dibujo de musas



Teatro crítico universal
  • "Música de los templos" 
  • "Paralelo de las lenguas castellana y francesa" 
  • "Defensa de las mujeres" 
  • "Las modas" 
  • "Sabiduría aparente" 
  • "Amor de la patria y pasión nacional" 
  • "Razón del gusto" 
  • "Introducción de voces nuevas" 
  • "Racionalidad de los brutos" 
  • "Valor de la nobleza, e influjo de la sangre" 
  • Cartas eruditas y curiosas
  • "Sobre el tránsito de las arañas de un tejado a otro" 
  • "De algunas providencias económicas en orden a tabaco, y chocolate" 
  • "Sobre la continuación de Milagros en algunos Santuarios" 
  • "Sobre los Duendes" 
  • "La elocuencia es naturaleza, y no Arte" 
  • "Origen de la costumbre de Brindar" 
  • "Del judío errante" 
  • "De la vana y perniciosa aplicación a buscar Tesoros escondidos" 
  • "Sobre el Rinoceronte, y Unicornio. Es respuesta a una anónima" 
  • "Contra el abuso de acelerar más que conviene los Entierros" 
  • "Señales previas de Terremotos" 



  • Teatro crítico universal

    Música de los templos

    I
         En los tiempos antiquísimos, si creemos a Plutarco, sólo se usaba la música en los templos, y después pasó a los teatros. Antes servía para decoro del culto; después se aplicó para estímulo del vicio. Antes sólo se oía la melodía en sacros himnos; después se empezó a escuchar en cantinelas profanas. Antes era la música obsequio de las deidades; después se hizo lisonja de las pasiones. Antes estaba dedicada a Apolo; después parece que partió Apolo la protección de este arte con Venus. Y como si no bastara para apestar las almas ver en la comedia pintado el atractivo del deleite con los más finos colores de la retórica y con los más ajustados números de la poesía, por hacer más activo el veneno, se confeccionaron la retórica y la poesía con la música.
         Esta diversidad de empleos de la música indujo también como era preciso mover distintos afectos en el teatro que en el templo, se discurrieron distintos modos de melodía, a quienes corresponden, como ecos suyos, diversos afectos en la alma. Para el templo se retuvo el modo que llamaban dorio, por grave, majestuoso y devoto. Para el teatro hubo diferentes modos, según eran diversas las materias. En las representaciones amorosas se usaba el modo lidio, que era tierno y blando; y cuando se quería avivar la moción, el mixo-lidio, aún más eficaz y patético que el lidio. En las belicosas el modo frigio, terrible y furioso. En las alegres y báquicas, el eolio, festivo y bufonesco. El modo subfrigio servía de calmar los violentos raptos que ocasionaba el frigio; y así había para otros afectos otros modos de melodía.
         Si estos modos de los antiguos corresponden a los diferentes tonos de que usan los modernos, no está del todo averiguado. Algunos autores lo afirman, otros lo dudan. Yo me inclino más a que no, por la razón de que la diversidad de nuestros tonos no tiene aquel influjo para variar los afectos, que se experimentaba en la diversidad de los modos antiguos.


    II
         

         Así se dividió en aquellos retirados siglos la música entre el templo y el teatro, sirviendo promiscuamente a la veneración de las aras y a la corrupción de las costumbres. Pero aunque esta fue una relajación lamentable, no fue la mayor que padeció este arte nobilísimo; porque esta se guardaba para nuestro tiempo. Los griegos dividieron la música, que antes, como era razón, se empleaba toda en el culto de la deidad, distribuyéndola entre las solemnidades religiosas y las representaciones escénicas; pero conservando en el templo la que era propia del templo, y dando al teatro la que era propia del teatro. Y en estos últimos tiempos ¿qué se ha hecho? No sólo se conservó en el teatro la música del teatro, mas también la música propia del teatro se trasladó al templo.
         Las cantadas que ahora se oyen en las iglesias son, en cuanto a la forma, las mismas que resuenan en las tablas. Todas se componen de menuetes, recitados, arietas, alegros, y a lo último se pone aquello que llaman grave; pero de eso muy poco, porque no fastidie. ¿Qué es esto? ¿En el templo no debiera ser toda la música grave? ¿No debiera ser toda la composición apropiada para infundir gravedad, devoción y modestia? Lo mismo sucede en los instrumentos. Ese aire de canarios, tan dominante en el gusto de los modernos, y extendido en tantas gigas, que apenas hay sonata que no tenga alguna, ¿qué hará en los ánimos, sino excitar en la imaginación pastoriles tripudios? El que oye en el órgano el mismo menuet que oyó en el sarao, ¿qué ha de hacer, sino acordarse de la dama con quien danzó la noche antecedente? De esta suerte la música, que había de arrebatar el espíritu del asistente desde el templo terreno al celestial, le traslada de la iglesia al festín. Y si el que oye, o por temperamento o por hábito, está mal dispuesto, no parará ahí la imaginación.
         ¡Oh, buen Dios! ¿Es esta aquella música que al grande Augustino, cuando aún estaba mutante entre Dios y el mundo, le exprimía gemidos de compunción y lágrimas de piedad? «¡Oh, cuánto lloré (decía el Santo hablando con Dios, en sus Confesiones), conmovido con los suavísimos himnos y cánticos de tu Iglesia! Vivísimamente se me entraban aquellas voces por los oídos, y por medio de ellas penetraban a la mente tus verdades. El corazón se encendía en afectos, y los ojos se deshacían en lágrimas.» Este efecto hacía la música eclesiástica de aquel tiempo; la cual, como la lira de David, expelía el espíritu malo, que aún no había dejado del todo la Ión de Augustino; y advocaba el bueno: la de este tiempo expele el bueno, si le hay, y advoca al malo. El canto eclesiástico de aquel tiempo era como el de las trompetas de Josué, que derribó los muros de Jericó; esto es, las pasiones que fortifican la población de los vicios. El de ahora es como el de las sirenas, que llevaban los navegantes a los escollos.

    III

         ¡Oh, cuánto mejor estuviera la Iglesia con aquel canto llano, que fue el único que se conoció en muchos siglos, y en que fueron los máximos maestros del orbe los monjes de san Benito, incluyendo en primer lugar a san Gregorio el Grande y al insigne Guido Aretino, hasta que Juan de Murs, doctor de la Sorbona, inventó las notas, que señalan la varia duración de los puntos. En verdad que no faltaban en la sencillez de aquel canto melodías muy poderosas para conmover y suspender dulcemente los oyentes. Las composiciones de Guido Aretino se hallaron tan patéticas, que, llamado de su monasterio de Arezzo por el papa Benedicto VIII, no le dejó apartar de su presencia hasta que le enseñó a cantar un versículo de su Antifonario, como se puede ver en el cardenal Baronio, al año de 1022. Este fue el que inventó el sistema músico moderno, o progresión artificiosa, de que aún hoy se usa, y se llama la escala de Guido Aretino, y juntamente la pluralidad armoniosa de las voces y variedad de consonancias, la cual, si, como es más verosímil, fue conocida de los antiguos, ya estaba perdida del todo su noticia.
         Una ventaja grande tiene el canto llano, ejecutado con la debida pausa, para el uso de la Iglesia; y es, que, siendo por su gravedad incapaz de mover los afectos que se sugieren en el teatro, es aptísimo para inducir los que son propios del templo. ¿Quién, en la majestad sonora del himno Vexilla Regis, en la gravedad festiva del Pange lingua, en la ternura luctuosa del Invitatorio de difuntos, no se siente conmovido, ya a veneración, ya a devoción, ya a la lástima? Todos los días se oyen estos cantos, y siempre agradan; al paso que las composiciones modernas, en repitiéndose cuatro o seis veces, fastidian.
         No por eso estoy reñido con el canto figurado, o, como dicen comúnmente, de órgano. Antes bien conozco que hace grandes ventajas al llano, ya porque guarda sus acentos a la letra, lo que en el llano es imposible, ya porque la diferente duración de los puntos hace en el oído aquel agradable efecto que en la vista causa la proporcionada desigualdad de los colores. Sólo el abuso que se ha introducido en el canto de órgano, me hace desear el canto llano; al modo que el paladar busca ansioso el manjar menos noble, pero sano, huyendo del más delicado si está corrupto.


    IV
         

         ¿Qué oídos bien condicionados podrán sufrir en canciones sagradas aquellos quiebros amatorios, aquellas inflexiones lascivas, que, contra las reglas de la decencia, y aun de la música, enseñó el demonio a las comediantas, y éstas a los demás cantores? Hablo de aquellos leves desvíos que con estudio hace la voz del punto señalado; de aquellas caídas desmayadas de un punto a otro, pasando no sólo por el semitono, mas también por todas las comas intermedias; tránsitos que ni caben en el arte, ni los admite la naturaleza.
         La experiencia muestra que las mudanzas que hace la voz en el canto, por intervalos menudos, así como tienen en sí no sé qué de blandura afeminada, no sé qué de lubricidad viciosa, producen también un afecto semejante en los ánimos de los oyentes, imprimiendo en su fantasía ciertas imágenes confusas, que no representan cosa buena. En atención a esto, muchos de los antiguos, y especialmente los lacedemonios, repudiaron, como nocivo a la juventud, el género de música llamado cromático, el cual, introduciendo bemoles y substenidos, divide la octava en intervalos más pequeños que los naturales. Oigamos a Cicerón: Chromaticum creditur repudiatum pridie fuisse genus, quod adolescentuna remollescerent eo genere animi; Lacedaemones improbasse feruntur. Supónese que con más razón reprobaron también el género llamado inarmónico, el cual, añadiendo más bemoles y substenidos, y juntándose con los otros dos géneros diatónico y cromático, que necesariamente le preceden, deja dividida la octava en mayor número de intervalos, haciéndolos más pequeños; por consiguiente, en esta mixtura, desviándose la voz a veces del punto natural por espacios aún más cortos, conviene a saber, los semitonos menores, resulta una música más molificante que la del cromático.
         ¿No es harto de lamentar que los cristianos no usemos de la precaución que tuvieron los antiguos, para que la música no pervierta en la juventud las costumbres? Tan lejos estamos de eso, que ya no se admite por buena aquella música que, así en las voces humanas como en los violines, no introduce los puntos que llaman extraños, a cada paso, pasando en todas las partes del diapasón del punto natural al accidental, y esta es la moda. No hay duda que estos tránsitos, manejados con sobriedad, arte y genio, producen un efecto admirable, porque pintan las afecciones de la letra con mucha mayor viveza y alma que las progresiones del diatónico puro, y resulta una música mucho más expresiva y delicada. Pero son poquísimos los compositores cabales en esta parte, y esos poquísimos echan a perder a infinitos, que queriendo imitarlos, y no acertando con ello, forman con los extraños que introducen, una música ridícula, unas veces insípida, otras áspera; y, cuando menos lo yerran, resulta aquella melodía de blanda y lasciva delicadeza, que no produce ningún buen efecto en la alma, porque no hay en ella expresión de algún afecto noble, si sólo de una flexibilidad lánguida y viciosa. Si con todo quisieren los compositores que pase está música, porque es de la moda, allá se lo hayan con ella en los teatros y en los salones; pero no nos la metan en las iglesias, porque para los templos no se hicieron las modas. Y si el oficio divino no admite mudanza de modas, ni en vestiduras, ni en ritos, ¿por qué la ha de admitir en las composiciones músicas?
         El caso es, que esta mudanza de modas tiene en el fondo cierto veneno, el cual descubrió admirablemente Cicerón, cuando advirtió que en la Grecia, al paso mismo que declinaron las costumbres hacia la corruptela, degeneró la música de su antigua majestad hacia la afectada molicie, o porque la música afeminada corrompió la integridad de los ánimos, o porque, perdida y estragada ésta con los vicios, estragó también los gustos, inclinándolos a aquellas bastardas melodías que simbolizan más con sus costumbres: Civitatumque hoc multarum in Graecia interfuit, antiquum vocum servare modum: quarum mores lapsi, ad mollitiem pariter sunt inmutati in cantibus; aut hac dulcedine, corruptelaque depravati, ut quidam putant; aut cum severitas morum ab alia vitio cecidi set, tum fuit in auribus animisque, mutatis etiam, huic mutationi locus. De suerte que el gusto de esta música afeminada, o es efecto, o causa, de alguna relajación en el ánimo. Ni por eso quiero decir que todos los que tienen este gusto adolecen de aquel defecto. Muchos son de severísimo genio y de una virtud incorruptible, a quien no tuerce la música viciada; pero gustan de ella, sólo porque oyen que es de la moda, y aun muchos sin gustar dicen que gustan, sólo porque no los tengan por hombres del siglo pasado, o como dicen, de calzas atacadas, y que no tienen la delicadeza de gusto de los modernos.


