Melchor Gaspar de Jovellanos


Indice

  1. Jovellanos y su tiempo
  2. Angeles Galino Carrillo
  3. Jovellanos, dramaturgo romántico
  4. Russell P. Sebold
  5. La libertad de Jovino
  6. Agustín Guzmán Sancho
  7. Gaspar Melchor de Jovellanos, un paradigma de lectura ilustrada
  8. Gabriel Sánchez Espinosa
  9. Jovellanos - Un modelo físico de la economía
  10. José Ramón San Miguel Hevia
  11. Sobre la filosofía de Jovellanos
  12. Silverio Sánchez Corredera
  13. La Guerra de Independencia, vista por Jovellanos. - Jadraque
  14. Agustín Guzmán Sancho
  15. Jovellanos, en el centro del poder
  16. Francisco Carantoña Álvarez
  17. La ley agraria
  18. Luis Aguirre Prado
  19. Soberanía y supremacía
    doscientos años después: Jovellanos y España
  20. Silverio Sánchez Corredera
  21. La última lección de Jovellanos
  22. Fernando García de Cortázar


Jovellanos y su tiempo

Buena parte de los escritos de nuestro autor pertenecen a dictámenes, censuras y representaciones de carácter jurídico solicitadas por el Supremo Consejo de Castilla. Jurisconsulto y magistrado de profesión, Jovellanos era experto en derecho civil y canónico y figura en las corrientes del regalismo ilustrado. Mantiene continuo contacto con el pensamiento jurídico innovador de Inglaterra, Italia y Francia; tal, la Constitución francesa del Año II que encuentra admirable.
Literato, su excelencia en el cultivo de la lengua y la literatura españolas ha constituido, hasta ahora, la faceta más reconocida de la personalidad de Jovellanos. Autor de algunas de las mejores poesías del siglo, cultivador de diferentes géneros, entre los que sobresalen la lírica y la sátira, su creación literaria, bajo el seudónimo de "Jovino", así como el estilo de su prosa, elegante con naturalidad, le han conquistado un espacio importante en la historia de la literatura española.
Político reformador, pertenece al círculo enciclopedista de Pablo de Olavide, el promotor de la primera reforma universitaria moderna en España, y se relaciona estrechamente con algunos de los principales autores de las reformas llevadas a cabo bajo Carlos III. Es miembro del Real Consejo de las Ordenes Militares, Consejero de Estado, y Ministro de Gracia y Justicia con Carlos IV. Durante la Guerra de la Independencia (1808-1813) es miembro de la Junta Central Suprema y las Cortes de Cádiz le declaran Padre de la Patria.
Estudioso de economía civil, fundador y miembro activo de la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País y correspondiente de otras muchas sociedades económicas, trabaja activamente en el fomento del comercio, la explotación minera y las vías de comunicación. Consagra una de sus obras principales, Informe sobre el expediente de la Ley Agraria, a los problemas políticos del suelo. En él expone un pensamiento independiente e informado de las doctrinas económicas del siglo. Toma partido por las reformas agrarias que la nación necesita.
Jovellanos es, en realidad, un polígrafo por su cultivo de la historia, la geografía, el arte, y su interés por los usos y costumbres de los grupos humanos, que hacen de él un precursor de varias ramas de ciencias desarrolladas con posterioridad.

Jovellanos pedagogo

Jovellanos hace de la educación el objeto privilegiado de sus preocupaciones. El vasto campo de sus intereses acaba siempre centrándose en la cuestión capital de la formación humana. Las publicaciones que sobre educación le debemos abarcan casi tres decenios de su vida (1781-1809). Entre ellas se cuenta el primer tratado sistemático sobre el tema. Una perspectiva histórica de la educación ha de reconocer en Jovellanos una figura emblemática de la pedagogía de la Ilustración.
Un ilustrado es un hombre sociable. La condición social del hombre constituye el punto de partida de las reflexiones pedagógicas jovellanistas. Este carácter societario se abrirá progresivamente a los valores personales y acabará caracterizando su pedagogía como igualmente atenta a ambos polos de la relación, el individuo y la sociedad.
Su Diario de 1796 revela la densidad humana del hombre que, pasada la cincuentena, hace balance de lo que en su vida hizo y de lo que quiso hacer, toma el futuro en sus manos y lo concentra en una decisión: "Resuelvo en mi ánimo una obrita sobre instrucción pública para lo cual tengo hechos algunos apuntamientos y observaciones".
Las investigaciones sobre Jovellanos que, desde diversos campos, se han llevado a cabo han abierto respectivas vías de acceso a sus diferentes producciones. En su contribución especializada, son rigurosamente insustituibles. Nos ocupamos ahora de un eje de su obra que, sin ser único, nos parece principal porque tiene capacidad integradora para conferir sentido a sus principales obras en prosa y a algunas de sus creaciones poéticas: la dominante pedagógica de su reformismo. La preocupación por la regeneración económica de la nación y la creencia axiomática de que la instrucción es el origen de todo progreso social y personal, constituyen el impulso inicial de la pedagogía de Jovellanos. El pensamiento y la acción reformadora de Jovellanos se configuran en el contexto de su crítica institucional contra la universidad, los colegios mayores universitarios, la magistratura, los gremios de los oficios, la Inquisición; en el contexto de su crítica social contra la riqueza vinculada (mayorazgos y "manos muertas"), la mala educación de la clase aristocrática, la falta de educación del pueblo, la pseudoeducación de la mujer impuesta por prejuicios sociales que deben superarse; la pobreza de origen político estructural; la desestima del trabajo y las desviaciones supersticiosas y milagreras de la religiosidad. Su crítica de la educación contemporánea denuncia los métodos docentes puramente especulativos ‹deductivos, dice él‹, los estatutos anacrónicos que rigen todavía los establecimientos de enseñanza, el régimen semieclesiástico de las universidades, el abuso de los argumentos de autoridad, el desconocimiento o poco recurso a las fuentes (bíblicas, humanísticas, jurídicas, médicas), la ignorancia y menosprecio de las ciencias modernas, el descuido de las lenguas vivas, la falta de formación actualizada de las clases trabajadoras y de los oficios técnicos (Escolano Benito, 1988).
Ante la imposibilidad de llevar acabo las ingentes reformas que considera urgentes, opta por reformar cuando puede establecimientos docentes antiguos. Pero pone más énfasis en crear espacios nuevos, instituciones "otras", capaces de encarnar su ideal.
Las gestiones y publicaciones de las distintas etapas de su vida así lo acreditan. Cuando las Sociedades Económicas de Amigos del País estaban aún en su auge, él se dirige a la de Asturias sobre los medios de promover el bienestar de aquella región (1781), y la necesidad de cultivar en ella el estudio de las ciencias naturales (1782). Uno de sus Discursos introduce el ejercicio de la libertad en la formación de los artesanos (1785). Aboga por la presencia de señoras en la Sociedad Económica Matritense como sujetos activos con todos sus derechos (1786). Una parte significativa de su pensamiento pedagógico lo expone en el Elogio de Carlos III (1788). Siendo Ministro de las Órdenes Militares, compone un plan de estudios para el Colegio de Calatrava en Salamanca (1790), que es su principal aportación a la formación universitaria y pedagógicamente muy importante (Caso González, 1988).
Durante los fecundos años de su destierro en Gijón (1790-1797), bajo pretexto de supervisar operaciones mineras, se ocupa especialmente en dar forma al establecimiento por él fundado, el Instituto de Náutica y Mineralogía. En el trabajo sobre la Ley Agraria dedica largas páginas a la educación de agricultores, propietarios y políticos (1794). Según la crítica reciente, el Plan de educación de la nobleza sería una obra no redactada por él pero, sin duda, bajo su directa inspiración, hay que situarla en el tiempo de su efímero mandato como Ministro de Gracia y Justicia (1797-1798). En su destierro de Mallorca, compone finalmente, sin libros de consulta ni citas de referencia, el primer tratado sistemático sobre educación de la Ilustración española.

La efervescencia pedagógica de la época
No se trata de trazar un cuadro completo de la realidad educacional del último tercio del siglo XVIII en España, sino de tener en cuenta algunos rasgos significativos del contexto pedagógico en que se desenvuelve la vida de Jovellanos.
Los primeros años de su ejercicio profesional coinciden con la serie de medidas políticas promovidas por los ministros de Carlos III. La convicción ‹a todas luces subjetiva‹ de que participaban en la crisis más favorable de la historia de España se traduce en la serie de reformas que sintetizamos a continuación: la expulsión de los jesuitas que abandonan colegios y seminarios, y el conjunto de disposiciones relativas a este acontecimiento (1767 y años siguientes); el encargo a Olavide de reformar la Universidad de Sevilla, que daría lugar a las innovaciones contenidas en su plan de estudios (Aguilar Piñal, 1969), documento circunstanciado de hacia dónde se deseaba llevar la reforma de las demás universidades; las disposiciones contenidas en el cuerpo de Reales Cédulas sobre la reforma de las universidades de Salamanca y Alcalá (1769); la creación del cargo de Directores de Universidades, encargados de robustecer la dependencia de las universidades respecto del Consejo de Castilla (1769); la reforma de los Colegios Mayores Universitarios propiciada por los "manteístas" en el poder, enfrentados con los "colegiales" que hasta entonces habían prevalecido en la administración civil y eclesiática (1771-1777).
Las dificultades que se oponen a estos intentos y el fracaso de los mismos dejarán para siempre en Jovellanos la idea de que los imprescindibles cambios en los estudios, métodos y organización docente nunca llegarán a buen puerto si han de realizarlos las corporaciones respectivas. Desconfía de las enseñanzas universitarias, que él considera bastiones decadentes de la universidad tradicional. Aprovecha distintos pasajes de sus obras para manifestar su melancólica frustración, precisamente porque entiende que la renovación eficaz debía empezar "desde arriba".
En el decenio de los años 1760 se abordan simultáneamente reformas en otros niveles. Se inicia así la intervención ilustrada en la enseñanza del nivel que entonces se denominaba de "Primeras Letras". La expedición del título de maestro queda reservada al Consejo de Castilla (1771). Los asuntos de los maestros, regulados hasta entonces por la Hermandad de San Casiano, pasan a depender del Colegio Académico de Primeras Letras (1780) y, más tarde, de la Real Academia de Primera Educación (1791) que instituye por vez primera una cátedra diaria de Educación y Enseñanza (1797). Se crean las "escuelas normales", así llamadas porque su funcionamiento práctico había de ser norma para todas las demás. Esta denominación, que aparece por vez primera en nuestra terminología docente, acusa el influjo de la Escuela Normal de París, abierta, por acuerdo de la Convención, el 20 de enero de 1795.
Los ilustrados españoles presentan como acusada característica la lucha por la regeneración de una patria que, tras un período de resurgimiento, amenaza entrar en decadencia. En realidad les falta el entorno social. La clase instruida y relacionada con la Administración pública es demasiado leve. Se agrupan en círculos de amigos y en torno a proyectos (Viñao Frago, 1982). Podría decirse, por eso, que constituyen una intelligentsia. Salvo algunos años del reinado de Carlos III, su drama consiste en la brecha existente entra sus ideas y la vida política.
En este marco ideológico-político de fuertes tensiones se sitúan las concepciones pedagógicas de Jovellanos.

La teoría de la educación en Jovellanos.

LA EDUCABILIDAD
Nunca es ociosa la pregunta por el hombre. En cada concepción pedagógica subyace una imagen del hombre. La pregunta del ser humano sobre sí mismo y sobre el sentido de su existencia, proporciona a Jovellanos tres bases para su antropología pedagógica.
El hombre al nacer es un ser defectivo necesitado de diversas ayudas; entre todas ellas la comunicación humana. La razón es la raíz de toda comunicación instructiva6. La responsabilidad moral es privativa del ser humano; la instancia ética de la libertad reclama la perfección del sujeto que se educa, "una educación para la virtud".
EL PRINCIPIO DE LA ECONOMÍA APLICADO A LA EDUCACIÓN
Aborda Jovellanos las relaciones entre economía e instrucción confesando su propio cambio de mentalidad. Se pregunta por los conocimientos que requiere el ejercicio de la jurisprudencia, su formación inicial. Había llegado a la convicción de que el estudio más importante que ha de ilustrar al poder legislativo sería la economía civil y política8., "ciencia que se puede decir de este siglo".
Cualesquiera que sean las fuentes de "riqueza de las naciones," ‹agricultura, comercio y navegación, industria o su población‹, a todas les otorga en este razonamiento igual dignidad. Todas ellas se relacionan entre sí mediante una red complejísima de acciones y reacciones directas e indirectas. Ello requiere una política de fomento sincrónico de todas las fuentes de riqueza. El descuido de una sola perjudicaría a las demás.
Urge entonces descubrir si existe un impulso primero capaz de influir genéricamente en todas y cada una de las vías de prosperidad de los Estados. Para Jovellanos hay una sola respuesta, la instrucción. La relación entre trabajo y riqueza no es simple. Interfiere el modo o arte de aplicar el trabajo a los distintos campos de producción. Tampoco es directa la relación entre riqueza y población, que depende de la pericia, sofisticación o modos simbólicos de transformar laboralmente la realidad que se manipula. La riqueza está en relación con la calidad del producto.
El imperativo básico es promover la información, la circulación de ideas, el aprendizaje de nuevas técnicas, estudiar las novedades que continuamente se están produciendo. "La principal fuente de prosperidad pública debe buscarse en la instrucción".
Los currículos de estudios han de incluir las "ciencias útiles". La cuestión de las ciencias útiles, decisiva para la concepción del currículo, se plantea en diversos lugares. Uno de ellos en el contexto de la proyectada Ley Agraria11. La utilidad de un saber está en función de la necesidad a que se aplica: cuando Jovellanos preconiza que se enseñen las ciencias útiles en los planes de estudio, piensa en las que pueden servir con provecho a la solución de necesidades humanas. La necesidad es el primer aguijón del interés. A la política de su tiempo le corresponde dar a los estudios el giro de ciento ochenta grados que introduzca en ellos los conocimientos y las técnicas llamadas a fomentar la prosperidad nacional. Simultáneamente, a maestros y educadores corresponde el cometido pedagógico de acercar la instrucción al interés. Ha diseñado las dos vertientes del mismo capítulo de las reformas ilustradas que preconiza.
Las ciencias exactas y las ciencias naturales son para Jovellanos las "ciencias útiles" por antonomasia. Las primeras disponen al conocimiento de la misma economía, de las máquinas e instrumentos en general. Las segundas son llave para el estudio y explotación del suelo y del subsuelo, así como de las numerosas artes subalternas del "gran arte de la agricultura".
En el Informe sobre la Ley Agraria se propone la creación de establecimientos de "enseñanzas útiles". En este caso, las que necesita la agricultura. Serán difundidas en todas las ciudades y villas de alguna consideración, a saber, "aquéllas en que sea numerosa y acomodada la clase propietaria".
Los métodos de estas enseñanzas entrañan una cuestión previa, nada baladí: derribar el muro entre los que estudian y los que trabajan; entre la teoría y la práctica; entre la investigación y la acción. Ya se ve por dónde se inclinará Jovellanos, dado que los defectos de la cultura española son, a su juicio, el gusto por la sutileza del razonamiento, la desestima de los conocimientos prácticos, la identificación del pensamiento tradicional con el propio, y las novedades, con extranjerismos peligrosos. "¿No habrá algún medio de acercar más los sabios a los artistas (artesanos), y las ciencias mismas a su primero y más digno objeto?"
El papel del intelectual ‹demasiado propenso a generalizar conocimientos abstractos sin verificar su aplicación‹ ha de consistir, ante todo, en investigar verdades útiles y ponerlas al alcance de los analfabetos; y en algo igualmente urgente, desterrar las rutinas y prejuicios que tanto impiden el progreso de las "artes necesarias". Para material se elaborarán unas "cartillas técnicas" que, respondiendo a una didáctica clara y sencilla , expliquen los mejores métodos de preparar las tierras.
FINANCIAMIENTO DE LA EDUCACIÓN
Para sufragar la gratuidad , el mencionado Informe propone dotarla a cuenta del tipo "de diezmos que pertenecen a los prelados, mesas capitulares, préstamos y beneficios simples". En cuanto a los institutos de enseñanzas útiles, prevé tres fuentes de financiación. Supuesta la finalidad de utilidad pública a que se destinan, está justificado dotarlos con fondos de los Concejos de las respectivas localidades. El salario de los maestros correrá a cargo de las contribuciones de los alumnos. El gobierno se encargará de los edificios, instrumentos, máquinas, bibliotecas y otros complementos semejantes.
LA CUESTIÓN DE LA VIRTUD
Justificar el universo moral es la cuestión clave de la ética de la Ilustración. Para Jovellanos, la virtud y el valor deben contarse entre los elementos más destacados de la prosperidad social. El medio privilegiado para alcanzarlos será también aquí la instrucción, pues la ignorancia es el origen de todos los males que corrompen la sociedad. La ignorancia moral, sin embargo, es pésima, porque no expresa un defecto del entendimiento, sino del corazón.
Jovellanos ve con claridad las relaciones, en modo alguno obvias, entre instrucción y virtud. En primer término, analiza el origen o primera fuente de la moral. Así lo habían hecho Platón, Aristóteles y, entre los modernos, Hume y Adam Smith, por considerarlo parte obligada de la filosofía moral. Jovellanos lo considera indispensable para la educación moral.
No es irrelevante el lugar que concede a la exposición y crítica de las opiniones de los filósofos sobre los fundamentos de la moral, que sitúa al principio como debate fundamentante: el concepto de naturaleza es incierto, pues indica una idea "universal y compleja"; la razón humana no es la norma ni la precede, aunque puede discernirla y determinar la conducta; la búsqueda del placer y huida del dolor serían aceptables si se identificaran con la apetencia del bien y el rechazo del verdadero mal.
Tampoco admite Jovellanos el interés como fundamento de la moral; en este plano tiene el interés un relieve secundario, su importancia corresponde al orden psicopedagógico. Coincide con quienes colocan la felicidad en el ejercicio de la virtud, pero disiente de quienes, como Cicerón, uno de sus autores más leídos, no llegan a derivarla de su verdadero origen.
La tensión fundamental entre individuo y sociedad, que aumenta a lo largo del siglo, interesa sobremanera a nuestro autor que define sus profundas convicciones ético-políticas como fundamento obligado de toda educación. Se opone en parte a las corrientes contemporáneas, rechazando la "invención" del individuo abstracto que considera arbitraria porque "digan lo que quieran los poetas y los pseudofilósofos, la historia y la experiencia jamás nos presentan (al hombre) sino reunido en alguna asociación más o menos imperfecta". Pero, en buena parte, las acepta distinguiendo los derechos del "hombre natural" de los del "hombre en sociedad". Acepta las obligaciones y derechos naturales, afirmando al mismo tiempo que están modificados por el carácter social del hombre. Modificación que considera esencial. Ese principio modificante no puede menos de estar dirigido, sin embargo, a la conservación y perfección de aquellos derechos y obligaciones que, por naturaleza, son anteriores a los sociales. Las modificaciones que introduzca este principio de asociación serán tanto más perfectas cuanto más perfeccionen y menos disminuyan los derechos que por naturaleza corresponden al hombre. Concluye paladinamente reconociendo que a toda sociedad política le es esencial tender siempre a esa perfección. En el contexto de este pasaje aparecen expresados en apretado haz puntos de vista que definen a Jovellanos como ilustrado ávido de reformas, pero, desde luego, antirrevolucionario.
El gran error que hace de la educación moral un terreno movedizo ha consistido en reconocer derechos sin ley ni norma que los establezca, o más bien reconocer esta ley sin reconocer su legitimador. Estas "opiniones" conciernen a los sujetos de la educación que de ellas participan y el educador ha de tenerlas en cuenta.
Jovellanos, por su parte, es explícito. La primera fuente de la moral reside en autor de todas las cosas. Para encontrar esta afirmación no es preciso esperar al Tratado teórico-práctico de enseñanza. La desarrolló ampliamente en la Introducción al estudio de la Economía civil. La norma moral ha de tener "un origen sublime, un carácter esencialmente bueno y una fuerza constante uniformemente activa". De este origen se deducen los deberes, las obligaciones naturales que conciernen al hombre en cuanto hombre, y las obligaciones civiles del hombre en sociedad.
La instrucción moral es necesaria aun cuando se considere que la ley moral es natural al hombre y sus preceptos se desarrollan con él. Más necesaria aún para quienes fundamentan su moral en reflexiones y deducciones de principios abstractos. Hay también una "moral de sentimiento" impresa en el corazón de las personas que podrían no necesitar de la instrucción. Aún en el caso de que así fuese, la instrucción serviría para cultivarla y perfeccionarla.
El pueblo que no conoce otra formación moral estará en este punto aún más necesitado de instrucción.

