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Índice
  1. Los inicios del pensamiento liberal español: José María Blanco White
  2. José María Martínez de Pisón Cavero
  3. Menéndez Pelayo y Blanco White
  4. Menéndez Pelayo
  5. Blanco White, in partibus infidelium
  6. Alfonso Lázaro Paniagua - Manuel Escamilla Castillo
  7. José María Blanco White, intérprete de Shakespeare: pasajes traducidos y reflexiones críticas
  8. Pilar Regalado Kerson
  9. Las ideas de Blanco White sobre Shakespeare
  10. Miguel Ángel Cuevas
  11. José María Blanco White y la independencia de América: ¿Una postura pro-americana?
  12. Roberto Breña
  13. Cartas de España
  14. Vicente Llorens

Los inicios del pensamiento liberal español: José María Blanco White

1. La figura de Blanco White.
En noviembre de 1807, el sacerdote sevillano José María Blanco y Crespo (BLANCO WHITE, 1775­1841) fue invitado a pronunciar en el Instituto Pestalozziano, en Madrid, el discurso de conmemoración del primer aniversario de su creación realizada bajo el gobierno de Godoy. El objetivo del Instituto era introducir en España uno de los métodos de enseñanza más innovadores en la Europa de entonces, el del pastor protestante JOHAN HEINRICH PESTALOZZI (1746­1827). La intervención de Blanco White, titulada «Discurso sobre el método de enseñanza de Pestalozzi», tuvo por objeto, como no podía ser menos, la exposición y desarrollo de la teoría sobre la educación de este importante reformador suizo, cuya obsesión por la renovación pedagógica reflejaba el espíritu de la Ilustración. El experimento, como muchos de los proyectos renovadores en España, no sobrevivirá mucho tiempo y en enero de 1808, dos meses más tarde, será clausurado sin más explicaciones. La vida de Blanco White cambiará también durante los meses siguientes como consecuencia de la invasión de las tropas napoleónicas.
Desde entonces, pondrá su pluma, sus conocimientos y su inteligencia al servicio de un profundo cambio de la estructura política del país y, sobre todo, de la defensa de las ideas de tolerancia y de libertad.
No obstante, la obra y el pensamiento de Blanco White son hoy bastante desconocidos. Por un lado, porque el mundo académico no se ha interesado por estudiar y analizar en profundidad una figura que no deja de ser compleja y que nunca ha sido objeto de su atención. Por otro, un personaje tan controvertido como Blanco White suscitó ya en vida comentarios que han perdurado injustamente, y que, sobre todo, han desfigurado su personalidad y su aportación al surgimiento de un pensamiento liberal en España. Una lectura que desbroce en sus escritos las reflexiones más sensatas de los juicios exaltados es sin duda una aportación necesaria para la reubicación de la figura de Blanco White y para una más adecuada valoración del surgimiento y de las aportaciones del primer liberalismo hispano.
Cierto es que la trayectoria vital de Blanco White tuvo y tiene una influencia determinante en el silencio y en el juicio posterior sobre su obra. Y es que, en efecto, su biografía está marcada por su exilio en Inglaterra producido en 1810 y por la actividad periodística e intelectual que desplegó a partir de ese momento. Pronto, los conservadores no tardaron en etiquetarlo de antiespañol, y los liberales nunca aceptaron su visión de los acontecimientos de la llamada «revolución española», ni entendieron sus consignas, ni su empeño en importar el modelo político inglés, ni, en suma, su peculiar y original lectura de la teoría liberal. El mismo hecho de que su obra más interesante, salvo quizás su labor de editor del periódico El Español, fuese escrita en inglés no facilitó el conocimiento ni la propagación de sus ideas entre sus contemporáneos. Cierto es también que alguna de sus ideas, adelantadas en cierto modo a su tiempo, no le granjearon tampoco las simpatías de uno y otro bando, como, por ejemplo, su apoyo explícito a la posición de los insurgentes de las colonias americanas. Con el tiempo, su nombre desapareció de la memoria de los autores españoles a pesar de la riqueza de su pensamiento. Ya al final del siglo XIX, el injusto juicio que vertió Menéndez Pelayo sobre su figura y su personalidad lo condenó al silencio más sonoro. Todavía más de siglo y medio después de su muerte tales opiniones son una pesada losa sobre su figura y su obra. La pereza académica no parece dispuesta a cuestionar este legado y el silencio al que le condenó la opinión sesgada del polígrafo santanderino, salvadas las honrosas excepciones de V. Llorens, J. Goytisolo, A. Garnica, M. Moreno.
Sin duda, cuesta superar el demoledor juicio de un Menéndez Pelayo que, a parte de tildarlo de antiespañol y de hereje, le dedicó lo más florido de su prosa. Lo describió con calificativos del siguiente tenor: «tan móvil como arrebatado y violento su carácter», «espejo lastimoso de la desorganización moral», dominado por «las facultades imaginativas sueltas a todo galope», «nave sin piloto en ruda tempestad», «alma débil», etc. Para Menéndez Pelayo, «tal fue la vida teológica de Blanco, nunca regida sino por el ídolo del momento y el amor desenfrenado del propio pensar, que, con ser adverso a toda solución dogmática, tampoco en el escepticismo se aquietaba nunca, sino que cabalgaba afanosamente y por sendas torcidas en busca de la unidad. De igual manera, su vida política fue agitada por los más contrapuestos vientos y rehechas tempestades, ya partidario de la independencia española, ya filibustero y abogado oficioso de los insurrectos caraqueños y mejicanos,...» (MENÉNDEZ PELAYO 1978 II: 791).

Pero, en realidad, Blanco White es un hombre de su tiempo sometido a los cambios y conflictos de un mundo en transformación. En efecto, en una época de profundos cambios en Europa y en España, donde el tránsito del siglo XVIII al XIX fue traumático, la figura y la personalidad de Blanco White se nos presenta atravesada por los conflictos y las incertidumbres de su tiempo. Por la tensión entre tradición y modernización, entre religión y razón; por la lucha entre quienes se aferran al estado de cosas del Antiguo Régimen y sus privilegios y quienes buscan la apertura a los nuevos aires y al logro de los ideales de la Ilustración. Y esta tensión fue, sin duda, desgarradora para las mentes sensibles e ilustradas. Puede decirse que Blanco White es un ejemplo (el primer ejemplo) del desgarro y ruptura interior tan extendidos durante el siglo XIX entre los intelectuales españoles. Su Autobiografía es probablemente una de sus mejores obras por su prosa y su estilo, pero especialmente porque expone con crudeza el proceso interior que sufrió un espíritu inquieto y sensible en el seno de un ambiente axfisiante como era la España de Carlos IV. Tal era la degradación política, social e intelectual de las últimas décadas del XVIII.
Blanco White es, sobre todo, un ilustrado nacido en una Sevilla que todavía disfrutaba de una posición privilegiada por sus relaciones con las colonias americanas, pero que, al mismo tiempo, se dejaba arrastrar por las inercias provincianas. En su niñez leyó con avidez a Feijoo, lo que despertó en él el afán de la crítica. En su juventud, conoció y trató al A. Lista y formó parte de un grupo de ávidos lectores del pensamiento ilustrado entre los que se encontraba M. M. Mármol, F. Reinoso y él mismo. Estos jóvenes fundaron en Sevilla «una Academia privada para el cultivo de la elocuencia y la poesía» que supliese las carencias de la Universidad sevillana. Su tarea fue el fomento de la lectura, el conocimiento, dentro de los límites de la censura, de libros de difícil acceso, y la discusión de todos los temas más variados. Blanco juzgó muy positivamente en su Autobiografía esta juvenil actividad: «No se puede negar que los esfuerzos que hacíamos por completar nuestra formación tuvieron éxito y que este buen resultado se debió fundamentalmente a nuestro propio interés y trabajo» (BLANCO WHITE 1988: 51).
Autodidacta y de espíritu inquieto, Blanco no dejó en su etapa española de mostrar un interés por aprender y mejorar su formación y ampliar su conocimientos, lo que, sin duda, dado su carácter reflexivo y su especial capacidad para la introspección, unido a sus cualidades como observador, le acercó y finalmente le condujo a abrazar las ideas de la Ilustración (el empleo de la razón, la fe en el progreso, la crítica de la tradición, la necesidad de la reforma social y política, de libertad política, etc., y su entusiasmo por el modelo político de Inglaterra). Así vistas las cosas no es de extrañar que uno de sus inspiradores ideológicos favoritos fuera el padre Feijoo, según el mismo declaró en sus Cartas de España (BLANCO WHITE 1972: 100). Claro que esta pasión alimentó sus numerosas dudas, especialmente las concernientes a la religión. Lo que en una persona que tempranamente guió su vida hacia el sacerdocio originó no pocos quebraderos de cabeza y sí muchas oscilaciones personales, aunque éstas no se manifestaran externamente mientras estuvo en su país natal.
La vida de Blanco White se nos presenta también como una vida de huidas y de exilios. Sus primeras dudas le condujeron a desplazarse a Madrid durante unos años en los cuales colaboró con el Instituto Pestalozziano antes citado. Además, le permitió conocer de primera mano alguno de los acontecimientos del crucial 1808 que luego relatará en sus Cartas de España. Finalmente, tras los hechos del 2 de mayo decide volver a su Sevilla natal cruzando un país levantado en armas y que desconfiaba de todo lo francés y novedoso. En Sevilla, el poeta M. J. Quintana le encarga, junto al aragonés I. de Antillón, la edición de un periódico Semanario Patriótico cuyo objetivo era la descripción de los sucesos políticos y militares de la guerra contra el invasor. Esta experiencia, que sólo duró de mayo a agosto de 1809, le permitió desplegar toda una gama variada de conocimientos y, sobre todo, su análisis crítico de los sucesos más relevantes del momento. Pero, su objetivo principal era un objetivo pedagógico: lo que pretendía a partir del Semanario Patriótico, como lo hará también en otras experiencias periodísticas, es formar a la opinión pública española para que, a través de las informaciones y de los comentarios, pudiera influir en el proceso político que acabaría conduciendo a las Cortes de Cádiz. De hecho, el Semanario Patriótico tiene el honor de ser el primer periódico impreso con esta intención formativa y, sin duda, durante el breve tiempo que existió, no era de las publicaciones menos conocidas en la Sevilla levantada en armas contra el invasor.
No obstante, no tuvo mucho éxito en este papel, a pesar de que sus explicaciones de la vida política y las descripciones militares de Antillón eran certeras y constituyen hoy un material de primera mano para conocer los acontecimientos de esos meses. Aunque no estaba sujeto a ninguna censura ni supervisión política, no tardaría en llegar el conflicto con las autoridades y las tensiones con el sector más conservador y católico ­los serviles­ que vieron siempre con malos ojos el reconocimiento de la libertad de imprenta, como la causa de excesos verbales y del libertinaje político. Y paradójicamente también fue atacado por el sector más liberal quien no entendió su intención pedagógica y orientadora y que no supo aceptar las críticas a sus decisiones.
Por ello, tras la conquista francesa de Sevilla, Blanco White marcha a un Cádiz también asediado, y ahí decide su huida a un país extranjero, mejor, su exilio voluntario en Inglaterra. El 23 de febrero de 1810 embarcaba José María Blanco White en el puerto de Cádiz en Lord Howard con rumbo a Inglaterra. No volvería a pisar la tierra ni el país donde había nacido el 11 de julio de 1775. Este viaje divide, pues, en dos su trayectoria vital. Sus huidas y exilios interiores, motivadas también por sus diferencias con los anglicanos, no terminaron con su llegada a Londres. Por diferentes circunstancias, la vida inglesa de Blanco White transcurrió en diferentes ciudades. Estuvo en Londres, pasó por Oxford, Dublín, Liverpool, donde falleció el 20 de mayo de 1841.
El exilio voluntario en Inglaterra permitió a Blanco White ampliar y completar sus conocimientos al tiempo que pudo acceder a una importante documentación sobre los acontecimientos de España y América. Él mismo, inicialmente, en otra experiencia editorial como fue el periódico El Español se dedicó a divulgar los hechos de España, a explicarlos y analizarlos y a dar su versión muy crítica con las autoridades españolas, lo que le acarreó los más duros y sentidos comentarios. Hasta amigos de Sevilla en quienes confiaba se sumaron y alimentaron el sambenito de «antiespañol» y otros juicios similares.
No obstante, para Blanco, Inglaterra era la tierra de la libertad y, por ello, también el lugar en el que podrá desarrollar sus pensamientos, inquietudes y obsesiones. Sin las cortapisas externas y los tradicionales corsés de la sociedad española, su espíritu fluyó libremente, y parece que la distancia, al tiempo que reavivaba sus recuerdos, dotó a sus juicios de una mayor lucidez y penetración. La lucidez de la distancia del desterrado que ama y se obsesiona por su país y a quien disgusta la marcha de los acontecimientos y, especialmente, la imposibilidad de una reforma política que acercara la estructura y las instituciones al modelo inglés. En efecto, la distancia y las posibilidades de información y acceso a una perspectiva vital, cultural y política distante dotaron de una clarividencia para tratar los acontecimientos españoles que, de otra manera, en el interior del país, hubiera sido imposible y de la que carecen otros protagonistas. Al mismo tiempo, su permanencia en la isla le alejaba de cualquier riesgo que pudieran depararle sus ideas.
Cierto es también que en sus escritos no faltan desvaríos y comentarios desacertados. Y, con el tiempo, el exceso de ensoñación, la pasión por la recreación de los lugares en que vivió y de sus vivencias le alejaría también de la realidad del país. Pero, en principio, sus estancias en Londres, en Oxford y en otros lugares de Inglaterra, le permitieron acceder a una mayor información (entre otras cosas, a los informes del Foreign Office), entrar en círculos intelectuales de primer orden, así como disfrutar de otras ayudas que, sin duda, facilitaron su labor de reflexión. Le dio una perspectiva más amplia sin la cual no era posible la lucidez del desterrado. De manera que no es exagerada la afirmación de que «pocos hombres de letras en verdad pueden ofrecer en la España de la época un bagaje, de humanista más que de historiador, de las dimensiones del de Blanco» (MORENO 1998: 24). Su cultura era ciertamente vastísima tal y como muestran sus publicaciones, sus escritos autobiográficos y los documentos, apuntes y manuscritos de su archivo personal. En los temas que trataba, procuraba estar al día en lo que a novedades bibliográficas se refiere.

Su condición de desterrado le da la oportunidad no sólo de liberar su espíritu de los yugos sociales y religiosos dominantes en España, sino también de analizarlos y denunciarlos. Así lo hizo en la primera experiencia editorial de El Español iniciada al poco de arribar en Inglaterra, en 1810, y terminada en 1814, una vez fue entronado en España el absolutista Fernando VII. Desde el primer número, en el que publicó sus Reflexiones generales sobre la Revolución española, mostró esa obsesión por las cosas de España, por analizar las causas de su abatimiento, por denunciar la política imperante y por explicar a sus lectores, españoles y latinoamericanos, las actitudes, las costumbres, la sociedad y las instituciones inglesas. De nuevo, hay que insistir en la amplitud de sus conocimientos. Como ha afirmado uno de los más importantes comentaristas de Blanco al referirse a esta etapa de su vida, «la estancia de Blanco en Inglaterra durante el resto de su vida (treinta y un años) no solamente le amplió sus márgenes intelectuales y sus preocupaciones, en la distancia y en el tiempo, por las cosas de España, sino que le llevó a algo inusitado: explicar a los españoles el esprit moeurs de los ingleses. Sus escritos en ese sentido no se corresponden con los Diarios o libros de viajes típicos (tan poco frecuentes, desde luego, entre los españoles que viajaron por las islas británicas), sino que hay una voluntad de dar a conocer el pasado y el presente de aquel 'país de la libertad'» (MORENO 1998: 51).
Analizar, denunciar y explicar sintetizan del proyecto filosófico­político de Blanco. Sus obras posteriores son también un ejemplo de esta actitud pedagógica: las Letters from Spain en las que, como si fuera un viajero por las tierras de su país, describió las costumbres españolas; aquellas otras cartas en las que hace lo contrario, esto es, describir las costumbres ingleses a los lectores hispanoamericanos y que fueron recopiladas con el título de Cartas de Inglaterra; sus escritos sobre la revolución española, la actividad de las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, publicados en El Español con el seudónimo de «Juan Sintiera»; sus numerosos escritos sobre cuestiones religiosas, en particular, su ácida crítica a la religión católica, que plasman una de las obsesiones neurálgicas de Blanco hasta el punto que escribió no menos de ocho libros (entre ellos, Preparatory Observations on the Study of Religion by a Clergyman, Practical and Internal Evidence against Catholicism, The Poor Man's Preservative against Popery); y otros numerosos escritos breves que elaboró sobre estos temas y otros similares.
Sin duda, la labor periodística en El Español aportó a Blanco una merecida fama de analista, comentarista y divulgador de los acontecimientos de la revolución española. Precisamente, el objetivo de esta publicación era difundir entre el público español y el hispanoamericano las noticias provenientes de la metrópoli y de las colonias. La tarea incluía todo tipo actividades: no sólo el análisis y comentario de hechos, sino también la publicación de documentos, noticias e informes oficiales, a los que pudo tener fácil acceso en Londres. A la vista del ingente esfuerzo desplegado desde un primer momento (el primer número, que vio la luz el 30 de abril de 1810 cuando llegó a Inglaterra el 3 de marzo, lo confeccionó en poco más de un mes), así como de su tenacidad y, por supuesto, de los resultados tienen razón quienes reivindican la importancia de Blanco y de El Español en la historia de las ideas políticas y, por ende, del constitucionalismo hispano. Fue, como se ha señalado convenientemente, el primer periódico «de oposición crítica a la política del gobierno». Ahora bien, sus páginas no estaban vedadas a las opiniones diferentes al editor. Todo lo contrario, pues su propósito último era informar y formar a los españoles en la discusión política y, en suma, en el ejercicio de la libertad de pensamiento y la libertad de expresión. Por eso, como ha afirmado Moreno, «el papel de Blanco White fue no sólo un testigo crítico excepcional de la experiencia liberal española, sino un auténtico protagonista en la lucha por la libertad en la Península» (MORENO 1998: 160).
Este papel de testigo y de protagonista crítico incomodó desde el primer ejemplar del periódico a las autoridades españolas que harían todo lo posible por impedir la tarea de Blanco al que llenaron de improperios de todo tipo. Así, enviaron prontamente a J. B. Arriaza para confrontar su visión de la evolución política en la península. No obstante, ciertamente, su obra y su vida fueron objeto de todo tipo de invectivas muy a la manera española de insultar y no de estudiar ni de analizar las ideas del otro. ¡Blanco fue, incluso, señalado como enemigo de la patria, peor que el mismo Napoleón!4. Al mismo tiempo, fue abandonado por muchos de sus amigos de la época de Sevilla que lo vilipendiaron en público y alimentaron su particular leyenda negra. El efecto psicológico de estos ataques fue demoledor en el espíritu de Blanco que, cada vez, se sintió más alejado, pero más obsesionado por la evolución de España. Ahora ya sin ataduras dará rienda suelta a su lucidez de desterrado: bajo el pseudónimo de «Juan Sintiera» seguirá comentando la revolución política de España en el periódico del que era el editor.
Sin embargo, fueron sus descripciones y comentarios a las costumbres de la sociedad y a la historia y cultura españolas los que, finalmente, le dieron el éxito literario en el mundo cultural inglés. Estos aparecieron 1821 en la forma de cartas de un lector publicadas en The New Monthly Magazine, y, posteriormente, bajo el anagrama de Leucadio Doblado, fueron objeto de recopilación con el título de Cartas de España. Éstas, aún escritas para un público inglés, forman sin embargo un interesante estudio de un español sobre los españoles que, vistas desde la distancia temporal, lo son también para los españoles. Pues, en ellas, encontramos un brillante y desapasionado relato sobre las costumbres españolas, sobre aspectos de la vida cotidiana y sobre acontecimientos históricos de la España tradicional en el tránsito del siglo XVIII y XIX. Su relato estaba preferentemente basado en experiencias vividas u observadas personalmente. De ahí que especialmente se circunscriba a las ciudades de Sevilla, donde nació, Cádiz y Madrid. En cuanto a las referencias a hechos históricos, procuró estar bien informado.

Resulta así que las Cartas de España contienen una información preciosa. Pues, en ellas, se refiere a aspectos tan diversos como la Universidad, los toros, los estamentos sociales, los linajes y la limpieza de sangre, el tan genuino machismo ibérico, el papel de la religión y la formación de los sacerdotes, la siesta, las fiestas sevillanas, la fiebre amarilla que azotó Sevilla en 1800, la Cádiz esplendorosa y festiva de finales del XVIII, la corte de Carlos IV, Godoy, el motín de Aranjuez. ¿Acaso no se percibe en los Episodios Nacionales de Galdós un eco de la crónica de las intrigas de la corte borbónica y de la indolencia de Carlos IV, del poder del valido Godoy, de los sucesos de Aranjuez o del 2 de mayo realizada en las Cartas de España de Blanco? Recientemente, Eduardo Subirats ha establecido una interesante similitud entre dos ilustrados españoles cuya espíritu y conciencia se encuentra atravesada por el conflicto bélico y por la incapacidad política de renovar las estructuras del país: el mismo Blanco de las Cartas de España y el Goya de los grabados Desastres de la guerra. Si algo no son las cartas de Blanco y los grabados de Goya son, pese a todo, retratos costumbristas de España. Son análisis preciso del decaimiento moral, cultural y política del país y del fracaso del proyecto ilustrado:

«De las Cartas desde España puede decirse lo mismo que debe decirse de los grabados de Goya: son las crónicas más sensibles de la miseria moral, intelectual y política de los últimos años del imperio español... Y lo que le distingue es su dimensión analítica, que es muchas veces cortante y profunda. Blanco recorrió en esas cartas el colapso de la cultura española a partir de sus quebrados fundamentos religiosos, institucionales y morales. Puso de manifiesto la impermeabilidad hispánica a los ideales reformistas de la Ilustración europea y de la Revolución francesa. Esas Letters from Spain deben comprenderse también, al igual que la obra tardía de Goya, como un testimonio intelectual privilegiado del fracaso de los ideales ilustrados no españoles, sino europeos (SUBIRATS 2003: 243).
Por la misma época que concluía sus Cartas de España y casi una década después de la experiencia periodística de El Español, le surgió a Blanco la oportunidad de dirigir otro periódico en castellano, aunque esta vez orientado al lector latinoamericano. El periódico se llamó Variedades o Mensajero de Londres y fue su editor desde enero de 1823 a octubre de 1825. Ésta ya no fue una empresa de reforma política y la aceptó, tras un momento de sorpresa y duda, porque podía utilizar el periódico como un medio para informar de cosas útiles a la América hispana. Y lo utilizó, entre otras cosas, para la proyección en esos países de la literatura española y la crítica literaria. A pesar de ser un periódico con un claro objetivo frívolo, Blanco supo dotarle de empaque y finura intelectual. «En Variedades está todo Blanco: el crítico, el literato, el traductor, el periodista, el político, el intelectual, el humanista. Lo que más admira al leerlo hoy es su calidad, teniendo en cuenta cuáles eran en principio los propósitos editoriales, y el grado de madurez adquirido por Blanco» (MORENO 1998: 133).
Con la intención de informar al público hispanoamericano de las costumbres inglesas, escribió Blanco en los sucesivos números de Variedades unas cartas en las que daba noticia sobre aspectos de la sociedad, la cultura, la historia y la literatura inglesa. Con el tiempo, las recogería en un volumen con el título de Cartas de Inglaterra. También esta obra, aunque sea un conjunto de observaciones sobre el país de adopción de Blanco, refleja el carácter, la personalidad y la talla intelectual de su autor. Resulta ser una interesante y nada cansina introducción a la cultura inglesa que destaca por su sencillez y erudición. Las escribió pensando que debía explicar aspectos de la vida y las costumbre muy distantes de la idiosincrasia española.
Junto a estos aspectos ilustrativos de la vida en Inglaterra, esta obra resulta interesante en la actualidad por otra razón. A pesar de que el propósito era captar los rasgos del carácter inglés, Blanco no puede eludir en estas cartas ni los comentarios autobiográficos ni las referencias a sus dos obsesiones neurálgicas: España y la religión católica. En ocasiones utiliza la comparación, incluso con un toque de ironía, para hacer más fácil la comprensión de las diferencias entre un país y otro. Siempre obsesionado por la intolerancia de la religión católica y por la necesidad de combatirla. De hecho, finalmente, dejará la dirección de esta empresa periodística en 1825 para enfrascarse en uno de los episodios de la lucha teológica entre anglicanismo­catolicismo que caracterizaron su vida. Blanco nada más llegar a Inglaterra había abandonado la religión católica para profesar, también como sacerdote, el anglicanismo que, en un constante giro vital, acabaría repudiando al final de su vida.
Aunque de apariencia triste según nos lo pintan los retratos y las descripciones de sus contemporáneos, Blanco fue un hombre consciente y cíclicamente apasionado por los males de España y por la fortuna política de los españoles. Sus ideas y su proyecto político, sin embargo, no tuvieron ningún eco. Vilipendiado su autor durante la revolución política de 1808 a 1814, luego cayeron en el olvido hasta ser rescatados por Menéndez Pelayo quien emitió el juicio ya comentado antes que, injusta e interesadamente, ha perdurado desde entonces. Sin embargo, vista su trayectoria vital desde la distancia temporal, Blanco aparece como el ejemplo de una conciencia, con sus humanas obsesiones y contradicciones, atormentada y desgarrada por la tensión entre su religiosidad y el dominio e imposición de los dogmas. No será el único. Por su obsesión por España, por la descripción de la causas del retraso, por su ataque al despotismo, la intolerancia y la superstición y su fe en la libertad y en el progreso puede trazarse una línea de continuidad entre el pensamiento de Blanco y de otros intelectuales también condenados al ostracismo y al silencio entre los que puede mencionarse a Pi i Margall, F. de Castro, G. de Azcárate, hasta M. Azaña.

2. España: la obsesión de Blanco White.
La España de Blanco White es la España de Carlos IV. Según Seco, es una España marcada por una triple crisis: política, económica y social. El origen de este escenario negativo parece encontrar una explicación razonable en «el impacto de la Revolución vecina lo que provoca en nuestro país las tres crisis que llevarán a la catástrofe de 1808» (SECO 1993: 18). La primera surge de la diferente reacción de los gobiernos de Carlos IV ante el proceso revolucionario y que acabó derivando en la eliminación de los gobernantes de la generación anterior: el año 1792, el año de la caída de la monarquía francesa, supuso también el fracaso tanto de la política de «mano dura» con los revolucionarios impulsada por Floridablanca, como la de «mano blanda» del conde de Aranda, y determinó a la postre el ascenso de Godoy. La segunda es consecuencia de la política de un Godoy que embarca al país en una nefasta «cruzada contrarrevolucionaria». Primero, el esfuerzo bélico contra Francia y, cuándo ésta vence, contra Inglaterra, fue lo que acabó arruinando al país. Las causas posteriores de la ruina no son difíciles de enumerar: un modelo financiero caduco, aumento de gastos bélicos, ruptura de relaciones comerciales con América, emisión de valores reales, endeudamiento, inflación, etc. De la crisis económica derivó a su vez la crisis social que, en opinión de Seco, atravesó de arriba abajo a toda la sociedad española: desde la Iglesia, la nobleza hasta las clases populares. El cambio de política en relación con Francia y la consiguiente guerra contra Inglaterra acabó desencadenando la crisis final en que derivó el reinado de Carlos IV, en 1808. Sobre todo, el conflicto de Godoy con la Iglesia que será determinante en su ocaso político.
En efecto, un colectivo eclesial que había considerado la guerra contra Francia como una «cruzada» no pudo entender el cambio de posición política y que las necesidades económicas derivadas del conflicto bélico con Inglaterra fuesen sufragadas con una primera amortización de sus bienes, autorizada, por cierto, por el Papa. De esta manera, «la Iglesia la aparecerá cada vez más enfrentada con la España oficial» representada por unos políticos ilustrados que tímidamente procuraba realizar un proyecto reformista en colaboración con ciertos sectores del clero culto. La inmensa mayoría de la Iglesia alimentaba una posición más conservadora, menos proclive a la razón y en clara deriva hacia el fanatismo. Como afirma Seco, «esta divergencia entre dos sectores de la Iglesia afectará de lleno al joven sacerdote José María Blanco: toda la patética historia de su evolución interior se entiende en este clima» (SECO 1993: 20).
Blanco White, en efecto, se crió y se formó en este contexto de una Iglesia dividida entre una minoría ilustrada promotora de cambios razonables en el sistema político y una mayoría apegada a sus tradiciones que cada vez más iba descendiendo por la peligrosa pendiente del fanatismo. Y en una Sevilla rancia, conservadora y fanática, como señalará el propio autor en su Autobiografía ­que, conviene recordar, junto a sus Cartas de España, son una auténtica perla para comprendernos como colectividad histórica.. Sin duda, esto explica el desgarro interior de Blanco cuyo espíritu se encuentra torturado por el conflicto entre las reglas de la tradición y el ansia de libertad que crecerá en su exilio inglés. También, explica su obsesión por la realidad y la historia de España. Blanco, como he afirmado antes, formó parte de esa minoría eclesial ilustrada que veía en la influencia exterior la vía de regeneración del país.
Y lo cierto es que los escritos de Blanco White reflejan una fijación enfermiza por los problemas de España y por la investigación y la explicación de sus causas y su origen histórico. Aún más, sus Cartas, los escritos periodísticos y religiosos, su obra en general está atravesada por un profundo sentimiento de frustración por la realidad de España, por su retraso social y económico, pero especialmente político, así como por la percepción de que «la revolución española», originada por el rechazo popular a la invasión del ejército napoleónico, era una ocasión que no estaba siendo aprovechada para la modernización del país. Pese al tono didáctico con el que pretende orientar el desarrollo de los acontecimientos, por lo menos durante la experiencia de El Español, Blanco White no disfraza en absoluto la íntima tensión que le produce la contradicción entre la España deseada y la España real. Íntima tensión que con la restauración de Fernando VII, esto es, con el fracaso de la revolución, y con la evolución política posterior deviene casi en desesperación. En cierto modo, puede afirmarse que esta obsesión por la realidad española convierte al autor sevillano en el más importante precursor de los intelectuales regeneracionistas de finales del siglo XIX.
En efecto, en los escritos de Blanco White se encuentran ya los temas y las explicaciones recurrentes que van a caracterizar a toda una línea de pensamiento político español de carácter reformista y que, con sus variaciones, influirá decisivamente en el siglo XX. Blanco White es sin duda un precursor de generaciones de intelectuales comprometidos con la realidad española que vivirán trágicamente la lucha política entre tradición y modernidad, las resistencias al cambio y a la modernización y a la transformación de las estructuras políticas y sociales y, de ahí, el trágico destino de un país que, como Saturno, fagocita a sus hijos. No es el único de su generación. La fecha mágica del 1808 despertará numerosos espíritus deseosos de la incorporación en España de las ideas ilustradas. Merece la pena recordar alguno de los nombres que componen el panteón de los ilustres: Argüelles, Toreno, Flórez Estrada, Alcalá Galiano y, entre ellos, también Blanco White.

Para Blanco White, la preocupación por España será una obsesión enfermiza. La cuestión recurrente en sus escritos es el problema del «abatimiento de España» y el estudio de sus causas. A pesar de que son numerosos los textos en los que Blanco trata y analiza la realidad de España, sin embargo, las explicaciones y la descripción de las causas del abatimiento del país son recurrentes: una historia que, ante el reto imperial, trunca la construcción nacional en una evolución insuficiente; un despotismo entendido en el peor sentido, como absolutismo y tiranía, como gobierno personalísimo y arbitrario; una excesiva presencia de la Iglesia católica en la sociedad española y en la vida de los individuos que genera ignorancia, hipocresía y superstición; un sistema educativo y una instrucción inadecuada para aquellos tiempos; lo mismo sucede con las costumbres, la sociedad y las elites; etc. Y lo que es peor: la interacción entre el poder despótico y arbitrario de los monarcas y de sus validos y el control de los espíritus, realizado por la Inquisición, ha instalado la intolerancia como sistema institucionalizado lo que ha subyugado el entendimiento humano en España. Y lo han sometido a un proceso de decadencia del entendimiento de funestas consecuencias, pues ésta se propaga letalmente por todas las instancias y estamentos sociales. A la postre, éste es el motivo de la desesperanza del autor, pues la causa de los males del país es demasiado profunda: como afirma, allá «donde el entendimiento esté en cadenas, ninguna reforma puede prosperar» (BLANCO WHITE 2001: 65). Blanco, por tanto, concentra la responsabilidad del abatimiento e incapacidad de España en el ejercicio despótico del poder por parte del gobierno en directa interacción con el poder de la Iglesia menos ilustrada y, por ello, enemiga con la modernidad; en particular, con la Inquisición. Años después de publicar los artículos anteriores, expresará gráficamente en su Autobiografía el trágico conflicto personal que le conduce a defender su tesis sobre la situación del país: «España, como entidad política, miserablemente oprimida por el gobierno y la Iglesia, dejó de ser objeto de mi admiración desde mi temprana juventud». Y pondrá de manifiesto el doloroso desgarro interior producido: «Jamás me he sentido orgulloso de ser español porque era precisamente como español como me sentía degradado y condenado a inclinarme delante del sacerdote o del seglar más mezquino, que podía despacharme en cualquier momento a las mazmorras de la Inquisición» (BLANCO WHITE 1988: 185). Tal es el dolor y desgarro interior producido en su espíritu por una lectura de la españolidad que la liga estrechamente a la religión católica.
Sin embargo, su obsesión por el tema de España no le llevará únicamente a juicios tan rotundos como los transcritos. Esta fijación por su país, en realidad, esconde, un amor traicionado por las circunstancias. La recreación de la vida cotidiana ­de las fiestas andaluzas, de la siesta, de los toros, etc.­ que realiza en sus Cartas de España no se entiende si no es desde un cariño profundo hacia su país natal por mucho que, por su carácter ciclotímico, alternase momentos de desesperación con los de rabia motivados, principalmente, por el devenir de los acontecimientos.
Los comentarios de Blanco White sobre la realidad pasada y presente de España son, ciertamente, numerosos. En ellos, demuestra siempre una viva intención por escrutar en el fondo de la nación, en las causas de la situación. Por ello, sus estudios, siempre muy bien documentados con referencias a la historia, la economía, la sociedad, la cultura y también a la literatura española, son una fuente de información del cariz de los acontecimientos y de la degeneración social y política de la monarquía borbónica incapaz de afrontar las convulsiones y las transformaciones que atravesaron Europa en el tránsito entre el siglo XVIII y XIX.
Sin duda, su pésima opinión del gobierno de Carlos IV la proyecta sobre el rastreo de la historia de España en la búsqueda de las causas del abatimiento de la nación, a pesar de que manifiesta una opinión favorable a las intenciones políticas de Godoy. Sin embargo, en sus juicios sobre la historia española se mezclan verdaderos desvaríos derivados de esa obsesión enfermiza por la situación de su país junto con precisas observaciones que, hoy, podrían atraer la atención del investigador por su modernidad.
Entre los comentarios merecedores de atención está uno que realiza en sus Reflexiones sobre la revolución española ­publicado en el primer número de El Español, abril de 1810­ y que hace referencia a una deficiente constitución original de la nación española, como nación agregada de otros reinos que sin soldarse es lanzada a la aventura imperial: «La España, nación que se puede decir agregada de muchas según la progresiva accesión de los reinos que la componen, no había tenido tiempo de reunir a sus habitantes por el influjo de un gobierno feliz e ilustrado, que bajo la uniformidad de las leyes hace olvidar a los pueblos las preocupaciones de rivalidades antiguas. En vez de atender a este grande objeto, el emperador Carlos V, que había recibido la España de mano de su abuelo mal reunida y recién destrozada por las guerras civiles, sólo cuidó de abatir el espíritu nacional, distrayendo a los españoles en guerras, y usando de ellos como meros instrumentos de sus miras» (BLANCO WHITE 1971: 225). Serán, más tarde, muchos los que considerarán que la prevalencia de los intereses imperiales en la España de Carlos IV condicionarán decisivamente la correcta articulación de unos reinos acostumbrados a su independencia política.
Los juicios de Blanco sobre los diferentes monarcas españoles, sean Austrias o Borbones, son de una rotundidad que llaman poderosamente la atención. Los unos por déspotas y porque se aliaron con la Iglesia más conservadora y, sobre todo, porque se sirvieron para sus intereses terrenales de la Inquisición en el gobierno de las almas, los otros por débiles y apáticos que acabaron por ceder el gobierno a lo validos. Así, no escatima epítetos de lo más duros contra Felipe II («padre desnaturalizado», «sombrío tirano» y otros similares). Por el contrario, sus comentarios son más benévolos con Carlos III; mientras que la descripción de la corte de Carlos IV y del gobierno de Godoy producen lástima y desconsuelo, a la que tilda de «repugnante escena cotidiana de esta corte infame» (BLANCO WHITE 1972: 280). Baste transcribir el siguiente texto en el que Blanco describe cómo se hacía política en este último reinado: «puesto que la historia tiene que contentarse con conjeturas cuando la principal corriente de los acontecimientos discurre no ya detrás de las cortinas del gobierno, sino de las del dosel de un tálamo» (BLANCO WHITE 1972: 262). En ocasiones, su relato de la política del reinado de Carlos IV es un relato de amoríos y miserias, y no de gobierno de un Estado como era el imperio español. Pero, cuando Blanco White juzga este reinado no lo hace con la intención de explicitar una verdad histórica, es decir, con la intención de mostrar cuál fue la realidad de lo sucedido, sino que, por el contrario, lo que pretende es desacreditar un monarca y un régimen político que consideraba la culminación de la degeneración política del país5.
De los diferentes comentarios de Blanco, pueden entresacarse dos críticas a la política de los diferentes reyes: la de haber instaurado un gobierno despótico y, además, arbitrario y, con los siglos, ineficaz. Un gobierno despótico que suprimió la libertad por excelencia: la libertad de pensar y «de manifestar sus pensamientos por acciones que no perturben el orden» (BLANCO WHITE 2001: 65). Un gobierno que empieza a instaurarse con Carlos V, «que, más por motivos políticos que religiosos, se empeñó en sofocar la secta luterana, en su cuna». Situación que empeoró con Felipe II «el monstruo más odioso de 5 Seco Serrano es defensor de una de las opiniones más tajantes sobre el juicio de Blanco White acerca del reinado de Carlos IV. De él dice que «cuando en una de sus Cartas desde España ­la décima se propuso Blanco White trazar un cuadro de la política española en los días de Carlos IV, el resultado fue desafortunadísimo» (SECO 1993: 22). Según este historiador, Blanco White se sirvió de informaciones de los grupos que habían perdido influencia en el gobierno español con el cambio de política derivada del gobierno de Godoy y que únicamente tuvo en cuenta la chismografía de sus amigos ingleses. Un juicio tan duro, en mi opinión, debe ser matizado teniendo en cuenta las intenciones del escritor que, en este caso, no era ceñirse tanto a la verdad histórica como la de desacreditar un monarca y un régimen que desaprobaba. En este sentido, merece la pena comparar estas páginas con las dedicadas a los hechos de Aranjuez y a los de mayo en Madrid, entre ellas, las referidas a los movimientos de las tropas francesas que son de una precisión digna de elogio. orgullo, egoísmo, hipocresía, y fanatismo, que el cielo permitió jamás para castigo de todo un pueblo, y sus descendientes por generaciones sin fin». En su reinado, se consagró el dominio omnímodo de la Inquisición que «llegó a tan alto grado de poder que casi se atrevía al autor mismo del dominio» (BLANCO WHITE 2001: 56). Así pues, Felipe II encarna la materialización del absolutismo y del poder despótico, plasmado en su alianza con la Inquisición y en la persecución de la libertad de creer y de pensar, y de manifestar el pensamiento. Una forma de dominio y de poder que perduraría durante los dos siglos siguientes, con el resto de Austrias pero también con los Borbones, pues, a fin de cuentas, Felipe V, contó con el apoyo de la Inquisición y, una vez instaurado como rey, apoyó y protegió dicho tribunal.