    V
         

         Sin embargo, confieso que hoy salen a luz algunas composiciones excelentísimas, ahora se atienda la suavidad del gusto, ahora la sutileza del arte. Pero a vueltas de estas, que son bien raras, se producen innumerables que no pueden oírse. Esto depende, en parte, de que se meten a compositores los que no lo son, y en parte, de que los compositores ordinarios se quieren tomar las licencias que son propias de los maestros sublimes.
         Hoy le sucede a la música lo que a la cirugía. Así como cualquiera sangrador de mediana habilidad luego toma el nombre y ejercicio de cirujano, del mismo modo cualquiera organista o violinista de razonable destreza se mete a positor. Esto no les cuesta más que tornar de memoria aquellas reglas generales de consonancias y disonancias; des buscan el airecillo que primero ocurre, o el que más les da, de alguna sonata de violines, entre tantas como se ha ya manuscritas, ya impresas; forman el canto de la letra aquel tono, y siguiendo aquel rumbo luego, mientras que la voz canta, la van cubriendo por aquellas reglas generales con un acompañamiento seco, sin imitación ni primor alguno; y en las pausas de la voz entra la bulla de los violes, por el espacio de diez o doce compases, o muchos más, en la forma misma que la hallaron en la sonata de donde hicieron el hurto. Y aun eso no es lo peor, sino que algunas veces hacen unos borrones terribles, o ya porque, para dar a entender que alcanzan más que la composición trivial, introducen falsas, sin prevenirlas ni abonarlas; o ya porque, viendo que algunos compositores ilustres, pasando por encima de las reglas comunes, se toman algunas licencias, como dar dos quintas o dos octavas seguidas, lo cual sólo ejecutan en caso de entrar un paso bueno, o lograr otro primor armonioso, que sin esa licencia no se pudiera conseguir (y aun eso es con algunas circunstancias y limitaciones), toman osadía para hacer lo mismo sin tiempo ni propósito, con que dan un batacazos intolerables en el oído.
         Los compositores ordinarios, queriendo seguir los pasos de los primorosos, aunque no caen en yerros tan grosero vienen a formar una música, unas veces insípida y otras áspera. Esto consiste en la introducción de accidentales y mudanza de tonos dentro de la misma composición, de que lo maestros grandes usan con tanta oportunidad, que no sólo dan a la música mayor dulzura, pero también mucho más valiente expresión de los afectos que señala la letra. Alguno extranjeros hubo felices en esto pero ninguno más que nuestro don Antonio de Literes, compositor de primer orden, acaso el único que ha sabido juntar toda la majestad y dulzura de la música antigua con el bullicio de la moderna; pero en el manejo de los puntos accidentales es singularísimo, pues casi siempre que los introduce, dan una energía a la música, correspondiente al significado de la letra, que arrebata. Esto pide ciencia y numen; pero mucho más numen que ciencia; y así, se hallan en España maestros de gran conocimiento y comprehensión, que no logran tanto acierto en esta materia; de modo que en sus composiciones se admira sutileza del arte, sin conseguirse la aprobación del oído.
         Los que están desasistidos de genio, y por otra parte gozan no más que una mediana inteligencia de la música, meten falsas, introducen accidentales y mudan tonos, sólo por la moda lo pide, y porque se entienda que saben manejar estos sainetes; pero por la mayor parte no logran sainete alguno, y aunque no faltan a las reglas comunes, las composiciones salen desabridas; de suerte que, ejecutadas en templo, conturban los corazones de los oyentes, en vez producir en ellos aquella dulce calina que se requiere para la devoción y recogimiento interior.
         Entre los primeros y los segundos media otro género de compositores, que aunque más que medianamente hábiles, son los peores para las composiciones sagradas. Estos son aquellos que juegan de todas las delicadezas de que es capaz la música; pero dispuestas de modo, que forman una melodía bufonesca. Todas las irregularidades de que usan, ya en falsas, ya en accidentales, están introducidas con gracia; pero una gracia muy diferente de aquella que san Pablo pedía en el cántico eclesiástico, escribiendo a los colosenses: In gratia cantantes in cordibus vestris Deo; porque es una gracia de chufleta, una armonía de chulada; y así, los mismos músicos llaman jugueticos y monadas a los pasajes que encuentran más gustosos en este género. Esto es bueno para el templo? Pase norabuena en el patio de las comedias, en el salón de los saraos; pero en la casa de Dios chuladas, monadas y juguetes! ¿No es este un abuso impío? Querer que se tenga por culto de la deidad, ¿no es un error abominable? ¿Qué efecto hará esta música en los que asisten a los oficios? Aun a los mismos instrumentistas, al tiempo de la ejecución, los provoca a gestos indecorosos y a unas risillas de mojiganga. En los demás oyentes no puede influir sino disposiciones para la chocarrería y la chulada.
         No es esto querer desterrar la alegría de la música; sí sólo la alegría pueril y bufona. Puede la música ser gustosísima y juntamente noble, majestuosa, grave, que excite a los oyentes a afectos de respeto y devoción. O, por mejor decir, la música más alegre y deliciosa de todas es aquella que induce una tranquilidad dulce en la alma, recogiéndola en sí misma y elevándola, digámoslo así, con un género de rapto extático sobre su propio cuerpo, para que pueda tornar vuelo el pensamiento hacia las cosas divinas. Esta es la música alegre, que aprobaba san Agustín como útil en el templo, tratando de nimiamente severo a san Atanasio en reprobarla; porque su propio efecto es levantar los corazones abatidos de las inclinaciones terrenas a los afectos nobles: Ut per haec oblectamenta aurium infirmior animus in affectum pietatis assurgat.
         Es verdad que son pocos los maestros capaces de formar esta noble melodía, pero los que no pueden tanto, conténtense con algo menos, procurando siquiera que sus composiciones inclinen a aquellos actos interiores, que de justicia se deben a los divinos oficios, o por lo menos, que no exciten a los actos contrarios. En todo caso, aunque sea arriesgándose al desagrado del concurso, evítense esos sainetes cosquillosos que tienen cierto oculto parentesco con los afectos vedados; pues de los dos males en que puede caer la música eclesiástica, menos inconveniente es que sea escándalo de las orejas, que el que sea incentivo de los vicios.


    VI
         

         Bien se sabe el poder que tiene la música sobre las almas para despertar en ellas o las virtudes o los vicios. De Pitágoras se cuenta que, habiendo con música apropiada inflamado el corazón de cierto joven en un amor insano, le calmó el espíritu y redujo al bando de la continencia mudando de tono. De Timoteo, músico de Alejandro, que irritaba el furor bélico de aquel príncipe, de modo que echaba mano a las armas, como si tuviera presentes los enemigos. Esto no era mucho porque conspiraba con el arte del agente la naturaleza del paso. Algunos añaden que le aquietaba después de haberle enfurecido, y Alejandro, que jamás volvió a riesgo alguno la espalda, venía a ser fugitivo entonces de su propia ira. Pero más es lo que se refiere de otro músico con Enrique II, rey de Dinamarca, llamado el Bueno; porque con un tañido furioso exacerbó la cólera del Rey en tanto grado, que arrojándose sobre sus domésticos, mató a tres o cuatro de ellos; y hubiera pasado adelante el estrago, si violentamente no le hubieran detenido. Esto fue mucho de admirar, porque era aquel rey de índole sumamente mansa y apacible.
         No pienso que los músicos de estos tiempos puedan hacer estos milagros. Y acaso tampoco los hicieron los antiguos, que estas historias no se sacaron de la Sagrada Escritura. Pero por lo menos, es cierto que la música, según la variación de las melodías, induce en el ánimo diversas disposiciones, unas buenas y otras malas. Con una nos sentimos movidos a la tristeza, con otra a la alegría; con una a la clemencia, con otra a la saña; con una a la fortaleza, con otra a la pusilanimidad, y así de las demás inclinaciones.
         No habiendo duda en esto, tampoco la hay en que el maestro que compone para los templos, debe, cuanto es de su parte, disponer la música de modo que mueva aquellos afectos más conducentes para el bien espiritual de las almas y para la majestad, decoro y veneración de los divinos oficios. Santo Tomás, tocando este punto en la 2.ª 2.ª quaest. 91. artic. 2, dice, que fue saludable la institución del canto en las iglesias, para que los ánimos de los enfermos, esto es, los de flaco espíritu, se excitasen a la devoción: Et ideo salubriter fuit institutum, ut in Divinas laudes cantus assumerentur, ut animi infirmorum magis excitarentur ad devotionem. ¡Ay, Dios! ¿Qué dijera el Santo si oyera en las iglesias algunas canciones, que en vez de fortalecer a los enfermos enflaquecen a los sanos; que en vez de introducir la devoción en el pecho, la destierran de la alma; que en vez de elevar el pensamiento a consideraciones piadosas, traen a la memoria algunas cosas ilícitas? Vuelvo a decir, que es obligación de los músicos, y obligación grave, corregir este abuso.
         Verdaderamente, yo, cuando me acuerdo de la antigua seriedad española, no puedo menos de admirar que haya caído tanto, que sólo gustemos de las músicas de tararira. Parece que la celebrada gravedad de los españoles, ya se redujo sólo a andar envarados por las calles. Los italianos nos han hecho esclavos de su gusto, con la falsa lisonja de que la música se ha adelantado mucho en este tiempo. Yo creo que lo que llaman adelantamiento, es ruina, o está muy cerca de serlo. Todas las artes intelectuales, de cuyos primores son con igual autoridad jueces el entendimiento y el gusto, tienen un punto de perfección, en llegando al cual, el que las quiere adelantar, comúnmente las echa a perder.
         Acaso le sucederá muy presto a la Italia (si no sucede ya) con la música, lo que le sucedió con la latinidad, oratoria y poesía. Llegaron estas facultades en el siglo de Augusto a aquel estado de propiedad, hermosura, gala y energía natural en que consiste su verdadera perfección. Quisieron refinarlas los que sucedieron a aquel siglo, introduciendo adornos impropios y violentos, con que las precipitaron de la naturalidad a la afectación, y de aquí cayeron después a la barbarie. Bien satisfechos estaban los poetas que sucedieron a Virgilio y los oradores que sucedieron a Cicerón, de que daban nuevos realces a las dos artes; pero lo que hicieron se lo dijo bien claro a los oradores el agudo Petronio, haciéndoles cargo de su ridícula y pomposa afectación: Vos primi omnium eloquentian, perdidistis.


    VII
         

         Para ver si la música en este tiempo padece el mismo naufragio, examinemos en qué se distingue la que ahora se practica de la del siglo pasado. La primera y más señalada distinción que ocurre es la diminución de las figuras. Los puntos más breves que había antes eran las semicorcheas, con ellas se hacía juicio que se ponían, así el canto como el instrumento, en la mayor velocidad, de que sin violentarlos son capaces. Pareció ya poco esto, y se inventaron no há mucho las tricorcheas, que parten por mitad las semicorcheas. No paró aquí la extravagancia de los compositores, y inventaron las cuatricorcheas, de tan arrebatada duración, que apenas la fantasía se hace capaz de cómo en un compás pueden caber sesenta y cuatro puntos. No sé que se hayan visto hasta este siglo figuradas las cuatricorcheas en alguna composición, salvo en la descripción del canto del ruiseñor, que a la mitad del siglo pasado hizo estampar el padre Kircher, en el libro I de su Musurgia universal; y aun creo que tiene aquella solfa algo de lo hiperbólico; porque se me hace difícil que aquella ave, bien que dotada de órgano tan ágil, pueda alentar sesenta y cuatro puntos distintos, mientras se alza y baja la mano en un compás regular.
         Ahora digo que esta diminución de figuras, en vez de perfeccionar la música, la estraga enteramente, por dos razones: la primera es, porque rarísimo ejecutor se hallará que pueda dar bien ni en la voz ni en el instrumento puntos tan veloces. El citado padre Kircher dice que, habiendo hecho algunas composiciones de canto difíciles y exóticas (yo creo que no serían tanto como muchas de la moda de hoy), no halló en toda Roma cantor que las ejecutase bien. ¿Cómo se hallarán en cada provincia, mucho menos en cada catedral, instrumentistas ni cantores, que guarden exactamente así el tiempo como la entonación de esas figuras menudísimas, añadiéndose muchas veces a esta dificultad la de muchos saltos extravagantes, que también son de la moda? Semejante solfa pide en la garganta una destreza y volubilidad prodigiosa, y en la mano una agilidad y tino admirable; y así, en caso de componerse así, había de ser solamente para uno u otro ejecutor singularísimo que hubiese en esta o aquella corte, pero no darse a la imprenta para que ande rodando por las provincias; porque el mismo cantor que con una solfa natural y fácil agrada a los oyentes, los descalabra con esas composiciones difíciles; y en las mismas manos en que una sonata de fácil ejecución suena con suavidad y dulzura, la que es de arduo manejo sólo parece greguería.
         La segunda razón porque esa diminución de figuras destruye la música es, porque no se da lugar al oído para que perciba la melodía. Así como aquel deleite que tienen los ojos en la variedad bien ordenada de colores no se lograra, si cada uno fuese pasando por la vista con tanto arrebatamiento, que apenas hiciese distinta impresión en el órgano (y lo mismo es de cualesquiera objetos visibles), ni más ni menos, si los puntos en que se divide la música son de tan breve duración, que el oído no pueda actuarse distintamente de ellos, no percibe armonía, sino confusión. Así este inconveniente segundo como el primero, se hacen mayores por el abuso que cometen en la práctica los instrumentistas modernos; los cuales, aunque sean de manos torpes, generalmente hacen ostentación de tañer con mucha velocidad, y comúnmente llevan la sonata con más rapidez que quiere el compositor, ni pide el carácter de la composición. De donde se sigue perder la música su propio genio, faltar a la ejecución lo más esencial, que es la exactitud en la limpieza, y oír los circunstantes sólo una trápala confusa. Siga cada uno el paso que le prescribe su propia disposición; que si el que es pesado se esfuerza a correr tanto como el veloz, toda la carrera será tropiezos; y si el que sólo es capaz de correr quiere volar, presto se hará pedazos.
         La segunda distinción que hay entre la música antigua y moderna consiste en el exceso de ésta en los frecuentes tránsitos del género diatónico al cromático y inarmónico, mudando a cada paso los tonos con la introducción de substenidos y bemoles. Esto, como se dijo arriba, es bueno cuando se hace con oportunidad y moderación; pero los italianos hoy se propasan tanto en estos tránsitos, que sacan la armonía de sus quicios. Quien no lo quisiere creer, consulte desnudo de toda preocupación sus orejas, cuando oyere canciones o sonatas que abundan mucho de accidentales.
         La tercera distinción está en la libertad que hoy se toman los compositores para ir metiendo en la música todas aquellas modulaciones, que les van ocurriendo a la fantasía, sin ligarse a imitación o tema. El gusto que se percibe en esta música suelta, y digámoslo así, desgreñada, es sumamente inferior al de aquella hermosa ordenación con que los maestros del siglo pasado iban siguiendo con amenísima variedad un paso, especialmente cuando era de cuatro voces; así como deleita mucho menos un sermón de puntos sueltos, aunque conste de buenos discursos, que aquel que, con variedad de noticias y conceptos, va siguiendo conforme a las leyes de la elocuencia el hilo de la idea, según se propuso al principio lo planta. No ignoran los extranjeros el subido precio de estas, composiciones, ni faltan entre ellos algunas de este género excelentes pero comúnmente huyen de ellas, porque son trabajosas; y así, si una u otra introducen algún paso, luego le dejan, dando libertad a la fantasía para que se vaya por donde quisiere. Los extranjeros que vienen a España, por lo común son unos meros ejecutores, y así no pueden formar este género de música, porque pide más ciencia de la que tienen; pero para encubrir su defecto, procurarán persuadir acá a todos, que eso de seguir pasos no es de la moda.