El espacio teórico propio de la educación

La expresión sistemática del pensamiento pedagógico de Jovellanos corresponde a una obra tardía, el Tratado teórico-práctico de enseñanza. En su anterior y abundante producción, el autor había tomado posiciones pedagógicas muy definidas y arriesgadas. Había expuesto su pensamiento acerca de la formación literaria, jurídica, teológica, científica, artesanal, cívica. Un autor de pensamiento tan coherente ‹a pesar de cuanto se haya dicho de "las dos caras de Jovellanos"‹ no podía dar un quiebro desorientador en la obra de su solitaria y encarcelada madurez. Sí, en cambio, ofrecer un concepto razonado de educación, una visión intelectual de conjunto, que sólo un panorama complejo permite lograr.
El punto firme del que arranca comprende los dos axiomas ya conocidos que constituyen su más profunda convicción en este campo, "la instrucción es no sólo la primera, sino también la más general fuente de la prosperidad de los pueblos" y "la primera raíz del mal está en la ignorancia". A demostrar este aserto consagró su vida. Puso a su servicio, como confiesa, "detenida meditación" y el celo del bien público que jamás se pudo desmentir.
Las relaciones entre instrucción y educación quedan sentadas claramente en el Tratado: la instrucción es el medio universal de educación y la virtud el objetivo principal de la educación. Con esto concluye prolijos razonamientos anteriores. Tal es el concepto que, a nuestro juicio, fundamenta la teoría jovellanista de la educación.
Sabemos así en parte sobre qué ha versado la detenida meditación antes aludida. Intentó esclarecer las relaciones entre instrucción y moral. Antes se había hecho eco del desafío planteado tiempo atrás por Rousseau. "Se dirá que la instrucción corrompe y es verdad". La objeción es demasiado importante para no detenerse ante ella. Jovellanos matiza posturas. Discierne la calidad de la instrucción reconociendo la existencia de un saber del mal. También en él cabe corrupción "y entonces ningún mal mayor puede venir sobre los hombres y sobre los Estados". No es ésta la primera vez que registra la existencia de una instrucción perversa. Aunque a ésta no le quiere llamar instrucción, sino delirio. En ocasiones, al mal moral lo designa como error.
Planteada así la cuestión, lo que ahora se ventila no es otra cosa sino el significado de la educación. Nada menos. Los términos de la cuestión tratando de demostrar si la educación puede ser o no la primera fuente de la instrucción benéfica.
La respuesta no es inmediata. Se alcanza por vías indirectas, aunque convergentes. En el desarrollo del estudio de las ciencias que incluye en el Tratado promete "indicar la relación que tiene cada una con los grandes objetos de la razón humana"; explicitar de qué modo los saberes parciales contribuyen a la perfección humana mediante el ejercicio de la razón. La respuesta directa se desarrolla en el capítulo asignado a la ética.
¿Cómo puede la instrucción contribuir a la formación moral? No escapa a Jovellanos la problematicidad derivada del tipo intrínseco de relaciones que se dan entre las capacidades cognitivas del sujeto y los comportamientos conductuales. Cuestión clásica que le ha ocupado en distintas ocasiones y sólo en el Tratado ha llegado a una conclusión.
Cuando escribía la Introducción a la Economía política, formulaba las siguientes aserciones: el hombre en sus aspectos físicos se perfecciona con la instrucción; la instrucción perfecciona la razón, el corazón, y hasta la misma voluntad que "con la instrucción no será menos libre pero será más ilustrada".
De una cosa está cierto y lo expresa, tanto en la Economía civil como en el Tratado: el antídoto de los conocimientos que no perfeccionan al hombre, jamás será la ignorancia. Su tesis es la contraria: oponer a la cultura de corrupción un saber sólidamente fundado.
En el Tratado ‹apoyado siempre en el ejercicio de la razón en todos los aspectos de la función educadora‹, pone el acento en expresiones como la necesidad de intervenir cerca de los jóvenes, "rectificar el corazón", dirigirlos en el ejercicio "de sus sentimientos y afectos". La voluntad "se ha de disponer" para conformarse a la norma, de modo que conozca y sienta que "en esta conformidad está su dicha". Este estudio es el que inclina a ejercer la virtud.
Esta "enseñanza", confiesa, es más bien de hechos que de raciocinios y se da más bien con ejemplos que con discursos, porque "no se debe olvidar que las verdades morales son verdades de sentimiento". Entre la instrucción que abre las llaves de las ciencias y las artes, y el objetivo de la educación que ha de hacer a los ciudadanos útiles y buenos, debe hallarse un saber dirigido a formar en la virtud. En este "saber hacer" peculiar, que tiene mucho de arte, y, de algún modo, pertenece al orden de la "sabiduría", sitúa Jovellanos el espacio de la educación.
Para nuestro autor, la educación es el gozne ineludible que ha de orientar la instrucción hacia la virtud. En la época de las Luces, pertenece a la esencia de la educación guiar la universal difusión del saber hacia los dos hitos de la Ilustración: la virtud y la prosperidad de las naciones.

La felicidad, estímulo y cima de la educación

Falta por mencionar un factor decisivo en el pensamiento de Jovellanos, la felicidad. Situada al final del Tratado, ejerce su influjo a lo largo de todo el proceso. Forma parte de la secuencia de ideas que subtiende toda la obra: instrucción-educación-virtud-felicidad. El orden lógico requerido por la exposición no implica en absoluto sucesividad temporal, puesto que los factores mencionados interfieren recíproca y vitalmente entre sí, tanto en el sujeto que se forma como en la intencionalidad de los agentes que intervienen en su educación.
La clave pedagógica consiste en la tarea de dar a sentir a los jóvenes que la virtud es el camino que conduce a la felicidad31. Bien entendido siempre que en el apetito racional está el principio de la virtud. La clave antropológica descansa en los tres pilares siguientes:

  • Los hombres y las mujeres aspiran a la felicidad movidos por una inclinación connatural al ser humano;

  • La felicidad reside en un sentimiento que se alberga en lo más íntimo de la conciencia. Es independiente de la fortuna. Los bienes exteriores contribuyen a aumentarla sólo cuando se emplean virtuosamente;

  • El apetito natural del hombre al bien le conduce al Sumo Bien que es Dios. Jovellanos llega así alo que considera el centro de toda doctrina moral que indica, a su vez, el norte de la educación. El desarrollo de la clave pedagógica acompaña la razón y el corazón del joven para que pueda descubrir reunidos en este norte "el Sumo Bien con el último fin del hombre, y el objeto de la virtud, con el de la felicidad".

Características de la educación jovellanista

EDUCACIÓN PÚBLICA
La educación general concebida por Jovellanos ha de ser pública, universal, cívica, humanista y estética. Jovellanos reivindica la educación pública como primera fuente de la prosperidad nacional. Premisa que sustenta lo siguiente: la concepción de educación pública determinará la instrucción que mejor corresponde a ella, esto es, la que habilite a los súbditos del Estado, de cualquier clase y profesión que sean, para procurar su felicidad personal y contribuir en el mayor grado posible al bien y prosperidad de la nación. Su fin se orientará al perfeccionamiento de las facultades físicas intelectuales y morales. En cuanto a los medios de llevarla a cabo, éstos pertenecen "a la educación privada y pública". La primera no está sometida a la acción inmediata del gobierno, pero en las Bases su perfección queda en función de la pública.
La educación y su correlativa instrucción son públicas en cuanto se establecen y regulan por las autoridades civiles. La concepción que inspira las bases para un Plan general de Instrucción Pública representa un paso importante en la secularización de la enseñanza. Un jalón situado entre la política educativa del despotismo ilustrado y la liberal, que se promulgará en las mismas Constituyentes de Cádiz.
EDUCACIÓN UNIVERSAL
La universalización de la enseñanza se convierte en tema recurrente bajo la pluma de Jovellanos. La educación que se considera primaria se conoce en su época como Primeras Letras: generalizarla es la principal obligación del Estado. Se debe impartir a todos los ciudadanos.Que no haya individuo, por pobre y desvalido que sea, que no pueda recibir fácil y gratuitamente esta instrucción. Ni que, por apartada que esté, exista aldea sin escuela.
La educación escolar que el autor desea obligatoria para el gobierno y para los ciudadanos comprende "las primeras letras y las primeras verdades". Ocupan el primer grado dentro de las "ciencias metódicas", denominación que Jovellanos otorga a las que inician en los métodos de investigar la verdad y recibir instrucción. Aunque no entra a desarrollarlos, entiende que habría que revisar los métodos de enseñanza de la lectoescritura. Las Primeras Letras han de comprender, además del aprendizaje de la lectura y la escritura, la iniciación en los elementos básicos de doctrina natural, civil y moral, cálculo y dibujo. Ésta es la enseñanza que se debe a todos los ciudadanos.
EDUCACIÓN CIVICA
Introduce Jovellanos entre nosotros el término de educación cívica. Dimensión siempre necesaria para todo miembro de la sociedad, sujeto de derechos y deberes para con ella, pero reclamada por él con énfasis, por la crisis del Antiguo Régimen y la conciencia lúcida de la crisis política que se está viviendo.
Esta dimensión del proceso educativo que ha de introducir en las distintas obligaciones del ciudadano, se orientará ante todo a la matriz de todas las virtudes cívicas, que Jovellanos denomina "amor público". En él descansa la unidad civil, él tutela los derechos y deberes del ciudadano, y obtiene del interés particular los sacrificios que pide el interés común. Introduce el bien y prosperidad de todos en la felicidad de cada uno. La educación cívica tiene contenidos propios que han de formar parte de la primera educación o educación popular. Jovellanos destaca uno particularmente, el deber que tiene todo ciudadano de instruirse. Ninguna instrucción "por alta y sublime que sea" puede suplir la falta de los conocimientos que forman la ciencia del ciudadano .
EDUCACIÓN HUMANISTA
Cuando el fundador del Instituto de Náutica y Mineralogía expone sus objetivos, éstos caen dentro del ámbito de un utilitarismo más bien estrecho. Patronos inspiradores no le faltaban, alimentándose con la lectura casi diaria de Locke y Condillac. El viraje hacia las humanidades se lo impuso ‹salvada siempre la sólida base humanística de la propia formación‹ la misma realidad educativa. La comparación del Discurso inaugural con otro pronunciado tres años después arroja luz decisiva sobre este proceso de su pensamiento pedagógico.
En el primer Discurso, el propósito de cultivar las matemáticas y las ciencias naturales se acusa neto y cobra más relieve hacia el final. Toda prosperidad y riqueza se deberán, en suma, al sesgo utilitario de la nueva educación que propone. El segundo discurso, manteniendo la primacía de los estudios para los que el Instituto se funda, desarrolla la tesis de la necesidad de introducir la formación literaria en el currículo de estudios para los futuros técnicos que allí se preparan. No duda en contraponer el tipo del humanista al de mero científico. Este sería "abstracto en sus principios", "inflexible en sus máximas", "importunamente misterioso en su conversación". En cambio, el literato aparece "cariñoso, tierno, compasivo en sus sentimientos," "¿quién mejor entretendrá, complacerá y conciliará a sus semejantes?".
La pintura de caracteres es sobradamente pesimista respecto de la formación científica y las altas cualidades humanas que desarrolla. Tiene, en cambio, el acierto de anticipar con dos siglos de antelación el impacto humano del especialismo monotecnológico y el de la supremacía economicista en los procesos educativos. Sin embargo, quien tenga en cuenta la obra de nuestro autor en toda su extensión, encontrará en ella un humanismo pedagógico superador de estas y otras antinomias porque para él la educación está en definitiva al servicio de la persona.
EDUCACIÓN ESTETICA
La imaginación tiene un espacio privilegiado, bien puede decirse decisivo, en la educación jovellanista. Para iniciarse en el lenguaje de las bellas artes y de las letras, propio del ideal de una personalidad armónica, es indispensable el cultivo de la imaginación. El buen gusto es educable y su educación es un objetivo explícito de la educación jovellanista. El proceso que hace posible la comunión gozosa con las creaciones artísticas se actualiza en el contacto con los que, por sus calidades humanas y sus dotes expresivas, se han llamado con razón "maestros de humanidad". La educación debiera ser el lugar donde el contacto con los mejores logros estéticos abriera el camino hacia "un nuevo universo lleno de maravillas y encantos".
La historia de la pedagogía española acaso no cuente con páginas tan densas sobre el valor pedagógico de la formación humanista como las de este alegato de Jovellanos.
FORMACIÓN TÉCNICA
En el clima de preilustración y de ilustración ocupan un lugar destacado los intentos de una preparación más eficiente de los artesanos y una formación técnica más actualizada en algunas profesiones (Escolano Benito, 1988). La política de Campomanes representa un capítulo importante de este movimiento que conjuga intereses laborales y educativos. Jovellanos, sin coincidir siempre con la ideología en el poder, contribuyó activamente desde las Sociedades Económicas de Amigos del País y con distintas gestiones y publicaciones.
El Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía fundado por Jovellanos en Gijón (1794) constituye una realización modélica. El Instituto, de abierta inspiración realista, supera objetivos estrechamente utilitarios para prestar atención a los aspectos generales de la educación de los jóvenes alumnos, que acceden a él terminada su primera educación43. El programa comprende cuatro núcleos principales: ciencias exactas, ciencias naturales (física y química), dibujo (industrial y técnico) e idiomas modernos. La biblioteca se inicia con abundante literatura, con fuerte presencia de autores extranjeros principalmente sobre matemáticas, física y química.
Puede considerarse el Instituto como precedente de las escuelas técnicas superiores que se desarrollarían más tarde extramuros de la universidad. Por su decidida finalidad hacia aplicaciones industriales y por los métodos inductivos que se ponían en práctica, venía a ser en el panorama contemporáneo una especie de antiuniversidad. La vida del Instituto fue corta debido a las graves dificultades en que se vio envuelto su fundador y a los avatares de la Guerra de la Independencia.
EDUCACIÓN FEMENINA
La enseñanza de las niñas recibe nuevo impulso con las disposiciones del Reglamento para el establecimiento de escuelas gratuitas para niñas en Madrid (1783).
La mujer, su función social y presencia decisiva en la cultura, figura en varios pasajes de las obras que nos ocupan. El último pasaje pertenece a las Bases. Jovellanos, refugiado en Sevilla mientras la nación está en guerra, reconoce una vez más la importancia de la educación de "esta preciosa mitad de la nación". Señala su influjo no sólo en la educación doméstica de las jóvenes, sino en la literaria, en la moral y en la civil. Existen, en la mujer, reservas para contribuir a la paz entre los pueblos y a una convivencia social más humana.
La Junta Central meditará con detenimiento el modo de allegar los medios necesarios para crear por todo el reino escuelas femeninas, gratuitas y generales, al servicio de las clases populares44. En cuanto al contenido escolar de la educación femenina, Jovellanos no es innovador. Sí lo es en la universalización de la educación popular, "sin distinción de sexo".
La mujer cultivada tiene en Jovellanos un decidido valedor. En la cuestión suscitada acerca de si se debían admitir o no señoras en la Sociedad Económica Matritense, define claramente su postura. Deben admitirse con las mismas formalidades y derechos que los demás individuos; no debe formarse con ellas clase separada, y el acuerdo debe adoptarse mediante acta formal.
Otros enfoques del pensamiento educativo en Jovellanos pueden verse en Caso González, J. (1988) y en Galino Carrillo, A. (1953).
Una conciencia crítica
Jovellanos ‹discutido en su tiempo y polémico para la posteridad‹ formuló las bases para una educación cristiana secular, más acorde y eficiente para la coyuntura histórica que le tocó vivir. Al mismo tiempo, sin que esto suponga contradicción alguna, asumió la tarea de fundamentar racionalmente la educación. En ambos casos realiza un esfuerzo emblemático. Cosmopolita e internacional, por elección, cultura y carácter, él es el mejor exponente de la crisis española de la conciencia contemporánea. Vive lúcidamente el drama personal e ideológico de quien se deja interpelar por la vertiente que mira a la Ilustración y, simultáneamente, percibe las nuevas instancias que son ya propiamente liberales. Ladera ésta, justo es decirlo, percibida por él sólo en parte. Tal fue la visión de las Cortes de Cádiz que prescindieron de sus Bases para un Plan General de Instrucción Pública. Sin embargo, desde otros aspectos ‹algunos de los cuales se apuntan más arriba‹, Jovellanos inauguraba la historia de la educación en España tal como iba a desarrollarse en los dos siglos siguientes.

Angeles Galino Carrillo

Jovellanos, dramaturgo romántico

     Hace unos diez años, un hispanista norteamericano llegó a la acertada conclusión de que «el Torcuato de El delincuente honrado es en todos los sentidos un héroe tan romántico como el Rugiero de La conjuración de Venecia». Sin embargo, son todavía más asombrosos los paralelos que existen entre la célebre comedia lacrimosa de Jovellanos y Don Álvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas, tanto más cuanto que nunca se han estudiado ni mencionado. No me interesan como tales los estudios fuentísticos, mas sí creo que la identificación de las numerosas coincidencias entre la comedia sentimental de Jovellanos y el drama de Rivas servirá para ilustrar el romanticismo de la obra objeto de este trabajo, la cual, por otra parte, se produce en una época que empieza ya a ser conocida como la del primer romanticismo español. Con el propósito indicado, veamos rápidamente cuáles son las principales ilaciones argumentales, ambientales y caracteriológicas que se dan entre las obras de Gaspar Melchor de Jovellanos y Ángel de Saavedra.
     La acción de ambas obras se supone acaecida en el siglo XVIII, no siendo frecuente en el teatro romántico decimonónico la utilización de tal marco histórico. El rey es el mismo, con la única diferencia de que Carlos es todavía rey de Nápoles en Don Álvaro, pero es ya Carlos III de España en El delincuente. En cada obra la acción es complicada por un nuevo edicto excesivamente duro contra los duelos; cada protagonista -Torcuato, luego Álvaro- es el primero en violar el edicto, y en cada caso el rey quiere aplicar la nueva ley al primer reo en forma severa para fijar un sano precedente legal y penal. Cada héroe mata involuntariamente a un marqués; y cada uno de ellos huye o proyecta su huida. En las dos piezas se da un amor prohibido que sobrevive al rompimiento, por el asesinato, de un lazo familiar reconocido por la Iglesia y el Estado: Torcuato mata al marido de Laura; Álvaro mata al padre de Leonor. En diferentes momentos de las respectivas acciones dramáticas cada héroe se siente desgarrado entre sus intentos de reconciliarse con sus futuras víctimas y su apremiante necesidad de defender su propio honor. Los dos héroes son bastardos; Torcuato es hijo de un indiano; Álvaro es indiano y medio indio de sangre. Tanto Álvaro como Torcuato, al mismo tiempo que son criminales, son encarnaciones de un nuevo concepto del bien moral que se opone a la moralidad tradicional. Es decir, que los dos son buenos salvajes, o salvajes nobles, a lo Rousseau, por haberse visto obligados a vivir al margen de la sociedad conservadora guiándose por su natural instinto de bondad.
     En ambos microcosmos dramáticos, la oposición de las instituciones sociales constituye el destino, aunque cada protagonista apostrofa al destino como si fuera el cielo y maldice a la vez su nacimiento. «El cielo me ha condenado a vivir en la adversidad. ¡Qué desdichado nací!» -se lamenta Torcuato- (DE, I, 3). «¡Qué carga insufrible / es el ambiente vital / para el mezquino mortal / que nace en sino terrible! -exclama Álvaro-. [...] Este mundo, / ¡qué calabozo profundo / para el hombre desdichado / a quien mira el cielo airado / con su ceño furibundo!» (DA, III, 3). En cada obra un personaje o varios quieren echarse a las plantas del benigno rey Carlos con el fin de implorar el perdón regio para el honrado asesino. En el primer parlamento de El delincuente se presagia casi toda la acción de la obra; en las dos primeras escenas de Don Álvaro se predice todo lo que sucederá después. Incluso se encuentra, en el texto de Rivas, en un parlamento de Leonor relativo a Álvaro, un eco del título de la obra de Jovellanos: «Aunque inocente, manchado / con sangre del padre mío / está» (DA, II, 7). Aunque inocente, manchado; es decir, aunque honrado, delincuente. Pocas veces cabe señalar tantas semejanzas para apoyar una tesis de deuda literaria entre dos obras, y descubriremos todavía otros paralelos entre ellas al estudiar las brillantes innovaciones técnicas de la comedia sentimental de Jovellanos.
     No sólo se anticipa Jovellanos a las líneas argumentales de un conocido drama del segundo romanticismo -este tipo de fenómeno puede producirse por la mera casualidad entre obras pertenecientes a movimientos completamente dispares-; sino que El delicuente honrado (1773) se compone y se estrena en la primera década marcada por una notable producción literaria de índole romántica: también son del decenio de 1770 la Fiesta de toros en Madrid de Nicolás Fernández de Moratín; los Ocios de mi juventud (poemas como «En lúgubres cipreses») de Cadalso; las Noches lúgubres del mismo Cadalso; El precipitado de Trigueros; el perdido Tristemio, diálogos lúgubres a la muerte de su padre de Meléndez Valdés; la oda A la mañana, en mi desamparo y orfandad, también de Batilo, etc. Y más que por meras coincidencias argumentales con dramas individuales de épocas posteriores (aunque no habría que descontar éstas totalmente), El delincuente honrado es romántico por las técnicas y la cosmovisión que comparte con otras obras de la misma tendencia literaria, tanto dieciochescas como decimonónicas. La comedia lacrimosa nace del seno del teatro neoclásico, mas por su desenvolvimiento trae a la memoria esa víbora legendaria de antaño que al nacer rompía los ijares de su madre dejándola muerta.


