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Tomo 1
Carta XIX -
Sobre el tránsito de las arañas de un tejado a otro
Reverendísimo Padre, y muy señor mío: Después de dar a V. Rma. las debidas gracias por lo mucho que me favorece, y ofrecerme muy de veras a su servicio, digo, que la dificultad que V. Rma. me propone, conviene a saber, cómo las Arañas, sin volar, pasan de un árbol a otro, u de un tejado a otro, para hacer sobre entrambos puente con sus hilos, es una de las más curiosas, y abstrusas, que pueden ofrecerse en la Física. Ha muchos años que he pensado en ella algunos ratos, sin poder encontrar solución alguna. Pero últimamente la hallé, debiéndola precisamente a mi lectura, sin concurrir mi observación, ni mi ingenio. Este secreto, pues, se halla descubierto en las Memorias de la Academia Real de las Ciencias del año de 1707, pág. 344, por la diligencia del Académico Mr. Homberg, que con gran cuidado observó todos los movimientos, y operaciones de las Arañas. El modo con que atraviesan los hilos de un tejado a otro, (lo mismo de un árbol a otro) es éste: Pónese la Araña avanzada sobre la extremidad de una de las últimas tejas: allí, estribando solamente sobre las seis piernas anteriores, con las dos de atrás va sacando de su parte posterior por unos agujeros, que la naturaleza destinó a este efecto, un jugo glutinoso, y formando de él un hilo de dos, o tres, o más varas de largo... (Faltó advertir, que esta operación sólo la hace en tiempo de calma). El hilo, formado en esta circunstancia de tiempo, y de sitio, queda pendiente al aire, y pegado, a favor de su misma glutinosidad, en el sitio mismo donde la Araña le hizo: pegado digo, por una extremidad, hasta que algún vientecillo, entre varias agitaciones, que da al hilo, casualmente lleva la otra extremidad, que está pendiente, o al tejado de enfrente, o a la pared, o a otro árbol vecino, y allí se pega por la misma causa; lo que reconocido por la Araña, y que queda flojo por lo común, le va recogiendo algo hacia sí, hasta que le siente bastantemente tirante; pégale entonces de nuevo al sitio en que está, con que ya tiene puente para pasar a la otra parte, como en efecto pasa; y colocada allí en la punta de otra teja, empieza la obra de otro hilo paralelo al primero; pero éste, y los demás que se siguen, no quedan al beneficio del viento; sino que la Araña, paseándose por el primer hilo, le va formando, y conduciendo al mismo sitio, y así va continuando su obra, hasta que teniendo bastantes hilos (según el designio que forma) hace, sostenida de ellos, otros hilos transversales, con que ata los primeros; y del tejido de unos, y otros resulta su delicada tela. Esto es lo que he hallado en la materia, para la satisfacción de V. Rma. a cuya obediencia quedo suplicando a nuestro Señor guarde su vida muchos años. De esta de V. Rma. &c.

Carta XXVII -
De algunas providencias económicas en orden a tabaco, y chocolate
Amigo, y Señor: Aunque la Carta, en que Vmd. me avisaba de enviarme por el Ordinario las cuatro libras de Tabaco, vino el Correo pasado; esperando a que llegasen, como ya efectivamente llegaron, suspendí hasta éste la respuesta. El Tabaco, ciertamente, es de bella calidad; y a mi parecer tan bueno, sino mejor, que el que Vmd. me remitió por Enero, y del cual tengo alguna pequeña porción; porque en la especie de Tabaco, con el que logro muy de mi gusto, observo una estrecha economía. La contingencia de no hallar después otro igual, me hace detenido en su consumo. De suerte, que casi es menester, o el motivo de especial benevolencia, o el de urbanidad inexcusable, para franquear una, u otra caja. Fuera de estos dos casos, procuro evitar la opinión de mezquino con otro de segunda clase, que nunca falta.
Vmd. ha continuado tanto el favorecerme, y regalarme, que ya he consumido todas las frases que el discurso podía sugerirme para explicar mi gratitud; y no pudiendo descubrir otras nuevas, será preciso callar; porque repetir las antecedentes, es para mí cosa fastidiosa, y aun pienso, que para Vmd. lo será: conque parece, que no hay otro recurso, que el de los Predicadores principiantes, que remiten lo que no pueden explicar, a lo que llaman Muda Retórica del silencio.
Las advertencias, que Vmd. me hace para conservar, y mejorar el Tabaco, pudieran pasar por un segundo regalo, que sirve como de adjetivo a la substancia del primero, si la utilidad fuese correspondiente a la intención. Pero francamente le digo a Vmd. que no admito sus reglas, porque no las juzgo convenientes, por más que la común aceptación las haya hecho plausibles.
El guardar mucho tiempo el Tabaco, no le mejora, antes le deteriora, si la custodia de él no es mucho más estrecha, que la de reos de pena capital. Júzgase, por lo común, diligencia suficiente para conservar, y mejorar el Tabaco, colocarle en una caja de plomo, bien atacado, con la cubierta muy ajustada, y guardarle de este modo en la gabeta de un Escritorio. Los que añaden una hoja de plomo, bien ajustada a la concavidad de la caja, apretando con ella el Tabaco, juzgan haber llegado a la suprema exactitud en la materia. Pero todo esto no basta. Así entre la hoja del plomo, y superficie cóncava de la caja, como entre el borde de ésta, y el de la cubierta, quedan inevitablemente rendijas por donde el Tabaco se exhala. Todas esas precauciones conservan el cuerpo, no el alma del Tabaco. Aquellos corpúsculos sutiles, que constituyen toda su gracia, respecto del olfato, no hay puerta por donde no quepan, y por todas huyen. Es verdad, que no se disipan tan presto, ni con mucho, como teniendo menos resguardado el Tabaco; pero es cierto, que poco a poco se va perdiendo parte de ellos. Así, el que quisiere guardar el Tabaco por espacio de tiempo considerable, téngale en una caja de hoja de lata, unida la cubierta con estaño, en la forma que suele transportarse el Tabaco de encargos, de Sevilla, y Madrid, a otras partes. Basta también, que sea en bote de hoja de lata, que de plomo, unir caja, y cubierta con cera. Una eternidad se puede conservar de este modo el Tabaco; porque a ninguno de los cuerpos dichos, hoja de lata, plomo, estaño, o cera, penetran los más sutiles corpúsculos del Tabaco, ni de otra substancia olorosa.
Y no sólo no pierde de su bondad el Tabaco guardado del modo dicho, sino que se hace más aromático, deteniéndose así dos, o tres años, como he experimentado algunas veces; lo que se puede atribuir, o a que entre aquellos sutiles corpúsculos, hallándose encarcelados, se excita una especie de fermentación con que se exalta más el olor; o a que como son de un genio inquieto, y volátil, chocando unos con otros, se desmenuzan, y sutilizan más, con que reciben más aptitud para herir el órgano del olfato, penetrando más, por su mayor sutileza, las fibras sensorias.
6. Sea cual fuere la causa que al vino guardado mucho tiempo, y perfectamente defendido del ambiente, le hace más oloroso, se hace extremadamente verosímil, que la misma produzca el propio efecto en el Tabaco.
De aquí infiero, que lo propio sucedería con el Chocolate, si se le impidiese toda transpiración. Mas del modo, que comúnmente se guarda; esto es; depositado en un Arca, Baúl, o Escritorio, aunque se envuelva en papel, o lienzo cada ladrillo, o bollo, sucesivamente va perdiendo algo de jugo, y olor, como yo lo he observado, habiendo guardado alguna cantidad de Chocolate por espacio de catorce años. Movióme a hacer esta experiencia, por una parte el oír a todos, que el Chocolate es mejor cuanto más añejado, y por otra, considerar, que esto no puede ser en buena Filosofía. Tiene sonido de Paradoja lo que voy a decir de Chocolate, Vino, y Tabaco; y es, que conservan la vida, quitándoles la respiración; y la pierden, dejándolos respirar. Sofocados, viven; y alentando, mueren. Aquello que exhalan, y con que se hacen sentir en el órgano del olfato, es su parte espiritosa: luego cuanto más respiran, más espíritu pierden.
Considérese, que al abrir el arca, cofre, o gabeta donde está el Chocolate, por envuelto que esté en el papel, u otra cosa, se percibe sensibilísimamente su olor: luego continuamente está exhalando. ¿Y qué exhala? Aquellos delicados corpúsculos, que le hacen aromático; pero no sólo esto, mas también aquel jugo substantífico, y craso, que le hace grato al paladar. Y la razón es, porque aunque este jugo no es volátil por su naturaleza, le extraen, y disipan con su impulso los corpúsculos aromáticos. Como aquel jugo es mantecoso, y adherente, es preciso, que los corpúsculos, al romper por los poros del Chocolate, y topando con él, lleven pegadas algunas pequeñísimas partículas suyas.
Esta especulación filosófica me indujo a la experiencia, que he dicho, y el efecto fue el que había previsto. Yo iba probando de tiempo en tiempo, como de seis en seis meses, el Chocolate, y reconociendo siempre (a la reserva del primer año, o poco más) que sucesivamente iba perdiendo más jugo, y olor, de modo, que al término de los catorce años, tenía poquísimo de uno, y otro. Así no me queda duda de que los que dicen, que han experimentado tanto mejor el Chocolate, cuanto más añejo, son persuadidos a ello, no por la experiencia, sino por el dictamen preconcebido in fide dicentium. Y una prueba bien sensible de esto es lo que he oído a algunos de los que promueven aquella opinión, que el Chocolate adquiere el supremo grado de excelencia, cuando se ha añejado tanto, que se pone algo carcomido. Dícese el Chocolate carcomido similitudinariamente, por unos pequeños huecos, o vacíos, que se forman en él con el tiempo, y que representan en alguna manera los que tienen la madera carcomida. Pero es fácil conocer, que aquellos vacíos resultan de la disipación del jugo, que antes tenía el Chocolate, y con que se llenaban todos aquellos huecos. Luego es claro, que en el estado de carcomido se halla muy desubstanciado.
Tampoco admito la instrucción que Vmd. me da para conservar el Tabaco húmedo, o humedecerle, cuando está seco. Ninguna humedad dice bien al Tabaco, sino la del agua simple, y natural; porque sólo ésta carece de todo olor. Todo otro cuerpo húmedo tiene algún olor, que comunicado al Tabaco, le hace degenerar. Y aun se puede temer, que los corpúsculos en que consiste aquel olor forastero, corrompiéndose, destruyan enteramente el Tabaco. Yo he visto, que todas estas estudiadas recetas para humedecerle, como introducir en él unas almendras, u hojas de acelga, o tenerle en el sitio húmedo, siempre le han deteriorado algo. Al contrario, el agua simple, tengo mil experimentos, de que no sólo le humedece sin dañarle, mas conduce mucho para su conservación; porque aquella humedad obstruye muchos poros por donde se exhalan los corpúsculos olorosos, con que los detiene dentro del Tabaco. Préstale también el beneficio de quitarle aquel molesto tufo, que respira cuando está reseco, convirtiéndole en olor más benigno, y causa prontísimamente este buen efecto, como también he experimentado muchas veces.
¿Pero cómo se debe comunicar la humedad del agua al Tabaco? El modo más oportuno es mojar la superficie interior de la cubierta del bote, sacudiéndola luego fuertemente, para que no gotee sobre el Tabaco; porque estando éste apretado, cada gota que cayese, haría una piedrecita, dificultosa de deshacer entre los dedos. Esta diligencia hecha de quince en quince días, basta para conservar jugoso el Tabaco. Mas si estuviese ya reseco, será menester repetirla siempre que se haya sacado Tabaco del bote para la caja.
Si Vmd. quisiere usar de estas instrucciones mías, (pues al fin de que Vmd. se utilice en ellas, he tomado la fatiga de escribirlas) así en orden al Chocolate, como en orden al Tabaco, espero que me las agradezca, poco menos que yo a Vmd. el regalo que acaba de hacerme. Así pudiera yo, como le doy reglas para conservar su Tabaco, ministrarlas para la conservación de su salud, que es para mí harto más preciosa, no sólo que cuanto Tabaco, y Chocolate, mas también que cuanta plata, y oro vienen de la América. Al fin, haré para este efecto todo lo que puedo hacer, que es dirigir a él el corto valor de mis oraciones, rogando al Altísimo, como diariamente lo hago, que prospere su vida, y persona muchos años, &c.

Carta XXXI -
Sobre la continuación de Milagros en algunos Santuarios
Muy señor mío: Ordéname Vmd. le escriba mi sentir sobre el asenso que merecen los milagros continuados, o continuación de milagros, que se refieren de algunos Santuarios; proponiéndome por ejemplos el de nuestra Señora de Valdejimena, donde los que padecen Hidrofobia, indefectiblemente mueren, si están en tal, y tal estado; e indefectiblemente sanan, si están en otro: Y el de nuestra Señora de Nieva, a cuyo término se acogen los brutos, cuando presienten tempestad; y en cuya jurisdicción ningún viviente perece con ella, como ni en los que traen Retrato tocado a aquella Sagrada Imagen.
¿Quién podrá dar respuesta a tan genérica pregunta? Nadie ciertamente. La continuación de milagros, es, en cualquier Santuario, y fuera de él, posible a la Omnipotencia, siendo la posibilidad cierta, y quedando la duda sólo en el hecho, únicamente pueden resolverla los testigos de vista; esto es, los que han frecuentado los Santuarios, o viven en los Pueblos donde ellos están, o en los vecinos; de que resulta, que para cada Santuario es menester distinta información, y distintos testigos. Ni en esta materia basta la disposición de cualesquiera testigos oculares; es menester que sean de mucha veracidad, juicio, y reflexión. Faltando estas circunstancias en los más de los hombres, se divulgan a cada paso prodigios, que nunca existieron; ya por creerse erradamente, que es asunto digno de la piedad cristiana publicar milagros, o fingidos, o dudosos.
Por esta razón, en general, se debe hacer juicio, que en materia de milagros, sean continuados, o no, hay mucho más de aprehensión, que de realidad. Por lo que mira a Santuarios, en tres he estado, de cada uno de los cuales se refería un milagro continuado; siendo el hecho, en que se fundaba esta fama, indubitablemente natural. Pero no es justo inferir de aquí, que en ningún Santuario continúa Dios los prodigios. La repetición del de la Sangre del Glorioso Mártir San Genaro, en la Ciudad de Nápoles, está tan altamente autorizado, que sería ciega obstinación negarle el asenso.
En orden a los dos Santuarios que Vmd. me especifica, no sé qué le diga. Del primero, que es el de Valdejimena, ni aun el nombre había oído. Verdaderamente en el milagro continuado de sanar indefectiblemente de la Hidrofobia (o mal de rabia) los que la padecen en tal estado; y morir infaliblemente los que en otro, si no se circunstancia más, es muy posible se incurra en una gran equivocación. Supongo, que de los que padecen esta dolencia, sin intervención de milagro, unos sanan, y otros mueren. Luego de los que llevan a Valdejimena, aunque Dios no quisiese obrar milagro alguno, unos sanarán, y otros morirán. ¿Cómo, pues, se puede saber, si los que sanan en dicho Santuario, sanan por milagro? Dicen, que sanan los que están en tal estado; pero ese estado se determina después que los ven curados, que antes de la curación no se sabe. De este modo, aunque la curación no sea milagrosa, se podrá fingir tal, diciendo, que estaban en aquel estado que era menester para que se obrase el milagro.
Fuera de esto, el suponer, que los que están en tal estado, infaliblemente mueren, incluye una notable incongruidad. Serán, acaso, los que se hallan en estado deplorado. ¿Pues qué, la intercesión de nuestra Señora no será poderosa para alcanzar de Dios la curación de éstos, o por lo menos de algunos de ellos? ¿Ninguno de los que oran por éstos a la Reina de los Angeles pedirá con verdadera fe? ¡Qué absurdo! ¿O Dios por ventura, es un Médico como los del mundo, que sólo pueden curar a los Hidrófobos, cuando la enfermedad se halla en tal, o tal estado? Dijera yo, que si ninguno de los que los Médicos tienen por deplorados, se cura en aquel Santuario, no hay tal milagro continuado, y acaso, ni aun sin continuación. En fin, cualquiera que se suponga ser el estado de los que infaliblemente mueren, es un terrible estorbo a la creencia, de que interviene prodigio. Si sin determinar distinción de estados se dijese, que Dios obra el milagro con unos, y no con otros, no se hallaría tropiezo en la noticia. Pero en tal caso se deberían examinar las circunstancias, para decidir, si la curación de los que sanan, es milagrosa. Paulo Zaquías (Quaest. Medico-Legal. lib. 4, tit. 1, quaest. 8) prudentísimamente señala las reglas, que se deben observar en el juicio, de si la curación de alguna enfermedad es milagrosa. Las principales son cuatro. La primera, que la dolencia esté reputada por naturalmente incurable, o por lo menos dificultosísima de curarse; porque dice, y dice bien, que los milagros tienen por objeto las cosas arduas, no las fáciles. La segunda, que no esté la enfermedad en la última parte de su estado; porque entonces, aunque padece mucho el enfermo, y se halla constituido en gran riesgo, por la mayor fuerza de los síntomas; en muchos sucede natural, y prontamente una crisis, que los libra. La tercera, que la curación sea perfecta; de suerte, que no quede el más leve vestigio de la enfermedad. Dei perfecta sunt opera. La cuarta, que sea la mejoría subitánea, o repentina. No siéndolo, ¿de dónde puede constar, que no se debe a la naturaleza? ¡Cuántas veces se ha visto sanar, sin milagro alguno, enfermos, que los Médicos habían abandonado por deplorados!
Añado, que la Hidrofobia (y es advertencia muy importante para el asunto) frecuentemente se supone, o sospecha donde no la hay. Habiendo mordedura de Perro, se suele levantar al Perro que rabia, y le cuesta la vida. En fe de esto, el mordido va al Santuario, o al Saludador; y no resultando después daño alguno, se cree curado de una dolencia, que no padeció, sino en la imaginación.
Del prodigio, que por la intercesión de nuestra Señora, obra Dios en el Territorio de Nieva, privilegiándole contra el furor de las tempestades, y avisando con modo inexplicable a los brutos, que recurran a aquel asilo, cuando ven, que los amenaza con ellas el Cielo, oí hablar muchas veces. Pasé también una por el Lugar, donde se venera aquella Sagrada Imagen de María. Pero por desgracia, cuando hice este tránsito, no estaba prevenido de tal noticia. A tenerla de antemano, hubiera provocado alguna averiguación en el sitio. ¿Qué diré, pues, no teniendo información específica del caso? Diré, que el hecho puede ser sobrenatural, y también puede ser natural.