    VIII
         

         Esta es la música de estos tiempos, con que nos han regalado los italianos, por mano de su aficionado el maestro Durón, que fue el que introdujo en la música de España las modas extranjeras. Es verdad que después acá se han apurado tanto éstas, que si Durón resucitara, ya no las conociera; pero siempre se le podrá echar a él la culpa de todas estas novedades, por haber sido el primero que les abrió la puerta, pudiendo aplicarse a los aires de la música italiana, lo que cantó Virgilio de los vientos:
    Qua data porta ruunt, et terras turbine perflant.
         Y en cuanto a la música, se verifica ahora en los españoles, respecto de los italianos, aquella fácil condescendencia a admitir novedades, que Plinio lamentaba en los mismos italianos respecto de los griegos: Mutatur quotidie ars interpolis, et ingeniorum graciae statu impellimur.
         Con todo, no faltan en España algunos sabios compositores, que no han cedido del todo a la moda, o juntamente con ella saben componer preciosos restos de la dulce y majestuosa música antigua, entre quienes no puedo excusarme de hacer segunda vez memoria del suavísimo Literes, compositor verdaderamente de numen original, pues en todas sus obras resplandece un carácter de dulzura elevada, propia de su genio, y que no abandona aun en los asuntos amatorios y profanos, de suerte que aun en las letras de amores y galanterías cómicas tiene un género de nobleza, que sólo se entiende con la parte superior de la alma; y de tal modo despierta la ternura, que deja dormida la lascivia. Yo quisiera que este compositor siempre trabajara sobre asuntos sagrados; porque el genio de su composición es más propio para fomentar afectos celestiales que para inspirar amores terrenos. Si algunos echan menos en él aquella desenvoltura bulliciosa que celebran en otros, por eso mismo me parece a mi mejor, porque la música, especialmente en el templo, pide una gravedad seria, que dulcemente calme los espíritus; no una travesura pueril, que incite a dar castañetadas. Componer de este modo es muy fácil, y así lo hacen muchos; del otro es difícil, y así lo hacen pocos.


    IX
         

         Lo que se ha dicho hasta aquí del desorden de la música de los templos, no comprehende sólo las cantadas en lengua vulgar; mas también salmos, misas, lamentaciones y otras partes del oficio divino, porque en todo se ha entrado la moda. En lamentaciones impresas he visto aquellas mudanzas de aires, señaladas con sus nombres, que se estilan en las cantadas. Aquí se leía grave, allí airoso, acullá recitado. ¡Qué! ¿a un en una lamentación, no puede ser todo grave? ¿Y es menester que entren los airecillos de las comedias en la representación de los más tristes misterios? Si en el cielo cupiera llanto, lloraría de nuevo Jeremías al ver aplicar tal música a sus trenos. ¿Es posible que en aquellas sagradas quejas, donde cada letra es un gemido, donde, según varios sentidos, se lamentan, ya la ruina de Jerusalén por los caldeos, ya el estrago del mundo por los pecados, ya la aflicción de la Iglesia militante en las persecuciones, ya, en fin, la angustia de nuestro Redentor en sus martirios, se han de oír airosos y recitados? En el Alfabeto de los penitentes, como llaman algunos expositores a los trenos de Jeremías, ¿han de sonar los aires de festines y serenatas? ¡Con cuánta más razón se podía exclamar aquí, con la censura de Séneca contra Ovidio, porque en la descripción de un objeto tan trágico como el diluvio de Deucalión, introdujo algún verso tanto cuanto ameno! Non est res satis sobria lascivire devorato orbe terrarum. No sonó tan mal la cítara de Nerón cuando estaba ardiendo Roma, como suena la armonía de los bailes, cuando se están representando tan lúgubres misterios.
         Y sobre delinquirse en esto, contra las reglas de la razón, se peca también contra las leyes de la música, las cuales prescriben que el canto sea apropiado a la significación de la letra; y así, donde la letra toda es grave y triste, grave y triste debe ser todo el canto.
         Es verdad que contra esta regla, que es una de las más cardinales, pecan muy frecuentemente los músicos en todo género de composiciones, unos por defecto, y otros por exceso. Por defecto, aquellos que forman la música sin atención alguna al genio de la letra; pero en tan grosera falta apenas caen sino aquellos que no siendo verdaderamente compositores, no hacen otra cosa que tejer retazos de sonatas o coser arrapiezos de las composiciones de otros músicos. Por exceso yerran los que, observando con pueril escrúpulo la letra, arreglan el canto a lo que significa cada dicción de por sí, y no al intento de todo el contexto. Explicaráme un ejemplo de que usa el padre Kircher corrigiendo este abuso. Trazaba un compositor el canto para este versículo: Mors festinat luctuosa. Pues ¿qué hizo? En las voces mors y luctuosa metió una solfa triste; pero en la voz festinat, que está en medio, como significa celeridad y presteza, plantó unas carrerillas alegres, que al rocín más pesado, si las oyera, le harían dar cabriolas. Otro tanto y aun peor, vi en una de las lamentaciones que cité arriba, la cual, en la cláusula Deposita est vehementer non habens consolatorem, señalaba airoso. ¡Qué bien viene lo airoso para aquella lamentable caída de Jerusalén, o de todo el género humano, oprimido del peso de sus pecados, con la agravante circunstancia de faltar consuelo en la desdicha! Pero la culpa tuvo aquel adverbio vehementer, porque la expresión de vehemencia le pareció al compositor que pedía música viva; y así, llegando allí, apretó el paso, y para el vehementer gastó en carrerillas unas cuarenta corcheas; siendo así que aun esta voz, mirada por sí sola, pedía muy otra música, porque allí significa lo mismo que gravissime, expresando enérgicamente aquella pesadez, o pesadumbre, con que la ciudad de Jerusalén, agobiada de la brumante carga de sus pecados, dio en tierra con templo, casas y muros.
         En este defecto cayó, más que todos, el célebre Durón, en tanto grado, que, a veces, dentro de una misma copla variaba seis u ocho veces los afectos del canto, según se iban variando los que significaban por sí solas las dicciones del verso. Y aunque era menester para esto grande habilidad, como de hecho la tenía, era muy mal aplicada.


    X
         

         Algunos (porque no dejemos esto por decir) juzgan que el componer la música apropiada a los asuntos, consiste mucho en la elección de los tonos; y así, señalan uno para asuntos graves, otro para los alegres, otro para los luctuosos, etc. Pero yo creo que esto hace poco o nada para el caso, pues no hay tono alguno en el cual no se hayan hecho muy expresivas y patéticas composiciones para todo género de afectos. El diferente lugar que ocupan los dos semitonos en el diapasón, que es en lo que consiste la distinción de los tonos, es insuficiente para inducir esa diversidad; ya porque donde quiera que se introduzca un accidental (y se introducen a cada paso) altera ese orden; ya porque varias partes, o las más de la composición, variando los términos, cogen los semitonos en otra positura que la que tienen, respecto del diapasón. Pongo por ejemplo: aunque el primer tono, que empieza en Delasotre, vaya por este orden, primero un tono, luego un semitono después tres tonos, a quienes sigue otro, y en fin, un tono; los diferentes rasgos de la composición, tomado cada uno de por sí, no siguen ese orden, porque uno empieza en el primer semitono, otro en el tono que está después de él, y así de todas las demás partes del diapasón, y acaban donde más bien le parece al compositor, con que en cada rasgo de la composición se varía la positura de los semitonos, tanto como en los diferentes diapasones, que constituyen la diversidad de los tonos.
         Esto se confirma con que los mayores músicos están muy discordes en la designación de los tonos, respectivamente a diversos afectos. El que uno tiene por alegre, otro tiene por triste; el que uno por devoto, otro por juguetero. Los dos grandes jesuitas, el padre Kircher y el padre Dechales, están en esto tan opuestos, que un mismo tono le caracteriza el padre Kircher de este modo: Harmoniosus, magnificus, et regia majestate plenus. Y el padre Dechales dice: Ad tripudia et choreas est comparatus, diciturque propterea lascivus; y poco menos discrepan en señalar los caracteres de otros tonos, bien que no de todos.
         Lo dicho se entiende de la diversidad esencial de los tonos, que consiste en la diversa positura de los semitonos en el diapasón; pero no de la diversidad accidental, que consiste en ser más altos o más bajos. Esta algo puede conducir, porque la misma música puesta en voces más bajas, es más religiosa y grave, y trasladada a las altas, perdiendo un poco de la majestad, adquiere algo de viveza alegre, por cuya razón soy de sentir que las composiciones para las iglesias no deben ser muy subidas; pues sobre que las voces en el canto van comúnmente violentas, y por tanto suenan ásperas, carecen de aquel fácil juego que es menester para dar las afecciones que pide la música, y aun muchas veces claudican en la entonación; digo que, a más de estos inconvenientes, no mueven tanto los afectos de respeto, devoción y piedad, como si se fomaran en tono más bajo.


    XI
         

         Por la misma razón estoy mal con la introducción de los violines en las iglesias. Santo Tomás, en el lugar citado arriba, quiere que ningún instrumento músico se admita en el templo, por la razón de que estorba a la devoción aquella delectación sensible que ocasiona la música instrumental; pero esta razón es difícil de entender, habiendo dicho el Santo que la delectación que se percibe en el canto, induce a devoción a los espíritus flacos, y no parece que hay disparidad de una a otra, porque si se dice que la significación de la letra que se canta, ofreciendo a la memoria las cosas divinas, hace que la delectación en el canto sirva como de vehículo que lleve el corazón hacia ellas, lo mismo sucederá en la delectación del instrumento que acompaña la letra y el canto. Añádese a esto, que el Santo en el mismo lugar aprueba el uso de los instrumentos músicos en la sinagoga, por la razón de que aquel pueblo, como duro y carnal, convenía que con este medio se provocase a la piedad. Luego, por lo menos para semejantes genios, convienen en la iglesia los instrumentos músicos; y por consiguiente, siendo de este jaez muchísimos de los que concurren a la iglesia en estos tiempos, siempre serán de grande utilidad los instrumentos. Fuera de que, no puedo entender cómo la delectación sensible que ocasiona la música instrumental induzca a devoción a los que por su dureza están menos dispuestos para ella, y la impida en los que tienen el corazón más apto para el culto divino.
         Conozco y confieso que es mucho más fácil que yo no entienda a santo Tomás, que no que el Santo dejase de decir muy bien. Mas en fin, la práctica universal de toda la Iglesia autoriza el uso de los instrumentos. El caso está en la elección de ellos; y por mí digo que los violines son impropios en aquel sagrado teatro; sus chillidos, aunque armoniosos, son chillidos, y excitan una viveza como pueril en nuestros espíritus, muy distante de aquella atención decorosa que se debe a la majestad de los misterios, especialmente en este tiempo, que los que componen para violines ponen estudio en hacer las composiciones tan subidas, que el ejecutor vaya a dar en el puente con los dedos.
         Otros instrumentos hay respetuosos y graves, como el arpa, el violón, la espineta, sin que sea inconveniente de alguna monta que falten tiples en la música instrumental; antes con esto será más majestuosa y seria, que es lo que en el templo se necesita. El órgano es un instrumento admirable, o un compuesto de muchos instrumentos. Es verdad que los organistas hacen de él, cuando quieren, gaita y tamboril, y quieren muchas veces.


