Vicente Garcia de la Huerta




Teatro -
Raquel


Raquel
Jornada I

Se ha suprimido en la presente edición la "Loa para la Tragedia de Raquel" compuesta en Orán con ocasión de la primera representación. (Orán, 1772).
Tambien se ha retirado de esta edición la " Introducción para la tragedia española intitulada Raquel", que el autor había añadido con ocasión de la primera representación en la Corte, año 1778
.

Argumento

Pues el Rey don Alonso ovo passados todos estos trabajos en el comienzo quando reynó, e fue casado, fuese para Toledo con su muger Doña Leonor; e estando y, pagóse mucho de una Judía que avie nombre Fermosa, e olvidó la muger, e encerróse con ella gran tiempo en guisa que non se podie partir de ella por ninguna manera, nin se pagaba tanto de cosa ninguna; e estubo encerrado con ella poco menos de siete años, que non se menbraba de sí nin de su Reyno nin de otra cosa ninguna. Estonce ovieron su acuerdo los omes buenos del Reyno cómo pusiesen algún recaudo en aquel fecho tan malo, e tan desaguisado; e acordaron que la matasen, e que así cobrarién a su Señor, que teníen por perdido: e con este acuerdo fuéronse para allá, e entraron al Rey diciendo que querían fabrar con él; e mientras los unos fabraron con el Rey, entraron otros donde estaba aquella Judía en muy nobles estrados e degolláronla.
(Chrónica General)

PERSONAS

    ALFONSO OCTAVO,   rey de Castilla.
RAQUEL,   judía.
RUBÉN,   confidente de RAQUEL.
HERNÁN GARCÍA DE CASTRO,   rico hombre.
ALVAR FÁÑEZ,   rico hombre.
GARCERÁN MANRIQUE DE LARA,   rico hombre.
CASTELLANOS.
GUARDIA DEL REY.

Acompañamiento de judíos y judías.
Plebs ferro me saeva petit, pereoque libenter
Carnificis docta sic mage pulcra manu
.«... Tu amor es mi delito;
La plebe quien le juzga y le condena».

Jornada I

  En el antiguo Alcázar de Toledo, salón común de audiencia, con silla y dosel real en su fondo.

    Salen GARCERÁN MANRIQUE y HERNÁN GARCÍA.

  GARCERÁN MANRIQUE
    Toda júbilo es hoy la gran Toledo:
el popular aplauso y alegría
unidos al magnífico aparato
las victorias de Alfonso solemnizan.
Hoy se cumplen diez años que triunfante
le vio volver el Tajo a sus orillas,
después de haber las del Jordán bañado
con la Persiana sangre y con la Egipcia,
segundo Godofredo, cuya espada
de celestial impulso dirigida,
al cuello amenazó del Saladino,
tirano pertinaz de Palestina,
cuando el poder, y esfuerzo Castellano
cobró en Jerusalén la joya rica
del Sepulcro de Cristo, con desdoro
del Francés Lusiñán antes perdida;
y hoy también hace siete, que postrado
el orgullo feroz de la Morisma,
le aclamaron las Navas de Tolosa
por sus proezas Marte de Castilla,
y ofreciendo los bárbaros pendones
por tapetes del Templo de María,
perpetuó de la hazaña la memoria
con la celebridad hoy repetida.
En confuso tropel el Pueblo corre
por volver a su Monarca, que este día
dejándose gozar de sus Vasallos,
hacer mayor la fiesta determina.
La Corte toda al Templo le ha seguido;
y pues que nuestra falta conocida
no podrá ser en tanta concurrencia,
esperemos en estas galerías
a que vuelva; si quiere honrar el lado
de Garcerán Manrique Hernán García.

HERNÁN GARCÍA
    Sí, Garcerán; agradecido admito
tu cortés expresión; mas no repitas
memorias, que o del todo están borradas,
o tan notablemente oscurecidas.
Esperemos, sí, a ver con indolencia,
que en tan enorme subversión prosiga
el desorden del Reino y su abandono,
del intruso poder la tiranía,
el trastorno del público gobierno,
nuestra deshonra, el lujo, la avaricia,
y todo vicio en fin, que todo vicio
en la torpe Raquel se encierra y cifra:
en ese basilisco, que de Alfonso
adormeció el sentido con su vista,
tanto, que sólo son sus desaciertos
equívocas señales de su vida.
Siete años hace que el Octavo Alfonso
volvió a Toledo en triunfos y alegrías,
y esos hace también que en vil cadena
trocó el verde Laurel que le ceñía.
¿Pues cómo, cuando dices sus hazañas,
Garcerán, no repites la ignominia
con que hace tanto tiempo que en sus lazos
enredado le tiene una Judía?
¿Cómo, cuando sus triunfos nos refieres,
la esclavitud ignominiosa olvidas
de la Plebe infeliz sacrificada
de esa Ramera vil a la codicia?
¿Cómo de la Nobleza y de sus fueros
omites el ultraje y la mancilla?
Reina es Raquel: su gusto, su capricho,
una seña no más, es ley precisa
del Noble y del Plebeyo venerada.
Estas hazañas añadir debías
a la Historia de Alfonso, si te precias
de ser, oh Garcerán, su Coronista.

MANRIQUE
    Permíteme admirar el que así olvides
la obligación, Hernando, de la antigua
nobleza de tu sangre. Los leales
jamás acciones de su Rey critican,
aun cuando el desacierto los disculpe.
Los Reyes dados son por la divina
mano del cielo; son sus decisiones
Leyes invïolables, y acredita
su lealtad el vasallo, obedeciendo.
Quien sus obras censura, quien aspira
a corregir sus yerros, el derecho
usurpa de los cielos, y aun vendría
a ser audacia atroz...

GARCÍA
Cuando se aparta
de lo que es justo el Rey, cuando declina
del decoro que debe a su persona,
lealtad será advertirle, no osadía.
En el excelso Trono es donde debe
resplandecer más tersa la justicia,
y un Rey con sus acciones mayor cuenta
debe tener; que el vicio que sería
apenas conocido en las Cabañas,
si en los Palacios reina, escandaliza.

MANRIQUE
    El que profiera quejas...

GARCÍA
No me quejo
de Alfonso yo; lamento la desdicha
de este Reino infeliz, presa y despojo
de una infame mujer prostituida;
del Rey el ciego encanto, las prisiones
con que esta torpe Hebrea le esclaviza;
la soberbia, el orgullo, el despotismo,
con que triunfa del Reino cada día.
La primera persona de la Corte
es Raquel; a su obsequio se dedican
los grandes y pequeños, que presumen
ser las bajezas puertas de la dicha.
¿Quién, Garcerán, no teme, aunque su ilustre
nacimiento y conducta le distingan,
caer en su desgracia? De su arbitrio
penden honor, hacienda, fama y vida;
agotados del Reino los tesoros
tiene su profusión; su altanería,
por sumisión, adoración pretende;
besarla el pie, doblarla la rodilla,
el medio de medrar es en la Corte.
¿Y esto los Ricos Hombres de Castilla
deben sufrir? ¿Es esto ser leales?
Esto no es lealtad, es villanía.

MANRIQUE
    Conozco tu razón; veo que Alfonso
hacia su perdición se precipita;
de Raquel la injusticia considero;
pero Alfonso es mi Rey; Raquel me obliga
con beneficios; fiel y agradecido
debo ser a los dos; que ofendería,
si obrara de otro modo, mi nobleza.
Mas Raquel sale.

GARCÍA
¡Qué desvanecida
la tiene su privanza y su fortuna!

MANRIQUE
    ¡Qué belleza tan grave y peregrina!

GARCÍA
    ¡Y qué bien entre Godos capacetes
parecen, Garcerán, tocas Judías!  

(Salen RAQUEL, RUBÉN y acompañamiento de judíos y judías.)

  RAQUEL
    ¡Oh Garcerán!

MANRIQUE
En hora buena salga
a dar esmalte nuevo al claro día
la aurora de Toledo. Tantos siglos
goces esa beldad, Raquel divina,
cuantas arenas de oro el rico Tajo
revuelve en sus corrientes cristalinas.

GARCÍA
    ¡Qué torpe adulación!

RAQUEL
Tanto agradezco,
Manrique, tu atención, cuanto me admira
ver que los Ricos Hombres desamparen
de Alfonso el lado en tan notable día,
y ociosos en las cuadras de Palacio
asistan, cuando fuera más bien vista
la asistencia a su Rey, en los que tanto
se precian de leales.

GARCÍA
¡Qué osadía!

MANRIQUE
    Yo... Raquel... Mi respeto...
GARCÍA
 (A MANRIQUE.
Su respeto
los Nobles a su Rey sólo dedican.
 (A RAQUEL.)  
Cuando Alfonso en las Navas de Tolosa
esgrimió contra Alarbes la cuchilla;
o cuando los Persianos escuadrones
en los campos domó de Palestina,
entonces le seguí, sin que a su lado
faltase mi persona noche y día.
Mas ahora, que en fiestas se entretiene,
que no hay fieros contrarios que le embistan,
y que guerras de amor sólo sustenta,
no ha menester, Raquel, mi compañía.
Tropas de aduladores le acompañen
de tantos que alimenta la codicia,
mientras viva en su Corte; que en campaña
siempre el primero fue Fernán García.