¿Pero puede ser causa natural para que el Territorio de Nieva esté exento de tempestades, o por lo menos de rayos? Sin duda. Es cierto, que hay unos Países menos expuestos a tempestades, que otros. Esto pende de su temperie, situación, y otras circunstancias. Luego puede haber alguno, o algunos Países de tal temperie, y situación, que nunca las padezcan. Pero no he menester tanto. Conténtome con que haya Países, que muy rara vez las padezcan, y esa rara vez sean benignas, lo que nadie me negará. Será el Territorio de Nieva uno de ellos. De aquí nacerá, que pasen muchos años, sin que en aquel Territorio caiga algún rayo. Esto basta para que en el Vulgo se haya introducido la voz general de que nunca cae. Con menos fundamento se introducen, y conservan otras opiniones vulgares, semejantes a ésta. En el Dic. 5 del Quinto Tomo escribí de la fama, y voz general que hay en este País, de que siempre truena el día de Santa Clara, y siempre llueve el Martes de la Semana Santa. Esto segundo sucede unas veces, y otras no. Lo primero, en veintinueve años, que he vivido en este País, sólo lo vi dos veces.
Es muy posible, pues, que por la frecuencia, y benignidad de las tempestades, en el Territorio de Nieva, pasen regularmente veinte, o treinta años, sin que caiga en él algún rayo. Sean no más que diez, u doce. Basta esto para que la gente de aquel País publique por el mundo, que nunca es herido de rayos. ¿Pero no se desengañan, se me dirá, cuando ven caer alguno, aunque sea muy de tarde en tarde? Respondo, que no. Como cosa extraordinaria, lo atribuirán a causa misteriosa. Dirán, que es una demostración especialísima, y muy estudiada del Cielo, para intimarlos la enmienda de sus vidas. Dirán otras cien cosas, que yo no puedo prevenir; porque en fin, contra demostraciones, y evidencias, sólo el Vulgo, y gente ruda abunda de soluciones.
10. ¿Pero qué diremos de los Ganados, que al ver asomar alguna tempestad se refugian a aquel sitio? Que, supuesto el hecho, de que muy rara, o ninguna vez le infestan las tempestades, que la inmunidad sea natural, que milagrosa, es esa fuga naturalísima. También tienen los brutos sus observaciones, y se gobiernan a su modo por ellas. Vieron muchas veces apedrear los Países vecinos, sin que el nublado alcanzase al distrito de Nieva. Esta observación los avisa para refugiarse allí. ¿Qué dificultad tiene esto? El Toro corrido, aunque lo fuese una vez sola, de allí a un año, y aun dos, o tres, retiene las especies de lo que pasó en aquel molesto juego; y si otra vez se halla en él, sobre el fundamento de aquellas especies, toma sus precauciones, para que no le insulten con tanta facilidad, y tan sin riesgo; por lo que los Toreros más diestros temen mucho a los Toros corridos. Para el caso en que estamos, daré observación más específica, de que soy testigo ocular. Pasando, años ha, por una Sierra de este País (la que llaman de Tineo) en un día caluroso, vi, que muchas manadas de Ganado mayor, esparcidas por la Sierra (en cuya altura hay una planicie dilatada) como de común acuerdo, sin conducirlas Pastor alguno, se iban encaminando a una extremidad de la cumbre. Extrañándolo yo, y manifestando mi admiración al Criado que me seguía, y que era natural de aquella Tierra, me respondió, que los Ganados, que pacían en aquella Montaña, en todos los días calurosos hacían el mismo viaje, al punto que empezaba a molestarles el rigor del Sol, lo que ordinariamente sucedía a las once de la mañana, (esta fue la hora en que vi el concertado viaje) y todas paraban en un sitio avanzado, que me señaló, y que me advirtió ser el más [258] fresco de toda la Sierra, a causa de un templado vientecillo, que allí respiraba de la parte del Mar. No son los brutos tan brutos, como comúnmente se piensa. Ellos advierten, observan, y se aprovechan de lo que observan, y advierten.
En cuanto al incremento, que da al pretendido prodigio la circunstancia, de que ninguno de cuantos traen consigo alguna Imagen tocada a la de Nieva, es herido de rayo, debo decir, que no comprehendo cómo se pudo hacer seguramente tal observación. Supongo, que se esparcen por España muchas Estampas, o pequeñas Imágenes tocadas a aquélla, por haberse esparcido la pía opinión, de que son defensivo contra los rayos. ¿Quién, pregunto, anduvo por toda España a hacer la pesquisa, de si alguno de diez, o doce mil devotos que usaron de aquel defensivo, fue herido de rayo? ¿Ni quién, aun en caso de que la hiciese, podría en tanta multitud de testigos lisonjearse de que ninguno le habrá faltado a la verdad? Mayormente, cuando los más de los hombres, en materia de prodigios que fomentan la devoción, tienen por acto de piedad referir lo incierto, como cierto.
Más: esa información, en caso de hacerse, debería comprehender en su asunto un espacio de tiempo considerable: pongo por ejemplo, se debería inquirir, si en el espacio de cien años próxime pasados, había sido herido de rayo, alguno de los que traían Imagen tocada a la de Nieva. Reducida la información a menor espacio de tiempo, nada probaría; siendo cierto, que prescindiendo de todo defensivo, a cada docena, u docena de millares de hombres, no toca uno que muera a golpe de rayo. ¿Pero cómo se podría hacer la información sobre tanta extensión, ni aun mucho menor, de tiempo? ¿Hay por ventura en todos los Países Archivos, donde se recojan testificaciones de todos los que traían consigo el defensivo expresado, y de qué género de muerte padecieron? Así, ésta es sin duda una de las muchas cosas, que sin examen se dicen, y sin reflexión se creen.
Y por decir a Vmd. todo lo que siento en el asunto, no sólo dudo mucho de ese milagro preservativo del furor del rayo; pero quisiera, que dudasen todos como yo. ¿Mas a qué propósito, me dirá Vmd. el deseo de comunicar a todos mi poca fe? Respondo, que al fin de convertir una piedad de mera apariencia, en una piedad sólida. ¿Qué resulta en muchos de la firme persuasión en que están, de que trayendo consigo una Imagen de la de Nieva, están exentos de las incendiarias iras del Cielo? Que asegurados por aquella parte de no padecer muerte repentina, ponen menos cuidado en la pureza de la conciencia. No admite duda, que el miedo de morir de repente, es un gran freno para los hombres, y que a muchos hace vivir con más cuenta, y razón, que si careciesen de ese riesgo: y como a menor causa, corresponde menor efecto, minorado aquel miedo, se minora el útil cuidado que produce. ¿Pues quién no ve, que los que viven en la persuasión de que no están expuestos al furor de los rayos, temen menos que los demás la muerte repentina? Porque, aunque quede el riesgo pendiente por otras partes, basta, para que el miedo sea menor el que falte por ésta. Añádese, que exceptuando los que perecen heridos del rayo, u oprimidos de las ruinas de un edificio, acaso es muy rara la muerte perfectamente repentina. Con que es fácil, que muchos se hagan la cuenta, de que fuera de aquellos dos casos, siempre tendrán algunos momentos para levantar los ojos a Dios, y pedirle eficazmente el perdón de sus culpas. Inclínome mucho a que éstos se engañan; porque, aunque al que, por ejemplo, es herido en el corazón, le restan algunos momentos de vida, estoy persuadido a que aquéllos se pasan en un perfecto aturdimiento; pero el que ello sea así, no quita que sea común la persuasión contraria, y que por consiguiente vivan con mucho menos miedo de muerte, que los prive de todo recurso a Dios, los que están en la aprehensión de que no pueden herirlos los rayos.
Pero no hagamos cuenta del cuidado habitual, que puede inducir el miedo de los rayos, sino del actual que induce, cuando se tiene ya a la vista un furioso nublado; y consideremos debajo de él ocho hombres, de quienes los cuatro, por traer consigo una Imagen de la de Nieva, viven confiadísimos de que no ha de caer sobre ellos rayo alguno; pero los otros cuatro, porque no presumen tener contra aquellas iras del Cielo algún defensivo, temblando, miran las amenazas del nublado. ¿Qué sucederá? Que los segundos pedirán a Dios misericordia, implorarán con algunas oraciones su clemencia; y lo principal, procurarán hacer sus Actos de Contrición, con propósitos firmes de la enmienda de sus culpas; pero los primeros, sobre el supuesto de su seguridad, nada más cuidarán de esas cristianas diligencias que si viesen muy sereno el Cielo.
La reflexión hecha sobre este creído preservativo de los rayos, aun con más razón se debe aplicar a otros, que se juzga, o ha juzgado serlo generalmente de toda muerte repentina. Son muchos, sin duda, los millares de almas eternamente infelices, por la persuasión en que estuvieron de que teniendo tal devoción, o rezando tal oración, o trayendo consigo tal Reliquia, no morirían sin confesión. ¡Oh promesas, si no siempre mal fundadas, por lo menos mal entendidas! Pues no es creíble, que Dios conceda privilegios, naturalmente ocasionados a fomentar descuidos, y negligencias en las operaciones conducentes a la salvación. El medio más seguro para no morir sin confesión, es confesarse con verdadero dolor, y sin interponer mora alguna, siempre que hay conciencia de pecado mortal. Este ruego a Vmd. que practique, y juntamente que me encomiende a Dios. Vale.

Carta XLI -
Sobre los Duendes
Mi amigo, y señor: Si Vmd. que es tan amante mío, lee con tanta indiligencia mis Escritos, que de ella resulta no enterarse a veces de mi dictamen, o formar un dictamen muy distante del mío; ¿qué puedo esperar de los que me miran con indiferencia? ¿Qué de los desafectos? ¿Qué de los ínvidos?
Háceme Vmd. cargo de haber negado absolutamente, y sin restricción alguna la existencia de Duendes; y suponiéndome esta máxima, la impugna con la reciente Historia del famoso Duende de Barcelona, y con las noticias, que de otros da Alejandro de Alejandro en sus Días Geniales. Ruego a Vmd. vuelva los ojos al Discurso en que trato de los Duendes, leyéndole con reflexión, y verá, que no hay en él tal negativa universal; pues hallará una limitación considerable al número 27, y en el 28 una protesta, de que, no profiero (en el asunto) sentencia definitiva, y general, que sea incapaz de toda excepción. Debajo de esta advertencia me queda abierto camino para admitir como verdadero (realmente le tengo por tal) el hecho del Duende de Barcelona, y otro tal cual caso rarísimo, en que concurran igual número, y calificación de testigos.
Si yo quisiese usar de una Crítica cavilosa en el examen del suceso de Barcelona, podría acaso rebajarle el grado de dudoso; porque al fin, ¿qué inverosimilitud hay en que entre seis, u ocho Militares, gente por lo común de humor alegre, se formase una cábala, para fingir, y publicar un suceso, en que no consideraban alguna dañosa, o peligrosa resulta, y en que por otra parte interesaban aquel placer, común a los fabricantes de cuentos extraordinarios, de ver propagarse el embuste, y dar que hablar a todo el mundo? Los Militares, que se citan como testigos oculares, eran, o son, yo lo confieso, Nobles todos por nacimiento, y por oficio. Pero esta circunstancia en un hecho, en que no intervenía perjuicio de tercero; sólo califica su testimonio, digámoslo así, en el fuero externo, y de botones afuera. Está tan lejos de tenerse en el mundo por injuria, aun respecto de personas de la más alta calidad, si no gozan la opinión de virtud muy severa, los que atestiguan sin juramento en casos irregulares, de cuya creencia no puede resultar daño alguno; que no pocos hacen vanidad de tener para ellos una feliz inventiva, y se complacen mucho de ver creídas sus ficciones.
A esta consideración, que en alguna manera debilita, para de botones adentro, la testificación de los citados Militares, pudiera agregar la reflexión de que las travesuras con que el Duende molestaba al Oficial, sujeto principal de la Historia, tienen todo el aire de aquellos juguetes, con que algunos hombres de humor, tal vez por burla, y chasco, procuran poner en terror, y confusión a otros; y no parece muy adaptable este carácter a las hostilidades que la Divina Providencia permite al Enemigo del Género humano, para castigo, enmienda, o ejercicio de los hombres. Si los Duendes fuesen lo que se imaginó el Padre Fuente Lapeña, esto es, ni Angeles buenos, ni Demonios, ni Almas separadas sino cierta especie de Animales aéreos, no serían impropias en ellos las travesuras, que se refieren del Duende de Barcelona. Mas la invención de estos Animales aéreos tiene contra sí la terrible objeción, que he propuesto en el citado Discurso sobre los Duendes. núm. 2.
Estas reflexiones podrían, como he dicho, servir a una crítica cavilosa, si yo quisiese usar de ella, para revocar en duda el suceso del Duende de Barcelona. Pero basta confesar, que sólo una crítica cavilosa puede representarle dudoso, para significar que le admito como cierto. En efecto, es así, y así lo dicta la buena razón. La incertidumbre, que puede inferir aquellas consideraciones, sólo es incertidumbre metafísica, la cual es transcendente a cuantos sucesos creemos por fe humana, y en ningún modo obsta la certeza moral. Si el testimonio de seis, u ocho testigos oculares se puede repudiar como insuficiente, no más que porque es absolutamente posible que mientan, en tinieblas vivimos todos los hombres para cuanto pide la sociedad Política, y Moral.
¿Pero obsta la certeza de aquel suceso a la verdad de lo que he estampado en el Discurso de los Duendes? En ningún modo: pues aunque afirmo, y afirmaré siempre, que comunísima, y regularísimamente las travesuras que se atribuyen a Duendes, son efecto, no de la malicia de los Demonios, sino del artificio de los hombres, admito la excepción de uno, u otro caso rarísimo, cual lo es el de Barcelona. Y en efecto, éste es tan raro, que entre innumerables cuentos que he oído de Duendes, es el único, a quien me considero deudor del asenso. Por tanto, como para gobierno de los hombres se debe hacer juicio, por lo que regularmente sucede, siempre que ocurra alguna apariencia de Duende, se debe reputar trampa, o embuste, ordenado al maligno placer de intimidar los habitadores de la casa, o a fin más malicioso.
Ni exceptúo de la regla general los casos que refiere Alejandro de Alejandro. Tres son los que escribe este Autor. El primero es de una casa que había en Roma, la cual en su tiempo era casi todas las noches tan infestada de apariciones de espectros, o fantasmas, que nadie se atrevía a habitarla; añadiendo, que esto era cosa vulgarizada en aquella gran Ciudad: Equidem memorabile hoc, & quod mirum videri postet, nisi pervulgata res esset, aedes quasdam Romae evidentissimis ostentis ita infames, ut nemo illas incolere ausus fuerit, quin variis umbrarum illusionibus, & tetris imaginibus, noctibus fere singulis inquietetur. Pero no dándose prueba del hecho más que un rumor popular, del cual pudo ser Autor algún embustero, que hiciese estrépito algunas noches en aquella casa, ¿qué obligación tenemos a dar más crédito a este cuento, que a otros muchos de Duendes, o Fantasmas que se esparcen en varios Pueblos? Fuera de que tiene bastante disonancia el que Dios permitiese, u obligase al Demonio a anidarse habitualmente en aquella casa, sin otro fin aparente más que el de hacerla inhabitable.
El segundo caso es, el que dice le contó de experiencia propia un Amigo suyo llamado Gordiano, a quien califica de hombre muy fidedigno, spectatae fidei homo. Redúcese la Historia, a que caminando este Gordiano, acompañado de un doméstico suyo, a Arezo, Ciudad de la Toscana, y perdiendo el camino, se vieron los dos precisados a entrar por un territorio umbroso, áspero, y desierto, hasta que acercándose la noche, se sentaron rendidos de la fatiga: que a este tiempo, oyendo una voz humana que sonaba algo distante, se encaminaron hacia ella, pensando hallar alguno que los guiase el camino; pero lo que después de andado algún trecho hallaron, fue cuatro horribles, y agigantadas figuras, como de disformes Cíclopes, que les decían se acercasen a ellos: de lo que aterrados los dos Caminantes huyendo con precipitada fuga, lograron al fin el abrigo de una choza.
Porque diga el Autor, que su Amigo Gordiano era hombre fidedigno, no pienso que estamos obligados a creerle. Todos los que refieren alguna Historieta que saben de oídas, y desean ser creídos; dicen que la tienen de persona, o personas fidedignas. El contexto de la relación tampoco es de los más verosímiles. Aquellos figurados Cíclopes se pretende que eran Demonios. ¿A qué fin habitan éstos aquel lugar desierto donde sólo por un accidente rarísimo hallarían a quien dañar? ¿Eran los dos Caminantes más ágiles que los Demonios, que no pudieron estos seguirlos, y alcanzarlos? ¿Podrá acaso decirse, que estaban ligados en aquel sitio, como en el Libro de Tobias se lee, que el Angel San Rafael ligó al Demonio Asmodéo en el desierto de Egipto superior? Pero sobre que este es un hecho extraordinarísimo, que por tal no facilita la creencia de otros semejantes, sino intervienen testimonios segurísimos, de este modo ya aquellos Demonios no pertenecen, a la cuestión que tratamos; esto es, no eran Duendes, pues eran unos Demonios atados, y los Duendes son unos Diablos muy sueltos.
El tercer caso puede dar más cuidado, porque se presenta en él el mismo Autor, como testigo ocular. Dice, que estando enfermo en Roma, súbitamente se le presentó (no expresa si de día, u de noche) delante del lecho en que yacía, una mujer muy hermosa, a cuya extraordinaria aparición, dudando al principio si era sueño, o realidad, después que se aseguró bien de que estaba despierto, y sus sentidos perfectamente despejados, le preguntó a la mujer, quién era; a lo que ella, como haciendo mofa, no dio más respuesta, que repetir la misma pregunta que él hacía; y después de mirarle atenta un largo rato, se fue.
Yo no sé realmente, si Alejandro de Alejandro profesaba una severísima veracidad; porque una veracidad ordinaria, o no más que mediana, no es bastante fundamento para creer cosas extraordinarias; pues, como ya he advertido, no en una parte sola del Teatro Crítico, el fingir, y publicar portentos trae consigo una especie de delectación, que tienta fuertísimamente aun a hombres bastantemente amantes de la verdad, y que en orden a objetos regulares, no faltan a ella. Esto quiere decir, que entretanto que no nos consta, que el Autor citado fuese de una sinceridad incontrastable, no estamos obligados a creerle aquella aparición. Esto digo, en caso que fuese aparición; porque de las palabras del Autor no se infiere con certeza, que realmente lo fuese, sí sólo, que él la tuvo por tal. Pudo aquella mujer entrar en el cuarto sin que él lo advirtiese, por estar distraído, o medio dormido, y vuelto el rostro a la parte opuesta, y por tanto, creer falsamente, que en el mismo aposento se había formado aquella bella imagen. Al acabarse la vista, no se explica en términos que suenen que se desvaneciese, u desapareciese en la forma que se deshace la presencia de los espectros: Cum diu, dice, me fuisset intuita, discessit. Y la voz discessit más significa, que la mujer salió por sus pasos contados de la cuadra, que desaparición repentina.