    XII
         

    No será fuera del intento, antes muy conforme a él, decir aquí algo de la poesía que hoy se hace para las cantadas del templo, o como llaman, a lo divino. Sin temeridad me atreveré a pronunciar, que la poesía en España está mucho más perdida que la música. Son infinitos los que hacen coplas, y ninguno es poeta. Si se me pregunta cuáles son las artes más difíciles de todas, responderé que la médica, poética y oratoria; y si se me pregunta cuáles son más fáciles, responderé que la poética, oratoria y médica. No hay licenciado que, siquiere, no haga coplas. Cuantos religiosos sacerdotes hay, suben al púlpito y cuantos estudian medicina, hallan partido; pero ¿adónde está el médico verdaderamente sabio, el poeta cabal y el orador perfecto?
         Nuestro eruditísimo monje don Juan de Mabillón, en su libro de Estudios monásticos, dice que un poeta excelente es una alhaja rarísima; y yo me conformo con su dictamen, porque, si se mira bien, ¿dónde se encuentra, entre tantas coplas como salen a luz, una sola que, dejando otras muchas calidades, sea juntamente natural y sublime, dulce y eficaz, ingeniosa, clara, brillante sin afectación, sonora sin turgencia, armoniosa sin impropiedad, corriente sin tropiezo, delicada sin melindre, valiente sin dureza, hermosa sin afeite, noble sin presunción, conceptuosa sin obscuridad? Casi osaré decir, que quien quisiere hallar un poeta que haga versos de este modo, le busque en la región donde habita el fénix.
         Por lo menos en España, según todas las apariencias, hoy no hay que buscarle, porque está la poesía en un estado lastimoso. El que menos mal lo hace (exceptuando uno u otro raro), parece que estudia en cómo lo ha de hacer mal. Todo el cuidado se pone en hinchar el verso con hipérboles irracionales y voces pomposas; con que sale una poesía hidrópica confirmada, que da asco y lástima verla. La propiedad y naturalidad, calidades esenciales, sin las cuales, ni la poesía ni la prosa jamás pueden ser buenas, parece que andan fugitivas de nuestras composiciones. No se acierta con aquel resplandor nativo que hace brillar el concepto; antes los mejores pensamientos se desfiguran con locuciones afectadas, al modo que cayendo el aliño de una mujer hermosa en manos indiscretas, con ridículos afeites se le estraga la belleza de las facciones.
         Esto en general de la poesía española moderna; pero la peor es la que se oye en las cantilenas sagradas. Tales son, que fuera mejor cantar coplas de ciegos, porque al fin estas tienen sus afectos devotos, y su misma rústica sencillez está en cierto modo haciendo señas a la buena intención. Toda la gracia de las cantadas que hoy suenan en las iglesias, consiste en equívocos bajos, metáforas triviales, retruécanos pueriles; y lo peor es, que carecen enteramente de espíritu y moción, que es lo principal o lo único que se debiera buscar. En esta parte han pecado aun los buenos poetas. Don Antonio de Solís fue sin duda nobilísimo ingenio, y que entendió bien todos los primores de la poesía, excediéndose a sí mismo, y excediendo a todos, en pintar los afectos con tan propias, íntimas y sutiles expresiones, que parece que los da mejor a conocer su pluma que la experiencia. Con todo, en sus letrillas sacras se nota una extraña decadencia, pues no se encuentra en ellas aquella nobleza de pensamientos, aquella delicadeza de expresiones, aquella moción de afectos, que se halla a cada paso en otras poesías líricas suyas; y no es porque le faltase numen para asuntos sagrados, pues sus endechas a la conversión de San Francisco de Borja son lo mejor que hizo, y acaso lo más sublime que hasta ahora se ha compuesto en lengua castellana.
         Creo que esto ha dependido de que, así Solís como otros poetas de habilidad, a estas letrillas que se hacen para las festividades, las han mirado como cosa de juguete, siendo así, que ninguna otra composición puede atenderse con tanta seriedad. ¿Qué asunto más no le que el de estas composiciones, donde ya se elogian las virtudes de los santos, ya se representa la excelencia de los misterios y atributos divinos? Aquí es donde se habían de esforzar más los que tienen numen. ¿Qué empleo más digno de un genio ventajoso que pintar la hermosura de la virtud, de suerte que enamore; representar la fealdad del vicio, de modo que horrorice; elogiar a Dios y a sus santos, de forma que el elogio encienda a la imitación y al culto? Lo grande la poesía es aquella actividad persuasiva, que se mete dentro de la alma, y mueve el corazón hacia la parte que quiere el poeta. Este no es juego de niños, dice nuestro Mabillón hablando de la poesía; mucho menos será juego de niños la poesía sagrada. Con todo la que se canta en nuestras iglesias no es otra cosa.
         Aun aquellos cuyas composiciones se estiman, no hacen otra cosa que preparar los conceptillos que les ocurren sobre el asunto; y aunque no tengan entre sí unión de respeto o conducencia a algún designio, los distribuyen en las coplas; de modo que todo lo que se llama dicho o concepto, aunque uno vaya para Flandes y otro para Marruecos, se hace que entre en el contexto; y como cada copla diga algo (así se explican), aunque sea sin moción, espíritu ni fuerza, más es, aunque sea sin orden, ni dirección a fin determinado, se dice que es buena composición, como no merece el nombre de composición, como no merece el nombre de edificio un montón de piedras, ni el nombre de pintura cualquiera agregado de colores.
         La sentencia aguda, el chiste, el donaire, el concepto, son adornos precisos de la poesía; pero se han de ver en ella, no como que son buscados con estudio, sí como que al poeta se le vienen a la mano. Él ha de seguir su camino según en rumbo propuesto, echando mano solo de aquellas flores que encuentra al paso, o que nacen en el mismo camino. Así lo hicieron aquellos grandes maestros, los Virgilios, los Ovidios, los Horacios y cuanto tuvo de ilustre la antigüedad en este arte. Hacer coplas, que no son más que unas masas informes de conceptillos, es una cosa muy fácil, y juntamente muy inútil, porque no hay en ellas, ni cabe, alguno de los primores altos de la poesía. ¿Qué digo, primores altos de la poesía? Ni aun las calidades que son de su esencia.
         Pero aún no he dicho lo peor que hay en las cantadas a lo divino; y es que, ya que no todas, muchísimas están compuestas al genio burlesco; ¡con gran discreción por cierto, porque las cosas de Dios son cosas de entremés! ¿Qué concepto darán del inefable misterio de la Encarnación mil disparates puestos en las bocas de Gil y Pascual? Déjolo aquí, porque me impaciento de considerarlo. Y a quien no le disonare tan indigno abuso por sí mismo, no podré yo convencerle con argumento alguno.




    Paralelo de las lenguas castellana y francesa
    I
         Dos extremos, entrambos reprehensibles, noto en nuestros españoles, en orden a las cosas nacionales: unos las engrandecen hasta el cielo; otros las abaten hasta el abismo. Aquellos, que ni con el trato de los extranjeros, ni con la lectura de los libros, espaciaron su espíritu fuera del recinto de su patria, juzgan que cuanto hay de bueno en el mundo está encerrado en ella. De aquí aquel bárbaro desdén con que miran a las demás naciones, asquean su idioma, abominan sus costumbres, no quieren escuchar, o escuchan con irrisión, sus adelantamientos en artes y ciencias. Bástales ver a otro español con un libro italiano o francés en la mano, para condenarle por genio extravagante y ridículo. Dicen que cuanto hay bueno y digno de ser leído, se halla escrito en los dos idiomas latino y castellano; que los libros extranjeros, especialmente franceses, no traen de nuevo sino bagatelas y futilidades; pero del error que padecen en esto, diremos algo abajo.
         Por el contrario, los que han peregrinado por varias tierras, o sin salir de la suya, comerciado con extranjeros, si son picados tanto cuanto de la vanidad de espíritus amenos, inclinados a lenguas y noticias, todas las cosas de otras naciones miran con admiración, las de la nuestra con desdén. Sólo en Francia, pongo por ejemplo, reinan, según su dictamen, la delicadeza, la policía, el buen gusto: acá todo es rudeza y barbarie. Es cosa graciosa ver a algunos de estos nacionalistas (que tomo por lo mismo que antinacionales) hacer violencia a todos sus miembros, para imitar a los extranjeros en gestos, movimientos y acciones, poniendo especial estudio en andar como ellos andan, sentarse como se sientan, reírse como se ríen, hacer la cortesía como ellos la hacen, y así de todo lo demás. Hacen todo lo posible por desnaturalizarse, y yo me holgaría que lo lograsen enteramente, porque nuestra nación descartase tales figuras.
         Entre estos, y aun fuera de estos, sobresalen algunos apasionados amantes de la lengua francesa, que, prefiriéndola con grandes ventajas a la castellana, ponderan sus hechizos, exaltan sus primores, y no pudiendo sufrir ni una breve ausencia de su adorado idioma, con algunas voces que usurpan de él, salpican la conversación, aun cuando hablan en castellano. Esto, en parte, puede decirse que ya se hizo moda; pues los que hablan castellano puro, casi son mirados como hombres del tiempo de los godos.




