dibujo de musas




Autobiografía


AUTOBIOGRAFÍA -

Mis antepasados

El primer despojo que sufrieron, y creo que de una fortuna cuantiosa, tuvo lugar bajo Cromwell. El hijo del que la padeció, mi tatarabuelo, se vio obligado a seguir a su padre en su destierro de Dublín a Waterford, donde según parece se hicieron comerciantes. Mi abuelo era uno entre cinco hermanos, cuatro de los cuales -y él entre ellos - se fueron al extranjero para escapar de la dureza de las leyes penales. El otro hermano, es decir, su única hermana, se casó con un protestante llamado Archdekin. Tengo entendido que todavía vivía en Dublín cuando yo era un muchacho. Por la manera de que hablaban de ella en mi familia o, mejor dicho, por lo poco que de ella se hablaba, deduzco que se había convertido al protestantismo y de esta manera había privado a mi abuelo, hermano suyo, de algunas propiedades. Pero por aquel entonces mi abuelo estaba establecido en Sevilla y sus negocios eran lo suficientemente prósperos para que apenas notara aquella pérdida.
     En efecto, un tío materno suyo, llamado Philip Nangle, había conseguido gran fortuna como comerciante en mi ciudad natal. Como no tenía hijos legó su casa comercial a su sobrino. En medio de tal prosperidad nacieron y fueron educados sus cuatro hijos: mi padre, otro hermano mayor que murió joven y dos hijas. La familia vivía como las mejores de aquella parte de España, y el rey le había concedido a perpetuidad patente de hidalguía. El documento real, que está en posesión de mi hermano, es, según creo, el único documento español que se refiere a nosotros que no usa nuestro nombre familiar Blanco sino que está concedido a Don Guillermo White, natural de Waterford, y a sus descendientes, tras haber probado la gran consideración de su familia en Irlanda.
     Mi padre fue enviado a Waterford cuando joven, y después de haber pasado allí algunos años, antes de regresar a Sevilla viajó por Francia para completar su educación y conocer el mundo, algo ciertamente insólito para un español en aquellos tiempos. Poco después de su regreso murió mi abuelo y un oficinista irlandés se encargó de la dirección del establecimiento comercial, que no tardó en dar en quiebra salvándose sólo lo suficiente para librar a la familia de una pobreza total que hubiera trastornado completamente su posición social. Sin embargo recuerdo que mi abuela y sus dos hijas vivían en una casa muy espaciosa y confortable.
     La hermana más joven de mi padre contrajo matrimonio con otro irlandés, Thomas Cahill, a quien recuerdo con los mejores sentimientos de estima y afecto, y cuya cultura y buenas cualidades influyeron poderosamente en mi espíritu. Thomas Cahill y mi padre se asociaron y fundaron otra casa mercantil que llevan todavía mi hermano y los nietos de aquél. No deja de ser curioso el hecho de que otro irlandés llamado [Lucas] Beck, que entró como empleado en nuestra casa siendo muy joven, llegó a casarse con la única hija de Cahill, mi prima, y de esta manera después de la muerte de mi padre vino a ser socio de mi hermano. Todo esto hace que mi familia sea como una pequeña colonia irlandesa cuyos miembros siguen conservando la lengua y muchas de las costumbres y aficiones que su fundador trajo a España.
La familia de mi madre está emparentada con la nobleza más antigua de aquella parte de Andalucía donde yo nací, parentesco reforzado por el casamiento de mi hermano con una prima nuestra por esta parte. Mi abuelo materno, de quien me acuerdo muy bien, había abandonado cuando joven a su mujer y durante muchos años llevó una extraña vida errante. Sin embargo, cuando después de larga ausencia volvió a Sevilla viejo y enfermo, encontró acogida bajo el techo de la casa de mi padre.
     Antes de casarse con mi padre, mi madre y mi abuela habían vivido a expensas de una pequeña renta, como cualquier familia hidalga española. Con ella y con la ayuda de un hermano de mi abuela que durante muchos años había sido militar de alta graduación y gobernador de la corona española en Sudamérica, habían llevado una vida digna. De todas maneras en España cualquier renta por pequeña que sea es bastante para mantener decentemente la condición de hidalgo, ya que sólo la pobreza total hace descender a una familia de su buen rango y consideración, e incluso si se ven obligados a mendigar el sustento, la ley del país los considera en pleno uso de sus privilegios. Pero por lo que respecta a mi abuela y mi madre tenían lo suficiente para cubrir convenientemente sus necesidades. Por tanto fui educado sin percatarme de si éramos ricos o pobres, pero me hicieron adquirir las virtudes de la hidalguía.
     En mi relación de la vida de un clérigo español, que se encuentra en las Cartas de España, he detallado las circunstancias que me llevaron a la Iglesia, pero voy a resumir a continuación lo que allí dije.
     Mi madre tenía el defecto de no gustarle la ocupación del comercio, pero al principio aceptó que yo fuera educado para ella. El negocio de mi padre, que consistía en la exportación a Inglaterra de productos del país, tales como frutas y lana, era bastante próspero. Su cuñado Cahill tenía mayor participación en él, pero de haber seguido yo el curso que me asignaron al principio, lo más probable es que con el tiempo hubiera llegado a ser el único dueño.




15 años

     El confesor de mi padre era un dominico que lógicamente apoyaba el Colegio de su orden, que había sido fundado en el siglo XVI para la instrucción pública de Sevilla. Los jesuitas habían sido sus grandes rivales, pero después de la extinción de esta orden, el gobierno, entonces en manos de un ministro que tenía algunos rudimentos de la filosofía moderna, había separado la Universidad del Colegio Mayor, donde después iba yo a obtener una plaza de colegial, y también había privado al Colegio de los dominicos de la facultad de conferir grados académicos.
     El sistema de estudios de la nueva Universidad, aunque muy imperfecto todavía, estaba libre de las doctrinas absurdas propugnadas por la filosofía aristotélica y por esta razón los dominicos la acusaban de tendencias heréticas. Para salvarme de ellas me enviaron al Colegio de Santo Tomás. Sin ninguna preparación para seguir las secas especulaciones del voluminoso libro de Lógica que me pusieron en las manos, lo abandoné desesperado, tras infructuosos esfuerzos para entenderlo.
     Por aquel tiempo, mi tía [Anica], la mayor de las dos hermanas de mi padre, que me atrevo a asegurar era la única señora sevillana que poseía una pequeña colección de libros, me permitió leer las obras de Feijoo, benedictino español que en los primeros años del siglo XVIII se atrevió a atacar el sistema escolástico y a recomendar el estudio experimental de la filosofía según los principios de Bacon.
     Feijoo se había formado con la lectura de libros franceses y contaba con el apoyo de los ministros de Fernando VI, todos los cuales se habían educado en las escuelas anticristianas de Francia. El cauto monje se mantuvo siempre en el lado seguro cuando tenía que referirse a la religión establecida, pero atacó resueltamente los errores populares con toda la agudeza de su ingenio, que verdaderamente era notable. Su obra principal es una colección de diez o doce libros magníficamente impresos en cuarto español. Todos ellos los leí con avidez y a pesar de la rapidez con que los devoré, me imbuí plenamente del espíritu de la obra y, si mis recuerdos no me engañan, creo que llegué a comprender los principios de la filosofía de Bacon.
     Por todo esto la sola vista del fraile que nos enseñaba Lógica en el Colegio dominico se me hizo insoportable y odiosa. Cierto día llegó a reprenderme delante de toda la clase por no atender a mis estudios. Sin pensarlo mucho me levanté de mi asiento y le dije abiertamente que aquellos estudios no eran dignos de mi atención y que nunca los seguiría. Añadí a continuación un buen número de observaciones contra la filosofía aristotélica, que había aprendido de Feijoo. El fraile se enfureció y todavía me admiro de cómo pude escaparme de un manteo por parte de mis compañeros de curso. Asustado de mi propio atrevimiento salí corriendo para mi casa y le conté a mi madre todo lo que había pasado. A ella no le gustaban los dominicos y, aunque no se atrevía a manifestarlo, no quería que yo estuviera en su Colegio. No sé lo que hizo, pero lo cierto es que se las arregló para enviarme a la Universidad. Allí aprendí en menos de dos meses todo lo que la clase de Lógica había cubierto en la totalidad del curso anterior.
     Mi despedida del Colegio dominico tuvo lugar poco antes del comienzo de las vacaciones del verano. Un profesor de la Universidad daba clases especiales durante dos meses del verano a los que se habían quedado atrasados en el curso ordinario. Yo las seguí y al terminar, el profesor me felicitó públicamente por mi buen trabajo, por lo que al comenzar el nuevo curso me dieron un lugar entre los primeros de la clase.


1790
...
De todas estas observaciones se dará usted cuenta que la intención de mi amigo era cultivar y educar mi buen gusto y mi imaginación. El mismo era un buen poeta en español, algo frío, pero brillante. Siendo yo más joven había escrito algunas poesías breves en mi lengua nativa, pero entonces, bajo su dirección, comencé a atreverme con proyectos más serios y difíciles.
     Poco tiempo después presenté a Arjona otros dos estudiantes de Teología: uno de ellos era de un curso superior al mío en la Universidad, y el otro, uno inferior. Se llamaban [Félix] Reinoso y [Alberto] Lista y los dos eran jóvenes de gran talento y con un gusto natural por la poesía. Las habitaciones de Arjona se convirtieron en nuestro lugar favorito y nuestras frecuentes reuniones de diversión literaria (porque verdadero placer y diversión eran para nosotros aquellos estudios, especialmente si los comparábamos con los que teníamos que seguir en la Universidad) nos sugirieron la idea de organizar una Academia particular para el cultivo de la elocuencia y la poesía. Para ello invitamos a una docena de nuestros compañeros y Arjona fue elegido presidente, cargo que ocupó muy poco tiempo dada su dificultad de acudir a nuestras reuniones. Estas se celebraban todos los domingos en casa de aquellos de sus miembros que podían facilitar una habitación bastante amplia sin causar inconvenientes a la familia. Según las reglas estábamos obligados a leer un determinado número de disertaciones durante el año, y además había un curso de lecciones sobre poesía y elocuencia a cargo de miembros especialmente designados por la Academia. En estas lecciones se usaban notas manuscritas. Reinoso, Lista y yo fuimos los únicos encargados de dar estas conferencias durante los cuatro o cinco años que duró la Academia. Al final de aquel período tuvimos una reunión pública con gran asistencia de público, que se celebró en el salón de conferencias del Colegio Mayor, poco antes de ser yo elegido colegial. Arjona, que seguía siendo residente del Colegio y había vuelto a ser presidente de la Academia, ocupó la cátedra aquel día.
     No se puede negar que nuestros esfuerzos por nuestra formación tuvieron éxito, y que este buen resultado se debió a nuestro propio interés y trabajo. Arjona nos había abandonado cuando nuestras fuentes de información eran todavía escasas. Por casualidad me encontré con una obra de Batteux sobre las Bellas Letras, y otro accidente afortunado me hizo conocer la útil obra de Rollin sobre el mismo asunto. Estos dos libros y especialmente el Voyage d'Anacharsis de Barthelemy ampliaron nuestro conocimiento del mundo de la literatura. También es verdad que nuestro ejemplo no se perdió en la Universidad.
Poco a poco se fue extendiendo una afición por la literatura entre los estudiantes y aunque la Universidad como institución no se tomó el menor esfuerzo en la promoción de estos estudios, sin embargo la Sociedad Patriótica de Sevilla instituyó poco tiempo después una cátedra de Bellas Letras. Como la pobreza del país en aquellos años era tan grande que no había forma de conseguir ayuda económica del gobierno para financiar el proyecto de la Sociedad Patriótica, recibí la invitación de hacerme cargo de la cátedra sin remuneración, lo que cumplí por espacio de dos años, pero esto pertenece a otra parte de mi narración. Para no faltar a la justicia debo advertir que, a pesar de todos estos compromisos voluntarios, no dejé de realizar todos los ejercicios y exámenes de la Universidad con las mejores calificaciones.
     Pero es tiempo de volver a la parte moral y religiosa de mi narración. En cuanto dejé el Colegio de Santo Tomás para entrar en la Universidad, escogí un nuevo confesor -todos los jóvenes que reciban una educación religiosa han de tener un director espiritual entre los sacerdotes del Oratorio de San Felipe Neri. Esta congregación tiene un carácter muy peculiar: por un lado sus miembros son sacerdotes seculares, es decir, no están atados por votos religiosos, pero, sin embargo, como estos últimos viven también en comunidad en una casa muy parecida a un College inglés, que cuenta además con capilla pública. Por su atención frecuente al confesionario, el número de misas que celebraban diariamente en la capilla y las espléndidas ceremonias litúrgicas de las grandes solemnidades religiosas, atraían a muchos devotos sevillanos. Además, los padres del Oratorio continuaban con la ininterrumpida tradición del mismo método de dirección espiritual que había hecho famosos a los jesuitas. Lógicamente, los devotos sevillanos que habían sido afectos a estos últimos se habían adherido a la pequeña congregación de sacerdotes oratorianos, que estaban considerados públicamente como sucesores de los hijos de San Ignacio.


Ejercicios Espirituales
 Cádiz es una ciudad extraordinaria, capaz de cautivar a cualquier viajero más maduro y experimentado que yo en aquellos años. Mi estancia en ella, aunque corta, fue completamente feliz y libre de toda falta. Regresé a mi casa muy consciente de mi propia importancia, aunque obligado a guardarla celosamente en mi interior, porque ingenuamente creía que el haber navegado unas cuantas millas por el mar, haber visto de cerca un barco de guerra y haber pasado una semana en Cádiz, me había elevado a un supremo grado de cultura y conocimiento del mundo, mucho mayor que el de mis menos afortunados amigos de Sevilla.
     Sin embargo, aunque mi excursión veraniega estuvo libre de todo pecado, lo cierto es que después de ella empecé a sentirme menos dispuesto hacia el estado eclesiástico. Este creciente disgusto hubiera alterado radicalmente el rumbo de mi vida de no ser por el oportuno remedio de los llamados Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, cuya descripción se encuentra en las Cartas de Doblado.
     El sistema de los Ejercicios es una obra maestra de la máquina clerical. No quiero decir con esto que los mecánicos que la manejan tengan la intención premeditada de engañar a la gente; al contrario, la mayor parte de ellos estaban vencidos por el mismo engaño con que ellos pretendían ganar a los demás. Sin embargo, también es cierto que no podían menos de darse cuenta de la utilidad del instrumento y de cómo ganaban más adeptos a su causa.
     Al atardecer del día señalado para el comienzo de los Ejercicios, cuarenta o cincuenta hombres de diferentes edades y profesiones, pero la mayor parte de ellos de las clases media y alta y sólo en raras ocasiones algunos de condición humilde, se presentaban al padre Vega, director de San Felipe Neri, que previamente los había admitido, para tomar por primera vez un curso regular de la conocida disciplina, o bien para volver a recibir sus beneficios. El Padre Vega, persona realmente extraordinaria, había hecho construir un nuevo edificio en el convento de San Felipe con el único fin de servir de hospedaje a los ejercitantes en las seis o siete veces que se convocaban cada año.
     Este sacerdote estaba dotado de grandes cualidades, pero su extraordinaria influencia sobre los demás se debía particularmente a un profundo conocimiento de la humanidad, una gran confianza en sí mismo y una tosca aunque apasionada elocuencia que se unía a los más vehementes sentimientos religiosos. No me cabe la menor duda de que era un hombre sincero, pero también estoy convencido de que amaba el poder y sabía conseguirlo usando la técnica más depurada y eficiente. Ningún potentado oriental podría llegar a superar sus dotes de mando, que rendían a los espíritus más resueltos en cuanto entraban bajo su influencia.
     Durante los seis o siete años que frecuenté el Oratorio tuve ocasión de conocer a cientos de personas que iban en busca del padre Vega. Puedo decir que aun aquellos que llegaban contra su voluntad y dispuestos a no dejarse vencer, como sucedía por ejemplo con muchos que el arzobispo de Sevilla mandaba a hacer ejercicios antes de recibir la ordenación sacerdotal, no podían menos de sentirse impresionados en su presencia. Sabía adoptar una sorprendente variedad de actitudes y expresiones de acuerdo con el carácter y condición de sus interlocutores, de tal forma que no era difícil adivinar con quién estaba hablando el padre Vega sólo con escuchar lo que decía.
     Su presencia personal no era menos impresionante. A los fisonomistas y frenólogos quizá les pueda interesar saber que un excelente busto de Oliverio Cromwell que tuve ocasión de contemplar frecuentemente en los dos primeros años de mi estancia en este país, me traía inevitablemente el recuerdo de mi antiguo director espiritual. Que esta impresión no es una pura fantasía mía puede probarlo lo que le pasó a un joven irlandés residente en Sevilla y buen amigo mío, que a instancias de mi padre hizo Ejercicios Espirituales con el padre Vega. Él mismo me dijo que cada vez que se encontraba delante de él no podía menos de pensar en los retratos de Cromwell que tantas veces había visto en su país.
     Tenía una voz ronca y nasal, pero en la capilla privada que había preparado para los ejercitantes sabía modular el tono de su voz con sorprendente efectividad. La celebración de la misa le afectaba de tal manera que sus ojos derramaban torrentes de lágrimas especialmente en el momento de la consagración. Quizás algunos pudieran pensar que era un buen actor, pero yo, que lo conocía muy bien, después de haber meditado muchas veces sobre su persona me veo obligado a librarlo sinceramente de este cargo. Las formas que reviste el entusiasmo son en verdad innumerables y todavía no se ha estudiado suficientemente la manera en que la consideración de las cosas invisibles, cuando se meditan con especial vehemencia, pueden afectar el sistema nervioso. En los países católicos es un hecho perfectamente normal la tendencia a la histeria religiosa, histeria que de ninguna manera está relacionada con lo que llamamos debilidad nerviosa o nerviosismo. La persona a que me refiero no padecía de ninguna afección nerviosa, sino que por lo contrario en cuanto a firmeza y decisión podía ser muy bien comparado con el reformador escocés Knox. Como confirmación de su entereza puedo añadir que a él fue a quien los inquisidores de Sevilla, aquella jauríade encapuchados mastines sedientos de sangre, demasiado cobardes para hacerlo ellos mismos, transmitieron el penoso deber de escuchar la confesión de la mujer que habían condenado a muerte, en el mismo lugar del suplicio. No tengo por qué volver a contar aquella horrible historia, y ciertamente no lo haré. Pero probablemente recordará usted que el miedo y la debilidad hicieron que aquel pobre despojo humano se arrepintiera cuando ya era demasiado tarde para salvar su vida. En fin, mejor será que vuelva a mis Ejercicios Espirituales.
     Conforme llegaban los ejercitantes en la noche en que iban a comenzar su retiro, se acercaban a besar humildemente la mano del Padre Vega, y tras unas breves palabras de saludo se dirigían a las habitaciones que les habían asignado. Estas eran capaces para dos personas y consiguientemente los ejercitantes eran distribuidos en parejas que habrían de compartir la misma habitación. Sin embargo, de acuerdo con las reglas de la casa, a los ocupantes de un mismo dormitorio, técnicamente llamados compañeros, les estaba prohibida toda conversación salvo en ocasiones indispensables y aun en este caso sólo en voz baja. Poco después de haber ocupado sus cuartos, el sonido de una gran campana anunciaba la primera reunión en la capilla. Este lugar se encontraba casi a oscuras, ya que sólo una linterna cerrada por tres de sus lados y abierta por uno iluminaba débilmente una imagen de Cristo agonizante en la cruz. Como la intención del escultor era solamente la de impresionar a los que la contemplaran sin la menor concesión al buen gusto, la imagen era de tamaño natural, con ojos de cristal y el cuerpo pintado de colores vivos que mostraban la carne manchada de sangre en muchos lugares.
     Cuando los asistentes habían tomado asiento uno de los sacerdotes que ayudaban al Padre Vega leía, en medio de un profundo silencio, el tema de la meditación de aquella primera noche. La lectura duraba media hora y al final todos se arrodillaban para meditar durante otra media hora sobre lo leído. En el primer cuarto de hora de la meditación lo único que se escuchaba era el péndulo del reloj que marcaba el tiempo. Consciente, sin embargo, de que muchos de sus pacientes espirituales se perderían en divagaciones de todas clases si no se les echaba una mano, el Padre Vega los estimulaba con lo que en el lenguaje de las prácticas ascéticas se llaman jaculatorias. Era algo así como si sus pensamientos crecieran tanto y se hicieran tan vehementes que no pudieran ser contenidos por más tiempo en su pecho y no tuvieran mas remedio que reventar en contra de su voluntad. Al principio las jaculatorias eran cortas y bien espaciadas, pero poco a poco se iban haciendo más frecuentes y largas, hasta que cerca del final de la meditación el monótono canto de las jaculatorias se convertía en gritos de agonizante, con el sonoro acompañamiento de fuertes golpes de pecho, a los que se unían los asistentes según se sentían movidos, muchos de los cuales repetían las mismas palabras del director y pedían a voz en grito el perdón de Dios.
     Pero la primera reunión no daba ocasión para ver los verdaderos resultados del arte del Padre Vega. Él conocía demasiado bien el alma humana como para aplicar de repente un impulso tan violento que pudiera producir retraimiento. Como los ejercitantes iban a estar bajo el efecto de sus encantos durante diez días, podía actuar sin prisa. Durante todo este tiempo los ejercitantes no podían salir de la casa ni ver a sus familiares más próximos salvo un par de veces y durante breves minutos. Se levantaban a las cinco de la mañana. El plan del día consistía en tres horas de meditación, una hora de lectura sobre la vida de un santo, que todos escuchaban sentados en la capilla, y como último acto del día inmediatamente después de la cena y antes de retirarse a descansar, un sermón improvisado del Padre Vega que duraba hora y media.
     Pero no era esta estricta e ininterrumpida disciplina el único medio empleado para inquietar y dominar el espíritu. También se utilizaba toda una variada gama de terrores espirituales que después de llegar al punto más alto cedía el paso a sentimientos de profunda alegría. Esto sucedía especialmente en el tercer día de los Ejercicios, en el que la materia de meditación era la eternidad de las penas del infierno. No es fácil describir los medios utilizados para impresionar a la imaginación con la presentación del tema, en la que con los más vivos colores de la oratoria se contaban al detalle toda clase de tormentos que podían torturar el cuerpo y hacer agonizar el alma. El tema de la meditación de la mañana era la condenación al infierno de un alma pecadora. Los aullidos de los espíritus infernales celebrando su triunfo; la primera inmersión del desgraciado ser en las llamas eternas; sus gritos de desesperación, sus blasfemias contra el cielo, los aplausos con que el demonio y sus ángeles celebraban las exclamaciones más horribles: todo se refería con repugnante minuciosidad. Las jaculatorias del director servían para añadir pinceladas de luz espeluznante a este cuadro, sin que de sus labios salieran palabras de perdón y misericordia. Su voz se iba apagando lentamente, ahogada por los suspiros y sollozos que se multiplicaban a su alrededor. Cuando el sacerdote se daba cuenta de que la congregación había llegado al paroxismo del terror, cambiaba súbitamente de tono de voz y con acento sosegado y casi amistoso aseguraba a sus oyentes que en las condiciones en que se encontraba su espíritu, oprimido y agobiado por la idea del pecado y su apropiado castigo, le era imposible hablar de perdón y misericordia. Por tanto no tenía más remedio que despedirse de sus oyentes y dejarlos entregados a sus propios pensamientos. Dicho lo cual daba una palmada (la señal acostumbrada de despedida) y se retiraba a la sacristía.
     Cualquiera que contemplara a los ejercitantes al salir de la capilla camino de sus habitaciones, se hubiera podido imaginar fácilmente a un grupo de cuarenta o cincuenta prisioneros que acababan de ser condenados a muerte. Algunos se tapaban el rostro con las manos y a duras penas podían refrenar el llanto. Otros no se atrevían a alzar la vista del suelo y mostraban evidentes señales del más profundo desconsuelo. Todos en una palabra se mostraban hondamente afectados.
     La escena cambiaba completamente por la tarde. La lectura preparatoria de la meditación hablaba de esperanza y perdón. Las jaculatorias tenían un tono muy distinto y querían apaciguar el corazón, hasta entonces cruelmente atormentado. Nuevamente las lágrimas brotaban de los ojos de los asistentes, pero esta vez eran lágrimas frescas y reconfortantes que anunciaban sentimientos de gratitud, ternura y amor. El cambio se debía a una nueva actitud espiritual de los ejercitantes, y que ciertamente no había surgido de la nada o por casualidad. El mismo aspecto de la capilla predisponía para ello. Ya no parecía una lúgubre bóveda como antes. Por el contrario en el altar ardían seis velas de cera que iluminaban una sonriente imagen de la Virgen María, como dispuesta a saludar a los atribulados atribulados penitentes conforme entraban en el templo. En efecto, la Virgen María era el objeto principal y universal de las consideraciones de aquella tarde. Era ella la que nos alcanzaría el perdón, ella era la Madre de Misericordia, ella compendiaba todo lo que las palabras pueden expresar de amor, ternura y comprensión. Las jaculatorias que el director le dirigía mientras transcurría el tiempo de la meditación, eran como las de un enamorado y ardoroso galán requebrando requebrando a su excelsa señora. En medio de estos apasionados arrebatos se empezaba a oír de repente el sonido de la música que provenía de una alta galería situada a los pies de la capilla. Un grupo de voces, acompañadas por instrumentos musicales, cantaba las alabanzas de la Virgen, Refugio de los Pecadores. Al llegar este momento el Padre Vega se levantaba y, tomando en sus manos el cuadro de la Virgen, lo presentaba a los presentes para que lo besaran devotamente. Me temo que pueda resultar sospechoso de exageración, pero ni me gusta ni tengo tiempo de escribir afectadamente, y ciertamente no hago más que dar fe de un hecho real al decirles que los gemidos convulsivos de los ejercitantes eran tales que apagaban el sonido de la música.
     Este era el momento designado para comenzar las confesiones generales. Este nombre puede inducir a engaño a los protestantes, ya que no quiere decir un reconocimiento genérico de ser pecador, sino más bien todo lo contrario: una relación detallada de las faltas cometidas a lo largo de toda la vida. Todo pensamiento, palabra y obra, más aún cualquier duda o inseguridad de conciencia que se recuerde, todo ha de ser sometido al sacerdote delante del cual el penitente arrodillado hace su confesión. Relación larga no sólo porque este detallado examen dura cuatro o cinco días, sino porque el penitente tiene la impresión de que cualquier negligencia suya en esta confesión lo hará culpable de una falta mucho mayor que la de todos sus pecados anteriores. No es de extrañar, pues, que esta confesión produzca en las personas sinceras y sensibles un grave estado de mórbida ansiedad, del que sólo pueden hacerse una idea aproximada los que lo han experimentado.


