Raquel
Jornada I
Se ha suprimido en la presente edición la "Loa para la Tragedia de Raquel" compuesta en Orán con ocasión de la primera representación. (Orán, 1772).
Tambien se ha retirado de esta edición la " Introducción para la tragedia española intitulada Raquel", que el autor había añadido con ocasión de la primera representación en la Corte, año 1778.
Argumento
Pues el Rey don Alonso ovo passados todos estos trabajos en el comienzo quando reynó, e fue casado, fuese para Toledo con su muger Doña Leonor; e estando y, pagóse mucho de una Judía que avie nombre Fermosa, e olvidó la muger, e encerróse con ella gran tiempo en guisa que non se podie partir de ella por ninguna manera, nin se pagaba tanto de cosa ninguna; e estubo encerrado con ella poco menos de siete años, que non se menbraba de sí nin de su Reyno nin de otra cosa ninguna. Estonce ovieron su acuerdo los omes buenos del Reyno cómo pusiesen algún recaudo en aquel fecho tan malo, e tan desaguisado; e acordaron que la matasen, e que así cobrarién a su Señor, que teníen por perdido: e con este acuerdo fuéronse para allá, e entraron al Rey diciendo que querían fabrar con él; e mientras los unos fabraron con el Rey, entraron otros donde estaba aquella Judía en muy nobles estrados e degolláronla.
(Chrónica General)
PERSONAS
ALFONSO OCTAVO, rey de Castilla.
RAQUEL, judía.
RUBÉN, confidente de RAQUEL.
HERNÁN GARCÍA DE CASTRO, rico hombre.
ALVAR FÁÑEZ, rico hombre.
GARCERÁN MANRIQUE DE LARA, rico hombre.
CASTELLANOS.
GUARDIA DEL REY.
Acompañamiento de judíos y judías.
Plebs ferro me saeva petit, pereoque libenter
Carnificis docta sic mage pulcra manu.«... Tu amor es mi delito;
La plebe quien le juzga y le condena».
Jornada I
En el antiguo Alcázar de Toledo, salón común de audiencia, con silla y dosel real en su fondo.
Salen GARCERÁN MANRIQUE y HERNÁN GARCÍA.
GARCERÁN MANRIQUE
Toda júbilo es hoy la gran Toledo:
el popular aplauso y alegría
unidos al magnífico aparato
las victorias de Alfonso solemnizan.
Hoy se cumplen diez años que triunfante
le vio volver el Tajo a sus orillas,
después de haber las del Jordán bañado
con la Persiana sangre y con la Egipcia,
segundo Godofredo, cuya espada
de celestial impulso dirigida,
al cuello amenazó del Saladino,
tirano pertinaz de Palestina,
cuando el poder, y esfuerzo Castellano
cobró en Jerusalén la joya rica
del Sepulcro de Cristo, con desdoro
del Francés Lusiñán antes perdida;
y hoy también hace siete, que postrado
el orgullo feroz de la Morisma,
le aclamaron las Navas de Tolosa
por sus proezas Marte de Castilla,
y ofreciendo los bárbaros pendones
por tapetes del Templo de María,
perpetuó de la hazaña la memoria
con la celebridad hoy repetida.
En confuso tropel el Pueblo corre
por volver a su Monarca, que este día
dejándose gozar de sus Vasallos,
hacer mayor la fiesta determina.
La Corte toda al Templo le ha seguido;
y pues que nuestra falta conocida
no podrá ser en tanta concurrencia,
esperemos en estas galerías
a que vuelva; si quiere honrar el lado
de Garcerán Manrique Hernán García.
HERNÁN GARCÍA
Sí, Garcerán; agradecido admito
tu cortés expresión; mas no repitas
memorias, que o del todo están borradas,
o tan notablemente oscurecidas.
Esperemos, sí, a ver con indolencia,
que en tan enorme subversión prosiga
el desorden del Reino y su abandono,
del intruso poder la tiranía,
el trastorno del público gobierno,
nuestra deshonra, el lujo, la avaricia,
y todo vicio en fin, que todo vicio
en la torpe Raquel se encierra y cifra:
en ese basilisco, que de Alfonso
adormeció el sentido con su vista,
tanto, que sólo son sus desaciertos
equívocas señales de su vida.
Siete años hace que el Octavo Alfonso
volvió a Toledo en triunfos y alegrías,
y esos hace también que en vil cadena
trocó el verde Laurel que le ceñía.
¿Pues cómo, cuando dices sus hazañas,
Garcerán, no repites la ignominia
con que hace tanto tiempo que en sus lazos
enredado le tiene una Judía?