     Hablemos primero del carácter romántico de Torcuato. Su carácter difiere radicalmente del de los personajes neoclásicos, pues tanto en la tragedia como en la comedia de abolengo grecolatino, el análisis de los defectos psicológicos es un elemento fundamental, pero Torcuato no tiene ni un solo defecto moral. En tragedias como la Fedra de Racine, la Raquel de García de la Huerta, la Numancia destruida de López de Ayala, el desenlace trágico se motiva por pasiones incestuosas, obediencias precipitadas, faltas de confianza en las propias fuerzas; en comedias como las de Molière y Moratín toda la acción gira en torno al hecho de que los personajes centrales son tacaños, misántropos, mentirosos, hipócritas, etc. (incluso en esas comedias en las que se estudia una institución social, en lugar de alguna variante del carácter humano, como El sí de las niñas, suele haber en segundo plano una tesis psicológica, por ejemplo, la chifladura de doña Irene en la referida comedia de Leandro Moratín). Mas Torcuato -subráyese el contraste absoluto- es, en palabras del mismo texto, «un hombre honrado, cuyo delito consiste sólo en haberlo sido» (DE, III, 10). Aquí habla don Justo. Pero por si hubiera alguna duda, tres escenas más tarde, la misma idea se pone en boca de Torcuato: «El honor -dice- [...] fue la única causa de mi delito» (DE, IV, 3). Torcuato es moralmente perfecto; así sólo pudo ser llevado a matar al marqués de Montilla por la totalidad de las circunstancias sociales en las que se encuentra enmarcado, y por lo demás venía desde hacía mucho luchando noblemente contra esas circunstancias.
     Los criterios para los juicios morales en la comedia lacrimosa son totalmente contrarios a los que habían sido tenidos en cuenta en los géneros clásicos. En la tragedia y la comedia los valores tradicionales de la sociedad existente son la norma. En Tartuffe de Molière, por ejemplo, el célebre hipócrita de ese nombre es objeto de la crítica porque las mañas emanadas de su carácter representan amenazas a todas las instituciones básicas de la sociedad: el matrimonio, la Iglesia, el derecho de la propiedad personal, la obediencia filial, etc. En Raquel, por mucho que el liberalismo de García de la Huerta le lleve a compadecerse de la triste suerte de la bella hebrea, ésta tiene que morir porque bajo su influencia peligran la religión oficial del Estado español y el poder del monarca que reina merced a un derecho divino derivado de esa religión. Ahora bien: los términos de la oposición moral entre protagonista y sociedad se invierten en la comedia sentimental, y esto es quizá lo que principalmente acerca el nuevo género tragicómico al drama romántico.
     Los juicios morales expresados en El delincuente honrado no señalan la culpabilidad de un individuo -patrón neoclásico-, sino que ensalzan la ejemplaridad de Torcuato como hombre individual, de alma noble y sensible, superior por su misma naturaleza a toda intención torcida, así como a todos aquellos con quienes está destinado a convivir. Cuando tal hombre asesina a un prójimo, es evidente que la responsabilidad reside en otro lugar, probablemente en el sistema social y penal, y tal individuo no es juzgable sino haciéndose una excepción a esas leyes que rezan inflexiblemente con los demás. He aquí un curioso eco de Rousseau, quien mantenía que existen ciertas almas «si extraordinaires, qu'on n'en peut juger sur les règles communes». No es ya el individuo quien tenga que conformarse con los valores de la sociedad para lograr la perfección moral, sino la colectividad la que tendrá que tomar en cuenta la bondad inherente del criminal excepcional. El hombre de corazón puro, el buen salvaje rousseauniano, comete una fechoría únicamente cuando le lleva a ello la sociedad, corrompida por la satánica competencia, o sea mal uso del instinto primario de la propia conservación con que nacemos todos los hombres. No está lejos ya el momento en que, extremando la interpretación literaria de esta radical doctrina, Zorrilla podrá salvar al burlador que Tirso condenó a las llamas del infierno, según he hecho ver en el capítulo segundo de mi libro Trayectoria del romanticismo español.
     Mas las ideas de Rousseau, quien quería despertar de nuevo el instinto compasivo secundario del hombre -de ahí en parte lo lacrimoso de la comedia sentimental- no son las únicas que determinan el viraje total de las normas morales en el mundo y el teatro setecentistas. El pensamiento moral contenido en la obra De l'Esprit des lois de Montesquieu está aludido, por ejemplo, en El delincuente honrado. Y una de las principales inspiraciones para la comedia lacrimosa de Jovellanos fue el tratado Dei delitti e delle pene (1764) de Cesare Bonesana, marqués de Beccaria. Se ha señalado que la crítica beccariana del uso del tormento para arrancar las confesiones a los presuntos reos está reiterada en El delincuente; y se ha observado a la vez que la moraleja de toda la obra de Gaspar Melchor está preludiada en el siguiente pasaje de Beccaria sobre los duelos: «El mejor método de precaver este delito es castigar al agresor, entiéndase al que ha dado la ocasión para el duelo, declarando inocente al que sin culpa suya se vio precisado a defender lo que las leyes no aseguran, que es la opinión». Sin embargo, para nuestro propósito, lo más significativo de este pasaje es que también sirve para absolver de toda culpa a los asesinos en esos casos en que sobreviven a los duelos los agredidos.
     Esto, junto con la actitud sentimental de Beccaria al querer arrancar de las garras de una justicia voraz a los inocentes falsamente acusados o a los culpables cruelmente torturados, tendrá consecuencias profundas. Beccaria tiende a mirar al reo como víctima, como figura noble, ejemplar, mal comprendida, y tiende también a unirse a él en oposición a todos los ciudadanos estrictamente observantes de la ley; pues «si sosteniendo los derechos de la humanidad y de la verdad invencible -escribe el gran penalista-, yo contribuyese a arrancar de los dolores y angustias de la muerte a alguna víctima infeliz de la tiranía o de la ignorancia [...], las bendiciones y lágrimas de un solo inocente me consolarían del desprecio de los hombres»; fascinante muestra de ese odio cósmico, puntuado por la ternura, que será característico del fastidio universal. Es más: según Beccaria, los malhechores no son la mayoría de las veces moralmente culpables, porque las instituciones educativas mantenidas por la sociedad son defectuosas. Y efectivamente, incluso en el caso del provocador del duelo en El delincuente honrado, el marqués de Montilla, se identifica como factor importante una «perversa educación» (DE, IV, 3). En fin, por no haberse compadecido del reo educándole para que se rehabilite como ciudadano modelo, la sociedad se ha hecho más censurable que el reo; conclusión que llevará a muchas reformas en el código penal, no siempre felices.


     Sin embargo, las consecuencias más radicales y más positivas de tal humanitarismo son las literarias, porque en la esfera de la imaginación nos hemos identificado aún más estrechamente con los facinerosos, y estéticamente los hemos rehabilitado por completo; porque de su confusa y contradictoria suerte hemos derivado un nuevo y muy rico concepto del héroe en el teatro y en la novela. El asesino Torcuato en El delincuente honrado y el casi incestuoso y suicida Amato en El precipitado de Trigueros, son los primeros ejemplos del reo héroe en la literatura española, pero tendrán una larga progenie de cuya extraña psicología híbrida dependerá el ambiente moral así como el principal encanto humano de las obras más logradas que se producirán por lo menos hasta 1860. Sentimos una sorprendente compasión y una aún más sorprendente -a veces exquisita- admiración por los asesinos y calaveras materialistas Saldaña en Sancho Saldaña de Espronceda y Javier en De Villahermosa a la China de Pastor Díaz, por el conspirador Rugiero en La conjuración de Venecia de Martínez de la Rosa, por el desalmado pirata en Canción del pirata de Espronceda, por el tres veces asesino Álvaro en Don Álvaro del Duque de Rivas, por el joven incestuoso Ferrando en El paje de García Gutiérrez, por los estupradores don Félix de Montemar en El estudiante de Salamanca de Espronceda y don Juan en Don Juan Tenorio de Zorrilla, por los adúlteros cuyas cuitas se cuentan en el Canto a Teresa de Espronceda, etc., etc. Mas sin ningún lugar a la duda, lo más fascinante de la mayoría de estos personajes románticos - cualidad que Jovellanos presagia hasta con su título oximorónico- es el satanismo veteado de buena fe.
     Lo que pasa es que confluyen y se oponen en estos personajes dos moralidades antagónicas: cada una de estas figuras es, ora un hombre manchado por el pecado original y responsable por su libre arbitrio de sus propios actos, ora un hombre libre de toda culpa por su nacimiento en el estado inocente por la naturaleza y por la culpabilidad colectiva de la sociedad. Cada héroe romántico es, ya un demonio, ya un ángel, según le miremos desde el punto de vista de la tradición judeocristiana, o desde el de la nueva conciencia moral de los Rousseau y los Beccaria. Creo que no hay ningún ejemplo más patente de esto que el de don Álvaro. Don Alfonso, el tercero de los tres marqueses de Calatrava que el indiano Álvaro mata, representante de la moralidad del Establecimiento, y el propio indiano y mestizo Álvaro, que entre los indios creció, como fiera se educó (DA, V, 9) y goza así de los beneficios de la educación negativa rousseauniana, se expresan -cosa sorprendente a primera vista- en los mismísimos términos. En el Convento de los Ángeles, en las escenas que preceden al duelo final, don Alfonso dirige estas palabras a don Álvaro: «el cielo (que nunca impunes / deja las atrocidades / de un monstruo, de un asesino, / de un seductor, de un infame), / por un imprevisto acaso / quiso por fin indicarme / el asilo donde a salvo / de mi furor os juzgaste» (DA, V, 6). Subrayo las voces atrocidades y monstruo, porque varias páginas más adelante don Álvaro a su vez dirige la siguiente interrogación a don Alfonso: «¿Eres monstruo del infierno, / prodigio de atrocidades?» (DA, V, 9).
     La cosa queda muy clara con la yuxtaposición de estos pasajes: cada uno de estos aventureros es en una pieza el dechado de virtud de un sistema y el demonio del sistema contrario. De ahí la obsesionante y perenne complejidad que nos fascina en los personajes románticos, sobre todo en los de cepa heroica, como Tediato, Amato, Torcuato, Rugiero, Saldaña, Álvaro, etc., en quienes predomina difícilmente, sobre el papel de demonio del sistema antiguo, el otro papel de atrayente encarnación del bien según el nuevo sistema naturalista. Sobre todo, nos seduce la lucha interior del héroe romántico al pugnar por mantener su carácter de personificación del bien universal frente a su hondo temor de ser el réprobo más execrable en toda la Historia del Hombre desde la Creación. Ahora bien: todo esto se realiza ya en forma brillante en El delincuente honrado. El buen ciudadano, el buen amigo, el buen esposo, el filósofo, el hombre de bien Torcuato se confiesa con su cónyuge Laura revelándole a ésta por vez primera que él es el asesino de su primer marido, el marqués de Montilla: «Pues este delincuente, este hombre proscripto, desdichado, aborrecido de todos, y perseguido en todas partes [...] soy yo mismo» (DE, II, 2). Por este parlamento de Torcuato también se hace evidente la estrecha relación que existe entre la ambivalencia moral del héroe romántico y la sensación de aislamiento, rechazo e incurable fastidio universal característicos de semejante personaje. Me refiero a las palabras subrayadas en el pasaje que acabo de reproducir.
     El perfil satánico de Torcuato se representa, en efecto, con la misma palabra que usó después el Duque de Rivas para describir esa vertiente en don Álvaro: monstruo; y en ambas obras hay dos monstruos, aunque el esquema es diferente. «Soy un monstruo que está envenenando tu corazón y llenándolo de amargura» -dice el asesino Torcuato dirigiéndose a su dolorida esposa (DE, II, 5)-. «Soy un monstruo que le ha dado la vida para arrebatársela después» -dice refiriéndose a Torcuato su padre el magistrado don Justo, quien en la juventud fue burlador y abandonó a la madre del virtuoso culpable durante su gravidez (DE, IV, 9)-. Mas el antiguo burlador es a la vez un filósofo de corazón noble igual que el asesino, y en los espíritus de ambos se da una feroz guerra entre la moralidad vieja y la nueva. Unas palabras muy sentidas de Justo, dichas a su desafortunado hijo, aluden a la esencial bondad de éste, juzgada de acuerdo con el nuevo sistema dieciochesco, y su culpa indeleble, examinada con arreglo a las prescripciones del sistema tradicional: «Tu virtud me encanta -le dice a Torcuato el filosófico alcalde de casa y corte-, y tus discursos me destrozan el corazón» (DE, IV, 3).
     En El delincuente honrado hay penas a escoger y lágrimas a pasto, pues el llanto en lugar de la risa es el principal instrumento de la retórica de este género cómico. Los trozos más conmovedores son, empero, los que relacionan la emoción, no meramente con algún infortunio inherente a la situación dramática, sino con la ya indicada ambivalencia moral en lo más hondo del alma de Torcuato. «¡Ah! -dice Torcuato refiriéndose a su criado-, no sabe toda la aflicción de mi alma» (DE, I, 2). Más adelante, en una escena de mucha pasión y compasión, se apunta que Torcuato «levanta los ojos al cielo y suspira» (DE, II, 5). Anselmo, cuyo bello carácter de amigo es lástima no haya espacio para analizar, comparte toda la experiencia psicológica del virtuoso asesino y comenta así el estado de ánimo de Torcuato a raíz del duelo y sus bodas con Laura: «Un continuo remordimiento empezó a destrozarle el corazón» (DE, III, 7). Luego, como es tan profunda la pena de Torcuato, y como la dimensión virtuosa de los bifrontes héroes románticos depende de su calidad de hijos de la naturaleza universal, se proyecta la aflicción del protagonista sobre el plano cósmico. El buen don Justo se halla perplejo ante el despiadado destino de su hijo: «¿Conque tu inocencia, tus virtudes, los ruegos de un amigo, los tiernos suspiros de una esposa, las lágrimas de un padre y el sentimiento universal de la naturaleza, nada pudo librarte de la muerte, de una muerte tan acerba y tan ignominiosa?» (DE, V, 4; el subrayado es mío).
     En vista de la ubicuidad de la emoción en El delincuente, también es menester considerarla en relación con otros elementos fundamentales de la obra: el melodrama, el tiempo, el espacio. La comedia lacrimosa es como una ópera en la que la emoción es la música. Es muy conocida la íntima ilación entre la ópera y el melodrama, y fue justamente en el último cuarto del siglo XVIII en el que se separaron estas dos formas de espectáculo, acentuándose mucho más en el melodrama que en la ópera los elementos de la acción, la violencia, los caracteres exagerados y la extravagante reacción emocional. Pues bien, en El delincuente honrado, el leitmotiv emocional, como una gran oleada de música, lo lleva todo tras sí desde el primer amago de peligro para Torcuato en la primera escena hasta recibirse el indulto real en la última. No hay nadie que resista a esta oleada. Era tal el noble aspecto de su inocente prisionero, que «hasta los centinelas, viendo su generosidad, lloraban como unas criaturas» (DE, III, 6) -dice el sirviente de Torcuato-. Sin embargo, no se captaría toda la fuerza del leitmotiv emocional si no se ordenara, como la música, en relaciones temporales muy especiales.


     La unidad de tiempo se maneja de tal forma en El delincuente honrado, que los episodios parecen sucederse unos a otros con una rapidez melodramática ya romántica. En realidad, no es sólo la emoción, sino la emoción y la rapidez juntas, lo que lo lleva todo tras sí. El espectador o lector, así como los agonistas del conflicto dramático, llegan jadeantes al final de la acción. La brevedad de las escenas contribuye a la impresión de la rapidez, pero las frecuentes referencias a la hora son aún más importantes para la creación de esta impresión. Para apreciar debidamente la gran innovación en el uso de los datos sobre la hora en El delincuente, hace falta tener presente que Luzán advierte a los dramaturgos de su siglo «que el poeta calle enteramente el tiempo de la acción, y no acuerde jamás al auditorio las horas que van pasando [...], ni ofrezca a la vista cosa alguna de la cual se pueda venir en conocimiento del tiempo que pasa por la fábula». Lejos de acatar este precepto, Jovellanos se refiere diecisiete veces a la hora, ya directa, ya indirectamente, por boca de sus personajes, así como en las acotaciones, y aparece el mismo reloj varias veces en escena, a saber: «(Sacando el reloj). Las siete y cuarto»; «¡dejar la cama a las siete de la mañana!»; «Dijo que iba a la misa, y que volvía al instante» (Acto I); «Desde las siete de la mañana [don Justo] está zampado en la cárcel»; «si acaso no está aquí al mediodía, no se le aguarde a comer»; «vuelva después de las dos»; «Señor, las doce han dado ya»; «Señores, la sopa está en la mesa»; «vamos a comerla antes que se enfríe»; «lo demás lo descubrirá el tiempo» (Acto II); «Yo trataré de volver a buen tiempo»; «¡Tanta prisa! ¡Tanta precipitación!» (Acto III); «La escena es de noche» (Acto IV); «La escena es de día»; «(Sacando el reloj). Ya no me queda esperanza alguna»; «se oye el reloj que da las once»; «Señor [...], la hora ha dado» (Acto V). Emoción y rapidez temporal unen sus fuerzas, y el resultante vendaval provoca las acciones, así como la apasionada expresión de la angustia de los personajes ante lo inexorable del decretado suplicio de Torcuato.
     La interpretación más liberal de la unidad de tiempo autorizada por los comentaristas de la poética clásica excede a las famosas veinticuatro horas. Según Luzán, «por aquel pequeño exceso que permite Aristóteles, han alargado este espacio a treinta horas, y aun algunos a dos días». Ahora bien: Jovellanos observa la unidad de tiempo solamente de acuerdo con este concepto liberal del precepto clásico, pues la acción de El delincuente honrado comienza poco antes de las siete y cuarto de una mañana y termina poco después de las once de la próxima mañana: algo más de veintiocho horas. Éste podría parecer, en efecto, un muy pequeño exceso. En cambio, si se compara el tiempo dramático de la presente obra con el de las comedias de Iriarte y Moratín, se verá cuán revolucionario es El delincuente en el contexto del teatro dieciochesco: en esas otras obras sólo transcurren de dos a diez horas en las vidas de los personajes, porque sus autores procuran guiarse en lo posible por la más estricta recomendación luzanesca de que el número de horas imaginarias de la fábula coincida con las tres a cuatro horas que suele durar la representación en las tablas. Además, lo que es observar la unidad de tiempo con deseo de conseguir una verosimilitud basada en la lógica del reloj, no hay ni un asomo de semejante espíritu de observancia en El delincuente honrado.
     La unidad de tiempo para Jovellanos no es sino un trampolín para llegar con un valiente salto a algo enteramente nuevo: se crea una tensión entre la observancia de la letra del precepto -sólo su letra- y una evidente voluntad de violarlo, señalada por las numerosas referencias a la hora. Por esta tensión la acción parece más larga, más compleja de lo que es; parece desbordar, por todos los lados, de los confines habituales del drama neoclásico. La aceleración de los sucesos es uno de los medios y una de las consecuencias del logro de un nuevo género de drama. No es ya la razón, el análisis de rasgos psicológicos cognoscibles entre límites espaciotemporales reducidos, lo que nos ha de convencer de la realidad del acontecer dramático, sino la rapidez engañadora de ese acontecer. No parece darnos tiempo de poner en tela de juicio la posibilidad física y psicológica de tanta acción y tanta pasión en tan poco tiempo.
     Mas he aquí otro engaño y otra tensión arquitectónica en la obra, la cual se da entre su acción en realidad sencilla y el aspecto complicado de esa misma acción. Con los novelescos antecedentes del argumento a los que aluden los personajes, con el viaje a la Corte que Torcuato proyecta, con el viaje de Anselmo entre Segovia y el Real Sitio de San Ildefonso, etc., la acción parece compleja; pero lo que es acción escenificada, hay muy poca: se prende por equivocación a Anselmo, y se le suelta; se prende a Torcuato, se le sentencia, y se le pone en libertad al recibirse el perdón del rey -no hay más-. Y aun algo de esto sucede entre bastidores. Sin embargo, en la apariencia del simultáneo desborde del tiempo y la acción, tenemos -repito- importantes síntomas de un nuevo teatro en el que la ilusión depende, no ya de la razón, sino de la imaginación, un nuevo teatro romancesco, según apellidaba el severo Moratín a ciertas comedias poco ajustadas al arte. Al mismo tiempo dependen igualmente de esos desbordes las reacciones emocionales de los personajes ante sus situaciones vitales: en efecto, la completa conjugación de ilusión y emoción es lo más característico de la nueva variante teatral que Jovellanos está ensayando.