    Defensa de las mujeres

    I
         En grave empeño me pongo. No es ya sólo un vulgo ignorante con quien entro en la contienda: defender a todas las mujeres, viene a ser lo mismo que ofender a casi todos los hombres, pues raro hay que no se interese en la precedencia de su sexo con desestimación del otro. A tanto se ha extendido la opinión común en vilipendio de las mujeres, que apenas admite en ellas cosa buena. En lo moral las llena de defectos, y en lo físico de imperfecciones; pero donde más fuerza hace, es en la limitación de sus entendimientos. Por esta razón, después de defenderlas, con alguna brevedad, sobre otros capítulos, discurriré más largamente sobre su aptitud para todo género de ciencias y conocimientos sublimes.
         El falso profeta Mahoma, en aquel mal plantado paraíso, que destinó para sus secuaces, les negó la entrada a las mujeres, limitando su felicidad al deleite de ver desde afuera la gloria que habían de poseer dentro los hombres. Y cierto que sería muy buena dicha de las casadas ver en aquella bienaventuranza, compuesta toda de torpezas, a sus maridos en los brazos de otras consortes, que para este efecto fingió fabricadas de nuevo aquel grande artífice de quimeras. Bastaba para comprehender cuanto puede errar el hombre, ver admitido este delirio en una gran parte del mundo.      Pero parece que no se aleja mucho de quien les niega la bienaventuranza a las mujeres en la otra vida, el que les niega casi todo el mérito en esta. Frecuentísimamente los más torpes del vulgo representan en aquel sexo una horrible sentina de vicios, como si los hombres fueran los únicos depositarios de las virtudes. Es verdad que hallan a favor de este pensamiento muy fuertes invectivas en infinitos libros; en tanto grado, que uno a otro apenas quieren aprobar ni una sola por buena; componiendo, en la que está asistida de las mejores señas, la modestia en el rostro con la lascivia en la alma:
    Aspera si risa est, rigidasque imitata Sabinas,
    Velle, sed ex alto dissimulare puta.
    Contra tan insolente maledicencia, el desprecio y la detestación son la mejor apología. No pocos de los que con más frecuencia y fealdad pintan los defectos de aquel sexo, se observa ser los más solícitos en granjear su agrado. Eurípides fue sumamente maldiciente de las mujeres en sus tragedias, y, según Ateneo y Stobeo, era amantísimo de ellas en su particular: las execraba en el teatro, y las idolatraba en el aposento. El Boccacio, que fue con grande exceso impúdico, escribió contra las mujeres la violenta sátira, que intituló Laberinto del amor. ¿Qué misterio habrá en esto? Acaso con la ficción de ser de este dictamen quieren ocultar su propensión; acaso en las brutales saciedades del torpe apetito se engendra un tedio desapacible, que no representa sino indignidades en el otro sexo. Acaso también se venga tal vez con semejantes injurias la repulsa de los ruegos; que hay hombre tan maldito, que dice que una mujer no es buena, sólo porque ella no quiso ser mala. Ya se ha visto desahogarse en más atroces venganzas esta injusta queja, como testifica el lastimoso suceso de la hermosísima irlandesa madama Duglas. Guillermo Leout, ciegamente irritado contra ella porque no había querido condescender con su apetito, la acusó de crimen de lesa majestad, y probando con testigos sobornados la calumnia, la hizo padecer pena capital. Confesola después el mismo Leout, y refiere el suceso La Mota le Vayer.
         No niego los vicios de muchas. ¡Mas ay! si se aclarara la genealogía de sus desórdenes, ¡cómo se hallaría tener su primer origen en el porfiado impulso de individuos de nuestro sexo! Quien quisiere hacer buenas a todas las mujeres, convierta a todos los hombres. Puso en ellas la naturaleza por antemural la vergüenza, contra todas las baterías del apetito; y rarísima vez se le abre a esta muralla la brecha por la parte interior de la plaza.
         Las declamaciones que contra las mujeres se leen en algunos escritores sagrados, se deben entender dirigidas a las perversas, que no es dudable las hay: y aun cuando miraran en común al sexo, nada se prueba de ahí; porque declaman los médicos de las almas contra las mujeres, como los médicos de los cuerpos contra las frutas, que, siendo en sí buenas, útiles y hermosas, el abuso las hace nocivas. Fuera de que, no se ignora la extensión que admite la oratoria en ponderar el riesgo, cuando es su intento desviar el daño.
         Y díganme los que suponen más vicios en aquel sexo que en el nuestro, ¿cómo componen esto con darle la Iglesia a aquel con especialidad el epíteto de devoto? ¿Cómo, con lo que dicen gravísimos doctores, que se salvarán más mujeres que hombres, a mi atendida la proporción a su mayor número? Lo cual no fundan ni pueden fundar en otra cosa, que en la observación de ver en ellas más inclinación a la piedad.      Ya oigo contra nuestro asunto aquella proposición, de mucho ruido y de ninguna verdad, que las mujeres son causa de todos los males; en cuya comprobación, hasta los ínfimos de la plebe inculcan a cada paso que la Cava indujo la pérdida de toda España, y Eva la de todo el mundo.
         Pero el primer ejemplo absolutamente es falso. El conde don Julián fue quien trajo los moros a España, sin que su hija se lo persuadiese, quien no hizo más que manifestar al padre su afrenta. ¡Desgraciadas mujeres, si en el caso de que un insolente las atropelle, han de ser privadas del alivio de desahogarse con el padre o con el esposo! Eso quisieran los agresores de semejantes temeridades. Si alguna vez se sigue una venganza injusta, será la culpa, no de la inocente ofendida, sino del que la ejecuta con el acero y del que dio ocasión con el insulto, y así, entre los hombres queda todo el delito.      El segundo ejemplo, si prueba que las mujeres en común son peores que los hombres, prueba del mismo modo que los ángeles en común son peores que las mujeres; porque, como Adán fue inducido a pecar por una mujer, la mujer fue inducida por un ángel. No está hasta ahora decidido quién pecó más gravemente, si Adán, si Eva; porque los padres están divididos; y en verdad, que la disculpa que da Cayetano a favor de Eva, de que fue engañada por una criatura de muy superior inteligencia y sagacidad, circunstancia que no ocurrió en Adán, rebaja mucho, respecto de este, el delito de aquella.





    Las modas

    I
         Siempre la moda fue de la moda. Quiero decir que siempre el mundo fue inclinado a los nuevos usos. Esto lo lleva de suyo la misma naturaleza. Todo lo viejo fastidia. El tiempo todo lo destruye. A lo que no quita la vida, quita la gracia. Aun las cosas insensibles tienen, como las mujeres, vinculada su hermosura a la primera edad, y todo donaire pierden al salir de la juventud; por lo menos así se representa a nuestros sentidos, aun cuando no hay inmutación alguna en los objetos.
    Est quoque cunctarum novitas gratissima rerum.
         Piensan algunos que la variación de las modas depende de que sucesivamente se va refinando más el gusto, o la inventiva de los hombres cada día es más delicada. ¡Notable engaño! No agrada la moda nueva por mejor, sino por nueva. Aun dije demasiado. No agrada porque es nueva, sino porque se juzga que lo es, y por lo común se juzga mal. Los modos de vestir de hoy, que llamamos nuevos, por la mayor parte son antiquísimos. Aquel linaje de anticuarios, que llaman medallistas (estudio que en las naciones también es de la moda), han hallado en las medallas, que las antiguas emperatrices tenían los mismos modos de vestidos y tocados que, como novísimos, usan las damas en estos tiempos. De los fontanges que se juzgan invención de este tiempo próximo, se hallan claras señas en algunos poetas antiguos. Juvenal, sátira:
    Tot premit ordinibus, tot adhuc compagibus altum
    Aedificat caput.
         Stacio, silva 2.ª:
    Celsae procul aspice frontis honores,
    Sugestumque comae.
         De, modo que el sueño del año magno de Platón, en cuanto a las modas se hizo realidad. Decía aquel filósofo que, pasado un gran número de años, restituyéndose a la misma positura los luminares celestes, se haría una regeneración universal de todas las cosas; que nacerían de nuevo los mismos hombres, los mismos brutos, las mismas plantas, y aun repetiría la fortuna los mismos sucesos. Si lo hubiera limitado a las modas, no fuera sueño, sino profecía. Hoy renace el uso mismo que veinte siglos ha espiró. Nuestros mayores le vieron decrépito, y nosotros le logramos niño. Enterróle entonces el fastidio, y hoy le resucita el antojo.

    II

         

         Pero aunque en todos tiempos reinó la moda, está sobre muy distinto pie en este que en los pasados su imperio. Antes el gusto mandaba en la moda, ahora la moda manda en el gusto. Ya no se deja un modo de vestir porque fastidia, ni porque el nuevo parece, o más conveniente, o más airoso. Aunque aquel sea y parezca mejor, se deja porque así lo manda la moda. Antes se atendía a la mejoría, aunque fuese sólo imaginada, o por lo menos un nuevo uso, por ser nuevo, agradaba, y hecho agradable, se admitía; ahora, aun cuando no agrade, se admite sólo por ser nuevo. Malo sería que fuese La inconstante el gusto: pero peor es que sin interesarse el gusto haya tanta inconstancia.
         De suerte que la moda se ha hecho un dueño tirano, y sobre tirano, importuno, que cada día pone nuevas leyes para sacar cada día nuevos tributos; pues cada nuevo uso que introduce es un nuevo impuesto sobre las haciendas. No se trajo cuatro días el vestido, cuando es preciso arrimarle como inútil, y sin estar usado, se ha de condenar como viejo. Nunca se menudearon tanto las modas como ahora, ni con mucho. Antes la nueva invención esperaba que los hombres se disgustasen de la antecedente, y a que gustasen lo que se había arreglado a ella. Atendíase al gusto y se excusaba el gasto: ahora todo se atropella. Se aumenta infinito el gusto, a un sin contemplar el gusto.
         Monsieur Henrion, célebre medallista de la academia real de las Inscripciones de París, por el cotejo de las medallas halló que en estos tiempos se reprodujeron en menos de cuarenta años todos los géneros de tocados que la antigüedad invento en la sucesión de muchos siglos. No sucede esto porque los antiguos fuesen menos inventivos que nosotros, sitio porque nosotros somos más extravagantes que los antiguos.
         Ya ha muchos días que se escribió el chiste de un loco que andaba desnudo por las calles con una pieza de paño al hombro, y cuando te preguntaban por qué no se vestía, ya que tenia paño, respondía, que esperaba ver en qué paraban las modas, porque no quería malograr el paño en un vestido, que dentro de poco tiempo, por venir nueva moda, no le sirviese. Leí este chiste en un libro italiano impreso cien años ha. Desde aquel tiempo al nuestro se ha acelerado tanto el rápido movimiento de las modas, que lo que entonces se celebró como graciosa extravagancia de un loco, hoy pudiera pasar por madura reflexión de un hombre cuerdo.

    III

         

         Francia es el móvil de modas. De Francia lo es París, y de París un francés o una francesa, aquel o aquella a quien primero ocurrió la nueva invención. Rara traza, y más eficaz sin duda que aquella de que se jactaba Arquímedes, se halló para que un particular moviese toda la tierra. Los franceses, en cuya composición, según la confesión de un autor suyo, entra por quinto elemento la ligereza, con este arbitrio influyeron en todas las demás naciones su inconstancia, y en todas establecieron una nueva especie de monarquía. Ellos mismos se felicitan sobre este asunto; para lo cual será bien se vea lo que en orden a él razona el discreto Carlos de San Denís, conocido comúnmente por el nombre o título de Señor de San Euremont.
         "No hay país, dice este autor, donde haya menos uso de la razón que en Francia, aunque es verdad que en ninguna parte es más pura que aquella poca que se halla entre nosotros. Comúnmente todo es fantasía; pero una fantasía tan bella y un capricho tan noble en lo que mira al exterior, que los extranjeros, avergonzados de su buen juicio, como de una calidad grosera, procuran hacerse espectables por la imitación de nuestras modas, y renuncian a cualidades esenciales por afectar un aire y unas maneras que casi no es posible que les asienten. Así, esta eterna mudanza de muebles y hábitos que se nos culpa, y que no obstante se imita, viene a ser, sin que se piense en ello, una gran providencia; porque, además del infinito dinero que sacamos por este camino, es un interés más sólido de lo que se cree el tener franceses esparcidos por todas las cortes, los cuales forman el exterior de todos los pueblos en el modelo del nuestro, que dan principio a nuestra dominación, sujetando sus ojos adonde el corazón se opone aun a nuestras leves, y ganan los sentidos en favor de nuestro imperio adonde los sentimientos están aún de parte de la libertad."
         Ahí es nada, a vista de esto, el mal que nos hacen los franceses con sus modas: cegar nuestro buen juicio con su extravagancia, sacarnos con sus invenciones infinito dinero, triunfar como dueños sobre nuestra deferencia, haciéndonos vasallos de su capricho, y en fin, reírse de nosotros como de unos monos ridículos, que queriendo imitarlos, no acertamos con ello.
         En cuanto a que las modas francesas tengan alguna particular nobleza y hermosura, pienso que no basta para creerlo el decirlo un autor apasionado. Las cotillas vinieron de Francia, y en una porción, la más desabrida de las montañas de León, que llaman la tierra de los Arguellos, las usan de tiempo inmemorial aquellas serranas, que parecen más fieras que mujeres. No creo que sus mayores, que las introdujeron, tenían muy delicado el gusto. Si una mujer de aquella tierra pareciese en Madrid antes de venir de Francia esta moda, sería la risa de todo el pueblo; con que el venir de Francia es lo que le da todo el precio. Cada uno hará el juicio conforme a su genio. Lo que por mí puedo decir es, que casi todas las modas nuevas me dan en rostro, exceptuando aquellas que, o cercenan gasto, o añaden decencia.

    IV

         

         Las mujeres, que tanto ansían parecer bien, con la frecuente admisión de nuevas modas, lo más del tiempo parecen mal. Esto en lo moral trae una gran conveniencia. Aunque lo nuevo place, pero no en los primeros días. Aun el que tiene más voltario el gusto ha menester dejar pasar algún tiempo, para que la extrañez de la moda se vaya haciendo tratable a la vista. Como la novedad de manjares al principio no hace buen estómago, lo mismo sucede en los demás sentidos respecto de sus objetos. Por más que se diga que agradan las cosas forasteras, cuando llegan a agradar ya están domesticadas. Es preciso que el trato gaste algún tiempo en sobornar el gusto. La alma no borra en un momento las agradables impresiones que tenía admitidas, y hasta borrar aquellas, todas las impresiones opuestas le son desagradables.
         De aquí viene que al principio parecen mal todas, o casi todas las modas, y como la vista no es precisiva, las mujeres que las usan pierden, respecto de los ojos, mucho del agrado que tenían. ¿Qué sucede, pues? Que cuando con el tiempo acaba de familiarizarse al gusto aquella moda, viene otra moda nueva, que tampoco al principio es del gusto; y de este modo, es poquísimo el tiempo en que logran el atractivo del adorno, o por mejor decir, en que el adorno no les quita mucho del atractivo.
         Yo me figuro que en aquel tiempo que las damas empezaron a emblanquecer el pelo con polvos, todas hacían representación de viejas. Se me hace muy verosímil que alguna vieja de mucha autoridad inventó aquella moda para ocultar su edad, pues pareciendo todas canas, no se distingue en quién es natural o artificial la blancura del cabello; traza poco desemejante a la de la zorra de Esopo, que habiendo perdido la cola en cierta infeliz empresa, persuadía a las demás zorras que se la quitasen también, fingiéndoles en ello conveniencia y hermosura. Viene literalmente a estas, que pierden la representación de la juventud, dando a su cabello, con polvos comprados, las señas de la vejez. Lo que decía Propercio a su Cintia:
    Naturaeque decus mercato perdere cultu.
         ¿Qué diré de otras muchas modas, por varios caminos incómodas? Como con los polvos se hizo parecer a las mujeres canas, con lo tirante del pelo se hicieron infinitas efectivamente calvas. Hemos visto los brazos puestos en mísera prisión, hasta hacer las manos incomunicables con la cabeza, los hombros desquiciados de su proprio sitio, los talles estrujados en una rigurosa tortura. ¿Y todo esto por qué? Porque viene de Francia a Madrid la noticia de que esta es la moda.
         No hay hombre de seso que no se ría cuando lee en Plutarco que los amigos y áulicos de Alejandro afectaban inclinar la cabeza sobre el hombro izquierdo, porque aquel príncipe era hecho de ese modo; mucho más se lee en Diodoro Sículo, que los cortesanos del rey de Etiopía se desfiguraban, para imitar las deformidades de su soberano, hasta hacerse tuertos, cojos o mancos, si el rey era tuerto, manco o cojo. Mas al fin, aquellos hombres tenían el interés de captar la gracia del príncipe con este obsequio, y si cada día vemos que los cortesanos adelantan la lisonja hasta sacrificar el alma, ¿qué extrañaremos el sacrificio de un ojo, de una mano o de un pie? Pero en la imitación de las modas que reinan en estos tiempos padecen las pobres mujeres el martirio, sin que nadie se lo reciba por obsequio. ¿No es más irrisible extravagancia esta que aquella?
    V

