dibujo de musas















El burro flautista

Sin reglas del arte, el que en algo acierta, acierta por casualidad.

Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.

    Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.

   Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.

   Acercóse a olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.

    En la flauta el aire
se hubo de colar,
y sonó la flauta
por casualidad.

  "¡Oh! -dijo el borrico-,
¡qué bien sé tocar!
¡Y dirán que es mala
la música asnal!"

Sin reglas del arte
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad












Los dos conejos

No debemos detenernos en cuestiones frívolas, olvidando el asunto principal.

   Por entre unas matas,
seguido de perros
-no diré corría-
volaba un conejo.
   De su madriguera
salió un compañero,
y le dijo: "Tente,
amigo, ¿qué es esto?"
   "¿Qué ha de ser? -responde-;
sin aliento llego...
Dos pícaros galgos
me vienen siguiendo».
   "Sí -replica el otro-,
por allí los veo...
Pero no son galgos".
"¿Pues qué son? Podencos.
"¿Qué? ¿Podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos;
bien vistos los tengo".
   "Son podencos, vaya,
que no entiendes de eso".
"Son galgos, te digo".
"Digo que podencos".
   En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.
   Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.










Los huevos

No falta quien quiera pasar por autor original, cuando no hace más que repetir con corta diferencia lo que otros muchos han dicho.

Más allá de las islas Filipinas,
hay una, que ni sé cómo se llama
ni me importa saberlo, donde es fama
que jamás hubo casta de gallinas,
hasta que allá un viajero
llevó por accidente un gallinero.
Al fin tal fue la cría, que ya el plato
más común y barato
era de huevos frescos; pero todos
los pasaban por agua (que el viajante
no enseñó a componerlos de otros modos).
   Luego, de aquella tierra un habitante
introdujo el comerlos estrellados.
¡Oh! ¡Qué elogios se oyeron a porfía
de su rara y fecunda fantasía!
Otro discurre hacerlos escalfados...
¡Pensamiento feliz!... Otro, rellenos...
¡Ahora sí que están los huevos buenos!
Uno, después, inventa la tortilla,
y todos claman ya: "¡Qué maravilla!"
   No bien se pasó un año,
cuando otro dijo: "Sois unos petates;
yo los haré revueltos con tomates".
Y aquel guiso de huevos tan extraño,
con que toda la isla se alborota,
hubiera estado largo tiempo en uso,
a no ser porque luego los compuso
un famoso extranjero a la hugonota.
   Esto hicieron diversos cocineros;
pero ¡qué condimentos delicados
no añadieron después los reposteros!
Moles, dobles, hilados,
en caramelo, en leche,
en sorbete, en compota, en escabeche.
   Al cabo todos eran inventores,
y los últimos huevos, los mejores.
Mas un prudente anciano
les dijo un día: "Presumís en vano
de esas composiciones peregrinas.
¡Gracias al que nos trajo las gallinas!"
   Tantos autores nuevos
¿no se pudieran ir a guisar huevos
más allá de las islas Filipinas?









El jilguero y el cisne

Nada sirve la fama si no corresponden las obras.

"Calla tú, pajarillo vocinglero
-dijo el cisne al jilguero-.
¿A cantar me provocas, cuando sabes
que de mi voz la dulce melodía
nunca ha tenido igual entre las aves?"
   El jilguero sus trinos repetía,
y el cisne continuaba: «¡Qué insolencia!
¡Miren cómo me insulta el musiquillo!
Si con soltar mi canto no le humillo,
dé muchas gracias a mi gran prudencia".
"¡Ojalá que cantaras!
-le respondió por fin el pajarillo-.
¡Cuánto no admirarías
con las cadencias raras
que ninguno asegura haberte oído,
aunque logran más fama que las mías!..."
Quiso el cisne cantar, y dio un graznido.
   ¡Gran cosa! Ganar crédito sin ciencia,
y perderle en llegando a la experiencia.









La lechuza

Atreverse a los autores muertos, y no a los vivos, no sólo es cobardía, sino traición.

Cobardes son y traidores
ciertos críticos que esperan,
para impugnar, a que mueran
los infelices autores,
porque, vivos, respondieran.
   Un breve caso a este intento
contaba una abuela mía.
Diz que un día en un convento
entró una lechuza... Miento,
que no debió ser un día.
   Fue, sin duda, estando el sol
ya muy lejos del ocaso...
Ella, en fin, se encontró al paso
una lámpara o farol
(que es lo mismo para el caso),
   y volviendo la trasera,
exclamó de esta manera:
"Lámpara, ¡con qué deleite
te chupara yo el aceite,
si tu luz no me ofendiera!
   Mas ya que ahora no puedo,
porque estás bien atizada,
si otra vez te hallo apagada,
sabré, perdiéndote el miedo,
darme una buena panzada".