     En la comedia del Siglo de Oro prevalece la peripecia; en el teatro neoclásico predomina el carácter; en los grandes dramas románticos del XIX volverá a prevalecer la peripecia, mas compartirá con la reacción emocional, no su papel de móvil, pero sí su cualidad de síntoma sine qua non de lo que es teatro en la segunda época romántica; y es precisamente a este nuevo consorcio entre circunstancia y emoción al que se adelanta Jovellanos en su técnica. El desplazamiento del análisis psicológico por la reacción emocional está al mismo tiempo en consonancia con la teoría de Diderot sobre el género lacrimoso, a la que voy a referirme más adelante.
     En la representación del espacio dramático se produce otra tensión -entre la observancia de la letra del precepto y la voluntad de descubrir un concepto enteramente nuevo del espacio-. Luzán reconoce la existencia de interpretaciones poco rigurosas de la unidad de lugar, «pretendiendo algunos -dice- que la escena pueda figurar toda una ciudad y algunas leguas al derredor»; y es únicamente esta interpretación libre de la referida regla lo que Jovellanos toma en cuenta. Pues utiliza tres decoraciones diferentes: en el acto I la escena representa «el estudio del corregidor, adornado sin ostentación»; en el acto II estamos en «una sala decentemente adornada», quizás en la misma casa (pero nótese el contraste entre las descripciones: «adornado sin ostentación» -«decentemente adornada»); en el acto III volvemos al estudio del corregidor; y -mutación principal de toda la pieza- en los actos IV y V nos encontramos en «el interior de una torre del alcázar», primero, de noche con la luz de una sola bujía, y luego, de día, con acompañamiento de «música militar lúgubre». Se trata de una ilusión espacial que no depende enteramente de la razón, sino que ya también la imaginación juega su papel importante. Esto se hace doblemente claro cuando se considera que hay una fina adecuación artística entre las cualidades físicas del lugar y las psicológicas de la acción figurada en ese lugar. El estudio del corregidor y sus viejos librotes de derecho, en gran folio, encuadernados en pergamino, sus procesos y otros papeles legales, simbolizan la amenaza de pena capital que se cierne sobre la cabeza de Torcuato; y en efecto esta decoración sirve por la mayor parte para escenificar conversaciones entre parejas de personas directamente afectadas por esa amenaza y que hablan de ella en esos momentos: Torcuato y su criado Felipe, Torcuato y su amigo Anselmo, Justo y Simón, Laura y Simón, Laura y Anselmo. En cambio, en el acto II, cuando hay mayor apariencia de normalidad y parece posible otra vez hacer vida de familia, estamos lógicamente en la «sala decentemente adornada», con grupos más grandes de actores.
     Pero lo más innovador desde el punto de vista de lo romántico es el cambio al lúgubre ambiente de la torre cuando el destino de Torcuato parece sellado. El simbolismo de los ambientes tétricos será característico de dramas románticos decimonónicos como Alfredo, Don Álvaro, El Trovador, El paje, etc. El ejemplo más ilustrativo, sin embargo, es el exagerado de la famosa parodia dramática ¡¡¡Ella!!!... y ¡¡¡Él!!!, incluida en el artículo de Mesonero Romanos, de 1837, sobre «El romanticismo y los románticos». Los títulos de los seis actos de ¡¡¡Ella!!!... y ¡¡¡Él!!!... -resúmenes de sus respectivos episodios- son: Un crimen; El veneno; Ya es tarde; El panteón; ¡Ella!; ¡Él! Y las decoraciones correspondientes son: salón de baile, bosque, la capilla, un subterráneo, la alcoba y el cementerio.
     El lector atento sabe que El delincuente honrado también contiene otras decoraciones que rivalizan por lo sombrías con las de cualquier obra del teatro romántico posterior: se trata de decoraciones cuyo carácter aterrador no depende tanto de la ilusión creada por Jovellanos, como del poder creativo de la imaginación de las propias personas dramáticas. En las primeras escenas, cuando Torcuato se propone huir para evitar la vergüenza que su ajusticiamiento representaría para su querida Laura, el leal Anselmo le pregunta: «¿Quieres que te siga? ¿Qué vayamos juntos hasta los desiertos de la Siberia?» (DE, I, 3). Por si la perspectiva de este lejano refugio no fuera bastante infausta, la afligida esposa de Torcuato le dice: «Huye, huye al instante de este funesto clima donde te persigue el infortunio» (DE, II, 7). Típico romántico, Torcuato se halla entre dos vacíos, uno lejano y otro cercano, mas veamos cómo él mismo visualiza ese vacío lejano al que proyecta su fuga. «Voy a huir de ti para siempre -dice hablando con Laura-, y a esconder mi vida detestable en los horribles climas donde no llega la luz del sol, y donde reinan siempre el horror y la oscuridad» (DE, II, 5). Se trata de un paisaje del alma, una Siberia psicológica más bien que geográfica, un país muy a propósito para los interminables paseos mentales de quien sufre el fastidio universal.
     El paisaje infernal que Torcuato se imagina sesenta y dos años antes del estreno del Don Álvaro del Duque de Rivas sería tan adecuado como la decoración de riscos inaccesibles, malezas, truenos y relámpagos que se emplea como fondo para el célebre parlamento final del satánico y virtuoso suicida mestizo Álvaro cuando se arroja desde lo más alto de un escarpado promontorio: «¡Infierno, abre tu boca y trágame! ¡Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción...! «(DA, V, 11). Torcuato parece ya añorar estos paisajes olvidados por la mano del Creador. Corazón puro, inocente, de un hijo de la naturaleza a lo Rousseau, pero con telón de foro tenebroso, siniestro. En su Década epistolar, de 1781, el Duque de Almodóvar observa que los argumentos de las comedias lacrimosas derivan por la mayor parte de novelas (11) -observación que se repite en varias revistas de la época-; y en efecto, el contraste entre alma virtuosa y fondo luctuoso, macabro, es lo más típico del roman noir o novela gótica de fines del setecientos y principios del ochocientos, como se desprende de los mismos títulos de esas emocionantes ficciones: Emelina, la huérfana del castillo; Celia en el desierto; Huérfano en el Rin; Los niños de la Abadía, etc. Nótese que en estas novelas se utilizan ya paisajes amenazantes (desiertos, ríos), ya alguna especie de arquitectura tétrica o aciaga (castillos, abadías); y recuérdese, en El delincuente honrado, el horrible clima sin sol imaginado por Torcuato, así como ese funesto «interior de una torre del alcázar».


     Veremos otras influencias y tendencias novelescas que como la presente todavía dejarán su impronta en el drama romántico decimonónico, mas tengamos en cuenta que la oposición entre alma sensible y medio nefasto que por un lado estremece deliciosamente a los lectores de todas las épocas y por otro lado parece tan característica del romanticismo manierista del siglo XIX, es en el fondo un fenómeno muy dieciochesco. En primer lugar, el contradictorio placer que así nos procuramos es una experiencia humana que no era posible explicar adecuadamente antes que Locke y sus sucesores hubiesen descubierto las delicadas conexiones entre nuestras almas, nuestros sentidos y nuestras circunstancias materiales. En mi libro sobre Cadalso, llamé ya la atención sobre la siguiente observación de 1699, debida al Conde de Shaftesbury: «Donde se puede mantener una serie o sucesión continua de tiernos y amables afectos, aun en medio de espantos, horrores, penas y dolores, la emoción es todavía agradable. Seguimos contentos hasta con este melancólico aspecto o sentido de la virtud. Su belleza se sostiene bajo una nube y en medio de calamidades circundantes [...] da el deleite más sublime». (No es quizá sorprendente que ya en 1709, en otro ensayo, el mismo Shaftesbury hable de la pasión romántica).
     La frecuentación del esquema de personajes de corazón tierno contrastados con medios lóbregos, inhóspitos, puede al mismo tiempo ser reflejo ambiental de la ambivalencia moral del héroe romántico que ya estudiamos. Por fin, en estrecha relación con las líneas de Shaftesbury y la doble moralidad del protagonista romántico, es necesario señalar que el referido contraste entre carácter y medio es consecuencia también del acento cada vez más fuerte que los dramaturgos, los novelistas y los poetas escriben sobre la pureza moral de personajes que encarnan las cualidades del hijo de la naturaleza o buen salvaje rousseauniano; porque tal tipo es mucho más fácil de retratar en forma conmovedora si se lo presenta acosado por lo satánico y sombrío, es decir, como uno de los términos de un tajante contraste entre inocencia y crueldad. En cualquier caso, la intención es poner a prueba nuestra sensibilidad y nuestras glándulas lacrimales, y realmente se le hace cada vez más fácil y apetecible al lector del Delincuente asentir a estas palabras de Torcuato: «Si las lágrimas son efecto de la sensibilidad del corazón, ¡desdichado de aquél que no es capaz de derramarlas!» (DE, I, 3).
     En su reseña de El trovador (1836) de García Gutiérrez, Larra escribe lo siguiente sobre la inesperada hazaña del entonces novel poeta dramático: «Ha imaginado un plan vasto, un plan más bien de novela que de drama, y ha inventado una magnífica novela». Con la voz novela Larra alude a esas extravagantes redes de peripecias inopinadamente encadenadas que marcan la enorme diferencia entre obras románticas como El trovador y el drama de líneas clásicas. La polaridad entre drama clásico y drama romántico, así como la aparición de este último, suponen la aceptación para el teatro, por varias generaciones de dramaturgos, del concepto que Boileau había mantenido, no del arte escénico, sino de la novela, como he demostrado en mi artículo «Lo romancesco, la novela y el teatro romántico». Me refiero a los siguientes versos de Boileau, que cito por la primera traducción española de 1787: «Disculpa en la novela todo tiene, / basta si la ficción nos entretiene; / mucho rigor impertinente fuera; / mas la escena razón pide severa, / y la justa decencia ha de guardarse». Ahora bien: ningún antecedente más claro y legítimo del juicio de Larra sobre el plan novelesco de El trovador hay que la autocrítica jovellanesca contenida en El delincuente honrado; ningún documento más apto para la ilustración del extraño influjo inverso de la Poética de Boileau sobre el drama romántico hay tampoco que la aludida serie de cinco sarcasmos puestos en boca del intransigente corregidor don Simón, hombre de mentalidad conservadora tanto para la Literatura como para el Derecho.
     El personaje don Simón representa el punto de vista neoclásico riguroso; y en sus comentarios negativos sobre la acción de la obra en marcha tenemos en forma irónica un agudo análisis de innovaciones muy positivas, así como un inconcuso indicio de que Jovellanos hace tales innovaciones con plena conciencia de su radicalismo. Para la debida interpretación del primero de los sarcasmos de don Simón, es menester recordar que la comedia del Siglo de Oro es de índole más bien novelesca por su complejidad argumental, su temática y su ambiente. Pues bien, Torcuato, triste por la huida que planea y por la necesidad de confesarse antes con Laura, expresa su pasión por su esposa con toda la elocuencia amorosa de otra época, y ella responde en el mismo estilo. Lo cual ocasiona esta pulla de Simón: «¡Bueno! ¡Lindo! No lo dijeran mejor dos amantes de Calderón» (DE, II, 1). Quiere decirse que, en oposición a la crítica neoclásica sobre los supuestos excesos de la escuela de Calderón, tenemos otra vez, en El delincuente, un teatro de tendencia novelesca que, aunque sea sólo en la superficie, se parece en algo no obstante al del siglo anterior. Las tres próximas ironías de Simón se refieren todas al pasmoso giro que van tomando los acontecimientos; Simón es enemigo de todo melodrama. El criado Felipe viene a informar a don Simón de que Torcuato ha ido al alcázar a confesar su culpa para libertar a Anselmo, falsamente detenido por la muerte del marqués. El comentario del neoclásico Simón es el que sigue: «¡Jesús! ¡Hoy todos andan locos en mi casa!» (DE, III, 6). Después Simón se expresa en el mismo tono, no ya sobre la novedad de la prisión de Torcuato, sino sobre sus efectos no menos trastornadores: «¡Este mozo nos ha perdido! Mi casa está hecha una Babilonia; todos lloran, todos se afligen, todos sienten su desgracia» (DE, IV, 6).
     En la penúltima escena de El delincuente honrado, Simón, por unas palabras que oye cambiarse entre Laura y Justo, descubre con indecible sorpresa que Torcuato es hijo del magistrado que ha tenido que sentenciarle a muerte. El comentario del neoclásico Simón sobre tan melodramática agnición se verbaliza así: «¿Su padre? ¿También tenemos ésa?» (DE, V, 6). Evidentemente, en este parlamento juega un papel importante el sentido del humor de Jovellanos, quien con la cáustica pregunta de Simón logra insinuar a la vez la idea de que el encanto de estas anagnórisis para el espectador está en razón inversa de lo cursis y trilladas que son. Luego, en la misma escena, todas estas ironías -la retórica amorosa calderoniana, la casa llena de locos, la casa hecha una Babilonia y el increíble parentesco entre juez y reo- se resumen en otra nueva observación de Simón todavía más clara y concluyente que las anteriores: «Señores, cuanto pasa parece una novela» (DE, V, 6).
     Larra habría comprendido perfectamente la lógica de este chiste; y el uso de la voz novela para designar una acción extravagante revela la profunda conciencia jovellanesca de que su innovación en el teatro depende del acatamiento en sentido inverso del precepto de Boileau sobre la oposición entre técnica teatral y técnica novelística. La rebeldía de los dramaturgos románticos, en la medida en que tal palabra sea exacta, viene implícita ya en la poética del teatro clásico.      En mi ya citado estudio sobre la novela y los orígenes del teatro romántico, he investigado con detenimiento la sinonimia entre las voces novela, novelesco y romance, romancesco en los últimos decenios de la centuria decimoctava; y se utilizaba entonces este último adjetivo (romancesco) para formular la misma clase de juicio literario que Jovellanos expresa por boca del corregidor con el sustantivo novela. Considérese, por ejemplo, el resumen parcial que da Moratín de Lo que va de cetro a cetro, y crueldad de Inglaterra de José de Cañizares: «Pasan seis años entre la segunda y la tercera jornada. Eduardo refiere al Conde de Feria cómo le llevaron a la bóveda de su familia creyéndole muerto; cómo pudo salir de allí, y cómo halló en la orilla del mar una gruta y una mina, que por fortuna iba a parar precisamente al jardín de la prisión de Estuarda: todo romancesco, y de aquello que no sucede jamás». En el artículo indicado, llamo la atención sobre el hecho de que a fines del siglo XVIII existían así en la lengua castellana dos posibilidades para el desarrollo de una terminología para el romanticismo, basada, ora en la familia léxica de romance, ora en la de novela.
     Demostrose en tal forma que España estaba en ese momento, en la teoría teatral, a la altura de los demás países europeos, no obstante que esa terminología autóctona sería abandonada después debido a la adopción del adjetivo internacional, de origen inglés, romántico. Mas, por muy importantes que sean la teoría y la terminología, la técnica llevada a la práctica en obras individuales lo es mucho más para medir el progreso de una determinada tendencia literaria en un país y período determinados. En El precipitado (1773) de Trigueros se utilizan interesantísimos recursos literarios que no es posible describir sino como románticos: esto lo estudié en las primeras páginas de un artículo de tema general, «El incesto, el suicidio y el primer romanticismo español», de 1973. Merced al presente análisis de otra comedia sentimental rigurosamente contemporánea de El precipitado, tenemos aún mayor derecho a afirmar que a partir del último cuarto del siglo XVIII el teatro español cuenta entre sus alternativas auténticas y viables la forma romántica, ya bien definida en ese momento en la praxis de escritores de talento.


     Resta un aspecto por considerar: la influencia de la teoría de Diderot relativa a la comedia lacrimosa; pues el drama romántico está anticipado no solamente en la práctica de los dramaturgos de la escuela lacrimosa, sino también en la teoría de esa escuela, según quedaba expuesta con anterioridad a la composición de El delincuente. Es sabido que Diderot enfoca la técnica del género lacrimoso como una reacción en contra de la tragedia, sobre todo en contra de esos interminables y fríos monólogos que servían para la narración de los antecedentes del argumento, la puesta en escena y el análisis psicológico. «Tant que dure la tirade -escribe Diderot-, l'action est suspendue pour moi; et la scène reste vide». (18) Para Diderot vale más la presencia inmediata del individuo, un individuo que represente una profesión o un parentesco familiar que nos resulte significativo; lo importante es sentir íntimamente cómo ese personaje sufre por causa de sus circunstancias, las cuales a la par que influyen en él, lo contienen como si formaran el fondo de un cuadro mural que captara lo esencial de su existencia con sus formas, sus colores y sobre todo sus emociones. El drama constará así de una serie de pinturas pantomímicas o cuadros animados en los que los parlamentos no deberán ser demasiado largos; o dicho de otro modo, el drama perfecto reunirá situaciones muy variadas, de las que el pintor pudiera sacar otras tantas pinturas.
     Miraremos varios cuadros en El delincuente, mas por de pronto consideremos las consecuencias de tal afán pictórico para la forma dramática. La voluntad de exhibir diferentes cuadros y la consecuente necesidad de nuevos trasfondos llevarán forzosamente a frecuentes mutaciones y al abandono de la unidad de lugar en cualquier sentido estricto. Se escribirá un nuevo acento sobre la peripecia debido a la perpetua precisión de llevar la acción a diferentes locales o fondos pictóricos, y como resultado se producirá una marcada tendencia a abandonar también las unidades de acción y tiempo. Impartir mensajes morales con el ejemplo lacrimoso y preferir decoraciones, o sea cuadros de tonalidad lúgubre y fatídica, son como el anverso y reverso de la misma moneda. Recurriendo a las lágrimas como instrumento didáctico se da cada vez más importancia a la reacción emocional del individuo ante las inesperadas situaciones de esa acción nuevamente complicada, y he aquí los principales rasgos del drama romántico derivados tan claramente de las ideas de Diderot como de las otras teorías y condiciones que examinamos anteriormente. En relación con la insistencia de Diderot en el papel del parentesco en el desarrollo de la comedia lacrimosa, deberá notarse también el sugerente hecho de que las relaciones entre padres e hijas, entre padres e hijos, entre madrastras e hijos, entre madres e hijos, entre hermanos, etc. juegan un papel igualmente importante en dramas románticos del ochocientos como La conjuración de Venecia, Don Álvaro, Alfredo, El trovador, El paje, Los amantes de Teruel, Don Juan Tenorio, etc.
     Existe un estrecho paralelo entre la comedia lacrimosa y la pintura de Jean-Baptiste Greuze, maestro de lo patético burgués, de cuyos lienzos se ocupa Diderot en varios Salones entre 1759 y 1769: por un lado, tenemos un drama en lienzo; por otro, cuadros en acción, pero siempre con la misma insistencia en la corrección de la injusticia a través del sentimentalismo. Sería iluminativo comparar ejemplos de la pintura patética de Greuze con cuadros escénicos tomados de la comedia sentimental francesa o española, pero creo más sencillo buscar nuestro término de comparación en un texto literario: se trata de un cuadro natural, muy a lo Greuze, que Diderot describe a base de una experiencia personal, relacionándolo a la vez, en sus Entretiens sur «Le Fils naturel», con los efectos que el autor de comedias lacrimosas debe lograr. «Una campesina del pueblo que ve usted entre aquellas dos montañas -dice Diderot hablando con Dorval- y cuyas casas levantan sus tejados sobre los árboles, mandó su marido a casa de sus parientes, que moraban en una aldea vecina. Este desventurado fue allí matado por uno de sus cuñados. El día siguiente yo entré en la casa donde había ocurrido el accidente. Allí vi un cuadro y escuché unas palabras que no he olvidado. El muerto estaba tendido en un lecho. Sus piernas desnudas pendían fuera del lecho. Su mujer desgreñada estaba en tierra. Ella tenía los pies de su marido en las manos; y anegándose en lágrimas, y con una acción que las arrancaba a todo el mundo, decía: '¡Ay!, cuando te mandé aquí, no pensaba que estos pies te llevasen a la muerte'. ¿Cree usted que una mujer de otro rango hubiera estado más patética? No. La misma situación le habría inspirado el mismo discurso. Su alma habría sido la de aquel momento; y lo que es preciso que el artista halle, es lo que todo el mundo diría en semejante caso, lo que nadie oirá sin reconocerlo inmediatamente en sí mismo». Ruego al lector tenga presente el vocablo que he subrayado en este pasaje.
     En El delincuente honrado son frecuentes los cuadros en acción que recuerdan, ya la pintura patética de la escuela de Greuze, ya los infinitos grabados sentimentales que adornan las novelas y obras dramáticas impresas en los últimos decenios del setecientos y los primeros del ochocientos, alguna vez muy cursis, eso sí, pero no por eso menos conmovedores. Debido a esta semejanza se le ocurren sin esfuerzo al contemplador de los cuadros jovellanescos posibles títulos o pies para estos, del mismo estilo que los que se estampan debajo de los grabados lacrimógenos de esa época. Veamos cuatro ejemplos.