Así pues, la monarquía española instauró un sistema político que derivó en una clara tiranía. Y, para ello, se sirvió de uno de los peores instrumentos de dominio existente en la época: la Inquisición: «Los reyes de España, y sus consejeros han lisonjeado por mucho tiempo con la idea de que la Inquisición y su sistema de pupilaje era el método más seguro de conservar la paz interior de los reinos. ¡Ilusión miserable!» (BLANCO WHITE 2001: 63). Blanco White dedica muchas páginas a describir el poder la Inquisición y su nociva influencia. Cierto es que la Inquisición desplegó todo su poder en los siglos anteriores y que el siglo XVIII fue un período en el que menguó el número de penas de muerte o de procedimientos de persecución y herejía, aunque alguno fuera de alto calado político ­más bien, fueron seleccionados con precisión contra alguno de los reformistas más señalados, como fue el caso de Pablo de Olavide­, pero no por ello dejó de perder su poder intimidatorio, ni dejó de ejercer su función de vigilancia permanente, en suma, su dominio latente sobre la sociedad española.
La alianza entre la monarquía española y la Inquisición instauró un poder tiránico y arbitrario que tuvo perniciosas consecuencias sobre el pueblo. Poder arbitrario, pues estableció un dominio no sometido a leyes, sino a la disfrazada voluntad del favorito, «publicada bajo el nombre del monarca». Poder débil, pues, como señala Blanco en relación a las necesidades del país, «nuestras autoridades, que en los asuntos ordinarios son extremadamente arbitrarias, se muestran, por el contrario, tímidas y lentas en los de emergencia» (BLANCO WHITE 1972:163). Y poder de perniciosa influencia en la sociedad puesto que condena al pueblo a la ignorancia y ésta es la madre de la superstición. Todo ello conduce al declive y a la decadencia del entendimiento en España que, para Blanco, es la causa de todos los males del país, de su abatimiento y, en última instancia, del fracaso de la revolución de España iniciado en la espontánea rebelión contra el invasor francés. Son numerosas las referencias, y todas ellas muy exaltadas, de Blanco a las consecuencias de la intolerancia institucionalizada por la Inquisición y apoyada por los sucesivos monarcas. Entre otras, la de dividir al país en «fanáticos e hipócritas», o la de condenar a «los disidentes ocultos a una vida de degradante sumisión o de desesperado silencio», si no querían verse sometidos a la muerte o a la infamia (BLANCO WHITE 1972: 41­42). Sumisión, hipocresía, fanatismo, envilecimiento, obcecación de la inteligencia, etc., son otros tantos calificativos empleados por Blanco para describir la misma realidad. «La religión, tal como se enseña y cumple en España, es causa de intensos sufrimientos en los hombres buenos y honrados y de burda depravación en los duros y necios, y también un obstáculo insuperable para el desarrollo de la inteligencia, puesto que prefiere abiertamente los disparates seudocientíficos y el fanatismo estúpido, y que necesariamente fomenta la abstención y el disimulo en los ciudadanos mejores y más capacitados hasta impedir el cultivo de las más nobles virtudes públicas, como la sinceridad y la valentía política» (BLANCO WHITE 1972: 80). A la postre, el poder de la Inquisición tuvo otra consecuencia que, a la larga, tendrá innegables consecuencias en la crisis de 1808: mientras la tiranía sometía a todos los espíritus a su yugo de opresión, de sangre y fuego, se fue formando en secreto un partido intelectual o de opinión que, a veces, llama Blanco partido filosófico, que salió a la luz con la invasión napoleónica y que protagonizaría la lucha política durante las primeras décadas del siglo XIX.
El «Bosquejo de la historia del entendimiento humano en España», aparecido en 1824 en Variedades o Mensajero de Londres, a pesar de parecer una obra menor de Blanco, es un importante texto para comprender las opiniones de su autor y su análisis de la historia y de la situación política de España. En realidad, es un artículo en el que, sin descripciones costumbristas ni narraciones personales, Blanco pretende precisamente indagar en la causa de los males de España, la degradación del entendimiento, para imputar esa responsabilidad a los gobiernos despóticos y al dominio eclesial, y a la tiranía inquisitorial. En dicho artículo, afirma con rotundidad que «La Europa no presenta un cuadro de esclavitud intelectual más horroroso que el que descubre la historia de España» (BLANCO WHITE 2001: 54).
Lo interesante de este «Bosquejo» es que, pasado un tiempo del combate político, busca un análisis más profundo de las causas del fracaso de los intentos de modernización del país. En el siguiente texto, se encuentra un resumen de su tesis sobre el decaimiento del entendimiento y el abatimiento del país que bien puede servir para explicar muchos de los juicios anteriores:

«La causa de este mal está bien a la vista de cualquiera que sin preocupación estudie el carácter del gobierno civil y eclesiástico que, desde la cuna de la monarquía, ha existido hasta nuestros tiempos. El entendimiento humano ha estado en completo vasallaje en todos los dominios de España. Todo español se ha visto obligado a pensar, o por lo menos, a hablar y escribir con arreglo a ciertas fórmulas y principios establecidos, so pena de los castigos más enormes que se conocen en la sociedad humana ­prisiones, confiscaciones, infamia, tormentos, y muerte. Esta es una verdad de hecho: no lo es menos, que las resultas de semejante sistema son entorpecimientos de las facultades mentales; miedo continuo a ejercerlas; disgusto secreto que corroe a todo entendimiento activo; ventajas indebidas de cualquier cabeza estólica que se dedique a los estudios establecidos por ley, sin que le ocurra en sueños el dudar de su verdad; estudios secretos de materias prohibidas que hacen fermentar los ánimos de los que se atreven a proseguirlos; y opiniones extravagantes y extremosas que amenazan destrucción y ruina a cuanto existe en la sociedad, bueno, malo y mediano» (BLANCO WHITE 2001: 51).
La lectura del «Bosquejo» de la historia de España es una lectura centrada en el surgimiento del más feroz fanatismo y de la persecución de ideas y creencias. Se persiguió a las personas que fueron amenazadas por la jurisdicción eclesiástica con la «excomunión y la sospecha vehemente de herejía» y «con la muerte y confiscación, por parte del gobierno». Pero, también a los libros: «Mientras menos leyesen los españoles, tanto mejor para el Clero, y el Gobierno» (BLANCO WHITE 2001: 56). El resultado fue la decadencia del saber y del buen gusto que Blanco cifra ya en el siglo XVII a pesar de luminarias como Cervantes y de «otros grandes talentos, que pasaron como exhalaciones brillantes». Situación que se prolongó hasta las vísperas de la revolución. Pues, «¿cómo es posible que donde existe un tribunal que condena a la pena de fuego a los que no se conforman con la creencia de los jueces, pueda nadie dar alas al entendimiento en materia alguna?» (BLANCO WHITE 2001: 61). Su tesis central, pues, queda resumida en que la causa de la degradación del entendimiento en España se debe a «la tiranía mental en que han nacido, vivido y envejecido los españoles desde que la nación ganó el ascendiente, sobre los moros; quienes (con vergüenza y dolor digo) eran mucho más tolerantes que ellos» (BLANCO WHITE 2001: 60). La protección monárquica de la Inquisición y de la Iglesia más conservadora, en suma, derivó en un potente yugo que maniató la libertad de creencias y de pensamiento en España tan poderosamente que Blanco muestra, más de una vez, una cierta desesperanza en la tarea de reeducar y de sembrar la semilla del intelecto. Una desesperanza harto profética: «España (con dolor lo repito y con pena lo he creído por mucho tiempo) España es incurable. En ella están arraigados los principios más funestos, y enlazados de modo que no hay poder humano que los separe. La ignorancia mantiene a la superstición, y la superstición a la ignorancia. Así seguirá (si Dios por medios extraordinarios no lo remedia) de generación en generación, de siglo en siglo, desmoronándose poco a poco, y destrozándose por sus manos, de cuando en cuando. Medios humanos de sacarla de su degradación profunda no se presentan a la vista. ¡Quiera el cielo falsificar por modos imprevistos profecías tan funestas!» (BLANCO WHITE 2001: 196).

3. El proyecto político de Blanco White.
Durante los dos últimos siglos, ha predominado un lectura de la obra y de la figura de Blanco White que ha utilizado los excesos retóricos, las inexactitudes históricas, los errores de estrategia e, incluso, las dudas religiosas del autor para estigmatizar y condenar un pensamiento y un proyecto político sin parangón en la España derivada de la crisis del 1808. Si se tiene el cuidado de desbrozar los numerosos escritos y publicaciones, la cantidad de información que, directa o indirectamente, ya sea a través de la edición de los periódicos Semanario Patriótico o El Español, ya sea a través de sus Cartas, procuró y transmitió a sus contemporáneos Blanco White, puede fácilmente percibirse que su empresa personal era de un profundo calado y que destacaba por encima de la de otros. Cierto es que en sus escritos late una hybris política que, en determinados momentos, le lleva casi a la exasperación, pero también es cierto que su extensa obra sobre la realidad española aparece, con sus luces y sus sombras, inspirada en un ideario y que éste se expresó en un proyecto político renovador y original para la España de la época. Otra cosa es que los acontecimientos que sucedieron entre 1808 y 1814 no fueron de su agrado ni procuraron la materialización de los ideales más reformistas. Blanco White, como muchos otros de su época, consideró que el fracaso de la «revolución española» supuso también el fracaso de una gran oportunidad histórica para la modernización de la estructura política y social del país y para su inserción en el seno de los movimientos europeos más renovadores.
Pero el proyecto político de Blanco no fue el único que surgió en el contexto social y política del país a partir de 1808. Por encima de todo, la crisis política que acaeció en España tras la invasión francesa y el ulterior conflicto bélico liberó al país de la atadura ideológica impuesta por diferentes decisiones de los gobiernos, entre las cuales hay que mencionar las limitaciones para la adquisición de publicaciones extranjeras o a la movilidad de profesores y estudiantes para acceder a Universidades europeas, como ya decidiera tempranamente Felipe II. Además, también de las cadenas y la vigilancia impuestas por la Inquisición. De tal liberación, sin duda, emergieron nuevas visiones, nuevos proyectos y modelos de organización. La Sevilla libre de los franceses y luego el Cádiz de las Cortes fueron los lugares en los que confluyeron las diferentes pasiones políticas, de uno y otro signo. Representantes de los más variados sectores ideológicos de la sociedad española confluyeron en esas ciudades y, en especial, en el Cádiz constitucional, e intentaron influir en el devenir de los acontecimientos con muy diferente suerte.
El ideario político de Blanco White era, sobre todo, un ideario de raíz ilustrada que creía en la poder de la razón, en la capacidad de convencer a partir de argumentos y que se debía luchar contra la superstición, la ignorancia y el fanatismo. El pensamiento y, por ello, el proyecto político de Blanco, tal y como emerge de las páginas de los artículos más importantes publicados en el Semanario Patriótico y, sobre todo, en El Español, era, como he señalado antes, renovador y reformista. Era, por encima de todo, un ideario que hoy llamaríamos liberal. Moreno Alonso, uno de los representantes más cualificados de la labor de recuperación de la figura de Blanco White en los últimos veinte años, ha afirmado con rotundidad, y no sin razón, que «En España no se ha dicho hasta ahora ­pero no cabe duda de que hay que rendirse ante la evidencia­ que don José María Blanco White es el 'inventor' del Liberalismo en España. No basta decir que es 'uno de los padres; el otro podría ser su amigo Quintana. Es su inventor: su definidor, su defensor, su introductor, su propagandista. Y esto puede demostrarse objetivamente: por su formación, por su actitud de defensor de la libertad empezando por sí mismo, por sus denuncias y por sus periódicos» (MORENO ALONSO 2002: 17).
Estas afirmaciones de Moreno no son ninguna exageración. Las circunstancias de la revolución española pusieron a Blanco White en una posición privilegiada para defender su ideario y su proyecto político cuando Quintana decide proponerle, junto a Antillon, la dirección del Semanario Patriótico, periódico que debía ser afín al nuevo gobierno. Hasta entonces, Blanco White, salvo en el grupo de amigos y, quizás, con la excepción del discurso sobre Pestalozzi, no había dado señales de un pensamiento tan ligado a la Ilustración y a la modernidad. Fue la revolución española la que le colocó en la posición de informar, de comentar y de formar a sus lectores sobre la evolución política de los acontecimientos. Pero, ello no hubiera sido posible sin su formación callada y autodidacta y el calor del círculo de amigos sevillanos. Será a partir del Semanario Patriótico cuando desplegará activamente sus conocimientos en la realización de su empresa formativa. Y, aunque este periódico era impulsado por políticos cercanos al gobierno que luchaba contra el invasor, sin embargo, Blanco White demostró en todo caso independencia en sus juicios y una completa información sobre los acontecimientos. Sus opiniones no siempre fueron del agrado de los gobernantes de turno. Nunca censuró una crítica al gobierno y, cuando lo creyó necesario, él mismo fue el portador de la denuncia o de la censura a las acciones políticas y bélicas del gobierno, lo que le valió más de un disgusto y, a la postre, le convenció de la necesidad de su marcha de Sevilla a Cádiz y finalmente a Inglaterra.
Con razón, el Semanario Patriótico, bajo la dirección de Blanco White, debe ser considerado como el primer periódico liberal de España. Por sus opiniones ponderadas, por los conocimientos desplegados, por el objetivo de la misma empresa,... Todo ello muy por encima de otras publicaciones de la época: «El Semanario Patriótico de Quintana, que dirige en su fase sevillana, desde finales del mismo 1808, el mismo Blanco, ocupa un lugar fundamental en los orígenes del Liberalismo en España. Hasta el punto de que puede sostenerse sin paliativos que es su principal exponente. Las publicaciones periódicas anteriores (...) tienen poco que ver con el nuevo corte político que aparece en los periódicos de Blanco» (MORENO 2002: 17). En efecto, aunque duró poco la empresa (los cuatro meses que van de mayo a agosto de 1809), la dedicación de Blanco White al Semanario Patriótico pone de manifiesto un esfuerzo y una actitud política que se despliega también en sus otras aventuras periodísticas, especialmente en El Español editado en el que sería su país de adopción. Todo ello abunda en la importante contribución de Blanco White al surgimiento del liberalismo español sin la cual difícilmente pudiera hablarse del mismo7.
La labor periodística de Blanco White, tanto en su vertiente informativa como en su sesgo más crítico, estaba fundada en un ideario que atraviesa el numeroso conjunto de artículos publicados. Este ideario, como afirmé antes, sustenta un proyecto político de clara inspiración liberal. Pues bien, en mi opinión, este proyecto político, en el que se expresa el ideario de Blanco White, está formado por cuatro elementos a cada cual más importante. Estos son: su intención, las ideas que defiende, el modelo político que propone e inspira sus artículos y la valoración política de las medidas tomadas por los diferentes gobiernos. El análisis conjunto de estos cuatro elementos explica la afirmación recurrente de que José Mª Blanco White deber ser considerado como uno de los padres del liberalismo español y quien inicia una línea de pensamiento original y distinta y, por supuesto, radicalmente opuesta a la que apadrinaría Menéndez y Pelayo, uno de sus grandes detractores y responsables de que la leyenda negra sobre este autor perdurase tanto tiempo.

3.1. La labor educativa: la formación de la opinión pública.
¿Cuál fue el objetivo permanente de Blanco White en su labor periodística, en sus aventuras editoriales, en sus análisis sobre la realidad política española y sobre la evolución de los acontecimientos? No cabe duda de que su objetivo permanente, más allá de las circunstancias y de sus obsesiones cíclicas, fue siempre la realización de una labor formativa. Su intención fue siempre una intención pedagógica. En efecto, a lo largo de sus años de editor puso todo su empeño en la exposición de ideas y de argumentos que sustentaran su obra reformista. Como vimos, Blanco White consideraba que la causa principal del abatimiento del país era la obcecación, la falta de pulso vital en el entendimiento, el escaso interés por la reflexión y por la crítica del pensamiento tradicional e, incluso, por cualquier saber y, en especial, por las ciencias prácticas, pero también por las letras. En una situación de parálisis intelectual generalizada, era imprescindible reeducar los espíritus. Su misión era, pues, una misión predominantemente educativa. Aunque la actividad de Blanco White se desplegó en el contexto de la revolución española, en ningún modo, era revolucionario. Por el contrario, era un proyecto gradualista, reformista y mesurado que confiaba en los cambios cualitativos y en la formación cultural de los españoles. En su «Bosquejo de la historia del entendimiento humano en España desde la restauración de la literatura hasta nuestros días», de 1824, Blanco White lo expresará con claridad: «No hay país español que no necesite una reforma completa: completa, digo, no violenta, ni inconsiderada. El remedio se debe aplicar de raíz; pero sin arrancarla. Sin alumbrar los entendimientos, afinar el gusto, y elevar el tono general de la opinión pública, en vano se hacen constituciones y se publican leyes». Si se quiere, por tanto, que las reformas constitucionales y jurídicas perduren en un país con los espíritus encorsetados tras siglos de tiranía de la inteligencia, la primera tarea es formativa. Lo que hay que hacer es reeducar y, sobre todo, formar una opinión pública que sustente esas reformas. Los cambios legislativos por sí mismos no garantizan la modernización del país: «esperar que en tanto que un error fundamental, que corrompe todas las facultades, o impulsos del hombre, está carcomiendo a la sociedad, ha de mejorarse ésta por medio de leyes y estatutos que sólo atacan los efectos secundarios del mal original y primitivo; es armar de acero los pies y los brazos, ofreciendo el pecho desnudo al enemigo» (BLANCO WHITE 2001: 64).
A la vista de estas consideraciones, resulta de sumo interés recordar que uno de los primeros actos en los que Blanco explicita su evolución interior fue precisamente en su discurso sobre Pestalozzi, mencionado al principio. Es decir, un ensayo dedicado a exponer una de las teorías sobre la educación más actuales en ese momento y que representaba los ideales de la Ilustración. Una pedagogía renovadora centrada en la educación de los niños, como si su mismo país no hubiera alcanzado la madurez. Blanco White, pues, pronto se percató de los frutos de una educación vinculada a la naturaleza humana y a la razón: «El método de educación en que se facilita el raciocinio, no puede dañar a los talentos ulteriores, sean cuales fueren, porque todos ellos tienen por principio a la razón, que es invariablemente una misma» (BLANCO WHITE 1971: 153). Con el tiempo, no tendría más que aplicar estas enseñanzas a su tesis sobre la renovación gradualista del entendimiento. Los objetivos pedagógicos de Blanco White y su interés por formar una opinión pública liberal que sustente la obra reformadora de las leyes están también explicitados en los textos de sus dos empresas periodísticas más emblemáticas: el Semanario Patriótico y El Español. Quintana, impulsor y creador del primero, expuso con claridad desde un principio que el objetivo del periódico era formar una opinión pública. Cuando Blanco White asuma en Sevilla la dirección del mismo tomará buena nota de este propósito. Como dice Moreno respecto a este último, «el nuevo editor del periódico tenía muy claro, avant la lettre, los principios liberales sólo podían imponerse por la fuerza de su lógica, y, evidentemente, por convencimiento. De aquí que presentara la nueva publicación como un servicio al público, el servicio de informarle, creando justo lo que no existía: la opinión. Razón por la cual definirá al periódico, al mismo tiempo, como 'político'. Y, en este sentido, en verdad que el Semanario es el primer periódico propiamente político, con una finalidad ideológica y pragmática consecuente» (MORENO 2002:18­19). De hecho, Blanco White decidió cerrar su etapa de editor del Semanario cuando comprobó que su línea formativa incomodaba a algún sector del gobierno y que se procuraba su modificación. Como afirmó en su último número, «nuestros amigos (tales llamamos a cuantos nos han honrado con su aprecio) sufrirán mejor que se interrumpa otra vez el semanario que verlo mudado en otra cosa que lo que hasta ahora ha sido».
También la contribución de Blanco White en El Español está inspirada en la realización de esta misión educativa. Cuando la llegada del rey Fernando VII suponga la derogación de la Constitución y, en consecuencia, el final de la revolución española, desesperado insistirá en la «Conclusión de esta obra» (1814) en que lo único que le ha sostenido durante los cuatro años de editor del periódico era «la esperanza de ser útil a mi patria». Volvía, además, a reiterar que sólo la reforma, que entonces quedaba definitivamente frustrada, y no la revolución, era lo que España necesitaba al tiempo que veía imposible toda vía de mejora. Y concluirá su obra con el siguiente mensaje lacónico: «Había alzado finalmente la pluma, y aun me quedaba algún recelo de si acaso habría dado demasiadas riendas a mi imaginación pintando a España como más imposibilitada ahora que nunca de ponerse en el punto a que en la carrera intelectual debiera haber llegado ya a siglos; cuando en la Gaceta de Madrid el 4 de junio del presente año encontré el siguiente decreto que puso fin a mis dudas, como debe ponerlo a esta obra, mejor que ningunas razones mías». Se refiere, claro está, al Decreto de Fernando VII por el que deroga la obra de las Cortes de Cádiz.

3.2. Los conceptos básicos: libertad, igualdad y tolerancia.
Como vimos, el proyecto político de Blanco White se asienta en diferentes tareas y elementos. El editor de periódicos era muy consciente de que su obra educativa y su misión de matrona de una opinión pública requería conocimiento, precisión conceptual y exposición clara. Blanco demostró, a lo largo de su experiencia periodística, unas buena dosis de capacidad analítica de conceptos y de teorías e intentó en todo momento desmenuzar, cribar e ilustrar en el contexto de la batalla de ideas que desencadenó la Guerra de la Independencia y, en particular, la experiencia de Cádiz. Era bien consciente de que el éxito de su misión dependía en buena medida de esta labor ilustrativa, de enseñanza paciente de conceptos e ideas novedosos para la sociedad española y que, sin embargo, habían sido el referente del pensamiento de la Ilustración en Europa. Es, precisamente, en esta tarea explicativa en la que Blanco White muestra con claridad la raíz ilustrada y liberal de su proyecto político.
La clarificación de conceptos proyectándolos sobre problemas y conflictos concretos fue, pues, una de las obsesiones de Blanco White. En particular, hay que señalar tres términos: el de libertad, el del igualdad y el de tolerancia. Insisto en que en el análisis del concepto de libertad, de igualdad y de tolerancia el editor español no sólo muestra un perfecto conocimiento de los debates y teorías de la modernidad, sino que también emerge como uno de los representantes más cualificados del pensamiento liberal en la España de inicios del siglo XIX.
Ya en la edición del Semanario Patriótico, Blanco White se preocupó como primera tarea aclarar los conceptos de libertad y de igualdad. Corría el año 1809 y en ese período de indefinición política, previo a la convocatoria de Cortes, era necesario desbrozar los usos espurios de ambos términos y que estaban siendo utilizados interesadamente obstaculizando la obra reformadora. Los conceptos de libertad y de igualdad que eran profusamente utilizados en la revolución española trayendo a colación las experiencias francesas requerían, pues, la atención del análisis y de la precisión terminológica. Son varias las intervenciones de Blanco White en el Semanario, a lo largo de 1809, con este objetivo. En ellas, queda, cómo no, bien patente la impronta liberal de su pensamiento. Empieza por reconocer el carácter polisémico de ambos conceptos y denuncia, sobre todo, el uso espurio tanto en la revolución francesa como en la española. Así lo afirma en un texto, sin duda, brillante con el que inicia en mayo de 1809 su serie de intervenciones «De los nombres libertad e igualdad»:
«No hay nombre tan sagrado en el mundo que esté exento de haber servido repetidas veces para encubrir delitos, y hacer de contraseña a alguna reunión de malvados. Los vicios en el horrendo aspecto de su desnudez no atraen así la voluntad de los pueblos; y los seductores de todos los tiempos se han visto precisados a ocultar sus intenciones perversas bajo el lenguaje de la misma virtud. Pero también los malvados que pretenden elevarse sobre la ruina de los que les han antecedido, socolor de disipar la ilusión del lenguaje de que abusaron, hacen olvidar su genuina significación, y las voces, que a todas horas debieran estar en los labios de los buenos, llegan a pronunciarse como nombres de execración, con grave daño de la moral de los pueblos» (BLANCO WHITE 2001: 75).
Para Blanco White, «tal ha sido la suerte de los nombres libertad e igualdad, en nuestros días». Pues han sido utilizados primeros por los revolucionarios franceses no sólo para liberarse del yugo de la monarquía absolutista, también para cometer los más execrables crímenes. De manera que han llegado a España deformados en su significado y utilidad.
Blanco, pues, se propone demostrar que la idea de libertad no significa «desorden», ni la de igualdad «anarquía», que ambos conceptos no «son opuestos al gobierno monárquico» y que con estos términos no se trata de repetir los horrores de la revolución francesa. Completa esta definición de su propósito con un texto sobre la alta misión que conduce su obra editorial: «Nosotros que estamos consagrados a disipar, según nuestras fuerzas, las nubes con que quieren ofuscar a nuestros compatriotas para que desconozcan sus verdaderos intereses, debemos fijar para siempre el sentido recto de unas voces que, mal entendidas, o débilmente olvidadas, serán indicio infalible de nuestra ruina» (BLANCO WHITE 2001: 77).
La idea de libertad para nada se identifica, en su significado genuino, con el desorden. «No hay delirio igual al de confundir la libertad con el desorden». Más bien, al contrario, es la tiranía, es decir, la no existencia de libertad la que genera «licencia y desenfreno».
En el análisis del concepto «libertad», el liberalismo de Blanco White aparece con nitidez: «La libertad política consiste en que una nación sólo esté sujeta a las leyes que de su agrado haya reconocido». Esto afirma en 1809, tan tempranamente en su tarea formativa. Quizás, no es descabellada la idea de la influencia de Rousseau en esa definición: la libertad como gobierno de las leyes. Más aún, cuando a continuación afirma que «esta libertad general no vive sino a costa de sacrificios de la libertad de cada uno». Vivir con libertad no significa «vivir más a sus anchas», sino de acuerdo a las leyes.
Por el contrario, es bajo el despotismo donde se produce el desenfreno, la pérdida de cualidades, el gobierno de los ambiciosos. «Como bajo un déspota no puede haber virtudes públicas, la disolución y los placeres ocupan a los ciudadanos. Para obtener mandos y riquezas, hay un camino fácil y conocido: la adulación servil, o el soborno ponen, sin gran trabajo, en la carrera de los honores». En un gobierno de las leyes, en el que se reconocen los derechos, «hay ambición, hay emulaciones violentas, hay todos los vicios que nacen de la reunión de muchos hombres; pero los medios de satisfacerlos son difíciles, y ceden casi siempre en beneficio de la sociedad» (BLANCO WHITE 2001: 78). No parece que en los inicios del liberalismo español haya algún autor que haya definido con tanta claridad qué es y en qué consiste la libertad como gobierno de las leyes, ni que haya diferenciado el gobierno libre del despotismo. La modernidad del pensamiento de Blanco White queda fuera de toda duda y no es tampoco descabellado reivindicar su puesto en la historia del primer liberalismo español. Sus frases rotundas expresan las ideas esenciales de esta doctrina política. La idea de que la libertad es el gobierno de las leyes y éste el respeto de los derechos y la encarnación de la dignidad humana. La libertad no es el desorden, sino el orden de las leyes, el respeto de los derechos y la fijación ordenada de las obligaciones y los deberes:
«La libertad no es la exención de obedecer; es el derecho de conservar la dignidad del hombre, obedeciendo; como el despotismo, por el contrario, es el estado de perpetuo abatimiento aun cuando nada quiera mandar el que lo ejerce. Esta es la máxima que debe excitar en ellos esa palabra, que nunca deberá carese de sus bocas. Gozar libertad es obedecer solamente a las leyes; sufrir despotismo es estar dispuesto a someterse al capricho. La voz de la ley no cesa un solo instante; la voz del despotismo se oye de tiempo en tiempo: aquella es la voz de un padre que no pierde de vista a sus hijos; ésta, la de un señor que, cuando se digna de hablar es para hacer temblar a sus esclavos. En una palabra, los individuos de un pueblo libre están rodeados de perpetuas obligaciones y deberes, al modo que los de una familia numerosa y bien ordenada; mas pueden vivir tranquilos cuando los han satisfecho» (BLANCO WHITE 2001: 80).
¿Qué autor coetáneo, después de esta afirmación, liga con tanta claridad como hace Blanco White el significado de la libertad con el gobierno de las leyes y la función de éstas en el reconocimiento de los derechos humanos? No parece que en España nadie antes que él lo hubiera hecho.

Si es posible construir un régimen de libertad basado en el gobierno de las leyes, del mismo modo, según Blanco White, es posible también la armonía entre la libertad y la monarquía. El liberalismo de Blanco White no es un liberalismo antimonárquico. Por el contrario, intenta demostrar que es posible la pervivencia de la tradición de la monarquía en España en un régimen de libertad. Demuestra, de nuevo, la modernidad y lo avanzado de su pensamiento. Para Blanco, una autoridad es «legítima» si su poder es un poder limitado, basado en el gobierno de las leyes que es, como sabemos, el gobierno de la libertad. De manera que no es necesario engañar a las personas para que obedezcan al rey. Basta con que se muestre que «bajo un monarca pueden gozar de todos sus más nobles derechos sin que el trono sea defraudado de su legítima autoridad». La legitimidad de la autoridad deriva de la limitación del poder «porque por el hecho de no tener límites sería del todo irracional e injusta».
Es posible, pues, conciliar la autoridad de los reyes con la idea moderna de libertad:
«Basta esta preocupación para que la libertad quede a cubierto, gozando los reyes del glorioso derecho de mandar a hombres libres. Porque es un error de gentes envilecidas figurarse que pierden los príncipes de su decoro por no ser déspotas, o por reconocer leyes que no pueden quebrantar impunemente: igual delirio sería pretender que los hombres se degradan por estar sujetos al dictamen de la razón, cuyo órganos son las leyes» (BLANCO WHITE 2001: 82).
Frente a lo que pudiera parece, Blanco White analiza el concepto de igualdad, pero no es un defensor del igualitarismo. En una frase que parece tomada de Locke, Blanco White vincula la creación de la sociedad de los hombres con la trasnsformación de la libertad y la igualdad: «Es verdad que así como para vivir los hombres en sociedades han tenido que sacrificar parte de su libertad natural, igual sacrificio han hecho de la igualdad en que se considerarán los individuos si pudieran vivir aislados. Para la tranquilidad y el orden es preciso que haya una subordinación que haga de todo el estado un solo cuerpo» (BLANCO WHITE 2001: 86).
En la filosofía política esbozada por Blanco White, hay dos libertades que sobresalen sobre el resto: la libertad de pensamiento y la libertad de creencias y por derivación la tolerancia. Así dice en su Autobiografía que su deseo es que «la libertad de pensamiento se extienda a todo el mundo». Un autor tan sensibilizado con la tiranía del entendimiento y el papel de la Inquisición en la persecución de toda religión que no fuese la católica no podía por menos que situar en el centro de su sistema de libertades a la libertad de creencias y a la tolerancia. Y ciertamente son numerosísimas las referencias a estas categorías políticas, especialmente a esta última. La liberación del yugo que oprime al entendimiento y a la conciencia es la primera tarea en la recuperación del país y por ello la tolerancia es imprescindible en el sistema de libertades. Para defender esta exigencia, Blanco White reitera el argumento de que no hay ningún pasaje en la escritura ni en las decisiones de la Iglesia «que se manden a los cristianos ser intolerantes», y, si existiese, aún debería discutirse los límites de un precepto semejante. No hay, pues, ninguna obligación de ser intolerantes respecto a los que profesan otras creencias, afirmará en «Intolerancia religiosa» publicado en el año 1812, en El Español (BLANCO WHITE 2001: 118). La intolerancia no es la estrategia válida para garantizar la pervivencia de la religión católica. Por el contrario, el instrumento válido es la tolerancia: «el verdadero modo de defender la pureza de la religión, y la honra de Dios que se busca en ella, es dejar abierta la puerta para que cada cual tome partido que su corazón le dicte; y no obligar a nadie a que al error una el perjurio. Entonces se verá separada la paja del grano solo con dejarla al aire libre» (BLANCO WHITE 2001: 128).
Blanco White utiliza una batería de argumentos contra la «opresión religiosa» y el sistema de intolerancia implantado por la Inquisición. Entre ellos, destaca que la intolerancia lo único que ha generado es violencia, represión y guerras, como bien se experimentó en España: «la opresión religiosa ha excitado las guerras civiles más horribles, las discordias más sangrientas... (L)a tolerancia, por el contrario, jamás ha causado un tumulto: testigos las naciones más felices de la Europa y la América» (BLANCO WHITE 2001: 131).

3.3. El modelo político: el equilibrio y el pragmatismo inglés.
La obra pedagógica y formativa de Blanco White está claramente inspirada en la historia y en la experiencia política de Inglaterra, el país de acogida a partir de 1810. Su modelo político es, pues, el modelo inglés de gobierno. Son muchas y constantes las referencias a las bondades de este sistema en sus comentarios y artículos. Cuando desesperado por el Decreto de Fernando VII por el que deroga la obra de las Cortes de Cádiz y, por tanto, se frustra la obra reformadora no deja de insistir en que la única manera de corregir la realidad política española es importar el modelo político inglés y su sistema de libertades. Con claridad, lo afirmará en la «Conclusión» al El Español, en su último número: «Un solo medio hay de poner a la nación al nivel que le pertenece entre las demás de Europa: este es, establecer un gobierno fundado en los principios que han elevado a Inglaterra al alto puesto en que se halla ­fundado en verdadera libertad religiosa y civil. No hay que engañarse: la una no puede crecer ni arraigarse sin la otra». Pero, Blanco no cree que el nuevo rey ni el partido que sustenta su «cetro» concedan lo que el rey inglés dio, esto es, «la libertad de profesar la religión que a cada cual dicte su propia conciencia». Por ello, vaticina un futuro aciago para el país: «males sin fin amenazan a mi infeliz patria; abatimiento ahora; agitaciones y horrores más adelante». Blanco White siente íntimamente como una frustración personal el fracaso de la llamada «revolución española». No obstante, antes y después de esa fecha, 1814, Blanco White recurrirá a la experiencia política inglesa como parangón de las reformas y de la evolución que debía seguirse en España. Lo hará tanto cuando enjuicie, muchas veces críticamente, la labor de las Cortes de Cádiz, como cuando, más relajado, valore las bondades del sistema inglés. Las referencias a Inglaterra, a su sociedad, a sus costumbres, a su historia son, pues, muy numerosas y recurrentes. Las Cartas de Inglaterra serán una inmejorable oportunidad para celebrar las bondades de la sociedad, de la cultura y de la política inglesa. Pero, los juicios y las comparaciones en el ámbito de lo político, especialmente, las encontramos en las Cartas de Juan Sintierra. Como es sabido, toma este seudónimo siendo editor de El Español cuando observa asombrado la reacción de sus amigos españoles ­y, por supuesto, de sus enemigos­ ante unas opiniones sin duda críticas sobre la labor de las Cortes o sobre la posición del gobierno de Cádiz en torno a los españoles americanos, pero que se ceñían a su objetivo educador y de formador de una opinión pública. Las Cartas de Juan Sintierra son un mazazo constante y permanente a los proyectos y leyes de las Cortes de Cádiz y, en ellas, reclama la imitación del modelo inglés.
Son muchas las ventajas del sistema político inglés y de su traslación a la realidad española. El modelo inglés es ejemplo de equilibrio, de ponderación y de evolución gradual y mesurada de una sociedad. Blanco White ensalza el equilibrio político de Inglaterra como resultado de un desarrollo que encarna la esencia de lo que debe ser la política, pero, al mismo tiempo, considera que el modelo inglés es resultado de la ejecución de reglas pragmáticas que son seguidas por todas las facciones. Así, en una de las Cartas afirma con rotundidad que las Cortes deben imitarlo «no porque esté en la constitución inglesa, sino porque está fundado en la experiencia de la naturaleza humana» (BLANCO WHITE 1990: 81). No es obra del ingenio de un solo hombre, sino que es resultado de un saber hacer inconsciente residenciado en la cultura y en las actitudes de sus hombres. Blanco White, en este punto, parece olvidar el tormentoso siglo XVII de este país.
El modelo político inglés representa, por encima de todo, la esencia de lo que debe ser la política. Para Blanco White, el mérito y la virtud de la política reside en la capacidad de los agentes para alcanzar consensos y para cumplirlos. La política es el arte de «concordar», y los políticos de ese país han sabido aprender de su propia historia que los acuerdos son imprescindibles para el equilibrio institucional. Por el contrario, la política española de Cádiz, en un momento tan trascendente para España, está dominada por el conflicto de las diversas facciones sin que pueda entreverse una vía de acuerdo y compromiso entre los que llama partidos servil y filosófico. En la política española, prima el cainismo frustrante.
Desde un primer momento, Blanco White aconseja volver la mirada al equilibrio institucional de Inglaterra:
«Yo no sé si llamar inconsideración o vano orgullo a este proceder de las Cortes; porque con poco que sus miembros ilustrados hubiesen parado su atención en la constitución inglesa, en ese modelo de prudencia y de saber práctico que está a la vista de todos los que quieran tomar el trabajo de estudiar las cosas en sus fuentes; con poco que hubieran atendido al modo con que se hizo en ella la revolución política que ha tenido los efectos más reales y benéficos de cuantas se han hecho en el mundo, habrían aprendido a sacar partido aun de las preocupaciones mismas de los pueblos, y a conseguir realidades, desentendiéndose de vanas apariencias» (BLANCO WHITE 1990: 80).
La política virtuosa de concordar, según Blanco White, en el esquema institucional, en la estructuración de los poderes del sistema político inglés que debería ser el ejemplo a seguir por las Cortes de Cádiz. El equilibrio de poderes no quiere decir, como afirman algunos teóricos, que la base de sistema político sea una pugna continua, «como si el modo de hacer concurrir dos o más fuerzas a un fin, fuera oponerlas unas a otras; o como si pudiese haber una pugna que no terminase en la destrucción de todas las fuerzas menos una, o en la reunión de todas en ella» (BLANCO WHITE 1990: 82). He ahí el mérito de la evolución política de Inglaterra: que, en el conflicto entre el rey y el Parlamento y en la guerra civil consiguiente, sus dirigentes se percataron de la necesidad de respetar la figura del monarca, pero exigiéndole que jurase «los artículos que creyeron necesarios al goce y conservación de los derechos, que como herencia innegable habían heredado de los mayores, y exigieron su libertad, y los medios que juzgaron a propósito para conservarla, no a título de árbitros y señores de la corona, sino bajo el de vasallos que tienen derecho a pedir que el monarca les conserve sus fueros» (BLANCO WHITE 1990: 81).
De ahí saca Blanco White la conclusión y la lección que recomienda sea imitada en España: «El problema político no consiste en oponer, sino en concordar, y el arte no está en hacer que los varios poderes se miren con celos y desconfianza, sino con mutuo interés de protección: la constitución de un gobierno mixto será perfecta cuando haga sentir al rey, que su poder y dignidad dependen de conservar los fueros de su pueblo en las leyes que los prescriben; al pueblo, que la conservación de las leyes que ama depende de conservar su poder y dignidad al rey» (BLANCO WHITE 1990: 82). Precisamente, lo que llevó al editor de El Español a publicar estas opiniones en una Carta fue la declaración de soberanía de las Cortes y la decisión de los diputados de investirse de oropeles y honores propios del monarca como efecto del poder absoluto que pretendían detentar. Ante ello, Blanco White intuye el desequilibrio que se va institucionalizar entre los dos poderes y las consecuencias desastrosas, como así será, que ello tendrá para la obra de las Cortes. No obstante, no parece que, dada la evolución política, hubiese sido tan descabellada la declaración de soberanía de las Cortes para fijar, por lo menos, el espacio de su poder. Otra cosa es que lo hubiesen aprovechado, como así fue, para establecer los rangos, títulos y honores de su cargo, que es objeto de la ira de Blanco White.
La comparación con Inglaterra le llevará también a Juan Sintierra a reclamar la imitación del modelo judicial inglés desarrollado durante siglos. Tres son los elementos clave a importar: la introducción del Habeas Corpus con lo que se establecería un sistema de protección de la libertad individual; la transformación de la Administración de Justicia incorporando el sistema de jurados; por último, junto al jurado, Blanco White reclama el diseño de un nuevo modelo de juez caracterizado por ser el garante de los derechos de los individuos, titular de un estatuto independiente del poder, que sea un juez imparcial y que destaque por su entereza moral. Su modelo de Administración de Justicia apuesta por la complementación del jurado y del juez: éste como «un mero órgano de la ley» y aquél como representación del pueblo (BLANCO WHITE 2001: 179 y ss.).