El lobo y el pastor

El libro que de suyo es malo, no deja de serlo porque tenga tal cual cosa buena.

Cierto lobo, hablando con cierto pastor,
"Amigo -le dijo-, yo no sé por qué
me has mirado siempre con odio y horror.
Tiénesme por malo; no lo soy, a fe.
   Mi piel en invierno ¡qué abrigo no da!
Achaques humanos cura más de mil,
y otra cosa tiene, que seguro está
que la piquen pulgas ni otro insecto vil.
   Mis uñas no trueco por las del tejón,
que contra el mal de ojo tienen gran virtud;
mis dientes ya sabes cuán útiles son,
y a cuántos con mi unto he dado salud".
   El pastor responde: «¡Perverso animal!
¡Maldígate el cielo, maldígate, amén!
Después que estás harto de hacer tanto mal,
¿qué importa que puedas hacer algún bien?"
   Al diablo los doy
tantos libros lobos como corren hoy.









El asno y su amo

Quien escribe para el público, y no escribe bien, no debe fundar su disculpa en el mal gusto del vulgo.

"Siempre acostumbra hacer el vulgo necio
de lo bueno y lo malo igual aprecio;
yo le doy lo peor, que es lo que alaba".
   De este modo sus yerros disculpaba
un escritor de farsas indecentes;
y un taimado poeta que lo oía,
le respondió en los términos siguientes:
   "Al humilde jumento
su dueño daba paja, y le decía:
"Toma, pues que con eso estás contento".
Díjolo tantas veces, que ya un día
se enfadó el asno, y replicó: "Yo tomo
lo que me quieres dar; pero, hombre injusto,
¿piensas que sólo de la paja gusto?
Dame grano, y verás si me lo como".
   Sepa quien para el público trabaja,
que tal vez a la plebe culpa en vano,
pues si, en dándola paja, come paja,
siempre que la dan grano, come grano.





El galán y la dama

Cuando un autor ha llegado a ser famoso, todo se le aplaude.

Cierto galán a quien París aclama
petimetre del gusto más extraño,
que cuarenta vestidos muda al año
y el oro y plata sin temor derrama,
   celebrando los días de su dama,
unas hebillas estrenó de estaño,
sólo para probar con este engaño
lo seguro que estaba de su fama.
  "¡Bella plata! ¡Qué brillo tan hermoso!
-dijo la dama-. ¡Viva el gusto y numen
del petimetre en todo primoroso!"
   Y ahora digo yo: "Llene un volumen
de disparates un autor famoso,
y si no le alabaren, que me emplumen".







La compra del asno

A los que compran libros sólo por la encuadernación.

Ayer por mi calle
pasaba un borrico,
el más adornado
que en mi vida he visto.
Albarda y cabestro
eran nuevecitos,
con flecos de seda
rojos y amarillos.
Borlas y penacho
llevaba el pollino,
lazos, cascabeles
y otros atavíos;
y hechos a tijera,
con arte prolijo,
en pescuezo y anca
dibujos muy lindos.
   Parece que el dueño,
que es, según me han dicho,
un chalán gitano
de los más ladinos,
vendió aquella alhaja
a un hombre sencillo;
y añaden que al pobre
le costó un sentido.
Volviendo a su casa,
mostró a sus vecinos
la famosa compra,
y uno de ellos dijo:




"Veamos, compadre,
si este animalito
tiene tan buen cuerpo
como buen vestido".
Empezó a quitarle
todos los aliños,
y bajo la albarda,
al primer registro,
le hallaron el lomo
asaz malferido,
con seis mataduras
y tres lobanillos,
amén de dos grietas
y un tumor antiguo
que bajo la cincha
estaba escondido.
"Burro -dijo el hombre-,
más que el burro mismo,
soy yo, que me pago
de adornos postizos".
   A fe que este lance
no echaré en olvido,
pues viene de molde
a un amigo mío,
el cual, a buen precio,
ha comprado un libro
bien encuadernado,
que no vale un pito.










Los dos huéspedes

Las portadas ostentosas de los libros engañan mucho.

Pasando por un pueblo
de la montaña,
dos caballeros mozos
buscan posada.
   De dos vecinos
reciben mil ofertas
los dos amigos.
   Porque a ninguno quieren
hacer desaire,
en casa de uno y otro
van a hospedarse.
   De ambas mansiones,
cada huésped la suya
a gusto escoge.
   La que el uno prefiere
tiene un gran patio
y bello frontispicio
como un palacio;
   sobre la puerta
su escudo de armas tiene,
hecho de piedra.




   La del otro a la vista
no era tan grande,
mas dentro no faltaba
donde alojarse;
   como que había
piezas de muy buen temple,
claras y limpias.
   Pero el otro palacio
del frontispicio
era, además de estrecho,
oscuro y frío:
   mucha portada,
y por dentro desvanes
a teja vana.
   El que allí pasó un día
mal hospedado,
contaba al compañero
el fuerte chasco.
   Pero él le dijo:
"Otros chascos como ése
dan muchos libros".