         

         Aun fuera tolerable la moda si se contuviese en las cosas que pertenecen al adorno exterior; pero esta señora ha mucho tiempo que salió de estas márgenes, y a todo ha extendido su imperio. Es moda andar de cita o aquella manera, tener el cuerpo en esta o aquella positura, comer así o asado, hablar alto o bajo, usar de estas o aquellas voces, tomar el chocolate frío o caliente, hacer esta o aquella materia de la conversación. Hasta el aplicarse a adquirir el conocimiento de esta o aquella materia se ha hecho cosa de moda.
         El abad de la Mota, en su diario de 8 de Marzo del año de 1686, dice que en aquel tiempo había cogido grande vuelo entre las damas francesas la aplicación a las matemáticas. Esto se había hecho moda. Ya no se hablaba en los estrados cosa de galantería. No sonaba otra cosa en ellos que problemas, teoremas, ángulos, romboides, pentágonos, trapecios, etc. El pobre pisaverde que se metía en un estrado, fiado en cuatro cláusulas amatorias, cuya formación le había costado no poco desvelo, se hallaba corrido, porque se veía precisado a enmudecer y a no entender palabra de lo que se hablaba. Un matemático viejo, calvo y derrengado era más bien oído de las damas que el joven más galán de la corte.
         El mismo autor cuenta de una, que proponiéndola un casamiento muy bueno, puso por condición inexcusable que el pretendiente aprendiese a hacer telescopios; y de otra que no quiso admitir por consorte a un caballero de bellas prendas, sólo porque dentro de un plazo que le había señalado no había discurrido algo de nuevo sobre la cuadratura del círculo. Creo que no lo miraban mal, una vez que no se resolviesen a abandonar este estudio; pues habiéndose casado otra de estas damas matemáticas con un caballero que no tenía la misma inclinación, le salió muy costoso su poco reparo. Fue el caso, que no pudiendo el marido sufrir que la mujer se estuviese todas las noches examinando el cielo con el telescopio, ni quitarle esta manía, se separó de ella para siempre. Otros acaso querrían que sus mujeres no comerciasen sino con las estrellas. No sé si aun dura esta moda en Francia; pero estoy cierto de que nunca entrará en España. Acá, ni hombres ni mujeres quieren otra geometría que la que ha menester el sastre para tornar bien la medida.
         La mayor tiranía de la moda es haberse introducido en los términos de la naturaleza, la cual por todo derecho debiera estar exenta de su dominio. El color del rostro, la simetría de las facciones, la configuración de los miembros experimentan inconstante el gusto, como los vestidos. Celebraba vino por grandes y negros los ojos de cierta dama; pero otra que estaba presente, y acaso los tenía azules, le replicó con enfado: "Ya no se usan ojos negros." Tiempo hubo en que eran de la moda en los hombres las piernas muy carnosas; después se usaron las descarnadas; y así se vieron pasar de hidrópicas a éticas. Oí decir que los años pasados eran de la moda las mujeres descoloridas, y que algunas, por no faltar a la moda, o por otro peor fin, a fuerza de sangrías se despojaban de sus nativos colores. Desdicha sería si con tanta sangría no se curase la inflamación interna, que en algunas habría sido el motivo de echar mano de este remedio. Y también era desdicha que los hombres hiciesen veneno de la triaca, malogrando en estragos de la vida el color pálido, que debieran aprovechar en recuerdos de la muerte.
         ¿Quién creerá que hubo siglo y aun siglos en que se celebró como perfección de las mujeres el ser cejijuntas? Pues es cosa de hecho. Consta de Anacreón, que elogiaba en su dama esta ventaja, Teócrito, Petronio y otros antiguos. Y Ovidio testifica que en su tiempo las mujeres se teñían el intermedio de las cejas para parecer cejijuntas: Arte supercilii confinia nuda repletis. Tan del gusto de los hombres hallaban esta circunstancia.

    VI

         

         Acabo de decir que la mayor tiranía de la moda es haberse introducido en los términos de la naturaleza, y ya hallo motivo para retractarme. No es eso lo más, sino que también extendió su jurisdicción al imperio de la gracia. La devoción es una de las cosas en que más entra la moda. Hay oraciones de la moda, libros espirituales de la moda, ejercicios de la moda, y aun hay para la invocación santos de la moda. Verdaderamente que es la moda la más contagiosa de todas las enfermedades, porque a todo se pega. Todo quiere esta señora que sea nuevo flamante, y parece que todos los días repite desde su trono aquella vez que san Juan oyó en otro más soberano: Ecce nova facio omnia; «Todas las cosas renuevo.» Las oraciones han de ser nuevas, para cuyo efecto se ha introducido y extendido tanto entre la gente de corte el uso de las Horas. Pienso que ya se desdeñan de tener el rosario en la mano, y de rezar la sacratísima oración del Padre nuestro y la salutación angélica, como si todos los hombres, ni aun todos los ángeles, fuesen capaces de hacer oración alguna que igualase a aquella, que el Redentor mismo nos enseñó como la más útil de todas. Los libros espirituales han de ser nuevos, y ya las incomparables obras de aquellos grandes maestros de espíritu de los tiempos pasados son despreciadas como trastos viejos. En los ejercicios espirituales cada día hay novedades, no sólo atemperadas a la necesidad de los penitentes, mas también tal vez al genio de los directores. Los santos de devoción tampoco han de ser de los antiguos. Apenas hay quien en sus necesidades invoque a san Pedro ni a san Pablo, u otro alguno de los apóstoles, sino es que el lugar o parroquia donde se vive le tenga por tutelar suyo. Pues en verdad que por lo menos tanto pueden con Dios como cuantos santos fueron canonizados de tres o cuatro siglos a esta parte. Es verdad que el gloriosísimo san Josef, aunque tan antiguo, es exceptuado; pero esto depende de que, aunque es antiguo en cuanto al tiempo en que vivió, es nuevo en cuanto al culto. Con que sólo la devoción de María está exenta de las novedades de la moda.
         En nada parece que es tan irracional la moda, o la mudanza de moda, como en materias de virtud. Las demás cosas, como ordenadas a nuestro deleite, no siguen otra regla que la misma irregularidad de nuestro antojo; y así, variándose el apetito, es preciso se varíe el objeto; pero como la virtud debe ser y es al gusto de Dios (si no, no fuera virtud), y Dios no padece mudanza alguna en el gusto tampoco debiera haberla de parte del obsequio.
         No obstante, yo soy de tan diferente sentir, que antes juzgo que en nada es tan útil la mudanza de moda (o llamémosla con voz más propia y más decorosa, modo) que en las cosas pertenecientes a la vida espiritual. Esta variedad se hizo como precisa en suposición de nuestra complexión viciosa. La devoción es tediosa y desabrida a nuestra naturaleza. Por tanto, como al enfermo que tiene el gusto estragado, aunque se le haya de ministrar la misma especie de manjar, se debe variar el condimento; asimismo la depravación de nuestro apetito pide que las cosas espirituales, salvando siempre la substancia, se nos guisen con alguna diferencia en el modo.
         Esta consideración autoriza como útiles los nuevos libros espirituales que salen a luz, como sean nuevos en cuanto al estilo. No hay que pensar que algún autor moderno nos ha de mostrar algún camino del cielo distinto de aquel cuyo itinerario nos pusieron por extenso los santos padres y los hombres sabios de los pasados siglos. Pero reformar el estilo anticuado, que ya no podemos leer sin desabrimiento, es quitar a ese camino parte de las asperezas que tiene; y el que supiere proponer las antiguas doctrinas con dulces, gratas y suaves voces, se puede decir que templa la aspereza de la senda con la amenidad del estilo.      No sólo en esta materia, en todas las demás la razón de la utilidad debe ser la regla de la moda. No apruebo aquellos genios tan parciales de los pasados siglos, que siempre se ponen de parte de las antiguallas. En todas las cosas el medio es el punto central de la razón. Tan contra ella, y acaso más, es aborrecer todas las modas, que abrazarlas todas. Recíbase la que fuere útil y honesta. Condénese la que no trajere otra recomendación que la novedad. ¿A qué propósito (pongo por ejemplo) traernos a la memoria con dolor los antiguos bigotes españoles, como si hubiéramos perdido tres o cuatro provincias en dejar los mostachos? ¿Qué conexión tiene, ni con la honra, ni con la religión, ni con la conveniencia, el bigote al ojo, de quien no pueden acordarse, sin dar un gran gemido, algunos ancianos, de este tiempo, como si estuviese pendiente toda nuestra fortuna de aquella deformidad?
         Lo mismo digo de las golillas. Los extranjeros tentaron a librar de tan molesta estrechez de vestido a los españoles, y lo llevaron estos tan mal, como si al tiempo que les redimían el cuerpo de aquellas prisiones, les pusiesen el alma en cadenas.      Lo que es sumamente reprehensible es, que se haya introducido en los hombres el cuidado del afeite, propio hasta ahora privativamente de las mujeres. Oigo decir que ya los cortesanos tienen tocador, y pierden tanto tiempo en él como las damas. ¡Oh escándalo! ¡Oh abominación! ¡Oh bajeza! Fatales son los españoles. De todos modos perdemos en el comercio con los extranjeros; pero sobre todo en el tráfico de costumbres. Tomamos de ellos las malas, y dejamos las buenas. Todas sus enfermedades morales son contagiosas respecto de nosotros. ¡Oh si hubiese en la raya del reino quien descaminase estos géneros vedados!




    Sabiduría aparente

    II
         Por el contrario, los sabios verdaderos son modestos cándidos, y estas dos virtudes son dos grandes enemigas de su fama. El que más sabe, sabe que es mucho menos lo que sabe que lo que ignora; y así como su discreción se lo da a conocer, su sinceridad se lo hace confesar, pero en grave perjuicio de su aplauso, porque estas confesiones, como de testigos que deponen contra sí propios, son velozmente creídas; y por otra parte, el vulgo no tiene por docto a quien en su profesión ignora algo, siendo imposible que nadie lo sepa todo.
         Son también los sabios comúnmente tímidos, porque son los que más desconfían de sí propios; y aunque digan divinidades, si con lengua trémula o voz apagada las articulan, llegan desautorizadas a los oídos que las atienden. Más oportuno es para ganar créditos delirar con valentía que discurrir con perplejidad; porque la estimación que se debía a discretas dudas se ha hecho tributo de temerarias resoluciones. ¡Oh, cuánto aprovecha a un ignorante presumido la eficacia del ademán y el estrépito de la voz! ¡Y cuánto se disimulan con los esfuerzos del pecho las flaquezas del discurso! Siendo así que el vocinglero por el mismo caso debiera hacerse sospechoso de su poca solidez, porque los hombres son como los cuerpos sonoros, que hacen ruido mayor cuando están huecos.
         Si a estas ventajosas apariencias se junta alguna literatura, logran una gran violenta actividad para arrastrar el común asenso. No es negable que Lutero fue erudito; pero en los funestos progresos de su predicación menos influyó su literatura que aquellas ventajosas apariencias; aunque la mezcla de uno y otro fue la confección del veneno de aquella hidra. Si se examinan bien los escritos de Lutero, se registra en ellos una erudición copiosa, parto de una feliz memoria y de una lectura inmensa; pero apenas se halla un discurso perfectamente ajustado, una meditación en todas sus partes cabal, un razonamiento exactamente metódico. Fue su entendimiento, como dice el cardenal Palavicini, capaz de producir pensamientos gigantes, pero informes, o por defecto de virtud, o porque el fuego de su genio precipitaba la producción, y por no esperar los debidos plazos eran todos los efectos abortivos; pero este defecto esencial de su talento se suplió grandemente con los accidentes exteriores. Fue este monstruo de complexión ígnea, de robustísimo pecho, de audaz espíritu, de inexhausta, aunque grosera facundia, fácil en la explicación, infatigable en la disputa. Asistido de estas dotes, atropelló algunos hombres doctos de su tiempo, de ingenio más metódico que él y acaso más agudo. Al modo que un esgrimidor de esforzado corazón y robusto brazo desbarata a otro de inferior aliento y pulso, aunque mejor instruido en las reglas de la esgrima.

