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Los dos conejos No debemos detenernos en cuestiones frívolas, olvidando el asunto principal. Por entre unas matas, seguido de perros -no diré corría- volaba un conejo. De su madriguera salió un compañero, y le dijo: "Tente, amigo, ¿qué es esto?" "¿Qué ha de ser? -responde-; sin aliento llego... Dos pícaros galgos me vienen siguiendo». "Sí -replica el otro-, por allí los veo... Pero no son galgos". "¿Pues qué son?" "Podencos". "¿Qué? ¿Podencos dices? Sí, como mi abuelo. Galgos y muy galgos; bien vistos los tengo". "Son podencos, vaya, que no entiendes de eso". "Son galgos, te digo". "Digo que podencos". En esta disputa llegando los perros, pillan descuidados a mis dos conejos. Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa, llévense este ejemplo. |
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Los huevos No falta quien quiera pasar por autor original, cuando no hace más que repetir con corta diferencia lo que otros muchos han dicho. Más allá de las islas Filipinas, hay una, que ni sé cómo se llama ni me importa saberlo, donde es fama que jamás hubo casta de gallinas, hasta que allá un viajero llevó por accidente un gallinero. Al fin tal fue la cría, que ya el plato más común y barato era de huevos frescos; pero todos los pasaban por agua (que el viajante no enseñó a componerlos de otros modos). Luego, de aquella tierra un habitante introdujo el comerlos estrellados. ¡Oh! ¡Qué elogios se oyeron a porfía de su rara y fecunda fantasía! Otro discurre hacerlos escalfados... ¡Pensamiento feliz!... Otro, rellenos... ¡Ahora sí que están los huevos buenos! Uno, después, inventa la tortilla, y todos claman ya: "¡Qué maravilla!" No bien se pasó un año, cuando otro dijo: "Sois unos petates; yo los haré revueltos con tomates". Y aquel guiso de huevos tan extraño, con que toda la isla se alborota, hubiera estado largo tiempo en uso, a no ser porque luego los compuso un famoso extranjero a la hugonota. Esto hicieron diversos cocineros; pero ¡qué condimentos delicados no añadieron después los reposteros! Moles, dobles, hilados, en caramelo, en leche, en sorbete, en compota, en escabeche. Al cabo todos eran inventores, y los últimos huevos, los mejores. Mas un prudente anciano les dijo un día: "Presumís en vano de esas composiciones peregrinas. ¡Gracias al que nos trajo las gallinas!" Tantos autores nuevos ¿no se pudieran ir a guisar huevos más allá de las islas Filipinas? |
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El jilguero y el cisne Nada sirve la fama si no corresponden las obras. "Calla tú, pajarillo vocinglero -dijo el cisne al jilguero-. ¿A cantar me provocas, cuando sabes que de mi voz la dulce melodía nunca ha tenido igual entre las aves?" El jilguero sus trinos repetía, y el cisne continuaba: «¡Qué insolencia! ¡Miren cómo me insulta el musiquillo! Si con soltar mi canto no le humillo, dé muchas gracias a mi gran prudencia". "¡Ojalá que cantaras! -le respondió por fin el pajarillo-. ¡Cuánto no admirarías con las cadencias raras que ninguno asegura haberte oído, aunque logran más fama que las mías!..." Quiso el cisne cantar, y dio un graznido. ¡Gran cosa! Ganar crédito sin ciencia, y perderle en llegando a la experiencia. |
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El lobo y el pastor El libro que de suyo es malo, no deja de serlo porque tenga tal cual cosa buena. Cierto lobo, hablando con cierto pastor, "Amigo -le dijo-, yo no sé por qué me has mirado siempre con odio y horror. Tiénesme por malo; no lo soy, a fe. Mi piel en invierno ¡qué abrigo no da! Achaques humanos cura más de mil, y otra cosa tiene, que seguro está que la piquen pulgas ni otro insecto vil. Mis uñas no trueco por las del tejón, que contra el mal de ojo tienen gran virtud; mis dientes ya sabes cuán útiles son, y a cuántos con mi unto he dado salud". El pastor responde: «¡Perverso animal! ¡Maldígate el cielo, maldígate, amén! Después que estás harto de hacer tanto mal, ¿qué importa que puedas hacer algún bien?" Al diablo los doy tantos libros lobos como corren hoy. |