3.4. Los juicios sobre la evolución política.
Blanco White fue testigo de la «revolución española», pero, sobre todo, fue uno de los críticos más claros y más ácidos del desarrollo de los acontecimientos. Su obra pedagógica, la exigencia de crear una opinión pública que dé estabilidad a las reformas políticas, lo requería. Sus juicios, como podríamos esperar, nunca serán mesurados. Alabará siempre el carácter espontáneo del movimiento revolucionario para pasar a juzgar con acritud las actitudes de los gobernantes hasta caer, en ocasiones, en auténtica desesperación al conocer las decisiones de las Cortes y la evolución de la revolución misma. A la postre, la restauración del Antiguo Régimen le llevará a una desesperación cáustica que le conducirá, incluso, a cuestionar su condición de español y a considerar que la reforma social y política en España era una tarea imposible, que en la Península se había desarrollado históricamente una incapacidad natural para la instauración de un sistema político basado en la ideología de la Ilustración. Sin tener presente su carácter ciclotímico, resulta difícil entender sus opiniones sobre la Regencia, sobre la composición y elección de las Juntas provinciales, o la dureza de los juicios de la Junta Central que él mismo había requerido como pieza fundamental para la dirección de la guerra. O, el paso de la alegría por la ansiada convocatoria de las Cortes a una posición de crítica ácida por las decisiones de los diputados.
Blanco White inicia sus comentarios sobre el desarrollo de la revolución española con la breve experiencia del Semanario Patriótico, pero será en Inglaterra donde desarrolle y afine sus juicios y su análisis sobre los acontecimientos. Sus comentarios y su obra de editor muestra a un periodista que conoce a la perfección los entresijos de la evolución política española. Incluso, algunas decisiones las conoce antes que los protagonistas a través de sus relaciones con el Foreign Office. El Español es, hoy en día, una fuente de información de los hechos de España difícil de superar y, en su tiempo, un instrumento de propaganda único en la época.
Aunque Blanco White utilizó repetidamente el término «revolución española», sin embargo, no dejó de señalar la dificultad de comparar los hechos de España con la revolución de Francia: «Llamar revolución a los trastornos de España, dando a este nombre a la acepción que la de Francia ha fijado últimamente, es un mal principio para explicar los acontecimientos de aquel reino». Puede servir cuando la rebelión es resultado «de una fermentación interna» producida por la lucha de un pueblo que busca mejorar y un gobierno que lo impide, pero no así en una situación como la que se encontraba España de total abatimiento y decadencia, tras el reinado de Carlos IV (BLANCO WHITE 1971: 224­225). Faltaba aquí el espíritu de lucha y de reforma seria de las instituciones políticas. En todo caso, la revolución española no se debió a la fermentación de las pugnas internas, sino que nace como consecuencia de un hecho externo, como es la invasión napoleónica. De ahí que, a pesar de todo ­afirma Blanco­, la traslación del término «revolución» a los trastornos de España no sea conforme con el significado del concepto tal y como había sido acuñado en Francia8.
Serán numerosos, como no podía ser de otra manera, los comentarios de Blanco White sobre los hechos de la revolución española, desde el primer momento hasta 1814. Ya en las «Reflexiones generales sobre la revolución española» aparecidas en el primer número del periódico londinense, Blanco White atacó duramente a la constitución y el papel de las Juntas desde los primeros momentos de su constitución. El Español, en general, constituirá una importante plataforma crítica de la labor realizada por las Juntas provinciales y también de la Junta Central. Todo el proceso es criticado. Blanco encuentra siempre un elemento por el cual debe estar en desacuerdo con la evolución de los acontecimientos (su constitución, la forma de gobernar, la falta de espíritu público o de interés general). Todo ello resulta de sumo interés para el historiador de un período crucial para España. Para el jurista, sin embargo, tiene mayor relevancia las reformas legislativas promovidas por las Cortes de Cádiz. Me centraré en alguno de sus comentarios sobre las decisiones de las Cortes de Cádiz: la aprobación de la libertad de imprenta y el debate sobre la Constitución de 1812. Hay otros comentarios y reflexiones de Blanco, como son su posición respecto a las primeras reivindicaciones de las colonias de América o el Decreto de disolución de la Inquisición, que merecerían también una especial atención, pero que por razones obvias no es posible tratar aquí.
De la labor renovadora de las Cortes de Cádiz, una de las actuaciones que levantó más polémica fue la aprobación de la libertad de imprenta. Está muy extendida la opinión, desde que la emitiera Menéndez Pelayo, de que no fue el artículo 12 de la Constitución de 1812, en el que se regula la confesionalidad estatal y la catolicidad de España, el que elevara la tensión entre las facciones políticas, sino que fue la discusión del decreto sobre la libertad de imprenta la que generó el enfrentamiento entre los liberales y los serviles de Cádiz. Sánchez Agesta recogió esta interpretación: «Fue más bien un ambiente impreciso, consecuencia de la libertad de imprenta, que aunque limitada por la Constitución a la órbita política, en la práctica apuntó a una audacia libelista, que pronto comenzó a herir los sentimientos religiosos...». Esto y otras medidas como el no restablecimiento de las órdenes religiosas suprimidas por Napoleón o como la regulación de la enseñanza «encendió la guerra religiosa ... y acabaron de alarmar a los Prelados y de herir los sentimientos religiosos de una gran mayoría del pueblo» (SÁNCHEZ AGESTA 1974, 114­115). Es ésta una interpretación que, sin duda, habría que matizar, pues dicha libertad la utilizaron tanto partidarios de la libertad política, y el mismo Blanco es un ejemplo de ello, como también permitió la publicación de libelos que anunciaban un próximo Apocalipsis. Un ejemplo de esto último es el Preservativo contra la irreligión o Los planes de la filosofía contra la Religión y el Estado, de Rafael de Vélez, adelantado de lo que será el postrer nacional­catolicismo. Véase un texto que no tiene desperdicio: «Multitud de hombres presumidos de sabios han publicado en este tiempo ideas y planes idénticos en un todo, a los que dictó la Francia, para esclavizar la Europa, y destruir la religión de Jesu­Christo. Como aves nocturnas a quienes la verdadera luz ofusca, se escondieron temerosos a las primeras señales de nuestra religión y patriotismo. El estruendo del cañón, el silbido de las balas, y las voces viva la religión muera la Francia, les asustó...» (VÉLEZ 1812, 98­99). Lo curioso del caso, más allá de posiciones partidistas, es que el Decreto sobre libertad de imprenta de 10 de noviembre de 1810, cuyo artículo 1 luego pasaría al 357 de la Constitución, como bien afirma Tomás y Valiente, sólo liberalizaba la impresión y propagación de las ideas políticas y no las religiosas.

El editor de El Español no dejó pasar la oportunidad de comentar el Decreto sobre la libertad de imprenta, en su número del 30 de diciembre de 1810, en un artículo titulado «Reflexiones sobre el reglamento antecedente». Lógicamente, por su formación ilustrada, Blanco no se muestra contrario a la implantación de la libertad de imprenta dada su relevancia para lo que hoy llamaríamos la libertad de expresión, y para lo que él pensaba que era fundamental: la libertad de pensamiento y la libertad de creencias. Para él, era, pues, un pieza fundamental de su proyecto pedagógico y renovador. En realidad, su propio trabajo periodístico dependía de su reconocimiento.
La fina inteligencia de Blanco no dejó de percibir que, tras la declaración de establecimiento de la libertad de imprenta, el Decreto de las Cortes de Cádiz escondía elementos contradictorios con los supuestos objetivos manifestados por los diputados en las sesiones. En sus «Reflexiones sobre el reglamento precedente» Blanco critica varios aspectos, sin duda, importantes del Decreto que, en lugar de amainar los vientos de tormenta que se avecinaban, acabaron por encrespar los encendidos ánimos de las diferentes facciones políticas. Se fija especialmente en lo que hoy llamaríamos el alcance, los límites y el procedimiento de control del ejercicio de la libertad de imprenta. En primer lugar, pone de manifiesto que los límites entre el buen ejercicio y el abuso de la libertad de imprenta carecían en el Decreto de una definición precisa. De esta ambigüedad surgirían un cúmulo de problemas y de dificultades que entorpecerían la libertad de expresión. En su lectura del Decreto de las Cortes, quien ejerza la libertad de imprenta puede ser acusado de «obrar mal» por lo cual deberá ser juzgado ante un tribunal ad hoc. Pero, ¿qué quiere decir «obrar mal»? Mientras que en el ámbito de la conducta privada una mala actuación «puede arreglarse por la recta razón», en el ámbito del ejercicio de la libertad de imprenta no da lugar más que a discusiones y polémicas infructuosas dado el carácter indeterminado del criterio utilizado: «los límites entre la libertad, y el abuso de la imprenta dependen tanto de principios indefinidos, y variables que a cada paso se encontrarán las opiniones de los hombres más rectos, divididas sobre ellos, y tan divididas que uno llamará traición, lo que otro patriotismo; uno crítica, a lo que otro libelo» (BLANCO WHITE 2001: 92).
En realidad, lo que enervó a Blanco White del establecimiento de la libertad de imprenta es que, después de todo y a pesar de la polémica suscitada, el Decreto mantenía el poder de la Iglesia para censurar y juzgar las publicaciones realizadas en un teórico marco de libertad, pues tenía una importante representación en las «Juntas de Censura», en la provincial y en la Suprema. Juzgaban una vez se producía la publicación, pero, si se trataba de juzgar las consecuencias políticas de la libertad de imprenta, no entiende Blanco por qué debía existir esa representación. La indefinición de los límites era así una peligrosa vía para que los censores restringieran finalmente la libertad de expresión. A pesar de estos comentarios y de sus dudas, Blanco White, desde luego, no echa en saco roto la aprobación de la libertad de imprenta como raíz de la libertad de pensamiento (afirmará «¿qué han logrado los españoles con el decreto de la libertad de imprenta? Algo, sin duda: la libertad de dar a luz cualquier libro, sin esperar la censura. La censura previa ahoga en su origen la libertad de imprenta» (BLANCO WHITE 2001: 98), pero, si esta libertad tiene por objeto la publicación y propagación de ideales y debates políticos, ¿a qué viene que la Iglesia católica censure o forma parte de los tribunales que han de establecer los límites de su ejercicio o han de juzgar las violaciones al Decreto?
Para Blanco, las Cortes de Cádiz tenían un misión prioritaria: la elaboración de una Constitución. Con la Constitución, no sólo se procedería a la reforma de la estructura política; también, a la regulación de las libertades necesarias para la sociedad española. Sobre todo, la libertad de pensamiento y la libertad de creencias. La misma libertad de imprenta saldría beneficiada de su reconocimiento. Por ello, que las Cortes emprendiesen esa tarea generó en Blanco White muchas expectativas; no por ello, dejó de comentar críticamente la evolución de los acontecimientos. Pretendía en cierto modo tutelar las decisiones y los trabajos con sus recomendaciones. Esta labor encajaba a la perfección con su intención pedagógica. Pero, al contemplar que sus orientaciones no eran seguidas por los diputados y los acontecimientos ratificaban sus vaticinios, fue perdiendo la ilusión por la revolución española y por la reforma política.
Lo que más exasperó al Blanco pedagogo y observador fue la nula visión práctica de los diputados de Cádiz. De hecho, como no se siguieron sus recomendaciones, acabará afirmando que «las Cortes están perdiendo tiempo y crédito con ese empeño de hacer una constitución por teoría, y pudieran haber adelantado mucho para hacer una por experiencia». Una Constitución para la teoría que es más un libro que fruto de la experiencia. De ahí que la conclusión de Blanco sea que todo ello es una tarea inútil: «La constitución hecha así no sirve para nada. Hoy saldrá, y mañana se verá que hay que hacer una adición; al día siguiente que es preciso interpretar un artículo, luego que se ha escapado un caso, y en fin, se verá todo lo que la imprevisión produce en materias tan complicadas que no hay que saber humano que pueda abrazarlas en un punto de vista» (BLANCO WHITE 1990: 83).
Pese a estas críticas, inicialmente Blanco no dejó de saludar la promulgación de la Constitución de 1812. Bien se prestó a afirmar que más valía esa que nada. Como afirma en sus «Breves reflexiones sobre algunos artículos de la Constitución Española»: «Tener una Constitución, sea cual fuere, es mejor que no tener ninguna, o tenerla dudosa, y casi olvidada. La que han formado y promulgado las Cortes, tiene a mi parecer defectos muy esenciales, de los cuales he expuesto algunos cuando se estaba formando; mas a pesar de ellos, protesto que su promulgación, y la satisfacción y alegría con que entiendo que el pueblo Español la ha recibido me han causado muy verdadero placer» (BLANCO WHITE 1990: 137).
Son varios los defectos que observa Blanco White en el texto de la Constitución de 1812: la obligación del juramento de los diputados, la potestad de hacer leyes que marginaba al Rey y que, sin embargo, le concedía un peligroso derecho de veto, el sistema de elecciones, la rigidez en la reforma o, mejor, la consideración de que tiene una validez perpetua. Craso error: el objetivo de convertirle en un texto perpetuo ­afirma Blanco­ mina sus cimientos «que desde ahora amenazan ruina». Tal sanción perpetua impide simbólicamente su reforma futura. Tal juramento justifica la errónea apariencia de que la Constitución es «tan una e indivisible que no se le puede alterar ni un artículo». Y, en definitiva, esta rigidez es un poderoso argumento en manos de quienes quieran derribarla (BLANCO WHITE 1990: 138). De una forma u otra, los hechos posteriores le dieron la razón.
Finalmente, como no podía ser menos en un autor obsesionado por la tiranía del pensamiento y por la intolerancia de la Iglesia católica en España, Blanco dirigió también sus baterías contra el artículo 12 de la Constitución de 1812: «La religión de la nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra». Esta declaración de intolerancia no debía sino escandalizar a quien se consideraba un paladín de la tolerancia y de la libertad de creencias. Y afirma, con horror, que, primero de todo, este artículo lleva «el sello de la intolerancia religiosa con que está ennegrecida la primera página de una Constitución que quiere defender los derechos del hombre». Pero, aún más se asombra del error de unos constituyentes que, además de realizar una labor política, se convierten en teólogos y dictan cuál es la religión verdadera, como si, en lugar de las Cortes, estuviesen en un Concilio. Y, más todavía, no se les ocurre mejor cosa que prescribir que «es y será perpetuamente» la religión de España. Políticos metidos a teólogos que, además, condenan las religiones que profesan las demás naciones. El desánimo de Blanco le lleva a concluir que: «los españoles han de ser libres, en todo, menos en sus conciencias. El artículo 12 de la Constitución es una nube que oscurece la aurora de la libertad que amanece en España» (BLANCO WHITE 1990: 142). Y es que efectivamente la progresista Constitución de 1812 consagró la confesionalidad estatal y alimentó la intolerancia religiosa.

Pero, es que la radical confesionalidad estatal recogida en el artículo 12 impregna toda la Constitución de 1812. Aparece ya en el Preámbulo del texto que encomienda a «la gracia de Dios» a la Constitución misma: «En nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la sociedad...». Pero las menciones son muy numerosas. A continuación van unos ejemplos. Hasta el punto de ordenar que las Juntas electorales debían empezar sus sesiones con la celebración de «una misa solemne de Espíritu Santo por el cura párroco, quien hará un discurso correspondiente a las circunstancias» (art. 47). O el artículo 117 en el que ­¡hasta tal punto llegaba el espíritu ordenancista de los constituyentes del 12!­ en el que se recogía la fórmula y el día en el que debían presentar juramento los diputados: «En todos los años el día 25 de febrero se celebrará la última junta preparatoria, en la que se hará por todos los diputados, poniendo la mano sobre los santos Evangelios, el juramento siguiente: ¿Juráis defender y conservar la religión católica, apostólica, romana, sin admitir otra alguna en el reino? ­R. Sí juro. ¿Juráis guardar y hacer guardar religiosamente la Constitución política de la Monarquía española, sancionada por las Cortes generales y extraordinarias de la Nación en el año de mil ochocientos y doce? R. Sí juro. ¿Juráis haceros bien y fielmente en el encargo que la Nación os ha encomendado, mirando en todo por el bien y prosperidad de la misma Nación?­ R. Sí juro. Si así lo hiciéreis, Dios os lo premie; y si no, os lo demande».
A la vista de estas menciones no es, pues, de extrañar, la reacción airada de Blanco contra el artículo 12 de la Constitución de 1812, contra la fórmula del juramento y, en general, contra la confesionalidad estatal y la instauración de la intolerancia religiosa. Y no le falta razón en su acusación de que los constituyentes traspasan el ámbito política para convertirse en teólogos. Claro que la Iglesia católica, entre obispos y sacerdotes, tenía una nutrida representación en las Cortes de Cádiz. La mayoría de ellos eran también ilustrados, pero no estaban dispuestos a renunciar a la alianza estrecha con el Estado.
Quizás pueda servir de excusa las razones que el sector más liberal balbuceó tiempo después a la vista del error de transigir en este punto. Así, un participante de las sesiones tan relevante como Argüelles reconoce que «se consagraba de nuevo la intolerancia religiosa y lo peor era que, por decirlo así, a sabiendas de muchos que aprobaron con el más profundo dolor el artículo 12. Para establecer la doctrina contraria hubiera sido necesario luchar frente a frente con toda la violencia y furia teológica del clero, cuyos efectos demasiado experimentados estaban ya así dentro como fuera de las Cortes. Por eso se creyó prudente dejar al tiempo, al progreso de las luces, a la ilustrada controversia de los escritores, a las reformas sucesivas y graduales de las Cortes venideras, que se consiguiese sin lucha ni escándalo el espíritu tolerante que predominaba en gran parte del Estado eclesiástico» (ARGÜELLES 1970, 71). El mismo Argüelles pudo, más tarde, especialmente desde su exilio londinense, percatarse de la ingenuidad de sus propósitos y del feroz ataque que los absolutistas y los defensores de la fe dirigieron pocos años después contra quienes mantuvieron y mantenían un espíritu tolerante.
Si las opiniones de Blanco White durante el período de discusión y aprobación de una constitución que consagraba la intolerancia religiosa eran duras, aún más desesperados son sus juicios sobre le futuro del país a partir del regreso de Fernando VII y de la vuelta al Antiguo Régimen, al absolutismo y a la tiranía del pensamiento y de las creencias. Malos augurios, pues vaticina divisiones, agitaciones y disturbios. La melancolía y la frustración la asaltan en el último número de El Español, publicado en mayo­junio de 1814. Sus reflexiones se recogen en la «Conclusión a esta obra». Considera que reinstaurado el Antiguo Régimen, su tarea ha concluido. Pues bien, en sus «Conclusiones» aún encontramos tanto una reflexión de cuál es el modelo que debía seguirse como un adelanto de las funestas consecuencias que la historia iba a deparar a su país, Por un lado, insiste en las bondades del modelo inglés: una nación tan abatida como la española sólo puede progresa si trasplanta al terreno patrio el sistema del gobierno mixto de experiencia secular en las islas. «Un solo medio hay para poner a la nación al nivel que le pertenece entre las demás de Europa: éste es establecer un gobierno fundado en los principios que han elevado a Inglaterra al alto puesto en que se halla, fundado en verdadera libertad religiosa y civil». Pero, no se hace demasiadas esperanzas: «¿Está el rey católico dispuesto a conceder lo que el cristianísimo ha dado a sus vasallos ­libertad de profesar la religión que a cada cual dicte su propia conciencia? ¿Lo permitirá el partido en que ha apoyado su cetro?». Como ya sabe que sus esperanzas no se van a cumplir, no le resulta difícil vaticinar los males que van a venir: «Si no lo está (como me parece indudable), males, y males sin fin amenazan a mi infeliz patria; abatimiento, ahora; agitaciones y horrores, más adelante» (BLANCO WHITE 1971: 264).
Es visible ya, para Blanco, en el año 1814, la división del país entre partidarios del Antiguo Régimen, los serviles, y los partidarios de la libertad y del progreso, los filósofos o liberales. Merece la pena transcribir un texto que, aún siendo de 1814, apunta a la línea medular de lo que va a ser la historia de España de los siglos XIX y XX. Cuando su empresa pedagógica y renovadora, de luminaria y de crítica de los acontecimientos de la revolución española, llega a su fin, Blanco muestra una lucidez y una sensatez y una tranquilidad de ánimo digna de mención:
«España está dividida en dos partidos tan distantes entre sí por sus opiniones, intereses y miras, como el norte del mediodía. Uno pequeño y obligado a disimular sus principios, el otro numeroso, y sostenido por las preocupaciones de la masa del pueblo; ambos exagerados y extremosos, aunque el primero gana al segundo en vehemencia lo que este al otro en tenacidad y unión; el pequeño profesa principios y opiniones que en su origen y tendencia son favorables a la mejora de las naciones, pero que en el estado crudo y de fermentación en que los tiene no pueden causar más que confusión y anarquía; el mayor, cerrando los ojos a las luces, y queriendo detener el curso de los siglos, está contento sólo con que nada se altera. Aquéllos llaman vida al frenesí; para éstos el sopor es el estado de salud más perfecto. ¿A quién volverá los ojos el español que apetezca ver a su patria libre del furor democrático igualmente que de la arbitrariedad del trono; exenta del delirio de la irreligión no menos que de la tiranía del Santo Oficio? ¿A quién los ha de volver sino al cielo que así ha permitido que una nación dotada de las mejores disposiciones yazca como una selva en las plantas silvestres ahogan a las útiles, si es que su sombra no las hace degenerar en venenos?» (BLANCO WHITE 1971: 263­264).
Apunta, además, Blanco que el partido destronado por la vuelta de Fernando VII, esto es, el pequeño, pero activo y vehemente, «no puede ser extinguido» y cada generación supondrá el aumento de las fuerzas de este bando: «me atrevería a decir que no puede pasar medio siglo sin que el trono español se halle otra vez vacilante, y la nación entregada a la anarquía». No hizo falta esperar tanto tiempo para que los acontecimientos le dieran la razón. Para evitar este destino nefasto vuelve a recomendar la instauración de la libertad religiosa y civil. No sólo para evitar la anarquía, los disturbios y agitaciones que vaticina, sino porque, como ya defendiera casi dos siglos y medio antes J. Bodin y, más tarde, Voltaire, la unidad de pensamiento y de creencias en el seno de una nación es imposible, pues el poder político no puede gobernar en la conciencia de los hombres, ni puede imponer unas creencias aun utilizando la fuerza y la coerción: «el gobierno no puede hacer que haya una sola religión en sus dominios, a no ser que pudiera hacer que hubiese un solo entendimiento en todos sus súbditos. La persuasión no está sujeta a leyes; el temor de la pena podrá hacer que cada cual se finja miembro de la iglesia que el gobierno protege, pero que lo sea verdaderamente, no es obra a que alcanza el poder humano. Lo que se conseguirá con semejante sistema es que una parte de la nación se abisme en la superstición y la ignorancia, y otra en la irreligión más absoluta, acompañada de los agregados que la hacen más temible y dañosa ­el rencor y la hipocresía» (BLANCO WHITE 1971: 265). Nada más inútil, pues, que la imposición y la opresión en materia de creencias y religión que, como ha sido reiterado en casi todos los debates constituyentes de nuestras historia, sólo produce más incredulidad y encono.

4. Reflexiones finales: José Mª Blanco White, un ilustrado español.
El propósito principal de estas páginas es la recuperación de la figura y de la obra de José Mª Blanco White para la historia del pensamiento español. Recientemente, Eduardo Subirats ha escrito que «en el mundo intelectual hispánico el nombre de José María Blanco.
White es una sonora ausencia» (SUBIRATS 2003: 241). En vida, su persona y sus ideas fueron estigmatizados por las facciones en liza, liberales y serviles, que, tras la restauración, borraron todo rastro de Blanco White. Menéndez Pelayo coronó la tarea de silenciarlo con unos juicios sesgados e injustos, más atentos a las dudas personales que a la lucidez de las reflexiones del autor sevillano. El resultado ha sido una lectura canónica que, basándose en la estigmatización del pensamiento de Blanco White, ha dominado invariablemente, entre tirios y troyanos, durante más de un siglo. La encomiable labor de intelectuales, como Juan Goytisolo, o de universitarios, como Antonio Garnica y Manuel Moreno, apenas han alterado esta «sonora ausencia», tal es la inercia de las actitudes académicas españolas. José María Blanco White era, sobre todo, un ilustrado español en una situación histórica de España a un tiempo dramática y decisiva. Dramática por cuanto el siglo de dominación de la dinastía borbónica se cerraba en un escenario de crisis en todos los frentes ­política, social, cultural­. Decisiva por la necesidad de afrontar los profundos cambios que se estaban produciendo en Europa tras la Revolución francesa. En última instancia, las primeras décadas del siglo XIX brindaron a las elites españolas una oportunidad para la reforma y para la modernización del país. El fracaso del proyecto reformista, que era defendido por liberales como Blanco White, fue una rémora que ha marcado de forma indeleble los siglos XIX y XX de la historia de España. El fracaso de la revolución española encastilló posiciones de los conservadores y de los liberales, pero, sobre todo, radicalizó la política de los primeros, de los vencedores, quienes no sólo restauraron el poder absoluto del monarca, sino que también iniciaron un espiral de represión que sólo podía conducir a la incomunicación y al enfrentamiento. Conviene recordar la opinión temprana de Blanco White de que la política es «concordar», es decir, dialogar, transigir y consensuar.
Blanco White es un ilustrado español cuya conciencia estuvo atravesada por los conflictos latentes en la sociedad española. Con toda seguridad, puede decirse que el representante más genuino de una generación que percibió la urgente necesidad de modernizar al país al tiempo que, ante ellos, se abría la oportunidad histórica de materializar este ideal. Esta generación ilustrada y liberal comprendió que la reforma política y social del país requería la secularización de la vida pública, esto es, la separación del Estado y de la Iglesia. Precisamente, en la alianza entre la monarquía y la Iglesia encontrarían uno de los escollos insalvables para la realización de su proyecto reformista. A la postre, la oposición de los miembros de esta alianza a los cambios generará una íntima y profunda tensión que atravesará la conciencia de estos creyentes ilustrados. Blanco es probablemente el primero de un saga de intelectuales, como lo serán más tarde Fernando de Castro o Gurmensido de Azcárate, a los que la inviabilidad del proyecto de conciliar el cristianismo con la modernidad producirá un desgarro interior que no sanará a lo largo de sus vidas. He aquí una de las raíces de la obsesión de Blanco por España y de su infatigable búsqueda de la fe cristiana genuina que no hallará ni en el catolicismo ni en el anglicanismo.
José Mª Blanco White es, ante todo, un representante de la Ilustración española. Lo es por su formación, que adquirió, según cuenta en su Autobiografía, de forma autodidacta y a escondidas, como no podía ser de otra manera en la España cerrada de Carlos IV. Leyó así primero a Feijoo y, luego, en el círculo de ilustrados sevillanos organizado en torno a Lista. Lo es por su confianza en la razón y en la necesidad de que el conocimiento y el pensamiento operen sin cortapisas. De ahí que ataque todo aquello que encadene al entendimiento, pues ello conduce a la ignorancia y ésta es la antesala de la superstición y el fanatismo. Lo es por su ansia reformista, por el anhelo que le impulsa a concebir otro modelo político y social y a procurar materializarlo. Blanco White es, ante todo, un reformador comprometido. Su objetivo era promover un cambio en la estructura política y social en España teniendo como patrón la experiencia histórica inglesa. Otra cosa es que lo promoviese en un tiempo de inmovilismo y de reacción antiilustrada.
Como ilustrado fue un defensor de la libertad individual, de la tolerancia y de la igualdad. En la obra de Blanco White no es difícil encontrar los mimbres necesarios para construir una lectura del autor como defensor de los derechos humanos y de la igualdad. Sus artículos están impregnados de una actitud clara de defensa de la libertad de pensamiento y de creencias y de la libertad de expresión. Instrumentos necesarios para la reforma de las costumbres y para la formación de una opinión pública abierta y libre. La defensa de la idea de libertad y de igualdad es la que llevará a Blanco a justificar la posición de las colonias americanas frente a la metrópoli e, incluso, a reivindicar para ellas también la libertad y la independencia. Precisamente, esta postura acarreó a Blanco no pocos problemas en España además de servir de fundamento de su particular leyenda negra. Blanco previó las consecuencias de la cerrazón peninsular frente a las reivindicaciones de las colonias y ello le llevó a vaticinar la pronta desmembración del viejo imperio hispano y una decadencia que se alargaría durante todo el siglo.
Una importante faceta, aunque desconocida, en la biografía de Blanco fue la de reformador religioso. Sus dudas de creyente le hicieron buscar siempre una convicción religiosa original que, para él, se concretaba en los ideales de libertad y de tolerancia. Sus dudas aumentaron en la medida que contempló que las grandes religiones por el conocidas ­catolicismo y el anglicanismo­ carecían de sensibilidad por estos ideales; sobre todo, por la falta de respeto con las creencias de los demás. A pesar de todo, Blanco White fue un importante polemista en la Inglaterra del XIX.
Si algo identifica a Blanco White con el pensamiento de la Ilustración, fue, sin duda su confianza en la educación. Su labor periodística, en el Semanario Patriótico y en El Español, no pueden entenderse sin una intención pedagógica. Quería enseñar a pensar y a vivir en libertad a una sociedad secularmente maniatada por la tiranía de la Inquisición y esclavizada por unos dogmas que impedían el desarrollo del entendimiento y la labor creadora del conocimiento. Conocía, además, como bien describió en Cartas de España, los entresijos del pobre sistema educativo español para no confiar en las posibilidades de reforma.
Todos estos elementos, tan brevemente descritos, hacen de Blanco White un intelectual de primer orden y un representante de la Ilustración en España. La recuperación de Blanco White para la historia del pensamiento español tiene, al menos, dos consecuencias importantes para nuestra lectura del pasado. La primera es que obliga a redefinir lo que se entiende por Ilustración española. La segunda es que lo que puede denominarse Ilustración española bien pudiera haberse desarrollado demasiado tardíamente, dado que alguno de sus exponentes más destacados realizan sus reflexiones y se implican en la vida pública en el siglo XIX cuando ya en el resto de Europa triunfa el positivismo, la filosofía de Hegel o el socialismo.
Corren tiempos en los que se desdibujan las perfiles y se rehacen los contornos históricos. Y uno de ellos es el del pensamiento de la Ilustración. La rehabilitación de Blanco White en el contexto ideológico hispano, a la fuerza, implica una relectura de la Ilustración española. Por razones obvias, resulta del todo imposible un debate tan abierto y polémico como el que menciono. No obstante, no me resisto a señalar que comparto la tesis de Eduardo Subirats de que en España no hubo una Ilustración a la europea (SUBIRATS 2003). En todo caso, existió una «Ilustración insuficiente», una Ilustración que careció de alguno de los elementos básicos que caracterizaron ese período en Europa. El proyecto ilustrado en Francia, en Inglaterra, en Europa tiene unos perfiles claros. Sus autores más representativos aúnan una filosofía y una comprensión de la realidad con un modelo político y social a realizar y un instrumento que es la educación. La implantación del modelo político y social pasaba por la reivindicación de la tolerancia y de la libertad de creencias.
Los llamados ilustrados españoles carecieron de la crítica a la tiranía de las ideas. Ni Feijoo, ni Cadalso, ni Jovellanos, ni Cabarrús ponen en cuestión los dogmas y los valores impuestos por la Inquisición. Incluso, el concepto mismo de Ilustración era excesivamente ambiguo: «En la Península Ibérica y en América Latina se divulgaron las llamadas ciencias útiles, se impusieron reformas institucionales que podemos llamar ilustradas en la medida en que respondían a una visión secular de productividad económica y racionalidad instrumental, y se defendió un ideal de progreso que, de un modo u otro, se parecía a los idearios de la filosofía de la historia de Condorcet o de Kant. Pero el concepto de Ilustración se mantuvo siempre en una penumbra intelectual, sin límites precisos que la distinguiesen de la metafísica escolástica o del dogmatismo católico, y de las atrasadas formas y valores sociales que amparaban» (SUBIRATS 2003: 174).
Pocos intelectuales hay como Blanco White que se percatasen de esta ambigüedad y de la urgente necesidad de implantar la tolerancia y la libertad de creencia en España, y, sobre todo, de las nocivas consecuencias de la Ilustración insuficiente. Con la excepción de Goya. Subirats se ha percatado del estrecho vínculo existente entre dos intelectuales de formación ilustrada y de preclara clarivencia. Cartas de España, ese retrato costumbrista de la sociedad española de finales del XVIII y principios del XIX, es el correlato de los tapices de Goya. Del mismo modo, sus descripciones del abandono de la familia real, el motín de Aranjuez o de los hechos del dos de mayo son también el correlato de los cuadros sobre la guerra de la Independencia o de los Desastres del pintor aragonés. Ambos pintan un cuadro de decadencia moral, social y política que concluirá con el fin del imperio español10. Ambos describen una misma realidad y una misma frustración: la de una España hundida, sin posibilidades de reacción debido a los siglos de falta de desarrollo del entendimiento, de libertad y de respeto de las creencias y de la diferencia cultural. Esto hace que ambos intelectuales sean los representantes más genuinos de la Ilustración española, conscientes de sus luces y de sus sombras.

José María Martínez de Pisón

Menéndez Pelayo y Blanco White

Menéndez Pelayo trata de la vida y de la obra de Blanco White es su libro HISTORIA DE LOS HETERODOXOS ESPAÑOLES. Su visión se resume en lo que dice Goytisolo a este propósito : Véase artículo del autor - ----------------------------. Todo este largo texto se halla en el LIBRO VII, capítulo IV. Puede verse la escasa simpatía y nula imparcialidad de Menéndez Pelayo.

Capítulo IV
Protestantes españoles en el primer tercio del siglo XIX. Don José María Blanco ( White )...