¿Cómo, cuando sus triunfos nos refieres,
la esclavitud ignominiosa olvidas
de la Plebe infeliz sacrificada
de esa Ramera vil a la codicia?
¿Cómo de la Nobleza y de sus fueros
omites el ultraje y la mancilla?
Reina es Raquel: su gusto, su capricho,
una seña no más, es ley precisa
del Noble y del Plebeyo venerada.
Estas hazañas añadir debías
a la Historia de Alfonso, si te precias
de ser, oh Garcerán, su Coronista.
MANRIQUE
Permíteme admirar el que así olvides
la obligación, Hernando, de la antigua
nobleza de tu sangre. Los leales
jamás acciones de su Rey critican,
aun cuando el desacierto los disculpe.
Los Reyes dados son por la divina
mano del cielo; son sus decisiones
Leyes invïolables, y acredita
su lealtad el vasallo, obedeciendo.
Quien sus obras censura, quien aspira
a corregir sus yerros, el derecho
usurpa de los cielos, y aun vendría
a ser audacia atroz...
GARCÍA
Cuando se aparta
de lo que es justo el Rey, cuando declina
del decoro que debe a su persona,
lealtad será advertirle, no osadía.
En el excelso Trono es donde debe
resplandecer más tersa la justicia,
y un Rey con sus acciones mayor cuenta
debe tener; que el vicio que sería
apenas conocido en las Cabañas,
si en los Palacios reina, escandaliza.
MANRIQUE
El que profiera quejas...
GARCÍA
No me quejo
de Alfonso yo; lamento la desdicha
de este Reino infeliz, presa y despojo
de una infame mujer prostituida;
del Rey el ciego encanto, las prisiones
con que esta torpe Hebrea le esclaviza;
la soberbia, el orgullo, el despotismo,
con que triunfa del Reino cada día.
La primera persona de la Corte
es Raquel; a su obsequio se dedican
los grandes y pequeños, que presumen
ser las bajezas puertas de la dicha.
¿Quién, Garcerán, no teme, aunque su ilustre
nacimiento y conducta le distingan,
caer en su desgracia? De su arbitrio
penden honor, hacienda, fama y vida;
agotados del Reino los tesoros
tiene su profusión; su altanería,
por sumisión, adoración pretende;
besarla el pie, doblarla la rodilla,
el medio de medrar es en la Corte.
¿Y esto los Ricos Hombres de Castilla
deben sufrir? ¿Es esto ser leales?
Esto no es lealtad, es villanía.
MANRIQUE
Conozco tu razón; veo que Alfonso
hacia su perdición se precipita;
de Raquel la injusticia considero;
pero Alfonso es mi Rey; Raquel me obliga
con beneficios; fiel y agradecido
debo ser a los dos; que ofendería,
si obrara de otro modo, mi nobleza.
Mas Raquel sale.
GARCÍA
¡Qué desvanecida
la tiene su privanza y su fortuna!
MANRIQUE
¡Qué belleza tan grave y peregrina!
GARCÍA
¡Y qué bien entre Godos capacetes
parecen, Garcerán, tocas Judías!
(Salen RAQUEL, RUBÉN y acompañamiento de judíos y judías.)
RAQUEL
¡Oh Garcerán!
MANRIQUE
En hora buena salga
a dar esmalte nuevo al claro día
la aurora de Toledo. Tantos siglos
goces esa beldad, Raquel divina,
cuantas arenas de oro el rico Tajo
revuelve en sus corrientes cristalinas.
GARCÍA
¡Qué torpe adulación!
RAQUEL
Tanto agradezco,
Manrique, tu atención, cuanto me admira
ver que los Ricos Hombres desamparen
de Alfonso el lado en tan notable día,
y ociosos en las cuadras de Palacio
asistan, cuando fuera más bien vista
la asistencia a su Rey, en los que tanto
se precian de leales.
GARCÍA
¡Qué osadía!
MANRIQUE
Yo... Raquel... Mi respeto...
GARCÍA
(A MANRIQUE.)
Su respeto
los Nobles a su Rey sólo dedican.
(A RAQUEL.)
Cuando Alfonso en las Navas de Tolosa
esgrimió contra Alarbes la cuchilla;
o cuando los Persianos escuadrones
en los campos domó de Palestina,
entonces le seguí, sin que a su lado
faltase mi persona noche y día.
Mas ahora, que en fiestas se entretiene,
que no hay fieros contrarios que le embistan,
y que guerras de amor sólo sustenta,
no ha menester, Raquel, mi compañía.
Tropas de aduladores le acompañen
de tantos que alimenta la codicia,
mientras viva en su Corte; que en campaña
siempre el primero fue Fernán García.