El té y la salvia

Algunos sólo aprecian la literatura extranjera, y no tienen la menor noticia de la de su nación.

El té, viniendo del imperio chino,
se encontró con la salvia en el camino.
Ella le dijo: "¿Adónde vas, compadre?"
"A Europa voy, comadre,
donde sé que me compran a buen precio".
"Yo -respondió la salvia- voy a China,
que allá con sumo aprecio
me reciben por gusto y medicina.
En Europa me tratan de salvaje,
y jamás he podido hacer fortuna".
"Anda con Dios. No perderás el viaje,
pues no hay nación alguna
que a todo lo extranjero
no dé con gusto aplausos y dinero".
   La salvia me perdone,
que al comercio su máxima se opone.
Si hablase del comercio literario,
yo no defendería lo contrario,
porque en él para algunos es un vicio
lo que es en general un beneficio;
y español que tal vez recitaría
quinientos versos de Boileau y el Tasso,
puede ser que no sepa todavía
en qué lengua los hizo Garcilaso.

El pollo y los dos gallos

No ha de considerarse en un autor la edad, sino el talento.

Un gallo, presumido
de luchador valiente,
y un pollo algo crecido,
no sé por qué accidente
tuvieron sus palabras, de manera
que armaron una brava pelotera.
Diose el pollo tal maña,
que sacudió a mi gallo lindamente,
quedando ya por suya la campaña.
Y el vencido sultán de aquel serrallo
dijo, cuando el contrario no lo oía:
"¡Eh!, con el tiempo no será mal gallo:
el pobrecillo es mozo todavía".
   Jamás volvió a meterse con el pollo.
Mas en otra ocasión, por cierto embrollo,
teniendo un choque con un gallo anciano,
guerrero veterano,
apenas le quedó pluma ni cresta,
y dijo al retirarse de la fiesta:
"Si no mirara que es un pobre viejo...
Pero chochea, y por piedad le dejo".
   Quien se meta en contienda,
verbigracia, de asunto literario,
a los años no atienda,
sino a la habilidad de su adversario.

El ruiseñor y el gorrión


Nadie crea saber tanto que no tenga más que aprender.

  Siguiendo el son del organillo un día,
tomaba el ruiseñor lección de canto,
y a la jaula llegándose entretanto
el gorrión parlero, así decía:
"¡Cuánto me maravillo
de ver que de ese modo
un pájaro tan diestro
a un discípulo tiene por maestro!
Porque, al fin, lo que sabe el organillo
a ti lo debe todo".
"A pesar de eso -el ruiseñor replica-,
si él aprendió de mí, yo de él aprendo.
A imitar mis caprichos él se aplica;
yo los voy corrigiendo
con arreglarme al arte que él enseña;
y así pronto verás lo que adelanta
un ruiseñor que con escuela canta".
   ¿De aprender se desdeña
el literato grave?
Pues más debe estudiar el que más sabe.

El jardinero y su amo

La perfección de una obra consiste en la unión de lo útil y lo agradable.

   En un jardín de flores
había una gran fuente,
cuyo pilón servía
de estanque a carpas, tencas y otros peces.
   Únicamente al riego
el jardinero atiende,
de modo que entretanto
los peces agua en que vivir no tienen.
   Viendo tal desgobierno,
su amo le reprende,
pues, aunque quiere flores,
regalarse con peces también quiere;
   y el rudo jardinero
tan puntual le obedece,
que las plantas no riega
para que el agua del pilón no merme.
   Al cabo de algún tiempo
el amo al jardín vuelve;
halla secas las flores,
y amostazado dice de esta suerte:
   "Hombre, no riegues tanto,
que me quede sin peces,
ni cuides tanto de ellos
que sin flores, gran bárbaro, me dejes".
   La máxima es trillada,
mas repetirse debe:
si al pleno acierto aspiras,
une la utilidad con el deleite.











El burro del aceitero

A los que juntan muchos libros y ninguno leen.

  En cierta ocasión un cuero
lleno de aceite llevaba
un borrico, que ayudaba
en su oficio a un aceitero.
   A paso un poco ligero,
de noche en su cuadra entraba,
y de una puerta en la aldaba
se dio el golpazo más fiero.
   "¡Ay! -clamó-, ¿no es cosa dura
que tanto aceite acarree
y tenga la cuadra obscura?"
   Me temo que se mosquee
de este cuento quien procura
juntar libros que no lee.
   ¿Se mosquea? Bien está;
pero este tal, ¿por ventura
mis fábulas leerá?






dibujo de musas
Hecho con / Made with Mac