- I -

Cristiana educación y primeros estudios de Blanco . Su vida literaria en Sevilla. -Sus poesías -La academia de letras humanas. -Incredulidad de Blanco.
     El personaje de quien voy a escribir ahora es el único español del siglo XIX que, habiendo salido de las vías católicas, ha alcanzado notoriedad y fama fuera de su tierra; el único que ha influido, si bien desastrosamente, en el movimiento religioso de Europa; el único que logra en las sectas disidentes renombre de teólogo y exegeta; el único que, escribiendo en una lengua extraña, ha demostrado cualidades de prosista original y nervioso. Toda creencia, todo capricho de la mente o del deseo se convirtió en él en pasión; y como su fantasía era tan móvil como arrebatado y violento su carácter, fue espejo lastimosísimo de la desorganización moral a que arrastra el predominio de las facultades imaginativas sueltas a todo galope en medio de una época turbulenta. Católico primero, enciclopedista después, luego partidario de la iglesia anglicana y a la postre unitario y apenas cristiano..., tal fue la vida teológica de Blanco , nunca regida sino por el ídolo del momento y el amor desenfrenado del propio pensar, que, con ser adverso a toda solución dogmática, tampoco en el escepticismo se aquietaba nunca, sino que cabalgaba afanosamente y por sendas torcidas en busca de la unidad. De igual manera, su vida política fue agitada por los más contrapuestos vientos y deshechas tempestades, ya partidario de la independencia española, ya filibustero y abogado oficioso de los insurrectos caraqueños y mejicanos, ya tory y enemigo jurado de la emancipación de los católicos, ya whig radicalísimo y defensor de la más íntegra libertad religiosa, ya amigo, ya enemigo de la causa de los irlandeses, ya servidor de la iglesia anglicana, ya autor de las más vehementes diatribas contra ella; ora al servicio de Channing, ora protegido por lord Holland, ora aliado con el arzobispo Whatel y ora en intimidad con Newmann y los puseístas, ora ayudando al Dr. Channing en la reorganización de unitarismo o protestantismo liberal moderno.
     Así pasó sus trabajos e infelices días, como nave sin piloto en ruda tempestad, entre continuas apostasías y cambios de frente, dudando cada día de lo que el anterior afirmaba, renegando hasta de su propio entendimiento, levantándose cada mañana con nuevos apasionamientos, que él tomaba por convicciones, y que venían a tierra con la misma facilidad que sus hermanas de la víspera; sincero quizá en el momento de exponerlas, dado que a ellas sacrificaba hasta su propio interés; alma débil en suma, que vanamente pedía a la ciencia lo que la ciencia no podía darle, la serenidad y templanza de espíritu, que perdió definitivamente desde que el orgullo y la lujuria le hicieron abandonar la benéfica sombra de santuario.      Cómo, bajo la pesada atmósfera moral del siglo XVIII, se educó esta genialidad contradictoria y atormentadora de sí misma, bien claro nos lo han dicho las mismas confesiones o revelaciones íntimas que Blanco escribió en varios períodos de su vida, como ansioso de descargarse del grave peso que le agobiaba la conciencia.
     La familia de Blanco (apellido con que en España se tradujo literalmente el de White ) era irlandesa y muy católica. Desde el tiempo de Fernando VI se había establecido en Sevilla, dedicándose al comercio; no con gran fortuna, pero sí con reputación inmaculada de nobleza y honradez. La casa de D. Guillermo White , más que escritorio de comerciante, parecía un monasterio de rígida y primitiva observancia, como si en el alma de aquel virtuoso varón viviese todo el fervor acumulado en los pechos irlandeses por tantos siglos de persecución religiosa. Del cruza miento de aquella sangre hibérnica con la andaluza había resultado una generación no sólo devota, sino mística y nacida para el claustro, ya que no podía coger las sangrientas rosas del martirio. Dos hermanas tuvo Blanco , y las dos se hicieron monjas.
     La madre de Blanco no era mujer vulgar y sin cultura; su hijo habló siempre de ella con extraordinaria y simpática admiración: «Trajo a su marido -escribe en las Letters from Spain- un verdadero tesoro de amor y de virtud, que fue sin cesar acrecentándose con los años... Sus talentos naturales eran de la especie más singular. Era viva, animada y graciosísima; un exquisito grado de sensibilidad animaba sus palabras y sus acciones, de tal suerte que hubiera logrado aplauso aun en los círculos más elegantes y refinados.»
     De tales padres nació Blanco en Sevilla el 11 de julio de 1775. Aprendió a deletrear en las historias del Antiguo Testamento, en las vidas de los santos y en los milagros de la Virgen. Los días de fiesta llevábale su padre a visitar los hospitales y a consolar y asistir a los pobres vergonzantes, curando sus llagas y tanteando su laceria.
     Aunque tan severa, la educación de Blanco fue esmerada. Le destinaban al comercio; pero su madre le hizo aprender latín además del inglés, que usaba como segunda lengua nativa. Enojada la vivísima imaginación del muchacho con la monótona prosa del libro mayor y de las facturas, antojósele un día ser fraile o clérigo, al modo de los que veía festejados en casa de su padre, y esta irreflexiva veleidad de un muchacho de trece años fue tomada por el buen deseo de sus padres como signo de vocación verdadera. Le enviaron, pues, al colegio de los dominicos, donde aprendió muy mal y de muy mala gana la filosofía escolástica por el Goudin, autor no ciertamente bárbaro, como él dice, sino uno de los mejores expositores de Santo Tomás entonces y ahora.
     Pero si en la doctrina tomística adelantaba poco (y bien se le conoció en adelante), su vivo y despierto ingenio encontró fácil ocupación en los estudios amenos, a que le encaminaron varios condiscípulos suyos. Aprendió el italiano sin más fatiga que la de cotejar la Poética, de Luzán, con el libro Della perfetta poesia, de Muratori. Perfeccionóse en el francés, y el Telémaco encantó sus horas, dándole a gustar, aunque de segunda mano, las risueñas ficciones de la Grecia. Trabó amistad con D. Manuel María del Mármol, estudiante de teología entonces y luego maestro de humanidades por medio siglo largo, mediano poeta y aun más mediano tratadista de filosofía, autor de un Succus logicae, extractado del Genuense. Mármol inició a Blanco en el mecanismo de la poesía castellana y aun en los arcanos de la filosofía experimental poniéndole en las manos el Novum organum, de Bacon. Otro de sus íntimos fue Arjona, el luego famoso penitenciario de Córdoba, mucho más poeta y literato que Mármol y aun que todos los sevillanos de aquella era, incansable propagador del gusto clásico y fundador de la Academia Horaciana y de la del Sile. «Arjona fue quien desarrolló mis facultades intelectuales, dice Blanco ...; la amistad que entablamos, él como maestro y yo como uno de los tres o cuatro jóvenes que por afición instruía casi diariamente, fue de las más íntimas y sinceras que he disfrutado en el mundo.»
     La lectura de las obras de Feijoo, que le prestó una amiga de su madre, abrieron a sus ojos un mundo nuevo. «Como si por influjo de la misteriosa lámpara de Aladino hubiera yo penetrado de repente en los ricos palacios subterráneos descritos en Las mil y una noches, tal arrobamiento experimenté a vista de los tesoros intelectuales de que ya me creía poseedor. Por primera vez me encontré en plena posesión de mi facultad de pensar, y apenas puedo concebir que el alma, subiendo después de la muerte a un grado más alto de existencia, pueda disfrutar de sus nuevas facultades con más deleite. Es verdad que mi conocimiento estaba reducido a unos pocos hechos físicos e históricos; pero había yo aprendido a razonar, a argüir, a dudar. Con sorpresa y alarma de mis allegados, halléme convertido en un escéptico, que, fuera de las cuestiones religiosas, no dejaba pasar ninguna de las opiniones corrientes sin reducirlas a su justo valor.»
     No nos engañemos, sin embargo, sobre el alcance de este escepticismo, por más que Blanco White exagere sus efectos a posteriori. Ni Feijoo ha hecho escéptico a nadie ni Blanco dejaba de ser a aquellas fechas un muy fiel y sencillo creyente. ¿Y cómo no, si él mismo, en otra parte y con más sinceridad, confiesa que «fue el primero y más ansioso cuidado de sus padres derramar abundantemente en su ánimo infantil las semillas de la virtud cristiana»..., y que «la instrucción religiosa penetró en su mente con los primeros rudimentos del lenguaje», y que «las primeras impresiones que formaron su carácter de niño fueron la música y las espléndidas ceremonias de la catedral de Sevilla?»
     No fueron ciertamente estas semillas escépticas las que hicieron apostatar a Blanco . Ningún espíritu más dogmático que el suyo hasta cuando en sus últimos años renegaba de todo dogmatismo. Esta misma negación se trocaba, al pasar por sus labios, en afirmación fanática. Siempre le aquejó la necesidad de creer en algo, siquiera fuese por veinticuatro horas; pero en tan breve plazo creía con pasión, con ardoroso fanatismo; sincero en cada momento de su vida, aunque veleidoso en el total de ella.
     El mismo, que tan chistosamente nos habla del escepticismo de su mocedad (como si en un irlandés injerto en andaluz tuviera tal palabra significación alguna), seguía por entonces con íntima devoción los ejercicios de San Ignacio bajo la disciplina del padre Teodomiro Díaz de la Vega, prepósito del oratorio de San Felipe Neri de Sevilla, y ahogaba hasta su única inclinación amorosa juvenil en aras del amor divino.
     Así recibió las primeras órdenes, continuando sus estudios de teología no en la Universidad de Sevilla, sino en el colegio de maese Rodrigo, que estaba en mejor opinión entre la gente devota, y recibiendo sus grados en la Universidad de Osuna. Su misticismo era entonces fervoroso; leía sin cesar libros de piedad y devoción y veíasele a toda hora consultando a su confesor en San Felipe Neri.
     Ordenado ya de presbítero Blanco (1800) y rector del Colegio de Santa María de Jesús, hizo oposiciones a una canonjía de Cádiz, de las cuales salió con mucho lucimiento, y a los pocos meses obtuvo (1801), también por oposición, la magistral de la Capilla Real de San Fernando, de Sevilla, puesto de los más altos a que podía aspirar en aquella metropolitana un mancebo de veintiséis años.
     Hallábase entonces en su apogeo la moderna escuela poética sevillana. Unos cuantos estudiantes alentados y de esperanzas habían tenido la osadía de sobreponerse a la cenagosa corriente del mal gusto, a la vez conceptuoso y chabacano, que predominaba allí desde el siglo anterior. De esta noble y bien encaminada resistencia nació la famosa Academia de Letras Humanas, excelente invernadero de poesía académica y refinada, que tuvo a lo menos la ventaja de la nobleza en los asuntos y de la selección en el lenguaje, por más que, como todo grupo que empieza por proclamarse escuela, hiciera correr la neohispalense, que vanamente aspiraba a ser prolongación de la antigua de los Herreros y Riojas, su aspiración por cauce muy estrecho, cayendo a los pocos pasos en la manera y en el formalismo vacío, de que no se libraron ni aun los que de ellos tenían condiciones poéticas más nativas y sinceras, Arjona y Lista por ejemplo.
     Entre ellos figuró Blanco como estrella menor y de luz más dudosa, pues, aunque fuera notoria injusticia negar que en su alma ardentísima llegó a germinar con el tiempo el estro lírico, que le inspiró en sus últimos años algunos versos delicados y exquisitos, así ingleses como castellanos, libres enteramente del fárrago convencional de la escuela sevillana, también es cierto que sus primeros versos impresos hacia 1797, ya en un cuaderno suelto (con otros de Lista y Reinoso), ya en el Correo Literario de Sevilla, por ninguna cualidad superior ni por rasgo alguno de estilo propio se distinguen de las demás odas palabreras y pomposas que hacían Roldán, Castro, Núñez y los demás poetas secundarios de la escuela. Ni Blanco ni ellos pasan nunca de expresar, con medianía elegante, pensamientos comunísimos. Quintana admiraba mucho la oda de Blanco Al triunfo de la beneficiencia, recitada en la Sociedad Económica de Sevilla el 23 de noviembre de 1803. Leída hoy, nos parece una declamación ampulosa, inferior en mucho a los tersos y cándidos versos que el mismo asunto inspiró a Lista. Lista al cabo, en su espera de luz sosegada y apacible, era poeta, y Blanco en aquella fecha aun no pasaba de retórico altisonante y versificador fácil. La segunda parte de la oda es mejor que la primera, y la factura de algunas estrofas, intachable.

                               .........................Tú rompiste
los lazos de la nada y de otros seres
la muchedumbre densa
por ti nació a la luz y a los placeres.
En el Ser soberano,
la fuente de la vida abrió tu mano.
.............................
¿Quién sino tú, consoladora diosa,
fecundó de la tierra el seno rudo?
¿Quién sino tú, del piélago insondable,
de montes con fortísima cadena
la furia enfrenar pudo?
¿Quién sino tú vistió la faz amena
del prado con verdura
y dio a la opaca selva su espesura?
     Del hombre eternamente enamorada,
tú fuiste quien de pompa y de riqueza
cubrió su felicísima morada.
........................
Aun no giraba el sol sobre el eje de oro,
ni de su ardiente rostro derramaba
la hermosa luz del día,
y ya al mortal tu amor le preparaba,
de su autor en el seno,
de riqueza y placer un mundo lleno.

     Versos tan elegantes y felizmente construidos como éstos se hallarán asimismo en las correctas odas de Blanco A la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, A Carlos III, restablecedor de las ciencias en España, A Licio y a las musas. Pero la obra de Blanco más celebrada por sus compañeros de Academia fue un poema didáctico sobre la Belleza, de que hoy no resta más que la memoria. Quizá se encuentre alguna reminiscencia de él en la oda sobre Los placeres del entusiasmo, una de la mejores composiciones de la primera manera de Blanco .
     Mejores que sus versos originales son los traducidos. El conocimiento que Blanco tenía de la lengua inglesa y su familiaridad con los poetas del tiempo de la reina Ana, clásicos a la latina o a la francesa, puso de moda el nombre y los escritos de Pope entre los poetas sevillanos. Lista imitó la Dunciada en el Imperio de la estupidez; Blanco tradujo en versos sueltos de gran hermosura la égloga de El Mesías:

                                    Tiempo dichoso en que, a la fresca sombra
del álamo, sentado el pastor
mire cubrirse el yermo prado de azucenas
y, convidado del murmullo grato
de las sonoras fuentes, sus cristales
mire brotar del árido desierto.
El tigre, de su furia ya olvidado,
será, entre alegres tropas de garzones,
con lanzadas de flores conducido;
y el pequeñuelo infante, acariciando
la víbora y la sierpe, sus colores
celebrará con inocente risa.
Jerusalén, Jerusalén divina,
levanta la cabeza coronada
de esplendor celestial. Mira cubierto,
tu suelo en derredor, y de tus hijos
admira la gloriosa muchedumbre;
mira cuál de los últimos confines
a ti vienen los pueblos prosternados,
de tu serena lumbre conducidos.
El incienso quemado en tus altares
sube en ondosas nubes. Por ti sola
llora el arbusto en la floresta umbría
sus perfumes; por ti el Ofir luciente
esconde el oro en sus entrañas ricas.

     Con igual acierto, pero no directamente del original alemán, sino de una traducción francesa, puso en castellano Blanco la Canción de la alborada, de Gesnner. Ya entonces despuntaban en él las condiciones de traductor eximio, que luego brillaron tanto en su insuperable versión del monólogo de Hamlet y de otros trozos de Shakespeare.
     Fieles los poetas sevillanos a la ridícula costumbre arcádica, eligieron cada cual un nombre poético. Blanco se llamó Albino, y así se le encuentra designado en las numerosas odas Ad sodales, que mutuamente se dirigían él y Lista y Reinoso. El segundo, sobre todo, sintió por Blanco amistad tiernísima, que no amenguaron ni los años, ni los errores de su amigo, ni la variedad de sus fortunas. Todavía en 1837 dedicaba a Albino la colección de sus versos con este soneto, reproducido en todas las ediciones:

                                    La ilusión dulce de mi edad primera,
del crudo desengaño la amargura,
la sagrada amistad, la virtud pura,
canté con voz ya blanda, ya severa.
     No de Helicón la rama lisonjera
mi humilde genio conquistar procura;
memorias de mi mal y desventura
robar al triste olvido sólo espera.
     A nadie sino a ti, querido Albino,
debe mi tierno pecho y amoroso
de sus afectos consagrar la historia.
    Tú a sentir me enseñaste, tú el divino
canto y el pensamiento generoso;
tuyos mis versos son y ésa es mi gloria

     Ninguna escuela o grupo literario abusó tanto y tan cándidamente del elogio mutuo como la escuela sevillana. Tiene algo de simpático, por lo infantil, este afán de enguirnaldarse unos a otros aquellos escogidos de Apolo con las marchitas o contrahechas flores del Parnaso, que, si fueron olorosas y lozanas en el siglo del Renacimiento, habían perdido ya toda frescura y aroma a fuerza de ser rústicamente ajadas por todas manos. Era un verdadero diluvio de frases hechas, azote de toda poesía:

                                    Tú del sacro Helicón, mi dulce Albino,
ascendiste a la cumbre soberana,
y fuiste en ella honor del almo coro;
para ti su divino
mirto, Venus ufana
cultivó entre los nácares y el oro.

     Así exclamaba Lista en loor de su amigo; y aun con más afectación en otra oda, cuyas retumbancias, alusiones y perífrasis no serían indignas del mismo Martín Scriblero:

                                    Tú de Minerva las sagradas aras
pisas insomne, y de Cupido y Baco
la dulce llama que al mortal recrea
     pródigo huyes.
Y de Sileno la pampínea enseña
y de Acidalia los nevados cisnes
dejas, y al ave de la noche augusta
     sigues callado.
     Ya en negra tabla los certeros signos
copias de Hipatia, del divino Euclides,
ya las figuras que la inmensa tierra
     miden y el orbe.
Nuevo Keplero, a los etéreos astros
dictarás leyes, mientras yo modesto
y más felice, las de Filis bella
     tierno recibo.

     Toda esta fraseología quiere decir que Blanco se dedicaba entonces al estudio de las matemáticas. Pero otras lecturas no tan inocentes le preocupaban más, y el mismo Blanco lo ha confesado sin rebozo en su despedida a los americanos: «Al año de haber obtenido la magistralía, me ocurrieron las dudas más vehementes sobre la religión católica... Mi fe vino a tierra...; hasta el nombre de religión se me hizo odioso... Leía sin cesar cuantos libros ha producido Francia en defensa del deísmo y del ateísmo .
     El Sistema de la naturaleza, del barón de Holbach, publicado con nombre de Mirabeaud, fue de los que le hicieron más impresión. La muerte de una hermana suya y el haberse encerrado la otra en un convento (2778) acabó de quitarle todo freno. Prosiguió sin descanso en sus insanas lecturas, se hizo materialista y ateo y pensó formalmente emigrar a los Estados Unidos en busca de libertad religiosa.

- II -

Viaje de Blanco a Madrid. -Sus vicisitudes durante la guerra de la independencia. -Emigra a Londres y publica allí «El Español». -Abraza el protestantismo y se adhiere a la iglesia oficial anglicana.
     En tal situación de espíritu no podía ser muy del agrado de Blanco la estancia en Sevilla, ciudad tenida en todos tiempos por muy levítica. Y como ya la fama de sus versos y de sus sermones (algunos de los cuales anda impreso) había llegado a la corte, no le fue difícil conseguir una licencia del rey para vivir en Madrid un año, la cual fue prorrogando luego con varios pretextos.- El Príncipe de la Paz le nombró catequista (risum teneatis!), o séase maestro de doctrina cristiana, en la escuela Pestalozziana, que dirigía otro volteriano, el abate Alea.      «Me avergonzaba de ser clérigo -dice Blanco en la Despedida a los americanos -, y por no entrar en ninguna iglesia, no vi las excelentes pinturas que hay en las de aquella corte. ¡Tan enconado me había puesto la tiranía!»
     ¡La tiranía! No estaba ahí el misterio, y el mismo Blanco , [799] en uno de sus accesos de sinceridad, lo confesó en Londres (2779), pensando herir con ello al sacerdocio católico, cuando sólo se afrentaba a sí propio: «Viví en la inmoralidad mientras fui clérigo, como tantos otros que son polilla de la virtud femenina.» Prescinda mi lector de la insolente bufonada con que esta cínica confesión termina y aprenda a qué atenerse sobre las teologías y liberalismos de Blanco . ¡Que siempre han de andar faldas de por medio en este negocio de herejías!
     Este influjo mujeriego, por un lado, y la tertulia de Quintana, por otro, acabaron de dar al traste con los últimos restos de la fe de Blanco . Así le encontró la guerra de la Independencia, y, abrazando él por de pronto la causa del alzamiento español, siguió a Sevilla la retirada de la Junta Central, dijo en su instalación la primera misa, como capellán de ella, y prosiguió, son palabras suyas, en su odioso oficio de engañar a las gentes. De este tiempo es su oda A la Junta Central, declamatoria y mediana, de estilo quintanesco:

     Mas ¡ah!, tronando el cielo
la blasfemia escuchó, y al punto alzado
en medio de los campos de Castilla,
No, exclamó el numen del ibero suelo,
No, resuenan los plácidos vergeles
que el sacro Tajo baña,
No, dicen de su orilla los laureles,
y allá en eco lejano,
No, repiten los montes de la España,
No, responde bramando el Océano.

     Ya queda dicho en otra parte de estos estudios que Blanco y Lista colaboraron en el Semanario Patriótico con Antillón y los amigos de Quintana, y ahora debe añadirse que a Blanco se atribuyó en 1809 la consulta de la Universidad de Sevilla sobre convocatoria de Cortes.
     La invasión de las Andalucías por los franceses en 1810 obligó a Blanco a salir precipitadamente de Sevilla en la noche del 29 de enero, en compañía del embajador de Portugal. A los pocos meses, con universal sorpresa de sus amigos, se embarcaba en Cádiz para Falmouth.      ¿Qué motivos pudieron forzarle a tan extraña resolución? Hasta entonces, la vida de Blanco nada de singular había tenido, pareciéndose en suma a la de muchos clérigos literatos de su tiempo, alegres y volterianos, de cuya especie han llegado casi a nuestros días ejemplares ilustres y muy bien conservados. Como ellos, habría proseguido Blanco en su oficio de engañar a las gentes, si cierta honradez nativa no le hubiera hecho avergonzarse de su propia degradación y miseria y si un motivo mundano, que nos reveló la áspera pluma de Gallardo, no hubiera resuelto aquella afrentosa crisis. Blanco tenía varios hijos, y, amando entrañablemente a aquellos frutos de sus pecados, quería a toda costa darles nombre y consideración social. De aquí su resolución de emigrar y hacerse protestante; para él, incrédulo en aquella fecha, lo mismo pesaba una religión que otra, ni había más ley que la inmediata conveniencia.
     Ásperos fueron sus años de aprendizaje en Londres. Por más que le fuera casi doméstica desde sus primeros años la lengua inglesa, tardó en adquirir facilidad de escribirla, y el atraso de nuestra cultura respecto de la británica le llenó de temeroso respeto: «Persuadíme que, en comparación de las gentes de letras de este país, yo me hallaba en profunda ignorancia.» De aquí una labor tenaz e incesante. Durante cuatro años estudió cada día diez horas de las veinticuatro, dominó el inglés, se hizo consumado en el griego y se aplicó a la lectura de los antiguos Padres, estudio predilecto de los teólogos anglicanos.      Entre tanto y antes de lanzarse a la controversia dogmática, escribió mucho de política en lengua castellana. Protegido y aun subvencionado por lord Holland (el sobrino de Fox), por M. John Jorge Children y por M. Ricardo Wellesley, fundó un periódico titulado El Español . Empresa más abominable y antipatriótica no podía darse en medio de la guerra de la Independencia. En los primeros números pareció limitarse a recomendar la alianza inglesa y las doctrinas constitucionales; luego atizó el fuego entre el duque de Alburquerque y la Regencia, y maltrató horriblemente a la Junta Central, como queriendo vengarse del silencio que le habían impuesto en Sevilla-cuando redactaba el Semanario Patriótico. Y, finalmente, desde el número tercero comenzó a defender sin rebozo la causa de los insurrectos americanos contra la metrópoli. De Caracas y Buenos Aires empezaron a llover suscripciones y dinero; el Gobierno inglés subvencionó, bajo capa, al apóstata canónigo, y Blanco desaforándose cada vez más, estampó en su periódico las siguientes enormidades: « El pueblo de América ha estado trescientos años en completa esclavitud... La razón, la filosofía, claman por la independencia de América.» Y al mismo tiempo y en el mismo tomo, y, no reparando en la contradicción, escribía: «jamás ha sido mi intención aconsejar a los americanos que se separen de la Corona de España. Pero protesto que aborrezco la opresión con que se quiere confundir la unión de los americanos.»
      Blanco , en quien la enemiga a todas las cosas de España había llegado a verdadero delirio, no sólo se convirtió en campeón del filibusterismo, sino que tomó partido por Inglaterra en todas las cuestiones que surgían con sus aliados españoles, y, abiertas ya las Cortes de Cádiz, vituperó todo sus actos, discusiones y leyes mostrándose, como buen anglómano, aunque en esta parte acertaba, muy enemigo de la política a priori, del Contrato Social, de los principios abstractos y de la cándida ideología de los legisladores de Cádiz, si bien tampoco era parcial de las antiguas Cortes, sino de un sistema representativo, de dos Cámaras a la inglesa.
     Era tal el daño que en España, y sobre todo en América, hacía la venenosa pluma de Blanco , que la Regencia prohibió, so graves penas, la introducción de los números de El Español por decreto de 15 de noviembre de 1810, en que llega a proscribir a Blanco como reo de lesa nación y aun a denigrarle con el feo, sí merecido, epíteto de eterno adulador de D. Manuel Godoy, lenguaje impropio de un documento oficial, y que acabó de exasperar a Blanco , lanzándoles a nuevas y estrepitosas violencias. Arriaza, que se hallaba entonces en Londres con una comisión oficial u oficiosa, publicó contra Blanco El Antiespañol y otros folletos, que fueron contestados con no menor mordacidad.
     Duró El Español hasta la vuelta de Fernando VII, y el ministro Channing premió a su autor con una pensión vitalicia de 200 libras esterlinas anuales. Desde entonces, rara vez escribió en castellano. Hay, sin embargo, toda de su pluma (menos los últimos números, en que se le asoció otro emigrado, don Pablo Mendíbil), una revista trimestral para los americanos, con título de Variedades o Mensajero de Londres, que duró desde 1822 a 1825. Del patriotismo de los editores júzguese por este dato: empieza con la biografía y el retrato de Simón Bolívar. Allí es donde Blanco se declaró clérigo inmoral y enemigo fervoroso del cristianismo, allí donde afirmó que España es incurable y que se avergonzaba de escribir en castellano, porque nuestra lengua había llevado consigo la superstición y esclavitud religiosa dondequiera que había ido. Allí, por último, llamó agradable noticia a la batalla de Ayacucho.
     La parte literaria de la revista es buena, mereciendo particular elogio un artículo sobre La Celestina, en que se sostiene que es toda paño de la misma tela. Tiene Blanco el mérito de haber sido uno de los primeros iniciadores de la crítica moderna en España. Sus ideas artísticas se habían modificado profundamente por el estudio de la literatura inglesa, sacándole del estrecho y trillado círculo de la escuela sevillana. Había aprendido que «la norma de las ideas bellas es la naturaleza, no desfigurada por el capricho y gusto pasajero de los pueblos y de las academias, sino tal cual domina en el corazón, y dicta los afectos de toda la especie humana»..., y que (dos modelos antiguos deben estudiarse para aprender en ellos a estudiar la naturaleza». De aquí su admiración por La Celestina, dechado eterno de arte naturalista; de aquí su entusiasmo shakesperiano, que se mostró no sólo en delicado análisis, sino en traducciones nunca hasta hoy aventajadas. ¿Quién ha puesto en castellano con tan áspera energía (prescíndase de algún verso infeliz) el famoso monólogo To be, or no to be?

                                         Ser o no ser: he aquí la grande duda.
¿Cuál es más noble? ¿Presentar el pecho
de la airada fortuna a las saetas,
o tomar armas contra un mar de azares
y acabar de una vez?... Morir... Dormirse...
Nada más, y escapar en sólo un sueño
a este dolor del alma, al choque eterno
que es la herencia del alma en esta vida.
¿Hay más que apetecer?... Morir... Dormirse...
¡Dormir!... Tal vez soñar... Ahí está el daño,
porque ¿quién sabe los horribles sueños
que pueden azorar en el sepulcro
al infelice que se abrió camino
de entre el tumulto y confusión del mundo?
A este recelo sólo, a este ¿quién sabe?,
debe su larga vida la desgracia;
si no, ¿quién tolerara los reveses
y las burlas del tiempo? ¿La injusticia
del opresor y el ceño del soberbio?
¿Las ansias de un amor menospreciado?
¿La dilación de la justicia?... ¿El tono
e insolente desdén de los validos?
¿Los desaires que el mérito paciente
tiene que devorar... cuando una daga,
siempre a su alcance, libertarle puede
y sacarlo del afán?... ¿Quién sufriría
sobre su cuello el peso que le agobia,
gimiendo y jadeando hora tras hora,
sin ver el fin, a no ser que el recelo
de hallar que no concluye en el sepulcro
la penosa jornada... que aún se extiende
a límites incógnitos, de donde
nadie volvió jamás... confunde al alma
y hace que sufra conocidos males
por no arrojarse a los que no conoce?
Esa voz interior, esa conciencia,
nos hace ser cobardes: ella roba
a la resolución el sonrosado
color nativo, haciéndola que cobre
la enferma palidez del miramiento;
y las empresas de más gloria y lustre,
al encontrarla, tuercen la corriente
y se evaporan en proyectos vanos.

     La ruda naturalidad de Shakespeare hizo a Blanco renegar del arte relamido y peinado de sus antiguos modelos franceses. Él mismo en un artículo sobre Lamartine y Casimiro Delavigne (adviértase que ni aún los semirrománticos de aquella nación le agradaban) ha indicado clarísimamente la diferencia. «El arte de los ingleses -dice- se esfuerza por corregirse, imitando a la naturaleza, mientras que el de los franceses se dedica enteramente a querer sobrepujar corregir la misma naturaleza.» Las simpatías de Blanco , como las de Trueba y Cossío, el duque de Rivas y otros emigrados, estaban por el romanticismo histórico. Tradujo superiormente algunos retazos del Ivanhoe, y, persuadido de que podría brotar rico venero de poesía de nuestros libros de la Edad Media, llenó las Variedades de retazos de las antiguas crónicas, del Conde Lucanor y del Itinerario de Clavijo, y reprodujo el discurso de Quintana sobre los romances, cosa ligera y escrita en francés, pero atrevida y notable para su tiempo.

- III -

Vicisitudes, escritos y transformaciones religiosas de Blanco desde que se afilió a la iglesia anglicana hasta su «conversión» al unitarismo.