     El acto I se abre con un cuadro fatídico: a la fría luz del alba, solo en el estudio del corregidor, «con semblante inquieto» (DE, I, 1), rodeado de viejos librotes de Derecho y papeles relativos a los castigos ejemplares, Torcuato medita sobre la triste suerte que le espera por haber matado al por otra parte indigno primer marido de Laura. La fisonomía del reo, el fondo del cuadro, toda la composición expresa la misma idea. Presentimientos de una muerte injusta podría ser su pie. El próximo cuadro que contemplaremos tendría a la fuerza que titularse La reunión a deshora. El fondo es el interior de la lúgubre torre del alcázar; magistrado y reo de muerte -los trajes indican estas condiciones- acaban de reconocerse respectivamente como padre e hijo; el reo, de rodillas, le besa la mano a su padre; y los continentes de ambos respiran esa mezcla de sublime goce y profunda pena tan en boga entonces; pues a Torcuato se le ve «con gran ternura y llanto», según las acotaciones, y a Justo «con extremo dolor y ternura» (DE, IV, 3). En cualquiera de estos ejemplos imaginemos que se para el reloj, que se congela la acción; tendremos un cuadro de composición perfecta.
     Al penúltimo ejemplar de lo pictórico patético en El delincuente quisiera titularlo Amanecer del dolor, y tiene un interés especial, no sólo por sugerir la composición de un cuadro, sino por contener también una de las inspiraciones de esa exquisita elocuencia natural que según Diderot es común, en situaciones idénticas, a todas las clases sociales. A Laura la vemos desgreñada, llorosa, con actitud furiosa, caída al suelo; y en el fondo habrá que suponer que se figura una ventana del alcázar por la que se descubre un campanario en el que suena la hora funesta y en la distancia un cadalso. Recuérdense las palabras de la viuda en el cuadro de Diderot: «¡Ay!, cuando te mandé aquí, no pensaba que estos pies te llevasen a la muerte». Pues bien, Laura, loca y desesperada, al querer ir a unirse con su adorado reo de muerte en el cadalso, dice: «Tu sangre corre ya, derramada... ¡Ah!, voy a detenerla» (DE, V, 5). Difícilmente se encontraría ejemplar más aventajado de este género de elocuencia espontánea brotada de la misma esencia de la situación emocional. «Este melancólico silencio llena mi alma de luto y de pavor» -dice don Justo en la misma escena, creyendo ya muerto a Torcuato, aunque sin haber recibido ninguna noticia concreta-. Subráyese la voz silencio, que aparece en el mismo momento en que se nos expone el cuadro de Laura loca: es como si Jovellanos quisiera con ella puntuar la cualidad muda o estática, el silencio, de la representación plástica de la realidad, que él emula escénicamente.
     Con la última muestra de esta galería jovellanesca se introduce otro nuevo elemento pictórico: el díptico. Lo sucedido en el alcázar con Laura y lo sucedido en la plaza, según lo cuenta el Escribano en la escena siguiente, son en realidad acciones simultáneas; en cada caso, en el mismo momento de «melancólico silencio», la acción toma la forma de un cuadro; y en el segundo caso, reaparece, en efecto, esta misma frase, «melancólico silencio», para recalcar a un mismo tiempo la calidad muda del lenguaje pictórico y la relación díptica entre las dos pinturas escénicas. El nuevo cuadro es panorámico, y su pie podría ser El ídolo indultado (ídolo, porque Torcuato, como todo héroe rousseauniano-romántico, es la sinopsis de las aspiraciones morales del pueblo). Toda la ciudad está reunida en la plaza del alcázar; Torcuato está en lo más alto del cadalso; el verdugo va a descargar el fatal golpe -el momento de melancólico silencio-; pero al mismo tiempo las caras de la multitud, algunas desfiguradas por el más hondo dolor, otras risueñas con el regocijo, revelan que se han escuchado simultáneamente la campana que había de señalar la muerte del reo y una voz -la de Anselmo que viene gritando: «¡Perdón, perdón!» (V, 6); confusión redentora.
     Dudo que ningún cultivador de la comedia sentimental haya sacado más provecho de la teoría de Diderot relativa a los cuadros escénicos. La genialidad de Jovellanos en el manejo de estos representa otro indispensable antecedente del teatro romántico decimonónico, en el que es conocidísima la frecuencia con que las decoraciones y la colocación de los actores en el escenario simulan la composición de un cuadro, y en el que aun es de uso frecuente la misma palabra cuadro; todo lo cual se practica de modo muy consciente en la obra de dramaturgos como el Duque de Rivas, quien era, además, pintor. Después de todo, la famosa parodia de drama romántico incluida en El romanticismo y los románticos de Mesonero es una obra en seis actos y catorce cuadros. En El delincuente honrado se anticipa toda la diversidad de los cuadros dramáticos del teatro romántico posterior: cuadros que representan la casa, la ciudad, la naturaleza, grupos pequeños de agonistas, multitudes. Por ejemplo, sin antecedentes como el pueblo reunido en la plaza para ver el triste espectáculo de la decapitación de Torcuato, sería mucho más difícil explicar el acto IV de La conjuración de Venecia, el cual es en su conjunto un cuadro de costumbres venecianas de Carnaval, en el que los únicos personajes en escena son representantes del pueblo. Por más de un motivo tuvo mucha razón una antigua alumna mía al señalar que la última comedia lacrimosa no se compuso hasta 1843; pues, aunque para esas fechas Cecilia la cieguita de Antonio Gil y Zárate, era una excepción rezagada, el género sentimental sí sobrevivió como el mismo mesodermo del drama romántico del ochocientos.

Russell P. Sebold

La libertad de Jovino

A las ocho de la noche del día 5 de abril de 1808 le fue comunicada a don Gaspar Melchor de Jovellanos la orden de Fernando VII por la que quedaba en libertad. No quiso bajar rápidamente a la ciudad, como le instaban, y aquella noche aún la pasó en su celda del castillo de Bellver, como si el sentirse libre fuera ya para él la libertad misma. Antes de bajar a la ciudad quería ir a la cartuja de Valldemossa. De allí había sido conducido al castillo para aumentar el rigor de su castigo. A ella volverá con el propósito de dar gracias a Dios por su libertad e implorar su protección en favor del nuevo rey.
Así pues, al día siguiente, después de comer, dejaba su prisión. A despedirle acudieron hasta la puerta de Jesús muchos oficiales que habían sido sus carceleros y amigos. Tomó el coche de don Antonio Salas y en compañía de su confesor, el doctor Bas y Bauzá, y de su amanuense, Martínez Marina, fue recibido en el monasterio por criados y gentes de la villa que festejaban con salvas y vivas la libertad del inocente. Y allí pasó la Semana Santa.
Siguieron días de mucho trajín. Recorrió la isla, alojándose aquí y allí e, incluso, en el propio castillo de Bellver, despidiéndose y recibiendo el parabién de unos y otros, que con una y otra intención agradaban, pero también molestaban. «Ya falto al orden en mis diarios», escribía Martínez Marina, «por el desorden con que hemos vivido en estos días, arrastrados a todas horas por cumplidos e impertinencias».
Pero poco a poco se fueron calmando y dieron pasos a otros días de felices incursiones y observaciones por la isla, hasta que el jueves 19 de mayo se embarcó en el correo de Gabriel Pieras. Allí, tendido en su colchón, sin comer más que un gazpacho y atacado de tos, hizo Jovellanos la travesía a Barcelona, donde desembarcó a las diez de la mañana del día siguiente. En su equipaje llevaba, entre otros objetos, una patena y un cáliz, que no dudamos eran recuerdo de su amigo el doctor Bas, que con ellos le alimentó en días tan ayunos. Atrás quedaban ocho años de prisión y amargura, pero también de gozo y libertad, porque si bien, especialmente al principio, fue dura su prisión, poco a poco se fue relajando y en medio de ella supo encontrar momentos de felicidad. Atrás quedaban sus paseos, sus baños, el cuidado de sus pájaros, de sus peces de colores, el juguetear de su perro «Picolín», las clases de Latín que impartió a su amanuense y las de Gramática a los soldados que le custodiaban, como si de alumnos de su instituto se tratara.
Allí quedaban también las felices horas de tertulia con los oficiales de la guardia o las visitas de sus amigos mallorquines. Allí quedaron las pinturas con que Martínez Marina adornó el cuarto de la chimenea, escenas que volverá a pintar en la morada de Arias de Saavedra en Jadraque. Allí quedaba, en la vallada de Son Berga, aquel olivo cuya admiración le hará decir: «¡Allí estás tú, oh, árbol majestuoso, que como patriarca del Valle te presentas a mi diaria meditación!».
Atrás dejaba los momentos sublimes de la elevada contemplación de su espíritu, que inspirarán las más bellas páginas de prosa poética de su siglo y una de las más bellas de nuestra literatura. Porque es en Mallorca donde Jovellanos escribe sus más hermosos pasajes y descripciones; pasajes y descripciones que traducen un espíritu libre, muy diferentes de sus informes. Nunca como en Mallorca la pluma de Jovino voló más libre y más alto.
La libertad que gozó Jovellanos en Mallorca no es la libertad con que sueña Segismundo, que como príncipe anhela la libertad del poderoso, que identifica vida con libertad y clama: «¿... Y teniendo yo más vida tengo menos libertad?»; antes, al contrario, teniendo menos vida puede tener más libertad. La libertad del genio no es como la del arroyo «que entre flores se desata», sino que sabe abrirse camino entre los abrojos de una cárcel, «donde -como diría Cervantes- toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación». En la de Sevilla fue engendrado «Don Quijote». Y fue en una estrecha celda de castigo, en Toledo, rodeado de murallas y del profundo Tajo, en noche oscura, donde Juan de la Cruz voló tan alto que dio «a la caza alcance».
La libertad de que gozaba Jovellanos en la isla es la libertad que tuvo siempre, la libertad que descansaba en él y sólo en él, la libertad del espíritu, la libertad al cielo acorralada; la libertad que la envidia no pudo robarle y cuya esencia él mismo definía en la bellísima carta que escribe a su amigo González de Posada, Posidonio, que se atrevió a llegar hasta el mismo castillo de Bellver «cuando todos, al terror doblados, / medrosos se escondían». Le dice así:
«¿Qué me podrá robar (la envidia), di, Posidonio? ¿La libertad? En vano sus cadenas el tirano forjara, presumiendo hasta el alma llegar, donde se anida de su poder exenta; que esta pura emanación de la divina esencia, este sutil y celestial aliento que nos anima y nos eleva, nunca podrá ser entre muros ni con hierros encadenado ni oprimido...».
Liberado de su prisión Jovellanos, en Jadraque, cuando ya había aparecido en la «Gaceta» publicado su nombre como ministro del Rey intruso, se verá obligado a elegir partido. Escogerá el de la libertad, el de la España que «lidia por su religión, por su Constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos, en una palabra, por su libertad, que es la hipoteca de tantos y tan sagrados derechos», como le diría al afrancesado Cabarrús, al tiempo que rompe con él porque no puede ver la amistad donde no esté la virtud. Y como miembro de la Junta Central contribuirá de forma decisiva a dar a su patria un nuevo orden de libertad, el orden constitucional.
En Mallorca, Jovellanos había comprado una hermosa escribanía de plata que a su muerte dejó en testamento a su confesor, el doctor Bas y Bauzá. Aquella escribanía, testimonio e instrumento del vuelo de su pluma, andando el tiempo será utilizada por el rey de España, Alfonso XII, para firmar el decreto que, haciendo a todos los españoles libres, abolía en todos sus reinos la esclavitud.


La Nueva España, Oviedo (05/04/2008)
Agustín Guzmán Sancho


Gaspar Melchor de Jovellanos, un paradigma de lectura ilustrada

"Don Gaspar Melchor de Llanos (pero no Jove, por que dicen que ha usurpado este distinguido apellido), hombre de imaginacion suspicáz, siguió con toda felicidad y aprovechamiento la carrera de sus estudios; mas entregado con teson á la varia lectura de los libros de nueva mala doctrina, y de esta pésima filosofía del dia, hizo tan agigantados progresos, que casi se le puede tener por uno de los corifeos ó cabezas del partido de esos que llaman Novatores, de los que, por desgracia y tal vez castigo comun nuestro, abunda en estos tiempos nuestra España, que ántes era un emporio del catolicismo. Con estos principios consiguió una encantadora retórica y elocuencia, que se funda mas en la verbosidad y ornato de voces y expresiones, que en la solidéz de argumentos, capáz de atraer con mucha facilidad á los incautos á sus opiniones, y de la que han usado frecuentemente los que se han separado de las máximas sagradas de nuestra adorable religion." De este tenor comienza una delación anónima y secreta contra Jovellanos, desterrado por segunda vez en Gijón, recibida en Palacio a mediados del año 1800 y rotulada en las alturas con un "reservadísimo á los Reyes Nuestros Señores". Su autor fue, sin duda, un sacerdote. El contexto político en el que se inscribe este documento es el de la ofensiva de la camarilla de Godoy por recuperar el poder, todavía en manos de Urquijo, con el apoyo de los sectores clericales más reaccionarios. Lo que llama poderosamente la atención en la denuncia, además de la mezquindad de su autor en tachar a su víctima de impostora de su noble apellido, es la validez que otorga al lugar común que asocia las nuevas ideas, las ideas de la Ilustración, y sus efectos de cambio social, con la lectura de los nuevos libros. El denunciante se siente amenazado en su orden social por lo que ve como consecuencias públicas de la lectura privada de los nuevos libros. El referente de sus sarcásticas alusiones al celebrado estilo literario de Jovellanos debió ser el éxito entre las élites dirigentes de su Informe en el expediente de la Ley Agraria, leído públicamente en la Real Sociedad Económica Matritense en septiembre-octubre de 1794 y publicado en 1795, al que en el mismo año se incoa expediente en el Consejo de la Suprema Inquisición por sus proposiciones relativas a la posesión por la iglesia de bienes raíces en manos muertas.
El denunciante de 1800 buscó el origen del desvío de Jovellanos respecto a su norma social en su entrega "con teson á la varia lectura de los libros de nueva mala doctrina, y de esta pésima filosofia del dia". Por debajo de su mala intención nos interesa su percepción con respecto a la amenaza que para su mundo significa una nueva práctica privada de lectura, una lectura ilustrada.

