dibujo de musas



Teatro crítico universal



Teatro crítico universal

Música de los templos

I
     En los tiempos antiquísimos, si creemos a Plutarco, sólo se usaba la música en los templos, y después pasó a los teatros. Antes servía para decoro del culto; después se aplicó para estímulo del vicio. Antes sólo se oía la melodía en sacros himnos; después se empezó a escuchar en cantinelas profanas. Antes era la música obsequio de las deidades; después se hizo lisonja de las pasiones. Antes estaba dedicada a Apolo; después parece que partió Apolo la protección de este arte con Venus. Y como si no bastara para apestar las almas ver en la comedia pintado el atractivo del deleite con los más finos colores de la retórica y con los más ajustados números de la poesía, por hacer más activo el veneno, se confeccionaron la retórica y la poesía con la música.
     Esta diversidad de empleos de la música indujo también como era preciso mover distintos afectos en el teatro que en el templo, se discurrieron distintos modos de melodía, a quienes corresponden, como ecos suyos, diversos afectos en la alma. Para el templo se retuvo el modo que llamaban dorio, por grave, majestuoso y devoto. Para el teatro hubo diferentes modos, según eran diversas las materias. En las representaciones amorosas se usaba el modo lidio, que era tierno y blando; y cuando se quería avivar la moción, el mixo-lidio, aún más eficaz y patético que el lidio. En las belicosas el modo frigio, terrible y furioso. En las alegres y báquicas, el eolio, festivo y bufonesco. El modo subfrigio servía de calmar los violentos raptos que ocasionaba el frigio; y así había para otros afectos otros modos de melodía.
     Si estos modos de los antiguos corresponden a los diferentes tonos de que usan los modernos, no está del todo averiguado. Algunos autores lo afirman, otros lo dudan. Yo me inclino más a que no, por la razón de que la diversidad de nuestros tonos no tiene aquel influjo para variar los afectos, que se experimentaba en la diversidad de los modos antiguos.


II
     

     Así se dividió en aquellos retirados siglos la música entre el templo y el teatro, sirviendo promiscuamente a la veneración de las aras y a la corrupción de las costumbres. Pero aunque esta fue una relajación lamentable, no fue la mayor que padeció este arte nobilísimo; porque esta se guardaba para nuestro tiempo. Los griegos dividieron la música, que antes, como era razón, se empleaba toda en el culto de la deidad, distribuyéndola entre las solemnidades religiosas y las representaciones escénicas; pero conservando en el templo la que era propia del templo, y dando al teatro la que era propia del teatro. Y en estos últimos tiempos ¿qué se ha hecho? No sólo se conservó en el teatro la música del teatro, mas también la música propia del teatro se trasladó al templo.
     Las cantadas que ahora se oyen en las iglesias son, en cuanto a la forma, las mismas que resuenan en las tablas. Todas se componen de menuetes, recitados, arietas, alegros, y a lo último se pone aquello que llaman grave; pero de eso muy poco, porque no fastidie. ¿Qué es esto? ¿En el templo no debiera ser toda la música grave? ¿No debiera ser toda la composición apropiada para infundir gravedad, devoción y modestia? Lo mismo sucede en los instrumentos. Ese aire de canarios, tan dominante en el gusto de los modernos, y extendido en tantas gigas, que apenas hay sonata que no tenga alguna, ¿qué hará en los ánimos, sino excitar en la imaginación pastoriles tripudios? El que oye en el órgano el mismo menuet que oyó en el sarao, ¿qué ha de hacer, sino acordarse de la dama con quien danzó la noche antecedente? De esta suerte la música, que había de arrebatar el espíritu del asistente desde el templo terreno al celestial, le traslada de la iglesia al festín. Y si el que oye, o por temperamento o por hábito, está mal dispuesto, no parará ahí la imaginación.
     ¡Oh, buen Dios! ¿Es esta aquella música que al grande Augustino, cuando aún estaba mutante entre Dios y el mundo, le exprimía gemidos de compunción y lágrimas de piedad? «¡Oh, cuánto lloré (decía el Santo hablando con Dios, en sus Confesiones), conmovido con los suavísimos himnos y cánticos de tu Iglesia! Vivísimamente se me entraban aquellas voces por los oídos, y por medio de ellas penetraban a la mente tus verdades. El corazón se encendía en afectos, y los ojos se deshacían en lágrimas.» Este efecto hacía la música eclesiástica de aquel tiempo; la cual, como la lira de David, expelía el espíritu malo, que aún no había dejado del todo la Ión de Augustino; y advocaba el bueno: la de este tiempo expele el bueno, si le hay, y advoca al malo. El canto eclesiástico de aquel tiempo era como el de las trompetas de Josué, que derribó los muros de Jericó; esto es, las pasiones que fortifican la población de los vicios. El de ahora es como el de las sirenas, que llevaban los navegantes a los escollos.

III

     ¡Oh, cuánto mejor estuviera la Iglesia con aquel canto llano, que fue el único que se conoció en muchos siglos, y en que fueron los máximos maestros del orbe los monjes de san Benito, incluyendo en primer lugar a san Gregorio el Grande y al insigne Guido Aretino, hasta que Juan de Murs, doctor de la Sorbona, inventó las notas, que señalan la varia duración de los puntos. En verdad que no faltaban en la sencillez de aquel canto melodías muy poderosas para conmover y suspender dulcemente los oyentes. Las composiciones de Guido Aretino se hallaron tan patéticas, que, llamado de su monasterio de Arezzo por el papa Benedicto VIII, no le dejó apartar de su presencia hasta que le enseñó a cantar un versículo de su Antifonario, como se puede ver en el cardenal Baronio, al año de 1022. Este fue el que inventó el sistema músico moderno, o progresión artificiosa, de que aún hoy se usa, y se llama la escala de Guido Aretino, y juntamente la pluralidad armoniosa de las voces y variedad de consonancias, la cual, si, como es más verosímil, fue conocida de los antiguos, ya estaba perdida del todo su noticia.
     Una ventaja grande tiene el canto llano, ejecutado con la debida pausa, para el uso de la Iglesia; y es, que, siendo por su gravedad incapaz de mover los afectos que se sugieren en el teatro, es aptísimo para inducir los que son propios del templo. ¿Quién, en la majestad sonora del himno Vexilla Regis, en la gravedad festiva del Pange lingua, en la ternura luctuosa del Invitatorio de difuntos, no se siente conmovido, ya a veneración, ya a devoción, ya a la lástima? Todos los días se oyen estos cantos, y siempre agradan; al paso que las composiciones modernas, en repitiéndose cuatro o seis veces, fastidian.
     No por eso estoy reñido con el canto figurado, o, como dicen comúnmente, de órgano. Antes bien conozco que hace grandes ventajas al llano, ya porque guarda sus acentos a la letra, lo que en el llano es imposible, ya porque la diferente duración de los puntos hace en el oído aquel agradable efecto que en la vista causa la proporcionada desigualdad de los colores. Sólo el abuso que se ha introducido en el canto de órgano, me hace desear el canto llano; al modo que el paladar busca ansioso el manjar menos noble, pero sano, huyendo del más delicado si está corrupto.


IV
     

     ¿Qué oídos bien condicionados podrán sufrir en canciones sagradas aquellos quiebros amatorios, aquellas inflexiones lascivas, que, contra las reglas de la decencia, y aun de la música, enseñó el demonio a las comediantas, y éstas a los demás cantores? Hablo de aquellos leves desvíos que con estudio hace la voz del punto señalado; de aquellas caídas desmayadas de un punto a otro, pasando no sólo por el semitono, mas también por todas las comas intermedias; tránsitos que ni caben en el arte, ni los admite la naturaleza.
     La experiencia muestra que las mudanzas que hace la voz en el canto, por intervalos menudos, así como tienen en sí no sé qué de blandura afeminada, no sé qué de lubricidad viciosa, producen también un afecto semejante en los ánimos de los oyentes, imprimiendo en su fantasía ciertas imágenes confusas, que no representan cosa buena. En atención a esto, muchos de los antiguos, y especialmente los lacedemonios, repudiaron, como nocivo a la juventud, el género de música llamado cromático, el cual, introduciendo bemoles y substenidos, divide la octava en intervalos más pequeños que los naturales. Oigamos a Cicerón: Chromaticum creditur repudiatum pridie fuisse genus, quod adolescentuna remollescerent eo genere animi; Lacedaemones improbasse feruntur. Supónese que con más razón reprobaron también el género llamado inarmónico, el cual, añadiendo más bemoles y substenidos, y juntándose con los otros dos géneros diatónico y cromático, que necesariamente le preceden, deja dividida la octava en mayor número de intervalos, haciéndolos más pequeños; por consiguiente, en esta mixtura, desviándose la voz a veces del punto natural por espacios aún más cortos, conviene a saber, los semitonos menores, resulta una música más molificante que la del cromático.
     ¿No es harto de lamentar que los cristianos no usemos de la precaución que tuvieron los antiguos, para que la música no pervierta en la juventud las costumbres? Tan lejos estamos de eso, que ya no se admite por buena aquella música que, así en las voces humanas como en los violines, no introduce los puntos que llaman extraños, a cada paso, pasando en todas las partes del diapasón del punto natural al accidental, y esta es la moda. No hay duda que estos tránsitos, manejados con sobriedad, arte y genio, producen un efecto admirable, porque pintan las afecciones de la letra con mucha mayor viveza y alma que las progresiones del diatónico puro, y resulta una música mucho más expresiva y delicada. Pero son poquísimos los compositores cabales en esta parte, y esos poquísimos echan a perder a infinitos, que queriendo imitarlos, y no acertando con ello, forman con los extraños que introducen, una música ridícula, unas veces insípida, otras áspera; y, cuando menos lo yerran, resulta aquella melodía de blanda y lasciva delicadeza, que no produce ningún buen efecto en la alma, porque no hay en ella expresión de algún afecto noble, si sólo de una flexibilidad lánguida y viciosa. Si con todo quisieren los compositores que pase está música, porque es de la moda, allá se lo hayan con ella en los teatros y en los salones; pero no nos la metan en las iglesias, porque para los templos no se hicieron las modas. Y si el oficio divino no admite mudanza de modas, ni en vestiduras, ni en ritos, ¿por qué la ha de admitir en las composiciones músicas?
     El caso es, que esta mudanza de modas tiene en el fondo cierto veneno, el cual descubrió admirablemente Cicerón, cuando advirtió que en la Grecia, al paso mismo que declinaron las costumbres hacia la corruptela, degeneró la música de su antigua majestad hacia la afectada molicie, o porque la música afeminada corrompió la integridad de los ánimos, o porque, perdida y estragada ésta con los vicios, estragó también los gustos, inclinándolos a aquellas bastardas melodías que simbolizan más con sus costumbres: Civitatumque hoc multarum in Graecia interfuit, antiquum vocum servare modum: quarum mores lapsi, ad mollitiem pariter sunt inmutati in cantibus; aut hac dulcedine, corruptelaque depravati, ut quidam putant; aut cum severitas morum ab alia vitio cecidi set, tum fuit in auribus animisque, mutatis etiam, huic mutationi locus. De suerte que el gusto de esta música afeminada, o es efecto, o causa, de alguna relajación en el ánimo. Ni por eso quiero decir que todos los que tienen este gusto adolecen de aquel defecto. Muchos son de severísimo genio y de una virtud incorruptible, a quien no tuerce la música viciada; pero gustan de ella, sólo porque oyen que es de la moda, y aun muchos sin gustar dicen que gustan, sólo porque no los tengan por hombres del siglo pasado, o como dicen, de calzas atacadas, y que no tienen la delicadeza de gusto de los modernos.


V
     

     Sin embargo, confieso que hoy salen a luz algunas composiciones excelentísimas, ahora se atienda la suavidad del gusto, ahora la sutileza del arte. Pero a vueltas de estas, que son bien raras, se producen innumerables que no pueden oírse. Esto depende, en parte, de que se meten a compositores los que no lo son, y en parte, de que los compositores ordinarios se quieren tomar las licencias que son propias de los maestros sublimes.
     Hoy le sucede a la música lo que a la cirugía. Así como cualquiera sangrador de mediana habilidad luego toma el nombre y ejercicio de cirujano, del mismo modo cualquiera organista o violinista de razonable destreza se mete a positor. Esto no les cuesta más que tornar de memoria aquellas reglas generales de consonancias y disonancias; des buscan el airecillo que primero ocurre, o el que más les da, de alguna sonata de violines, entre tantas como se ha ya manuscritas, ya impresas; forman el canto de la letra aquel tono, y siguiendo aquel rumbo luego, mientras que la voz canta, la van cubriendo por aquellas reglas generales con un acompañamiento seco, sin imitación ni primor alguno; y en las pausas de la voz entra la bulla de los violes, por el espacio de diez o doce compases, o muchos más, en la forma misma que la hallaron en la sonata de donde hicieron el hurto. Y aun eso no es lo peor, sino que algunas veces hacen unos borrones terribles, o ya porque, para dar a entender que alcanzan más que la composición trivial, introducen falsas, sin prevenirlas ni abonarlas; o ya porque, viendo que algunos compositores ilustres, pasando por encima de las reglas comunes, se toman algunas licencias, como dar dos quintas o dos octavas seguidas, lo cual sólo ejecutan en caso de entrar un paso bueno, o lograr otro primor armonioso, que sin esa licencia no se pudiera conseguir (y aun eso es con algunas circunstancias y limitaciones), toman osadía para hacer lo mismo sin tiempo ni propósito, con que dan un batacazos intolerables en el oído.
     Los compositores ordinarios, queriendo seguir los pasos de los primorosos, aunque no caen en yerros tan grosero vienen a formar una música, unas veces insípida y otras áspera. Esto consiste en la introducción de accidentales y mudanza de tonos dentro de la misma composición, de que lo maestros grandes usan con tanta oportunidad, que no sólo dan a la música mayor dulzura, pero también mucho más valiente expresión de los afectos que señala la letra. Alguno extranjeros hubo felices en esto pero ninguno más que nuestro don Antonio de Literes, compositor de primer orden, acaso el único que ha sabido juntar toda la majestad y dulzura de la música antigua con el bullicio de la moderna; pero en el manejo de los puntos accidentales es singularísimo, pues casi siempre que los introduce, dan una energía a la música, correspondiente al significado de la letra, que arrebata. Esto pide ciencia y numen; pero mucho más numen que ciencia; y así, se hallan en España maestros de gran conocimiento y comprehensión, que no logran tanto acierto en esta materia; de modo que en sus composiciones se admira sutileza del arte, sin conseguirse la aprobación del oído.
     Los que están desasistidos de genio, y por otra parte gozan no más que una mediana inteligencia de la música, meten falsas, introducen accidentales y mudan tonos, sólo por la moda lo pide, y porque se entienda que saben manejar estos sainetes; pero por la mayor parte no logran sainete alguno, y aunque no faltan a las reglas comunes, las composiciones salen desabridas; de suerte que, ejecutadas en templo, conturban los corazones de los oyentes, en vez producir en ellos aquella dulce calina que se requiere para la devoción y recogimiento interior.
     Entre los primeros y los segundos media otro género de compositores, que aunque más que medianamente hábiles, son los peores para las composiciones sagradas. Estos son aquellos que juegan de todas las delicadezas de que es capaz la música; pero dispuestas de modo, que forman una melodía bufonesca. Todas las irregularidades de que usan, ya en falsas, ya en accidentales, están introducidas con gracia; pero una gracia muy diferente de aquella que san Pablo pedía en el cántico eclesiástico, escribiendo a los colosenses: In gratia cantantes in cordibus vestris Deo; porque es una gracia de chufleta, una armonía de chulada; y así, los mismos músicos llaman jugueticos y monadas a los pasajes que encuentran más gustosos en este género. Esto es bueno para el templo? Pase norabuena en el patio de las comedias, en el salón de los saraos; pero en la casa de Dios chuladas, monadas y juguetes! ¿No es este un abuso impío? Querer que se tenga por culto de la deidad, ¿no es un error abominable? ¿Qué efecto hará esta música en los que asisten a los oficios? Aun a los mismos instrumentistas, al tiempo de la ejecución, los provoca a gestos indecorosos y a unas risillas de mojiganga. En los demás oyentes no puede influir sino disposiciones para la chocarrería y la chulada.
     No es esto querer desterrar la alegría de la música; sí sólo la alegría pueril y bufona. Puede la música ser gustosísima y juntamente noble, majestuosa, grave, que excite a los oyentes a afectos de respeto y devoción. O, por mejor decir, la música más alegre y deliciosa de todas es aquella que induce una tranquilidad dulce en la alma, recogiéndola en sí misma y elevándola, digámoslo así, con un género de rapto extático sobre su propio cuerpo, para que pueda tornar vuelo el pensamiento hacia las cosas divinas. Esta es la música alegre, que aprobaba san Agustín como útil en el templo, tratando de nimiamente severo a san Atanasio en reprobarla; porque su propio efecto es levantar los corazones abatidos de las inclinaciones terrenas a los afectos nobles: Ut per haec oblectamenta aurium infirmior animus in affectum pietatis assurgat.
     Es verdad que son pocos los maestros capaces de formar esta noble melodía, pero los que no pueden tanto, conténtense con algo menos, procurando siquiera que sus composiciones inclinen a aquellos actos interiores, que de justicia se deben a los divinos oficios, o por lo menos, que no exciten a los actos contrarios. En todo caso, aunque sea arriesgándose al desagrado del concurso, evítense esos sainetes cosquillosos que tienen cierto oculto parentesco con los afectos vedados; pues de los dos males en que puede caer la música eclesiástica, menos inconveniente es que sea escándalo de las orejas, que el que sea incentivo de los vicios.


VI
     

     Bien se sabe el poder que tiene la música sobre las almas para despertar en ellas o las virtudes o los vicios. De Pitágoras se cuenta que, habiendo con música apropiada inflamado el corazón de cierto joven en un amor insano, le calmó el espíritu y redujo al bando de la continencia mudando de tono. De Timoteo, músico de Alejandro, que irritaba el furor bélico de aquel príncipe, de modo que echaba mano a las armas, como si tuviera presentes los enemigos. Esto no era mucho porque conspiraba con el arte del agente la naturaleza del paso. Algunos añaden que le aquietaba después de haberle enfurecido, y Alejandro, que jamás volvió a riesgo alguno la espalda, venía a ser fugitivo entonces de su propia ira. Pero más es lo que se refiere de otro músico con Enrique II, rey de Dinamarca, llamado el Bueno; porque con un tañido furioso exacerbó la cólera del Rey en tanto grado, que arrojándose sobre sus domésticos, mató a tres o cuatro de ellos; y hubiera pasado adelante el estrago, si violentamente no le hubieran detenido. Esto fue mucho de admirar, porque era aquel rey de índole sumamente mansa y apacible.
     No pienso que los músicos de estos tiempos puedan hacer estos milagros. Y acaso tampoco los hicieron los antiguos, que estas historias no se sacaron de la Sagrada Escritura. Pero por lo menos, es cierto que la música, según la variación de las melodías, induce en el ánimo diversas disposiciones, unas buenas y otras malas. Con una nos sentimos movidos a la tristeza, con otra a la alegría; con una a la clemencia, con otra a la saña; con una a la fortaleza, con otra a la pusilanimidad, y así de las demás inclinaciones.
     No habiendo duda en esto, tampoco la hay en que el maestro que compone para los templos, debe, cuanto es de su parte, disponer la música de modo que mueva aquellos afectos más conducentes para el bien espiritual de las almas y para la majestad, decoro y veneración de los divinos oficios. Santo Tomás, tocando este punto en la 2.ª 2.ª quaest. 91. artic. 2, dice, que fue saludable la institución del canto en las iglesias, para que los ánimos de los enfermos, esto es, los de flaco espíritu, se excitasen a la devoción: Et ideo salubriter fuit institutum, ut in Divinas laudes cantus assumerentur, ut animi infirmorum magis excitarentur ad devotionem. ¡Ay, Dios! ¿Qué dijera el Santo si oyera en las iglesias algunas canciones, que en vez de fortalecer a los enfermos enflaquecen a los sanos; que en vez de introducir la devoción en el pecho, la destierran de la alma; que en vez de elevar el pensamiento a consideraciones piadosas, traen a la memoria algunas cosas ilícitas? Vuelvo a decir, que es obligación de los músicos, y obligación grave, corregir este abuso.
     Verdaderamente, yo, cuando me acuerdo de la antigua seriedad española, no puedo menos de admirar que haya caído tanto, que sólo gustemos de las músicas de tararira. Parece que la celebrada gravedad de los españoles, ya se redujo sólo a andar envarados por las calles. Los italianos nos han hecho esclavos de su gusto, con la falsa lisonja de que la música se ha adelantado mucho en este tiempo. Yo creo que lo que llaman adelantamiento, es ruina, o está muy cerca de serlo. Todas las artes intelectuales, de cuyos primores son con igual autoridad jueces el entendimiento y el gusto, tienen un punto de perfección, en llegando al cual, el que las quiere adelantar, comúnmente las echa a perder.
     Acaso le sucederá muy presto a la Italia (si no sucede ya) con la música, lo que le sucedió con la latinidad, oratoria y poesía. Llegaron estas facultades en el siglo de Augusto a aquel estado de propiedad, hermosura, gala y energía natural en que consiste su verdadera perfección. Quisieron refinarlas los que sucedieron a aquel siglo, introduciendo adornos impropios y violentos, con que las precipitaron de la naturalidad a la afectación, y de aquí cayeron después a la barbarie. Bien satisfechos estaban los poetas que sucedieron a Virgilio y los oradores que sucedieron a Cicerón, de que daban nuevos realces a las dos artes; pero lo que hicieron se lo dijo bien claro a los oradores el agudo Petronio, haciéndoles cargo de su ridícula y pomposa afectación: Vos primi omnium eloquentian, perdidistis.


VII
     

     Para ver si la música en este tiempo padece el mismo naufragio, examinemos en qué se distingue la que ahora se practica de la del siglo pasado. La primera y más señalada distinción que ocurre es la diminución de las figuras. Los puntos más breves que había antes eran las semicorcheas, con ellas se hacía juicio que se ponían, así el canto como el instrumento, en la mayor velocidad, de que sin violentarlos son capaces. Pareció ya poco esto, y se inventaron no há mucho las tricorcheas, que parten por mitad las semicorcheas. No paró aquí la extravagancia de los compositores, y inventaron las cuatricorcheas, de tan arrebatada duración, que apenas la fantasía se hace capaz de cómo en un compás pueden caber sesenta y cuatro puntos. No sé que se hayan visto hasta este siglo figuradas las cuatricorcheas en alguna composición, salvo en la descripción del canto del ruiseñor, que a la mitad del siglo pasado hizo estampar el padre Kircher, en el libro I de su Musurgia universal; y aun creo que tiene aquella solfa algo de lo hiperbólico; porque se me hace difícil que aquella ave, bien que dotada de órgano tan ágil, pueda alentar sesenta y cuatro puntos distintos, mientras se alza y baja la mano en un compás regular.
     Ahora digo que esta diminución de figuras, en vez de perfeccionar la música, la estraga enteramente, por dos razones: la primera es, porque rarísimo ejecutor se hallará que pueda dar bien ni en la voz ni en el instrumento puntos tan veloces. El citado padre Kircher dice que, habiendo hecho algunas composiciones de canto difíciles y exóticas (yo creo que no serían tanto como muchas de la moda de hoy), no halló en toda Roma cantor que las ejecutase bien. ¿Cómo se hallarán en cada provincia, mucho menos en cada catedral, instrumentistas ni cantores, que guarden exactamente así el tiempo como la entonación de esas figuras menudísimas, añadiéndose muchas veces a esta dificultad la de muchos saltos extravagantes, que también son de la moda? Semejante solfa pide en la garganta una destreza y volubilidad prodigiosa, y en la mano una agilidad y tino admirable; y así, en caso de componerse así, había de ser solamente para uno u otro ejecutor singularísimo que hubiese en esta o aquella corte, pero no darse a la imprenta para que ande rodando por las provincias; porque el mismo cantor que con una solfa natural y fácil agrada a los oyentes, los descalabra con esas composiciones difíciles; y en las mismas manos en que una sonata de fácil ejecución suena con suavidad y dulzura, la que es de arduo manejo sólo parece greguería.
     La segunda razón porque esa diminución de figuras destruye la música es, porque no se da lugar al oído para que perciba la melodía. Así como aquel deleite que tienen los ojos en la variedad bien ordenada de colores no se lograra, si cada uno fuese pasando por la vista con tanto arrebatamiento, que apenas hiciese distinta impresión en el órgano (y lo mismo es de cualesquiera objetos visibles), ni más ni menos, si los puntos en que se divide la música son de tan breve duración, que el oído no pueda actuarse distintamente de ellos, no percibe armonía, sino confusión. Así este inconveniente segundo como el primero, se hacen mayores por el abuso que cometen en la práctica los instrumentistas modernos; los cuales, aunque sean de manos torpes, generalmente hacen ostentación de tañer con mucha velocidad, y comúnmente llevan la sonata con más rapidez que quiere el compositor, ni pide el carácter de la composición. De donde se sigue perder la música su propio genio, faltar a la ejecución lo más esencial, que es la exactitud en la limpieza, y oír los circunstantes sólo una trápala confusa. Siga cada uno el paso que le prescribe su propia disposición; que si el que es pesado se esfuerza a correr tanto como el veloz, toda la carrera será tropiezos; y si el que sólo es capaz de correr quiere volar, presto se hará pedazos.
     La segunda distinción que hay entre la música antigua y moderna consiste en el exceso de ésta en los frecuentes tránsitos del género diatónico al cromático y inarmónico, mudando a cada paso los tonos con la introducción de substenidos y bemoles. Esto, como se dijo arriba, es bueno cuando se hace con oportunidad y moderación; pero los italianos hoy se propasan tanto en estos tránsitos, que sacan la armonía de sus quicios. Quien no lo quisiere creer, consulte desnudo de toda preocupación sus orejas, cuando oyere canciones o sonatas que abundan mucho de accidentales.
     La tercera distinción está en la libertad que hoy se toman los compositores para ir metiendo en la música todas aquellas modulaciones, que les van ocurriendo a la fantasía, sin ligarse a imitación o tema. El gusto que se percibe en esta música suelta, y digámoslo así, desgreñada, es sumamente inferior al de aquella hermosa ordenación con que los maestros del siglo pasado iban siguiendo con amenísima variedad un paso, especialmente cuando era de cuatro voces; así como deleita mucho menos un sermón de puntos sueltos, aunque conste de buenos discursos, que aquel que, con variedad de noticias y conceptos, va siguiendo conforme a las leyes de la elocuencia el hilo de la idea, según se propuso al principio lo planta. No ignoran los extranjeros el subido precio de estas, composiciones, ni faltan entre ellos algunas de este género excelentes pero comúnmente huyen de ellas, porque son trabajosas; y así, si una u otra introducen algún paso, luego le dejan, dando libertad a la fantasía para que se vaya por donde quisiere. Los extranjeros que vienen a España, por lo común son unos meros ejecutores, y así no pueden formar este género de música, porque pide más ciencia de la que tienen; pero para encubrir su defecto, procurarán persuadir acá a todos, que eso de seguir pasos no es de la moda.


VIII
     

     Esta es la música de estos tiempos, con que nos han regalado los italianos, por mano de su aficionado el maestro Durón, que fue el que introdujo en la música de España las modas extranjeras. Es verdad que después acá se han apurado tanto éstas, que si Durón resucitara, ya no las conociera; pero siempre se le podrá echar a él la culpa de todas estas novedades, por haber sido el primero que les abrió la puerta, pudiendo aplicarse a los aires de la música italiana, lo que cantó Virgilio de los vientos:
Qua data porta ruunt, et terras turbine perflant.
     Y en cuanto a la música, se verifica ahora en los españoles, respecto de los italianos, aquella fácil condescendencia a admitir novedades, que Plinio lamentaba en los mismos italianos respecto de los griegos: Mutatur quotidie ars interpolis, et ingeniorum graciae statu impellimur.
     Con todo, no faltan en España algunos sabios compositores, que no han cedido del todo a la moda, o juntamente con ella saben componer preciosos restos de la dulce y majestuosa música antigua, entre quienes no puedo excusarme de hacer segunda vez memoria del suavísimo Literes, compositor verdaderamente de numen original, pues en todas sus obras resplandece un carácter de dulzura elevada, propia de su genio, y que no abandona aun en los asuntos amatorios y profanos, de suerte que aun en las letras de amores y galanterías cómicas tiene un género de nobleza, que sólo se entiende con la parte superior de la alma; y de tal modo despierta la ternura, que deja dormida la lascivia. Yo quisiera que este compositor siempre trabajara sobre asuntos sagrados; porque el genio de su composición es más propio para fomentar afectos celestiales que para inspirar amores terrenos. Si algunos echan menos en él aquella desenvoltura bulliciosa que celebran en otros, por eso mismo me parece a mi mejor, porque la música, especialmente en el templo, pide una gravedad seria, que dulcemente calme los espíritus; no una travesura pueril, que incite a dar castañetadas. Componer de este modo es muy fácil, y así lo hacen muchos; del otro es difícil, y así lo hacen pocos.


IX
     

     Lo que se ha dicho hasta aquí del desorden de la música de los templos, no comprehende sólo las cantadas en lengua vulgar; mas también salmos, misas, lamentaciones y otras partes del oficio divino, porque en todo se ha entrado la moda. En lamentaciones impresas he visto aquellas mudanzas de aires, señaladas con sus nombres, que se estilan en las cantadas. Aquí se leía grave, allí airoso, acullá recitado. ¡Qué! ¿a un en una lamentación, no puede ser todo grave? ¿Y es menester que entren los airecillos de las comedias en la representación de los más tristes misterios? Si en el cielo cupiera llanto, lloraría de nuevo Jeremías al ver aplicar tal música a sus trenos. ¿Es posible que en aquellas sagradas quejas, donde cada letra es un gemido, donde, según varios sentidos, se lamentan, ya la ruina de Jerusalén por los caldeos, ya el estrago del mundo por los pecados, ya la aflicción de la Iglesia militante en las persecuciones, ya, en fin, la angustia de nuestro Redentor en sus martirios, se han de oír airosos y recitados? En el Alfabeto de los penitentes, como llaman algunos expositores a los trenos de Jeremías, ¿han de sonar los aires de festines y serenatas? ¡Con cuánta más razón se podía exclamar aquí, con la censura de Séneca contra Ovidio, porque en la descripción de un objeto tan trágico como el diluvio de Deucalión, introdujo algún verso tanto cuanto ameno! Non est res satis sobria lascivire devorato orbe terrarum. No sonó tan mal la cítara de Nerón cuando estaba ardiendo Roma, como suena la armonía de los bailes, cuando se están representando tan lúgubres misterios.
     Y sobre delinquirse en esto, contra las reglas de la razón, se peca también contra las leyes de la música, las cuales prescriben que el canto sea apropiado a la significación de la letra; y así, donde la letra toda es grave y triste, grave y triste debe ser todo el canto.
     Es verdad que contra esta regla, que es una de las más cardinales, pecan muy frecuentemente los músicos en todo género de composiciones, unos por defecto, y otros por exceso. Por defecto, aquellos que forman la música sin atención alguna al genio de la letra; pero en tan grosera falta apenas caen sino aquellos que no siendo verdaderamente compositores, no hacen otra cosa que tejer retazos de sonatas o coser arrapiezos de las composiciones de otros músicos. Por exceso yerran los que, observando con pueril escrúpulo la letra, arreglan el canto a lo que significa cada dicción de por sí, y no al intento de todo el contexto. Explicaráme un ejemplo de que usa el padre Kircher corrigiendo este abuso. Trazaba un compositor el canto para este versículo: Mors festinat luctuosa. Pues ¿qué hizo? En las voces mors y luctuosa metió una solfa triste; pero en la voz festinat, que está en medio, como significa celeridad y presteza, plantó unas carrerillas alegres, que al rocín más pesado, si las oyera, le harían dar cabriolas. Otro tanto y aun peor, vi en una de las lamentaciones que cité arriba, la cual, en la cláusula Deposita est vehementer non habens consolatorem, señalaba airoso. ¡Qué bien viene lo airoso para aquella lamentable caída de Jerusalén, o de todo el género humano, oprimido del peso de sus pecados, con la agravante circunstancia de faltar consuelo en la desdicha! Pero la culpa tuvo aquel adverbio vehementer, porque la expresión de vehemencia le pareció al compositor que pedía música viva; y así, llegando allí, apretó el paso, y para el vehementer gastó en carrerillas unas cuarenta corcheas; siendo así que aun esta voz, mirada por sí sola, pedía muy otra música, porque allí significa lo mismo que gravissime, expresando enérgicamente aquella pesadez, o pesadumbre, con que la ciudad de Jerusalén, agobiada de la brumante carga de sus pecados, dio en tierra con templo, casas y muros.
     En este defecto cayó, más que todos, el célebre Durón, en tanto grado, que, a veces, dentro de una misma copla variaba seis u ocho veces los afectos del canto, según se iban variando los que significaban por sí solas las dicciones del verso. Y aunque era menester para esto grande habilidad, como de hecho la tenía, era muy mal aplicada.


X
     

     Algunos (porque no dejemos esto por decir) juzgan que el componer la música apropiada a los asuntos, consiste mucho en la elección de los tonos; y así, señalan uno para asuntos graves, otro para los alegres, otro para los luctuosos, etc. Pero yo creo que esto hace poco o nada para el caso, pues no hay tono alguno en el cual no se hayan hecho muy expresivas y patéticas composiciones para todo género de afectos. El diferente lugar que ocupan los dos semitonos en el diapasón, que es en lo que consiste la distinción de los tonos, es insuficiente para inducir esa diversidad; ya porque donde quiera que se introduzca un accidental (y se introducen a cada paso) altera ese orden; ya porque varias partes, o las más de la composición, variando los términos, cogen los semitonos en otra positura que la que tienen, respecto del diapasón. Pongo por ejemplo: aunque el primer tono, que empieza en Delasotre, vaya por este orden, primero un tono, luego un semitono después tres tonos, a quienes sigue otro, y en fin, un tono; los diferentes rasgos de la composición, tomado cada uno de por sí, no siguen ese orden, porque uno empieza en el primer semitono, otro en el tono que está después de él, y así de todas las demás partes del diapasón, y acaban donde más bien le parece al compositor, con que en cada rasgo de la composición se varía la positura de los semitonos, tanto como en los diferentes diapasones, que constituyen la diversidad de los tonos.
     Esto se confirma con que los mayores músicos están muy discordes en la designación de los tonos, respectivamente a diversos afectos. El que uno tiene por alegre, otro tiene por triste; el que uno por devoto, otro por juguetero. Los dos grandes jesuitas, el padre Kircher y el padre Dechales, están en esto tan opuestos, que un mismo tono le caracteriza el padre Kircher de este modo: Harmoniosus, magnificus, et regia majestate plenus. Y el padre Dechales dice: Ad tripudia et choreas est comparatus, diciturque propterea lascivus; y poco menos discrepan en señalar los caracteres de otros tonos, bien que no de todos.
     Lo dicho se entiende de la diversidad esencial de los tonos, que consiste en la diversa positura de los semitonos en el diapasón; pero no de la diversidad accidental, que consiste en ser más altos o más bajos. Esta algo puede conducir, porque la misma música puesta en voces más bajas, es más religiosa y grave, y trasladada a las altas, perdiendo un poco de la majestad, adquiere algo de viveza alegre, por cuya razón soy de sentir que las composiciones para las iglesias no deben ser muy subidas; pues sobre que las voces en el canto van comúnmente violentas, y por tanto suenan ásperas, carecen de aquel fácil juego que es menester para dar las afecciones que pide la música, y aun muchas veces claudican en la entonación; digo que, a más de estos inconvenientes, no mueven tanto los afectos de respeto, devoción y piedad, como si se fomaran en tono más bajo.


XI
     

     Por la misma razón estoy mal con la introducción de los violines en las iglesias. Santo Tomás, en el lugar citado arriba, quiere que ningún instrumento músico se admita en el templo, por la razón de que estorba a la devoción aquella delectación sensible que ocasiona la música instrumental; pero esta razón es difícil de entender, habiendo dicho el Santo que la delectación que se percibe en el canto, induce a devoción a los espíritus flacos, y no parece que hay disparidad de una a otra, porque si se dice que la significación de la letra que se canta, ofreciendo a la memoria las cosas divinas, hace que la delectación en el canto sirva como de vehículo que lleve el corazón hacia ellas, lo mismo sucederá en la delectación del instrumento que acompaña la letra y el canto. Añádese a esto, que el Santo en el mismo lugar aprueba el uso de los instrumentos músicos en la sinagoga, por la razón de que aquel pueblo, como duro y carnal, convenía que con este medio se provocase a la piedad. Luego, por lo menos para semejantes genios, convienen en la iglesia los instrumentos músicos; y por consiguiente, siendo de este jaez muchísimos de los que concurren a la iglesia en estos tiempos, siempre serán de grande utilidad los instrumentos. Fuera de que, no puedo entender cómo la delectación sensible que ocasiona la música instrumental induzca a devoción a los que por su dureza están menos dispuestos para ella, y la impida en los que tienen el corazón más apto para el culto divino.
     Conozco y confieso que es mucho más fácil que yo no entienda a santo Tomás, que no que el Santo dejase de decir muy bien. Mas en fin, la práctica universal de toda la Iglesia autoriza el uso de los instrumentos. El caso está en la elección de ellos; y por mí digo que los violines son impropios en aquel sagrado teatro; sus chillidos, aunque armoniosos, son chillidos, y excitan una viveza como pueril en nuestros espíritus, muy distante de aquella atención decorosa que se debe a la majestad de los misterios, especialmente en este tiempo, que los que componen para violines ponen estudio en hacer las composiciones tan subidas, que el ejecutor vaya a dar en el puente con los dedos.
     Otros instrumentos hay respetuosos y graves, como el arpa, el violón, la espineta, sin que sea inconveniente de alguna monta que falten tiples en la música instrumental; antes con esto será más majestuosa y seria, que es lo que en el templo se necesita. El órgano es un instrumento admirable, o un compuesto de muchos instrumentos. Es verdad que los organistas hacen de él, cuando quieren, gaita y tamboril, y quieren muchas veces.


XII
     

No será fuera del intento, antes muy conforme a él, decir aquí algo de la poesía que hoy se hace para las cantadas del templo, o como llaman, a lo divino. Sin temeridad me atreveré a pronunciar, que la poesía en España está mucho más perdida que la música. Son infinitos los que hacen coplas, y ninguno es poeta. Si se me pregunta cuáles son las artes más difíciles de todas, responderé que la médica, poética y oratoria; y si se me pregunta cuáles son más fáciles, responderé que la poética, oratoria y médica. No hay licenciado que, siquiere, no haga coplas. Cuantos religiosos sacerdotes hay, suben al púlpito y cuantos estudian medicina, hallan partido; pero ¿adónde está el médico verdaderamente sabio, el poeta cabal y el orador perfecto?
     Nuestro eruditísimo monje don Juan de Mabillón, en su libro de Estudios monásticos, dice que un poeta excelente es una alhaja rarísima; y yo me conformo con su dictamen, porque, si se mira bien, ¿dónde se encuentra, entre tantas coplas como salen a luz, una sola que, dejando otras muchas calidades, sea juntamente natural y sublime, dulce y eficaz, ingeniosa, clara, brillante sin afectación, sonora sin turgencia, armoniosa sin impropiedad, corriente sin tropiezo, delicada sin melindre, valiente sin dureza, hermosa sin afeite, noble sin presunción, conceptuosa sin obscuridad? Casi osaré decir, que quien quisiere hallar un poeta que haga versos de este modo, le busque en la región donde habita el fénix.
     Por lo menos en España, según todas las apariencias, hoy no hay que buscarle, porque está la poesía en un estado lastimoso. El que menos mal lo hace (exceptuando uno u otro raro), parece que estudia en cómo lo ha de hacer mal. Todo el cuidado se pone en hinchar el verso con hipérboles irracionales y voces pomposas; con que sale una poesía hidrópica confirmada, que da asco y lástima verla. La propiedad y naturalidad, calidades esenciales, sin las cuales, ni la poesía ni la prosa jamás pueden ser buenas, parece que andan fugitivas de nuestras composiciones. No se acierta con aquel resplandor nativo que hace brillar el concepto; antes los mejores pensamientos se desfiguran con locuciones afectadas, al modo que cayendo el aliño de una mujer hermosa en manos indiscretas, con ridículos afeites se le estraga la belleza de las facciones.
     Esto en general de la poesía española moderna; pero la peor es la que se oye en las cantilenas sagradas. Tales son, que fuera mejor cantar coplas de ciegos, porque al fin estas tienen sus afectos devotos, y su misma rústica sencillez está en cierto modo haciendo señas a la buena intención. Toda la gracia de las cantadas que hoy suenan en las iglesias, consiste en equívocos bajos, metáforas triviales, retruécanos pueriles; y lo peor es, que carecen enteramente de espíritu y moción, que es lo principal o lo único que se debiera buscar. En esta parte han pecado aun los buenos poetas. Don Antonio de Solís fue sin duda nobilísimo ingenio, y que entendió bien todos los primores de la poesía, excediéndose a sí mismo, y excediendo a todos, en pintar los afectos con tan propias, íntimas y sutiles expresiones, que parece que los da mejor a conocer su pluma que la experiencia. Con todo, en sus letrillas sacras se nota una extraña decadencia, pues no se encuentra en ellas aquella nobleza de pensamientos, aquella delicadeza de expresiones, aquella moción de afectos, que se halla a cada paso en otras poesías líricas suyas; y no es porque le faltase numen para asuntos sagrados, pues sus endechas a la conversión de San Francisco de Borja son lo mejor que hizo, y acaso lo más sublime que hasta ahora se ha compuesto en lengua castellana.
     Creo que esto ha dependido de que, así Solís como otros poetas de habilidad, a estas letrillas que se hacen para las festividades, las han mirado como cosa de juguete, siendo así, que ninguna otra composición puede atenderse con tanta seriedad. ¿Qué asunto más no le que el de estas composiciones, donde ya se elogian las virtudes de los santos, ya se representa la excelencia de los misterios y atributos divinos? Aquí es donde se habían de esforzar más los que tienen numen. ¿Qué empleo más digno de un genio ventajoso que pintar la hermosura de la virtud, de suerte que enamore; representar la fealdad del vicio, de modo que horrorice; elogiar a Dios y a sus santos, de forma que el elogio encienda a la imitación y al culto? Lo grande la poesía es aquella actividad persuasiva, que se mete dentro de la alma, y mueve el corazón hacia la parte que quiere el poeta. Este no es juego de niños, dice nuestro Mabillón hablando de la poesía; mucho menos será juego de niños la poesía sagrada. Con todo la que se canta en nuestras iglesias no es otra cosa.
     Aun aquellos cuyas composiciones se estiman, no hacen otra cosa que preparar los conceptillos que les ocurren sobre el asunto; y aunque no tengan entre sí unión de respeto o conducencia a algún designio, los distribuyen en las coplas; de modo que todo lo que se llama dicho o concepto, aunque uno vaya para Flandes y otro para Marruecos, se hace que entre en el contexto; y como cada copla diga algo (así se explican), aunque sea sin moción, espíritu ni fuerza, más es, aunque sea sin orden, ni dirección a fin determinado, se dice que es buena composición, como no merece el nombre de composición, como no merece el nombre de edificio un montón de piedras, ni el nombre de pintura cualquiera agregado de colores.
     La sentencia aguda, el chiste, el donaire, el concepto, son adornos precisos de la poesía; pero se han de ver en ella, no como que son buscados con estudio, sí como que al poeta se le vienen a la mano. Él ha de seguir su camino según en rumbo propuesto, echando mano solo de aquellas flores que encuentra al paso, o que nacen en el mismo camino. Así lo hicieron aquellos grandes maestros, los Virgilios, los Ovidios, los Horacios y cuanto tuvo de ilustre la antigüedad en este arte. Hacer coplas, que no son más que unas masas informes de conceptillos, es una cosa muy fácil, y juntamente muy inútil, porque no hay en ellas, ni cabe, alguno de los primores altos de la poesía. ¿Qué digo, primores altos de la poesía? Ni aun las calidades que son de su esencia.
     Pero aún no he dicho lo peor que hay en las cantadas a lo divino; y es que, ya que no todas, muchísimas están compuestas al genio burlesco; ¡con gran discreción por cierto, porque las cosas de Dios son cosas de entremés! ¿Qué concepto darán del inefable misterio de la Encarnación mil disparates puestos en las bocas de Gil y Pascual? Déjolo aquí, porque me impaciento de considerarlo. Y a quien no le disonare tan indigno abuso por sí mismo, no podré yo convencerle con argumento alguno.




Paralelo de las lenguas castellana y francesa
I
     Dos extremos, entrambos reprehensibles, noto en nuestros españoles, en orden a las cosas nacionales: unos las engrandecen hasta el cielo; otros las abaten hasta el abismo. Aquellos, que ni con el trato de los extranjeros, ni con la lectura de los libros, espaciaron su espíritu fuera del recinto de su patria, juzgan que cuanto hay de bueno en el mundo está encerrado en ella. De aquí aquel bárbaro desdén con que miran a las demás naciones, asquean su idioma, abominan sus costumbres, no quieren escuchar, o escuchan con irrisión, sus adelantamientos en artes y ciencias. Bástales ver a otro español con un libro italiano o francés en la mano, para condenarle por genio extravagante y ridículo. Dicen que cuanto hay bueno y digno de ser leído, se halla escrito en los dos idiomas latino y castellano; que los libros extranjeros, especialmente franceses, no traen de nuevo sino bagatelas y futilidades; pero del error que padecen en esto, diremos algo abajo.
     Por el contrario, los que han peregrinado por varias tierras, o sin salir de la suya, comerciado con extranjeros, si son picados tanto cuanto de la vanidad de espíritus amenos, inclinados a lenguas y noticias, todas las cosas de otras naciones miran con admiración, las de la nuestra con desdén. Sólo en Francia, pongo por ejemplo, reinan, según su dictamen, la delicadeza, la policía, el buen gusto: acá todo es rudeza y barbarie. Es cosa graciosa ver a algunos de estos nacionalistas (que tomo por lo mismo que antinacionales) hacer violencia a todos sus miembros, para imitar a los extranjeros en gestos, movimientos y acciones, poniendo especial estudio en andar como ellos andan, sentarse como se sientan, reírse como se ríen, hacer la cortesía como ellos la hacen, y así de todo lo demás. Hacen todo lo posible por desnaturalizarse, y yo me holgaría que lo lograsen enteramente, porque nuestra nación descartase tales figuras.
     Entre estos, y aun fuera de estos, sobresalen algunos apasionados amantes de la lengua francesa, que, prefiriéndola con grandes ventajas a la castellana, ponderan sus hechizos, exaltan sus primores, y no pudiendo sufrir ni una breve ausencia de su adorado idioma, con algunas voces que usurpan de él, salpican la conversación, aun cuando hablan en castellano. Esto, en parte, puede decirse que ya se hizo moda; pues los que hablan castellano puro, casi son mirados como hombres del tiempo de los godos.




Defensa de las mujeres

I
     En grave empeño me pongo. No es ya sólo un vulgo ignorante con quien entro en la contienda: defender a todas las mujeres, viene a ser lo mismo que ofender a casi todos los hombres, pues raro hay que no se interese en la precedencia de su sexo con desestimación del otro. A tanto se ha extendido la opinión común en vilipendio de las mujeres, que apenas admite en ellas cosa buena. En lo moral las llena de defectos, y en lo físico de imperfecciones; pero donde más fuerza hace, es en la limitación de sus entendimientos. Por esta razón, después de defenderlas, con alguna brevedad, sobre otros capítulos, discurriré más largamente sobre su aptitud para todo género de ciencias y conocimientos sublimes.
     El falso profeta Mahoma, en aquel mal plantado paraíso, que destinó para sus secuaces, les negó la entrada a las mujeres, limitando su felicidad al deleite de ver desde afuera la gloria que habían de poseer dentro los hombres. Y cierto que sería muy buena dicha de las casadas ver en aquella bienaventuranza, compuesta toda de torpezas, a sus maridos en los brazos de otras consortes, que para este efecto fingió fabricadas de nuevo aquel grande artífice de quimeras. Bastaba para comprehender cuanto puede errar el hombre, ver admitido este delirio en una gran parte del mundo.      Pero parece que no se aleja mucho de quien les niega la bienaventuranza a las mujeres en la otra vida, el que les niega casi todo el mérito en esta. Frecuentísimamente los más torpes del vulgo representan en aquel sexo una horrible sentina de vicios, como si los hombres fueran los únicos depositarios de las virtudes. Es verdad que hallan a favor de este pensamiento muy fuertes invectivas en infinitos libros; en tanto grado, que uno a otro apenas quieren aprobar ni una sola por buena; componiendo, en la que está asistida de las mejores señas, la modestia en el rostro con la lascivia en la alma:
Aspera si risa est, rigidasque imitata Sabinas,
Velle, sed ex alto dissimulare puta.
Contra tan insolente maledicencia, el desprecio y la detestación son la mejor apología. No pocos de los que con más frecuencia y fealdad pintan los defectos de aquel sexo, se observa ser los más solícitos en granjear su agrado. Eurípides fue sumamente maldiciente de las mujeres en sus tragedias, y, según Ateneo y Stobeo, era amantísimo de ellas en su particular: las execraba en el teatro, y las idolatraba en el aposento. El Boccacio, que fue con grande exceso impúdico, escribió contra las mujeres la violenta sátira, que intituló Laberinto del amor. ¿Qué misterio habrá en esto? Acaso con la ficción de ser de este dictamen quieren ocultar su propensión; acaso en las brutales saciedades del torpe apetito se engendra un tedio desapacible, que no representa sino indignidades en el otro sexo. Acaso también se venga tal vez con semejantes injurias la repulsa de los ruegos; que hay hombre tan maldito, que dice que una mujer no es buena, sólo porque ella no quiso ser mala. Ya se ha visto desahogarse en más atroces venganzas esta injusta queja, como testifica el lastimoso suceso de la hermosísima irlandesa madama Duglas. Guillermo Leout, ciegamente irritado contra ella porque no había querido condescender con su apetito, la acusó de crimen de lesa majestad, y probando con testigos sobornados la calumnia, la hizo padecer pena capital. Confesola después el mismo Leout, y refiere el suceso La Mota le Vayer.
     No niego los vicios de muchas. ¡Mas ay! si se aclarara la genealogía de sus desórdenes, ¡cómo se hallaría tener su primer origen en el porfiado impulso de individuos de nuestro sexo! Quien quisiere hacer buenas a todas las mujeres, convierta a todos los hombres. Puso en ellas la naturaleza por antemural la vergüenza, contra todas las baterías del apetito; y rarísima vez se le abre a esta muralla la brecha por la parte interior de la plaza.
     Las declamaciones que contra las mujeres se leen en algunos escritores sagrados, se deben entender dirigidas a las perversas, que no es dudable las hay: y aun cuando miraran en común al sexo, nada se prueba de ahí; porque declaman los médicos de las almas contra las mujeres, como los médicos de los cuerpos contra las frutas, que, siendo en sí buenas, útiles y hermosas, el abuso las hace nocivas. Fuera de que, no se ignora la extensión que admite la oratoria en ponderar el riesgo, cuando es su intento desviar el daño.
     Y díganme los que suponen más vicios en aquel sexo que en el nuestro, ¿cómo componen esto con darle la Iglesia a aquel con especialidad el epíteto de devoto? ¿Cómo, con lo que dicen gravísimos doctores, que se salvarán más mujeres que hombres, a mi atendida la proporción a su mayor número? Lo cual no fundan ni pueden fundar en otra cosa, que en la observación de ver en ellas más inclinación a la piedad.      Ya oigo contra nuestro asunto aquella proposición, de mucho ruido y de ninguna verdad, que las mujeres son causa de todos los males; en cuya comprobación, hasta los ínfimos de la plebe inculcan a cada paso que la Cava indujo la pérdida de toda España, y Eva la de todo el mundo.
     Pero el primer ejemplo absolutamente es falso. El conde don Julián fue quien trajo los moros a España, sin que su hija se lo persuadiese, quien no hizo más que manifestar al padre su afrenta. ¡Desgraciadas mujeres, si en el caso de que un insolente las atropelle, han de ser privadas del alivio de desahogarse con el padre o con el esposo! Eso quisieran los agresores de semejantes temeridades. Si alguna vez se sigue una venganza injusta, será la culpa, no de la inocente ofendida, sino del que la ejecuta con el acero y del que dio ocasión con el insulto, y así, entre los hombres queda todo el delito.      El segundo ejemplo, si prueba que las mujeres en común son peores que los hombres, prueba del mismo modo que los ángeles en común son peores que las mujeres; porque, como Adán fue inducido a pecar por una mujer, la mujer fue inducida por un ángel. No está hasta ahora decidido quién pecó más gravemente, si Adán, si Eva; porque los padres están divididos; y en verdad, que la disculpa que da Cayetano a favor de Eva, de que fue engañada por una criatura de muy superior inteligencia y sagacidad, circunstancia que no ocurrió en Adán, rebaja mucho, respecto de este, el delito de aquella.