RAQUEL
¡Qué presunción tan fiera! Tus razones
bien la aspereza bárbara acreditan
de tu rústica cuna, y tu crianza.
Lo inculto de los Montes de Castilla
no llevan fruto menos desabrido
que tu barbaridad y grosería.
Patria de fieras y de atrevimientos
han sido siempre: bien lo califica
la avilantez con que de Alfonso el nombre
ha insultado tu voz. Y si se fía
en su piedad el grave desafuero
con que a él te atreves, advertir debías,
que aunque piadoso, es Rey; que de su arbitrio
dependen las fortunas y las vidas,
y no están muy seguras las del necio
que no teme a Raquel por su enemiga
GARCÍA
¡Qué vanas amenazas! Los vasallos
que como yo su lealtad confirman
con tantas pruebas; que su sangre ilustre
en defensa de Alfonso desperdician;
aquellos que en sangrientos caracteres
de heridas por su nombre recibidas
llevan la ejecutoria de sus hechos
sobre el noble papel del pecho escrita,
ni temen amenazas, ni calumnias,
por más que les combata la malicia.
Pero a ti, a quien estéril de esos montes
el terreno parece, es bien que diga
(para que de un error te desengañes),
que a estas montañas que desacreditas,
la libertad de España se les debe;
que en el Alarbe yugo gemiría
por ventura hasta hoy, si su aspereza
no hubiese producido esclarecidas
almas, que con valor y atrevimiento
sacudiesen del cuello la ignominia.
Y no cansado su feraz terreno
espíritus produce todavía,
que el vicio y la maldad abominando,
poderla derribar al fin confían
del supremo lugar, del alto asiento
que tan indignamente tiraniza.
(Vase.)
RAQUEL
¿Que esto sufra?, ¿que siendo yo de Alfonso
dueño absoluto (acábenme mis iras)
a ultrajarme se atreva así Fernando?
¿Visteis tal libertad?, ¿tal osadía?
¿De qué el poder me sirve si a mis plantas
no ofrece el labio, la cerviz no humilla?
Pero hoy verá Toledo con asombro
castigadas sus locas demasías.
¡Oh, cuánto Alfonso tarda! Ya el deseo
de ver sus altiveces abatidas
impaciente me tiene. Tú, Manrique,
advierte luego a Alfonso.
MANRIQUE
Si te obliga
con esto mi obediencia, ya te sirvo.
(Vase.)
RAQUEL
Rubén, ¿soy yo Raquel? ¿Soy quien solía
en el alma de Alfonso y en su Corte
ser adorada en vez de obedecida?
¿Soy quien las riendas del gobierno tiene
en sus manos?, ¿quien premia y quien castiga?
Sácame ya, Rubén, de tanta duda;
que al verme así ultrajada y ofendida,
mi poder y mi suerte desconozco,
y pienso que no soy la que solía.
RUBÉN
No al enojo la rienda, Raquel bella,
sueltes así. De Hernando la osadía
honras con tu pesar. Yo te he criado;
por mi astucia, Raquel, y mi doctrina
te has dirigido en toda tu privanza,
desde el día feliz en que rendida
al imperio quedó de tu hermosura
de Alfonso Octavo la soberanía.
Que acertados han sido mis consejos,
sus felices efectos acreditan.
Esta verdad supuesta, ¿la venganza
no está en tu mano? ¿Pues por qué fatigas
tu corazón con tales sentimientos?
Muera Fernando, muera quien irrita
a Raquel; y si el Reino se le atreve,
libre de su rigor no quede vida.
Pero sea, Raquel, con disimulo:
no armes con la amenaza la malicia;
sientan el golpe los que te ofendieren,
primero que el amago de tus iras.
Alfonso cuanto pides te concede:
su corazón, su Cetro y Monarquía
riges a tu albedrío. Pues si tanto
te puedes prometer, ¿en qué vacilas?
Muera Fernando, el Pueblo, la Nobleza,
y si te ofende, abrásese Castilla.
RAQUEL
Abrásese Castilla y muera Hernando;
sí, Rubén: ¿Mas tan graves demasías
no deberán sentirse?
RUBÉN
No lo niego,
mas deberán hallarte prevenida.
Siempre al favor persiguen enemigos,
que es la privanza madre de la envidia.
Los Ricos Hombres tienes agraviados;
pues los honores que a ellos se debían,
por tu mano se dan a los Hebreos.
Si los ofendes tú, ¿qué maravilla
es que se quejen ellos? Mas ya el ruido
manifiesta que Alfonso se avecina.
Ya llega.
RAQUEL
Ahora de mi justo enojo
tendré satisfacción: verá García
si se ofende a Raquel impunemente,
y si es bien temerario quien la irrita.