1796, 21 años
     Al llegar a la mayoría de edad mis padres no perdieron un momento en consumar mi compromiso con la Iglesia. Una vez sometido a la ley inflexible que invalida el matrimonio de quien ha recibido el orden del subdiaconado, dejaron de vigilar mis relaciones con el mundo. No quiero decir con esto que mi madre (el principal autor de todo lo que se relacionaba conmigo) fuera indiferente a los peligros morales que pudiera encontrar en mi camino, sino que al verse libre del temor de mi posible cansamiento suavizó considerablemente las precauciones que hasta entonces había tomado para asegurar mi unión a la Iglesia. Pero no soy capaz de seguir con mi narración sin intentar librar a la más excelente y mejor dotada de las madres de cualquier sombra de egoísmo mundano que pudieran atribuirle mis lectores ingleses.
     A cualquiera que no haya nacido en este país le será sencillamente imposible formarse siquiera una mediana idea de la influencia de la religión de España sobre las ideas morales y sentimientos de sus habitantes. Si la delicadeza permitiera contar con detalle los efectos de esa ley horrible que no sólo obliga a los sacerdotes a guardar el celibato de por vida, sino que les impide que recobren su libertad abandonando su oficio, se podría demostrar con todo fundamento que dondequiera que existe esa ley las normas de moralidad tienen que sufrir una evidente degradación, aun en el caso de aquellas personas que (como a la que me refiero) pueden ser consideradas como ejemplo de conducta intachable. No hay ningún español, cualquiera que sea su clase o condición, que ignore el hecho de que el celibato del clero se guarda a costa de la moralidad del país. Nadie lo sabe mejor que el clero, tanto por su propia experiencia como por el conocimiento directo de la vida de los demás que adquieren en el confesionario. ¿Puede decirse entonces que todos ellos fomentan esta fuente de inmoralidad al mostrarse indiferentes a sus consecuencias? No sería justo acusar indiscriminadamente a tantas personas de esta falta deliberada, pero el resultado práctico en cuanto se refiere a la opinión pública es el mismo que si de hecho admitieran como algo normal esta situación moral.
     Como prueba de los sentimientos que prevalecen en las personas más irreprochables y honestas de mi desgraciado país, puedo decir que los chistes sobre el celibato del clero son materia acostumbrada en muchas conversaciones con tal de que no pasen más allá de insinuaciones generales contra la idea que hay que mantener de que la ley eclesiástica es y puede ser guardada, y también con tal de que estas insinuaciones se hagan sin ofender la delicadeza de los interlocutores. Mi misma madre, de quien no tengo que volver a decir que nunca conocí un modelo más alto de moralidad, solía contar la historia bien sabida de un viejo obispo que iba a conferir las órdenes sagradas. A los que habían recibido las llamadas menores , que no obligan todavía al celibato, el bienintencionado prelado los despedía con este consejo: Guárdate de ellas. Pero cuando se dirigía a los ordenados de subdiáconos cambiaba las palabras del consejo y les decía: Que ellas se guarden de ti. La santa Iglesia Católica sanciona en la práctica el consejo del obispo. ¿Cómo es posible que sus falibles súbditos vayan a pretender mejorar lo que ella piensa y hace? Los católicos creen que el celibato del clero es necesario, puesto que la Iglesia lo impone. Evidentemente, esta disciplina es la causa de problemas morales: la solución es que cada uno se las arregle como pueda. Si cae, seguramente se dará cuenta bien pronto de su error; después de todo el mal no es más que accidental, mientras que las ventajas de la Iglesia son sustanciales y permanentes.
     Con la seguridad (citando las ideas del viejo obispo) que la ordenación de subdiáconos me había conferido, iba a emanciparme por fin de la estricta disciplina infantil en que había transcurrido mi juventud. Dos caminos había para conseguir el alto puesto en la Iglesia que mi familia deseaba para mí - me refiero a un puesto superior al del clero parroquial. Uno era procurarse una buena recomendación en la Corte, y el otro era hacer un brillante papel en las oposiciones públicas a un cierto número de plazas que la Iglesia reserva para sacerdotes de reconocido mérito literario. Ninguna posibilidad tenía yo de conseguirla por el primer camino, mientras que el segundo presentaba más agradable perspectiva. Sin embargo, aun en el supuesto de que mi inteligencia me asegurara una exhibición literaria superior a la media de los que se presentaban a estos concursos, la verdad es que no siempre se podía contar con la seguridad de que la plaza fuera para el mejor y más inteligente de los aspirantes. Los jóvenes clérigos bien dotados para tomar parte en estas pruebas han de presentarse más de una vez en el campo de batalla, al igual que los jóvenes caballeros en los antiguos torneos que no tenían más ambición que la de darse a conocer. El opositor que no lleva a estas justas literarias más que su inteligencia, a no ser que se muestre como un verdadero prodigio de sabiduría ante sus jueces y el público, se llevará viajando de uno a otro extremo del país y gastará la mitad de su vida en oposiciones sin obtener más que el acostumbrado certificado de haber dado completa satisfacción.
     De problemas como éstos habían estado libres hasta unos treinta o cuarenta años antes de la fecha a que me refiero, los aspirantes que pertenecían a los Colegios Mayores. Cualquier colegial estaba seguro de contar con la influencia y ayuda de los que como él habían llevado la beca, como se llama al atuendo distintivo de los Colegios, y la opinión pública los consideraba suficientemente cualificados para los mayores honores de la Iglesia y la Justicia. En las Cartas de Doblado encontrará usted la narración de cómo los Colegios Mayores de Castilla fueron privados de estos privilegios, y de cómo el de Sevilla conservó buena parte de su antiguo prestigio y dignidad ante la opinión pública. En los años a que me refiero, los Colegios de Castilla se vieron obligados a admitir a personas de las clases bajas y plebeyas, y el de Sevilla, que desde comienzo del siglo XVI había sido con respecto a la Universidad lo que los Fellows de los Colegios de Oxford son con respecto a los que admiten en sus libros como simples Members, fue desposeído de este privilegio. Pero como el Colegio pudo seguir eligiendo a sus colegiales de la misma manera que antes, no quedó alterada la alta estima que tenían ante la opinión pública, y también permaneció en todo su vigor una especie de masonería que obligaba a los antiguos colegiales a ayudar a los nuevos en sus oposiciones y a considerarlos como amigos de la familia y casi como parientes. La renta de una plaza de colegial era verdaderamente muy exigua, ya que no pasaba de cubrir los gastos de comida y alojamiento. Sin embargo, con respecto al futuro no eran nada despreciable las ventajas que llevaban consigo el haber sido colegial. Además suponía un gran incentivo para un joven, dada la importancia social a que de pronto se veía alzado en la ciudad.
     La elección de una plaza de colegial no se hacía mediante un concurso libre de candidatos, sino cuando el Colegio acordaba invitar a un joven estudiante universitario que ellos consideraban una buena adquisición. No fue mi amigo Arjona quien me consiguió el honor de esta invitación. Poco tiempo antes había conseguido una silla coral en la Capilla Real, a la que yo mismo iba a pertenecer más tarde, e incluso de la misma manera (es decir, por medio de unas oposiciones públicas) que yo la obtendría después de que él hubiera ganado una canonjía en Córdoba. Poco después de ser capellán real, el Arzobispo de Sevilla, que también era cardenal, lo llevó como capellán suyo en un viaje que tuvo que hacer a Roma. Fue precisamente durante la estancia de Arjona en Roma cuando le ofrecieron a mi padre la plaza de colegial para mí.
     Estoy seguro de que le divertirán a usted las viejas costumbres que se observaban con motivo de la admisión de un nuevo colegial, y por esta razón, aunque poco tienen que ver con el objeto principal de este esbozo biográfico, se las voy a referir.
     El primer paso es la Prueba Sumaria con respecto a la legitimidad, limpieza de sangre, nobleza y demás circunstancias del candidato. Tres testigos tomados de entre las familias más notables de la ciudad tienen que presentarse al Rector del Colegio y declarar bajo juramento lo que conocen con respecto a este punto. Los tres testigos y el Rector firman la declaración que se presenta después a la aprobación del Colegio y se guarda en el Archivo. Esto no es más que una medida de precaución para que no suceda que cuando el candidato se presente a los exámenes de la Facultad de Teología o Derecho (según sea la plaza de colegial vacante) y sea aprobado, la investigación pública de su genealogía que ha de hacerse, saque a la luz alguna antigua mancha casi olvidada y lo cubra de oprobio tanto a él como a su familia al no permitir la colación del grado. No estoy hablando de un caso imaginario. En el año 1800, cuando era Rector de mi Colegio y tenía a mi cuidado el Archivo, muchas veces me entretuve en repasar la voluminosa colección de documentos referentes a la limpieza de sangrey noble genealogía de mis compañeros colegiales. A pesar del extremo cuidado que se había puesto antes de la previa admisión de los candidatos a las pruebas genealógicas, me encontré con dos casos de personas rechazadas por impureza de sangre. Los candidatos en cuestión eran hombres de excelentes relaciones familiares, pero la prueba sumaria descubrió que uno de los antepasados había sido judío. Esto fue bastante para acabar con toda esperanza de ser admitido en la honorable sociedad del Colegio Mayor. Y de la misma manera hubiera sido excluido de la más humilde hermandad de mecánicos, con la única ventaja de que, al ser la investigación en este caso menos estricta que en el anterior, la imaginaria mancha seguramente hubiera pasado desapercibida. Es difícil saber cuántas desgracias reales e inmerecidas han producido en España las pruebas de limpieza de sangre. Una exclusión como la que acabo de referir es una de las mayores calamidades que puede afligir a cualquier familia.
     Tras la prueba sumaria seguía el examen con respecto a la ciencia del candidato. Después venía el largo y costoso proceso de la prueba de noble genealogía. Uno de los colegiales, designado por el Colegio como informante, tenía que ir al lugar o lugares de nacimiento de los padres y abuelos del candidato. Cuando uno o más de los antepasados había nacido fuera de España, como sucedió en mi caso, la investigación tenía lugar en Sevilla. Había que examinar bajo juramento a treinta testigos y sus respuestas a un largo interrogatorio impreso, que forma parte de los Estatutos, las escribía el informante de su propia mano. La menor sospecha de una sombra de mácula de sangre judía, mora o africana; de penitencia impuesta por la Inquisición a alguno de sus ascendientes por lejano que fuese; o que alguno de ellos hubiera sido criado o servidor, o hubiera ejercido lo que se llama un oficio bajo, o de haber sido castigado públicamente en la forma que la justicia reserva para los plebeyos; cualquier sospecha de esta clase se hubiera investigado concienzudamente, y de no ser demostrada satisfactoriamente su falsedad, hubiera producido la exclusión del candidato. En cierta ocasión tuve yo que actuar de informante, y jamás olvidaré los malos ratos que pasé mientras examinaba a los testigos. Había en verdad una ventaja tras haber pasado por este calvario de las pruebas, y es que cualquier colegial de mi Colegio era admitido sin más investigación en cuanto a limpieza de sangre en cualquier cabildo catedral o de iglesia colegiata.
     Una vez terminadas todas las pruebas y cuando ya se había fijado el día de la admisión del nuevo colegial, éste tenía que pasar por una absurda y ridícula prueba de paciencia, una verdadera insensatez que creo fue abolida poco después de mi salida del Colegio. Durante la semana anterior a su admisión, el candidato tenía que hacer un paseo diario de una hora por el patio principal del Colegio, acompañado por uno de los criados del Colegio y por su propio fámulo o paje. Este último era un estudiante pobre que aceptaba este humilde oficio a cambio de comida, alojamiento y los vestidos desechados de su señor, para poder estudiar una carrera universitaria: Teología, Derecho o Medicina. Durante estos paseos, que recibían el nombre de caravanas, el pobre aspirante tenía que soportar pacientemente las burlas de la chusma que nunca dejaba de asistir. Podían hacer con él lo que les viniera en gana con tal de no causarle daño físico, y el pobre hombre tenía que sufrirlo todo sin decir una palabra... Cualquier reacción a una broma pesada o cualquier tipo de queja lo condenaba irremediablemente a un chapuzón en la fuente que ocupaba el centro del patio. También asistían señoras a estas exhibiciones. En uno de los días de mi prueba se reunió un grupo bastante numeroso en las habitaciones del Rector, a donde me condujeron mis verdugos vestido de la manera más absurda: con una casaca que había formado parte de un espléndido vestido cortesano hacía tres generaciones, una peluca y un sombrero del mismo tiempo.      En la mañana del día señalado para la admisión, con la Sala Rectoral llena de los invitados a la ceremonia, el nuevo colegial era conducido hasta la puerta del salón por los servidores del Colegio, atado a una larga cuerda, de la que uno de los mozos de cocina hacía como si tirara con toda su fuerza. Una vez libre de esta ruidosa escolta, el elegido tenía que permanecer en pie vestido con sotana y manteo de bayeta negra (el traje de los estudiantes universitarios) mientras uno de los colegiales divertía a los reunidos a expensas del novato leyéndoles una composición llamada vejamen, parecida al viejo Terrae filius de Oxford. Después de esta última prueba de paciencia, el candidato hacía los juramentos prescritos ante el Rector, el cual, acto seguido, lo despojaba del vestido negro, que se echaba a los servidores, y lo investía con la toga del Colegio. A partir de este momento no había más que pruebas de respeto por parte de los criados del Colegio hacia su nuevo señor, y se olvidaban completamente las pasadas saturnales.
     Según los estatutos del Colegio, los colegiales tienen que ir siempre vestidos con sus togas, pero como en este caso han de ir de dos en dos, o por lo menos acompañados por uno de los criados, el traje colegial no se usa más que en las visitas formales o en otras ceremonias especiales. Por consiguiente, se considera que salvo en estas ocasiones, los colegiales van de incógnito. El hábito colegial es ciertamente muy incómodo, ya que consiste en una enorme toga enteriza de tela negra, cerrada por delante y con dos aberturas en los lados, y una pieza de tela azul (que es propiamente la beca) cuya forma y modo de llevarla encuentro difícil de describir. El trozo de tela es de un pie de ancho y unos ocho o nueve de largo. Se dobla por la mitad como formando un ángulo y, manteniendo la doblez delante del pecho, se echan las dos mitades sobre los hombros, de manera que bajan por la espalda hasta cerca de los talones. La parte que cuelga del hombro izquierdo se hace más ancha a unos dos pies de su extremo, y en ese lugar tiene un anillo circular de madera, de una pulgada de espeso, cubierto por la misma tela. No he sido capaz de descifrar la etimología de la palabra beca ni el origen de este extraño apéndice. Todo lo que puedo decir es que las insignias del Colegio Mayor son un guante blanco de cabritilla colocado en la doblez de la beca, y el anillo circular con su apéndice triangular, llamado campana.
     Vestido de esta manera y acompañado por uno de los colegiales más antiguos me presentaron a las autoridades de Sevilla y a muchas familias que suelen recibir visitas por la tarde. Se sobreentendía que una vez realizada la presentación, había que unirse a la interminable cháchara con que las mejores clases sociales de España emplean la mayor parte del tiempo. De esta manera, en vez de aumentar mis conocimientos por medio del estudio, abandoné mucho mis lecturas durante los tres o cuatro años que pasé en el Colegio. Por otro lado, también es una triste verdad que las mejores clases españolas están llenas de peligrosas trampas para un clérigo joven. Sólo un cínico libertino puede permanecer insensible a estos sufrimientos y pruebas. Yo doy gracias al cielo porque mi felicidad no gozaba de esta dudosa protección. Afortunadamente fui capaz de hacer un sincero y decidido esfuerzo para volver a la vida retirada de mi primera juventud, y de esta manera pude adquirir alguna paz del alma apartándome de los objetos que me la habían quitado. Ello me permitió recibir el Diaconado en un estado espiritual adecuado para la ocasión. Durante algún tiempo creí que me había vuelto a reconciliar con mi profesión clerical, pero este feliz engaño se disipó bien pronto. Volvió a renacer, sin embargo, cuando se acercó el momento de mi ordenación sacerdotal. Tenía un tremendo respeto por la dignidad del oficio sacerdotal y temblaba ante la idea de profanarlo. Guiado por estos sentimientos una vez más obligué a mi alma a ser fiel a su deber.