     Contra lo que pudiera creerse, Blanco no se hizo protestante inmediatamente después de su llegada a Inglaterra, sino que lo fue dilatando, ya por el rubor que acompaña a toda apostasía aun en ánimo incrédulo, ya porque no estuviera convencido, ni mucho ni poco, de los fundamentos razones dogmáticas de la iglesia en que iba a alistarse. ¡Singular ocurrencia en un impío, como él lo era por aquellas calendas, buscar entre todas las sectas protestantes, la más jerárquica, la menos lejana de la ortodoxia y la que en liturgia, ceremonias y ritos se acerca más a la romana! Blanco podía ser todo, menos anglicano, en el fondo de su alma, y, aunque él indique en sus escritos autobiográficos que le movieron a abrazar la nueva fe y a tornar a convencerse de la evidencia del cristianismo sus coloquios con los teólogos de Oxford, es estudio que hizo de la Escritura en sus originales: hebreo y griego, la lección de los antiguos Padres, y la de algunos ingleses apologistas como el Dr. Paley, autor de la Teología natural, y, finalmente, sus visitas a la iglesia de St. James, donde le encantaron la modestia y sencillez del culto protestante, también es cierto, y no lo negará quien conozca la índole de Blanco , que, aun estimados en su justo valor estos motivos, y tenida muy en cuenta la movilidad de impresiones del canónigo sevillano, no hubieran bastado ellos sin el concurso de otros mucho más mundanos; v.gr., la esperanza de honores y estimación social, para él y para sus hijos, a hacer entrar en aquel empedernido incrédulo en el gremio de ninguna iglesia cristiana. Pero, ya entrado, como la educación teológica que la iglesia anglicana proporciona a sus ministros es, aunque estrecha y en parte falsa, sólida y robusta en otras, como reliquia al cabo de aquellas antiguas y católicas escuelas de Inglaterra, Blanco se encarnizó en el estudio de la exegesis y de la controversia, y ahondó bastante en él, y, convencido su entendimiento por el esplendor de las pruebas de la revelación (2784), fue durante algunos años supernaturalista acérrimo, y llegó a creer bastantes cosas, que luego descreyó con su inconstancia habitual.
     Aun en el breve período de 1814 a 1826, en que sirvió oficialmente a la iglesia anglicana, pudo tenérsele por díscolo y revoltoso. Hecha su profesión de anglicanismo ante el obispo de Londres, Dr. Howley, pasó inmediatamente a la Universidad de Oxford para perfeccionarse en la teología y en las lenguas orientales. Dábale fácil y decorosa posición su cargo de ayo del honorable Enrique Fox, hijo de lord Holland, el biógrafo de Lope, y amigo de Jovellanos y Quintana, y presunto heredero de los títulos y grandezas del insigne orador émulo de Pitt.
     Ya por este tiempo manejaba Blanco con extraordinaria perfección la lengua inglesa. Entonces comenzó a escribir para el New Monthly Magazine aquellas Cartas sobre España, que luego reunió en un volumen, y que Ticknor ha calificado de admirables. Lo son sin duda, con tal que prescindamos del furor antiespañol y anticatólico, que estropea aquella elegantes páginas, y del fárrago teológico con que Blanco , a guisa de recién convertido, quiso lisonjear a sus patronos, analizando con dudosa verdad moral, ni siquiera autobiográfica, las transformaciones religiosas de un clérigo español y describiendo nuestra tierra como el nido de la más grosera superstición y barbarie. Pero, si las Cartas de Doblado se toman en el concepto de pintura de costumbres españolas, y sobre todo andaluzas, del siglo XVIII, no hay elogio digno de ellas. Para el historiador, tal documento es de oro; con Goya y D. Ramón de la Cruz completa Blanco el archivo único en que puede buscarse la historia moral de aquella infeliz centuria. Libre Blanco de temor y de responsabilidad, lo ha dicho todo sobre la corte de Carlos IV, y aun no han sido explotadas todas sus revelaciones. Pero aun es mayor la importancia literaria de las Letters from Spain. Nunca, antes de las novelas de Fernán Caballero, han sido pintadas las costumbres andaluzas con tanta frescura y tanto color, con tal mezcla de inguenuidad popular y de delicadeza aristocrática, necesaria para que el libro penetrase en el severo hogar inglés, cerrado a las imitaciones de nuestra desgarrada novela picaresca. Sin perder Blanco su lozana fantasía meridional, había adquirido algo más profundo y sesudo y una finísima y penetrante observación de costumbres y caracteres, que se juzgó digna del Spectator, de Addison, al paso de que la gracia señoril y no afectada del lenguaje hizo recordar a muchos las Cartas de lady Montague. Todo favoreció al nuevo libro, hasta la general afición que, por influjo del romanticismo literario y de los recuerdos de la guerra de la Península, se había desarrollado hacia las cosas españolas en las altas clases de la sociedad británica. La escuela lakista cooperaba a ello, difundiendo Southey sus poemas de asunto español y sus arreglos de crónicas y libros de caballerías. De tal disposición, avivada por los novelistas walterscothianos, se aprovechó Blanco , y con menos talento que él, pero con igual pureza de lengua, Trueba y Cossío en libros hoy olvidados, pero que hace menos de treinta años eran populares hasta en Rusia en Holanda. No pesa tal olvido sobre las Cartas de Blanco , y hoy mismo pasan por cuadros magistrales el de la corrida de toros, que no ha superado Estébanez Calderón ni nadie; el de una representación de El diablo predicador en un cortijo andaluz, el de la profesión de una monja y el de la fiesta de Semana Santa en Sevilla; cuadros todos de opulenta luz, de discreta composición y agrupamiento de figuras y de severo y clásico dibujo.
     Libro tan acabado puso de un golpe a Blanco en la categoría de los primeros prosistas ingleses e hizo que se leyesen con interés hasta sus libros de teología. Comenzó en 1817 con unas Observaciones preparatorias al estudio de la religión y prosiguió con su Preservativo de un pobre hombre contra Roma, folleto sañudo vulgar, que él, con desacierto crítico, nada infrecuente en los autores, tenía por la mejor de sus obras. Consta de cuatro diálogos breves, donde Blanco , cayendo en trivialidades indignas de su talento, y propias de cualquier colporteur o agente de sociedades bíblicas, que, a guisa de charlatán, pregona sobre un carro en la plaza pública su mercancía evangélica, declama largamente contra la tiranía religiosa, cuenta su propia vida, ataca, sin gran novedad de argumentos, la autoridad espiritual del papa y las que llama innovaciones del romanismo (transustanciación, purgatorio, confesión auricular, indulgencias, reliquias y veneración de las imágenes) y sostiene con estricto rigor luterano la doctrina de la justificación sin las obras, pasada ya de moda entre los protestantes mismos.
     Enemigo de la tiranía religiosa se decía a todas horas Blanco , y, sin embargo, cuando en 1826 emprendió, a ruegos de su amigo Mr. Looker (de Greenwich) la refutación del Book of the Roman Catholic Church, del irlandés Mr. Carlos Butler, y la publicó con título de Evidencia práctica e interna contra el catolicismo, no dudó en solicitar, desde las primeras páginas de la obra, la intolerancia, no ya dogmática, sino civil, contra los infelices católicos de Irlanda, asentando con singular franqueza que la «única seguridad de la tolerancia ha de ser un cierto grado de intolerancia con sus enemigos, así como, en los gobiernos más libres, las prisiones son necesarias como remedio preventivo para defender la libertad». Después de esto, ¿qué fuerza tiene su carta sobre la intolerancia del poder papal? ¿Y no es absurdo invocar argumentos de unidad, autoridad y tradición dogmática en favor de la iglesia anglicana, es decir, de una iglesia nacida ayer, rebelde y cismática, y desestimar la misma unidad y la misma tradición aplicadas a la Iglesia de Roma, la más antigua y robusta institución del mundo moderno, fundada sobre la roca incontrastable de los siglos? Si la iglesia de Inglaterra busca en alguna parte sus tradiciones, ¿dónde las ha de encontrar sino en el monje Agustín y en los misioneros que Roma la envió? ¿De dónde procedió la ordenación sacerdotal? ¿De dónde la jerarquía de aquella iglesia? Peor y más absurda y odiosa situación que la que Blanco tomaba dentro del protestantismo, no es posible imaginarla. Constituirse en campeón de la intolerancia aristocrática de los obispos ingleses, otorgar a la hija rebelde lo que negaba a la madre..., para eso no valía la pena de haber mudado de religión ni de haber salido de Sevilla. Después de todo, ¿qué diferencia esencial hay entre la doctrina que Blanco inculcó con tanto fervor contra Butler y Tomás Moore y la que se deduce del tratado De iusta haereticorum punitione, de fray Alfonso de Castro? Al uno le parece bien que se queme a los herejes; al otro, como los tiempos han amansado las costumbres, le entusiasma la idea de convertir a los católicos con destierros, prisiones y embargos, con la privación de los derechos políticos y con cargarlos de pesadísimas gabelas y cánones usurarios para que sostengan un culto y unos ministros que detestan y para que arzobispos de farándula, no obedecidos en territorio alguno, cobren y repartan con sus evangélicas ladies rentas de 10 y 20.000 libras esterlinas por razón de diezmos.      Fácil triunfo dio a Butler la actitud de Blanco , que así y todo replicó con poca gracia a sus argumentos en una Carta impresa en 1826 , gran parte de la cual versa sobre el dogma de la exclusiva salvación de los católicos y sobre la catolicidad o universalidad atribuida a la Iglesia romana. ¡Aun no se había enterado del verdadero sentido de la palabra católico en nuestra Iglesia, o afectaba no entenderle, tomándole en su acepción materialísima! ¿Y en nombre de qué Iglesia venía a combatirnos? De una iglesia que non semper nec ubique nec ab omnibus vio recibidos, transmitidos y acatados, enteros y sin mancha, sus dogmas, sino que, nacida ayer de mañana por torpe contubernio de la lujuria de un rey, de la codicia de una aristocracia y del servilismo de un clero opulento y degradado, cambió de dogma tres veces por lo menos en un siglo, creyó y dejó de creer en la presencia real, abolió y restableció las ceremonias y acabó por doblar la cerviz a la Constitución de los 39 artículos de la papisa Isabel sólo porque así quedaban las rentas y desaparecía el celibato. ¿Es cosa seria en pleno siglo XIX que un clérigo de esta Iglesia, sometida a una declaración dogmática tan inflexible como la nuestra, venga a decirnos, como dice Blanco , que «la obediencia espiritual de los católicos vale tanto como renunciar al derecho de usar de las facultades de nuestra mente en materias de fe y de moral?» (p.5). Porque una de dos: o Blanco era un hipócrita o admitía en aquella fecha la Constitución de los 39 artículos, y las leyes posteriores, y el libro de la liturgia que ordenó el rey Jacobo, y las decisiones sinodales del arzobispo de Cantorbery...; y por tanto, había renunciado generosamente al derecho de discurrir contra todas las cosas que allí se contenían, ni más ni menos que esos papistas tan odiados por él. De suerte que el único triunfo de su razón había sido cambiar la autoridad del papa por la autoridad laica de la reina Isabel. Por lo demás, seguía rezando las mismas oraciones que en Sevilla, sino que en inglés y no en latín sometido a la autoridad de un arzobispo que solía alarmarse de la indisciplina de Blanco y de su tendencia a volver al monte de la impiedad por el camino del unitarismo.
     Porque es de saber que Blanco fue, muy desde el principio, sospechoso entre los clérigos anglicanos, y ya el Dr. Whately, luego arzobispo de Dublín y autor de una Lógica excelente, anunció de él casi proféticamente que pararía en unitario. Pero ¿ qué más testimonio que el del mismo Blanco en su Preservativo contra Roma (p.10), libro de la más exaltada ortodoxia cantorberiense? «Os confesaré -dice- que, algunos años después de abrazar el protestantismo (en 1818), tuve algunas tentaciones en mi fe, no en favor del catolicismo, sino con respeto a la doctrina de los que se llaman unitarios, esto es, los que creen que Jesucristo no es más que un hombre hijo de José y María . Para mí esta fue una solemne crisis, porque como había estado tanto tiempo sin religión, necesitaba un socorro extraordinario de la gracia divina para no caer otra vez en aquel abismo. En este estado de duda volví a examinar con el mayor cuidado las Escrituras, sin cesar de pedir a Dios que me pusiese en el camino de la verdad. Anublaron por largo tiempo mi alma las dudas, y la oscuridad se espesaba de cuando en cuando con tanta intensidad, que llegué a temer de la fe cristiana en mi espíritu... Pero la gracia de Dios obraba secretamente en mí..., y, después de pasar casi todo un año sin asistir a los divinos oficios, la misericordia divina condujo mis pasos al templo. Me arrojé en brazos de Cristo, y no fue vana mi confianza.»      Sí que lo fue, y vanísima, porque él era todo menos cristiano siempre llevó consigo el germen unitario. En vano quiso combatirle con el ascetismo protestante, a que se entregó en casa de lord Holland los dos años que en ella vivió como ayo de Fox, desde septiembre de 1815. En vano se enfrascaba en todo género de lecturas supernaturalistas; y se le unían cada vez más a la iglesia anglicana sus amistades, y especialmente la del reverendo William Bishop, vicario de Santa María de Oxford. Dos puntos le preocupaban siempre, la divinidad de Cristo y la inspiración divina de las Sagradas Escrituras. De ellas hacía materia continua de conversación con los teólogos oxfordienses, que ya le habían incorporado en su gremio con el título de maestro en Artes, dándole además una cátedra en el Colegio Oriel. Hasta 15 de julio de 1815 no había renunciado solemnemente Blanco a su magistralía de San Fernando, ni puéstose en condiciones de aceptar beneficios de la iglesia anglicana. Vivía de las pensiones con que el Gobierno inglés premió su apostasía política y de la protección de lord Holland, que le admiraba tanto, que quiso dejarle encomendada la tutoría de su hijo.
      Blanco la aceptó primero y la renunció después, porque a cada hora se iba enfrascando más en su teología; tanto que para dedicarse con más sosiego a ella, buscó en Brighton el retirado asilo de la casa de su amigo Mr. Bishop, que no pudo curarle de sus dudas acerca de la sagrada cena.
     Desde 1828 a 1834 se dedicó con ardor increíble al hebreo; pero, lejos de disiparse, crecieron sus tendencias al unitarismo, y, encontrando nuevas dificultades en el Antiguo Testamento, acabó por rechazar la inspiración divina de las Escrituras.
     Muy raros ocios literarios interrumpían estas meditaciones religiosas o antirreligiosas. Aun lo poco que entonces escribió (fuera del artículo Spain para la Enciclopedia Británica) no sale del círculo de sus estudios predilectos, puesto que se limitó a corregir la Biblia castellana de Scío por encargo de la Sociedad Bíblica de Londres, que se proponía difundirla copiosamente en España; a traducir la obra apologética de Páley, que cedió luego a Muñoz de Sotomayor, y a corregir la versión de las Evidencias, del obispo Porteus. Aun el mismo estudio que entonces hizo de los pamphletaires ingleses (Addison, Steele, Swift) más que para otra cosa, sirvió para adiestrarle en el estilo incisivo y polémico, que aplicó luego a la controversia religiosa.
     De las cosas de España, Blanco se cuidaba poco; sólo de vez en cuando, a ruegos de su grande amigo el poeta Roberto Southey y de Thomas Campbell, director de New Monsthly Magazine, publicaba allí algún artículo sobre nuestras costumbres o sobre la fracasada reforma constitucional. En 1824 había impreso, traducido al castellano, pero sin su nombre, el libro de Cotta sobre la ley criminal de los ingleses.
     Por más que el unitarismo de Blanco se estuviese incubando desde el año de 1818, la conveniencia mundana le inducía a observar escrupulosamente las prácticas de la iglesia anglicana y a tomar con gran calor su defensa, si alguien la atacaba. Cuando predicó en Upton su primer sermón en inglés, la resonancia fue grandísima, y el Dr. Pusey y Newman, hoy columna fortísima de la Iglesia católica, buscaron su amistad, al mismo tiempo que el Dr. Mhately y Mr. Hemans y el delicado y profundo poeta lakista Coleridge. Dios, que del bien saca el mar, permitió que los últimos escritos de Blanco , que tan acerbamente ponen de manifiesto las llagas de la iglesia oficial de Inglaterra y sus contradicciones interiores, fuesen acicate y despertador para la conversión de Newman, según él mismo ha declarado. La Iglesia ganó en el cambio.
     Todavía en 1829 escribía Blanco: «Estoy sinceramente adicto a la iglesia de Inglaterra por ser la mejor iglesia cristiana que existe.» Pero se engañaba a sí mismo o quería engañarse. Fluctuando entre el más absoluto racionalismo y el tradicionalismo más exaltado, unas veces afirmaba que «el cristianismo ha de dirigirse a la razón sola, como la luz a los ojos», y otras veces rechazaba las nociones metafísicas de los atributos divinos, como «falsas, contradictorias y engendradoras del ateísmo». En tal tormenta de encontrados efectos se hallaba cuando riñó su última batalla en pro de la iglesia oficial y en contra de la emancipación de los católicos a instancias del arzobispo de Dublín Whateley, de cuya compañía y amistad disfrutó algún tiempo.
     Y ciertamente que la ocasión era solemnísima. El poeta más grande del Reino Unido después de Byron y de Shelly, el divino cantor de las Melodías irlandesas y de Los amores de los ángeles, el Anacreon-Moore, que Byron eternizó en las estrofas del Don Juan; aquel ingenio maravilloso todo color, brillantez y halago mundano que transportó a las tinieblas del Norte todas las pompas, aromas y misterios del Oriente, como si en él hubiese retoñado el espíritu de Hafiz, de Firdussi o de Sadi, Tomás Moore, en fin, por quien logran eterna vida los oradores del fuego y el velado profeta del Khorasán, bajaba a la arena en pro de la religión de San Patricio y de los siervos irlandeses atados al terruño del señor feudal y del obispo cismático. ¡Dichoso país Inglaterra, donde el ser poeta de salón no excluye el ser consumado en la noticia de los Padres griegos y de los gnósticos! El libro de Tomás Moore, Viaje de un irlandés en busca de religión queda en pie como uno de los más hermosos monumentos de la literatura católica del siglo pasado. «Vosotros -parece decir a los obispos anglicanos-, si de alguna parte deriváis vuestra creencia, si a alguna fuente acudís para certificaros de la tradición dogmática, si no os resignáis a ser de ayer y a que vuestra iglesia naciera en medio del motín, habéis de remontaros, por la corriente de la Iglesia griega y latina, hasta los primeros apologistas, y desde éstos hasta los Padres apostólicos. Esos son vuestros libros, y también lo nuestro; allí está lo que pensó y creyó la primitiva Iglesia, y ellos vendrán en este pleito a dar testimonio contra vosotros. San Ignacio, San Policarpo, San Clemente, San Irineo, el Pastor, de Hermas; San Justino, Atenágoras, Taciano, Clemente Alejandrino, Orígenes..., os mostrarán desde los primeros siglos la unidad sacerdotal, la Cátedra de Pedro, la presencia real eucarística, la misa, la oración por los muertos, las imágenes, la veneración de las reliquias; en cambio, de la doctrina de la fe justificante sin obras no hallaréis rastro. Ponéis por juez a la tradición, y la tradición sentencia contra vosotros. Lo admitís os condena lo mismo que lo rechazáis. Confesad que sois un puñado de rebeldes, y no os llaméis herederos de la primitiva Iglesia, que os hubiera arrojado de su seno como a los marcionistas o a los valentinianos.»
     Imagínese este argumento desarrollado con toda la erudición patrística que el caso requería, y en la cual Tomás Moore, según confesión de Byron, era aventajadísimo más que casi todos los teólogos ingleses; póngase sobre la erudición y el razonamiento la más espléndida vestidura literaria, digna del autor de Lalla Rookh, que esta vez añadía a sus antiguos timbres de poeta galante y descriptivo el de satírico vengador y profundo, rompiendo todos los cendales de la mojigatería anglicana, y sólo así se tendrá idea del pavor que infundió al alto clero inglés aquella máquina de guerra, que llevaba juntos el empuje de la ciencia, el del estilo y el del sarcasmo.
     Para contestar fue elegido Blanco , a pesar de las sospechas que ya infundía. Blanco leyó la obra, y le pareció escrita con gran habilidad. «Su objeto -dice- es acrecentar el odio de los católicos irlandeses contra los protestantes. ¡Extraña cosa que los partidarios más declarados de la libertad empleen sus poderosos talentos en servicio de los clérigos irlandeses! Ostenta Moore inmensa lectura de autores eclesiásticos y controversistas, tirando a demostrar en forma popular que el papismo y el cristianismo son cosa idéntica, puesto que los principales dogmas del romanismo se hallan en los padres de los cuatro primeros siglos.»
     ¿Y qué podía oponer Blanco a esto? Nada; y sin duda por eso y por no verse precisado a defender a la iglesia oficial, de que ya en su corazón estaba apartado, prefirió continuar el libro de Moore en la misma forma de novela, tomando al gentleman irlandés, héroe del libro de su adversario, en el momento de su conversión al catolicismo y haciendo de los católicos la misma sañuda irrisión que había hecho en las Letters from Spain y en el Preservativo, pero con menos gracia.      Nunca segundas partes fueron buenas, y por eso y por los resabios de unitarismo, que no faltan en el libro, aunque embozados, el Segundo viaje de un caballero irlandés en busca de religión no contentó a nadie. Ni a los católicos ni a los anglicanos les pareció contestación, ni lo era en efecto; ni Tomás Moore descendió a refutarla, satisfaciéndose con clavar al apóstata canónigo en la picota de la sátira con dos o tres rasgos dignos de Arquíloco.      El mal éxito de esta polémica acabó de poner mal a Blanco con sus antiguos amigos los torys, y como al mismo tiempo, sin mudar sustancialmente de parecer acerca de la emancipación de los católicos, diera muestras de inclinarse a mayor tolerancia, y abrazara la defensa, y propusiera la reelección por la Universidad de Oxford del ministro Peel, que había consentido, en 1829, en conceder a los católicos algunos derechos, volviéronse encarnizados contra él los reverendos de la iglesia anglicana, y le exasperaron en términos que, roto todo disimulo, hizo pública su defección, ya mentalmente consumada mucho había; renunció la cátedra de Oxford y los beneficios o prebendas e hizo en Liverpool, en 1835, profesión solemne de fe unitaria ante el doctor Jorge Amstrong.
     Desde entonces, los anglicanos huyeron de él como de un apestado, los puseístas también, y en sus últimos años se vio reducido al trato y correspondencia de los unitarios y de los positivistas, de Channing y de Stuart-Mill; lo más radical que en teología y en filosofía podía ofrecerle la raza inglesa.

- IV -

Blanco , «unitario» (1833). -Sus escritos y opiniones. -Su muerte (1841).

     El unitarismo moderno, que otros llaman protestantismo liberal, si bien convenga con la antigua secta sociniana en negar la Trinidad y la divinidad de Cristo, va más adelante, y apenas puede llamarse secta cristiana, por cuanto extiende esta negación a todo lo sobrenatural contenido en los Evangelios, y acepta sólo su parte moral, tomando a Cristo como dechado y ejemplar de perfección, en lo cual dicen que consiste la originalidad del Dr. Channing. Como una de tantas formas de impiedad y deísmo, esta secta, si tal puede llamarse la que absolutamente carece de dogmas y de ceremonias, tiene en Europa muchos adeptos, que quizá ignoren que se llaman unitarios, pero no iglesias o congregaciones, a lo menos conspicuas y numerosas. No así en los Estados Unidos, donde la extendió mucho y le dio cierta organización el Dr. Channing, famoso por su celo filantrópico y por la elocuencia de sus escritos. Blanco leyó sus sermones y su libro de la Evidencia del cristianismo, que luego tradujo al español un tal Zulueta, heterodoxo oscuro; le entusiasmaron mucho, decidieron en gran parte su evolución unitaria, y entró desde luego en correspondencia con el autor por mediación de Amstrong.
     Esta correspondencia es muy curiosa por el odio que Blanco , mal curadas aún las heridas que había recibido de la iglesia anglicana, manifiesta a todo dogmatismo. «Todo sistema de ortodoxia -escribe- es necesariamente injurioso a la causa de la verdad religiosa..., todos los nombres dogmáticos son una injuria para el cristianismo.» Entiéndase que este cristianismo de Blanco es «un cristianismo espiritual, libre de teorías y de la doctrina de la interpretación verbal». Lo que más le irrita es la bibliolatría o idolatría práctica y materialista de los ingleses por el texto de la Biblia, la mojigatería de Oxford (Oxford Bigotry), el metodismo y las coteries de los pietistas, la tiranía religiosa de aquellos doctores que miden la verdad con el termómetro del «confort», el fetichismo de la iglesia oficial, establecimiento político de religión.
     Aprendió el alemán, entró en correspondencia con Neander y se dio con encarnizamiento a la lectura de Paulus, de Strauss y de los exegetas de Tubinga. Declaró en carta a Stuart-Mill que «la deificación de Cristo era una vuelta a la concepción primitiva de la causa suprema en la infancia del entendimiento humano». De los exegetas pasó a los filósofos; Kant le enseñó que «la virtud era independiente del temor y de la esperanza, y aun de toda creencia en la inmortalidad». Fichte, interpretado a su modo, le sugirió la fórmula de God within us, (Deus intra nos) y una teoría del Espíritu Santo, que compendió en estas palabras de Séneca: Sacer intra nos Spiritus sedet, malorum [813] bonorumque nostrorum observator et custos. Hic prout a nobis tractatus est, ita et nos ipse tractat. Acorde con todas las opiniones de Strauss sobre la autenticidad de los Evangelios, rechazaba toda la parte histórica como greatly corrupted, y sólo daba cuartel a la parte moral, y aun ésta reformada (risum teneatis), esto es, «restaurada, a la manera que un artista de genio restaura una antigua estatua por medio de sus incompletos fragmentos... cuidando sólo de que el amor a lo maravilloso no extravíe el sentido moral».      Tan apasionado en sus amores de un día como en sus odios, sostuvo, después de estudiar la filosofía alemana, que «dominaba en Inglaterra la más profunda ignorancia en materias de metafísica, a la manera, y no con menos violencia, que en otros días había defendido en las Letters from Spain que nunca había existido verdadera poesía española, ni aun era posible que la hubiese.
     Las últimas obras de Blanco , Nuevas consideraciones sobre la ley de libelo antirreligioso y Cartas sobre herejía y ortodoxia más que exposiciones dogmáticas del unitarismo, son ardientes alegatos en pro de la tolerancia para todas las sectas. Sus verdaderas convicciones de entonces, o más bien la ruina y naufragio de sus convicciones, han de buscarse en las cartas que escribía a Channing, a Stuart-Mill, a Neander, notando día por día las variaciones de su conciencia. Todo principio de autoridad, ora fuese sobrenatural, ora racional, había llegado a serle antipático. «La causa de todos los males que oprimen al verdadero cristianismo -escribía a Channing en 9 de mayo de 1837- es la idea de algún género de infabilidad que resida entre los hombres...; ésta es la causa de los progresos que el catolicismo va haciendo cada día. Los protestantes no son más que una rama desgajada del sino. Si la religión se funda en alguna especie de infabilidad, justa y necesaria e incuestionable cosa es que todos debemos caminar a Roma en demanda de la salvación.»
     Así el Dr. Channing como su amigo Blanco vieron con terror acercarse la avenida puseísta, la explosión papista de Oxford (popish explosion), y, en pos de ella, el triunfo del catolicismo en Inglaterra, y trataron de atajarla con una forma de cristianismo naturalista: la forma unitaria, que Blanco definía «religión puramente espiritual de la conciencia, del Logos, de la luz de Dios en el hombre».
     ¡Vanos ensueños! Semejante religión no era más que un panteísmo recreativo, ecléctico, femenil y vago, sin virtud ni eficacia. El poder lógico de la Ética de Espinosa les asustaba. «Es evidente -dice Blanco - que la totalidad de este sistema se funda en el erróneo principio de que una definición subjetiva, como la de sustancia, puede tener consecuencias de valor objetivo.
     ¿Y no era subjetismo también, intolerante y exclusivo, reconocer a la razón como «única fuente de nuestro conocimiento respecto de Dios..., y no sólo independiente del método llamado revelación (sic)sino existente por igual en todo hombre?»; con lo cual venía a darse a la razón un valor objetivo, impersonal y universal; sofisma de tránsito, semejante, si no idéntico, al que él atribuye con razón a los panteístas.
     El libro del Dr. Powell «sobre la conexión de la verdad natural y la revelada» concentró las meditaciones de Blanco en el problema de la inspiración y de la infalibilidad, y, declarándose desligado de toda adherencia teológica, proclamó la perenne revelación por «la interna presencia de Dios en el alma», y aun ésta no íntegra, sino excluyendo de sus facultades a la loca de la casa, a la imaginación, base de toda idolatría. «El mundo interno -repetía- es la perenne fuente de Dios.» Pero en el mundo interno la imaginación había llegado a ser objeto de sus implacables iras, por lo mismo que era de sus facultades la dominante y la que más le extraviaba. La lengua inglesa, figurativa y poética, contra la común parecía ya tan odiosa como la castellana. La encontraba pobre de lenguaje técnico y de nomenclatura abstracta. Suspiraba las orgías metafísicas de Alemania.
     Al mismo Channing, moralista antes que filósofo, llegó a parecerle mal tan desmandado e intolerante racionalismo y tal desprecio de la imaginación. «¿No es empleo de esta gloriosa facultad -decía respondiendo a Blanco - contemplar en el universo el tipo de la divinidad; en el sol, la antorcha de su gloria; en el bello y sublime espectáculo de la naturaleza, los signos de su espiritual belleza y poder? ¿No es la imaginación el principio que tiende a lo ideal, que nos levanta de lo finito y existente y que concibe lo perfecto que los ojos ni aun han podido vislumbrar? Yo considero la religión como resultado de la acción unida de todas nuestras facultades, como revelada por la razón, la imaginación y los sentimientos morales... A mi juicio, la historia del cristianismo en los Evangelios es inestimable. La vida, espíritu y obras de Jesucristo son para mí las más altas pruebas de su verdad. Doy grande importancia a los milagros. Están vitalmente unidos a la religión y maravillosamente adaptados a ella. No son acontecimientos arbitrarios y anómalos. No tengo fe en los milagros aislados y sin propósito, únicos que son moralmente imposibles; pero los milagros de Cristo pertenecen a él, completan su manifestación, están en armonía con su verdad y reciben de ella su confirmación.»
     ¡Hermosísimas palabras viniendo de un enemigo de la divinidad de Cristo! ¡Era lo que le faltaba a Blanco - White , que los unitarios, la secta más disidente de todas las cristianas, le declarase hereje! Pero él no se dio por vencido, y replicó a Channing que la imaginación tenía poderosa y directa tendencia a la idolatría y que la verdadera religión nacía sólo de las facultades racionales. La imaginación -añade- es la máscara del error; da apariencia de verdad a lo que no existe. La espiritualidad del cristianismo requiere su absoluta exclusión, pero no la del sentido moral, porque éste tiene su raíz en la conciencia, que es la razón práctica.
     Yo no sé por qué Blanco persistía en llamarse cristiano, puesto que ya en 1839 había llegado a rechazar toda inspiración verbal, todo credo, artículo o catecismo, aun el de los unitarios, teniendo por único criterio la experiencia interior, sin dar más valor al Antiguo y Nuevo Testamento que a otros monumentos de la antigüedad, admitiendo o rechazando de ellos lo que su razón le inducía a aceptar o rechazar. Tenía por auténtico el evangelio de San Juan, pero no los sinópticos. Para él, la religión no era otra cosa que «la libertad en el conocimiento de Dios como nuestro Padre» o bien «una habitual aspiración a la fuente de la vida moral...», debiendo estimarse «la pintura histórica de Jesús de Nazaret como vehículo para la instrucción popular», cual si se tratase de la biografía de Sócrates o de la de Confucio. Y, aunque jamás se hizo panteísta, y defendió en toda ocasión, contra los germanófilos, «la personalidad separada de Dios», y como regla de vida moral «el conformarse a la voluntad de Dios en toda determinación, conforme al espíritu de las Sagradas Escrituras», aquí paraba su creencia, y ese espíritu de las Escrituras era para él cosa tan vaga y poco definida, que, lejos de cuadrar con ningún dogmatismo, le hacía aborrecer hasta el nombre de unitario por lo que tenía de dogmático y aun de injurioso a la causa del cristianismo, estimando que las confesiones de fe que dividían al mundo cristiano eran meramente escuelas de filosofía aplicadas a la religión desde los tiempos mismos de San Pablo». De aquí el nombre de cristiano antiescolástico, antisectario o sin artículos, que quiso sustituir al de unitario o racionalista. De aquí su odio a las comuniones reformadas con pretensión de ortodoxas aún más que a la Iglesia católica. «Lo que llaman protestantismo escribía a Stuart-Mill en 1837no es tal religión, sino un mutilado retazo del papismo lleno de incongruencias y contradicciones. Por eso no me admiro de que el número de los católicos romanos vaya creciendo cada día. Los teólogos protestantes son los más activos misioneros de Roma, y, en caso de pertenecer a alguna iglesia, no me asombra que el pueblo encuentre más atractiva y de mayor consistencia la del papa que la del arzobispo de Cantorbery.»
     En suma: Blanco murió en un puro deísmo que al mismo Channing escandalizaba, unido íntimamente con J. Mill y los librepensadores de la Revista de Westminster, clamando a voz en cuello que «el único preservativo contra Roma era la total ruina del cristianismo supernaturalista». Tal nos le muestran los últimos pensamientos que escribió en 1840 (un año antes de su muerte) con el odioso título de El anti-Kempis racionalista o el escéptico religioso en presencia de Dios.
     Dolorosos fueron aquellos últimos años de su vida, entre privaciones, abandonos y dolencias. Sólo la amistad y los cuidados del ministro unitario de Liverpool M. Martineau, en cuya familia vivió, alcanzaron a consolarle. Cada vez más desaficionado de la controversia teológica, buscó el solaz de la música, de las amenas letras, de la historia y de la filosofía, y su correspondencia está sembrada de ingeniosas observaciones sobre los muy variados libros que leía; Shakespeare, Goethe, Espinosa, Schleirmacher, Ranke, la Simbólica, de Creuzer, traducida o más bien refundida por Guigniaut; la historia de los sistemas filosóficos alemanes de Moritzs Chalybaus, Luciano, Aulo Gelio, Dionisio de Halicarnaso, y hasta Víctor Cousin y los eclécticos franceses distrajeron sucesivamente su soledad y ejercitaron los insaciables y móviles poderes de su alma.
     Pero nada curaba su desaliento e hipocondría, acrecentados con la muerte de sus dos hijos y con la partida del único que le quedaba para el ejército de la India. Entonces formó mil planes: emigrar a Jamaica, llamar a una de sus sobrinas de Sevilla para que le acompañasen en el destierro. El trato de españoles le hubiera consolado, pero huía sistemáticamente de ellos, como temeroso de darles en cara con su doble apostasía. A veces sentía retoñar las dulces memorias de su patria y lengua y escribía versos castellanos o trazaba los primeros capítulos de una novela, Luisa de Bustamante o La huérfana española en Inglaterra, empapada toda de amor a sus hermanos, como se complace en llamar a los católicos españoles, y de odio y menosprecio a la pruderie de la buena sociedad inglesa.
     Y al día siguiente, con la versatilidad propia de su condición, como si el demonio de su historia pasada le atormentase y quisiera él estrangular su propia vergüenza y darse la razón a sí propio a fuerza de miso-hispanismo, revolvíase aquel infeliz. contra los historiadores norteamericanos (Prescott, Irving, etc.), que habían enaltecido nuestras glorias del gran siglo católico, y manchaba el papel con las más horrendas injurias que han salido de la pluma de hombre alguno de nuestra raza: «La historia de los Reyes Católicos, de Prescott -decía-, me deja en el ánimo la más melancólica impresión. El triunfo de los españoles es para mí el triunfo del mal. ¡Ay de los intereses más caros de la humanidad el día que España tenga predominio...!»
     No sólo negaba lo pasado; negaba hasta lo por venir. «Es imposible -decía a Channing en carta de 10 de mayo de 1840- que España produzca nunca ningún grande hombre. Y esta íntima convicción mía nace del conocimiento del país... La Iglesia y la Inquisición han consolidado un sistema de disimulo que echa a perder los mejores caracteres nacionales. No espero que llegue jamás el día en que España y sus antiguas colonias lleguen a curarse de su presente desprecio de los principios morales, de su incredulidad en cuanto a la existencia de la virtud.»
     No nos indignemos con Blanco ; basta compadecerle. Ni una idea robusta ni un afecto sereno habían atravesado su vida. Era el renegado de todas las sectas, el leproso de todos los partidos, y caminaba al sepulcro sin fe en sus misma duda, temeroso de lo mismo que negaba, aborrecido de muerte en España, despreciado en Inglaterra, perseguido por los clamores de sus víctimas irlandesas y hasta aquejado por nocturnas visiones, en que le parecía contemplar triste y ceñuda la sombra de su muerte:

                                    ¡Oh traidores recuerdos que desecho
de paz, de amor, de maternal ventura,
no interrumpáis la cura
que el infortunio comenzó en mi pecho!
     ¡Imagen de la amada madre mía,
retírate de aquí, no me deshagas
el corazón que he menester de acero
en el tremendo día
de angustia y pena que azorado espero!

     Entonces volvió a las manos de Blanco la descuidada lira española. Inspiróle la cercanía de la muerte los únicos versos suyos sinceros y dignos de vivir; poesía verdaderamente clásica y limpia y sin resabios de escuela; eco lejano de las apacibles y sosegadas armonías de Fr. Luis de León. Es un himno a la resignación, ¡rara virtud para ensalzada por Blanco!

                                    ¡Qué rápido torrente
qué proceloso mar de agitaciones
pasa de gente en gente
dentro de los humanos corazones!
.....................................
mas se enfurece en vano
contra la roca inmoble del destino,
que con certera mano
supo contraponerle el Ser divino.
..................................
no así el que sometido
a la suprema voluntad, procura
el bien apetecido,
sin enojado ardor y sin presura.
¡Deseo silencioso,
fuera del corazón nunca expresado:
tú eres más generoso
que el que aparece de violencia armado,
cual incienso süave,
tú subes invisible al sacro trono,
sin que tus alas grave
la necia terquedad o el ciego encono!

     A veces, una vaga aspiración a la inmortalidad alumbraba tibiamente las lobregueces de la conciencia de Blanco , y entonces exclamaba con la protagonista de su novela:

                                    Vi un mar de luz, y en él miradme ya;
¡dichosa yo! Con alas venturosas
penetraré donde reside el bien,
coronaré con inmortales rosas
de eterno olor la enardecida sien.

     Pero tales relámpagos eran pasajeros, y su confianza en Dios venía a reducirse a una especie de quietismo:

                                    No me arredra la muerte;
mas, si viniere, ¡oh Dios!, en ti confío...
¿Por qué temer? ¿No estás en la tormenta
lo mismo que en la calma más tranquila?...
¿Y qué es morir? Volver al quieto seno
de la madre común de ti amparado,
o bien me abisme en el profundo cieno
deste mar alterado,
o yazga bajo el césped y las flores,
donde en la primavera
cantan las avecillas sus amores.

     La muerte de lord Holland, el más antiguo y el más fiel de sus amigos ingleses, puso el sello a las tribulaciones de espíritu de Blanco . Presintiendo próximo su fin, se retiró a Greenbarch, cerca de Liverpool donde tenía una hacienda su amigo míster Rathbone. Allí murió en 20 de mayo de 1841, a los sesenta y seis años de trabajosísima vida. Las últimas palabras suyas que la historia debe recoger son éstas, de una carta a Channing, escrita dos meses antes de rendir el alma a su juez: «En el estado actual del mundo y de la cultura popular, no tenemos seguridad alguna de triunfo contra la Iglesia de Roma». Dijeron algunos que Blanco había muerto en la religión de sus padres, pero lo desmiente su amigo y biógrafo Thom, que le asistió hasta última hora, y que recogió con prolijidad inglesa y buena fe loable, los diarios y epístolas de Blanco.
     La mayor parte de los escritos de éste quedan ya enumerados. Falta añadir su larga correspondencia con lord Holland, en 1809 y 1813; sobre política española y asuntos de El Semanario Patriótico y de El Español; sus Cartas del sábado, a Hamilton Thom, sobre los antiguos cuáqueros, sobre la religión y el sacerdocio, sobre las relaciones de la Biblia con la sociedad, sobre los caracteres de la fe y sobre el doble aspecto de la religión como verdad teológica y como sistema moral. Son suyas algunas oraciones y homilías del The Book of common prayer, publicado por Bagster. Por encargo de la Sociedad anti-Esdavista. de Liverpool escribió un libro en castellano acerca de la trata de negros. Hay artículos suyos muy extensos y notables sobre literatura castellana y cuestiones religiosas en casi todas las revistas inglesas: en el Quarterly Review, en The New Monthly Magazine, en la Revista de Londres, de que sólo aparecieron dos números en 1829; en The Journal of Education, en The Dublin University Review (1830), en The London Review and London and Wetminster (1838), en Chyistian Teacher y en otros que no recuerdo.      Sus versos ingleses están sin coleccionar. Figura entre ellos un soneto famosísimo, que Coleridge tenía por «una de las cosas más delicadas que hay en lengua inglesa», y al cual, pasando más adelante, llegan algunos ingleses modernos a dar la palma entre todos los sonetos de su lengua, salvo siempre los inmortales y ardorosísimos de Shakespeare. La idea capital del soneto de Blanco es hermosa y poética sobre toda ponderación. Retrata el espanto de Adán al contemplar por primera vez la noche y pensar que en sus tinieblas iba a perecer el mundo. ¡Lástima que el estilo con ser delicado y exquisito, parezca, por sobra de pormenores pintorescos, más digno de una miniatura lakista que de un vigoroso cuadro miltoriano!. Tiene sin embargo,versos de peregrina hermosura; ninguno como el último:

               If light can thus deceive, wherefore not life?

     (Si la luz nos engaña, ¿cómo no ha de engañarnos la vida?)
     ¡Singular poder del arte! Sólo esta flor poética crece, a modo de siempreviva, sobre el infamado sepulcro de Blanco . Cuando acabe de extinguirse el último eco de sus polémicas y de su escandalosa vida, la musa del cantor conservará su memoria vinculada en catorce versos de melancólica armonía, que desde Liverpool a Boston y desde Boston a Australia viven en la memoria de la poderosa raza anglosajona, que los ha transmitido a todas las lenguas vivas y aun ha querido darles la perennidad que comunica una lengua muerta.

Menéndez Pelayo
Historía de los heterodoxos españoles


Blanco White, in partibus infidelium

Hay autores a los que el tiempo va sumándoles más y más protagonismo, sin que eso sea hinchazón. No distinguimos bien si somos nosotros quienes regresamos hasta ellos o son ellos quienes se adelantan hasta nosotros. Enfrascados en su lectura, se va entretejiendo una atmósfera casi de convivencia. Ramón Gómez de la Serna llegó incluso a reservarle asiento al mismísimo Larra en la tertulia del Pombo: sensatísima extravagancia. Cualquier lector atento puede rescatar el texto que lee, ensimismado en soliloquio, y tornarlo en fluyente diálogo: esa es la prueba del clásico. No tanto modelo desde el que partir, cuanto reencuentro y confirmación de lo más intenso de nuestro pensamiento. Una experiencia similar sentimos al leer cuanto llega hasta nosotros de José María Blanco White.
Nos asalta, de inmediato, una queja: que su obra no se haya editado completa. Ocasión que nos permite elogiar sin reserva cuantos intentos se han hecho por recuperarla. Buen ejemplo de esa recuperación son sus Ensayos sobre la Intolerancia, que Manuel Moreno Alonso ha recopilado y estudiado. Reunión de ensayos que van de antes de su expatriación, en 1810, hasta la ruina del Trienio Constitucional en 1824. Importa esto para poder seguir la extraordinaria vertebración y unidad del pensamiento de Blanco, sobre todo teniendo en cuenta lo accidentado de los acontecimientos históricos. Entremos, antes de detenernos en pormenores de esta obra, en el perfil biográfico de Blanco, destacando su figura en el trasfondo de su tiempo. Biografía e historia pocas veces se fundieron tanto en un destino común. No sería aventurado decir que, en Blanco, se inaugura una forma desgarrada de ser español. España vista, añorada y pensada desde el destierro forja un tipo humano quizás no reconocible en otras latitudes, pero muy frecuente, frecuentísimo, en el adverso destino político de la España contemporánea. Vista en la lejanía y encadenados a ella, nutrieron sus soledades y desventuras los exiliados de la República derrotada, ¿acaso no fue Blanco el primero en recorrer esa órbita contraria? Lo dijo magistralmente en su Elegía a Quintana, escrita cuando, con toda seguridad, acariciaba la idea de expatriarse, hacia 1808. En esa larga elegía, de trescientos cuarenta y cinco endecasílabos, suena ya la música del alma romántica. Oigamos los primeros acordes:

No muda el corazón, tan sólo muda
De cielo el infeliz que su destino
Quiere evitar huyendo el patrio suelo
Que le hizo aborrecer su desventura.

Pero en un escritor que no sólo cambió de país, sino que mudó de lengua, el drama se agudiza mucho más. A las puertas de su muerte, y con conciencia de ella, le escribe un soneto a su amigo Lista, soneto fechado en Liverpool el 30 deseptiembre de 1839, en que la nostálgica lejanía no es la patria, sino la lengua.
Lleno de temor al mover los ecos de la lira hispana, exclama en los tercetos:

Bien sé que mis acentos son extraños,
Y que un clima severo ha enronquecido
La voz que te halagó con simple juego;
Mas a despecho de pasados años
Te dirá que es la mía, si no el oído,
El corazón, que sentirá su fuego.