(Salen ALFONSO, MANRIQUE, ALVAR FÁÑEZ y acompañamiento.)
ALFONSO
Aplíquese al desorden el remedio,
Alvar Fáñez, si da lugar la ira
al discurso.
RAQUEL
(De rodillas.)
Admitid, amado Alfonso,
un alma...
ALFONSO
(Apartándola.)
Raquel, calla; no prosigas;
no cuando el corazón en iras arde
ahogues las venganzas que fulmina.
Segunda Troya al fuego de mi enojo
ha de ser hoy Toledo. ¿Quién creería
tan audaz desacato? ¿Se ha olvidado
Castilla de que Alfonso la domina?
¿Sabe que aquesta espada, aqueste brazo
es segur de la Parca contra vidas
de traidores? y que... Pero, ¿qué dudo?
Lugar no quede, puesto no se omita
sin examen; procúrese el aleve
autor de aquella voz tan atrevida,
tan indigna de pechos Castellanos;
los cómplices se busquen que la animan;
que a mi poder protesto, y a los Cielos,
que el grave desacato escandaliza,
que ha de ser mi venganza y su castigo
asombro de Toledo y de Castilla.
Parte tú, Garcerán; los sediciosos
asegura si puedes o averigua,
que ha de ver hoy España y todo el orbe
si Alfonso Octavo de quien es se olvida.
MANRIQUE
No quedará lugar que no se inquiera
en busca del traidor.
(Vase.)
ALVAR FÁÑEZ
Tan conmovida
está Toledo, que será difícil
poderla sosegar.
ALFONSO
Pues mientras rija
este brazo el acero victorioso,
rayo que intentos bárbaros derriba,
tiemble Castilla, España, Europa, el Orbe
de Alfonso la venganza.
RAQUEL
Sumergida
estoy en confusiones.
ALFONSO
Tú, Alvar Fáñez,
sígueme.
RAQUEL
(Deteniéndole.)
¿Así, Alfonso, de mi vista
sin oírme te apartas? ¿En qué culpa
ha incurrido mi amor? ¿Tú te retiras
de mí, grave y severo? ¿Qué mudanzas
son aquéstas, Señor?
ALFONSO
Nada me digas;
aquesto es ser Alfonso desdichado,
y Raquel la ocasión de sus desdichas.
(Vase con el acompañamiento.)
RAQUEL
¡Ay de mí!, ¿qué he escuchado? Tú, Alvar Fáñez,
explícame este arcano.
ALVAR FÁÑEZ
Pues te avisan
que eres tú la ocasión de tantos males,
la respuesta te puedes dar tú misma.
RAQUEL
(A RUBÉN.)
¿Estoy despierta, o sueño por ventura?
RUBÉN
No sé, Raquel; la misma duda agita
mi discurso y razón, imaginando
que es cuanto he visto sueño o fantasía.
RAQUEL
¿Qué especie de dolor tan inhumano
es éste, oh corazón, que por primicias
de los males y sustos que me aguardan,
me ofrece la tirana suerte mía?
¿Quién de tanto favor se prometiera
tan no esperada, tan mortal caída?
¿Y quién hecha, fortuna, a tus halagos
pudiera recelarse tal desdicha?
Alfonso me aborrece; sus desvíos
de mis temores la verdad confirman;
¿pues cómo podrá ser ya venturosa
la que se ve de Alfonso aborrecida?
¡Qué necio quien se fía de la suerte,
sin advertir que el tiempo y que los días,
que Ciudades destruyen y edificios,
favores y privanzas aniquilan!
¿Qué causa puede haber, amado Alfonso,
para tanto desvío? ¿Mis caricias
en qué te han ofendido, que por premio
sólo odio y desagrado se concilian?
Mas ¡ay de mí!, que en vano me desvelo
en buscar la ocasión de mis fatigas;
pues la suerte que empieza a perseguirme,
por doblarme el dolor, querrá encubrirla.
RUBÉN
¿Así, Raquel, tu corazón desmaya
en tan fuerte ocasión, donde es precisa
la constancia mayor? En los principios
si un mal, aunque sea leve, se descuida,
fuerzas del abandono va cobrando,
que el remedio después inutilizan.
Reciente es este mal; aún se está a tiempo
de poderle acudir; quien averigua
la causa de un dolor, con más acierto
aplicarle podrá la medicina.
Inquiérase, Raquel, de esta desgracia
la ocasión; que después de conocida,
si no cede a remedios ordinarios,
buscará los extremos mi malicia.
RAQUEL
Bien, Rubén, me aconsejas; ¿en qué dudas?,
al yugo vuelva la cerviz altiva
segunda vez Alfonso; el fin se logre,
y el medio sea cualquiera, que tú elijas.