1800, 25 años
     Tal era la situación de mi familia y la mía propia cuando cerca del final del mes de mayo cogí unas tercianas que, mal tratadas por la ignorancia de los médicos, me debilitaron hasta el extremo de que apenas podía levantarme del lecho donde estaba postrado. En Inglaterra he podido saber la causa de esta enfermedad al tener oportunidad de conocer una serie de cosas por las que mis compatriotas no parecían mostrar el menor interés. Mi Colegio está muy cerca del Guadalquivir, que como discurre por un cauce parcialmente cegado en el transcurso de los años y está sometido a grandes riadas en la época lluviosa del invierno andaluz, amenaza casi todos los años con inundar a gran parte de la ciudad. Para evitar en lo posible esta calamidad hay que padecer otra menor pero semejante a la anterior. Cuando llegan las lluvias se tapan las numerosas alcantarillas que desaguan en el río con el fin de impedir la entrada de la crecida corriente de las aguas, contenidas por unas defensas de piedra de una altura de quince a veinte pies sobre la llanura de la ciudad. Pero, por otro lado, la lluvia, que cae con violencia casi tropical, se acumula de tal manera en la parte más baja de Sevilla, que hay que llevar alimentos a los vecinos de las calles inundadas por medio de lanchas.
     A consecuencia de la gran riada del invierno de 1799 a 1800 se nos inundaron completamente las habitaciones de la planta baja del Colegio. Sin haber tomado ninguna precaución en cuanto empezó el calor del verano me trasladé, según costumbre, a las habitaciones rectorales de la planta baja. Pero el calor había producido una infección de malaria, que fue la causa de las fiebres que me atacaron. A excepción de la servidumbre yo era el único residente en el Colegio. El médico me recetó los remedios usuales, que no consiguieron ninguna mejoría, ni de hecho podía tenerla mientras permaneciera en aquellas habitaciones infectas. Fue el médico la primera persona que me habló del horrible avance de la epidemia de fiebre amarilla que había comenzado en el barrio del otro lado del río y que empezaba a extenderse rápidamente por la ciudad. De haber permanecido en el Colegio estoy seguro que hubiera perecido sin remedio porque todos los criados del Colegio murieron, a excepción del viejo servidor de la portería.
     Me libró de este peligro la atención de uno de los Colegiales. Enterado de la situación de Sevilla vino a verme desde un pueblo bastante alejado de la ciudad, para urgirme a que dejara el Colegio y me fuera a Alcalá con mi familia. Si me hubiera dado tiempo para pensarlo probablemente me hubiera resistido pero se presentó de repente y trajo consigo una silla de posta que me estaba esperando en la puerta del Colegio. Por otro lado la enfermedad me había debilitado tanto que apenas tenía voluntad propia. Así que seguí el impulso que me dieron y a las pocas horas me encontraba con mi familia.
     En otro lugar he descrito minuciosamente los progresos de la epidemia en Sevilla tal como podía enterarme todos los días, ya que me encontraba sólo a unas cuantas millas de distancia de la ciudad. Los tristes sucesos que llegaban diariamente a mi conocimiento me impresionaron profundamente, deprimido además como estaba por la obstinada enfermedad que hacía presa en mi salud y ensombrecía más mis sentimientos religiosos. Esperando a cada momento que se presentara la fiebre amarilla en Alcalá (ya que siendo la proveedora de la mitad del pan que en aquella ciudad se consume, nunca interrumpió su comunicación con ella), y temiendo además el desenlace fatal de mi enfermedad, torpemente tratada por el médico rural que me atendía, perdí toda esperanza de sobrevivir y me resigné a una muerte prematura. Cuando tenía fuerzas para levantarme del lecho me iba a la iglesia de un convento que estaba cerca de nuestra casa. De acuerdo con la costumbre, el templo permanecía abierto durante todo el día, pero apenas se veía un alma en él de nueve a diez de la mañana. Sólo podían escucharse a las monjas cantando el oficio detrás de la doble reja que separaba el coro del cuerpo de la iglesia, y la monotonía de sus voces aumentaba la lúgubre solemnidad del lugar. Allí permanecía horas enteras sentado junto a una tumba intentando hacerme a la idea de la muerte. Pero aunque mi constitución nunca ha sido robusta, sin embargo creo que el principio de la vida me animaba tan vigorosamente que, a pesar de la ignorancia del médico y de las frecuentes sangrías a que me sometía, la fiebre me dejó al comienzo del otoño y en pocas semanas recobré todas mis fuerzas.
     Por aquel tiempo empezó a disminuir considerablemente el número de los que morían diariamente en Sevilla y para el mes de diciembre apenas se daban nuevos casos de infección entre los que no habían abandonado la ciudad. Pero cuando la gente empezó a atreverse a regresar del campo a la ciudad, se pudo comprobar que el cambio de aire de un lugar despejado y limpio al ambiente de la ciudad era frecuentemente fatal. El posible peligro no me impidió atreverme a ir al Colegio con el propósito de transmitir el cargo de Rector a mi sucesor en el primer día del año. De esta manera el 31 de diciembre regresé a Sevilla y dormí en el Colegio, donde solamente había otras dos personas. Difícilmente podría haberme encontrado escena más triste. Las calles de Sevilla estaban prácticamente desiertas y las pocas personas con que me tropecé mostraban en sus rostros las huellas de la calamidad pasada. Era imposible intercambiar alegres palabras de saludo con los pocos amigos y conocidos con quienes casualmente me encontré. Decidí pasar la noche en un salón vacío de los apartamentos rectorales de mi abandonado Colegio, donde apenas había entrado un ser humano en los últimos seis meses. Me prepararon una cama portátil y dispuse que uno de los criados durmiera en la antesala en otro catre. En vano intenté conciliar el sueño aquella noche. A la mañana siguiente el nuevo Rector, que no se había atrevido a pasar la noche en la ciudad, se presentó en el Colegio con el propósito de cumplir con lo mandado en los Estatutos. Como testigo del traspaso de poderes sólo pudimos conseguir la presencia de un antiguo colegial. El nuevo Rector le tenía tanto miedo a la epidemia que permaneció en Sevilla solamente el tiempo necesario para la ceremonia y me dejó al cuidado del Colegio. En el curso de la semana siguiente perdí toda aprensión de la epidemia. Los fríos de la estación invernal acabaron con los últimos restos de la enfermedad y la ciudad empezó a recobrar lentamente su aspecto de siempre.
     Al comienzo de la primavera siguiente se hizo público el anuncio de una canonjía vacante en la catedral de Cádiz, que había de proveerse por medio de una competición pública que en España recibe el nombre de concurso, aunque se usa con más frecuencia el de oposiciones, en alusión a los argumentos que los competidores oponen unos a otros. En realidad el nombre completo de estos ejercicios es concurso de oposiciones.
     Mis amigos me aconsejaron que me presentara a estas justas literarias y con mucho gusto les hice caso inscribiendo mi nombre en la lista de opositores. Por tanto tenía que volver a Cádiz con unas disposiciones muy distintas de las que había hecho de esta ciudad el lugar de mis diversiones y escarceos juveniles. Tenía que ir armado contra los encantos de una ciudad disipada y, como habría de hospedarme sin remedio en casa de un pariente mío, con quien había pasado muchas horas alegres, sabía muy bien que mis sentimientos piadosos iban a pasar por una severa prueba. Pero pocas veces me ha faltado resolución para cumplir con lo que he creído mi deber, y mis errores de conducta han procedido generalmente de errores de juicio.
     Al llegar a Cádiz y reunirme con mis viejos amigos proclamé resueltamente los principios religiosos que había convertido en norma de vida y, para hacer justicia a aquellas buenas personas, he de confesar que, salvo algunas bromas de la mejor intención, no me molestaron en absoluto.
     Para los que viven en cualquier ciudad española que tenga catedral, las pruebas y ejercicios públicos con que se provee una alta prebenda eclesiástica son un verdadero espectáculo. Puesto que he tomado parte en ellos más de una vez, me parece oportuno contar en qué consisten estos actos tan estrechamente relacionados con los momentos más importantes de mi vida.
     Estos concursos públicos se anuncian en toda la nación por medio de carteles colocados a las puertas de todas las catedrales, colegiatas y colegios mayores. Para tomar parte en ellos hay que estar en posesión del grado de Licenciado - es decir, haber pasado el examen previo al grado de Doctor - o bien del Doctorado en Teología o Derecho Canónico, según se oposite a una silla coral teológica o canónica. Los opositores se presentan al cabildo catedral en cuestión y son agrupados en lo que en español llamamos trincas, o grupos de tres personas que han de mostrar su pericia contendiendo entre sí. Los que forman las trincas reciben el apropiado nombre de contrincantes con respecto a sus compañeros.
     A las diez de la mañana del día señalado para el comienzo de las oposiciones, el candidato de graduación universitaria más antigua se presenta en la Sala Capitular y allí, en presencia del Deán y del Secretario del Cabildo, introduce un cuchillo de plata en tres lugares distintos de un libro cerrado, que en las oposiciones teológicas suele ser el del Maestro de las Sentencias, Pedro Lombardo, aunque en algunas ocasiones se utiliza también la Sagrada Escritura. Se toman por escrito los lugares así señalados, de los cuales el candidato escoge uno como tema de su disertación. De vuelta a casa escribe en latín varias proposiciones o tesis sobre la suerte o punto escogido, que envía al Cabildo anunciando de esta manera su propósito de defenderlas en público a la mañana siguiente. Las tesis se ponen seguidamente en conocimiento de sus contrincantes y se mandan imprimir sin más demora.
     Como el opositor tiene que disertar en latín y de memoria durante una hora seguida, las veinticuatro que median son de duro e intenso trabajo. El mayor inconveniente es la costumbre que prohibe usar notas escritas porque en caso contrario cualquier persona de inteligencia media sería capaz de desarrollar su disertación sin grandes dificultades. En efecto, no hay más que recordar el plan de trabajo que han seguido los candidatos durante los cinco años de sus estudios de Teología. Durante ellos ha tenido que asistir a dos clases diarias desarrolladas en latín y también han usado textos escritos en esta lengua. En clase los profesores le han preguntado sin previo aviso para que expongan públicamente un resumen de la lección señalada para el día y con frecuencia ha tenido que contradecir o defender, según el caso, las doctrinas del texto con silogismos latinos. Quien después de haber sido probado por tan prolongada disciplina no sea capaz de expresarse con cierta fluencia en la lengua de sus libros de teología mostrará una reconocida torpeza o una pereza incurable.
     En todo caso la costumbre manda que en estos ejercicios públicos se prepare por escrito una elegante y bien ordenada disertación, que el opositor se aprende de memoria en las veinticuatro horas que anteceden a su presentación. Para esta parte del trabajo cuenta con la ayuda de un amanuense que lo espera en casa cuando viene de sacar las suertes en el Cabildo. Puede caber la sospecha de que el amanuense en cuestión sea algo más que un simple secretario, es decir, una persona capaz de prestar eficaz ayuda al opositor e incluso de escribirle la disertación entera, pero de todas formas quien sea capaz de aprenderse de memoria en tan reducido espacio de tiempo una lección compuesta por otro y de defenderla respondiendo a los argumentos de sus contrincantes, ha de ser persona versada en la materia. Además el engaño no tardaría en descubrirse. No me atreveré a asegurar que no se hagan trampas como éstas en las oposiciones, pero sólo son capaces de ello los que se presentan en público con el único propósito de aparentar, y de hecho alguna que otra vez sucede que un zopenco redomado se deja vencer por la tentación de añadir a sus testimoniales el título de opositor a una canonjía sin que por esto aumenten en lo más mínimo sus posibilidades de conseguirla, que seguirán siendo las mismas que si no se hubiera presentado. Más aún, si vuelve a caer en la tentación lo más probable es que se convierta en el hazmerreír del público asistente que de esta manera encuentra de vez en cuando un buen día de diversión a costa de algún confiado mastuerzo.
     Pasadas las veinticuatro horas, en las que el opositor sólo ha descansado levemente durante tres o cuatro, éste vuelve a presentarse ante el cabildo en pleno, esta vez reunido en la catedral. A tal efecto, en la nave central de la iglesia se ha formado una especie de anfiteatro de forma elíptica, cerrado por bancos, en uno de cuyos extremos se encuentra la mesa del presidente con una campanilla de plata, y en el otro un púlpito muy parecido al de los Colegios de Oxford. El lugar cerrado por los bancos no está destinado al público, pero en Cádiz la galantería de los canónigos lo ha reservado para las señoras que, a pesar de que los ejercicios se desarrollan en latín, asisten en muy buen número.
     Una vez en el púlpito el opositor de turno y colocados a los pies de aquél sus contrincantes, da comienzo la disertación hasta que la campanilla del presidente anuncia que han expirado los sesenta minutos. Tras breve pausa vuelve a sonar la campanilla para que el primer oponente se presente en medio del anfiteatro. Un tercer golpe de campanilla señala el comienzo de la media hora que ha de emplear en presentar sus objeciones a las tesis defendidas, lo que hace de la manera siguiente: en primer lugar repite palabra por palabra la proposición que va a objetar y a continuación le opone un primer silogismo. El disertante le contesta repitiendo a su vez el silogismo dos veces, la primera para reflexionar sobre sus términos y la segunda para conceder, negar o distinguir su contenido, según convenga, de manera que el proceso argumentativo produce un sorprendente efecto de exactitud y celeridad. Toda proposición negada ha de ser probada por su presentador usando un nuevo silogismo, y así sucesivamente hasta que expira la media hora. Si durante el curso de los argumentos se estima necesario dar alguna explicación complementaria se usa la lengua vulgar, pero de todas formas desmerece una intervención en este sentido que rompa materialmente la cadena de silogismos.
     Cuando todos los opositores han tenido la oportunidad de cumplir su turno como disertantes y argumentantes, empieza la segunda serie de pruebas que consiste en la predicación de un sermón en lengua vulgar, también durante el espacio de una hora, con las correspondientes veinticuatro para su preparación. En los países católicos no hay la costumbre de usar notas escritas durante la predicación y esta misma norma se sigue en el sermón de las oposiciones. Se sacan puntos de forma semejante a la prueba anterior con la única diferencia que el libro usado en esta ocasión es el Evangeliario, es decir, la colección de epístolas y evangelios que se leen a lo largo del año litúrgico.
     No hablaría de mis oposiciones en Cádiz de no ser por una circunstancia que me puso increíblemente nervioso el día en que había de hacer la primera prueba. Había dictado la disertación a mi amanuense sin ninguna dificultad, pero cuando llegó el momento de aprendérmela de memoria me encontré con que mi capacidad de retención estaba completamente perturbada, bien a causa de mi reciente enfermedad, bien por falta de práctica durante algún tiempo. Mi estado de ánimo vino lógicamente a agravar el mal y una hora antes de mi presentación en la catedral no era capaz de repetir ni siquiera el primer párrafo de mi ejercicio. Retirarme de la prueba en aquel momento significaría el mayor descrédito para mi formación y la ruina de mi futuro, y, por otro lado, tener que callarme una vez en el púlpito sería un golpe capaz de hacerme perder la razón.
     Mis parientes y amigos, a quienes no podía ocultar mi estado de ánimo, se mostraban preocupados pero me exhortaban a que tuviera confianza en mi anterior preparación en la materia y en el estímulo que las circunstancias del caso darían a mi espíritu. Por mi parte, y a pesar de todo, estaba dispuesto a no retirarme y la única posibilidad que veía de salir airoso de la prueba era renunciar por completo a la idea de repetir de memoria el texto preparado y dedicarme a improvisar. Mientras esperaba en la sacristía el momento de salir me temblaban las rodillas y el cuerpo entero, extenuado por el trabajo y la mala noche pasada, parecía a punto de desplomarme. Sin embargo el miedo desapareció al empezar a caminar entre la gente en dirección al púlpito. El Deán dio la señal convenida y comencé mi exposición, no exento por completo de temor, pero antes de que hubieran pasado los primeros cinco minutos me había recuperado totalmente y tenía presente con toda claridad y orden la materia de mi discurso. Verdad es que no era capaz de usar las palabras y frases que había escrito, pero conforme me daba cuenta de la facilidad con que encontraba otras nuevas, mi miedo se trocó en confianza. En cuanto a responder a los argumentos que siguieron, la costumbre me había dado la suficiente destreza como para estar seguro de vencer limpiamente a mis oponentes y en realidad creo que salí bastante bien parado aquel día.
     El sermón no me dio mucho trabajo y me bastó con escribir un esquema de las ideas que habría de desarrollar desde el púlpito. Con respecto al resultado de las oposiciones, como el cabildo había hecho ya su elección antes de convocarlas, según sabía muy bien el candidato triunfador, me recompensaron con la usual gratificación del nombramiento de examinador sinodal de la diócesis y sobre todo con la satisfacción personal de haberme dado a conocer públicamente como aspirante bien calificado para ocupar un puesto distinguido en la Iglesia por medio de estos certámenes literarios.