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El asno y su amo Quien escribe para el público, y no escribe bien, no debe fundar su disculpa en el mal gusto del vulgo. "Siempre acostumbra hacer el vulgo necio de lo bueno y lo malo igual aprecio; yo le doy lo peor, que es lo que alaba". De este modo sus yerros disculpaba un escritor de farsas indecentes; y un taimado poeta que lo oía, le respondió en los términos siguientes: "Al humilde jumento su dueño daba paja, y le decía: "Toma, pues que con eso estás contento". Díjolo tantas veces, que ya un día se enfadó el asno, y replicó: "Yo tomo lo que me quieres dar; pero, hombre injusto, ¿piensas que sólo de la paja gusto? Dame grano, y verás si me lo como". Sepa quien para el público trabaja, que tal vez a la plebe culpa en vano, pues si, en dándola paja, come paja, siempre que la dan grano, come grano. |
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El galán y la dama Cuando un autor ha llegado a ser famoso, todo se le aplaude. Cierto galán a quien París aclama petimetre del gusto más extraño, que cuarenta vestidos muda al año y el oro y plata sin temor derrama, celebrando los días de su dama, unas hebillas estrenó de estaño, sólo para probar con este engaño lo seguro que estaba de su fama. "¡Bella plata! ¡Qué brillo tan hermoso! -dijo la dama-. ¡Viva el gusto y numen del petimetre en todo primoroso!" Y ahora digo yo: "Llene un volumen de disparates un autor famoso, y si no le alabaren, que me emplumen". |
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La compra del asno A los que compran libros sólo por la encuadernación. Ayer por mi calle pasaba un borrico, el más adornado que en mi vida he visto. Albarda y cabestro eran nuevecitos, con flecos de seda rojos y amarillos. Borlas y penacho llevaba el pollino, lazos, cascabeles y otros atavíos; y hechos a tijera, con arte prolijo, en pescuezo y anca dibujos muy lindos. Parece que el dueño, que es, según me han dicho, un chalán gitano de los más ladinos, vendió aquella alhaja a un hombre sencillo; y añaden que al pobre le costó un sentido. Volviendo a su casa, mostró a sus vecinos la famosa compra, y uno de ellos dijo: |
"Veamos, compadre, si este animalito tiene tan buen cuerpo como buen vestido". Empezó a quitarle todos los aliños, y bajo la albarda, al primer registro, le hallaron el lomo asaz malferido, con seis mataduras y tres lobanillos, amén de dos grietas y un tumor antiguo que bajo la cincha estaba escondido. "Burro -dijo el hombre-, más que el burro mismo, soy yo, que me pago de adornos postizos". A fe que este lance no echaré en olvido, pues viene de molde a un amigo mío, el cual, a buen precio, ha comprado un libro bien encuadernado, que no vale un pito. |
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Los dos huéspedes Las portadas ostentosas de los libros engañan mucho. Pasando por un pueblo de la montaña, dos caballeros mozos buscan posada. De dos vecinos reciben mil ofertas los dos amigos. Porque a ninguno quieren hacer desaire, en casa de uno y otro van a hospedarse. De ambas mansiones, cada huésped la suya a gusto escoge. La que el uno prefiere tiene un gran patio y bello frontispicio como un palacio; sobre la puerta su escudo de armas tiene, hecho de piedra. |
La del otro a la vista no era tan grande, mas dentro no faltaba donde alojarse; como que había piezas de muy buen temple, claras y limpias. Pero el otro palacio del frontispicio era, además de estrecho, oscuro y frío: mucha portada, y por dentro desvanes a teja vana. El que allí pasó un día mal hospedado, contaba al compañero el fuerte chasco. Pero él le dijo: "Otros chascos como ése dan muchos libros". |