Unos meses más tarde, y a requerimiento de su sobrina María Ana Beck, Blanco vuelve a usar el soneto en lengua española y lo hace "incierto, temeroso y descontento"; teme tocar "un laúd que la edad ha destemplado". En Blanco, la patria y la lengua acaban confundiéndose en idéntica fidelidad de desterrado. No se olvide que, al bosquejar las reformas que entendía necesarias en los programas de las universidades de las nacientes repúblicas americanas, esta confusión se expresa a conciencia: "No hay país español (llamo así a cuantos hablan la lengua de Castilla) que no necesite una reforma completa: completa digo, no violenta ni inconsiderada" (p. 65). Y, en otro lugar del mismo "Bosquejo", se expresa en parecidos términos: "Si los americanos españoles logran establecer esta libertad intelectual o moral (llámese como quisiera) el camino de mejorar su condición, y elevarse en la escala de la civilización, está abierto" (p. 66). Como Unamuno en sus sonetos de Fuerteventura y de París, como Cernuda en sus páginas de Ocnos, rememorando escenarios sevillanos desde la lejana Escocia en el año 1942, como tantos otros trasterrados, españoles de la España peregrina, España estuvo en el centro de su numen por voluntad y por destino.
En la biografía de Blanco, España y su suerte, en la común tarea con las demás naciones europeas y americanas de deshacerse del despotismo e inaugurar la nueva era de las libertades, tiene una determinación absoluta. El conocimiento del estado de cosas de su país y la voluntad de reforma alientan al unísono. Pocos autores de la órbita hispana encontraremos mejor respaldados de abundantes conocimientos, perfectamente encajados en las realidades concretas, y más ansiosos de aventurarse vivamente. Si leemos o releemos las inolvidables Cartas de España, notaremos de inmediato y a cada paso ese extremo. Blanco se conduce con la amena pluma del buen costumbrista, abriendo momentos muy fértiles de reflexión, sin escamotear, antes bien, insistiendo en el análisis de la agobiante y funesta influencia que ejercía sobre la sociedad española la iglesia. Blanco no indagó nunca en ese problema con la elevación y abstracción del sociólogo o historiador, sino con la más severa introspección. En el dolor, en el desgarro de su propia vida emocional e intelectual, Blanco despejó los males de su patria, al tiempo que la razón de su huida. Sentía la aplastante influencia de una religión cerrada, carente por completo de interioridad y celosa de medrar en sus privilegios. Lo avieso del poder del trono y del altar lo sentía Blanco estrechando el cerco en la intimidad de su corazón. Sigamos, aunque brevemente ‹sus lectores tendrán tiempo de hacerlo por extenso‹, los pasos de su justa introspección. Refiere Blanco, en la Carta Tercera, un episodio de su adolescencia. En el camino para el sacerdocio, y cuando contaba quince años de edad, Blanco fue ejercitante de unos Ejercicios de san Ignacio que impartía el padre Vega ‹personaje admirablemente sondeado en la mencionada carta ‹ de verbo impresionante. El director de tales ejercicios hizo saber al muchacho ejercitante que, puesto que conocía el paradero de un libro prohibido en posesión de un amigo suyo, debía, sin más espera, denunciar a su amigo ante la Inquisición. La explicación del Blanco maduro, escritor de las cartas, ante su propia confusión juvenil, es un ejemplo magnífico de introspección que transparenta su carácter. "Pero no puedo decir ‹afirma Blanco‹ si fue mi corazón o mi cabeza la que, a despecho de mi amedrentada imaginación, me decidió a contrarrestar el ciego celo de mi confesor."
1 En las cartas, no da Blanco razón de cómo contrarrestar aquella impostura de su confesor, pero en magnífica y documentada nota de Antonio Gárnica, se nos ofrece la clave: Blanco consiguió de su confesor que le diera la absolución "con la única obligación de que advirtiera a su amigo que debía deshacerse del libro." 2 Gárnica ha documentado este episodio a partir de la autobiografía de Blanco, de la que se ocupó Juan Goytisolo al reunir, traducir y publicar la obra inglesa de nuestro autor. El amigo en cuestión era Manuel María del Mármol, personaje muy unido a la juventud sevillana de Blanco, y la obra era un tratado de Muratori en el que se desaprobaba el voto solemne, según el cual quien lo formulara estaba dispuesto a perder la vida antes que admitir que "la Virgen fue concebida en pecado original". Más allá del detalle biográfico, Blanco revela las notas de su carácter: "...la impresión que recibí (en aquellos ejercicios) me hubiera debilitado para toda la vida y hubiera reducido mis facultades intelectuales casi a la imbecilidad, si la naturaleza no me hubiera dado una inteligencia rebelde de nacimiento, tal vez como compensación a un corazón demasiado blando y débil" 3. Junto a ello, continúa poco más adelante Blanco, "un innato amor a la verdad, que ya apareció con las primeras luces de la razón, y una constante perseverancia para seguirla en la medida de mi capacidad" 4. Estas palabras, dichas por quien fue en grado sumo pensador y poeta, no pueden ser entendidas a la ligera. Blanco resolvió su problema religioso, después de muchos tormentosos y doloridos avatares, en una religión abierta, libre de dogmas, que no pone la virtud en "rito externo", sino que escucha internamente, interiormente, la voz de Dios. Acaso en sus tallados versos del soneto Night and Death esté comprimida toda la religiosidad de Blanco. Ese corazón que él ‹demasiado exigente‹ tildaba de blando y débil, debía ser manso, no más, y en íntima armonía con su razón. Blanco encauzó su corazón en el poeta y, desde él, fluye una razón apasionada.
Razón apasionada es el Blanco que leemos en los Ensayos sobre la Intolerancia. El defensor de la libertad que sabe al mismo tiempo de las debilidades y flaquezas que llevan a preferir en secreto la tiranía. "Porque (sea dicho sin escándalo) es más cómodo vivir en un gobierno en que está consolidado el despotismo, que en la república fundada sobre los principios más libres" (p. 78). No se olvide que estas palabras están escritas en el Semanario Patriótico, asociado a la Junta Central, pero suspendido por la propia Junta, a causa del exceso de algunas ideas.
Llorens nos recuerda el recelo con que la Junta veía el semanario: "desde el principio vio con desagrado las ideas expuestas, aunque muy veladamente, por Blanco, el cual consideraba que la prosecución de la guerra debía ir unida a un cambio político" 5. Blanco conocía bien España como para no dejarse llevar por ensoñaciones vaporosas sobre la libertad. En él, la libertad es un grito plagado de conciencia. Al contrario que en el gobierno despótico, en el que se medra mediante la adulación servil o el soborno, "¡qué afán, qué desvelos en un gobierno libre! La atención a los intereses públicos ocupa hasta al menor de los individuos" (p. 78).
Hasta ese cambio aspiraba Blanco, hasta el gobierno libre de un pueblo amante de sus derechos. Quizás ese fue el mayor desvelo hasta su muerte y el común denominador de su obra y su mente, una 'rara avis' en el solar carpetovetónico de su tiempo; un liberal en la más franca acepción de la palabra, en la cima que atesora la Ilustración y se aventura hacia el Romanticismo.
Como liberal, Blanco debía tratar la cuestión de la tolerancia, que es una de las cruciales en la teoría política. Tratándose de España, también la cuestión de la tolerancia es crucial. Nada más pertinente, por tanto, que una antología de sus artículos se forme con ese criterio de selección. En realidad, sobre lo que versa esta antología que comentamos es sobre la intolerancia. Moreno Alonso concede importancia al hecho de que Blanco se haya ocupado de los fenómenos intolerantes de nuestra historia y no haya proporcionado una definición de tolerancia ni haya examinado pormenorizadamente sus implicaciones. Pero la verdad es que da igual examinar una cuestión en positivo o en negativo; la mente del lector sólo necesitará hacer un pequeño esfuerzo para obtener la conversión oportuna y, puestos a hablar de España, naturalmente, es la intolerancia la que es una constante enervantemente obsesiva. ¡Pobres de nosotros, los españoles, los que somos ahora y los que fueron antes! ¡Pobres hasta de los que tienen el poder ahora, y lo tuvieron antes, de los que son y fueron intolerantes, y nos someten en su intolerancia! ¡Pobre de esta España, que es una parte tan importante de nosotros mismos y que está siempre tan cerca de ser un yermo moral e intelectual, como si finalmente el clima y la moralidad tuvieran la vinculación que aventurara Montesquieu!
Porque ése es el efecto de la intolerancia, la ausencia de la moralidad, la generalización del servilismo: "El entendimiento humano ha estado en completo vasallaje en todos los dominios de España. Todo español se ha visto obligado a pensar, o por lo menos, a hablar y escribir con arreglo a ciertas fórmulas y principios establecidos, so pena de los castigos más enormes que se conocen en la sociedad humana ‹prisiones, confiscaciones, infamia, tormentos, y muerte" (p. 51).
Causa de tanta desdicha, sólo una: la alianza del trono y el altar, ayuntamiento del poder temporal y el espiritual que provoca un totalitarismo irresistible: "Yo no he visto en España más que católicos. No hay uno que no dé la prueba más sagrada de ello, a lo menos cada año. ¿Quién es el que no recibe la comunión cuando lo manda la Iglesia? ¿Quién es el que no se presenta en los templos, en los días que obligan a ello?" (p. 127). Es una constante en España que el poder político sea ocupado por una iglesia que se imponga sectariamente con convicción de impunidad, sabiendo que ninguna otra secta pudiera hacerle sombra luego, por lo que no hay que hacer concesiones a un "juego limpio" que no se ve como necesario, al no concebir los poderosos que pudieran llegar a verse en una minoría necesitada de una oportunidad. Cierto es que, en la España actual, la secta preponderante ya no es religiosa y la pena para el ajeno a la secta no pasa del ostracismo, sin que llegue a los extremos de confiscación de vidas y haciendas de que hablaba Blanco, salvo por lo que se refiere al País Vasco; pero es que en este territorio norteño sí sigue vigente aquella alianza del trono y el altar que ya no rige en el resto, bien que desde hace poco.
El gran problema que plantea el sectarismo totalitario (no tanto el sectarismo que, por ser múltiple, como el anglosajón, tiene que ser tolerante) es que genera una gran hipocresía. Los seres humanos somos inevitable y felizmente diversos en intereses y opiniones, por lo que la unicidad forzada de una sola iglesia excluyente no puede ser más que aparente, enmascaradora de un descreimiento vital y de una alienación paralela: el poder totalizante es siempre algo ajeno a la mayoría, que termina por verlo sólo como un mal inevitable, con el que hay que aprender a sobrevivir en los márgenes vitales que se escapan a su afán controlador, si no se puede usar como un medio para medrar. Para un cristiano de verdad, como Blanco White, el desgarro interior tuvo que ser insufrible. Pero, aún para los no creyentes, la situación no podía ser más trágica. Los españoles estaban dispuestos, lo hemos estado siempre, a matar a quien pensara diferentemente, por el solo hecho de la disidencia pensada, a poco que ésta se exteriorizara. A matar de un modo atroz, en la hoguera. Y a hacerlo masivamente. Todavía recuerda Blanco que en Sevilla existía el llamado Quemadero, una sólida construcción, no un cadalso ocasional, en la que se achicharró a más de mil personas sólo en los primeros cuatro años de su funcionamiento. Es todo un cultivo del horror y de la muerte, como la anécdota goyesca que nos cuenta el autor de su paso por tierras extremeñas: En un pueblo, los vecinos se lanzan a la calle embriagados por el espíritu de la rebelión frente al francés. El alcalde, con ánimo conciliatorio, se dirige a ellos: "‹¿Qué queréis?".
‹"Matar a alguien", respondió uno de los cabecillas de la masa.
La intolerancia religiosa no decae con el presunto triunfo liberal de las Cortes de Cádiz. Queda abolida la Inquisición (la restauraría en seguida el rey felón, el Narizotas), pero sólo para reinstaurar el proceso de las Partidas ("¡A ese estado había reducido la superstición armada a una nación generosa! Para empezar a moverse hacia el puesto que debían ocupar, tiempo ha, en la escala moral de las naciones se ve precisada ‹la España‹ a volver al que tenía en el siglo XIII") (pp. 135-136).
Blanco llega a caer en la desesperanza; como señala Moreno Alonso, comienza a firmar sus ensayos como Juan Sintierra, desengañado de la confianza de poder reconocer en España un lugar a la medida de su necesidad de civilidad: "¿Será posible que la lengua en que esto se escribe, esté destinada para siempre a no expresar más que ideas que el mundo civilizado no puede oír sin desdén?... Sin alumbrar los entendimientos, afinar el gusto, y elevar el tono general de la opinión pública, en vano se hacen constituciones y se publican leyes... Donde el entendimiento esté en cadenas, ninguna reforma puede prosperar" (p. 65). Y, en medio del saludo alborozado a las primeras independencias americanas: "España (con dolor lo repito y con pena lo he creído por mucho tiempo) España es incurable... La ignorancia mantiene a la superstición y la superstición a la ignorancia. Así seguirá (si Dios por medios extraordinarios no lo remedia) de generación en generación, de siglo en siglo, desmoronándose poco a poco, y destrozándose por sus manos, de cuando en cuando" (p. 196).
Motivos para la desesperanza no faltaron, desde luego; la invasión francesa, primero, y la reacción absolutista, después, tuvieron que sumir en la desesperació a aquella generación de liberales que podía haber ayudado a que las cosas fueran de otro modo. Dos tragedias, cuando todo parecía ir finalmente bien, que prefiguraban la propia tragedia del destino personal de Blanco White, como de tantos otros entusiastas liberales, como el del propio Jovellanos a quien dedica un sentido elogio fúnebre, que acabaron siendo un ejemplo del destino sacrificial que les estaba reservado, como los héroes románticos que fueron en una fecha bien temprana para la difusión de los ideales apasionados. Primero, vino la tragedia de los afrancesados; los más patriotas, a fuerza de enaltecer a la Nación frente al Poder, tuvieron que sufrir la invasión extranjera por parte de quienes consideraban sus hermanos de ideas. Luego, la felonía del Trono y la reacción, haciendo gritar a sus recuperados súbditos vivas a las caenas. A Blanco pudo alcanzarle la sorpresa por el curso de los hechos, pero no por el resultado final. Su opción por los planteamientos de la filosofía política anglosajona, en detrimento de la de filiación francesa, se lo impedía. Tenemos clara esa opción en su elogio de Burke; como Blanco, Edmund Burke fue un romántico avant la lettre y, también como él, alérgico al racionalismo abstracto y universalizante que acaudilló la Revolución Francesa. Estamos, ciertamente en la época de las guerras napoleónicas, de las guerras peninsulares; pero Wellington fue efecto, y no causa, del anti-revolucionarismo británico. Tenemos aquí dos nociones de libertad enfrentadas; las que podríamos llamar libertad a la inglesa y a la francesa. La libertad a la francesa es radical (toda la libertad, ahora toda la libertad, libertad a sangre y fuego) y una libertad filosófica, no de hacer lo que se quiera, sino con un contenido establecido apriorísticamente mediante la indagación filosófica de la extensión del campo racional de la libertad. La libertad a la francesa, por responder mucho al genio latino, nos es familiar también en España, y en eso radica una de las principales críticas de Blanco a la Constitución de Cádiz (la otra gran crítica era por la confesionalidad católica de la Constitución) que terminaron por aislarlo también del resto de los liberales españoles, como ya lo estaba de los reaccionarios. Consideremos estas dos críticas.
La libertad a la francesa se corresponde con el pensamiento de que todo está cumplido cuando se enuncia un principio general: proclamamos solemnemente el derecho a la libertad universal y, por esa sola enunciación, la libertad queda hecha.
Es, diríamos, la concepción divina del verbo. Un verbo cuyo carácter divino, de verdad radical, lo priva de cualquier posibilidad de compromiso pragmático, de ajuste con la realidad; no está hecho para transformar la realidad, sino para crearla, dado lo inmerecido de la existencia de lo existente. Una manifestación muy hispánica de esta verbalidad sacratísima la constituye la fe en la virtualidad taumatúrgica de la ley. Si existe un problema, hagamos una ley y desaparecerá el problema. Pero luego está lo que antes llamábamos "genio latino" (más de la latinidad católica que de la clásica): las leyes son órdenes de los poderosos, ajenos a nosotros, el pueblo, a quienes no se nos permite ni leer por nosotros mismos la palabra de Dios, acceder al Verbo; poderosos, por tanto, a quienes no se debe lealtad alguna; lo mejor, entonces, es desobedecer las leyes, si puede hacerse sin que se advierta, sin que se desaproveche ocasión alguna de medrar al resguardo de ese poder que se desprecia como "alieno". Pero, si alguna vez se excede la capacidad de disimulo, si ya la picaresca no es bastante para vivir y para sufrir, entonces la libertad a la francesa, absoluta, se hará valer en mar de sangre y cabezas cortadas.
La libertad a la inglesa es antigua, paulatina, pragmática. No es totalizante; existe más una multitud de pequeñas libertades concretas que una gran libertad abstracta. No se impone a la realidad, sino que es resultado de ella, de arreglos, de componendas entre la ciudadanía y el gobernante, rey o parlamento. La libertad no depende de solemnes proclamaciones legislativas, sino de tribunales imparciales y confiables (¡En ésas andamos todavía!): "En Inglaterra, no hay catecismos constitucionales, ni constitución portátil de faltriquera: el pueblo sabe poco o nada de principios abstractos, pero no hay hombre tan rústico que ignore los medios prácticos de defenderse contra la opresión, si se intenta contra su individuo. La ley llamada Habeas Corpus vale más a favor del pueblo que cuantos principios generales se pueden hallar sobre su libertad y sus derechos... Aún sería inútil una ley semejante, si los tribunales no están establecidos de modo que sean órganos fieles de la voz de la justicia, y como tales venerados religiosamente del pueblo" (pp. 178-179). "Más hubieran hecho las Cortes en favor de la libertad de España introduciendo el juicio de jurados, y haciendo conocer sus ventajas a la nación que declarándola mil veces soberana. El pueblo no puede creer en soberanías en que tiene tan poca parte, y de que tan poco bien individual le resulta" (p. 170).
Desafortunadamente, no podemos demorarnos más ahora en la consideración de todos los temas de los que se ocupa Blanco en este libro que puede sustituir con ventaja, por sernos más próximo, a otros clásicos de la teoría política liberal.
Enumeremos tan sólo los fundamentales: unidad del saber, sin que se pueda sustraer una parcela sin que se resienta el resto; la antigüedad clásica y la naturaleza como fuentes de conocimiento; la necesidad de la selección en la Universidad; la importancia del enfoque analítico-lingüístico en la teoría política; la aversión a las masas y a su conducta; la necesidad que sean solos el azar y el mérito quienes dictaminen las recompensas; la importancia de la libertad de expresión para la constitución del tribunal de la opinión pública y la instauración de la libertad; el análisis del procedimiento inquisitorial como antítesis del ilustrado... El ensayo sobre la libertad y la igualdad, finalmente, tiene que destacarse como especialmente ilustrador sobre esos dos principios básicos del pensamiento liberal. Hay que repristinar las palabras, que van siendo desgastadas por su mal uso, hasta llegar a no saberse qué se quiere decir con ellas. Libertad no puede significar anarquía.
Igualdad no puede significar que ahora manden los que antes obedecieron. La implantación positiva de la libertad y la igualdad, más allá del límite de lo que sea necesario para el logro de la socialidad, es despotismo. No se puede acabar esta reseña sin una alusión a algunos rasgos de la edición que hace Moreno Alonso. Cambia la mayoría de los títulos de los ensayos. Ninguno de estos cambios nos parece justificado (como en el segundo ensayo, que troca su elegante y expresivo "De los nombres libertad e igualdad" por un manco "Qué es la libertad"), cuando no se distorsionan seriamente su significado y el alcance que les quiso dar el autor (el caso del sexto ensayo), o se sustituye la sobriedad expresiva de "Sobre la Inquisición" por "La Inquisición, culpable", más propio para encabezar una sesión de moralina de un cine club salesiano de los años 60 (del siglo pasado). Resulta discutible, por otra parte, la oportunidad de poner al día, como ha hecho Moreno Alonso, la ortografía, ya que la original se entiende perfectamente.
Pero no parece un buen aviso, de ninguna manera, el de alterar la puntuación; los cambios de sentido que se pueden producir con este método son demasiado importantes. Fuera de estos extremos, sólo caben elogios a la labor de recuperación de los textos de Blanco White, que nunca debieron llegar a caer en ese desván polvoriento en el que han estado.


Alfonso Lázaro Paniagua - Manuel Escamilla Castillo
Blanco White, José María,
Ensayos sobre la intolerancia, edición de Manuel Moreno Alonso,
Caja San Fernando, Sevilla, 2001.

José María Blanco White, intérprete de Shakespeare: pasajes traducidos y reflexiones críticas

El apellido de Blanco White, adoptado por José María Blanco Crespo después de su adherencia en Inglaterra a nueva patria y religión, simboliza las dos corrientes en lucha, cultura y espiritual, que se cruzan a lo largo de su vida. En el prefacio a la segunda edición (1825) de sus Letters from Spain, que le dieron renombre y salieron bajo el seudónimo de Don Leocadio Doblado, explica Blanco White el origen y motivo del seudónimo, no como "disfraz" de su verdadero nombre, sino como identificación del mismo: "Leocadio está derivado de una raíz griega que significa blanco, nombre al que le fue añadido la palabra Doblado para aludir a la repetición de mi apellido en su traducción española". En otro de sus escritos, "Despedida del autor de las Variedades a los hispanoamericanos", Blanco White añade que la "dificultad de pronunciación y ortografía ha hecho que en España me llamen Blanco comúnmente". En carta a sus padres el 24 de septiembre de 1812, ofrece otro motivo de adoptar el doble apellido: "La necesidad de no perder mi verdadero nombre en la tierra de su origen y la de no ocultar el que el uso general me había dado, me hizo adoptar el de Blanco White sin la pesada y ridicula adición del alias".
En efecto, la españolización de su apellido, señala Méndez Bejarano, comenzó a manifestarse en tiempos de su abuelo, William White, quien había emigrado de Irlanda a principios del siglo XVIII, y con mucha más frecuencia en el caso de su padre, don Guillermo White: "unas veces hallamos la forma Blanco, alias White, otras White alias Blanco, y por ambos apellidos indistintamente se le designaba". Con el apellido materno - era su madre doña María Gertrudis Crespo y Nevé, emparentada con la antigua nobleza sevillana6 - se le conocerá generalmente como José María Blanco y Crespo, correspondiente a la etapa de su vida en España entre 1775, fecha de su nacimiento en Sevilla, y 1810, año en que se expatriaba voluntariamente a Inglaterra, con el firme propósito de no volver a su tierra natal.
Varios son los lugares a lo largo de su obra en que Blanco White explica los motivos de la expatriación voluntaria que se impuso a sí mismo. En su Autobiografía, al tratar del avance de las tropas francesas hacia Sevilla, y la "huida" de la Junta Central a fines de enero de 1810, revela su determinación tomada años antes de abandonar el país: "Durante varios años había estado fraguando en mi interior el propósito de irme de mi patria y de tal manera me había identificado con él que apenas tenía pensamiento o deseo ... que no estuviera relacionado con mi proyecto".
Las circunstancias políticas del momento, añade, le hacen posible realizar sus deseos, no encontrando oposición aun en aquellos que antes habían entorpecido las posibilidades de salida. Alude concretamente a sus padres que "temían que los partidarios de José Bonaparte me pudieran ganar para su partido"; el fervor patriótico nunca abandonó a Blanco, ni se cumplieron los temores de sus padres "de fuertes sentimientos antifranceses", pero tampoco sabían la determinación de Blanco de no volver a su país. En el fondo, el motivo que le infunde a marcharse de su país es religioso, al no poder reconciliar sus ideas de "libertad intelectual" y rebelión contra el dogma con las exigencias del sacerdocio: "De permanecer en el país tendría que seguir siendo sacerdote y hubiera estado condenado a vivir en contradicción con mis propias ideas hasta el día de mi muerte. La libertad intelectual me atraía de forma irresistible y ahora que la veía a mi alcance no había nada en el mundo que pudiera arrebatármela".
Los primeros años de Blanco White en Inglaterra representan un período de aclimatación que Vicente Llorens ha caracterizado de reeducación "como inglés. La lengua inglesa se convierte en continuo motivo de estudio al aumentar su percepción de "la penosa deficiencia de no poder expresarme satisfactoriamente en la lengua del país", y viendo que "cuanto más progresaba en el conocimiento de la lengua más claramente veía lo inadecuadamente que podía expresar mis pensamientos en inglés. ... Durante muchos años estudié incansablemente la lengua del país". No dejó Blanco de cultivar su lengua nativa a su llegada a Inglaterra, pero sí la relegó a un plano secundario, oscilando en su actitud hacia ella. En abril de 1810, dos meses después de llegar, emprendió la publicación de El Español, periódico mensual de fuerte resonancia política, que duró hasta 1814 y que tuvo por objeto "defender la causa de España y la alianza con Inglaterra frente a Napoleón". A favor de la causa de España, abogó Blanco por cambios y reformas políticas en conflicto con la posición oficial del gobierno español, iniciándose una fuerte reacción o "animosidad" contra él. Agotados sus esfuerzos, y moderando su posición política, Blanco suspendió el periódico después de la vuelta de Fernando VII y anular éste la Constitución. La labor de Blanco en El Español fue acompañada a la vez no sólo del estudio de la lengua inglesa, sino que se dedicó con gran "perseverancia" al estudio del griego, dándose cuenta de "que para pasar por hombre culto en Inglaterra era indispensable el conocimiento" de esta lengua. Sus preocupaciones religiosas cobran nueva vida y le llevan al estudio de la religión cristiana. "El estudio de la religión cristiana vino a ser también una ocupación casi diaria por este mismo tiempo", produciéndose un cambio en la aparente incredulidad en que estaba en España. En 1812 se convirtió al anglicanismo, año en que también comienza, en inglés, su "Privare Journal", en el que da cuenta de su evolución espiritual hasta 1826. En 1814, después de suspendido El Español, "firmó la profesión de fe necesaria para ejercer el sacerdocio" en la Iglesia anglicana.
De El Español pasamos a otra publicación periódica, Variedades, o Mensajero de Londres, publicación trimestral cuyo primer número apareció en enero de 1822 y terminó en octubre de 1825, también dirigida y redactada por Blanco White. Ambas publicaciones constituyen la labor fundamental de Blanco en castellano durante su vida de emigrado en Inglaterra, si excluimos su correspondencia, alguna traducción del inglés al español y composiciones varias en prosa y verso. A diferencia de El Español, Blanco dio cabida en Variedades a diferentes materias de fondo literario y artístico, y se distingue, además, por ser la publicación en que Blanco imprimió sus traducciones de pasajes de dramas de Shakespeare, precedidas de una introducción crítica. La oferta de la dirección del periódico, encaminado a los lectores hispanoamericanos, se la hizo a Blanco el conocido impresor alemán, Rudolph Ackermann, llevado del éxito de la publicación de Letters from Spain, publicadas en parte en 1821, en The New Monthly Magazine, antes de aparecer la edición completa de 1822.
Blanco White vaciló bastante antes de aceptarla, no amoldándose espiritualmente a volver a escribir en su propia lengua si consideramos que había iniciado ya desde 1814 su vida de escritor en lengua inglesa. En sus recuerdos autobiográficos correspondientes al "Esbozo de su mente en Inglaterra (1812-24)", declara que desde que suspendió la publicación de El Español apenas si escribía una carta en castellano y que por muchos años había abandonado totalmente el hábito de pensar en español.
Por eso, cuando intentaba acostumbrarse de nuevo, por poco frecuente que fuese, le resultaba doloroso. En situaciones semejantes pone en duda su propia identidad, como temiendo que despertar de un sueño triste y asegurarse a sí mismo que no está de vuelta en el país natal, que le inspira aversión y amor. Es éste un claro ejemplo de la lucha que Blanco White libra consigo mismo en torno a su identidad. Blanco vence sobre White - un ejemplo no disimilar a otra indagación que, en torno a su evolución religiosa, tituló "The Examination of Blanco by White" ‹ apoyando su aceptación de la oferta de Ackermann, en uno de los fines de Variedades, de constituir "un vehículo de informaciones útiles para pueblos [hispanoamericanos] que hablan una lengua en que no abundan libros que los orienten y eduquen".
Las traducciones de Shakespeare por Blanco White que aparecen en el primer número de Variedades se limitan a tres pasajes, dos de Hamlet y uno de Ricardo II. De Hamlet traduce el monólogo de "Ser o no ser" (Acto III, escena i) y la escena entre Polonio y Reynaldo al comienzo del Acto II. Del drama histórico Ricardo II, Blanco tradujo el parlamento de Thomas Mowbray, duque de Norfolk (Acto I, escena III), al ser éste desterrado por el rey para "nunca volver", y en que lamenta la desdicha de tener que vivir entre aquéllos que no entienden su idioma.18 Blanco encabeza la traducción con estas palabras: "En el drama intitulado Ricardo II, condenado a destierro pinta el desconsuelo y pena de tener que abandonar el idioma nativo por uno extranjero". Citamos unas líneas claves de este pasaje en verso libre, a base de endecasílabos, y en aproximación métrica al verso blanco empleado por Shakespeare:

Severa por demás es mi sentencia
Y tal, Señor, cual no la esperaría
De vuestra boca. Si algo he merecido
De parte de mi Rey, no es la amargura
De ser así arrojado al ancho mundo.
El idioma patrio que he aprendido
Más de cuarenta años, me es inútil
De hoy en adelante
Con doble cerco habeisla aprisionado
En mi boca, Señor;
Si del nativo aliento, de esta suerte,
Me priváis, o mi Rey, daisme la muerte.

Este pasaje muestra un marcado parecido con la situación del propio Blanco, y con el cual él mismo se identifica: "firme como he permanecido en mi resolución de no volver nunca a España, la única pérdida que la experiencia del exilio me haría temer si se pudiera revivir el pasado sería mi lengua nativa". Pocos ejemplos, si alguno, agrega Blanco, de los muchos que hay en "las obras de Shakespeare de sorprendente conocimiento de la naturaleza humana", le han impresionado tanto como el que se encuentra en el referido pasaje. En el prólogo que precede estas traducciones, "Traducción poética de algunos de sus dramas", vemos el motivo del reducido número de pasajes traducidos por Blanco, a la vez que su honda admiración por Shakespeare y lo que ve como imposibilidad de verter en otra lengua "las bellezas" que Shakespeare expresó en la suya. Ni sería posible darlo bien a conocer a los que no "la [lengua] entienden con perfección ... Ni bastaría tampoco saber inglés, aprendiéndolo en libros y textos de este país ... Sólo una residencia de muchos años en Inglaterra y un estudio incesante de la lengua" pueden capacitar a un extranjero para el goce de estas bellezas.
¿Cómo atreverse a ofrecer "retazos traducidos" de "obras intraducibies"? Su intención, afirma, es "dar alguna idea a los lectores españoles, no de las bellezas de Shakespeare, sino del tono de sus pensamientos y la originalidad de su ingenio". Era corriente en el siglo XVIII referirse a aquellos pasajes de Shakespeare que infundían sabiduría y virtud como bellezas, y es éste el sentido que hemos de inferir de los "pensamientos" que quiere impartir Blanco White. Pero, como es difícil separar la belleza Blanco White, intérprete de Shakespeare poética del pensamiento que encierra, el sentido que imparten estos dos conceptos es fundamentalmente el mismo. La clave para Blanco en poder comprender a Shakespeare yacía en el uso del lenguaje. No hay otro escritor en cuantos conoce, que "se parezca a Shakespeare en este uso del lenguaje. Una expresión, una palabra sola de este hombre extraordinario dice más a quien lo entiende, que un tomo entero de otros". En especial subrayó la importancia de la metáfora Shakespeariana, anotando en su diario años después que el obstáculo en Shakespeare no yacía en la ausencia de las unidades, sino en "la novedad y atrevimiento de sus metáforas".
Blanco también advierte en el prólogo al lector contra las "declamaciones de los autores franceses que hablan de Shakespeare como de un loco o extravagante", sólo porque se fijan en los pasajes que son verdaderamente defectuosos sin apreciar los que son inimitables. Blanco concede que hay ciertos defectos que se pueden achacar a Shakespeare, relacionados con los "delirios" del teatro de su tiempo, pero quedan contrarrestados por su genio innato, no sujetándose a "otras reglas que a las impresiones poderosas y vivísimas de su alma". Finalmente, advierte a sus lectores que "no se fíen de traducciones", porque son pocos los pasajes de Shakespeare capaces de traducción, "y ninguno que después de traducido conserve el sabor exquisito del original".
Las ideas que Blanco expresa en el prólogo sientan la base de su actitud crítica hacia Shakespeare, y hubieron de forjarse en el largo período de estudio y convivencia con la lengua y obras del dramaturgo inglés, punto claramente indicado en su Autobiografía, diarios y correspondencia. Por ellos vemos que Shakespeare fue un tema recurrente y que la atracción de Blanco hacia él comenzó a manifestarse muy pronto después de su venida a Inglaterra. Con fecha del 16 de marzo de 1837, señala que su admiración por Shakespeare ha aumentado con los años mucho más que en relación con la que siente hacia otros grandes poetas. Aunque a su llegada a Inglaterra, hasta cierto punto había hablado la lengua del país desde su niñez, no la comprendía lo suficiente para penetrar en el espíritu de los dramas de Shakespeare: "Sin embargo, había en ellos personajes y pasajes que admiraba y que, por la atracción especial que ejercían, me veía atraído constantemente hacia estas obras". Y aun sin que haya hecho un estudio particular de los dramas de Shakespeare, agrega, tampoco se ha apartado de ellos por largo tiempo.
Hemos de ver a Hamlet y Ricardo II como ejemplos de esos dramas que influyeron de un modo especial en Blanco White, y que sin ser objeto de un estudio concreto, se convierten en materia de exploración artística y filosófica. Hamlet, sobre todo, viene a ser el eje de sus reflexiones en torno a Shakespeare, siendo la obra más representada en traducción. Blanco fue el primero en traducir fielmente a Shakespeare después de la versión de Hamlet de Moratín en 1798. El monólogo de To be or not to be" también lo traduce Blanco White en verso libre, y en aproximación métrica al verso blanco yámbico pentámetro que predomina en Hamlet.
Al optar por la traducción en verso en lugar preferente a la prosa, Blanco White afronta lo que se ha caracterizado como uno de los dos "conflictos básicos", entre "forma" y "contenido", inherente a toda traducción, más aún si la forma es de carácter especializado como en la poesía: "Lyric poetry obviously cannot be adequately reduced to mere prose, for the original form of the "song" must be in some way reproduced as another "song". The meter may be different, but the overall effect must be equivalent if the translation is to be in any sense adequate". La versión de Blanco White se atiene a este principio, impartiendo el efecto poético del monólogo sin que se reproduzca cuantitativamente el metro original. Desde el punto de vista de la significación o sentido del texto, podemos decir en relación con éste y los otros dos pasajes traducidos, que Blanco White respeta el carácter del original, aunque supeditando a la recta interpretación del texto la reproducción literal. En este sentido Blanco White, intérprete, antecede al traductor.
Al traducir "Ser o no ser - he aquí la grande duda" ("To be, or not to be: that is the question"), Blanco capta desde un principio el tono introspectivo que matiza los pensamientos de Hamlet en torno a la existencia y al suicidio. Al emplear la palabra duda en lugar del término equivalente al del texto transmitido, cuestión, Blanco White logra el efecto deseado en realzar la idea central del monólogo, y la indecisión que caracteriza al personaje. De modo semejante, las indagaciones que siguen de Hamlet, al comienzo del monólogo:

Whether "tis nobler in the mind to suffer
The slings and arrows of outrageous fortune
Or to take arms against a sea of troubles,
And by opposing end them. To die - to sleep -
No more; and by a sleep to say we end
The heartache, and the thousand natural shocks
That flesh is heir to. "Tis a consummation
Devoutly to be wish"d. To die ‹ to sleep.
To sleep - perchance to dream: ay, there"s the rub!

las expresa Blanco White con todas sus implicaciones filosóficas, y mientras no se adhiere literalmente al texto, el orden y modo en que se vierten las palabras revelan precisión lingüística y conceptual en estrecha relación con el original:

Ser o no ser - he aquí la grande duda.
¿Cuál es más noble? ¿Presentar el pecho
De la airada fortuna a las saetas
O tomar armas contra un mar de azares
Y acabar de una vez? - Morir - Dormirse -
Nada más - y escapar con sólo un sueño
A este dolor del alma, al choque eterno
Que es la herencia del hombre en esta vida.
¿Hay más que apetecer? - Morir - Dormirse -
¡Dormir! - Tal vez soñar - Ai está el daño.

Es a este punto, cuando Hamlet repite una segunda vez "To die - to sleep. / To sleep - perchance to dream: ay, there"s the rub!", que Blanco White, sencillamente adhiriéndose al texto ("¡Dormir! - Tal vez soñar - Ai está el daño."), recoge el tono inquietante de Hamlet sobre la existencia del hombre después de esta vida.
Aunque Blanco comentó diversos aspectos de la tragedia de Hamlet desde el punto de vista de la interpretación del texto y enjuiciamiento artístico, no dejó nada impreso sobre este famoso monólogo, excepto la frase aclaratoria "Sobre la Muerte y el Suicidio". En cuanto a la escena entre Polonio y Reynaldo, también va precedida de una aclaración, "De un Cortesano, viejo, vano, y entremetido", seguida de un breve comentario crítico que enjuicia el carácter del personaje, no desemejante al modo en que lo presentó Moratín, "viejo ridículo, presumido, entremetido, hablador infatigable", pero alabándolo como creación cómica del gran talento de Shakespeare, alabanza también implícita en el comentario de Blanco. En contraste con el tono sombrío y filosófico del monólogo de Hamlet, Blanco se apropia admirablemente de nuevos giros del idioma conforme a las circunstancias en que se desarrolla la escena, en que se trata de las instrucciones de Polonio a su sirviente Reynaldo sobre el modo que éste ha de emplear en percatarse disimuladamente de la conducta de su hijo Laertes, en misión de enviarle dinero y cartas. A juzgar por las traducciones y prólogo que aparecen en el primer número de Variedades, vemos que Shakespeare está firmemente arraigado en la formación cultural de Blanco White, y que éste sale triunfante en su misión de dar a conocer a los lectores españoles - léase también hispanoamericanos - algunos pasajes de las obras de Shakespeare. Por su Autobiografía, diarios y correspondencia, seguimos viendo en años sucesivos diferentes alusiones críticas y reflexiones filosóficas sobre Shakespeare, que sin formar cuerpo formal único, revelan un hondo estudio y compenetración con la obra de Shakespeare. En sus últimos años vivió recluido en Liverpool, donde tras nueva crisis religiosa y defección de la iglesia anglicana, se había acogido al unitarismo. En Liverpool comenzó a colaborar en la revista The Christian Teacher, órgano de la secta unitaria, produciéndose un nuevo retorno a Shakespeare en ensayos de carácter más sistemático que confirman e intensifican su estudio y admiración por el dramaturgo.28 Blanco White muere en Liverpool en mayo de 1841, no habiendo vuelto más a España, como había profetizado, pero añorando ahora su patria y lengua nativa, a la cual retorna en composiciones poéticas reminiscentes de su juventud y tiempo ido.