1802, 27 años
Después de esto podía muy bien considerarme a la edad de veintisiete años no sólo en posesión de los medios que me facilitaban una honorable y generosa subsistencia, sino también en vías de alcanzar puestos más altos por los mismos caminos independientes y honestos que me habían procurado el que entonces disfrutaba. Ciertamente, mi subsiguiente promoción a más elevadas dignidades eclesiásticas hubiera venido por el normal curso de los sucesos de no ser por un profundo cambio espiritual que me hizo concebir una irresistible aversión a la profesión clerical, sin tener la capacidad de encubrir mi estado de ánimo.
     En mis libros sobre el catolicismo está fielmente descrita la historia de mi cambio de una sincera fe católica a la total incredulidad. No me siento con ánimo de volver a repetir la narración en este lugar, y mucho menos de acusarme de ningún horrendo pecado. Mi abandono del cristianismo no fue más que el resultado inevitable de haber examinado libremente la forma espuria pero admirablemente construida en que me lo habían enseñado. No abandoné el cristianismo para vivir sin frenos morales y nadie puede achacar mi cambio a inclinaciones viciosas o prácticas inmorales. Mi conducta siguió siendo correcta cuando, a pesar de mis sinceros esfuerzos por resistirme a convencerme, el convencimiento se hizo irresistible. Sé ahora que estaba equivocado al rechazar el cristianismo como impostura, pero en mis circunstancias de entonces no veo cómo me era posible separar el verdadero cristianismo del conjunto de errores y engaños que lo ocultaban a mis ojos. Después de un cuarto de siglo de atento y perseverante estudio he sido capaz de separar el error de la verdad en lo que llamamos cristianismo, pero esto lo he conseguido sólo unos cuantos meses antes del momento actual en que estoy copiando mi manuscrito original. ¡Y qué inmensa montaña de engaños, supersticiones y prejuicios he tenido que remover! ¿Cómo pues hubiera sido capaz en España de hacer tan delicado y laborioso examen, especialmente cuando me habían hecho creer firmemente a lo largo de mis estudios de que o la fe católico-romana era la auténtica revelación de los cielos de la Verdad sobrenatural, o el mismo cristianismo era una falsedad? Pero sigamos adelante.
     Al ser nombrado Capellán Real me fui a vivir con mis padres, lo que los llenó de alegría y a mí me libró del inconveniente de poner casa. Mi hermana menor seguía viviendo con nosotros y era para mí una deliciosa compañera. Pero por aquellos años la salud de mi hermana mayor, que llevaba ya varios años de monja profesa, había estado declinando rápidamente como consecuencia evidente de la vida sedentaria y enclaustrada a que la obligaban sus votos. Sin embargo, es para mí un consuelo que jamás se quejó. La pude ver en su lecho de muerte tres días antes de que expirara, y el recuerdo de este último encuentro todavía hace acudir lágrimas a mis ojos. Ella se mostró tranquila y alegre, pero no porque estuviera dominada por el entusiasmo religioso. Se daba cuenta de que la muerte se acercaba, pero no la temía. Ninguna duda la atormentaba, pero tampoco se sentía enfervecida por raptos místicos. Me despedí de ella ahogado por sentimientos que a duras penas podía contener, y en sus bellos ojos apareció una lágrima cuando me dirigió su última sonrisa.
     La única hermana que me quedaba estaba condenada a más severas pruebas a consecuencia de su temperamento. Bajo un aspecto exterior tranquilo se ocultaban los sentimientos religiosos más encendidos. Aunque había salido del convento, su celo religioso no había disminuido en nada. Sin embargo, hasta entonces no había mostrado ninguna mórbida preocupación por la religión, aunque por este mismo tiempo su salud empezó a resentirse, dando muestras evidentes de ataques histéricos, y parecía como si se estuviera marchitando lentamente. Los progresos de estos síntomas eran, sin embargo, suficientemente lentos como para que nuestro pequeño círculo familiar siguiera siendo tolerablemente feliz durante algún tiempo.
     ¿Quién hubiera podido pensar que en estas circunstancias y justamente cuando yo estaba más seria y concienzudamente dedicado a los deberes de mi profesión, una tempestad moral e intelectual iba a descargar sobre mi espíritu e iba a barrer todas las ideas religiosas que tan hábilmente me habían inculcado durante tantos años, tormenta, además, que iba a hacerme odiosa la misma idea de recibir más honores y emolumentos de la Iglesia, y a no poder soportar la permanencia en mi país? Sin embargo, esto es lo que sucedió, a pesar de mis esfuerzos por resistir.
     El momento decisivo llegó cuando, después de admitir deliberadamente que la Iglesia había errado, saqué la necesaria conclusión a que tiene que llegar cualquier católico sincero en semejantes circunstancias: el cristianismo era una falsedad. Repito que esta conclusión no era propiamente mía, sino que la sacaba de la preparación cuidadosa que la misma Iglesia me había dado.
     Cuando me recobré del miedo que este cambio violento produjo en mi espíritu, mis pensamientos se volvieron hacia las difíciles circunstancias de mi situación. ¿Cómo iba a actuar en adelante? Aunque lo hubiera querido, la Naturaleza me había incapacitado para vivir hipócritamente. Pero dejar mi profesión era imposible: las leyes de mi país lo prohiben e interpretan el abandono voluntario del oficio sacerdotal como prueba evidente de herejía, que está condenada con la pena de muerte. A no ser que me fuera del país no tenía más remedio que seguir actuando como sacerdote. Pero ¿cómo iba a dejar mi patria sin asestar a mis padres un golpe mortal? ¿Había algo capaz de justificar una medida que produciría tan terribles consecuencias?
     Abrumado por estas irreconciliables alternativas, mi mente y mi corazón recurrieron a la idea de que los hombres más notables del paganismo debieron haberse encontrado en circunstancias parecidas. Así que me dije a mí mismo: Si ellos se conformaron externamente con los ritos religiosos de sus países y adoraron al verdadero Dios en su corazón, ¿por qué no puedo hacer yo lo mismo?. No me ofreceré para puestos de importancia en la Iglesia ni simularé celo proselitista; procuraré mostrarme digno de la confianza que depositen en mí como confesor y animaré siempre a los demás a que cumplan con sus deberes morales; a los que estén en dificultades los consolaré y aconsejaré de la mejor forma que pueda.
     Estas fueron mis resoluciones y creo que las cumplí con aquellos que confiaron en mi ministerio sacerdotal. A este respecto debo añadir que nunca abusé de los privilegios de mi posición en la Iglesia para ningún fin inmoral. Pero, a pesar de estos buenos propósitos, bien pronto iba a desvanecerse la teoría sobre la que había basado mis esperanzas de vivir una religión filosófica.
     Mis relaciones sociales se habían ampliado poco tiempo antes del período que he referido anteriormente con motivo del sermón que prediqué en la Capilla Real en un día de especial celebración en Sevilla. La Brigada de Carabineros Reales, que es un distinguido cuerpo de caballería, estaba acuartelada en la ciudad y tenía como patrono a San Fernando, cuyo cuerpo, verdadero o supuesto, se venera en la Capilla Real de su nombre. Con motivo de la fiesta de San Fernando los Carabineros pidieron permiso para celebrar una misa solemne en el altar donde se guarda el cuerpo del santo. El permiso les fue concedido sin dificultad y los oficiales me invitaron a predicar el sermón. Como para aquel entonces estaba ya asediado por mis dudas contra el cristianismo, intenté confirmar mi vacilante fe predicando un sermón contra el escepticismo religioso. Pero poco bueno podía esperarse del discurso que mis estudios me permitían escribir: la mayor parte de la apologética que había leído era oratoria o sentimental, como por ejemplo el Genie du Christianisme, y mis modelos de elocuencia eran Bossuet, Massillon, Bourdaloue y Flechier, que en verdad son escritores admirables, de los que por lo menos he aprendido los artificios de la oratoria. Mi objetivo no era la instrucción de mis oyentes, pues hubiera resultado ofensivo, sino que les ofrecí un discurso al estilo de las Oraisons Funébres. El sermón fue muy aplaudido y la Brigada lo mandó imprimir para su propio uso, como es la manera establecida de darle las gracias al predicador.
     Después de la fiesta algunos oficiales de la Brigada buscaron mi amistad, especialmente uno que estaba casado con una joven muy amable y agraciada, y cuyas dependencias en el cuartel eran muy frecuentadas por la mejor sociedad sevillana. Allí me hice amigo de un sacerdote del alto clero, hombre muy culto y completamente incrédulo en secreto. Él me presentó a otro dignatario eclesiástico, mucho mayor que nosotros dos, que durante varios años había desempeñado un cargo de gran importancia en la diócesis pero que entonces vivía retirado. Poco tiempo después descubrí que también era violentamente anticristiano. Nunca hubiera llegado a conocer las verdaderas ideas de mis nuevos amigos de no ser porque el cambio que se estaba obrando en mi espíritu les mostró que podían confiarme sus secretos. Era evidente que ninguno de los dos pertenecían al bando fanático porque de no ser así no me hubiera atrevido a revelar mi estado interior en su presencia. Pero a medida que exponía mis ideas me animaban a seguir hablando. Recuerdo muy bien la ocasión en que descubrí mis nuevas opiniones al mayor de los dos sacerdotes en presencia del más joven. El viejo dignatario, cuyas formas eran habitualmente sosegadas y dignas, prorrumpió en una respuesta tan apasionada que me dejó atónito. Dijo palabras muy duras contra el Evangelio y acusó a la religión cristiana de toda la sangre derramada en las persecuciones religiosas, de todos los vicios del clero, de la degradación de muchas naciones y especialmente de la nuestra. Concluyó diciéndome que, como no había hecho más que empezar a levantarme de un abismo de prejuicios y supersticiones, no sería capaz de tener una idea adecuada de la realidad hasta que no conociera bien la historia del pasado y estuviera al tanto de otras informaciones que hasta entonces habían estado fuera de mi alcance. Inmediatamente puso a mi disposición su biblioteca secreta, y lo mismo hizo el más joven que poseía una gran colección de libros franceses prohibidos.
     Me dediqué incansablemente a este tipo de lecturas. El peligro de caer en manos de la Inquisición sólo hacía más sabrosas las aguas prohibidas de las que estaba bebiendo con tantas ansias. En cierta ocasión tuvimos suficiente fundamento para sospechar que el Santo Tribunal iba a organizar una batida y, como no podíamos confiar los libros a los criados, nosotros mismos tuvimos que transportar una buena colección de ellos desde la casa de mi amigo a la mía, yendo y viniendo varias veces el mismo día llevando ocultas bajo los amplios pliegues de nuestros manteos las obras que de ser descubiertas nos hubieran expuesto a graves peligros. Entre los libros que ocultamos estaba Le Systéme de la Nature, obra decididamente atea. Nombro este libro en particular porque mi amigo, a pesar del peligro que sabía que corría con él, lo tenía en tal estima que al cambiar de residencia de otra ciudad andaluza a Sevilla, se llevó los dos volúmenes de la obra ocultos bajo la sotana, con la cual viajó por este único motivo, ya que sólo lo hacen así los miembros más fanáticos del clero. En ninguno de mis libros sobre el catolicismo he mencionado la influencia que ejercieron sobre mí estos amigos porque hubiera puesto en peligro al que todavía vive. Pero cuando lleguen a publicarse estas memorias estoy seguro que, aunque siga viviendo, no le causará ni a él ni a ningún otro de aquellos buenos amigos la menor inconveniencia.
     Se puede determinar que en este período de mi vida se fraguó todo lo que los subsiguientes acontecimientos no hicieron más que desarrollar. Ciertamente puedo decir que fijó para siempre mi suerte en la vida. Si yo hubiera sido capaz de vivir como otros muchos sacerdotes aprovechándome lo mejor posible de las circunstancias y disfrutando de mis opiniones, pagando sólo la pequeña tasa de la conformidad externa y una aparente compostura de formas, nada me hubiera hecho irreconciliable con mi profesión. Pero siempre me han sido intolerables el disfraz y el disimulo precisamente en estos asuntos. Si me hubieran confiado todos los secretos de la creación pero a condición de no comunicárselos a nadie y dejar en su ignorancia y prejuicios a mis semejantes, no creo que mi corazón hubiera podido resistir este insoportable peso. Y aun este mismo sufrimiento hubiera sido una insignificancia en comparación con los que estaba condenado a padecer cuando arrastrado por un triste afecto tuve que amar a escondidas y disimular sentimientos que, siendo en sí completamente inocentes, una execrable superstición los había envenenado y degradado. Sufriendo miserablemente de esta manera no había nada en el mundo que me sirviera de compensación. Es verdad que estaba libre de temores religiosos, pero esto no alteraba mi ideas morales: nunca intenté suprimir los límites de lo bueno y lo malo y prácticamente seguí manteniendo los principios morales del cristianismo. Aunque no contaba con la ayuda del miedo a la condenación eterna, la acusación de mi propia conciencia era bastante para hacerme sufrir cuando lo merecía. Pero de todas formas mis circunstancias personales y la situación de la sociedad española no podían menos de llevarme por caminos que conducían al remordimiento. Esta lucha constante, que es difícil contar, me ocasionó el primer ataque de una enfermedad que después volvería a reaparecer en Inglaterra en unos momentos en que me agobiaba otro tipo de problemas, y que me ha debilitado y hecho sufrir durante largos años. Constantes náuseas unidas a una inapetencia total me privaron durante muchas semanas de mi afición a la lectura. Pero es difícil subyugar el vigor de la juventud. La clara conciencia del peligro en que estaba y la certeza que tenía de no poder acabar con los sufrimientos de mi inteligencia y mi corazón me urgían a tomar la resolución de irme de mi ciudad natal, al menos durante algún tiempo, y tratar de fijar mi residencia por cualquier medio en la capital de España.
Una vez tomada esta resolución no demoré mi viaje. Ya en Madrid fui a ver a dos antiguos colegiales que eran abogados y, de acuerdo con lo establecido, cortejaban a los ministros, especialmente al Príncipe de la Paz, que tenía en sus manos todo el poder del gobierno y el patronato real. Mis dos amigos pretendían ser nombrados magistrados de los tribunales provinciales de justicia, que llamamos Audiencias. Yo también podía haberme dedicado a buscar un puesto más importante en la Iglesia, pero este pensamiento no pasó por mi cabeza: todo lo que quería era estar lejos de Sevilla y gozar de las ventajas que la capital de la nación ofrecía a un hombre en mis circunstancias especiales.
     Pero había una curiosa dificultad para poder residir en Madrid, que ya he contado en las Cartas de España. La policía había dado una orden prohibiendo a los forasteros vivir en la ciudad a no ser que consiguieran permiso escrito del Ministerio de la Gobernación. Con esta disposición hubiera sucedido lo mismo que con todas las que dicta el gobierno español, que se hubiera observado estrictamente durante varias semanas para ser relegadas pronto al olvido. Pero un hambriento policía podía causar a cualquier persona un sinfín de molestias e inconvenientes con objeto de sacarle algún dinero. Por esta razón una de mis primeras preocupaciones al llegar a Madrid fue la de ponerme a salvo de estas vejaciones. Mis amigos me aconsejaron que me ausentara de la capital durante algunos días y enviara una solicitud al Ministerio alegando la realidad de mi caso: el mal estado de salud que había padecido últimamente en Sevilla.
     Como tenía muchos deseos de visitar Salamanca, pensé que no podía escoger mejor lugar para escribir mi petición, con excepción, claro está, del mismo Madrid. Los amigos escritores que me habían presentado en Madrid habían estudiado en la Universidad de Salamanca y me dieron cartas de presentación para sus amigos de aquella ciudad. Tenía una dirigida a Meléndez, cuya fama poética era tan grande como pequeña era su influencia en la Corte. Meléndez había llegado a ser nombrado Magistrado del Tribunal Supremo de Madrid principalmente a causa de la universal admiración que le habían granjeado sus composiciones poéticas. Pero él era en verdad hombre de amplios y variados saberes y capaz de desempeñar dignamente este alto cargo. El Príncipe de la Paz al comienzo de su favor ilimitado le había procurado no solamente este puesto, sino el mismo favor de la reina. Pero en el tiempo a que me refiero Meléndez había caído en desgracia y había sido desterrado a Salamanca, su ciudad natal. Lo encontré tal como me habían dicho, un hombre muy amable y afectuoso, de gran cultura y extraordinario buen gusto. Era el único español que he conocido que, habiendo dejado de creer en el catolicismo, no se había vuelto ateo, sino que era un devoto deísta. Creo sin embargo que la sombra de libertad de conciencia que ha existido en España a partir de la guerra de la Independencia ha cambiado el estado de las cosas, y que probablemente el ateísmo sistemático es ahora menos general. Me parece que Meléndez era una persona naturalmente religiosa o, para usar los términos de los frenólogos, tenía un poderoso «órgano de Veneración".
     Meléndez me presentó a [don Antonio] Tavira, entonces obispo de Salamanca. Este hombre inteligente y honrado había sido sospechoso de jansenismo tiempo atrás a causa de sus ideas reformistas. En particular le resultaba intolerable la burda superstición del país. De no ser por su elocuencia en el púlpito no hubiera sido elevado a ninguna dignidad eclesiástica, pero la fama de sus sermones le consiguió el nombramiento de prelado doméstico del rey [Carlos III]. Relacionado de esta forma con la fuente de toda promoción en el país, poco tiempo después fue nombrado obispo de las Islas Canarias. No deja de ser sorprendente que un hombre de su buen gusto y cultura aceptara el obispado de aquella parte semibárbara de los dominios españoles. Probablemente si no declinó el nombramiento fue por su deseo de intentar mejorar la situación moral y cultural de las islas. Pero el poder de los frailes estaba fuertemente afincado entre los canarios, y me va a perdonar usted una nueva digresión para contarle una de las dificultades con que se encontró Tavira.
     En la catedral de Las Palmas se veneraba una imagen de la Virgen María de forma tan escandalosamente idolátrica que el obispo se vio obligado a intervenir. Desgraciadamente sus esfuerzos sólo pudieron conseguir una levísima modificación en unas prácticas tan absurdas que no permitían ni una reforma parcial. Como consecuencia lógica de la creencia católica en la presencia real de Cristo en la hostia consagrada, la Iglesia ha dispuesto que cuando se expone el sacramento a la veneración pública tiene una preferencia absoluta sobre cualquier otro objeto de culto. Sin embargo en Las Palmas toda la devoción popular se centraba en aquella imagen de la Virgen María. En vano intentó el obispo persuadir al clero que la Virgen no estaba allí verdaderamente presente, que lo que tenían ante sus ojos era una imagen de madera, mientras que, por el contrario, tenían que creer que Cristo estaba tan realmente presente en el sacramento como cuando vivía en la tierra. Pero estas distinciones eran demasiado sutiles para que las entendieran los canarios, tanto clérigos como seglares. Aquella imagen, que el obispo había llamado tan irreverentemente un pedazo de madera, era la Virgen, la Virgen era la Madre de Dios, y una madre tiene que ser honrada antes que su hijo. Este razonamiento les parecía evidente. El obispo, sin embargo, alegando la autoridad de la Iglesia, ordenó que cuando el sacerdote en la celebración de la misa ofreciera incienso en el altar, dirigiera el incensario en primer lugar a la hostia consagrada, y después a la Virgen. A pesar de ello, en la primera ocasión en que el obispo fue a la catedral para asistir a una misa solemne con exposición del sacramento, el sacerdote oficiante tomó el incensario en sus manos y deliberadamente dirigió la nube de humo a la Virgen en primer lugar, levantando al propio tiempo la voz para decir de la forma más soez e insolente: Que te la quite el obispo. Tal conmoción se produjo en el pueblo que el obispo vio su vida en peligro. Se hizo necesario su traslado a otra sede y así es como llegó a Salamanca. Las rentas de esta diócesis son escasas y aunque la ciudad puede ser considerada como el Oxford español, no tiene nada que la convierta en lugar agradable para vivir. En la época a que me refiero la población no era numerosa ni rica, pero en cambio había una enormidad de frailes.
     Antes de la reforma de los grandes Colegios Mayores de Castilla los hijos jóvenes de las familias de las provincias norteñas disfrutaban en exclusiva de las plazas de aquéllos y gastaban sustanciosas cantidades de dinero, la mayor parte de mala manera porque en los Colegios abundaban los juegos de azar. Pero desde que se abrieron a las clases bajas los Colegios cayeron en el mayor desprestigio y oscuridad al faltarles el rango social y el ambiente cultural que los había distinguido anteriormente.
     El obispo Tavira, que residía en uno de ellos, parecía como si se hubiera retirado del mundo. Meléndez me dijo que hasta hacía un par de años el obispo había patrocinado unas selectas reuniones nocturnas con un pequeño grupo de seis u ocho personas, unas dos veces por semana. Pero tanto el gobierno como la Inquisición mostraron sus habituales recelos por este tipo de comunicación entre hombres distinguidos por su talento y relaciones sociales, por lo que el obispo se vio en la necesidad de poner fin a las reuniones y vivir en soledad. Su mesa era, sin embargo, muy distinta de las de los obispos españoles y sus huéspedes no se veían forzados por las reglas de la etiqueta. Tavira tampoco tenía a su servicio jóvenes de buenas familias, como era la costumbre de otros obispos. En una palabra, su casa era más europea de lo que se pudiera esperar de los Pirineos para abajo.
     Con la aprobación de mi cabildo conseguí licencia real para residir en Madrid durante un año. Lamento profundamente el modo con que malgasté mi tiempo en la capital de España. Sin embargo, en ningún otro período de mi vida vi más claramente la protección de Dios sobre mí. Si pudiera hablar con libertad sobre este punto sin causar daño a quienes menos se lo merecen, aparecería claramente que el mundo, y mucho menos el país contra cuyas bárbaras leyes con respecto a la religión apelo ante el tribunal de los cielos, no tienen ningún fundamento para condenarme. En un momento en que estuve a punto de dejarme arrastrar a una vida de disipación y deshonestidad a causa de estas leyes, mi encuentro con un caso de desamparo y pobreza total en medio de una larga y grave enfermedad, me llevó inmediatamente a una actitud altruista, superior incluso a mis medios de fortuna. De esta manera, mis relaciones se limitaron exclusivamente a aquella mujer que por mi medio había podido escapar de una muerte inminente. Doy gracias a Dios de todo corazón por haber cumplido fielmente todo lo que el más estricto sentido del deber puede reclamar con respecto a estas relaciones. Mi gratitud es todavía mayor al ver que mi fidelidad ha sido después recompensada en el más alto grado.
     Mientras disfrutaba de mi liberación de los inútiles y para mí odiosos deberes de mi cargo clerical, se abrió en Madrid un establecimiento que vino a ser el mejor medio de prolongar mi ausencia de Sevilla. El Príncipe de la Paz, aunque no era personalmente hombre de letras, se mostró siempre dispuesto a favorecerlas, y si la situación del país hubiera permitido mejorarlo en este aspecto particular sin una reforma general de su sistema moral y político, ciertamente lo hubiera conseguido. Es verdad que las mejores medidas de este orden se veían siempre estropeadas por los propósitos egoístas de personas que gozaban del favor del Príncipe o de la Reina, pero a veces sus resultados fueron evidentemente beneficiosos. El establecimiento de una escuela de educación primaria de acuerdo con el sistema de Pestalozzi fue un buen proyecto que de no ser por la invasión francesa hubiera beneficiado mucho al país.
     En el Ministerio de Guerra español había un funcionario llamado Amorós, hombre de gran perspicacia e inquietud intelectual. Los deberes de su cargo le dieron la oportunidad de darse a conocer al Príncipe de la Paz. Por aquel tiempo la fama de Pestalozzi se había extendido por toda Europa, como bien merecían sus talentos y más que éstos su espíritu altruista. El plan de instrucción que había ideado para beneficio de los hijos de los campesinos se adaptaba tan perfectamente a la educación general elemental que se aplicó también a la educación de las clases altas en Alemania y Francia. Pero como tantas veces sucede, muchos advenedizos que se habían acercado a la escuela de Iverdún para hacerse de un nombre, estropearon el proyecto original con sus propias explicaciones. Sin embargo, a pesar de estos parásitos, las evidentes ventajas obtenidas por los alumnos directos de Pestalozzi mostraron la utilidad del método de forma evidente. Amorós se aprovechó de esta circunstancia para su medro personal, pero no sin buscar al propio tiempo la utilidad pública. Informó al Príncipe de la Paz de las maravillas que el sistema pestalozziano estaba consiguiendo en Iverdún, y le sugirió la idea de establecer una escuela con el propósito de ensayarlo en España.
     El Príncipe de la Paz, que había recibido una educación mejor que la mayor parte de los jóvenes de su clase que no han estudiado en la Universidad, fue hasta el fin de su carrera política un amigo de la promoción de la cultura y, de no haber sido por la completa desmoralización del país y por las intrigas cortesanas que amenazaron frecuentemente su poder e hicieron que tuviera que dedicar mucho tiempo a su propia protección, creo que hubiera sido un patrono eficaz de las letras. De esta manera, el plan que le propuso Amorós contó desde el primer momento con su total aprobación. El favorito se lo recomendó al Rey, que hizo a Godoy patrono de la nueva escuela.
     Sólo los que conocen la situación de Madrid en aquellos años pueden darse cuenta del interés con que la nobleza de la capital solicitó la admisión de sus hijos en la nueva escuela. De acuerdo con el gusto francés que prevalecía entonces, y que creo sigue prevaleciendo todavía, una de las primeras medidas que se tomaron fue la de convertir la escuela en un instituto militar, fijar además un uniforme para los alumnos y promover a Amorós al rango de coronel como Director del Real Instituto Pestalozziano. Pero parece que el Príncipe insistió en que el establecimiento fuera considerado sólo como un experimento, probablemente con objeto de prevenir las numerosas solicitudes que habían de llover para conseguir puestos en la nueva escuela si ésta apareciera como una institución permanente. De conformidad con este plan, Amorós le propuso al Príncipe el nombramiento de una Comisión de literatos que vigilara e informara sobre los progresos de la escuela y las ventajas del nuevo método.
     Mi afición por la música me había puesto en relación con Amorós por aquel entonces, ya que él también era un buen aficionado y daba conciertos semanales en su casa. Tuve, por tanto, ocasión de darle a conocer las causas de mi estancia en Madrid y mi deseo de prolongar mi ausencia de Sevilla. Me ofreció hacerme miembro de la comisión que iba a ser nombrada y, como había que guardar ciertas apariencias para no alarmar a los fanáticos, me pidió mi consentimiento para nombrarme catequista, es decir, instructor religioso de la escuela. Puede ilustrar la situación del país en este punto la circunstancia de que Amorós me pidió disculpas por proponerme para este cargo, y yo mismo lo acepté con cierto sentimiento de vergüenza y degradación.
     Me aseguró que sentía mucho verse obligado a pedirle a un hombre ilustrado que aceptara este puesto, y yo disimulé mi vergüenza con la excusa de que lo aceptaba para prevenir así la presencia de un fanático en la escuela. Tengo la satisfacción de poder decir que ni me ofrecieron ningún emolumento ni yo lo pedí. Mi única aspiración era no volver a Sevilla, lo cual conseguí por medio de una Real Orden que me excusaba de mis deberes de residencia en aquella ciudad indefinidamente. Mis amigos sevillanos me creyeron en camino de conseguir un obispado, pero ya he dicho que este tipo de promoción estaba muy lejos de mis deseos.
     La Comisión de la que era miembro me nombró para que redactara un informe sobre los progresos del Instituto. Imbuido como estaba de las ideas de la vieja escuela francesa, mi propósito al escribir el informe fue hacer una composición al estilo de los discursos de la Academia francesa. Poco o nada dije de los resultados prácticos de la educación dada a los niños, porque estos detalles no eran del gusto del país, sino que mi trabajo fue una argumentación para probar que el método pestalozziano no podía menos de producir buenos resultados. El discurso se mandó imprimir y fue muy bien recibido.
     No llevaba muchos meses en relación con el Instituto Pestalozziano cuando empezó a formarse la terrible tormenta que pronto iba a descargar sobre España. La primera señal visible fue el arresto del Príncipe de Asturias, que tuvo lugar en El Escorial en noviembre de 1807, a consecuencia de su intento de ganar el favor de Napoleón y enemistarlo con el Príncipe de la Paz.


1807. 32 años
Pero de momento todo parecía seguir igual a pesar del sentimiento general de miedo e inseguridad. Durante este período de expectación se celebró el primer examen público de los alumnos del Instituto, en el cual se hicieron evidentes los buenos resultados conseguidos. Los niños, de escasamente ocho años de edad, mostraron la capacidad más sorprendente para el cálculo tanto de números enteros como fraccionarios, lo que me hace sospechar que aquel niño americano que hizo en este país una demostración parecida había sido educado de acuerdo con el método de Pestalozzi. En este examen público recité una oda que llegó a manos del Príncipe de la Paz y me procuró la distinción de ser admitido a una de sus recepciones privadas, es decir, las que estaban reservadas para personas de alto rango, especialmente oficiales del Ejército. El Príncipe, que en verdad era hombre muy agradable y cordial, me dirigió unas palabras de felicitación al pasar junto a mí, según su costumbre de hablar con cada uno de los invitados. Creo que esta recepción fue la última que ofreció. En las Cartas de España he contado detalladamente los sucesos que siguieron.
     En el breve espacio de tiempo que medió entre esta recepción y la ocupación de Madrid por los franceses en 1808, fue cuando estuve a punto de ser nombrado tutor del infante D. Francisco de Paula, el más joven de los príncipes españoles, que entonces tenía unos doce o catorce años. El emperador francés había enviado al rey Carlos IV la bien conocida carta que le había escrito el Príncipe de Asturias, después Fernando VII, implorando su protección contra la excesiva influencia del Príncipe de la Paz. El rey mandó arrestar a su hijo, que fue confinado en sus habitaciones de El Escorial. Entre los sospechosos de haber aconsejado al Príncipe de Asturias en tan temeraria y desafortunada actuación estaba el tutor de su hermano menor. Amorós estaba en El Escorial con la Corte, pero el Príncipe de la Paz se había quedado en Madrid para eludir la sospecha de influir en las medidas que el rey creyera conveniente tomar después de recibir la comunicación de Napoleón.
     La mañana en que se conoció en Madrid el arresto del heredero de la corona recibí una inesperada carta de Amorós pidiéndome que fuera inmediatamente a El Escorial para un asunto de gran interés para mí. Yo desconocía totalmente las noticias que habían empezado a circular por Madrid, y fue un amigo con quien me encontré camino de la parada de las diligencias quien me alarmó con la información recién llegada de Aranjuez, pero seguí adelante porque no quería desagradar a Amorós. Llegué a su residencia aquel mismo día por la tarde, pero estaba en Palacio. Hasta que regresó permanecí en penosa incertidumbre, aunque la posibilidad de ser empleado en alguna aventura que me diera la oportunidad de ver el mundo, estaba muy lejos de disgustarme. La llegada de Amorós acabó con los únicos castillos en el aire que un rayo de ambición me hizo concebir por una sola vez en mi vida. Amorós me informó de la situación de Palacio y me habló del puesto que durante algunas horas había estado abierto para mí. Pero el tutor había sido hallado totalmente inocente de cualquier relación con lo que se llamaba la conspiración, y como mis servicios no eran necesarios podía volver a Madrid a la mañana siguiente. Más aún, como los forasteros eran considerados sospechosos sin más averiguaciones, no era conveniente que permaneciera más tiempo en El Escorial. No puedo decir si todo aquello no fue más que un exceso de interés por parte de Amorós, o si realmente había recibido instrucciones específicas sobre mí del Príncipe de la Paz. De lo que estoy convencido es de que la Providencia me libró de una difícil situación que, además de los peligros a que me hubiera expuesto, hubiera interferido con la cadena de sucesos que terminaron con mi venida a Inglaterra, el más venturoso de los acontecimientos de mi vida.
     Los diferentes hechos de la Revolución española se sucedieron con sorprendente rapidez. Las provincias más alejadas de la capital proclamaron la guerra contra los franceses, y llegó el momento en que había que tomar partido en el enfrentamiento inevitable. La lucha que tuvo lugar en mi espíritu fue más dura de lo que soy capaz de explicar. Conocía demasiado bien la situación moral e intelectual de mi país para sentirme optimista sobre los resultados favorables de la insurrección popular. Yo sabía muy bien que muchos de mis amigos creían desinteresados actos de patriotismo lo que no eran más que mezquinas ambiciones personales. Ellos confiaban, además, que cuando los ciegos prejuicios del país hubieran conseguido arrojar a los franceses de la península, el partido liberal tendría la oportunidad de someter a los clérigos, a los que de momento les permitían tener una ascendencia total sobre el pueblo para usarlos como instrumento pasajero. Pero a mí me parecían absurdos estos razonamientos. Yo estaba convencido de que si el pueblo pudiera permanecer tranquilo bajo la forma de gobierno a que estaba acostumbrado mientras el país se libraba de una dinastía de la que no era posible esperar ninguna mejoría, la humillación política de recibir un nuevo rey de manos de Napoleón quedaría ampliamente compensada con los futuros beneficios de esta medida. En efecto, en pocos años la nueva familia real se identificaría con el país. Muchos de los españoles más ilustrados y honestos se habían puesto del lado de José Bonaparte. Se había preparado el marco de una Constitución que, a pesar de la forma arbitraria con que había sido impuesta, contenía la declaración explícita del derecho de la nación a ser gobernada con su propio consentimiento y no por la voluntad absoluta del rey. La Inquisición, fuente y causa principal de la degradación del país, iba a ser abolida inmediatamente, y lo mismo sucedía con las Órdenes religiosas, aquel otro manantial de vicios, ignorancia y esclavitud intelectual. De esta forma, en menos de medio siglo, el país, libre de impedimentos para el desarrollo natural de su capacidad para el bien, quedaría completamente regenerado. Estas eran mis opiniones durante la ansiosa espera que siguió al horrible dos de mayo de 1808.