JOVELLANOS Y EL LIBRO
Un primer ámbito de la aproximación de Jovellanos al libro lo constituye ese espacio de uso colectivo del libro que es la biblioteca del Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía de Gijón. Fruto de su esfuerzo, el Instituto abrió sus puertas a los alumnos el 7 de enero de 1794; sobre éstas el escudo del mismo con la letra: "A la verdad y a la utilidad pública". Paralelamente a la creación de un laboratorio y un gabinete de ciencias, se buscará establecer una selecta biblioteca científica y técnica. Su núcleo lo constituirán las donaciones de los hermanos Jovellanos, de amigos como Meléndez Valdés y Ceán Bermúdez, y de otros protectores del Instituto. A la altura de agosto de 1796, las obras regaladas son ciento diecinueve de un total de doscientas noventa y ocho. La Guerra de la Independencia supone el saqueo del Instituto por las tropas francesas. De su biblioteca parece que sólo se salvaron sesenta y dos volúmenes.
Pocos meses después de la apertura del centro, Jovellanos comunica a su amigo y corresponsal el cónsul británico en La Coruña, Alexander Jardine, su propósito de "aspirar a una licencia para que mi librería pública posea toda especie de libros prohibidos, aunque con separación y con facultad de que sean leídos por los maestros". Jovellanos pidió por dos veces la licencia de libros prohibidos al Inquisidor General y arzobispo de Toledo, cardenal Lorenzana, permiso usualmente concedido a toda institución literaria bajo protección real. El 6 de agosto de 1795 anota en su diario la recepción de una renovada respuesta negativa: "El tonto del cardenal Lorenzana insiste en negar la licencia de tener libros prohibidos en la biblioteca del Instituto, aunque circunscrita a jefes y maestros. Dice que hay en castellano muy buenas obras para la instrucción particular y enseñanza pública, y cita el Curso de Lucuce, el de Bails y la Náutica de D. Jorge Juan, y añade en postdata que los libros prohibidos corrompieron a jóvenes y maestros en Vergara, Ocaña y Ávila; pero, ¿serían los libros de Física y Mineralogía, para que pedíamos la licencia? Y ¿se hará sistema de perpetuar nuestra ignorancia? Este monumento de barbarie debe quedar unido al Diario. ¿Qué dirá de él la generación que nos aguarda, y que a pesar del despotismo y la ignorancia que la oprimen será más ilustrada, más libre y feliz que la presente? ¿Qué barreras podrá cerrar las avenidas de la luz y la ilustración?". La negativa de la licencia es contemporánea a una intensa circulación manuscrita en Madrid del Informe en el expediente de la Ley Agraria.
Tras una fallida visita de reconocimiento el viernes 4 de septiembre de 1795, Jovellanos sorprende al día siguiente a don Francisco López, cura de Somió y familiar del Santo Oficio, husmeando en la biblioteca del Instituto: "Al Instituto, por la siesta; allí, el cura de Somió leyendo en Locke; no pude esconder mi disgusto; le reprimí hasta la hora, dadas las tres; salí con él; díjele que no me había gustado verle allí; que cierto carácter que tenía me hacía mirarle con desconfianza, y aun tomar un partido muy repugnante a mi genio, y era prevenirle que, sin licencia mía, no volviese a entrar en la biblioteca; se sorprendió; protestó que sólo le había llevado la curiosidad; que no tenía ningún encargo; que otras veces había venido y se proponía volver, y le era muy sensible privarse de aquel gusto, aunque cedería por mi respeto. Díjele, que su aplicación no sería frustrada, que le proporcionaría los libros que quisiese; pidióme la Vida de Cicerón, y se la ofrecí y nos separamos sin disgusto.
¿Qué será esto? ¿Por ventura empieza alguna sorda persecución del Instituto? ¿De este nuevo Instituto, consagrado a la ilustración y al bien públicos? ¿Y seremos tan desgraciados que nadie pueda asegurar semejantes instituciones contra semejantes ataques? ¡Y qué ataques! Dirigidos por la perfidia, dados en las tinieblas, sostenidos por la hipocresía y por la infidelidad a todos los sentimientos de la virtud y la humanidad. Pero ¡guárdense! Yo sostendré mi causa; ella es santa: nada hay, ni en mi Institución ni en la biblioteca, ni en mis consejos, ni en mis designios, que no sea dirigido al único objeto de descubrir las verdades útiles. Yo rechazaré los ataques, sean los que fueren, y, si es preciso, moriré en la brecha".
Con fecha 21 de agosto de 1796, Jovellanos se ve obligado a entregar al Santo Oficio una Lista de los libros que se hallan en la Biblioteca del Real Instituto Asturiano. Tras su examen, tan sólo una obra, el De officiis hominis de Puffendorf, condenado en 1745 y 1787, será recogida.
Aquí no está de más anotar que el reformista Jovellanos, en su reflexión acerca del camino gradual que llevaría a la supresión del tribunal de la Inquisición, ve un primer e ineludible paso en la revocación de su facultad de prohibir libros7. Asimismo parece ser que durante su ministerio, en 1798, recibió la orden de proceder a la reforma de la Inquisición.
La preocupación por el desarrollo y destino futuro del Instituto Asturiano acompañó a Jovellanos durante sus inacabables años de preso político. En su Memoria testamentaria de 31 de enero de 1802, escrita en el confinamiento de Valldemosa y remitida a su plenipotenciario Arias de Saavedra, deja en herencia su biblioteca particular al Instituto y, en caso de no existir este establecimiento, por haberse disuelto, "fuese dicha Librería para la Villa de Gijon, á fin de que colocándola en lugar y forma convenientes, pudiese servir de algún provecho, y contribuir á la lectura e instruccion de sus naturales". Esta última voluntad fue revalidada en el castillo-prisión de Bellver con fecha 5 de marzo de 1807. Junto a este ámbito público de acceso al libro representado por el establecimiento de la biblioteca del Instituto de Gijón, se sitúa en la vida de Jovellanos un ámbito privado de intensa y constante relación con el libro, cuyo elemento medular es su propia biblioteca. Gaspar Melchor de Jovellanos estableció su biblioteca allí donde la vida le llevó. La primera de sus bibliotecas fue la que reunió durante su estancia en Sevilla entre 1768 y 1778, entre los veinticuatro y los treinta y cuatro años de su edad. "Allí comenzó la [colección] de buenos libros, que en 1787 fue tasada en 60.000 reales, y la acreció después otro tanto", escribió en 1812 su biógrafo y corresponsal, el canónigo Carlos González de Posada. Conocemos el contenido de esta biblioteca sevillana gracias a un inventario manuscrito, fechado en Sevilla el 28 de septiembre de 1778, realizado presumiblemente por Juan Agustín Ceán Bermúdez. La biblioteca contiene ochocientas cincuenta y siete obras impresas en mil trescientos volúmenes, unos veinte manuscritos y algunos tomos de papeles varios. Para su constitución Jovellanos aprovechó la circunstancia de la subasta de los libros de la Casa profesa de jesuitas de San Hermenegildo, dentro de la liquidación general de los bienes muebles de la Compañía que siguió a su expulsión. Aunque en su núcleo se trate de la biblioteca de un magistrado, agrupada en torno a los campos de las jurisprudencias civil y eclesiástica, los intereses de Jovellanos hacen que la colección se vuelque hacia lo que en el tiempo se llama literatura: bellas letras, filosofía, historia y varia erudición. En el desglose de la biblioteca por fechas de impresión, corresponderían ocho obras al siglo XV, doscientas diecisiete al siglo XVI, ciento setenta y dos al siglo XVII y cuatrocientas sesenta al siglo XVIII. La distinta atención prestada a las obras de los siglos XVI y XVII es característica de la percepción del siglo XVI como periodo modelo por los ilustrados españoles y de su orientación humanista. La Ilustración europea está bien representada en la biblioteca con la presencia de la Encyclopèdie de Diderot y d'Alembert, las obras de Montesquieu, Voltaire, Fontenelle, Rousseau, Muratori, Beccaria, Pope, Addison, Young y Hume, entre otros.


En la Sevilla de Jovellanos destacan dos grandes bibliotecas: la del conde de Aguila, que alcanza un volumen de cuatro mil cuatrocientos cuatro títulos impresos (veinticuatro de ellos incunables) y es valorada a su muerte en 126.606 reales y la del intendente de Andalucía, asistente de Sevilla y director de las Nuevas Poblaciones, Pablo de Olavide. Si en la biblioteca del conde de Aguila los autores españoles suponen el cincuenta por ciento del total, la biblioteca de Olavide contiene fundamentalmente autores franceses adquiridos durante sus estancias en Francia en 1757 y 1764 o importados masivamente con posterioridad (sólo en 1768 se hace enviar al puerto de Bilbao veintinueve cajas de libros conteniendo un cargamento de dos mil cuatrocientos volúmenes). Estas dos bibliotecas compensarían mediante préstamo las faltas de la de Jovellanos (recordemos que el ex-libris sevillano del magistrado está adornado por el expresivo y entonces nada retórico lema: "De Don Gaspar de Jovellanos y de sus amigos"). Olavide, en los primeros años de la década de los Setenta recibe regularmente una selección de las novedades de París (así, por ejemplo, la primera edición de la Histoire philosophique des Indes del abate Raynal, de 1770, prohibida por la Inquisición). A Jovellanos le serían accesibles por medio de Olavide las obras económicas más importantes del periodo anterior al fisiocratismo (Herbert, Duhamel du Monceau, Plumart de Dangeul, Goudard). "En su tertulia, á que concurria Jove Llanos, se trataban asuntos de instruccion pública, de política, de economía, de policía y de otros ramos útiles al comun de los vecinos, y á la felicidad de la provincia, apoyando Olavide los principios y axîomas de estas ciencias en obras y autores extrangeros, que por ser nuevos no habia visto don Gaspar", recuerda Ceán Bermúdez.
A finales de agosto de 1778, Jovellanos recibe el nombramiento de Alcalde de Casa y Corte, instalándose en Madrid en los primeros días del mes de octubre en una casa de la plazuela del Gato, contigua a la actual calle de Amaniel. De aquí se trasladará a la Carrera de San Jerónimo, cerca de la iglesia de los Italianos, para mudarse a finales de 1782 a una casa más cómoda en la calle de Juanelo, domicilio que conservará hasta 1806 y en donde residirá durante las estancias de la corte en Madrid en el intervalo de su ministerio. Aquí, entre pinturas escogidas por el fiel Ceán, juntará a los libros reunidos en Sevilla sus numerosas nuevas adquisiciones: "Mi afición a los libros, a pinturas, me arruina", escribe a su hermano mayor Francisco de Paula a finales de 1784.
Con el destierro a Asturias, en septiembre de 1790, Jovellanos que ha partido inopinadamente de Madrid, comenzará a reunir una segunda biblioteca, paralela a la conservada en Madrid, de la que podemos hacernos un esbozo a partir de las menciones ocasionales en sus escritos, especialmente en los diarios, y correspondencia. Por la importancia de lecturas concretas, podríamos destacar una mayor presencia en esta biblioteca de libros ingleses, leídos por Jovellanos en su lengua original, lengua cuyo aprendizaje retrotrae Ceán a Sevilla y al conocimiento de Luis Ignacio de Aguirre "que habia viajado por la Europa, y traia gran parte de aquellos libros". Esta biblioteca de Gijón fue sellada por el Regente Lasauca, en presencia de Jovellanos, el 13 de marzo de 1801, día de su detención. La tercera biblioteca de Jovellanos es la formada por éste durante su prisión en Mallorca, primero en la Cartuja de Jesús Nazareno de Valldemosa, de mediados de abril de 1801 a primeros de mayo de 1802, después en el castillo de Bellver, en donde recibe la noticia de su liberación el 5 de abril de 1808: "ha formado aquí una tercera librería que va igualando a las dos que tiene en Madrid y Gijón y lee y trabaja con el mismo ardor que antes", escribe Jovellanos en febrero de 1807, en carta que, por precaución, se hace pasar como escrita por su paje Manuel Martínez Marina.
Podríamos denominar "cuarta biblioteca" a la perdida en Sevilla por el vocal de la Junta Central Jovellanos, al verse obligado a partir en barco hacia Sanlúcar de Barrameda el 24 de enero de 1810, ante la amenaza de la inminente entrada en la ciudad del ejército francés.
Última biblioteca del ilustrado es la que lleva consigo a su salida de un Gijón nuevamente amenazado por los franceses, el 6 de noviembre de 1811. Jovellanos alcanzará el puerto de Vega, entre Luarca y Navia. Allí morirá de pulmonía el 28 de noviembre. Los autos del inventario de su equipaje, realizado en Castropol en 11 y 12 de diciembre de 1811, nos manifiestan que llevaba consigo una biblioteca de 265 obras en 387 volúmenes en varias lenguas. Entre las obras que le acompañaban se citan concretamente "dos tomos en folio mayor, pasta, de dibujos manuscritos. Otros dos de Arquitectura, id., impresos en Italia. Siete tomos id., del Herculano. Scriptores Historiae Augustae, tomo tercero, en folio, pergamino".
La difusión clandestina del libro no deja de jugar cierta carta fatal en el destino de Jovellanos. A finales del año 1799 y principios de 1800 circula en exigua tirada por las provincias del norte de España la primera edición española del Contrato social de Jean-Jacques Rousseau. "Nuestro único objetivo en la traducción de esta obra" -escribe su disimulado traductor y editor José Marchena en la advertencia preliminar-, "ha sido que las ideas liberales se extiendan y propaguen, y que la patria de los Lucanos y Padillas, en el día agobiada bajo la férula del despotismo civil y religioso, conozca sus derechos y se esfuerce en vindicarlos. A la verdad ninguna nación de la Europa está hoy tan sojuzgada como la España. La ignorancia, los privilegios, la pobreza y la fuerza todo concurre a su mayor abatimiento". Y en nota 20 al texto, después de tachar de corruptos e incapaces a los ministros de Carlos IV, el traductor pasa a hacer el elogio del relegado Jovellanos: "¡Oh Jovino, Jovino! Tú sólo mereces el homenaje de todo buen español. Ojalá que Urquijo, siguiendo tus pasos, despliegue todo su ingenio emprendedor y haga conocer al Monarca sus verdaderos intereses que son los del mismo Pueblo". El ex-ministro, retirado en Gijón tras su exoneración, al que han llegado noticias del peligroso elogio, es consciente de que el incidente puede ser aprovechado por sus enemigos en la corte, por lo que busca adelantarse a éstos mediante una representación directa al rey "para prevenir su real ánimo contra cualquiera mala impresión que pueda dirigir la calumnia contra un ministro a quien V.M. honra actualmente con su confianza [Urquijo], y contra otro cuya conducta irreprensible y laboriosa empleada por el largo espacio de treinta y tres años en el real servicio y el bien del público le han hecho también acreedor al buen concepto de V.M.", en que propone se estorbe la entrada del libro y se investigue la autoría de la traducción. A pesar de las seguridades que le transmite Urquijo en su respuesta, es indudable que este suceso comprometió aún más su consideración política y su situación personal. Así lo vio Ceán: "se le contestó, que procurase recoger los exemplares que pudiese, y no habiendo logrado ninguno, lo avisó. Las resultas fueron prevenirle, que se abstuviese en adelante de escribir a ningun ministro: el haberle sorprehendido en su cama pocos dias despues, la madrugada del 13 de marzo; y el llevarle públicamente como reo de estado á la isla de Mallorca".
En algunas ocasiones, los diarios que Jovellanos lleva a partir de finales de agosto de 1790, en la situación de su primer destierro de la corte, escapan a la función de ser el acta escueta de las lecturas del ilustrado y nos permiten vislumbrar una relación vital con el libro, en la que éste adquiere el estatuto de imagen de su circunstancia personal. Así, por ejemplo, parece implicarse personalmente en su lectura de la Historia de la vida de Marco Tulio Cicerón, que lee entre febrero y abril de 1794, en el contexto de pedir una señal a Madrid que exprese una reparación del desaire político en que se encuentra. "Domingo, 30 [de marzo] (...) Lectura en Risco, luego en Cicerón; su gloriosa vuelta del destierro, magníficamente descrita"; "Miércoles, 23 [de abril] (...) Por la noche, en mi cuarto, se acaba el libro XI de la Vida de Cicerón y la relación de su infanda muerte, que verdaderamente enternece y horroriza". El intelectual con influencia política Jovellanos se identifica emocionalmente con las cambiantes circunstancias de Cicerón, sentido como modelo, al igual que lo es Séneca, por esa minoría de ilustrados españoles al servicio del poder.
Asimismo, es altamente significativo de su situación la selección de los libros que le acompañan durante su conducción como detenido hacia la prisión en Mallorca: "Camino del destierro. Sábado, 28 [de marzo de 1801; noche en la posada de la villa de Grajal] (...) posada, que se diría mala, si no hubiese otras peores. Tiene a la derecha de la entrada una salita baja con dos alcobas; pobre, pero bastante aseada, salvo las camas, que al fin, con ropa nuestra, parecen tolerables. No hallamos vaca, pero sí carnero. Lectura en Kémpis, Cicerón y Ovidio. Colación con migas, pan no malo. En la cama a las diez".


LOS ESPACIOS DE LA LECTURA

Roger Chartier ha escrito que "la lectura no es una invariante histórica -ni siquiera en sus modalidades más físicas-, sino un gesto, individual o colectivo, que depende de las formas de sociabilidad, de las representaciones del saber o del ocio, de las concepciones de la individualidad". A través de los diarios de Gaspar de Jovellanos podemos acceder al despliegue cotidiano de su hábito de lectura entre los cuarenta y seis y los sesenta y cuatro años de su edad. La primera característica que resalta en el Jovellanos lector es la fidelidad a sus hábitos. No podríamos afirmar la singularidad de éstos, sí podemos en cambio dar fe de la regularidad y naturalidad con que los cultiva y los mantiene. Jovellanos es hombre de una pieza, sus gustos y sus principios han devenido en modo de vida que acabará por imponerse a todo tipo de circunstancia.
En lo que respecta a los espacios en los que su lectura tiene lugar, éstos son fundamentalmente tres. En primer lugar está la lectura casera. Jovellanos se instala en Gijón en septiembre de 1790 en la casa familiar de la que es señor su hermano mayor Francisco de Paula, casado con Gertrudis del Busto: "inmediatamente le destinó su hermano (...) unas piezas decentes y capaces de la misma casa en que habia nacido, para su habitacion y estudio; y en ellas colocó sus libros y papeles", refiere Ceán. Gaspar de Jovellanos heredará la propiedad del inmueble a la muerte de su hermano en agosto de 1798. Dentro de la casa, Jovellanos tiene dos habitaciones destinadas a la lectura: el cuarto de la torre y la pieza de la chimenea. El cuarto de la torre, de la "torre nueva", aunque construida en el siglo XVII, es la estancia de sus lecturas en verano: "Tengo obra en casa. Se hace una nueva escalera para subir al cuarto de la torre nueva, donde trabajo por el verano. Es un cuarto lindísimo, con bellas vistas al mar y al mediodía, y trato de adornarle a mi gusto", escribe en junio de 1793 a su amigo el canónigo González de Posada. Desde el gabinete de estudio, Jovellanos divisa la playa de San Lorenzo, al este, y los montes, de Cantrueces al alto de Somió, en dirección sur-este. La torre es un mirador de belleza natural que descansa la vista y el pensamiento con su magnitud. Belleza natural que se refuerza con los mejores tesoros del arte: Jovellanos coloca un Murillo en el gabinete. En la torre la lectura se realiza en el resguardo de la privacidad e intimidad, privacidad que no significa necesariamente soledad absoluta, pues no la rompe la ocasional presencia de su mayordomo Acebedo.
La lectura "de invierno" se lleva a cabo en una cómoda estancia con chimenea moderna y acogedora alfombra, que, manteniendo a sus horas la privacidad, al final de la tarde recibe la cotidiana tertulia: "Sábado, 15 [de febrero de 1794] (...) A pasear; chimenea; lectura en el Gibbon; conversación; niebla". Anotemos en este lugar que Gaspar de Jovellanos acostumbra a leer en la cama antes de conciliar el sueño ("Llanos, a verme. Por la noche chimenea; Gibbon, tertulia, y no hubo lectura de cama. Helada") y que lee en ocasiones en el baño o mientras le peinan: "a mi hermano acompaño en el baño y le leo en Cervantes, el entierro de Crisóstomo y la aventura de los yangüeses".
Consecuencia de la firmeza de carácter de Jovellanos es que Valldemosa y Bellver devengan en espacios de la lectura casera.
El segundo espacio de lectura en Gaspar de Jovellanos es el del paseo. Conocemos por testimonios propios y ajenos su afición a pasear diariamente. "Paseaba todas las tardes á larga distancia por los campos, arboledas y otros sitios, observando la variedad y progresos de la naturaleza en las estaciones, y cuidando de la conservación de los árboles, y de la reparación de los malos pasos en las sendas y caminos", recuerda Ceán. El paseo ofrece la posibilidad de una lectura personal, sin intermediarios, en un espacio abierto. "Bella mañana de paseo en el Arenal de San Lorenzo leyendo la Gramática de Condillac". El camino a Tremañes, la playa de Piles y el Arenal de San Lorenzo son las principales metas de estos paseos lectores. Recordemos que el consejero de Ordenes Jovellanos se hace retratar por Goya en 1783 vestido con un informal traje de paseo ante el fondo de un Arenal de San Lorenzo que nunca vio el aragonés. La lectura del paseo es una lectura intensa. Los libros que se sacan a pasear son libros especialmente escogidos, libros que se sienten compañeros, que devienen amigos reales: "a pasear, leyendo Juan Jacobo; calor; bella sombra en La Luneta"; "Paseo con Juan Jacobo"; "Paseo con Juan Jacobo, y por la tarde con D. Ramón"; "Jueves, 27 [de noviembre de 1794] (...) Mañana clara; ligera helada; buen sol. Cartas de atraso. Paseo con T. Payne en la playa de Piles, y con Camposagrado en el muelle"38. La conexión entre lecturas como la de las Confessions y la presencia de una naturaleza poderosa, como es la del paisaje norteño, permiten suponer avances de la sensibilidad hacia el sentimiento de lo sublime, experiencia nada extraña en Jovellanos.
Tengamos en cuenta que el libro de paseo es el libro portable, de bolsillo, en formato octavo o doceavo. En octavo, Jovellanos lee, entre otros, a Gibbon, Gillies, Smith, Rousseau, Alfieri, Paine y Condillac; en doceavo tiene a la Sévigné. Estos formatos son percibidos como característicos del libro de la Ilustración; a este respecto, recordemos el ataque que el tradicionalista corregidor de Segovia don Simón de Escobedo, bajo un fondo de "estantes con algunos librotes viejos, todos en gran folio y encuadernados en pergamino", dedica a los "libritos en octavo" en el acto primero del Delincuente honrado.
Los formatos cuarto o folio -el libro que ha de ser colocado para ser leído-, son necesariamente de lectura casera.
Tercer espacio de lectura es el asociado a los viajes. Es lectura realizada en el coche, en las posadas. Es lectura en voz alta, compartida por todos los que viajan juntos, complemento de la contemplación del paisaje y la conversación en amenizar las largas horas de camino.
Así, por ejemplo, el martes 21 de agosto de 1798 anota Jovellanos en su diario la lectura realizada en el camino a Trillo, a donde se dirige a tomar las aguas con vistas a recuperar su salud: "Al Pozo: posada tolerable, aún nueva y no demasiado sucia, bien que descuidada y mal asistida. Lectura en la Historia de los Trovadores por el rey Don Juan, que viene para eso, y con quien Baltasar se divierte mucho. Comida agradable; larga siesta".
El archivo municipal o conventual, tan visitado por el viajero ilustrado Jovellanos, más que un espacio de lectura en sí mismo es depósito donde se adquieren, trabajosa y, a veces, fortuitamente, los intrumentos previos a ésta: "estuve dos días y medio más bien en el archivo que en el monasterio de Carracedo, donde copié o extracté de ochenta a cien instrumentos. Es increíble la riqueza de tal archivo, pues aunque del tumbo viejo no quedan más que cinco cuadernos sueltos, tienen otro tumbo que llaman grande, que contiene quinientos cuarenta y ocho, todos anteriores a la mitad del siglo XIII, y los instrumentos posteriores a esta época se hallan también extractados (aunque con poco orden) por la diligencia del laborioso maestro Alonso. Hubiera querido de buena gana estar allí un mes entero, y ciertamente que no habría perdido el tiempo. De vuelta reconocí el archivo de Astorga...", refiere en julio de 1792 a González de Posada.