RAQUEL
    ¡Qué presunción tan fiera! Tus razones
bien la aspereza bárbara acreditan
de tu rústica cuna, y tu crianza.
Lo inculto de los Montes de Castilla
no llevan fruto menos desabrido
que tu barbaridad y grosería.
Patria de fieras y de atrevimientos
han sido siempre: bien lo califica
la avilantez con que de Alfonso el nombre
ha insultado tu voz. Y si se fía
en su piedad el grave desafuero
con que a él te atreves, advertir debías,
que aunque piadoso, es Rey; que de su arbitrio
dependen las fortunas y las vidas,
y no están muy seguras las del necio
que no teme a Raquel por su enemiga

GARCÍA
    ¡Qué vanas amenazas! Los vasallos
que como yo su lealtad confirman
con tantas pruebas; que su sangre ilustre
en defensa de Alfonso desperdician;
aquellos que en sangrientos caracteres
de heridas por su nombre recibidas
llevan la ejecutoria de sus hechos
sobre el noble papel del pecho escrita,
ni temen amenazas, ni calumnias,
por más que les combata la malicia.
Pero a ti, a quien estéril de esos montes
el terreno parece, es bien que diga
(para que de un error te desengañes),
que a estas montañas que desacreditas,
la libertad de España se les debe;
que en el Alarbe yugo gemiría
por ventura hasta hoy, si su aspereza
no hubiese producido esclarecidas
almas, que con valor y atrevimiento
sacudiesen del cuello la ignominia.
Y no cansado su feraz terreno
espíritus produce todavía,
que el vicio y la maldad abominando,
poderla derribar al fin confían
del supremo lugar, del alto asiento
que tan indignamente tiraniza.

 (Vase.)  

RAQUEL
    ¿Que esto sufra?, ¿que siendo yo de Alfonso
dueño absoluto (acábenme mis iras)
a ultrajarme se atreva así Fernando?
¿Visteis tal libertad?, ¿tal osadía?
¿De qué el poder me sirve si a mis plantas
no ofrece el labio, la cerviz no humilla?
Pero hoy verá Toledo con asombro
castigadas sus locas demasías.
¡Oh, cuánto Alfonso tarda! Ya el deseo
de ver sus altiveces abatidas
impaciente me tiene. Tú, Manrique,
advierte luego a Alfonso.

MANRIQUE
Si te obliga
con esto mi obediencia, ya te sirvo.
 (Vase.)  

RAQUEL
    Rubén, ¿soy yo Raquel? ¿Soy quien solía
en el alma de Alfonso y en su Corte
ser adorada en vez de obedecida?
¿Soy quien las riendas del gobierno tiene
en sus manos?, ¿quien premia y quien castiga?
Sácame ya, Rubén, de tanta duda;
que al verme así ultrajada y ofendida,
mi poder y mi suerte desconozco,
y pienso que no soy la que solía.

RUBÉN
No al enojo la rienda, Raquel bella,
sueltes así. De Hernando la osadía
honras con tu pesar. Yo te he criado;
por mi astucia, Raquel, y mi doctrina
te has dirigido en toda tu privanza,
desde el día feliz en que rendida
al imperio quedó de tu hermosura
de Alfonso Octavo la soberanía.
Que acertados han sido mis consejos,
sus felices efectos acreditan.
Esta verdad supuesta, ¿la venganza
no está en tu mano? ¿Pues por qué fatigas
tu corazón con tales sentimientos?
Muera Fernando, muera quien irrita
a Raquel; y si el Reino se le atreve,
libre de su rigor no quede vida.
Pero sea, Raquel, con disimulo:
no armes con la amenaza la malicia;
sientan el golpe los que te ofendieren,
primero que el amago de tus iras.
Alfonso cuanto pides te concede:
su corazón, su Cetro y Monarquía
riges a tu albedrío. Pues si tanto
te puedes prometer, ¿en qué vacilas?
Muera Fernando, el Pueblo, la Nobleza,
y si te ofende, abrásese Castilla.

RAQUEL
    Abrásese Castilla y muera Hernando;
sí, Rubén: ¿Mas tan graves demasías
no deberán sentirse?

RUBÉN
No lo niego,
mas deberán hallarte prevenida.
Siempre al favor persiguen enemigos,
que es la privanza madre de la envidia.
Los Ricos Hombres tienes agraviados;
pues los honores que a ellos se debían,
por tu mano se dan a los Hebreos.
Si los ofendes tú, ¿qué maravilla
es que se quejen ellos? Mas ya el ruido
manifiesta que Alfonso se avecina.
Ya llega.

RAQUEL
Ahora de mi justo enojo
tendré satisfacción: verá García
si se ofende a Raquel impunemente,
y si es bien temerario quien la irrita.  

(Salen ALFONSO, MANRIQUE, ALVAR FÁÑEZ y acompañamiento.)

  ALFONSO
    Aplíquese al desorden el remedio,
Alvar Fáñez, si da lugar la ira
al discurso.

RAQUEL
 (De rodillas.
Admitid, amado Alfonso,
un alma...

ALFONSO
 (Apartándola.
Raquel, calla; no prosigas;
no cuando el corazón en iras arde
ahogues las venganzas que fulmina.
Segunda Troya al fuego de mi enojo
ha de ser hoy Toledo. ¿Quién creería
tan audaz desacato? ¿Se ha olvidado
Castilla de que Alfonso la domina?
¿Sabe que aquesta espada, aqueste brazo
es segur de la Parca contra vidas
de traidores? y que... Pero, ¿qué dudo?
Lugar no quede, puesto no se omita
sin examen; procúrese el aleve
autor de aquella voz tan atrevida,
tan indigna de pechos Castellanos;
los cómplices se busquen que la animan;
que a mi poder protesto, y a los Cielos,
que el grave desacato escandaliza,
que ha de ser mi venganza y su castigo
asombro de Toledo y de Castilla.
Parte tú, Garcerán; los sediciosos
asegura si puedes o averigua,
que ha de ver hoy España y todo el orbe
si Alfonso Octavo de quien es se olvida.

MANRIQUE
    No quedará lugar que no se inquiera
en busca del traidor.
 (Vase.)  

ALVAR FÁÑEZ
Tan conmovida
está Toledo, que será difícil
poderla sosegar.

ALFONSO
Pues mientras rija
este brazo el acero victorioso,
rayo que intentos bárbaros derriba,
tiemble Castilla, España, Europa, el Orbe
de Alfonso la venganza.

RAQUEL
Sumergida
estoy en confusiones.

ALFONSO
Tú, Alvar Fáñez,
sígueme.

RAQUEL
 (Deteniéndole.
¿Así, Alfonso, de mi vista
sin oírme te apartas? ¿En qué culpa
ha incurrido mi amor? ¿Tú te retiras
de mí, grave y severo? ¿Qué mudanzas
son aquéstas, Señor?

ALFONSO
Nada me digas;
aquesto es ser Alfonso desdichado,
y Raquel la ocasión de sus desdichas.
 (Vase con el acompañamiento.

RAQUEL
    ¡Ay de mí!, ¿qué he escuchado? Tú, Alvar Fáñez,
explícame este arcano.

ALVAR FÁÑEZ
Pues te avisan
que eres tú la ocasión de tantos males,
la respuesta te puedes dar tú misma.

RAQUEL
  (A RUBÉN.
¿Estoy despierta, o sueño por ventura?

RUBÉN
    No sé, Raquel; la misma duda agita
mi discurso y razón, imaginando
que es cuanto he visto sueño o fantasía.

RAQUEL
    ¿Qué especie de dolor tan inhumano
es éste, oh corazón, que por primicias
de los males y sustos que me aguardan,
me ofrece la tirana suerte mía?
¿Quién de tanto favor se prometiera
tan no esperada, tan mortal caída?
¿Y quién hecha, fortuna, a tus halagos
pudiera recelarse tal desdicha?
Alfonso me aborrece; sus desvíos
de mis temores la verdad confirman;
¿pues cómo podrá ser ya venturosa
la que se ve de Alfonso aborrecida?
¡Qué necio quien se fía de la suerte,
sin advertir que el tiempo y que los días,
que Ciudades destruyen y edificios,
favores y privanzas aniquilan!
¿Qué causa puede haber, amado Alfonso,
para tanto desvío? ¿Mis caricias
en qué te han ofendido, que por premio
sólo odio y desagrado se concilian?
Mas ¡ay de mí!, que en vano me desvelo
en buscar la ocasión de mis fatigas;
pues la suerte que empieza a perseguirme,
por doblarme el dolor, querrá encubrirla.

RUBÉN
    ¿Así, Raquel, tu corazón desmaya
en tan fuerte ocasión, donde es precisa
la constancia mayor? En los principios
si un mal, aunque sea leve, se descuida,
fuerzas del abandono va cobrando,
que el remedio después inutilizan.
Reciente es este mal; aún se está a tiempo
de poderle acudir; quien averigua
la causa de un dolor, con más acierto
aplicarle podrá la medicina.
Inquiérase, Raquel, de esta desgracia
la ocasión; que después de conocida,
si no cede a remedios ordinarios,
buscará los extremos mi malicia. RAQUEL
    Bien, Rubén, me aconsejas; ¿en qué dudas?,
al yugo vuelva la cerviz altiva
segunda vez Alfonso; el fin se logre,
y el medio sea cualquiera, que tú elijas.
Lícito es cuanto sea conveniente:
propia moral de la venganza mía.
 
(Ruido dentro.)
  Mas ¡ay de mí! ¿Qué estrépito confuso
oírse deja? Al alma pronostica
el corazón, latiendo apresurado,
algún cercano mal.

RUBÉN
Ya más distintas
se perciben las voces: nunca pruebas
mayores dio de sí la cobardía,
que al escuchar rumor tan temeroso.
  (Voz dentro.)
      ¡Muera Raquel, para que Alfonso viva!

RAQUEL
    No es delirio: verdad es la que toco;
¿y esto sufre mi enojo?, ¿esto mis iras?
Espera, vulgo bárbaro, atrevido,
que si mi sangre a derramar conspiras,
verás que a costa de la tuya sabe
defender y guardar Raquel su vida.
Mas ¡ay de mí, infeliz!, ¿a dónde corro
sin consejo, oh Rubén? ¿Ya se averiguan
las causas del enojo y del desvío
de Alfonso? ¿Quién lo duda? Hernán García
el pueblo ha sublevado. ¿Qué consejo
me das, Rubén?