El té y la salvia
![]() Algunos sólo aprecian la literatura extranjera, y no tienen la menor noticia de la de su nación. El té, viniendo del imperio chino, se encontró con la salvia en el camino. Ella le dijo: "¿Adónde vas, compadre?" "A Europa voy, comadre, donde sé que me compran a buen precio". "Yo -respondió la salvia- voy a China, que allá con sumo aprecio me reciben por gusto y medicina. En Europa me tratan de salvaje, y jamás he podido hacer fortuna". "Anda con Dios. No perderás el viaje, pues no hay nación alguna que a todo lo extranjero no dé con gusto aplausos y dinero". La salvia me perdone, que al comercio su máxima se opone. Si hablase del comercio literario, yo no defendería lo contrario, porque en él para algunos es un vicio lo que es en general un beneficio; y español que tal vez recitaría quinientos versos de Boileau y el Tasso, puede ser que no sepa todavía en qué lengua los hizo Garcilaso. |
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El pollo y los dos gallos No ha de considerarse en un autor la edad, sino el talento. Un gallo, presumido de luchador valiente, y un pollo algo crecido, no sé por qué accidente tuvieron sus palabras, de manera que armaron una brava pelotera. Diose el pollo tal maña, que sacudió a mi gallo lindamente, quedando ya por suya la campaña. Y el vencido sultán de aquel serrallo dijo, cuando el contrario no lo oía: "¡Eh!, con el tiempo no será mal gallo: el pobrecillo es mozo todavía". Jamás volvió a meterse con el pollo. Mas en otra ocasión, por cierto embrollo, teniendo un choque con un gallo anciano, guerrero veterano, apenas le quedó pluma ni cresta, y dijo al retirarse de la fiesta: "Si no mirara que es un pobre viejo... Pero chochea, y por piedad le dejo". Quien se meta en contienda, verbigracia, de asunto literario, a los años no atienda, sino a la habilidad de su adversario. |
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El ruiseñor y el gorrión![]() Nadie crea saber tanto que no tenga más que aprender. Siguiendo el son del organillo un día, tomaba el ruiseñor lección de canto, y a la jaula llegándose entretanto el gorrión parlero, así decía: "¡Cuánto me maravillo de ver que de ese modo un pájaro tan diestro a un discípulo tiene por maestro! Porque, al fin, lo que sabe el organillo a ti lo debe todo". "A pesar de eso -el ruiseñor replica-, si él aprendió de mí, yo de él aprendo. A imitar mis caprichos él se aplica; yo los voy corrigiendo con arreglarme al arte que él enseña; y así pronto verás lo que adelanta un ruiseñor que con escuela canta". ¿De aprender se desdeña el literato grave? Pues más debe estudiar el que más sabe. |
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El jardinero y su amo La perfección de una obra consiste en la unión de lo útil y lo agradable. En un jardín de flores había una gran fuente, cuyo pilón servía de estanque a carpas, tencas y otros peces. Únicamente al riego el jardinero atiende, de modo que entretanto los peces agua en que vivir no tienen. Viendo tal desgobierno, su amo le reprende, pues, aunque quiere flores, regalarse con peces también quiere; y el rudo jardinero tan puntual le obedece, que las plantas no riega para que el agua del pilón no merme. Al cabo de algún tiempo el amo al jardín vuelve; halla secas las flores, y amostazado dice de esta suerte: "Hombre, no riegues tanto, que me quede sin peces, ni cuides tanto de ellos que sin flores, gran bárbaro, me dejes". La máxima es trillada, mas repetirse debe: si al pleno acierto aspiras, une la utilidad con el deleite. |
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Hecho con / Made with Mac |