Las modas

I
     Siempre la moda fue de la moda. Quiero decir que siempre el mundo fue inclinado a los nuevos usos. Esto lo lleva de suyo la misma naturaleza. Todo lo viejo fastidia. El tiempo todo lo destruye. A lo que no quita la vida, quita la gracia. Aun las cosas insensibles tienen, como las mujeres, vinculada su hermosura a la primera edad, y todo donaire pierden al salir de la juventud; por lo menos así se representa a nuestros sentidos, aun cuando no hay inmutación alguna en los objetos.
Est quoque cunctarum novitas gratissima rerum.
     Piensan algunos que la variación de las modas depende de que sucesivamente se va refinando más el gusto, o la inventiva de los hombres cada día es más delicada. ¡Notable engaño! No agrada la moda nueva por mejor, sino por nueva. Aun dije demasiado. No agrada porque es nueva, sino porque se juzga que lo es, y por lo común se juzga mal. Los modos de vestir de hoy, que llamamos nuevos, por la mayor parte son antiquísimos. Aquel linaje de anticuarios, que llaman medallistas (estudio que en las naciones también es de la moda), han hallado en las medallas, que las antiguas emperatrices tenían los mismos modos de vestidos y tocados que, como novísimos, usan las damas en estos tiempos. De los fontanges que se juzgan invención de este tiempo próximo, se hallan claras señas en algunos poetas antiguos. Juvenal, sátira:
Tot premit ordinibus, tot adhuc compagibus altum
Aedificat caput.
     Stacio, silva 2.ª:
Celsae procul aspice frontis honores,
Sugestumque comae.
     De, modo que el sueño del año magno de Platón, en cuanto a las modas se hizo realidad. Decía aquel filósofo que, pasado un gran número de años, restituyéndose a la misma positura los luminares celestes, se haría una regeneración universal de todas las cosas; que nacerían de nuevo los mismos hombres, los mismos brutos, las mismas plantas, y aun repetiría la fortuna los mismos sucesos. Si lo hubiera limitado a las modas, no fuera sueño, sino profecía. Hoy renace el uso mismo que veinte siglos ha espiró. Nuestros mayores le vieron decrépito, y nosotros le logramos niño. Enterróle entonces el fastidio, y hoy le resucita el antojo.

II

     

     Pero aunque en todos tiempos reinó la moda, está sobre muy distinto pie en este que en los pasados su imperio. Antes el gusto mandaba en la moda, ahora la moda manda en el gusto. Ya no se deja un modo de vestir porque fastidia, ni porque el nuevo parece, o más conveniente, o más airoso. Aunque aquel sea y parezca mejor, se deja porque así lo manda la moda. Antes se atendía a la mejoría, aunque fuese sólo imaginada, o por lo menos un nuevo uso, por ser nuevo, agradaba, y hecho agradable, se admitía; ahora, aun cuando no agrade, se admite sólo por ser nuevo. Malo sería que fuese La inconstante el gusto: pero peor es que sin interesarse el gusto haya tanta inconstancia.
     De suerte que la moda se ha hecho un dueño tirano, y sobre tirano, importuno, que cada día pone nuevas leyes para sacar cada día nuevos tributos; pues cada nuevo uso que introduce es un nuevo impuesto sobre las haciendas. No se trajo cuatro días el vestido, cuando es preciso arrimarle como inútil, y sin estar usado, se ha de condenar como viejo. Nunca se menudearon tanto las modas como ahora, ni con mucho. Antes la nueva invención esperaba que los hombres se disgustasen de la antecedente, y a que gustasen lo que se había arreglado a ella. Atendíase al gusto y se excusaba el gasto: ahora todo se atropella. Se aumenta infinito el gusto, a un sin contemplar el gusto.
     Monsieur Henrion, célebre medallista de la academia real de las Inscripciones de París, por el cotejo de las medallas halló que en estos tiempos se reprodujeron en menos de cuarenta años todos los géneros de tocados que la antigüedad invento en la sucesión de muchos siglos. No sucede esto porque los antiguos fuesen menos inventivos que nosotros, sitio porque nosotros somos más extravagantes que los antiguos.
     Ya ha muchos días que se escribió el chiste de un loco que andaba desnudo por las calles con una pieza de paño al hombro, y cuando te preguntaban por qué no se vestía, ya que tenia paño, respondía, que esperaba ver en qué paraban las modas, porque no quería malograr el paño en un vestido, que dentro de poco tiempo, por venir nueva moda, no le sirviese. Leí este chiste en un libro italiano impreso cien años ha. Desde aquel tiempo al nuestro se ha acelerado tanto el rápido movimiento de las modas, que lo que entonces se celebró como graciosa extravagancia de un loco, hoy pudiera pasar por madura reflexión de un hombre cuerdo.

III

     

     Francia es el móvil de modas. De Francia lo es París, y de París un francés o una francesa, aquel o aquella a quien primero ocurrió la nueva invención. Rara traza, y más eficaz sin duda que aquella de que se jactaba Arquímedes, se halló para que un particular moviese toda la tierra. Los franceses, en cuya composición, según la confesión de un autor suyo, entra por quinto elemento la ligereza, con este arbitrio influyeron en todas las demás naciones su inconstancia, y en todas establecieron una nueva especie de monarquía. Ellos mismos se felicitan sobre este asunto; para lo cual será bien se vea lo que en orden a él razona el discreto Carlos de San Denís, conocido comúnmente por el nombre o título de Señor de San Euremont.
     "No hay país, dice este autor, donde haya menos uso de la razón que en Francia, aunque es verdad que en ninguna parte es más pura que aquella poca que se halla entre nosotros. Comúnmente todo es fantasía; pero una fantasía tan bella y un capricho tan noble en lo que mira al exterior, que los extranjeros, avergonzados de su buen juicio, como de una calidad grosera, procuran hacerse espectables por la imitación de nuestras modas, y renuncian a cualidades esenciales por afectar un aire y unas maneras que casi no es posible que les asienten. Así, esta eterna mudanza de muebles y hábitos que se nos culpa, y que no obstante se imita, viene a ser, sin que se piense en ello, una gran providencia; porque, además del infinito dinero que sacamos por este camino, es un interés más sólido de lo que se cree el tener franceses esparcidos por todas las cortes, los cuales forman el exterior de todos los pueblos en el modelo del nuestro, que dan principio a nuestra dominación, sujetando sus ojos adonde el corazón se opone aun a nuestras leves, y ganan los sentidos en favor de nuestro imperio adonde los sentimientos están aún de parte de la libertad."
     Ahí es nada, a vista de esto, el mal que nos hacen los franceses con sus modas: cegar nuestro buen juicio con su extravagancia, sacarnos con sus invenciones infinito dinero, triunfar como dueños sobre nuestra deferencia, haciéndonos vasallos de su capricho, y en fin, reírse de nosotros como de unos monos ridículos, que queriendo imitarlos, no acertamos con ello.
     En cuanto a que las modas francesas tengan alguna particular nobleza y hermosura, pienso que no basta para creerlo el decirlo un autor apasionado. Las cotillas vinieron de Francia, y en una porción, la más desabrida de las montañas de León, que llaman la tierra de los Arguellos, las usan de tiempo inmemorial aquellas serranas, que parecen más fieras que mujeres. No creo que sus mayores, que las introdujeron, tenían muy delicado el gusto. Si una mujer de aquella tierra pareciese en Madrid antes de venir de Francia esta moda, sería la risa de todo el pueblo; con que el venir de Francia es lo que le da todo el precio. Cada uno hará el juicio conforme a su genio. Lo que por mí puedo decir es, que casi todas las modas nuevas me dan en rostro, exceptuando aquellas que, o cercenan gasto, o añaden decencia.

IV

     

     Las mujeres, que tanto ansían parecer bien, con la frecuente admisión de nuevas modas, lo más del tiempo parecen mal. Esto en lo moral trae una gran conveniencia. Aunque lo nuevo place, pero no en los primeros días. Aun el que tiene más voltario el gusto ha menester dejar pasar algún tiempo, para que la extrañez de la moda se vaya haciendo tratable a la vista. Como la novedad de manjares al principio no hace buen estómago, lo mismo sucede en los demás sentidos respecto de sus objetos. Por más que se diga que agradan las cosas forasteras, cuando llegan a agradar ya están domesticadas. Es preciso que el trato gaste algún tiempo en sobornar el gusto. La alma no borra en un momento las agradables impresiones que tenía admitidas, y hasta borrar aquellas, todas las impresiones opuestas le son desagradables.
     De aquí viene que al principio parecen mal todas, o casi todas las modas, y como la vista no es precisiva, las mujeres que las usan pierden, respecto de los ojos, mucho del agrado que tenían. ¿Qué sucede, pues? Que cuando con el tiempo acaba de familiarizarse al gusto aquella moda, viene otra moda nueva, que tampoco al principio es del gusto; y de este modo, es poquísimo el tiempo en que logran el atractivo del adorno, o por mejor decir, en que el adorno no les quita mucho del atractivo.
     Yo me figuro que en aquel tiempo que las damas empezaron a emblanquecer el pelo con polvos, todas hacían representación de viejas. Se me hace muy verosímil que alguna vieja de mucha autoridad inventó aquella moda para ocultar su edad, pues pareciendo todas canas, no se distingue en quién es natural o artificial la blancura del cabello; traza poco desemejante a la de la zorra de Esopo, que habiendo perdido la cola en cierta infeliz empresa, persuadía a las demás zorras que se la quitasen también, fingiéndoles en ello conveniencia y hermosura. Viene literalmente a estas, que pierden la representación de la juventud, dando a su cabello, con polvos comprados, las señas de la vejez. Lo que decía Propercio a su Cintia:
Naturaeque decus mercato perdere cultu.
     ¿Qué diré de otras muchas modas, por varios caminos incómodas? Como con los polvos se hizo parecer a las mujeres canas, con lo tirante del pelo se hicieron infinitas efectivamente calvas. Hemos visto los brazos puestos en mísera prisión, hasta hacer las manos incomunicables con la cabeza, los hombros desquiciados de su proprio sitio, los talles estrujados en una rigurosa tortura. ¿Y todo esto por qué? Porque viene de Francia a Madrid la noticia de que esta es la moda.
     No hay hombre de seso que no se ría cuando lee en Plutarco que los amigos y áulicos de Alejandro afectaban inclinar la cabeza sobre el hombro izquierdo, porque aquel príncipe era hecho de ese modo; mucho más se lee en Diodoro Sículo, que los cortesanos del rey de Etiopía se desfiguraban, para imitar las deformidades de su soberano, hasta hacerse tuertos, cojos o mancos, si el rey era tuerto, manco o cojo. Mas al fin, aquellos hombres tenían el interés de captar la gracia del príncipe con este obsequio, y si cada día vemos que los cortesanos adelantan la lisonja hasta sacrificar el alma, ¿qué extrañaremos el sacrificio de un ojo, de una mano o de un pie? Pero en la imitación de las modas que reinan en estos tiempos padecen las pobres mujeres el martirio, sin que nadie se lo reciba por obsequio. ¿No es más irrisible extravagancia esta que aquella?
V

     

     Aun fuera tolerable la moda si se contuviese en las cosas que pertenecen al adorno exterior; pero esta señora ha mucho tiempo que salió de estas márgenes, y a todo ha extendido su imperio. Es moda andar de cita o aquella manera, tener el cuerpo en esta o aquella positura, comer así o asado, hablar alto o bajo, usar de estas o aquellas voces, tomar el chocolate frío o caliente, hacer esta o aquella materia de la conversación. Hasta el aplicarse a adquirir el conocimiento de esta o aquella materia se ha hecho cosa de moda.
     El abad de la Mota, en su diario de 8 de Marzo del año de 1686, dice que en aquel tiempo había cogido grande vuelo entre las damas francesas la aplicación a las matemáticas. Esto se había hecho moda. Ya no se hablaba en los estrados cosa de galantería. No sonaba otra cosa en ellos que problemas, teoremas, ángulos, romboides, pentágonos, trapecios, etc. El pobre pisaverde que se metía en un estrado, fiado en cuatro cláusulas amatorias, cuya formación le había costado no poco desvelo, se hallaba corrido, porque se veía precisado a enmudecer y a no entender palabra de lo que se hablaba. Un matemático viejo, calvo y derrengado era más bien oído de las damas que el joven más galán de la corte.
     El mismo autor cuenta de una, que proponiéndola un casamiento muy bueno, puso por condición inexcusable que el pretendiente aprendiese a hacer telescopios; y de otra que no quiso admitir por consorte a un caballero de bellas prendas, sólo porque dentro de un plazo que le había señalado no había discurrido algo de nuevo sobre la cuadratura del círculo. Creo que no lo miraban mal, una vez que no se resolviesen a abandonar este estudio; pues habiéndose casado otra de estas damas matemáticas con un caballero que no tenía la misma inclinación, le salió muy costoso su poco reparo. Fue el caso, que no pudiendo el marido sufrir que la mujer se estuviese todas las noches examinando el cielo con el telescopio, ni quitarle esta manía, se separó de ella para siempre. Otros acaso querrían que sus mujeres no comerciasen sino con las estrellas. No sé si aun dura esta moda en Francia; pero estoy cierto de que nunca entrará en España. Acá, ni hombres ni mujeres quieren otra geometría que la que ha menester el sastre para tornar bien la medida.
     La mayor tiranía de la moda es haberse introducido en los términos de la naturaleza, la cual por todo derecho debiera estar exenta de su dominio. El color del rostro, la simetría de las facciones, la configuración de los miembros experimentan inconstante el gusto, como los vestidos. Celebraba vino por grandes y negros los ojos de cierta dama; pero otra que estaba presente, y acaso los tenía azules, le replicó con enfado: "Ya no se usan ojos negros." Tiempo hubo en que eran de la moda en los hombres las piernas muy carnosas; después se usaron las descarnadas; y así se vieron pasar de hidrópicas a éticas. Oí decir que los años pasados eran de la moda las mujeres descoloridas, y que algunas, por no faltar a la moda, o por otro peor fin, a fuerza de sangrías se despojaban de sus nativos colores. Desdicha sería si con tanta sangría no se curase la inflamación interna, que en algunas habría sido el motivo de echar mano de este remedio. Y también era desdicha que los hombres hiciesen veneno de la triaca, malogrando en estragos de la vida el color pálido, que debieran aprovechar en recuerdos de la muerte.
     ¿Quién creerá que hubo siglo y aun siglos en que se celebró como perfección de las mujeres el ser cejijuntas? Pues es cosa de hecho. Consta de Anacreón, que elogiaba en su dama esta ventaja, Teócrito, Petronio y otros antiguos. Y Ovidio testifica que en su tiempo las mujeres se teñían el intermedio de las cejas para parecer cejijuntas: Arte supercilii confinia nuda repletis. Tan del gusto de los hombres hallaban esta circunstancia.

VI

     

     Acabo de decir que la mayor tiranía de la moda es haberse introducido en los términos de la naturaleza, y ya hallo motivo para retractarme. No es eso lo más, sino que también extendió su jurisdicción al imperio de la gracia. La devoción es una de las cosas en que más entra la moda. Hay oraciones de la moda, libros espirituales de la moda, ejercicios de la moda, y aun hay para la invocación santos de la moda. Verdaderamente que es la moda la más contagiosa de todas las enfermedades, porque a todo se pega. Todo quiere esta señora que sea nuevo flamante, y parece que todos los días repite desde su trono aquella vez que san Juan oyó en otro más soberano: Ecce nova facio omnia; «Todas las cosas renuevo.» Las oraciones han de ser nuevas, para cuyo efecto se ha introducido y extendido tanto entre la gente de corte el uso de las Horas. Pienso que ya se desdeñan de tener el rosario en la mano, y de rezar la sacratísima oración del Padre nuestro y la salutación angélica, como si todos los hombres, ni aun todos los ángeles, fuesen capaces de hacer oración alguna que igualase a aquella, que el Redentor mismo nos enseñó como la más útil de todas. Los libros espirituales han de ser nuevos, y ya las incomparables obras de aquellos grandes maestros de espíritu de los tiempos pasados son despreciadas como trastos viejos. En los ejercicios espirituales cada día hay novedades, no sólo atemperadas a la necesidad de los penitentes, mas también tal vez al genio de los directores. Los santos de devoción tampoco han de ser de los antiguos. Apenas hay quien en sus necesidades invoque a san Pedro ni a san Pablo, u otro alguno de los apóstoles, sino es que el lugar o parroquia donde se vive le tenga por tutelar suyo. Pues en verdad que por lo menos tanto pueden con Dios como cuantos santos fueron canonizados de tres o cuatro siglos a esta parte. Es verdad que el gloriosísimo san Josef, aunque tan antiguo, es exceptuado; pero esto depende de que, aunque es antiguo en cuanto al tiempo en que vivió, es nuevo en cuanto al culto. Con que sólo la devoción de María está exenta de las novedades de la moda.
     En nada parece que es tan irracional la moda, o la mudanza de moda, como en materias de virtud. Las demás cosas, como ordenadas a nuestro deleite, no siguen otra regla que la misma irregularidad de nuestro antojo; y así, variándose el apetito, es preciso se varíe el objeto; pero como la virtud debe ser y es al gusto de Dios (si no, no fuera virtud), y Dios no padece mudanza alguna en el gusto tampoco debiera haberla de parte del obsequio.
     No obstante, yo soy de tan diferente sentir, que antes juzgo que en nada es tan útil la mudanza de moda (o llamémosla con voz más propia y más decorosa, modo) que en las cosas pertenecientes a la vida espiritual. Esta variedad se hizo como precisa en suposición de nuestra complexión viciosa. La devoción es tediosa y desabrida a nuestra naturaleza. Por tanto, como al enfermo que tiene el gusto estragado, aunque se le haya de ministrar la misma especie de manjar, se debe variar el condimento; asimismo la depravación de nuestro apetito pide que las cosas espirituales, salvando siempre la substancia, se nos guisen con alguna diferencia en el modo.
     Esta consideración autoriza como útiles los nuevos libros espirituales que salen a luz, como sean nuevos en cuanto al estilo. No hay que pensar que algún autor moderno nos ha de mostrar algún camino del cielo distinto de aquel cuyo itinerario nos pusieron por extenso los santos padres y los hombres sabios de los pasados siglos. Pero reformar el estilo anticuado, que ya no podemos leer sin desabrimiento, es quitar a ese camino parte de las asperezas que tiene; y el que supiere proponer las antiguas doctrinas con dulces, gratas y suaves voces, se puede decir que templa la aspereza de la senda con la amenidad del estilo.      No sólo en esta materia, en todas las demás la razón de la utilidad debe ser la regla de la moda. No apruebo aquellos genios tan parciales de los pasados siglos, que siempre se ponen de parte de las antiguallas. En todas las cosas el medio es el punto central de la razón. Tan contra ella, y acaso más, es aborrecer todas las modas, que abrazarlas todas. Recíbase la que fuere útil y honesta. Condénese la que no trajere otra recomendación que la novedad. ¿A qué propósito (pongo por ejemplo) traernos a la memoria con dolor los antiguos bigotes españoles, como si hubiéramos perdido tres o cuatro provincias en dejar los mostachos? ¿Qué conexión tiene, ni con la honra, ni con la religión, ni con la conveniencia, el bigote al ojo, de quien no pueden acordarse, sin dar un gran gemido, algunos ancianos, de este tiempo, como si estuviese pendiente toda nuestra fortuna de aquella deformidad?
     Lo mismo digo de las golillas. Los extranjeros tentaron a librar de tan molesta estrechez de vestido a los españoles, y lo llevaron estos tan mal, como si al tiempo que les redimían el cuerpo de aquellas prisiones, les pusiesen el alma en cadenas.      Lo que es sumamente reprehensible es, que se haya introducido en los hombres el cuidado del afeite, propio hasta ahora privativamente de las mujeres. Oigo decir que ya los cortesanos tienen tocador, y pierden tanto tiempo en él como las damas. ¡Oh escándalo! ¡Oh abominación! ¡Oh bajeza! Fatales son los españoles. De todos modos perdemos en el comercio con los extranjeros; pero sobre todo en el tráfico de costumbres. Tomamos de ellos las malas, y dejamos las buenas. Todas sus enfermedades morales son contagiosas respecto de nosotros. ¡Oh si hubiese en la raya del reino quien descaminase estos géneros vedados!




Sabiduría aparente

II
     Por el contrario, los sabios verdaderos son modestos cándidos, y estas dos virtudes son dos grandes enemigas de su fama. El que más sabe, sabe que es mucho menos lo que sabe que lo que ignora; y así como su discreción se lo da a conocer, su sinceridad se lo hace confesar, pero en grave perjuicio de su aplauso, porque estas confesiones, como de testigos que deponen contra sí propios, son velozmente creídas; y por otra parte, el vulgo no tiene por docto a quien en su profesión ignora algo, siendo imposible que nadie lo sepa todo.
     Son también los sabios comúnmente tímidos, porque son los que más desconfían de sí propios; y aunque digan divinidades, si con lengua trémula o voz apagada las articulan, llegan desautorizadas a los oídos que las atienden. Más oportuno es para ganar créditos delirar con valentía que discurrir con perplejidad; porque la estimación que se debía a discretas dudas se ha hecho tributo de temerarias resoluciones. ¡Oh, cuánto aprovecha a un ignorante presumido la eficacia del ademán y el estrépito de la voz! ¡Y cuánto se disimulan con los esfuerzos del pecho las flaquezas del discurso! Siendo así que el vocinglero por el mismo caso debiera hacerse sospechoso de su poca solidez, porque los hombres son como los cuerpos sonoros, que hacen ruido mayor cuando están huecos.
     Si a estas ventajosas apariencias se junta alguna literatura, logran una gran violenta actividad para arrastrar el común asenso. No es negable que Lutero fue erudito; pero en los funestos progresos de su predicación menos influyó su literatura que aquellas ventajosas apariencias; aunque la mezcla de uno y otro fue la confección del veneno de aquella hidra. Si se examinan bien los escritos de Lutero, se registra en ellos una erudición copiosa, parto de una feliz memoria y de una lectura inmensa; pero apenas se halla un discurso perfectamente ajustado, una meditación en todas sus partes cabal, un razonamiento exactamente metódico. Fue su entendimiento, como dice el cardenal Palavicini, capaz de producir pensamientos gigantes, pero informes, o por defecto de virtud, o porque el fuego de su genio precipitaba la producción, y por no esperar los debidos plazos eran todos los efectos abortivos; pero este defecto esencial de su talento se suplió grandemente con los accidentes exteriores. Fue este monstruo de complexión ígnea, de robustísimo pecho, de audaz espíritu, de inexhausta, aunque grosera facundia, fácil en la explicación, infatigable en la disputa. Asistido de estas dotes, atropelló algunos hombres doctos de su tiempo, de ingenio más metódico que él y acaso más agudo. Al modo que un esgrimidor de esforzado corazón y robusto brazo desbarata a otro de inferior aliento y pulso, aunque mejor instruido en las reglas de la esgrima.

III

     

     Otras partidas, igualmente extrínsecas, dan reputación de sabios a los que no lo son: la seriedad y circunspección, que sea natural, que artificiosa, contribuye mucho. La gravedad, dice la famosa Madalena Scuderi, en una de sus conversaciones morales, es un misterio del cuerpo, inventado para ocultar los defectos del espíritu; y si es propasada, eleva el sujeto al grado de oráculo. Yo no sé por qué ha de ser más que hombre quien es tanto menos que hombre cuanto más se acerca a estatua; ni porque siendo lo risible propriedad de lo racional, ha de ser más racional quien se aleja más de lo risible. El ingenioso francés Miguel de Montaña dice con gracia, que entre todas las especies de brutos, ninguno vio tan serio como el asno.
     Aristóteles puso en crédito de ingeniosos a los melancólicos, no sé por qué. La experiencia nos está mostrando a cada paso melancólicos rudos. Si nos dejamos llevar de la primera vista, fácilmente confundiremos lo estúpido con lo extático. Las lobregueces del genio tienen no sé qué asomos a parecer profundidades del discurso; pero si se mira bien, la insociabilidad con los hombres no es carácter de racionales. En estos sujetos, que se nos representan siempre pensativos, está invertida la negociación interior del alma. En vez de aprehender el entendimiento las especies, las especies aprehenden el entendimiento; en vez de hacerse el espíritu dueño del objeto, el objeto se hace dueño del espíritu. Átale la especie que le arrebata. No está contemplativo, sino atónito; porque la inmovilidad del pensamiento es ociosidad del discurso. Note que no hay bruto de genio más festivo y sociable que el perro, y ninguno tiene más noble instinto. No obstante, peor seña es el extremo opuesto. Hombres muy chocarreros son sumamente superficiales.
     Tanto el silencio como la locuacidad tienen sus partidarios entre la plebe. Unos tienen por sabios a los parcos, otros a los pródigos de palabras. El hablar poco depende, ya de nimia cautela, ya de temor, ya de vergüenza, ya de tarda ocurrencia de las voces; pero no, como comúnmente se juzga, de falta de especies. No hay hombre, que si hablase todo lo que piensa, no hablase mucho.
     Entre hablar y callar observan algunos un medio artificioso, muy útil para captar la veneración del vulgo, que es hablar lo que alcanzar y callar lo que ignoran, con aire de que lo recatan, Muchos de cortísimas noticias, con este arte se figuran en los corrillos animadas bibliotecas. Tienen sola una especie muy diminuta y abstracta del asunto que se toca. Esta basta para meterse en él en términos muy generales con aire magistral, retirándose luego, como que, fastidiados de manejar aquella materia, dejan de explicarla más a lo largo: dicen todo lo que saben; pero hacen creer que aquello no es más que mostrar la uña del león; semejantes al otro pintor que, habiéndose ofrecido a retratar las once mil vírgenes, pintó cinco, y quiso cumplir con esto, diciendo que las demás venían detrás en procesión. Si alguien, conociendo el engaño, quiere empeñarlos a mayor discusión, o tuercen la conversación con arte, o fingen un fastidioso desdén de tratar aquella materia en tan corto teatro, o se sacuden del que los provoca, con una risita falsa, como que desprecian la provocación; que esta gente abunda de tretas semejantes, porque estudia mucho en ellas.
     Otros son socorridos de unas expresiones confusas, que dicen a todo, y dicen nada, al modo de los oráculos del gentilismo, que eran aplicables a todos los sucesos. Y de hecho, en todo se les parecen; pues siendo unos troncos, son oídos como oráculos. La obscuridad con que hablan es sombra que oculta lo que ignoran; hacen lo que aquellos que no tienen sino moneda falsa, que procuran pasarla al favor de la noche. Y no faltan necios que, por su misma confusión, los acreditan de doctos, haciendo juicio que los hombres son como los montes, que, cuanto más sublimes, más obscurecen la amenidad de los valles:
Majoresque cadunt allis de montibus umbrae.
     Este engaño es comúnmente auxiliado del ademán persuasivo y del gesto misterioso. Ya se arruga la frente, ya se acercan una a otra las cejas, va se ladean los ojos, ya se arrollan las mejillas, ya se extiende el labio inferior en forma de copa penada, ya se bambanea con movimientos vibratorios la cabeza, y en todo se procura afectar un ceño desdeñoso. Estos son unos hombres, que más de la mitad de su sabiduría la tienen en los músculos, de que se sirven para darse todos estos movimientos. Justamente hizo burla de este artificio Marco Tulio, notándole en Pisón: Respondes, altero ad fronte sublato, altero ad mentum depresso supercilio, credulitatem tibi non placere.

IV

     

     El despreciar a otros que saben más, es el arte más vil de todos; pero uno de los más seguros para acreditarse entre espíritus plebeyos. No puede haber mayor injusticia ni mayor necedad que la de transferir al envidioso aquel mismo aplauso, de que este, con su censura, despoja al benemérito. ¿Acaso porque el nublado se oponga al sol, dejará este de ser ilustre antorcha del cielo, o será aquel más que un pardo borrón del aire? ¿Para poner mil tachas a la doctrina y escritos ajenos, es menester ciencia? Antes cuando no interviene envidia o malevolencia, nace, de pura ignorancia. Acuérdome de haber leído en el Hombre de letras del padre Daniel Bartoli, que un jumento, tropezando por accidente con la Ilíada de Homero, la destrozó y hizo pedazos con los dientes. Así que, para ultrajar y lacerar un noble escrito, nadie es más a propósito que una bestia.
     La procacidad o desvergüenza en la disputa es también un medio igualmente ruin que eficaz para negociar los aplausos de docto: los necios hacen lo que los megalopolitanos, de quienes dice Pausanias, que a ninguna deidad daban iguales cultos que al viento Bóreas, que nosotros llamamos cierzo o regañón. A los genios tumultuantes adora el vulgo como inteligencias sobresalientes. Concibe la osadía desvergonzada como hija de la superioridad de doctrina, siendo así que es casi absolutamente incompatible con ella. A esto se añade que los verdaderos doctos huyen cuanto pueden de todo encuentro con estos genios procaces; y este prudente desvío se interpreta medrosa fuga, como si fuese proprio de hombres esforzados andar buscando sabandijas venenosas para lidiar con ellas. Justo y generoso era el arrepentimiento de Catón, de haberse metido con sus tropas en los abrasados desiertos del África, donde no tenía otros enemigos que áspides, cerastas, víboras, dípsades y basiliscos. Menos horrible se le representó la guerra civil en los campos de Farsalia, donde pelearon contra él las invencibles huestes del César, que en los arenales de Libia, donde batallaban por el César los más viles y abominables insectos.
Pro cesare pugnant
Dipsades, el peragunt civilia bella cerastae.
     El que puede componer con su genio y con sus fuerzas ser inflexible en la disputa, porfiar sin término, no rendirse jamás a la razón, tiene mucho adelantado para ser reputado un Aristóteles; porque el vulgo, tanto en las guerras de Minerva como en las de Marte, declara la victoria por aquel que se mantiene más en el campo de batalla, y en su aprehensión nunca deja de vencer el último que deja de hablar. Esto es lo que siente el vulgo. Mas para el que no es vulgo, aquel a quien no hace fuerza la razón, en vez de calificarse de docto, se gradúa de bestia. Con gracia, aunque gracia portuguesa (esto es, arrogante), preguntado el ingenioso médico, Luis Rodríguez qué cosa era y cómo lo había hecho otro médico corto, a quien el mismo Luis Rodríguez había argüido, respondió: Tan grandísimo asno è, que por mais que ficen, jamais ó puden concruir.
     Es artificio muy común de los que saben poco, arrastrar la conversación hacia aquello poco que saben. Esto en las personas de autoridad es más fácil. Conocí un sujeto, que cualquiera conversación que se excitase, insensiblemente la iba moviendo de modo, que a pocos pasos se introducía en el punto que había estudiado aquel día el antecedente. De esta suerte siempre parecía más erudito que los demás. Aun en disputas escolásticas se usa de este estratagema. He visto más de dos veces algún buen teólogo puesto en confusión por un principiante; porque este, quimerizando en el argumento sobre alguna proposición, sacaba la disputa de su asunto proprio a algún enredo sumulístico de ampliaciones, restricciones, alienaciones, oposiciones, conversiones, equipolencias, de que el teólogo estaba olvidado. Esto es, como el villano Caco, traer con astucia a Hércules a su propia caverna para hacer inútiles sus armas, cegándole con el humo que arrojaba por la boca.

V

     

     Fuera de los sabios de perspectiva, que lo son por su artificio proprio, hay otros que lo son precisamente por error ajeno. El que estudió lógica y metafísica, con lo demás que debajo del nombre de filosofía se enseña en las escuelas, por bien que sepa todo, sabe muy poco más que nada; pero suena mucho. Dícese que es un gran filósofo, y no es filósofo grande ni chico. Todas las diez categorías, juntamente con los ocho libros de los Físicos y los dos adjuntos De generatione et corruptione, puestos en el alambique de la lógica, no darán una gota del verdadero espíritu, filosófico, que explique el más vulgar fenómeno de todo el mundo sensible. Las ideas aristotélicas están tan fuera de lo físico como las platónicas. La física de la escuela es pura metafísica. Cuanto hasta ahora escribieron y disputaron los peripatéticos acerca del movimiento, no sirve para determinar cuál es la línea de reflexión por donde vuelve la pelota tirada a una pared, o cuánta es la velocidad con que baja el grave por un plano inclinado. El que por razones metafísicas y comunísimas piensa llegar al verdadero conocimiento de la naturaleza, delira tanto como el que juzga ser dueño del mundo por tenerle en un mapa.
     La mayor ventaja de estos filósofos de nombre, si manejan con soltura en las aulas el argadillo de Barbara, Celarem, es que con cuatro especies que adquirieron de teología o medicina, son estimados por grandes teólogos o médicos. Por lo que mira a la teología, no es tan grande el yerro; pero en orden a la medicina no puede ser mayor. Por la regla de que ubi desinit phisicus, íncipit medicus, se da por asentado, que de un buen filósofo fácilmente se hace un buen médico. Sobre este pie, en viendo un platicante de medicina que pone veinte silogismos seguidos sobre si la privación es principio del ente natural, o si la unión se distingue de las partes, tiene toda la recomendación que es menester para lograr un partido de mil ducados.
     El doctísimo comentador de Dioscórides, Andrés de Laguna, dice, que la providencia que, si se pudiese, se debiera tomar con estos mediquillos flamantes, que salen de las universidades rebosando las bravatas del ergo y del probo, sería enviarlos por médicos a aquellas naciones con quienes tuviésemos guerra actual, porque excusarían a España mucho gasto de gente y de pólvora.
     Seguramente afirmo que no hay arte o facultad más inconducente para la medicina que la física de la escuela. Si todos cuantos filósofos hay y hubo en el mundo se juntasen y estuviesen en consulta por espacio de cien años, no nos dirían cómo se debe curar un sabañón; ni de aquel tumultuante concilio saldría máxima alguna que no debiese descaminarse por contrabando en la entrada del cuarto de un enfermo. El buen entendimiento y la experiencia, o propia o ajena, son el padre y madre de la medicina, sin que la física tenga parte alguna en esta producción. Hablo de la física escolástica, no de la experimental.
     Lo que un físico discurre sobre la naturaleza de cualquiera mixto es, si consta de materia y forma substanciales, como dijo Aristóteles, o si de átomos, como Epicuro, o si de sal, azufre y mercurio, como los químicos, o si de los tres elementos cartesianos: si se compone de puntos indivisibles u de partes divisibles in infinitum; si obra por la textura y movimiento de sus partículas, o por unas virtudes accidentales, que llaman cualidades; si estas cualidades son de las manifiestas o de las ocultas; si de las primeras, segundas o terceras. ¿Qué conexión tendrá todo esto con la medicina? Menos que la geometría con la jurisprudencia. Cuando el médico trata de curar a un tercianario, toda esta baraúnda de cuestiones aplicadas a la quina le es totalmente inútil. Lo que únicamente le importa saber es, si la experiencia ha mostrado que en las circunstancias en que se halla el tercianario es provechoso el uso de este febrífugo; y esto lo ha de inferir, no por dici de omni, dici de nullo, sino por inducción, así de los experimentos que él ha hecho, como de los que hicieron los autores que ha estudiado.
     En ninguna arte sirve de cosa alguna el conocimiento físico de los instrumentos con que obra; ni este dejará de ser gran piloto por no poder explicar la virtud directiva del imán al polo; ni aquel, gran soldado por ignorar la constitución física de la pólvora o del hierro; ni el otro, gran pintor por no saber si los colores son accidentes intrínsecos o varias reflexiones de la luz; ni, al contrario, el disputar bien de todas estas cosas conduce nada para ser piloto, soldado o pintor. Más me alargara para extirpar este común error del mundo, si ya no le hubiese impugnado con difusión y plenamente el doctísimo Martínez, en sus dos tomos De medicina sceptica.

VI

     

      Otro error común es, aunque no tan mal fundado, tener por sabios a todos los que han estudiado mucho. El estudio no hace grandes progresos si no cae en entendimiento claro y despierto, así como son poco fructuosas las tareas del cultivo cuando el terreno no tiene jugo. En la especie humana hay tortugas y hay águilas: estas de un vuelo se ponen sobre el Olimpo; aquellas en muchos días no montan un pequeño cerro. La prolija lectura de los libros da muchas especies; pero la penetración de ellas es don de la naturaleza, más que parto del trabajo. Hay unos sabios, no de entendimiento, sino de memoria, en quienes están estampadas las letras como las inscripciones en los mármoles, que las ostentan y no las perciben. Son unos libros mentales, donde están escritos muchos textos; pero propiamente libros, esto es, llenos de doctrina y desnudos de inteligencia. Observa cómo usan de las especies que han adquirido, y verás cómo no forman un razonamiento ajustado que vaya derecho al blanco del intento. Con unas mismas especies se forman discursos Buenos y malos, como con unos mismos materiales se fabrican elegantes palacios y rústicos albergues.
     Así puede suceder que uno sepa de memoria todas las obras de santo Tomás y sea corto teólogo; que sepa del mismo modo los derechos civil y canónico, y sea muy mal jurista. Y aunque se dice que la jurisprudencia consiste casi únicamente en memoria, o por lo menos más en memoria que en entendimiento, este es otro error común. Con muchos textos del derecho se puede hacer un mal alegato, como con muchos textos de Escritura un mal sermón. La elección de los más oportunos al asunto toca al entendimiento y buen juicio. Si en los tribunales se hubiese de orar de repente y sin premeditación, sería absolutamente inexcusable una feliz memoria donde estuviesen fielmente depositados textos y citas para los casos ocurrentes. Mas como esto regularmente no suceda el que ha manejado medianamente los libros de esta profesión y tiene buena inteligencia de ella, fácilmente se previene buscando leyes, autoridades y razones; y por otra parte, la elección de las más conducentes no es, como he dicho, obra de la memoria, sino del ingenio.
     De visto entre profesores de todas facultades muy vulgarizada la queja de falta de memoria, y en todos noté un aprecio excesivo de la potencia memorativa sobre la discursiva; de modo que, a mi parecer, si hubiese dos tiendas, de las cuales en la una se vendiese memoria y en la otra entendimiento, el dueño de la primera presto se haría riquísimo, y el segundo moriría de hambre. Siempre fui de opuesta opinión; y por mí puedo decir que más precio daría por un adarme de entendimiento que por una onza de memoria. Suelen decirme que apetezco poco la memoria porque tengo lo que he menester. Acaso los que me lo dicen hacen este juicio por la reflexión que hacen sobre sí mismos de que ansían poco algún acrecentamiento en el ingenio, por parecerles que están abundantemente surtidos de discurso. Yo no negaré que aunque no soy dotado de mucha memoria, algo menos pobre me hallo de esta facultad que de la discursiva. Pero no consiste en esto el preferir esta facultad a aquella, sí en el conocimiento claro que me asiste de que en todas facultades logrará muchos más aciertos un entendimiento como cuatro con una memoria como cuatro, que una memoria como seis con un entendimiento como dos.

VII

     

     De los escritores de libros no se ha hablado hasta ahora. Esto es lo más fácil de todo. El escribir mal no tiene más arduidad que el hablar mal; y por otra parte, por malo que sea el libro, bástale al autor hablar de molde y con licencia del Rey, para pasar entre los idiotas por docto.
     Pero para lograr algún aplauso entre los de mediana estofa, puede componerse de dos maneras: o trasladando da otros libros, o divirtiéndose en lugares comunes. Donde hay gran copia de libros es fácil el robo sin que se note. Pocos hay que lean muchos, y nadie puede leerlos todos; con que, todo el inconveniente que se incurre es, que uno u otro, entre millares de millares de lectores, coja al autor en el hurto. Para los demás queda graduado de autor en toda forma.
     El escribir por lugares comunes es sumamente fácil. El Teatro de la vida humana, las Polianteas y otros muchos libros donde la erudición está hacinada y dispuesta con orden alfabético, o apuntada con copiosos índices, son fuentes públicas, de donde pueden beber, no sólo los hombres, mas también las bestias. Cualquier asunto que se emprenda, se puede llevar arrastrando a cada paso a un lugar común, u de política, u de moralidad, u de humanidad, u de historia. Allí se encaja todo el fárrago de textos y citas que se hallan amontonados en el libro Para todos, donde se hizo la cosecha. Con esto se acredita el nuevo autor de nombre de gran erudición y lectura; porque son muy pocos los que distinguen en la serie de lo escrito aquella erudición copiosa y bien colocada en el celebro que oportunamente mana de la memoria a la pluma; de aquella que en la urgencia se va a mendigar en los elencos, y se amontona en el traslado, dividida en gruesas parvas, con toda la paja y aristas de citas, latines y números.




Amor de la patria y pasión nacional

I
     Busco en los hombres aquel amor de la patria que hallo tan celebrado en los libros; quiero decir, aquel amor justo, debido, noble, virtuoso, y no le encuentro. En unos no veo algún afecto a la patria; en otros sólo veo un afecto delincuente, que con voz vulgarizada se llama pasión nacional.
     No niego que revolviendo las historias se hallan a cada paso millares de víctimas sacrificadas a este ídolo. ¿Qué guerra se emprendió sin este especioso pretexto? ¿Qué campaña se ve bañada de sangre, a cuyos cadáveres no pusiese la posteridad la honrosa inscripción funeral de que perdieron la vida por la patria? Mas si examinamos las cosas por adentro, hallaremos que el mundo vive muy engañado en el concepto que hace de que tenga tantos y tan finos devotos esta deidad imaginaria. Contemplemos puesta en armas cualquiera república sobre el empeño de una justa defensa, y vamos viendo a la luz de la razón qué impulso anima aquellos corazones a exponer sus vidas. Entre los particulares, algunos se alistan por el estipendio y por el despojo; otros, por mejorar de fortuna, ganado algún honor nuevo en la milicia, y los más por obediencia y temor al príncipe o al caudillo. Al que manda las armas le insta su interés y su gloria. El príncipe o magistrado, sobre estar distante del riesgo, obra, no por mantener la república, sí por conservar la dominación. Ponme que todos esos sean más interesados en retirarse a sus casas que en defender los muros, verás cómo no quedan diez hombres en las almenas.
     Aun aquellas proezas que inmortalizó la fama como últimos esfuerzos del celo por el público, acaso fueron más hijas de la ambición de gloria que del amor de la patria. Pienso que si no hubiese testigos que pasasen la posteridad, ni Curcio se hubiera precipitado en la sima, ni Marco Attilio Régulo se hubiera metido a morir en jaula de hierro, ni los dos hermanos Filenos, sepultándose vivos, hubieran extendido los términos de Cartago. Fue muy poderoso en el gentilismo el hechizo de la fama póstuma. También puede ser que algunos se arrojasen a la muerte, no tanto por el logro de la fama, cuanto por la loca vanidad de verse admirados y aplaudidos unos pocos instantes de vida, de que nos da Luciano un ilustre ejemplo en la voluntaria muerte del filósofo Peregrino.
     En Roma se preconizó tanto el amor de la patria, que parecía ser esta noble inclinación la alma de toda aquella república. Mas lo que yo veo es, que los mismos romanos miraban a Catón como un hombre rarísimo y casi bajado del cielo, porque le hallaron siempre constante a favor del público. De todos los demás, casi sin excepción, se puede decir que el mejor era el que, sirviendo a la patria, buscaba su propia exaltación más que la utilidad común. A Cicerón le dieron el glorioso nombre de padre de la patria por la feliz y vigorosa resistencia que hizo a la conjuración de Catilina. Este, al parecer, era un mérito grande, pero en realidad equívoco; porque le iba a Cicerón, no sólo el consulado, mas también la vida, en que no lograse sus intentos aquella furia. Es verdad que después, cuando César tiranizó la república, se acomodó muy bien con él. Los sobornos de Jugurta, rey de Numidia, descubrieron sobradamente qué espíritu era el que movía el senado romano. Tolerolo éste muchas y graves maldades contra los intereses del Estado a aquel príncipe sagaz y violento; porque a cada nueva insolencia que hacia enviaba nuevo presente a los senadores. Fue, en fin, traído a Roma para ser residenciado; y aunque, bien lejos de purgar los delitos antiguos, dentro de la misma ciudad cometió, otro nuevo y gravísimo, a favor del oro te dejaron ir libre; lo que en el mismo interesado produjo tal desprecio de aquel gobierno, que a pocos pasos después que había salido de Roma, volviendo a ella con desdén la cara, la llamó ciudad venal; añadiendo que presto perecería, como hubiese quien la comprase: Urbem venalem, et mature perituram, si emplorem invenerit. (SALUST., in Jugurtha.) Lo mismo, y aun con más particularidad, dijo Petronio:
Venalis populus, venalis curia patrum.
Éste era el amor de la patria que tanto celebraba Roma, y a quien hoy juzgan muchos se debió la portentosa; amplificación de aquel imperio.

II

     

     El dictamen común dista tanto en esta parte del nuestro, que cree ser el amor de la patria como transcendente a todos los hombres; en cuya comprobación alega aquella repugnancia que todos, o casi todos, experimentan en abandonar el país donde nacieron, para establecerse en otro cualquiera; pero yo siento que hay aquí una grande equivocación, y se juzga ser amor de la patria lo que sólo es amor de la propia conveniencia. No hay hombre que no deje con gusto su tierra, si en otra se lo representa mejor fortuna. Los ejemplos se están viendo cada da. Ninguna fábula entre cuantas fabricaron los poetas me parece más fuera de toda verisimilitud, que el que Ulises prefiriese los desapacibles riscos, de su patria Ítaca a la inmortalidad llena de placeres que le ofrecía la ninfa Calipso, debajo de la condición de vivir con ella en la isla Ogigia.
     Diráseme que los scitas, como testifica Ovidio, huían de las delicias de Roma a las asperezas de su helado suelo; que los tapones, por más conveniencias que se les ofrezcan en Viena, suspiran por volverse a su pobre y rígido país: y que pocos años ha un salvaje de la Canada, traído a París, donde se le daba toda comodidad posible, vivió siempre afligido y melancólico.
     Respondo que todo esto es verdad; pero también lo es, que estos hombres viven con más conveniencia en la Scitia, en la Laponia y en la Canadá, que en Viena, París y Roma. Habituados a los manjares de su país, por más que a nosotros nos parezcan duros y groseros, no sólo los experimentan más gratos, pero más saludables. Nacieron entre nieves, y viven gustosos entre nieves; como nosotros no podemos sufrir el frío de las regiones septentrionales, ellos no pueden sufrir el calor de las australes. Su modo de gobierno es proporcionado a su temperamento; y aun cuando les sea indiferente, engañados con la costumbre, juzgan que no dicta otro la misma naturaleza. Nuestra política es barbarie para ellos, como la suya para nosotros. Acá tenemos por imposible vivir sin domicilio estable; ellos miran este como una prisión voluntaria, y tienen por mucho más conveniente la libertad de mudar habitación citando y a donde quieren, fabricándosela de la noche a la mañana, o en el valle, o en el monte, o en otro país. La comodidad de mudar de sitio, según las varias estaciones del año, sólo las logran acá los grandes señores; entre aquellos bárbaros ninguno hay que no la logre, y yo confieso que tengo por una felicidad muy envidiable el poder un hombre, siempre que quiere, apartarse de un mal vecino, y buscar otro de su gusto.
     Olavo Rudbec, noble sueco, que viajó mucho por los países septentrionales, en un libro que escribió, intitulado Laponia illustrata, dice, que sus habitadores están tan persuadidos de las ventajas de su región, que no la trocarán a otra alguna por cuanto tiene el mundo. De hecho representa algunas conveniencias suyas, que no son imaginarias, sino reales. Produce aquella tierra algunos frutos regalados, aunque distintos de los nuestros. Es inmensa la abundancia de caza y pesca, y ésta especialmente gustosísima. Los inviernos, que acá nos son tan pesados por húmedos y lluviosos, allí son claros y serenos; de aquí viene que los naturales son ágiles, sanos y robustos. Son rarísimas en aquella tierra las tempestades de truenos. No se cría en ella alguna sabandija venenosa. Viven también exentos de aquellos dos grandes azotes del cielo, guerra y peste. De uno y otro los defiende el clima, por ser tan áspero para los forasteros, como sano para los naturales. Las nieves no los incomodan, porque, ya por su natural agilidad, ya por arte y estudio, vuelan por las cumbres nevadas como ciervos. La multitud de osos blancos, de que abunda aquel país, les sirve de diversión, porque están diestros en combatir estas rieras, que no hay lapón que no mate muchas al año, y apenas se ve jamás que algún paisano muera a mano de ellas.
     Añadamos que aquella larga noche de las regiones subpolares, que tan horrible se nos representa, no es lo que se imaginaría. Apenas tienen de noche perfecta un mes entero. La razón es, porque el sol desciende de su horizonte solos veinte y tres grados y medio, y hasta los diez y ocho grados de depresión duran los crepúsculos, según el cómputo que hacen los astrónomos. Tampoco la ausencia aparente del sol dura seis meses, como comúnmente se dice, sí solos cinco; porque a causa de la grande refracción que hacen los rayos en aquella atmósfera, se ve el cuerpo solar medio mes antes de montar el horizonte, y otro tanto después que baja de él. Sabido es, que mi viaje que hicieron los holandeses del año de 1596, estando en setenta y seis grados de latitud septentrional, vieron, con grande admiración suya, parecer el astro quince o diez y seis días antes que esperaban. En las Paradojas matemáticas explicamos este fenómeno;(29) de modo que, computado todo mucho más tiempo gozan la luz del sol los pueblos septentrionales que los que viven en las zonas templadas o en la Tórrida. Y así, lo que se dice de la igual repartición de la luz en todo el mundo, aunque se da por tan asentado, no es verdadero.
     Nosotros vimos muy prendados de los alimentos de que usamos, pero no hay nación a quien no suceda lo mismo. Los pueblos septentrionales hallan regaladas las carnes del oso, del lobo y del zorro; los tártaros, la del caballo; los árabes, la del camello; los guineos, la del perro, como asimismo los chinos, los cuales ceban los perros y los venden en los mercados, como acá los cochinos. En algunas regiones del África comen monos, cocodrilos y serpientes. Scalígero dice, que en varias partes del Oriente es tenido por plato tan regalado el murciélago, como acá la mejor polla.
     Lo mismo que en los manjares sucede en todo lo demás; o ya que lo haga la fuerza del hábito, o la proporción respectiva al temperamento de cada nación, o que las cosas de una misma especie en diferentes países tienen diferentes calidades, por donde se hacen cómodas o incómodas, cada uno se halla mejor con las cosas de su tierra que con las de la ajena, y así, le retiene en ella esta mayor conveniencia suya, no el supuesto amor de la patria.
     Los habitadores de las islas Marianas (llamadas así porque la señora doña Mariana de Austria envió misioneros para su conversión) no tenían uso ni conocimiento del fuego. ¿Quién dijera que este elemento no era indispensablemente necesario a la vida humana, o que pudiese haber nación alguna que pasase sin él? Sin embargo, aquellos isleños sin fuego vivían gustosos y alegres. No sentían su falta, porque no la conocían. Raíces, frutas y peces crudos eran todo su alimento, y eran más sanos y robustos que nosotros; de modo que era regular entre ellos vivir hasta cien años.
     Es poderosísima la fuerza de la costumbre para hacer, no sólo tratables, pero dulces, las mayores asperezas. Quien no estuviere bien enterado de esta verdad tendrá por increíble lo que pasó a Esteban Bateri, rey de Polonia, con los paisanos de Livonia. Noticioso este glorioso príncipe de que aquellos pobres eran cruelmente maltratados por los nobles de la provincia, juntándolos, les propuso, que, condolido de su miseria, quería hacer más tolerable su sujeción, conteniendo a más benigno tratamiento la nobleza. ¡Cosa admirable! Bien lejos ellos de estimar el beneficio, echándose a los pies del Rey, le suplicaron no alterase sus costumbres, con las cuales estaban bien hallados. ¿Qué no vencerá la fuerza del hábito, cuando llega a hacer agradable la tiranía? Júntese esto con lo de las mujeres moscovitas, que no viven contentas si sus maridos no las están apaleando cada día, aun sin darles motivo alguno para ello, teniendo por prueba de que las aman mucho aquel mal tratamiento voluntario.
     Añádese a lo dicho la uniformidad de idioma, religión y costumbres, que hace grato el comercio con los compatriotas, como la diversidad le hace desapacible con los extraños. En fin, concurren a lo mismo las adherencias particulares a otras personas. Generalmente el amor de la conveniencia y bien privado que cada uno logra en su patria le atrae y le retiene en ella, no el amor de la patria misma. Cualquiera que en otra región completa mayor comodidad para su persona hace lo que san Pedro, que luego, que vio que le iba bien en el Tabor quiso fijar para siempre su habitación en aquella cumbre, abandonando el valle en que había nacido.

III

     

     Es verdad que no sólo las conveniencias reales, mas también las imaginadas, tienen su influjo en esta adherencia. El pensar ventajosamente de la región donde hemos nacido sobre todas las demás del mundo, es error, entre los comunes, comunismo. Raro hombre hay, y entre los plebeyos ninguno, que no juzgue que es su patria la mayorazga de la naturaleza, o mejorada en tercio y quinto en todos aquellos bienes que esta distribuye, ya se contemple la índole y habilidad de los naturales, ya la fertilidad de la tierra, ya la benignidad del clima. En los entendimientos de escalera abajo se representan las cosas cercanas como en los ojos corporales, porque aunque sean más pequeñas, les parecen mayores que las distantes. Sólo en su nación hay hombres sabios; los demás son punto menos que bestias; sólo sus costumbres son racionales, sólo su lenguaje es dulce y tratable; oír hablar a un extranjero les mueve tan eficazmente la risa como ver en el teatro a Juan Rana; sólo su región abunda de riquezas, sólo su príncipe es poderoso. A lo último del siglo pasado, cuando las armas de la Francia estaban tan pujantes, hablándose en Salamanca en un corrillo sobre esta materia, un portugués de baja esfera, que se hallaba presente, echó con aire de apotegma este fallo político: «Certu eu naon vejo principe en toda a Europa, que hoje poda resistir ao rey de Francia, si naon o rey de Portugal» Aun es más extravagante lo que Miguel de Montaña, en sus Pensamientos morales, refiere de un rústico saboyano, el cual decía: «Yo no creo que el rey de Francia tenga tanta habilidad como dicen; porque si fuera así, ya hubiera negociado con nuestro duque que le hiciese su mayordomo mayor». Casi de este modo discurre en las cosas de su patria todo el ínfimo vulgo.
     Ni se eximen de tan grosero error, bien que disminuido de algunos grados, muchos de aquellos que, o por su nacimiento, o por su profesión, están muy levantados sobre la humildad de la plebe, o que son infinitos los vulgares que habitan fuera del vulgo, y estan metidos como de gorra entre la gente de razón. ¡Cuántas cabezas bien atestadas de textos he visto yo muy encaprichadas de que sólo en nuestra nación se sabe algo; que los extranjeros sólo imprimen puerilidades y bagatelas, especialmente si escriben en su idioma nativo. No les parece que en francés o italiano se pueda estampar cosa de provecho; como si las verdades más importantes no pudiesen proferirse en todos idiomas. Es cierto que en todo género de lenguas explicaron los apóstoles las más esenciales y más sublimes. Mas en esta parte bastantemente vengados quedan los extranjeros; pues si nosotros los tenemos a ellos por de poca literatura, ellos nos tienen a nosotros por de mucha barbarie. Así que, en todas tierras hay este pedazo de mal camino de sentir altamente de la propia, y bajamente de las extrañas.