1808. 33 años
     La triste experiencia me ha convencido de que no estaba totalmente equivocado. Yo sé que muchos amigos míos han reconocido haber estado en el error, pero la verdad es que entonces ellos me consideraban un patriota muy indiferente. Estoy dispuesto a reconocer que nunca he sentido aquella clase de patriotismo que ciega a los hombres tanto con respecto a los defectos de su propio país como a los suyos personales. España, como entidad política, miserablemente oprimida por el gobierno y la Iglesia, dejó de ser objeto de mi admiración desde mi temprana juventud. Jamás me he sentido orgulloso de ser español porque era precisamente como español como me sentía espiritualmente degradado y condenado a inclinarme delante del sacerdote o seglar más mezquino, que podía despacharme en cualquier momento a las mazmorras de la Inquisición.
     Durante muchos años pensé que una sentencia de destierro de mi patria, lejos de ser un castigo sería una bendición para mí. Pero había algo en mi pecho que me haría capaz de sacrificar gustosamente mi vida en favor del pueblo en medio del cual nací y me hice hombre, si hubiera algún poder que me librara del aplastante peso del sacerdocio. A pesar de todo, tuve bastante patriotismo como para no unirme al partido afrancesado, que contaba con la hasta entonces invencible ayuda de los ejércitos de Napoleón, y marcharme en medio de graves peligros y dificultades a la misma sede del fanatismo, Sevilla, donde tenía que volver a desempeñar mi insoportable oficio, durante tanto tiempo abandonado, y actuar como un hierofante ante una multitud ciega, ignorante y engañada. ¿Quién era, pues, el verdadero patriota? ¿El que siguiera, como yo, a la masa de sus compatriotas contra sus propias convicciones, porque no quería verlos forzados a aceptar lo que consideraba bueno para ellos, o el de aquéllos que al unirse al pueblo no hacían más que seguir los impulsos de sus sentimientos, por no mencionar sus propósitos de ambición e interés personal?
     Si se hubiera establecido el gobierno de José Bonaparte, la tierra donde nací hubiera dejado de ser para mí un lugar de esclavitud, pero, sin embargo, tan pronto como me enteré que mi propia provincia se había levantado contra los franceses, acaricié mis cadenas y regresé sin demora al lugar donde sabía que me habrían de amargar más la vida: volví a Sevilla, la ciudad más fanática de España, en el momento en que estaba bajo el control más completo del populacho ignorante y supersticioso y guiada por aquellos clérigos que me causaban al propio tiempo horror y desprecio. Volví en medio de constantes peligros de mi vida a través de otras regiones del país que atravesaban una situación de anarquía homicida y sed de sangre. Viajé con más incomodidades que el más humilde de los labriegos ingleses hubiera pasado montado en un carro.
     La conciencia de la rectitud de mi conducta y el sacrificio que hacía de mis propias ideas en aras de los deseos de la mayoría del país, me daban ánimo en medio de escenas que demostraban la barbarie más insospechada, pero el ánimo se me vino abajo cuando conocí la situación de mi ciudad. Las más bajas e inicuas intrigas habían llevado a la junta que ejercía allí el gobierno supremo, a algunas personas de lo más vergonzoso e inútil de la ciudad. Se habían pasado por alto los crímenes más flagrantes, e incluso se había llegado a premiar y promover a los agentes empleados en cumplir venganzas personales. Pero no es mi intención escribir la historia de los sucesos públicos. Quiero tan sólo responder a las injustas sospechas que han arrojado contra mí. También se han preguntado cómo me pude dedicar a escribir en favor de lo que rechazaba. La respuesta es obvia. Ni por un momento dudé de la justicia de la causa nacional, ni justifiqué la forma en que Napoleón pretendió cambiar la dinastía española. Lo único que puse en tela de juicio fue la utilidad de un levantamiento popular. Pero puesto que el levantamiento se había producido de hecho, estaba dispuesto a defender la causa española contra Francia a cualquier riesgo. Por tanto, escribí y actué de acuerdo con mis sentimientos. Mis escritos no dejaron de tener algún efecto en el público y estoy seguro de que la razón de su eficacia no era más que la consecuencia de los sentimientos profundos y sinceros que los motivaron.


Salida de España y
llegada a Inglaterra (1810)

Capítulo III
... ... ...      Cuando escribí las Cartas de Leucadio Doblado tuve valor suficiente para hablar de mis padres, que tienen un papel importante en la supuesta narración del clérigo español, pero ahora ya no soy capaz de fijar los ojos del espíritu en estas queridas imágenes. He demorado comenzar esta parte de mis memorias por el temor instintivo de volver a revivir aquellos recuerdos del pasado que están inseparablemente unidos a mi salida de España.
     Pero este temor también me ha hecho ver que existe la posibilidad de separar el Recuerdo de la Imaginación, que es algo así como contar sin pintar. Estoy convencido de que la Mente es capaz de utilizar señales imprecisas para representar incluso sus más vivas impresiones, de forma que en vez de escribir como pintando las cosas y las personas puede hacerlo como si utilizara símbolos algebraicos. Tal es el lenguaje del Alma cuando ha quedado atrás el paroxismo del dolor y las antiguas
heridas, aunque sigan abiertas, se han cubierto de piel. Es en una palabra un lenguaje totalmente opuesto al del poeta o el novelista. En los momentos presentes carezco de suficiente ambición como para atreverme a escribir sin reparos con este estilo descolorido e impersonal.      Cuando los miembros de la Junta Suprema se vieron obligados a buscar su salvación en la huida y no pudieron ocultar por más tiempo la noticia de que las tropas francesas avanzaban hacia Sevilla sin el menor impedimento, se apoderó del pueblo un estado general de consternación y una abulia total dominó la ciudad, de tal manera que nadie era capaz de tomar una decisión sobre las medidas que debían adoptarse para defender la ciudad. Este estado de cosas es muy propicio para que los audaces se hagan dueños de la situación. Pero yo sabía muy bien que la paralización producida por el terror duraría bien poco, y que el pueblo se despertaría pronto de su inercia dispuesto a hacer que los dirigentes corrieran la misma suerte de la ciudad.
     En los tres días que precedieron a la tormenta popular tomé la determinación, y la llevé a efecto, de abandonar España. Durante varios años había estado fraguando en mi interior el propósito de irme de mi patria y de tal manera me había identificado con él que apenas tenía pensamiento o deseo que de una u otra manera no estuviera relacionado con mi proyecto. Pero siempre se me presentaba revestido con los velos del desaliento y cual planta venenosa sus innumerables raíces ahogaban con intolerable hastío todos mis sentimientos.
     Este triste panorama cambió cuando se me presentó inopinadamente, como en una explosión incontenida, la posibilidad inmediata de realizar mis deseos. Ante las circunstancias del momento aquellos que me amaban y que hasta entonces me habían cerrado todas las posibilidades de salida, dejaron de mostrar su dolor y de oponerse al proyecto. En particular mis padres temían que los partidarios de José Bonaparte me pudieran ganar para su partido. Todavía me alegro, a pesar del tiempo transcurrido, cuando recuerdo que sus fuertes sentimientos antifranceses los ayudaron a mitigar el dolor de la separación. Tampoco sabían ellos que mi determinación era no volver más a mi país y estoy convencido de que los habituales recelos de mi madre con respecto a las opiniones religiosas, y el peligro cierto en que me veía de caer en manos de la Inquisición debió haberla suavizado de alguna manera la pena de mi ausencia.
     Su temor de que el partido afrancesado trataría de conquistarme no era de ninguna manera imaginario. La noche antes de mi partida de Sevilla uno de mis amigos más íntimos me instó con lágrimas en los ojos a que no me fuera del país. Cierta persona, cuyo nombre no me quiso decir, le había manifestado que estaba en comunicación directa con el gobierno del rey José, y en nombre de ella mi amigo no sólo me ofreció protección sino incluso la concesión de favores especiales. Él estaba persuadido de que la campaña militar no tardaría en terminar y que el deber de todos los españoles honrados era contribuir al establecimiento de una nueva dinastía que, puesto que contaba con el apoyo de un buen número de españoles ilustrados, sería capaz de levantar al país de su postración moral y librarlo del yugo clerical. Pero yo permanecí sordo a sus razonamientos. Conocía demasiado bien la firmeza con que la superstición estaba enraizada en mi país y sabía que no era el amor a la independencia y a la libertad el que había levantado el pueblo contra los Bonaparte, sino el temor que sentía la gran masa de los españoles ante la pretendida reforma de los abusos religiosos. Para desgracia mía yo pertenecía a la clase culpable de la ignorancia y los incurables males morales de España, el título de sacerdote me molestaba y deprimía y, a pesar de ello, no podía quitarme de encima esta odiosa mancha aunque intentara borrarla con mi propia sangre.
     De permanecer en el país tendría que seguir siendo sacerdote y hubiera estado condenado a vivir en contradicción con mis propias ideas hasta el día de mi muerte. La libertad intelectual me atraía de forma irresistible y ahora que la veía a mi alcance no había nada en el mundo que pudiera arrebatármela.
     El socio de mi padre, un irlandés llamado [Lucas] Beck, y su mujer, prima hermana mía, junto con otro pariente nuestro, un fraile dominico que había vivido fuera de la Orden en un puesto del gobierno, habían decidido tomar el camino del Guadalquivir y esperar en Cádiz el curso de los acontecimientos. Yo me uní a la partida y a eso de las nueve de la mañana subimos a uno de los barcos sin cubierta que hacían la travesía de Sanlúcar. En aquel preciso momento nos informaron que el populacho se había levantado al otro lado de la ciudad y venía camino del río. Tuvimos que navegar río abajo durante un buen trecho antes de llegar a una batería que a una milla de la ciudad dominaba gran parte del curso del río. Era precisamente a este lugar a donde se dirigía a toda prisa el populacho, determinado a poner fin a la emigración de Sevilla. Al pasar junto a ella pudimos oír con toda claridad el batir de sus tambores, pero afortunadamente cuando se apoderaron de ella ya estábamos lejos de su alcance.
     A pesar de ir a favor de la marea no navegábamos a más de cinco o seis millas por hora, y hasta el tercer día no llegamos a la desembocadura del río donde nos esperaba un barco inglés consignado a nuestra casa comercial, que venía a por un cargamento de lana. El socio de mi padre, aunque ansioso de escapar de los franceses cuyas avanzadillas podían verse en cualquier momento, no lo estaba menos de ver el cargamento de lana que nos había seguido embarcado a salvo en el navío inglés anclado en Sanlúcar. Por esta razón permanecimos en el barco que nos había traído otras veinticuatro horas más sufriendo los más graves inconvenientes antes que atrevernos a desembarcar y pasar la noche en Sanlúcar, donde también parecía que en cualquier momento se levantaría el pueblo, especialmente en cuanto llegaran las noticias de la ocupación de Sevilla por los franceses, como de hecho venía sucediendo ante el avance victorioso del enemigo.
     Humillar la habitual arrogancia de los españoles con el mero hecho de mostrarles que los franceses habían conseguido lo que los naturales del país, sin hacer nada para impedirlo, los habían desafiado a hacer, era una ofensa demasiado grave para su temperamento irascible y su estúpida arrogancia. ¡Ay del desventurado mensajero de tan malas nuevas! Un oficial español estuvo a punto de ser asesinado en Sevilla el mismo día en que, según sabía yo de muy buena fuente, la Junta Central había recibido la noticia de la rendición de Madrid ante Napoleón, porque desconocedor de que el gobierno había decidido tener engañado al pueblo el mayor tiempo posible, se había atrevido a mencionar el triunfo francés en un café público.
     En toda Andalucía era un artículo de fe patriótica la inexpugnabilidad de Sevilla. Cuando nuestra llegada a Sanlúcar arrojó la primera sombra de duda contra tal creencia, no tardamos en darnos cuenta de que no se podía perturbar impunemente la confianza de nuestros compatriotas. Por fortuna nuestra pudimos afirmar con toda verdad que los franceses no habían llegado a Sevilla cuando nosotros salimos de la ciudad, y encontramos buena excusa para nuestra huida en el ejemplo del gobierno que nos había precedido camino de Cádiz. Sin embargo difícilmente me olvidaré de la expresión homicida de un marinero que en nuestro propio barco nos contestó que tanto el gobierno como los que seguían su ejemplo merecían ser ahorcados por traidores.
     Afortunadamente a la mañana siguiente el río apareció lleno de barcas de fugitivos y la arrogancia del día anterior había cedido el paso a un pánico general, por lo que pudimos embarcar en el navío inglés sin ningún inconveniente. No pude ocultar mi alegría al ver la bandera inglesa izada en lo alto del mástil cuando iniciamos nuestra singladura rumbo a Cádiz. Mi alegría hubiera sido completa si nuestro destino inmediato hubiera sido Inglaterra pero, a pesar de todo, mi satisfacción era tan grande que no la hubiera cambiado por el mejor obispado de España. Levamos anclas al atardecer en medio de violentas explosiones que se oían a cierta distancia, y en cuanto se hizo de noche pudimos ver con toda claridad los fogonazos que las precedían. El espectáculo duró toda la noche. El capitán nos aseguró que eran descargas de artillería, de lo que sacamos la conclusión que estarían volando unas torres que hay en la costa antes de que llegaran los franceses.
     Al echar el ancla la mañana siguiente en la bahía de Cádiz encontramos el puerto y la ciudad en un estado de total confusión. El gobierno local había dispuesto que no se permitiera la entrada a los forasteros con la única excepción de los ciudadanos británicos. Como el capitán de nuestro barco y mi pariente irlandés iban a hacer uso de este privilegio, decidí hacerme pasar también por inglés. Me prestaron una casaca de vivos colores y adoptando el aire menos clerical de que era capaz seguí al capitán en dirección a la puerta de la ciudad. Él pasó primero y un fraile gordinflón que estaba allí de guardia para velar por el cumplimiento de las disposiciones del gobernador me preguntó: ¿Inglis? Mi respuesta, aunque no en un inglés muy refinado, fue perfectamente idiomática, con lo que el fraile me saludó y me dejó pasar.
     Una vez dentro de Cádiz estaba seguro de poder permanecer en la ciudad sin ser molestado, porque conocía muy bien de qué manera se cumplen en España las órdenes de las autoridades. Pero para no comprometer a mis huéspedes gaditanos me presenté a uno de los magistrados que no objetó nada a mi permanencia en la ciudad en cuanto le aseguré que mi intención era salir para Inglaterra en el primer paquebote.
     Mi impaciencia por dejar el territorio español se acrecentaba cada día por temor de encontrar alguna dificultad que me impidiera marchar. Mis muchos amigos de Cádiz quisieron convencerme para que me quedara en España, pero todo fue inútil. Tres semanas interminables pasaron antes de que zarpara el paquebote e incluso cuando ya estaba todo dispuesto para la partida tuvimos que esperar la valija diplomática del embajador inglés, Mr. Frere, que después de arduas conversaciones con las autoridades españolas había conseguido permiso para que entrara en Cádiz una división de tropas inglesas, que estaban a punto de llegar, y lógicamente quería comunicar a su gobierno la entrada efectiva de las mismas en la ciudad.
     Durante este tiempo de espera, la monja española cuya desgraciada historia he contado con todo detalle en mi libro Evidence Against Catholicism, vino a verme antes de mi partida para rogarme que me la llevara conmigo y la salvara de este modo de las manos de sus crueles tiranos. Jamás podré olvidar el triste destino de esta desgraciada víctima de la superstición.


Narración de su vida en
Inglaterra (1810-1814)


Capítulo IV

     El estado de sobria reflexión que me había devuelto el descanso de la noche resultó ser una prueba mayor para mi espíritu que la agitación del día anterior. A eso de las ocho me despertó el ruido de la calle y la escasa luz de una nublada mañana londinense que entraba por la ventana. Mi primer sentimiento en aquel momento fue de curiosidad por conocer cómo era la renombrada capital de Inglaterra. Salté de la cama y corrí a la ventana para gozar de lo que me imaginaba sería una escena tan espléndida como jamás había disfrutado. Sólo los que conocen bien los alrededores de Carlton House hace treinta años serán capaces de comprender los sentimientos que experimenté al mirar por la ventana. Alban Street, donde me alojé, en las inmediaciones de Carlton House, ha desaparecido junto con el mismo palacio y con muchas otras desvencijadas calles que se extendían desde Alban hasta la Ópera. Pues éstos fueron precisamente los objetos que se me presentaron a la vista como las primicias de Londres. Todo lo que podía contemplar estaba como bajo el omnipotente dominio del polvo, el humo y la oscuridad, y aun al mismo palacio le faltaba la suntuosidad y belleza que tienen los edificios públicos. Se dejaba ver diminuto e insignificante, medio oculto detrás de una cortina de columnas que daban la impresión de que su dueño lo había construido en un ataque de depresión mental para poder vivir tristemente aislado de este mundo. Pero lo que me desagradó más fue el hollín que se enseñoreaba de todos los edificios. La ciudad entera parecía como si estuviera hecha con carbón y cenizas. Era en verdad un espectáculo abrumador el que contemplaban mis ojos, y no podía menos de suscitar en mi espíritu sentimientos tan lóbregos como él mismo.
     «¿Y ahora qué vas a hacer en Inglaterra?», me preguntó mi buen juicio en un tono que no se había atrevido a tomar durante mucho tiempo. La pregunta me sobresaltó, como si me hubiera presentado súbitamente una serie de dificultades jamás previstas hasta aquel momento, y miré a mi alrededor sintiéndome inútil y abandonado. Había traído conmigo una orden bancaria de cien libras, que eran los ahorros de mi último año de residencia en España, pero ¿qué era esta cantidad en Londres? Aunque viviera con la más estricta economía no podría subsistir muchos meses con ella. Es verdad que mi padre me hubiera ayudado pero esta idea no me atraía en absoluto, especialmente después de haber arrojado por la borda de un golpe los frutos de la educación que me había dado. Podía rebajarme a trabajar como músico e intentar encontrar un puesto en una orquesta teatral. Esta idea se me había ocurrido cuando estaba a punto de salir de España, y la distancia de que se convirtiera en realidad la había privado de todas sus dificultades, pero en el momento en que la proximidad de tener que ponerla en práctica le había hecho perder su rosado color romántico, mi amor propio apenas podía soportarla.
     Dándome cuenta de que mi ánimo se venía rápidamente por los suelos, y que el abatimiento era el peor de los males, abrí mi cuaderno de notas para buscar la dirección de un caballero que durante una corta visita a España me había ofrecido muy amablemente que, si las circunstancias políticas me llevaban alguna vez a Inglaterra, me pusiera en contacto con él en cuanto llegara. La esperanza de encontrar una buena acogida fue suficiente para deshacer la tristeza de mi soledad.
     Afortunadamente este caballero no se había limitado a decirme unas bonitas palabras de urbanidad. Mr. John George Children, persona muy conocida en el mundo científico, había visitado el sur de España el verano antes de salir yo de mi país y estando en Sevilla me lo había presentado Lord Holland. En verdad pocas eran las atenciones que pude prestar a Mr. Children, pero como lo hice de todo corazón y con evidente sentimiento de no poder hacer más, él lo estimó en mucho. En cuanto regresó a Inglaterra me envió por medio del embajador británico un hermoso obsequio de libros, algunos de los cuales están todavía en mi biblioteca. Por todo esto estaba convencido de que mi carta anunciándole mi llegada sería muy bien recibida.
     En aquel tiempo mi amigo residía en Tunbridge Wells, y a esta dirección dirigí mi carta. Pasaron dos días sin tener respuesta, pero al tercero por la mañana Mr. Children en persona vino a verme para darme su más cordial bienvenida a Inglaterra. Se había casado en segundas nupcias unas cuantas semanas antes y estaba pasando varios días en Londres con su esposa, a la que me presentó el mismo día. Era una hermosa joven, muy amable y dotada de las mejores cualidades. Comí con ellos aquel día y los dos me insistieron encarecidamente a que volviera siempre que no tuviera ningún otro compromiso. Para que no tuviera ninguna dificultad en hacerlo aunque me invitaran formalmente apenas pasaba un día sin que Mr. Children se interesara por conocer si estaba solo en mi alojamiento para que comiera con ellos. En su compañía iba frecuentemente al teatro, conciertos y exposiciones y con ellos participé también de la hospitalidad de sus amigos. En una palabra, me sentí tan mimado por su amabilidad que cuando por vez primera, después de un mes seguido de compromisos sociales, tuve que cenar solo en un café, me sentí muy triste y abatido.
     En casa de los Children tuve el honor de conocer a Mr. Humphrey Davis, después Sir Humphrey. En aquellos años estaba en la plenitud de su gloria, justamente merecida por su bien ganada fama. Su trato era más agradable que después de haber subido en rango y fortuna. Aunque todos lo cortejaban y aplaudían, él se comportaba con perfecta naturalidad. Su poderosa inteligencia se unía a una florida juventud, un aspecto animado y agradable, y tenía tal atractivo que llegué a considerarlo como un ser superior a todos los que había conocido hasta entonces. Él fue el primer inglés célebre con quien había tratado y tanto la novedad como la verdadera excelencia de esta primicia me hizo estimar más al país que había determinado hacer mío para el futuro.
     El número de buenos amigos que conocía con ocasión de estas invitaciones, como sabe muy bien cualquiera que entienda la vida social de Londres, aumentaba de día en día. Pero esta relación constante con la mejor sociedad londinense tenía un lado desagradable: mi creciente percepción de la penosa deficiencia de no poder expresarme satisfactoriamente en la lengua del país.