Pero quiero dar las dos cosas; conviene a saber, que ni el Autor mienta, ni el objeto presentado fuese real, y verdadera mujer. Pretendo, que ni aun admitido uno, y otro, se sigue existencia de Duende en el caso propuesto. ¿Pues qué salidad hay? Voy a decirlo: ya se vio arriba, que estaba el Autor enfermo; y su modo de explicarse da a entender bastantemente, que la enfermedad era grave; Cum Romae aegra valetudine oppresus forem. De una enfermedad leve, o que no es grave, nadie que hable con propiedad, dice, que está oprimido de ella. Debemos, pues, suponer fiebre algo intensa, la cual admitida, ¿qué cosa tan verosímil, que por lesión de la imaginativa (síntoma, que ya como permanente, ya como pasajero, interviene en muchas fiebres) se le representase como puesto a sus ojos un objeto, que en ningún modo existía?
Sucediome, que estando enfermo en nuestro Colegio de Salamanca con una fiebre que me duró algunos días, uno de ellos, un Condiscípulo, reconociéndome congojado de la sed, y sabiendo que era yo muy goloso de leche, me trajo a hurtadillas una porción de este amable licor en una vasija de vidrio; y dejándomela en la Celda sobre una mesa poco distante de la cama, se fue. Puse los ojos en el vidrio, y se me representó con la expresión más viva, ser el licor contenido vino tinto. Por más que por un buen rato apliqué la vista con cuanta intensión pude, el color de dicho vino en toda perfección percibí, y nada más. Quedándome no obstante algún recelo de que fuese ilusión ocasionada de la fiebre, por cuanto dificultaba, que el Amigo (que era hombre en todo su proceder muy natural) me hiciese la burla de presentarme vino en vez de leche, tomando el vidrio le apliqué al labio; y protesto, que hasta que en el paladar percibí claramente el sabor de la leche, no conocí que lo fuese.
Si a alguno se hiciese difícil, que produciendo la fiebre aquella lesión en la imaginativa, dejase al alma capaz de hacer la reflexión, de que la representación de vino sería acaso efecto de la misma lesión, le preguntaré, ¿qué más dificultad tiene esto, que el que uno, que durmiendo ve a su parecer claramente tal, o tal objeto, sin despertar, entra después por reflexión en la duda de si acaso aquello era sueño. Sin embargo, no sólo hice esta reflexión en sueños muchas veces, mas también a varias personas oí también haberla hecho.
Habrá acaso también quien discurra, que el error no provino entonces de la imaginación, sino de los ojos, donde pudo la fiebre causar alguna alteración, por la cual el color de la leche se representase como de vino tinto. Pero contra esto hay, que en el color de todos los demás objetos no percibí inmutación alguna. La blancura de las sábanas, casi semejante a la de la leche, se me presentó entonces como siempre.
Este caso es el único que me ha ocurrido para símil del Alejandro de Alejandro, omitiendo, como impertinentes al asunto, los delirios comunes de los fabricitantes; porque debo suponer, que no fue de esta especie el de aquel Autor; de cuya relación se debe colegir, que para todos los demás objetos, y en todo el resto de la enfermedad gozó libres, y despejadas sus potencias internas.
Al mismo principio (aunque también a otro distinto) se puede reducir otro suceso, que anteriormente a los dichos refiere el mismo Autor; y aunque suena aparición de difunto, con más razón, en caso de que hubiese realidad en él, se podría reputar cosa de Duende. El caso es como se sigue:
Cierto Noble Romano, hallándose muy apurado de sus males, trató de ir a tomar unos baños que hay cerca de Nápoles, esperando algún beneficio de ellos. Acompañóle en el viaje un íntimo Amigo suyo; pero en el camino se agravó tanto la enfermedad al doliente, que fue preciso darse a la cama en un Mesón, donde murió dentro de pocos días. Cuidó de las exequias el Amigo; y de todo lo demás, que en aquel lance convenía. Hecho lo cual, se puso en camino para volver a Roma. En la noche del primer día de jornada, habiéndose dado al reposo del lecho, antes de entrar en el sueño, casi con el mismo macilento semblante con que le había visto poco antes de morir, se le apareció su difunto Amigo. Preguntóle, aunque casi enteramente fuera de sí con el miedo, quién era; pero él aparecido, sin responder palabra, desnudando el vestido, se le entró en la cama, acercándose a él en ademán de abrazarle. Aquí el vivo, casi tan muerto de pavor como el muerto, hizo algún impulso para apartarle de sí, desviándose al mismo tiempo a la opuesta margen de la cama; de lo cual indignado el difunto; después de mirarle con semblante ceñudo, como increpando su desdeñoso, y grosero proceder, salió de la cama, y volviendo a tomar su vestido, desapareció. Añádese en la relación, que habiendo tocado el difunto con un pie al Amigo, le sintió éste tan intensamente frío, que ningún hielo le pareció comparable a aquella frialdad. Lo que resultó de la aparición fue, que el Amigo del muerto, por el gran terror que padeció, al punto enfermó tan gravemente, que llegó a verse constituido en la última extremidad, y casi total desconfianza de vivir.
Esta Historia, dice también Alejandro de Alejandro, que se la refirió el mismo sujeto de ella, añadiendo asimismo, que tenía muy experimentada su buena fe. A que podemos aplicar la misma reflexión, que arriba hicimos sobre el cuento de Gordiano, porque milita la misma razón.
Ya arriba dejo dicho, que este suceso, si se quiere admitir como verdadero, aunque suena aparición de muerto, con más seguridad se debe reputar juguete de Duende, que quiso hacer el papel de difunto. Las apariciones de difuntos piden, no sólo permisión, mas acción positiva de la Divina Providencia; y no como quiera, sino de una Providencia extraordinaria. ¿Quién creerá, que Dios, obrando contra las reglas de su ordinaria Providencia, dispone la aparición de un difunto a un amigo suyo, no para otro efecto, que aterrarle; y mediante el terror, hacerle enfermar gravemente? Así para acercarse algo la Historia al grado de creíble, es menester decir, que el aparecido no fue difunto, sino Duende. Pero yo no creo, que fue, ni Duende, ni difunto, sino mera ilusión.
De dos modos se puede explicar esto. El primero es el que propuse sobre el caso, que de sí mismo cuenta Alejandro de Alejandro; esto es, que aquella aparición fue un mero error de la imaginación, ocasionado de la enfermedad. ¿Mas cómo pudo serlo, si la enfermedad se siguió a la aparición? Eso niego yo, aunque suena así en la Historia. La relación dice, que inmediatamentísimamente con la fuerza del terror, cayó enfermo: Quo timore familiaris ille percitus, subita vi morbi correptus, &c. Aunque la enfermedad empezase un breve rato antes, pudo estar distraído, y no advertirlo. Pudo, aunque lo advirtiese, el terror que se le subsiguió, hacerle perder la especie, o borrársela de la memoria. Pudo juzgar aquel primer asomo del mal por una indisposición transitoria, e inconexa con el resto. Pudo, en fin, la enfermedad empezar explicándose sólo en la cabeza, mediante una especie de alteración, que turbase el entendimiento, o la imaginativa.
Ni contra esto último debe oponerse el que, si fuese así, en todo el resto de la dolencia permanecería la imaginativa turbada; porque muchas veces, y aun las más, no en todo el tiempo que dura una dolencia, produce los mismos efectos. Hay pervigilio una noche, otra no; inquietud en una hora, no en otra; tal dolor, que no se extiende a más que a un minuto; ira, o enfado, que no pasa de un momento. Pero especialmente en los principios de las enfermedades algo graves, he observado, que muchas veces se suele sentir alguna molesta novedad, en que se explica la mala disposición del cuerpo, antes de darse a conocer en el pulso, o en alguna otra de aquellas señas, que como efectos morbosos notan comúnmente los Médicos, y que cesa en viniendo dichas señas, o en entrando la fiebre verosímilmente; porque entonces el influjo de la causa morbífica, difundiéndose a otras partes distintas de aquella donde obraba al principio, produce otros efectos. Así, antes de manifestarse fiebre, se suele sentir, o ya una especial turbación del ánimo, o una gran melancolía, o un insólito apetito, o un desabrimiento extraodinario, o una disposición a enfadarse mucho por cualquiera levísimo motivo, &c. Y por la mayor parte, si no generalmente, estas extrañas disposiciones cesan, o se minoran, en declarándose la fiebre. A este modo pudo ser en el sujeto de la cuestión, el primer efecto de la enfermedad, antes de sentir el ardor de la fiebre, aquella lesión de la imaginativa.
El segundo modo de explicar aquella aparición, de modo que fuese puramente imaginaria, es discurrir, que fue soñada la aparición. ¿Pero en despertando, no había de conocer el sujeto de ella que había sido soñada? Respondo, que no. Un sueño muy vivo hace una impresión tan fuerte, que queda la especie en la memoria con aquella representación clara, que es propia de lo que se ha visto, o palpado. Creo que si no hay hombre alguno a quien tal vez no suceda dudar, si oyó tal especie realmente, o si soñó que la oyó. Es cosa que por mí pasó varias veces. Añádanse algunos grados de viveza al sueño; ya no será duda, sino persuasión de que fue realidad. En los sueños terríficos, cual es la aparición de un difunto, es más natural esto, por la profunda impresión que hace en el ánimo el objeto soñado.
Tengo satisfecho a Vmd. a quien lo será igualmente de mis deseos de servirle en cuanto quiera ordenarme. Oviedo, &c.
Nota
Tuve una relación muy individuada del caso del Duende de Barcelona, pero la perdí no sé cómo. La especie que únicamente me quedó, es que el Duende empezó a perseguir a un Militar en Sevilla, el cual pasó después a Barcelona, seguido siempre de aquel importuno compañero; que en esta última Ciudad, habiéndose hecho público el caso, algunos otros Militares procuraron en varias ocasiones examinar la verdad del hecho, y en sus mismas personas experimentaron las malignas travesuras del Duende. El único Militar de los que fueron testigos, de cuyo nombre me acuerdo por ser natural de esta Ciudad, y haberle conocido un tiempo, es Don Joseph de Velarde Cienfuegos, Coronel del Regimiento de Granada.

Tomo 2 -
Carta Sexta -
La elocuencia es naturaleza, y no Arte
Muy Señor mío: Pregúntame Vmd. qué estudio he tenido, y qué reglas he practicado para formar el estilo, de que uso en mis Libros, dándome a entender, que le agrada, y desea ajustarse a mi método de estudio, para imitarle. Siendo este el motivo de la pregunta, muy mal satisfecho quedará Vmd. de la respuesta, porque resueltamente le digo, que ni he tenido estudio, ni seguido algunas reglas para formar el estilo. Más digo, ni le he formado, ni pensado en formarle. Tal cual es, bueno, o malo, de esta especie, u de aquella, no le busqué yo: él se me vino; y si es bueno, como Vmd. afirma, es preciso que haya sido así, como voy a probar.
Sólo por dos medios se puede pretender la formación de estilo, el de la imitación, y el de la práctica de las reglas de la Retórica, y el ejercicio. Aseguro, pues, que por ninguno de estos medios se logrará un estilo bueno. No por el de la imitación, porque no podrá ser perfectamente natural; y sin la naturalidad, no hay estilo, no sólo excelente, pero ni aún medianamente bueno. ¿Qué digo ni aún medianamente bueno? Ni aún tolerable.
Es la naturalidad una perfección, una gracia, sin la cual todo es imperfecto, y desgraciado, por ser la afectación un defecto, que todo lo hace despreciable, y fastidioso. Todo digo, porque entienda Vmd. que no hablo sólo del estilo. A todas las acciones humanas da un baño un baño de ridiculez la afectación. A todas constituye tediosas, y molestas. El que anda con un aire, o movimiento afectado; el que habla; el que mira; el que ríe; el que razona; el que disputa; el que coloca el cuerpo, o compone el rostro con algo de afectación; todos estos son mirados como ridículos, y enfadan al resto de los hombres. El que es desairado en el andar, o torpe en el hablar, algo desplacerá a los que le miran, u oyen; mas al fin, sólo eso se dirá del que es desairado en lo primero, y torpe en lo segundo. Pero si con la imitación de algún sujeto, que es de movimiento airoso, y locución despejada, afecta uno, y otro, sobre no borrar la nota de aquellas imperfecciones, se hará un objeto de mofa, y aún le tendrán por un pobre mentecato.
Sólo una excepción se me ofrece hacer en esta materia, y es a favor de la adulación. Este diabólico hechizo siempre se queda hechizo, de cualquier modo que se confeccione. Necesariamente entra en él la afectación, y con todo siempre agrada. Por más que se coloque la lisonja en voces desentonadas, para los oídos del adulado es más dulce que el canto de las Sirenas.
A todo lo demás inficiona, y corrompe la afectación. Es preciso, que cada uno se contente en todas sus acciones con aquel aire, y modo, que influye su orgánica, y natural disposición. Si con ese desagrada, mucho más desagradará, si sobre ese emplasta otro postizo. Lo más que se puede pretender es, corregir los defectos, que provienen, no de la naturaleza, sino , u de la educación, u del habitual trato con malos ejemplares. Y no logra poco, quien lo logra. En esto fácilmente se padece equivocación, tomando uno por otro. De algunos se piensa, que enmendaron la naturaleza, no habiendo hecho otra cosa, que desnudar un mal hábito.
Es una imaginación muy sujeta a engaño la de la pretendida imitación del estilo de este, o aquel Autor. Piensan algunos, que imitan, y ni aún remedan. Quiere uno imitar el estilo valiente, y enérgico de tal Escritor, y saca el suyo áspero, bronco, y desabrido. Arrímase otro a un estilo dulce; y sin coger la dulzura, cae en la languidez. Otro al estilo sentencioso; y en vez de armoniosas sentencias, profiere fastidiosas vulgaridades. Otro al ingenioso, como si el ingenio pudiera aprenderse, o estudiarse, o no fuese un mero don del Autor de la Naturaleza. Otro al sublime, que es lo mismo que querer volar quien no tiene alas, porque ve volar al pájaro, que las tiene. ¿Y qué sucede a todos estos? Lo que ya advirtió Quintiliano, que caen con su imaginada imitación en su estilo peor, que aquel que tuvieran, siguiendo el proprio genio, sea el que fuere; porque al fin, éste podrá ser bajo; aquél, sin dejar de ser bajo, toma la deformidad de ridículo: Plerumque declinant in peius, & proxima virtutibus vitia comprehendunt, fiuntque pro grandibus tumidi, pressis exiles, fortibus temerarii, laetis corrupti, compositis exultantes, simplicibus negligentes (Instit. Orat. lib. 10. cap. 2.).
Es verdad, que Quintiliano da una instrucción para que no se caiga en este inconveniente, que es, que cada uno examine sus fuerzas, para no emprender más que lo que ellas pueden: In suscipiendo honore consulat suas vires. Pero esto es proponer un medio, o imposible, o punto menos. ¿Quién hay que mida exactamente la extensión de sus fuerzas? En orden a las facultades corpóreas esto es fácil, porque es visible, y palpable. Pero en orden a las espirituales, muéstreseme el hombre, que no piense de sí más de lo que puede. Si esta regla padece alguna excepción, es sólo en los grandes ingenios, cuya penetración es capaz de la reflexión más difícil de todas; esto es, la justa reflexión sobre sí mismos. Pero aún éstos se engañan, si al ingenio no acompaña, o una superior ilustración gratuita, o una índole medrosa, y desconfiada. De ahí abajo todos se engañan en una proporción inversa de la presunción con la habilidad; quiero decir, que tanto padecen mayor engaño en lo que presumen, cuanto es menos lo que alcanzan.
Un ejemplar, que muestra cuán expuestos están los hombres a errar en el concepto de que imitan tal, o tal estilo, me presenta cierto Escritor moderno, por otra parte muy capaz, que está persuadido a que su pluma es fiel copista de la de Don Diego Saavedra, cuando los demás hallan de uno a otro estilo la diferencia que hay del noble al humilde, del enérgico al flojo, y del vivo al muerto. Acaso escribiría mejor, si se sacudiese de esa literaria servidumbre: que así la llamo, siguiendo a Horacio, de quien es aquella invectiva: ¡Oh imitatoris servum pecus! En esto, como en otras muchas cosas, cada hombre tiene su carácter, que le distingue, y hace distinguir por los que son dotados de algún conocimiento, los cuales disciernen muy bien lo que es copia, y cuánto dista ésta de la perfección del original. El discreto Conde de Erizeira, que escribió la Vida de Jorge Castrioto, se propuso, como él mismo confiesa, imitar el estilo Castellano de nuestro Don Antonio de Solís; y no negaré, que le imitó, pero quedando un gran intervalo entre los dos. Siguió sus pasos, pero de lejos. Digo lo mismo, que acaso deleitaría más a los Lectores aquel Prócer Portugués, si entregase enteramente su pluma a la dirección de su genio.
Y si aún los que son bastantemente hábiles, degeneran tan sensiblemente del modelo, que se proponen; ¿qué sucederá a los que nacieron con un talento, que aún no llega a la mediocridad? Lo que a los grajos, que pretenden remedar el gorjeo de los ruiseñores; lo que al Pastor, que quiere con la zampoña emular la armonía de la lira. En caso que logren alguna ruda semejanza del ejemplar que atienden, será una semejanza como la del mono con el hombre, que eso mismo le hace más feo que otros brutos. ¿Y qué son realmente estos imitadores, sino unos ridículos monos de otros hombres?
Si el componer el estilo por imitación sale mal, el formarle por la observancia de las reglas aún sale peor. Las reglas que hay escritas son innumerables. ¿Quién puede hacérselas presentes todas al tiempo de tomar la pluma? Mientras piensa en una, o en dos, o tres, se le escapan todas las demás. No sólo cada periodo, aun cada frase, y cada voz ha de proporcionar a quinientas normas diferentes. No basta que no discrepe de ésta, o de aquélla; es menester que de ninguna discrepe.
Lo peor es, que aunque hay tanto escrito de reglas, aún es muchísimo más lo que se puede escribir, porque no hay regla, que padezca sus excepciones; y para las mismas excepciones hay otras excepciones.
El genio puede en esta materia lo que es imposible al estudio. A un espíritu, que Dios hizo para ello, naturalmente se le presentan el orden, y distribución, que debe dar la materia sobre que quiere escribir: la encadenación más oportuna de las cláusulas: la cadencia más airosa de los periodos: las voces más propias: las expresiones más vivas: las figuras más bellas. Es una especie de instinto lo que en esto dirige el entendimiento. Mas por sentimiento, que por reflexión, distingue el alma estos primores. En la invención de ellos está ocioso el discurso, dejándolo todo a cuenta de la imaginación.
Nadie con razón me podrá oponer el símil de las artes factivas, donde el estudio, y observancia de las reglas hace Artífices peritos, y sin ellas ninguno lo es. No hay paridad de uno a otro. ¿Quién no ve, que si el símil fuese justo, así como sin el estudio de las reglas de la Pintura, nadie se hace ni aún Pintor mediano, así sin el estudio de las reglas de la Retórica, nadie sería ni aún medianamente elocuente? Sin embargo, cada día se ve lo contrario. Amiot de la Housaye dice, que Gastón, Duque de Orleans, que nada había estudiado, hablaba en el Parlamento, siempre que se ofrecía, tan bien como un buen Orador; y Luis, Príncipe de Condé, que estaba instruido en las reglas de la Retórica, apenas acertaba a formar dos cláusulas oportunamente (Mem. Históricas. tom. 2. Condé).