Lícito es cuanto sea conveniente:
propia moral de la venganza mía.
|
(Ruido dentro.)
Mas ¡ay de mí! ¿Qué estrépito confuso
oírse deja? Al alma pronostica
el corazón, latiendo apresurado,
algún cercano mal.
RUBÉN
Ya más distintas
se perciben las voces: nunca pruebas
mayores dio de sí la cobardía,
que al escuchar rumor tan temeroso.
(Voz dentro.)
¡Muera Raquel, para que Alfonso viva!
RAQUEL
No es delirio: verdad es la que toco;
¿y esto sufre mi enojo?, ¿esto mis iras?
Espera, vulgo bárbaro, atrevido,
que si mi sangre a derramar conspiras,
verás que a costa de la tuya sabe
defender y guardar Raquel su vida.
Mas ¡ay de mí, infeliz!, ¿a dónde corro
sin consejo, oh Rubén? ¿Ya se averiguan
las causas del enojo y del desvío
de Alfonso? ¿Quién lo duda? Hernán García
el pueblo ha sublevado. ¿Qué consejo
me das, Rubén?
RUBÉN
Ceder a la desdicha.
(Vase.)
RAQUEL
¿Tú también me abandonas?
(Sale MANRIQUE.)
MANRIQUE
Si procuras
la vida conservar, que aquí peligra,
huye, Raquel; en la vecina torre
de este Alcázar te salva; conmovida
está toda Toledo en daño tuyo;
huye del riesgo, el mal presente evita.
RAQUEL
¡Ay de mí!, ¿que es posible lo que escucho?
¿Que hicieses mutación tan repentina,
engañosa deidad, que la que un tiempo
tanto elevaste, así la precipitas?
Mas si es fuerza ceder a la fortuna,
huyamos ya, Raquel; de asilo sirvan
hoy a tus desventuras esas torres
que fueron el teatro de tus dichas.
(Vase.)
MANRIQUE
Ya se fue. El alboroto va creciendo;
pero ya el Rey...
(Salen ALFONSO, ALVAR FÁÑEZ y acompañamiento.)
ALFONSO
(Apresurado.)
¿Manrique...?
MANRIQUE
¿Quién podría
persuadirse, Señor, tal desacato?
El Pueblo, como el ruido lo publica,
el Alcázar rodea: en grave riesgo
está vuestra persona; la atrevida
voz que se oyó en el Templo esta mañana,
el vulgo alborotado abanderiza;
y cuando yo pensaba contenerle,
como mandaste, vi de Hernán García,
el intento feroz acaudillando,
la acción acalorada, y en la grita
era el primero a quien se le escuchaba:
«Muera Raquel, para que Alfonso viva».
ALFONSO
¿Qué es esto? ¿Pudo Hernando (es increíble)
cometer tan infame bastardía?
¿Hernando, aquel que ha dado tantas pruebas
de su fidelidad, ahora conspira
contra mí? ¿Aquel Hernando...?
MANRIQUE
El disimulo
más culpable, señor, y más indigna
hace toda traición.
ALVAR FÁÑEZ
No así motejes,
si otra prueba no tienes más precisa,
de Hernando el proceder.
MANRIQUE
¿Tú le disculpas?
ALVAR FÁÑEZ
Yo de un noble jamás alevosías
me persuado, y el crédito suspendo
en caso igual a la evidencia misma.
ALFONSO
Pues yo por alevoso le declaro:
quien tropas de traidores acaudilla,
quien a su Rey se atreve, no merece
otro nombre, otro trato, otra divisa.
Mas si es traidor Hernando, su garganta
el filo probará de mi cuchilla,
contra alientos y espíritus aleves
centella de las nubes desprendida.
Hernando muera, mueran los traidores
que me ofenden con él, y...
(Sale GARCÍA.)
GARCÍA
(Arrodillándose.)
Bien fulminas
contra mí esta sentencia. Hernando muera;
en su sangre se embote la hoja limpia
de tu acero; pues siendo en tu desgracia
no apetece vivir Hernán García.
ALFONSO
¿Cómo traidor?
GARCÍA
(Poniéndose en pie.)
Injustamente, Alfonso,
ese nombre me das; y pues te olvidas
de mi fe y lealtad, que bien debieras
tener con tantas pruebas conocidas,
escúchame, y suspende por un breve
momento los enojos que te incitan:
conocerás tu engaño y la calumnia,
con que a mi honor se atreve infame envidia
ALFONSO
¿Qué disculpa has de hallar que abonar pueda
tu exceso, tu traición y tu osadía?