IV

     

     Lo peor es, que aun aquellos que no sienten como vulgares, hablan como vulgares. Esto es efecto de la que llamamos pasión nacional, hija legítima de la vanidad y la emulación. La vanidad nos interesa en que nuestra nación se estime superior a todas, porque a cada individuo toca parte de su aplauso; y la emulación con que miramos a las extrañas, especialmente las vecinas, nos inclina a solicitar su abatimiento. Por uno y otro motivo atribuyen a su nación mil fingidas excelencias aquellos mismos que conocen que son fingidas.
     Este abuso ha llenado el mundo de mentiras, corrompiendo la fe de casi todas las historias. Cuando se interesa la gloria de la nación propia, apenas se halla un historiador cabalmente sincero. Plutarco fue vino do los escritores más sanos de la antigüedad. Sin embargo, el amor de la patria, en lo que tocaba a ella, le hizo degenerar no poco de su candor; pues, como advierte el ilustrísimo Cano, engrandeció más de lo justo las cosas de la Grecia; y Juan Bodino observó que en sus Vidas comparadas, aunque cotejó rectamente los héroes griegos en los griegos y los romanos con romanos, pero en el paralelo de griegos con romanos se ladeó a favor de los suyos.
     Siempre he admirado a Tito Livio, no sólo por su eminente discreción, método y juicio, mas también por su veracidad. No disimula los vicios de los romanos cuando los encuentra al paso de la pluma. Lo más es, que aun al riesgo de enojar a Augusto, elogió altamente, y, con preferencia sobre Julio César, a Pompeyo, que en aquel tiempo era lo mismo que declararse celoso republicano. No obstante, noto en este príncipe de los historiadores una falta, que, si no fue descuido de su advertencia, es preciso confesarle cuidado de pasión. En los dos primeros siglos da tantas batallas y ciudades ganadas por los romanos, cuantas bastarían para conquistar un grande imperio. Pero al término de este espacio de tiempo aun vemos ceñida a tan angostos términos aquella república, que pocos estados menores se hallan hoy en toda Italia; prueba de que las victorias antecedentes no fueron tantas ni tan grandes en el original, como se figuran en la copia.
     Apenas hay historiador alguno moderno, de los que he leído, en quien no haya observado la misma inconsecuencia. Si se ponen a referir los sucesos de una guerra dilatada, los pintan por la mayor parte favorables a su partido; de modo que el lector por aquellas premisas se promete la conclusión de una paz ventajosa, en que su nación de la ley a la enemiga. Pero como las premisas son falsas, no sale la conclusión; antes al llegar al término se encuentra todo lo contrario de lo que se esperaba.
     No ignoro que durante la guerra saca de estas mentiras sus utilidades la política; y así, en todos los reinos se estampan las gacetas con el privilegio, no digo de mentir, sino de colorear los sucesos de modo que agraden a los regionarios en cuyas pinturas frecuentemente se imita el artificio de Apeles en la del rey Antígono, cuya imagen ladeó de modo, que se ocultase que era tuerto; quiero decir, que se muestran los sucesos por la parte donde son favorables, escondiéndose por donde son adversos. Digo que pase esto en las gacetas, pues lo quiere así la política, la cual va a precaver el desaliento de su partido en los reveses de la fortuna. Pero en los libros que se escriben muchos años después de los sucesos, ¿qué riesgo hay en decir la verdad?
     El caso es, que aunque no le hay para el público, le hay para el escritor mismo. Apenas pueden hacer otra cosa los pobres historiadores, que desfigurar las verdades, que no son ventajosas a sus compatriotas. O haré de adular a su nación, o arrimar la pluma; porque si no, los manchan con la nota de desafectos a su patria. Duélome cierto de la suerte del padre Mariana. Fue este doctísimo jesuita, sobre los demás talentos necesarios para la historia, sumamente sincero y desengañado; pero esta ilustre partida, que engrandece entre los sanos críticos su gloria, se la disminuye entre la vulgaridad de España. Dicen que no tenía el corazón español; que su afecto y su pluma estaban reñidos con su patria; y como un tiempo atribuyeron muchos la nimia severidad del emperador Septimio Severo con los, romanos, a su origen africana por parte de padre, al padre Mariana quieren imputar algunos cierto género de despego con los españoles, buscándole para este efecto, no sé si con verdad, ascendencia francesa por parte de madre. Quisieran que escribiese las cosas, no como fueron, sino como mejor les suenan, y para quien ama la lisonja es enemigo el que no es adulador. Pero lo mismo que a este grande hombre le hizo mal visto en España, le granjeó altos elogios de los mayores hombres de Europa. Basta para honrar su fama este del eminentísimo cardenal Baronio: "El padre Juan Mariana, amante fino de la verdad, excelente sectario de la virtud, español en la patria, pero desnudo toda pasión; digno profesor de la Compañía de Jesús, con estilo erudito dio la última perfección a la historia de España." (BARON., ad ann, Christi 688.)
     No sólo en España quieren que los historiadores sean panegiristas; lo mismo sucede en las demás naciones. Llamó el rey de Inglaterra para que escribiese la historia de aquel reino al famoso Gregorio Leti; y habiendo este protestado que, o no había de tomar la pluma, o había de decirla verdad, animándole el Rey a cumplir con esta indispensable obligación, formó historia sobre los monumentos más fieles que pudo descubrir. Pero como no hallasen los nacionales motivo para complacerse en muchas verdades que se manifestaban en ella, no bien salió a luz, cuando arrepentido ya el Rey de la licencia que le había dado, de orden del Ministerio se recogieron todos los ejemplares, y al historiador se le hizo salir de Inglaterra mal satisfecho.
     De los escritores franceses se quejan mucho nuestros españoles, diciendo, que en odio nuestro niegan o desfiguran los sucesos que son gloriosos a nuestra nación engrandeciendo a proporción los suyos. Esta queja es recíproca, y creo que por una y otra parte bien fundada. Siempre que entre dos naciones hay muchas guerras, en los escritos se ve la discordia de los ánimos, repitiéndose nuevas guerras en los escritos; porque, unidas como en la flecha, siguen el ímpetu del acero las plumas.
     Pero en obsequio de la justicia y la verdad, notaré aquí una acusación injusta que muchas veces vi fulminar a los nuestros contra los historiadores de aquella nación. Dicen que tratando de los sucesos del reinado de Francisco I, o callan o niegan la prisión de aquel rey en la batalla de Pavía. Esta queja no tiene algún fundamento, pues yo he leído esta ventaja de nuestras armas en varios autores franceses. Y aun en uno de ellos vi celebrada la picante respuesta de una dama al rey Francisco en asunto de su prisión. Preguntóla el Rey, satirizándola sobre que ya los años la habían robado la belleza: "Madama, ¿qué tiempo ha que habéis salido del país de la hermosura?- Señor (respondió prontamente la francesa), otro tanto como ha que vos vinisteis de Pavía."
     Donde veo con más razón doloridos a los españoles de los escritores franceses es, sobre que niegan la venida de Santiago el Mayor a España, y a este reino la posesión de su cadáver. Verdaderamente es muy sensible que nos quieran despojar de dos glorias tan apreciables. Mas esta pretensión más es hija del espíritu crítico que del nacional. Del mismo modo niegan hoy algunos doctos escritores franceses, que san Dionisio el Areopagita haya sido obispo de París, y que los tres santos hermanos, Lázaro, Marta y Magdalena, hayan venido a Francia, ni sus cuerpos estén en aquel reino. En las antigüedades eclesiásticas no veo muy apasionados a los franceses. Este nunca fue asunto, o fue asunto muy leve, de emulación entre las dos naciones. En orden a la justicia de las guerras y ventaja en el manojo de las armas, es donde más riñen las plumas.

V

     

     De este espíritu de pasión nacional, que reina casi en todas las historias, viene que en orden a infinitos hechos nos son tan inciertas las cosas pasadas como las venideras. Confieso que fue extravagante el pirronismo histórico de Campanela, el cual vino a tal grado de desconfianza en las historias, que llegó a decir, que dudaba si hubo en el mundo tal emperador llamado Carlo Magno. Pero en aquellos sucesos que los historiadores una nación afirman, y los de otra niegan, y son muchos estos sucesos, es preciso suspender el juicio hasta que algún tercero bien informado dé la sentencia. O por vanidad, o por inclinación, o por condescendencia, cada uno va a adular a la nación propia; y a esta, al mismo paso, ni el humo del incienso deja ver la luz de la verdad, ni la armonía de la lisonja escuchar las voces de la razón.
     Dejo aparte aquellos autores que llevaron la pasión por su tierra hasta la extravagancia; como Goropio Becano, natural de Bravante, que muy de intento se empeñó en probar que la lengua flamenca era la primera del mundo; y Olavo Rulbec, sueco (no el que se cita arriba, sino padre de aquel), que quiso persuadir, en un libro escrito para este efecto, que cuanto dijeron los antiguos de las islas Fortunadas, del jardín de las Hespérides Y de los campos Elisios era relativo a la Suecia; adjudicando asimismo a su patria la primacía de la sabiduría europea, pues pretende que las letras y escritura no bajaron a la Grecia de Fenicia, sino de Suecia, despreciando en este asunto mucha erudición recóndita.
     Aquí será bien notar que cabe también en esta materia otro vicioso extremo. En un escritor español moderno han notado algunos, que con la injusticia de negar a España algunas gloriosas antigüedades, solicita el aplauso de sincero entre los extranjeros. Quizá no será ese el motivo, sino que su crítica no acertará con el debido temperamento entre indulgente y desabrida, y tanto se apartará del vicio de la lisonja, que dé en el término contrapuesto de la ofensa; porque
Dum vitant stulti vitia in contraria currunt.

VI

     

     Mas la pasión nacional de que hasta aquí hemos hablado es un vicio, si así se puede decir, inocente, en comparación de otra, que así como más común, es también más perniciosa. Hablo de aquel desordenado afecto que no es relativo al todo de la república, sino al proprio y particular territorio. No niego que debajo del nombre de patria, no sólo se entiende la república o estado cuyos miembros somos y a quien podemos llamar patria común, mas también la provincia, la diócesis, la ciudad o distrito donde nace cada uno, y a quien llamaremos patria particular. Pero asimismo es cierto, que no es el amor a la patria, tomada en es segundo sentido, sino en el primero, el que califican con ejemplos, persuasiones y apotegmas, historiadores, oradores y filósofos. La patria a quien sacrifican su aliento las armas heroicas, a quien debemos estimar sobre nuestros particulares intereses, la acreedora a todos los obsequios posibles, es aquel cuerpo de estado donde, debajo de un gobierno civil, estamos unidos con la coyunda de unas mismas leyes. Así, España es el objeto proprio del amor del español, Francia del francés, Polonia del polaco. Esto se entiende cuando la transmigración a otro país no los haga miembros de otro estado, en cuyo caso este debe prevalecer al país donde nacieron, sobre lo cual haremos abajo una importante advertencia. Las divisiones particulares que se hacen de un dominio en varias provincias o partidos son muy materiales, para que por ellas se hayan de dividir los corazones.
     El amor de la patria particular, en vez de ser útil a la república, le es por muchos capítulos nocivo. Ya porque induce alguna división en los ánimos, que debieran estar recíprocamente unidos para hacer más firme y constante la sociedad común; ya porque es un incentivo de guerras civiles y de revueltas contra el soberano, siempre que, considerándose agraviada alguna provincia, juzgan los individuos de ella que es obligación superior a todos los demás respetos el desagravio de la patria ofendida; ya, en fin, porque es un grande estorbo a la recta administración de justicia en todo género de clases y ministerios.
     Este último inconveniente es tan común y visible, que a nadie se esconde; y (lo que es peor) ni aun procura esconderse. A cara descubierta se entra esta peste que llaman paisanismo a corromper intenciones, por otra parte muy buenas, en aquellos teatros, donde se hace distribución de empleos honoríficos o útiles. ¿Qué sagrado se ha defendido bastantemente de este declarado enemigo de la razón y equidad? ¡Cuántos corazones inaccesibles a las tentaciones del oro, insensibles a los halagos de la ambición, intrépidos a las amenazas del poder, se han dejado pervertir míseramente de la pasión nacional! Ya cualquiera que entabla pretensiones fuera de su tierra, se hace la cuenta de tener tantos valedores, cuantos paisanos suyos hubiere en la parte donde pretendo, que sean poderosos para coadyuvar al logro. No importa que la pretensión no sea razonable, porque el mayor mérito para el paisano es ser paisano. Hombres se han visto, en lo demás de grande integridad de vida, sumamente achacosos de esta dolencia. De donde he discurrido que esta es una máquina infernal, sagazmente inventada por el demonio para vencer a almas por otra parte invencibles. ¡Ay de Aquiles, aunque sólo por una pequeña parte del cuerpo sea capaz de herida, y en todo el resto invulnerable, si a aquella pequeña parte se endereza la flecha de París!

VII

     

     No condeno aquel afecto al suelo natalicio que sea sin perjuicio de tercero. Paréceme muy bien que Aristóteles se aprovechase del favor de Alejandro para la reedificación de Estagira, su patria, arruinada por los soldados de Filipo. Y repruebo la indiferencia de Crates, cuya ciudad había padecido igual infortunio, y preguntado por el mismo Alejandro si quería que se reedificase, respondió: «¿Para qué, si después vendrá otro Alejandro, que la destruya de nuevo?» ¡Oh, cuánto y cuán ridículamente afectaba parecer filósofo el que rehusaba a sus compatriotas tan señalado beneficio, sólo por lograr un frío apotegma! El mal estuvo en que no se le ofreciese por la parte contraria alguna sentencia oportuna. En ese caso aceptaría el favor de Alejandro. Tengo observado que no hay sujetos más inútiles para consultados sobre asuntos serios, que aquellos que se precian de decidores, porque tuercen siempre el voto hacia aquella parte por donde los ocurre el buen dicho, y no se embarazan en discurrir sin acierto, como logren explicarse con aire.
     Vuelvo a decir, que no condeno algún afecto inocente y moderado al suelo natalicio. Un amor nimiamente tierno es más proprio de mujeres y de niños recién extraídos a otro clima, que de hombres. Por tanto, juzgo que el divino Homero se humanó demasiado cuando pintó a Ulises entre los regalos de Feacia, anhelando ver el humo que se levantaba sobre los montes de su patria Ítaca:
Exoptans oculis surgentem cernere fumum Natalis terrae.
Es muy pueril esta ternura para el más sabio de los griegos. Mas al fin no hay mucho inconveniente en mirar con ternura el humo de la patria, como el humo de la patria no ciegue al que le mira. Mírese el humo de la propia tierra, mis ¡ay Dios! no se prefiera ese humo a la luz y resplandor de las extrañas. Esto es lo que se ve suceder cada día. El que, por estar colocado en puesto eminente, tiene varias provisiones a su arbitrio, apenas halla sujetos que le cuadren para los empleos, sino los de su país. En vano se le representa que estos son ineptos o que hay otros más aptos. El humo de su país es aromático para su gusto, y abandonará por él las luces más brillantes de otras tierras. ¡Oh, cuánto ciega este humo los ojos! ¡Oh, cuánto daña las cabezas!
     Es verdad que algunos pecan en esta materia muy con los ojos abiertos. Hablo de aquellos que con el fin de formarse partido, donde estribe su autoridad, sin atender al mérito, levantan en el mayor número que pueden sujetos de su país. Esto no es amar a su país, sino a sí mismos, y es beneficiar su tierra como la beneficia el labrador, que en lo que la cultiva no busca el provecho de la misma tierra, sino su conveniencia propia. Estos son declarados enemigos de la república; porque no pudiendo un corto territorio contribuir capacidades bastantes para muchos empleos, llenan los puestos de sujetos indignos; lo que, si no es la mayor ruina de un estado, es por lo menos última disposición para ella.
     De aquellos que ejercitan su pasión creyendo que los sujetos de que echan mano son los más beneméritos, no sé qué me diga. Pero ¿qué titubeo? Es esa una ceguera voluntaria, que en ningún modo los disculpa. Cuando el exceso del desatendido al premiado es tan notorio, que a todos se manifiesta sino al mismo que elige, ¿qué duda tiene que este cierra los ojos para no verle, o que con el microscopio de la pasión abulta en el querido las virtudes, y en el desfavorecido las defectos? Apenas hay hombre que no tenga algo de bueno, ni hombre que no tenga algo de malo; hombre sin algún defecto será un milagro; hombre sin alguna virtud será un monstruo. Por eso dijo san Agustín, que tan rara es entre nosotros una malicia gigante, como una virtud eminente: Sicut magna pietas paucorum est, ita et magna impietas nihilominus paucorum est. (Serm. 10, De verbis Domini.) Lo que sucede, pues, es, que la pasión, habiendo de elegir entre sujetos muy desiguales, engrandece lo que hay de bueno en el malo, y lo que hay de malo en el bueno. No hay más infiel balanza que la de la pasión para pesar el mérito, y esta es la que comúnmente usan los hombres. Por eso dijo David que los hombres son mentirosos en sus balanzas: Mendaces filii hominum in stateris. En Job veo que se pondera la grandeza de Dios, porque fue poderoso para dar peso al viento: Qui fecit ventis pondus. Mas no sé cómo lo entienda; porque veo también que los poderosos del mundo, en la balanza de su pasión, frecuentemente dan peso, y mucho peso, al aire. ¿Qué veis en aquel sujeto que acaban de elevar ahora? Nada de solidez, nada, sino aire y vanidad: a pues a ese aire le dio el poderoso que le exaltó más peso que al oro de otro sujeto que concurrió con él. ¿Y cómo fue esto? Puso en la balanza juntamente con aquel aire la tierra (quiero decir la tierra donde nació), y esta tierra pesa mucho en aquella balanza.
     Sucede en las contiendas sobre ocupar puestos, lo que en la lid de Hércules y Anteo. Era aquel mucho más valiente que éste, y le derribaba a cada paso; pero la caída lo ponía a Anteo en estado de repetir con ventajas la lucha, porque le duplicaba las fuerzas el contacto de la tierra. Es el caso que, según la mitología, era hijo de la tierra Anteo; y como los antiguos, debajo del velo de las fábulas, ocultaban las máximas físicas y morales (y así, la voz mitología significa la explicación de aquellas misteriosas ficciones), creo que en la presente no nos quisieron decir otra cosa, sino que según corren las cosas en el mundo, cada tierra les da con su recomendación fuerzas a sus hijos para vencer a los extraños, aunque estos sean de mejores alientos. Apartó Hércules a Anteo de la tierra, elevándole en el aire, y de este modo no tuvo dificultad en vencerle. ¡Oh, si en muchas ocasiones el valor de los sujetos se examinase, desprendiéndolos del favor que les da su propio país, cuánto mejor se conociera de parte de quiénes está la ventaja!

VIII

     

     Estos hombres de genio nacional, cuyo espíritu es todo carne y sangre, cuyo pecho anda, como el de la serpiente, siempre pegado a la tierra, si se introducen en el paraíso de una comunidad eclesiástica, o en el cielo de una religión, hacen en ellas lo que la antigua serpiente en el otro paraíso, lo que Luzbel en el cielo, introducir sediciones, desobediencias, cismas, batallas. Ningún fuego tan violento asuela el edificio en cuyos materiales ha prendido, como la llama de la pasión nacional la casa de ellos, en cebándose en las piedras del santuario. El mérito le atropella, la razón gime, la ira tumultúa, la indignidad se exalta, la ambición reina. Los corazones que debieran estar dulcemente unidos con el vínculo de la caridad fraternal, míseramente despedazado aquel sacro lazo, no respiran sino venganzas y enconos. ¡Las bocas donde sólo habían de sonar las divinas alabanzas, no articulan sino amenazas y quejas! Tantae ne animis caelestibus irae! Fórmanse partidos, alístanse auxiliares, ordénanse escuadrones, y el templo o el claustro sirven de campaña a una civil guerra política. ¡Ay del vencido! ¡Ay del vencedor! Aquel, perdiendo la batalla, pierde también la paciencia; éste, ganando el triunfo, se pierde a sí mismo.
     En ningunas palabras de la sagrada Escritura se dibuja más vivamente la vocación de una alma a la vida religiosa que en aquellas del salmo 44: «Oye, hija, y mira, inclina tu oído, y olvida tu pueblo y la casa de tu padre.» ¡Oh, cuánto desdice de su vocación el que, bien lejos de olvidar la casa de su padre y su proprio pueblo, tiene en su corazón y memoria, no sólo casa y pueblo, mas a mí toda la provincia!
     Alejandro, vencidos los persas, hizo que los soldados macedonios se casasen con doncellas persianas, a fin (dice Plutarco) de que, olvidados de su patria, sólo tuviesen por insanos a los buenos, y por forasteros a los malos: Ut mundum pro patria, castra pro arce, bonos pro cognatis, malos pro peregrinis agnoscerent. Si esto era justo en los soldados de Alejandro, ¿qué será en los soldados de Cristo?
     Es apotegma de muchos, sabios gentiles, que para el varón fuerte todo el mundo es patria; y es sentencia común de doctores católicos, que para el religioso todo el mundo es destierro. Lo primero es propio de un ánimo excelso; lo segundo, de un espíritu celestial. El que liga su corazón a aquel rincón de tierra en que ha nacido, ni mira a todo el mundo como patria ni como destierro. Así, el mundo le debe despreciar como espíritu bajo, el cielo despreciarle como forastero.
     Creo, no obstante, que en aquellas dos sentencias hay algo de expresión figurada, pues ni el religioso ni el héroe están exentos de amar y servir la república civil, cuyos miembros son, con preferencia a las demás repúblicas o reinos. Pero también entiendo que esta obligación no se la vincula la república porque nacimos en su distrito, sino porque componemos su sociedad. Así, el que legítimamente es transferido a otro dominio distinto de aquel en que ha nacido, y se avecinda en él, contrae, respecto de aquella república, la misma obligación que antes tenía a la que le dio cuna, y la debe mirar como patria suya. Esto no entendieron muchos hombres grandes de la antigüedad; por cuya razón se hallan en varios escritores celebradas como heroicas algunas acciones que debieran condenarse como infames. Demarato, rey de Esparta, arrojado injustamente del solio y de la patria por los suyos, fue acogido benignamente por los persas. Avecindado entre ellos y sujeto a aquel imperio, se añadió, sobre la obligación del agradecimiento, el vínculo del vasallaje. Mas veis aquí que meditando los persas una expedición militar contra los lacedemonios, sabidor de la deliberación Demarato, se la revela a los de Esparta para que se prevengan. Celebra Herodoto, y con él otros muchos escritores, esta acción como parto glorioso del heroico amor que Demarato profesaba a su patria. Pero yo digo que fue una acción pérfida, ruin, indigna, alevosa; porque en virtud de las circunstancias antecedentes, la deuda de su lealtad se había transferido, juntamente con la persona, de Lacedemonia a Persia.
     Por conclusión digo, que en caso que por razón del nacimiento contraigamos alguna obligación a la patria particular o suelo que nos sirvió de cuna, esta deuda es inferior a otras cuales quiera obligaciones cristianas o políticas. Es tan material la diferencia de nacer en esta tierra o en aquella, que otro cualquiera respecto debe preponderar a esta consideración; y así, sólo se podrá preferir el paisano por razón de paisano al que no lo es, en caso de una perfecta igualdad en todas las demás circunstancias.
     En los superiores, ni aun con esta limitación admito alguna particularidad respecto de sus compatriotas, por las razones siguientes: la primera, porque sin un perfecto desprendimiento de esta pasión, apenas puede evitarse el riesgo de pasar, en una ocasión o en otra, de la gracia a la injusticia. La segunda, porque de cualquier modo que se limite el favor a los paisanos, ya se incurre en la acepción de personas, que deben huir todos los que gobiernan. La tercera, porque como los superiores verdaderamente son padres, la razón de hijos en los súbditos, como circunstancia incomparablemente más poderosa para el afecto, sofoca a otros cualesquiera motivos de inclinación, exceptuando únicamente la ventaja del mérito. Sería cosa ridícula en un padre querer más a un hijo que a otro, sólo porque aquel hubiese nacido en su proprio lugar, y a este le pariese su madre estando ausente a alguna peregrinación. Por tanto, todos los que gobiernan deben tener siempre en la memoria y en el corazón aquella máxima de la famosa reina de Cartago, que en la esperanza de que por medio del matrimonio con Eneas se agregasen los advenedizos troyanos a sus compatriotas los tirios, preparaba con perfecta igualdad el afecto de reina a unos y otros:
Tros, tyriusque mihi nullo discrimine agetur.

IX

     

     Habiendo hablado aquí del favor que se puede prestar al paisano, en concurrencia de igual mérito con el forastero, me pareció tocar con esta ocasión un punto moral de frecuente ocurrencia en la práctica, y en que he visto comunísimamente errar a hombres por otra parte no ignorantes. Los que tienen a su cargo la distribución de empleos honoríficos o útiles, si no tienen perfecto conocimiento del mérito de los pretendientes, suelen valerse de informes, o judiciales o extrajudiciales. Es el caso ordinarísimo en la provisión de cátedras que hace el Rey o su supremo Consejo para muchas universidades. En esta de Oviedo informan promiscuamente todos los doctores al real Consejo para todas las cátedras de las facultades que en ella se enseñan. Supongo que el que con autoridad, o propia o delegada, hace la provisión, propuestos dos sujetos de igual aptitud y mérito, puede elegir al que quisiere. La duda sólo puede estar de parte de los informantes; y en éstos he visto por lo común el error de que entre sujetos iguales pueden aplicar la gracia del informe al que fuere más de su agrado, graduándole en mejor lugar que al otro concurrente, o proponiéndole como único acreedor a la cátedra vacante.
     Llámole error, porque, en mi sentir, carece de toda probabilidad. Lo cual se demostrará descubriendo las malicias que envuelve en su acción el que entre dos sujetos iguales, Pedro y Juan verbi gracia, informa con preferencia por Pedro; porque yo hallo en ella, no una sola, sino tres distintas, y todas tres graves. Lo primero, falta gravemente en el informe a la virtud de legalidad, la cual le obliga a proponer los sujetos según el grado de su mérito, y éste le altera, pues representa a Pedro como superior a Juan, no siéndolo en la realidad. Lo segundo, comete pecado de injusticia contra el Príncipe, usurpándole o preocupándole el derecho que tiene para elegir entre Pedro y Juan. Lo tercero, comete también pecado de injusticia contra el mismo Juan, el cual es acreedor a que se represente su mérito según el grado que tiene, y es manifiesta injuria proponerle, como inferior a Pedro, siendo igual; lo cual, sobre poderle perjudicar para otros efectos, le hace el daño de imposibilitarle la gracia que acaso te haría el Príncipe, eligiéndole en competencia de Pedro. El padre Andrés Mendo, en su tomo De jure academico, toca este punto y es de nuestro sentir, aunque está algo diminuto en la prueba, porque no hizo reflexión sino sobre este último perjuicio que acabamos de proponer.
     De aquí se colige que nunca puede llegar el caso de hacer gracia alguna el informante a aquel por quien informa, ni en la materia expresada, ni en otra, ni en informe judicial ni extrajudicial; porque entre sujetos iguales hemos visto que no cabe; y si son desiguales, por sí mismo es patente. Por consiguiente, para quien obra con conciencia son totalmente inútiles las recomendaciones de la amistad, del paisanismo, del agradecimiento, de la alianza de escuela, religión o colegio, u otras cualesquiera. Pero la lástima es que en la práctica se palpa la eficacia de estas recomendaciones, aun en desigualdad de méritos, por cuyo motivo, llegando el caso de una oposición, más trabajan los concurrentes en buscar padrinos que en estudiar cuestiones, y más se revuelven las conexiones de los votantes que los libros de la facultad. Llega a tanto el abuso, que a veces se trata como culpa el obrar rectamente. Si el votante, solicitado de alguna persona de especial estimación, le responde con desengaño, se dice que es un hombre duro, inurbano y de ninguna policía si no se dobla al ruego del bienhechor, se queja éste de que es ingrato; si no se rinde a la interposición del amigo, se clama que falta a la deuda de la amistad. En fin (no puede haber más intolerable error), he visto más de diez veces muy preconizados por hombres de bien aquellos que siempre sujetan sus votos a estos u otros temporales respetos. Aquí de la razón. ¿Hay algún amigo tan bueno ni tan grande como Dios? Hay algún bienhechor a quien debamos tanto como a Él? Pues ¿cómo es esto? ¿Es atento, es honrado, es hombre de bien el que falta al mayor amigo, al bienhechor máximo, que es Dios, obrando injustamente por una criatura a quien debe este o aquel limitado respeto, y a quien no debe cosa alguna que no se la deba a Dios principalísimamente? En vano he representado estas consideraciones en varias conversaciones privadas. Creo que también en vano las saco ahora al público. Mas, si no aprovecharen para enmienda del abuso, sirvan siquiera para desahogo de mi dolor.




Razón del gusto

I
     Es axioma recibido de todo el mundo, que contra gusto no hay disputa; y yo reclamo contra este recibidísimo axioma, pretendiendo, que cabe disputa sobre el gusto, y caben razones que le abonen o le disuadan.
     Considero que al verme el lector constituido en este empeño, creerá que me armo contra el axioma con el sentir común de que hay gustos malos, que llaman estragados: «Fulano tiene mal gusto en esto», se dice a cada paso. De donde parece se infiere que cabe disputa sobre el gusto; pues si hay gustos malos y gustos buenos, como la bondad o malicia de ellos no consta muchas veces con evidencia, antes unos pretenden que tal gusto es bueno, y otros que malo, pueden darse razones por una y otra parte; esto es, que prueben la malicia y la bondad.
     Pero estoy tan lejos de aprovecharme de esta vulgaridad, que antes siento que, hablando filosóficamente, nunca se puede decir con verdad que hay gusto malo, o que alguno tiene mal gusto, sea en lo que se fuere. Distinguen los filósofos tres géneros de bienes, el honesto, el útil y el delectable. De estos tres bienes, sólo el último pertenece al gusto; los otros dos están fuera de su esfera. Su único objeto es el bien delectable, y nunca puede padecer error en orden a él. Puede la voluntad abrazar como honesto un objeto que no sea honesto, o como útil el que es inútil, por representárselos tales falsamente el entendimiento. Pero es imposible que abrace como delectable, objeto que realmente no lo sea. La razón es clara; porque si le abraza como delectable, gusta de él; si gusta de él, actual y realmente se deleita en él; luego actual y realmente es delectable el objeto. Luego el gusto, en razón de gusto, siempre es bueno con aquella bondad real, que únicamente le pertenece; pues la bondad real, que toca el gusto en el objeto, no puede menos de refundirse en el acto.
     Ni se me diga, que cuando el gusto se llama malo, no es porque carece de la bondad delectable, sino de la honesta o de la útil. Hago manifiesto que no es así. Cuando uno, en día que le está prohibida toda carne, come una bella perdiz, aquel acto es sin duda inhonesto; con todo, nadie por eso dice que tiene mal gusto en comer la perdiz. Tampoco cuando gasta en regalarse más de lo que alcanzan sus medios, y de ese modo va arruinando su hacienda, se dice que tiene mal gusto, aunque este gusto carece de la bondad útil. Luego solo se llama mil gusto el que carece de otra bondad distinta de la honesta y útil. No hay otra distinta que la delectable, y de ésta tengo probado que nunca carece el gusto; luego contra toda razón se dice, que algún gusto, sea el que fuere, es malo.
     Los africanos gustan del canto de los grillos más que de cualquiera otra música. Ateas, rey de los scitas, quería más oírlos relinchos de su caballo, que al famoso músico Ismenias. ¿Diráse que aquellos tienen mal gusto, y éste le tenía peor? No, sino bueno, así éste como aquellos. Quien percibe deleite en oír esos sonidos, tiene el gusto bueno con la bondad que le corresponde; esto es, bondad delectable. Muchos pueblos septentrionales comen las carnes del oso, del lobo y del zorro; los tártaros la del caballo; los árabes la del camello. En partes de la África se comen cocodrilos y serpientes. ¿Tienen todos éstos mal gusto? No, sino bueno. Sábenles bien esas carnes, y es imposible saberles bien y que el gusto sea malo; o por mejor decir, ser gusto y ser malo e, implicación manifiesta, porque sería lo mismo que tener bondad delectable y carecer de ella.

II

     

     Con todo esto, digo, que caben disputas sobre el gusto. Para cuya comprobación me es preciso impugnar otro error común, que se da la mano con el expresado; esto es, que no se puede dar razón del gusto. Tiénese por pregunta extravagante, si uno pregunta a otro por qué gusta de tal cosa; y juzga el preguntado que no hay otra respuesta que dar, sino gusto porque gusto, o gusto porque es de mi gusto, o porque me agrada, etc., lo que nace de la común persuasión que hay de que del gusto no se puede dar razón. Yo estoy en la contraria.
     Dar razón de un efecto, es señalar su causa; y no una sola, sino dos, se pueden señalar del gusto. La primera es el temperamento, la segunda la aprensión.
     A determinado temperamento se siguen determinadas inclinaciones: Mores sequuntur temperamentum; y a las inclinaciones se sigue el gusto o deleite en el ejercicio de ellas; de modo, que de la variedad de temperamentos nace la diversidad de inclinaciones y gustos. Éste gusta de un manjar, aquél de otro; éste de una bebida, aquél de otra; éste de música alegre, aquél de la triste, y así de todo lo demás, según la varia disposición natural de los órganos, en quien hacen impresión estos objetos, como también en un mismo sujeto se varían a veces los gustos, según la varia disposición accidental de los órganos. Así, el que tiene las manos muy frías, se deleita en topar cosas calientes, y el que las tiene muy calientes, se deleita en tocar cosas frías; en estado de salud gusta de un alimento, en el de enfermedad de otro, o acaso le desplacen todos. Ésta es materia en que no debemos detenernos más, porque a la simple propuesta se hace clarísima.

III

     

     Pero sobre ella se me ofrece ahora excitar una cuestión muy delicada, y en que acaso nadie ha pensado hasta ahora; esto es, si los gustos diversos en orden a objetos distintos, igualmente perfectos cada uno en su esfera, son entre sí iguales. Pongo el ejemplo en materia de música. Hay uno, para cuyo gusto no hay melodía tan dulce como la de la gaita; otro, que prefiere con grandes ventajas a ésta, el armonioso concierto de violines con el bajo correspondiente. Supongo que el gaitero es igualmente excelente en el manejo de su instrumento, que los violinistas en el de los suyos; que también la composición respectivamente es igual; esto es, tan buena aquella para la gaita como ésta para los violines; y en fin, que igualmente percibe el uno la melodía de la gaita, que el otro el concierto de los violines. Pregunto, ¿si percibirán igual deleite los dos, aquél oyendo la gaita, y éste oyendo los violines? Creo que unos responderán que son iguales, y otros dirán que esto no se puede averiguar; porque ¿quién, o por qué regla se ha de medir la igualdad o desigualdad de los dos gustos? Yo siento, contra los primeros, que son desiguales; y contra los segundos, que esto se puede averiguar con entera o casi entera certeza. Pues ¿por dónde se han de medir los dos gustos? Por los objetos. Ésta es una prueba metafísica, que con la explicación se hará física y sensible.
     En igualdad de percepción de parte de la potencia, cuanto el objeto es más excelente, tanto es más excelente el acto. Éste entre los metafísicos es axioma incontestable. Es música más excelente la de los violines que la de la gaita, porque esto se debe suponer; y también suponemos, que la percepción de parte de los dos sujetos es igual. Luego más excelente es el acto conque el uno goza la música de los violines, que el acto con que el otro goza la de la gaita. Mas ¿qué excelencia es ésta? Excelencia en línea de delectación, porque ésa corresponde a la excelencia del objeto delectable. La bondad de la música a la línea de bien delectable pertenece, pues su extrínseco fin es deleitar el oído, aunque por accidente se puede ordenar, y ordena muchas veces, como a fin extrínseco, a algún bien honesto o útil. Así pues, como el objeto mejor en línea de honesto influye mayor honestidad en el acto, y el mejor en línea de útil, mayor utilidad, también el mejor en línea delectable influye mayor delectación.
     Diráme acaso alguno, que el exceso que hay de una música a otra es sólo respectivo, y así recíprocamente se exceden; esto es, respectivamente a un sujeto es mejor la música de violines que la de gaita; y respectivamente a otro, es mejor ésta que aquélla. En varias materias, tratando de la bondad de los objetos en comparación de unos a otros, he visto que es muy común el sentir de que sólo es respectivo el exceso. Pero manifiestamente se engañan los que sienten así. En todos tres géneros de bienes hay bondad absoluta y respectiva. Absoluta es aquella que se considera en el objeto, prescindiendo de las circunstancias accidentales que hay de parte, del sujeto; respectiva, la que se mide por esas circunstancias. Un objeto que absolutamente es honesto, por las circunstancias en que se Italia el sujeto puede ser inhonesto, como el orar cuando insta la obligación de socorrer una grave necesidad del prójimo. Una cosa que absolutamente es útil, como la posesión de hacienda, puede ser inútil y aun nociva a tal sujeto, verbi gracia, si hay de parte de él tales circunstancias, que los socorros que recibiría, careciendo de hacienda, le hubiesen de dar vida más cómoda que la que goza teniéndola. Lo proprio sucede en los bienes delectables. Hay unos absolutamente mejores que otros; pero los mismos que son mejores, son menos delectables o absolutamente indelectables, por las circunstancias de tales sujetos. ¿Quién duda que la perdiz es un objeto delectable al paladar? Mas para un febricitante es indelectable.
     Generalmente hablando, todo cuanto estorba o minora en el sujeto la percepción de la delectabilidad del objeto, es causa de que la bondad respectiva de éste sea menor que absoluta. El que está enfermo percibe menos, o nada percibe, la delectabilidad del manjar regalado; el que con mano llagada o con la llaga misma de la mano toca un cuerpo suavísimo al tacto, no percibe su suavidad. De aquí es, que ni uno ni otro objeto sean respectivamente delectables en aquellas circunstancias, sin que por eso les falte la delectabilidad absoluta.
     Aplicando esta doctrina, que es verdaderísima, a nuestro caso, digo, que la causa de que sea menor para uno de los dos sujetos la bondad respectiva de la música de violines, es la obtusa, grosera y ruda percepción de su delectabilidad o bondad absoluta. Esta obtusa percepción puede estar en el oído, o en cualquiera de las facultades internas, a donde mediata o inmediatamente se transmiten las especies ministradas por el oído; y en cualquiera de las potencias expresadas que esté, nace de la imperfección de la potencia, o imperfecto temple y grosera textura de su órgano. Por la contraria razón, el que tiene las facultades más perfectas, o los órganos más delicados y de mejor temple, percibe toda la excelencia de la mejor música, y el exceso que hace a la otra; de donde es preciso resulte en él mayor deleite, por la razón que hemos alegado. Esta prueba y explicación sirven para resolver la cuestión propuesta a cualesquiera otros objetos delectables que se aplique, demostrando generalmente, que el sujeto que gusta más del objeto más delectable, goza mayor deleite que el que gusta más de lo que es menos.      Universalmente hablando, y sin excepción alguna, todos los que son dotados de facultades más vivas y expeditas tienen una disposición intrínseca y permanente para percibir mayor placer de los objetos agradables. Pero no deben lisonjearse mucho de esta ventaja, pues tienen también la misma disposición intrínseca para padecer más los penosos. El que tiene un paladar de delicadísima y bien templada textura, goza mayor deleite al gustar el manjar regalado, pero también padece más grave desazón al gustar el amargo o acerbo. El que es dotado de mejor oído, percibe mayor deleite al oír una música dulce, pero también mayor inquietud al oír un estrépito disonante. Esto se extiende aun a la potencia intelectiva. El de más penetrante entendimiento se deleita más al oír un discurso excitante, pero también padece mayor desabrimiento al oír una necedad.

IV

     

     La segunda causa del gusto es la aprensión, y de la variedad de gustos la variedad de aprensiones. De suerte que, subsistiendo el mismo temple, y aun la misma percepción en el órgano externo, sólo por variarse la aprensión, sucede desagradar el objeto que antes placía, o desplacer el que antes agradaba. Esto se probará de varias maneras. Muchas veces el que nunca ha usado de alguna especie de manjar, especialmente si su sabor es muy diverso del de los que usa, al probarlo la primera vez se disgusta de él, y después, continuando su uso, le come con deleite. El órgano es el mismo, su temperie, y aun su sensación, la misma. Pues ¿de dónde nace la diversidad? De que se varió la aprensión. Mirole al principio como extraño al paladar, y por tanto como desapacible; el uso quitó esa aprensión odiosa, y por consiguiente le hizo gustoso.
     Al contrario, otras muchas veces, y aun frecuentísimamente, el manjar que, usado por algunos días, es gratísimo, se hace ingrato continuándose mucho. La sensación del paladar es la misma, como cualquiera que haga reflexión experimentará en sí proprio; pero la consideración de su repetido uso excita una aprensión fastidiosa, que le vuelve aborrecible. De esto hay un ejemplo insigne y concluyente en las Sagradas Letras. Llegaron los israelitas en el desierto a aborrecer el alimento del maná, que al principio comían con deleite. ¿Nació esta mudanza de que, por algún accidente, hiciese en la continuación alguna impresión ingrata en el órgano del gusto? Consta evidentemente que no; porque era propiedad milagrosa de aquel manjar, que sabía a lo que quería cada uno: Deserviens uniuscuiusque voluntati, ad quod quisque volebat convertebatur. Pues ¿de qué? El texto lo expresa: Nihil vident oculi nostri, nisi man; «nada ven nuestros ojos sino maná». El tener siempre todos los días y por tanto tiempo una misma especie de manjar delante de los ojos, sin variar ni añadir otro alguno, excitó la aprensión fastidiosa de que hablamos.
     Muchos no gustan de un manjar al principio, y gustan después de él, porque oyen que es de la moda o que se pone en las mesas de los grandes señores; otros porque les dicen que viene de remotas tierras, y se vende a precio subido. Como también al contrario, aunque gusten de él al principio, si oyen después que es manjar de rústicos, o alimento ordinario de algunos pueblos incultos y bárbaros, empiezan a sentir displicencia en su uso. Aquellas noticias excitaron una aprensión o apreciativa o contentiva, que mudó el gusto. En los demás sentidos, y respecto de todas las demás especies de objetos delectables, sucede lo mismo.

V

     

     Júzgase comúnmente, que el gusto o disgusto que se siente de los objetos de los sentidos corpóreos está siempre en los órganos respectivos de éstos. Pero realmente esto sólo sucede, cuando el gusto o disgusto penden del temperamento de esos órganos. Mas cuando vienen de la aprensión, sólo están en la imaginativa, la cual se complace o se irrita, según la varia impresión que hace en ella la representación de los objetos de los sentidos. Es tan fácil equivocarse en esto, y confundir uno con otro, por la íntima correspondencia que hay entre los sentidos corpóreos y la imaginativa, que aun aquel grande ingenio lusitano, el digno de toda alabanza, el insigne padre Antonio Vieira, explicando el tedio que los israelitas concibieron al maná, bien que usó de su gran talento para conocer que ese tedio no estaba en el paladar, no te trasladó a donde debiera, por que le colocó en los ojos, fundado en el sonido del texto: Nihil vident oculi nostri nisi man. Yo digo, que no estaba el tedio en los ojos, sino en la imaginativa. La razón es clara, porque es imposible que se varíe la impresión, que hace el objeto en la potencia, si no hay variación alguna, o en el objeto, o en la potencia, o en el medio por donde se comunica la especie. En el caso propuesto debemos suponer que no hubo variación alguna ni en el maná (pues esto consta de la misma Historia sagrada), ni en los ojos de los israelitas, ni en el medio por donde se les comunicaba la especie; pues esto, siendo común a todos, sería una cosa totalmente insólita y preternatural, que no dejaría de insinuar el historiador sagrado: fuera de que, en ese caso, tendrían legítima disculpa los israelitas en el aborrecimiento del maná; luego aquel tedio no estaba en los ojos, sino en la imaginativa.
     Ni se me oponga que también sería cosa totalmente insólita que la imaginativa de todos se viciase con aquel tedio. Digo, que no es eso insólito o preternatural, sino naturalísimo, porque los males de la imaginativa son contagiosos. Un individuo sólo es capaz de inficionar todo un pueblo. Ya se ha visto en más de una y aun de dos comunidades de mujeres, por creerse energúmena una de ellas, ir pasando sucesivamente a todas las demás la misma aprensión, y juzgarse todas poseídas. Sobre todo, una; aprensión fastidiosa es facilísima de comunicar. Se nos viene naturalmente el objeto a la imaginativa, como corrompido de aquella tediosa displicencia, que vemos manifiesta otro hacia él, especialmente si el otro es persona de alguna especial persuasiva o de muy viva imaginación, porque ésta tiene una fuerza singular para insinuar en otros la misma idea de que está poseída.

VI

     

     Puesto ya que el gusto depende de dos principios distintos, esto es, unas veces del temperamento, otras de la aprensión, digo, que cuando depende del temperamento, no cabe disputa sobre el gusto, pero si cuando viene de la aprensión. Lo que es natural e inevitable, no puede impugnarse con razón alguna; como ni tampoco hay razón alguna que lo haga plausible o digno de alabanza. Tan imposible es que deje degustar de alguna cosa el que tiene el órgano en un temperamento proporcionado para gustar de ella, como lo es que el objeto a un tiempo mismo sea proporcionado y desproporcionado al sentido. No digo yo todos los hombres, mas aun todos los ángeles, podrán persuadir a uno que tiene las manos ardiendo, que no guste de tocar cosas frías. Podrán, sí, persuadirle, o por motivo, de salud o de mérito, que no la aplique a ellas, pero que aplicadas, no sienta gusto en la aplicación, es absolutamente imposible.
     No es así en los gustos que penden precisamente de la aprensión, porque los vicios de la aprensión son curables con razones. Al que mira con fastidioso desdén algún manjar, o porque no es del uso de su tierra, o por su bajo precio, o porque es alimento común de gente inculta y bárbara, es fácil convencerle con argumentos de que ese horror es mal fundado. Es verdad que no siempre que se convence el entendimiento, cede de su tesón la imaginativa; pero cede muchas veces, como la experiencia nuestra a cada paso.
     Aun cuando el vicio de la imaginativa se comunica al entendimiento, halla tal vez el ingenio medios con que curarle en una y otra potencia. Los autores médicos refieren algunos casos de éstos. A uno, que creía tener un cascabel dentro del celebro, cuyo sonido aseguraba oía, curó el cirujano haciéndole una cisura en la parte posterior de la cabeza, donde entrando los dedos como que arrancaba algo, le mostró luego un cascabel, que llevaba escondido, como que era el que tenía en la cabeza y acababa de sacarle de ella. Otro, que imaginaba tener el cuerpo lleno de culebras, sapos y otras sabandijas, fue curado dándole una purga, y echando con disimulo en el vaso excretorio algunos sapos y culebras, que le hicieron creer eran los que tenía en el cuerpo, y había expelido con la purga. A otro, que había dado en la extravagante imaginación de que si expelía la orina había de inundar el mundo con ella, y deteniéndola por este medio, estaba cerca de morir de supresión, sanaron encendiendo una grande hoguera a vista suya; y persuadiéndole que aquel fuego iba cundiendo por toda la tierra, la cual, sin duda, en breve se vería reducida, a cenizas, si no soltaba los diques al fluido excremento para apagar el incendio, lo que él al momento ejecutó. A este mudo se pueden discurrir otros estratagemas para casos semejantes, en los cuales será más útil un hombre ingenioso y de buena inventiva, que todos los médicos del mundo.
     Lo que voy a referir es más admirable. Sucediome revocar al uso de la razón a una persona, que mucho tiempo antes le había perdido, aun sin usar de esto, artificiosos círculos, sino acometiendo (digámoslo así) frente a frente su demencia. El caso pasó con una monja benedictina del convento de Santa María de la Vega, existente extramuros de esta ciudad de Oviedo. Esta religiosa, que se llamaba doña Eulalia Pérez, y excedía la edad sexagenaria, habiendo pasado dos o tres años después de perdido el juicio, sin que en todo ese tiempo gozase algún lúcido intervalo, ni aun por bravísimo tiempo, cayó en una fiebre, que pareció al médico peligrosísima, aunque de hecho no lo era, por lo cual fui llamado para administrarla el socorro espiritual de que estuviese capaz. Entrado en su aposento, la hallé tan loca como me habían informado lo estaba antes, y realmente era una locura rematadísima la suya. Apenas había objeto sobre el cual no desbarrase enormemente. Empecé intimándola que se confesase; respondía ad ephesios. Propúsele la gravedad de su mal y el riesgo en que estaba, según el informe del médico, como si hablase con un bruto. Todo era prorrumpir en despropósitos; bien que el error, que más ordinariamente tenía en la imaginación y en la boca era, que hablaba a todas horas con Dios, y que Dios la revelaba cuanto pasaba y había de pasar en el mundo. Viéndola en tan infeliz estado, me apliqué, con todas mis fuerzas, a tentar si podía encender en su mente la luz de la razón, totalmente extinguida al parecer. En cosa de medio cuarto de hora lo logré. Y luego, temiendo juntamente que aquella fuese una ilustración pasajera como de relámpago, me apliqué a aprovechar aquel dichoso intervalo, haciendo que se confesase sin perder un momento; lo que ejecutó con perfecto conocimiento y entera satisfacción mía. Después de absuelta, estuve con ella por espacio de media hora, y en todo este tiempo gozó íntegramente el uso de la razón. Despedime sin administrarla otro sacramento, por conocer que la fiebre no tenía visos de peligrosa, aunque el médico la constituía tal, como, en efecto, dentro de pocos días convaleció pero la ilustración de su mente fue transitoria, como yo me había temido. Dentro de pocas horas volvió a su demencia, y en ella perseveró sin intermisión alguna hasta el momento de su muerte, que sucedió tres o cuatro años después. Hallábame yo ausente de Oviedo cuando murió, y me dolió mucho al recibir la noticia, creyendo, con algún fundamento, que acaso le lograría en aquel lance el importantísimo beneficio que había conseguido en la otra ocasión; bien que no ignoro, que la dificultad había crecido en lo inveterado del mal.
     Es naturalísimo desee el lector saber a qué industria se debió esta hazaña, no sólo por curiosidad, mas también por la utilidad de aprovecharse de ella si le ocurriese ocasión semejante. Parece que no hubo industria alguna; antes muchos, mirándolo a primera luz, bien lejos de graduarlo de ingenioso acierto, lo reputarán una feliz necedad. ¿Quién pensará que de intento y derechamente me puse a persuadir a una loca, que lo estaba, y que cuanto pensaba y decía era un continuado desatino? O ¿quién no diría al verme esperanzado de ilustrarla por este medio, que yo estaba tan loco como ella? Para conocer la verdad de lo que yo le proponía, era menester tener el uso de la razón, el cual le faltaba; y si no la conocía, era inútil la propuesta; con que parece que era una quimera cuanto yo intentaba. Sin embargo, éste fue el medio que tomé. Por qué y cómo se logró el efecto, explicaré ahora.
     Para vencer cualquier estorbo o lograr cualquiera fin, no se ha de considerar precisamente el medio o instrumento de que se usa, mas también la fuerza y arte con que se maneja. La cimitarra del famoso Jorge Castrioto, en la mano de su dueño, de un golpe cortaba enteramente el cuello a un toro; trasladada a la del sultán, sólo hizo una pequeña herida. Esto pasa en las cosas materiales, y esto mismo sucede en el entendimiento. Usando de la misma razón uno que otro, hay quien desengaña de su error aun necio en un cuarto de hora, y hay quien no puede convencerle en un día ni en muchos días. Pues, ¿cómo, si ambos echan mano del mismo instrumento? Porque le manejan de muy diferente modo. Las voces de que se usa, el orden con que se enlazan, la actividad y viveza con que se dicen, la energía de la acción, la imperiosa fuerza del gesto, la dulce y al mismo tiempo eficaz valentía de los ojos, todo esto conspira, y todo esto es menester para introducir el desengaño en un entendimiento, o infatuado o estúpido. La mente del hombre, en el estado de unión al cuerpo, no se mueve sólo por la razón pura, mas también por el mecanismo del órgano; y en este mecanismo tienen un oculto, pero eficaz, influjo las exterioridades expresadas. Conviene también variar las expresiones, mostrar la verdad a diferentes luces, porque esto es como dar vuelta a la muralla, para ver por dónde se puede abrir la brecha. Ello, en el caso dicho, se logró al fin, como pueden testificar más de veinte religiosas del convento mencionado, que viven hoy y vieron el suceso. No sólo, en esta ocasión; también en otra logré ilustrar a un loco, mucho más rematado, haciéndole conocer el error, que sin intermisión traía en la mente muchos años había. Es verdad que en éste mucho más presto se apagó la luz recibida; de modo, que apenas duró dos minutos el desengaño. Tampoco yo insistí con tanto empeño, porque no había la necesidad que en el otro caso.
     Confieso que en una perfecta demencia no habrá recurso alguno; es preciso que reste alguna centellita de razón en quien se encienda esta pasajera llama. En la ceniza, por más que se sople, no se producirá la más leve luz. Pero ¿cuándo se halla una perfecta demencia? Pienso que nunca, o casi nunca. Apenas hay loco que en cuanto piensa, dice y hace, desatine. Todo el negocio consiste en acertar con aquella chispa que ha quedado, y saber agitarla con viveza. Nadie nos pida lecciones para practicarlo porque son inútiles. Es obra de ingenio, no de la instrucción.
     Los ejemplos alegados prueban superabundantemente nuestro intento. Si es posible reducir a la razón a quien tiene dañado, juntamente con la imaginativa, el entendimiento, mucho más fácil será reducir a quien, sólo tiene viciada la imaginativa, sin lesión alguna de parte del entendimiento, especialmente cuando, como, en el caso de la cuestión, el vicio de la imaginativa es sólo respectivo a objeto determinado. De todo lo alegado, en este discurso se concluye, que hay razón para el gusto, y que cabe razón o disputa contra el gusto.