    III

         

         Otras partidas, igualmente extrínsecas, dan reputación de sabios a los que no lo son: la seriedad y circunspección, que sea natural, que artificiosa, contribuye mucho. La gravedad, dice la famosa Madalena Scuderi, en una de sus conversaciones morales, es un misterio del cuerpo, inventado para ocultar los defectos del espíritu; y si es propasada, eleva el sujeto al grado de oráculo. Yo no sé por qué ha de ser más que hombre quien es tanto menos que hombre cuanto más se acerca a estatua; ni porque siendo lo risible propriedad de lo racional, ha de ser más racional quien se aleja más de lo risible. El ingenioso francés Miguel de Montaña dice con gracia, que entre todas las especies de brutos, ninguno vio tan serio como el asno.
         Aristóteles puso en crédito de ingeniosos a los melancólicos, no sé por qué. La experiencia nos está mostrando a cada paso melancólicos rudos. Si nos dejamos llevar de la primera vista, fácilmente confundiremos lo estúpido con lo extático. Las lobregueces del genio tienen no sé qué asomos a parecer profundidades del discurso; pero si se mira bien, la insociabilidad con los hombres no es carácter de racionales. En estos sujetos, que se nos representan siempre pensativos, está invertida la negociación interior del alma. En vez de aprehender el entendimiento las especies, las especies aprehenden el entendimiento; en vez de hacerse el espíritu dueño del objeto, el objeto se hace dueño del espíritu. Átale la especie que le arrebata. No está contemplativo, sino atónito; porque la inmovilidad del pensamiento es ociosidad del discurso. Note que no hay bruto de genio más festivo y sociable que el perro, y ninguno tiene más noble instinto. No obstante, peor seña es el extremo opuesto. Hombres muy chocarreros son sumamente superficiales.
         Tanto el silencio como la locuacidad tienen sus partidarios entre la plebe. Unos tienen por sabios a los parcos, otros a los pródigos de palabras. El hablar poco depende, ya de nimia cautela, ya de temor, ya de vergüenza, ya de tarda ocurrencia de las voces; pero no, como comúnmente se juzga, de falta de especies. No hay hombre, que si hablase todo lo que piensa, no hablase mucho.
         Entre hablar y callar observan algunos un medio artificioso, muy útil para captar la veneración del vulgo, que es hablar lo que alcanzar y callar lo que ignoran, con aire de que lo recatan, Muchos de cortísimas noticias, con este arte se figuran en los corrillos animadas bibliotecas. Tienen sola una especie muy diminuta y abstracta del asunto que se toca. Esta basta para meterse en él en términos muy generales con aire magistral, retirándose luego, como que, fastidiados de manejar aquella materia, dejan de explicarla más a lo largo: dicen todo lo que saben; pero hacen creer que aquello no es más que mostrar la uña del león; semejantes al otro pintor que, habiéndose ofrecido a retratar las once mil vírgenes, pintó cinco, y quiso cumplir con esto, diciendo que las demás venían detrás en procesión. Si alguien, conociendo el engaño, quiere empeñarlos a mayor discusión, o tuercen la conversación con arte, o fingen un fastidioso desdén de tratar aquella materia en tan corto teatro, o se sacuden del que los provoca, con una risita falsa, como que desprecian la provocación; que esta gente abunda de tretas semejantes, porque estudia mucho en ellas.
         Otros son socorridos de unas expresiones confusas, que dicen a todo, y dicen nada, al modo de los oráculos del gentilismo, que eran aplicables a todos los sucesos. Y de hecho, en todo se les parecen; pues siendo unos troncos, son oídos como oráculos. La obscuridad con que hablan es sombra que oculta lo que ignoran; hacen lo que aquellos que no tienen sino moneda falsa, que procuran pasarla al favor de la noche. Y no faltan necios que, por su misma confusión, los acreditan de doctos, haciendo juicio que los hombres son como los montes, que, cuanto más sublimes, más obscurecen la amenidad de los valles:
    Majoresque cadunt allis de montibus umbrae.
         Este engaño es comúnmente auxiliado del ademán persuasivo y del gesto misterioso. Ya se arruga la frente, ya se acercan una a otra las cejas, va se ladean los ojos, ya se arrollan las mejillas, ya se extiende el labio inferior en forma de copa penada, ya se bambanea con movimientos vibratorios la cabeza, y en todo se procura afectar un ceño desdeñoso. Estos son unos hombres, que más de la mitad de su sabiduría la tienen en los músculos, de que se sirven para darse todos estos movimientos. Justamente hizo burla de este artificio Marco Tulio, notándole en Pisón: Respondes, altero ad fronte sublato, altero ad mentum depresso supercilio, credulitatem tibi non placere.

    IV

         

         El despreciar a otros que saben más, es el arte más vil de todos; pero uno de los más seguros para acreditarse entre espíritus plebeyos. No puede haber mayor injusticia ni mayor necedad que la de transferir al envidioso aquel mismo aplauso, de que este, con su censura, despoja al benemérito. ¿Acaso porque el nublado se oponga al sol, dejará este de ser ilustre antorcha del cielo, o será aquel más que un pardo borrón del aire? ¿Para poner mil tachas a la doctrina y escritos ajenos, es menester ciencia? Antes cuando no interviene envidia o malevolencia, nace, de pura ignorancia. Acuérdome de haber leído en el Hombre de letras del padre Daniel Bartoli, que un jumento, tropezando por accidente con la Ilíada de Homero, la destrozó y hizo pedazos con los dientes. Así que, para ultrajar y lacerar un noble escrito, nadie es más a propósito que una bestia.
         La procacidad o desvergüenza en la disputa es también un medio igualmente ruin que eficaz para negociar los aplausos de docto: los necios hacen lo que los megalopolitanos, de quienes dice Pausanias, que a ninguna deidad daban iguales cultos que al viento Bóreas, que nosotros llamamos cierzo o regañón. A los genios tumultuantes adora el vulgo como inteligencias sobresalientes. Concibe la osadía desvergonzada como hija de la superioridad de doctrina, siendo así que es casi absolutamente incompatible con ella. A esto se añade que los verdaderos doctos huyen cuanto pueden de todo encuentro con estos genios procaces; y este prudente desvío se interpreta medrosa fuga, como si fuese proprio de hombres esforzados andar buscando sabandijas venenosas para lidiar con ellas. Justo y generoso era el arrepentimiento de Catón, de haberse metido con sus tropas en los abrasados desiertos del África, donde no tenía otros enemigos que áspides, cerastas, víboras, dípsades y basiliscos. Menos horrible se le representó la guerra civil en los campos de Farsalia, donde pelearon contra él las invencibles huestes del César, que en los arenales de Libia, donde batallaban por el César los más viles y abominables insectos.
    Pro cesare pugnant
    Dipsades, el peragunt civilia bella cerastae.
         El que puede componer con su genio y con sus fuerzas ser inflexible en la disputa, porfiar sin término, no rendirse jamás a la razón, tiene mucho adelantado para ser reputado un Aristóteles; porque el vulgo, tanto en las guerras de Minerva como en las de Marte, declara la victoria por aquel que se mantiene más en el campo de batalla, y en su aprehensión nunca deja de vencer el último que deja de hablar. Esto es lo que siente el vulgo. Mas para el que no es vulgo, aquel a quien no hace fuerza la razón, en vez de calificarse de docto, se gradúa de bestia. Con gracia, aunque gracia portuguesa (esto es, arrogante), preguntado el ingenioso médico, Luis Rodríguez qué cosa era y cómo lo había hecho otro médico corto, a quien el mismo Luis Rodríguez había argüido, respondió: Tan grandísimo asno è, que por mais que ficen, jamais ó puden concruir.
         Es artificio muy común de los que saben poco, arrastrar la conversación hacia aquello poco que saben. Esto en las personas de autoridad es más fácil. Conocí un sujeto, que cualquiera conversación que se excitase, insensiblemente la iba moviendo de modo, que a pocos pasos se introducía en el punto que había estudiado aquel día el antecedente. De esta suerte siempre parecía más erudito que los demás. Aun en disputas escolásticas se usa de este estratagema. He visto más de dos veces algún buen teólogo puesto en confusión por un principiante; porque este, quimerizando en el argumento sobre alguna proposición, sacaba la disputa de su asunto proprio a algún enredo sumulístico de ampliaciones, restricciones, alienaciones, oposiciones, conversiones, equipolencias, de que el teólogo estaba olvidado. Esto es, como el villano Caco, traer con astucia a Hércules a su propia caverna para hacer inútiles sus armas, cegándole con el humo que arrojaba por la boca.

    V

         

         Fuera de los sabios de perspectiva, que lo son por su artificio proprio, hay otros que lo son precisamente por error ajeno. El que estudió lógica y metafísica, con lo demás que debajo del nombre de filosofía se enseña en las escuelas, por bien que sepa todo, sabe muy poco más que nada; pero suena mucho. Dícese que es un gran filósofo, y no es filósofo grande ni chico. Todas las diez categorías, juntamente con los ocho libros de los Físicos y los dos adjuntos De generatione et corruptione, puestos en el alambique de la lógica, no darán una gota del verdadero espíritu, filosófico, que explique el más vulgar fenómeno de todo el mundo sensible. Las ideas aristotélicas están tan fuera de lo físico como las platónicas. La física de la escuela es pura metafísica. Cuanto hasta ahora escribieron y disputaron los peripatéticos acerca del movimiento, no sirve para determinar cuál es la línea de reflexión por donde vuelve la pelota tirada a una pared, o cuánta es la velocidad con que baja el grave por un plano inclinado. El que por razones metafísicas y comunísimas piensa llegar al verdadero conocimiento de la naturaleza, delira tanto como el que juzga ser dueño del mundo por tenerle en un mapa.
         La mayor ventaja de estos filósofos de nombre, si manejan con soltura en las aulas el argadillo de Barbara, Celarem, es que con cuatro especies que adquirieron de teología o medicina, son estimados por grandes teólogos o médicos. Por lo que mira a la teología, no es tan grande el yerro; pero en orden a la medicina no puede ser mayor. Por la regla de que ubi desinit phisicus, íncipit medicus, se da por asentado, que de un buen filósofo fácilmente se hace un buen médico. Sobre este pie, en viendo un platicante de medicina que pone veinte silogismos seguidos sobre si la privación es principio del ente natural, o si la unión se distingue de las partes, tiene toda la recomendación que es menester para lograr un partido de mil ducados.
         El doctísimo comentador de Dioscórides, Andrés de Laguna, dice, que la providencia que, si se pudiese, se debiera tomar con estos mediquillos flamantes, que salen de las universidades rebosando las bravatas del ergo y del probo, sería enviarlos por médicos a aquellas naciones con quienes tuviésemos guerra actual, porque excusarían a España mucho gasto de gente y de pólvora.
         Seguramente afirmo que no hay arte o facultad más inconducente para la medicina que la física de la escuela. Si todos cuantos filósofos hay y hubo en el mundo se juntasen y estuviesen en consulta por espacio de cien años, no nos dirían cómo se debe curar un sabañón; ni de aquel tumultuante concilio saldría máxima alguna que no debiese descaminarse por contrabando en la entrada del cuarto de un enfermo. El buen entendimiento y la experiencia, o propia o ajena, son el padre y madre de la medicina, sin que la física tenga parte alguna en esta producción. Hablo de la física escolástica, no de la experimental.
         Lo que un físico discurre sobre la naturaleza de cualquiera mixto es, si consta de materia y forma substanciales, como dijo Aristóteles, o si de átomos, como Epicuro, o si de sal, azufre y mercurio, como los químicos, o si de los tres elementos cartesianos: si se compone de puntos indivisibles u de partes divisibles in infinitum; si obra por la textura y movimiento de sus partículas, o por unas virtudes accidentales, que llaman cualidades; si estas cualidades son de las manifiestas o de las ocultas; si de las primeras, segundas o terceras. ¿Qué conexión tendrá todo esto con la medicina? Menos que la geometría con la jurisprudencia. Cuando el médico trata de curar a un tercianario, toda esta baraúnda de cuestiones aplicadas a la quina le es totalmente inútil. Lo que únicamente le importa saber es, si la experiencia ha mostrado que en las circunstancias en que se halla el tercianario es provechoso el uso de este febrífugo; y esto lo ha de inferir, no por dici de omni, dici de nullo, sino por inducción, así de los experimentos que él ha hecho, como de los que hicieron los autores que ha estudiado.
         En ninguna arte sirve de cosa alguna el conocimiento físico de los instrumentos con que obra; ni este dejará de ser gran piloto por no poder explicar la virtud directiva del imán al polo; ni aquel, gran soldado por ignorar la constitución física de la pólvora o del hierro; ni el otro, gran pintor por no saber si los colores son accidentes intrínsecos o varias reflexiones de la luz; ni, al contrario, el disputar bien de todas estas cosas conduce nada para ser piloto, soldado o pintor. Más me alargara para extirpar este común error del mundo, si ya no le hubiese impugnado con difusión y plenamente el doctísimo Martínez, en sus dos tomos De medicina sceptica.