Pilar Regalado Kerson
Central Connecticut State University

Las ideas de Blanco White sobre Shakespeare

La etapa final de la vida de Blanco White es, si no llevamos demasiado lejos la comparación, la gran desconocida. Usualmente se ha visto despachada de un plumazo con las consabidas referencias a su abandono del anglicanismo, su refugio afectivo entre los unitarios de Liverpool y el progresivo avance de una enfermedad que culminaría en 1841. Sin embargo, éste es, si cabe, el momento más radicalmente trascendental de la existencia de nuestro autor. Desde el punto de vista literario, se deben a las especulaciones ideológicas de estos años algunos de los escritos donde se muestra más a las claras cuál es la vía -si autónoma de afecciones explícitas exclusivas no por ello menos trasparente para un observador mínimamente familiarizado con Blanco- que se ha desarrollado progresiva y orgánicamente desde muy temprano. En cuanto al aspecto religioso, cuya conspicua recurrencia exige proporcional atención, es de esta época el máximo legado que Blanco ha propuesto; desde las Observations on Heresy and Orthodoxy (1835) hasta las páginas de reflexión religiosa insertas en los últimos Private Journals -con todo lo que tales escritos manifiestan de independencia de criterios, de renuncias a bien aseguradas bases de continuidad en el credo oficial, de búsqueda ininterrumpida de una religiosidad fundamentada racionalmente-, nuestro autor concluye en la más sintomáticamente confusa de las aserciones religiosas del hombre moderno: quedándose solo frente a cualquier confesión, frente a toda «iglesia» (incluso ante los unitarios), en un desnudo y agónico deísmo.
Toda referencia a los trabajos literarios de esta etapa definitiva ha de comenzar por una bipartición. Un primer grupo de textos aparece entre los años 1835 y 1836 en The London Review, que dirigía John Stuart Mill: de ellos son interesantes para nuestro propósito uno sobre Martínez de la Rosa y otro sobre el teatro isabelino británico. Por otra parte, a partir de 1839 se produce la postrera exposición de las ideas estéticas de Blanco en varios trabajos, entre los que destacan los cuatro dedicados exclusivamente a Shakespeare, publicados en Christian Teacher, revista de la comunidad unitaria de Liverpool.
Ciertamente se nota en los escritos de Blanco una seguridad expositiva, producto de una madurada reflexión, que excede a un cierto tono de timidez observable en obras anteriores. Al margen de que su propia evolución lo ha llevado a posturas en las que se instala ahora más firmemente, hay que pensar también en el reconocimiento que ha supuesto para él ser llamado a colaborar en una de las revistas importantes de la reciente intelectualidad británica, The London Review, capitaneada por el que puede considerarse uno de los principales ensayistas de la segunda fase de exposición de la teoría expresiva anglosajona. En efecto, John Stuart Mill será el encargado de desarrollar las sugerencias del Wordsworth de 1800 en dos ensayos capitales que publica en 1833: ¿Qué es la poesía? y Las dos clases de poesía, escritos en los que se sistematizan varios conceptos característicos del momento y se llevan otros hasta formulaciones extremas: la superioridad de la lírica sobre cualquier otro tipo de poesía, la relegación a un plano muy alejado del «asunto» setecentista, la superación de los objetos exteriores para buscar la auténtica poesía en la emoción expresada, la constitución de la obra como símbolo autónomo y, por fin, la absoluta pérdida de relevancia del auditorio como sujeto paciente de la obra literaria. Tal desarrollo se halla mucho más cercano del idealismo de Coleridge que de las apreciaciones del autor de Lyrical Ballads, y en la base de ambos pueden entreverse las teorías alemanas del genio orgánico y de la cerrada autoordenación del producto literario. Blanco White había instrumentalizado en alguna medida las ideas de Coleridge en escritos anteriores; los postulados de Mill no podían, por tanto, resultarle extraños, y así se mostrará en sus artículos últimos al hacer propio alguno de ellos. De otro lado, los conceptos expuestos por Mill estaban ya en el ambiente y no cabe imputar al joven filósofo excesiva originalidad en la argumentación concreta sino en el desarrollo sistematizado del conjunto.
La conferencias que August Wilhelm Schlegel pronunciara en Viena entre 1809 y 1811 (desarrollo de las primeras berlinesas de 1801-1804), Über Dramatische Kunst und Literatur, habían sido traducidas al inglés en 1815 como Lectures on Dramatic Arts and Literature, y Blanco ya las ha nombrado en un artículo de 1824 a propósito de Calderón en el que se muestra disconforme con lo que juzga exagerada admiración de los autores alemanes por el dramaturgo español. Ahora, sin embargo, nuestro autor va a tomar contacto directo con la filosofía idealista alemana mediante la traducción que realiza en 1837 de la parte inicial de Grundzuege zur System der Philosophie de Immanuel Hermann Fichte, hijo de Johann Gottlieb. De esta forma, en 1840, en el último artículo que escribió sobre Shakespeare, Blanco tiene a la vista la traducción alemana que A.W. Schlegel hizo del dramaturgo inglés durante la primera década del siglo XIX, anotada y editada en torno a 1820 por Ludwig Tieck. El conocimiento que tiene Blanco White del idealismo estético alemán es, pues, de primera mano y sus apreciaciones no pueden considerarse como un eco mimético de Coleridge y John Mill, pese a que conociera y se sintiera atraído, por supuesto, por las obras de los autores británicos. Puede incluso pensarse que las teorías estéticas idealistas de tales ensayistas actuaran en alguna medida como revulsivo para que se preocupara por aprender la lengua alemana a partir de 1833. En cualquier caso, la presencia en el momento de temas que ya han sido tratados en textos más antiguos (así el problema de la verosimilitud o el de las relaciones entre naturaleza y arte) está fundamentando la presunción de un desarrollo a partir de actitudes previas no modificado sustancialmente por cuestiones de puesta al día obligadas por el ambiente cultural. Formulaciones como las que ahora se nos presentan ya han sido articuladas -siquiera en germen- en otros trabajos; y no se contradice esencialmente el tratamiento dado en diferentes épocas a temas recurrentes. En ésta final se los lleva hasta sus últimas consecuencias y se acentúa algún aspecto -lo que confiere radicalidad y mayor seguridad teórica a los asertos. Así sucede, por ejemplo, con el concepto de la naturaleza simbólica de la obra literaria, que ahora adquiere una más amplia configuración aplicado a la esencia de la representación teatral que, en una paradigmática formulación, se considera privadora de la captación de la idealidad poética por su apariencia estrechamente realista; lo que hace que Blanco White proponga la vuelta del teatro a su genuino carácter de mero espectáculo. De tal índole son las evoluciones teóricas seguidas por el escritor sevillano.
Antes de pasar a comentar los cuatro artículo de Christian Teacher en los que Blanco se encarga de analizar aisladamente algunas producciones dramáticas de Shakespeare, es conveniente conocer sus anotaciones previas sobre el escritor británico a fin de valorar en su justa medida la profundidad y contundencia de las interpretaciones ulteriores. En el primer número de su revista Variedades o mensagero de Londres Blanco había ofrecido a sus lectores unas versiones castellanas de fragmentos del dramaturgo inglés y al introducirlas hablaba de la dificultad de las traducciones; al explicar la razón por la que, pese a todo, él daba las suyas, anotaba: [...] nuestra intencion es dar alguna idea a los lectores Españoles, no de las bellezas de Shakspeare, sino del tono de sus pensamientos, y la originalidad de su ingenio. Queremos ademas precaverlos contra las declamaciones de los autores Franceses que hablan de Shakspeare, como de un loco o extravagante porque, parandose solo en los pasages que verdaderamente son defectuosos, no se hallan capaces de apreciar los que son inimitables. El gran poeta Ingles no se sujetó a otras reglas que a las impresiones poderosas y vivisimas de su alma. El teatro estaba lleno de delirios, y Shakspeare se dexó llevar de la corriente; pero, hasta sus delirios son pruebas de un genio poderosisimo, y de un talento incomparable.
A la luz de los textos aducidos pudiera aún pensarse que la admiración de nuestro autor por el dramaturgo inglés no iba más allá que la de cualquier preceptista de última hora que, reconociendo la genialidad innata del autor de Hamlet, lamentara la no sujeción de su capacidad creadora a las normas universales del drama; así se explicaría la presencia de pasajes memorables (dicho sea con un punto de resquemor indisimulado por el forzoso reconocimiento) al lado de extravagantes monstruos que atentan contra las más permisivas actitudes de la razón humana. Un pensamiento que encaja a la perfección con la furibunda manía de algún que otro falso y segundón reformador de los que se dedicaban a ajustar las antiguas comedias a los patrones nuevamente impuestos, remedando las tareas indumentarias de los pícaros. Un pensamiento que, si no de forma tan grosera, es posible, por ejemplo, en el ecléctico Mendíbil o en el digno Moratín exiliado en París. Pero no es éste, ni lejanamente, el planteamiento de Blanco White; es más bien el suyo el de un culturalista en fase de evolución que va sintiendo progresiva admiración por el genio británico y que, sin necesidad de omitir su impresión -producto presumible, bien que sólo en parte, de la suerte de encrucijada estética en que se encuentra-, reconoce en él algún fallo que no imputa al abandono de las reglas clásicas sino al viciado y ampuloso estilo teatral de la época. Veamos otra breve referencia que habrá de servir para ratificar lo apuntado. La encontramos en el artículo citado sobre Martínez de la Rosa, donde se clarifica por completo la posición de Blanco White y se despacha de paso cualquier posible errónea interpretación:
[...] He [Martínez de la Rosa] has, indeed, too much taste not to grand a high degree of merit to Shakspeare; but whatever offends him in, his plays is attributed to the great poet's ignorance or contempt of Aristotle.
Aún encontramos otra referencia a Shakespeare anterior a los ensayos de 1839-40. En un artículo sobre el teatro isabelino se detiene Blanco a comentar la figura del dramaturgo y a marcar las discrepancias entre su obra y la de sus coetáneos. Se observa todavía en estas notas cierta reticencia -afín a la de la época de Variedades - que ha de ceder, como veremos, en seguida:
It is undeniable that the old English dramatists have left some beautiful passages, buried in an immense mass of extravagance and absurdity. In Shakspeare's works there is such a profusion of beauty -the bursts of genuis are so frequent- the glow of life which pervades even the most defective parts, is so attractive, that we completely forget the essentially wrong plan upon which he gave himself up to the spontaneous impulses of his wonderful mind. But no poet inferior to him could follow that path with success; no genius below his could employ the external forms of the style prevalent in those days, especially on the theatre, and still retain the esplendour of native beauty.
Luego de estas incompletas, parciales notas, pasamos ya a comentar los escritos que han sido presentados como definitivo motivo de referencia. Vale decir, en primer lugar, que constituyen el cuerpo de crítica aplicada más importante de la obra de Blanco, superando en número e intensidad a cuantos otros temas fueron abordados por su pluma. Sin embargo, el hecho de que dichos artículos fueran publicados en una revista de ámbito muy restringido ha impedido que hasta ahora hayan sido estudiados con el mínimo detenimiento. Alfonso Par los desconocía al ocuparse de las ideas sobre Shakespeare de Blanco, dado lo cual hubo de limitar su documentación a los diarios privados que editara póstumamente Hamilton Thom. Con todo, las anotaciones de Par son valorables por cuanto representan el primer contacto de la crítica especializada con el pensamiento literario último del publicista español; su juicio general sobre los comentarios de Blanco es acertado; traduce, además, algunos fragmentos de sus borradores, uno de los cuales es de especial interés para nuestro propósito.
Pero vayamos por partes. Ya se conoce cómo Blanco, a partir de sus notas en Variedades y sobre todo en torno a los años de su colaboración en la revista de John Stuart Mill, ha ido acercándose a Shakspeare degustándolo cada vez más placenteramente; mas, por lo que sabemos, aún no ha conseguido eliminar algún ligero disgusto -siquiera reflexionando teóricamente a posteriori - frente a la pervertida estética teatral del período isabelino que, en menor medida que a otros escritores, ha afectado algo al dramaturgo inglés. Su punto de vista inicia una modificación en 1837. En unas anotaciones privadas de 16 de marzo, donde además reflexiona sobre su propia formación cultural, leemos:
Para quien el prototipo del gusto fueron siempre los clásicos, especialmente si estudió los escritores franceses anteriores a la Revolución, la dificultad principal de Shakespeare no consiste tanto en la falta de las unidades como en la novedad y atrevimiento de sus metáforas. Es precisa una familiaridad perfecta con el mundo que vive en la imaginación del poeta, para adivinar en seguida las analogías de donde proceden aquéllas. En su carácter y forma externas tales metáforas son tan semejas al lenguaje figurado eufuista, que quien conozca y deteste las composiciones extravagantes de algunos poetas italianos y españoles, sentirá una aversión instintiva hacia muchos pasajes de Shakespeare, meramente a causa de tal parecido externo. Pero la diferencia entre la vacuidad de aquéllos y la riqueza verdadera y natural del poeta inglés es inmensa... El eufuista busca la novedad ciega y extravagantemente; Shakespeare la encuentra sin esfuerzo, por su inspiración genial. Sus metáforas están repletas de la vida más vigorosa; revela los lazos secretos con que la naturaleza relaciona las nociones, en apariencia, más distantes.
Debe reconocerse, empero, que yerra en algunos casos en que se expansiona hacia una hinchazón que en su tiempo había empezado ya a corromper el gusto de Europa...
Tal cambio de perspectiva -por cuanto muestra mayor precisión en la indagación de la idiosincrasia del drama shakesperiano, natural y genial, frente al amanerado y tardo común en la época- viene acompañado todavía de cierto recelo, que terminará por transformarse en entera admiración, veneración casi, en el primero de los cuatro artículos que constituyen la serie del Pictorial Shakspere; donde además va a haber una llamada explícita, que diríase que Blanco podría en cierta forma dirigir retrospectivamente a sí mismo, a quienes han olvidado que es necesaria una íntima penetración en las definitivamente geniales creaciones del poeta británico para que sus apariencias no resulten en nada comparables al estilo vulgar y afectado de obras coetáneas:
Shakspere is a writer whose poetical beauties cannot be properly enjoyed except by those who have studied him. Like Michael Angelo -the Shakspere of painters- and like all truly, inspired artists, our poet displays none of those superficial, and almost meretricious charms, which, at once, captivate the eye of the vulgar. Without assiduous worship in the sanctuary of Genius, let no one expect that he shall be made partaker of ist revelations. He will, on the contrary, be punished for his temerity, by finding those externais, which are manifest to the common eye, not only indifferent, but repulsive.
En cuanto a las ideas generales que informan su crítica, Blanco no sólo es consciente de que se encuentran muy distantes de las nociones del clasicismo francés sino que también explicita su desacuerdo con el gran crítico shakesperiano británico del siglo anterior Samuel Johnson. Una de las veces que se refiere al que llama -utilizando sus propias palabras- «'choleric and quarrelsome' Doctor» habla de sus «sulky eyes of [...] technical critic». En otro momento dice, jovial: «I am glad Dr. Johnson is already in Hades; else I should be in danger of having my head broken». Luego, en un tono mucho más serio, afirma:
One could hardly expect to find these words [se refiere Blanco a una frase de Johnson: «The pretend madness of Hamlet causes much mirth»] in an English edition of Shakspere; but they are in all editions as part of the oracular judgement of a supposed giant of literature! What a total want of feeling and taste is betrayed in that single sentence!
Al margen de las diferenciaciones que el mismo Blanco White propone como encuadre inicial de su crítica, ésta puede comprenderse con arreglo a tres fundamentos temáticos de amplia tradición en sus ideas literarias. En primer lugar, en los comentarios shakesperianos quedan definitivamente cohesionados los elementos del dilema razón-imaginación. Por otra parte, la bipolaridad naturaleza-arte se muestra en el pleno sentido que ha ido adquiriendo a lo largo de la evolución estética de Blanco. En último término, y como consecuencia de lo anterior, se desarrolla un concepto de simbolización que concluye en la afirmación del exclusivo ser ideal de la obra de arte.
El punto de partida de nuestro autor es la consideración del proceso creador en el teatro de Shakespeare. Desde el principio parece estar proponiendo Blanco una especie de mágico genio en el dramaturgo inglés, que confiere a sus obras una apariencia vívida, lo cual pudiera dar a entender que han sido elaboradas descuidadamente sobre ciertos tópicos de la escena contemporánea. Pero esto, dice el comentarista, no es en absoluto así. Los dramas shakesperianos exigen una concepción exacta del desenvolvimiento de los caracteres antes de que el autor se enfrente a la escritura; sucede que tal concepción es de esencia simbólica, no exige una fría y precisa regulación intelectualista; de ahí la marca de frescura que borra cualquier otra huella del intenso esfuerzo de concepción que ha ocupado al poeta. Así lo expone el propio Blanco:
It is true that Shakspere's historical dramas seem to have grown without effort out of the events recorded in the chronicles, or from some traditional characters established among the admirers of the theatres in earlier days than those of Shakspere. But to say that he did most carefully elaborate these compositions is a gross error, grounded on ignorance combined with a very careless reading of the historical plays. Every one of them is a fresh instance of the astonishing creative power of out bard. An inferior writer would be seen constantly in feverish agitation in search of incidents to complicate the plots. Shakspere, on the contrary, allows the stream either of history or tradition to waft him on, at full ease; for he is conscious of a magic spell within, by means of which creations of the highest beauty and interest shall crowd to decorate the plain line of his course.
En otro lugar se dirige Blanco a cierto tipo de lectores de Shakespeare
[...] for whom a judicious criticism may clear the way to a full enjoyment of this poetical jewel: I mean those who miss the perception of its high beauties from a preconceived notion, that the Poet himself did not know what he was about to write: that the fertility of his imagination, which found an ever ready help in the flexibility and richness of his language, tempted him to pour out at random, a multitude of pictures and sentiments, drawn indiscriminately from the highest regions of poetry and the lowest of wit and satire, all which he bound together without any other plan than the distribution suggested by the five Acts of a Drama. To any one placed [...] on such a wrong standing point, the poem we examine [A Midsummer Night's Dream] must present the appearance of a wilderness, however beautifully decked with flowers [...]. Por último, comentando la escena quinta del primer acto de Hamlet, apunta: To me, this passage is an unquestionable Proof that Shakspere did not bring out the Character of Hamlet gradually; but that he conceived it perfectly and distinctly from the Beginning. And it is indeed one of the boldest Creations of Genius, as forming the Ground of a very high tragical Effect.
En suma, Blanco está proponiendo la superioridad directriz del genio consciente. Las maravillosas apariencias de sus obras, los grandes símbolos que crea el poeta inglés exigen una profunda autopenetración intelectual. Los frutos de la capacidad imaginativa no han de surgir de un aéreo rapto mental, de una especulación en el vacío; la verdadera imaginación ha de ser tal que integre el más acentuado poder de captación racional. Pero aún la cohesión perfecta del inicial dilema entre la razón e imaginación precisa para producirse la aparición de un nuevo dato, el de la relación entre naturaleza y arte. Partimos de una frase que parece no ser otra cosa que un arrebato de admiración: «[...] the Poet has called to life by the absolute power of his genius» Pero inmediatamente nos encontramos con lo siguiente:
True Genius brings the mind it inspires into union with the mysterious Spirit, the Soul which makes Nature, not a magazine of dead tools, but a living Unit. It is not an empty figure of speech to say that Shakspere's creations bear a strict similarity to those of Nature herself: in point of consistency, in regard to that wonderful growth which by a regular, uninterrumpted process developes the smallest seed into beings of stupendous grandeur, a strict conformity will be found between Nature and her favourite.
A pesar del lenguaje que aquí utiliza Blanco no puede pasar desapercibida la explícita formulación que hace de lo que la estética idealista alemana había aportado a la ideología romántica, a saber, su concepción orgánica de la naturaleza. Tal concepción se había usado metafóricamente a menudo para representar el proceso creador del artista. Su más exitosa formulación se debe, en el ámbito británico, a Coleridge, que compara el crecimiento de la obra en el interior de la mente del poeta al de una planta que asimila y transforma elementos externos otorgándoles nueva vida desde sí misma. Tal es el proceso de gestación propio de lo que él llama imaginación orgánica, oponiéndola a la mera fantasía mecánica que agrupa sin más los datos proporcionados por la experiencia. En el presente texto de Blanco, una acción mecanicista convertiría el recurso a la naturaleza en una operación fría y numérica, como si ésta fuera un mero «depósito de instrumentos inertes»; en un poeta verdadero la «más pequeña semilla», a través de un «proceso regular e ininterrumpido», se convierte en una obra plena que parece -como la naturaleza- producirse a sí misma. Tal es el sentido cabal que adquiere el dilema naturaleza-arte en la última obra crítica del escritor sevillano. La naturaleza no es percibida en el periodo romántico como término de una oposición en cuyo extremo opuesto se encuentran las creaciones del arte; al menos no siempre y necesariamente es así. Afortunadamente los movimientos estéticos no funcionan de forma tan simple como pretende alguna que otra malhadada corriente de historiografía literaria. Incluso el concepto de heterocosmos aplicado a las producciones de la literatura -la construcción cerrada de la obra literaria, sin otra referencia más allá de sus propias leyes constitutivas (concepto que inaugura para la estética contemporánea, siquiera teóricamente, el romanticismo)-, que pudiera parecer implica una separación insalvable del elemento naturaleza, surge de esta visión orgánica de la creación artística mediante la cual el poeta se apodera de la forma de hacer observable en el universo sensible y hace extensivos a su propia obra los principios que extrae. Tendremos ocasión de ver cómo en los últimos escritos de Blanco White aparece como natural consecuencia tal concepto.
Conozcamos previamente cómo se articula esa «estricta conformidad» entre naturaleza y artista de la que se nos habla, en lo que se refiere a la constitución de los personajes shakesperianos:
We cannot agree with those, or rather with the form of language employed by those, who say that our poet did not paint individuals, but classes. Classes are abstractions; the living stamp of nature is found only in individuals. Nature spoke too crearly in Shakspere's breast that he should have attempted generalizations[...].
En seguida reaparece la organicidad antes aludida:
It has been said, had Nature a concentrated consciousness, and could she be induced to give oracular answers, you might show her a single characteristic, however slight, of a human being, and she would give you his or her full character. This happens almost literally in Shakspere's personages. A name, the slightest indication of temper and mental constitution, a mere position in reference to certain events and interests, enabled him to raise up a fully developed individual, with nature's stamp of truth upon him. He was as familiar with her moral secrets as the ablest physiologist of our age showed himself with the laws of living organization. The latter, by means of a mere fragment of a skeleton, would show the whole structure of antediluvian animals, whose genera have perished; our profound moral philosopher and sublime poet gives us the exact and perfect model, the archetypal characters of men of whom nothing is left but a few historical lineaments.
No ha usado el comentarista en esta descripción el término símbolo. Sin embargo, en el último artículo de la serie (sobre Midsummer Night's Dream, no en vano obra que se cuenta entre las más significativamente mágicas de Shakespeare por sus entrecruzamientos de los ámbitos de la realidad y el sueño) la esencia simbólica de las creaciones del poeta inglés va a ser el motivo principal del análisis. Así va a cumplirse el decisivo paso del acoplamiento entre naturaleza y arte (en el que la obra se convertirá en símbolo total de la realidad, pues ella misma es otra realidad de funcionamiento análogo) al tiempo que se producirá la plena integración entre la capacidad imaginativa y la concepción racional (en tanto que la unificación ideal entre el mundo real y el universo poético -que es la verdadera esencia de la simbolización- exige una consciencia intelectual dominadora en el artista).
El artículo comienza con la afirmación de que la pura poesía excede en belleza a cualquier representación que se haga de ella:
The opinion is gaining ground thay many [...] of Shakspere's plays lose effect in representation. [...] the pictorial embodying of some characters, [...] unsettle the conceptions which the lovers of Shakspere have derived from his verbal pictures.
La razón de tales impresiones hay que buscarla en la inadecuación que se produce entre las visiones de la imaginación libre del lector y las restricciones materiales que ha de sufrir ese mismo lector cuando se convierte en espectador:
The representation of such compositions as the Tempest, and the one before us [A Midsummer Night's Dream], may if assisted by great display, amuse as a show; but the true lover of poetry cannot by this mean be satisfied for the loss of his own conceptions of the personages. In the Tragedies and historical plays the enthusiastic admirer of their author may find it difficult to accommodate his own visions to the definite shapes he sees on the stage [...]
De aquí a una visión, si se permite la expresión, circunstanciadamente indefinida y vaga de la belleza hay sólo un paso. La belleza ideal, que reside en las obras musicales y en la verdadera poesía, es algo de existencia pura e intocable, un símbolo ni siquiera comparable a los de las artes plásticas, pues no precisa corporeización alguna. El idealismo romántico de Blanco ha ascendido ahora hasta sus más altas cotas.
It is indeed in respect to the ideal of BEAUTY that every one who has studied this subject must perceive the superiority of pure poetry over dramatic representation and that which is obtained through the Arts of Design. True Beauty seems to have no real outline, but rather to melt, as it were, in the indefinite, the infinite. The highest works of painting and sculpture (it would appear to me) produce their wonderful effects as symbols, not as realities. In the act of looking at them, and when our vision seems to absorb all our other powers, we are constantly turning the mind's eye within us in search of a more perfect image than that which is stamped on our retina. En la escultura en particular, la emoción surge en el observador mediante el conocimiento detenido y preciso de la expresión material de cada rasgo físico; en ella [...] motion as modifying form is the alphabet and dictionary of the language of feeling, a language which we understand more accurately in proportion as we examine its symbolical characters. Pure beauty is a mere existence which does not allow this kind of analysis. El carácter ideal de la poesía, pues, corre el peligro de desaparecer cuando ensayamos su materialización en una representación plástica. No puede ser otra, por tanto, la conclusión de Blanco: «I had much rather keep my own airy, undefined Beauty».
Es ya la obra literaria como unicidad exclusiva, como heterocosmos, la que se ha manifestado ante el comentarista. Recordemos cómo Blanco decía, en el primero de estos cuatro artículos con los que se cierra su producción, que era necesaria una «asidua veneración al santuario del genio» para gozar de sus revelaciones; y, ¿en qué consiste tal veneración sino en la intromisión en el ámbito interno y absoluto de la obra, considerada como prolongación orgánica desde su identidad única? La mente del escritor -su consciencia, su sensibilidad, su imaginación- es la que construye orgánicamente a partir de los materiales que extrae de sí misma y de su contexto fenoménico. Pero el resultado se constituye en supremo símbolo de la belleza, asequible sólo desde su mismidad -desde su propia ordenación natural que no precisa materialización alguna.
El sentido de la selección de los materiales dados por la experiencia vital del escritor y por la naturaleza difiere radicalmente, por supuesto, del proceso que se proponía en la estética clasicista. En ésta se trataba de una labor tendente a la ordenación mesurada de una reproducción que no podía ir más allá de los límites que el sentido común (léase, el referente universal y abstracto naturaleza) imponía. Por el contrario, los procesos creadores descritos desde la óptica de las teorías expresivas, sobre todo si los consideramos en su última versión idealista, tienden a la integración en uno nuevo -el de la obra- del mundo sensible y del mágico (mítico, simbólico, fantástico, imaginativo, son, según cada crítico, distintos acercamientos terminológicos a idénticos fenómenos, todos ellos a la zaga de la idea de losublime), a la unificación de contrarios en un original e íntimamente cohesionado universo.
Tal es la descripción que propone Blanco White de los diferentes planos de la posibilidad expresiva realista e imaginativa, hasta que se produce la ideal integración entre el mundo real y el poético:
The attempt to reduce these heterogeneous materials to unity, would appear perfectly absurd. How wonderful, then, must have been the power of that mind which, verifying its own grand conception of the Poet, seized both the external world and the world of Fancy, and with an ease, which has not left the slightest mark of labour, made the sauciness of Satire, the playfulness of Fancy, and the intenseness of Sentiment, unite in the most perfect harmony! In the Midsummer Night's Dream, the mind of Shakspere [...] with a kind of omnipresence, chooses, without dizziness or confusion, every object of highest beauty and cheerful interest in the vast fields of reality, of imagination, of sentiment.
Y concluye:
Thus in the hands of Shakspere both the real and the poetical universe become linked by feeling.
Conclusión que es a un tiempo la de la obra toda de Blanco. Los dos textos recién citados suponen la postrera manifestación de los ejes temáticos definitivos de la producción crítica del emigrado español. Naturaleza y arte, racionalidad e imaginación, han sido los conceptos fundamentadores de su devenir estético. La inicial condición de necesariedad unificadora entre naturaleza y arte ha sufrido la variación dada por la idea de lo orgánico aplicada a aquélla y la de lo simbólico aplicada a éste. Blanco ha avanzado de tal forma en un sentido progresivamente distorsionador de la previamente reducida a normas reproducción clasicista, para llegar al mantenimiento de conceptos que conllevan una pretendida más íntima captación del proceso natural y su plasmación en un producto artístico de existencia autónoma y, como tal, más idealmente reproductor de la forma de funcionamiento de una naturaleza ahora multiforme. La simplista falsedad de la concepción antitética de los dos términos del dilema ha quedado reducida a la inexistencia mediante la fructífera e incontestable integración de ambos en una relación radicalmente nueva pero no negadora absoluta de lo anterior. De ahí la sucesión, no la drástica y apresurada ruptura.
Similar es el desarrollo obrado sobre la bipolaridad razón-imaginación. La misma aparición de la componente simbólica sugiere la ausencia de conflictividad en tanto que plantea la dirección reflexiva de un proceso de tentativa sublime -vale decir, misteriosa. La apariencia mágica de la pura y excelsa belleza -tal como la piensa el último Blanco acendradamente idealista- no es otra cosa que la unificación de los ámbitos diversos, pero integrables, del mundo de lo fenoménico y de lo imaginativo; un proceso que ha sido explícitamente propuesto como regido por el genio consciente del artista.
Si puede decirse que existen tres criterios básicos para identificar la estética romántica, a saber, la imaginación como motor de lo poético, una cosmovisión orgánica y no mecanicista, y la valoración de las formas de expresión simbólica, podemos convenir en que nuestro autor ha hallado tales posiciones a través de un devenir que no elude la renuncia, pero tampoco la revisión y el mantenimiento reinterpretado de elementos previos. Blanco White, en fin, ha cumplido en su obra el ciclo completo que la estética europea ha llevado a cabo en la sucesión que avanza desde el clasicismo hacia la primera contemporaneidad, el romanticismo.

Miguel Ángel Cuevas
(Universidad de Alicante)

 

José María Blanco White y la independencia de América: ¿Una postura pro-americana?