Hay una gran diferencia, en cuanto a la aplicación, entre las reglas ordenadas a artificios materiales, y las que dirigen en materias puramente intelectuales. En las primeras es por lo común evidente, y visible la conformidad, o disconformidad con las reglas; v. gr. si una línea es recta, o torcida, si la curvatura de un arco es tanta, o cuanta, la aplicación de la regla, o el modelo quita toda duda. En el uso de las segundas todo va, digámoslo así, a buen ojo. No hay Geometría para medir, si una metáfora, v. gr. salió ajustada, o no a las reglas. De aquí la frecuente oposición de opiniones entre los Retóricos facultativos, cuando se trata de censurar alguna pieza de elocuencia. Y es, que el acierto en esto, como en otras muchas cosas, pende puramente de una facultad animástica, que yo llamo Tino mental. El que tiene esta insigne prenda, sin alguna reflexión a las reglas, acierta; y cuanto con mayor perfección la posee, tanto con más seguridad se pone en el punto debido. El que carece de ella, por más que ponga los ojos en las reglas, desbarra; porque es también menester el Tino mental para discernir, si el rasgo que tira es conforme, o diforme a las reglas, y ése le falta: juzgará que se eleva al estilo sublime, y caerá en el obscuro, y violento; que forma un hipérbole magnífico, y le sacará monstruoso, &c.
El símil más justo (aunque no absolutamente perfecto), que en cuanto al uso, y utilidad hallo para el arte de la Retórica, es de la Lógica, o arte Sumulística. Da éste reglas para razonar bien, como aquel para hablar bien. Pero del mismo modo que el que no tiene bastante entendimiento para discurrir bien, discurre defectuosamente por lo común, por más que haya estudiado las reglas Sumulísticas; y el que le tiene, discurre con acierto, aunque las ignore; ni más, ni menos, el que no tiene genio, nunca es elocuente, por más que haya estudiado las reglas de la Retórica; y lo es el que lo tiene, aunque no haya puesto los ojos, ni los oídos en los preceptos de este Arte. He visto (¿y quién no los habrá visto?) muchos Escolásticos, que tenían en la uña todas las reglas de las Súmulas, y apenas razonaban justamente en materia alguna; al contrario experimenté muchos sujetos, que razonaban admirablemente, sin noticia alguna de los preceptos de la Lógica. Estos, sin haber oído jamás hablar de apelaciones, suposiciones, ampliaciones, restricciones, conversiones, equipolencias, modalidades, &c. guiados de la luz nativa de su entendimiento, prueban lo que proponen, sin incurrir en alguno de los vicios, que van a precaver aquellas reglas. Y aquellos, después de quebrarse mucho la cabeza en mandarlas a la memoria, trompican contra ellas a cada paso. Lo cual consiste en que para hablar, y discurrir con acierto, más vale un buen golpe de ojo del entendimiento, que muchos repasos de las reglas; ya porque si no hay bastante capacidad, se yerra muchas veces el uso de ellas; ya porque mientras se pone la atención en alguna, o algunas, se pasan por alto todas las demás. ¿Quién en cada cláusula, en cada proposición, que ha de formar, puede tener presente tanta copia de preceptos, para no discrepar de ninguno de ellos?
Lo más que yo podré permitir (y lo permitiré con alguna repugnancia) es, que el estudio de las reglas sirva para evitar algunos groseros defectos. Mas nunca pasaré, que pueda producir primores. La gala de las expresiones, la agudeza de los conceptos, la hermosura de las figuras, la majestad de las sentencias, se las ha de hallar cada uno en el fondo del proprio talento. Si ahí no las encuentra, no las busque en otra parte. Ahí están depositadas las semillas de esas flores; y ese es el terreno donde han de brotar, sin otro influjo, que el que acalorada del asunto, les da la imaginación. Quiero hacer sensible esto con la experiencia.
Propóngase a uno, que tuvo estudio, y carece de genio, para que discurra sobre él, no filosófica, sino retóricamente, este trivialísimo asunto: La obligación que tienen los nobles a imitar a sus ascendientes. Considérole desde luego repasando con la memoria las reglas, y ejemplos que leyó en las Instrucciones Oratorias de Quintiliano, en el Tratado de Elocuencia del Padre Causino, y en el Canochiale Aristotélico de Manuel Thesauro. ¿Qué hará con todo eso? Aseguro que nada. Las reglas son unas luces estériles, como las sublunares, que alumbran, y no influyen. Dan un conocimiento vago, y de mera teórica, sin determinación alguna para la práctica. Los ejemplos son hazañas de otros ingenios, que no puede imitar sino quien tenga valentía igual a la suya. ¿Qué importa que yo vea cómo se remonta el Aguila a la segunda región del aire? ¿Podré por eso elevarme a la misma altura, no teniendo las mismas alas, y la misma fuerza?
Mas al fin, mi retórico de estudio hará su composición, en que naturalmente habrá mucho de follaje afectado, con nada de gala, o ingenio; porque yo nunca puedo esperar más de quien para la retórica no tiene otro auxilio, que el estudio del Arte. Sea lo que fuere, pretendo que su producción se coteje con el rasgo siguiente, que sobre el mismo asunto produjo por diversión un sujeto de alguna habilidad, pero que jamás había estudiado ni una hoja de Retórica.
Es la nobleza semilla de la virtud. Siémbrase en el cuerpo, y fructifica en el alma. Quien comunica la sangre, comunica los espíritus. Aún a largas distancias conserva su purpúreo raudal la dirección que le dio la excelsa fuente de donde se deriva. Del fervor, que la inflama, se levanta la llama, que la ilustra. Sirve la gloria heredada de estímulo contra las perezas del corazón. Preséntase en la memoria; y puesta en la memoria, es despertador de la voluntad. Ofrécele aquel objeto al noble un original, de quien ha de sacar en sí mismo la copia: un espejo, donde vea, no lo que es, sino lo que debe ser: una escuela mental, en quien sus Progenitores son sus Maestros. El que degenera de ellos, se constituye extraño, respecto de los mismos que mira como suyos. Se hace forastero, o huésped intruso en su propia casa. No le queda de la prosapia otra cosa, que el apellido; y aún ese debe hacer la cuenta, que se le adapta como bastardo. Cuando hablare de sus ilustres predecesores, no diga que desciende de ellos, sino que baja, o no sólo que baja, sino que cae. La distancia que hay entre el heroísmo, y la vileza, es el espacio que mide con la caída. La fealdad del vicio duplica su deformidad en quien debiera apropiarse como hereditaria la virtud. Cuantos ascendientes gloriosos jacta, tantos fiscales de su conducta se cuenta. Aquella gloria es su ignominia. Lo mismo que le ensoberbece, le abate, porque no le toca de aquella luz sino el humo. Considérese en el árbol genealógico, que tanto ostenta, como una rama marchita, a quien el aire de la vanidad agita para nada más que hacer ruido. En la Filosofía Etica la nobleza, que no obra, no existe. Los Escudos de Armas, que adornan sus paredes, ennoblecen el edificio, y desdoran la persona. La memoria de triunfos pasados, que abrió el cincel en la frente de la casa, acuerda a todos, que está muerta en el corazón de su dueño.
Yo me persuado a que en este breve discurso hallarán los inteligentes sentencias ingeniosas, alusiones oportunas, figuras elegantes, y otros primores de Retórica, que en este Arte tienen sus nombres, y definiciones; pero no sólo las definiciones, pero aun los nombres creo ignoraba el que le hizo: que en esta materia sucede, que el buen genio acierta con las cosas, sin saber ni aún los nombres; y el estudio sin genio, teniendo en la memoria de los nombres, definiciones, y divisiones, no acierta con las cosas. Acuérdome de haber leído, que queriendo un Príncipe hacer un suntuoso Palacio, llamó para ello dos Arquitectos famosos. El uno era un gran dogmático en su Arte, del cual tenía en la uña infinitos preceptos, que había aprendido en varios libros: el otro de poco estudio teórico; pero dotado de insigne numen para la práctica. Llegando el caso de proponerles el Príncipe la obra que intentaba, habló el primero en la materia con mucha erudición, llenando de mil voces Geométricas, y Arquitectónicas un largo razonamiento. Habiendo acabado, le preguntó el Príncipe al segundo ¿qué tenía que decir sobre el caso? Señor, respondió él, yo no tengo que decir otra cosa, sino que haré todo lo que ha hablado mi compañero. Bien clara está al asunto la aplicación.
Y si en lo que mira a hablar, o escribir con exornación, gula, y agudeza, basta el genio, y sobra el estudio, como me parece dejo bastantemente probado; con más razón se podrá asegurar lo mismo en orden a la parte más importante, y esencial de la elocuencia, que es la persuasiva. ¿Quién no ve, que ésta meramente es obra de un entendimiento claro, de una perspicacia nativa, la cual representa las razones más oportunas, y eficaces para mover, atentas las circunstancias, a los oyentes, o lectores, sobre el asunto que se propone? Supongo que conduce mucho para ello la claridad, y el orden. Pero estoy siempre, en que esto lo hará mucho mejor el genio que el estudio. Lo mismo digo de las expresiones patéticas para excitar los afectos. Aunque pienso, que en cuanto a la eficacia de éstas están algo engañados, no sólo los Oradores comunes, mas aun los mismos Maestros de la Oratoria. Lo que queda subsistente en el espíritu de los oyentes para moverlos a obrar, cuando llegue la ocasión, aquello que se les ha procurado persuadir, es la fuerza substancial de las razones. Hace sin duda mucho al caso, que las razones se propongan con fuerza, y energía, porque penetran así, y hacen más profunda impresión en el ánimo; pero la virtud excitativa de los afectos, que consiste precisamente en las voces, es de un influjo muy pasajero, que apenas espera para disiparse a que los oyentes desocupen el Teatro.
Sólo resta ya decir algo en orden al ejercicio. Veo éste generalmente recomendado; y parece que con razón: ¿porque qué materia hay en que el ejercicio no habilite las potencias, y les preste facilidad, y despejo para ejecutar con más presteza, y perfección? Sin embargo, mi experiencia me hace desconfiar algo de este medio. Diez y siete años ha que estoy ejercitando la pluma en todo género de estilos, porque de todos géneros lo pedía la variedad de los asuntos, el sublime, el mediano, el humilde, el exhortatorio, el narrativo, el increpatorio, tal vez el festivo, &c. y veo bien claro, que con todo este ejercicio, en nada he mejorado el estilo, ni creo que nadie le hallará poco, ni mucho más perfecto en mis últimas producciones, que en las primeras.
Quédame, no obstante (por confesarlo todo), un leve recelo, de que en mi genio, o llámese disposición del temperamento, haya algún estorbo oculto, para que en orden a la elocuencia me sirvan los auxilios, que aprovechan a otros. Sé con toda certeza, que me es imposible acomodarse a la imitación de otro algún Escritor. La poca, y ligera lectura, que por mera curiosidad he tenido uno, u otro breve rato en algunos Autores, que han tratado de Retórica, me ha dado a conocer con la misma evidencia, que la aplicación al uso de las reglas, en vez de ayudarme, me embarazaría. Acabada la Gramática, me dieron unas pocas lecciones de Retórica, que olvidé enteramente; y si más hubiera estudiado, más procurará olvidar por la razón expresada, que me estorbaría en vez de aprovecharme. En orden al ejercicio ya tengo dicho. Acaso otros tendrán mejores disposiciones para que la imitación, el ejercicio, y el estudio les sirvan. Pero a todos aconsejaré, que no se fíen al propio dictamen en orden al concepto, que deben hacer de las ventajas, que han adquirido con esos auxilios. Es facilísimo engañarse cada uno a sí mismo en esta materia. ¿Cuántos, pensando que con la imitación han mejorado de estilo, le han empeorado con la afectación? Conozco algunos.
Si alguna cosa puede aprovechar en esta materia, es, en mi dictamen, el frecuentar buenos ejemplares, así en la lectura, como en la conversación. Pero esto no se haga con la mira de imitar a alguno, o algunos, de que resultarían los inconvenientes que he expresado. Tampoco se ha de poner estudio en mandar a la memoria las voces, o frases, que se oyen, o leen. Sucederá que éstas, en el contexto del que las profiere, están colocadas de modo, que hacen un bello efecto; y traspuestas a otro, tendrán mal sonido. ¿Pues qué fruto se puede sacar de los buenos ejemplares sin este cuidado? No será muy mucho; pero será alguno. Insensiblemente se va adquiriendo algún hábito para hablar con orden. Sirven también las voces, y frases de los buenos ejemplares, que se frecuentan, no poniendo cuidado en estudiarlas, ni usar de ellas. Sin eso se quedarán muchas veces en la memoria, y como espontáneamente se vendrán a veces, sin llamarlas, a la lengua, o a la pluma. De este modo vendrán bien, y caerán en su lugar, como si fuesen producciones del proprio fondo. Este es, en mi sentir el único medio, que hay para ayudar en el estilo la naturaleza con el arte; porque en él toma el arte el modo de obrar de la naturaleza. Es cuanto sobre el asunto puedo decir a Vmd. cuya persona guarde Dios, &c.

Carta XIV -
Origen de la costumbre de Brindar
Muy Señor mío: Soy tan poco aficionado a noticias Genealógicas, que no he dedicado ni un cuarto de hora en toda mi vida a inquirir el origen de los Feijoos; vea Vmd. cuán lejos habré estado de aplicarme a investigar el origen de los Brindis. La merced que me hacen algunos, y Vmd. debe ser uno de ellos, de que puedo responder a cuanto se me pregunte (como si hubiera algún hombre en el mundo capaz de tanto), unas veces me mueve a enfado, y otras a risa. La poca sinceridad, que hay en la mayor, y máxima parte de los Eruditos, ocasiona esta ridícula aprehensión. Rarísimo se halla, que a cualquier pregunta que le hagan, no procure dar respuesta, aunque ignore enteramente el asunto, cubriendo con el embrollo la ignorancia. Muchas veces he dicho, que nunca he visto hombre de algunas letras, que preguntado, responda alguna vez redondamente no sé, sino uno solo; pero no diré quién es ese uno.
Me ha cuadrado extremamente lo que se refiere de nuestro omniscio Caramuel, que habiéndole elegido el Papa para un Obispado, y siendo preciso exponerse al examen de la doctrina para obtenerle, como en Roma se practica inconcusamente con todos los Obispos, le rehusó, diciendo, que no se atrevía; y por más que procuraron animarle, respondía, que dentro del recinto de la Moralidad le podrían hacer muchas preguntas, a que él no sabría que responder. Al fin, viendo que debajo de la condición del examen constantemente rehusaba el Obispado, en atención a su gran, y notoria sabiduría, dispensó con él el Papa en aquella condición, sin que sirviese de ejemplar. Dije se refiere, pues es cierto, que, según él mismo afirma en sus Escritos, le examinaron para Obispo. Pero no por eso deja de ser la vulgar noticia buen ejemplo para poner delante a tanto atrevido pedante charlatán, que se jactan de poder satisfacer a cuantas cuestiones les propongan en tal, o cual Facultad. Poco alcanza quien no alcanza, que hay en la literatura parte alguna, que no tenga una extensión infinita. Quien más la penetra, penetra que más allá de la línea, donde ha llegado, hay inmensos espacios no descubiertos, y que sobre el más ceñido asunto, sin término se pueden multiplicar las cuestiones.
Pero voy ya a satisfacer lo menos mal que pueda la curiosidad de Vmd. sobre el origen de los Brindis, en que hay dos puntos que examinar, el origen de la voz, y el origen de la cosa.
En cuanto a lo primero, si se cree al célebre Etimologista Mr. Menage a quien citan, y siguen los Autores del Diccionario Universal de Trevoux, las voces Brindis, y Brindar vienen de las Flamencas, Ikbreng'tu; mas a la verdad, la significación inmediata de esta oración Flamenca, según la traducción Francesa, que trae el citado Diccionario, Je vous la porte, es muy vaga, para que sin mucha voluntariedad se dé por equivalente de éste: Brindo por vuestra salud, como pretende Mr. Menage. Así tengo por mucho más verosímil la derivación que les dan nuestro Diccionario Castellano, y el de Sobrino, del verbo Alemán Bringhen, que significa convidar, o provocar a otro a beber.
Verdaderamente los Alemanes, aun cuando con algo de más apariencia les pudiese disputar otra Nación el origen de la voz, siempre serían acreedores a que se les adjudicase a su idioma, por razón del significado, y materia sobre que cae; pues ninguna otra Nación menudea tanto los brindis como esta; cuyo ejercicio repetido, no es sólo notado en los Alemanes de estos últimos siglos. En todos tiempos padecieron la misma nota. Puede verse a Tácito de Moribus Germanorum, donde dice de ellos: Diem, noctemque continuare potando nulli probrum.
Después de todo no hallo verosímil, que el verbo Castellano Brindar se derivase del Latino propinare, que propísimamente significa lo mismo. Así Paseracio explica el verbo propino propinas de este modo: Praebibo, poculum praegusto, & deinde alteri trado. Y no es menester mucha corrupción para que la voz Propino se haya formado el verbo Brindo, v.gr. propino, broino, brino, brindo. Admitidas están por doctos Idiomatistas otras muchas etimologías, traídas por mayores rodeos.
En cuanto a la cosa significada, no puede negarse, que es antiquísima, pues Suetonio, en la Vida de Tiberio, habla de la costumbre de brindar, no sólo como admitida en su tiempo entre los Romanos, mas también como practicada mucho antes por los Griegos: Quae consuetudo inde initium habuit, quod Graeci in solemnioribus compotationibus, quas Philothesias appellabant, aurea, argenteaque pocula proferri, & vino impleri jubebant, eaque praegustata cui visum esset dono offerebant. En Ateneo se lee también, que Alejandro, cenando en la casa de Medio Thesalo, brindó a veinte convidados que había, y fue brindado de todos ellos: Cum Alexander apud Medium Thessalum caenaret, adessentque viginti in symposio, omnes provocavit, ab omnibus pariter accipiens. (Lib. 10. cap. 11.)
Por la Sagrada Escritura aun anterior data se descubre a los Brindis, o Propinaciones; pues el verbo Propino, aplicado al vino, se halla cuatro veces en la Vulgata: dos en Jeremías, una en Isaías, y otra en Amós. Es verdad, que en Isaías más propiamente significa regar que brindar; pero en Jeremías, y Amós retiene su común significación: de que se colige la gran [203] antigüedad de la práctica de brindar, mas no su origen. Ni creo que en las Historias Sagradas, ni Profanas se halle monumento por donde éste pueda constar.