    VI

         

          Otro error común es, aunque no tan mal fundado, tener por sabios a todos los que han estudiado mucho. El estudio no hace grandes progresos si no cae en entendimiento claro y despierto, así como son poco fructuosas las tareas del cultivo cuando el terreno no tiene jugo. En la especie humana hay tortugas y hay águilas: estas de un vuelo se ponen sobre el Olimpo; aquellas en muchos días no montan un pequeño cerro. La prolija lectura de los libros da muchas especies; pero la penetración de ellas es don de la naturaleza, más que parto del trabajo. Hay unos sabios, no de entendimiento, sino de memoria, en quienes están estampadas las letras como las inscripciones en los mármoles, que las ostentan y no las perciben. Son unos libros mentales, donde están escritos muchos textos; pero propiamente libros, esto es, llenos de doctrina y desnudos de inteligencia. Observa cómo usan de las especies que han adquirido, y verás cómo no forman un razonamiento ajustado que vaya derecho al blanco del intento. Con unas mismas especies se forman discursos Buenos y malos, como con unos mismos materiales se fabrican elegantes palacios y rústicos albergues.
         Así puede suceder que uno sepa de memoria todas las obras de santo Tomás y sea corto teólogo; que sepa del mismo modo los derechos civil y canónico, y sea muy mal jurista. Y aunque se dice que la jurisprudencia consiste casi únicamente en memoria, o por lo menos más en memoria que en entendimiento, este es otro error común. Con muchos textos del derecho se puede hacer un mal alegato, como con muchos textos de Escritura un mal sermón. La elección de los más oportunos al asunto toca al entendimiento y buen juicio. Si en los tribunales se hubiese de orar de repente y sin premeditación, sería absolutamente inexcusable una feliz memoria donde estuviesen fielmente depositados textos y citas para los casos ocurrentes. Mas como esto regularmente no suceda el que ha manejado medianamente los libros de esta profesión y tiene buena inteligencia de ella, fácilmente se previene buscando leyes, autoridades y razones; y por otra parte, la elección de las más conducentes no es, como he dicho, obra de la memoria, sino del ingenio.
         De visto entre profesores de todas facultades muy vulgarizada la queja de falta de memoria, y en todos noté un aprecio excesivo de la potencia memorativa sobre la discursiva; de modo que, a mi parecer, si hubiese dos tiendas, de las cuales en la una se vendiese memoria y en la otra entendimiento, el dueño de la primera presto se haría riquísimo, y el segundo moriría de hambre. Siempre fui de opuesta opinión; y por mí puedo decir que más precio daría por un adarme de entendimiento que por una onza de memoria. Suelen decirme que apetezco poco la memoria porque tengo lo que he menester. Acaso los que me lo dicen hacen este juicio por la reflexión que hacen sobre sí mismos de que ansían poco algún acrecentamiento en el ingenio, por parecerles que están abundantemente surtidos de discurso. Yo no negaré que aunque no soy dotado de mucha memoria, algo menos pobre me hallo de esta facultad que de la discursiva. Pero no consiste en esto el preferir esta facultad a aquella, sí en el conocimiento claro que me asiste de que en todas facultades logrará muchos más aciertos un entendimiento como cuatro con una memoria como cuatro, que una memoria como seis con un entendimiento como dos.

    VII

         

         De los escritores de libros no se ha hablado hasta ahora. Esto es lo más fácil de todo. El escribir mal no tiene más arduidad que el hablar mal; y por otra parte, por malo que sea el libro, bástale al autor hablar de molde y con licencia del Rey, para pasar entre los idiotas por docto.
         Pero para lograr algún aplauso entre los de mediana estofa, puede componerse de dos maneras: o trasladando da otros libros, o divirtiéndose en lugares comunes. Donde hay gran copia de libros es fácil el robo sin que se note. Pocos hay que lean muchos, y nadie puede leerlos todos; con que, todo el inconveniente que se incurre es, que uno u otro, entre millares de millares de lectores, coja al autor en el hurto. Para los demás queda graduado de autor en toda forma.
         El escribir por lugares comunes es sumamente fácil. El Teatro de la vida humana, las Polianteas y otros muchos libros donde la erudición está hacinada y dispuesta con orden alfabético, o apuntada con copiosos índices, son fuentes públicas, de donde pueden beber, no sólo los hombres, mas también las bestias. Cualquier asunto que se emprenda, se puede llevar arrastrando a cada paso a un lugar común, u de política, u de moralidad, u de humanidad, u de historia. Allí se encaja todo el fárrago de textos y citas que se hallan amontonados en el libro Para todos, donde se hizo la cosecha. Con esto se acredita el nuevo autor de nombre de gran erudición y lectura; porque son muy pocos los que distinguen en la serie de lo escrito aquella erudición copiosa y bien colocada en el celebro que oportunamente mana de la memoria a la pluma; de aquella que en la urgencia se va a mendigar en los elencos, y se amontona en el traslado, dividida en gruesas parvas, con toda la paja y aristas de citas, latines y números.




    Amor de la patria y pasión nacional

    I
         Busco en los hombres aquel amor de la patria que hallo tan celebrado en los libros; quiero decir, aquel amor justo, debido, noble, virtuoso, y no le encuentro. En unos no veo algún afecto a la patria; en otros sólo veo un afecto delincuente, que con voz vulgarizada se llama pasión nacional.
         No niego que revolviendo las historias se hallan a cada paso millares de víctimas sacrificadas a este ídolo. ¿Qué guerra se emprendió sin este especioso pretexto? ¿Qué campaña se ve bañada de sangre, a cuyos cadáveres no pusiese la posteridad la honrosa inscripción funeral de que perdieron la vida por la patria? Mas si examinamos las cosas por adentro, hallaremos que el mundo vive muy engañado en el concepto que hace de que tenga tantos y tan finos devotos esta deidad imaginaria. Contemplemos puesta en armas cualquiera república sobre el empeño de una justa defensa, y vamos viendo a la luz de la razón qué impulso anima aquellos corazones a exponer sus vidas. Entre los particulares, algunos se alistan por el estipendio y por el despojo; otros, por mejorar de fortuna, ganado algún honor nuevo en la milicia, y los más por obediencia y temor al príncipe o al caudillo. Al que manda las armas le insta su interés y su gloria. El príncipe o magistrado, sobre estar distante del riesgo, obra, no por mantener la república, sí por conservar la dominación. Ponme que todos esos sean más interesados en retirarse a sus casas que en defender los muros, verás cómo no quedan diez hombres en las almenas.
         Aun aquellas proezas que inmortalizó la fama como últimos esfuerzos del celo por el público, acaso fueron más hijas de la ambición de gloria que del amor de la patria. Pienso que si no hubiese testigos que pasasen la posteridad, ni Curcio se hubiera precipitado en la sima, ni Marco Attilio Régulo se hubiera metido a morir en jaula de hierro, ni los dos hermanos Filenos, sepultándose vivos, hubieran extendido los términos de Cartago. Fue muy poderoso en el gentilismo el hechizo de la fama póstuma. También puede ser que algunos se arrojasen a la muerte, no tanto por el logro de la fama, cuanto por la loca vanidad de verse admirados y aplaudidos unos pocos instantes de vida, de que nos da Luciano un ilustre ejemplo en la voluntaria muerte del filósofo Peregrino.
         En Roma se preconizó tanto el amor de la patria, que parecía ser esta noble inclinación la alma de toda aquella república. Mas lo que yo veo es, que los mismos romanos miraban a Catón como un hombre rarísimo y casi bajado del cielo, porque le hallaron siempre constante a favor del público. De todos los demás, casi sin excepción, se puede decir que el mejor era el que, sirviendo a la patria, buscaba su propia exaltación más que la utilidad común. A Cicerón le dieron el glorioso nombre de padre de la patria por la feliz y vigorosa resistencia que hizo a la conjuración de Catilina. Este, al parecer, era un mérito grande, pero en realidad equívoco; porque le iba a Cicerón, no sólo el consulado, mas también la vida, en que no lograse sus intentos aquella furia. Es verdad que después, cuando César tiranizó la república, se acomodó muy bien con él. Los sobornos de Jugurta, rey de Numidia, descubrieron sobradamente qué espíritu era el que movía el senado romano. Tolerolo éste muchas y graves maldades contra los intereses del Estado a aquel príncipe sagaz y violento; porque a cada nueva insolencia que hacia enviaba nuevo presente a los senadores. Fue, en fin, traído a Roma para ser residenciado; y aunque, bien lejos de purgar los delitos antiguos, dentro de la misma ciudad cometió, otro nuevo y gravísimo, a favor del oro te dejaron ir libre; lo que en el mismo interesado produjo tal desprecio de aquel gobierno, que a pocos pasos después que había salido de Roma, volviendo a ella con desdén la cara, la llamó ciudad venal; añadiendo que presto perecería, como hubiese quien la comprase: Urbem venalem, et mature perituram, si emplorem invenerit. (SALUST., in Jugurtha.) Lo mismo, y aun con más particularidad, dijo Petronio:
    Venalis populus, venalis curia patrum.
    Éste era el amor de la patria que tanto celebraba Roma, y a quien hoy juzgan muchos se debió la portentosa; amplificación de aquel imperio.

    II

         

         El dictamen común dista tanto en esta parte del nuestro, que cree ser el amor de la patria como transcendente a todos los hombres; en cuya comprobación alega aquella repugnancia que todos, o casi todos, experimentan en abandonar el país donde nacieron, para establecerse en otro cualquiera; pero yo siento que hay aquí una grande equivocación, y se juzga ser amor de la patria lo que sólo es amor de la propia conveniencia. No hay hombre que no deje con gusto su tierra, si en otra se lo representa mejor fortuna. Los ejemplos se están viendo cada da. Ninguna fábula entre cuantas fabricaron los poetas me parece más fuera de toda verisimilitud, que el que Ulises prefiriese los desapacibles riscos, de su patria Ítaca a la inmortalidad llena de placeres que le ofrecía la ninfa Calipso, debajo de la condición de vivir con ella en la isla Ogigia.
         Diráseme que los scitas, como testifica Ovidio, huían de las delicias de Roma a las asperezas de su helado suelo; que los tapones, por más conveniencias que se les ofrezcan en Viena, suspiran por volverse a su pobre y rígido país: y que pocos años ha un salvaje de la Canada, traído a París, donde se le daba toda comodidad posible, vivió siempre afligido y melancólico.
         Respondo que todo esto es verdad; pero también lo es, que estos hombres viven con más conveniencia en la Scitia, en la Laponia y en la Canadá, que en Viena, París y Roma. Habituados a los manjares de su país, por más que a nosotros nos parezcan duros y groseros, no sólo los experimentan más gratos, pero más saludables. Nacieron entre nieves, y viven gustosos entre nieves; como nosotros no podemos sufrir el frío de las regiones septentrionales, ellos no pueden sufrir el calor de las australes. Su modo de gobierno es proporcionado a su temperamento; y aun cuando les sea indiferente, engañados con la costumbre, juzgan que no dicta otro la misma naturaleza. Nuestra política es barbarie para ellos, como la suya para nosotros. Acá tenemos por imposible vivir sin domicilio estable; ellos miran este como una prisión voluntaria, y tienen por mucho más conveniente la libertad de mudar habitación citando y a donde quieren, fabricándosela de la noche a la mañana, o en el valle, o en el monte, o en otro país. La comodidad de mudar de sitio, según las varias estaciones del año, sólo las logran acá los grandes señores; entre aquellos bárbaros ninguno hay que no la logre, y yo confieso que tengo por una felicidad muy envidiable el poder un hombre, siempre que quiere, apartarse de un mal vecino, y buscar otro de su gusto.
         Olavo Rudbec, noble sueco, que viajó mucho por los países septentrionales, en un libro que escribió, intitulado Laponia illustrata, dice, que sus habitadores están tan persuadidos de las ventajas de su región, que no la trocarán a otra alguna por cuanto tiene el mundo. De hecho representa algunas conveniencias suyas, que no son imaginarias, sino reales. Produce aquella tierra algunos frutos regalados, aunque distintos de los nuestros. Es inmensa la abundancia de caza y pesca, y ésta especialmente gustosísima. Los inviernos, que acá nos son tan pesados por húmedos y lluviosos, allí son cla