RUBÉN
Ceder a la desdicha.
 (Vase.)

  RAQUEL
    ¿Tú también me abandonas?  
(Sale MANRIQUE.)

  MANRIQUE
Si procuras
la vida conservar, que aquí peligra,
huye, Raquel; en la vecina torre
de este Alcázar te salva; conmovida
está toda Toledo en daño tuyo;
huye del riesgo, el mal presente evita.

RAQUEL
    ¡Ay de mí!, ¿que es posible lo que escucho?
¿Que hicieses mutación tan repentina,
engañosa deidad, que la que un tiempo
tanto elevaste, así la precipitas?
Mas si es fuerza ceder a la fortuna,
huyamos ya, Raquel; de asilo sirvan
hoy a tus desventuras esas torres
que fueron el teatro de tus dichas.
 (Vase.)  

MANRIQUE
    Ya se fue. El alboroto va creciendo;
pero ya el Rey...

  (Salen ALFONSO, ALVAR FÁÑEZ y acompañamiento.)

  ALFONSO
  (Apresurado.)
  ¿Manrique...?

MANRIQUE
¿Quién podría
persuadirse, Señor, tal desacato?
El Pueblo, como el ruido lo publica,
el Alcázar rodea: en grave riesgo
está vuestra persona; la atrevida
voz que se oyó en el Templo esta mañana,
el vulgo alborotado abanderiza;
y cuando yo pensaba contenerle,
como mandaste, vi de Hernán García,
el intento feroz acaudillando,
la acción acalorada, y en la grita
era el primero a quien se le escuchaba:
«Muera Raquel, para que Alfonso viva».

ALFONSO
¿Qué es esto? ¿Pudo Hernando (es increíble)
cometer tan infame bastardía?
¿Hernando, aquel que ha dado tantas pruebas
de su fidelidad, ahora conspira
contra mí? ¿Aquel Hernando...?

MANRIQUE
El disimulo
más culpable, señor, y más indigna
hace toda traición.

ALVAR FÁÑEZ
No así motejes,
si otra prueba no tienes más precisa,
de Hernando el proceder.

MANRIQUE
¿Tú le disculpas?

ALVAR FÁÑEZ
    Yo de un noble jamás alevosías
me persuado, y el crédito suspendo
en caso igual a la evidencia misma.

ALFONSO
    Pues yo por alevoso le declaro:
quien tropas de traidores acaudilla,
quien a su Rey se atreve, no merece
otro nombre, otro trato, otra divisa.
Mas si es traidor Hernando, su garganta
el filo probará de mi cuchilla,
contra alientos y espíritus aleves
centella de las nubes desprendida.
Hernando muera, mueran los traidores
que me ofenden con él, y...  
(Sale GARCÍA.)

  GARCÍA
  (Arrodillándose.
Bien fulminas
contra mí esta sentencia. Hernando muera;
en su sangre se embote la hoja limpia
de tu acero; pues siendo en tu desgracia
no apetece vivir Hernán García.

ALFONSO
    ¿Cómo traidor?

GARCÍA
 (Poniéndose en pie.
Injustamente, Alfonso,
ese nombre me das; y pues te olvidas
de mi fe y lealtad, que bien debieras
tener con tantas pruebas conocidas,
escúchame, y suspende por un breve
momento los enojos que te incitan:
conocerás tu engaño y la calumnia,
con que a mi honor se atreve infame envidia

ALFONSO
    ¿Qué disculpa has de hallar que abonar pueda
tu exceso, tu traición y tu osadía?

GARCÍA
    Sabrásla, si me escuchas.

ALFONSO
Pues empieza;
aunque por este instante para oírla,
sin olvidar tu ofensa, mis enojos,
mi indignación y mi furor reprima.

GARCÍA
    Esa voz, que de escándalo y desorden
el viento puebla, oh noble Alfonso Octavo,
Monarca de Castilla, quien por siglos
cuente el tiempo feliz de tu Reinado;
esa voz, que en el Templo originada
profanó del lugar los fueros santos,
y de la Majestad los privilegios
tan injuriosamente ha vulnerado
si el fin, si los intentos se examinan,
y el celo que la anima contemplamos,
aliento es del amor más encendido,
voz del afecto más acrisolado.
Voz es de tus Vasallos, que de serlo
testimonio jamás dieron más claro
que cuando más traidores te parecen,
que cuando los estás más infamando.
Estos, porque tu error se desvanezca,
los mismos son que en tus primeros años,
cuando para el recobro de tus Reinos
Marte armó de valor tu tierno brazo,
por tu amor derramaron de sus venas
la hidalga sangre; los que acompañando
el cruzado pendón en Palestina,
Rey de Jerusalén te coronaron.
Estos los mismos son que al Luso altivo,
el bravo Aragonés con el Navarro,
fieros usurpadores de tus tierras,
echaron con baldón de tus estados;
los que postrando el Leonés orgullo
en Palencia y Simancas, desterraron
de Fernando el dominio o tiranía,
que vínculos de sangre pretextando,
se arrogó tu tutela, cuando fuiste
pupilo en nombre, en realidad esclavo.
Aquellos son, cuyas gloriosas armas
de Tolosa en las Navas, y en Alarcos,
terror y afrenta tantas veces fueron
de inmensos escuadrones de Africanos.
Estos, Alfonso, son los que te hablan
por mi boca: los mismos que postrados
a tus pies el remedio solicitan
de extremos males, de insufribles daños.
Cuán grandes éstos sean, bien parece
que no hay necesidad de recordarlo,
cuando para notarlos y advertirlos,
cada rostro te muestra su retrato.
Repara en tus Vasallos: sus semblantes
te pintarán con infelices rasgos
la triste situación en que se hallan
sus altivos espíritus gallardos.
¿Pero cómo han de estar sino marchitos
campos a quienes niega el Sol sus rayos,
jardines que descuida el jardinero,
flor que no riega diligente mano?
Los campos del imperio de Castilla,
del valeroso Alfonso abandonados,
sólo espinas producen y venenos,
que ofenden y atosigan sus vasallos.
Raquel... Permite, Alfonso, que la nombre,
y si te pareciere desacato
que quejas de Raquel se te repitan,
pague mi cuello culpas de mi labio.
Raquel (vuelvo a decir) no solamente
el Reino tiraniza Castellano,
no sólo de los Ricos Hombres triunfa,
no sólo el Pueblo tiene esclavizado,
no sólo ensalza viles Idumeos,
no sólo menoscaba tus erarios,
no sólo con tributos nos aqueja,
sino que (lo que es más), de Alfonso Octavo
el alma y los sentidos de tal suerte
domina y avasalla, que postrado
obscuramente yace en su ignominia,
siendo mofa de propios y de extraños.
Ya no conquista Alfonso; ya no vence;
ya no es Alfonso Rey: aprisionado
le tiene entre sus brazos una Hebrea;
¿pues cómo ha de ser Rey el que es esclavo?
¿Estos los timbres son de tus victorias?
¿Este el fin de tus triunfos y tus lauros?
¿De este modo coronas tus hazañas?
¿Para esto de la fama al metal claro
diste gloriosa voz con tus proezas?
¿Para esto al noble esfuerzo de tu brazo
venciste Reyes, conquistaste Imperios?
Sí: para que Raquel atropellando
tus glorias, tus hazañas, tus conquistas,
tus timbres adquiridos y heredados,
obscureciese, Alfonso, tu memoria,
deshonrase tu nombre y tu reinado.
Si sólo el fin los hechos califica,
¿qué sirven los principios acertados,
cuando son desaciertos los extremos?
¿Que importa, Alfonso, que en tus tiernos años
llenases con tu nombre todo el orbe,
si es ignominia ya lo que fue aplauso?
Recuerda pues de tan pesado sueño,
y sacudiendo ese infeliz letargo,
oye de tus Vasallos los clamores,
si algún sentido perdonó el encanto.
Advierte el deshonor que te resulta
de comercio tan torpe, y los estragos
que va causando en los cristianos pechos
de vil Hebreo el peligroso trato.
Ésta es la voz del pueblo que te adora
de su misma pasión arrebatado.
No disculpar pretendo la osadía;
los medios culpo, cuando el fin alabo.
Sin mi noticia el pueblo se conmueve:
yo lo digo, y pudiera confirmarlo,
si mi verdad necesitase pruebas,
algún adulador, que está escuchando.
Por contener la furia impetuosa
que en mí se compromete, yo me encargo
de exponerte las quejas y motivos
que ocasionan el bárbaro atentado.
Éste el suceso ha sido, ésta mi culpa:
ni me arrepiento ni la acción retracto.
Mas si acaso te ofenden estas quejas,
y el enojo y pasión te ciegan tanto,
que a castigar te incitan por delitos
las pruebas del amor más acendrado,
esgrime ya los filos de tu acero
contra mi cuello fiel, que está esperando
 (Arrodillándose.)  
darte de mi lealtad el testimonio
postrero con la sangre confirmado.

ALFONSO
    ¡Qué secreta violencia y poderío
encierra la verdad, oh cielo santo,
que cuando van a fulminar mis iras
venganzas y castigos, cuando el brazo
va a ejecutar el golpe de su enojo,
queda al oírla inmóvil y pasmado!
  (Alzando a GARCÍA.) 
Mas ¡ay de mí!, que tanta fuerza tiene
la virtud. Ya su imperio soberano
en tus voces, Fernando, reconozco,
y adoro sus preceptos en tus labios.
¿Soy yo Alfonso? ¿Soy Rey? ¿Soy de Castilla
el invicto caudillo, y quien le ha dado
tantas victorias? Ya mi error conozco;
ya advierto mi pasión, veo mi engaño,
y ya, oh divina luz, con tus reflejos
todo el horror descubro de este encanto.
Ya el letargo detesto en que he vivido;
ya, nobles y leales Castellanos,
sobre sí vuelve Alfonso a los avisos
que a sus errores vuestro amor ha dado.
Hoy veréis que, si el escándalo del Reino
ha sido su abandono tantos años,
la enmienda que medita, a borrar basta
del yerro la memoria y el retrato.
Salga Raquel del Reino; los Hebreos
salgan también con ella desterrados;
que ni quiero delicias, ni riquezas,
si en perjuicio han de ser de mis vasallos.
Tú, Fernando, del pueblo conmovido
sosiega el alboroto; y tú, entre tanto,
Alvar Fáñez, dispón que del destierro
se formalicen el Decreto y Bando.
Triunfe esta vez de sí, quien tantas veces
supo triunfar de ejércitos contrarios,
y añada a sus vasallos esta prueba
del amor que les tiene Alfonso Octavo.