Más: pues en defecto de mejores pruebas se admiten conjeturas: yo me atrevo a conjeturar, que los brindis tuvieron su primer origen en las libaciones de vino, que al principio se ofrecían al verdadero Dios, y después también a los Dioses falsos. Estas libaciones se hacían derramando el vino sobre la víctima, como que se ofrecía, y convidaba con él a la Deidad. Pero había en ellas una considerable diferencia. Nuestro Calmet, exponiendo aquello del capítulo 28. de los Números: Libabitis vini quartam partem Hin, dice, que en los sacrificios, que por sí hacían los Sacerdotes, todo el vino preparado se vertía sobre la víctima; pero en los sacrificios, que se hacían por los particulares, sólo parte del vino se derramaba en obsequio de la Deidad, cediendo la otra a los Sacerdotes. Y aun en el Sacrificio, o libación del Melchisedech, que se refiere en el cap. 14. del Génesis, hizo aquel Sacerdote Rey distribución de la materia de la oblación entre la Deidad, y los Soldados de Abrahán, aunque eran legos: Melchisedech, dice Alapide, prius panem, & vinum obtulit in sacrificium, scilicet partem panis cremando, partem vini libando, id est, effundendo Deo in gratiarum actionem pro victoria Abrahae; deinde reliquam panis, & vini partem in milites Abrahae libandam, id est, participandam, & comedendam distribuit. Y concluye el mismo Expositor, advirtiendo, que esta especie de distribución era común en el sacrificio pacífico: Hoc enim moris erat in sacrificio pacifico.
Esta costumbre se comunicó a los Gentiles en las oblaciones, que hacían a sus falsos Dioses, y de aquí viene aquella significación del verbo libare, que se halla en algunos Autores profanos, y cita Paseracio, id est, Diis partem dare; lo cual se confirma perfectamente con el modo antiguo de brindar, que era, como consta del pasaje de Suetonio, citado arriba, habiendo bebido parte del licor contenido en el vaso, entregar éste a otro para que bebiese la parte restante. Es también conforme a la significación más propia, o específica del verbo propino, ya propuesta arriba, de Paseracio, Praebibo, poculum praegusto, & deinde alteri trado.
Después este modo de brindar se mudó en el de provocar uno a otro a beber, bebiendo aquel primero, pero cada uno en su vaso. Para esta mudanza no es menester discurrir que intervino otro motivo, que el de ser el nuevo rito más limpio, y urbano.
Más al paso que el ceremonial, que hoy se practica, es más decoroso, y noble que el antiguo: en compensación, la fórmula de palabras, que ahora se usa al brindar, parece el más impertinente, y ridículo del mundo. ¿Qué querrá decir brindo por la salud de Vmd.? En caso que el licor, que bebe Pedro, sea en sí mismo saludable, ¿el beberlo Pedro puede conducir algo para la salud de Juan? Ni vale decir, que Pedro provoca a Juan para que beba, cuya acción puede conducir a su salud. Ciertamente no es ese el sentido de las palabras, pues también se brinda, y muy frecuentemente por la salud de los ausentes, a quienes no se provoca a beber, ni ellos saben entonces que se les hace tal obsequio.
Como quiera que esta fórmula ridícula, y abusiva parezca moderna, tiene a su favor una grande antigüedad: pues San Ambrosio, cap. 17. de Elia, & Ieiunio, habla de este abuso, como ya muy común en su tiempo, reprehendiéndole, y execrándole, como es razón, por ser ocasionado a beber con exceso: Bibamus, inquiunt, pro salute Imperatorum; qui non biberit, sit reus indevotionis:::: bibamus pro salute Exercituum: por Comitum virtute: pro filiorum sanitate:::: ¡O stultitia hominum, qui ebrietatem sacrificium putant!
Bastante antigüedad es esta, pues excede algo de doce siglos. No obstante Plauto, que floreció doscientos años antes de la venida del Redentor, nos muestra otra considerablemente mayor; pues de lo que [205] dice en la Comedia intitulada Persa, Act. 5, Scena I, se ve, que ya en su tiempo se hacían los brindis con imprecaciones de salud.
Bene mihi, bene vobis, bene amicae mae.
Y en la intitulada Stichus:
Tibi propino decuma fonte, tibi tute inde si sapis.
Bene vos, bene nos; bene te, bene me; bene
Nostram etiam Stephanium, &c.
Bien quisiera yo, viendo tan establecida entre los Cristianos esta fórmula de brindar, descubrirle algún noble origen. Pero el mal es, que no le hallo sino muy vil; esto es, en la superstición Gentílica. Aquel bene mihi, bene vobis, bene amicae meae, y otras fórmulas semejantes, eran deprecaciones, que hacían los Paganos, al tiempo de beber, a sus falsos Dioses, por la salud propia, la de sus parientes, amigos, &c. Fúndome para esto en dos lugares, uno de Ateneo, otro de Ovidio. Dice Ateneo, que Amphciton, antiquísimo Rey de Atenas, entre otros establecimientos, que hizo en orden al uso del vino, ordenó, que al tiempo de beberle invocasen el nombre de Júpiter Conservador, como cosa importante para conservar, o conseguir la salud corporal: Iovis praeterea Servatoris nomen invocare constituit, memoriae gratia bibentium, quod sic bibentes salutem sine dubio consequentur.
Ovidio, en el lib. 2 de los Fastos, hablando de los convites Charistios, que se hacían entre parientes, llama sagradas las imprecaciones de salud, que se hacían al beber el vino:
Larga precaturi sumite vina manu:
Et bene vos, bene tu Patriae Pater optime Caesar,
Dicite, sufusso per sacra verba mero.
Las voces Pecaturi, y per sacra verba, manifiestan, que aquellas imprecaciones por la salud no eran tiradas al aire, sin significación alguna determinada, como las nuestras, sino dirigidas a los falsos Dioses; por consiguiente manchadas del enorme vicio de la superstición Pagana. Carecen las nuestras de esta abominación; pero descienden de aquel feo origen. ¿No es suficiente motivo éste para que se proscriban de toda cristiana mesa, mayormente cuando sólo sirven de multiplicar los tragos? Véalo Vmd. a quien deseo mucha salud, &c.

Carta XXV -
Del judío errante
Muy señor mío: La especie del Judío Errante, que Vmd. me pregunta, si se encuentra en algún clásico, y qué fe merece, no en un Autor sólo se halla, sino en varios, y clásicos algunos de ellos, aunque con alguna variedad en una, u otra circunstancia.
El primero que, según yo entiendo, la dio al Público en Historia formada, fue el célebre Historiador Benedictino Anglicano Matheo de París, el año 1229. Según este, vino por aquel tiempo (vivía en él el mismo Historiador que lo refiere) un Obispo Armenio a Inglaterra, recomendado por el Papa, para que le mostrasen las reliquias de los Santos, que había en aquel Reino, y le diesen las demás noticias, que él solicitase pertenecientes al Culto Divino, que se practicaba en él. Sobre la especie, ya entonces algo vulgarizada del Judío Errante, y que este andaba por las Regiones Orientales, pareciendo a varios Curiosos, que este Prelado por tener su Patria habitación, y Diócesi en una de ellas, no podía menos de estar algo instruido en el asunto, le hicieron sobre él diferentes preguntas; y no sólo a él, mas también a sus domésticos; esto es, si había realmente tal Judío Errante; si vivía aún, por dónde andaba, qué hombre era, y qué decía de sus sucesos? Respondió el Prelado, que dicho Judío realmente existía, y andaba entonces por la Armenia. Pero de sus sucesos quien dio más específica noticia fue un doméstico del Prelado, acaso porque podía explicarse mejor con los Ingleses, o en el idioma del País, o en el Latino.
Este refería, que el Judío Errante, antes de su conversión, se llamaba Catafilo, y había sido Portero en la Casa de Pilatos: con cuya ocasión, cuando sacaron a Cristo Señor nuestro del Pretorio para crucificarle, para que saliese más prontamente le dio una puñada en las espaldas, a lo cual el Redentor, volviendo el rostro, le dijo: El Hijo del Hombre se va, pero tú esperarás a que vuelva. El Portero se convirtió luego, y fue bautizado por Ananías, que le puso el nombre de Joseph. El sentido de la profecía de Cristo era, que este Judío no había de morir hasta que él viniese a juzgar vivos, y muertos: la que en efecto en este sentido se estaba verificando, pues llevaba ya más de mil doscientos años de vida, aunque padeciendo a cada cien años unos amagos de muerte, porque a este plazo una gravísima enfermedad le debilitaba hasta representarle moribundo; pero luego sanaba, y se rejuvenecía, restituyéndose al vigor, y apariencia de treinta años de edad, que era la que tenía cuando Cristo murió.
Añadía el familiar del Obispo, que este Judío Joseph era muy conocido de su Amo, y había sido convidado por él, y huésped suyo, poco antes de emprender su peregrinación.
El Historiador citado dice, que este hombre respondía puntualmente, y con severo, y grave modo a las preguntas, que le hacían en orden a cosas antiguas, como de los difuntos que resucitaron cuando Cristo murió, y de las Historias de los Apóstoles: que mostraba siempre un gran temor de que estuviese cerca el Juicio final, por ser este el plazo de su vida, y se horrorizaba cuando hacía memoria del sacrílego desacato, que había cometido con el Redentor, aunque esperaba ser perdonado, por la mucha parte que en él había tenido su ignorancia.
Jacobo Basnage, Autor Protestante, en su Historia de los Judíos cuenta tres Judíos Errantes. El 1 más antiguo, llamado Samer, en pena de haber fundido el Becerro en tiempo de Moisés. Otro el Catafilo de arriba, Gentil, y Portero de Pilatos. El 3 Judío, llamado Ausero, y Zapatero en Jerusalén. De éste se dice, que el año de 1547 pareció en Hamburgo, y que publicaba de sí, aunque variando nombre, y tal cual otra circunstancia, lo mismo que los Armenios del que decían haber conocido en su tierra. Este refería, que antes de su conversión se llamaba Ausero, y ejercía el oficio de Zapatero a la puerta de Jerusalén, por donde Cristo salió para el Calvario; en cuya ocasión, queriendo el Salvador, por sentirse muy fatigado, reposar un momento en su oficina, él, dándole un golpe, le repelió, y entonces Cristo le dijo: Yo luego descansaré, pero tú andarás sin cesar hasta que Yo vuelva: que desde aquel punto empezó el cumplimiento del vaticinio, y se fue continuando siempre, porque siempre andaba peregrinando, sin parar en Provincia alguna. Era de estatura prócer, representaba la edad de cincuenta años, y prorrumpía en frecuentes gemidos, que los circunstantes atribuían a la tristeza, que le causaba la memoria de su delito.
Nuestro gran Expositor Agustín Calmet, en su Diccionario Bíblico, testifica tener en su poder una Carta escrita de Londres por la señora Mazarina (supongo que habla de la Duquesa Hortensia Mancini, sobrina del Cardenal Mazarini, tan famosa por sus aventuras, y trabajos, como por su hermosura) a la Duquesa de Bullon, en la cual se refiere, que por aquel tiempo arribó un Extranjero a Londres con la misma cantinela. Decía, que había servido en el Diván de Jerusalén, cuando Cristo fue sentenciado a muerte; y pareciéndole, que no salía con la priesa, que él deseaba, le dio un gran empellón, diciéndole: Despacha, sal cuanto antes; ¿por qué te detienes? La respuesta del Señor fue la misma que se dijo arriba. Este aseguraba (dice la señora Hortensia) que había conocido a todos los Apóstoles, e individuaba las facciones, y vestido de cada uno; que había peregrinado por todas las Regiones del Orbe, y no dejaría de peregrinar hasta el fin del mundo. Se jactaba de que con el tacto curaba los enfermos. Sabía muchas lenguas, y refería con tanta exactitud los sucesos de todos los siglos, que todos le oían con admiración. Habiendo un Caballero, insignemente erudito, habládole en lengua Arábica, al momento le respondió en el mismo idioma. Apenas se le nombraba Personaje alguno famoso en los anteriores siglos, a quien no se afirmase haber conocido. Decía, que se había hallado en Roma, cuando fue incendiada por Nerón; que había tratado con Mahoma, y conocido a su padre; visto al Saladino, al Tamerlán, a Bayaceto, a Solimán el Grande, &c. Añádese en la Carta, que la gente simple le atribuía muchos prodigios, pero los prudentes le tenían por impostor.
El Autor del Espión Turco ( sea el que fuere, que aún pienso que no está averiguado ) en varias Cartas hace memoria del Judío Errante. En la Epístola 39 del Tomo 2, escrita a Ibrahín, y que corresponde al año de 1643, todo se ocupa en referir, que en París vio a dicho Judío, conversó con él, y le hizo mil preguntas de cosas antiguas. Díjole, que su nombre era Michob-Ader, que había sido Portero del Diván de Jerusalén, y todo lo demás que Calmet cita de la Duquesa Mancina, o Mazzarina: que había andado muchas tierras, leído mucho, y sabía Lenguas. Con todo, el Espión hizo juicio de que era loco, o impostor.
El mismo Autor, en el Tomo 5, Epístola 50, escrita Nathad Ben-Saddi, Judío, el año de 1666, le cuenta todo lo que el Judío Errante le había dicho en París tocante a los Judíos de la Asia Septentrional, y que cree son reliquias de los diez Tribus dispersos.
El mismo, en el Tomo 6, Epístola 6, el año de 1672, a Guillelmo, le dice a lo último, que por todas partes se habla de un Judío Errante, y que en aquel tiempo estaba en Astracán, y allí predicaba, que el Cristianismo sería reformado el año de 1700. Y en la Epístola 7, escrita a Codabafrad Kheik, Mahometano, el mismo año de 1672, le da cuenta de todo lo que el Judío Errante predicaba, y vaticinaba en Astracán. Dice, que había allí un pariente suyo (del Espión) llamado Fousi, grande Viajero, Mercader, &c. y que de él había recibido poco antes una Carta con las noticias del Judío Errante.
Vaticinaba (dice el Espión) que hacia el año de 1700 de la Hégira de los Cristianos inundarían los Otomanos toda la Europa, o toda la Cristiandad de la Tierra Firme; que los Cristianos recurrirían a Inglaterra, como asilo, y allí se levantaría un gran Personaje, que hecho Caudillo de los Cristianos, conquistaría a Jerusalén: que entonces los Judíos abrirían los ojos, y reconocerían a Jesucristo por el verdadero Mesías. Pero el Espión lo refiere, no lo cree.
No obstante, lo cual, el mismo, en la Carta 17 del mismo Tomo, escrita el año de 1674 al Turco Alí Basa, a lo último da a entender, que creyó la profecía del Judío Errante, acaso para adular a los Mahometanos, pues dice de ellos, que inundarían la Europa el año de 1700.
Finalmente, el Padre Luis Babenstuber, Benedictino Alemán, en un Tomo dividido en tres libros, que imprimió en Ausburg el año de 1724 con el título Prolusiones Academicae, en que instituye, y trata cincuenta y una cuestiones Quodlibeticas curiosas; en la Prolución 16 del tercer libro propone la cuestión de si, fuera de Elías, y Henoch, hay en el mundo algún hombre de mayor edad, o más larga vida que Matusalén? En ella, después de tratar de Elías, y Henoch, entra en la especie del Judío Errante; en que habiendo referido casi lo mismo que Jacobo Basnage, con la diferencia de decir, que el que le examinó en Hamburgo el año de 1547 se llamó Paulo Eizio, Teólogo, añade lo siguiente: Visus est autem hic Iudaeus ab innumeris mortalibus in multis Europae partibus nempe anno Christi 1547. Hamburgi. Anno 1575. Matriti in Hispania. Anno 1599. Viennae in Austria. Anno 1610. Lubecae. Anno 1634. in Moscovia. Alia plura loca sciens praetereo.
Estas son todas las noticias, que puede adquirir del Judío Errante. Por las cuales tiene Vmd. que este hombre, de dos modos peregrinó, el año de 1229 pareció en Inglaterra: el año de 1547 en Hamburgo: el de 1575 en Madrid: el de 1599 en Viena de Austria: el de 1610 en Lubek: el de 1634 en Moscovia; el de 1643 en París: el de 1672 en Astracán; y pocos años después en Londres. Digo pocos años después, sin determinar cuál, porque Calmet no nos dice la data de la Carta de la Duquesa Hortensia. Pero esta Señora, como consta de su Vida, escrita por Monsieur de San Euremont, en el Tomo 4 de sus Obras, pasó a Inglaterra el año de 1675, y murió en aquel Reino el de 1699; con que en este intermedio es preciso poner la segunda aparición del Judío Errante en Inglaterra.
¿Pero podremos dar alguna fe a estas noticias? Juzgo que ninguna, moviéndome al disenso, no tanto la variedad de los Escritores en algunas circunstancias, pues esto sucede también a no pocas verdades históricas muy calificadas, cuanto el que la noticia más antigua, que se halla en los Historiadores del año de 1229: data sin duda muy reciente para un hecho tan antiguo. ¿Cómo es creíble, que de un suceso de tan extraña magnitud, tan peregrino, tan único en su especie, tan oportuno para apoyar la verdad de la Religión Cristiana contra los Gentiles, no hiciese memoria alguno de los Padres de los primeros siglos? Aun prescindiendo de esta gravísima importancia, porque añade un brillante de muy singular hermosura a la gloriosa Pasión del Salvador, era digno el caso, no sólo de las plumas de los Padres, mas aun de los Evangelistas.
¿Mas cuál sería el origen de esta Fábula, supuesto que lo sea? Nunca en inquirir el origen de las Fábulas me fatigaré mucho, porque ordinariamente es un trabajo inútil; ya porque aunque le tengan en algún suceso verdadero, que la ficción, o mala inteligencia han desfigurado, ese suceso no ha llegado a nuestra noticia; ya porque frecuentísimamente las Fábulas no tienen más principio, que la inventiva de un embustero, a quien se antojó fabricarlas. Y esto es comunísimo, cuando el embustero tiene algún interés en ser creído; lo que sin duda sucede en nuestro caso. Un hombre muy hábil, y sagaz, bien instruido en noticias históricas, y en ocho, o nueve lenguas, ¿qué vida más gustosa podría elegir que la de Tunante, fingiendo ser el Judío de que hablamos? Podría discurrir por todos los Reinos de la Cristiandad, con acceso libre, aun a los Solios de los Príncipes, no sólo socorrido en lo necesario, mas aun para lo superfluo, por personas de todas condiciones, estimuladas para ello de la curiosidad, y de la piedad. ¿Qué más motivo, pues, es menester, que este, para que se fingiese esta patraña el primero que la practicó, y para que después le imitasen otros bribones, que quisieron hacer el mismo papel?
Pero si Vmd. quiere algo más que este común principio de infinitas Fábulas, digo algún principio particular de la del Judío Errante, le diré, que esta pudo tener su origen remoto en un hecho verdadero, y el próximo en otra Fábula, que desfiguró aquel hecho verdadero. El hecho verdadero, como conforme a la Escritura, a la Tradición, y apoyado por los Santos Padres, es la conservación del Profeta Elías sobre la tierra hasta el fin del mundo. Sobre este verdadero fundamento fabricaron los Mahometanos una Fábula, que refiere Bartholomé Herbelot en su Biblioteca Oriental, página 932. v. Zerib, citando al Autor del Nighiaristan (Nota. Hay muchos Libros históricos Persianos con este nombre, el cual idioma Persiano significa sitio de diversión, o paseo, como advierte el mismo Herbelot, verbo Nighiaristan; pero no especifica de cuál de ellos sacó la Historia, que va a referirse).