Introducción de voces nuevas
     Señor mío: El tono, en que vuestra merced me avisa, que muchos me reprenden la introducción de algunas voces nuevas en nuestro idioma, me da bastantemente a entender, que es vuestra merced uno de esos muchos. No me asusta ni coge desprevenido la noticia, porque siempre tuve previsto, que no habían de ser pocos los que me acusasen sobre este capítulo. Lo peor del caso es, que los que miran como delito de la pluma el uso de voces forasteras, se hacen la merced de juzgarse colocados en la clase suprema de los censores de estilos, bien que yo sólo les concederé no ser de la ínfima.      Puede asegurarse, que no llegan ni aun a una razonable medianía todos aquellos genios, que se atan escrupulosamente a reglas comunes. Para ningún arte dieron los hombres, ni podrán dar jamás, tantos preceptos, que el cúmulo de ellos sea comprensivo de cuanto bueno cabe en el arte. La razón es manifiesta, porque son infinitas las combinaciones de casos y circunstancias, que piden, ya nuevos preceptos, ya distintas modificaciones y limitaciones de los ya establecidos. Quien no alcanza esto, poco alcanza.
     Yo convendría muy bien con los que se atan servilmente a las reglas, como no pretendiesen sujetar a todos los demás al mismo yugo. Ellos tienen justo motivo para hacerlo. La falta de talento los obliga a esa servidumbre. Es menester numen, fantasía, elevación, para asegurarse el acierto, saliendo del camino trillado. Los hombres de corto genio son como los niños de la escuela, que si se arrojan a escribir sin pauta, en borrones y garabatos desperdician toda la tinta. Al contrario, los de espíritu sublime logran los más felices rasgos cuando generosamente se desprenden de los comunes documentos. Así, es bien que cada uno se estreche o se alargue, hasta aquel término que le señaló el Autor de la naturaleza, sin constituir la facultad propia por norma de las ajenas. Quédese en la falda quien no tiene fuerza para arribar a la cumbre, mas no pretenda hacer magisterio lo que es torpeza, ni acuse como ignorancia del arte lo que es valentía del numen.
     Al propósito. Concédese, que por lo común es vicio del estilo la introducción de voces nuevas o extrañas en el idioma proprio. Pero ¿por qué? Porque hay muy pocas manos, que tengan la destreza necesaria para hacer esa mezcla. Es menester para ello un uno sutil, un discernimiento delicado. Supongo, que no ha de haber afectación, que no ha de haber exceso. Supongo también, que es lícito el uso de voz de idioma extraño cuando no la hay equivalente en el proprio; de modo que, aunque se pueda explicar lo mismo con el complejo de dos o tres voces domésticas es mejor hacerlo con una sola, venga de donde viniere. Por este motivo, en menos de un siglo se han añadido más de mil voces latinas a la lengua francesa, y otras tantas y muchas más, entre latinas y francesas, a la castellana. Yo me atrevo a señalar en nuestro nuevo diccionario más de dos mil, de las cuales ninguna se hallará en los autores españoles, que escribieron antes de empezar el pasado siglo. Si tantas adiciones hasta ahora fueron lícitas, ¿por qué no lo serán otras ahora? Pensar, que ya la lengua castellana, u otra alguna del mundo, tiene toda la extensión posible o necesaria, sólo cabe en quien ignora, que es inmensa la amplitud de las ideas, para cuya expresión se requieren distintas voces.      Los que a todas las peregrinas niegan la entrada en nuestra locución, llaman a esta austeridad, pureza de la lengua castellana. Es trampa vulgarísima nombrar las cosas como lo ha menester el capricho, el error o la pasión. ¡Pureza! Antes se deberá llamar pobreza, desnudez, miseria, sequedad. He visto autores franceses de muy buen juicio, que con irrisión llaman puristas a los que son rígidos en esta materia; especie de secta en línea de estilo, como hay la de puritanos en punto de religión.
     No hay idioma alguno, que no necesite del subsidio de otros, porque ninguno tiene voces para todo. Escribiendo en verso latino, usó Lucrecio de la voz griega homoemería, por no hallar, voz latina equivalente:
                           Nunc Anaxagorae scrutemur homoemeriam,
Quam Graeci vocant, nec nostra dicere lingua
Concedit nobis patrii sermonis egestas.
     Antes de Lucrecio había ya tomado mucho la lengua latina de la griega, y mucho tomó después. ¿Qué daño causaron los que hicieron estas agregaciones? No, sino mucho provecho. Críticos hay y ha habido, que aun más escrupulosos en el idioma latino, que nuestros puristas en el castellano, no han querido usar de voz alguna, que no hayan hallado en Cicerón; nimiedad, que dignamente reprehende el latinísimo y elocuentísimo, Marco Antonio Mureto; diciendo, que el mismo Cicerón, si hubiera vivido hasta los tiempos de Quintiliano, Plinio y Tácito, hallaría la lengua latina aumentada y enriquecida por ellos con muchas voces nuevas, muy elegantes, de las cuales usaría con gran complacencia, agradeciendo su introducción o invención a aquellos autores: Equidem existimo Ciceronem, si ad Quintiliani, et Plinii, et Taciti tempora vitam producere potuisset, et romanam linguam multis vocibus eleganter conformatis eorum studio auctam ac locupletatam vidisset, magnam eis gratiam habiturum, atque illis vocibus cupide usurum fuisse. (Variar. lect. lib. XV, cap. I.)
     A tanto llega el rigor o la extravagancia de los puristas latinos, que algunos acusaron como delito al doctor Francisco Gilelfo, haber inventado la voz stapeda para significar el estribo. No había voz, ni en el griego ni en el latín, que le significase; porque ni entre griegos ni entre romanos, ni entre alguna nación conocida, se usó en la antigüedad de estribos para andar a caballo. Es su invención bastantemente moderna; ¿por qué no se había de inventar la voz, habiéndose inventado el objeto? ¿No es mejor tener para este efecto una voz simple, de buen sonido y oportuna derivación, como es stapeda (a stante pede), que usar de las dos del Diccionario de Trevoux, scamilus ephippiarius, o de la voz scandula, que propone también el mismo diccionario, y es muy equívoca; pues en el Diccionario de Nebrija se ve, que significa otras dos cosas?
     En estos inconvenientes caen los puristas, así latinos como castellanos o de otro cualquier idioma. O, carecen de voces para algunos objetos, o usan de agregados de distintas voces para expresarlos, que es lo mismo, que vestir el idioma de remiendos, por no admitir voces nuevas, o buscarlas en alguna lengua extranjera. Hacen lo que los pobres soberbios, que más quieren hambrear, que pedir.
     Quintiliano, gran maestro en el asunto que tratamos, dice, que él y los demás escritores romanos de su tiempo tomaban de la lengua griega lo que faltaba en la latina, y asimismo los griegos socorrían con la latina la suya: Confessis quoque graecis utimur verbis, ubi nostra dessunt, sicut illi a nobis nonnumquam mutuantur. (Institut. Orat., lib. I, cap. V.) ¿Se atreverá vuestra merced u otro alguno a recusar, en materia de estilo, la autoridad de Quintiliano?
     Lo más es, que no sólo de los griegos (que al fin a éstos los veneraban, en algún modo, como maestros suyos) se socorrían los romanos en las faltas de su lengua, mas aun de otras naciones, a quienes miraban como bárbaras. En el mismo Quintiliano se lee, que tomaron las voces rheda y petoritum de los galos; la voz mappa, de los cartagineses; la voz gurdus, para significar un hombre rudo, de los españoles. Origen español atribuye también Aulo Gelio a la palabra lancea. A vista de esto, ¿qué caso se debe hacer de la crítica austeridad de los que condenan la admisión de cualquiera voz forastera en el idioma hispano?
     Diranme acaso, y aun pienso cuando dicen, que en otro tiempo era lícito uno u otro recurso a los idiomas extraños, porque no tenía entonces el español toda la extensión necesaria; pero hoy es superfluo, porque ya tenemos voces para todo. ¿Qué puedo yo decir a esto, sino que alabo la satisfacción? En una clase sola de objetos les mostraré, que nos faltan muchísimas voces. ¿Qué será en el complejo de todas? Digo en una clase sola de objetos; esto es, de los que pertenecen al predicamento de acción. Son innumerables las acciones para que no tenemos voces, ni nos ha socorrido con ellas el nuevo diccionario. Pondré uno u otro ejemplo. No tenemos voces para la acción de cortar, para la de arrojar, para la de mezclar, para la de desmenuzar, para la de excretar, para la de ondear el agua u otro licor, para la de excavar, para la de arrancar, etc. ¿Por qué no podré, valiéndome del idioma latino para significar estas acciones, usar de las voces amputación, proyección, conmixtión, conminución, excreción, undulación, excavación, avulsión?
     Asimismo padecemos bastante escasez de términos abstractos, como conocerá cualquiera, que se ocupe algunos ratos en discurrir en ello. Fáltannos también muchísimos participios. En unos y otros los franceses han sido más próvidos que nosotros, formándolos sobre sus verbos o buscándolos en el idioma latino. ¿No sería bueno que nosotros los formemos también, o los traigamos del latín o del francés? ¿Qué daño nos hará este género peregrino, cuando por él los extranjeros no nos llevan dinero alguno?
     Así, aunque tengo por obras importantísimas los diccionarios, el fin, que tal vez se proponen sus autores, de fijar el lenguaje, ni le juzgo útil ni asequible. No útil, porque es cerrar la puerta a muchas voces, cuyo uso nos puede convenir; no asequible, porque apenas hay escritor de pluma algo suelta, que se proponga contenerla dentro de los términos del diccionario. El de la Academia Francesa tuvo a su favor todas las circunstancias imaginables para hacerse respetar de aquella nación. Sin embargo, sólo halla dentro de ella una obediencia muy limitada. Fuera de que, verosímilmente no se hizo hasta ahora para ninguna lengua diccionario, que comprehendiese todas las voces autorizadas por el uso. Compuso Ambrosio Calepino un diccionario latino de mucho mayor amplitud, que todos los que le habían precedido. Vino después Conrado Gesnero, que le añadió millares de voces. Aumentolo también Paulo Manucio, y en fin, Juan Paseracio, La-Zerda, Chiflet y otros; y después de todo, aun faltan en él muchísimos vocablos, que se hallan en autores latinos muy clásicos.
     Luego que en el párrafo inmediato escribí la voz asequible, me ocurrió mirar si la trae el Diccionario de nuestra Academia. No la hay en él. Sin embargo, vi usar de ella a castellanos, que escribían y hablaban muy bien. Algunos juzgarán, que posible es equivalente suyo, pero está muy lejos de serlo.
     Ni es menester, para justificar la introducción de una voz nueva, la falta absoluta de otra que signifique lo mismo: basta que la nueva tenga o más; propriedad o más hermosura o más energía. R. de Segrais, de la Academia Francesa, que tradujo la Eneida en verso de su idioma nativo, y es la mejor traducción de Virgilio, que pareció hasta ahora, llegando a aquel pasaje, en que el poeta, refiriendo los motivos del enojo de Juno contra los troyanos, señala por uno de ellos el profundo dolor de haber París preferido a su hermosura la de Venus:
                            Manet alta mente repostum
Judicium Paridis, spretaeque injuria formae.
Trasladó el último hemistiquio de este modo:
Sa beauté meprisée, impardonable injure.
Repararon los críticos en la voz impardonable, nueva en el idioma francés; y hubo muchos, que por este capítulo la reprobaron, imponiéndole su inutilidad, respecto de haber en el francés la voz irremisible, que significa lo mismo. No obstante lo cual, los más y mejores críticos estuvieron a favor de ella, por conocer, que la voz impardonable, colocada allí, exprime con mucho mayor fuerza la cólera de Juno, y el concepto, que hacía de la gravedad de la ofensa, que la voz irremisible. Y ya hoy aquella voz, que inventó Mr. de Segrais, es usada entre los franceses.
     Pero es a la verdad para muy pocos el inventar voces o connaturalizar las extranjeras. Generalmente la elección de aquellas que, colocados en el período, tienen o más hermosura o más energía, pide numen especial, el cual no se adquiere con preceptos o reglas. Es dote puramente natural; y el que no la tuviere, nunca será ni gran orador ni gran poeta. Es la prenda es quien, a mi parecer, constituye la mayor excelencia de la Eneida. En virtud de ella, daba Virgilio a la colocación de las voces, cuando era oportuno, aquel gran sonido con que se imprime en el entendimiento o en la imaginación una idea vivísima del objeto. Tal es aquel pasaje, cuya parte copié arriba:
                             Necdum etiam causae irarum, saevique dolores
Exciderant animo: manet alta mente repostum
Judicium Paridis, spretaeque injuria formae.
Dentro da pocas voces, ¡qué pintura tan viva, tan hermosa, tan expresiva, tan valiente, de la irritación de la diosa, y de la profunda impresión que había hecho en su ánimo la injuria de anteponer a la suya otra belleza! Donde es bien advertir que el síncope repostum es de invención de Virgilio, y no introducido sólo a favor de la libertad poética, sino porque aquella nueva voz, o nueva modificación de la voz repositum, da más fuerza a la expresión.
     No sólo dirige el numen o genio particular para la introducción de voces nuevas o inusitadas, mas también para usar oportunamente de todas las vulgarizadas. Ciertos rígidos Aristarcos generalísimamente quieren excluir del estilo serio todas aquellas locuciones o voces, que, o por haberlas introducido la gente baja, o porque sólo entre ella tienen frecuente uso, han contraído cierta especie de humildad o sordidez plebeya; y un docto moderno pretende ser la más alta perfección del estilo de don Diego Saavedra, no hallarse jamás en sus escritos alguno de los vulgarísimos que hacinó Quevedo en el Cuento de cuentos, ni otros semejantes a aquellos. Es muy hermoso y culto ciertamente el estilo de don Diego Saavedra, pero no lo es por eso; antes afirmo que aun podría ser más elocuente y enérgico, aunque tal vez se entrometiesen en él algunos de aquellos vulgarísimos.
     Quintiliano, voto supremo en la materia, enseña que no hay voz alguna, por humilde que sea, a quien no se pueda hacer jugar en la oración, exceptuando únicamente las torpes u obscenas: Omnibus fere verbis, praeter pauca, quae sunt parum verecunda, in oratione locus est. Y poco más abajo, sin la limitación de la partícula fere repite la misma sentencia: Omnia verba (exceptis de quibus dixi) sunt alicubi optima, et humilibus interdum, el vulgaribus est opus. (Institut. Orat., lib. I, cap. I.) Y en otra parte pronuncia que a veces la misma humildad de las palabras añade fuerza y energía a lo que se dice: Vim, rebus aliquando, et ipsa verborum humilitas affert. (Libro VIII, capítulo III.)
     Un sujeto por muchas circunstancias ilustre, leyendo en el primer tomo del Teatro crítico aquella cláusula primera del discurso, que trata de las cometas: «Es el cometa una fanfarronada del cielo contra los poderosos del mundo,» la celebró como rasgo de especial gala y esplendor. Convendré en que haya sido efecto de su liberalidad el elogio; pero si en la sentencia hay algún mérito para él, todo consiste en el oportuno uso de la voz fanfarronada, la cual por si es de la clase de aquellas que pertenecen al estilo bajo; con todo, tendría mucho menos gracia y energía si dijese: «Es el cometa una vana amenaza del cielo,» etc. Siendo así, que la significación es la misma, y la locución vana amenaza nada tiene de humilde o plebeya. Vea vuestra merced aquí verificada la máxima de Quintiliano: Vim rebus aliquando, et ipsa verborum humilitas affert.
     De esto digo lo mismo que dije arriba en orden a inventar voces o domesticar las extranjeras. No pende del estudio o meditación, sí sólo de una especie de numen particular, o llámese imaginación feliz, en orden a esta materia. El que la tiene, aun sin usar de reflexión, sin discurrir, sin pensar en ello, encuentra muchas veces las voces más oportunas para explicarse con viveza o valentía, ya sean nobles, ya humildes, ya paisanas, ya extranjeras, ya recibidas en el uso, ya formadas de nuevo. El que carece de ella no salga del camino trillado, y mucho menos se meta en dar reglas en materia de estilo. Pero en esto sucede lo que en todas las demás cosas. Condena los primores quien, no sólo no es capaz de ejecutarlos, mas ni aun de percibirlos; que también el discernirlos pide talento, y no muy limitado.
     Creo haber dejado a vuestra merced satisfecho sobre el asunto de su carta, y yo lo estaré de que vuestra merced tiene el concepto debido de mi amistad, si me presentare muchas ocasiones de ejercitar el afecto que le profeso, etc.





Racionalidad de los brutos

I

De Polo a Polo se apartaron unos de otros algunos Filósofos en sus opiniones, respecto de los brutos. Unos están tan liberales con ellos, que los conceden discurso: otros tan escasos, que les niegan aun sentimiento. ¡Discordia portentosa! Pero otra mayor, y más admirable hay en la presente materia.
Habiendo, como decimos, Filósofos que les niegan sentimiento a los brutos, hay otros que les conceden, no sólo sentimiento, mas también conocimiento a las plantas. ¡Tan extravagantes, y tan confusas son nuestras ideas! De esta opinión fueron tres famosos Filósofos de la antigüedad, Anaxágoras, Demócrito, y Empédocles, según testimonio de Aristóteles (lib. 1. de Plantis), y en nuestros días la renovó Andrés Rudigero en el libro que intituló Physica Divina, impreso en Francfort año de mil setecientos y diez y seis.
En cuanto a la opinión que les atribuye a las plantas sentimiento, y apetito, el mismo Aristóteles en el lugar citado dice que asintió a ella su Maestro Platón; y añade, que aunque tiene esta opinión por falsa, pero no por disparatada. Paradoxus igitur est, quamvis non adeo temere erret eius intentio, qui plantis sensum, appetitumque tribuendum esse ita existimavit.
Reprodujo esta opinión habrá cosa de un siglo el célebre Dominicano Fr. Tomás Campanela, quien no sólo a las plantas, mas también a todas las cosas elementales, atribuyó facultad sensitiva, fundado en la razón (verdaderamente fútil) de que siendo los animales sensitivos, era preciso lo fuesen también los cuatro elementos de que constan: porque no puede dar la causa el efecto, sino lo que tiene en sí misma. Si el argumento fuese bueno, probaría que los cuatro Elementos son, no sólo sensitivos, sino racionales, porque el hombre que consta de ellos es racional.
Algunos Filósofos modernos se aplicaron al mismo sentir, entre ellos el famoso Físico Francisco Redi. Su principal fundamento consiste en la analogía que observaron entre la organización interna de las plantas, y de los animales. Manuel Konig, Doctor Médico de Basilea, después de los grandes Anatómicos Bartolino, y Malpighi, trató largamente esta materia, exponiendo cómo en las plantas se hallan venas, nervios, vasos, e instrumentos destinados para la respiración, para la cocción, y digestión de los alimentos, para la circulación del jugo nutricio, para la expulsión del excrementicio, para la generación, hasta descubrir en una planta el útero con sus trompas, y las pares con todas las túnicas que circundan el feto. En fin, nada echa menos en las plantas, respecto de los animales, sino los instrumentos que sirven al movimiento progresivo, y la formación de la voz.
A la verdad, como todo lo demás se ajustase, estas dos últimas circunstancias no harían mucha falta; pues las Ostras, que ciertamente son animales, ni tienen voz, ni movimiento progresivo. Y ahora hago reflexión sobre un lugar de Aristóteles en el libro tercero de la generación de los animales, donde parece que concede a las plantas las mismas facultades que a las Ostras, diciendo, que las plantas son las Ostras de la tierra, y las Ostras las plantas de la agua: Quasi plantae ostrea terrena, ostrea plantae aquatiles sint. La experiencia del que llaman Arbol sensitivo da más aire a la sentencia de aquellos Físicos que el testimonio alegado de Aristóteles. Diósele este epíteto a aquel árbol, como también el de Púdico; porque llegando cualquiera a tocarle, retira con estridor hojas, y ramas, como afectando fuga, y sentimiento de la ofensa. En el Istmo, o estrecho de tierra que divide la América Septentrional de la Meridional, entre Nombre de Dios, y Panamá, dice Roberto Boyle, que hay una selva entera de estos árboles.
Lo mismo se nota en una planta, llamada Seta Marina, que se halla en algunos parajes de Italia, de quien da noticia Konig, citado arriba. Pero lo más singular, y más persuasivo que he leído sobre la presente materia, es la relación que se halla en las Memorias de Trevoux (año 1701, mes de Junio, fol. 171), de una especie de flor fungosa, que se vió cerca de Caén a las orillas del Mar, y en quien se hallaron todas las señas de sensitiva. He citado con puntualidad el lugar de dichas Memorias, porque los curiosos que las tuvieren a mano pueden ver en ellas su descripción; pues no tratando yo este asunto sino por vía de digresión, no es razón detenerme más en él; por cuyo motivo omito también la especie de la Langosta del Brasil, que por la Primavera se convierte en planta: la de la hierba llamada Papaya, que da un fruto semejante al melón; y no le produce, sino siembran el macho junto con la hembra, como los distingue el vulgo; y otras semejantes que podían hacer al mismo intento.
Por equivocación se llamó a la Papaya hierba, siendo realmente árbol. El Padre Regnault, Tom. 3 de sus Conversaciones físicas, Coloq. 16, sobre la fe de un Misionero dice que en la Abisinia hay un árbol llamado Enseté, de quien los naturales del País aseguran que arroja suspiros cuando le cortan; y es frase suya cuando van a cortarle, decir que van a matarle. La utilidad que de él reciben prepondera a su compasión, si realmente tienen alguna, porque, fuera de otros usos, de sus ramas molidas hacen una especie de harina, que mezclada con leche es un manjar gratísimo; y los pedazos de su tronco, y raíces, echados en la olla, la dan especial gusto.



II

Volviendo, pues, a la cuestión sobre los brutos, digo, que unos Filósofos les niegan sentimiento, y otros les conceden discurso. Caudillo de los primeros se debe reputar Renato Descartes, quien afirmó que no son los brutos otra cosa que unas estatuas inanimadas, cuyos movimientos dependen únicamente de la figura, y disposición orgánica de sus partes, según la varia determinación que les da la unión de los objetos que las circundan. Esta es una consecuencia forzosa del sistema filosófico de Descartes. Pero si Descartes la previó al formar el sistema, o si viéndola después de formado, y publicado, sin embargo de reconocer su disonancia, se la quiso tragar, por no arruinar aquel edificio en que había trabajado tanto su ingenio, no se sabe a punto fijo; y hay Autores por una, y otra parte.

10. He dicho que se debe reputar Descartes caudillo de esta opinión; pues aunque antes de Descartes, Gómez Pereira, Médico de Medina del Campo (que unos hacen Portugués, y otros Gallego) en el libro que intituló: Antoniana Margarita, dio a luz esta paradoja esforzándose largamente a probar que los brutos carecen de alma sensitiva; no tuvo séquito alguno: y su libro, sin embargo de haberle costado, como él mismo afirma, treinta años de trabajo, luego se sepultó en el olvido.

Los que quieren quitar a Descartes la gloria de la invención (si todavía esta invención puede dar gloria), dicen que el Filósofo Francés había leído el libro del Médico Español, y quiso pasar por original siendo copiante. Pero sobre que esto se dice adivinando, y sin alguna prueba, carece de verosimilitud: Lo primero porque consta que Descartes fue hombre de poca lectura, y sus escritos Filosóficos fueron parto de su meditación. La Antoniana Margarita era un libro rarísimo, tanto que Pedro Bayle, siendo uno de los mayores noticistas de libros que hasta ahora se han conocido, sólo da noticia de un ejemplar que tenía en París Mr. Briot; y libros raros sólo por un acaso muy extraordinario paran en manos de quien es poco dado a la lectura. Lo segundo, y principal, porque la doctrina de estos dos Filósofos es bastantemente diversa. Caminaron a un fin; pero por distintos rumbos. Entrambos negaron alma sensitiva a los brutos; pero Descartes redujo todos sus movimientos a puro mecanismo: Pereira los atribuyó a simpatías, y antipatías, con los objetos ocurrentes; de modo que, según este Filósofo, no por otro principio el Perro (pongo por ejemplo) viene al llamamiento del amo, que aquel mismo por el cual, según la vulgar Filosofía, el hierro se acerca al imán, y el azogue al oro. El doctísimo Obispo de Orange Pedro Daniel Huet, en su libro Censura Philosophiae Cartesianae, se empeña [192] en probar que la opinión de las bestias maquinales, o autómatas es mucho más antigua que Descartes, y que Gómez Pereira. En efecto alega algunos testimonios, en que aparentemente se insinúa que tres antiguos Filósofos, Diógenes, Cicerón, y Procio fueron del mismo sentir; pero bien mirados, yo a la verdad no hallo en ellos expresiones decisivas sobre el asunto. Otros Escritores han querido despojar a Descartes de la prerrogativa de inventor, esforzándose a señalar las fuentes de donde bebió sus máximas, como a Platón para las Ideas, a San Agustín para aquel primer raciocinio de su Filosofía Yo pienso: luego soy, &c. Pero este modo de impugnar, ni le tengo por sólido, ni por útil. No por sólido, porque realmente se halla una gran diversidad entre las máximas de Descartes, como él las propone, y las coliga en sistema, y cuanto dijeron los antiguos. No por útil, porque aunque desautoriza el ingenio del Autor, autoriza la doctrina. Para hacer que no se crea a Descartes, más a propósito es persuadir que lo que dijo sólo él lo dijo, que arrimarle a otros ilustres Patronos, cuya autoridad añada fuerzas a su opinión. En lo que únicamente hallo que Descartes fue copiante es en la prueba singular de la existencia de Dios, con que él, y sus Sectarios hicieron tanto ruido jactándola como un descubrimiento admirable, y de suma importancia para convencer a todo Ateísta. Pero este descubrimiento no fue de Descartes, sino de mi Padre San Anselmo, que propuso la misma prueba en términos terminantes en el Proslogio, cap. 2, 3, y 4. En lo demás no puede negarse que Descartes fue hombre de gran inventiva, de una imaginación vasta, y elevada, de ingenio sutil, y despejado, pronto a desembarazarse de todas las concepciones comunes, y tomar vuelo por rumbos no descubiertos. Por eso en la Geometría se avanzó gloriosamente sobre todos los Matemáticos que le habían precedido; pero para la Filosofía le faltó (a lo que yo entiendo) aquella rectitud de juicio electivo, a quien toca madurar las [193] producciones del discurso, y aprobar, o reprobar los proyectos de un ingenio suelto, y osado. Algunos, como ya insinuamos arriba, se persuaden a que Descartes no asintió interiormente a la insensibilidad de los brutos, sino que por ostentación de ingenio sostuvo aquella paradoja: porque ¿cómo es posible, dicen que un hombre tan sutil se engañase en lo que está patente al más rudo? Pero yo, al contrario, digo que si Descartes no fuese tan sutil, nunca creería que los brutos eran máquinas inanimadas. Los hombres de no más que mediano alcance nunca salen del sentir común: para descubrir apariencias de posible en lo imposible es menester una luz extraordinaria, aunque engañosa. Aquellos argumentos que, o con sofistería, o con solidez persuaden las paradojas, están más allá del término adonde alcanzan los entendimientos ordinarios. Apenas hubo error grande que no fuese producción de ingenio sobresaliente. Por eso dijo bien Cicerón, que no se puede imaginar algún disparate tan absurdo, que no le haya dicho ya algún Filósofo. La sutileza es tan antojadiza de la novedad, que si no la rige el buen juicio, no hay quimera que no abrace. A ningún espíritu ordinario pudiera ocurrir motivo para afirmar lo que afirmó Anaxágoras, cuyo ingenio fue admiración de toda la antigüedad; conviene a saber, que la nieve es negra. No sabemos qué inteligencia daba a esta paradoja; pero es cierto que la profería en algún sentido, en que no le desmentían sus ojos, y por consiguiente ni los nuestros. Los que se admiran tanto de que Descartes haya dicho que los brutos son máquinas inanimadas, ¿qué dirán cuando sepan que hubo Filósofo ilustre en la antigüedad, que afirmó lo mismo de los hombres? Este fue Dicearco, discípulo de Aristóteles, cuyos escritos apreciaba tanto Cicerón, que los llamaba sus delicias. Verdad es, que Dicearco no negaba la sensación, y conocimiento a los hombres, como Descartes a los brutos, pero decía que la sensación, y conocimiento depende precisamente de la disposición material de la máquina, negando todo otro principio, espíritu, o forma distinta de la materia. Lo mismo en la substancia sintió Aristóxeno, otro discípulo de Aristóteles, tan estimado de su Maestro, que sólo en consideración de su poca salud no le dejó en la Escuela por sucesor suyo. Este, mezclando la Música con la Filosofía (porque una, y otra Facultad profesaba) decía que no había otro espíritu en el hombre que la harmonía que resulta de la figura, y tensión de sus partes, y que éstas producen tanta variedad de acciones, y movimientos; del mismo modo que la diferente tensión, y magnitud de las cuerdas en la lira tanta variedad de sonidos, y tonos. Galeno, ingenio tan celebrado, y de tanta extensión de doctrina, vino a ser sectario de Aristóxeno; sólo con la diferencia de que constituyendo éste el principio de todas nuestras acciones en el acuerdo harmónico de los órganos corpóreos, Galeno le transfería a la consonancia de las cuatro cualidades elementales, y así no admitía otra alma que el temperamento.



III

Los que siguiendo el rumbo extensamente opuesto a Descartes, quieren que los brutos sean discursivos, no son tan pocos, como comúnmente se juzga. Algunos ponen en este número a todos los Pitagóricos, los cuales asentando la transmigración de las almas de hombres en brutos, y de brutos en hombres, por consiguiente las suponían todas de la misma especie. Pero de tener alma racional no se sigue legítimamente en los brutos el uso de razón; porque puede, por la desproporción del órgano, estar embarazado para la acción el principio. Y de hecho este impedimento les señaló el mismo Pitágoras para el discurso, según refiere Plutarco en el libro de Placitis Philosophorum. Por lo cual no habló según la mente de Pitágoras el agudo Luciano en aquel graciosísimo Diálogo suyo, intitulado el Gallo, donde para hacer burla de la Secta Pitagórica, finge la alma de Pitágoras residiendo en un Gallo, y razonando a la larga con su dueño el Zapatero Micilo. Por la misma razón tampoco se deben admitir por fautores de esta opinión aquellos Filósofos que decían que las almas de todos los animales no eran otra cosa que porciones de la alma común del Mundo:
Hinc pecudes, armenta, viros: genus omne ferarum.
Quemque sibi tenues nascentem arcessere vitas.
Porque el uso de esta alma le suponían desigual, según la desigualdad de los órganos.
Los primeros, pues, que con justicia podemos contar por esta sentencia, son Estratón, oyente de Teofrasto, Enesidemo, Parménides, Empédocles, Demócrito, y Anaxágoras. En Vosio (de Origine, & progres. Idolol. lib. 13. cap. 42) se hallarán los testimonios de que estos antiguos fueron de dicha opinión. Plutarco escribió en comprobación de ella el libro de Industria animalium. Filón otro con el título: De eo quod bruta animalia ratione sint praedita. Arnobio, y su gran discípulo Lactancio, hombres venerables en la Cristiandad, parece están declarados por ella. El primero (Adversus gentes lib. 2), y el segundo (lib. de Ira Dei, cap. 7). De la mente de San Basilio hablaremos abajo. De los modernos Laurencio Vala, y el doctísimo Médico Español Francisco Valles, siguieron la misma opinión; y nuestro sabio Benedictino el Maestro Fr. Antonio Pérez, en su Laurea Salmantina, testifica que en su tiempo había algunos en Salamanca que la llevaban.
19. Pero quien con más ardor que todos tomó por su cuenta la causa de los brutos fue Jerónimo Rorario, Nuncio del Papa Clemente Séptimo en la Corte de Ferdinando, Rey de Hungría, pues escribió un libro, no sólo al intento de dar inteligencia, y discurso a los brutos; pero aun de probar que muchas veces usan de su discurso mejor que los hombres. El motivo que tuvo este Monseñor para abrazar tan arduo empeño es digno de ser sabido por su singularidad. Hallándose en una conversación, donde se ofreció hablar del Emperador Carlos V, reinante a la sazón, un hombre docto, que también se hallaba en ella, dijo que extrañaba mucho que este Emperador aspirase a la Monarquía universal de Europa, siendo muy inferior en prendas a los Otones, y a Federico Barbarroja. O fuese que Rorario tuviese realmente formado mucho más alto concepto de Carlos V, que de Otón el Grande, y de todos los demás Emperadores que le habían precedido, o que en adulación de Carlos V, y de su hermano el Rey Ferdinando quisiese mostrar que le tenía, trató la proposición de aquel sabio como la más disonante, y absurda que podía proferir un hombre; en fin tal, que la tomó por asidero para decir que a veces razonan mejor los brutos que los hombres: como que un cotejo tan disparatado, cabiendo en la mente de un hombre, no cabía en la razón de un bruto. Este fue el motivo de escribir el libro expresado, confesado por el mismo Rorario en la Epístola Dedicatoria. Digo lo que he leído en el Diccionario Crítico de Bayle; porque el libro de Rorario no le he visto. ¡Raro, e ingenioso modo, por cierto, de adular a un Príncipe! ¡Y raro circuito de la adulación colocar a los brutos sobre los hombres, para dar a Carlos V un exceso inmensurable sobre todos los demás Emperadores!



IV

Entre las dos opiniones extremas propuestas, una, que les niega sentimiento a los brutos; otra, que les concede discurso; parece la más razonable la comunísima, que tomando por medio de las dos, les niega discurso, y les concede sentimiento. No obstante, yo sin afirmar positivamente cosa alguna en esta materia, propondré algunas razones, que me hacen fuerza, por la sentencia que les atribuye inteligencia, y discurso, para que pasen por el examen de los Sabios, y sirvan a la diversión de los curiosos.
Los que hasta ahora han escrito a favor de esta opinión apenas hicieron otra cosa que formar un largo catálogo de varias operaciones de aquellos brutos de más noble instinto, en que más acreditan su sagacidad, e industria. Los Elefantes hacen en esta representación el primer papel, con las noticias de Plinio, Eliano, Mayolo, Alberto Magno, Nieremberg, Acosta, y otros antiguos, y modernos, que nos los muestran capaces, casi sin excepción, de todo género de disciplina. Unos aprendiendo el idioma humano, y aun el uso de la Escritura; como aquel que con la trompa formó sobre la arena en caractéres Griegos esta Sentencia: Yo mismo escribí estas cosas, y dediqué los despojos Célticos: Otros, no sólo instruídos en todas las reglas de la danza; pero haciendo también el oficio de Bolatines en la Plaza de Roma: Otros dotados de pericia militar, gobernando en toda forma los escuadrones de su especie. Llégase a esto la imitación de los afectos humanos, la venganza, el agradecimiento, la vergüenza, y el apetito de gloria. El ejemplo más ilustre (no sé si verdadero) de estos dos afectos últimos se exhibe en dos Elefantes del Rey Antíoco. Ofreciósele al escuadrón bélico de estos brutos, que militaba en el Ejército de aquel Príncipe, la precisión de vadear un río. Era obligación del Capitán de ellos, que se llamaba Ayaz, romper el primero la corriente; pero no atreviéndose éste, por ir muy hinchado el río, los que tenían la conducta de los Elefantes pronunciaron en alta voz, que aquel que se arrojase el primero a la agua, sería elevado a la dignidad de Caudillo de los demás. Oído el bando, un generoso Elefante, llamado Patroclo, se tiró intrépido al río, y rompió la corriente hasta la opuesta orilla. Despojaron luego de las insignias de Capitán a Ayaz, y se las dieron a Patroclo. Pero aquél no sobrevivió mucho a esta afrenta, porque fue tal el sentimiento que hizo de ella, que no quiso comer más, y murió dentro de pocos días. Tras de los elefantes vienen los Perros, los Zorros, los Monos, los Cercopitecos, los Caballos, las Abejas, las Hormigas, &c.
El mismo Autor, citando al Abad Choisi en su viage de Siam, adonde fue con Monsieur Chaumont, Embajador de Francia, cuenta un caso gracioso de un Elefante, famoso en el Oriente por su [198] capacidad, y por el mal uso que hacía de ella; bien que una vez la empleó en un acto generoso. Era salteador de caminos, y robaba a los caminantes; pero sin quitar a alguno la vida. Un día detuvo a un Mercader, y le mostró uno de sus pies, dando un espantoso grito. Reparó el Mercader que tenía atravesada en el pie una gruesa espina. Quitósela, y el Elefante, después de mostrar su agradecimiento con algunos alhagos, tomando al Mercader con la trompa, y colocándole sobre la espalda, le condujo a la cueva donde tenía recogidos los despojos de los demás caminantes que había robado. Diole a entender con ademanes bien expresivos que se aprovechase de todo lo que veía; y el Mercader, cogiendo lo que le pareció conveniente, prosiguió en paz su viaje.
Plinio, Eliano, y Aulo Gelio refieren dos casos semejantísimos de dos Leones, que hallándose en la misma necesidad, imploraron el mismo socorro, y correspondieron, aunque en distinta materia, con igual agradecimiento. El más famoso fue el de Androco Daco, esclavo fugitivo de la crueldad de un Romano que estaba en la Africa; el cual errando por los desiertos de Libia, vino un León a postrarse delante de él, mostrándole un pie atravesado de una gran espina. Quitósela Androdo, y exprimió del pie la materia que se había formado. Tres años vivió en aquel desierto Androdo, y tres años le sirvió el León, cuidando de su alimento, y ministrándole carnes de las presas que hacía. Cansado en fin Androdo de aquella vida, y mudando de suelo, fue cogido, y restituido a su dueño, el cual en pena de su fuga le hizo arrojar en Roma a las fieras. Estaba entre ellas el León a quien había beneficiado, cogido poco antes en la caza, y fue su dicha que fue el primero a cuyas garras le expusieron. Conoció el bruto a su bienhechor, y bien lejos de ofenderle, le hizo mil caricias. A vista del prodigio clamó todo el Pueblo por la absolución de Androdo, el cual no sólo la logró, mas también que le entregasen el León, con quien dio un gratísimo espectáculo al Pueblo Romano, llevándole atado con una débil cinta por las calles. El otro caso fue de Helpis Samio, que habiendo aportado a Africa en una Nave, no lejos de la orilla del Mar, socorrió a un León constituido en la misma angustia, y después entretanto que la Nave estuvo en aquel Puerto diariamente le regalaba el León con cosas de caza.
Podrá alguno sospechar que el cuento del Elefante Asiático fue fabricado en el molde de los dos Leones Africanos. ¿Pero qué inverosimilitud hay en que a diferentes brutos aconteciese el mismo caso, y usasen del mismo modo de su natural nobleza? ¿No se repiten muchas veces en distintos hombres los mismos sucesos, y las mismas acciones?
Pero yo no juzgo a propósito divertir al Lector con lo que hallará fácilmente en otros muchos libros, ni para mi intento es necesario: pues para probar que los brutos tienen discurso, me bastan aquellas operaciones comunes, que están patentes a la observación en cualquiera animal doméstico. Llevo con esto la ventaja de razonar sobre hechos ciertos, y que no se me pueden revocar en duda, como aquellas operaciones admirables, que se cuentan de animales de lejas tierras. Y advierto que en este litigio doy ya por abandonada la sentencia de Descartes (como de hecho ya son pocos aún en las Naciones los que en esta parte le siguen); y así mi disputa será sólo contra los que siguiendo la opinión común, dan lo sensitivo, o niegan lo discursivo a los brutos.
Entre los animales domésticos, cuyas operaciones arguyen discurso, colocaremos aquí uno, aunque doméstico, a pesar nuestro, de quien hasta ahora ninguno de cuantos tocaron la cuestión de la racionalidad de los brutos hizo memoria. ¿Pero qué mucho? ¿Quién pensaría que aquel menudo, y aborrecido insecto llamado Polilla tiene un mérito sobresaliente para ocupar un lugar distinguido entre los brutos más racionales? Ello es así. Este despreciado animalejo da acaso más motivo a la admiración que otros que se hallan celebrados por su sagacidad, y providencia. Todos los brutos tienen industria para procurarse el alimento necesario; todos cuidan, y todos aciertan con la conservación de la especie; muchos con más, o menos arte se fabrican domicilio; muchos saben defenderse, y ofender a sus enemigos. Pero quien tenga arte para abrigar su cuerpo contra las injurias del aire, fabricando, y ajustándose vestido acomodado, no hay otro sino la Polilla, y sólo la Polilla imita al hombre en esto. Pondérase en la Araña la fábrica de sus telas: la Polilla es Tejedor, y Sastre en un tomo.
A Monsieur de Reaumur, de la Academia Real de las Ciencias, que observó con notable prolijidad este insecto, debo estas noticias. Es de hecho que la Polilla de las telas de lana, o de la misma lana que roe, se hace vestido. Para este efecto la dio la naturaleza dos garras cerca de la boca, con las cuales arranca los pelitos que la convienen, y los va juntando, y tejiendo de modo que forma como una vaina bien compacta al rededor de su cuerpo. Como va creciendo su cuerpo, sucedería que ya el vestido le viniese apretado en lo ancho, y en lo [200] largo no alcanzase. Antes que llegue ese caso previene el daño la Polilla, ensanchándole, y alargándole. ¿Pero cómo? Como lo hiciera un Sastre. Añadiendo tela para ensancharle le abre, o rasga a lo largo, y por la abertura le añade, y cose, o consolida por una, y otra parte la añadidura. Hizo Monsieur de Reaumur la experiencia de pasar estos animalejos de unas ampollitas a otras, donde tenía fluecos, u deshilados de paños de diferentes colores. Sucedía que después de pasar a paño de diferente color necesitaba la Polilla de ensanchar el vestido. Con esta ocasión notó que la añadidura se hacía con varias tiras que entretejía en las aberturas a lo largo; lo que se conocía claramente en las fajitas del color del paño a que se habían trasladado, entreveradas de una extremidad a otra con las del color del paño antecedente. Otras menudencias advirtió el citado Académico en esta fábrica, que todas acreditan la industria del insecto; pero las omito, porque lo dicho basta para el elogio de su racionalísima providencia, y para admiración del Autor de la Naturaleza, aun en aquellas obras suyas, que podrían parecer indignas de nuestra atención.
Aunque no pertenece al asunto presente, dispensando en la oportunidad por la utilidad, no dejaré de proponer aquí una advertencia de Monsieur de Reaumur para evitar los daños que hace este insecto; que es, sacudir bien los paños, o telas donde se anida, a fines de Agosto, o a principios de Septiembre. La razón es, porque según la observación de este Autor, todas las Polillas que hay entonces son muy nuevas (las viejas ya están transformadas en maripositas, que es el estado en que ponen los huevos): así hacen muy débil presa en la ropa, por lo cual muy fácilmente se sacuden, u desprenden. Da también por receta utilísima el humo de hoja de tabaco, o el de aceite Teribintina, que dice las mata.
Supuesto esto, arguyo así lo primero. Hay en los brutos acciones que son efectos de alma más que sensitiva: Luego hay acciones que son efectos de alma racional. La consecuencia consta; porque no habiendo en la sentencia común, que impugnamos, más que tres clases de almas, vegetativa, sensitiva, y racional, así como la que fuere menos que sensitiva no puede ser más que vegetativa; la que fuere más que sensitiva no puede menos de ser racional. Pruebo, pues, el antecedente. Hay en los brutos acciones que son más que sensaciones, o de jerarquía superior a las sensaciones: luego son efectos de alma más [201] que sensitiva. Consta también esta consecuencia, porque la causa no puede dar al efecto más de lo que tiene en sí misma; por consiguiente alma que no es más que sensitiva no puede producir actos que sean más que sensaciones.
El antecedente se puede probar en innumerables acciones de los brutos. Pero por ahora determino la prueba a aquellos actos internos con que se rigen a sí mismos en la prosecución del bien que aún no gozan, y en la fuga del mal que aún no padecen. Fabrica la ave el nido para tener morada; junta la hormiga grano para que no la falte el sustento; huye el perro por evitar el golpe que le amenaza. No me meto ahora en si en estas acciones obran formalmente por fin. Lo que pretendo sólo, y lo que no se me puede negar es, que cuando las ejecutan tienen alguna advertencia del bien que buscan, o del mal que evitan; y esta advertencia es quien los rige en los actos de prosecución, y de fuga. Si no tuvieran aquella advertencia, o se estarían quietos, o se moverían por puro mecanismo, como quiere Descartes. Digo, pues, que aquel acto interno de advertencia no es sensación, sí más que sensación, o superior a toda sensación. Lo cual pruebo así. La sensación no puede terminarse sino a objeto existente con existencia física, y real; sed sic est, que aquel acto no se termina a objeto existente con existencia física, y real: luego no es sensación. La mayor es evidente; porque no puede sentirse actualmente lo que actualmente no existe. Pruebo, pues, la menor. Aquel acto de advertencia, presensión, o previsión (llámese ahora como quisiere) se termina al bien que el bruto aún no goza, o al mal que aún no padece: luego a objeto que aún no existe.
Ve aquí que casi sin pensarlo hemos superado el atolladero grande de esta cuestión; conviene a saber, el recurso de que los brutos obran, no por inteligencia, sino por instinto. Esto se respondía hasta ahora, y nada más, al argumento que se hacía de aquellas admirables acciones que más acreditan la industria, y sagacidad de los brutos; y en este atolladero se enredaba el argumento: de [202] modo que no pasaba adelante. Pero desentrañadas las cosas, se ve que este recurso no basta para responder al argumento que hago yo sobre las acciones más comunes de los brutos. Lo primero, porque la voz instinto no tiene significación fija, y determinada, o por lo menos no se le ha dado hasta ahora; que es lo mismo que decir que no tenemos idea clara, y distinta del objeto que corresponde a esta voz: y así, usar de ella en esta cuestión, no es más que trampear el argumento con una voz sin concepto objetivo, que no entienden, ni el que defiende, ni el que arguye. Lo segundo, porque, o esta voz instinto se aplica al principio, o a la acción. Si al principio, pregunto: O este principio, que llamas instinto, es pura, y precisamente sensitivo, o más que sensitivo. Si precisamente sensitivo, no puede producir un acto, del cual tengo probado que es más que sensación. Si más que sensitivo, luego es racional; porque los Filósofos no conocen otro principio inmediatamente superior al sensitivo, sino el racional. Y si tú quisieres decir otra cosa, será menester que fabriques nueva Filosofía, y nuevo árbol predicamental.



V

Esfuerzo más el argumento hecho con el ejemplo del perro, que habiendo recibido un golpe, conservando la memoria del golpe, y del sujeto que se le dio, aun pasado algún tiempo, huye después de él cuando le ve. Tres actos distintos, y muy distintos encontramos en este progreso. El primero, es la percepción de el golpe cuando le recibe: el segundo, el acto de recuerdo, o memoración del golpe, y del sujeto: el tercero, aquella advertencia con que previene, que aquel sujeto, al verle otra vez, le dará, o puede dar otro golpe: la cual advertencia es la que próximamente dirige el acto de fuga. El primero de estos actos es sensación sin duda; pero el segundo, y el tercero es claro que no lo son.
El acto de memorar, con que se acuerda del golpe recibido, se termina a un objeto entonces no existente, y por consiguiente, no sensible: luego no es sensación, sí otro acto de superior clase, respecto de la sensación. Es verdad que existe la especie representativa del golpe; pero ésta no es término, sino medio, respecto de aquel acto; y así el perro no se acuerda de la especie representativa del golpe, sino del golpe mismo.
Vamos al tercer acto, el cual es un nuevo uso, y como accidental, que hace el perro de aquella especie en la circunstancia de encontrar de nuevo al que le hirió. Este acto pretendo yo que no sólo es acto superior a toda sensación, por la razón propuesta de terminarse a objeto no existente, sino que en él interviene verdadero, y formal raciocinio: lo cual pruebo así. Es cierto que el perro huye, porque teme que aquel que le hirió le dé nuevo golpe: luego concibe éste como posible, o como futuro. Sed sic est que no puede concebirle, sino raciocinando, o discurriendo: luego. Pruebo la menor subsunta. El perro no tiene especie representativa del golpe futuro, o posible, porque la que tiene sólo representa el golpe pasado: luego sólo raciocinando, u discurriendo puede producir en sí mismo la idea de él. Esta consecuencia es patente; porque aquello que no se representa en la especie, sólo puede conocerse infiriéndolo de aquello que se representa. Así en el caso propuesto hay verdadera ilación, con que el perro, o probable, o erradamente del golpe pasado deduce el futuro, semejante a aquella que en el mismo caso forma un niño. O por mejor decir, hay dos ilaciones; la primera, con que de la ofensa recibida se infiere la enemistad del que la hizo; la segunda, con que de la enemistad se infiere de futuro nueva ofensa; bien que todo esto es momentáneo.
En otra advertencia del perro, muy decantada sí, pero poco reflexionada hasta ahora, mostraré yo eficacísimamente que este bruto usa de discurso propiamente tal. Llega el perro siguiendo a la fiera, a quien perdió de vista, a un trivio, o división de tres caminos; e incierto de cuál de ellos tomó la fiera, se pone a hacer la pesquisa [204] con el olfato. Huele con atención el primero, y no hallando en él los efluvios de la fiera, que son los que le dirigen, pasa al segundo; hace el mismo examen de éste, y no hallando tampoco en él el olor de la fiera, sin hacer más examen, al instante toma la marcha por el tercero. Aquí parece que el perro usa de aquel argumento que los Lógicos llaman a sufficienti partium enumeratione, discurriendo así: La fiera fue por alguno de estos tres caminos; no por aquél, ni por aquél: luego por éste.
30. Este argumento es muy antiguo. Santo Tomás se le propone en la 1, 2, quaest. 13, art. 2, y mucho antes había usado de él San Basilio ((a) Homil. 9. in Hexameron.9. Pero pondré aquí las palabras de este gran Padre, porque en ellas da a entender que está a favor del discurso de los brutos: Quae saeculis Sapientes, per prolixum vitae totius otium desidentes, vix tandem invenerunt, argumentationum (inquam) rationumque nexus, in iis sese offert Canis eruditus ab ipsa natura. Nam cum eius ferae vestigia, quam persequitur, investigat, siquidem invenerit ea pluribus sese findentia modis, divortia viarum singulatim, digressionesque, quascumque in parte ferant, ubi suo illo sagaci odoratu perlustravit, vocem prope syllogisticam, per ea quae agit, elicit hoc pacto: fera quam persequor, inquit, aut hac, aut illa, aut ista divertit parte; atqui non hac, non item illac: restat ergo illam istac abiisse via; atque ita falsa tollendo, verum invenire solet. Quid plus faciunt, qui pro linearum descriptionibus designandis tanta cum gravitate sedent isti, lineisque pulveri insculptis, e tribus, ubi duas propositiones sustulerint ut falsas, in ea demum, quae trium reliqua est, verum comperiunt?
Las primeras, y las últimas palabras del Santo son muy fuertes a nuestro intento. En las primeras dice, que el perro es naturalmente Lógico, o (lo que es lo mismo) la propia naturaleza le enseña a arguir: Argumentationum, rationumque nexus. En las últimas, propuesto ya [205] el argumento que hace el perro cuando llega al trivio, dice que no hacen, o no adelantan más que este bruto los sabios Matemáticos, cuando en la descripción de las líneas, sabiendo que en una de tres proposiciones está la verdad, después de hallar que las dos son falsas, concluyen que la que resta es verdadera: Quid plus faciunt?
Ahora quiero darle toda la luz posible al raciocinio expresado del perro, probando, que en el caso dicho procede con propio, y riguroso discurso. Examinados con el olfato los dos caminos, y enterado de que por ninguno de ellos partió la fiera, sin examinar el tercero toma por él. Es manifiesto que esta determinación viene del concepto que hizo de que la fiera huyó por el tercer camino, y que este concepto le hizo por ver que no fue ni por el primero, ni por el segundo. Hasta aquí nadie niega. Pregunto ahora: Aquel acto con que conoce que la fiera tomó por el tercer camino, o es distinto, o indistinto de aquel acto con que, después de examinar el segundo camino, conoció que no había tomado ni por el primero, ni por el segundo. Si distinto, luego es ilación, secuela, o deducción de aquel acto. Es claro; porque es dependiente, causado, y subseguido a él, y hay progreso de uno a otro acto, con subordinación de éste a aquél; en fin vemos aquí todas las notas de ilación, o consecuencia que hay en nuestros discursos.
Si se dice que es indistinto, infiero así: Luego el perro con aquel acto mismo con que percibe que la fiera no tomó por el primero ni por el segundo camino (intransitive) percibe juntamente que tomó por el tercero. Pero esto no puede decirse, porque se seguiría, que en el modo del conocimiento es más perfecto el bruto que el hombre. Pruébolo. Porque mayor perfección es conocer con una simple intuición el principio, y la consecuencia, o la consecuencia en el principio, que necesitar de dos actos distintos para conocer uno, y otro. Aquello tiene más de actualidad, y simplicidad; esto más de potencialidad, y composición. Por esta razón Santo Tomás niega discurso a los Angeles (I part. quaest. 58, art. 3.) Véase el cuerpo del citado artículo, el cual todo hace a nuestro propósito.