GARCÍA
 (Arrodillándose.
Permíteme, que el labio humilde imprima
en tu planta real.

ALVAR FÁÑEZ
  (Arrodillándose.
Deja que dando
muestras de gratitud, mi gozo explique.

ALFONSO
    No os detengáis, que el pecho atormentado
está en la dilación.

ALVAR FÁÑEZ
Ya te obedezco.
 (Vase.)  

GARCÍA
A ejecutar, Alfonso, tus mandatos
parto veloz. A tu benigno imperio
erigirá Castilla simulacros.
 (Vase.

ALFONSO
¿Qué es esto, Garcerán, que por mí pasa?
Pero, ¿qué dudo? Parte apresurado;
busca al punto a Raquel; di que la espero.

MANRIQUE
    Lo haré como mandáis.
 (Vase.

ALFONSO
Tiranos astros,
¿dónde llega el rigor de vuestro influjo?
¿Esta pena, este golpe reservado
me teníais? ¿Alfonso de sus fieles
Castellanos con tanto desacato
requerido? ¿No es éste atrevimiento?
No: que la pretensión es justa, y cuando
con razón pide el súbdito, no ofende;
que de culpa le absuelve y atentado
lo justo de la instancia. ¡Qué congojas,
qué pasiones y afectos tan contrarios
atormentan al alma! ¿Que es posible
que a su Reino motivo Alfonso ha dado
para que a su decoro se le atreva?
Mas ¡oh cuán neciamente que lo extraño!
¿No se ha olvidado Alfonso de sí mismo?
Pues ¿qué mucho es le olviden sus vasallos?
¿Pero Raquel no sirve a mi locura
de disculpa? ¿El dulcísimo milagro
de su beldad...? ¡Oh suerte rigurosa!,
¡con cuánta confusión lidio y batallo!
¿Pero no soy Alfonso? ¿De Castilla
el Monarca no soy? Ceda al sagrado
ser de la Majestad un vil afecto.
Las débiles pasiones de lo humano
a la vista del solio desaparezcan.
Deshaga de mi juicio los nublados
la luz de la razón, que va despierta
del letargo mortal de tantos años.
Pero aquí Raquel sale.  
(Sale RAQUEL.)

  RAQUEL
En tu presencia
a Raquel tienes ya; del vulgo airado
entrégala al furor y la venganza;
redime tu peligro con su daño.
¿No me llamas para esto? ¿Esta fineza
no es el premio que tienes preparado
a mi amor? ¿En qué dudas? Raquel muera;
muera, pues en amarte te hace agravio.

ALFONSO
    ¡Cuánto, hermosa Raquel, mi amor ofendes!
No añadas al dolor que sufro y paso,
de tu insulto el rigor y tiranía.
¡Yo darte a ti la muerte!, ¡yo te amo!,
¡que sólo a influjo de tus ojos vivo!,
¡que apetezco la vida sólo en cuanto
ofrenda puede ser de tu belleza!
¿Tal presumes de mí? ¡Oh cuán contrario
es mi intento, Raquel! Salvar tu vida
a costa de la mía, es lo que trato.
El pueblo (ya lo ves) que Raquel muera
o salga de Toledo está clamando.
¡Oh qué extremos, Raquel, tan rigurosos!
¿Quién el medio hallará de conciliarlos?
Mi valor y poder no son bastantes
a refrenar su orgullo. Si retardo
cumplir su gusto, a su furor te expongo;
si de mi Alcázar, oh Raquel, te aparto,
cierta es mi muerte. Pues Alfonso muera;
muera yo si a Raquel la vida salvo.
Esto ha de ser, Raquel.

RAQUEL
¿Qué, en fin, dispones
aparte de ti?

ALFONSO
El rigor del hado,
mi desgracia pronuncia esta sentencia;
el Pueblo te condena, no mi labio.

RAQUEL
    Tropas son de traidores sediciosos.

ALFONSO
    Sí; pero prevenidos y arrestados.

RAQUEL
    Pues castiga su loco atrevimiento.

ALFONSO
    Cuando fuera posible ejecutarlo,
temiera que la mina reventara,
y causase en tu vida mil estragos.

RAQUEL
    Desecha ese temor: arma tu diestra;
y si acaso el horror te oprime tanto,
que tu antiguo valor inhabilita,
por ti este empeño tomará mi brazo.
Pues si enciendo la cólera en mi pecho,
si el hierro empuño, si el arnés embrazo,
Semíramis segunda hoy en Toledo
a tus pies postraré cuantos osados,
cuantos rebeldes, cuantos alevosos,
aliento dan al sedicioso bando.

ALFONSO
    Detén, Raquel, la planta: no al peligro
así te precipites sin reparo.
Que te ausentes es fuerza.

RAQUEL
¿Tú lo mandas?

ALFONSO
    Yo que te adoro, yo, Raquel, lo mando.

RAQUEL
    ¿Tú, en fin, para que muera, me destierras?

ALFONSO
    Yo, porque pienso que tu vida guardo,
a morir de esta ausencia me condeno.

RAQUEL
    ¿Que no hay remedio?

ALFONSO
Yo ninguno alcanzo.

RAQUEL
    ¿Y cuándo he de partirme?

ALFONSO
Luego al punto,
pues cuanto más, Raquel, se alargue el plazo,
corres mayor peligro. ¡Cuántas ansias
siente mi corazón al pronunciarlo!
Adiós, Raquel.

RAQUEL
 (Deteniéndole.
¿Que, en fin, así me dejas?
¿El cariño, Señor, de tanto años,
de tanto amor las prendas no te mueven?
¿Mi desconsuelo, mi dolor, mi llanto
desatiendes así?

ALFONSO
¡Suerte enemiga,
a qué ocasión tan fuerte me has guiado!

RAQUEL
    ¿Qué resuelves en fin?

ALFONSO
Que partas luego.
Mas ¡ay de mí! que aqueste duro fallo
contiene la sentencia de mi muerte.
¿Pero en qué me detengo?, ¿en qué reparo?
Huya Raquel a conservar su vida,
mientras queda a morir Alfonso Octavo.
 (Vase.

RAQUEL
    Pues ya, Alfonso, que ingrato me abandonas,
desatento, cruel y temerario,
si me has amado, si en tu aleve pecho v de aquel volcán amante queda rastro,
permita el Cielo que estas cosas mira,
y está tu ingratitud considerando,
pases por el dolor de verme muerta
al acero cruel de tus vasallos;
que queriendo vengar estas ofensas,
no logre tu rigor ejecutarlo;
que mi sombra interrumpa tu reposo,
y que en pesar continuo y largo llanto
llores la desventura, ingrato Alfonso,
que Raquel, por amarte, está esperando.



EDIMIÓN -

- I -

   Viva fuente de luz inmensa y pura,
radiante autor del luminoso día,
deidad que en vano resistir procura
del caos nocturno la tiniebla fría,
a cuyo influjo debe su hermosura,
cuanto el terráqueo globo encierra y cría;
pues os tributa obsequios reverente
por padre universal todo viviente.

- II -

    Pastor galán, a cuyo nombre debe
eterna fama el rústico cayado,
desde que envidia torpemente aleve
el pellico os vistió no acostumbrado;
divino director de aquellas nueve
deidades, que el tesálico collado
hospeda fácil, porque en ecos diestros
himnos resuenen a los timbres vuestros.

- III -

    Numen de Cinto, tutelar de Delo,
inspirad dulce acento al pecho mío
por desempeño del fogoso anhelo,
que a empresa tanta fuerza mi albedrío.
Así en Dafne logréis vuestro desvelo,
calmando suave el áspero desvío,
y así corone la amorosa llama
la pompa hojosa de su verde rama.

- IV -

    No de Marte sangriento belicosos
conflictos dar al público pretendo;
logros de amor en todo venturosos
será el asunto que dudoso emprendo;
quejas tiernas, suspiros amorosos,
que, a los celestes orbes ascendiendo,
abatieron con fuerza no importuna
entre los brazos de un pastor la Luna.

- V -

    Desde el Meandro en su corriente vario
hasta el Icario Mar siempre famoso,
a quien dio nombre el hijo temerario
del fugitivo Artífice ingenioso,
dulce verdor, florido extraordinario
vestido al campo da tan delicioso,
que, aunque no su hermosura se exagera,
dirás que nace de él la primavera.

- VI -

    Este hermoso país, a quien no ha dado
el rústico labor ni el hierro insulto,
pues liberal produce de su grado
dobles cosechas de su seno inculto,
de los bárbaros cares habitado,
a Pales tributa ardiente culto,
siendo constantes de su celo indicios,
en cien aras perennes sacrificios.

- VII -
    Al pastoril oficio sólo dados
eran los moradores de la tierra,
y, huyendo la prisión de los poblados,
vagos vivían la fragosa sierra.
No sujeta al aprisco sus ganados,
cada res libre por el monte yerra;
aquí canta un pastor entretenido,
allá resuena de la honda el estallido.

- VIII -

    Todo era libertad, todo bonanza;
tal cual queja de amor se percibía,
que no hay región remota que no alcanza,
dulce rapaz, tu suave tiranía.
Nadie de amor evita la asechanza,
por remedios que oponga a su porfía.
Vive desiertos, huye las ciudades,
que amor te buscará en las soledades.

