. Pero parece que el Príncipe insistió en que el establecimiento fuera considerado sólo como un experimento, probablemente con objeto de prevenir las numerosas solicitudes que habían de llover para conseguir puestos en la nueva escuela si ésta apareciera como una institución permanente. De conformidad con este plan, Amorós le propuso al Príncipe el nombramiento de una Comisión de literatos que vigilara e informara sobre los progresos de la escuela y las ventajas del nuevo método.
Mi afición por la música me había puesto en relación con Amorós por aquel entonces, ya que él también era un buen aficionado y daba conciertos semanales en su casa. Tuve, por tanto, ocasión de darle a conocer las causas de mi estancia en Madrid y mi deseo de prolongar mi ausencia de Sevilla. Me ofreció hacerme miembro de la comisión que iba a ser nombrada y, como había que guardar ciertas apariencias para no alarmar a los fanáticos, me pidió mi consentimiento para nombrarme catequista, es decir, instructor religioso de la escuela. Puede ilustrar la situación del país en este punto la circunstancia de que Amorós me pidió disculpas por proponerme para este cargo, y yo mismo lo acepté con cierto sentimiento de vergüenza y degradación.
Me aseguró que sentía mucho verse obligado a pedirle a un hombre ilustrado que aceptara este puesto, y yo disimulé mi vergüenza con la excusa de que lo aceptaba para prevenir así la presencia de un fanático en la escuela. Tengo la satisfacción de poder decir que ni me ofrecieron ningún emolumento ni yo lo pedí. Mi única aspiración era no volver a Sevilla, lo cual conseguí por medio de una Real Orden que me excusaba de mis deberes de residencia en aquella ciudad indefinidamente. Mis amigos sevillanos me creyeron en camino de conseguir un obispado, pero ya he dicho que este tipo de promoción estaba muy lejos de mis deseos.
La Comisión de la que era miembro me nombró para que redactara un informe sobre los progresos del Instituto. Imbuido como estaba de las ideas de la vieja escuela francesa, mi propósito al escribir el informe fue hacer una composición al estilo de los discursos de la Academia francesa. Poco o nada dije de los resultados prácticos de la educación dada a los niños, porque estos detalles no eran del gusto del país, sino que mi trabajo fue una argumentación para probar que el método pestalozziano no podía menos de producir buenos resultados. El discurso se mandó imprimir y fue muy bien recibido.
No llevaba muchos meses en relación con el Instituto Pestalozziano cuando empezó a formarse la terrible tormenta que pronto iba a descargar sobre España. La primera señal visible fue el arresto del Príncipe de Asturias, que tuvo lugar en El Escorial en noviembre de 1807, a consecuencia de su intento de ganar el favor de Napoleón y enemistarlo con el Príncipe de la Paz.
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