MODOS DE LECTURA

¿Qué hábitos de lectura observa el lector Jovellanos? En primer lugar hemos de hacer referencia a la coexistencia diaria entre una lectura silente realizada por Jovellanos y una lectura oyente, privada, llevada a cabo en voz alta para él por su mayordomo Acebedo (Gijón), por Domingo García de la Fuente (Bellver) o por el alumno del Instituto Juan de Arce y Morís, el denominado "rey don Juan": "en alta noche lee Acebedo los Elementos de Química e Historia Natural de Fourcroix, mal traducidos por López. Antes leyó los Anales de Química de Proust, que me parecieron excelentes"43. El hecho de que la lectura física la realice un sirviente no altera la percepción de intimidad. Acebedo es incluso capaz de leer y traducir del francés: "Acebedo empieza a leer el Gil Blas, traduciéndole del francés; así se ejercita. Tiempo lluvioso". En principio no cabe distinguir entre obras específicamente destinadas a la lectura silenciosa y obras destinadas a una lectura oyente privada. Como oyente, Jovellanos lee, entre otras, partes de la Historia de la vida de Marco Tulio Cicerón, del Tácito Español y los Comentarios Reales.
La circunstancia que representó el deterioro progresivo de su vista (fluxión en 1782; vista fatigada hacia 1794; necesidad de anteojos desde agosto de 1798; principio de cataratas entre 1804 y 1807), sin duda contribuyó al incremento de esta lectura oyente privada, especialmente en Bellver. Pero podemos juzgar el significado de la lectura para Jovellanos por declaraciones como ésta, en este caso a su hermana Catalina de Sena (Bellver, 29.12.1804): "Hoy puedo decirte que no hay otra novedad que la de continuar la degradación de mi vista, dándome cada día mayor cuidado. Conozco que la lectura le es muy dañosa y, sin embargo, no me resuelvo a renunciar del todo a ella, no tanto por seguir mi afición y antigua costumbre, sino porque, encerrado en un cuarto y sin conocer otro entretenimiento que distraiga mi imaginación, ella es el único recreo que me queda para evitar el fastidio de la ociosidad y pasar el tiempo con menos amargura. Sin embargo procuro abstenerme de ella en todos los momentos que puedo emplear en cualquiera otra ocupación".
Junto a la lectura privada se sitúa, asimismo, una lectura pública, que es elemento regular característico de su tertulia doméstica: "nos acompaña Don Ramón de Jove, y es muy concurrida la tertulia. Poca lectura, por lo mismo, y ésa en el tomo XXXVIII de Risco; se ha hecho tan pesado como Flórez. En mi cuarto, en Azara"; "Conversación. Lectura en el Diccionario de Historia Natural de Bomaré, artículos wolfram, pyrites"46. Lectura en común, conversación y partida de cartas son elementos de sociabilidad cimentadores del vínculo que estrecha a familia, íntimos, amigos y colaboradores. Es obvio el propósito didáctico y educador de esta lectura escogida y dirigida por Jovellanos. Se crea así un cierto espacio de debate y crítica.
Ceán Bermúdez escribe que Jovellanos, en Gijón, "estableció cierto régimen de vida y distribución del tiempo, que no alteró en los once años que permaneció en aquel retiro". El testimonio de sus Diarios nos demuestra que esto fue así. Podemos hablar entonces de un régimen diario de lecturas que transcurriría sin más modificación que la introducida por los viajes y excursiones.
Así, por ejemplo, la mañana del viernes 22 de enero de 1796, de viento impetuoso, la ocupa sucesivamente en la lectura de The History of ancient Greece de John Gillies, en recibir la visita de don José Carrandi con unas cuentas y en acabar el extracto del volumen I del Voyage aux sources du Nil de James Bruce. Por la tarde va al Instituto, toma el volumen II de Bruce, da su paseo ("El viento derribó tres o cuatro árboles"), vuelve a retomar a Bruce, viene la tertulia (anota "Partida") y lee por la noche del Telémaco de Fénelon. Se observa que una parte de las mañanas se ocupa en lecturas que podríamos calificar de "trabajo", lecturas en torno al campo de la economía civil o histórico: "nunca dexaba de emplear á lo menos dos horas cada dia en la lectura de obras útiles é instructivas, aunque estuviese muy ocupado". La lectura privada vespertina sería algo menos funcional.
Asombra en la lectura del diario de Bellver el advertir cómo el reo de estado Jovellanos transforma su celda de preso en gabinete de trabajo. El traslado a Bellver desde la pacífica Cartuja de Valldemosa significó un endurecimiento patente de las condiciones de su detención. El gobernador del castillo, un tal Ignacio García, se esforzó en hacer méritos en Madrid mediante la mortificación a la letra del preso: doble centinela, en la puerta de la habitación y sobre la muralla, frente a la ventana; aislamiento del detenido; vigilancia y registro de los criados, a fin de impedir la comunicación de asuntos reservados; privación de todo tipo de recado de escribir. Los años 1804-1805, gracias a la presión social, trajeron consigo un régimen menos severo.
La lectura en Bellver adquiere un doble carácter. Por un lado es el principal recurso de distracción del preso, por otro, su tenacidad en proseguir con su régimen de lectura y trabajo constituye una demostración de su voluntad de resistencia frente al poder arbitrario.
De este modo, los días de Bellver ‹por ejemplo, el 13 de marzo de 1806‹, transcurren en un régimen de plena actividad buscada: "en pie a las ocho con el P. Mallorca entre manos, en el cual y en los antiguos apuntamientos, se ocupó toda la mañana. La tarde en el paseo con Straw y D. Vicente, porque el señor capitán tuvo visita de su señora y quedó a acompañarla. Por la noche en el P. Mallorca y en Juan y Ulloa. D. Domingo copió un artículo de la Biblioteca Mallorquina; yo continué la de la Descripción y empecé a dibujar la reja de la capilla". También la decoración de su celda en Bellver manifiesta una voluntad de recuperar una dignidad y una privacidad estéticas: coloca en las paredes una pintura de Mengs, estampas de Volpato y Morghen; el oficial suizo Kenel, durante sus guardias, le pinta las paredes; manda hacer en Palma una mesa de marquetería, que le sirve de escritorio. En lo que respecta a las lecturas de Bellver podemos señalar cierto cauto abandono de aquellas lecturas directamente políticas en favor de las que Jovellanos denomina "más agradables": "las exhortaciones de Vmd. [Ceán] no han sido sin fruto; porque, a lo menos me han separado de trabajos penosos. Ellas me han hecho reflexionar, que si el estado de mi espíritu me arrastraba antes a los estudios serios, el de mi salud sólo me permite ahora los agradables. En otro tiempo busqué en la filosofía el vigor que mi alma necesitaba. Ahora que mi salud decae, al paso que mi espíritu se fortifica y endurece con el ejercicio mismo de su constancia, debo buscar en la literatura una recreación que conserve sus fuerzas, sin degradar las de mis sentidos".
La lectura a un tiempo de varias obras es gesto lector característico de Gaspar de Jovellanos.
Así, por ejemplo, en la semana del 20 al 27 de febrero de 1794 simultanéa la lectura de Gibbon con la de los Elementos de química e historia natural de Fourcroy, a los que añade en una ocasión la Historia de la vida de Marco Tulio Cicerón de Middleton. Normalmente, cada día, Jovellanos lee diversos capítulos de, por lo menos, dos o tres libros distintos. Una reseña típica es la del jueves 21 de agosto de 1794, en el que junto a la corrección del Informe general sobre las presas del Nalón, la visita al Instituto y el paseo con Pedrayes, lee de Las Confesiones, de la Crónica de Don Pero Niño y de Gibbon.
Esta simultaneidad y compaginación de lecturas en Jovellanos es ajustada expresión de la variedad de intereses y la apertura ecléctica de la Ilustración española. El que Jovellanos compagine durante semanas la lectura de Gibbon con la de los libros que el P. Mariana dedica a la época romana, es característico de su voluntad de lograr una síntesis de experiencias propias y ajenas, de equilibrar cosmopolitismo y nacionalismo. De la amplitud ideológica de su espectro de lecturas puede dar indicio su curiosidad en leer seguidamente (diciembre de 1795-enero de 1796), la Constitution Française de l'An III [1795] y la Historia de la persecución del clero de Francia en tiempos de la Revolución del abate Barruel.
Aunque a nosotros se nos escape muchas veces la hilazón, parece que se podría hablar de programa de lecturas: 22 de abril de 1799: "la lectura de esta semana, en Tollendal y Ferguson, y por la noche, en Masdeu". Asimismo, Jovellanos, a pesar de la renovación constante de sus lecturas, gusta de releer. 28 de enero de 1797: "lectura en Ferguson: Ensayo sobre la historia de la sociedad civil; va de tercera". La lectura de estas obras (Adam Smith, Mariana, Gibbon, la Biblia, el Kempis) podría calificarse de intensiva. Son obras leídas con atención, extractadas y meditadas, retomadas y discutidas, que se integran emocional e intelectualmente en la experiencia del lector.
Otra característica del sistema de lectura de Jovellanos es su no atenerse, especialmente en obras históricas de muchos volúmenes, al orden de los tomos. Si el 22 de junio de 1794 da fin al tomo VI de Gibbon, al día siguiente da comienzo al tomo I. Actúa aquí la libertad del lector dentro de su esfera privada. Esta libertad de leer también se manifiesta en el abandono de lecturas insatisfactorias: "A paseo; la tarde, algo fresca.
Lectura en Gibbon; por la noche, en La Galatea, de Cervantes: no me gusta, nada me parece bien, sino el lenguaje. Se dejará, y esta noche se empezará el Tácito, de Alamos"; "me enfada [la Jornada de los coches de Madrid á Alcalá de Luis de Salazar de Castro]; no seguiré una cosa tan insípida. Es útil, sin embargo, para la historia literaria y origen de la Academia Española. Sería penoso, pero útil, su extracto".
Junto al infatigable lector para la reflexión y el trabajo, Jovellanos no deja nunca de leer por placer y curiosidad: "Chimenea; todo el día en casa. Lectura en Bruce; ya dimos con las fuentes del Nilo; excelente historia de su curso y causa de su inundación; parece que el río Niger, que nace cerca del mismo punto y corre al Océano Atlántico, se le parece en la misma circunstancia". El lector Jovellanos, gran viajero dentro de España, pero que no tuvo ocasión de salir al extranjero, accede a través del libro a los más remotos tiempos y lugares.


EL OBJETO DE LA LECTURA

Gaspar Melchor de Jovellanos puede ser caracterizado como bibliófilo. Sabemos que en su biblioteca sevillana poseyó ocho incunables. Si ya en Sevilla se entretiene en reconocer catálogos de libros extranjeros, es capaz de dar razón a Campomanes de alguna rara edición de un arbitrista tenida por perdida, ofreciéndole el ejemplar de su biblioteca, o le envía un documento de papeles varios conteniendo desconocidos arbitrios, redimido en la rebusca de una librería monacal, acabará en Mallorca comprando todo buen libro que salga en almoneda a través de la intermediación de su confesor. Jovellanos siente la característica alegría del bibliófilo por la compra ventajosa y el hallazgo inesperado: "vino una partida de los libros comprados y otra a mediodía. Hay entre ellos la famosa edición de los Escritores de la Historia Romana, hecha en Heidelberg, en 1743, en tres gruesos volúmenes en folio mayor, con estampas de todas las monedas que la comprueban, viñetas, notas y prólogos: obra que por sí sola vale lo que se dio por toda la partida. Es también apreciable el Testamento Viejo, en griego, impreso por el Códice Alejandrino con un prólogo de Pearson, notas, etc., en 4 volúmenes en 4º y un cuerpo de Derecho Canónico en 3 tomos en folio, con la glosa marginal. Los demás, en general, son buenos libros y bien tratados. Sirvieron de entretenimiento en la tarde, que estuvo ventosa, y después se paseó por la Galería. Por la noche, se reconoció más en particular la edición de Heidelberg". Pero Gaspar de Jovellanos es más un amante de los libros a partir de la utilidad de éstos, de su lectura, que un bibliófilo coleccionista empeñado en acumular ediciones raras, prestigiosas y costosas, es decir, un bibliófilo que no lee. Su corresponsal y biógrafo Carlos González de Posada nos regala la inusual imagen de un Jovellanos encuadernador en su encierro de Bellver: "hacía venir de Madrid, Londres y París muchas remesas de libros de todas facultades, en papel, y se entretenía en encuadernarlos, de que me envió para muestra de su habilidad algunos tomos en folio que también por su materia o doctrina suponía con razón que me serían gratos". El mismo Jovellanos anota el 10 de mayo de 1806, en relación con una nueva remesa de libros comprados en la almoneda del canónigo Colom: "yo fregué, limpié y arreglé los libros". No obstante, la mayor parte de los libros necesitados de encuadernación en Bellver se mandan a los capuchinos. Para su buena ordenación, Jovellanos encarga a un carpintero llamado Bordoy dos "cajones estantes para libros, por los cuales llevó una onza".
Este Jovellanos curioso de libros es el que inspecciona y reconoce toda biblioteca pública o particular que se cruza en su camino. Mientras que su rebusca en los archivos es producto de su propósito de reunir instrumentos fiables para la escritura de la historia nacional, su curiosidad en examinar bibliotecas privadas parece atribuible a un deseo de controlar el pulso cultural de la nación en sus distintas clases: "A casa del lectoral Villar. Tiene entre sus libros el Bruckero y una buena Colección de liturgias orientales; un tomo 4º. Citó la Perpetuidad de la Fe, obra de la misma especie, empezada por Arnau y continuada por el editor de las liturgias"; "Biblioteca del amo de casa [el vecino de La Pola, Juan González Castañón]: un Misal viejo y falto; la segunda parte del Flos Sanctorum, de Villegas; ídem un tomo de la Filosofía de Goudin; La familia Regulada; una Vida de la Virgen, falto y viejo; Prontuario de materias morales, de Fr. Simón de Salazar; ídem Estado de cielos y tierra, plantas y aves y animales después del juicio final, capítulo V; ídem Gritos del purgatorio; Lunario perpetuo; un libro de reducción de monedas; un Devocionario".
El acceso al libro por parte de Gaspar de Jovellanos es múltiple. Paralelamente a su adquisición en el mercado nacional, su posición social y sus privilegiados contactos políticos le permiten encargar libros en el extranjero, algunos de ellos prohibidos por la Inquisición, a través de canales oficiales (el conde de Aranda en París, Bernardo del Campo en Londres) o particulares (Jardine, Durango), estos últimos favorecidos por la accesibilidad de Gijón al tráfico marítimo mercante. Su amistad con escritores le supone recibir directamente las producciones
manuscritas e impresas de éstos, envío asociado muchas veces -véase la correspondencia con Fray Diego González, Meléndez Valdés, Trigueros, Moratín y González de Posada-, a un acuse de recibo crítico por parte del que es considerado mentor de la generación más joven. Esta cordial disposición hacia Jovellanos le proporciona la oferta de copias manuscritas de todo hallazgo de interés histórico o literario realizado por su red de corresponsales. De este modo, Meléndez Valdés, en 16 de julio de 1780, le ofrece una copia del manuscrito del Libro del Buen Amor. Jovellanos, por su parte, no se queda atrás en este intercambio; así, por ejemplo, en 1806 enviará a Ceán el Discurso de Juan de Herrera sobre la figura cúbica.
Al igual que Jovellanos toma libros en préstamo de un círculo de amistades intelectualmente afines (es el caso de las obras de Thomas Paine, sin duda difíciles de conseguir, que le presta don José de Sala; de las de Mably, que tiene Vega), también él presta libros con generosidad, especialmente a los asistentes a su tertulia ("se presta el Burke a Caveda y Tenreiro; el Smith a Pedrayes; también quiere ver el Examen marítimo comentado por Císcar"64) Estos préstamos de Jovellanos, como los que hace a Trigueros, son prolongación de su actuación como orientador de lecturas. El libro, instrumento de ilustración, circula de forma natural entre los amigos y las relaciones de Jovellanos.


Artículo publicado originalmente en El Libro Ilustrado. Jovellanos, lector y educador, Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando-Calcografía Nacional, 1994, págs. 33-59.
Gabriel Sánchez Espinosa
(Queen's University Belfast)
Perspectivas: revista trimestral de educación comparada (París, UNESCO: Oficina Internacional de Educación), vol. XXIII, nos 3-4, 1993, págs. 808-821.


Jovellanos - Un modelo físico de la economía

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Durante la segunda mitad del siglo diecisiete y todo el siglo dieciocho las ideas de los grandes creadores de la dinámica se extienden por toda Europa, alcanzan a España, que gracias a la enérgica política educativa de Carlos III, se incorpora al pensamiento moderno, y lo que es más importante, además de servir de base a la nueva física, se extienden a saberes lejanos a ella como las ciencias de la sociedad. Este prestigio de la física hace que nociones tomadas de la mecánica, como el equilibrio de poderes ­lo mismo en política exterior que interna­ sea el fundamento sobre el que se construye el Estado y el nuevo orden internacional. Pero son sobre todo los economistas quienes inspirándose directamente en Newton y Leibniz, consiguen crear una ciencia tan sencilla en sus principios como segura por sus deducciones y admirable por sus consecuencias.
La mayor hazaña de Newton ­que desde la ilustración intentarán repetir los constructores de nuevas ciencias en las distintas áreas del conocimiento­ consiste en explicar todos los movimientos de la inmensa maquinaria celestial y terrestre ­y por supuesto también las consecuencias de su física­ a partir de un único principio. Sucede además que la idea de atracción está tomada por experiencia interna del mundo humano y es un último residuo de animismo en la física, pero este carácter, aparentemente negativo, facilita la construcción de una ciencia de la sociedad que está basada en la tendencia y el interés individual. Así que saberes tan lejanos como la física y la economía admiten una traducción mutua si se piensan construidas sobre bases comunes o por lo menos muy cercanas.
La metafísica de Leibniz, el otro gran representante de la dinámica, completa la visión del mundo y de la sociedad que va a estar vigente en el siglo XVIII. Los puntos de acción son las mónadas individuales, dotadas todas de un impulso y de percepción (vis perceptiva), pero cada una de ellas está cerrada sobre sí misma, no tiene ventanas y en consecuencia sigue su propia tendencia, independientemente de las demás. Y lo que es más sorprendente, es tan perfecta la construcción del mundo ­el mejor de los posibles­ que con la sola condición de que estos individuos sigan su propia tendencia y sin necesidad de una continua intervención divina, todos están puestos de acuerdo en una armonía universal, como relojes sincronizados. De esta forma Leibniz ­mejor su época histórica­ dibuja el esquema de lo que será una política y una economía liberal en rigurosa continuidad con la estructura del mundo físico.

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Pronto estos principios de la física dinámica se trasladaron a la política y a la ciencia económica y fueron recibidos por los ilustrados españoles. Uno de ellos, Campomanes tiene una brillante carrera política, sobre todo bajo la monarquía de Carlos III, y por eso su influencia inmediata en la reforma de la economía es mucho mayor que la de otros ilustrados. Su cursus honorum empieza con la publicación en 1747 de uno de los documentos más completos sobre la historia y el proceso de los templarios y el destino de sus bienes, y el ingreso, un año después, en la Academia de la Historia de la que llegará a ser director. En 1756 es miembro de la Academia Francesa por otro estudio sobre la Antigüedad Marítima de Cartago y el periplo de Hannón, y pocos años después ingresa también en la Real Academia de la Lengua.
Su fulgurante ascensión política empieza sobre todo en 1760, cuando es nombrado Ministro de Hacienda. Dos años después, desde su nuevo cargo de fiscal del Consejo de Castilla, tiene oportunidad de poner en práctica sus proyectos reformistas en materia económica y educativa. Finalmente en 1786 llega a ser Presidente del Consejo de Castilla, y de las Cortes en 1789. Desde estas posiciones de poder favorece a los ilustrados, ­influye decisivamente para que Jovellanos sea miembro de las dos academias­ crea una red de Sociedades para fomentar la iniciativa empresarial en la agricultura y en la incipiente industria, y realiza transformaciones puntuales pero eficaces en la estructura económica del reino.
En las obras de Campomanes están trazadas prácticamente todas las consecuencias que el Informe sobre la ley agraria; va a resaltar para mejorar la agricultura frente a cualquier estorbo político. En 1764 aboga por liberalizar el comercio de granos, aboliendo las tasas, un año después analiza los daños que la propiedad inmobiliaria de la Iglesia causa a la economía del país, y será después el primer gobernante que lleva a cabo una desamortización, aprovechando la circunstancia de la expulsión de los jesuitas. En 1771 en su Expediente sobre el Consejo de la Mesta critica los privilegios del grupo de presión de los ganaderos trashumantes y sus efectos catastróficos en la agricultura. Todas estas medidas, inspiradas en la fisiocracia y en el naciente pensamiento liberal, se mantienen en un nivel empírico, sin alcanzar todavía el carácter de una ciencia rigurosa.