- IX -

    A este pensil hermoso, en que eslabona
su copia Ceres, Flora sus primores,
inalterable alcázar de Pomona,
dilatada república de flores,
sirve el erguido Latmos de corona,
adornando sus cumbres superiores,
como señor de cuanto predomina,
de laurel verde y permanente encina.

- X -

    Humildes ganaderos sólo habitan
de la falda del monte las estancias,
en que tal vez sus bríos ejercitan,
oponiendo arrogancias a arrogancias.
Tal vez más quietos con su canto imitan
de Orfeo y Anfión las consonancias;
que aun en toscos y rústicos pastores
muestra naturaleza sus primores.

- XI -

    Exceso de hermosura y perfecciones,
adoración del llano y la colina,
a Endimión tributaban sumisiones,
cuantos tocó su fama peregrina.
Cuantos produce el Latmos suaves dones,
triunfos de su hermosura los destina.
Mucho alcanza el poder y la ventura;
pero más avasalla la hermosura.

- XII -

    Cuantas pastoras son del monte umbroso
gallarda admiración, dulce embeleso,
comparadas al joven prodigioso,
de sus triunfos aumentan el proceso.
Cual con arte y estilo laborioso
pellicos labra; cual, con más travieso
ingenio matizando mil primores,
hace cifras de amor las que son flores.

- XIII -
    Sordo el pastor hermoso a las querellas,
de cuantas ninfas en su amor ardían,
más fraguaba el desvío las centellas
del volcán que en sus pechos encendían.
¡Oh, influjo superior de las estrellas,
cuán neciamente desmentir porfían
tu impulso aquellos cuya resistencia
hace de amor más dura la violencia!

- XIV -
    En los horrores lóbregos del monte,
mortal habitación de monstruos fieros,
nuevo Marte, mejor Belerofonte,
cebaba sus espíritus guerreros.
En cuanto circundaba el horizonte,
despotismo gozaban los esmeros
de su esfuerzo, al amor siempre negado;
cuanto más desdeñoso, más amado.

- XV -

    Por más que me desprecie el dueño hermoso,
a quien fatigo en vano con mi ruego,
es precepto del hado riguroso,
que su desdén avive más mi fuego.
¡Oh, ley severa, parto escandaloso
de un tirano más bárbaro que ciego!
Éste es de amor el fiero poderío:
forzar a un imposible el albedrío.

- XVI -

    Desatendida sí, no despreciada
(porque no es el desdén descortesía),
paró en fin en hoguera arrebatada
la que centella leve parecía.
Fuerzas dio a la pasión no limitada
del desdén no remiso la porfía.
Fue amor solicitud, llegó a locura.
Tanto obliga el desdén en la hermosura.

- XVII -

    Alma a los vientos, lengua a la maleza,
el dulce nombre repetido daba.
Endimión resonaba la aspereza,
cuando Endimión el céfiro alentaba.
El risco duro, la áspera corteza
eternos caracteres ostentaba,
porque arguyesen sus grabados nombres
ser a veces más blandos que aun los hombres.
- XVIII -
    No por eso más grato respondía
el hermoso zagal a cuantas quejas
el aura suave y vaga refería,
porque el umbral pulsase a sus orejas.
Del globo azul la acorde simetría
era su amor, cifrando en las reflejas
luces de las estrellas su cuidado,
idólatra, del cielo enamorado.

- XIX -

   Sola de Arcas hermosa descendencia,
por todos atributos peregrina,
reina de Caria, cuya augusta herencia
a sus méritos sólo se destina,
de Minerva gallarda competencia,
no perdido su amor logró Hiperina,
aunque más bella más afortunada,
en no ser de Endimión tan desdeñada.

- XX -

    Altamente adoraba al prodigioso
joven galán de todos adorado,
aumentando su fuego impetuoso
ser gratamente acepto su cuidado.
Al pecho más bizarro y generoso
envidias dio su amor no despreciado.
¡Cuánto el bien se codicia y se desea!
¡Qué envidiado será quien le posea!

- XXI -

    Cuando, el albergue rústico buscando,
pisando noche y confusión sombría,
la oscura soledad abandonando,
a su choza los pasos dirigía,
centinela de amor atalayando
la senda, que era de su norte guía,
Hiperina a Endimión se presentaba,
y de acaso su industria disculpaba

- XXII -

    Penetraba Endimión el amor puro
que Hiperina en su pecho fomentaba
y, aunque no menos libre, menos duro,
su innato desamor disimulaba.
Tal vez, favorecida del oscuro
horror de las tinieblas, declaraba
la ninfa sus deseos encendidos,
logrados sólo en ser con gusto oídos.

- XXIII -

    Si alguna noche, desdeñando el rudo
abrigo pastoril de su cabaña,
quiso habitar aquel silencio mudo
que de sombra y horror el monte baña,
de tristes quejas, que ocultar no pudo,
hinche la soledad con ansia extraña,
y hasta encontrar su amor en la espesura,
no se tiene Hiperina por segura.

- XXIV -

    Sin que peligro su inquietud perdone,
busca de su perdido bien indicio;
en cada fiera un riesgo se propone,
y una desgracia en cada precipicio.
Halla a Endimión agradecido, y pone
su gratitud por venturoso auspicio
de su pasión, que equivocada crece;
como si siempre amara el que agradece.

- XXV -

    Con esto satisfecha la zagala
vida llegó a vivir tan venturosa,
que ninguna delicia al gusto iguala,
que concibe al mirarse tan dichosa.
Mas la varia fortuna, que resbala
del bien al mal, obró tan poderosa,
que en un punto trocó su ceño adusto,
en tormento la dicha, en pena el gusto.

- XXVI -

    ¡Oh, inconsistencia vil y deleznable
del teatro del mundo y ser humano,
más que las ondas de la mar instable,
mudable más que el viento y polvo vano!
Nada conserva el ser, todo es variable;
indicios del imperio soberano,
si árbitro de variar la suerte a todo,
principio universal del mismo modo.

- XXVII -

    Cuando llegó a juzgar la ninfa bella
del todo su fortuna asegurada,
lúgubre influjo de fatal estrella,
su dicha oscureció no bien lograda.
Murió su amor, ensangrentando en ella
celoso frenesí su fuerza airada.
Perdió a Endimión, halló la muerte dura;
su cuidado causó su desventura.

- XXVIII -

    Yace una gruta, tosca arquitectura,
de que artífice fue naturaleza,
del Latmos sacro en la suprema altura,
que de estrellas corona su cabeza.
Seno apacible que del Hibla apura
en fragrantes aromas la riqueza;
a las Gracias albergue delicioso,
y a veces a Endimión dulce reposo.

- XXIX -

    Observatorio de las luces bellas
del orbe azul al joven divertía,
examinando atento en todas ellas
la brillante simétrica harmonía.
Apurar a los astros sus centellas,
astrónomo tenaz se prometía.
¡Oh, dulce facultad, cuyos desvelos
penetran los arcanos de los cielos!

- XXX -

    Atónito, al mirar las perfecciones
de animados portentos luminosos,
al discurso agotaba admiraciones,
enajenado en éxtasis sabrosos.
De un letargo apacible a las prisiones
cedían sus espíritus fogosos
y, abandonando el cuerpo en quieta calma,
entre los astros se hospedaba el alma.

- XXXI -

    La cítara de Orfeo prodigioso,
sus suaves cuerdas, ya luces sonoras,
de Arión el asilo proceloso,
sus escamas estrellas brilladoras,
el carro celestial, que perezoso
guía Bootes, por notar las horas,
el lascivo Orión, de Argos la popa,
y el Can Mayor que guarda fue de Europa.

- XXXII -

   Dulce estudio, tarea peregrina
eran al docto joven que, entregado
a contemplar la máquina divina,
quiso librarse todo a este cuidado.
Borró el intenso estudio de Hiperina
el tierno amor y albergue acostumbrado,
ofreciendo la estancia y su recreo
mayor cebo a su astrólogo deseo.

- XXXIII -
    Toldo de un roble de ropaje adusto,
en que Baco ostentaba su riqueza,
hizo el pastor; y de su pie robusto
arrimo, aun a pesar de su aspereza.
Lecho florido, hermoso más que augusto,
en el suelo mulló Naturaleza.
¡Feliz desierto en donde todo sobra
y los gustos se encuentran sin zozobra!

- XXXIV -

    El nocturno crepúsculo borraba
las sombras que la luz formó del día,
lóbrego embajador que adelantaba
la oscuridad, que el caos conducía;
el monte sordo, sólo se escuchaba
de corrientes cristales la harmonía,
y en la espesura de las sombras graves
roncos graznidos de agoreras aves.

- XXXV -

    De la cárcel eolia al duro abrigo
el euro reducido tormentoso,
ni combatía el áspero quejigo,
ni aun adulaba al álamo frondoso.
Cuanto a la noche su silencio amigo
duró, no se elevó caliginoso
vapor para ofuscar las luces bellas,
que del sol participan las estrellas.

- XXXVI -

    Éstas intensamente divertido
el astrólogo joven contemplaba,
por eximir su nombre del olvido,
que gallardos espíritus no acaba;
cuando, rápidamente sorprendido
de inmensa luz que activa le abrasaba,
incapaz del insulto luminoso,
interrumpió su estudio y su reposo.

- XXXVII -

   Nunca de Febe en el silencio quieto
resplandeció más clara la hermosura,
o fuese acaso en el divino objeto,
o del pastor antojo por ventura;
ni en el Éter, a sombras no sujeto,
inundación de luz brilló más pura,
que la noche feliz, en que atendida
rindió Febe a Endimión, siendo vencida.