GARCÍA
Sabrásla, si me escuchas.
ALFONSO
Pues empieza;
aunque por este instante para oírla,
sin olvidar tu ofensa, mis enojos,
mi indignación y mi furor reprima.
GARCÍA
Esa voz, que de escándalo y desorden
el viento puebla, oh noble Alfonso Octavo,
Monarca de Castilla, quien por siglos
cuente el tiempo feliz de tu Reinado;
esa voz, que en el Templo originada
profanó del lugar los fueros santos,
y de la Majestad los privilegios
tan injuriosamente ha vulnerado
si el fin, si los intentos se examinan,
y el celo que la anima contemplamos,
aliento es del amor más encendido,
voz del afecto más acrisolado.
Voz es de tus Vasallos, que de serlo
testimonio jamás dieron más claro
que cuando más traidores te parecen,
que cuando los estás más infamando.
Estos, porque tu error se desvanezca,
los mismos son que en tus primeros años,
cuando para el recobro de tus Reinos
Marte armó de valor tu tierno brazo,
por tu amor derramaron de sus venas
la hidalga sangre; los que acompañando
el cruzado pendón en Palestina,
Rey de Jerusalén te coronaron.
Estos los mismos son que al Luso altivo,
el bravo Aragonés con el Navarro,
fieros usurpadores de tus tierras,
echaron con baldón de tus estados;
los que postrando el Leonés orgullo
en Palencia y Simancas, desterraron
de Fernando el dominio o tiranía,
que vínculos de sangre pretextando,
se arrogó tu tutela, cuando fuiste
pupilo en nombre, en realidad esclavo.
Aquellos son, cuyas gloriosas armas
de Tolosa en las Navas, y en Alarcos,
terror y afrenta tantas veces fueron
de inmensos escuadrones de Africanos.
Estos, Alfonso, son los que te hablan
por mi boca: los mismos que postrados
a tus pies el remedio solicitan
de extremos males, de insufribles daños.
Cuán grandes éstos sean, bien parece
que no hay necesidad de recordarlo,
cuando para notarlos y advertirlos,
cada rostro te muestra su retrato.
Repara en tus Vasallos: sus semblantes
te pintarán con infelices rasgos
la triste situación en que se hallan
sus altivos espíritus gallardos.
¿Pero cómo han de estar sino marchitos
campos a quienes niega el Sol sus rayos,
jardines que descuida el jardinero,
flor que no riega diligente mano?
Los campos del imperio de Castilla,
del valeroso Alfonso abandonados,
sólo espinas producen y venenos,
que ofenden y atosigan sus vasallos.
Raquel... Permite, Alfonso, que la nombre,
y si te pareciere desacato
que quejas de Raquel se te repitan,
pague mi cuello culpas de mi labio.
Raquel (vuelvo a decir) no solamente
el Reino tiraniza Castellano,
no sólo de los Ricos Hombres triunfa,
no sólo el Pueblo tiene esclavizado,
no sólo ensalza viles Idumeos,
no sólo menoscaba tus erarios,
no sólo con tributos nos aqueja,
sino que (lo que es más), de Alfonso Octavo
el alma y los sentidos de tal suerte
domina y avasalla, que postrado
obscuramente yace en su ignominia,
siendo mofa de propios y de extraños.
Ya no conquista Alfonso; ya no vence;
ya no es Alfonso Rey: aprisionado
le tiene entre sus brazos una Hebrea;
¿pues cómo ha de ser Rey el que es esclavo?
¿Estos los timbres son de tus victorias?
¿Este el fin de tus triunfos y tus lauros?
¿De este modo coronas tus hazañas?
¿Para esto de la fama al metal claro
diste gloriosa voz con tus proezas?
¿Para esto al noble esfuerzo de tu brazo
venciste Reyes, conquistaste Imperios?
Sí: para que Raquel atropellando
tus glorias, tus hazañas, tus conquistas,
tus timbres adquiridos y heredados,
obscureciese, Alfonso, tu memoria,
deshonrase tu nombre y tu reinado.
Si sólo el fin los hechos califica,
¿qué sirven los principios acertados,
cuando son desaciertos los extremos?
¿Que importa, Alfonso, que en tus tiernos años
llenases con tu nombre todo el orbe,
si es ignominia ya lo que fue aplauso?
Recuerda pues de tan pesado sueño,
y sacudiendo ese infeliz letargo,
oye de tus Vasallos los clamores,
si algún sentido perdonó el encanto.
Advierte el deshonor que te resulta
de comercio tan torpe, y los estragos
que va causando en los cristianos pechos
de vil Hebreo el peligroso trato.