En el 6 año de la Hégira, después que los Arabes tomaron la Ciudad de Holvan, o Hulvan en la Siria, trescientos Caballeros, que volvían de aquella empresa, al acabarse el día, vinieron a campar entre dos montañas de aquella Región. Su Caudillo llamado Fadhilahc intimó a la Tropa hiciese, según el rito Mahometano, la Oración vespertina, que empieza, Dios es grande, pronunciando en alta voz estas palabras. Pero no bien lo hizo, cuando las oyó repetir de un sitio, donde no parecía persona alguna. Pensó al principio, que fuese el eco. Mas persiguiendo la repetición clara, y distinta de todas las palabras, al punto que iba prosiguiendo su oración, vino a caer, en que algún personaje invisible era el repetidor. Por lo cual, dirigiéndose a él, le dijo: Tú que me respondes, si eres del orden de los Angeles, el Señor sea contigo; y si eres del género de los otros espíritus, te conjuro para que te vayas; mas si eres hombre, como yo, hazte presente a mis ojos, para que yo goce de tu vista, y conversación. Al acabar de decirlo pareció ante él un viejo calvo, con un báculo en la mano, que tenía todo el aire de un Dervis, o Religioso Mahometano; el cual, preguntado de su nombre, y estado por Fadhilah, le respondió, que se llamaba Zerib-Bar-Elia, y que habitaba aquel sitio por orden de Jusu-Christo, que le había dejado en este mundo, para vivir en él hasta su segunda venida. Preguntole Fadhilah, ¿cuándo sería la segunda venida? A lo que respondió Zerib, que cuando varones, y hembras se mezclasen sin distinción de sexos: cuando la abundancia de víveres no minorase su precio: cuando los pobres no hallasen quien los socorriese, por estar enteramente extinguida la caridad: cuando se hiciese irrisión de la Sagrada Escritura, poniendo sus misterios en ridículas coplillas: cuando los Templos, dedicados al verdadero Dios, fuesen ocupados por los Idolos; entonces estaría próximo el Juicio final: y dicho esto, desapareció.
Este cuento envuelve un manifiesto trastorno de lo que el Sagrado Texto dice del rapto de Elías, y de lo que consiguientemente a él, y a otros Lugares de la Escritura sienten uniformes Cristianos, y Judíos, de la conservación de aquel Profeta en la tierra hasta el fin del mundo. Elías tuvo aquel destino cerca de novecientos años antes de la venida de Cristo; y el cuento Mahometano atribuye a Cristo esta disposición. ¡Horrendo anacronismo! Pero nada extraño en la crasa ignorancia de los Mahometanos; los cuales con su mismo falso Profeta, en la inteligencia de la Escritura, confunden tiempos, y personas con la mayor extravagancia imaginable. En la Sura, o capítulo 3 del Alcorán identifica Mahoma en una misma persona a María, hermana de Moisés, y Aarón, con María Madre de Jesús, Señora nuestra, siendo aquélla mucho más anterior a ésta que Elías a Cristo. Y en la Sura 17, según le explica su famoso Comentador Gelaledin, la invasión de Goliat, y su Ejército contra los Israelitas fue castigo de haber muerto éstos a Zacarías, padre del Bautista; la de Nabucodonosor de haber muerto al mismo Bautista.
A vista de estos, y otros trastornos monstruosos de la Escritura, tanto del Viejo, como del Nuevo Testamento, muy frecuentes en el Alcorán, y en sus Comentadores, me ha ocurrido como verosímil, que algunos Mahometanos, confundiendo un Juan con otro, el Bautista con el Evangelista, aplicasen a una misma persona los dos dichos de Cristo, uno respectivo al Bautista, otro al Evangelista. Dijo Cristo del Bautista, Matth. capítulo 11; Ipse est Elias, qui venturus est. Y del Evangelista, Joann, cap. 21: Sic eum volo manere, donec veniam; lo que entendieron los demás Discípulos como un decreto de Cristo para la conservación de su vida hasta el Juicio final. De esta confusión de diferentes personas en una misma pudo originarse en los ciegos Mahometanos la ficción, o creencia de que Elías por disposición de Cristo está detenido vivo en la tierra hasta el Juicio final.
La persuasión, pues, de ser Elías de quien pronunció Cristo: Sic eum volo manere, donec veniam, abrió puerta (si queremos creerlo así) al cuento Mahometano del Nighiaristan. Y este cuento divulgado, excitó a algún picarón (Mahometano acaso) la especie de atribuirse a sí mismo la disposición de Cristo para vivir hasta el fin del mundo, armado para esto con la narración, que arriba se dijo del Judío Errante.
22. Pero Vmd. aténgase en todo caso a lo dicho arriba, que no es menester buscar en las Historia desfiguradas el origen de infinitas Fábulas. La imaginación del hombre tiene una tan prodigiosa actividad para tales producciones, que es capaz de criar el todo de la mentira, del nada de la verdad.
Nuestro Señor guarde a Vmd. &c.

Carta II -
De la vana y perniciosa aplicación a buscar Tesoros escondidos
Muy Señor mío: Estando en Galicia he oído mucho de la manía de buscar Tesoros sepultados, con esperanza de hallarlos; y después que vine a este Principado de Asturias, puedo decir que lo he visto. Manía la llamo, ya porque no tiene esta esperanza más fundamento que el error, y la impostura: ya porque teniendo presentes las infelices tentativas de muchos, que pretendiendo sacar de las entrañas de la tierra plata, u oro, con que hacerse ricos, gastando en ellas el poco dinero que tenían, quedaron más pobres, no les sirve esta experiencia para el desengaño. Sucede a éstos lo que infatuados a los investigadores de la Piedra Filosofal, que buscando la opulencia, caen en la mendiguez, sin que la ruina de los que van delante escarmiente a los que los siguen. Creo que, por lo menos, tan ciega es la avaricia como el amor.
¿Mas cuáles son el error, y la impostura de que hablo aquí? El error es histórico. Suponen estos ignorantes que en la expulsión general de los Moros de España, no permitiéndoseles a aquellos Infieles llevar consigo sus riquezas, se previnieron, sepultandolas en varios sitios, cada uno en que el le pareció más cómodo, no perdiendo la esperanza de gozarlas ellos, o sus hijos algún día, mediante alguna posible revolución, en que la fuerza de las armas los restituyese a la posesión de nuestra Península. Añaden, que para este efecto llevaron memoria, y apuntamiento de las señas que distinguen los sitios donde las dejaron sepultadas, para asegurar su recobro cuando llegue el caso, el cual esperan como los Judíos su Mesías. Estos son los Tesoros que buscan, y que nunca hallarán, porque no los hay; siendo constante, que a los Moros, cuando fueron expelidos de España, se permitió llevar toda su moneda, y aun todos sus muebles; y serían ellos muy fatuos, si voluntariamente perdiesen una posesión cierta de presente por una posesión futura, incierta, y aun inverisímil.
Con este craso error de nuestros exploradores de Tesoros se ha concretado una crasísima impostura, sin la cual no tuviera ejercicio el error. Ya se ve, que aun cuando fuese verdad, que los Moros dejaron sepultados estos Tesoros, esta noticia por sí sola nada serviría para descubrirlos, ignorándose en qué parajes los escondieron. A esta dificultad, pues, ocurrió la impostura. Estando en Galicia oí muchas veces (y lo creí siendo niño), que había uno, u otro Librejo manuscrito, en que estaban notadas las señas de los sitios de varios Tesoros. Después que vine a Asturias oí lo mismo; y en uno, y otro País atribuyen la posesión de alguno de estos Librejos (asientan que son rarísimos) a tal cual feliz particular, que por alguna extraordinaria vía lo adquirió, y le guarda, no sólo como un gran tesoro, mas como llave de muchos tesoros.
Juzgará Vmd. acaso como en efecto lo juzgan muchos, que este Libro es como el de tribus famosis Impostoribus, de que tantos hablan, y que ninguno vió. No es así. Sobre estar yo mucho tiempo ha persuadido con buenas razones que hay tales Libros, ví uno de ellos, que por el accidente, que diré abajo, vino a mis manos. De suerte, que no es ficción que haya tal libro; bien que es un libro que no contiene sino ficciones.
¿Pero quién será el Autor de este Libro? o mejor preguntaré, quiénes habrán sido los Autores de estos libros, porque en diferentes Países son Libros diferentes. Uno da las señas de los tesoros que hay en tal territorio, otro de los de otro. El que yo ví comprehendía sólo el ámbito de algunas leguas que hacia todas partes ciñe esta Ciudad de Oviedo. Si aquí se lo preguntamos a quien tenga noticia de este Libro, y crea sus ficciones, juzgo responderá, que un cautivo de Argel, Túnez, o Marruecos lo adquirió del amo de quien era esclavo, o porque se lo hurtó, o porque juzgando el amo imposible ya el usar de él en beneficio propio, se lo vendió por alguna cantidad de dinero; o en fin, porque habiéndole cobrado alguna singular afición, se lo dio graciosamente al tiempo de su redempción. Y los de los otros Países dirán lo mismo de los Libros que allá corren.
Pero la verdad es, que estos Libros fueron fraguados por algunos embusteros, habitadores de los Países donde señalan los tesoros. Argumento concluyente de esto es, que las señas con que distinguen los sitios se hallan realmente en ellos. Hablo de las señas que están sobre la superficie de la tierra. El Libro, que ví, hablaba de sitios de veinte tesoros, poco más, o menos, especificando señales que efectivamente se encuentran; v. gr. en el camino de tal a tal parte, al pie de un Monte, a tal distancia, al lado derecho del camino hallarás una peña, y junto a la peña una fuente: a la distancia de dos varas de la peña, por la parte que mira al Oriente, cavarás, y encontrarás a la profundidad de dos varas, &c. ¿Quién pudo dar las señas de todos estos sitios sino quien los reconoció todos? ¿Y quién pudo reconocerlos todos sino algún habitador del propio País? O sean dos, o tres, o más, si se quiere, pues no hay imposibilidad alguna en que tres, o cuatro bribones concurriesen a esta buena obra. Pero la hay en que algún Moro, habiendo heredado este cartafolio de sus mayores, regalase con él a algún Español, por la razón que ya se ha dado de que los Moros no dejaron escondidas acá sus riquezas.
Mas el pobre mentecato que advierte puntuales todas las circunstancias exteriores del sitio que apunta el cartafolio, como está en la errada persuasión de que aquellas noticias vinieron de la Africa, comunicadas entre aquellos infieles de hijos a nietos, desde alguno o algunos de los expedidos de España, no dudando de la verdad de ellas, traga el hilo y anzuelo, y se pone a cavar en el sitio llena la cabeza y el corazón de la esperanza de verse luego muy opulento. Agrega oficiales, porque se supone que hay mucho que cavar, y es menester abreviar la obra por concluirla, antes que llegue la noticia a los Ministros de la Cruzada. Con esta mira se expenden tajadas y tragos con mano pródiga. No se duda de hallar las señas interiores, porque las juzgan consecuencia firme de las exteriores. Aquéllas varían en el manuscrito, respecto de varios sitios, como éstas. Y también en la calidad, y cantidad de tesoro hay su diferencia. Pongo por ejemplo (prosigue así el manuscrito): A vara y media de profundidad hallarás una piedra cuadrada de una vara de ancho, debajo de ella dos vigas cruzadas, debajo de éstas una bóveda de ladrillos que romperás, y dentro encontrarás un cofre grande de plata, lleno de monedas de oro.
8. Como el que compuso el Librejo no era Zahorí (en el tercer Tomo del Teatro Crítico tengo probado que no los hay en el Mundo) para ver lo que hay dentro de la tierra, si que aquí echa mano de lo primero que ocurre, después de reventarse los infelices a cavar, y más cavar, ni hallan la piedra cuadrada, ni las vigas cruzadas, &c. Con que se vuelven a sus casas pesarosos, y arrepentidos, aunque no escarmentados, porque aun quedan con la esperanza de que en otros sitios no los engañará el cartafolio, porque acaso el Moro se equivocaría en las circunstancias del que exploraron, o había error del amanuense. Conocí a hombre que exploró más de siete u ocho sitios.
Habrá quienes juzguen inverisímil, y aun increíble, que estos escritos sean mera producción de un voluntario embuste, porque nadie miente, especialmente cuando la mentira es algo laboriosa, sin interés alguno: ¿pero qué interés puede tener el Autor de un Libro de éstos en cargarse del trabajo de escribirle? Convengo en que el asumpto de la objeción es verdadero. Es así que nadie comete alguna acción viciosa sin interesarse en ella por algún camino. Pero digo lo primero, que este interés es vario, y uno de los más comunes es el deleite que se percibe en ella misma. El glotón, el ebrio, el lascivo, ¿qué otro fruto sacan de sus excesos que la delectación que logran en ellos? ¿Y para qué hemos de filosofar en un asumpto que cada día palpamos con la experiencia? Ojalá no la hubiera. Los hombres, que se deleitan en mentir, son muchos. Este deleite consiste, ya en que lo consideran como gracejo capaz de divertirlos a ellos, y a otros; ya en que miran la ficción como parto de su agudeza; ya en que el que engaña, se contempla con cierta superioridad de espíritu respecto del engañado, cuya resulta es una especie de triunfo sobre la ajena credulidad. Yo quisiera que conspirasen conmigo todas las almas nobles a apear de tan necia presunción a estos bastardos espíritus, dándoles a conocer, que si en la racionalidad hay heces, eso que llaman agudeza son las más viles heces de la racionalidad. Lo que yo por mí con toda realidad puedo protestarles es, que hasta ahora no ví hombre alguno de entendimiento claro, y penetrante que no fuese amantísimo de la verdad.
Digo lo segundo, que el embustero que fabrica un escrito de tesoros, puede mirar a otro interés más sólido que el deleite de mentir, aunque justamente más ilícito, que es vendérselo por precio algo considerable a algún avaro simple, cuyos reparos contra la veracidad del escrito será fácil eludir con algunas artificiosas invenciones.
Lo que más coopera a mantener a los investigadores de tesoros en la vana esperanza de descubrirlos es la noticia de algunos, que por casualidad se hallaron en varias partes; pero esto mismo debiera desengañarlos: porque si la invención de esos se debió a la casualidad, y no a la diligencia, esos ejemplares en ningún modo pueden alentarlos al trabajo que se toman. Sin embargo, la codicia los ciega para pensar, que lo que uno u otro lograron, por mero beneficio de la fortuna, conseguirán ellos por su afán. Acuérdome de haber leído en Plutarco, en la vida de Pompeyo, que cuando este Héroe marchaba en la Africa con sus Tropas contra Domicio, dos o tres Soldados suyos tuvieron la suerte de encontrar una buena cantidad de plata mal escondida en la tierra, lo cual visto por los demás todo el Ejército se aplicó a revolver la tierra de un dilatadísimo campo, creyendo que en él estarían otras muchas riquezas ocultadas, sin que por algunos días pudiese el Imperio de Pompeyo removerlos de aquella vana fatiga, que no les produjo otra cosa que el arrepentimiento de haberse metido en ella. Lo primero sucede a nuestros investigadores de tesoros. La felicidad de poquísimos en la fortuita invención de ellos, hace infelices a muchos que inútilmente expenden su dinero, y su sudor por descubrirlos.
Ni aun cuando fuese efecto de su diligencia la dicha de esos pocos, sería del caso para alentar la esperanza de nuestros exploradores. Estos buscan tesoros que dejaron escondidos los Moros; pero los que fortuitamente se han hallado (por lo menos aquellos pocos de que yo tengo noticia) ni son, ni fueron jamás de Moros. Aquí ví hasta treinta monedas de plata de uno, que poco mas ha de veinte años se descubrió a distancia de seis, o siete leguas de la Ciudad de León; pero todas, como se veía en sus inscripciones, eran del tiempo de los primeros Emperadores Romanos.
Lo peor que tiene esta manía de buscar tesoros es, que según la práctica de muchos entra en ella una buena dosis de superstición. Es el caso, que debajo de la persuasión de que los tesoros están encantados, o que por lo menos lo están algunos, se han inventado Exorcismos con varias fórmulas, y ritos para desencantarlos. Yo me enteré de toda la maniobra que hay en esto, por medio de dos manuscritos que me comunicó cierto buen hombre. Éste, después de fatigarse a sí, y a otros mucho tiempo en la inquisición de tesoros, algo desengañado ya de la inutilidad de su trabajo, y al mismo tiempo receloso de que hubiese en él algo de superstición, me comunicó los dos manuscritos, que un tiempo había guardado como más preciosos que la Piedra Filosofal. Uno de estos manuscritos era el que dije arriba, que daba razón de los sitios donde están sepultados los tesoros. El otro contiene los conjuros con que se desencantan. No ví disparatorio igual en mi vida.
Según lo que supone el mismo contexto de los conjuros, lo que significa esto de estar encantados los tesoros es, que los demonios (o uno o muchos en cada sitio) los guardan donde están sepultados; de modo, que no pueden parecer, o descubrirse, si primero con la virtud de los Exorcismos no se arrojan de allí los malignos Espíritus. El proceder de los conjuros es dilatado. Inclúyense en él varios Evangelios, y Oraciones. Entra también la Letanía mayor, el Ofertorio de la Misa, y el Responso de San Antonio. Repítense sahumerios de incienso y mirra, como también rociadas de agua bendita. Hay tal cual ceremonia ridícula, y la sacrílega barbarie de que cuando se invocan la Santísima Trinidad nuestro Señor Jesu-Cristo, y María Santísima, esta Señora se nombra antes que la Santísima Trinidad. A lo último se intima, que en todos estos conjuros intervengan a lo menos tres Sacerdotes.
Yo no creo más que el diablo se ocupe en guardar tesoros sepultados en la tierra, que lo que nos dicen los Mitológicos, que un dragón guardaba el de las manzanas de oro en la Africa, y otro el del vellocino de oro en Colcos. Y no sería acaso desnudo de toda verisimilitud discurrir que de aquellas fábulas tomó estotra su origen, mayormente cuando el dragón es símbolo tan propio del demonio, que en el Apocalipsis se designa repetidad veces con este nombre.
16. Como quiera, la ridícula persuasión de que el demonio se constituye guarda de los tesoros sepultados, no es tan privativamente propia del ignorante Vulgo, que no se halle apoyada por tal cual Escritor serio. El Padre Martín Delrío cita algunos, que refieren casos, los cuales, no sólo suponen que los Espíritus malignos se han encargado de la custodia de las riquezas subterráneas, mas aun podrían, siendo verdaderos, autorizar la práctica de proceder con exorcismos en el descubrimiento de ellas, porque su asunto se reduce a que el demonio mata, o por lo menos lo procura, a los que se empeñan en descubrirlas. El más célebre, por estar vestido de circunstancias muy especiales, es el siguiente.