- XXXVIII -

    Rayos ardientes imitaba el oro
del delicado fúlgido cabello.
En su faz clara, del zafir decoro,
aún más que lo divino era lo bello.
De resplandor origen y tesoro
luz mendigan los astros a su cuello,
retratando en su aliño compendiado
todo el celeste cóncavo estrellado.

- XXXIX -

    Farol flamante el carro luminoso
dos animados Etnas conducían,
que rayos en su anhélito fogoso,
aún más que respiraban, encendían.
De luceros concurso caudaloso
eran las riendas que su ardor regían,
que creyeras por modos soberanos
trasladada la eclíptica a sus manos.

- XL -

    En este aspecto en todo peregrino,
adorno igual a la mayor belleza,
vio Endimión, ya halagado del destino,
de Febe la divina gentileza.
En vano el joven contra amor previno
del desamor antiguo la entereza,
quedando en el insulto acelerado
ciego el discurso, y él enamorado.

- XLI -
    Fuego voraz, mortífero veneno
prendió su corazón apasionado;
torpe el sentido, de tinieblas lleno,
desamparó el discurso a lo animado;
perdióse la memoria, en cuyo seno
sucedió eternamente su cuidado;
murió el gusto, quedó la pena viva;
así trata el amor a quien cautiva.

- XLII -
   Tendido estaba en el fragrante lecho,
examinando la abrasada herida
que amor tirano ejecutó en su pecho,
que franca hiciese al alma la salida;
y en suspiros y lágrimas deshecho
desesperaba de la triste vida,
al mirar la distancia incomprensible
que hacía su remedio inaccesible.

- XLIII -

    De su fortuna el áspero suceso
en compasivos ecos lamentaba,
motejando su ingenio, cuyo exceso
a estado tan mortal le condenaba.
Maldecía irritado el embeleso,
que en su estudio curioso le empeñaba.
¡Oh, de amor peregrinas invenciones,
qué bien que disimulas tus traiciones!

- XLIV -

    Viendo casi imposible ya en lo humano
la medicina a su amoroso fuego,
lo que fortuna pretendiera en vano,
fío rendido al obsequioso ruego.
El ánimo esforzó, y al soberano
numen hermoso dirigiendo luego
la voz humilde, con acentos tales,
penetró las distancias celestiales:

- XLV -

    «Portento luminoso de esa esfera,
que a vuestra luz mendiga su hermosura,
deidad triforme, cuya voz impera
del reino de Plutón la estancia oscura.
Reina del monte, oíd la postrimera
voz de mi aliento, que mi vida apura;
así idolatren vuestro imperio eterno
el empíreo, la tierra y el infierno.

- XLVI -

    Aunque pastor humilde y abatido
me oscurezca mi tosco nacimiento,
no es así mi valor, aun excedido
del ardor de mi espíritu violento.
Por mi poder monarca me apellido
del monte todo; haciendo mi ardimiento
que le juren en su circunferencia
juntos hombres y fieras la obediencia.

- XLVII -

    Adorno a mis umbrales horrorosos
triunfos son de vencidos animales.
Ni al tigre libra el natural furioso
de pregonar mi ardor a mis umbrales;
ni el león por bravo, por tenaz el oso,
evitan mis espíritus marciales.
Todo se rinde a mi poder altivo,
guerra es la caza, de despojos vivo.

- XLVIII -

    Cuantas riquezas la abundante tierra
en plantas cría, en árboles florece,
tributos míos son, que de esta sierra
el villanaje rústico me ofrece.
Ganado inmenso mi redil encierra,
y tanto con mi haber mi fama crece,
que en todo el Latmos y su reino hermoso
me llaman Endimión el poderoso.

- XLIX -

    No hay pastora en el monte cuyo ruego
correspondencia en mí no haya intentado.
De Clicie he desdeñado el amor ciego,
y de Lisi el afecto he despreciado.
Sola de Hiperina el amoroso fuego
no del todo perdió; pues su cuidado
pudo lograr, sin ser correspondencia,
equivocada amor una apariencia.

- L -

    Vos sola sois, hermosa sucesora
del músico pastor, padre del día,
ídolo celestial que el alma adora,
quien quebrantó mi tosca rebeldía.
Vos, luz perenne, que el empíreo dora,
fuerza disteis de amor a la porfía;
por vos crece de amor la ilustre gloria,
a vos debe Cupido esta victoria.

- LI -

    Si ya triunfó de mí vuestra belleza,
y de Cupido esclavo me apellido,
obre conmigo vuestra gentileza,
cual noble vencedor con el vencido.
Ni es acción clara, ni gentil proeza,
la muerte dar al que se ve rendido;
siendo infame quien obra de esta suerte,
persiguiendo al rendido hasta la muerte.

- LII -

    Vos deidad sois, yo humilde ganadero,
bien advierto la suma preferencia,
mas, siendo todo amor, mi ser altero
sin conocer del vuestro diferencia.
No fue estorbo al troyano lo grosero
a que en Venus dejase descendencia.
Hechos emprende amor inaccesibles;
vence una voluntad los imposibles.

- LIII -

    No severa queráis que el amor puro,
que anima el yerto, moribundo pecho,
vilmente acabe en el martirio duro
que piadoso previene mi despecho.
Padrón a vuestra gloria, el más seguro,
será la acción que obréis en mi provecho.
Socorred a Endimión en mal tan fuerte,
o recibid por víctima su muerte.»

- LIV -
    Sentidas, aun más bien que pronunciadas,
tales razones triste refería
el hermoso pastor, más bien logradas
que su mísero estado prometía.
Oyó Febe las quejas lastimadas;
dejóse persuadir de su porfía;
miró al pastor, notó su gentileza,
y amó correspondida su belleza.

- LV -

   ¡Oh, violencia del ruego prodigiosa,
cuánto alcanza y penetra tu desvelo!
La tierra haces esfera luminosa,
y abates las deidades hasta el suelo.
Dígalo Febe, cuya luz hermosa,
a ruegos de un zagal, huyendo el cielo,
en brazos del pastor apetecible
otra esfera encontró más apacible.

- LVI -

    Logró Endimión su intento deseado,
que todas sus venturas coronaba.
Febe halló en su pastor enamorado
amor que aun a su amor aventajaba.
En este dulce delicioso estado
cada cual su ventura exageraba;
en tanto que Hiperina presurosa
el monte penetraba recelosa.

- LVII -

    Viendo de noche ya cubierto el cielo,
y que su dulce amor no parecía,
el monte todo con mortal anhelo,
celosa, más que amante, discurría.
Llegó a la gruta, en cuyo hermoso suelo
de su tragedia vio la tiranía.
Miró a Endimión de Febe poseído,
y en él su mal hallado, y bien perdido.

- LVIII -

    Muerta quedó, mirando en otros brazos
el dueño hermoso que ella idolatraba.
Celoso frenesí abrevió los plazos,
que a su tragedia el hado reservaba,
cuando en más tiernos, más estrechos lazos
sus esclavos amor aprisionaba.
¡Mas, oh dichas, de nadie bien logradas,
siempre con la pensión de limitadas!

- LIX -

    Era preciso que su curso hiciese
Febe y que a su Endimión desamparase,
y más preciso que el pastor sintiese
la ausencia, que sus dichas retardase.
A Júpiter rogó que le atendiese,
oyóle el Dios, y porque no penase,
piadoso le inspiró perpetuo sueño
que aliviase la ausencia de su dueño.

- LX -

    Hace Febe su curso refulgente,
y, al cabo de él el Latmos visitando,
feliz hace a Endimión eternamente,
si no entonces, rendido a un sueño blando.
Dichoso amor, premiado dignamente,
que recompensa tal está gozando;
feliz pastor, a quien eterna dura
en tal tranquilidad tanta ventura.


Amante a quien atormenta su escrupulosidad y apasiona el menor descuido

Endechas reales

   ¿Que así, Filis, repitas
heridas a mi alma
cuando ella en adorarte
sus glorias y sus delicias halla?
    ¿Que así me galardones
la fe más resignada,
la voluntad más pura
y el ejemplo mayor de la constancia?
    Muriendo estoy, y apenas
puedo creer mi desgracia;
y siento las heridas,
dudando sea capaz de ejecutarlas.
    Muero de tus injurias,
que tanto no me acaban,
cuanto al ver que con ellas
más te inflamas a ti que a mí me agravias.
    ¡Qué depresión padece
tu opinión y tu fama!
¡Y a cuánto abatimiento
te reduce una acción tan desairada!
    Si habías de matarme,
¿por qué me confiabas?
Mátame en hora buena,
pero no sea con tan viles armas.
    Si de mi trato, Filis,
por desdicha te cansas,
y los servicios míos
por mi mal, Filis, ya te desagradan,
    usa del privilegio,
que tienes como dama;
 desengáñame atenta,
no sienta ofensas, sienta tu inconstancia,
   o, pues eres mi dueño,
mi voluntad esclava
despide como inútil,
que, si matarme quieres, esto basta.
    Darás de impertinencia
nombre a mis justas ansias.
¡Qué mal, Filis, conoces,
cuánto una gran pasión es delicada!
    Los menores descuidos
a quien bien quiere matan;
bien lo prueban las penas
a que un descuido tuyo ha dado causa;
    que así llamarle quiero,
porque se satisfaga
mi amor con este engaño,
si cabe engaño en evidencias claras.