VI

Con esto queda preocupado cuanto sobre aquella acción del perro se ha excogitado por la sentencia común. Dicen algunos que interviene en ella un conocimiento semejante, o análogo al discurso; pero que no es discurso. Mas esto es decir nada. Lo primero, porque nuestro argumento prueba que no sólo es semejante al discurso, sino que es discurso. Lo segundo, porque si la semejanza es adecuada, es lo mismo que confesar discurso propiamente tal; porque a discurso propiamente tal, sólo puede ser semejante adecuadamente lo que fuese discurso propiamente tal. Y si la semejanza fuere inadecuada, o imperfecta, los contrarios tienen la obligación de señalar la disparidad. Lo tercero, porque aunque la semejanza no sea perfecta, sólo se inferirá de ahí, que el discurso del bruto no es tan perfecto como el del hombre; pero no que no es propiamente discurso, pues la menor perfección respectiva en cualquiera atributo no quita el gozar con propiedad aquel atributo. Así uno que es menos sabio que otro, no por eso deja de ser propiamente sabio. Lo cuarto, y último, porque a quien prueba la posesión de algún atributo, responder que no es tal atributo, sino otra cosa que se le parece, sin decir más, es evasión ridícula; pues de este modo no hay argumento, por concluyente que sea, que no se pueda eludir.
Santo Tomás en el lugar citado arriba de la Prima Secundae da respuesta más determinada; pero a mi corto modo de entender sumamente difícil. Dice que en el caso alegado del perro, y otros semejantes, no hay razón, elección, ordinación, o dirección activa de parte suya, sí sólo pasiva; esto es, ordénalos, y dirígelos la razón divina, del mismo modo que ellos se dirigieran, si tuvieran uso de razón: Así como la saeta (son símiles de que usa el Santo), sin tener uso de razón, es dirigida al [207] blanco por el impulso del flechante, del mismo modo que ella se dirigiera, si fuera racional, y directiva; y el reloj por la ordenación racional del Artífice se mueve, y da regularmente las horas, como él lo hiciera por sí, si tuviese entendimiento. Todo esto lo establece sobre el fundamental axioma de que como las cosas artificiales se comparan al arte humana, así las cosas naturales al arte divina.
Con el profundo respeto que profeso a la doctrina del Angélico Maestro, y hecha la salva de que en conocimiento de la admirable sublimidad de su divino ingenio, aun cuando en su doctrina encuentro una, u otra máxima, que no se acomoda a mi inteligencia, creo que es por cortedad mía; me será lícito proponer los reparos que me ocurren sobre dicha solución.
Lo primero: Esta doctrina, ya por los símiles de que usa, ya por la máxima que establece, más a propósito parece para defender la sentencia Cartesiana, que la común. Ciertamente Descartes se sirve de las mismas expresiones, y de la misma máxima para decir que los brutos son máquinas inanimadas. Enseña que sus movimientos son causados por Dios, de la misma forma que los del reloj por el Artífice; y su gran argumento es, que pudiendo un Artífice de limitada sabiduría, cual es el hombre, fabricar máquinas de tan varios, y regulados movimientos, como se han visto muchas, y algunas que han imitado en parte los movimientos mismos de los brutos; (no puede negarse que un Artífice de infinita sabiduría, cual es Dios, sepa fabricar unas máquinas, que tengan todos los movimientos que vemos en los brutos). Lo segundo: La dirección de la causa primera en los movimientos de los brutos no les quita a éstos el uso vital de sus facultades; o no estorba que sean vitales sus movimientos: Así su dirección no es puramente pasiva como en el reloj, y la flecha, sí que juntamente son moventes, y movidos. Tampoco les quita que obren con tal cual conocimiento. Sobre éste, pues, procede nuestra prueba, pretendiendo que en él se hallan todas las señas de discursivo. La máxima de que las cosas naturales se comparan al arte Divina, como las artificiales a la arte humana, tiene también lugar en el hombre, y en sus potencias, que son entes naturales; luego así como de ella no se infiere defecto de discurso en el hombre, tampoco en el bruto.
Lo tercero: La dirección activa de los brutos, respecto de algunos movimientos suyos, es, digámoslo así, visible; y tanto, que resplandece en ella toda aquella serie de actos, que tenemos en nuestras deliberaciones, intención del fin, duda, consejo, elección de medios, ejecución de ellos, y últimamente asecución del fin. Representaremos esto en un caso comunísimo, y éste será nuevo argumento probativo de nuestra conclusión.
Contémplense los movimientos de un Gato desde el punto que ve un pedazo de carne colgada, o puesta en parte donde no sea muy fácil cogerla. Detiénese lo primero un poco pensativo, como contemplando la dificultad de la empresa; ya empieza a resolverse; mira hacia la puerta por si viene persona que le sorprenda en el hurto; asegurado de que no hay por esta parte impedimento, se confirma en el propósito; registra los sitios por donde pueda acercarse; salta sobre una arca, de allí sobre una mesa; de nuevo duda, mide con los ojos la distancia; conoce que el salto desde allí es imposible, muda de puesto; y de este modo va continuando las tentativas hasta que, o logra la presa, o desesperado la abandona.
¿Quién en este progreso de diligencias no ve, como por un vidrio, toda aquella serie de actos internos que los hombres tienen en semejantes deliberaciones? Donde será bueno añadir una reflexión en forma silogística. Uno de los argumentos que hacemos a los Cartesianos para probar que los brutos son sensibles es, que los vemos hacer todos aquellos movimientos que los hombres hacen por sentimiento, puestos en las mismas circunstancias: sed sic est, que en el caso propuesto vemos hacer al Gato [209] todos aquellos movimientos que un hombre hace por deliberación, y discurso puesto en las mismas circunstancias. Luego si lo primero prueba en los brutos sentimiento, lo segundo prueba deliberación, y discurso.
Finalmente (dejando otros muchos argumentos) probaré la racionalidad de los brutos con una acción observada en algunos, que aunque no es de las comunes, por ser también singular la prueba, merece tener aquí lugar. Aristóteles en los Problemas dice que el acto de contar, o numerar es tan privativo del hombre, que ningún otro animal es capaz de él; en que da bastantemente a entender, que este acto pide proceder de principio racional. Sin embargo, se han visto brutos que cuentan los días de la semana, y observan su curso, y serie. En nuestro Colegio de San Pedro de Exlonza, distante tres leguas de la Ciudad de León, hubo en mi tiempo un pollino que apenas hacía otra jornada que una cada semana los Jueves, montado de un criado que llevaba las cartas del Colegio a la Estafeta de aquella Capital. El buen pollino no estaba bien con este paseo; y llegando el día Jueves indefectiblemente se escapaba de la caballeriza, y se ocultaba cuanto podía para excusar la jornada, lo que nunca hacía otro algún día de la semana. En que también era admirable la sagacidad, y maña de que usaba para abrir la puerta, precisando en fin a que la noche antes del Jueves se le cerrase con llave.
Nicolás Hartsoeker en el libro Ilustraciones sobre las conjeturas físicas refiere otro tanto de algunos perros. Pondré aquí todo el pasaje de este Autor a la letra. «Un perro (dice) estando acostumbrado a ir regularmente todos los días de Domingo de París a Charenton con su amo, que iba a oír la predicación en aquel Lugar, fue dejado un Domingo cerrado en casa. No le agradó esto al animal; pero imaginando sin duda, como se puede juzgar por lo que se siguió después, que ésta habría sido casualidad, y que no sucedería otra vez, tuvo paciencia. Pero como el Domingo siguiente le dejase cerrado el amo del mismo modo, tomó tan bien sus precauciones, que no pudo hacerlo tercera vez. ¿Qué hizo el perro? Partió el Sábado antecedente de París a Charenton, donde el amo le halló el Domingo, y supo que el Sábado cerca de anochecer había llegado allí. ¿Un hombre podría razonar mejor? Si yo espero a mañana (dijo para consigo el perro) no podré evitar que me cierren, como hicieron las dos veces pasadas. El remedio, pues, es partir la víspera. ¿Sabía, pues, me dirán, contar los días? Sin duda; y esto no es cosa tan extraordinaria, que no hay mil ejemplares. Hay perros, que viviendo cerca de alguna Ciudad, jamás dejan de ir a ella los días de Mercado, que se tiene una vez cada semana, por ver si pueden pescar algo.» Si fuese verdad lo que dice Aristóteles, que la gente de Tracia no podía contar sino hasta el número de cuatro, porque a la manera de los niños no podía retener más serie de números en la memoria; más capaces son que los Traces los brutos, de quienes hemos hecho mención; pues por lo menos contaban hasta siete, que es el número de los días de la semana. Pero que fuese tanta la incapacidad de aquella gente, no es verosímil. Constantinopla es comprehendida en la Tracia, y cuentan allí, tan bien como en otras partes, millones enteros para ajustar las rentas de su Soberano.



VII

Resta ya que respondamos a los argumentos contrarios. Lo primero que se puede arguir es, que entre los brutos todos los individuos de cada especie obran con uniformidad, y semejanza en todas sus acciones; y lo contrario sucedería si obrasen con elección, y discurso: como de hecho por esta razón se ve tanta variedad en el obrar dentro de la especie humana.
46. Aunque este argumento es de Santo Tomás, me parece se debe negar el asunto. Yo no veo esa uniformidad de obrar en los individuos de cada especie de brutos; antes sí se observan unos más que otros: unos más mansos, otros más fieros: unos más domesticables, otros más ariscos: unos más sagaces, otros más rudos: unos más tímidos, otros más animosos: generalmente no hay inclinación, o facultad en cuyo uso no se advierta alguna desigualdad en los brutos de una misma especie. Es verdad que no tanta como en los hombres; lo cual depende de la mucha mayor extensión del conocimiento de éstos, por el cual perciben más multitud de objetos, y un mismo objeto le miran a diferentes luces. El hombre distingue los tres géneros de bienes, honesto, útil, y delectable; y tal vez se deja llevar del honesto, tal vez del delectable; tal vez del útil. El bruto no percibe el bien honesto, y el útil le confunde con el delectable; y como éste sea uno mismo con corta variedad respecto de toda la especie, todos en sus operaciones miran a aquel bien sensible que los deleita.
Pero en la industria con que buscan este bien mismo a que los determina su inclinación, se halla notable diferencia, no sólo en los individuos de una especie, mas aun en las diferentes edades de un mismo individuo, haciéndolos la experiencia, y observación más advertidos en el uso de sus facultades. Esta parece prueba concluyente de que no obran por un ímpetu ciego, movido del preciso impulso que les da el Autor de la naturaleza, sino por advertencia, y conocimiento. El Perro, y el Gato al principio, aun en presencia del dueño, se tiran a cualquiera comestible que sea de su gusto; pero después de ver que por esto los castigan, se reprimen. En los Toros, que ya fueron corridos, todos notan mucho mayor malicia, y advertencia en el modo de acometer. El Galgo, en los primeros ejercicios de la caza sigue puntualmente las huellas de la liebre; pero después que algunas experiencias le mostraron, que ésta desde la falda del monte donde la levantaron, siempre sube a la eminencia, si ve que no toma a ella en derechura, sino con algún rodeo, dejando sus huellas, corta por el atajo, y con menos fatiga, y más seguridad la coge en la cumbre. Esto prueba visiblemente que la experiencia los doctrina, y hace más cautelosos, y advertidos, como a los hombres que usan de la observación para enmendar los yerros cometidos, y que tienen inventiva de medios para lograr sus fines. Argúyese lo segundo. Si los brutos fuesen discursivos, serían racionales: luego no se distinguirían esencialmente de los hombres, pues les convendría la definición del hombre, que es Animal racional.
Distingo el antecedente: Serían racionales con racionalidad de inferior orden a la del hombre, concedo; del mismo orden, niego; y niego la consecuencia. El discurso del bruto es muy inferior al del hombre, tanto en la materia, como en la forma. En la materia, porque sólo se extiende a los objetos materiales, y sensibles; ni conoce los entes espirituales, ni las razones comunes, y abstractas de los mismos entes materiales. Tampoco es reflexivo sobre sus propios actos. Y a este modo se hallarán acaso más limitativos que los expresados, aunque éstos son bastantes. En la forma también es muy inferior; porque los brutos no discurren con discurso propiamente lógico (hablo de la Lógica natural), ni son capaces de la artificial; porque como no conocen las razones comunes, no pueden inferir del universal el particular contenido debajo de él. Sólo, pues, hacen dos géneros de argumentos, el uno a simili, el otro a sufficienti partium enumeratione; pero el primero es el más común entre ellos. Por esto el caballo, si le dejan la rienda, se mete en la venta donde estuvo otra vez; porque de haberle dado cebada en ella, infiere que se la darán ahora. El gato, a quien castigaron algunas veces porque acometió al plato que está en la mesa, se reprime después, infiriendo que también ahora le castigarán, &c.
Argúyese lo tercero. Si los brutos fuesen racionales, serían libres: luego capaces de pecar, y obrar honestamente, lo cual no puede decirse. El antecedente consta, pues de la racionalidad se infiere la libertad.
Lo primero se podría negar absolutamente el antecedente, si se habla de la libertad en orden al fin; porque como sólo conocen el bien delectable, están necesariamente determinados a la prosecución de él, y sólo les puede quedar alguna indiferencia en orden a los medios de conseguirle, cual parece que la hay en el ejemplo del gato que propusimos arriba, cuando arbitra sobre el modo de coger la carne colgada.
Lo segundo distingo el antecedente: Serían libres con libertad puramente física, permito, o concedo: con libertad moral, niego, y niego la consecuencia. No hay, ni puede haber libertad moral en los brutos, porque no conocen la honestidad, o inhonestidad de las acciones; pero sí alguna libertad física, que consiste en un género de indiferencia respecto de lo material de sus operaciones. El uso de esta libertad se observa en algunas ocurrencias. Cuando están dos perros, o un perro, y un gato amenazándose a reñir, se nota en ellos cierto género de perplejidad sobre si acometerán, o no. Ya se avanzan, ya se retiran; y según los dos afectos de ira, y miedo los impelen, o los refrenan; ya forman propósitos, ya los retractan, hasta que ganando el viento una de las dos pasiones, o determinan la acometida, o la retirada. Este mismo uso de libertad puramente física se observa en la especie humana en los locos, y aun mejor en los niños. Es cierto que éstos antes de llegar al uso de razón no son capaces de pecar, ni merecer, porque no tienen idea, o concepto de lo honesto, ni de lo inhonesto; mas no por eso dejan de ser libres en sus acciones; y así se usa con ellos de la doctrina, de la promesa, y la amenaza, para que elijan esto, y no aquello. ¿Y quién no ve que en locos, niños, y brutos sería el castigo totalmente inútil para retraherlos de algunas acciones, si sólo un ímpetu inevitable, desnudo de toda libertad, los arrastrase a ellas?



VIII

Argúyese lo cuarto. Si las almas de los brutos fuesen racionales, serían espirituales, y por consiguiente inmortales; esto no puede decirse: luego. Pruébase la mayor; porque de la racionalidad del alma humana se prueba su espiritualidad, y de su espiritualidad su inmortalidad. Luego habiendo la misma razón fundamental en las almas de los brutos, legítimamente se inferirían uno, y otro consiguiente.
Respondo que no se demuestra, ni infiere la espiritualidad del alma humana de su racionalidad, según aquella razón común, en que según nuestra sentencia conviene con la alma del bruto, sino según la razón específica, y diferencial, por la cual se distingue de ella. Quiero decir, que no es espiritual, porque discurre como discurre el bruto, sino porque entiende lo que no entiende el bruto. El doctísimo, y discretísimo Padre Pablo Séñeri, en la primera parte del Incrédulo sin excusa, cap. 28, prueba largamente la espiritualidad, e inmortalidad de la alma racional por sus operaciones intelectivas; pero sin recurrir al discurso, o raciocinación, sí sólo al conocimiento de determinados objetos, el cual por sí mismo prueba la espiritualidad, e inmortalidad: conviene a saber, el conocimiento de los entes espirituales, el de las razones comunes, o universales, y el reflejo de sus propios actos. Estos tres géneros de conocimientos son privativos del hombre, y en ellos se distingue de el bruto, como ya advertimos arriba.
Asimismo Santo Tomás en el libro segundo contra Gentiles, cap. 79, con muchos argumentos demuestra la inmortalidad de la alma humana, sin deducir prueba alguna de su facultad discursiva. Por lo que mira al conocimiento, pone, o toda, o la mayor fuerza en que conoce las cosas espirituales, y espiritualiza las mismas cosas materiales con la abstracción de razones comunes. Y aunque es verdad que también prueba la espiritualidad, e inmortalidad de nuestra alma por el capítulo de inteligente, (sin addito) así en la parte citada, como en otras anteriores de aquel libro concernientes al mismo asunto, explica, que por inteligencia entiende el conocimiento de razones universales, propio del hombre, y negado al bruto. Nótense estas palabras en el citado capítulo: Intelligere enim est universalium, & incorruptibilium, in quantum huiusmodi. De modo que hallamos que las pruebas sólidas de la inmortalidad del alma racional, que se fundan en su virtud cognoscitiva, sólo se toman de aquella perfección del conocimiento que concedemos al hombre, y negamos al bruto.
Ni Santo Tomás pudiera sin inconsecuencia fundar la espiritualidad, e inmortalidad en la virtud discursiva, tomada precisamente. La razón es clara; porque en la doctrina del Angélico Maestro el discurso envuelve potencialidad, y la potencialidad materialidad. Por eso a los Angeles, como espíritus puros, le niega formal discurso. Es verdad que el discurso lógico (propio de los hombres, y negado a los brutos) que procede del universal al particular, infiere la espiritualidad del alma humana; pero no por lo que es formalmente en sí mismo, sino por lo que presupone, o por lo que envuelve, que es el conocimiento de las razones universales.
Concedemos, pues, algún discurso a los brutos (en la forma que se explicó arriba), el cual como formalísimamente potencial no puede arguir inmaterialidad. Negámosles todos aquellos conocimientos, de que se infiere la espiritualidad; esto es, el conocimiento de las cosas espirituales, e incorruptibles, el de las razones comunes, aun de las cosas materiales, el reflejo de sus propios actos: a que añadimos el conocimiento de lo honesto, e inhonesto; el cual también, en mi sentir, prueba concluyentemente la espiritualidad, e inmortalidad de nuestra alma. Pero no puedo detenerme ahora en mostrar la eficacia, ni de este argumento, ni de los antecedentes, porque sería menester gastar en esto mucho tiempo. Quien quisiere instruirse bien en esta materia, lea desde el capítulo 27 hasta el 32 inclusive del primer Tomo del Incrédulo sin excusa del Padre Séñeri; pero especialmente, por lo que mira a nuestro intento, el veinte y ocho, treinta, y treinta y uno.
Argúyese lo quinto, y puede ser réplica sobre el argumento antecedente. Si las almas de los brutos no son espirituales, son materiales: si son materiales, no pueden discurrir, porque la materia no es capaz de discurso: luego. De este argumento no pueden usar los Aristotélicos contra nosotros; pues si prueba que los brutos no pueden discurrir, prueba igualmente que no pueden sentir; porque la materia por sí misma igualmente es incapaz de sentimiento que de discurso. Y así de este argumento usan los Cartesianos contra los Peripatéticos, y demás Sectas de Filósofos, y es su Aquiles para probar que los brutos son máquinas inanimadas. Respondamos, pues, por todos.
Para lo cual noto, que cuando se ventila este argumento entre Cartesianos, y Peripatéticos, aquéllos incurren una equivocación, y éstos no la deshacen con la claridad que es menester. Confunden los Cartesianos el ente material con la materia, como si fuesen una misma cosa; y los Peripatéticos, o no señalan la distinción, o no la ponen tan clara como se debe.
Digo, pues (empecemos por aquí), que si se me pregunta si el alma del bruto es materia o es espíritu, responderé que ni uno, ni otro. Pero si se me pregunta si es material, o espiritual, responderé que determinadamente es material. Que la alma del bruto no es materia, es claro: porque por materia se entiende aquel primer sujeto indiferente para toda forma; y el alma del bruto no es ese primer sujeto, sino forma de él. ¿Pero de aquí se inferirá que es espíritu? De ningún modo. Si esta ilación fuese buena en la alma del bruto, lo sería asimismo en la forma substancial de la planta, en la del metal, en la de la piedra, pues en todas subsiste la misma razón. Así generalmente se debe pronunciar que las formas substanciales (lo mismo digo de las accidentales) que ponen los Aristotélicos, ni son materia, ni espíritu. Y lo mismo deberán decir los Cartesianos de las modificaciones de la materia, que señalan como equivalentes a las formas Aristotélicas. La figura cuadrada, v.gr. no es espíritu, tampoco es materia; porque como la materia siempre es la misma, siempre subsistiría la misma figura.
Algún tiempo después de estampada nuestra opinión sobre la alma de los brutos, salió a luz la primera vez el Curso Físico, o Conversaciones Físicas del Padre Regnault; en cuyo 4 Tomo, Convers. 2, he visto que defiende la misma sentencia que yo llevo, de que la alma de los brutos es un medio entre materia, y espíritu.
63. Pero aunque no es materia, es material el alma del bruto. ¿Qué quiere decir esto? Que es esencialmente dependiente de la materia en el hacerse, en el ser, y en el conservarse. Y esto se entiende por ente material adjectivè, a diferencia del ente material substantivè, que es la materia misma. Esta dependencia esencial de la materia en las almas de los brutos se colige evidentemente de que todas sus operaciones están limitadas a la esfera de los entes materiales; como al contrario la independencia del alma humana de la materia, se infiere de que la esfera de su actividad intelectiva, incluye también los entes espirituales.
Puesta esta distinción, se ve claramente cuán erradas van todas aquellas ilaciones, que de la carencia de algún predicado en la materia pretenden deducir la carencia del mismo predicado en la forma material. Así como sería ridículo argumento éste: La materia no es capaz de sentir: luego la forma material no es capaz de sentir: O éste: La materia no es activa: luego la forma material no es activa; lo es también éste, que estriba en el mismo fundamento, y procede debajo de la misma forma: La materia no es capaz de conocer, y discurrir: luego la forma material no es capaz de conocer, y discurrir. El que deberá calificarse de buen argumento será éste: Una forma material, cual es la alma del bruto, depende en su ser esencialmente de la materia: luego la jurisdicción de su actividad sólo se extiende a los entes materiales. Porque en virtud de la secuela natural del obrar al ser, aquel limitativo en el ser trae este limitativo en el obrar. De este modo, y siguiendo este sistema, se ven claros, y como señalados por la misma naturaleza de las cosas, los lindes que dividen las dos jurisdicciones del conocimiento del hombre, y el del bruto. La alma de aquél, como independiente en su ser de la materia, alarga su conocimiento fuera de todos los términos de la materia; esto es, a los entes espirituales: la de éste, como dependiente, no percibe sino los materiales. 65. Pensar que todas las formas materiales, por tales, deben participar aquella (llamémosla así) rudísima torpeza de la materia, es entender groseramente las cosas. La crasa mole de la materia, rudis, indigestaque moles, es una misma en todos los entes, y por sí misma inútil para todo. Sin embargo, las formas que dependen esencialmente de ella, son tan desiguales en perfección, y muchas tan maravillosas en su modo de obrar, que no pueden contemplarse sin estupor. ¡Cuánto dista la forma del metal de la de la piedra! Entre los mismos metales, ¡cuánto excede la del oro a la del plomo! Si se examina la más humilde planta de la selva, se halla, que supera la forma de ésta con un exceso inmensurable a la del oro. ¿Ves aquella artificiosísima textura? ¿aquella bien ordenada serie de sutilísimas fibras? ¿aquellos vivísimos colores? ¿aquella multitud de casi invisibles conductos, que son otras tantas máquinas hidráulicas, por donde sube, y baja regladamente el jugo de la tierra? Pues eso, que ningún Artífice humano acertaría a hacer, todo eso lo hizo esa forma material de la planta. Mira ahora cuánto dista su actividad de esa grosera materia de quien depende. Es verdad que lo hace sin conocimiento de lo que hace; pero no sé si esto es mayor maravilla que hacerlo con conocimiento. Ciertamente cuando vemos cualquier artificio exquisito, mucho más nos admiramos si nos dicen que le hizo un ciego, que uno que tenía vista.
Aunque los Cartesianos niegan toda forma material, no se escapan de la fuerza de nuestra reflexión; pues las modificaciones, que conceden a la materia, tan materiales son como nuestras formas. Sin embargo, de ellas resultan en su sentencia tantos admirables fenómenos, como hay en la naturaleza: y sin ellas la materia no sería más que una ruda, e informe masa, inútil para todo. Miren los Cartesianos cuánto dista, aun en su sentencia, lo material de lo que es puramente materia.
67. Supuesto, pues, que teniendo la materia sólo capacidad pasiva, tiene tanta amplitud la virtud activa de las formas materiales, no debe reglarse la actividad de éstas por la incapacidad de aquélla, sino según la proporción que hemos establecido: determinando, que las formas materiales, como dependientes esencialmente en su ser de la materia, tienen también su obrar limitado dentro de la esfera de los objetos materiales. Esta es la raya más justa que se puede tirar para dividir los términos de la facultad cognoscitiva de los brutos, y la del hombre: y otra cualquiera que se tire, o más adelante, o más atrás, será absurda, y arbitraria.



IX

Argúyese lo último. En las Sagradas Letras se les niega entendimiento, y razón a los brutos: luego. Pruébase el antecedente de aquellas palabras del Psalmo 31: Nolite fieri sicut Equus, & Mulus, quibus non est intellectus; y aquellas de la Epístola segunda de San Pedro: Velut irrationabilia pecora.
Respondo lo primero, que fácilmente podríamos oponer textos, a textos; pues en Job (a) Cap. 38. se halla, que Dios dio entendimiento al Gallo: Quis posuit in visceribus hominis sapientiam? Vel quis dedit Gallo intelligentiam? Que aunque se dice en forma de interrogante, del contexto consta que es aseveración. Y en los Proverbios ( Cap. 6.) se lee, que tiene sabiduría la Hormiga, de la cual puede aprender el hombre: Vade ad formicam, o piger, & considera vias eius, & disce sapientiam.
Respondo lo segundo, que la Escritura, por lo común, no usa de las voces según el rigor filosófico, sino según el uso civil, de lo cual se podrían dar innumerables ejemplos. Basten estos dos, tomados del capítulo primero del Génesis. En el versículo 21 se dice, que crió Dios los peces Cetáceos: Creavit Deus cete grandia: siendo cierto que hablando filosóficamente, no los crió, pues los hizo de sujeto, o materia presupuesta. Y en el versículo 30 sólo atribuye vida, o alma viviente al hombre, y a los brutos: Et cunctis animantibus terrae, omnique volucri Coeli, & universis, quae moventur in terra, & in quibus est anima vivens, ut habeant ad vescendum; lo cual no quita que las plantas tengan vida, o alma viviente; conviene a saber, vegetativa. Como, pues, estas voces Entendimiento, Razón, Discurso, y otras semejantes en el uso civil, y común significan con más estrechez que tomadas filosóficamente, y suponen sólo por la facultad cognoscitiva del hombre, en este sentido las toma la Escritura cuando niega tales atributos a las bestias. Fuera de que, comparados los brutos con los hombres, legítimamente se pueden llamar irracionales, por faltarles aquel conocimiento superior, propio del hombre. Así David llama bárbaro al Pueblo Egipcio, refiriendo la salida del Pueblo de Israel de aquella tierra: In exitu Israel de Egypto, domus Jacob de Populo barbaro. Consta no obstante que no había entonces gente de mayor policía, y cultura de letras que los Egipcios; pues en los Actos de los Apóstoles, para ponderar la ciencia de Moisés, se dice que aprendió toda la sabiduría de los Egipcios: Et eruditus erat Moyses omni sapientia Egyptiorum. Pero pudo David llamarlos bárbaros, porque los Hebreos los reputaban tales, porque carecían del conocimiento más importante; esto es, del verdadero Dios. Y en cuanto al primer texto, que se nos opone del Psalmo, tomando la voz, entendimiento, e inteligencia en el riguroso sentido en que Santo Tomás lo toma por el conocimiento de las cosas universales, e incorruptibles: Intelligere enim est universalium, & incorruptibilium, absolutamente se debe decir que los brutos carecen de entendimiento. A que añadiremos, que el Psalmista toma allí la voz Entendimiento en este sentido: pues exhortando a los hombres a que no se hagan como las bestias, que no tienen entendimiento, quiere decir, que no consideren, y abracen los bienes sensibles, y materiales, como hacen los brutos; sino los espirituales, y eternos. Luego así como no se puede inferir de aquel texto, que los hombres carnales, que viven more brutorum no entienden, ni discurren en orden a los bienes sensibles, tampoco se puede inferir lo mismo de los brutos a quienes se comparan.



X

. para complemento de este discurso se resolverá aquí brevemente otra cuestión curiosa, que tiene algún parentesco con la principal; conviene a saber, ¿si los brutos tienen locución propiamente tal, o idioma con que se entiendan entre sí los de cada especie?
. en que lo primero decimos, que se deben condenar como fabulosas algunas narraciones que hay en esta materia, si no intervino obra del demonio en ellas. tal es en homero la del caballo de aquiles, llamado xanto, que le pronosticó la muerte a su dueño. tal en julio obsecuente, escritor latino, la del buey, que avisó a los romanos de la inundación que amenazaba el tíber con estas voces: roma tibi cave. guardate roma. tales otras muchas de aquel gran amontonador de prodigios tito livio: en las cuales juzgo que no hay más verdad, que en que un árbol hablase a apolonio tyanéo, como cuenta filóstrato; en que un río saludase a pitágoras, [222] como refiere porfirio en que hablase el laurel, consagrado a apolo en metaponto, como se lee en ateneo; y en que a mahoma, en la vuelta de meca, le rindiesen el mismo obsequio cuantos árboles, peñascos, y montes halló en el camino, como mienten los mahometanos, y queda impugnado en el sexto discurso.
. digo lo segundo, que algunos brutos que tienen la lengua acomodada para ello, pueden por instrucción imitar las voces humanas. esto se ve cada día en los papagayos. y otras aves son capaces de lo mismo, como el cuervo, que todos los días iba a saludar en público a tiberio, germánico, y druso: el célebre tordo de agripina, madre de nerón: y aquella multitud de pájaros que el cartaginés hanon enseñó a decir: hanon es dios; y después, puestos en libertad, en todas partes repetían la misma sentencia con asombro de los africanos, que creyéndolos inspirados de superior numen, estuvieron cerca de erigir templos al astuto hanon, quien con ese fin había instruido aquellas aves. aun los cuadrúpedos son capaces de lo mismo. en las memorias de trevoux es citado el célebre barón de leibnitz, que dice vió un perro, el cual articulaba hasta treinta voces alemanas, aunque no con perfección.
. digo lo tercero, que aquellos sonidos, o voces diversamente moduladas, de que usan los brutos, no constituyen locución verdadera, o idioma propiamente tal. la razón es, porque éste consta de voces inventadas a arbitrio, y significativas ad placitum; pero las de los brutos no son tales, sino inspiradas por la misma naturaleza, o signos naturales: lo cual se colige evidentemente, de que del mismo modo aullan, v.gr. los perros en alemania que en españa; y del mismo modo graznan los cuervos en asia que en europa: y si se explicasen por instrucción, en diversas tierras tendrían diferente explicación, como los hombres.
. digo lo cuarto, que aquellas voces son significativas de sus propios afectos, mas no de las cosas que perciben con los sentidos. la razón es, porque respecto de la multitud de objetos que perciben, es poquísima la variedad que notamos en su voz. así no merece alguna fe lo que filóstrato cuenta de apolonio, que entendía el idioma de las aves, y el gracioso suceso, que a este asunto refiere, el cual se puede ver en nuestro segundo tomo, discurso v, num. 12. no niego por eso que las voces de los brutos, significando inmediatamente sus afectos, signifiquen mediatamente con alguna generalidad los objetos que mueven sus afectos; pero ésta no es locución, así como no lo es en nosotros levantar el grito cuando nos dan un golpe, aunque el grito, significando inmediatamente el dolor, signifique mediatamente el golpe que le ocasiona. . si es posible, ya que no le haya de hecho, invención de idioma entre los brutos, es materia de discusión más larga; y ya este discurso se ha extendido mucho.


Valor de la nobleza, e influjo de la sangre
I

Un gran bien haría a los Nobles quien pudiese separar la nobleza de la vanidad. Casi es tan difícil encontrar aquella gloria despegada de este vicio, como hallar en las minas plata sin mezcla de tierra. Es el resplandor de los mayores una llama, que produce mucho humo en los descendientes. De nada se debe hacer menos vanidad, y de nada se hace más. En vano las mejores plumas de todos los siglos, tanto sagradas, como profanas, se empeñaron en persuadir que no hay orgullo más mal fundado que el que se arregla por el nacimiento. El mundo va adelante con su error. No hay lisonja más bien admitida, que aquella que engrandece la prosapia. Apenas hay tampoco otra más transcendente. Léanse la Dedicatorias de los Libros, donde la adulación por lo común rige la pluma; y es que se sabe, que raro hombre hay tan modesto, ó tan desengañado, que no reciba con gratitud este elogio.
De aquí vienen aquellas disparatadas genealogías, fabricadas por algunos aduladores en obsequio de los poderosos cuyo favor pretenden. Basilio el Primero, Emperador del Oriente, era de nacimiento obscuro. El Patriarca Phocio, viéndose caído de su gracia, volvió a recobrarla, formando una serie genealógica, en que le hacía descender de Tiridates, Rey de Armenia, ocho siglos anterior a Basilio. La descendencia que Abrahan Bzovio da al Papa Sylvestro Segundo, de Timeno, Rey de Argos, que floreció más de mil años antes de Cristo, y dos mil antes del mismo Sylvestro, es de creer que no la fraguó el mismo Bzovio, sino que la halló en algunos papeles escritos, en vida de aquel Papa, por los que querían lisonjearle. Rodrigo Plaherti escribió poco ha una Historia de las cosas de Irlanda, donde a la familia de los Reyes de Inglaterra da dos mil y setecientos años de antigüedad en la posesión del Trono.
No hay origen más dudoso que el de la Augusta Casa de Austria, en pasando dos generaciones más arriba del Rodulfo, Conde de Ausburg. Llegando al abuelo de este Príncipe, se hallan los Historiadores más linces en densísimas tinieblas, de modo que no saben hacia donde tomar; aún el mismo abuelo de Rodulfo no está fuera de toda contestación. Sin embargo, no han faltado Escritores Españoles, que siguiendo la serie de sus ascendientes, llegan sin topar en barras, a las ruinas de Troya. Más adelante pasó Peñafiel de Contreras, Autor Granadino, el cual, según refiere Mota la Vayer, tejió una serie genealógica de ciento y diez y ocho sucesiones, desde Adán, hasta Felipe Tercero, Rey de España: y porque el Duque de Lerma, Valido a la sazón, no quedase menos obligado a su pluma, formó otra de ciento y veinte y una, desde Adán, hasta dicho Duque, enlazando al Soberano, y al Valido en Tros, Rey de Troya, bisabuelo de Príamo, y Eneas, por medio de sus dos hijos Ylo, y Asaraco, de uno de los cuales hacia descender al Rey, y de otro al Duque.
No han faltado en otras Naciones quienes adulasen con el mismo exceso a sus Príncipes. Juan Meseno estampó la sucesión de los Reyes de Suecia, sin interrupción alguna, desde el primer Padre del género humano: y Guillermo Slatyer hizo otro tanto en obsequio de Jacobo Primero, Rey de Inglaterra.
Verdaderamente que tanto incienso hiede aún al mismo Idolo para quien se exhala. Por eso Vespasiano despreció a unos aduladores, que le entroncaban con Hércules; y el Cardenal Macerini hizo gran mofa de otro, que le buscaba su origen en Tito Geganio Macerino, y Próculo Geganio Macerino, antiquísimos Cónsules Romanos. Así pierden la lisonja los que la vierten sin medida.
6. Volviendo al asunto, repito, que de ninguna prerrogativa se debe hacer menos jactancia que de la nobleza. Otro cualquier atributo es propio de la persona; éste, forastero. La nobleza es pura denominación extrínseca: y si se quiere hacer intrínseca, será ente de razón. La virtud de nuestros mayores fue suya, no es nuestra. En esta sentencia compendió Ovidio cuanto se puede decir sobre el asunto.
Nam genus, & proavos, & quae non fecimus ipsi,
Vix ea nostra voco.
Es verdad que en alguna manera nos ilustra la excelencia de los progenitores; pero nos ilustra como el Sol a la Luna, descubriendo nuestras manchas si degeneramos. En algunos escudos de Armas he visto puestas por timbre unas Estrellas. El que ganó esta blasón le ostentaba con justicia, porque a manera de Estrella brillaba con luz propia. En muchos de los sucesores debían quitarse las Estrellas, y substituirse por ellas una Luna, para denotar que sólo resplandecen, como este Astro, con luz ajena. Galante, y magnífico en extremo me ha parecido siempre aquel elogio que Veleyo Patérculo dio a Cicerón: Per haec tempora Marcus Cicero, qui omnia incrementa sua sibi debuit, vir novitatis nobilissimae, &c. Debióse Cicerón a sí mismo toda su fortuna, porque siendo de obscura familia, sin otro apoyo que el de sus propias prendas, ascendió a los primeros honores de Roma. Más quisiera que se dijera esto, y aún mucho menos de mí, que el que me creyesen todos los hombres descendiente por línea recta de Augusto César.



II

Pero no es razón detenerme en un lugar tan común, y sobre que están escritas tantas, y tan bellas cosas, que lo más que yo podría hacer sería añadir una nueva fuentecilla al Océano, o una pequeña piedra al montón de Mercurio. Mi intento sólo es desterrar un error vulgar que hay en esta materia, y que fomenta mucho su fantasía a la gente de calidad.
Dícese comúnmente, que la buena ó mala sangre tiene su oculto influjo en pensamientos y acciones: que así como según la naturaleza de la semilla sale el árbol, o según la del árbol el fruto; así tales son por lo común los hombres, cual es la estirpe de donde vienen, y en sus operaciones copian las costumbres de sus ascendientes. Esta preocupación a favor de la nobleza es tan general en el vulgo, que hay en el lenguaje ordinario diferentes adagios para explicarla; y a cada paso, al oírse alguna torpe acción de un hombre bien nacido, se dice, que no obra como quien es: como por el contrario, si se cuenta de un hombre humilde, se dice que de sus obligaciones no podía esperarse otra cosa.
Si ello fuese así, muy de justicia se le tributaría a la nobleza la estimación que goza. Pero bien lejos de eso, apenas otro algún juicio errado tiene contra sí tantos, y tan evidentes testimonios como éste. ¿En qué Teatro no se está viendo a cada paso lo que un tiempo en el de Roma, un Cicerón de extracción obscura ennobleciéndose a sí, y a su patria con acciones ilustres, enfrente de un Catilina nobilísimo, que se mancha, y la mancha con torpezas, y alevosías? ¿O lo que en el de Atenas, un Sócrates, hijo de un Herrero, lleno de virtudes, delante de un Critias, mal discípulo de tan gran Maestro, y mal descendiente de un hermano de Solón, a quien ni la nobleza, ni la Filosofía estorbaron ser un monstruoso conjunto de abominables vicios?
Muy notable es lo que dice Plutarco de los Reyes sucesores de aquellos Capitanes, entre quienes dividió Alejandro su Imperio. ¿Qué progenitores más ilustres que aquellos Héroes, a quienes debió en gran parte el Macedón tantas gloriosas conquistas? Pues todos los descendientes de esos generosos Caudillos, dice Plutarco, fueron de ruines, y perversas costumbres. ¿Todos? Todos, sin reservar alguno: Omnes parricidiis, & incestis libidinibus infames fuere. Tomad en vista de esto la nobleza por fiadora de la virtud.
La reflexión de Elio Sparciano aún es mucho más fuerte. Dice este Escritor, que echando los ojos por las Historias, ve claramente, que casi ninguno de los hombres grandes que tuvo el Mundo, dejó hijo que fuese digno sucesor suyo; esto es, bueno, y útil a la República: Et reputanti mihi, neminem propè magnorum virorum optimun, & utilem filium reliquisse, satis liquet ( (a) Spartian. In vita Severi).
No hay duda, que a cada paso se encuentran en las Historias malos hijos de buenos padres. Germánico es ofrecido por el Ejército; y su hija Agripina tan protervamente ambiciosa, que sacrifica el pudor, y aún la vida a la ansia de dominar. Octaviano es modesto, y recatado, sobre otras muchas excelentes cualidades: su hija Julia escandaliza a Roma con sus desenvolturas. Cicerón, por cualquiera parte que se mire, es un genio elevadísimo: su hijo (sólo en el nombre parecido a su padre) es torpe, estúpido, y sin otra habilidad que la de beber mucho vino. Quinto Hortensio compite a Cicerón en la elocuencia, en la habilidad política, y en el celo por la patria: su hijo se desvía tanto de sus huellas, que está a peligro de ser desheredado; y siendo tan malo el hijo, aún sale peor el nieto. Septimio Severo, a la reserva de su nimio rigor, es un Príncipe, cumplido; su hijo Antonino Caracalla, ni merece ser Príncipe, ni ser hombre. Al prudente, y sabio Marco Aurelio sucede el brutal y desenfrenado Cómmodo: al glorioso Constantino el indigno Constancio: al magnánimo Teodosio los apocados Arcadio, y Honorio. Empero querer hacer regla general sobre estos, y otros ejemplos es dar mucho viento a la pluma.
Lo que con certeza se puede asegurar es, que el parentesco en la sangre no induce parentesco en las costumbres. Esta verdad se prueba invenciblemente con la desemejanza que frecuentemente ocurre entre hermanos. Si los hijos de un padre fueran semejantes a él, fueran también semejantes entre sí. ¿Cómo, pues, a cada paso se observan tan diversos? Uno es esforzado, otro tímido: uno liberal, otro avariento: uno ingenioso, otro rudo: uno travieso, otro reportado: y así en todo lo demás.



III

De esta alternación de defectos, y virtudes en una misma sangre, nos da un ilustre ejemplo la familia Antonia, famosa en la antigua Roma. Marco Antonio, llamado el Orador, se puede decir que fue quien levantó esta Casa; pues si bien que la familia Antonio ya era conocida en los primeros siglos de Roma, se había dividido en dos ramas: la una, que se llamaba Patricia, y se extinguió: la otra Plebeya (aunque se ignora por qué accidente había perdido su esplendor antiguo) de la cual nació Marco Antonio. Este, siendo de extracción humilde, por sus raras y excelentes cualidades fue elevado a los primeros cargos de la República, y los ejerció gloriosamente. Pero dos hijos que tuvo, Marco Antonio llamado el Cretico, y Cayo Antonio, degeneraron enteramente de las virtudes de su gran padre, hombres sin virtud, sin conducta, sin valor. A Marco Antonio el Cretico sucedió Marco Antonio del Triumvir, en quien se aumentaron los vicios de su padre, aunque heredó parte del valor del abuelo, pues fue buen Soldado, y no mal político, pero glotón, borracho, y lascivo; y este último defecto le hizo sacrificar su fortuna, y su vida a la hermosura de la deshonesta Cleopatra. De tan mal padre nació una admirable hija, la sabia, bella, púdica, prudente, y valerosa Antonia. Esta gran mujer (que fue sin duda en su tiempo el mayor ornamento de Roma) tuvo dos hijos, y una hija, que discreparon tanto en genios, y costumbres, como si fuese la sangre, y la educación extremamente diversa. El mayor, que fue Germánico, salió un Príncipe cabalísimo, discreto, dulce, generoso, valiente, moderado: Claudio, que después fue Emperador, desdijo tanto, a causa de su estupidez, del hermano, y de la madre, que ésta solía decir, que su hijo Claudio era un monstruo, que la naturaleza había empezado a hacer hombre, y no había acabado. Livilla, hermana de los dos, fue otra especie de monstruo, pues la convencieron de adúltera, y homicida de su marido. Más la semejanza, que hasta ahora se observó entre los individuos de esta familia, siendo tan grande, se puede decir levísima en comparación de la que hubo entre Germánico, y su hijo Calígula. El padre fue las delicias de Roma; el hijo el horror del mundo. Aquel un complejo hermoso de virtudes, y gracia; este un epílogo de abominaciones: en fin tal, que de él se dijo, que la naturaleza le había producido a fin de mostrar hasta donde podía avanzarse el hombre por el camino de la perversidad. He puesto a los ojos la insigne desigualdad de la familia Antonia, para que se vea que el influjo, ó ejemplo de los padres es mal fiador para conjeturar cuales serán los hijos. Si se hiciese la misma análisis de otras familias, se hallaría la misma desigualdad con corta diferencia.



IV

No ignoro el argumento, que se puede hacer a favor de la opinión vulgar. Diráseme que las costumbres por lo común siguen al genio, y el genio al temperamento. Como, pues, el temperamento se comunica de padres a hijos, por lo cual vemos heredarse algunas enfermedades, es consiguiente que medianamente se comuniquen genio y costumbres.
Empero este argumento flaquea por muchas partes. Lo primero, porque la comixtión de los dos sexos, inexcusable en la generación, suele hacer que en los hijos resulte un temperamento tercero, desemejante al del padre y al de la madre. Lo segundo, porque no es de creer que la materia seminal sea en todas sus partes homogénea; y a éste principio pienso se debe atribuir principalmente la notable desemejanza que hay entre algunos hermanos. Lo tercero, porque en el temperamento influyen muchos principios diferentes: la accidental disposición de los padres al tiempo de la generación, los varios afectos de la madre durante la formación del feto, las alteraciones de la atmósfera en ese mismo período, el alimento de la infancia, y otras muchas cosas.
De aquí colijo que es en sumo grado falible, y carece de toda probabilidad aquel pronóstico vulgar de la breve ó larga vida de los hijos, en atención a lo mucho, ó poco que vivieron los padres: porque por todos los principios señalados puede, ó viciarse, o corregirse el temperamento de los padres en los hijos; y así se ven cada día hijos sanos de padres enfermos, e hijos enfermos de padres sanos. Es verdad que hay algunas dolencias, las cuales tienen el carácter de hereditarias; lo cual juzgo que depende de que el vicio que las origina, es común a toda la materia seminal. Pero esto es propio de muy pocas enfermedades, y ni aún de esas es tan propio, que no falsee muchas veces. Mi padre fue gotoso, y ni yo lo soy, ni alguno de mis hermanos lo es.
((a) Mis Padres, y mis cuatro Abuelos todos fueron de corta vida. Con todo yo (gracias a nuestro Señor) voy, cuando escribo esto, pasando de sesenta y dos a sesenta y tres años, sin notable decadencia en las fuerzas corporales.
Diránme, que uno, u otro accidente no prueba que por lo común no se verifique que a la breve ó larga vida de los padres corresponde la de los hijos. Contra esta respuesta están las razones con que en el citado número y en el antecedente probamos que aquella regla carece de todo fundamento en buena filosofía. Pero vaya para mayor abundamiento otra experiencia a que no se puede responder con que es accidente, porque comprende a todos los individuos de una especie. Los mulos, que son hijos de burro y yegua, son de más larga vida que el padre y la madre.)
Añado, que aún cuando se admita alguna comunicación de genio y costumbres de padres a hijos, esto nada favorece a la nobleza antigua, que computa muy distante su origen. La razón es, porque como en cada generación hay alteración sensible bastante para introducir alguna desemejanza respecto del progenitor inmediato, en el cúmulo de muchas viene a ser la desemejanza tan grande, como si no hubiese algún parentesco. ¿Qué esperanza, pues, puede tener de heredar algo de la generosidad de sus ilustres progenitores el que mira remoto por el espacio de algunos siglos aquel ó aquellos Héroes, de quienes se derivó todo el lustre a su casa? Cuantos más abuelos intermedios cuente, tantos más grados de aquel generoso influjo se quita. En cada generación se fue perdiendo algo; y siendo muchas, llega a perderse todo. Es de creer que los Tespiades, o hijos que tuvo Hércules en las hijas de Tespis, heredasen algo de la fuerza de su padre: a los hijos de los Tespiades ya llegaría más cercenada la robustez del abuelo, y los descendientes de éstos, pasados uno y dos siglos, no serían más fuertes que los demás hombres.



V

Aquí concluyera yo este Discurso, si sólo los Nobles hubiesen de leerle. Más como mi intento sea curar en los Nobles la vanidad, sin eximir los humildes de la veneración, es preciso ocurrir al inconveniente que por esta parte puede resultar; pues aunque es justo que la nobleza no se engría, es debido que la plebe la respete.
Por fuertes que sean las razones que hasta ahora hemos alegado contra el valor de la nobleza, no puede negarse que la autoridad que la favorece, tiene más fuerza que todos nuestros argumentos. Cuantas Naciones cultas y bien disciplinadas tiene el Mundo estiman esta prerrogativa: lo que es poco menos que un consentimiento general de todos los hombres; y una opinión universal, ó sale de la esfera de opinión, ó aunque no salga, debe prevalecer contra todo lo que no es evidencia.
La vanidad (dice la famosa Magdalena Escudery en el tom. 4. de su Cyro) que se saca solamente de los progenitores, no es bien fundada; mas con todo, esta ilustre quimera que tan dulcemente lisonjea el corazón de todos los hombres, está tan universalmente establecida en todo el Mundo, que no puede menos de hacerse consideración de ella. Es cierto que en muchas cosas el uso común nos arrastra contra la razón; pero en otras la misma razón manda seguir el uso común, y este es el caso en que estamos.
Es verdad que me queda la duda de si esta estimación común de la nobleza le ha venido por sí misma, ó por un adjunto suyo, que es el poder. Comúnmente los nobles son ricos, y puede dudarse si el culto que presta el Mundo a este ídolo que se llama Nobleza, se introdujo por la representación que tiene, ó por el oro de que consta. Lo que se ve es, que los nobles que decaen en el poder, al mismo paso decaen en la estimación; y aunque siempre les queda alguna, ¿quién sabe si ésta depende del oculto influjo de su generosa estirpe, ó del hábito común que en nosotros reside de apreciarla? Puede ser también, que el noble reducido de la opulencia a la mendiguez, sólo se venere como reliquia del ídolo que se adoró antes.
Por este motivo es preciso buscar fundamento más sólido para asegurar a la nobleza la estimación que goza; y le hay sin duda en la razón, aun prescindiendo de toda autoridad. Es máxima constante en la Etica, que a toda excelencia se debe algún honor: habiendo, pues, ya el consentimiento de los hombres, ya la estimación de los Príncipes, ya los privilegios que les conceden las leyes, colocado a los nobles en cierto grado de superioridad respecto de los que no lo son, se debe reputar la nobleza por un género de excelencia, a quien por consiguiente se debe el obsequio del honor. Donde se debe advertir, que esta deuda no se estorba por la incertidumbre que puede haber en orden al origen de los que tenemos por nobles. La razón es, porque la común existimación basta para colocarlos en aquel grado de superioridad, y no podemos pedir mayor examen de su descendencia para venerarlos, que las leyes piden para favorecerlos. Raro hombre hay que tenga certeza física de quien es su padre, sin que esto obste a la indispensable obligación de reverenciar a aquel que la común existimación es tenido por tal.
Esta deuda de veneración a la nobleza se debe entender reservando en todo caso a la virtud el lugar que le toca; la cual, según doctrina constante de Aristóteles, y Santo Tomás, es mucho más digna de honor que la nobleza. Por tanto mucho más se debe honrar (aún con este honor extrínseco, y civil, que es del que hablan aquellos dos grandes Maestros de la Etica) al plebeyo virtuoso, que al noble que carece de virtud. Nuestro Cardenal Aguirre, explicando al Filósofo en el capítulo tercero del libro cuarto de los Eticos, añade, que el noble vicioso es indigno de todo honor y respeto. A cuyo dictamen me conformo, porque es consiguiente a una máxima del Angélico Doctor, el cual {(a) 2. 2. quaest. 145. art. 1} habiendo dicho, que el honor, propia y principalmente sólo se debe a la virtud, asienta, que otras cualidades excelentes inferiores a ella, como son nobleza, riqueza, y poder, sólo son honorables en cuanto conducen, ó coadyuvan al ejercicio de la virtud: Alia verò, quae sunt infra virtutem, honorantur in quantum coadjuvant ad opera virtutis: sicut nobilitas, potentia, & divitiae. Si la nobleza, pues, no coadyuva a la virtud, antes fomentando la vanidad, ó alimentando la soberbia, ó prestando su sufragio para otros vicios la estorba, se constituye totalmente indigna de respeto.



VI

¿Pero cómo conciliaremos lo que arriba dijimos contra la nobleza, con lo que acabamos de alegar a favor suyo? Fácilmente; diciendo, que ésta prerrogativa no es laudable, pero es honorable. Los argumentos antes propuestos la impugnan la laudabilidad; los de ahora la afirman la honorabilidad. Esta es una distinción que señala Aristóteles entre la virtud, y todas las demás excelencias que ilustran a los hombres. La virtud, dice, es laudable; la riqueza, la nobleza, el poder ninguna alabanza merecen, pero son acreedores al honor. De modo, que en la nobleza no hay motivo alguno para que el noble se jacte; pero le hay para que el humilde, ó el que es menos noble le reverencie. Con esta distinción todo se compone bien, y se la asegura a la nobleza la estimación, sin fomentarla la vanidad.