Ésta es la voz del pueblo que te adora
de su misma pasión arrebatado.
No disculpar pretendo la osadía;
los medios culpo, cuando el fin alabo.
Sin mi noticia el pueblo se conmueve:
yo lo digo, y pudiera confirmarlo,
si mi verdad necesitase pruebas,
algún adulador, que está escuchando.
Por contener la furia impetuosa
que en mí se compromete, yo me encargo
de exponerte las quejas y motivos
que ocasionan el bárbaro atentado.
Éste el suceso ha sido, ésta mi culpa:
ni me arrepiento ni la acción retracto.
Mas si acaso te ofenden estas quejas,
y el enojo y pasión te ciegan tanto,
que a castigar te incitan por delitos
las pruebas del amor más acendrado,
esgrime ya los filos de tu acero
contra mi cuello fiel, que está esperando
(Arrodillándose.)
darte de mi lealtad el testimonio
postrero con la sangre confirmado.
ALFONSO
¡Qué secreta violencia y poderío
encierra la verdad, oh cielo santo,
que cuando van a fulminar mis iras
venganzas y castigos, cuando el brazo
va a ejecutar el golpe de su enojo,
queda al oírla inmóvil y pasmado!
(Alzando a GARCÍA.)
Mas ¡ay de mí!, que tanta fuerza tiene
la virtud. Ya su imperio soberano
en tus voces, Fernando, reconozco,
y adoro sus preceptos en tus labios.
¿Soy yo Alfonso? ¿Soy Rey? ¿Soy de Castilla
el invicto caudillo, y quien le ha dado
tantas victorias? Ya mi error conozco;
ya advierto mi pasión, veo mi engaño,
y ya, oh divina luz, con tus reflejos
todo el horror descubro de este encanto.
Ya el letargo detesto en que he vivido;
ya, nobles y leales Castellanos,
sobre sí vuelve Alfonso a los avisos
que a sus errores vuestro amor ha dado.
Hoy veréis que, si el escándalo del Reino
ha sido su abandono tantos años,
la enmienda que medita, a borrar basta
del yerro la memoria y el retrato.
Salga Raquel del Reino; los Hebreos
salgan también con ella desterrados;
que ni quiero delicias, ni riquezas,
si en perjuicio han de ser de mis vasallos.
Tú, Fernando, del pueblo conmovido
sosiega el alboroto; y tú, entre tanto,
Alvar Fáñez, dispón que del destierro
se formalicen el Decreto y Bando.
Triunfe esta vez de sí, quien tantas veces
supo triunfar de ejércitos contrarios,
y añada a sus vasallos esta prueba
del amor que les tiene Alfonso Octavo.
GARCÍA
(Arrodillándose.)
Permíteme, que el labio humilde imprima
en tu planta real.
ALVAR FÁÑEZ
(Arrodillándose.)
Deja que dando
muestras de gratitud, mi gozo explique.
ALFONSO
No os detengáis, que el pecho atormentado
está en la dilación.
ALVAR FÁÑEZ
Ya te obedezco.
(Vase.)
GARCÍA
A ejecutar, Alfonso, tus mandatos
parto veloz. A tu benigno imperio
erigirá Castilla simulacros.
(Vase.)
ALFONSO
¿Qué es esto, Garcerán, que por mí pasa?
Pero, ¿qué dudo? Parte apresurado;
busca al punto a Raquel; di que la espero.
MANRIQUE
Lo haré como mandáis.
(Vase.)
ALFONSO
Tiranos astros,
¿dónde llega el rigor de vuestro influjo?
¿Esta pena, este golpe reservado
me teníais? ¿Alfonso de sus fieles
Castellanos con tanto desacato
requerido? ¿No es éste atrevimiento?
No: que la pretensión es justa, y cuando
con razón pide el súbdito, no ofende;
que de culpa le absuelve y atentado
lo justo de la instancia. ¡Qué congojas,
qué pasiones y afectos tan contrarios
atormentan al alma! ¿Que es posible
que a su Reino motivo Alfonso ha dado
para que a su decoro se le atreva?
Mas ¡oh cuán neciamente que lo extraño!
¿No se ha olvidado Alfonso de sí mismo?
Pues ¿qué mucho es le olviden sus vasallos?
¿Pero Raquel no sirve a mi locura
de disculpa? ¿El dulcísimo milagro
de su beldad...? ¡Oh suerte rigurosa!,
¡con cuánta confusión lidio y batallo!
¿Pero no soy Alfonso? ¿De Castilla
el Monarca no soy? Ceda al sagrado
ser de la Majestad un vil afecto.
Las débiles pasiones de lo humano
a la vista del solio desaparezcan.