Seguridades de un amor verdadero

Endecasílabos

   Los negros caracteres que matizan
con el luto del alma el papel terso
puros raudales fueron en su origen,
que después atezó el dolor violento.
    Turbio vapor que despidió a los ojos
el material adusto de mi pecho,
corto raudal a mitigar la llama,
pero bastante a publicar el fuego.
    Lágrimas vivas son, si bien ajenas
del cristal primitivo en que nacieron,
milagros del dolor que me atormenta,
que sabe convertir lo blanco en negro.
    En ellos te traslado mis desdichas
estimadas por dichas de mi afecto,
pues el ser tú la causa desfigura
la sangrienta impresión de los tormentos.
    Repásalos siquiera, dueño mío,
y ya que yo por mí no lo merezco,
desengaño que debo a tu hermosura,
desde que el alma te juró por dueño,
    conviértate a piedad su porte triste,
en que van publicando abatimiento,
cubiertos del color de mis quebrantos,
y encadenados como mis deseos.
    Mas, ¡oh cuánto me engaña mi delirio!
pues ¿quien puede llegar a ser tan necio
que espere compasión de una belleza
que adorna de impiedades sus trofeos?
    Aborréceme pues; que no es posible
que consigas con tu aborrecimiento
que mi encendido amor menos me abrase
ni mi ciega pasión me mate menos.
    Usa cuantos rigores te persuada
la airada sutileza de tu genio,
pues, para despreciarlos y sufrirlos,
tengo ánimo mayor que todos ellos.
    Estudia en los horrores de estos montes
nuevos rigores de sus monstruos fieros,
lisonjas del amante pecho mío,
ansioso siempre de sufrir de nuevo;
    que antes el sol apagará sus luces
y se hundirá la máquina del cielo,
que Fabio deje de adorar a Lisi
a pesar de sus iras y desprecios.
    Pues fuera muy villano su cariño
si le apartaran de su pensamiento
ni alegres esperanzas de otras glorias,
ni el temor de los males más acerbos.


Descripción de la hermosura de Lisi por un término peregrino

Soneto

   Es tan grande mi amor, oh Lisi mía,
que no podré explicarle aunque más quiera,
porque si en voces mi pasión cupiera,
ni de ti ni de mí digna sería.
    A tu mérito, Lisi, y gallardía
amor se debe de más alta esfera,
y, si acaso adorarte alguien pudiera
como mereces, sólo yo podría.
    No es soberbia, mi bien, no desvarío
del juicio perturbado al miserable
estado en que hoy se advierte mi albedrío.
    Verdad es cierta y hecho incontrastable,
pues, si bien se examina el amor mío,
a sola tu belleza es comparable.


El pedo dispertador o Caga siete

Fábula medio verdad y medio mentira

   Del traductor de la Xaira,
heridos de la Advertencia,
murmuraban en un corro
siete sabios de la legua.
    Cada cual se iba apropiando
una de sus indirectas
muy pagado de no estar
comprehendido en todas ellas.
Clamaba un versiblanquista
contra el traductor poeta,
amenazándole hacer
pepitoria de sus piezas.
Otro prosador pedante
ponderaba en larga arenga
de todos los prosadores
la atroz e inaudita ofensa.
Un anti-epigramatista
de musa baja y ratera
en mil críticas pueriles
publica mil anatemas.
De un traduccionero insulso
resonaban las querellas
convocando en su venganza
la turba traduccionera.
    Gritando un sectario triste,
de la rigidez francesa:
«Juro hacer con la Raquel,
por ser judía, una hoguera.»
Del malhadado Linguet
otro peroró en defensa,
inspirado del furor
de alguna sibila renca.
Habló en fin una alimaña,
de sátiro facha y señas
y dijo, medio rumiando,
«él me llevará otra vuelta,
    que para eso tengo yo
cosecha de desvergüenzas,
y, aunque no letras, barberos
que desde Aragón afeitan».
    Descubre Huerta a este tiempo
la ridícula asamblea
y ocúrresele un arbitrio
de burlarse y disolverla.
    Arrímase poco a poco,
y cuando ya estuvo cerca,
el ruin concilio apestando,
un tronante pedo suelta.
Aturdidos del estruendo
vuelven todos la cabeza
y, al verle, más aturdidos
se escabullen y dispersan.
Hácese público el caso
y todo el mundo celebra
del pedo dispertador
la ridícula historieta.
    De suerte que los muchachos
gritan cuando a alguno encuentran:
«Allá va uno de los siete
en que se ha cagado Huerta».
Iguales chascos aguarden
los necios de mala lengua,
y el que ladra por detrás
que le caguen o le pean.


Romance morisco

Imitación de don Luis de Góngora
I

Por cabo de cien jinetes,
el noble Gutierre marcha
sobre el campo de Gumiel
desde la fuerza de Aranda.
El más valiente caudillo,
de cuantos ve la campaña
desde el Duero al claro Tormes,
desde el Pisuerga al Adaja.
Monta una manchada yegua,
que riberas del Riaza
nació a ser exhalación
y asombro de las comarcas.
Lleva pendiente del hombro
una berberisca adarga,
a Celín ganada, jeque
de Medina y Almenara.
En la vigorosa diestra,
defensa ya de su patria,
rige el animoso joven
un recio roble por asta.
Una ancha cuchilla ciñe
en mil reencuentros probada,
contra las vidas alarbes
fatal segur de la parca.
Sale, pues, tan orgullosa
la juventud castellana,
que a mirar su bizarría
suspende el Duero sus aguas.
Los generosos caballos
marcial música compasan
al son del hierro que imprimen,
y al son del hierro que tascan.
Ya descubren de Gumiel
las ardientes atalayas,
y en los cultivados campos
las adultas mieses talan.
Sintiendo el rebato Hizán,
presuroso se levanta
a los brazos de la muerte
de los brazos de Daraja.
Daraja, deidad morisca,
de cuyo amor a las aras
seis años fueron de Hizán
servicios ofrendas vanas.
Al primer paso tropieza,
y requiriendo las armas,
herida la diestra mano,
con sangre el estrado mancha.
Túrbase la bella mora
con señales tan infaustas,
y de tan tristes acasos
tristes vaticinios saca.
Enmudécela el dolor;
pero una sola mirada
dijo de una vez más cosas
que dijeran mil palabras.
Cadenas hace sus brazos,
que el cuello de Hizán enlazan,
y de sus lágrimas tiernas
segundas cadenas labra.
Mas, viendo el valiente moro
que hace ya en el campo falta,
sus lágrimas reprimiendo,
así, al despedirse, la habla:
«No temas, Daraja bella,
que a los enemigos salga,
que a quien venció tus desdenes
no habrá que resista nada.»
Salió al campo; y don Gutierre
al encuentro se adelanta,
y de los demás seguido,
la sangrienta lid se traba.


Romance amoroso

   Bosques y selvas del Pardo,
que con cristalinas aguas
el humilde Manzanares
riega, fecunda y regala;
    árboles, que tantas veces
me habéis escuchado y tantas
ayudádome a sentir
mis congojas y mis ansias;
    frescos valles, que albergáis
en las floridas estancias
la causa de mis desdichas,
si bien, inocente causa;
    estadme otra vez atentos,
si por ventura no os cansa
el escuchar tantas veces
quejas que nunca se acaban.
    A vosotras, mudas selvas,
las fío, porque callarlas
sabréis, si es que aún a los mudos
se debe tal confianza.
    Oídme pues; así Lisi,
deidad de aquestas comarcas,
muchos siglos os florezca
con su vista y con su planta.
    Así de su sol hermoso
gocéis, y vuestras campañas
a sus ojos y a su pie
deban primaveras largas.
    Así adorne vuestros valles
con su gentileza y gala;
y así por ella os envidien
esas altivas montañas.
    Lastimaos de mí vosotras,
y a fe que estáis obligadas,
si no queréis de esta vez
acreditaros de ingratas.
    Ya sabéis, selvas amigas,
con cuánta pasión, con cuánta
terneza tengo a los ojos
de Lisi rendida el alma.
    Ocioso será pintaros,
pues la habéis visto, sus raras
perfecciones, su hermosura,
su discreción y sus gracias.
    Baste deciros que no hay,
desde el Tajo al Guadarrama,
pastor que a su gentileza
no consagre ofrendas vanas.
    Los más gallardos zagales,
que de libres blasonaban,
tienen ya de su esquivez
las voluntades esclavas.
    No se oyen en estos cotos,
sino las quejas que lanzan
zagales enamorados
de finezas mal pagadas.
    Los árboles, las arenas,
en sus cortezas y playas
el dulce nombre de Lisi
distintamente trasladan.
    Los arroyos la enamoran,
y lascivamente labran
de su murmurio las voces,
que con su amor la declaran.
    Las ninfas, que de los fresnos
viven las frescas moradas,
aficionadas a Lisi,
la hacen dosel de sus ramas.
    Y las que el anciano río
habitan, cuando ella pasa
del vado margen, a verla
la frente húmeda levantan.
    El mismo céfiro blando,
a Flora la fe negada,
viste en obsequio de Lisi
nueva hermosura a sus alas.
    Hasta los robustos robles,
con blandura extraordinaria,
cuando ven a Lisi humillan
a sus pies la copa anciana.
    Los inocentes corderos
aprenden de quien los guarda
a publicar los balidos
de Lisi las alabanzas.
    Toda, en fin, respira amor
esta selva; sus cabañas
de amorosas invenciones
la humilde fábrica esmaltan.
    En los gabanes velludos
amantes cifras se enlazan,
vistiéndose los zagales
su misma pasión por gala.
    Sola Lisi exenta vive
de este cuidado, y no basta
tanto amor, tanta fineza,
a hacerla menos tirana.
    Si oye suspiros, la enojan;
finezas la desagradan;
sentimientos no la obligan;
y elogios suyos la agravian.
    ¿Qué haré, pues, selvas amigas,
en confusión tan extraña?
Mas, ¡oh, qué ciegas locuras,
pedir a un mudo palabras!
    ¿Qué me habéis de aconsejar,
selvas, si por mi desgracia,
aunque compasión os sobre,
la lengua, selvas, os falta?
    Pero, si bien interpretan
vuestro silencio mis ansias,
¡cuánto, siendo mudo, enseña!,
¡cuánto dice cuando calla!
    Ya, en fin, con vuestro silencio
me respondéis que me valga
del consejo de callar;
¡invención de amor tirana!
    Ame fino, ame constante,
sirva y merezca, y no salga
al labio el volcán, el fuego,
por más que se abrase el alma.
    Vea Lisi y vea el mundo
que aquel que más la idolatra,
por no ofenderla, reprime
el ardor en que se abrasa.
   Y que antes morirá Fabio
 de amor a la ardiente llama,
que importune por remedio
a quien tanto incendio causa.