VII

El asunto de este discurso, especialmente por lo que hemos dicho en los párrafos segundo, tercero, y cuarto, nos conduce oportunamente a desterrar un error vulgarísimo. Tan encaprichado está el Mundo del oculto influjo de la sangre, que quieren que los hijos, en fuerza de él, hereden de los padres, no sólo aquellas pasiones que dependen del temperamento, más aún la propensión a la religión de sus mayores. Aún no ha parado aquí, pues la plebe extiende este influjo a la leche de que se alimentan los niños en la infancia; acreditando esta máxima ridícula con tal cual experimento incierto ó fabuloso; como de alguno, que siendo adulto judaizó por haberle dado leche una ama Judía.
Ningún error más ajeno de toda verosimilitud. Si se habla de la Religión verdadera, no sólo el ascenso que presta el entendimiento a sus dogmas, mas también la pía afección que de parte de la voluntad precede aquel asenso, es sobrenatural: por consiguiente no puede, según buena Teología, ni la sangre, ni el alimento, ni otra cosa natural tener conexión alguna, ni con el asenso, ni con la pía afección. Esta toda es obra de la Divina Gracia, para quien no hay ni aún disposición remota en toda la esfera de la naturaleza; y sólo se pueden admitir disposiciones naturales negativas, que únicamente concurren removiendo impedimentos, como el buen entendimiento, y buena índole. Pero estas buenas disposiciones, en los que las gozan, no dependen de que sus padres hayan profesado la Religión verdadera. Si fuese así, todos los Católicos tendrían buen entendimiento, y buen natural.
El asenso a las Religiones falsas no tiene duda que es absolutamente natural, pues no puede ser sobrenatural el error. Con todo es cierto, que no depende en manera alguna del temperamento, ni de la organización, que es en lo que pueden influir, ó la semilla paterna, ó el alimento de la infancia. La razón es, porque el dar asenso a un error depende de representación objetiva, la cual en diversos temperamentos y organizaciones puede ser una misma, y en temperamentos y organizaciones semejantes, diversa. ¿Qué dicha tiene, que en el gran Pueblo de Constantinopla hay innumerables hombres desemejantes en estas y otras disposiciones naturales? Sin embargo, todos creen los mismos errores.
A quien no redujeren estas razones, convencerá la experiencia de los Genízaros. Esta Milicia, que es la mejor del Imperio Otomano, y sirve de guardia al Gran Señor, aunque hoy admite en su cuerpo gente de todas Naciones, antes sólo se componía de Cristianos originarios, que en su niñez habían caído en manos de aquellos Bárbaros, ya por presa de guerra, ya por vía de tributo que pagaban al Gran Señor los Cristianos pobres residentes en sus Dominios. Estos Soldados, pues, no obstante ser hijos de Cristianos, y alimentados en la infancia con leche Cristiana, tan finamente profesaban el Mahometismo, como los hijos de los mismos Turcos; y en las guerras contra Cristianos, bien lejos de detenerlos el brazo el oculto influjo de la sangre, y la leche, peleaban, no se si diga con más valor, ó con más furor y rabia que los demás Mahometanos.
La misma reflexión se puede hacer en los hijos de los Esclavos que de Africa se conducen a la América para trabajar en las Minas, y en los Ingenios de azúcar; pues aquellos, educados en la Religión Cristiana, viven alejados de todo pensamiento de volver a la idolatría que profesaron sus mayores.
Lo que tal vez sucede es, que alguno, que siendo niño fue instruido en Religión distinta de la de sus padres, sabiendo después en edad mayor que estos profesaron otra creencia, se halla movido a seguir sus huellas. Mas esto es claro que no depende de que dentro de las venas tenga alguna semilla de la Religión paterna, sino de que el amor y veneración de sus progenitores le inclina a imitarlos; y yo creo, que por falta de reflexión dejan de ser estos ejemplos más frecuentes: pues a un hombre advertido es natural que le haga más fuerza el ejemplo de los que le dieron el ser, que el de los que le robaron la libertad. Pero tanta es la fuerza de la educación, de la costumbre, y del comercio, que prevalece contra todas las demás atenciones.


VIII

Aquí es también ocasión de tocar una queja comunísima entre Hidalgos pobres. Dicen estos frecuentemente, que hoy más se estima el dinero que la hidalguía, y más respetado es el rico que el noble. Esta sentencia apenas les sale de la boca, sin que la acompañe un gran gemido, como doliéndose de la corrupción de estos tiempos, que ha alterado el precio de las cosas.
Muy engañados viven los que piensan que el Mundo fue, ni será jamás de otro modo. Siempre se hicieron, y siempre se harán más expresiones de amor y respeto al rico de origen humilde, que al pobre de estirpe ilustre. Esto lo lleva de su naturaleza la condición humana. Los hombres, por lo común, no prestan sus obsequios graciosamente, sino a intereses. Procuran complacer a quien los puede, ó favorecer, ó dañar. La nobleza no es cualidad activa; la riqueza sí. El noble por noble, no puede hacer bien, ni mal: el rico tiene en una mano el rayo de Júpiter, y en otra la cornucopia de Amaltea. Preguntáronle a Simónides, cuál era más estimable, la riqueza, ó la sabiduría: Perplejo estoy (respondió) porque veo concurrir muy frecuentes los sabios al cortejo de los poderosos, y no veo que los poderosos cortejan a los sabios. De modo, que ya en aquellos antiguos tiempos rendían homenaje los sabios a los ricos: ¿qué harían los vulgares? El temor, y la esperanza son los dos grandes muelles que mueven el corazón del hombre. El amor desinteresado en muy pocos individuos tiene juego. Hay hoy algunas naciones Idólatras, que adoran a Dios, y al diablo. A Dios, para que los beneficie; al diablo, porque no los dañe. Quien no puede hacer bien, ni mal, no espere adoraciones. El único, y eficacísimo instrumento para beneficiar, ó dañar es el dinero: así los que fueren dueños de él, lo serán también del culto común. El oro es ídolo de los ricos, y los ricos son los ídolos de los pobres. Siempre fue así, y siempre será así.
Consuélese no obstante los nobles desatendidos, con que no son sinceros los cultos que reciben los poderosos. Esos inciensos no se exhalan en el fuego del amor, sino en la hoguera de la concupiscencia. Está desmintiendo el pecho cuanto pronuncia el labio. Dóblase en las sumisiones el cuerpo, sin inclinarse el ánimo. No es obra de la naturaleza, sino invención del arte el obsequio. ¿Qué aprecio merecen las adulaciones que articula una lengua esclava vil de interés? No niego que hay poderosos merecedores de su fortuna, y que estos pueden, por el valor intrínseco de sus prendas, ser sincera, y cordialmente cortejados por los hombres de bien. Pero estos son los menos; y la lastima es, que no hay rico alguno a quien la lisonja no haya persuadido que es uno de aquellos pocos.
También se debe advertir a los Hidalgos quejosos, que los ricos, por ricos, son en alguna manera acreedores al respeto que se les tributa. La bendición del Señor (dice Salomón en los Proverbios) hace a los hombres ricos. De suerte que la riqueza es don de Dios, y tal don, que según la común existimación del Mundo constituye dignos de honor a los que le gozan. Así lo afirma Santo Tomás. Secundum vulgarem opinionem excellentia divitiarum facit hominem dignum honore ((a) 2. 2. quaest. 45. art. 1).
La común existimación en esta parte funda derecho; y aún cuando aquel juicio sea errado, será menester esperar a que el Mundo se desengañe para eximirnos de la deuda. Pero ese desengaño no llegará, salvo que Dios con su mano poderosa doble los corazones de los hombres, a estimar únicamente la virtud; y si llegase ese día feliz, también la nobleza caería de la estimación que hoy goza. Cada uno sería estimado de sus obras, y no por las de sus mayores; lo cual sería mucho más útil sin duda a la República. ¡Qué bien servida sería ésta, y qué buenos Ciudadanos tendría, si no hubiese otra senda que la virtud para llegar al logro de la común estimación! Pero hoy que el mérito, y aún la fortuna de un individuo hace gloriosa toda una descendencia, como todos los que suceden en aquella línea se hallan al nacer la veneración pública dentro de casa, son muchos los que se consideran exentos de negociarla por medio de alguna aplicación honrosa.
De donde infiero, que lo que más especiosamente se dice a favor de la nobleza, conviene a saber, que es justo premiar en los descendientes la virtud de sus mayores, aunque tiene bello sonido en la teórica, no logra tan buen eco con la práctica. Si sólo la virtud personal se premiase, en una serie de veinte descendientes habría acaso diez, ó doce, que trabajasen para la gloria. Mas si el primero de esos veinte la gana para todos ellos, sólo se utiliza la República en el primero. Aquel la sirvió, y a los demás sirve ella.



IX

. lo que acabamos de decir no estorba que la nobleza sea preferida para dignidades, puestos, y honores; sí solo que estos se les confieran como premio del mérito de sus ascendientes. no me opongo al hecho, sino al motivo. antes bien soy de sentir, que para ocupaciones honrosas, la misma utilidad pública (este es el motivo que siempre se ha de tener presente; no el de premiar servicios ajenos, que ya están bastantemente compensados) pide que sea preferido el noble al humilde, no sólo en igualdad de virtud (que eso se debe suponer), mas aún cuando el exceso de aquel a este en nacimiento es grande, y el de este a aquel en virtud es corto. esto por cuatro razones muy considerables.
. la primera es evitar la multitud de privilegiados en la república. si frecuentemente se echa mano de humildes, virtuosos, y hábiles para los puestos, como de la elevación de estos resulta la de su posteridad, dentro de uno, y dos siglos se produce una multitud grande de nobles: lo que es extremamente perjudicial al público, porque a proporción se minoran los que han de servir a las artes mecánicas, y al cultivo de la tierra; minorase también la contribución de los pechos; ó lo que es peor, serán gravados sobre sus fuerzas los que quedan con esa carga.
. la segunda, porque en igualdad de puesto es el noble obedecido con más resignación, prontitud, y gusto de los inferiores, que el de humilde extracción. esto es de suma importancia en cualquier género de gobierno. ¿qué turbaciones no ocasiona la repugnancia que los hombres hallan en sufrir la dominación de aquel, a quien ayer vieron con sayal, y hoy ven con púrpura? unas veces es la obediencia tarda, otras mal ejercitada, otras ninguna. el amor, ó por lo menos la interior condescendencia de los que sirven al que manda, es extremamente necesaria para toda especie de negocios. muchos bellos proyectos se han desvanecido, porque los instrumentos destinados a la ejecución de los medios, impedidos de oculta ojeriza al superior, deseaban que no tuviesen efecto. a la intolerancia de los súbditos se sigue en el que manda aborrecimiento respecto de ellos; y en llegando a mirarse estos y aquel recíprocamente como enemigos, no hay desorden ni riesgo que no deba considerarse cercano.
.la tercera, porque es mucho más de temer que sea virtud fingida la del humilde, que la del noble. el vicio de la hipocresía casi está adjudicado a la estrecha fortuna. los pobres están precisados a ocultar sus defectos morales; y el recurso trivial que tienen para mejorar de suerte es simular virtudes. por el contrario, la opulencia, y nacimiento ilustre naturalmente dan desahogo al espíritu. los nobles comúnmente parecen lo que son, porque ni la necesidad ni el temor los precisa a ostentar la virtud que no tienen.
43. la cuarta y última, porque aun dado por cierto que sea virtud verdadera la del humilde, se debe temer que en su exaltación la pierda. son peligrosos todos los saltos grandes de fortuna. malos son los de arriba abajo, porque despedazan la honra y la hacienda; pero peores los de abajo arriba, porque comúnmente destruyen el alma. todo hombre virtuoso, para ser levantado del polvo a la dignidad, había de dar fiadores de su perseverancia. trasládase el alma a otro clima muy diferente, y muy enfermizo para las costumbres. muchos tienen en su temperamento sepultadas las semillas de varios vicios, de modo, que se esconden a sus propios ojos, hasta que las hace crecer y brotar la oportunidad de las ocasiones. en raro hombre de baja esfera se nota que sea cruel, y soberbio; en raro pobre el que sea avaro. aquel, bien lejos de ejercitarlos, ni aún siquiera piensa en unos vicios para quienes no tienen materia. ¿este como ha de poner la mira en lo supérfluo, entre tanto que le falta parte de lo preciso? dale a aquel el mando, y a este algo de riqueza, si quieres saber lo que son por esta parte. de hecho, estos tres vicios se han notado frecuentemente en los que fueron elevados de humilde a alta fortuna, aunque antes no diesen muestra alguna, ni de estos, ni de otros.
Por estas razones soy de sentir que nunca para la dignidad y empleo honroso sea preferido el humilde al noble; salvo que el exceso de aquel en la virtud sea muy grande. pero en la milicia se debe dar excepción a esta regla; porque la pericia y el valor, que son las prendas de suprema importancia en aquel ministerio, ni se pierden con el puesto, ni se contrahacen con la hipocresía. por otra parte estas dotes, para el respeto y obediencia de los súbditos, suplen bastantemente el resplandor del origen. y en fin, un gran guerrero resarce a la república con ventajas el daño que le induce plantando una nueva estirpe de nobles. conque están removidos todos los cuatro inconvenientes señalados.





Cartas eruditas y curiosas

Tomo 1

Carta XIX -


Sobre el tránsito de las arañas de un tejado a otro

Reverendísimo Padre, y muy señor mío: Después de dar a V. Rma. las debidas gracias por lo mucho que me favorece, y ofrecerme muy de veras a su servicio, digo, que la dificultad que V. Rma. me propone, conviene a saber, cómo las Arañas, sin volar, pasan de un árbol a otro, u de un tejado a otro, para hacer sobre entrambos puente con sus hilos, es una de las más curiosas, y abstrusas, que pueden ofrecerse en la Física. Ha muchos años que he pensado en ella algunos ratos, sin poder encontrar solución alguna. Pero últimamente la hallé, debiéndola precisamente a mi lectura, sin concurrir mi observación, ni mi ingenio. Este secreto, pues, se halla descubierto en las Memorias de la Academia Real de las Ciencias del año de 1707, pág. 344, por la diligencia del Académico Mr. Homberg, que con gran cuidado observó todos los movimientos, y operaciones de las Arañas. El modo con que atraviesan los hilos de un tejado a otro, (lo mismo de un árbol a otro) es éste: Pónese la Araña avanzada sobre la extremidad de una de las últimas tejas: allí, estribando solamente sobre las seis piernas anteriores, con las dos de atrás va sacando de su parte posterior por unos agujeros, que la naturaleza destinó a este efecto, un jugo glutinoso, y formando de él un hilo de dos, o tres, o más varas de largo... (Faltó advertir, que esta operación sólo la hace en tiempo de calma). El hilo, formado en esta circunstancia de tiempo, y de sitio, queda pendiente al aire, y pegado, a favor de su misma glutinosidad, en el sitio mismo donde la Araña le hizo: pegado digo, por una extremidad, hasta que algún vientecillo, entre varias agitaciones, que da al hilo, casualmente lleva la otra extremidad, que está pendiente, o al tejado de enfrente, o a la pared, o a otro árbol vecino, y allí se pega por la misma causa; lo que reconocido por la Araña, y que queda flojo por lo común, le va recogiendo algo hacia sí, hasta que le siente bastantemente tirante; pégale entonces de nuevo al sitio en que está, con que ya tiene puente para pasar a la otra parte, como en efecto pasa; y colocada allí en la punta de otra teja, empieza la obra de otro hilo paralelo al primero; pero éste, y los demás que se siguen, no quedan al beneficio del viento; sino que la Araña, paseándose por el primer hilo, le va formando, y conduciendo al mismo sitio, y así va continuando su obra, hasta que teniendo bastantes hilos (según el designio que forma) hace, sostenida de ellos, otros hilos transversales, con que ata los primeros; y del tejido de unos, y otros resulta su delicada tela. Esto es lo que he hallado en la materia, para la satisfacción de V. Rma. a cuya obediencia quedo suplicando a nuestro Señor guarde su vida muchos años. De esta de V. Rma. &c.





Carta XXVII -

De algunas providencias económicas en orden a tabaco, y chocolate

Amigo, y Señor: Aunque la Carta, en que Vmd. me avisaba de enviarme por el Ordinario las cuatro libras de Tabaco, vino el Correo pasado; esperando a que llegasen, como ya efectivamente llegaron, suspendí hasta éste la respuesta. El Tabaco, ciertamente, es de bella calidad; y a mi parecer tan bueno, sino mejor, que el que Vmd. me remitió por Enero, y del cual tengo alguna pequeña porción; porque en la especie de Tabaco, con el que logro muy de mi gusto, observo una estrecha economía. La contingencia de no hallar después otro igual, me hace detenido en su consumo. De suerte, que casi es menester, o el motivo de especial benevolencia, o el de urbanidad inexcusable, para franquear una, u otra caja. Fuera de estos dos casos, procuro evitar la opinión de mezquino con otro de segunda clase, que nunca falta.
Vmd. ha continuado tanto el favorecerme, y regalarme, que ya he consumido todas las frases que el discurso podía sugerirme para explicar mi gratitud; y no pudiendo descubrir otras nuevas, será preciso callar; porque repetir las antecedentes, es para mí cosa fastidiosa, y aun pienso, que para Vmd. lo será: conque parece, que no hay otro recurso, que el de los Predicadores principiantes, que remiten lo que no pueden explicar, a lo que llaman Muda Retórica del silencio.
Las advertencias, que Vmd. me hace para conservar, y mejorar el Tabaco, pudieran pasar por un segundo regalo, que sirve como de adjetivo a la substancia del primero, si la utilidad fuese correspondiente a la intención. Pero francamente le digo a Vmd. que no admito sus reglas, porque no las juzgo convenientes, por más que la común aceptación las haya hecho plausibles.
El guardar mucho tiempo el Tabaco, no le mejora, antes le deteriora, si la custodia de él no es mucho más estrecha, que la de reos de pena capital. Júzgase, por lo común, diligencia suficiente para conservar, y mejorar el Tabaco, colocarle en una caja de plomo, bien atacado, con la cubierta muy ajustada, y guardarle de este modo en la gabeta de un Escritorio. Los que añaden una hoja de plomo, bien ajustada a la concavidad de la caja, apretando con ella el Tabaco, juzgan haber llegado a la suprema exactitud en la materia. Pero todo esto no basta. Así entre la hoja del plomo, y superficie cóncava de la caja, como entre el borde de ésta, y el de la cubierta, quedan inevitablemente rendijas por donde el Tabaco se exhala. Todas esas precauciones conservan el cuerpo, no el alma del Tabaco. Aquellos corpúsculos sutiles, que constituyen toda su gracia, respecto del olfato, no hay puerta por donde no quepan, y por todas huyen. Es verdad, que no se disipan tan presto, ni con mucho, como teniendo menos resguardado el Tabaco; pero es cierto, que poco a poco se va perdiendo parte de ellos. Así, el que quisiere guardar el Tabaco por espacio de tiempo considerable, téngale en una caja de hoja de lata, unida la cubierta con estaño, en la forma que suele transportarse el Tabaco de encargos, de Sevilla, y Madrid, a otras partes. Basta también, que sea en bote de hoja de lata, que de plomo, unir caja, y cubierta con cera. Una eternidad se puede conservar de este modo el Tabaco; porque a ninguno de los cuerpos dichos, hoja de lata, plomo, estaño, o cera, penetran los más sutiles corpúsculos del Tabaco, ni de otra substancia olorosa.
Y no sólo no pierde de su bondad el Tabaco guardado del modo dicho, sino que se hace más aromático, deteniéndose así dos, o tres años, como he experimentado algunas veces; lo que se puede atribuir, o a que entre aquellos sutiles corpúsculos, hallándose encarcelados, se excita una especie de fermentación con que se exalta más el olor; o a que como son de un genio inquieto, y volátil, chocando unos con otros, se desmenuzan, y sutilizan más, con que reciben más aptitud para herir el órgano del olfato, penetrando más, por su mayor sutileza, las fibras sensorias.
6. Sea cual fuere la causa que al vino guardado mucho tiempo, y perfectamente defendido del ambiente, le hace más oloroso, se hace extremadamente verosímil, que la misma produzca el propio efecto en el Tabaco.
De aquí infiero, que lo propio sucedería con el Chocolate, si se le impidiese toda transpiración. Mas del modo, que comúnmente se guarda; esto es; depositado en un Arca, Baúl, o Escritorio, aunque se envuelva en papel, o lienzo cada ladrillo, o bollo, sucesivamente va perdiendo algo de jugo, y olor, como yo lo he observado, habiendo guardado alguna cantidad de Chocolate por espacio de catorce años. Movióme a hacer esta experiencia, por una parte el oír a todos, que el Chocolate es mejor cuanto más añejado, y por otra, considerar, que esto no puede ser en buena Filosofía. Tiene sonido de Paradoja lo que voy a decir de Chocolate, Vino, y Tabaco; y es, que conservan la vida, quitándoles la respiración; y la pierden, dejándolos respirar. Sofocados, viven; y alentando, mueren. Aquello que exhalan, y con que se hacen sentir en el órgano del olfato, es su parte espiritosa: luego cuanto más respiran, más espíritu pierden.
Considérese, que al abrir el arca, cofre, o gabeta donde está el Chocolate, por envuelto que esté en el papel, u otra cosa, se percibe sensibilísimamente su olor: luego continuamente está exhalando. ¿Y qué exhala? Aquellos delicados corpúsculos, que le hacen aromático; pero no sólo esto, mas también aquel jugo substantífico, y craso, que le hace grato al paladar. Y la razón es, porque aunque este jugo no es volátil por su naturaleza, le extraen, y disipan con su impulso los corpúsculos aromáticos. Como aquel jugo es mantecoso, y adherente, es preciso, que los corpúsculos, al romper por los poros del Chocolate, y topando con él, lleven pegadas algunas pequeñísimas partículas suyas.
Esta especulación filosófica me indujo a la experiencia, que he dicho, y el efecto fue el que había previsto. Yo iba probando de tiempo en tiempo, como de seis en seis meses, el Chocolate, y reconociendo siempre (a la reserva del primer año, o poco más) que sucesivamente iba perdiendo más jugo, y olor, de modo, que al término de los catorce años, tenía poquísimo de uno, y otro. Así no me queda duda de que los que dicen, que han experimentado tanto mejor el Chocolate, cuanto más añejo, son persuadidos a ello, no por la experiencia, sino por el dictamen preconcebido in fide dicentium. Y una prueba bien sensible de esto es lo que he oído a algunos de los que promueven aquella opinión, que el Chocolate adquiere el supremo grado de excelencia, cuando se ha añejado tanto, que se pone algo carcomido. Dícese el Chocolate carcomido similitudinariamente, por unos pequeños huecos, o vacíos, que se forman en él con el tiempo, y que representan en alguna manera los que tienen la madera carcomida. Pero es fácil conocer, que aquellos vacíos resultan de la disipación del jugo, que antes tenía el Chocolate, y con que se llenaban todos aquellos huecos. Luego es claro, que en el estado de carcomido se halla muy desubstanciado.
Tampoco admito la instrucción que Vmd. me da para conservar el Tabaco húmedo, o humedecerle, cuando está seco. Ninguna humedad dice bien al Tabaco, sino la del agua simple, y natural; porque sólo ésta carece de todo olor. Todo otro cuerpo húmedo tiene algún olor, que comunicado al Tabaco, le hace degenerar. Y aun se puede temer, que los corpúsculos en que consiste aquel olor forastero, corrompiéndose, destruyan enteramente el Tabaco. Yo he visto, que todas estas estudiadas recetas para humedecerle, como introducir en él unas almendras, u hojas de acelga, o tenerle en el sitio húmedo, siempre le han deteriorado algo. Al contrario, el agua simple, tengo mil experimentos, de que no sólo le humedece sin dañarle, mas conduce mucho para su conservación; porque aquella humedad obstruye muchos poros por donde se exhalan los corpúsculos olorosos, con que los detiene dentro del Tabaco. Préstale también el beneficio de quitarle aquel molesto tufo, que respira cuando está reseco, convirtiéndole en olor más benigno, y causa prontísimamente este buen efecto, como también he experimentado muchas veces.
¿Pero cómo se debe comunicar la humedad del agua al Tabaco? El modo más oportuno es mojar la superficie interior de la cubierta del bote, sacudiéndola luego fuertemente, para que no gotee sobre el Tabaco; porque estando éste apretado, cada gota que cayese, haría una piedrecita, dificultosa de deshacer entre los dedos. Esta diligencia hecha de quince en quince días, basta para conservar jugoso el Tabaco. Mas si estuviese ya reseco, será menester repetirla siempre que se haya sacado Tabaco del bote para la caja.
Si Vmd. quisiere usar de estas instrucciones mías, (pues al fin de que Vmd. se utilice en ellas, he tomado la fatiga de escribirlas) así en orden al Chocolate, como en orden al Tabaco, espero que me las agradezca, poco menos que yo a Vmd. el regalo que acaba de hacerme. Así pudiera yo, como le doy reglas para conservar su Tabaco, ministrarlas para la conservación de su salud, que es para mí harto más preciosa, no sólo que cuanto Tabaco, y Chocolate, mas también que cuanta plata, y oro vienen de la América. Al fin, haré para este efecto todo lo que puedo hacer, que es dirigir a él el corto valor de mis oraciones, rogando al Altísimo, como diariamente lo hago, que prospere su vida, y persona muchos años, &c.





Carta XXXI -

Sobre la continuación de Milagros en algunos Santuarios

Muy señor mío: Ordéname Vmd. le escriba mi sentir sobre el asenso que merecen los milagros continuados, o continuación de milagros, que se refieren de algunos Santuarios; proponiéndome por ejemplos el de nuestra Señora de Valdejimena, donde los que padecen Hidrofobia, indefectiblemente mueren, si están en tal, y tal estado; e indefectiblemente sanan, si están en otro: Y el de nuestra Señora de Nieva, a cuyo término se acogen los brutos, cuando presienten tempestad; y en cuya jurisdicción ningún viviente perece con ella, como ni en los que traen Retrato tocado a aquella Sagrada Imagen.
¿Quién podrá dar respuesta a tan genérica pregunta? Nadie ciertamente. La continuación de milagros, es, en cualquier Santuario, y fuera de él, posible a la Omnipotencia, siendo la posibilidad cierta, y quedando la duda sólo en el hecho, únicamente pueden resolverla los testigos de vista; esto es, los que han frecuentado los Santuarios, o viven en los Pueblos donde ellos están, o en los vecinos; de que resulta, que para cada Santuario es menester distinta información, y distintos testigos. Ni en esta materia basta la disposición de cualesquiera testigos oculares; es menester que sean de mucha veracidad, juicio, y reflexión. Faltando estas circunstancias en los más de los hombres, se divulgan a cada paso prodigios, que nunca existieron; ya por creerse erradamente, que es asunto digno de la piedad cristiana publicar milagros, o fingidos, o dudosos.
Por esta razón, en general, se debe hacer juicio, que en materia de milagros, sean continuados, o no, hay mucho más de aprehensión, que de realidad. Por lo que mira a Santuarios, en tres he estado, de cada uno de los cuales se refería un milagro continuado; siendo el hecho, en que se fundaba esta fama, indubitablemente natural. Pero no es justo inferir de aquí, que en ningún Santuario continúa Dios los prodigios. La repetición del de la Sangre del Glorioso Mártir San Genaro, en la Ciudad de Nápoles, está tan altamente autorizado, que sería ciega obstinación negarle el asenso.
En orden a los dos Santuarios que Vmd. me especifica, no sé qué le diga. Del primero, que es el de Valdejimena, ni aun el nombre había oído. Verdaderamente en el milagro continuado de sanar indefectiblemente de la Hidrofobia (o mal de rabia) los que la padecen en tal estado; y morir infaliblemente los que en otro, si no se circunstancia más, es muy posible se incurra en una gran equivocación. Supongo, que de los que padecen esta dolencia, sin intervención de milagro, unos sanan, y otros mueren. Luego de los que llevan a Valdejimena, aunque Dios no quisiese obrar milagro alguno, unos sanarán, y otros morirán. ¿Cómo, pues, se puede saber, si los que sanan en dicho Santuario, sanan por milagro? Dicen, que sanan los que están en tal estado; pero ese estado se determina después que los ven curados, que antes de la curación no se sabe. De este modo, aunque la curación no sea milagrosa, se podrá fingir tal, diciendo, que estaban en aquel estado que era menester para que se obrase el milagro.
Fuera de esto, el suponer, que los que están en tal estado, infaliblemente mueren, incluye una notable incongruidad. Serán, acaso, los que se hallan en estado deplorado. ¿Pues qué, la intercesión de nuestra Señora no será poderosa para alcanzar de Dios la curación de éstos, o por lo menos de algunos de ellos? ¿Ninguno de los que oran por éstos a la Reina de los Angeles pedirá con verdadera fe? ¡Qué absurdo! ¿O Dios por ventura, es un Médico como los del mundo, que sólo pueden curar a los Hidrófobos, cuando la enfermedad se halla en tal, o tal estado? Dijera yo, que si ninguno de los que los Médicos tienen por deplorados, se cura en aquel Santuario, no hay tal milagro continuado, y acaso, ni aun sin continuación. En fin, cualquiera que se suponga ser el estado de los que infaliblemente mueren, es un terrible estorbo a la creencia, de que interviene prodigio. Si sin determinar distinción de estados se dijese, que Dios obra el milagro con unos, y no con otros, no se hallaría tropiezo en la noticia. Pero en tal caso se deberían examinar las circunstancias, para decidir, si la curación de los que sanan, es milagrosa. Paulo Zaquías (Quaest. Medico-Legal. lib. 4, tit. 1, quaest. 8) prudentísimamente señala las reglas, que se deben observar en el juicio, de si la curación de alguna enfermedad es milagrosa. Las principales son cuatro. La primera, que la dolencia esté reputada por naturalmente incurable, o por lo menos dificultosísima de curarse; porque dice, y dice bien, que los milagros tienen por objeto las cosas arduas, no las fáciles. La segunda, que no esté la enfermedad en la última parte de su estado; porque entonces, aunque padece mucho el enfermo, y se halla constituido en gran riesgo, por la mayor fuerza de los síntomas; en muchos sucede natural, y prontamente una crisis, que los libra. La tercera, que la curación sea perfecta; de suerte, que no quede el más leve vestigio de la enfermedad. Dei perfecta sunt opera. La cuarta, que sea la mejoría subitánea, o repentina. No siéndolo, ¿de dónde puede constar, que no se debe a la naturaleza? ¡Cuántas veces se ha visto sanar, sin milagro alguno, enfermos, que los Médicos habían abandonado por deplorados!
Añado, que la Hidrofobia (y es advertencia muy importante para el asunto) frecuentemente se supone, o sospecha donde no la hay. Habiendo mordedura de Perro, se suele levantar al Perro que rabia, y le cuesta la vida. En fe de esto, el mordido va al Santuario, o al Saludador; y no resultando después daño alguno, se cree curado de una dolencia, que no padeció, sino en la imaginación.
Del prodigio, que por la intercesión de nuestra Señora, obra Dios en el Territorio de Nieva, privilegiándole contra el furor de las tempestades, y avisando con modo inexplicable a los brutos, que recurran a aquel asilo, cuando ven, que los amenaza con ellas el Cielo, oí hablar muchas veces. Pasé también una por el Lugar, donde se venera aquella Sagrada Imagen de María. Pero por desgracia, cuando hice este tránsito, no estaba prevenido de tal noticia. A tenerla de antemano, hubiera provocado alguna averiguación en el sitio. ¿Qué diré, pues, no teniendo información específica del caso? Diré, que el hecho puede ser sobrenatural, y también puede ser natural.
¿Pero puede ser causa natural para que el Territorio de Nieva esté exento de tempestades, o por lo menos de rayos? Sin duda. Es cierto, que hay unos Países menos expuestos a tempestades, que otros. Esto pende de su temperie, situación, y otras circunstancias. Luego puede haber alguno, o algunos Países de tal temperie, y situación, que nunca las padezcan. Pero no he menester tanto. Conténtome con que haya Países, que muy rara vez las padezcan, y esa rara vez sean benignas, lo que nadie me negará. Será el Territorio de Nieva uno de ellos. De aquí nacerá, que pasen muchos años, sin que en aquel Territorio caiga algún rayo. Esto basta para que en el Vulgo se haya introducido la voz general de que nunca cae. Con menos fundamento se introducen, y conservan otras opiniones vulgares, semejantes a ésta. En el Dic. 5 del Quinto Tomo escribí de la fama, y voz general que hay en este País, de que siempre truena el día de Santa Clara, y siempre llueve el Martes de la Semana Santa. Esto segundo sucede unas veces, y otras no. Lo primero, en veintinueve años, que he vivido en este País, sólo lo vi dos veces.
Es muy posible, pues, que por la frecuencia, y benignidad de las tempestades, en el Territorio de Nieva, pasen regularmente veinte, o treinta años, sin que caiga en él algún rayo. Sean no más que diez, u doce. Basta esto para que la gente de aquel País publique por el mundo, que nunca es herido de rayos. ¿Pero no se desengañan, se me dirá, cuando ven caer alguno, aunque sea muy de tarde en tarde? Respondo, que no. Como cosa extraordinaria, lo atribuirán a causa misteriosa. Dirán, que es una demostración especialísima, y muy estudiada del Cielo, para intimarlos la enmienda de sus vidas. Dirán otras cien cosas, que yo no puedo prevenir; porque en fin, contra demostraciones, y evidencias, sólo el Vulgo, y gente ruda abunda de soluciones.
10. ¿Pero qué diremos de los Ganados, que al ver asomar alguna tempestad se refugian a aquel sitio? Que, supuesto el hecho, de que muy rara, o ninguna vez le infestan las tempestades, que la inmunidad sea natural, que milagrosa, es esa fuga naturalísima. También tienen los brutos sus observaciones, y se gobiernan a su modo por ellas. Vieron muchas veces apedrear los Países vecinos, sin que el nublado alcanzase al distrito de Nieva. Esta observación los avisa para refugiarse allí. ¿Qué dificultad tiene esto? El Toro corrido, aunque lo fuese una vez sola, de allí a un año, y aun dos, o tres, retiene las especies de lo que pasó en aquel molesto juego; y si otra vez se halla en él, sobre el fundamento de aquellas especies, toma sus precauciones, para que no le insulten con tanta facilidad, y tan sin riesgo; por lo que los Toreros más diestros temen mucho a los Toros corridos. Para el caso en que estamos, daré observación más específica, de que soy testigo ocular. Pasando, años ha, por una Sierra de este País (la que llaman de Tineo) en un día caluroso, vi, que muchas manadas de Ganado mayor, esparcidas por la Sierra (en cuya altura hay una planicie dilatada) como de común acuerdo, sin conducirlas Pastor alguno, se iban encaminando a una extremidad de la cumbre. Extrañándolo yo, y manifestando mi admiración al Criado que me seguía, y que era natural de aquella Tierra, me respondió, que los Ganados, que pacían en aquella Montaña, en todos los días calurosos hacían el mismo viaje, al punto que empezaba a molestarles el rigor del Sol, lo que ordinariamente sucedía a las once de la mañana, (esta fue la hora en que vi el concertado viaje) y todas paraban en un sitio avanzado, que me señaló, y que me advirtió ser el más [258] fresco de toda la Sierra, a causa de un templado vientecillo, que allí respiraba de la parte del Mar. No son los brutos tan brutos, como comúnmente se piensa. Ellos advierten, observan, y se aprovechan de lo que observan, y advierten.
En cuanto al incremento, que da al pretendido prodigio la circunstancia, de que ninguno de cuantos traen consigo alguna Imagen tocada a la de Nieva, es herido de rayo, debo decir, que no comprehendo cómo se pudo hacer seguramente tal observación. Supongo, que se esparcen por España muchas Estampas, o pequeñas Imágenes tocadas a aquélla, por haberse esparcido la pía opinión, de que son defensivo contra los rayos. ¿Quién, pregunto, anduvo por toda España a hacer la pesquisa, de si alguno de diez, o doce mil devotos que usaron de aquel defensivo, fue herido de rayo? ¿Ni quién, aun en caso de que la hiciese, podría en tanta multitud de testigos lisonjearse de que ninguno le habrá faltado a la verdad? Mayormente, cuando los más de los hombres, en materia de prodigios que fomentan la devoción, tienen por acto de piedad referir lo incierto, como cierto.
Más: esa información, en caso de hacerse, debería comprehender en su asunto un espacio de tiempo considerable: pongo por ejemplo, se debería inquirir, si en el espacio de cien años próxime pasados, había sido herido de rayo, alguno de los que traían Imagen tocada a la de Nieva. Reducida la información a menor espacio de tiempo, nada probaría; siendo cierto, que prescindiendo de todo defensivo, a cada docena, u docena de millares de hombres, no toca uno que muera a golpe de rayo. ¿Pero cómo se podría hacer la información sobre tanta extensión, ni aun mucho menor, de tiempo? ¿Hay por ventura en todos los Países Archivos, donde se recojan testificaciones de todos los que traían consigo el defensivo expresado, y de qué género de muerte padecieron? Así, ésta es sin duda una de las muchas cosas, que sin examen se dicen, y sin reflexión se creen.
Y por decir a Vmd. todo lo que siento en el asunto, no sólo dudo mucho de ese milagro preservativo del furor del rayo; pero quisiera, que dudasen todos como yo. ¿Mas a qué propósito, me dirá Vmd. el deseo de comunicar a todos mi poca fe? Respondo, que al fin de convertir una piedad de mera apariencia, en una piedad sólida. ¿Qué resulta en muchos de la firme persuasión en que están, de que trayendo consigo una Imagen de la de Nieva, están exentos de las incendiarias iras del Cielo? Que asegurados por aquella parte de no padecer muerte repentina, ponen menos cuidado en la pureza de la conciencia. No admite duda, que el miedo de morir de repente, es un gran freno para los hombres, y que a muchos hace vivir con más cuenta, y razón, que si careciesen de ese riesgo: y como a menor causa, corresponde menor efecto, minorado aquel miedo, se minora el útil cuidado que produce. ¿Pues quién no ve, que los que viven en la persuasión de que no están expuestos al furor de los rayos, temen menos que los demás la muerte repentina? Porque, aunque quede el riesgo pendiente por otras partes, basta, para que el miedo sea menor el que falte por ésta. Añádese, que exceptuando los que perecen heridos del rayo, u oprimidos de las ruinas de un edificio, acaso es muy rara la muerte perfectamente repentina. Con que es fácil, que muchos se hagan la cuenta, de que fuera de aquellos dos casos, siempre tendrán algunos momentos para levantar los ojos a Dios, y pedirle eficazmente el perdón de sus culpas. Inclínome mucho a que éstos se engañan; porque, aunque al que, por ejemplo, es herido en el corazón, le restan algunos momentos de vida, estoy persuadido a que aquéllos se pasan en un perfecto aturdimiento; pero el que ello sea así, no quita que sea común la persuasión contraria, y que por consiguiente vivan con mucho menos miedo de muerte, que los prive de todo recurso a Dios, los que están en la aprehensión de que no pueden herirlos los rayos.
Pero no hagamos cuenta del cuidado habitual, que puede inducir el miedo de los rayos, sino del actual que induce, cuando se tiene ya a la vista un furioso nublado; y consideremos debajo de él ocho hombres, de quienes los cuatro, por traer consigo una Imagen de la de Nieva, viven confiadísimos de que no ha de caer sobre ellos rayo alguno; pero los otros cuatro, porque no presumen tener contra aquellas iras del Cielo algún defensivo, temblando, miran las amenazas del nublado. ¿Qué sucederá? Que los segundos pedirán a Dios misericordia, implorarán con algunas oraciones su clemencia; y lo principal, procurarán hacer sus Actos de Contrición, con propósitos firmes de la enmienda de sus culpas; pero los primeros, sobre el supuesto de su seguridad, nada más cuidarán de esas cristianas diligencias que si viesen muy sereno el Cielo.
La reflexión hecha sobre este creído preservativo de los rayos, aun con más razón se debe aplicar a otros, que se juzga, o ha juzgado serlo generalmente de toda muerte repentina. Son muchos, sin duda, los millares de almas eternamente infelices, por la persuasión en que estuvieron de que teniendo tal devoción, o rezando tal oración, o trayendo consigo tal Reliquia, no morirían sin confesión. ¡Oh promesas, si no siempre mal fundadas, por lo menos mal entendidas! Pues no es creíble, que Dios conceda privilegios, naturalmente ocasionados a fomentar descuidos, y negligencias en las operaciones conducentes a la salvación. El medio más seguro para no morir sin confesión, es confesarse con verdadero dolor, y sin interponer mora alguna, siempre que hay conciencia de pecado mortal. Este ruego a Vmd. que practique, y juntamente que me encomiende a Dios. Vale.





Carta XLI -

Sobre los Duendes

Mi amigo, y señor: Si Vmd. que es tan amante mío, lee con tanta indiligencia mis Escritos, que de ella resulta no enterarse a veces de mi dictamen, o formar un dictamen muy distante del mío; ¿qué puedo esperar de los que me miran con indiferencia? ¿Qué de los desafectos? ¿Qué de los ínvidos?
Háceme Vmd. cargo de haber negado absolutamente, y sin restricción alguna la existencia de Duendes; y suponiéndome esta máxima, la impugna con la reciente Historia del famoso Duende de Barcelona, y con las noticias, que de otros da Alejandro de Alejandro en sus Días Geniales. Ruego a Vmd. vuelva los ojos al Discurso en que trato de los Duendes, leyéndole con reflexión, y verá, que no hay en él tal negativa universal; pues hallará una limitación considerable al número 27, y en el 28 una protesta, de que, no profiero (en el asunto) sentencia definitiva, y general, que sea incapaz de toda excepción. Debajo de esta advertencia me queda abierto camino para admitir como verdadero (realmente le tengo por tal) el hecho del Duende de Barcelona, y otro tal cual caso rarísimo, en que concurran igual número, y calificación de testigos.
Si yo quisiese usar de una Crítica cavilosa en el examen del suceso de Barcelona, podría acaso rebajarle el grado de dudoso; porque al fin, ¿qué inverosimilitud hay en que entre seis, u ocho Militares, gente por lo común de humor alegre, se formase una cábala, para fingir, y publicar un suceso, en que no consideraban alguna dañosa, o peligrosa resulta, y en que por otra parte interesaban aquel placer, común a los fabricantes de cuentos extraordinarios, de ver propagarse el embuste, y dar que hablar a todo el mundo? Los Militares, que se citan como testigos oculares, eran, o son, yo lo confieso, Nobles todos por nacimiento, y por oficio. Pero esta circunstancia en un hecho, en que no intervenía perjuicio de tercero; sólo califica su testimonio, digámoslo así, en el fuero externo, y de botones afuera. Está tan lejos de tenerse en el mundo por injuria, aun respecto de personas de la más alta calidad, si no gozan la opinión de virtud muy severa, los que atestiguan sin juramento en casos irregulares, de cuya creencia no puede resultar daño alguno; que no pocos hacen vanidad de tener para ellos una feliz inventiva, y se complacen mucho de ver creídas sus ficciones.
A esta consideración, que en alguna manera debilita, para de botones adentro, la testificación de los citados Militares, pudiera agregar la reflexión de que las travesuras con que el Duende molestaba al Oficial, sujeto principal de la Historia, tienen todo el aire de aquellos juguetes, con que algunos hombres de humor, tal vez por burla, y chasco, procuran poner en terror, y confusión a otros; y no parece muy adaptable este carácter a las hostilidades que la Divina Providencia permite al Enemigo del Género humano, para castigo, enmienda, o ejercicio de los hombres. Si los Duendes fuesen lo que se imaginó el Padre Fuente Lapeña, esto es, ni Angeles buenos, ni Demonios, ni Almas separadas sino cierta especie de Animales aéreos, no serían impropias en ellos las travesuras, que se refieren del Duende de Barcelona. Mas la invención de estos Animales aéreos tiene contra sí la terrible objeción, que he propuesto en el citado Discurso sobre los Duendes. núm. 2.
Estas reflexiones podrían, como he dicho, servir a una crítica cavilosa, si yo quisiese usar de ella, para revocar en duda el suceso del Duende de Barcelona. Pero basta confesar, que sólo una crítica cavilosa puede representarle dudoso, para significar que le admito como cierto. En efecto, es así, y así lo dicta la buena razón. La incertidumbre, que puede inferir aquellas consideraciones, sólo es incertidumbre metafísica, la cual es transcendente a cuantos sucesos creemos por fe humana, y en ningún modo obsta la certeza moral. Si el testimonio de seis, u ocho testigos oculares se puede repudiar como insuficiente, no más que porque es absolutamente posible que mientan, en tinieblas vivimos todos los hombres para cuanto pide la sociedad Política, y Moral.
¿Pero obsta la certeza de aquel suceso a la verdad de lo que he estampado en el Discurso de los Duendes? En ningún modo: pues aunque afirmo, y afirmaré siempre, que comunísima, y regularísimamente las travesuras que se atribuyen a Duendes, son efecto, no de la malicia de los Demonios, sino del artificio de los hombres, admito la excepción de uno, u otro caso rarísimo, cual lo es el de Barcelona. Y en efecto, éste es tan raro, que entre innumerables cuentos que he oído de Duendes, es el único, a quien me considero deudor del asenso. Por tanto, como para gobierno de los hombres se debe hacer juicio, por lo que regularmente sucede, siempre que ocurra alguna apariencia de Duende, se debe reputar trampa, o embuste, ordenado al maligno placer de intimidar los habitadores de la casa, o a fin más malicioso.
Ni exceptúo de la regla general los casos que refiere Alejandro de Alejandro. Tres son los que escribe este Autor. El primero es de una casa que había en Roma, la cual en su tiempo era casi todas las noches tan infestada de apariciones de espectros, o fantasmas, que nadie se atrevía a habitarla; añadiendo, que esto era cosa vulgarizada en aquella gran Ciudad: Equidem memorabile hoc, & quod mirum videri postet, nisi pervulgata res esset, aedes quasdam Romae evidentissimis ostentis ita infames, ut nemo illas incolere ausus fuerit, quin variis umbrarum illusionibus, & tetris imaginibus, noctibus fere singulis inquietetur. Pero no dándose prueba del hecho más que un rumor popular, del cual pudo ser Autor algún embustero, que hiciese estrépito algunas noches en aquella casa, ¿qué obligación tenemos a dar más crédito a este cuento, que a otros muchos de Duendes, o Fantasmas que se esparcen en varios Pueblos? Fuera de que tiene bastante disonancia el que Dios permitiese, u obligase al Demonio a anidarse habitualmente en aquella casa, sin otro fin aparente más que el de hacerla inhabitable.
El segundo caso es, el que dice le contó de experiencia propia un Amigo suyo llamado Gordiano, a quien califica de hombre muy fidedigno, spectatae fidei homo. Redúcese la Historia, a que caminando este Gordiano, acompañado de un doméstico suyo, a Arezo, Ciudad de la Toscana, y perdiendo el camino, se vieron los dos precisados a entrar por un territorio umbroso, áspero, y desierto, hasta que acercándose la noche, se sentaron rendidos de la fatiga: que a este tiempo, oyendo una voz humana que sonaba algo distante, se encaminaron hacia ella, pensando hallar alguno que los guiase el camino; pero lo que después de andado algún trecho hallaron, fue cuatro horribles, y agigantadas figuras, como de disformes Cíclopes, que les decían se acercasen a ellos: de lo que aterrados los dos Caminantes huyendo con precipitada fuga, lograron al fin el abrigo de una choza.
Porque diga el Autor, que su Amigo Gordiano era hombre fidedigno, no pienso que estamos obligados a creerle. Todos los que refieren alguna Historieta que saben de oídas, y desean ser creídos; dicen que la tienen de persona, o personas fidedignas. El contexto de la relación tampoco es de los más verosímiles. Aquellos figurados Cíclopes se pretende que eran Demonios. ¿A qué fin habitan éstos aquel lugar desierto donde sólo por un accidente rarísimo hallarían a quien dañar? ¿Eran los dos Caminantes más ágiles que los Demonios, que no pudieron estos seguirlos, y alcanzarlos? ¿Podrá acaso decirse, que estaban ligados en aquel sitio, como en el Libro de Tobias se lee, que el Angel San Rafael ligó al Demonio Asmodéo en el desierto de Egipto superior? Pero sobre que este es un hecho extraordinarísimo, que por tal no facilita la creencia de otros semejantes, sino intervienen testimonios segurísimos, de este modo ya aquellos Demonios no pertenecen, a la cuestión que tratamos; esto es, no eran Duendes, pues eran unos Demonios atados, y los Duendes son unos Diablos muy sueltos.
El tercer caso puede dar más cuidado, porque se presenta en él el mismo Autor, como testigo ocular. Dice, que estando enfermo en Roma, súbitamente se le presentó (no expresa si de día, u de noche) delante del lecho en que yacía, una mujer muy hermosa, a cuya extraordinaria aparición, dudando al principio si era sueño, o realidad, después que se aseguró bien de que estaba despierto, y sus sentidos perfectamente despejados, le preguntó a la mujer, quién era; a lo que ella, como haciendo mofa, no dio más respuesta, que repetir la misma pregunta que él hacía; y después de mirarle atenta un largo rato, se fue.
Yo no sé realmente, si Alejandro de Alejandro profesaba una severísima veracidad; porque una veracidad ordinaria, o no más que mediana, no es bastante fundamento para creer cosas extraordinarias; pues, como ya he advertido, no en una parte sola del Teatro Crítico, el fingir, y publicar portentos trae consigo una especie de delectación, que tienta fuertísimamente aun a hombres bastantemente amantes de la verdad, y que en orden a objetos regulares, no faltan a ella. Esto quiere decir, que entretanto que no nos consta, que el Autor citado fuese de una sinceridad incontrastable, no estamos obligados a creerle aquella aparición. Esto digo, en caso que fuese aparición; porque de las palabras del Autor no se infiere con certeza, que realmente lo fuese, sí sólo, que él la tuvo por tal. Pudo aquella mujer entrar en el cuarto sin que él lo advirtiese, por estar distraído, o medio dormido, y vuelto el rostro a la parte opuesta, y por tanto, creer falsamente, que en el mismo aposento se había formado aquella bella imagen. Al acabarse la vista, no se explica en términos que suenen que se desvaneciese, u desapareciese en la forma que se deshace la presencia de los espectros: Cum diu, dice, me fuisset intuita, discessit. Y la voz discessit más significa, que la mujer salió por sus pasos contados de la cuadra, que desaparición repentina.
Pero quiero dar las dos cosas; conviene a saber, que ni el Autor mienta, ni el objeto presentado fuese real, y verdadera mujer. Pretendo, que ni aun admitido uno, y otro, se sigue existencia de Duende en el caso propuesto. ¿Pues qué salidad hay? Voy a decirlo: ya se vio arriba, que estaba el Autor enfermo; y su modo de explicarse da a entender bastantemente, que la enfermedad era grave; Cum Romae aegra valetudine oppresus forem. De una enfermedad leve, o que no es grave, nadie que hable con propiedad, dice, que está oprimido de ella. Debemos, pues, suponer fiebre algo intensa, la cual admitida, ¿qué cosa tan verosímil, que por lesión de la imaginativa (síntoma, que ya como permanente, ya como pasajero, interviene en muchas fiebres) se le representase como puesto a sus ojos un objeto, que en ningún modo existía?
Sucediome, que estando enfermo en nuestro Colegio de Salamanca con una fiebre que me duró algunos días, uno de ellos, un Condiscípulo, reconociéndome congojado de la sed, y sabiendo que era yo muy goloso de leche, me trajo a hurtadillas una porción de este amable licor en una vasija de vidrio; y dejándomela en la Celda sobre una mesa poco distante de la cama, se fue. Puse los ojos en el vidrio, y se me representó con la expresión más viva, ser el licor contenido vino tinto. Por más que por un buen rato apliqué la vista con cuanta intensión pude, el color de dicho vino en toda perfección percibí, y nada más. Quedándome no obstante algún recelo de que fuese ilusión ocasionada de la fiebre, por cuanto dificultaba, que el Amigo (que era hombre en todo su proceder muy natural) me hiciese la burla de presentarme vino en vez de leche, tomando el vidrio le apliqué al labio; y protesto, que hasta que en el paladar percibí claramente el sabor de la leche, no conocí que lo fuese.
Si a alguno se hiciese difícil, que produciendo la fiebre aquella lesión en la imaginativa, dejase al alma capaz de hacer la reflexión, de que la representación de vino sería acaso efecto de la misma lesión, le preguntaré, ¿qué más dificultad tiene esto, que el que uno, que durmiendo ve a su parecer claramente tal, o tal objeto, sin despertar, entra después por reflexión en la duda de si acaso aquello era sueño. Sin embargo, no sólo hice esta reflexión en sueños muchas veces, mas también a varias personas oí también haberla hecho.
Habrá acaso también quien discurra, que el error no provino entonces de la imaginación, sino de los ojos, donde pudo la fiebre causar alguna alteración, por la cual el color de la leche se representase como de vino tinto. Pero contra esto hay, que en el color de todos los demás objetos no percibí inmutación alguna. La blancura de las sábanas, casi semejante a la de la leche, se me presentó entonces como siempre. Este caso es el único que me ha ocurrido para símil del Alejandro de Alejandro, omitiendo, como impertinentes al asunto, los delirios comunes de los fabricitantes; porque debo suponer, que no fue de esta especie el de aquel Autor; de cuya relación se debe colegir, que para todos los demás objetos, y en todo el resto de la enfermedad gozó libres, y despejadas sus potencias internas.
Al mismo principio (aunque también a otro distinto) se puede reducir otro suceso, que anteriormente a los dichos refiere el mismo Autor; y aunque suena aparición de difunto, con más razón, en caso de que hubiese realidad en él, se podría reputar cosa de Duende. El caso es como se sigue:
Cierto Noble Romano, hallándose muy apurado de sus males, trató de ir a tomar unos baños que hay cerca de Nápoles, esperando algún beneficio de ellos. Acompañóle en el viaje un íntimo Amigo suyo; pero en el camino se agravó tanto la enfermedad al doliente, que fue preciso darse a la cama en un Mesón, donde murió dentro de pocos días. Cuidó de las exequias el Amigo; y de todo lo demás, que en aquel lance convenía. Hecho lo cual, se puso en camino para volver a Roma. En la noche del primer día de jornada, habiéndose dado al reposo del lecho, antes de entrar en el sueño, casi con el mismo macilento semblante con que le había visto poco antes de morir, se le apareció su difunto Amigo. Preguntóle, aunque casi enteramente fuera de sí con el miedo, quién era; pero él aparecido, sin responder palabra, desnudando el vestido, se le entró en la cama, acercándose a él en ademán de abrazarle. Aquí el vivo, casi tan muerto de pavor como el muerto, hizo algún impulso para apartarle de sí, desviándose al mismo tiempo a la opuesta margen de la cama; de lo cual indignado el difunto; después de mirarle con semblante ceñudo, como increpando su desdeñoso, y grosero proceder, salió de la cama, y volviendo a tomar su vestido, desapareció. Añádese en la relación, que habiendo tocado el difunto con un pie al Amigo, le sintió éste tan intensamente frío, que ningún hielo le pareció comparable a aquella frialdad. Lo que resultó de la aparición fue, que el Amigo del muerto, por el gran terror que padeció, al punto enfermó tan gravemente, que llegó a verse constituido en la última extremidad, y casi total desconfianza de vivir.
Esta Historia, dice también Alejandro de Alejandro, que se la refirió el mismo sujeto de ella, añadiendo asimismo, que tenía muy experimentada su buena fe. A que podemos aplicar la misma reflexión, que arriba hicimos sobre el cuento de Gordiano, porque milita la misma razón.
Ya arriba dejo dicho, que este suceso, si se quiere admitir como verdadero, aunque suena aparición de muerto, con más seguridad se debe reputar juguete de Duende, que quiso hacer el papel de difunto. Las apariciones de difuntos piden, no sólo permisión, mas acción positiva de la Divina Providencia; y no como quiera, sino de una Providencia extraordinaria. ¿Quién creerá, que Dios, obrando contra las reglas de su ordinaria Providencia, dispone la aparición de un difunto a un amigo suyo, no para otro efecto, que aterrarle; y mediante el terror, hacerle enfermar gravemente? Así para acercarse algo la Historia al grado de creíble, es menester decir, que el aparecido no fue difunto, sino Duende. Pero yo no creo, que fue, ni Duende, ni difunto, sino mera ilusión.
De dos modos se puede explicar esto. El primero es el que propuse sobre el caso, que de sí mismo cuenta Alejandro de Alejandro; esto es, que aquella aparición fue un mero error de la imaginación, ocasionado de la enfermedad. ¿Mas cómo pudo serlo, si la enfermedad se siguió a la aparición? Eso niego yo, aunque suena así en la Historia. La relación dice, que inmediatamentísimamente con la fuerza del terror, cayó enfermo: Quo timore familiaris ille percitus, subita vi morbi correptus, &c. Aunque la enfermedad empezase un breve rato antes, pudo estar distraído, y no advertirlo. Pudo, aunque lo advirtiese, el terror que se le subsiguió, hacerle perder la especie, o borrársela de la memoria. Pudo juzgar aquel primer asomo del mal por una indisposición transitoria, e inconexa con el resto. Pudo, en fin, la enfermedad empezar explicándose sólo en la cabeza, mediante una especie de alteración, que turbase el entendimiento, o la imaginativa.
Ni contra esto último debe oponerse el que, si fuese así, en todo el resto de la dolencia permanecería la imaginativa turbada; porque muchas veces, y aun las más, no en todo el tiempo que dura una dolencia, produce los mismos efectos. Hay pervigilio una noche, otra no; inquietud en una hora, no en otra; tal dolor, que no se extiende a más que a un minuto; ira, o enfado, que no pasa de un momento. Pero especialmente en los principios de las enfermedades algo graves, he observado, que muchas veces se suele sentir alguna molesta novedad, en que se explica la mala disposición del cuerpo, antes de darse a conocer en el pulso, o en alguna otra de aquellas señas, que como efectos morbosos notan comúnmente los Médicos, y que cesa en viniendo dichas señas, o en entrando la fiebre verosímilmente; porque entonces el influjo de la causa morbífica, difundiéndose a otras partes distintas de aquella donde obraba al principio, produce otros efectos. Así, antes de manifestarse fiebre, se suele sentir, o ya una especial turbación del ánimo, o una gran melancolía, o un insólito apetito, o un desabrimiento extraodinario, o una disposición a enfadarse mucho por cualquiera levísimo motivo, &c. Y por la mayor parte, si no generalmente, estas extrañas disposiciones cesan, o se minoran, en declarándose la fiebre. A este modo pudo ser en el sujeto de la cuestión, el primer efecto de la enfermedad, antes de sentir el ardor de la fiebre, aquella lesión de la imaginativa.
El segundo modo de explicar aquella aparición, de modo que fuese puramente imaginaria, es discurrir, que fue soñada la aparición. ¿Pero en despertando, no había de conocer el sujeto de ella que había sido soñada? Respondo, que no. Un sueño muy vivo hace una impresión tan fuerte, que queda la especie en la memoria con aquella representación clara, que es propia de lo que se ha visto, o palpado. Creo que si no hay hombre alguno a quien tal vez no suceda dudar, si oyó tal especie realmente, o si soñó que la oyó. Es cosa que por mí pasó varias veces. Añádanse algunos grados de viveza al sueño; ya no será duda, sino persuasión de que fue realidad. En los sueños terríficos, cual es la aparición de un difunto, es más natural esto, por la profunda impresión que hace en el ánimo el objeto soñado.
Tengo satisfecho a Vmd. a quien lo será igualmente de mis deseos de servirle en cuanto quiera ordenarme. Oviedo, &c.