Hay en el territorio de Basilea una dilatada caverna, a cuyo término acaso no se penetró hasta ahora. Un Sastre de Basilea, que se pinta simple, o bien por mera curiosidad, o con la esperanza de hallar algún tesoro, se animó, no sólo a entrar en ella, mas aun de avanzarse más adelante de donde otros habían llegado. Metido en la gruta, con una vela bendita encendida en la mano, dijo, que lo primero había entrado por una puerta de hierro a una cámara, de allí a otra; y en fin a unos deliciosísimos jardines, en medio de los cuales, colocada en magnífico Palacio, estaba una Doncella extremamente hermosa, sueltos los cabellos, ceñidas las sienes de dorada diadema; pero en vez de los miembros, que corresponden a la parte inferior, terminaba en una horrible Serpiente. Luego que el Sastre pareció a su vista, tomándole de la mano, le acercó a una arca de hierro, y abriéndola le mostró en ella infinidad de monedas de oro, plata, y cobre, de las cuales le dio algunas, las cuales él después mostraba. Mas para abrir la arca fue menester que la Doncella imperiosamente acallase dos grandes Alanos que la guardaban, y daban terribles ladridos. A esto se siguió manifestar la Doncella al Sastre su historia, y su destino; conviene a saber, que era hija de un Rey, y en virtud de no sé qué imprecaciones diabólicas había tomado aquella horrible figura, en la cual había de conservarse hasta que un joven, que jamás hubiese tocado a mujer alguna, le diese tres osculos, con lo cual se restituiría a su antigua forma, y recompensaría a su galante redentor, haciéndole dueño de todo aquel tesoro. El Sastre, que debía de hallarse con la pureza necesaria para aquella empresa, se resolvió a ella; pero no la finalizó, porque al Segundo osculo hizo la Doncella tan extraordinarios movimientos, por el gozo de ver tan próxima su redención, que temiendo le hiciese pedazos, huyó de ella, y de la gruta.
Referido así el caso, le explica el Padre Delrío, diciendo, que aunque puede ser que el sujeto de la historia padeciese alguna demencia, que le representase como visto lo que era puramente imaginado, se inclina más a que realmente la Doncella era un demonio del género de aquellos que llaman Lamias; los dos perros otros dos demonios, que eran guardas del tesoro, o verdadero, o imaginario; y que el intento de aquellos Espíritus infernales era matar al pobre Sastre, si hubiese dado el tercer osculo, de cuyo riesgo Dios le libró, imprimiéndole aquel terror que le hizo huir. Comentó bien excusado, cuando sería mucho más fácil, y mucho más verisímil cortar por la raíz, tratando de fabulosa la narración, la cual es un complejo de circunstancias extravagantes, que tiene todo el aire de cuento de viejas, y más cuando no hay otro fiador de la realidad más que un Sastre. Pero ha que en la Ciudad de Santiago se fabricó otro embuste semejante, interviniendo en él personas de muy superior condición a la del Sastre. Hay un monte vecino a aquella Ciudad, llamado Pico-Sagro, y en él una profunda caverna, en la cual se atrevieron a descender ciertos aventureros, que afirmaban después haber encontrado en ella un Ídolo de oro que guardaban dos Gigantes, con otras particularidades que hacían la relación completa. Averiguóse ser todo patraña, de que resultó bastante confusión a los autores de ella.
Ni es menos ridícula que el cuento pasado la causa que señala Lorenzo Ananías, citado por el mismo Delrío, de guardar el demonio con tanta vigilancia los tesoros escondidos. Dice que lo hace así por reservarlos para el Anti-Cristo, a quien los entregará para lograr el séquito de los hombres, y traerlos a la apostasía. ¿Pero de dónde se sabe esto? Responde, que el mismo demonio se lo reveló así a cierto adivino, Ariolo cuidam. Y el P. Delrío añade, que aunque el demonio, como padre de la mentira, no merece crédito alguno, no deja de ser algo verisímil, a vero parum abhorret, que ése sea el motivo porque el demonio guarda los tesoros. Pero yo pronuncio, que no tiene esto ni el menor vestigio de verisimilitud. ¿Para qué los demonios, que tienen otras muchas cosas que hacer, han de estar continuamente ligados a guardar los tesoros subterráneos, cuando con la diligencia momentánea de sepultarlos tres o cuatro picas más abajo, los resguardarán de la rapiña, y se desembarazarán de ese cuidado? Ni es necesario imputar la mentira, suponiendo que lo sea, al demonio: ¿no era bastantemente abonado para ella por sí mismo el Adivino?.
Arriba dije, que no me parecía enteramente inverisímil, que esta vulgar persuasión de que el demonio guarda los tesoros viniese de alguna de las dos fábulas, el dragón que guardaba las manzanas de las Hespérides, y el que defendía el vellocino de oro. Pero ahora, dentro del mismo recinto de las ficciones Mitológicas, me ocurre origen mucho más acomodado a aquel error vulgar. Entre las fingidas Deidades del Paganismo fue una Pluto, a quien veneraron como Dios de las riquezas. Quieren algunos distinguirle de Plutón Dios infernal; pero la opinión común dice que es el mismo. Está claro sobre la materia un pasaje de Cicerón en el libro 2. de Natura Deorum: dictus Pluto a Ploutos (voz Griega) hoc est, a divitiis, eo quod opes omnes ab inferis, hoc est, ab intimis, terrae visceribus eruantur. Lo propio dice Paseracio debajo del nombre de Pluto, en que se conoce que hablan de uno mismo: Plutus a Graecis fingitur divitiarum Deus. Pero sobre todo es decisiva en el asunto la autoridad de Platón, el cual en el Diálogo de Crátilo dice así: Plutonis nomen ex divitiarum contributione ductum est, eo quod inferne ex terra divitiae emergunt. De estos, y otros muchos pasajes, que se hallan en los Autores Mitológicos, se evidencia, que los Gentiles; que adoraban a Plutón como Dios del Infierno, no consideraban su imperio ceñido a aquella horrible caverna, destinada al suplicio eterno de los malos, sino extendido a todos los lugares, y sitios subterráneos, que es donde ya por las minas de los metales, ya por los tesoros escondidos, se hallan las riquezas. Ni en rigor las voces Latinas infernus, inferne, inferi, significan sino lo que está debajo de nosotros; y por consiguiente todo lo subterráneo, como se puede ver en los Diccionarios Latinos; así como las voces opuestas supernus, superne, superi, tampoco significan en rigor sino lo que está sobre nosotros; aunque en cosas pertenecientes a la Religión restringimos comúnmente el significado de las voces infernus, inferi, superi, a lo supremo, y a lo ínfimo.
No sólo parece hija de esta fábula Gentílica la falsa preocupación de los que hoy usan de Exorcismos para descubrir los tesoros; sino la misma, con sólo la diferencia de que éstos dan a Plutón su verdadero carácter que desfiguraban los Gentiles. Plutón era Intendente, y Depositario de los tesoros subterráneos. Eslo el demonio según nuestros preocupados vulgares. ¿Pero quién es realmente Plutón, Deidad del Gentilismo, sino el demonio? Quoniam omnes Dei Gentium daemonia, dice el Psalmista (Psalm. 95.); lo que con más propiedad se verifica de Plutón, que de todas las demás Deidades fingidas, por ser su morada, y lugar de su residencia el infierno, donde preside al castigo de los malhechores.
Pero tenga el origen que se quiera la aprehensión de que los demonios son custodios de los tesoros subterráneos, venga o no del Gentilismo, lo que nos hace al caso es saber que esta es una idea vana y ridícula, lo que me parece he demostrado arriba suficientísimamente; y la inspección de los conjuros; de que usan los minadores de tesoros para desencantarlos, como ellos dicen, descubre más su fatuidad. Ve aquí Vmd. la ceremonia con que concluyen todos sus conjuros, copiada del Librejo al pie de la letra, porque ría un poco.
Todo alrededor donde estuvieren, con agua bendita, y después con un humazo en una olla grande, como mirra, e incienso, y laurel, y yerbas de San Juan, y romero, y piedra azufre, y ruda, todo esto bendito, se ha de fumar el círculo todo alrededor, y por todo él muy bien: después dejarlo estar, incensando el medio: y así como fueren cavando, se ha de ir echando agua bendita; y cuando lo hallaren (el tesoro), lo han de fumar muy bien para quitarle el veneno, y pestilencia. E inmediatamente supone la advertencia de que intervengan en esto a lo menos tres Sacerdotes. Bien puede ser que algún Sacerdote mentecato haya sido autor de todos estos conjuros, porque he observado, que de tres siglos a esta parte, o poco más, algunos Sacerdotes idiotas van extendiendo cada día a más y más objetos improprios el uso de los Exorcismos. Nuestro Señor guarde a Vmd. muchos años, &c.

Tomo 3 -
Carta III -
Sobre el Rinoceronte, y Unicornio. Es respuesta a una anónima
Muy Señor mío: Aunque habiendo V... ocultado en la suya, sin que yo pueda adivinar el motivo, no sólo la persona, mas también el lugar de donde escribe, es preciso que yo ignore a quién, y a dónde debo dirigir la respuesta. No me quita esto la esperanza de que llegue a sus manos; porque estando yo en ánimo de estamparla en mi segundo Tomo de Cartas, y viendo por la de V... que es aficionado a mis Escritos, puedo suponer, que deseará ver esta nueva producción mía, y por consiguiente en ella se verá respondido. Réstame empero, por aquella omisión, la duda del tratamiento que debo dar a V... Veo en la Carta señas de ser por lo menos Señoría, pero que no desdicen de que sea Excelencia; ¿y qué sé yo si Alteza? Así me resuelvo a dejar lo del tratamiento de blanco, para que V... coloque el que le corresponde.
Díceme V... por vía de impugnación a lo que en el segundo Tomo del Teatro, disc. 2., escribí del Unicornio, que los Autores Naturalistas, que han escrito que no hay Rinocerontes, Unicornios terrestres, han estado en un error, lo que se prueba con un Rinoceronte, que se trajo vivo a Bruselas en el mes de Junio del presente año de 1743, el cual añade V... que su ayuda de Cámara, que se hallaba a la sazón en Bruselas, tuvo la curiosidad de ver como puesto en espectáculo a toda la Ciudad. La relación del Ayuda de Cámara, copiada por V... contiene lo siguiente: «Esta bestia no tiene más de cuatro años, y pesa tres mil quinientas libras; pero no ha crecido todavía lo que ha de crecer. Tiene un cuerno debajo de los ojos, el cual, aún no tiene más que un pie de largo, por razón de ser todavía cachorro; pero con el tiempo será de una vara como otros. Estos animales viven cien años. Comen todos los días cincuenta libras de heno, y veinticinco de pan, y beben catorce cubos de agua. Es tan alto como un buey de Frisia; y aunque tiene las piernas muy cortas, dicen, que corre más que un caballo. El pellejo no tiene pelo, pero está cubierto de una especie de pequeñas conchas. Tiene la cabeza como de ternera, pero mucho mayor. Está siempre el Rinoceronte ocupado en amolar su cuerno, por instinto natural, para defenderse de los Elefantes, que son sus mayores enemigos. Dicen que el Rey de Francia le quiere comprar para tenerle en Versalles.» Hasta aquí la relación, sobre la cual, y sobre lo que V... supone en ella, tengo que hacer uno, u otro reparo.
Entra V... suponiendo, que los Rinocerontes son los mismos que se llaman Unicornios terrestres. Es verdad que hay Autores que los confunden; pero los más, y mejores los distinguen, ya por la estatura, dando mucho mayor corpulencia al Rinoceronte; ya por el sitio del cuerno, el cual en el Unicornio sale de la frente, y en el Rinoceronte de la nariz; ya por el tamaño de él, suponen de mucha mayor longitud en el Unicornio que en el Rinoceronte; ya por la piel, que es pelosa en el Unicornio, y no en el Rinoceronte. También es común distinguirlos por el capítulo de la virtud alevifármaca, que conceden al cuerno del Unicornio, y niegan al del Rinoceronte.
Supuesta la distinción dicha, es claro, que la descripción hecha por el Ayuda de Cámara no cuadra al Unicornio, sí sólo al Rinoceronte; ya porque tiene el cuerno, no en la frente, o sobre los ojos, sino debajo de ellos, y por consiguiente en la nariz; ya por su pequeñez: pues aunque en la relación se pretende, que en llegando a su mayor incremento, será largo una vara, esto se me hace enteramente inverisímil, no teniendo ahora más que un pie, cuando ya la bestia es de tan gran corpulencia que pesa tres mil quinientas libras, pues un tercio más que creciese, el más agigantado Elefante no le igualaría; y comúnmente se le atribuye al Rinoceronte algo menor estatura que al Elefante, aunque algunos pretenden que sea igual. Y a la verdad, aún dudo que el mayor Elefante exceda el peso de tres mil quinientas libras. Finalmente, persuade que el de Bruselas es Rinoceronte, la piel cubierta, como dice la relación, con una especie de pequeñas conchas; lo que coincide con lo que dice Gesnero de un Rinoceronte, que en su tiempo se trajo a Portugal, cuya piel estaba llena de costras escamosas: Idem testantur, qui nostro saeculo belluam in Lusitania viderunt: pellem enim habere praedensam aiunt, ceu crustis quibusdam squamatim contextam (Gesner. in Rhinocer.)
Lo que añade el Ayuda de Cámara, que esa fiera está siempre ocupada en amolar el cuerno, por natural instinto, para defenderse de los Elefantes, juzgo inverisímil. Lo que dicen Plinio, Solino, Eliano, y otros Naturalistas es, que afila el cuerno cuando se prepara para pelear con el Elefante: Cornu ad saxa limato praeparat se pugna (Plin. lib. 8. cap. 20.) Sea esto así, lo que acaso nadie vió, pero ¿no se viene a los ojos, que si estuviese afilando siempre el cuerno le gastaría enteramente, y en vez de preparar la única arma que tiene para la pelea se desarmaría del todo? Supongo que algunos de tantos noveleros, como concurrieron a ver la fiera, se lo dijo el Ayuda de Cámara, y éste por falta de reflexión lo creyó.
También hallo alguna dificultad en el enorme peso de tres mil quinientas libras. Ya arriba dije, que acaso el mayor Elefante no pesa más. Pero permitamos, que éste arribe al peso de cuatro mil, que son ciento sesenta arrobas. Si la bestia de Bruselas, siendo aún cachorro, como sienta la relación, pesa tres mil quinientas, cuando crezca todo lo que puede crecer pesará cinco, o seis mil, o más: con que será mucho mayor que el mayor Elefante, lo que no pienso haya dicho algún Naturalista.
Convengo en que nada de esto quita que la relación sea verdadera en lo substancial, y como tal la admito, haciendo la distinción que se debe entre lo que al referente informaron sus ojos, y las noticias que adquirió por los oídos. Es justo que a él creamos lo primero, aunque él incautamente haya creído lo segundo. Pero supuesta como verdadera la relación, lo que ella nos presenta no es la bestia a quien particularmente damos el nombre de Unicornio, sino la que con nombre específico se llama Rinoceronte.
A quien particularmente, digo, damos el nombre de Unicornio; porque tomada esta voz genéricamente, y según toda la amplitud de su significación, también es adaptable, no sólo al Rinoceronte, mas también a otras algunas bestias que sólo tienen un cuerno, como son el Asno Indico, la Rupicapra Oriental, la llamada Origes, y otras. Hasta siete especies de brutos unicornes cuenta Jacobo Delechamp en su Comentario de Plinio. Sobre lo que acaso no hizo reflexión el doctísimo Autor de la Bibliografía Crítica, cuando pensó exhibir contra mí una prueba concluyente de la existencia del Unicornio terrestre con la especie, que trae nuestro Calmet en su Diccionario Bíblico, de ciertos Jesuitas Portugueses que vieron, y sustentaron Unicornios en la Etiopía: Quin & PP. Iesuitae Lusitani, & vidisse se, & aluisse in Aethiopia Unicornes testantur: pues para salvar la verdad de esta noticia no es menester, que aquéllos fuesen los que particularmente, y específicamente están en posesión de este nombre, pudiendo entenderse la voz como genérica de cualquiera de las muchas bestias, que no tienen más que un cuerno. Y que aquel grande Expositor la tomó en este sentido, se colige con evidencia de dos cosas: la una, que en la cláusula inmediata antecedente, a que es relativa la conjunción quin et, &c. No habla del Unicornio propiamente tal, y que posee este nombre como específico, sino del Rinoceronte: Cosmas Monachus Aegyptius ita Rhinocerontem describit, quasi notissima esset in Aethiopia bellua. Quin et, &c. La otra, la duda que en la misma parte muestra en orden a la existencia del Unicornio: Ex his plane, quae hucusque narrata sunt, satis intelligimus ea, quae de Unicornibus in Itinerariis narrantur, vel fabellas esse meras vel plura, ac varia belluarum genera unum, idemque reputari. ¿Cómo pudiera quedar dudoso en orden a la existencia del Unicornio propiamente tal, si de él entendiese la noticia que dan unos testigos tan calificados?
La confusión de los Autores, que nota Calmet en el citado pasaje, es ciertamente tan grande, que apenas sobre otro algún punto de Historia Natural se hallará mayor, ni acaso igual; pues debajo de un mismo nombre nos proponen animales de diferentes figuras, y tamaños, extendiendo asimismo esta diversidad a los cuernos de que están armados. Con todo, la mayor, y mejor parte de ellos está convenida en distinguir el Rinoceronte del Unicornio, ya por la mayor corpulencia de aquél, ya porque el cuerno del Rinoceronte nace de la nariz, y es breve como de pie y medio, y recorvo hacia arriba: el del Unicornio largo, recto, y sale de la frente.
La perplejidad, que con las varias descripciones inducen los Naturalistas, se aumenta, o se confirma conla inspección de los cuernos, entre sí diversísimos, que se muestran en varios gabinetes, y todos con el título de ser de Unicornios. Aunque a la verdad, la duda que se funda en esta diversidad, se pudiera allanar con un pensamiento que me ha ocurrido; y es, que verisímilmente esos cuernos, o algunos de ellos no son naturales, sino monstruosos. Como la naturaleza dentro de la clase de los animales, en orden a los miembros, se aparte muchas veces de las reglas comunes, dando a tal, o tal miembro una configuración, y magnitud muy distinta de la ordinaria: ¿por qué no podrá en brutos de una misma especie producir cuernos muy distintos en tamaños, y figura?
En conclusión, yo me mantengo en la incertidumbre, que manifesté en el lugar citado arriba del Teatro Crítico, sobre la existencia de bestia particular de las circunstancias que allí señaló en el num. 13. Y en cuanto a la virtud elexifármica universal, que atribuyen a aquel cuerno, no quedo en la misma indiferencia, antes resueltamente la juzgo fabulosa. También en el uso, y manifestación de esta virtud discrepan los Autores. Unos dicen, que disipa la cualidad venenosa, infundiéndose en el licor inficionado de ella, o echando el licor en un vaso hecho de él: otros que sudando demuestra el veneno que se pone a su vista. Y ya no faltan quienes también refieran esta maravilla del cuerno del Rinoceronte. Herbelot en su Biblioteca Oriental, v. Kerkedan (esto es el nombre que los Persas dan al Rinoceronte) dice, que los Reyes de la India tienen en sus mesas el cuerno de este animal, porque con su sudor se descubre cualquier veneno que pongan en ellas: Car elle sue al`aproche de quelque venin que ce soit. Crealo quien quisiere, que yo creo en Dios, a quien suplico guarde a V.. muchos años.