Alegoría de una esperanza bien fundada
y desgraciadamente desvanecida


Endechas

   Barqueros de estas costas,
que visteis algún día
al feliz leño mío
surcar mares de dichas,
   ya están desagraviadas
vuestras pobres barquillas,
que con envidia vieron
las glorias de la mía.
   Ya la veis, encallada
entre almejas y guijas,
lástima ser y ejemplo
aun de la misma envidia.
   Los rojos gallardetes,
que el viento a soplos riza,
escarnio son del agua,
que los hiere y salpica;
   que hasta las mismas ondas
su infamia solicitan,
escupiéndola al rostro
espumas por salivas.
   En las hinchadas velas,
que el céfiro movía,
ya el ábrego inclemente
borrascas pronostica;
    y no en las velas sólo
muestra su tiranía,
las jarcias destrozando,
las gumenas y trizas,
    sino que, conduciendo
al extremo sus iras,
con soplos y balances
la confunde y la silba.
    La que antes fue, barqueros,
honor de estas marinas,
ya ofrece desengaños
tan sólo con su vista.
    De macilentas algas
la ven ya oscurecida
focas, que la admiraron
sirena fugitiva.
    Los mástiles dorados,
que entretejieron cintas,
patíbulos funestos
trágicamente imitan.
    Los robustos costados,
que en vano el mar batía,
infame broma cubre
desde el bordo a la quilla.
   En vez de los delfines,
que sus rumbos seguían,
encuentra solamente
con monstruos que la embistan.
    Arenas que la varen,
rémoras que la opriman,
tormentas que la aneguen,
y calmas que la aflijan,
    escollos que la rompan,
ballenas que la sigan,
piratas que la abrasen,
corsarios que la rindan,
    son ya las esperanzas
que al tráfico la animan.
¿Quién pensará con ellas,
desamparar la orilla?
   Desechada e inútil
la seca playa pisa;
ventajas que ha logrado
al fin de sus fatigas.
   Considerad, barqueros,
en mi infeliz barquilla
los efectos contrarios
del tiempo y de los días.
   Tomad de ella escarmiento,
pues pueden sus desdichas,
si bien las reflexiona
la mayor osadía,
   al más desalumbrado
dar luz, que le dirija
por los expuestos rumbos
del golfo de la vida.
    Pero aún tengo esperanza,
mientras Lisi divina
estas costas habite
y el vivir lo permita,
    que vuelva el leño mío
a su ventura antigua,
feliz y escarmentado
en sus desgracias mismas.
    Mas, entretanto, oh barca,
tu orgullo es bien reprimas,
y será tu paciencia
la puerta de tus dichas.


Reflexiones melancólicas de un amante
desgraciado en una noche aciaga


Romance

   Clamores tristes, con cuyo
repetido desconcierto
parece que prevenís
las exequias a mi cuerpo,
    no con vuestras disonancias
temáis alterar mi sueño,
que no desvelan clamores,
a quien siempre está despierto.
    Proseguid, mientras la aldea
yace en general sosiego,
y mientras yo con mis ansias
segundos clamores muevo;
    para que así se confundan
mis ayes con vuestros ecos,
y mis lástimas no sean
el escándalo del pueblo;
    que, pues he sido en mis dichas
tan reservado y secreto
(dichas, en fin, conseguidas
tras de tanto amor y tiempo),
    en mis desdichas también
debo serlo, porque temo
publiquen éstas ahora
lo que aquellas no dijeron.
    Óyeme tú, Lisi mía,
si el dolor en que te veo
te permite que distraigas
un rato tu pensamiento;
    y suspende, dueño mío,
por un instante el decreto
que pronunció el pundonor
con el lenguaje del miedo,
    en tanto que mis suspiros,
mezclados con mis lamentos,
vuelan, Lisi, a tus oídos
arrojados de mi pecho.
    Recíbelos, dueño mío;
que si reparas en ellos,
verás que son engendrados
del mismo aire de tu aliento.
    Cruel tirana fortuna,
monstruo infame, pues no creo
que deidad sea quien es
de tiranías compendio,
    por qué razón te ensangrientas
en mí con tan grande extremo,
que pienso que el perseguirme
tienes sólo por empeño?
    Yo pensé que mi humildadme
preservara del riesgo
de los tiranos vaivenes
con que oprimes los soberbios;
    mas, veo que me engañaba,
pues, por mis desdichas, veo
que persigues igualmente
a los grandes y pequeños.
    ¿Cómo he de vivir, fortuna,
en el infernal tormento
de ver la prenda que adoro
arrancada de mi pecho?
    Quien con el favor de Lisi
se coronó de trofeos,
¿podrá sufrir la sospecha
de las dichas de otro dueño?
    Quien de sus divinos labios
oyó una vez ecos tiernos,
¿podrá descansar pensando
los inficiona otro aliento?
    No es posible, ni es posible,
que yo me acomode al tiempo;
que mi pasión no distingue
ni de tiempos ni sujetos.
    Para mí siempre es mortal
y enemigo verdadero,
quien, con derecho o sin él,
me roba un bien que poseo.
    Ni admito leyes, ni miro
inconvenientes, ni riesgos;
porque es mi amor mi abogado,
y siempre fue el amor ciego.
    Ya tengo determinada
la conclusión de mi pleito,
y en causa, que es tan sangrienta,
será el decreto de hierro.
    Con mi muerte se remedia
mi mal. Muera, pues, sabiendo
que con mi muerte se quitan
inconvenientes de enmedio.
    Y vive tú, Lisi mía,
venturosa, pues con esto
serán también para mí
glorias los mismos tormentos.


Sentimientos tiernos contra los desdenes de Lisi

Redondillas

   Si pretendes por despojos,
Lisi, los alientos míos,
¿qué has menester de desvíos,
cuando te sobran tus ojos?
    Si con mi muerte, mi bien,
esperas tu libertad,
mátame con tu beldad,
pero no con tu desdén.
    Pues será doble rigor,
cuando en tu mano lo tienes,
que me mates a desdenes,
pudiendo morir de amor.
    Y nadie podrá ofenderte,
si lo hicieres con tal arte,
porque yo, por disculparte,
me achacaré a mí mi muerte.
    Y aún te será más blasón
oír que tu amante Fabio
ha muerto, no de tu agravio,
sí sólo de su pasión.
    Que se hace agravio a tu pura
y poderosa belleza
en que usurpe la fiereza
su poder a la hermosura.
    Deja que mi amante fe
me mate, pues de esta suerte
tú consigues darme muerte
y yo lo agradeceré.
    Pues logras de esta manera
que a tu beldad peregrina
la idolatren por divina
y no la infamen por fiera.
    Sea lícito a mi tristeza
saber que, en lance tan fuerte,
los que celebren mi muerte
celebrarán tu belleza.
    Y mis penas lastimosas
harán, cuando más no puedan,
que tu hermosura concedan
hasta las más envidiosas.


Consideraciones de un amante desconfiado

Romance

   ¡Qué triste despierta el alba!
¡Qué funestas y qué graves
de las cumbres de los montes
condensadas nubes nacen!
    ¡Qué poco alumbra la clara
antorcha del cielo errante,
impedido su esplendor
de nublos y oscuridades!
    ¡Qué mudas están las selvas
y qué callados los valles!
¡Qué en silencio los poblados
y cuán en quietud las aves!
    Todo respira tristeza,
todo en torpe sueño yace,
todo es soledad, y todo
acompaña a mis pesares.
    ¡Qué mansas corren las fuentes!
¡Qué torpe susurra el aire!
No hay pastor que no sosiegue,
no hay despierto can que ladre.
    Quieto el redil, no se escucha
res que rumie ni que bale;
duerme el recental asido
del tierno pezón que lame.
    Sólo yo en tanta quietud
no sosiego ni me cabe
más descanso que en suspiros
deshacerme o exhalarme.
    ¿Por qué, Amarilis divina,
contra mí esgrimes crueldades,
sabiendo que acá en mi pecho
tiene adoración tu imagen?
    ¿Qué motivo darte pudo
mi fe para que la trates
con desprecios y rigores,
con desdenes y desaires?
    No por ser deidad presumas
de cruel y de fiera, que antes
es la piedad atributo
de las supremas deidades.
    No dices que me aborreces
porque eres cauta; pero haces
lo que no quisiera hiciesesv sólo por desagradarme.
    Tu misma boca me ha dicho
que primero que olvidases
mi fineza te darían
muerte tus mismos pesares.
    En mis manos muchas veces
ser mía siempre juraste.
¿Cómo tu palabra ultrajas,
sacrílegamente fácil?
    Yo no creo me aborrezcas,
que están mis fidelidades
satisfechas de no haber
quien más que yo te idolatre.
    Haber puede más dichoso
alguno, y que por mi ultraje
yo sea el primero en quererte
y él lo sea en agradarte.
    Más ricos, más poderosos,
más augustos y más grandes
podrá haber; pero no habrá,
quien sepa más estimarte.
    Yo soy un pastor humilde,
tan sólo rico de males,
mas tengo un ánimo noble
y un amor inestimable.
    No creo de ti mudanzas
ni otras traiciones infames;
que eres noble, y si me agravias,
a ti misma agravios haces.
    Pero aunque tú me aborrezcas,
me olvides y me maltrates,
jamás en mi encontrarás
más que una pasión constante.
    Y lo poco que viviere,
desde el punto que me aparte
de ti, será suspirandopor
tormentos que me acaben,
    adorando tu hermosura,
idolatrando tu imagen,
que éste es en pechos honrados
el modo de despicarse.



dibujo de musas
Hecho con / Made with Mac