Periódico El Español

Acostumbrado desde mi infancia a la pronunciación irlandesa, me era muy difícil incluso entender a los reunidos. Cuanto más progresaba en el conocimiento de la lengua, más claramente veía lo inadecuadamente que podía expresar mis pensamientos en inglés. El recogimiento con que había sido educado me había hecho muy sensible a cualquier posibilidad de hacer el ridículo, y como me veía en peligro constante de provocar la risa, bien pronto caí en la costumbre de permanecer callado. Pero como mientras los demás hablaban mi mente seguía activamente el asunto de la conversación, la angustia de tener que callar mis pensamientos me hacía perder todo interés por estas reuniones sociales, aunque la verdad es que sin este constante aguijón no me hubiera dedicado tan intensamente como lo hice al estudio del inglés. Durante muchos años estudié incansablemente la lengua del país y el estímulo que acabo de mencionar me sirvió durante largo tiempo. Aun en el momento en que escribo estas memorias, en que por un lado la costumbre me ha dado suficiente confianza y el paso de los años ha debilitado el amor propio, cuando además la falta de práctica de mi lengua nativa durante tanto tiempo, y la continua exclusión de sus palabras como signos de silencioso pensar me la han hecho prácticamente inútil para hablar y escribir, aun en estos mismos momentos sufro cuando estoy con otros por sentir la inmerecida inseguridad de no encontrarme con la misma facilidad y gracia de expresión que cualquier nativo puede desplegar, aunque sea inferior a mí en otros aspectos.
Hasta entonces mi vida había sido tranquila, casi bordeando en la pereza. Escribir y leer había constituido para mí una diversión, nunca una verdadera ocupación, pero de repente me veía en la necesidad de trabajar muchas horas al día en un país extranjero, sin la menor ayuda y con una vaga y acrecentada impresión de responsabilidad. Pero carecía de tiempo para reflexionar. Alquilé una casa desvencijada en Duke Street, en Westminster, uno de esos lugares cerca de Downing Street que han desaparecido totalmente, y empecé a escribir el primer número de El Español, del que inmediatamente publiqué un Prospecto. Mi plan era ofrecer hoja y media de trabajos originales y llenar el resto con traducciones de documentos públicos, debates parlamentarios y despachos militares. El trabajo resultó ser muy fatigoso, pero lo más pesado de todo eran las traducciones.
     Por otro lado, no podía limitar mis ocupaciones literarias a escribir El Español. Por ejemplo, no podía contentarme con el perfeccionamiento del inglés que pudiera conseguir casualmente, y tampoco era capaz de vivir en un país extranjero sin intentar conocer bien su literatura. Sufría también al considerar la inferioridad de mis conocimientos culturales en comparación con las personas de mi misma condición con quienes me encontraba todos los días. Lo único que había conseguido en mi país, a excepción de mi conocimiento profesional de la Teología, que detestaba y despreciaba, era cierta agilidad mental y algunos principios generales de moral y literatura. Había cultivado mi gusto personal con la lectura de los clásicos latinos, franceses e italianos, pero desconocía totalmente el griego, que en Inglaterra forma parte de la educación general. Tenía buenos conocimientos de Metafísica y de los principios generales del buen gusto, pero sabía muy poco de historia y geografía.
     Incapaz de ello por naturaleza y tampoco dispuesto a engañarme a mí mismo en cuanto a las lagunas de mi formación, determiné dedicar todos los días cierto tiempo al estudio, además del trabajo de la composición del periódico. Pero después de la fatigosa tarea de escribir venía la corrección de las pruebas para angustiarme y ocuparme más. El abate Juigné no era hombre que dejara pasar por alto cualquier ventaja que pudiera conseguir a costa mía. Confiando en mi ignorancia de las costumbres establecidas entre los impresores ingleses, me enviaba las pruebas tal como salían de las manos de un compositor que no sabía nada de español. La corrección de cada hoja me llevaba de cinco a seis horas. Yo me sobreponía a todas las dificultades y si el periódico sólo me hubiera ocasionado esta labor agotadora me hubiera considerado medianamente feliz, pero lo que vino a amargar profundamente a mi alma fue el primer ataque inesperado de calumnia y difamación.
     Sólo dos números creo que se habían publicado cuando llegaron a Inglaterra las primeras noticias de la rebelión de Hispanoamérica. La honesta alegría que me causó este suceso fue mayor de la que puedan imaginar mis lectores. Honesta lo fue, ciertamente, porque procedía de los motivos más altruistas y desinteresados y mi aprobación del paso que habían dado los hispanoamericanos se basaba en unos principios de cuya verdad no me cabía duda. Durante muchos años había venido detestando toda clase de despotismo político y a su mayor causante, la Iglesia. En mis años de residencia en Madrid me había reunido diariamente con los patriotas, a quienes el alzamiento contra Napoleón daría prominente influencia sobre el país, y en aquellas reuniones habíamos lanzado con todo entusiasmo las más duras invectivas contra estas dos causas de nuestra degradación nacional. Mi deseo de que la libertad de pensamiento se extendiera a todo el mundo no estaba ni limitada ni coloreada por consideraciones políticas de ninguna clase. Conocía bien que las colonias españolas habían sido cruelmente maltratadas por la madre patria y yo deseaba verlas en libertad de gobernarse a sí mismas. No se ocurrió dudar que los sentimientos del partido filosófico, con el que había estado unido, coincidirían con los míos personales sobre este particular, sino que, al contrario me halagaba a mí mismo con la idea de que el artículo en el que celebraba la aurora de libertad de nuestros hermanos de allende el océano sería recibido con aplausos por aquellos panegiristas de la filantropía, cuyos discursos me habían llenado siempre de entusiasmo.
     A los que han crecido en un país donde ningún hombre público deja de ser perseguido y calumniado, donde la prensa periódica se ha convertido en el órgano establecido de la mala voluntad de los individuos hasta el punto de que casi por regla general el aguijón de la calumnia se ve embotado por su misma rabia, los ataques de los periódicos son poco más que un sonido vacío; y también estoy seguro de que para tales personas los sentimientos de un español no revolucionado con respecto al honor tienen que parecer absurdos e infantiles. Pero me atrevo a pedir a mis lectores, si muestran algún interés por mis problemas, que traten de imaginarse a un hombre educado en una ciudad donde la vida de las clases mejores está reglamentada en la mayor parte de las cosas por una especie de ceremonial chino; donde desde el comienzo del uso de razón se le hizo creer que su felicidad o desgracia dependía fundamentalmente del respeto o falta de respeto que la comunidad le mostrara; donde lejos de estar a merced de que cualquiera quisiera tomarse la molestia de escribir un libelo anónimo, tenía la seguridad de que quien no hablara dignamente de la honra de un caballero corría el peligro de perder él mismo esta consideración; que mis lectores se imaginen al escritor de estas memorias como una persona imbuida de estas ideas hasta un grado extremo y entonces podrán entender lo profunda que fue la herida que le causaron los primeros ataques violentos de la prensa española.
     Una noche, cuando estaba a punto de ir a la cama a una hora temprana, me trajeron un paquete de Lord Holland. Contenía cierto número de los diminutos periódicos españoles que habían empezado a publicarse y que a pesar de la censura se aprovechaban de la excitación del país más con el propósito de airear rivalidades personales y la mala voluntad de los mismos escritores que para hablar atrevida y honestamente en favor de reformas. Lord Holland, buen conocedor de España, tuvo la amabilidad de acompañar el encargo con una nota con la que intentaba prepararme para el choque que él sabía muy bien que habría de recibir. La nota me alarmó y abrí los periódicos con gran excitación. Conocía a los editores de un par de ellos y creía que eran amigos míos, pero la manera injusta e insolente con que me trataban me fue doblemente penosa, porque los hubiera creído dispuestos a haber salido en mi defensa en cualquier ocasión. Durante un buen rato estuve sin saber qué hacer, en el mayor estado de desolación. Pero creo que he dicho bastante. Pudiera parecer innecesario haber hablado tanto de algo que sólo me puede interesar a mí mismo y que en el momento actual sólo sirve para recordar uno de los muchos conflictos interiores y cursos de disciplina moral por los cuales he tenido que pasar, pero, como pocos hechos de mi vida han influido más en mí que el primer periódico español que empecé a publicar en este país, me siento inclinado a contar toda la historia del mismo, que duró desde la primavera de 1810 hasta cerca de la misma estación en 1815, añadiendo previamente algunos hechos que lo precedieron.
     Ya he contado con qué pobre ayuda empecé a escribir y publicar El Español. El principio que como guía política y moral me propuse a mí mismo fue sencillamente mejorar mi país nativo por medio de una cordial cooperación con Inglaterra. Jamás he podido descubrir el menor átomo de parcialidad o interés personal en lo que se pudiera llamar la política de El Español. Yo sabía muy bien que España era incapaz de renovarse sin la ayuda exterior. Había decidido resistir al cambio de dinastía que Napoleón le había impuesto con la prisa y vehemencia de un déspota, y de no ser por Inglaterra, la subyugación de España hubiera sido inevitable. Aceptar la ayuda de Gran Bretaña, dadas las celotipias que habían empezado a desarrollarse a plena fuerza antes de salir yo de España, les parecía a muchos una locura. Me di cuenta de esto tan claramente como anticipé la recaída en su situación anterior en cuanto volviera a manos de Fernando VII. Por tanto, mis deseos eran de que mi patria mejorara lo más posible mientras gozaba de una sombra de libertad, de manera que cuando volviera a caer bajo el dominio de la religión junto al poder despótico de sus reyes, hubiera llegado a adquirir cierta fortaleza moral, que a su debido tiempo la llevara a resistir la doble tiranía de su Iglesia y su gobierno. Además consideraba a los hispanoamericanos como compatriotas míos. Si por cualquier combinación afortunada de circunstancias alcanzaban la libertad, España no sólo sobreviviría, sino que recobraría su juventud al otro lado del Atlántico, y ¿quién podría protegerla mejor en sus progresos que Inglaterra?
     Estas opiniones mías no eran sólo diferentes sino diametralmente opuestas a las del partido patriótico de España. Franceses por sus ideas y gustos, castellanos por la vieja estampa de su política, mantenían una abierta hostilidad contra Inglaterra y consideraban a las colonias americanas como su propiedad. ¿Cómo, pues, iban a aceptar un periódico español publicado en Londres y que profesaba los principios que he mencionado? Con respecto a mí mismo, el resultado era que si yo hubiera conocido mejor las negras pasiones de los hombres, lo hubiera previsto todo en cuanto tomé la pluma. En Cádiz casi todo el mundo creía que estaba pagado por el gobierno inglés con el propósito imaginado por ellos de apoderarse de aquella ciudad y de las colonias españolas. La realidad es que mi periódico se publicó durante mucho tiempo sin el menor apoyo del gobierno inglés. Creo que se debió a los buenos oficios de Mr. Belgrave Hoppner el que el Foreign Office adquiriera cierto número de ejemplares - no recuerdo cuántos - que eran enviados al embajador británico en Cádiz.
     Dos partidos distintos hicieron sendos intentos de influir en El Español. A causa de mi inexperiencia, el primero quizá hubiera adquirido influencia suficiente como para haberme sido difícil sacudírmelo de encima en cuanto me hubiera dado cuenta de sus verdaderas intenciones. Yo había traído una carta de presentación para un español que dirigía la agencia comercial de la Compañía de las Islas Filipinas, y que, de hecho, era un agente a sueldo del gobierno español. Una de mis primeras visitas en Londres fue precisamente para entregar esta carta. Como ya tenía decidido empezar el periódico le hablé de este proyecto mío y, puesto que todavía no había decidido nada en cuanto a la forma de empezar la publicación, me pidió que aceptara una ayuda de cincuenta libras e incluso me prometió más dinero, que yo podía devolver en cuanto lo permitieran las ventas. Tanta generosidad me infundió alguna sospecha, de la que debería haberme avergonzado, pero lo que sucedió después vino a mostrar que mis sospechas no carecían de fundamento.
     Sucedió por aquel tiempo que el coronel [don Juan] Murphy, español de origen irlandés, que había conocido ligeramente en Madrid, al enterarse de que estaba en Londres me invitó a su casa. Él era también buen aficionado a la música y al enterarse de que tocaba el violín aceptablemente me invitó a que me uniera a un cuarteto que se reunía todas las semanas en su casa en el ambiente más agradable y selecto que se podía esperar. Nuestro director era un profesor de música de Ginebra, Mr. Sheener, admirable conocedor de la música para cuartetos. No admitíamos a ningún oyente en nuestras conciertos porque éramos incapaces de soportar el más leve murmullo. Sólo los iniciados en los misterios de la música pueden hacerse idea de la exquisitez de nuestro entretenimiento. Mi amigo Murphy estaba entonces en el apogeo de su prosperidad comercial porque, además de la graduación española de coronel, era socio de la firma Gordon and Murphy, establecimiento que durante la guerra con España había obtenido ganancias considerables por medio de un contrato con el gobierno español en el que tenía parte el gabinete inglés. El objeto del contrato era una determinada cantidad de plata de las minas de Méjico. El coronel Murphy, que aun en medio de las desgracias que han ensombrecido la última parte de su vida, ha seguido siendo un hombre amable y generoso, era todo amistad y hospitalidad en su época de prosperidad. Se tomó mucho interés por mis proyectos y al enterarse del ofrecimiento que me había hecho el agente español me abrió los ojos en cuanto a su probable intención y consecuencias. Yo no había hecho uso de las cincuenta libras, que consideraba como un préstamo para un fin determinado, y, consiguientemente, no tuve la menor dificultad en devolver el mismo cheque que había recibido unos cuantos días antes, dándole las gracias a quien me lo había prestado e informándole del contrato que había firmado con Juigné. El evidente enfado o, tal vez mejor, la rabia con que recibieron el dinero demostró claramente que había causado una gran contrariedad y que la junta hubiera comprado el control de mi periódico a un precio mucho mayor.


Narración de su vida
en Inglaterra (1814-1826)


Capítulo V

     Mi tarea de escribir artículos originales, traducir documentos y corregir las pruebas [de El Español] me había ocupado por término medio unas seis horas diarias, pero aunque mi salud se deterioraba rápidamente no podía dejar de atender al mismo tiempo a mi formación intelectual. No llevaba muchos meses en Inglaterra cuando me di cuenta de que para adecuarme al nivel cultural del país tenía que conocer el griego. En mi juventud había tomado algunas lecciones de un sacerdote irlandés que estudiaba Teología por aquel tiempo en Sevilla, pero como en mi país no había nada que estimulara este curso de estudios lo abandoné antes de haberme familiarizado con el alfabeto. Recuerdo bien que no era capaz de distinguir la de la (caracteres o tipos griegos).
     Sin embargo la preocupación que me causó mi ignorancia de esta lengua hubiera llegado a desaparecer de no ser por una de esas circunstancias aparentemente banales que a veces deciden nuestro futuro. Mi deseo de perfeccionar el inglés hacía que tuviera constantemente en mis manos las obras de los clásicos ingleses. En una ocasión en que leía el Spectator me fijé en un ensayo sobre el empleo del tiempo. Me llamó poderosamente la atención su observación de que el empleo ininterrumpido de un cuarto de hora diario para adquirir un conocimiento determinado no podía menos de recompensar la perseverancia del estudiante en poco tiempo. Desde este momento me decidí a emplear el cuarto de hora diario para aprender los rudimentos de la gramática griega. Pedí prestado un ejemplar de la Gramática de Westminster y puse manos a la obra aquella misma tarde. La tarea fue realmente muy difícil porque cuando empezaba mi cuarto de hora de griego venía agotado de trabajar en El Español. Para aliviar un poco la dura tarea de memorizar las declinaciones me procuré una Clavis Homerica, que me hizo este estudio algo más agradable. También cambiaba frecuentemente de texto de gramática, escogiendo para el estudio de cada parte de ella el que la expusiera de forma más comprensible. De esta manera aprendí los nombres en una gramática, los verbos en otra y las preposiciones en otra distinta.
     Como me daba cuenta de mis progresos, no dejaba de estar atento a los anuncios de libros griegos que aparecían en los diarios. A veces me engañaron títulos prometedores, pero la curiosidad que me suscitaban todos estos libros aliviaba el tedio del estudio y alentaba mi perseverancia. Especialmente recuerdo como muy útiles las Collectanea de Dazel y la Gramática de Moore. Poco a poco fui alargando aquel primitivo cuarto de hora que dedicaba al griego y al cabo de cuatro años, es decir, por el tiempo en que terminé la publicación de El Español, me había leído la Ilíada, la Odisea, Herodoto, todos los extractos de Dazel y alguna de las Vidas de Plutarco. Me ayudaba de traducciones, que venían a ser como mis maestros, y yo recomendaría este mismo método a cualquier persona adulta que quiera aprender una lengua extranjera por sí mismo. Mí perseverancia ha sido tan grande que a lo largo de veinte años muy pocas veces dejé mi estudio diario del griego. Puedo decir incluso que nunca lo he dejado completamente porque raro es el día que no leo a los clásicos de esta lengua. De esta manera, por mi esfuerzo personal y sin ayuda de un maestro he llegado a ser no un eminente helenista pero sí un estudiante que conoce bien la estructura de esta lengua y las mejores obras de sus clásicos tanto en verso como en prosa.
     El estudio de la religión cristiana vino a ser también una ocupación casi diaria por este mismo tiempo. En mis libros anteriores he contado con tanto detalle mi historia espiritual y religiosa que poco diré aquí a este respecto. Muchas han sido en verdad las pruebas y sufrimientos que he tenido que soportar en nombre de la religión. Mis problemas intelectuales, mis luchas espirituales, mis vacilaciones, incluso mis propias caídas temporales, todo ha sido descrito detalladamente en mis diarios privados. No quiero que quede oculto nada de lo que se refiere a mi historia espiritual si puedo contar con la certeza moral que los hechos revelados no serán mal entendidos. Sin embargo mi conocimiento de la humanidad me dice que hay muy pocas personas, muy pocas en verdad, cuyos prejuicios religiosos no las llevarán a sacar falsas conclusiones sobre mi idea de un cristianismo intelectual.
     No conozco ningún otro peligro más grave y universal que la costumbre establecida de sacar conclusiones por los demás y afirmar que si se duda o se niegan algunos puntos de los sistemas comunes de teología, hay que dudar o negar las verdades fundamentales del cristianismo. Esto no sucedería si los hombres pudieran manifestar sus ideas y sentimientos sobre la religión tan libremente como sobre otros asuntos, pero en el actual estado de cosas cada persona conoce su propio espíritu. De aquí se deriva una triste estrechez de ideas, poco distinta de la de los católicos, de aquí esa intolerancia escolástica que no admite conclusiones a no ser que se deriven de las premisas establecidas.
     Por lo que respecta a mí mismo, si no estuviera en entredicho mi personalidad intelectual, no me importaría escandalizar a las personas que fuesen, incluso arriesgando mi buena fama póstuma. Pero me considero (humildemente, según confío) como uno a quien la Providencia ha encargado una misión especial, la de dar testimonio de ciertas experiencias espirituales ante aquéllos que puedan leer mis escritos. Muchos no creen tener necesidad de mis pruebas sobre las tendencias malignas del catolicismo, porque están convencidos de que todas las formas del cristianismo son falsas y perversas; y por otro lado los que creen en el Evangelio no tienen necesidad de más razones para seguir firmes en su fe, ya proceda esta firmeza de espíritu de partido o de un vivo y sincero convencimiento. Pero sé de algunos casos en que mis razones, mi experiencia y mi ejemplo han ayudado a algunas personas a liberarse del papismo o de la irreligión. Sin embargo estoy seguro de que mis convertidos no van a ser ocasión de triunfo para ningún partido. No hay en mis escritos ni una partícula de lo que pueda producir en mí o comunicar a los demás un proselitismo ciego. En verdad que he intentado atrapar la chispa del entusiasmo religioso que salía de aquellas personas a quienes he querido sinceramente, pero mis esfuerzos han sido vanos. Lo que aquellos queridos amigos reprobaban en mí como orgullo intelectual no puede desaparecer más que conmigo mismo. Esta característica es evidente en todos mis escritos: tengo que venir y ver, y los que puedan beneficiarse de mi experiencia han de poseer esta misma disposición natural. Sin embargo estoy convencido de que esta fidelidad inquebrantable a la luz que hay en nosotros no tiene nada que ver con el orgullo. No tengo ningún motivo para dudar que estoy y siempre he estado dispuesto a seguir a la Verdad sin parar en pérdidas, peligros, honor o deshonor, pero como la Verdad nunca se me ha aparecido en medio de ese ancho caudal de luz que parece ha sido derramado en abundancia sobre algunos, como la verdad se ha mostrado a los ojos de mi espíritu como una estrella viva pero pequeña y parpadeante en medio de una tormenta, unas veces apareciendo en un momento fugaz con una belleza que arrebataba el corazón, otras entre espesas nubes de manera que si hubiera tenido menos fe hubiera sospechado que la primera visión no había sido más que un engaño; como así ha sido la manifestación de la Verdad a mi espíritu me he sometido a una prueba larga y dolorosa haciéndome el propósito de seguir siempre caminando ya en medio de resplandores, ya en la oscuridad, en la dirección que la luz me ha mostrado.
     ¿Estaré yo engañado como aquellos que intentan coger un objeto con los ojos vendados? Ciertamente puede suceder que la muerte detenga mi caminar después de haberme desviado considerablemente de la línea recta en que he procurado mantenerme, pero como no me habré separado voluntaria ni deliberadamente, mi error no podrá ser interpretado como negligencia o indiferencia.
     Como no puedo creer que sea el único mortal que posea estas cualidades espirituales (no voy a discutir si son virtudes o defectos), y como estoy seguro de que es precisamente para estas personas para las que la Providencia me ha convertido en advertencia, o quizá en guía, quiero con todas mis fuerzas evitar cualquier obstáculo que entorpezca mi destino moral. Deseo sinceramente que mi libertad espiritual no sea mal entendida, que no sea considerada, como la libertad de San Pablo de la ley mosaica, como prueba o señal de apostasía. De una vez para siempre declaro que desde mi encuentro con el cristianismo en Inglaterra, aun en medio de las tribulaciones espirituales más duras, he seguido obedeciendo a los preceptos de Cristo y me he encomendado continuamente a la misericordia de Dios por medio de Él.
     Seguiré con mi narración. Tan pronto como me convencí de que el cristianismo no podía ser una impostura, parece que revivieron inmediatamente los tempranos hábitos de mi espíritu con respecto a las doctrinas teológicas. El largo estudio que había hecho de la Teología me libró de la necesidad de tener que leer mucho para informarme de las creencias de la Iglesia anglicana. Después de una residencia en Oxford de cerca de seis años, sumando dos períodos diferentes, estoy convencido de que cuando me adherí a la Iglesia de Inglaterra sabía más teología que la mayor parte de los que eran admitidos a las órdenes. Mis enemigos han hablado sin razón sobre éste lo mismo que sobre muchos otros aspectos de mi vida. Ellos creen que mi cambio fue repentino y sin preparación, y hablan de mí como si fuera un ignorante en los estudios eclesiásticos y me hubiera limitado a aceptar las creencias de la Iglesia más próxima. Pero la verdad es que ningún cambio fue más natural y espontáneo que el mío. Fui asistente regular a la Iglesia y participé en la Cena del Señor antes de solicitar mi admisión como clérigo de la religión establecida. No quise dar este paso mientras seguía publicando El Español, pero tan pronto como después de la vuelta de Fernando [VII] y la restauración del despotismo la península fue cerrada a mi periódico, hice sin demora lo que habría querido hacer desde mucho tiempo antes, y habiendo firmado los 39 artículos me establecí en Oxford con el único propósito de perfeccionar mis conocimientos del griego y ampliar los que ya tenía de Teología.
     Había conocido en Holland House al Dr. Shuttleworth, Warden del New College. Confiando en su amabilidad le pedí me buscara un lugar para establecer mi casa en Oxford, lo que hizo sin demora, de forma que muy pronto me encontré alojado junto con mi pequeña colección de libros en las proximidades del New College.


1814. 39 años
     Creo que esto sucedió en octubre de 1814. Un caballero escocés que había conocido en casa de mi excelente amigo Mr. James Christie me dio una carta de presentación para el difunto Dr. Nicoll, que acababa de obtener su grado de Master. Nicoll, Shuttleworth y los hermanos Duncan (dos modelos de cariño y amabilidad) formaban el círculo de mis amistades. Apenas llevaba unos días en mi casa cuando Mr. (ahora Dr.) Charles Bishop, que acababa de volver de España, vino a verme en compañía de sus dos hermanos Mr. William y Mr. Henry Bishop, el primero de ellos ministro anglicano y Fellow de Oriel College, y el otro estudiante entonces y después ministro anglicano también. No soy capaz de expresar debidamente con mis palabras la alegría y los bienes que me vinieron con tal visita, porque desde entonces hasta el momento actual la amistad de William Bishop y su familia ha sido para mí causa de ilimitado agradecimiento. Si en cualquier ocasión en que mostrara mi legítimo orgullo por mis amistades y relaciones con Inglaterra, alguien me pidiera una muestra de lo mejor que esta tierra puede producir, no dudaría en señalar inmediatamente a la familia de los Bishop de Holywell, en Oxford.
     Mr. Parson, de Holywell, que estaba entonces trabajando en la edición de la Biblia de los Setenta, me hizo también el favor de visitarme como prueba de buena vecindad. Su hija mayor, después Mrs. Nicolls, joven inteligente y dotada de las mejores cualidades, tenía buenos conocimientos de música y como nunca he perdido ninguna oportunidad de ayudar en este hermoso arte a cualquier persona a quien mis conocimientos pudieran ser de alguna utilidad, lo que fui capaz de hacer en favor de Miss Parsons me dio constantes ocasiones de visitar a su familia.
     Reanudé mis estudios con todo empeño, pero mi salud estaba muy quebrantada y los constantes sufrimientos que desde entonces me han venido privando de tranquilidad y fortaleza espiritual, y que en algunas ocasiones me han hecho penoso el mismo vivir, iban agravándose rápidamente. Luchaba con todas mis fuerzas contra ellos, pero mis días eran malos y las noches peores.