Nota

Tuve una relación muy individuada del caso del Duende de Barcelona, pero la perdí no sé cómo. La especie que únicamente me quedó, es que el Duende empezó a perseguir a un Militar en Sevilla, el cual pasó después a Barcelona, seguido siempre de aquel importuno compañero; que en esta última Ciudad, habiéndose hecho público el caso, algunos otros Militares procuraron en varias ocasiones examinar la verdad del hecho, y en sus mismas personas experimentaron las malignas travesuras del Duende. El único Militar de los que fueron testigos, de cuyo nombre me acuerdo por ser natural de esta Ciudad, y haberle conocido un tiempo, es Don Joseph de Velarde Cienfuegos, Coronel del Regimiento de Granada.





Tomo 2 -

Carta Sexta -


La elocuencia es naturaleza, y no Arte

Muy Señor mío: Pregúntame Vmd. qué estudio he tenido, y qué reglas he practicado para formar el estilo, de que uso en mis Libros, dándome a entender, que le agrada, y desea ajustarse a mi método de estudio, para imitarle. Siendo este el motivo de la pregunta, muy mal satisfecho quedará Vmd. de la respuesta, porque resueltamente le digo, que ni he tenido estudio, ni seguido algunas reglas para formar el estilo. Más digo, ni le he formado, ni pensado en formarle. Tal cual es, bueno, o malo, de esta especie, u de aquella, no le busqué yo: él se me vino; y si es bueno, como Vmd. afirma, es preciso que haya sido así, como voy a probar.
Sólo por dos medios se puede pretender la formación de estilo, el de la imitación, y el de la práctica de las reglas de la Retórica, y el ejercicio. Aseguro, pues, que por ninguno de estos medios se logrará un estilo bueno. No por el de la imitación, porque no podrá ser perfectamente natural; y sin la naturalidad, no hay estilo, no sólo excelente, pero ni aún medianamente bueno. ¿Qué digo ni aún medianamente bueno? Ni aún tolerable.
Es la naturalidad una perfección, una gracia, sin la cual todo es imperfecto, y desgraciado, por ser la afectación un defecto, que todo lo hace despreciable, y fastidioso. Todo digo, porque entienda Vmd. que no hablo sólo del estilo. A todas las acciones humanas da un baño un baño de ridiculez la afectación. A todas constituye tediosas, y molestas. El que anda con un aire, o movimiento afectado; el que habla; el que mira; el que ríe; el que razona; el que disputa; el que coloca el cuerpo, o compone el rostro con algo de afectación; todos estos son mirados como ridículos, y enfadan al resto de los hombres. El que es desairado en el andar, o torpe en el hablar, algo desplacerá a los que le miran, u oyen; mas al fin, sólo eso se dirá del que es desairado en lo primero, y torpe en lo segundo. Pero si con la imitación de algún sujeto, que es de movimiento airoso, y locución despejada, afecta uno, y otro, sobre no borrar la nota de aquellas imperfecciones, se hará un objeto de mofa, y aún le tendrán por un pobre mentecato.
Sólo una excepción se me ofrece hacer en esta materia, y es a favor de la adulación. Este diabólico hechizo siempre se queda hechizo, de cualquier modo que se confeccione. Necesariamente entra en él la afectación, y con todo siempre agrada. Por más que se coloque la lisonja en voces desentonadas, para los oídos del adulado es más dulce que el canto de las Sirenas.
A todo lo demás inficiona, y corrompe la afectación. Es preciso, que cada uno se contente en todas sus acciones con aquel aire, y modo, que influye su orgánica, y natural disposición. Si con ese desagrada, mucho más desagradará, si sobre ese emplasta otro postizo. Lo más que se puede pretender es, corregir los defectos, que provienen, no de la naturaleza, sino , u de la educación, u del habitual trato con malos ejemplares. Y no logra poco, quien lo logra. En esto fácilmente se padece equivocación, tomando uno por otro. De algunos se piensa, que enmendaron la naturaleza, no habiendo hecho otra cosa, que desnudar un mal hábito.
Es una imaginación muy sujeta a engaño la de la pretendida imitación del estilo de este, o aquel Autor. Piensan algunos, que imitan, y ni aún remedan. Quiere uno imitar el estilo valiente, y enérgico de tal Escritor, y saca el suyo áspero, bronco, y desabrido. Arrímase otro a un estilo dulce; y sin coger la dulzura, cae en la languidez. Otro al estilo sentencioso; y en vez de armoniosas sentencias, profiere fastidiosas vulgaridades. Otro al ingenioso, como si el ingenio pudiera aprenderse, o estudiarse, o no fuese un mero don del Autor de la Naturaleza. Otro al sublime, que es lo mismo que querer volar quien no tiene alas, porque ve volar al pájaro, que las tiene. ¿Y qué sucede a todos estos? Lo que ya advirtió Quintiliano, que caen con su imaginada imitación en su estilo peor, que aquel que tuvieran, siguiendo el proprio genio, sea el que fuere; porque al fin, éste podrá ser bajo; aquél, sin dejar de ser bajo, toma la deformidad de ridículo: Plerumque declinant in peius, & proxima virtutibus vitia comprehendunt, fiuntque pro grandibus tumidi, pressis exiles, fortibus temerarii, laetis corrupti, compositis exultantes, simplicibus negligentes (Instit. Orat. lib. 10. cap. 2.).
Es verdad, que Quintiliano da una instrucción para que no se caiga en este inconveniente, que es, que cada uno examine sus fuerzas, para no emprender más que lo que ellas pueden: In suscipiendo honore consulat suas vires. Pero esto es proponer un medio, o imposible, o punto menos. ¿Quién hay que mida exactamente la extensión de sus fuerzas? En orden a las facultades corpóreas esto es fácil, porque es visible, y palpable. Pero en orden a las espirituales, muéstreseme el hombre, que no piense de sí más de lo que puede. Si esta regla padece alguna excepción, es sólo en los grandes ingenios, cuya penetración es capaz de la reflexión más difícil de todas; esto es, la justa reflexión sobre sí mismos. Pero aún éstos se engañan, si al ingenio no acompaña, o una superior ilustración gratuita, o una índole medrosa, y desconfiada. De ahí abajo todos se engañan en una proporción inversa de la presunción con la habilidad; quiero decir, que tanto padecen mayor engaño en lo que presumen, cuanto es menos lo que alcanzan.
Un ejemplar, que muestra cuán expuestos están los hombres a errar en el concepto de que imitan tal, o tal estilo, me presenta cierto Escritor moderno, por otra parte muy capaz, que está persuadido a que su pluma es fiel copista de la de Don Diego Saavedra, cuando los demás hallan de uno a otro estilo la diferencia que hay del noble al humilde, del enérgico al flojo, y del vivo al muerto. Acaso escribiría mejor, si se sacudiese de esa literaria servidumbre: que así la llamo, siguiendo a Horacio, de quien es aquella invectiva: ¡Oh imitatoris servum pecus! En esto, como en otras muchas cosas, cada hombre tiene su carácter, que le distingue, y hace distinguir por los que son dotados de algún conocimiento, los cuales disciernen muy bien lo que es copia, y cuánto dista ésta de la perfección del original. El discreto Conde de Erizeira, que escribió la Vida de Jorge Castrioto, se propuso, como él mismo confiesa, imitar el estilo Castellano de nuestro Don Antonio de Solís; y no negaré, que le imitó, pero quedando un gran intervalo entre los dos. Siguió sus pasos, pero de lejos. Digo lo mismo, que acaso deleitaría más a los Lectores aquel Prócer Portugués, si entregase enteramente su pluma a la dirección de su genio.
Y si aún los que son bastantemente hábiles, degeneran tan sensiblemente del modelo, que se proponen; ¿qué sucederá a los que nacieron con un talento, que aún no llega a la mediocridad? Lo que a los grajos, que pretenden remedar el gorjeo de los ruiseñores; lo que al Pastor, que quiere con la zampoña emular la armonía de la lira. En caso que logren alguna ruda semejanza del ejemplar que atienden, será una semejanza como la del mono con el hombre, que eso mismo le hace más feo que otros brutos. ¿Y qué son realmente estos imitadores, sino unos ridículos monos de otros hombres?
Si el componer el estilo por imitación sale mal, el formarle por la observancia de las reglas aún sale peor. Las reglas que hay escritas son innumerables. ¿Quién puede hacérselas presentes todas al tiempo de tomar la pluma? Mientras piensa en una, o en dos, o tres, se le escapan todas las demás. No sólo cada periodo, aun cada frase, y cada voz ha de proporcionar a quinientas normas diferentes. No basta que no discrepe de ésta, o de aquélla; es menester que de ninguna discrepe.
Lo peor es, que aunque hay tanto escrito de reglas, aún es muchísimo más lo que se puede escribir, porque no hay regla, que padezca sus excepciones; y para las mismas excepciones hay otras excepciones.
El genio puede en esta materia lo que es imposible al estudio. A un espíritu, que Dios hizo para ello, naturalmente se le presentan el orden, y distribución, que debe dar la materia sobre que quiere escribir: la encadenación más oportuna de las cláusulas: la cadencia más airosa de los periodos: las voces más propias: las expresiones más vivas: las figuras más bellas. Es una especie de instinto lo que en esto dirige el entendimiento. Mas por sentimiento, que por reflexión, distingue el alma estos primores. En la invención de ellos está ocioso el discurso, dejándolo todo a cuenta de la imaginación.
Nadie con razón me podrá oponer el símil de las artes factivas, donde el estudio, y observancia de las reglas hace Artífices peritos, y sin ellas ninguno lo es. No hay paridad de uno a otro. ¿Quién no ve, que si el símil fuese justo, así como sin el estudio de las reglas de la Pintura, nadie se hace ni aún Pintor mediano, así sin el estudio de las reglas de la Retórica, nadie sería ni aún medianamente elocuente? Sin embargo, cada día se ve lo contrario. Amiot de la Housaye dice, que Gastón, Duque de Orleans, que nada había estudiado, hablaba en el Parlamento, siempre que se ofrecía, tan bien como un buen Orador; y Luis, Príncipe de Condé, que estaba instruido en las reglas de la Retórica, apenas acertaba a formar dos cláusulas oportunamente (Mem. Históricas. tom. 2. Condé).
Hay una gran diferencia, en cuanto a la aplicación, entre las reglas ordenadas a artificios materiales, y las que dirigen en materias puramente intelectuales. En las primeras es por lo común evidente, y visible la conformidad, o disconformidad con las reglas; v. gr. si una línea es recta, o torcida, si la curvatura de un arco es tanta, o cuanta, la aplicación de la regla, o el modelo quita toda duda. En el uso de las segundas todo va, digámoslo así, a buen ojo. No hay Geometría para medir, si una metáfora, v. gr. salió ajustada, o no a las reglas. De aquí la frecuente oposición de opiniones entre los Retóricos facultativos, cuando se trata de censurar alguna pieza de elocuencia. Y es, que el acierto en esto, como en otras muchas cosas, pende puramente de una facultad animástica, que yo llamo Tino mental. El que tiene esta insigne prenda, sin alguna reflexión a las reglas, acierta; y cuanto con mayor perfección la posee, tanto con más seguridad se pone en el punto debido. El que carece de ella, por más que ponga los ojos en las reglas, desbarra; porque es también menester el Tino mental para discernir, si el rasgo que tira es conforme, o diforme a las reglas, y ése le falta: juzgará que se eleva al estilo sublime, y caerá en el obscuro, y violento; que forma un hipérbole magnífico, y le sacará monstruoso, &c.
El símil más justo (aunque no absolutamente perfecto), que en cuanto al uso, y utilidad hallo para el arte de la Retórica, es de la Lógica, o arte Sumulística. Da éste reglas para razonar bien, como aquel para hablar bien. Pero del mismo modo que el que no tiene bastante entendimiento para discurrir bien, discurre defectuosamente por lo común, por más que haya estudiado las reglas Sumulísticas; y el que le tiene, discurre con acierto, aunque las ignore; ni más, ni menos, el que no tiene genio, nunca es elocuente, por más que haya estudiado las reglas de la Retórica; y lo es el que lo tiene, aunque no haya puesto los ojos, ni los oídos en los preceptos de este Arte. He visto (¿y quién no los habrá visto?) muchos Escolásticos, que tenían en la uña todas las reglas de las Súmulas, y apenas razonaban justamente en materia alguna; al contrario experimenté muchos sujetos, que razonaban admirablemente, sin noticia alguna de los preceptos de la Lógica. Estos, sin haber oído jamás hablar de apelaciones, suposiciones, ampliaciones, restricciones, conversiones, equipolencias, modalidades, &c. guiados de la luz nativa de su entendimiento, prueban lo que proponen, sin incurrir en alguno de los vicios, que van a precaver aquellas reglas. Y aquellos, después de quebrarse mucho la cabeza en mandarlas a la memoria, trompican contra ellas a cada paso. Lo cual consiste en que para hablar, y discurrir con acierto, más vale un buen golpe de ojo del entendimiento, que muchos repasos de las reglas; ya porque si no hay bastante capacidad, se yerra muchas veces el uso de ellas; ya porque mientras se pone la atención en alguna, o algunas, se pasan por alto todas las demás. ¿Quién en cada cláusula, en cada proposición, que ha de formar, puede tener presente tanta copia de preceptos, para no discrepar de ninguno de ellos?
Lo más que yo podré permitir (y lo permitiré con alguna repugnancia) es, que el estudio de las reglas sirva para evitar algunos groseros defectos. Mas nunca pasaré, que pueda producir primores. La gala de las expresiones, la agudeza de los conceptos, la hermosura de las figuras, la majestad de las sentencias, se las ha de hallar cada uno en el fondo del proprio talento. Si ahí no las encuentra, no las busque en otra parte. Ahí están depositadas las semillas de esas flores; y ese es el terreno donde han de brotar, sin otro influjo, que el que acalorada del asunto, les da la imaginación. Quiero hacer sensible esto con la experiencia.
Propóngase a uno, que tuvo estudio, y carece de genio, para que discurra sobre él, no filosófica, sino retóricamente, este trivialísimo asunto: La obligación que tienen los nobles a imitar a sus ascendientes. Considérole desde luego repasando con la memoria las reglas, y ejemplos que leyó en las Instrucciones Oratorias de Quintiliano, en el Tratado de Elocuencia del Padre Causino, y en el Canochiale Aristotélico de Manuel Thesauro. ¿Qué hará con todo eso? Aseguro que nada. Las reglas son unas luces estériles, como las sublunares, que alumbran, y no influyen. Dan un conocimiento vago, y de mera teórica, sin determinación alguna para la práctica. Los ejemplos son hazañas de otros ingenios, que no puede imitar sino quien tenga valentía igual a la suya. ¿Qué importa que yo vea cómo se remonta el Aguila a la segunda región del aire? ¿Podré por eso elevarme a la misma altura, no teniendo las mismas alas, y la misma fuerza?
Mas al fin, mi retórico de estudio hará su composición, en que naturalmente habrá mucho de follaje afectado, con nada de gala, o ingenio; porque yo nunca puedo esperar más de quien para la retórica no tiene otro auxilio, que el estudio del Arte. Sea lo que fuere, pretendo que su producción se coteje con el rasgo siguiente, que sobre el mismo asunto produjo por diversión un sujeto de alguna habilidad, pero que jamás había estudiado ni una hoja de Retórica.
Es la nobleza semilla de la virtud. Siémbrase en el cuerpo, y fructifica en el alma. Quien comunica la sangre, comunica los espíritus. Aún a largas distancias conserva su purpúreo raudal la dirección que le dio la excelsa fuente de donde se deriva. Del fervor, que la inflama, se levanta la llama, que la ilustra. Sirve la gloria heredada de estímulo contra las perezas del corazón. Preséntase en la memoria; y puesta en la memoria, es despertador de la voluntad. Ofrécele aquel objeto al noble un original, de quien ha de sacar en sí mismo la copia: un espejo, donde vea, no lo que es, sino lo que debe ser: una escuela mental, en quien sus Progenitores son sus Maestros. El que degenera de ellos, se constituye extraño, respecto de los mismos que mira como suyos. Se hace forastero, o huésped intruso en su propia casa. No le queda de la prosapia otra cosa, que el apellido; y aún ese debe hacer la cuenta, que se le adapta como bastardo. Cuando hablare de sus ilustres predecesores, no diga que desciende de ellos, sino que baja, o no sólo que baja, sino que cae. La distancia que hay entre el heroísmo, y la vileza, es el espacio que mide con la caída. La fealdad del vicio duplica su deformidad en quien debiera apropiarse como hereditaria la virtud. Cuantos ascendientes gloriosos jacta, tantos fiscales de su conducta se cuenta. Aquella gloria es su ignominia. Lo mismo que le ensoberbece, le abate, porque no le toca de aquella luz sino el humo. Considérese en el árbol genealógico, que tanto ostenta, como una rama marchita, a quien el aire de la vanidad agita para nada más que hacer ruido. En la Filosofía Etica la nobleza, que no obra, no existe. Los Escudos de Armas, que adornan sus paredes, ennoblecen el edificio, y desdoran la persona. La memoria de triunfos pasados, que abrió el cincel en la frente de la casa, acuerda a todos, que está muerta en el corazón de su dueño.
Yo me persuado a que en este breve discurso hallarán los inteligentes sentencias ingeniosas, alusiones oportunas, figuras elegantes, y otros primores de Retórica, que en este Arte tienen sus nombres, y definiciones; pero no sólo las definiciones, pero aun los nombres creo ignoraba el que le hizo: que en esta materia sucede, que el buen genio acierta con las cosas, sin saber ni aún los nombres; y el estudio sin genio, teniendo en la memoria de los nombres, definiciones, y divisiones, no acierta con las cosas. Acuérdome de haber leído, que queriendo un Príncipe hacer un suntuoso Palacio, llamó para ello dos Arquitectos famosos. El uno era un gran dogmático en su Arte, del cual tenía en la uña infinitos preceptos, que había aprendido en varios libros: el otro de poco estudio teórico; pero dotado de insigne numen para la práctica. Llegando el caso de proponerles el Príncipe la obra que intentaba, habló el primero en la materia con mucha erudición, llenando de mil voces Geométricas, y Arquitectónicas un largo razonamiento. Habiendo acabado, le preguntó el Príncipe al segundo ¿qué tenía que decir sobre el caso? Señor, respondió él, yo no tengo que decir otra cosa, sino que haré todo lo que ha hablado mi compañero. Bien clara está al asunto la aplicación.
Y si en lo que mira a hablar, o escribir con exornación, gula, y agudeza, basta el genio, y sobra el estudio, como me parece dejo bastantemente probado; con más razón se podrá asegurar lo mismo en orden a la parte más importante, y esencial de la elocuencia, que es la persuasiva. ¿Quién no ve, que ésta meramente es obra de un entendimiento claro, de una perspicacia nativa, la cual representa las razones más oportunas, y eficaces para mover, atentas las circunstancias, a los oyentes, o lectores, sobre el asunto que se propone? Supongo que conduce mucho para ello la claridad, y el orden. Pero estoy siempre, en que esto lo hará mucho mejor el genio que el estudio. Lo mismo digo de las expresiones patéticas para excitar los afectos. Aunque pienso, que en cuanto a la eficacia de éstas están algo engañados, no sólo los Oradores comunes, mas aun los mismos Maestros de la Oratoria. Lo que queda subsistente en el espíritu de los oyentes para moverlos a obrar, cuando llegue la ocasión, aquello que se les ha procurado persuadir, es la fuerza substancial de las razones. Hace sin duda mucho al caso, que las razones se propongan con fuerza, y energía, porque penetran así, y hacen más profunda impresión en el ánimo; pero la virtud excitativa de los afectos, que consiste precisamente en las voces, es de un influjo muy pasajero, que apenas espera para disiparse a que los oyentes desocupen el Teatro.
Sólo resta ya decir algo en orden al ejercicio. Veo éste generalmente recomendado; y parece que con razón: ¿porque qué materia hay en que el ejercicio no habilite las potencias, y les preste facilidad, y despejo para ejecutar con más presteza, y perfección? Sin embargo, mi experiencia me hace desconfiar algo de este medio. Diez y siete años ha que estoy ejercitando la pluma en todo género de estilos, porque de todos géneros lo pedía la variedad de los asuntos, el sublime, el mediano, el humilde, el exhortatorio, el narrativo, el increpatorio, tal vez el festivo, &c. y veo bien claro, que con todo este ejercicio, en nada he mejorado el estilo, ni creo que nadie le hallará poco, ni mucho más perfecto en mis últimas producciones, que en las primeras.
Quédame, no obstante (por confesarlo todo), un leve recelo, de que en mi genio, o llámese disposición del temperamento, haya algún estorbo oculto, para que en orden a la elocuencia me sirvan los auxilios, que aprovechan a otros. Sé con toda certeza, que me es imposible acomodarse a la imitación de otro algún Escritor. La poca, y ligera lectura, que por mera curiosidad he tenido uno, u otro breve rato en algunos Autores, que han tratado de Retórica, me ha dado a conocer con la misma evidencia, que la aplicación al uso de las reglas, en vez de ayudarme, me embarazaría. Acabada la Gramática, me dieron unas pocas lecciones de Retórica, que olvidé enteramente; y si más hubiera estudiado, más procurará olvidar por la razón expresada, que me estorbaría en vez de aprovecharme. En orden al ejercicio ya tengo dicho. Acaso otros tendrán mejores disposiciones para que la imitación, el ejercicio, y el estudio les sirvan. Pero a todos aconsejaré, que no se fíen al propio dictamen en orden al concepto, que deben hacer de las ventajas, que han adquirido con esos auxilios. Es facilísimo engañarse cada uno a sí mismo en esta materia. ¿Cuántos, pensando que con la imitación han mejorado de estilo, le han empeorado con la afectación? Conozco algunos.
Si alguna cosa puede aprovechar en esta materia, es, en mi dictamen, el frecuentar buenos ejemplares, así en la lectura, como en la conversación. Pero esto no se haga con la mira de imitar a alguno, o algunos, de que resultarían los inconvenientes que he expresado. Tampoco se ha de poner estudio en mandar a la memoria las voces, o frases, que se oyen, o leen. Sucederá que éstas, en el contexto del que las profiere, están colocadas de modo, que hacen un bello efecto; y traspuestas a otro, tendrán mal sonido. ¿Pues qué fruto se puede sacar de los buenos ejemplares sin este cuidado? No será muy mucho; pero será alguno. Insensiblemente se va adquiriendo algún hábito para hablar con orden. Sirven también las voces, y frases de los buenos ejemplares, que se frecuentan, no poniendo cuidado en estudiarlas, ni usar de ellas. Sin eso se quedarán muchas veces en la memoria, y como espontáneamente se vendrán a veces, sin llamarlas, a la lengua, o a la pluma. De este modo vendrán bien, y caerán en su lugar, como si fuesen producciones del proprio fondo. Este es, en mi sentir el único medio, que hay para ayudar en el estilo la naturaleza con el arte; porque en él toma el arte el modo de obrar de la naturaleza. Es cuanto sobre el asunto puedo decir a Vmd. cuya persona guarde Dios, &c.





Carta XIV -

Origen de la costumbre de Brindar

Muy Señor mío: Soy tan poco aficionado a noticias Genealógicas, que no he dedicado ni un cuarto de hora en toda mi vida a inquirir el origen de los Feijoos; vea Vmd. cuán lejos habré estado de aplicarme a investigar el origen de los Brindis. La merced que me hacen algunos, y Vmd. debe ser uno de ellos, de que puedo responder a cuanto se me pregunte (como si hubiera algún hombre en el mundo capaz de tanto), unas veces me mueve a enfado, y otras a risa. La poca sinceridad, que hay en la mayor, y máxima parte de los Eruditos, ocasiona esta ridícula aprehensión. Rarísimo se halla, que a cualquier pregunta que le hagan, no procure dar respuesta, aunque ignore enteramente el asunto, cubriendo con el embrollo la ignorancia. Muchas veces he dicho, que nunca he visto hombre de algunas letras, que preguntado, responda alguna vez redondamente no sé, sino uno solo; pero no diré quién es ese uno.
Me ha cuadrado extremamente lo que se refiere de nuestro omniscio Caramuel, que habiéndole elegido el Papa para un Obispado, y siendo preciso exponerse al examen de la doctrina para obtenerle, como en Roma se practica inconcusamente con todos los Obispos, le rehusó, diciendo, que no se atrevía; y por más que procuraron animarle, respondía, que dentro del recinto de la Moralidad le podrían hacer muchas preguntas, a que él no sabría que responder. Al fin, viendo que debajo de la condición del examen constantemente rehusaba el Obispado, en atención a su gran, y notoria sabiduría, dispensó con él el Papa en aquella condición, sin que sirviese de ejemplar. Dije se refiere, pues es cierto, que, según él mismo afirma en sus Escritos, le examinaron para Obispo. Pero no por eso deja de ser la vulgar noticia buen ejemplo para poner delante a tanto atrevido pedante charlatán, que se jactan de poder satisfacer a cuantas cuestiones les propongan en tal, o cual Facultad. Poco alcanza quien no alcanza, que hay en la literatura parte alguna, que no tenga una extensión infinita. Quien más la penetra, penetra que más allá de la línea, donde ha llegado, hay inmensos espacios no descubiertos, y que sobre el más ceñido asunto, sin término se pueden multiplicar las cuestiones.
Pero voy ya a satisfacer lo menos mal que pueda la curiosidad de Vmd. sobre el origen de los Brindis, en que hay dos puntos que examinar, el origen de la voz, y el origen de la cosa. En cuanto a lo primero, si se cree al célebre Etimologista Mr. Menage a quien citan, y siguen los Autores del Diccionario Universal de Trevoux, las voces Brindis, y Brindar vienen de las Flamencas, Ikbreng'tu; mas a la verdad, la significación inmediata de esta oración Flamenca, según la traducción Francesa, que trae el citado Diccionario, Je vous la porte, es muy vaga, para que sin mucha voluntariedad se dé por equivalente de éste: Brindo por vuestra salud, como pretende Mr. Menage. Así tengo por mucho más verosímil la derivación que les dan nuestro Diccionario Castellano, y el de Sobrino, del verbo Alemán Bringhen, que significa convidar, o provocar a otro a beber.
Verdaderamente los Alemanes, aun cuando con algo de más apariencia les pudiese disputar otra Nación el origen de la voz, siempre serían acreedores a que se les adjudicase a su idioma, por razón del significado, y materia sobre que cae; pues ninguna otra Nación menudea tanto los brindis como esta; cuyo ejercicio repetido, no es sólo notado en los Alemanes de estos últimos siglos. En todos tiempos padecieron la misma nota. Puede verse a Tácito de Moribus Germanorum, donde dice de ellos: Diem, noctemque continuare potando nulli probrum.
Después de todo no hallo verosímil, que el verbo Castellano Brindar se derivase del Latino propinare, que propísimamente significa lo mismo. Así Paseracio explica el verbo propino propinas de este modo: Praebibo, poculum praegusto, & deinde alteri trado. Y no es menester mucha corrupción para que la voz Propino se haya formado el verbo Brindo, v.gr. propino, broino, brino, brindo. Admitidas están por doctos Idiomatistas otras muchas etimologías, traídas por mayores rodeos.
En cuanto a la cosa significada, no puede negarse, que es antiquísima, pues Suetonio, en la Vida de Tiberio, habla de la costumbre de brindar, no sólo como admitida en su tiempo entre los Romanos, mas también como practicada mucho antes por los Griegos: Quae consuetudo inde initium habuit, quod Graeci in solemnioribus compotationibus, quas Philothesias appellabant, aurea, argenteaque pocula proferri, & vino impleri jubebant, eaque praegustata cui visum esset dono offerebant. En Ateneo se lee también, que Alejandro, cenando en la casa de Medio Thesalo, brindó a veinte convidados que había, y fue brindado de todos ellos: Cum Alexander apud Medium Thessalum caenaret, adessentque viginti in symposio, omnes provocavit, ab omnibus pariter accipiens. (Lib. 10. cap. 11.)
Por la Sagrada Escritura aun anterior data se descubre a los Brindis, o Propinaciones; pues el verbo Propino, aplicado al vino, se halla cuatro veces en la Vulgata: dos en Jeremías, una en Isaías, y otra en Amós. Es verdad, que en Isaías más propiamente significa regar que brindar; pero en Jeremías, y Amós retiene su común significación: de que se colige la gran [203] antigüedad de la práctica de brindar, mas no su origen. Ni creo que en las Historias Sagradas, ni Profanas se halle monumento por donde éste pueda constar.
Más: pues en defecto de mejores pruebas se admiten conjeturas: yo me atrevo a conjeturar, que los brindis tuvieron su primer origen en las libaciones de vino, que al principio se ofrecían al verdadero Dios, y después también a los Dioses falsos. Estas libaciones se hacían derramando el vino sobre la víctima, como que se ofrecía, y convidaba con él a la Deidad. Pero había en ellas una considerable diferencia. Nuestro Calmet, exponiendo aquello del capítulo 28. de los Números: Libabitis vini quartam partem Hin, dice, que en los sacrificios, que por sí hacían los Sacerdotes, todo el vino preparado se vertía sobre la víctima; pero en los sacrificios, que se hacían por los particulares, sólo parte del vino se derramaba en obsequio de la Deidad, cediendo la otra a los Sacerdotes. Y aun en el Sacrificio, o libación del Melchisedech, que se refiere en el cap. 14. del Génesis, hizo aquel Sacerdote Rey distribución de la materia de la oblación entre la Deidad, y los Soldados de Abrahán, aunque eran legos: Melchisedech, dice Alapide, prius panem, & vinum obtulit in sacrificium, scilicet partem panis cremando, partem vini libando, id est, effundendo Deo in gratiarum actionem pro victoria Abrahae; deinde reliquam panis, & vini partem in milites Abrahae libandam, id est, participandam, & comedendam distribuit. Y concluye el mismo Expositor, advirtiendo, que esta especie de distribución era común en el sacrificio pacífico: Hoc enim moris erat in sacrificio pacifico.
Esta costumbre se comunicó a los Gentiles en las oblaciones, que hacían a sus falsos Dioses, y de aquí viene aquella significación del verbo libare, que se halla en algunos Autores profanos, y cita Paseracio, id est, Diis partem dare; lo cual se confirma perfectamente con el modo antiguo de brindar, que era, como consta del pasaje de Suetonio, citado arriba, habiendo bebido parte del licor contenido en el vaso, entregar éste a otro para que bebiese la parte restante. Es también conforme a la significación más propia, o específica del verbo propino, ya propuesta arriba, de Paseracio, Praebibo, poculum praegusto, & deinde alteri trado. Después este modo de brindar se mudó en el de provocar uno a otro a beber, bebiendo aquel primero, pero cada uno en su vaso. Para esta mudanza no es menester discurrir que intervino otro motivo, que el de ser el nuevo rito más limpio, y urbano.
Más al paso que el ceremonial, que hoy se practica, es más decoroso, y noble que el antiguo: en compensación, la fórmula de palabras, que ahora se usa al brindar, parece el más impertinente, y ridículo del mundo. ¿Qué querrá decir brindo por la salud de Vmd.? En caso que el licor, que bebe Pedro, sea en sí mismo saludable, ¿el beberlo Pedro puede conducir algo para la salud de Juan? Ni vale decir, que Pedro provoca a Juan para que beba, cuya acción puede conducir a su salud. Ciertamente no es ese el sentido de las palabras, pues también se brinda, y muy frecuentemente por la salud de los ausentes, a quienes no se provoca a beber, ni ellos saben entonces que se les hace tal obsequio.
Como quiera que esta fórmula ridícula, y abusiva parezca moderna, tiene a su favor una grande antigüedad: pues San Ambrosio, cap. 17. de Elia, & Ieiunio, habla de este abuso, como ya muy común en su tiempo, reprehendiéndole, y execrándole, como es razón, por ser ocasionado a beber con exceso: Bibamus, inquiunt, pro salute Imperatorum; qui non biberit, sit reus indevotionis:::: bibamus pro salute Exercituum: por Comitum virtute: pro filiorum sanitate:::: ¡O stultitia hominum, qui ebrietatem sacrificium putant!
Bastante antigüedad es esta, pues excede algo de doce siglos. No obstante Plauto, que floreció doscientos años antes de la venida del Redentor, nos muestra otra considerablemente mayor; pues de lo que [205] dice en la Comedia intitulada Persa, Act. 5, Scena I, se ve, que ya en su tiempo se hacían los brindis con imprecaciones de salud. Bene mihi, bene vobis, bene amicae mae.
Y en la intitulada Stichus:
Tibi propino decuma fonte, tibi tute inde si sapis.
Bene vos, bene nos; bene te, bene me; bene
Nostram etiam Stephanium, &c.

Bien quisiera yo, viendo tan establecida entre los Cristianos esta fórmula de brindar, descubrirle algún noble origen. Pero el mal es, que no le hallo sino muy vil; esto es, en la superstición Gentílica. Aquel bene mihi, bene vobis, bene amicae meae, y otras fórmulas semejantes, eran deprecaciones, que hacían los Paganos, al tiempo de beber, a sus falsos Dioses, por la salud propia, la de sus parientes, amigos, &c. Fúndome para esto en dos lugares, uno de Ateneo, otro de Ovidio. Dice Ateneo, que Amphciton, antiquísimo Rey de Atenas, entre otros establecimientos, que hizo en orden al uso del vino, ordenó, que al tiempo de beberle invocasen el nombre de Júpiter Conservador, como cosa importante para conservar, o conseguir la salud corporal: Iovis praeterea Servatoris nomen invocare constituit, memoriae gratia bibentium, quod sic bibentes salutem sine dubio consequentur.
Ovidio, en el lib. 2 de los Fastos, hablando de los convites Charistios, que se hacían entre parientes, llama sagradas las imprecaciones de salud, que se hacían al beber el vino:
Larga precaturi sumite vina manu:
Et bene vos, bene tu Patriae Pater optime Caesar,
Dicite, sufusso per sacra verba mero
.
Las voces Pecaturi, y per sacra verba, manifiestan, que aquellas imprecaciones por la salud no eran tiradas al aire, sin significación alguna determinada, como las nuestras, sino dirigidas a los falsos Dioses; por consiguiente manchadas del enorme vicio de la superstición Pagana. Carecen las nuestras de esta abominación; pero descienden de aquel feo origen. ¿No es suficiente motivo éste para que se proscriban de toda cristiana mesa, mayormente cuando sólo sirven de multiplicar los tragos? Véalo Vmd. a quien deseo mucha salud, &c.





Carta XXV -

Del judío errante

Muy señor mío: La especie del Judío Errante, que Vmd. me pregunta, si se encuentra en algún clásico, y qué fe merece, no en un Autor sólo se halla, sino en varios, y clásicos algunos de ellos, aunque con alguna variedad en una, u otra circunstancia.
El primero que, según yo entiendo, la dio al Público en Historia formada, fue el célebre Historiador Benedictino Anglicano Matheo de París, el año 1229. Según este, vino por aquel tiempo (vivía en él el mismo Historiador que lo refiere) un Obispo Armenio a Inglaterra, recomendado por el Papa, para que le mostrasen las reliquias de los Santos, que había en aquel Reino, y le diesen las demás noticias, que él solicitase pertenecientes al Culto Divino, que se practicaba en él. Sobre la especie, ya entonces algo vulgarizada del Judío Errante, y que este andaba por las Regiones Orientales, pareciendo a varios Curiosos, que este Prelado por tener su Patria habitación, y Diócesi en una de ellas, no podía menos de estar algo instruido en el asunto, le hicieron sobre él diferentes preguntas; y no sólo a él, mas también a sus domésticos; esto es, si había realmente tal Judío Errante; si vivía aún, por dónde andaba, qué hombre era, y qué decía de sus sucesos? Respondió el Prelado, que dicho Judío realmente existía, y andaba entonces por la Armenia. Pero de sus sucesos quien dio más específica noticia fue un doméstico del Prelado, acaso porque podía explicarse mejor con los Ingleses, o en el idioma del País, o en el Latino.
Este refería, que el Judío Errante, antes de su conversión, se llamaba Catafilo, y había sido Portero en la Casa de Pilatos: con cuya ocasión, cuando sacaron a Cristo Señor nuestro del Pretorio para crucificarle, para que saliese más prontamente le dio una puñada en las espaldas, a lo cual el Redentor, volviendo el rostro, le dijo: El Hijo del Hombre se va, pero tú esperarás a que vuelva. El Portero se convirtió luego, y fue bautizado por Ananías, que le puso el nombre de Joseph. El sentido de la profecía de Cristo era, que este Judío no había de morir hasta que él viniese a juzgar vivos, y muertos: la que en efecto en este sentido se estaba verificando, pues llevaba ya más de mil doscientos años de vida, aunque padeciendo a cada cien años unos amagos de muerte, porque a este plazo una gravísima enfermedad le debilitaba hasta representarle moribundo; pero luego sanaba, y se rejuvenecía, restituyéndose al vigor, y apariencia de treinta años de edad, que era la que tenía cuando Cristo murió.
Añadía el familiar del Obispo, que este Judío Joseph era muy conocido de su Amo, y había sido convidado por él, y huésped suyo, poco antes de emprender su peregrinación.
El Historiador citado dice, que este hombre respondía puntualmente, y con severo, y grave modo a las preguntas, que le hacían en orden a cosas antiguas, como de los difuntos que resucitaron cuando Cristo murió, y de las Historias de los Apóstoles: que mostraba siempre un gran temor de que estuviese cerca el Juicio final, por ser este el plazo de su vida, y se horrorizaba cuando hacía memoria del sacrílego desacato, que había cometido con el Redentor, aunque esperaba ser perdonado, por la mucha parte que en él había tenido su ignorancia. Jacobo Basnage, Autor Protestante, en su Historia de los Judíos cuenta tres Judíos Errantes. El 1 más antiguo, llamado Samer, en pena de haber fundido el Becerro en tiempo de Moisés. Otro el Catafilo de arriba, Gentil, y Portero de Pilatos. El 3 Judío, llamado Ausero, y Zapatero en Jerusalén. De éste se dice, que el año de 1547 pareció en Hamburgo, y que publicaba de sí, aunque variando nombre, y tal cual otra circunstancia, lo mismo que los Armenios del que decían haber conocido en su tierra. Este refería, que antes de su conversión se llamaba Ausero, y ejercía el oficio de Zapatero a la puerta de Jerusalén, por donde Cristo salió para el Calvario; en cuya ocasión, queriendo el Salvador, por sentirse muy fatigado, reposar un momento en su oficina, él, dándole un golpe, le repelió, y entonces Cristo le dijo: Yo luego descansaré, pero tú andarás sin cesar hasta que Yo vuelva: que desde aquel punto empezó el cumplimiento del vaticinio, y se fue continuando siempre, porque siempre andaba peregrinando, sin parar en Provincia alguna. Era de estatura prócer, representaba la edad de cincuenta años, y prorrumpía en frecuentes gemidos, que los circunstantes atribuían a la tristeza, que le causaba la memoria de su delito.
Nuestro gran Expositor Agustín Calmet, en su Diccionario Bíblico, testifica tener en su poder una Carta escrita de Londres por la señora Mazarina (supongo que habla de la Duquesa Hortensia Mancini, sobrina del Cardenal Mazarini, tan famosa por sus aventuras, y trabajos, como por su hermosura) a la Duquesa de Bullon, en la cual se refiere, que por aquel tiempo arribó un Extranjero a Londres con la misma cantinela. Decía, que había servido en el Diván de Jerusalén, cuando Cristo fue sentenciado a muerte; y pareciéndole, que no salía con la priesa, que él deseaba, le dio un gran empellón, diciéndole: Despacha, sal cuanto antes; ¿por qué te detienes? La respuesta del Señor fue la misma que se dijo arriba. Este aseguraba (dice la señora Hortensia) que había conocido a todos los Apóstoles, e individuaba las facciones, y vestido de cada uno; que había peregrinado por todas las Regiones del Orbe, y no dejaría de peregrinar hasta el fin del mundo. Se jactaba de que con el tacto curaba los enfermos. Sabía muchas lenguas, y refería con tanta exactitud los sucesos de todos los siglos, que todos le oían con admiración. Habiendo un Caballero, insignemente erudito, habládole en lengua Arábica, al momento le respondió en el mismo idioma. Apenas se le nombraba Personaje alguno famoso en los anteriores siglos, a quien no se afirmase haber conocido. Decía, que se había hallado en Roma, cuando fue incendiada por Nerón; que había tratado con Mahoma, y conocido a su padre; visto al Saladino, al Tamerlán, a Bayaceto, a Solimán el Grande, &c. Añádese en la Carta, que la gente simple le atribuía muchos prodigios, pero los prudentes le tenían por impostor.
El Autor del Espión Turco ( sea el que fuere, que aún pienso que no está averiguado ) en varias Cartas hace memoria del Judío Errante. En la Epístola 39 del Tomo 2, escrita a Ibrahín, y que corresponde al año de 1643, todo se ocupa en referir, que en París vio a dicho Judío, conversó con él, y le hizo mil preguntas de cosas antiguas. Díjole, que su nombre era Michob-Ader, que había sido Portero del Diván de Jerusalén, y todo lo demás que Calmet cita de la Duquesa Mancina, o Mazzarina: que había andado muchas tierras, leído mucho, y sabía Lenguas. Con todo, el Espión hizo juicio de que era loco, o impostor.
El mismo Autor, en el Tomo 5, Epístola 50, escrita Nathad Ben-Saddi, Judío, el año de 1666, le cuenta todo lo que el Judío Errante le había dicho en París tocante a los Judíos de la Asia Septentrional, y que cree son reliquias de los diez Tribus dispersos.
El mismo, en el Tomo 6, Epístola 6, el año de 1672, a Guillelmo, le dice a lo último, que por todas partes se habla de un Judío Errante, y que en aquel tiempo estaba en Astracán, y allí predicaba, que el Cristianismo sería reformado el año de 1700. Y en la Epístola 7, escrita a Codabafrad Kheik, Mahometano, el mismo año de 1672, le da cuenta de todo lo que el Judío Errante predicaba, y vaticinaba en Astracán. Dice, que había allí un pariente suyo (del Espión) llamado Fousi, grande Viajero, Mercader, &c. y que de él había recibido poco antes una Carta con las noticias del Judío Errante.
Vaticinaba (dice el Espión) que hacia el año de 1700 de la Hégira de los Cristianos inundarían los Otomanos toda la Europa, o toda la Cristiandad de la Tierra Firme; que los Cristianos recurrirían a Inglaterra, como asilo, y allí se levantaría un gran Personaje, que hecho Caudillo de los Cristianos, conquistaría a Jerusalén: que entonces los Judíos abrirían los ojos, y reconocerían a Jesucristo por el verdadero Mesías. Pero el Espión lo refiere, no lo cree.
No obstante, lo cual, el mismo, en la Carta 17 del mismo Tomo, escrita el año de 1674 al Turco Alí Basa, a lo último da a entender, que creyó la profecía del Judío Errante, acaso para adular a los Mahometanos, pues dice de ellos, que inundarían la Europa el año de 1700.
Finalmente, el Padre Luis Babenstuber, Benedictino Alemán, en un Tomo dividido en tres libros, que imprimió en Ausburg el año de 1724 con el título Prolusiones Academicae, en que instituye, y trata cincuenta y una cuestiones Quodlibeticas curiosas; en la Prolución 16 del tercer libro propone la cuestión de si, fuera de Elías, y Henoch, hay en el mundo algún hombre de mayor edad, o más larga vida que Matusalén? En ella, después de tratar de Elías, y Henoch, entra en la especie del Judío Errante; en que habiendo referido casi lo mismo que Jacobo Basnage, con la diferencia de decir, que el que le examinó en Hamburgo el año de 1547 se llamó Paulo Eizio, Teólogo, añade lo siguiente: Visus est autem hic Iudaeus ab innumeris mortalibus in multis Europae partibus nempe anno Christi 1547. Hamburgi. Anno 1575. Matriti in Hispania. Anno 1599. Viennae in Austria. Anno 1610. Lubecae. Anno 1634. in Moscovia. Alia plura loca sciens praetereo.
Estas son todas las noticias, que puede adquirir del Judío Errante. Por las cuales tiene Vmd. que este hombre, de dos modos peregrinó, el año de 1229 pareció en Inglaterra: el año de 1547 en Hamburgo: el de 1575 en Madrid: el de 1599 en Viena de Austria: el de 1610 en Lubek: el de 1634 en Moscovia; el de 1643 en París: el de 1672 en Astracán; y pocos años después en Londres. Digo pocos años después, sin determinar cuál, porque Calmet no nos dice la data de la Carta de la Duquesa Hortensia. Pero esta Señora, como consta de su Vida, escrita por Monsieur de San Euremont, en el Tomo 4 de sus Obras, pasó a Inglaterra el año de 1675, y murió en aquel Reino el de 1699; con que en este intermedio es preciso poner la segunda aparición del Judío Errante en Inglaterra.
¿Pero podremos dar alguna fe a estas noticias? Juzgo que ninguna, moviéndome al disenso, no tanto la variedad de los Escritores en algunas circunstancias, pues esto sucede también a no pocas verdades históricas muy calificadas, cuanto el que la noticia más antigua, que se halla en los Historiadores del año de 1229: data sin duda muy reciente para un hecho tan antiguo. ¿Cómo es creíble, que de un suceso de tan extraña magnitud, tan peregrino, tan único en su especie, tan oportuno para apoyar la verdad de la Religión Cristiana contra los Gentiles, no hiciese memoria alguno de los Padres de los primeros siglos? Aun prescindiendo de esta gravísima importancia, porque añade un brillante de muy singular hermosura a la gloriosa Pasión del Salvador, era digno el caso, no sólo de las plumas de los Padres, mas aun de los Evangelistas.
¿Mas cuál sería el origen de esta Fábula, supuesto que lo sea? Nunca en inquirir el origen de las Fábulas me fatigaré mucho, porque ordinariamente es un trabajo inútil; ya porque aunque le tengan en algún suceso verdadero, que la ficción, o mala inteligencia han desfigurado, ese suceso no ha llegado a nuestra noticia; ya porque frecuentísimamente las Fábulas no tienen más principio, que la inventiva de un embustero, a quien se antojó fabricarlas. Y esto es comunísimo, cuando el embustero tiene algún interés en ser creído; lo que sin duda sucede en nuestro caso. Un hombre muy hábil, y sagaz, bien instruido en noticias históricas, y en ocho, o nueve lenguas, ¿qué vida más gustosa podría elegir que la de Tunante, fingiendo ser el Judío de que hablamos? Podría discurrir por todos los Reinos de la Cristiandad, con acceso libre, aun a los Solios de los Príncipes, no sólo socorrido en lo necesario, mas aun para lo superfluo, por personas de todas condiciones, estimuladas para ello de la curiosidad, y de la piedad. ¿Qué más motivo, pues, es menester, que este, para que se fingiese esta patraña el primero que la practicó, y para que después le imitasen otros bribones, que quisieron hacer el mismo papel?
Pero si Vmd. quiere algo más que este común principio de infinitas Fábulas, digo algún principio particular de la del Judío Errante, le diré, que esta pudo tener su origen remoto en un hecho verdadero, y el próximo en otra Fábula, que desfiguró aquel hecho verdadero. El hecho verdadero, como conforme a la Escritura, a la Tradición, y apoyado por los Santos Padres, es la conservación del Profeta Elías sobre la tierra hasta el fin del mundo. Sobre este verdadero fundamento fabricaron los Mahometanos una Fábula, que refiere Bartholomé Herbelot en su Biblioteca Oriental, página 932. v. Zerib, citando al Autor del Nighiaristan (Nota. Hay muchos Libros históricos Persianos con este nombre, el cual idioma Persiano significa sitio de diversión, o paseo, como advierte el mismo Herbelot, verbo Nighiaristan; pero no especifica de cuál de ellos sacó la Historia, que va a referirse).
En el 6 año de la Hégira, después que los Arabes tomaron la Ciudad de Holvan, o Hulvan en la Siria, trescientos Caballeros, que volvían de aquella empresa, al acabarse el día, vinieron a campar entre dos montañas de aquella Región. Su Caudillo llamado Fadhilahc intimó a la Tropa hiciese, según el rito Mahometano, la Oración vespertina, que empieza, Dios es grande, pronunciando en alta voz estas palabras. Pero no bien lo hizo, cuando las oyó repetir de un sitio, donde no parecía persona alguna. Pensó al principio, que fuese el eco. Mas persiguiendo la repetición clara, y distinta de todas las palabras, al punto que iba prosiguiendo su oración, vino a caer, en que algún personaje invisible era el repetidor. Por lo cual, dirigiéndose a él, le dijo: Tú que me respondes, si eres del orden de los Angeles, el Señor sea contigo; y si eres del género de los otros espíritus, te conjuro para que te vayas; mas si eres hombre, como yo, hazte presente a mis ojos, para que yo goce de tu vista, y conversación. Al acabar de decirlo pareció ante él un viejo calvo, con un báculo en la mano, que tenía todo el aire de un Dervis, o Religioso Mahometano; el cual, preguntado de su nombre, y estado por Fadhilah, le respondió, que se llamaba Zerib-Bar-Elia, y que habitaba aquel sitio por orden de Jusu-Christo, que le había dejado en este mundo, para vivir en él hasta su segunda venida. Preguntole Fadhilah, ¿cuándo sería la segunda venida? A lo que respondió Zerib, que cuando varones, y hembras se mezclasen sin distinción de sexos: cuando la abundancia de víveres no minorase su precio: cuando los pobres no hallasen quien los socorriese, por estar enteramente extinguida la caridad: cuando se hiciese irrisión de la Sagrada Escritura, poniendo sus misterios en ridículas coplillas: cuando los Templos, dedicados al verdadero Dios, fuesen ocupados por los Idolos; entonces estaría próximo el Juicio final: y dicho esto, desapareció.
Este cuento envuelve un manifiesto trastorno de lo que el Sagrado Texto dice del rapto de Elías, y de lo que consiguientemente a él, y a otros Lugares de la Escritura sienten uniformes Cristianos, y Judíos, de la conservación de aquel Profeta en la tierra hasta el fin del mundo. Elías tuvo aquel destino cerca de novecientos años antes de la venida de Cristo; y el cuento Mahometano atribuye a Cristo esta disposición. ¡Horrendo anacronismo! Pero nada extraño en la crasa ignorancia de los Mahometanos; los cuales con su mismo falso Profeta, en la inteligencia de la Escritura, confunden tiempos, y personas con la mayor extravagancia imaginable. En la Sura, o capítulo 3 del Alcorán identifica Mahoma en una misma persona a María, hermana de Moisés, y Aarón, con María Madre de Jesús, Señora nuestra, siendo aquélla mucho más anterior a ésta que Elías a Cristo. Y en la Sura 17, según le explica su famoso Comentador Gelaledin, la invasión de Goliat, y su Ejército contra los Israelitas fue castigo de haber muerto éstos a Zacarías, padre del Bautista; la de Nabucodonosor de haber muerto al mismo Bautista.
A vista de estos, y otros trastornos monstruosos de la Escritura, tanto del Viejo, como del Nuevo Testamento, muy frecuentes en el Alcorán, y en sus Comentadores, me ha ocurrido como verosímil, que algunos Mahometanos, confundiendo un Juan con otro, el Bautista con el Evangelista, aplicasen a una misma persona los dos dichos de Cristo, uno respectivo al Bautista, otro al Evangelista. Dijo Cristo del Bautista, Matth. capítulo 11; Ipse est Elias, qui venturus est. Y del Evangelista, Joann, cap. 21: Sic eum volo manere, donec veniam; lo que entendieron los demás Discípulos como un decreto de Cristo para la conservación de su vida hasta el Juicio final. De esta confusión de diferentes personas en una misma pudo originarse en los ciegos Mahometanos la ficción, o creencia de que Elías por disposición de Cristo está detenido vivo en la tierra hasta el Juicio final.
La persuasión, pues, de ser Elías de quien pronunció Cristo: Sic eum volo manere, donec veniam, abrió puerta (si queremos creerlo así) al cuento Mahometano del Nighiaristan. Y este cuento divulgado, excitó a algún picarón (Mahometano acaso) la especie de atribuirse a sí mismo la disposición de Cristo para vivir hasta el fin del mundo, armado para esto con la narración, que arriba se dijo del Judío Errante.
22. Pero Vmd. aténgase en todo caso a lo dicho arriba, que no es menester buscar en las Historia desfiguradas el origen de infinitas Fábulas. La imaginación del hombre tiene una tan prodigiosa actividad para tales producciones, que es capaz de criar el todo de la mentira, del nada de la verdad. Nuestro Señor guarde a Vmd. &c.