NOTA. No disimularé al Lector, que temo mucho que la noticia, que recibí del Rinoceronte de Bruselas, sea ficción de algún ocioso. Así de mi dictamen debe suspender el asenso, hasta que se le confirme por otra parte.

Tomo 4
Carta XIV-
Contra el abuso de acelerar más que conviene los Entierros
Exc.MOSeñor
Há diez y nueve años que dí a luz el V Tomo del Teatro Crítico, y en él un Discurso importantísimo, con el título de: Señales de muerte actual, que es el VI de aquel Tomo: importantísimo, digo, porque es sobre el importantísimo asunto de precaver, que los cuerpos humanos se entierren antes que se separe de ellos el alma; mostrando en él con varios ejemplos, que no pocas veces sucede esta funestísima tragedia. Pero con admiración he visto, que aunque ésta es una cosa en que supremamente se interesa todo el Género Humano, no ha producido mi advertencia alguna enmienda en el abuso de exponerse a ese riesgo; pues los Entierros, después acá (cuanto ha llegado a mi noticia), se aceleran del mismo modo que antes.
El docto Médico Romano Paulo Zaquías, escribió algo de esta materia en el lib. 5 de sus Cuestiones Médico-Legales, tit. 2, quaest. 12; pero mucho menos de lo que exige la importancia del asunto.
Con mucha mayor extensión Gaspar de los Reyes en su Campo Elysio, quaest. 79, donde refiere innumerables casos de sujetos que fueron creídos difuntos, y después se vió que no lo estaban. Pero aún dejo mucho que decir; y en lo que omitió hallé materia bastante para escribir algo de nuevo en el Discurso citado, y aún quedó no poco que añadir en esta Carta.
Bien deseaba yo, y aun esperaba que otros me ayudasen en tan útil empeño, considerando que mis fuerzas solas mal podrían detener la impetuosa corriente de tan general abuso. Al fin vino este socorro; y vino de aquel Gazofilacio Literario, de donde en el adelantamiento de las Ciencias, y Artes útiles, y necesarias se distribuyen otros muchos al mundo; esto es, de la Ciudad de París.
Nueve años después que yo dí a luz el citado Discurso; esto es, en el de 1742 pareció en París un libro intitulado: Disertación sobre la incertidumbre de las señales de muerte, y abusos de los Entierros, y embalsamamientos precipitados, su Autor Jacobo Benigno Vinslow, Doctor Regente de la Facultad de Medicina de París, de la Academia Real de las Ciencias, Médico doctísimo, y uno de los mayores, o acaso absolutamente el mayor Anatomista que hoy tiene la Europa. Pero aunque digo con verdad que este socorro vino de París, no es razón ocultar la parte que en él tuvo la gran Bretaña; pues aunque Mons. Vinslow es Profesor en Francia, debió su nacimiento a Inglaterra.
Este Escrito, aunque de bastante cuerpo, no salió entonces completado, ni se completó hasta el año de 45, en que se produjo otro más abultado con el mismo título, expresándose en él, que es segunda parte del referido. Ninguno de los dos libros he visto, sí sólo los extractos que sacaron de ellos los Diaristas de Trevoux. Pero los extractos bastan para darme a conocer, por los casos bien testificados que citan, que los que se entierran vivos son mucho más que los que yo pensaba hasta ahora; en lo que me confirmo, por muchas noticias pertenecientes a la misma materia, que después de escrito el expresado Discurso leí en algunos libros, y adquirí en varias conversaciones; lo que irritó mi celo para proseguir con esfuerzo en el empeño de persuadir la abolición de la perniciosa costumbre de acelerar más que conviene los Entierros.
Mas recelando siempre que el nuevo Escrito que destino a este fin, aun ilustrado con nuevas razones, y noticias, no produzca más efecto que el antecedente, sino fomentando con un poderos auxilio de otro orden; me vino al pensamiento, que el más eficaz que puedo solicitar es, que algún sujeto de ilustre autoridad, bien penetrado de la importancia del motivo, dentro del recinto donde su persuasión puede tener fuerza de ley, la emplee en desterrar, con la introducción de la práctica opuesta, la arriesgada aceleración de los Entierros. Y como por una parte en ninguno conozco, ni celo, ni capacidad superior a la de V.S.I. para conducir este intento al pretendido fin, y sé por otra, que la veneración que el Público tributa a su eminente piedad, y doctrina infunde en su ejemplo una grande actividad moral, para hacerse seguir de otros muchos; por lograr uno, y otro resolví dirigir a V.S.I. esta Carta, en que expongo lo que me ha parecido más oportuno a persuadir su asunto, tan satisfecho de mi bien fundada esperanza, como de mi acertada elección.
Dijo Aristóteles, Illmo. Señor, que de todo lo que es terrible, lo más terrible es la muerte: Mors autem maxime omnium est terribilis (Ethic. lib. 3, cap. 6). Sí. Toda muerte es muy terrible; pero más, o menos, según son mayores, o menores los dolores, y angustias que acompañan aquel amargo tránsito del ser a no ser; o hablando más propiamente, de este mundo a otro, del tiempo a la eternidad. ¿Pero cuál será la más terrible de todas? Juzgo que la que padece uno a quien entierran vivo. Lleváronle al sepulcro engañados de un síncope, o una apoplejía. Despierta, o vuelve en sí de allí a algunas horas, y conoce el infeliz estado en que se halla; ¿qué congojas hay iguales a las que experimenta aquel desdichado? Cuanto yo diga par explicarlas no será tanto como cualquiera puede imaginar. Creo que sean las únicas que se pueden comparar con las del infierno.
Pero si el caso es rarísimo, o sumamente extraordinario, no deberá su consideración aterrar mucho. La lástima es, que no son tan infrecuentes esos casos como comúnmente se imagina. Son muchos, y bien testificados los que Monsieur Vinslow refiere de personas que volvieron en sí, no sólo algunas horas, mas aun días enteros después de su imaginada muerte: y Monsieur Bruhier, Médico también de París, que tradujo del Latín al Francés la Disertación de Vinslow, añade a los que éste refiere una buena cantidad de otros; cuyas dos listas aún se pueden engrosar con los que yo estampé en el Discurso del Tomo V del Teatro, y con otros algunos que añadiré de nuevo; sobre los cuales, si se amontonan los que se pueden leer en la cuestión 79 del Campo Elysio de Gaspar de los Reyes, se hallará resultar en el cúmulo de todos una multitud que espanta.
Rara vez se puede saber con certeza que determinado sujeto particular se restituyó al sentido, y conocimiento, después de colocado en el sepulcro; porque rara vez ocurre el caso de reconocerlo por casualidad, u de examinarlo de intento. Cuéntase que se halló uno, u otro (entre ellos el Emperador Zenón) con las manos despedazadas; porque agitados de un despecho rabioso, habían hecho ese estrago con sus proprios dientes. Cuando se practicaba, y donde aún hoy se practica sepultar los cadáveres en bovedillas, o en urnas de plomo, o mármol, o en troncos huecos de árboles, como se usa en algunas Naciones, bárbaras, fácil es que suceda eso; pero muy difícil en nuestro modo común de enterrar; porque ¿cómo ha de dar movimiento a sus miembros un cuerpo oprimido de mucha tierra recalcada, y de una gruesa losa? Sin embargo, no me atrevo a darlo por absolutamente imposible; porque en aquel terrible estado de agonía puede el ánimo excitar el cuerpo a violentísimos impulsos, como se dice que los frenéticos tienen más pujanza que los sanos.
Mas aunque sólo en un rarísimo caso se pueda saber de sujeto determinado que fue enterrado vivo, con gran probabilidad se puede inferir, que no son rarísimos los que padecen tan funesta fatalidad. Son, o han sido muchos los que juzgados muertos, se recobraron antes que los sepultasen; o ya porque volvieron en breve del accidente, o ya porque quedó el cuerpo insepulto, o ya porque alguna casualidad hizo retardar el Entierro. Pero éstos, que acumulados en un globo, se pueden llamar muchos, son poquísimos, respecto de aquellos a quienes creyéndolos muertos, aunque erradamente, no se negó, o retardó el Entierro: Luego siendo en unos, y otros igual el riesgo de que se crea total extinción de la vida, lo que sólo fue un accidente, aunque grave, pasajero, es supremamente probable que fueron muchísimos más los que volvieron en sí dentro del sepulcro, que los que tuvieron la dicha de restaurarse fuera de él.
Ni se me diga que aunque los conduzcan al sepulcro, luego, sofocándolos la tierra, y losa sobrepuestas, pasará a verdadera la muerte imaginada. Esta respuesta nada vale, sabiéndose que algunos han vivido muchas horas, aun faltándoles enteramente la respiración. En la Carta IX del segundo Tomo, número 1, y 2 referí los casos de un ciego, y una niña, que estuvieron debajo del agua, ésta una hora, y aquél hora y media, por consiguiente faltándoles enteramente la respiración, sin perder la vida. En la Asamblea pública de la Sociedad Regia de León de Francia, celebrada a 23 de Abril de 1749 se testificó, que una niña de diez y siete años, natural de Lugar de Cluni, después de estar sumergida del mismo modo más de dos horas, se recobró enteramente con el remedio que expondré abajo.
Pero casos más admirables nos ofrecen en el libro citado arriba Monsieur Vinslow, y Monsieur Bruhier. Un Suizo, nadador de profesión, estuvo ahogado nueve horas; no obstante lo cual, extraído, vivió. La sumersión de un Jardinero de Troningolm (creo que es Lugar de Suecia), que yendo a socorrer a otro, que se ahogaba, rompiéndose el hielo que le sostenía, cayó al fondo, duró hasta diez y seis horas; y aunque le sacaron penetrado del frío, y casi helado, no dejó de vivir. Mucho más singular es lo de una mujer que estuvo tres días en el mismo estado, y se salvó. Los dos Autores citan los Médicos que refieren estos hechos. Y Paulo Zaquías, sobre la fe de Alejandro Benedicto, escribe, que algunos sumergidos se salvaron habiendo estado debajo del agua hasta cuarenta y ocho horas.
Muchos mirarán como quiméricos estos hechos. Mas yo les preguntaré ¿de dónde les consta su imposibilidad? Filósofos son los que los refieren; lo cual no harían, si los juzgasen imposibles. Basta esto para que los que no lo son, y por consiguiente carecen de principios para asentir, u disentir, suspendan por lo menos el disenso. De la misma calidad darán por imposible que ave alguna se conserve mucho tiempo debajo del agua. Sin embargo, varios Naturalistas afirman haberse visto pelotones de ellas, unidas unas a otras por los picos, en el fondo de algunos ríos; y el Padre Kirquer, Autor sin duda muy grave, dice, que en Polonia tal vez los Pescadores las sacan presas en sus anzuelos. ¿Quién puede asegurar que en algunos cuerpos humanos no haya tal disposición preternatural, que por ellas sean capaces de vivir mucho tiempo sin respiración, como sucede al feto en el claustro materno? Lo que en la Carta IX del segundo Tomo referí del ciego de Pamplona, y de la niña de Estella son hechos constantes; y a favor del primero tengo el testimonio o, por tantos títulos respetable, del señor Don Tiburcio de Aguirre, entonces Fiscal del Consejo de Pamplona, hoy Consejero del Consejo Real de las Órdenes, y Capellán Mayor de las Descalzas Reales. Y siendo cierto, que un hombre puede vivir hora y media sin respiración alguna; ¿qué principio tenemos para limitar puntualmente el espacio de tiempo hasta donde puede vivir del mismo modo? Lo de los Buzos del Oriente es cosa que saben infinitos.
Pero yo para nada he menester que sean verdaderos los casos de los que estuvieron días enteros, o muchas horas debajo del agua. Una, dos, o tres, en que esto sea factible, bastan para mi intento. Antes de terminarse el espacio de tiempo, y aun a los primeros golpes que da el sepulturero con el mazo, o con los pies sobre la tierra, o sobre la lápida, puede despertar de su síncope el mísero a quien enterraron vivo; y vele aquí cruelísimamente atormentado de aquellas infernales congojas que insinué arriba. ¿Qué hombre habrá de corazón tan valiente, que al considerar esto no se estremezca, y mucho más si hace la reflexión de que él está expuesto a padecer la misma desventura?
Supongo que no todos los que se entierran vivos convalecerían perfectamente del mal que los redujo al estado de parecer muertos, para vivir algún tiempo considerable, aunque no los enterrasen; pero convalecerían algunos de éstos, y no pocos, así como de iguales accidentes convalecieron algunos, y no pocos de aquellos a quienes la dilación del Entierro dio lugar para recobrarse. Contemplen, pues, los que son causa para que los Entierros se aceleren, el riesgo a que se exponen de ser homicidas, no como quiera, mas ocasionando una muerte la más amarga de todas.
La cautela para evitar tan horrible daño, tanto debe ser mayor, cuanto es difícil, y aun en los más casos imposible, reconocer alguna seña segura de que el que parece cadáver, realmente lo es. Paulo Zaquías, a quien siguen otros, dice, que no hay otra que la putrefacción incipiente. ¿Pero qué evidencia se puede tener de que empezó la putrefacción? ¿El color lívido? Ya se notó en muchos que estaban vivos. ¿La total falta de pulsación, y de respiración? Digo lo propio. ¿El mal olor? Algunos enfermos le exhalan tan malo como los cadáveres en el principio de su putrefacción.
De aquí se colige, que la más atenta inspección de los Médicos no siempre puede precaver el gravísimo inconveniente de entregar al sepulcro algunos vivos. Y siendo esto así, ¿con cuánta mayor frecuencia se incidirá en él, cuando en esto se procede tumultuariamente, y con la misma inconsideración con que se trataría el cadáver de un perro, como se hizo en algunos casos de reciente data, que voy a referir?
El primero sucedió en el Real Hospital de Palencia, donde arrojaron en la fosa un enfermo, y le cubrieron de tierra juzgándole muerto; y echando sobre él mismo otro cuerpo el día siguiente, o porque el golpe de este despertó al enterrado el día antecedente, o porque casualmente concurrió en aquel punto la emersión del deliquio, se halló que estaba vivo, y vivió algunos años después, ejerciendo el oficio de sepulturero: Realmente, ninguno más apto para ejercerle, pues su experiencia le haría más cauto para evitar a otros el riesgo en que él se halló, que comúnmente lo son los que se emplean en el mismo oficio.
El segundo, en cierta Ciudad de estos Reinos, que no nombro, porque se vendría por ella en conocimiento de los culpados, a quienes quiero evitar la confusión que de ahí les resultaría, aunque ellos la merecían, como castigo de su temeridad. Referiré la noticia como me la escribió un amigo de la más exacta veracidad, que estaba en el mismo Pueblo, y se informó punto por punto de todas las circunstancias del caso. Expresa éste lo primero el nombre del sujeto de la tragedia, que es preciso callar, por el mismo motivo que me obliga a callar el nombre del Pueblo; y luego prosigue así:
« Este Caballero padecía un continuo privilegio, ocasionado de los vivos dolores que le causaba el accidente de piedra, de que adolecía. Y para que se mitigase la sensación dolorosa, y pudiese conciliar el sueño, le recetaron los Médicos, que le asistían, cierta poción, en que entraron cinco granos de láudano. Tomada como a las seis de la tarde, y a breve rato le sobrevino una suspensión soporosa, que se le fue aumentando por grados hasta dejarle privado de sentido, y movimiento: de modo, que habiéndole reconocido los Médicos como a las nueve de la noche le declararon por difunto. En este concepto se dispuso luego una caja, en la cual pusieron el cadáver, y la cerraron con la tapa muy bien clavada. En cuya forma le llevaron a la una de la misma noche en un coche a toda diligencia al Lugar de N. distante dos leguas de esta Ciudad, donde retenía su Entierro. Y habiendo llegado a cosa de las tres, al tiempo de sacar la caja del coche, se observó estaba bañado en sangre, de la que había corrido del cuerpo creído difunto. Y no obstante, sin hacer otro examen, le depositaron en la Iglesia, y enterraron la mañana siguiente».
¿A quién no asombrará la estupidez de los Médicos? No me meto ahora en si la dosis del láudano fue excesiva; porque acaso los dolores, que pretendían atajar, eran tan vehementes, que ponían en mayor riesgo la vida, que el que se podía esperar de la fuerte dosis del medicamento. Pero la inmediata precedencia de este narcótico, y más siendo algo cuantioso al accidente, por sí sola bastaba a fundar la duda de si aquella era muerte, u deliquio. Y en tales circunstancias, no esperar más que tres horas para declararle difunto, y encerrarle en una caja, donde, si no lo estuviese, podía morir sofocado ¡Oh, ignorancia inaudita! ¿Pero este Caballero no tenía domésticos? ¿No tenía parientes? ¿No tenía vecinos? ¿No tenía amigos? No sólo tenía todo eso, mas también tenía mujer, y hijos. ¿Cómo éstos no impidieron tan enorme atentado? Porque la autoridad de los Médicos, que contra toda razón se tiene para tales decisiones por infalible, contra toda razón engañó a todos.
El tercer caso sucedió en una Aldea de Galicia. Refiriómelo el Padre Maestro Fray Domingo Ibarreta, hoy mi amado Compañero, y Regente de los Estudios de este Colegio. Pasando éste en un viaje suyo por dicha Aldea, hizo la mansión meridiana en la estrecha casita de una pobre Mesonera, a quien halló bañada en lágrimas por la muerte reciente de su marido; y procurando dar algún consuelo a su dolor, le dijo ella, que aunque la afligía mucho la muerte del consorte, pero mucho más la espantosa circunstancia de que, a su parecer, le habían enterrado accidentado, no muerto. Fue el caso, que el accidente fuese mortal, o no, le había sorprehendido en una operación lícita a un conyugado, pero en todos ocasionada a inducir desmayos con pérdida de sentido, y movimiento, como se ha visto muchas veces. Sobre la duda que podía mover esta circunstancia se añadió, que la mujer, al tiempo que trataban de llevarle a la sepultura, reparó que estaba sudando; y aun llegando a tocar el cuerpo, le reconoció algo caliente. ¿Pero de qué sirvieron estas advertencias? De nada. La desdichada mujer exclamó, gritó cuanto pudo para que se suspendiese el Entierro. Mas prevaleció el imperio del Cura, soberano en una triste Aldea; y arrancando el cadáver, o no cadáver de los brazos de su amante esposa, le metieron debajo de tierra. ¿No merecía el Cura, por estúpido (¿y qué sé yo si la codicia, que todo cabe en esa vilísima pasión, tuvo más parte en ello que la estupidez?) ser privado del Curato, y aun del Sacerdocio?
El cuarto fue en la Villa de Avilés, distante cuatro leguas de esta Ciudad. Llevaban a enterrar en el Convento de San Francisco de aquel Pueblo a un vecino, dado por muerto. Pero éste tuvo la dicha, de que pasando el féretro por debajo de la canal que vertía las aguas lluviosas, que caían sobre la casa de un Caballero titulado, descolgándose de ella un buen golpe de agua sobre la cara del que conducían a la Iglesia, de repente le restituyó el dominio de todas sus potencias. No sé si
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