1815



     Llevaba en Oxford un año cuando Lord Holland, a la vuelta de un viaje por el extranjero, me ofreció el puesto de tutor de su hijo y heredero, el honorable Henry Fox. Este ofrecimiento me resultaba muy atractivo, pero no me consideraba suficientemente preparado para desempeñarlo dignamente, por lo que di esta razón como el principal motivo para declinar una invitación tan honorable y ventajosa para mí. Pero Lord Holland insistió amablemente de forma que pudo con mi resistencia. Acepté por consiguiente y dejando mi pequeña casa de Oxford me fui a vivir a Holland House. Lord y Lady Holland me trataron con mucha cordialidad y su ininterrumpida amistad es el testimonio más halagador para mis sinceros esfuerzos en el cumplimiento de mi deber con su hijo. Pero no puedo negar que sufrí muchísimo en mis dos años de residencia en su casa. Repetidamente había pedido ser librado de una tarea para la que no tenía ni salud ni ánimo. Al cabo de estos dos años, Lord y Lady Holland me pidieron que los acompañara a Bélgica, donde iban a estar unos cuantos meses, pero decliné positivamente la invitación. El mismo día en que salieron de Londres con su hijo y mi pupilo le escribí una carta a Lord Holland manifestándole la total incapacidad en que me veía de seguir con mi ocupación a su regreso y rogándoles encarecidamente que aprovecharan este paréntesis para encontrar otro tutor. Todavía conservo su respuesta, que es extremadamente cariñosa.
     Con mi libertad recobrada, pero en lastimoso estado de salud, dudaba dónde establecer mi nueva residencia. Podría haber vuelto a Oxford, pero el hecho de no ser miembro de aquella universidad había sido una secreta causa de mortificación durante mi estancia allí. Pensé en matricularme como estudiante en Alban Hall, donde Mr. Parson era Vice-Principal, y a pesar de la embarazosa situación que suponía este descenso en rango cultural creo que hubiera pasado por él de no haber sido llamado a Holland House. Pero el tiempo había aumentado el peso de mis objeciones y como no tenía esperanzas de conseguir un grado académico abandoné la idea de vivir en Oxford.
1817.
- - -
     Me instalé en las cercanías de St. James' Square en Londres, para estar cerca de mis queridos amigos los Christie. Mi amigo Mr. James Christie había decidido enviar a Francia a su mujer y a sus hijas para completar la educación de estas últimas. Él habría de permanecer en Londres pero con vistas a mantener una residencia más pequeña durante este tiempo había alquilado el primer piso de una casa en Pall Mall, cuya planta baja estaba ocupada por un librero. Como el segundo estaba libre, mi amigo me propuso que lo alquilara yo, lo que hice con la alegría de vivir bajo el mismo techo con una persona a la que apreciaba y quería tanto. Esto me hizo no prestar mucha atención al gasto que suponía (y que difícilmente podía soportar) amueblar la casa y participar en los gastos de mantenimiento. De todas formas, aunque nuestra amistad continuó inquebrantable, poco consuelo nos pudimos dar el uno al otro. Por un lado, el ánimo de mi amigo estaba muy afectado por la ausencia de su familia y por mi parte los sufrimientos de mi enfermedad se habían hecho completamente intolerables.
     A consecuencia de ello tomé la decisión de hacerle caso a los médicos y me sometí a dos severos tratamientos, el primero bajo la dirección de un inútil e ignorante curandero y el otro a cargo de un médico muy capaz. El resultado fue una debilidad extrema que no me dejó casi nada más que piel y huesos, de tal manera que no era capaz de mantenerme en pie.


1818. 18 agosto
     En este desesperado y triste estado recibí la visita de otro buen amigo, Mr. [Francis] Carleton, sobrino del difundo Lord Carleton, que vivía con su mujer y dos hijos pequeños en Little Gaddesden, Herts, muy cerca de Ashridge, la espléndida mansión del conde de Bridgewater, y me invitaba a vivir en su cottage. No tenía tutor doméstico para su hijo mayor, niño entonces de ocho años, y aunque no lo hizo con este fin, acepté su propuesta con el propósito deliberado de pagar la hospitalidad de mi amigo con este servicio.
     Siento decir que en este empeño fui muy poco afortunado. Mi gran debilidad me hacía muy irritable y mi alumno tampoco era un modelo de docilidad, por lo que creo que poco fui capaz de enseñarle. Los Carleton me trataban como si fuera un hermano, pero creo que los últimos seis meses de mi estancia con ellos (que tuvo una duración total de unos dos años) debió haber sido motivo de problemas para ellos. Como estaba totalmente debilitado y no podía soportar el ruido de los niños en una casa pequeña y poco confortable, casi llegué a volverme loco. Había dejado de intentar enseñar al hijo mayor, y en tales circunstancias no había nada que justificara vivir a expensas de mis amigos. A lo largo de mi vida nunca me ha gustado ser un intruso sino que, al contrario, he tenido mucho cuidado de no ser una carga para nadie. Sin embargo, parece como si mi absoluta debilidad y mi total dependencia en estos amigos para cualquier cosa por pequeña que fuera, me hubiera hecho totalmente ciego a la necesidad de dejar su casa.
     Para justificarme debo decir que con toda seriedad le rogué a mi amigo Carleton que aceptara una compensación económica por mi manutención pero él no quería ni oír hablar de esto. A pesar de todo, estaba tan necesitado de su compañía que nunca llegué a sacar la consecuencia obvia de aliviarlos yéndome a vivir a otra parte. Y esto es más extraño todavía porque por este tiempo la joven familia de mis amigos iba aumentando. Pero es difícil calificar la insensibilidad (no conozco otra palabra más suave) a que mis sufrimientos me habían reducido sobre este particular. Permanecí allí como si aquella casa fuera mi refugio natural, como si los lazos de la sangre me hubieran atado a aquel lugar. Pero repentinamente desperté de mi sueño y me di cuenta de la necesidad de buscar otro refugio. Mis amigos seguían siendo tan amables y cariñosos como siempre, pero ya tenía los ojos abiertos a la necesidad de privarme de la felicidad que era para mí gozar de su compañía. Pero no era capaz de decidir a dónde ir ni cómo viajar en mi lastimoso estado de salud, con los dolores y la debilidad que me había ocasionado mi enfermedad.
     Lo único que se me ocurrió fue comunicarle mi triste estado de salud a mi amigo el reverendo William Bishop, con quien había mantenido correspondencia regular desde nuestra separación. Su respuesta fue una apremiante invitación a que me fuera con él a Ufton, Berks, y estuviera en su casa el tiempo que quisiera. Acepté la invitación con el propósito de aprovechar el tiempo para determinar dónde iba a establecer mi residencia permanente. Con gran pesar me despedí de mis buenos amigos Carleton. Nuestra entrañable amistad ha permanecido inalterable durante muchos años, a pesar de su larga ausencia de Inglaterra.


1820. 12 diciembre



     El descanso de la casa parroquial de mi amigo en Ufton fue muy favorable para mi salud y mi ánimo, pero la mejoría fue tan lenta que apenas era perceptible. Fue allí donde recibí una carta del poeta Mr. [Thomas] Campbell invitándome a escribir para el New Monthly Magazine, de cuya dirección se había encargado. Este fue el origen de las Cartas de España. No era capaz de escribir mucho de una vez, pero dedicándole a esta tarea una hora cada mañana vi que la obra progresaba, y al cabo de tres meses casi había dado fin a mi proyecto.
     Pensé entonces regresar a Londres. La mujer y los hijos de mi amigo Christie habían vuelto de Francia y la familia vivía ahora en Chelsea. Vivir cerca de ellos era muy importante para mi felicidad. Por tanto, me fui a Londres y tomé casa cerca de ellos.

1821. 2 abril

     Durante cerca de seis años su casa fue la mía. No puedo expresar debidamente mi gratitud por su ininterrumpido cariño para conmigo y por haberle permitido a mi hijo todas las ventajas de la compañía de los suyos, ayudándole en todo momento en la formación de su carácter moral y educación como si hubiera sido uno más de la familia. Mi amigo Christie se ha llevado a la tumba esta deuda mía de gratitud, que quisiera poderle pagar a su mujer y a sus hijos. Si un cariño profunda y sinceramente sentido puede ayudar a compensar la deuda, entonces no me puedo acusar de haber sido un deudor descuidado.
     Mi salud siguió mejorando, pero lentamente. Como las Cartas de España me habían dado a conocer en el mundo de los libros Mr. [Rudolph] Ackerman, del Strand, que quería publicar un periódico español para los lectores sudamericanos, me pidió que me encargara de esta publicación suya. Yo no estaba decidido, porque su idea era hacer algo del estilo del Ladies' Magazine. Tenía una enorme cantidad de láminas de cañadas, cascadas, villas, edificios públicos y hermosas señoras que, cambiando lo que decían del inglés al español, podían adaptarse magníficamente al nuevo mundo. Cada número debía llevar cierta cantidad de estos grabados y la idea de convertirme en el instrumento literario de esta exhibición de galanterías me sublevó. Pero me puse a considerar el asunto desde otro punto de vista: podía hacer del pretendido periódico un vehículo de informaciones útiles para unos pueblos que hablan una lengua en la que no abundan libros que los orienten y eduquen dadas las circunstancias públicas en que viven. Esta idea hizo que me decidiera a aceptar la oferta de Mr. Ackerman y me comprometí a tomar a mi cargo el periódico con la única condición de que el editor encargara a otro español las explicaciones de los grabados de moda y decoración. También conseguí la promesa de que no se entrometería en mis artículos, y yo, a mi vez, le aseguré que no asustaría a los hispanoamericanos con controversias religiosas que pudieran perjudicar la libre entrada y circulación del periódico en aquellos países. Las condiciones económicas eran buenas, puesto que recibiría trescientas libras anuales por cuatro números.
     Escribí el periódico durante cerca de año y medio. A pesar de que hice todo lo posible para que fuera útil, el trabajo me resultaba odioso. Escribir para un público lejano es tan difícil como pronunciar un discurso sin oyentes que lo escuchen. Además, pensar en español no sólo se me había hecho muy difícil, sino que me causaba grandes sufrimientos que me quitaban la alegría. Sin embargo, es posible que a pesar de todo esto las Variedades - como se llamaba el periódico - hubiera seguido bajo mi cuidado mucho más tiempo de no ser por el cambio repentino que unas circunstancias inesperadas vinieron a traer a mis ocupaciones literarias.


1826. 2 octubre. 51 años
     Mi separación de los queridos amigos que dejaba en Chelsea y sus alrededores contribuyó también a menguar la alegría de mi regreso a Oxford. Los Christie eran para mí como mi propia familia. También había otra persona que no vivía lejos de mí por quien sentía un amor fraternal. Era Mr. James Hawkins Wilson, de St. Mary Hall, en Oxford, que se había mostrado como un excelente amigo y había ganado mi afecto. Mr. Wilson era (con gran dolor tengo que usar el tiempo pasado) hombre de gran talento y cultura, de costumbres muy educadas y habitualmente guiado por los más altos principios morales; era religioso, pero libre de entusiasmo y fanatismo, y, aunque era más joven que yo, siempre me daba algún buen ejemplo que imitar. Dejé de ser vecino suyo, pero su casa siguió estando abierta para mí siempre que venía a la ciudad. Cuando me lo encontraba solo el tiempo en su compañía pasaba volando, y cuando estaba con sus familiares la amabilidad y el buen humor de todos hacían que el visitante se sintiera muy a gusto. Pero una enfermedad cardíaca segó la vida de mi joven amigo y se lo llevó el 22 de octubre de 1830, a los treinta y cuatro años de edad. He mirado la fecha en el anillo de luto que me dejó y que siempre llevo puesto en mi mano.
     Y ya he llegado al fin de estas notas. Mi salud y mi estado de ánimo me impiden el seguir la narración a partir del momento en que me establecí en Oxford como miembro de Oriel College. El fin de estas memorias es remover las ideas falsas con respecto a mi persona. Es verdad que en esta última parte de mi vida nuevos y más fuertes prejuicios se han elevado contra mí, pero no tengo ya fuerzas para escribir nuevas apologías.
     Quiero acabar con una ardiente plegaria a Aquel que me ha protegido en medio de una vida llena de dolores, para que bendiga a los que han contribuido a aminorar los sufrimientos morales y físicos que he padecido en los últimos veinte años. Que Dios le bendiga a usted y a su familia. Que Él ayude y recompense a los buenos amigos con quienes he vivido en Oriel. De todo corazón doy gracias a mi Creador y Redentor porque cuando mi corazón desborda de gratitud y reconocimiento en este momento, no hay en él ni una gota de resentimiento: mis enemigos no existen para mí cuando pienso en mis amigos. Mi vida temporal estará colmada con las mayores bendiciones si Dios tiene a bien concederme la perseverancia en estos mismos sentimientos hasta que entregue en sus manos mi espíritu. J. B. W. Oxford, 7 de abril de 1832.


COSTUMBRES HÚNGARAS

Un día de verano

Un día de verano, en que el cielo incierto de Inglaterra había amanecido con el aspecto dulcísimo que a veces toma, dispuse valerme de uno de los barcos de vapor que en aquella estación suben diariamente, río arriba, desde la Torre de Londres hasta el hermoso pueblo de Richmond. Un vientecillo ligero del sudoeste daba a las aguas y las hojas el movimiento necesario, y no más, para quitar la quietud macilenta que toman las escenas campestres inglesas, en los días de calor y calma, a causa de la humedad de que abunda la atmósfera. A poco rato de esperar a la orilla, divertido con la escena de actividad que las cercanías de Londres presentan a todas horas, descubrí, por cima del torno inmediato, la columna movible de humo que indicaba la cercanía del barco; y en breve apareció, cortando majestuosamente las aguas, rodeado de la espuma que forman las aletas de las ruedas; en fin, con más apariencia de un monstruo marino que se mueve a discreción propia que de máquina inanimada a quien la ingeniosidad del hombre da impulso. Púseme en un bote pequeño y enderecé hacia el barco, que al momento refrenó el ímpetu con que iba, como si de modo propio se dispusiese a recibir la nueva carga. La subida cómoda y segura, la anchura de la cubierta rodeada de una baranda agraciada, la variedad de pasajeros, parte sentados, parte paseándose como por una gran sala, todos bien vestidos, todos de buen humor, aunque quietos, presentan al no acostumbrado un cuadro de la mayor novedad e interés. Pero nada llega a la variedad bellísima que halaga la vista, al paso que el barco se deja atrás a Londres. Aun antes de perder esta ciudad de vista, ella sola basta para excitar en la mente un enjambre de ideas y en el corazón un remolino de afectos. ¡Qué grandeza, qué poder, cuántas virtudes, cuántos vicios, qué acumulación de placeres, qué peso enorme de aflicción y dolor se encierran en aquel mar de casas, de que sólo descubro la orilla! El hilo (si es que lo tienen) de estas ideas se rompe al acercarse al gran puente de Waterloo, cuyo igual no se ve en Europa. Se pasma la imaginación a hallarse surcando las aguas libremente bajo los arcos aplanados que dan paso al río, al ver la solidez de la estructura, la magnitud de los cantos de granito azulado y, más que todo, la aparente facilidad que la obra presenta después de acabada. Pero si los otros puentes pierden parte de su efecto sobre el espectador después de visto el de Waterloo, hacen, no obstante, que la admiración se aumente por su variedad y su número. El puente de hierro colado de Vauxhall, por la extrañeza de su material y construcción, admira al que lo ve de nuevo, y mucho más al que pasa debajo de él y observa la multitud y complicación de las barras que lo sustentan.
     Pasado que se ha el Real Hospital de Chelsea, que da magnífico asilo a los inválidos del ejército, la escena toma el carácter mixto, ciudadano-campestre, que es propio de Inglaterra. Ambas orillas están salpicadas de casas y aun de pueblos pequeños. Pequeños, digo, en comparación de Londres, pues Hammersmith, por ejemplo, pasaría por villa de primer orden en otras partes. Abundan las casas de campo de gentes ricas a la margen del nobilísimo río, que, estrechándose poco a poco, gana en tranquilidad y belleza lo que pierde en raudales. Los jardines reales de Kew, el elegante puente de piedra que toma el nombre del pueblecito en que están los jardines, los edificios que descuellan aquí y allí, en todas direcciones, y parecen moverse con el rápido movimiento del barco, en fin, la multitud de árboles, especialmente sauces acopados, de las orillas, que dan a las aguas transparentes del río un verde esmeralda de la mayor pureza, transportan la imaginación a países encantados y la dejan atrás en sus más atrevidos vuelos. Mas ¿quién podrá describir las sensaciones internas que, entre tales objetos, causa la banda de música que a deshora rompe en ecos que, en la expansión del aire libre, pierden hasta la menor aspereza o disonancia? Una orquesta completa y arreglada daría al aficionado a música placeres de un orden más superior, más enlazados con el entendimiento, más coloreados con las fuertes tintas de las pasiones, pero en vano aspiraría a excitar el vivo, aunque suave, transporte que las vagas vibraciones de un arpa, acompañada de tres o cuatro instrumentos de viento, producen bajo un cielo plácido, toldado de ligerísimas nubes, en tanto que un bajel movido sin velas ni remeros se desliza por cima de mil imágenes de árboles, casas, sol y nubes, que bailan ante los ojos, pintadas en el fondo del río.


LUISA DE BUSTAMANTE

La siega del heno

No obstante el triste clima de Inglaterra, se gozan en ella ciertos días que, aunque no tienen el brillo y la alegría de los de España, inspiran un placer suavísimo mezclado con melancolía. De esta clase son algunos días hacia mediados del mes de mayo. Los árboles están cubiertos de una verdura tan virgen que parece a cada instante haber salido del seno de la planta. La inclinación de los rayos del sol les da, por medio de la refracción, una especie de esmalte agradabilísimo a los ojos. Nubes quebradas y ligeras, en mil figuras caprichosas, pasan rápidamente en las alas del viento, que parece jugar con ellas. Por este tiempo y algunas semanas más tarde, se hace la corte del heno, que es parte principal del alimento de los caballos todo el año y del ganado vacuno en el invierno. El heno consiste en una variedad de yerbas que nacen espontáneamente en los prados; pero entre ellas abunda una con un olor tan refrigerante y delicado que en el tiempo de esta cosecha el aire se respira embalsamado por algunas millas en contorno. Como la vendimia en países de viñas antes parece regocijo que trabajo, así acontece aquí con el heno. Largas hileras de segadores, con hoz cuyas cuchillas tienen vara y media de largo, se ven marchar a compás, dándose lugar uno a otro y dejando la yerba postrada en lomos o caballetes. De cuando en cuando se paran a afilar las hoces con un pedazo de piedra de amolar que llevan a la cintura en una vaina de cuero. El sonido es de los más alegres que pueden oírse, ora sea por la reunión de ideas deliciosas que excita, ora por cierto retintín campestre que naturalmente agrada cuando se oye en la amplitud de los prados. En pos de los segadores va un número considerable de mujeres con perchas para separar la yerba y exponerla al sol y al viento a fin de que, secándose, se convierta en heno. Los muchachos y muchachas del contorno tienen el mayor placer en revolcarse sobre el heno al punto que empieza a secarse, tirándose unos a otros puñados de la olorosa yerba y frecuentemente cubriendo del todo a algún otro que yace pacientemente en tierra para este juego. Todo respira animación y vida; todo convida a la alegría, al amor y a la esperanza. ¡Ay, Dios, qué contraste para los que al través de estos mismos campos caminábamos a pasos lentos conduciendo a nuestro difunto amigo al jardín mortuorio de una iglesia rural en que él había buscado recreo algunas veces sentado sobre una de las piedras sepulcrales, con su mujer y su hija!


El padre de Luisa

 "Yo tenía un cierto patrimonio, que, reducido a contante y puesto en las rentas francesas, no me permitía el temer verme algún día destituido. Pero un aventurero inglés con quien trabé amistad en París empleó sus talentos, para lo cual eran grandes, en rodearme con lazos de que al fin no pude escapar. Llenóme de temores acerca de la responsabilidad de los fondos de Francia y me persuadió que si bajo su dirección transfiriese mi dinero a Inglaterra él sabría emplearlo de modo que mi renta anual se doblase. Cedí y vine con él a Inglaterra, de donde poco después determiné visitar en secreto a Cádiz, el tiempo que las armas de los Borbones franceses se iban a emplear en restablecer la autoridad de los Borbones españoles. El objeto con que fui a Cádiz, dejando a mi mujer e hija en París hasta mi vuelta a Inglaterra, fue el recobro de cierta suma de dinero que estaba en las manos de uno a quien yo contaba entre mis más fieles amigos. Tanta confianza tenía en él que me puse en sus manos, no obstante el riesgo que corría por parte de los patriotas, que me tenían por afrancesado. Entré en Cádiz con nombre fingido y fui incontinenti a abrazar a mi amigo. Pero cuál fue mi sorpresa cuando me dijo que mi venida se esperaba por algunos que me querían mal, que no había un momento que perder si quería conservar mi libertad y acaso la vida. Haciéndome firmar un papel por el cual ponía en su poder ciertas haciendas que eran mías en Castilla y con achaque de que él las recobraría como deuda reconocida por mí (único motivo de mi viaje a Cádiz), me apresuré a ir con gran secreto al paquete inglés que iba a hacerse a la vela aquella noche, asegurándome al mismo tiempo que me enviaría sin tardanza el saldo de nuestras cuentas. Volví a Londres sólo para tomar dinero con que pasar a Francia por mi mujer e hija. Pero ¡quién podrá describir mi desesperación cuando, preguntando por mi amigo, me dijeron que había salido cosa de dos semanas antes para la Jamaica! Pregunté con manifiesta agitación a sus banqueros si el señor Earle había dejado algunos fondos a mi crédito. A esto me respondieron que no había dejado ni un chelín en Londres, que había vendido cuanto se hallaba a su nombre en los fondos y al parecer había salido del país con determinación de no volver. Imagínese Vd. mis ansias y temores. Este falso inglés no tuve la menor duda que me había robado la mayor parte de mis haberes. Seguirlo a Jamaica en mis circunstancias presentes era imposible. Añádase a esto que yo no poseía ningún documento legal que probase la deuda. Sus cartas las reconocían, pero el recobro debía ser costoso y muy difícil. Escribí, pues, al momento al depositario de lo que me quedaba en España. Su nombre era Acosta. Le supliqué me mandase algún dinero a cuenta, pero no tuve respuesta. Mis ojos se abrieron de repente sobre el abismo en que iba a sumergirme. Apenas me quedaban medios de mantenerme en Londres. ¿Qué había de hacer? Mi mujer e hija en París pidiéndome socorros... ¿cómo iría por ellas y adónde las depositaría aquí?      Vendí la única prenda de valor que tenía conmigo, una repetición de oro, y, perdiendo enormemente en la venta, como sucede siempre que los compradores conocen que el vendedor no tiene otros recursos, tomé unas doce libras esterlinas y marché a París. El alma se me partía al informar a mi pobre mujer de nuestro estado presente. Esa pobre niña, que por su desgracia tiene más reflexión que la que promete su edad, se impuso en un momento y comprendió la extensión de sus desgracias. Cuantos adornos poseían las dos, algunas pequeñas joyas, zarcillos y otras cosillas de esta clase, todo se vendió. Recogimos el dinero y nos volvimos a Londres. Pero el viaje consumió la mayor parte de nuestro haber. Mi objeto era ver si podría encontrar medios legales de recobrar mi caudal. Consulté a un abogado, y la consulta se llevó otra porción de mis medios pecuniarios. La fatiga de estos viajes, la aflicción causada por tales traiciones, la desesperación con que veía el porvenir, todo contribuyó a postrarme en esta cama. Esputos de sangre y una tos intolerable eran indicios muy claros de la naturaleza de mi mal. Mi pobre esposa apenas estaba mejor que yo. Al paso que nuestras enfermedades crecían, menguaba nuestro dinero. La patrona instaba por el alquiler, pues, aunque su corazón no es duro, su pobreza le impide ser compasiva. Poco a poco todas nuestras prendas pasaron a las manos de los usureros que aquí devoran a los pobres bajo el nombre de empréstitos. Al principio de la enfermedad, la patrona hizo venir a ese médico, hombre compasivo, que desde el punto que entendió nuestra situación, lejos de esperar recompensa por sus visitas o por las medicinas que nos envía, no pasa día alguno sin que nos traiga algún regalito. Él y esa buena señora Christian, que nos encontró aquí de resultas de la caridad con que busca a los necesitados, han impedido el que nos muramos de hambre. A no mucha distancia se hallan españoles refugiados, pero los odios entre los llamados patriotas y los supuestos partidarios de los franceses no nos dejan aún en nuestro común destierro. El gobierno inglés no nos reconoce. En una palabra: el cielo y la tierra parece que nos abandonan. Yo siento que mi fin está cercano.
     El infeliz había interrumpido su relación con frecuentes paroxismos de tos, que casi lo ahogaban.
     -Si es que una Providencia benigna ha traído a Vd. para ser mi último alivio...      -No lo dude Vd. -respondí conmovido.
     -... prométame, puesto que Vd. se halla arraigado en este país, que no desamparará a estas infelices.
     Mistris Christian, que había entendido lo más importante de la conversación y que infería el resto por la impresión del rostro del pobre enfermo y por las lágrimas que corrían sin cesar de los ojos de la madre y de la niña, se levantó y, dando la mano al infeliz Bustamante, le aseguró en francés que cuanto estuviere en poder nuestro tanto se haría por ellas. Yo le hice la misma protesta y, despidiéndome por ahora, acompañé a la señora Christian hasta su casa, informándola entre tanto de las circunstancias que su poca inteligencia de la lengua no le había dejado entender. Los lectores benévolos no necesitarán que se les diga que desde este momento la señora mi amiga, el médico Mr. Powell y yo visitamos diariamente a la infeliz familia y, aunque no nos hallábamos con medios de atender a las muchas necesidades que se acumulaban de hora en hora, ni el hambre ni el frío pudieron desde este momento poner el colmo a los males de estos desgraciados.