Deshaga de mi juicio los nublados
la luz de la razón, que va despierta
del letargo mortal de tantos años.
Pero aquí Raquel sale.
(Sale RAQUEL.)
RAQUEL
En tu presencia
a Raquel tienes ya; del vulgo airado
entrégala al furor y la venganza;
redime tu peligro con su daño.
¿No me llamas para esto? ¿Esta fineza
no es el premio que tienes preparado
a mi amor? ¿En qué dudas? Raquel muera;
muera, pues en amarte te hace agravio.
ALFONSO
¡Cuánto, hermosa Raquel, mi amor ofendes!
No añadas al dolor que sufro y paso,
de tu insulto el rigor y tiranía.
¡Yo darte a ti la muerte!, ¡yo te amo!,
¡que sólo a influjo de tus ojos vivo!,
¡que apetezco la vida sólo en cuanto
ofrenda puede ser de tu belleza!
¿Tal presumes de mí? ¡Oh cuán contrario
es mi intento, Raquel! Salvar tu vida
a costa de la mía, es lo que trato.
El pueblo (ya lo ves) que Raquel muera
o salga de Toledo está clamando.
¡Oh qué extremos, Raquel, tan rigurosos!
¿Quién el medio hallará de conciliarlos?
Mi valor y poder no son bastantes
a refrenar su orgullo. Si retardo
cumplir su gusto, a su furor te expongo;
si de mi Alcázar, oh Raquel, te aparto,
cierta es mi muerte. Pues Alfonso muera;
muera yo si a Raquel la vida salvo.
Esto ha de ser, Raquel.
RAQUEL
¿Qué, en fin, dispones
aparte de ti?
ALFONSO
El rigor del hado,
mi desgracia pronuncia esta sentencia;
el Pueblo te condena, no mi labio.
RAQUEL
Tropas son de traidores sediciosos.
ALFONSO
Sí; pero prevenidos y arrestados.
RAQUEL
Pues castiga su loco atrevimiento.
ALFONSO
Cuando fuera posible ejecutarlo,
temiera que la mina reventara,
y causase en tu vida mil estragos.
RAQUEL
Desecha ese temor: arma tu diestra;
y si acaso el horror te oprime tanto,
que tu antiguo valor inhabilita,
por ti este empeño tomará mi brazo.
Pues si enciendo la cólera en mi pecho,
si el hierro empuño, si el arnés embrazo,
Semíramis segunda hoy en Toledo
a tus pies postraré cuantos osados,
cuantos rebeldes, cuantos alevosos,
aliento dan al sedicioso bando.
ALFONSO
Detén, Raquel, la planta: no al peligro
así te precipites sin reparo.
Que te ausentes es fuerza.
RAQUEL
¿Tú lo mandas?
ALFONSO
Yo que te adoro, yo, Raquel, lo mando.
RAQUEL
¿Tú, en fin, para que muera, me destierras?
ALFONSO
Yo, porque pienso que tu vida guardo,
a morir de esta ausencia me condeno.
RAQUEL
¿Que no hay remedio?
ALFONSO
Yo ninguno alcanzo.
RAQUEL
¿Y cuándo he de partirme?
ALFONSO
Luego al punto,
pues cuanto más, Raquel, se alargue el plazo,
corres mayor peligro. ¡Cuántas ansias
siente mi corazón al pronunciarlo!
Adiós, Raquel.
RAQUEL
(Deteniéndole.)
¿Que, en fin, así me dejas?
¿El cariño, Señor, de tanto años,
de tanto amor las prendas no te mueven?
¿Mi desconsuelo, mi dolor, mi llanto
desatiendes así?
ALFONSO
¡Suerte enemiga,
a qué ocasión tan fuerte me has guiado!
RAQUEL
¿Qué resuelves en fin?
ALFONSO
Que partas luego.
Mas ¡ay de mí! que aqueste duro fallo
contiene la sentencia de mi muerte.
¿Pero en qué me detengo?, ¿en qué reparo?
Huya Raquel a conservar su vida,
mientras queda a morir Alfonso Octavo.
(Vase.)
RAQUEL
Pues ya, Alfonso, que ingrato me abandonas,
desatento, cruel y temerario,
si me has amado, si en tu aleve pecho v
de aquel volcán amante queda rastro,
permita el Cielo que estas cosas mira,
y está tu ingratitud considerando,
pases por el dolor de verme muerta
al acero cruel de tus vasallos;
que queriendo vengar estas ofensas,
no logre tu rigor ejecutarlo;
que mi sombra interrumpa tu reposo,
y que en pesar continuo y largo llanto
llores la desventura, ingrato Alfonso,
que Raquel, por amarte, está esperando.
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