Carta II -
De la vana y perniciosa aplicación a buscar Tesoros escondidos

Muy Señor mío: Estando en Galicia he oído mucho de la manía de buscar Tesoros sepultados, con esperanza de hallarlos; y después que vine a este Principado de Asturias, puedo decir que lo he visto. Manía la llamo, ya porque no tiene esta esperanza más fundamento que el error, y la impostura: ya porque teniendo presentes las infelices tentativas de muchos, que pretendiendo sacar de las entrañas de la tierra plata, u oro, con que hacerse ricos, gastando en ellas el poco dinero que tenían, quedaron más pobres, no les sirve esta experiencia para el desengaño. Sucede a éstos lo que infatuados a los investigadores de la Piedra Filosofal, que buscando la opulencia, caen en la mendiguez, sin que la ruina de los que van delante escarmiente a los que los siguen. Creo que, por lo menos, tan ciega es la avaricia como el amor.
¿Mas cuáles son el error, y la impostura de que hablo aquí? El error es histórico. Suponen estos ignorantes que en la expulsión general de los Moros de España, no permitiéndoseles a aquellos Infieles llevar consigo sus riquezas, se previnieron, sepultandolas en varios sitios, cada uno en que el le pareció más cómodo, no perdiendo la esperanza de gozarlas ellos, o sus hijos algún día, mediante alguna posible revolución, en que la fuerza de las armas los restituyese a la posesión de nuestra Península. Añaden, que para este efecto llevaron memoria, y apuntamiento de las señas que distinguen los sitios donde las dejaron sepultadas, para asegurar su recobro cuando llegue el caso, el cual esperan como los Judíos su Mesías. Estos son los Tesoros que buscan, y que nunca hallarán, porque no los hay; siendo constante, que a los Moros, cuando fueron expelidos de España, se permitió llevar toda su moneda, y aun todos sus muebles; y serían ellos muy fatuos, si voluntariamente perdiesen una posesión cierta de presente por una posesión futura, incierta, y aun inverisímil.
Con este craso error de nuestros exploradores de Tesoros se ha concretado una crasísima impostura, sin la cual no tuviera ejercicio el error. Ya se ve, que aun cuando fuese verdad, que los Moros dejaron sepultados estos Tesoros, esta noticia por sí sola nada serviría para descubrirlos, ignorándose en qué parajes los escondieron. A esta dificultad, pues, ocurrió la impostura. Estando en Galicia oí muchas veces (y lo creí siendo niño), que había uno, u otro Librejo manuscrito, en que estaban notadas las señas de los sitios de varios Tesoros. Después que vine a Asturias oí lo mismo; y en uno, y otro País atribuyen la posesión de alguno de estos Librejos (asientan que son rarísimos) a tal cual feliz particular, que por alguna extraordinaria vía lo adquirió, y le guarda, no sólo como un gran tesoro, mas como llave de muchos tesoros.
Juzgará Vmd. acaso como en efecto lo juzgan muchos, que este Libro es como el de tribus famosis Impostoribus, de que tantos hablan, y que ninguno vió. No es así. Sobre estar yo mucho tiempo ha persuadido con buenas razones que hay tales Libros, ví uno de ellos, que por el accidente, que diré abajo, vino a mis manos. De suerte, que no es ficción que haya tal libro; bien que es un libro que no contiene sino ficciones.
¿Pero quién será el Autor de este Libro? o mejor preguntaré, quiénes habrán sido los Autores de estos libros, porque en diferentes Países son Libros diferentes. Uno da las señas de los tesoros que hay en tal territorio, otro de los de otro. El que yo ví comprehendía sólo el ámbito de algunas leguas que hacia todas partes ciñe esta Ciudad de Oviedo. Si aquí se lo preguntamos a quien tenga noticia de este Libro, y crea sus ficciones, juzgo responderá, que un cautivo de Argel, Túnez, o Marruecos lo adquirió del amo de quien era esclavo, o porque se lo hurtó, o porque juzgando el amo imposible ya el usar de él en beneficio propio, se lo vendió por alguna cantidad de dinero; o en fin, porque habiéndole cobrado alguna singular afición, se lo dio graciosamente al tiempo de su redempción. Y los de los otros Países dirán lo mismo de los Libros que allá corren.
Pero la verdad es, que estos Libros fueron fraguados por algunos embusteros, habitadores de los Países donde señalan los tesoros. Argumento concluyente de esto es, que las señas con que distinguen los sitios se hallan realmente en ellos. Hablo de las señas que están sobre la superficie de la tierra. El Libro, que ví, hablaba de sitios de veinte tesoros, poco más, o menos, especificando señales que efectivamente se encuentran; v. gr. en el camino de tal a tal parte, al pie de un Monte, a tal distancia, al lado derecho del camino hallarás una peña, y junto a la peña una fuente: a la distancia de dos varas de la peña, por la parte que mira al Oriente, cavarás, y encontrarás a la profundidad de dos varas, &c. ¿Quién pudo dar las señas de todos estos sitios sino quien los reconoció todos? ¿Y quién pudo reconocerlos todos sino algún habitador del propio País? O sean dos, o tres, o más, si se quiere, pues no hay imposibilidad alguna en que tres, o cuatro bribones concurriesen a esta buena obra. Pero la hay en que algún Moro, habiendo heredado este cartafolio de sus mayores, regalase con él a algún Español, por la razón que ya se ha dado de que los Moros no dejaron escondidas acá sus riquezas.
Mas el pobre mentecato que advierte puntuales todas las circunstancias exteriores del sitio que apunta el cartafolio, como está en la errada persuasión de que aquellas noticias vinieron de la Africa, comunicadas entre aquellos infieles de hijos a nietos, desde alguno o algunos de los expedidos de España, no dudando de la verdad de ellas, traga el hilo y anzuelo, y se pone a cavar en el sitio llena la cabeza y el corazón de la esperanza de verse luego muy opulento. Agrega oficiales, porque se supone que hay mucho que cavar, y es menester abreviar la obra por concluirla, antes que llegue la noticia a los Ministros de la Cruzada. Con esta mira se expenden tajadas y tragos con mano pródiga. No se duda de hallar las señas interiores, porque las juzgan consecuencia firme de las exteriores. Aquéllas varían en el manuscrito, respecto de varios sitios, como éstas. Y también en la calidad, y cantidad de tesoro hay su diferencia. Pongo por ejemplo (prosigue así el manuscrito): A vara y media de profundidad hallarás una piedra cuadrada de una vara de ancho, debajo de ella dos vigas cruzadas, debajo de éstas una bóveda de ladrillos que romperás, y dentro encontrarás un cofre grande de plata, lleno de monedas de oro. 8. Como el que compuso el Librejo no era Zahorí (en el tercer Tomo del Teatro Crítico tengo probado que no los hay en el Mundo) para ver lo que hay dentro de la tierra, si que aquí echa mano de lo primero que ocurre, después de reventarse los infelices a cavar, y más cavar, ni hallan la piedra cuadrada, ni las vigas cruzadas, &c. Con que se vuelven a sus casas pesarosos, y arrepentidos, aunque no escarmentados, porque aun quedan con la esperanza de que en otros sitios no los engañará el cartafolio, porque acaso el Moro se equivocaría en las circunstancias del que exploraron, o había error del amanuense. Conocí a hombre que exploró más de siete u ocho sitios.
Habrá quienes juzguen inverisímil, y aun increíble, que estos escritos sean mera producción de un voluntario embuste, porque nadie miente, especialmente cuando la mentira es algo laboriosa, sin interés alguno: ¿pero qué interés puede tener el Autor de un Libro de éstos en cargarse del trabajo de escribirle? Convengo en que el asumpto de la objeción es verdadero. Es así que nadie comete alguna acción viciosa sin interesarse en ella por algún camino. Pero digo lo primero, que este interés es vario, y uno de los más comunes es el deleite que se percibe en ella misma. El glotón, el ebrio, el lascivo, ¿qué otro fruto sacan de sus excesos que la delectación que logran en ellos? ¿Y para qué hemos de filosofar en un asumpto que cada día palpamos con la experiencia? Ojalá no la hubiera. Los hombres, que se deleitan en mentir, son muchos. Este deleite consiste, ya en que lo consideran como gracejo capaz de divertirlos a ellos, y a otros; ya en que miran la ficción como parto de su agudeza; ya en que el que engaña, se contempla con cierta superioridad de espíritu respecto del engañado, cuya resulta es una especie de triunfo sobre la ajena credulidad. Yo quisiera que conspirasen conmigo todas las almas nobles a apear de tan necia presunción a estos bastardos espíritus, dándoles a conocer, que si en la racionalidad hay heces, eso que llaman agudeza son las más viles heces de la racionalidad. Lo que yo por mí con toda realidad puedo protestarles es, que hasta ahora no ví hombre alguno de entendimiento claro, y penetrante que no fuese amantísimo de la verdad.
Digo lo segundo, que el embustero que fabrica un escrito de tesoros, puede mirar a otro interés más sólido que el deleite de mentir, aunque justamente más ilícito, que es vendérselo por precio algo considerable a algún avaro simple, cuyos reparos contra la veracidad del escrito será fácil eludir con algunas artificiosas invenciones.
Lo que más coopera a mantener a los investigadores de tesoros en la vana esperanza de descubrirlos es la noticia de algunos, que por casualidad se hallaron en varias partes; pero esto mismo debiera desengañarlos: porque si la invención de esos se debió a la casualidad, y no a la diligencia, esos ejemplares en ningún modo pueden alentarlos al trabajo que se toman. Sin embargo, la codicia los ciega para pensar, que lo que uno u otro lograron, por mero beneficio de la fortuna, conseguirán ellos por su afán. Acuérdome de haber leído en Plutarco, en la vida de Pompeyo, que cuando este Héroe marchaba en la Africa con sus Tropas contra Domicio, dos o tres Soldados suyos tuvieron la suerte de encontrar una buena cantidad de plata mal escondida en la tierra, lo cual visto por los demás todo el Ejército se aplicó a revolver la tierra de un dilatadísimo campo, creyendo que en él estarían otras muchas riquezas ocultadas, sin que por algunos días pudiese el Imperio de Pompeyo removerlos de aquella vana fatiga, que no les produjo otra cosa que el arrepentimiento de haberse metido en ella. Lo primero sucede a nuestros investigadores de tesoros. La felicidad de poquísimos en la fortuita invención de ellos, hace infelices a muchos que inútilmente expenden su dinero, y su sudor por descubrirlos.
Ni aun cuando fuese efecto de su diligencia la dicha de esos pocos, sería del caso para alentar la esperanza de nuestros exploradores. Estos buscan tesoros que dejaron escondidos los Moros; pero los que fortuitamente se han hallado (por lo menos aquellos pocos de que yo tengo noticia) ni son, ni fueron jamás de Moros. Aquí ví hasta treinta monedas de plata de uno, que poco mas ha de veinte años se descubrió a distancia de seis, o siete leguas de la Ciudad de León; pero todas, como se veía en sus inscripciones, eran del tiempo de los primeros Emperadores Romanos.
Lo peor que tiene esta manía de buscar tesoros es, que según la práctica de muchos entra en ella una buena dosis de superstición. Es el caso, que debajo de la persuasión de que los tesoros están encantados, o que por lo menos lo están algunos, se han inventado Exorcismos con varias fórmulas, y ritos para desencantarlos. Yo me enteré de toda la maniobra que hay en esto, por medio de dos manuscritos que me comunicó cierto buen hombre. Éste, después de fatigarse a sí, y a otros mucho tiempo en la inquisición de tesoros, algo desengañado ya de la inutilidad de su trabajo, y al mismo tiempo receloso de que hubiese en él algo de superstición, me comunicó los dos manuscritos, que un tiempo había guardado como más preciosos que la Piedra Filosofal. Uno de estos manuscritos era el que dije arriba, que daba razón de los sitios donde están sepultados los tesoros. El otro contiene los conjuros con que se desencantan. No ví disparatorio igual en mi vida.
Según lo que supone el mismo contexto de los conjuros, lo que significa esto de estar encantados los tesoros es, que los demonios (o uno o muchos en cada sitio) los guardan donde están sepultados; de modo, que no pueden parecer, o descubrirse, si primero con la virtud de los Exorcismos no se arrojan de allí los malignos Espíritus. El proceder de los conjuros es dilatado. Inclúyense en él varios Evangelios, y Oraciones. Entra también la Letanía mayor, el Ofertorio de la Misa, y el Responso de San Antonio. Repítense sahumerios de incienso y mirra, como también rociadas de agua bendita. Hay tal cual ceremonia ridícula, y la sacrílega barbarie de que cuando se invocan la Santísima Trinidad nuestro Señor Jesu-Cristo, y María Santísima, esta Señora se nombra antes que la Santísima Trinidad. A lo último se intima, que en todos estos conjuros intervengan a lo menos tres Sacerdotes.
Yo no creo más que el diablo se ocupe en guardar tesoros sepultados en la tierra, que lo que nos dicen los Mitológicos, que un dragón guardaba el de las manzanas de oro en la Africa, y otro el del vellocino de oro en Colcos. Y no sería acaso desnudo de toda verisimilitud discurrir que de aquellas fábulas tomó estotra su origen, mayormente cuando el dragón es símbolo tan propio del demonio, que en el Apocalipsis se designa repetidad veces con este nombre.
16. Como quiera, la ridícula persuasión de que el demonio se constituye guarda de los tesoros sepultados, no es tan privativamente propia del ignorante Vulgo, que no se halle apoyada por tal cual Escritor serio. El Padre Martín Delrío cita algunos, que refieren casos, los cuales, no sólo suponen que los Espíritus malignos se han encargado de la custodia de las riquezas subterráneas, mas aun podrían, siendo verdaderos, autorizar la práctica de proceder con exorcismos en el descubrimiento de ellas, porque su asunto se reduce a que el demonio mata, o por lo menos lo procura, a los que se empeñan en descubrirlas. El más célebre, por estar vestido de circunstancias muy especiales, es el siguiente.
Hay en el territorio de Basilea una dilatada caverna, a cuyo término acaso no se penetró hasta ahora. Un Sastre de Basilea, que se pinta simple, o bien por mera curiosidad, o con la esperanza de hallar algún tesoro, se animó, no sólo a entrar en ella, mas aun de avanzarse más adelante de donde otros habían llegado. Metido en la gruta, con una vela bendita encendida en la mano, dijo, que lo primero había entrado por una puerta de hierro a una cámara, de allí a otra; y en fin a unos deliciosísimos jardines, en medio de los cuales, colocada en magnífico Palacio, estaba una Doncella extremamente hermosa, sueltos los cabellos, ceñidas las sienes de dorada diadema; pero en vez de los miembros, que corresponden a la parte inferior, terminaba en una horrible Serpiente. Luego que el Sastre pareció a su vista, tomándole de la mano, le acercó a una arca de hierro, y abriéndola le mostró en ella infinidad de monedas de oro, plata, y cobre, de las cuales le dio algunas, las cuales él después mostraba. Mas para abrir la arca fue menester que la Doncella imperiosamente acallase dos grandes Alanos que la guardaban, y daban terribles ladridos. A esto se siguió manifestar la Doncella al Sastre su historia, y su destino; conviene a saber, que era hija de un Rey, y en virtud de no sé qué imprecaciones diabólicas había tomado aquella horrible figura, en la cual había de conservarse hasta que un joven, que jamás hubiese tocado a mujer alguna, le diese tres osculos, con lo cual se restituiría a su antigua forma, y recompensaría a su galante redentor, haciéndole dueño de todo aquel tesoro. El Sastre, que debía de hallarse con la pureza necesaria para aquella empresa, se resolvió a ella; pero no la finalizó, porque al Segundo osculo hizo la Doncella tan extraordinarios movimientos, por el gozo de ver tan próxima su redención, que temiendo le hiciese pedazos, huyó de ella, y de la gruta.
Referido así el caso, le explica el Padre Delrío, diciendo, que aunque puede ser que el sujeto de la historia padeciese alguna demencia, que le representase como visto lo que era puramente imaginado, se inclina más a que realmente la Doncella era un demonio del género de aquellos que llaman Lamias; los dos perros otros dos demonios, que eran guardas del tesoro, o verdadero, o imaginario; y que el intento de aquellos Espíritus infernales era matar al pobre Sastre, si hubiese dado el tercer osculo, de cuyo riesgo Dios le libró, imprimiéndole aquel terror que le hizo huir. Comentó bien excusado, cuando sería mucho más fácil, y mucho más verisímil cortar por la raíz, tratando de fabulosa la narración, la cual es un complejo de circunstancias extravagantes, que tiene todo el aire de cuento de viejas, y más cuando no hay otro fiador de la realidad más que un Sastre. Pero ha que en la Ciudad de Santiago se fabricó otro embuste semejante, interviniendo en él personas de muy superior condición a la del Sastre. Hay un monte vecino a aquella Ciudad, llamado Pico-Sagro, y en él una profunda caverna, en la cual se atrevieron a descender ciertos aventureros, que afirmaban después haber encontrado en ella un Ídolo de oro que guardaban dos Gigantes, con otras particularidades que hacían la relación completa. Averiguóse ser todo patraña, de que resultó bastante confusión a los autores de ella.
Ni es menos ridícula que el cuento pasado la causa que señala Lorenzo Ananías, citado por el mismo Delrío, de guardar el demonio con tanta vigilancia los tesoros escondidos. Dice que lo hace así por reservarlos para el Anti-Cristo, a quien los entregará para lograr el séquito de los hombres, y traerlos a la apostasía. ¿Pero de dónde se sabe esto? Responde, que el mismo demonio se lo reveló así a cierto adivino, Ariolo cuidam. Y el P. Delrío añade, que aunque el demonio, como padre de la mentira, no merece crédito alguno, no deja de ser algo verisímil, a vero parum abhorret, que ése sea el motivo porque el demonio guarda los tesoros. Pero yo pronuncio, que no tiene esto ni el menor vestigio de verisimilitud. ¿Para qué los demonios, que tienen otras muchas cosas que hacer, han de estar continuamente ligados a guardar los tesoros subterráneos, cuando con la diligencia momentánea de sepultarlos tres o cuatro picas más abajo, los resguardarán de la rapiña, y se desembarazarán de ese cuidado? Ni es necesario imputar la mentira, suponiendo que lo sea, al demonio: ¿no era bastantemente abonado para ella por sí mismo el Adivino?.
Arriba dije, que no me parecía enteramente inverisímil, que esta vulgar persuasión de que el demonio guarda los tesoros viniese de alguna de las dos fábulas, el dragón que guardaba las manzanas de las Hespérides, y el que defendía el vellocino de oro. Pero ahora, dentro del mismo recinto de las ficciones Mitológicas, me ocurre origen mucho más acomodado a aquel error vulgar. Entre las fingidas Deidades del Paganismo fue una Pluto, a quien veneraron como Dios de las riquezas. Quieren algunos distinguirle de Plutón Dios infernal; pero la opinión común dice que es el mismo. Está claro sobre la materia un pasaje de Cicerón en el libro 2. de Natura Deorum: dictus Pluto a Ploutos (voz Griega) hoc est, a divitiis, eo quod opes omnes ab inferis, hoc est, ab intimis, terrae visceribus eruantur. Lo propio dice Paseracio debajo del nombre de Pluto, en que se conoce que hablan de uno mismo: Plutus a Graecis fingitur divitiarum Deus. Pero sobre todo es decisiva en el asunto la autoridad de Platón, el cual en el Diálogo de Crátilo dice así: Plutonis nomen ex divitiarum contributione ductum est, eo quod inferne ex terra divitiae emergunt. De estos, y otros muchos pasajes, que se hallan en los Autores Mitológicos, se evidencia, que los Gentiles; que adoraban a Plutón como Dios del Infierno, no consideraban su imperio ceñido a aquella horrible caverna, destinada al suplicio eterno de los malos, sino extendido a todos los lugares, y sitios subterráneos, que es donde ya por las minas de los metales, ya por los tesoros escondidos, se hallan las riquezas. Ni en rigor las voces Latinas infernus, inferne, inferi, significan sino lo que está debajo de nosotros; y por consiguiente todo lo subterráneo, como se puede ver en los Diccionarios Latinos; así como las voces opuestas supernus, superne, superi, tampoco significan en rigor sino lo que está sobre nosotros; aunque en cosas pertenecientes a la Religión restringimos comúnmente el significado de las voces infernus, inferi, superi, a lo supremo, y a lo ínfimo.
No sólo parece hija de esta fábula Gentílica la falsa preocupación de los que hoy usan de Exorcismos para descubrir los tesoros; sino la misma, con sólo la diferencia de que éstos dan a Plutón su verdadero carácter que desfiguraban los Gentiles. Plutón era Intendente, y Depositario de los tesoros subterráneos. Eslo el demonio según nuestros preocupados vulgares. ¿Pero quién es realmente Plutón, Deidad del Gentilismo, sino el demonio? Quoniam omnes Dei Gentium daemonia, dice el Psalmista (Psalm. 95.); lo que con más propiedad se verifica de Plutón, que de todas las demás Deidades fingidas, por ser su morada, y lugar de su residencia el infierno, donde preside al castigo de los malhechores.
Pero tenga el origen que se quiera la aprehensión de que los demonios son custodios de los tesoros subterráneos, venga o no del Gentilismo, lo que nos hace al caso es saber que esta es una idea vana y ridícula, lo que me parece he demostrado arriba suficientísimamente; y la inspección de los conjuros; de que usan los minadores de tesoros para desencantarlos, como ellos dicen, descubre más su fatuidad. Ve aquí Vmd. la ceremonia con que concluyen todos sus conjuros, copiada del Librejo al pie de la letra, porque ría un poco.
Todo alrededor donde estuvieren, con agua bendita, y después con un humazo en una olla grande, como mirra, e incienso, y laurel, y yerbas de San Juan, y romero, y piedra azufre, y ruda, todo esto bendito, se ha de fumar el círculo todo alrededor, y por todo él muy bien: después dejarlo estar, incensando el medio: y así como fueren cavando, se ha de ir echando agua bendita; y cuando lo hallaren (el tesoro), lo han de fumar muy bien para quitarle el veneno, y pestilencia. E inmediatamente supone la advertencia de que intervengan en esto a lo menos tres Sacerdotes. Bien puede ser que algún Sacerdote mentecato haya sido autor de todos estos conjuros, porque he observado, que de tres siglos a esta parte, o poco más, algunos Sacerdotes idiotas van extendiendo cada día a más y más objetos improprios el uso de los Exorcismos. Nuestro Señor guarde a Vmd. muchos años, &c.





Tomo 3 -

Carta III -
Sobre el Rinoceronte, y Unicornio. Es respuesta a una anónima

Muy Señor mío: Aunque habiendo V... ocultado en la suya, sin que yo pueda adivinar el motivo, no sólo la persona, mas también el lugar de donde escribe, es preciso que yo ignore a quién, y a dónde debo dirigir la respuesta. No me quita esto la esperanza de que llegue a sus manos; porque estando yo en ánimo de estamparla en mi segundo Tomo de Cartas, y viendo por la de V... que es aficionado a mis Escritos, puedo suponer, que deseará ver esta nueva producción mía, y por consiguiente en ella se verá respondido. Réstame empero, por aquella omisión, la duda del tratamiento que debo dar a V... Veo en la Carta señas de ser por lo menos Señoría, pero que no desdicen de que sea Excelencia; ¿y qué sé yo si Alteza? Así me resuelvo a dejar lo del tratamiento de blanco, para que V... coloque el que le corresponde.
Díceme V... por vía de impugnación a lo que en el segundo Tomo del Teatro, disc. 2., escribí del Unicornio, que los Autores Naturalistas, que han escrito que no hay Rinocerontes, Unicornios terrestres, han estado en un error, lo que se prueba con un Rinoceronte, que se trajo vivo a Bruselas en el mes de Junio del presente año de 1743, el cual añade V... que su ayuda de Cámara, que se hallaba a la sazón en Bruselas, tuvo la curiosidad de ver como puesto en espectáculo a toda la Ciudad. La relación del Ayuda de Cámara, copiada por V... contiene lo siguiente: «Esta bestia no tiene más de cuatro años, y pesa tres mil quinientas libras; pero no ha crecido todavía lo que ha de crecer. Tiene un cuerno debajo de los ojos, el cual, aún no tiene más que un pie de largo, por razón de ser todavía cachorro; pero con el tiempo será de una vara como otros. Estos animales viven cien años. Comen todos los días cincuenta libras de heno, y veinticinco de pan, y beben catorce cubos de agua. Es tan alto como un buey de Frisia; y aunque tiene las piernas muy cortas, dicen, que corre más que un caballo. El pellejo no tiene pelo, pero está cubierto de una especie de pequeñas conchas. Tiene la cabeza como de ternera, pero mucho mayor. Está siempre el Rinoceronte ocupado en amolar su cuerno, por instinto natural, para defenderse de los Elefantes, que son sus mayores enemigos. Dicen que el Rey de Francia le quiere comprar para tenerle en Versalles.» Hasta aquí la relación, sobre la cual, y sobre lo que V... supone en ella, tengo que hacer uno, u otro reparo.
Entra V... suponiendo, que los Rinocerontes son los mismos que se llaman Unicornios terrestres. Es verdad que hay Autores que los confunden; pero los más, y mejores los distinguen, ya por la estatura, dando mucho mayor corpulencia al Rinoceronte; ya por el sitio del cuerno, el cual en el Unicornio sale de la frente, y en el Rinoceronte de la nariz; ya por el tamaño de él, suponen de mucha mayor longitud en el Unicornio que en el Rinoceronte; ya por la piel, que es pelosa en el Unicornio, y no en el Rinoceronte. También es común distinguirlos por el capítulo de la virtud alevifármaca, que conceden al cuerno del Unicornio, y niegan al del Rinoceronte.
Supuesta la distinción dicha, es claro, que la descripción hecha por el Ayuda de Cámara no cuadra al Unicornio, sí sólo al Rinoceronte; ya porque tiene el cuerno, no en la frente, o sobre los ojos, sino debajo de ellos, y por consiguiente en la nariz; ya por su pequeñez: pues aunque en la relación se pretende, que en llegando a su mayor incremento, será largo una vara, esto se me hace enteramente inverisímil, no teniendo ahora más que un pie, cuando ya la bestia es de tan gran corpulencia que pesa tres mil quinientas libras, pues un tercio más que creciese, el más agigantado Elefante no le igualaría; y comúnmente se le atribuye al Rinoceronte algo menor estatura que al Elefante, aunque algunos pretenden que sea igual. Y a la verdad, aún dudo que el mayor Elefante exceda el peso de tres mil quinientas libras. Finalmente, persuade que el de Bruselas es Rinoceronte, la piel cubierta, como dice la relación, con una especie de pequeñas conchas; lo que coincide con lo que dice Gesnero de un Rinoceronte, que en su tiempo se trajo a Portugal, cuya piel estaba llena de costras escamosas: Idem testantur, qui nostro saeculo belluam in Lusitania viderunt: pellem enim habere praedensam aiunt, ceu crustis quibusdam squamatim contextam (Gesner. in Rhinocer.)
Lo que añade el Ayuda de Cámara, que esa fiera está siempre ocupada en amolar el cuerno, por natural instinto, para defenderse de los Elefantes, juzgo inverisímil. Lo que dicen Plinio, Solino, Eliano, y otros Naturalistas es, que afila el cuerno cuando se prepara para pelear con el Elefante: Cornu ad saxa limato praeparat se pugna (Plin. lib. 8. cap. 20.) Sea esto así, lo que acaso nadie vió, pero ¿no se viene a los ojos, que si estuviese afilando siempre el cuerno le gastaría enteramente, y en vez de preparar la única arma que tiene para la pelea se desarmaría del todo? Supongo que algunos de tantos noveleros, como concurrieron a ver la fiera, se lo dijo el Ayuda de Cámara, y éste por falta de reflexión lo creyó.
También hallo alguna dificultad en el enorme peso de tres mil quinientas libras. Ya arriba dije, que acaso el mayor Elefante no pesa más. Pero permitamos, que éste arribe al peso de cuatro mil, que son ciento sesenta arrobas. Si la bestia de Bruselas, siendo aún cachorro, como sienta la relación, pesa tres mil quinientas, cuando crezca todo lo que puede crecer pesará cinco, o seis mil, o más: con que será mucho mayor que el mayor Elefante, lo que no pienso haya dicho algún Naturalista.
Convengo en que nada de esto quita que la relación sea verdadera en lo substancial, y como tal la admito, haciendo la distinción que se debe entre lo que al referente informaron sus ojos, y las noticias que adquirió por los oídos. Es justo que a él creamos lo primero, aunque él incautamente haya creído lo segundo. Pero supuesta como verdadera la relación, lo que ella nos presenta no es la bestia a quien particularmente damos el nombre de Unicornio, sino la que con nombre específico se llama Rinoceronte.
A quien particularmente, digo, damos el nombre de Unicornio; porque tomada esta voz genéricamente, y según toda la amplitud de su significación, también es adaptable, no sólo al Rinoceronte, mas también a otras algunas bestias que sólo tienen un cuerno, como son el Asno Indico, la Rupicapra Oriental, la llamada Origes, y otras. Hasta siete especies de brutos unicornes cuenta Jacobo Delechamp en su Comentario de Plinio. Sobre lo que acaso no hizo reflexión el doctísimo Autor de la Bibliografía Crítica, cuando pensó exhibir contra mí una prueba concluyente de la existencia del Unicornio terrestre con la especie, que trae nuestro Calmet en su Diccionario Bíblico, de ciertos Jesuitas Portugueses que vieron, y sustentaron Unicornios en la Etiopía: Quin & PP. Iesuitae Lusitani, & vidisse se, & aluisse in Aethiopia Unicornes testantur: pues para salvar la verdad de esta noticia no es menester, que aquéllos fuesen los que particularmente, y específicamente están en posesión de este nombre, pudiendo entenderse la voz como genérica de cualquiera de las muchas bestias, que no tienen más que un cuerno. Y que aquel grande Expositor la tomó en este sentido, se colige con evidencia de dos cosas: la una, que en la cláusula inmediata antecedente, a que es relativa la conjunción quin et, &c. No habla del Unicornio propiamente tal, y que posee este nombre como específico, sino del Rinoceronte: Cosmas Monachus Aegyptius ita Rhinocerontem describit, quasi notissima esset in Aethiopia bellua. Quin et, &c. La otra, la duda que en la misma parte muestra en orden a la existencia del Unicornio: Ex his plane, quae hucusque narrata sunt, satis intelligimus ea, quae de Unicornibus in Itinerariis narrantur, vel fabellas esse meras vel plura, ac varia belluarum genera unum, idemque reputari. ¿Cómo pudiera quedar dudoso en orden a la existencia del Unicornio propiamente tal, si de él entendiese la noticia que dan unos testigos tan calificados?
La confusión de los Autores, que nota Calmet en el citado pasaje, es ciertamente tan grande, que apenas sobre otro algún punto de Historia Natural se hallará mayor, ni acaso igual; pues debajo de un mismo nombre nos proponen animales de diferentes figuras, y tamaños, extendiendo asimismo esta diversidad a los cuernos de que están armados. Con todo, la mayor, y mejor parte de ellos está convenida en distinguir el Rinoceronte del Unicornio, ya por la mayor corpulencia de aquél, ya porque el cuerno del Rinoceronte nace de la nariz, y es breve como de pie y medio, y recorvo hacia arriba: el del Unicornio largo, recto, y sale de la frente.
La perplejidad, que con las varias descripciones inducen los Naturalistas, se aumenta, o se confirma conla inspección de los cuernos, entre sí diversísimos, que se muestran en varios gabinetes, y todos con el título de ser de Unicornios. Aunque a la verdad, la duda que se funda en esta diversidad, se pudiera allanar con un pensamiento que me ha ocurrido; y es, que verisímilmente esos cuernos, o algunos de ellos no son naturales, sino monstruosos. Como la naturaleza dentro de la clase de los animales, en orden a los miembros, se aparte muchas veces de las reglas comunes, dando a tal, o tal miembro una configuración, y magnitud muy distinta de la ordinaria: ¿por qué no podrá en brutos de una misma especie producir cuernos muy distintos en tamaños, y figura?
En conclusión, yo me mantengo en la incertidumbre, que manifesté en el lugar citado arriba del Teatro Crítico, sobre la existencia de bestia particular de las circunstancias que allí señaló en el num. 13. Y en cuanto a la virtud elexifármica universal, que atribuyen a aquel cuerno, no quedo en la misma indiferencia, antes resueltamente la juzgo fabulosa. También en el uso, y manifestación de esta virtud discrepan los Autores. Unos dicen, que disipa la cualidad venenosa, infundiéndose en el licor inficionado de ella, o echando el licor en un vaso hecho de él: otros que sudando demuestra el veneno que se pone a su vista. Y ya no faltan quienes también refieran esta maravilla del cuerno del Rinoceronte. Herbelot en su Biblioteca Oriental, v. Kerkedan (esto es el nombre que los Persas dan al Rinoceronte) dice, que los Reyes de la India tienen en sus mesas el cuerno de este animal, porque con su sudor se descubre cualquier veneno que pongan en ellas: Car elle sue al`aproche de quelque venin que ce soit. Crealo quien quisiere, que yo creo en Dios, a quien suplico guarde a V.. muchos años.
NOTA. No disimularé al Lector, que temo mucho que la noticia, que recibí del Rinoceronte de Bruselas, sea ficción de algún ocioso. Así de mi dictamen debe suspender el asenso, hasta que se le confirme por otra parte.





Tomo 4

Carta XIV-


Contra el abuso de acelerar más que conviene los Entierros

Exc.MOSeñor
Há diez y nueve años que dí a luz el V Tomo del Teatro Crítico, y en él un Discurso importantísimo, con el título de: Señales de muerte actual, que es el VI de aquel Tomo: importantísimo, digo, porque es sobre el importantísimo asunto de precaver, que los cuerpos humanos se entierren antes que se separe de ellos el alma; mostrando en él con varios ejemplos, que no pocas veces sucede esta funestísima tragedia. Pero con admiración he visto, que aunque ésta es una cosa en que supremamente se interesa todo el Género Humano, no ha producido mi advertencia alguna enmienda en el abuso de exponerse a ese riesgo; pues los Entierros, después acá (cuanto ha llegado a mi noticia), se aceleran del mismo modo que antes.
El docto Médico Romano Paulo Zaquías, escribió algo de esta materia en el lib. 5 de sus Cuestiones Médico-Legales, tit. 2, quaest. 12; pero mucho menos de lo que exige la importancia del asunto.
Con mucha mayor extensión Gaspar de los Reyes en su Campo Elysio, quaest. 79, donde refiere innumerables casos de sujetos que fueron creídos difuntos, y después se vió que no lo estaban. Pero aún dejo mucho que decir; y en lo que omitió hallé materia bastante para escribir algo de nuevo en el Discurso citado, y aún quedó no poco que añadir en esta Carta.
Bien deseaba yo, y aun esperaba que otros me ayudasen en tan útil empeño, considerando que mis fuerzas solas mal podrían detener la impetuosa corriente de tan general abuso. Al fin vino este socorro; y vino de aquel Gazofilacio Literario, de donde en el adelantamiento de las Ciencias, y Artes útiles, y necesarias se distribuyen otros muchos al mundo; esto es, de la Ciudad de París.
Nueve años después que yo dí a luz el citado Discurso; esto es, en el de 1742 pareció en París un libro intitulado: Disertación sobre la incertidumbre de las señales de muerte, y abusos de los Entierros, y embalsamamientos precipitados, su Autor Jacobo Benigno Vinslow, Doctor Regente de la Facultad de Medicina de París, de la Academia Real de las Ciencias, Médico doctísimo, y uno de los mayores, o acaso absolutamente el mayor Anatomista que hoy tiene la Europa. Pero aunque digo con verdad que este socorro vino de París, no es razón ocultar la parte que en él tuvo la gran Bretaña; pues aunque Mons. Vinslow es Profesor en Francia, debió su nacimiento a Inglaterra.
Este Escrito, aunque de bastante cuerpo, no salió entonces completado, ni se completó hasta el año de 45, en que se produjo otro más abultado con el mismo título, expresándose en él, que es segunda parte del referido. Ninguno de los dos libros he visto, sí sólo los extractos que sacaron de ellos los Diaristas de Trevoux. Pero los extractos bastan para darme a conocer, por los casos bien testificados que citan, que los que se entierran vivos son mucho más que los que yo pensaba hasta ahora; en lo que me confirmo, por muchas noticias pertenecientes a la misma materia, que después de escrito el expresado Discurso leí en algunos libros, y adquirí en varias conversaciones; lo que irritó mi celo para proseguir con esfuerzo en el empeño de persuadir la abolición de la perniciosa costumbre de acelerar más que conviene los Entierros.
Mas recelando siempre que el nuevo Escrito que destino a este fin, aun ilustrado con nuevas razones, y noticias, no produzca más efecto que el antecedente, sino fomentando con un poderos auxilio de otro orden; me vino al pensamiento, que el más eficaz que puedo solicitar es, que algún sujeto de ilustre autoridad, bien penetrado de la importancia del motivo, dentro del recinto donde su persuasión puede tener fuerza de ley, la emplee en desterrar, con la introducción de la práctica opuesta, la arriesgada aceleración de los Entierros. Y como por una parte en ninguno conozco, ni celo, ni capacidad superior a la de V.S.I. para conducir este intento al pretendido fin, y sé por otra, que la veneración que el Público tributa a su eminente piedad, y doctrina infunde en su ejemplo una grande actividad moral, para hacerse seguir de otros muchos; por lograr uno, y otro resolví dirigir a V.S.I. esta Carta, en que expongo lo que me ha parecido más oportuno a persuadir su asunto, tan satisfecho de mi bien fundada esperanza, como de mi acertada elección.
Dijo Aristóteles, Illmo. Señor, que de todo lo que es terrible, lo más terrible es la muerte: Mors autem maxime omnium est terribilis (Ethic. lib. 3, cap. 6). Sí. Toda muerte es muy terrible; pero más, o menos, según son mayores, o menores los dolores, y angustias que acompañan aquel amargo tránsito del ser a no ser; o hablando más propiamente, de este mundo a otro, del tiempo a la eternidad. ¿Pero cuál será la más terrible de todas? Juzgo que la que padece uno a quien entierran vivo. Lleváronle al sepulcro engañados de un síncope, o una apoplejía. Despierta, o vuelve en sí de allí a algunas horas, y conoce el infeliz estado en que se halla; ¿qué congojas hay iguales a las que experimenta aquel desdichado? Cuanto yo diga par explicarlas no será tanto como cualquiera puede imaginar. Creo que sean las únicas que se pueden comparar con las del infierno.
Pero si el caso es rarísimo, o sumamente extraordinario, no deberá su consideración aterrar mucho. La lástima es, que no son tan infrecuentes esos casos como comúnmente se imagina. Son muchos, y bien testificados los que Monsieur Vinslow refiere de personas que volvieron en sí, no sólo algunas horas, mas aun días enteros después de su imaginada muerte: y Monsieur Bruhier, Médico también de París, que tradujo del Latín al Francés la Disertación de Vinslow, añade a los que éste refiere una buena cantidad de otros; cuyas dos listas aún se pueden engrosar con los que yo estampé en el Discurso del Tomo V del Teatro, y con otros algunos que añadiré de nuevo; sobre los cuales, si se amontonan los que se pueden leer en la cuestión 79 del Campo Elysio de Gaspar de los Reyes, se hallará resultar en el cúmulo de todos una multitud que espanta.
Rara vez se puede saber con certeza que determinado sujeto particular se restituyó al sentido, y conocimiento, después de colocado en el sepulcro; porque rara vez ocurre el caso de reconocerlo por casualidad, u de examinarlo de intento. Cuéntase que se halló uno, u otro (entre ellos el Emperador Zenón) con las manos despedazadas; porque agitados de un despecho rabioso, habían hecho ese estrago con sus proprios dientes. Cuando se practicaba, y donde aún hoy se practica sepultar los cadáveres en bovedillas, o en urnas de plomo, o mármol, o en troncos huecos de árboles, como se usa en algunas Naciones, bárbaras, fácil es que suceda eso; pero muy difícil en nuestro modo común de enterrar; porque ¿cómo ha de dar movimiento a sus miembros un cuerpo oprimido de mucha tierra recalcada, y de una gruesa losa? Sin embargo, no me atrevo a darlo por absolutamente imposible; porque en aquel terrible estado de agonía puede el ánimo excitar el cuerpo a violentísimos impulsos, como se dice que los frenéticos tienen más pujanza que los sanos.
Mas aunque sólo en un rarísimo caso se pueda saber de sujeto determinado que fue enterrado vivo, con gran probabilidad se puede inferir, que no son rarísimos los que padecen tan funesta fatalidad. Son, o han sido muchos los que juzgados muertos, se recobraron antes que los sepultasen; o ya porque volvieron en breve del accidente, o ya porque quedó el cuerpo insepulto, o ya porque alguna casualidad hizo retardar el Entierro. Pero éstos, que acumulados en un globo, se pueden llamar muchos, son poquísimos, respecto de aquellos a quienes creyéndolos muertos, aunque erradamente, no se negó, o retardó el Entierro: Luego siendo en unos, y otros igual el riesgo de que se crea total extinción de la vida, lo que sólo fue un accidente, aunque grave, pasajero, es supremamente probable que fueron muchísimos más los que volvieron en sí dentro del sepulcro, que los que tuvieron la dicha de restaurarse fuera de él.
Ni se me diga que aunque los conduzcan al sepulcro, luego, sofocándolos la tierra, y losa sobrepuestas, pasará a verdadera la muerte imaginada. Esta respuesta nada vale, sabiéndose que algunos han vivido muchas horas, aun faltándoles enteramente la respiración. En la Carta IX del segundo Tomo, número 1, y 2 referí los casos de un ciego, y una niña, que estuvieron debajo del agua, ésta una hora, y aquél hora y media, por consiguiente faltándoles enteramente la respiración, sin perder la vida. En la Asamblea pública de la Sociedad Regia de León de Francia, celebrada a 23 de Abril de 1749 se testificó, que una niña de diez y siete años, natural de Lugar de Cluni, después de estar sumergida del mismo modo más de dos horas, se recobró enteramente con el remedio que expondré abajo.
Pero casos más admirables nos ofrecen en el libro citado arriba Monsieur Vinslow, y Monsieur Bruhier. Un Suizo, nadador de profesión, estuvo ahogado nueve horas; no obstante lo cual, extraído, vivió. La sumersión de un Jardinero de Troningolm (creo que es Lugar de Suecia), que yendo a socorrer a otro, que se ahogaba, rompiéndose el hielo que le sostenía, cayó al fondo, duró hasta diez y seis horas; y aunque le sacaron penetrado del frío, y casi helado, no dejó de vivir. Mucho más singular es lo de una mujer que estuvo tres días en el mismo estado, y se salvó. Los dos Autores citan los Médicos que refieren estos hechos. Y Paulo Zaquías, sobre la fe de Alejandro Benedicto, escribe, que algunos sumergidos se salvaron habiendo estado debajo del agua hasta cuarenta y ocho horas.
Muchos mirarán como quiméricos estos hechos. Mas yo les preguntaré ¿de dónde les consta su imposibilidad? Filósofos son los que los refieren; lo cual no harían, si los juzgasen imposibles. Basta esto para que los que no lo son, y por consiguiente carecen de principios para asentir, u disentir, suspendan por lo menos el disenso. De la misma calidad darán por imposible que ave alguna se conserve mucho tiempo debajo del agua. Sin embargo, varios Naturalistas afirman haberse visto pelotones de ellas, unidas unas a otras por los picos, en el fondo de algunos ríos; y el Padre Kirquer, Autor sin duda muy grave, dice, que en Polonia tal vez los Pescadores las sacan presas en sus anzuelos. ¿Quién puede asegurar que en algunos cuerpos humanos no haya tal disposición preternatural, que por ellas sean capaces de vivir mucho tiempo sin respiración, como sucede al feto en el claustro materno? Lo que en la Carta IX del segundo Tomo referí del ciego de Pamplona, y de la niña de Estella son hechos constantes; y a favor del primero tengo el testimonio o, por tantos títulos respetable, del señor Don Tiburcio de Aguirre, entonces Fiscal del Consejo de Pamplona, hoy Consejero del Consejo Real de las Órdenes, y Capellán Mayor de las Descalzas Reales. Y siendo cierto, que un hombre puede vivir hora y media sin respiración alguna; ¿qué principio tenemos para limitar puntualmente el espacio de tiempo hasta donde puede vivir del mismo modo? Lo de los Buzos del Oriente es cosa que saben infinitos.
Pero yo para nada he menester que sean verdaderos los casos de los que estuvieron días enteros, o muchas horas debajo del agua. Una, dos, o tres, en que esto sea factible, bastan para mi intento. Antes de terminarse el espacio de tiempo, y aun a los primeros golpes que da el sepulturero con el mazo, o con los pies sobre la tierra, o sobre la lápida, puede despertar de su síncope el mísero a quien enterraron vivo; y vele aquí cruelísimamente atormentado de aquellas infernales congojas que insinué arriba. ¿Qué hombre habrá de corazón tan valiente, que al considerar esto no se estremezca, y mucho más si hace la reflexión de que él está expuesto a padecer la misma desventura?
Supongo que no todos los que se entierran vivos convalecerían perfectamente del mal que los redujo al estado de parecer muertos, para vivir algún tiempo considerable, aunque no los enterrasen; pero convalecerían algunos de éstos, y no pocos, así como de iguales accidentes convalecieron algunos, y no pocos de aquellos a quienes la dilación del Entierro dio lugar para recobrarse. Contemplen, pues, los que son causa para que los Entierros se aceleren, el riesgo a que se exponen de ser homicidas, no como quiera, mas ocasionando una muerte la más amarga de todas.
La cautela para evitar tan horrible daño, tanto debe ser mayor, cuanto es difícil, y aun en los más casos imposible, reconocer alguna seña segura de que el que parece cadáver, realmente lo es. Paulo Zaquías, a quien siguen otros, dice, que no hay otra que la putrefacción incipiente. ¿Pero qué evidencia se puede tener de que empezó la putrefacción? ¿El color lívido? Ya se notó en muchos que estaban vivos. ¿La total falta de pulsación, y de respiración? Digo lo propio. ¿El mal olor? Algunos enfermos le exhalan tan malo como los cadáveres en el principio de su putrefacción.
De aquí se colige, que la más atenta inspección de los Médicos no siempre puede precaver el gravísimo inconveniente de entregar al sepulcro algunos vivos. Y siendo esto así, ¿con cuánta mayor frecuencia se incidirá en él, cuando en esto se procede tumultuariamente, y con la misma inconsideración con que se trataría el cadáver de un perro, como se hizo en algunos casos de reciente data, que voy a referir? El primero sucedió en el Real Hospital de Palencia, donde arrojaron en la fosa un enfermo, y le cubrieron de tierra juzgándole muerto; y echando sobre él mismo otro cuerpo el día siguiente, o porque el golpe de este despertó al enterrado el día antecedente, o porque casualmente concurrió en aquel punto la emersión del deliquio, se halló que estaba vivo, y vivió algunos años después, ejerciendo el oficio de sepulturero: Realmente, ninguno más apto para ejercerle, pues su experiencia le haría más cauto para evitar a otros el riesgo en que él se halló, que comúnmente lo son los que se emplean en el mismo oficio.
El segundo, en cierta Ciudad de estos Reinos, que no nombro, porque se vendría por ella en conocimiento de los culpados, a quienes quiero evitar la confusión que de ahí les resultaría, aunque ellos la merecían, como castigo de su temeridad. Referiré la noticia como me la escribió un amigo de la más exacta veracidad, que estaba en el mismo Pueblo, y se informó punto por punto de todas las circunstancias del caso. Expresa éste lo primero el nombre del sujeto de la tragedia, que es preciso callar, por el mismo motivo que me obliga a callar el nombre del Pueblo; y luego prosigue así:
« Este Caballero padecía un continuo privilegio, ocasionado de los vivos dolores que le causaba el accidente de piedra, de que adolecía. Y para que se mitigase la sensación dolorosa, y pudiese conciliar el sueño, le recetaron los Médicos, que le asistían, cierta poción, en que entraron cinco granos de láudano. Tomada como a las seis de la tarde, y a breve rato le sobrevino una suspensión soporosa, que se le fue aumentando por grados hasta dejarle privado de sentido, y movimiento: de modo, que habiéndole reconocido los Médicos como a las nueve de la noche le declararon por difunto. En este concepto se dispuso luego una caja, en la cual pusieron el cadáver, y la cerraron con la tapa muy bien clavada. En cuya forma le llevaron a la una de la misma noche en un coche a toda diligencia al Lugar de N. distante dos leguas de esta Ciudad, donde retenía su Entierro. Y habiendo llegado a cosa de las tres, al tiempo de sacar la caja del coche, se observó estaba bañado en sangre, de la que había corrido del cuerpo creído difunto. Y no obstante, sin hacer otro examen, le depositaron en la Iglesia, y enterraron la mañana siguiente».
¿A quién no asombrará la estupidez de los Médicos? No me meto ahora en si la dosis del láudano fue excesiva; porque acaso los dolores, que pretendían atajar, eran tan vehementes, que ponían en mayor riesgo la vida, que el que se podía esperar de la fuerte dosis del medicamento. Pero la inmediata precedencia de este narcótico, y más siendo algo cuantioso al accidente, por sí sola bastaba a fundar la duda de si aquella era muerte, u deliquio. Y en tales circunstancias, no esperar más que tres horas para declararle difunto, y encerrarle en una caja, donde, si no lo estuviese, podía morir sofocado ¡Oh, ignorancia inaudita! ¿Pero este Caballero no tenía domésticos? ¿No tenía parientes? ¿No tenía vecinos? ¿No tenía amigos? No sólo tenía todo eso, mas también tenía mujer, y hijos. ¿Cómo éstos no impidieron tan enorme atentado? Porque la autoridad de los Médicos, que contra toda razón se tiene para tales decisiones por infalible, contra toda razón engañó a todos.
El tercer caso sucedió en una Aldea de Galicia. Refiriómelo el Padre Maestro Fray Domingo Ibarreta, hoy mi amado Compañero, y Regente de los Estudios de este Colegio. Pasando éste en un viaje suyo por dicha Aldea, hizo la mansión meridiana en la estrecha casita de una pobre Mesonera, a quien halló bañada en lágrimas por la muerte reciente de su marido; y procurando dar algún consuelo a su dolor, le dijo ella, que aunque la afligía mucho la muerte del consorte, pero mucho más la espantosa circunstancia de que, a su parecer, le habían enterrado accidentado, no muerto. Fue el caso, que el accidente fuese mortal, o no, le había sorprehendido en una operación lícita a un conyugado, pero en todos ocasionada a inducir desmayos con pérdida de sentido, y movimiento, como se ha visto muchas veces. Sobre la duda que podía mover esta circunstancia se añadió, que la mujer, al tiempo que trataban de llevarle a la sepultura, reparó que estaba sudando; y aun llegando a tocar el cuerpo, le reconoció algo caliente. ¿Pero de qué sirvieron estas advertencias? De nada. La desdichada mujer exclamó, gritó cuanto pudo para que se suspendiese el Entierro. Mas prevaleció el imperio del Cura, soberano en una triste Aldea; y arrancando el cadáver, o no cadáver de los brazos de su amante esposa, le metieron debajo de tierra. ¿No merecía el Cura, por estúpido (¿y qué sé yo si la codicia, que todo cabe en esa vilísima pasión, tuvo más parte en ello que la estupidez?) ser privado del Curato, y aun del Sacerdocio?
El cuarto fue en la Villa de Avilés, distante cuatro leguas de esta Ciudad. Llevaban a enterrar en el Convento de San Francisco de aquel Pueblo a un vecino, dado por muerto. Pero éste tuvo la dicha, de que pasando el féretro por debajo de la canal que vertía las aguas lluviosas, que caían sobre la casa de un Caballero titulado, descolgándose de ella un buen golpe de agua sobre la cara del que conducían a la Iglesia, de repente le restituyó el dominio de todas sus potencias. No sé si