  Desde la introducción que hiciera Juan Goytisolo a principios de la década de 1970 a una selección de textos de Blanco White, hasta el último libro, publicado hace cuatro años, que le dedicó su mayor exégeta en España, Manuel Moreno Alonso, parece que identificarse con la vida y la obra de Blanco White implica adoptar posturas que, de una u otra manera, terminan por simplificar al personaje. En este artículo no pretendemos hacer una valoración general de la obra de Blanco, sino solamente referirnos a los aspectos más importantes de su análisis sobre la situación americana y, al mismo tiempo, revisar ese "pro-americanismo" que se le ha adjudicado con frecuencia (a veces como baldón y a veces como encomio). Al hacer esta revisión, rechazamos implícitamente esa renuencia que parece existir para acercarse críticamente a una figura fundamental en la historia del pensamiento político liberal español del siglo XIX. 
Cabe mencionar, antes de proseguir, el hecho de que Blanco White es en ocasiones excluido del panteón liberal peninsular. El caso más tajante en este sentido es el de Morán Orti, quien considera a Blanco (y a Flórez Estrada) "gente atípica" y "con influencia limitada en los círculos gubernamentales", lo que, a sus ojos, los descalifica como representantes del liberalismo español. A Blanco en concreto se refiere como un "clérigo heterodoxo que jamás volvió a poner los pies en España después de emigrar", y que, además, era "informante" del gobierno británico. La inverosímil conclusión del autor mencionado es la siguiente: "De ahí que presentarle como una muestra del pensamiento liberal español sobre ésta u otras cuestiones, es sencillamente grotesco." El caso de Morán Orti, si bien el más destemplado, no es el único: Dérozier excluye a Blanco de lo que él denomina el "clan liberal" por ser un pensador "que ha sabido reflexionar sobre el movimiento ineluctable de la historia" (!) y Dalmacio Negro no lo incluye en su antología sobre el liberalismo en España.
  Moreno Alonso sin duda exagera (en la forma y en el fondo) cuando dice que, desde la perspectiva de nuestro tiempo, "puede sostenerse plenamente sin discusión que Blanco White acertó de lleno en su diagnóstico acerca de los asuntos de España y de América entre 1808 y 1814", pero es cierto que, en lo que a los asuntos americanos se refiere, nadie fue tan penetrante como Blanco. A este respecto, el hecho de encontrarse fuera de España, y específicamente en una ciudad como Londres, resultaron ser dos ventajas adicionales a su natural inteligencia, ya que no sólo le proporcionaron una perspectiva más amplia de los acontecimientos, sino también una cantidad de información de la que hubiera carecido en su país natal. Como es sabido, Londres fue el principal centro de reunión y el foco propagandístico europeo de muchos patriotas hispanoamericanos durante el proceso emancipador, incluidos sus prolegómenos. Miranda, Bolívar, Manuel Moreno (hermano de Mariano), Mier y Bello fueron algunos de los americanos que habitaron en la capital inglesa en algún momento durante aquellos años (los dos últimos fueron correspondientes de Blanco). A estas fuentes de información, debe agregarse la del Foreign Office del Gobierno británico, para la que Blanco trabajó durante, al menos, tres años. Sobre esta cuestión, aunque Moreno Alonso ha intentado negar el cargo de "colaboracionista", Martin Murphy ha comprobado que Blanco recibía 250 libras anuales provenientes de fondos secretos como pago por la treintena de reportes y traducciones que redactó para la oficina mencionada.
  La lucidez de Blanco y la información de la que disponía hicieron de El Español un punto de referencia obligado para los patriotas americanos. Su difusión por todo el subcontinente está plenamente documentada y, pese a estar prohibido en Cádiz, fue también ampliamente comentado (y criticado) ahí, en el centro mismo de la revolución liberal española. "Las noticias de la guerra en España, las de las guerras napoleónicas, los extractos de actas y discursos de las Cortes, los informes sobre América, los documentos europeos, los artículos de Blanco, y sus intereses intelectuales hicieron de El Español, la publicación más rica y con visión más amplia y enterada en el idioma." Según André Pons, El Español supuso una contribución innegable a la independencia, pues apareció en el momento preciso en que los americanos necesitaban una justificación y un apoyo de tipo moral; sin su concurso, afirma este autor, no hubiera habido tanto apoyo a los movimientos independentistas en Londres, no se habría dado una defensa tan cohesiva por parte de los criollos americanos en las Cortes y no hubieran adquirido éstos (tanto en Cádiz como en América) una conciencia de la unidad del movimiento emancipador y de la comunidad de sus intereses (o, por lo menos, no lo hubieran hecho con tanta rapidez).
  Desde julio de 1810, Blanco afirma en su periódico que la revolución de Caracas no es un movimiento "pasajero" y, después de elogiar el carácter moderado de la misma, advierte al gobierno peninsular: "Los americanos no pensarán jamás en separarse de la corona de España, si no los obligan a ello con providencias mal entendidas." Blanco contrasta esta moderación americana con la postura de la Regencia (que acababa de anular el decreto de libre comercio para América que ella misma había elaborado) y contrasta esta actitud con los decretos que la Junta Central había emitido sobre la igualdad de derechos entre peninsulares y americanos. Además, la Regencia había decidido recurrir a la fuerza para sojuzgar a la junta caraqueña, la cual, en opinión de Blanco, no hacía más que emular a sus homólogas peninsulares. La visión del sevillano sobre la revolución caraqueña contrasta en muchos sentidos con la del otro liberal español que más se ocupó de los asuntos americanos en esos años, Flórez Estrada, pero quizás el más importante sea la actitud inicial ante ella, no descalificándola, como lo hizo este último, sino reconociendo su legitimidad (si bien, como podremos constatar, dentro de límites muy claros) y viendo en ella un preludio de lo que estaba por venir: "La revolución total de América es muy probable, y sólo apetecemos que sus pueblos guarden la moderación de Caracas; Fernando VII rey; unión de amistad y socorros a la metrópoli." Conviene anotar que en esta cita Blanco habla de "revolución" y, al mismo tiempo, si bien de manera implícita, de "fidelidad" a Fernando VII. Los términos, a sus ojos, no son incompatibles; sin embargo, en un escrito posterior, opta por el término "reforma" y dice que "tal quisiera oírla llamar con preferencia al odioso nombre de revolución".
  En el mismo artículo en que Blanco hace la aclaración antedicha, especifica también lo que él entiende por "independencia". Mientras el vocablo incluya el reconocimiento de Fernando VII, dice, tal como lo habían hecho hasta entonces los americanos, en nada se opone a los intereses de la Monarquía. "Independencia, reunida a la obediencia de los legítimos monarcas de España, no puede jamás expresar separación de aquellos dominios. Independencia , entendida de este modo, es una medida de gobierno interior que todos los pueblos de España han tomado según les han dictado las circunstancias, y que no puede convertirse en delito porque la tomen los americanos." Blanco se ve obligado a hacer ésta y otras aclaraciones en el mismo sentido por los repetidos ataques de los que, pese a su postura antiseparatista, era objeto su periódico. Se le acusa, sobre todo, de ser un apologista de la causa americanista, lo que denota una escasa atención al hecho de que el "apoyo" de Blanco a dicha causa, como él mismo lo señala en repetidas ocasiones, estaba condicionado por un principio esencial: el reconocimiento de Fernando VII como monarca de todos los españoles. Blanco nunca aconsejó a los autonomistas de América que se separaran de la Corona de España, pero insistió una y otra vez en que la unión entre peninsulares y americanos tenía que ser en términos de estricta y absoluta igualdad, no de opresión; de aquí que considerarlo como un decidido defensor de la causa independentista americana, como hacen con frecuencia analistas contemporáneos (que no hacen más que repetir lo que se decía de Blanco y de El Español en su tiempo), sea, en el mejor de los casos, una inexactitud.
  Con base en el criterio antes mencionado, Blanco siguió mostrando simpatía por los insurrectos de Caracas y, en consecuencia, criticó duramente la política de las Cortes gaditanas, hacia los caraqueños en particular y hacia los americanos en general: "Los han declarado iguales en derecho. Y  les conceden veinticuatro diputados en Cortes para que defiendan sus derechos contra trescientos. Los han declarado parte integrante de la monarquía, y se les amenaza con los mayores castigos si no reconocen el gobierno interino que ha formado la menor parte de ella. Digan otros si estas medidas se parecen más a una satisfacción o a un insulto." A partir de ahora, existirá, para Blanco, otro punto esencial, además de la legitimidad de las juntas americanas (siempre y cuando reconozcan a Fernando VII) y de la necesidad imperiosa de poner fin a la utilización de la fuerza militar: otorgar a los americanos una representación igual a la peninsular en las Cortes que están por formarse.
  En cuanto a la supuesta utilización del nombre de Fernando VII como "máscara", Blanco arguye persuasivamente que, suponiendo, sin conceder, que así fuese, eso significaba, en cualquier caso, que la mayor parte del pueblo venezolano estaba a favor de mantener los lazos con España (porque, de otra manera, no habría necesidad de recurrir a la figura del rey) y, por lo tanto, la declaración de guerra por parte de la Regencia no podía sino tener efectos contraproducentes. En relación con este punto, Blanco no se cansa de deplorar la excesiva influencia que el "partido mercantil" gaditano ejerce sobre la Regencia y que, en su opinión, provoca las imprudentes medidas que ésta pone en práctica; este influjo era tan grande desde su punto de vista, que constituyó uno de los principales motivos de su escepticismo respecto a un posible acuerdo con los americanos. Ahora bien, las Cortes eran también responsables de la situación: "Las Cortes podían haber evitado la guerra civil...", pero, escribe, "ni formaron una idea verdadera del estado de las cosas en América, ni tuvieron bastante valor para arrastrar la opinión decidida de la ciudad en que están reunidas". Otro de los reproches de Blanco a la asamblea gaditana era su excesiva retórica y lo que él consideraba un dogmatismo o "doctrinarismo" inaceptable: "Los discursos sobre la cuestión de América están llenos de excelentes principios; pero pasma considerar cuan inútiles son en la práctica, y cuan lejanos del objeto que más importa a la España en el día ‹la conservación de las Américas‹, la cesación de la guerra civil en ellas."
  La declaración de independencia de Venezuela (5 de julio, 1811) cambia el panorama político americano y cambia también la postura de Blanco. Después de calificar de "capricho" a dicha declaración, Blanco escribe: "Esta es la suerte infeliz de los pueblos: un puñado de ambiciosos se apodera del mando; se arrojan ciegos a los actos más desesperados, y porque ellos están determinados a perecer, o porque sacando fuerzas de la desesperación afectan estarlo, obligan a todos los habitantes a que perezcan con ellos, y muchas veces los hacen perecer a sus manos." Sin embargo, considera que todavía es posible llegar a un acuerdo, siempre y cuando las Cortes y la Regencia dejen de lado las armas y negocien con los venezolanos. Al final de su artículo "Reflexiones sobre la Conciliación de España y sus Américas", Blanco censura duramente, una vez más, a los liberales gaditanos y achaca a su "orgullo" el deterioro de la situación americana. "Si quieren evitar de buena fe que tarde o temprano sigan todos sus pueblos, incluso México, a Caracas, es absolutamente indispensable que les hagan justicia no a discreción y mandando, sino de conformidad y contratando." Por otro lado, piensa que si bien la mayoría de los americanos desean "cierta clase de independencia", es solamente una exigua minoría la que sabe lo que pide. Si no fuese este el caso, se pregunta, "¿Habría un año ha, ni restos del gobierno español en América? ¿Podrían un puñado de europeos contrarrestar la opinión de doce millones de habitantes? Pero la verdad es que esta opinión es tan vaga e indecisa, que sólo a fuerza de absurdos de los gobiernos españoles se sostienen los americanos."
  La declaración de independencia de Caracas es, repetimos, una gran decepción para Blanco, que se refleja claramente a partir de ahora en su manera de referirse a los americanos. En un principio, sin embargo, intenta evitar el rompimiento definitivo y propone la "independencia moderada", en contraposición con la "independencia absoluta": "Restitúyase la paz, quítense los grillos a la industria; bórrense hasta los nombres de las manchas legales de las castas; ábraseles el camino a la civilización facilitando la adquisición de los primeros rendimientos del saber; naveguen los americanos de unos puertos a otros; comercien en el interior y no se acuerden de quien ejerce la soberanía, si las Cortes, o si los Congresos de América. Insistan en ser soberanos en su industria; y créanme que más cerca están de este modo de la soberanía política, a que algunos de sus filósofos aspiran, que declarándola desde ahora con proclamas. El comercio y la industria es quien (sic) decide la superioridad respectiva de los pueblos."
A partir de ahora, Blanco criticará a los americanos su impaciencia frente a la independencia, su incapacidad para gobernarse a sí mismos y su falta de preparación para adoptar el sistema republicano. Este escepticismo respecto a  los americanos tenía un sustrato de índole moral que nunca surge de lleno en los artículos de El Español, pero que en su Autobiografía Blanco describe prolijamente:
  Los americanos descendientes de españoles son naturalmente despiertos e inteligentes, pero les suele faltar principios morales y firmeza de carácter. Criados en un clima que invita al pleno disfrute de los placeres sensuales y sometidos a un gobierno que obstaculiza todo medio de cultivar las virtudes varoniles, las mejores clases de la sociedad hispanoamericana son superficiales y blandengues, en tanto que las clases más bajas están hundidas en el más craso libertinaje. La superstición fomentada por el clero es más vulgar y corruptora que en cualquier otro país católico y la conducta de los clérigos, especialmente la de los frailes, es escandalosa. Si hay un defecto característico de todas las clases sociales es sin duda la habitual despreocupación por las obligaciones morales. Sería inútil de persuadir a las mejores clases de Hispanoamérica que los deberes morales se extienden a la política y al gobierno: son incapaces de creer (y en esto hay que incluir a buen número de españoles) que el peculado y la aceptación de sobornos son males morales. Como han crecido bajo gobiernos que actuaban para su propio provecho a expensas de la nación, no tienen más remedio que sacar la consecuencia de que quien está relacionado de cualquier forma con la autoridad puede seguir sin más las mismas normas de actuación.   En la medida en que se da cuenta que la conciliación es imposible, Blanco pierde interés en la cuestión americana y, a partir de mediados de 1812, pasan los meses sin que El Español se ocupe de ella. En un artículo de abril de 1813, el propio Blanco lo explica así: "No porque de algún tiempo a esta parte rara vez se nombra a la América española en este periódico, dejo de acordarme con frecuencia de aquellos países verdaderamente desgraciados. Pero como las cosas se han puesto en términos en que nadie puede oír razones por fuertes y poderosas que sean, y nada me es más repugnante que el escribir por sólo declamar, creo que lo más útil es interrumpir pocas veces este silencio." A principios de 1814 la decepción respecto a la situación americana es casi absoluta; para entonces el subcontinente se ha convertido en una mención pasajera a "aquellos desgraciados países".
  En "Conclusión de esta obra", artículo con el que se cierra la publicación de El Español en junio de 1814, su editor dedica unas líneas a América, en ellas pide que el gobierno español vuelva sus ojos hacia ella, pues se encuentra a la sazón amenazada de "la más completa ruina". Apela a la autoridad y el renombre que Fernando VII tiene todavía en tierras americanas, pero afirma que si estas cualidades no van acompañadas de benignidad y justicia, no servirán de nada. El mayor daño está, según Blanco, en el excesivo poder que tienen los peninsulares en la región y advierte que si no se otorga a los naturales "poder e influjo", las Américas se destruirán entre sí o se separaran de la Corona.
  Hemos mencionado las críticas de Blanco a las Cortes de Cádiz por su política (o si se quiere, falta de política) americana. Sin embargo, las diferencias del sevillano con la asamblea gaditana iban mucho más allá de este punto. Incluso, podría argumentarse que Blanco difiere con ellas en un punto doctrinal básico: la soberanía popular; un aspecto que era importante para él sólo en la medida en que tenía repercusiones concretas sobre la manera de gobernar. A este respecto, nuestro autor, que durante los primeros años de la revolución española defendió dicho principio con vehemencia, sufrió una profunda transformación político-ideológica desde su llegada a Inglaterra; una mutación que lo llevaría, en muy poco tiempo, a una posición que se puede considerar prácticamente opuesta a la original. En un artículo escrito en enero de 1813, llega a decir que la soberanía popular es "el más pernicioso de los dogmas liberales", pero  su desconfianza hacia este principio era ya manifiesta desde, por lo menos, fines de 1810.
  En su carta al diplomático caraqueño Juan G. Roscio, de enero de 1811, Blanco escribe: "No quisiera que imitasen a las Cortes en las declaraciones de la soberanía de los representantes del pueblo, porque además de que la soberanía no consiste en declararla, este principio abstracto puede llevarlos a consecuencias prácticas peligrosas." Dos años después, Blanco insiste, bajo la evidente influencia de Burke, en este carácter teorético del que se siente cada vez más alejado y termina con una afirmación que no deja de llamar la atención en boca de un autor cuyo liberalismo era, en muchos aspectos, incuestionable: "...es un delirio decirle al pueblo que es soberano y dueño de sí mismo: porque el pueblo no puede sacar bien alguno de este, ni otros principios abstractos, que jamás son aplicables en la práctica: y porque en la inteligencia, se oponen a la subordinación, que es la esencia de toda sociedad humana."    
          Esta desconfianza de Blanco hacia la idea de la soberanía popular tenía una traducción directa en su agudo escepticismo respecto a las aptitudes políticas del pueblo, sobre todo de los pueblos americanos, sobre quienes repetidamente expresó todo tipo de dudas. Este escepticismo no haría sino aumentar con el tiempo; de hecho, Blanco llegó a pensar que mientras menos poder se le concediera al pueblo, mayores serían las probabilidades de que los nuevos países lograran la ansiada e indispensable estabilidad. En 1824, por ejemplo, escribió un artículo en Variedades en el que hace un encendido elogio de la constitución chilena del año anterior, pero le encuentra un solo defecto..."da demasiado poder al pueblo".
  Bajo la influencia directa de Lord Holland, desde su llegada a Inglaterra Blanco comenzó a alejarse de "la fiebre republicana que los libros franceses y la opresión española hicieron epidémica en la península". El pragmatismo de Bentham, así como el gradualismo y el historicismo antidoctrinario de Burke ("a quien no se puede citar demasiado en estas materias") irán marcando cada vez más el pensamiento político del sevillano, que pronto deja atrás a Rousseau y su Contrato Social, a los que tanto admiraba antes de salir de su patria. Blanco describe esta evolución en su artículo, ya citado, "Variaciones políticas del Español", escrito a principios de 1813. Este texto, fundamental para quien se interesa en la evolución ideológica de nuestro autor, inicia con un epígrafe de Jovellanos sobre la inconsciencia de los "fogosos políticos" que pretenden mejorar el cuerpo social partiendo de cero, ignorando por tanto la tradición (antigua constitución, religión, clima, opiniones, usos y costumbres). El escrito concluye con un encendido elogio de la libertad y con una referencia a las opiniones políticas que a la sazón defiende, en la que afirma que no es fácil dar cuenta de ellas (a diferencia de las que dejó atrás), "porque siendo todas prácticas y dependiendo de las circunstancias del caso, no es posible alambicarlas hasta el punto de reducirlas a tan pequeño volumen como los Derechos del Hombre".
  Las Cortes de Cádiz han cometido, para el "nuevo" Blanco, un gran error: seguir los dictados del dogmatismo y el radicalismo franceses, ignorando a la monarquía limitada inglesa, que, a partir de ahora, considera el mejor sistema político posible. En el último número de El Español, Blanco escribió: "Un solo medio hay para poner a la nación al nivel que le pertenece entre las demás de Europa: éste es establecer un gobierno fundado en los principios que han elevado a Inglaterra al alto puesto en que se halla, fundado en verdadera libertad religiosa y civil." Con base en el sistema político británico, Blanco hace una crítica de tal magnitud a la constitución gaditana que, al final, poco de ésta parece mantenerse en pie. La división de poderes, el sistema unicameral y el papel otorgado al rey son quizás los tres aspectos centrales con los que está en completo desacuerdo (aunque distan de ser los únicos).
  La división de poderes es, para Blanco, un principio "escolástico", muy útil para llenar tratados de política, pero que en la práctica ha resultado perjudicial, "como sucederá siempre con todas las teorías y sistemas, por plausibles que sean". En cuanto al esquema unicameral, Blanco critica el espíritu de partido que anima su existencia. Una vez más, a sus ojos, los liberales gaditanos habían caído bajo el influjo francés. La medida, puramente demagógica desde la perspectiva moderada del sevillano, no solamente pone a las Cortes "al servicio directo" de los deseos del pueblo (ya que, como veremos enseguida, la figura del rey, según Blanco, era puramente decorativa y, como tal, no podía servir de freno a dichos deseos), sino que también indispone contra el régimen a la nobleza y al clero. Nuestro autor está convencido que políticas partidistas como ésta sólo pueden llevar al país hacia la ruina; para evitarlo, no hay otro camino que el del gradualismo y la mesura: "Más vale caminar de acuerdo hacia el bien en una dirección media que haga moverse a la Nación entera, que no correr de frente atropellando y pisando a la mitad de ella."
  Por último, respecto al papel de segundo orden otorgado al rey por los liberales gaditanos, Blanco lo consideraba el signo más seguro del fracaso de la Constitución de 1812. En su opinión, el rey debía ser "el jefe de la Nación", "el padre de la gran familia", el medio para proporcionar "unidad y actividad a la gran máquina del Estado", el hombre que inspirara al pueblo "una especie de respeto religioso"; en consonancia con estas ideas, el poder real no podía estar subordinado a las Cortes, sino que debía corresponder a su importancia dentro de una verdadera monarquía limitada, un sistema de gobierno en el que el primer término era, para Blanco, no menos importante que el segundo. Esta preocupación se combina con su creciente respeto, heredado también de Burke, por la tradición: "El deseo de coartar el poder del rey ha extraviado a las Cortes, y ha convertido al gobierno de España en una oligarquía, que no puede subsistir de manera alguna, porque repugna a su carácter, a sus hábitos y costumbres." Concretamente, proponía que el monarca tuviera todo el poder ejecutivo, que participara en el legislativo, que sus ministros pudieran ser diputados y que su veto fuera absoluto (no suspensivo, como pretendían las Cortes y como finalmente se dispuso en la Constitución).
  A estas diferencias entre la Constitución de 1812 y las propuestas constitucionales de Blanco hay que agregar un elemento que era fundamental para quien, no lo olvidemos, era un clérigo "descarriado": la libertad religiosa (prohibida en el texto gaditano en el "célebre" artículo 12, que era, además, explícitamente intolerante). De hecho, el traído y llevado "radicalismo" de Blanco White se limitaba, como lo señala Pons, a un solo aspecto: su condena absoluta de la Iglesia católica. Una institución cuyo predominio tenía una serie de implicaciones que nuestro autor detestaba: la imposición de sus valores a toda la sociedad española, la Inquisición, la mezcla indistinguible en la España de su tiempo entre la esfera religiosa y la política, el aherrojamiento psicológico y social al que sometía a los individuos y, por si fuera poco, la intolerancia que prohijaba en todos los ámbitos vitales. En opinión de Eduardo Varela Bravo, en la última etapa de El Español, la tolerancia religiosa se había convertido para Blanco en el problema fundamental no resuelto de España. La afirmación es difícilmente rebatible; en cualquier caso, el tema religioso no haría sino aumentar en intensidad y complejidad en la mente de nuestro autor, adquiriendo un tono cada vez más personal y atormentado (como se pondría de manifiesto a través de sus continuos vaivenes en este ámbito desde su llegada a Inglaterra).
  La desafección de Blanco hacia la Constitución de Cádiz no disminuiría con el paso del tiempo; ni siquiera el llamado "sexenio absolutista" modificarían su juicio negativo sobre ella. En 1820, en una carta personal escrita en los albores del Trienio, el sevillano aconseja lo siguiente a su amigo Quintana: "El grande objeto, repito, que al presente debiera ocupar la atención de los verdaderos liberales, es evitar los riesgos que nacen del deseo ciego de restablecer la Constitución toda entera, que es el grito universal de los mantenedores de la Revolución. Si es verdad, como lo temen hombres muy superiores a mí, que la Constitución como está al presente es impracticable, el sostenerla así es condenar a España a una tremenda recaída."
  El "pro-independentismo" de Blanco White, arteramente criticado en su tiempo por sus compatriotas, partía de la siguiente premisa: "Sólo lo justo es verdaderamente útil. Si las Américas son provincias de España, iguales deben ser con ellas en derechos, sean cuales fueren las consecuencias." Esta igualdad, como ya se apuntó, no implicaba separatismo alguno, sino un federalismo que rigiera los destinos de una nación hispano-americana que tendría su punto de unión y cohesión de todos los españoles en la figura del monarca. Para nuestro autor, España no merecía ser libre si mantenía oprimida a América. "C'est l'honneur de Blanco ‹dice Pons en una frase que resulta ocioso traducir‹ d'avoir défendu, pendant quatre ans, cette politique." El problema para las autoridades peninsulares estribaba en que (y en esto no se equivocaban) cualquier reconocimiento de autonomía conllevaba riesgos en el sentido de que, con relativa facilidad, ésta podía convertirse en un primer paso hacia la independencia. Si las condiciones históricas hubieran sido otras, este riesgo hubiera sido mucho menor, pero con la práctica totalidad del territorio peninsular ocupada por el ejército más poderoso de su tiempo, no es difícil entender las reticencias de dichas autoridades en todo lo relativo al tema de la autonomía (o de la "independencia", de acuerdo a la manera en que el término fue utilizado por los americanos y por Blanco durante la primera etapa del proceso emancipador).
  Por otra parte, es posible apreciar en Blanco una tendencia a exigir mucho de los gobiernos peninsulares (Junta Central, Regencia, Cortes) en lo relativo a la situación americana y adoptar una postura menos exigente al ocuparse de los líderes de los movimientos autonomistas. "Quizás su error más grave consistió en hacer responsables principalmente a los españoles de los impedimentos que surgieron en el camino de la reconciliación que él deseaba, siendo así que los americanos no dieron muestras de mejor voluntad." Esta actitud de Blanco, como ya se mencionó, empezaría a modificarse a partir de la declaración de independencia de Venezuela en julio de 1811. Para entonces, no obstante, los elementos esenciales de la aportación de Blanco a la causa patriota americana o, como prefiere llamarla Pons, su contribución a la conformación de la "personalidad de América", eran ya un hecho: el derecho a la autonomía de los americanos, la legitimidad de sus reivindicaciones, la dignidad de sus proclamas y, por último, la especificidad geográfico-económica de la región.
  Los límites de la simpatía que Blanco sentía por la causa americana estaban en relación directa con sus preferencias políticas en el ámbito doctrinal. Desde su llegada a Londres, su pensamiento político estuvo mucho más cercano de las corrientes inglesas que de las francesas y, en consecuencia, a partir de entonces reprobó el "revolucionarismo", el republicanismo y, en general, la tendencia dogmática y voluntarista de muchos de los líderes políticos y publicistas americanos. Su moderantismo, su reformismo y su preocupación por el funcionamiento concreto del gobierno y por las libertades prácticas de los ciudadanos (que no por los principios teóricos que supuestamente las fundamentan) fueron creando una brecha entre Blanco y los americanos. Una brecha que no podía sino aumentar si se tiene en cuenta la paupérrima opinión que, como ya se apuntó, nuestro autor tenía sobre el temple moral de aquéllos.
  En este aspecto, como en muchos otros, Blanco nos recuerda a Bolívar. Ambos se dieron cuenta muy rápido del carácter ineluctable de la independencia americana, pero, al mismo tiempo, se percataron claramente de que estaban frente a un fenómeno histórico prematuro. Ambos pensaron que los principios revolucionarios estaban llevando a los americanos a una espiral de inestabilidad y violencia de la que tardarían mucho tiempo en salir, ambos fueron sumamente escépticos frente al más importante de estos principios  (la soberanía popular) y ambos, como acabamos de apuntar, compartían la percepción de que la moralidad americana dejaba muchísimo que desear.
  En lo que concierne al ámbito político peninsular, Varela Suanzes considera que la alternativa propuesta por Blanco a la constitución gaditana es "la más inteligente de todas las que se defendieron en aquellos críticos años, entre otras cosas porque se formulaba desde el liberalismo y no desde un tímido reformismo ilustrado o desde la reacción, como era habitual entonces". Blanco se mostró más moderado y más realista que los liberales gaditanos; sus críticas a éstos, sin embargo, fueron ignoradas a priori por considerar que provenían de un "traidor", de un "enemigo de la patria", y, en consecuencia, dicha moderación y dicho realismo no tuvieron la más mínima repercusión sobre la Constitución de 1812. No obstante, muchas de las propuestas de Blanco serían recogidas por el constitucionalismo español posterior: la supresión o atenuación del dogma de la soberanía nacional, el refuerzo de los poderes de la Corona, la concesión al rey del veto absoluto, la estructura bicameral y, por último, la flexibilidad en la relación entre los poderes legislativo y ejecutivo.
  En un artículo escrito en diciembre de 1810, Blanco urgía a las Cortes a detener la guerra contra América y, previendo (temiendo) lo que estaba por venir, escribió: "Lo más probable es que los americanos sean superiores a las fuerzas europeas; y que después de derramar mucha sangre, el nombre español sea para los nietos de los conquistadores del Nuevo Mundo tan odioso, como el de sus abuelos lo fue a sus primitivos habitantes. La consecuencia de esto sería la separación absoluta de América, y la ruina de la causa de España." En otro artículo, redactado en julio de 1811, se puede leer: "La América española por necesidad será independiente en algún tiempo (no sabré decir cuando), porque esperar que con sus riquezas, con su extensión, y sus medios ha de estar siempre sujeta a un pueblo que vive a dos mil leguas, aun cuando la gobernara una serie ininterrumpida de Solones, y tuviera al frente de sus fuerzas otros tantos Alexandros, es un verdadero sueño. Pero si los americanos quieren no retardar este periodo, no lo apresuren, dejen obrar a la naturaleza; la libertad es una planta delicada, que se debilita y perece cuando se la fuerza a dar fruto demasiado temprano." 
Es en citas como éstas en donde habría que buscar una interpretación más justa de Blanco y de su "pro-americanismo". Si la derrota final de los ejércitos realistas en Ayacucho fue considerada por él una "agradable noticia" (como escribió en un artículo de Variedades que sus detractores se deleitaron durante mucho tiempo en citar) fue porque, pese a su profundo escepticismo respecto al futuro de los países americanos que estaban naciendo, desde su punto de vista la libertad tenía en esos territorios una oportunidad que le estaba vedada en su tierra natal.

Roberto Breña

Cartas de España

De un converso al anglicanismo, que había pasado antes por una etapa de incredulidad, mal podía. esperarse que hablara favorablemente del catolicismo ; pero, además de declarar expresamente - aunque no sé si sinceramente - que sus palabras no debían tomarse en sentido general, sino referidas más bien alas prácticas dominantes en España, lo cierto es que pocos escritores han hecho de los jesuitas españoles el elogio que Blanco les tributa en estas páginas.
Menos condescendiente se muestra, en cambio, con los liberales, aunque él no hubiera dejado de serlo. Su autobiografía religiosa la redactó por primera vez sin propósito depublicarla, por esa íntima necesidad de justificación que siente todo converso. Al incluida en las Cartas, tres años después, contribuía, en primer término, como se ha dicho, a destacar la importancia de la religión en la vida española; pero también le movieron a ello otras consideraciones. Cualquiera podía preguntar : ¿Cómo ahora, al restaurarse la libertad política en España, que había acabado, entre otras cosas, con la Inquisición y los libros prohibidos, venía a trazarse un cuadro nacional velado aún por sombras inquisitoriales que ya no pertenecían sino al pasado? Para Blanco, sin embargo, aquel pasado seguía siendo presente, mientras persistiera en la Constitución española la anomalía de proclamar todas las libertades menos la religiosa. Su cuadro, pues, no era tan anacrónico; y los liberales mal podían vanagloriarse de haber renovado la vieja España, mientras siguieran manteniendo el conformismo religioso que en otro tiempo fue causa de sus sufrimientos personales. Aunque, los liberales, por otra parte, eran los mismos que años antes le acusaron y persiguieron, haciéndole difícil su vida en Inglaterra, y forzándole indirectamente en buscar seguridad, a su anglificación política y religiosa.
Se trata de una confesión, mas no rousseauniana." No poseo -declara al principio de esa 'Carta tercera' el cinismo intelectual que me permitiría, como a Rousseau, exponer mi corazón desnudo a la mirada de los demás. No tengo tampoco su odiosa y desgraciada propensión expresarme con afectada franqueza ni su cautivadora elocuencia; y como he de vencer no pequeñas resistencias mi parte y el sentimiento del decoro para decidirme a escribir un relato que concierne a mi entendimiento y mi razón, tengo algún motivo para creer que lo emprendo impulsado por un sincero deseo de ser útil a los demás.»
El sentimiento del decoro podrá ser un. obstáculo para cualquier confesión total y sincera, si es que tal cosa existe, pero no hay duda de que lo tuvo Blanco. Rousseau era esencialmente un "plebeyo" que prescindía sin recato de consideraciones sociales; de ahí su novedad. Blanco, en cambio, con todo su espíritu crítico, es un caballero sevillano en medio de sus rebeldías procede siempre con mucha circunspección. En carta a su hermano Fernando del 9 mayo de 1822 le dice: "Probablemente las Cartas de Doblado pasarán por alto ahí, o temo que algunos se picarán, no por personalidades, sino por generalidades. En ellas me he pintado a mí mismo y he dado un retrato de nuestros padres, todo bajo un decente velo. Pero no :comprometido a ninguno con la alabanza que el corazón dictaba. ¡Pobre Arjona! Hago mención de él sin nombre. Mármol no queda sin un recuerdo, pero ininteligible, excepto para los que nos conocieron cuando jóvenes."
La autobiografía de Blanco tiene un valor histórico que rebasa el marco personal, pues en ella, aunque velada y fragmentariamente, se hace referencia a otros españoles de ideas más o menos afines alas suyas. Así, de un modo directo, y no a través de delaciones ajenas, podemos entrever que fue la existencia de una minoría intelectual inconfórmista en) a España de su tiempo. Nadie, que yo sepa, había hablado de Meléndez Valdés en la ... forma que él lo hace, aunque sin nombrarle; ni de los esfuerzos que en varias Universidades realizaron por su cuenta algunos jóvenes maestros para que sus discípulos pudieran salir del estrecho círculo de estudios a que forzosamente se veían reducidos; ni de la solidaridad que se establecía entre unos y otros al reconocerse, poco menos que tácitamente, como disidentes.
Aunque no conociéramos la vida de Blanco White e ignorásemos que Leucadio Doblado es anagrama de su nombre, no podría haber la menor duda de que el autor de las Letters from Spain fue un sevillano profundamente encariñado con su ciudad natal. La España que describe es, más que andaluza, sevillana.
Pero las Cartas son al mismo tiempo la obra de quien ya en una ocasión, antes de expatriarse definitivamente, huyó de Sevilla por las razones que sabemos y este sevillano, firmemente decidido a no volver, es el que ahora desde Londres vuelve con el recuerdo a su lugar de origen. Evocándolo con el amor del desterrado. Los objetos que contempla imaginativamente adquieren nuevo valor y nuevos matices por ser inasequibles. Lo lejano y remoto, como dijo Bécquer, se espiritualiza siempre en nuestra visión. Pero aquí la imagen no es vaga y brumosa; al contrario, se precisa. Blanco pone el mayor cuidado en darnos, aunque con trazos escuetos, el contorno y relieve de las cosas, como si quisiera apropiárselas. Así es, en efecto, pues lo que intenta es hacerla s revivir para él. Por eso la descripción va acompañada igualmente de recuerdos personales.
Buen número de las festividades descritas en la «novena carta» fueron la alegría de su infancia. A la lejanía en el espacio se añade la del tiempo; él mismo observaba que se iba haciendo viejo por la creciente importancia que adquirían sus recuerdos infantiles. En las páginas de «El Alcázar de Sevilla», que redactó en español poco después que las Cartas de España, la evocación de la ciudad natal va precedida por estas melancólicas consideraciones: "Bajando estoy el valle de mi vida, y todavía se fijan mis pensamientos en aquellas calles estrechas, sombrías y silenciosas, donde se respiraba el aire perfumado que venía como revoloteando de las vecinas espesuras; donde los pasos retumbaban en los limpios portales de las casas; donde todo respiraba contentamiento y bienandanza; modesto bienestar ensanchado por la alegría y por la mesura de los deseos; honrada mediocridad, que no se atraía el respeto por la opulencia ni por el poder, sino por el pundonor heredado. Ya empieza a desvanecerse, como meras ilusiones, los objetos que me rodean, y no sólo los recuerdos, sino las sensaciones eternas que recibí en aquella época bienhalada, se despiertan como realidades en mi fantasía. ¡Qué es lo que queda las cosas humanas sino estos vestigios mentales, estas impresiones penosas y profundas que, como heridas mal cerradas en el corazón del desterrado, echan sangre cada vez que se las examina!" Blanco no pretendió en su obra descubrir el carácter nacional de los españoles por parecerle que las generalizaciones de esta especie carecen de fundamento. "Tendrá que perdonarme usted por haberme abstenido de trazar un cuadro del carácter nacional de los españoles. Siempre he considerado tales descripciones carentes de sentido; mero conjunto de antítesis en donde para producir efecto se contraponen buenas y las malas cualidades, con muy poca base en naturaleza humana. El poder de observación del hombre puede ser al mismo tiempo tan preciso y tan extenso, minucioso y tan general, como para permitirle incorporar los rasgos particulares de millones de seres en un solo ser abstracto que contenga los de todos ellos. Sin embargo, es lo que intentan la mayoría de los viajeros tras unas pocas semanas de estancia y lo que estamos acostumbrados a esperar desde la primera vez que pusieron en nuestras manos un manual de geografía. Por consiguiente, voy a esforzarme ni en la abstracción ni en la clasificación, sino en recoger cuantos hechos permitan a otros darse cuenta de las tendencias generales del estado civil y religioso de mi país, y emitir juicio sobre su influencia en el mejoramiento o degradación de dicha parte de la humanidad, independientemente de las infinitas modificaciones que surjan de las circunstancias externas e internas de cada individuo."
Contrariamente a lo que creía Menéndez Pelayo, las páginas sobre la corte en la época de Godoy, si bien de las más divertidas, no son las más originales de Blanco. Aquel mundo cortesano lo conoció él mucho menos directamente que otros. Con toda probabilidad, sus fuentes - a veces erróneas - fueron en este caso no sólo españolas el ex ministro Saavedra, sino inglesas: lady Holland, que estaba muy al corriente de las intrigas cortesanas por su trato con la aristocracia española y su insaciable curiosidad femenina, y su marido, no menos familiarizado con personajes públicos de aquel tiempo. Pero aunque Blanco utilice materiales ajenos, siempre añade algún detalle nuevo y sabe contar la misma anécdota mejor que otros. Sirva de muestra la de Godoy a propósito de la fugaz relación de la reina con un joven venezolano llamado Mallo.
La parte que trata de los "pretendientes" en Madrid, al principio de la "carta once", es todo menos un cuadro pintoresco o satírico. Vemos allí las diferentes clases de aspirantes a puestos oficiales, los procedimientos de que se valen para obtenerlos, las frecuentes arbitrariedades en la concesión y la degradación civil consiguiente. Pero en medio de tal cuadro, Blanco hace una pausa para mostrarnos que no todo era vicio y corrupción en la España de Godoy. Y nos presenta con su propio nombre al director de la Deuda Pública, don Manuel Sixto Espinosa, el alto funcionario inteligente y capaz, cumplidor estricto de su deber, inaccesible a influencias, ejemplar en su conducta privada, modesto y sencillo en todos los actos de su vida. La silueta de Espinosa no aparece aquí para señalar una excepción a la regla. Es otra figura - como la de Arjona, la de Sotelo y, a más altura, las de Meléndez y Jovellanos, que ejemplifica lo que en este aspecto piensa Blanco sobre España. Los fallos, la ineficiencia, el atraso intelectual del país, no se deben al carácter de los españoles ni a ninguna especie de inferioridad, sino al sistema político y social en que tienen que vivir; sistema nocivo justamente porque no permite, sino en muy contados casos, el desarrollo de las valiosas cualidades que poseen. Idea que se reitera en otros escritos suyos y que se encuentra hasta en el fondo de sus opiniones literarias.
En la composición de las Cartas la variedad se logra mediante el contraste, alternando sucesivamente aspectos diversos de la sociedad española. A la descripción del vivir diario en Sevilla, con sus paseos, vendedores ambulantes de agua, convites, carácter y vestidos de las mujeres, sigue autobiografía religiosa de Blanco, con sus inquietudes y luchas íntimas en una atmósfera opresiva. De aquí pasamos en el capítulo siguiente, al aire libre de la Sevilla callejera, al movimiento y regocijo del día de toros y al entretenido y pintoresco viaje por la serranía de Ronda. Luego vienen las páginas dolorosas de la ciudad acometida por la fiebre amarilla, y a continuación, la vida conventual, para terminar con las procesiones de Semana Santa y la ordinaria variedad de festividades religiosas populares. La última parte de la obra no ofrece un contraste menor entre la frívola vida de la corte, con sus intrigas y ostentación, y la agitación producida por la actitud de las tropas francesas, que había de provocar la guerra. Páginas éstas historia vivida por el autor, que pueden señalarse como ejemplo de su arte narrativo.
Se ha observado con acierto que la eficacia de los cuadros trazados por Blanco depende, más que nada, de la utilización del detalle significativo; particularmente, habría que añadir del individual humano. Si Blanco recomienda a veces, con todos sus errores, el libro de Townsend para el conocimiento de ciertos lugares, es porque su objeto principal no son los monumentos ni las ciudades de España, sino sus habitantes, los españoles. Ni siquiera en la descripción de la corrida de toros falta el detalle personal y para dar idea de lo que el espectáculo representaba para el buen aficionado, se vale de un caso muy poco frecuente, excepcional, pero quizá por eso mismo más significativo e impresionante. El de aquel caballero sevillano que, después haber perdido la vista, seguía yendo a las corridas y, un guía al lado que le iba explicando las peripecias a lidia, se entusiasmaba de tal manera en los momentos culminantes que batía palmas como los demás espectadores.
Años después de publicar las Letters from Spain, por dos veces se puso Blanco a escribir una continuación del libro. En 1835, cuando acababa de separarse de la Iglesia anglicana,redactó el prefacio, que se conserva manuscrito, y se dirigió al editor Colburn proponiéndole un segundo volumen Pero no tuvo respuesta, y entre tanto había empezado a colaborar en una nueva revista fundada por John Stuart MilI. La idea de continuar las Cartas de España no se le ocurrió a Blanco, sino a su amigo Clemente Zulueta. A juicio de Zulueta, el último medio siglo de la historia española constituía un período de transición durante el cual las costumbres, la manera de ser genuinamente castellana, había desaparecido, y una vez borradas las huellas de aquel temple moral, formado, según él creía, por rasgos árabes y germánicos, no habían dado paso sino a una verdadera caricatura de franceses e ingleses. De ahí, a su parecer, el interés que tenían las Cartas de España. Aquella obra de Blanco era como la mascarilla de un rostro amado hecha en el momento en que los rasgos conservaban aún un aspecto de vida, pero anunciando ya el próximo decaimiento y disolución. Las costumbres, el carácter de los españoles, sus maneras de sentir y pensar, que tan fuertemente impresionaron la imaginación de Blanco en su juventud, fueron desvaneciéndose, y en el presente habían desaparecido. Podían trazarse otros retratos imaginarios de aquel pasado, pero ninguno tan auténtico como el de Blanco. Zulueta creía estar en condiciones de apreciado así por su edad; era más joven que su amigo, pero no tanto que no hubiera podido ver una parte de las dos épocas. Blanco debía, pues, ampliar su obra con nuevos cuadros sin necesidad de introducir el menor elemento ficticio. Pensar en España y llevar al papel sus observaciones sería bastante. Zulueta había notado que Blanco, por mucho que se hubiera anglificado, no podía mencionar el Guadalquivir sin sentirse espiritualmente transportado a sus orillas. Estaba seguro de que, dijera lo que quisiera sobre temas españoles, aun sin ofrecer ninguna novedad, despertaría siempre simpatía. Zulueta tenía razón; la España de Blanco era la de otro tiempo, la de su juventud, y a la manera de evocada se debía seguramente el mejor atractivo de las Cartas.
Su obra le dio a Blanco un nombre como escritor inglés. Desde entonces aumentan sus relaciones literarias. Asiste a la tertulia de Campbell, y el editor Murray le invita a la que mantiene en su casa. No falta a las cenas de Holland House, ahora ya no sólo como amigo, sino por su pro propio mérito, y allí conoce a nuevos personajes del mundo político y literario.
¿Qué aspecto tenía Blanco por entonces, cercano ya a los cincuenta años? Cyrus Redding, el redactor jefe de The New Monthly Magazine, lo recordaba así: "Era hombre un tanto tanto sombrío, de rostro pálido, de rasgos muy españoles. Su conversación era muy agradable, y poseía multitud de conocimientos en los asuntos más variados. Difícilmente podrían encontrarse dos individuos más opuestos en mentalidad y apariencia que Campbell y White. Los modales suaves de éste y su tranquila manera de hablar contrastaban fuertemente con la impulsividad y a veces impetuosidad de Campbell. White se ponía a hablar de Sevilla y de Andalucía con profundo interés, pensando bien las palabras, describiendo a la gente y al país con sentimientos de un afecto ardiente y de un modo que mostraba al mismo tiempo su fino discernimiento crítico. White, dijo un día Campbell, está malgastando su vida en cuestiones teológicas."

Vicente Llorens
Introducción -
José Blanco White - Cartas de España -
Alianza Editorial, Madrid, 1986 - págs.: 22-29



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