La muerte de un exiliado

No intento mover a mis lectores con la descripción de los últimos instantes del infeliz expatriado. Baste decir que a principios de mayo exhaló el último suspiro entre mis brazos.
     Los entierros no se hacen aquí tan precipitadamente como en España. Es verdad que en algunas provincias de aquel país el calor del clima admite muy poca dilación, pero la grande importancia de evitar el error fatal de una muerte aparente impone una solemne obligación de esperar hasta que las primeras señales de disolución disipen toda posibilidad de duda.
     No obstante el triste clima de Inglaterra, se gozan en ella ciertos días que, aunque no tienen el brillo y la alegría de los de España, inspiran un placer suavísimo mezclado con melancolía. De esta clase son algunos días hacia mediados del mes de mayo. Los árboles están cubiertos de una verdura tan virgen que parece a cada instante haber salido del seno de la planta. La inclinación de los rayos del sol les da, por medio de la refracción, una especie de esmalte agradabilísimo a los ojos. Nubes quebradas y ligeras, en mil figuras caprichosas, pasan rápidamente en las alas del viento, que parece jugar con ellas. Por este tiempo y algunas semanas más tarde, se hace la corte del heno, que es parte principal del alimento de los caballos todo el año y del ganado vacuno en el invierno. El heno consiste en una variedad de yerbas que nacen espontáneamente en los prados; pero entre ellas abunda una con un olor tan refrigerante y delicado que en el tiempo de esta cosecha el aire se respira embalsamado por algunas millas en contorno. Como la vendimia en países de viñas antes parece regocijo que trabajo, así acontece aquí con el heno. Largas hileras de segadores, con hoz cuyas cuchillas tienen vara y media de largo, se ven marchar a compás, dándose lugar uno a otro y dejando la yerba postrada en lomos o caballetes. De cuando en cuando se paran a afilar las hoces con un pedazo de piedra de amolar que llevan a la cintura en una vaina de cuero. El sonido es de los más alegres que pueden oírse, ora sea por la reunión de ideas deliciosas que excita, ora por cierto retintín campestre que naturalmente agrada cuando se oye en la amplitud de los prados. En pos de los segadores va un número considerable de mujeres con perchas para separar la yerba y exponerla al sol y al viento a fin de que, secándose, se convierta en heno. Los muchachos y muchachas del contorno tienen el mayor placer en revolcarse sobre el heno al punto que empieza a secarse, tirándose unos a otros puñados de la olorosa yerba y frecuentemente cubriendo del todo a algún otro que yace pacientemente en tierra para este juego. Todo respira animación y vida; todo convida a la alegría, al amor y a la esperanza. ¡Ay, Dios, qué contraste para los que al través de estos mismos campos caminábamos a pasos lentos conduciendo a nuestro difunto amigo al jardín mortuorio de una iglesia rural en que él había buscado recreo algunas veces sentado sobre una de las piedras sepulcrales, con su mujer y su hija!
     Siguiendo la costumbre del país, la viuda y la huérfana, acompañadas por mí, por el señor Powell y la señora Christian, habían tenido el valor de ver depositar los restos del que tanto amaban en el silencio de la sepultura. Un carro cubierto, tirado de cuatro caballos negros guiados por un cochero de luto, y acompañados de criados envueltos en capas negras, llevaban en su hueco la caja, forrada por dentro y por fuera con un paño negro y claveteada con clavos plateados. Una chapa plateada expresaba el nombre y la edad del difunto. Como esta especie de honores funerales son de costumbre universal, tanto que hasta los más pobres usan al menos alguna parte de ellos, hay en todas partes de Inglaterra gentes cuya ocupación es proveer lo necesario para entierros, desde la pompa más costosa hasta el acompañamiento más humilde. Nosotros, los amigos del difunto Bustamante, habíamos procurado sólo lo que era indispensable para un entierro decente: el carro funeral y un coche enlutado para los dolientes.
     Era casi imposible el contener las lágrimas cuando, apeándonos junto a una abertura de la empalizada del prado de heno que estaba delante de la iglesia, los criados sacaron la caja de dentro del carro y, echando encima de ella una cubierta de terciopelo negro que colgaba hasta los pies de los cuatro que llevaban el difunto sobre sus hombros, el médico y yo tomamos en la mano derecha dos borlones que colgaban de las esquinas del paño. Seguidos de las señoras, que habían envuelto sus rostros en los velos negros que llevaban sobre la cabeza, empezamos a marchar lentamente hacia la iglesia, abriéndonos camino cuantos se hallaban en el prado, que, al ver venir el entierro, se acercaron respetuosamente con las cabezas descubiertas y en silencio. Este silencio es verdaderamente majestuoso. Al llegar a las rejas que rodean la iglesia y el jardín mortuorio, el clérigo de la misma, con la sobrepelliz talar de lienzo blanco que aquí se usa, salió a recibirnos y, teniendo el libro de los oficios en la mano, se puso delante de los que llevaban la caja dirigiéndolos a la iglesia. Había en ella unas banquetas elevadas sobre las cuales colocaron al difunto, entre tanto que el clérigo decía ciertos salmos que son de costumbre. Acabados éstos, volvimos a salir, en el mismo orden, a donde la sepultura, cavada en la tierra de ocho a diez pies de profundidad, se hallaba abierta con dos tablones gruesos cruzados. Habiendo leído el ministro ciertos pasajes de la Escritura que contienen promesas de inmortalidad, los criados pusieron la caja sobre los tablones, y, pasando por debajo unas cuerdas, quitados que fueron aquéllos, la caja se deslizó lentamente mientras que el ministro decía las palabras acostumbradas, palabras que no se pueden oír sin grande emoción de alma, tan solemnes y tan sublimes son en tales circunstancias:
     - A la tierra te entregamos, hermano nuestro. Polvo al polvo, ceniza a las cenizas, con la esperanza de una inmortalidad gloriosa.
     En esto, tomando cada uno de los dolientes un puñado de tierra, la derramamos sobre la caja, que resonó en el fondo de la hoya con un sonido lúgubre.
     Aquí faltaron enteramente las fuerzas a la infeliz viuda, y, dando un gemido agudo, hubiera caído como muerta en tierra, a no ser por el pronto auxilio del Sr. Powell, que la recogió en sus brazos. Luisita, más muerta que viva, asistió a Mistress Christian en administrar los medios de hacer volver del desmayo a su pobre madre; y, entre todos, la llevamos al coche de luto, que acaso nunca antes habría llevado dolientes más verdaderos que los que ahora lo ocupaban.


Luisa aya

     Casi estábamos sin esperanzas, cuando Mister Powell, en cuya casa, desde que Luisa quedó huérfana, había sido tratada como hija propia, volvió un día con semblante alegre diciendo que tenía esperanzas de acomodar a su hija adoptiva de un modo muy favorable a ella, aunque muy penoso para los que tanto la amaban.
     Este hombre, excelente y habilísimo médico, había sido llamado a visitar a la señora de una familia escocesa que, no obstante que se hallaba en cinta, tenía que embarcarse dentro de pocos días para Calcuta, en las Indias Orientales. Su marido, el coronel Macdonel, se veía obligado a seguir su regimiento y ni él tenía resolución para dejar a su mujer a tan gran distancia en circunstancias tan críticas, ni ella valor para separarse de su esposo, a quien ardientemente amaba. La señora Macdonel se hallaba indispuesta, y, como Mister Powell tenía fama de poseer un profundo conocimiento de las enfermedades relativas al estado en que se hallaba aquella señora, la había visitado diariamente por más de dos semanas, en cuyo espacio su gran talento y su gran bondad de corazón le habían ganado el de la familia. Habíanle comunicado todas sus circunstancias y, en el discurso de tales conversaciones, le dijeron que habían tratado de llevar consigo una joven bien educada que sirviese de compañera a la señora Macdonel. Nuestro buen médico creyó que oía una voz del cielo y, sin más tardanza, trajo a su Luisita a que viese y fuese vista. No era menester mucho para agradarse mutuamente, pues la señora Macdonel era en extremo amable y entendida, y de Luisa hemos dicho lo bastante para que los lectores crean que su vista y trato cautivaría a cualquiera que pudiese juzgar de su carácter y talentos. Pronto se hicieron amigas. Mas, a pesar de las ventajas visibles que este plan tenía en sí, Luisa sentía una pena mortal en la separación de los amigos que dejaba en Inglaterra, y a nosotros nos quedaba una melancolía inconsolable. Pero, como era por bien de nuestra querida amiga, todo lo llevamos con paciencia.
     Varias preparaciones eran necesarias para viaje tan largo y ausencia tan dilatada como esperábamos. Se hicieron con toda la prontitud posible, y, al cabo de quince días, fuimos todos a despedirnos de Luisita a bordo del Madrás, buque de mil trescientas cincuenta toneladas, y uno de los mayores y mejor acondicionados de la Compañía de Indias. Los que no han visto esta clase de buques no pueden concebir una idea clara de la hermosura de su construcción, de la amplitud de las cámaras en que se aposentan los pasajeros, de su limpieza, de la elegancia de los muebles, y del trato que reciben, durante un viaje de cuatro o cinco meses, las familias que toman pasaje en ellos. Cada uno de estos buques, casi más que los navíos de línea, es un pequeño mundo. Familias enteras con varios niños se hallan allí como si estuvieran en una posada grandiosa en tierra. Todas las provisiones son frescas, para lo cual llevan a bordo vacas y carneros, gallinas y otros animales de esta clase. Jamás falta leche para el té y otros varios usos. Cada día se cuece para los pasajeros y oficiales. Los niños y sus ayas tienen comida aparte, y las señoras y caballeros, a no ser en tiempo muy tempestuoso, disfrutan de los placeres de la mesa y de la sociedad como si se hallaran en un palacio. Todo esto apenas basta para aliviar el tedio de una navegación tan larga, especialmente la de Europa a las Indias Orientales, pues, a causa de los vientos constantes de ciertas latitudes, los buques no hacen escala alguna y apenas ven tierra hasta el fin del viaje. De la multitud que estos buques encierran, se podrá formar una idea por la lista de los que iban en el Madrás. Tenía a su bordo 20 oficiales, 344 soldados del Regimiento número 31, 45 mujeres y 66 niños de los soldados, 20 pasajeros y una tripulación de 148 hombres inclusos los oficiales de Marina. En todo, 641 personas.
     La magnitud de los preparativos para estos viajes, la esperanza de ver tierras distantes, en que la naturaleza hace alarde de sus más espléndidos tesoros y en que la sociedad humana manifiesta los contrastes más extraordinarios en la variedad de razas, religiones, de usos y costumbres, exaltan la imaginación de los jóvenes al principio del viaje. Pero la melancolía oscurece estos falsos rayos de luz y gravita como una nube sobre los que tienen que dejar lo que más aman en un país conocido y aventurarse en busca de una felicidad incierta a tal distancia que aun el consuelo de recibir cartas se desvanece con el temor de que el día en que la carta se escribió y aquel en que es leída mil acontecimientos funestos pueden haber sobrevenido. Aunque los ingleses, por sus circunstancias marítimas, están familiarizados con la idea de largos y peligrosos viajes, y cada familia es como un nido que queda desierto al punto que los pájaros se han cubierto de plumas, no obstante esto, hasta la gente común se conmueve cuando ve embarcarse tropas y otras gentes que parten para las colonias más distantes, cuales son las Indias Orientales y la Nueva Holanda. No ha mucho que un joven oficial marchaba desde los cuarteles de Chatam a Grenwich, con cerca de doscientos reclutas, a embarcarse para Bombay; por todo el camino, hasta los rústicos que los encontraban se quitaban el sombrero, usando las palabras más expresivas que tiene la lengua inglesa: «Dios os bendiga»; expresiones que, como el oficial mismo lo aseguró, le hacían saltar las lágrimas a los ojos.      Nuestra despedida fue dolorosa. Nuestro afecto a Luisa había crecido en extremo. La señora Christian, la hermana de Mister Powell, este excelente hombre, y yo, todos parecíamos dolientes en el entierro de una prenda querida. Y, en medio de la perspectiva más halagüeña, el corazón nos anunciaba desastres.


Naufragio

  Pero no nos olvidemos de nuestra Luisita. El espíritu que manifestó desde su niñez no se desmintió en esta ocasión terrible. La señora, su amiga, había apenas salido de la cuarentena cuando se embarcó. El delicado infante parecía en los brazos de su madre una tierna flor que, apenas ha despuntado del suelo nativo, es sobrecogida de una furiosa granizada que a cada instante amenaza quebrar su tallo. La desconsolada pero firme madre lo apretaba inadvertidamente al pecho a cada movimiento del buque y a cada bramido del viento. Luisa, los ojos brillantes con las lágrimas que asomaban sin correr por las mejillas, estrechaba con una mano la de su amiga y con la otra parecía querer abrigar al niño y defenderlo del soplo violento y frío del furioso huracán. Más de media hora duró esta penosa incertidumbre entre una muerte que estaba a la vista y la esperanza remotísima de salvamento que la naturaleza mantiene en todos hasta el instante de expirar.
     Antes por ocuparse en algo que con la expectación de descubrir algún buque a lo lejos, el capitán mandó a un marinero que subiese a la gavia con el anteojo. Varios de entre los desconsolados pasajeros tuvieron valor de dirigir su vista a donde se había apostado el marinero. Otros no querían dar alas a su esperanza, temiendo el dolor de verla frustrada, y parecían no prestarle la menor atención, aunque, en verdad, tenían el alma concentrada en el oído por saber lo que diría.      ¡Oh, cielos! ¡Qué gozo!
     -¡Vela a sotavento! -gritó el marinero.
     Mientras que los oficiales principales subían a ver el buque que se presentaba en el horizonte, mientras que se averiguaba si el pequeño bajel (un bergantín de doscientas toneladas) podía y quería exponerse al riesgo de dar socorro a un grandísimo navío que estaba para volarse a cada instante, la congoja de los infelices a bordo del Madrás antes se puede concebir que expresar. Hiciéronse las señales de desastre y empezáronse a disparar cañonazos de minuto en minuto para pedir socorro. Mas no pasaron muchos instantes sin que se viera que el bergantín viraba hacia el buque incendiado, pues, como se averiguó después, las nubes de humo que exhalaba habían dado al bergantín anticipada noticia del inminente peligro.
     Aquí fue el ver la mezcla de esperanzas y temores que se manifestó a una entre la multitud que la muerte no podía menos de diezmar. El bergantín no podía acercarse por miedo de la explosión del Madrás, que, con más o menos tardanza, era inevitable. Los que habían de escapar tenían que aventurarse poco a poco en los botes del buque. Mas echarlos al agua, en una marejada tan violenta que, cuando las dos embarcaciones se hallaban en los huecos formados a un lado y otro de una hilera de olas, el Cambria (así se llamaba el bergantín) perdía de vista al enorme Madrás, era cosa de mucho riesgo y muy dudoso éxito. Pero, en tales casos, la disciplina militar y naval de los ingleses es incomparable. Un corto número de oficiales basta a contener el ímpetu de una multitud de soldados y marineros. La maniobra de alijar el cutter (el mayor de los tres o cuatro botes de a bordo) se comenzó con el mayor orden y presencia de ánimo. El comandante militar colocó cerca del bote cuatro oficiales con las espadas desnudas, dándoles orden de atravesar a cualquiera que se quisiese arrojar fuera de su turno. Las señoras con sus niños habían de salir primero; después las mujeres de los soldados con sus pequeñuelos, luego los soldados y marineros y, últimamente, los oficiales en orden de funeral, es decir, los de grado inferior precediendo a los de grado superior y dejando a éstos el puesto de mayor peligro.
     No se dilató el momento angustioso de colgar el bote en los ganchos del aparejo por medio del cual, cargado con las más de las señoras y sus hijos, con un oficial que lo mandase y un número suficiente de remeros, empezó a descolgarse lentamente hacia las furiosas olas que parecían empeñadas en devorarlo. Para precaver el riesgo de que, trabándose los cables, tomase una dirección vertical y arrojase su animada carga al mar, se pusieron dos marineros experimentados con machetes junto a los cabos principales, con orden de cortarlos si el capitán lo creyese necesario. Embarazóse uno de los motones y, no dejando correr las cuerdas, llegó la proa del cutter a tocar las olas antes de que la popa bajase igualmente; y se vio, con el mayor horror, que las pobres señoras que no estaban, como las más lo habían sido, estivadas bajo los bancos, apenas podían mantenerse sin caer al agua. Si la buena fortuna no hubiera traído una ola furiosa que levantó la proa y, aligerando el aparejo de popa, desenganchó el bote, todos los que estaban en él hubieran perecido en un momento. Los padres, los esposos, que se quedaban en el buque incendiado, miraban la frágil barca subir y descender con las enfurecidas olas como si quisiesen impelerla con sus ojos. Pero la distancia era tal, por miedo del incendio, que el bote tardó veinte minutos en ponerse a la borda de Cambria. Aferrarse a él era imposible sin astillar el bote, combatido como lo estaba por la marejada. Pero había a bordo de treinta a cuarenta mineros, hombres forzudos del condado de Cornwallis, que iban a Méjico empleados por una de las compañías de minas de aquel país. Con la mayor prontitud se colocaron en las cadenas de las jarcias y, sosteniéndose con la mano izquierda, esperaban, confiados en su gran fuerza, que los del bote, valiéndose de la oportunidad de las olas, saltasen hacia ellos. Las pobres mujeres, aun las más tímidas, tenían ánimo para este aventurado salto de que dependía su vida. El primero que se salvó del peligro inminente fue el tierno infante hijo de la señora Macdonald. La última que dejó la peligrosa barca fue nuestra Luisa Bustamante, que, como por milagro, se hallaba en ella. Cómo se salvó del Madrás no se puede pasar en silencio.
     Ya iba a alejarse el cutter cuando un joven oficial del Regimiento Treinta y Uno la sacó casi por fuerza de la carroza de la cámara, gritando a los del bote y llamando repetidamente al coronel Macdonald, quien, desconsolado al ver a su mujer y a su hijo en tan inminente riesgo, aunque en vía de salvación, no se movía de a bordo del bajel, de que el bote se iba ya a separar. Macdonald y su esposa, en medio de tan grande confusión y prisa, no habían echado de menos a Luisita o suponían que estaba empaquetada en el fondo del cutter. Al verla expuesta a quedarse en el buque hasta al vuelta del bote, que no sería en menos de tres cuartos de hora, corrió a la joven amiga de su mujer, a quien estimaba como a hija propia y, echándola en cara su tardanza, entre él y el oficial la tomaron en brazos y, valiéndose de la subida del cutter en la cresta de una ola, la dejaron caer en él sobre las espaldas de uno de los remeros. De éstas se deslizó hasta fijarse entre dos de las señoras. Pero tal iba de apretada la infeliz y atemorizada carga que la Sra. Macdonald no supo que tenía a su amiga junto a sí hasta que algunos minutos después oyó su voz.
     Pero ¿cuál había sido la causa de la tardanza de Luisa? Muchos habrá que apenas la crean, aunque les puedo asegurar que no es ficción mía (4).      Al primer agolpamiento de las señoras hacia el bote, Luisita estaba entre ellas. En tanto que otras entraban, una pobre mujer de un soldado se acercó a nuestra hermana tan llena de terror que parecía iba a perecer con su exceso. Sus lamentos, sus exclamaciones, movieron la compasión de Luisita de tal modo que, sin poder contenerse, le dijo:
     -¡Pobrecita, no te aflijas; ponte aquí en mi lugar! En la confusión presente sólo se cuentan las personas que han de ir en la primera carga. Yo me esconderé en la carroza, y el cielo te salve de la muerte. Por lo que hace a mí, no la temo.
     Diciendo esto, se retiró y, sentada en los escalones de su cámara, sacó un librito que llevaba en la faltriquera y se puso a leer tranquilamente.
     Pero, aunque Luisa creía que en el peligro universal nadie se acordaba de ella, su propia modestia la engañaba. Desde el momento que entró en el Madrás hasta el instante presente, un joven oficial irlandés, llamado O'Connor, había fijado los ojos en ella, tan encantado con su gracia, su afabilidad y sus talentos que, si la noche lo separaba del objeto de su admiración, su pensamiento no la dejaba un instante. Las atenciones del joven habían sido notadas de todos, a excepción de Luisa, pues, no teniendo vanidad alguna, creía que si O'Connor se sentaba siempre junto a ella a la mesa era por casualidad y que, si hablaba más con ella que con las otras señoras, era curiosidad nacida de ser ella española.
     Sucedió, pues, que en medio del incendio, aunque O'Connor excedió a todos en sus esfuerzos por contenerlo, casi jamás perdió de vista a la hermosa criatura que había encantado su alma entera. La vio, pues, retirarse y dar su puesto a la mujer del soldado y, comprendiendo su generosa intención, dijo lo que pasaba al coronel Macdonald, quien le suplicó (y no fueron menester muchas instancias) que fuese sin tardanza a traerla al bote. El enamorado joven no gastó muchas palabras, pues, tomándola en sus brazos, la puso sobre la cubierta. Luisa, por no hacerse notar, cesó en su resistencia y, dando la mano al oficial, se dejó conducir y echar en el bote, pero no sin susurrar al oído de su libertador:
     - Quedo reconocida a Vd.
     Palabras que se grabaron al punto en el corazón del joven, de tal modo que sólo la muerte pudo borrarlas.
     No nos detendremos en acabar por menor la horrible pintura de la suerte final del navío Madrás y sus habitantes. En la confusión y desorden que se siguió al primer embarque, los cinco botes que quedaban además del cutter se hallaron bien pronto astillados y haciendo tanta agua que sólo podrían servir de llevar al fondo a los que aturdidamente se confiaron a ellos.



dibujo de musas
Hecho con / Made with Mac