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Jovellanos es el encargado de dar unidad a los hallazgos de su paisano Campomanes a partir de un principio inspirado en el modelo científico de Newton y Leibniz. Desde muy pronto experimenta la necesidad de que la economía siga los pasos de la física, pero se da cuenta de que ello no es posible sin encontrar un principio tan claro y sencillo en su esencia como rico en sus efectos: «¿Será posible ­decía en un primer momento­ que no haya un impulso primitivo que influya generalmente en todas estas causas y que produzca su movimiento, así como la gravedad, o sea la atracción, produce todos los movimientos necesarios en la naturaleza?»
A principios de los años ochenta, es decir, nada más que cuatro años después de la publicación de La riqueza de las naciones, Jovellanos ya conoce y utiliza la obra de Adam Smith, primero en una edición francesa y poco después de encargarle la redacción del Informe ­1787­ en el original inglés. Además traduce para su uso particular las partes más valiosas del libro del filósofo escocés, que se convierte finalmente en su lectura de cabecera. Lo que primero y principalmente descubre en el escrito del que ya será definitivamente su maestro es un principio único, general, sencillo, constante y extraído de las leyes de la naturaleza y de la sociedad, entre las que al parecer hay una rigurosa continuidad.
A la fuerza de gravedad de Newton, que por sí sola explica toda la complejidad del movimiento en los cielos y la tierra, y a la «vis» de cada una de las mónadas individuales, puesta en armonía con las demás infinitas mónadas por la acción de un relojero divino, corresponde en economía el interés personal, al que «una mano invisible» pone de acuerdo con los intereses de las otras personas. En rigor no se sabe si la economía se construye en clave física, o si a la inversa, la dinámica ­con ideas animistas como la de atracción o de fuerza perceptiva­ toma esas nociones de la experiencia humana. Pero en todo caso el principio funciona en las dos ciencias de forma distinta, porque en física se ha alcanzado trabajosamente por medio del método experimental, mientras que en economía es sobre todo una hipótesis desde la que, a través de una especie de experimento mental, se derivan una serie de consecuencias que consisten en apartar los obstáculos que se opongan al libre desarrollo del individuo.

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Jovellanos establece el principio único y sencillo del interés individual como motor de toda la economía y en particular de la agricultura y primero de nada resalta su valor decisivo para organizar espontáneamente y sin intervenciones extrañas el proceso de producción y distribución. Traduciendo el principio de lo mejor, tal como lo enuncia la metafísica de Leibniz a lenguaje teológico, dice que este interés está de acuerdo con el mandato divino de dominar la tierra, para lo cual el Creador «inspiró toda la actividad y amor a la vida que eran necesarios para librar en su trabajo la seguridad de su subsistencia». Pero además es evidente que a lo largo de la historia, el hombre ha llegado a cultivar la tierra sin intervención de las leyes y con la mayor perfección. En todo este prólogo, y a pesar de las continuas y diplomáticas alabanzas a la prudencia y eficacia de la labor de los reyes al gobernar, Jovellanos deja escrito entre líneas que las leyes tienen en el mejor de los casos una importancia mínima, y que son casi siempre el principal problema de la economía.
A partir de aquí se pueden deducir del primer principio una serie de consecuencias, tantas como son los obstáculos que se oponen al libre desarrollo del interés personal, y concretamente a la extensión, la perfección y la utilidad de los cultivos. Si esos estorbos desaparecen es seguro que cada individuo procurará multiplicar su trabajo hasta donde pueda cualquiera que sea la extensión de la propiedad, conseguirá que sus tierras rindan al máximo, y elegirá labores que den la mayor utilidad y que en consecuencia en el comercio produzcan una mayor riqueza. Y todo esto con mucha más eficacia y seguridad que la legislación más perfecta.
Así que la única función de las leyes ­Jovellanos, igual que su maestro traslada a la economía las ideas liberales, que Locke había introducido en la política­ consiste en garantizar el interés personal para que nadie lo estorbe, y con esta sola condición queda asegurada al mismo tiempo la riqueza de cada individuo y la de la colectividad. Ese ideal no es ninguna utopía, al revés, estaría al alcance de la mano, si una serie de factores tan artificiales como desgraciados no lo impidiesen. Los más fáciles de vencer son los físicos, los más difíciles tal vez los morales, nacidos de prejuicios casi invencibles, pero el Informe hablará sobre todo de los políticos, que por medio de leyes demasiado abundantes se oponen al impulso de la naturaleza.

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El primer estorbo que las leyes oponen al interés personal, el que Jovellanos ataca con más amplitud y brillantez, y el que va a proporcionar más contratiempos ­a su Informe y a él mismo­ es precisamente el que aplica a la economía las leyes físicas: «ningunas leyes ­dice­ serán más contrarias a los principios de la sociedad que aquéllas que en vez de multiplicar, han disminuido este interés, disminuyendo la cantidad de propiedad individual y el número de propietarios particulares». Jovellanos, al enunciar esta primera consecuencia está tan cercano a la ciencia natural que hasta puede expresarse en términos de física matemática, y tan alejado de la historia y los demás factores sociales, que prescinde de ellos y hasta los somete a una crítica contundente. La primera causa de la disminución del interés individual es el abandono de una parte considerable de las tierras cultivables, que ni los visigodos por su menguada población, ni los guerreros «por su aversión a toda buena industria», ni los monarcas modernos por su funesta política que deja abiertos los campos para beneficio de los ganados y los pobres, han entregado a propietarios particulares. Tan pronto como una legislación atrevida rectifique esta economía sacando al mercado toda esta inmensa cantidad de campos vacantes de acuerdo con la distribución de la riqueza y las dimensiones de los baldíos de cada provincia, es inevitable que se multipliquen los agricultores individuales, sus propiedades y en último término la riqueza de la agricultura.
La segunda medida completa esta provisión, poniendo también en el mercado las propiedades de los concejos y entregándolas a particulares, pero no por alquiler, sino mediante una enajenación absoluta de la propiedad, porque sólo esta posesión cierta y segura puede inspirar «el más fuerte de los estímulos, que vencen su pereza y lo obligan a un duro e incesante trabajo». Esta propuesta de Jovellanos, que ocupa escasas líneas del Informe encierra toda su filosofía: no se trata de favorecer a la sociedad para que su prosperidad se comunique a los individuos; a la inversa, son los individuos ­los únicos que pueden tener interés­ quienes primero y principalmente trabajan para que la suma de su esfuerzo termine enriqueciendo a la colectividad.

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Queda todavía por criticar el atentado más grave contra la extensión del interés individual, tanto más difícil de vencer cuanto que sus protagonistas son las dos fuerzas con mayor poder en la sociedad española del momento: la iglesia y la nobleza. Otra vez un recorrido por la historia hace ver cómo los monasterios y los conventos, por efecto de una piedad equivocada, han ido acumulando tierras que permanecen ociosas, sin entrar en el mercado ni poder entrar en propiedad de individuos que ejerciten su interés multiplicando hasta el infinito la riqueza del país. Tan sólo el Conde de Campomanes, a raíz de la expulsión de los jesuitas, consiguió que las riquezas muertas de la Orden empezasen a ser productivas, pero su empresa fue parcial y apoyada en circunstancias históricas excepcionales.
Una vez más Jovellanos, al tratar de la amortización eclesiástica, da la razón a una economía edificada sobre el modelo de la ciencia física, dejando en un segundo plano toda la historia y la estructura social de España. Sólo debe cambiar el procedimiento y en este sentido apela a la generosidad del clero, ­que bajo la protección de las leyes goza de la propiedad de sus campos ociosos con títulos justos y legítimos­ para que voluntariamente enajene sus propiedades por venta o cualquier otra fórmula legal y las traslade «a las manos del pueblo industrioso». El resultado será de todas formas el mismo: la multiplicación de los campos cultivables y de la riqueza de cada uno y de todos, gracias a la extensión del interés personal.
El otro factor que ha llevado a la acumulación improductiva es la vinculación de propiedades que no se pueden separar, y que son heredadas normalmente por el mayor de los hijos, de tal forma que la riqueza de una familia no puede dividirse, sino sólo acumularse. La institución es históricamente más tardía que la amortización eclesiástica, pero a pesar de eso las propiedades seculares son mucho más numerosas. La solución que propone Jovellanos es ­aparte de prohibir la vinculación de tierras en el futuro­ la entrega del dom= inio útil a perpetuidad a cambio de un censo anual, la única solución que respeta el mayorazgo y que convierte el campo en productivo, gracias siempre al interés individual de dos copropietarios.

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Pero la extensión de los dominios útiles sería insuficiente para lograr el desarrollo de la economía y en particular de la agricultura, si se mantuviesen las leyes que impiden el perfecto desarrollo del interés individual, y el primero de ellos la disposición que prohíbe el cierre de las heredades. Jovellanos, de ordinario tan discreto y prudente en sus palabras, se indigna contra este abuso, «bárbaro, vergonzoso, absurdo, ruinoso, irracional e injusto», que convierte de hecho los campos en comunes, y por eso mismo «un principio de justicia natural y de derecho social, anterior a toda ley y toda costumbre y superior a una y otra, clama contra la vergonzosa violación de la propiedad individual». De nuevo se traslada de la física a la economía la sentencia de Leibniz: «Las mónadas no tienen ventanas».
El cerramiento de los campos, la seguridad y la confianza que proporciona a quienes los trabajan, son la causa de los prodigiosos avances de la agricultura en todos los países donde está firmemente establecida. Pero además, según Jovellanos, esta disposición debe extenderse a todas las especies de propiedad y de cultivo: «tierras de labor, prados, huertas, viñas, olivares, selvas y montes, porque no hay cosa que no presente un atractivo al interés individual y un estímulo a su acción». La prueba del nueve lo dan los montes, objetos del desvelo de todos los gobiernos, que no han logrado alcanzar en tres siglos sus objetivos, y que lo alcanzarán con sólo seguir este principio, por otra parte tan sencillo, a condición de derogar todas sus leyes y ordenanzas y abandonar todos sus proyectos.
Jovellanos enlaza esta medida del cierre de los campos con sus primeras críticas a la Mesta, que no sólo defiende los inmensos territorios por los que su ganado trashumante pasta, sino que pretende extender sus privilegios, invadiendo la propiedad de los particulares. Después amplía esta censura, pide que se declare la disolución total y definitiva de la hermandad y la abolición de sus ordenanzas, y que desaparezcan los privilegios en virtud de los cuales acumula riqueza, «uniendo el derecho indefinido de aumentarla con la prohibición absoluta de disminuirla». Concretamente pide que se abran las dehesas al cultivo y a la ganadería estante, siempre que ello favorezca al interés personal, que el precio de los pastos deje de estar protegido y oscile según su valor en el mercado, y que en fin el principio único de la economía sustituya a todas las leyes, gane todavía más en extensión y conceda sólo a la Mesta la servidumbre de paso por las cañadas.

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Una vez descubierto este primer motor de la economía, los gobiernos no tienen otra función que garantizar su absoluta libertad, sin que un celo imprudente pretenda dirigir la marcha de la agricultura por medio de disposiciones, que en vez de favorecerla terminan perjudicándola gravemente. Efectivamente el interés sabe como son las cosas y su acción realiza su verdadera finalidad, mientras que las leyes sólo saben cómo deben ser, o cómo querría el legislador que fuesen, y de esa forma entorpecen inevitablemente el ejercicio de aquel interés individual. Otra vez hay que buscar el modelo físico de su economía en Leibniz, cuando establece una armonía de las mónadas, según que cada una siga su movimiento espontáneo, sin necesidad de la constante y milagrosa intervención de un agente exterior que en cada momento las ponga de acuerdo.
El Informe lleva este liberalismo hasta sus últimas consecuencias. En primer lugar, analizando el proteccionismo del cultivo antes de su entrada en el mercado, va desmontando una tras otra todas las leyes por innecesarias y dañinas, «las que ponen límite a las plantaciones, las que prohíben convertir el cultivo en pasto o el pasto en cultivo, las que ponen límite a las plantaciones o prohíben descepar viñas y montes», las que establecen tasas a favor de un producto, perjudicando a los demás. La utilidad depende siempre de circunstancias cambiantes y difícilmente puede ser apresada por el enunciado abstracto de una ley, pero además los autores de los infinitos reglamentos conocen esa utilidad mucho peor que quien está interesado en recoger inmediatamente los frutos de la tierra.
La libertad debe regir también las relaciones entre los distintos agentes de producción. Una doctrina demagógica aconseja limitar la renta de la tierra a favor de los colonos, castigando la pretendida codicia de los propietarios, con lo cual se introduce en economía un factor moral, que además no tiene en cuenta que esa renta es una consecuencia del interés conjunto de los dos agentes. Igualmente serían injustas y a la larga inútiles las ordenanzas que obliguen a mantener la renta de los colonos actuales ­pues ello desembocaría inevitablemente en un encarecimiento desmesurado de las futuras­ o las que exijan prolongar indefinidamente el arriendo incluso en el caso de que las rentas suban, con evidente menoscabo de la libertad de los propietarios.

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Esta libertad debe presidir también el comercio interior y exterior de todos los productos agrarios, y eso siempre en función del único y universal principio de toda actividad económica. En primer lugar las tasas sobre todos los frutos, quieren hacerlos más baratos, pero de esta forma castigan el interés individual de los productores y la esperanza de sus ganancias, impidiendo la abundancia, que es la única causa de que disminuya de modo natural el precio de los artículos. A la inversa, «cuando el colono se halle en proporción de multiplicar sus ganados y frutos Šentonces los comestibles abundarán cuanto permita la situación del cultivo de cada territorio y del consumo de cada mercado». Jovellanos critica también a los reglamentos que limitan la acción de agentes intermediarios, mirados generalmente con horror y tratados duramente por las ordenanzasŠ «sólo se atendió a que compraban barato para vender caro, como si esto no fuese propio de todo tráfico». En realidad su actividad compensa con creces el trabajo y el tiempo que el labrador habría de emplear en buscar compradores, vender sus cultivos al menudo, y exponerse a perder sus ganancias. Esta división de agricultores y de intermediarios no sólo no encarece sino que abarata los frutos, y lo que verdaderamente aumenta artificialmente su precio es la infinita cantidad de disposiciones de que están llenas los reglamentos para castigar o poner límite a una profesión al parecer maldita.
Finalmente el Informe defiende la necesidad del libre comercio de productos del campo, lo mismo interior, entre las provincias agrícolas y las industriales, que exterior. Siguiendo imperturbable su principio, Jovellanos critica que las primeras materias y una serie de productos de interés nacional, como la carne, el aceite y muchos más, han de ser retenidos dentro del reino para asegurar su abundancia. Esta estrechez del mercado ejerce sobre los productores, igual que las tasas o las prohibiciones, una disminución de la actividad, y a la larga es causa de la escasez que se quería evitar.
Los acontecimientos inmediatos a la época de Jovellanos llevan el liberalismo económico hasta sus últimas consecuencias, censurando el monopolio de España con sus provincias de América. Esta doctrina, que devuelve a las antiguas colonias la libertad para ser dueños de su economía y comerciar con cualquier país, causa la irritación de todas las fuerzas políticas nacionales, desde las Cortes constituyentes al rey absoluto, pero como se basa en un principio tan imperioso como la ley de gravedad se terminará imponiendo a todas las leyes, costumbres y prejuicios sobre los que estaba montada la historia y la sociedad española.

José Ramón San Miguel Hevia
El Catoblepas - número 92 - octubre 2009


Sobre la filosofía de Jovellanos
Su pensamiento político-moral como symploké de cinco teorías:
de la historia, económica, política, jurídica y pedagógica


1 - La Filosofía de Jovellanos: el Jovinismo

Entendemos por jovellanismo el conjunto de corrientes dispares que se han sucedido y que en mayor o menor medida coexisten en la actualidad, que toman como referencia en algún respecto relevante de nuestra vida cultural la figura, la obra o el pensamiento de Gaspar Melchor de Jovellanos. En mi Jovellanos y el jovellanismo, una perspectiva filosófica, he propuesto entender esta deriva en función de seis momentos constituyentes en los que aparecen los cinco Jovellanos distintos que hoy cabe distinguir (a los que habría que añadir todas las mixturas intermedias) más uno nuevo que nos toca idear a nosotros dada la escala histórica en la que podemos contemplarlo y dada una nueva pretensión de análisis (la filosófica): en los siglos XVIII-XIX, 1º) el ilustrado, 2º) el liberal, 3º) el neocatólico, y en el siglo XX (añadidos a la persistencia de los anteriores), 4º) el eticista (Julio Somoza) ­éste a caballo entre el XIX y el XX­, 5º) el histórico-filológico (José Miguel Caso) y el filosófico ­en el tránsito que va del siglo XX al XXI­ Para tomar distancia respecto de esta perspectiva eminentemente historicista nos hemos propuesto, porque creemos que se dan las condiciones de posibilidad desde la última etapa, examinar si en Jovellanos cabe hablar de una obra que ensamble en una unidad por la gravitación de sus propias ideas (y no de una obra de la que se toman aspectos aislados con la intención de utilizarlos a favor de la oleada de turno, dentro de esa pugna ideológica que va interesándose por su pensamiento ­reconocemos que esta consecuencia es inevitable, pero no queremos reducirnos a ella). Como quiera que sí hemos creído encontrar ese conjunto de ideas articulado hemos estimado que convenía diferenciarlo de los jovellanismos y proponerlo como «jovinismo»; nada evita que, si no se consigue una hermenéutica estable, haya de hablarse después de plurales jovinismos. Nosotros mismos estamos condenados a ser jovellanistas, en su caso jovellanólogos, pero los posibles jovinismos habrá que ponerlos encima de la mesa y diseccionarlos, y en lo que tengan de activos, viviseccionarlos. En todo caso, la distancia que hay entre lo jovellanista y lo jovinista será que lo primero funciona bajo usos más ideológicos y abordajes parcializados, mientras que lo segundo pretende funcionar como conjunto de ideas dentro de análisis estrictamente filosóficos ­estableciendo la crítica de las ideologías­ y de un modo globalizador tal que pueda explicar coherentemente el conjunto de la ideas de Jovellanos. Una consecuencia derivada será que desde el jovinismo pueda también explicarse el porqué de los distintos jovellanismos y sus funciones históricas.
Si se sigue la deriva de los últimos doscientos años, puede afirmarse que el pensamiento de Jovellanos quedó muy mediatizado por los propios acontecimientos nacionales e internacionales que envolvieron la última historia de España. ¿La causa profunda? La resumiremos aquí de forma muy simplificada: el expansionismo colonialista del resto de Europa enfrentado al imperio español y la distinta vía de desarrollo cultural en la que estaba sumida España, representante de la catolicidad frente al protestantismo europeo, generaron durante varios siglos una «cepo histórico» que de un modo u otro fue excluyendo del circuito de la cultura occidental más y más a España. En decadencia imparable dentro de las relaciones internacionales, durante el siglo XIX España gestó su propia división interna más allá del clásico posicionamiento ideológico dual, a la izquierda y a la derecha, división que hoy todavía arroja el final de sus estertores. La trascendencia del pensamiento de Jovellanos, al igual que gran parte de la producción intelectual española de carácter filosófico, quedó frenada o soterrada en la pura reyerta ideológica o en una recuperación de excesivo incienso pero de poco estudio crítico. Un país puede recuperar a sus literatos y artistas empleando bien poco esfuerzo, porque se trata de tareas muy individualizadas y relativamente independientes en su gestación. De ahí que España no haya tenido decadencia en la literatura y las artes. Pero para que un Estado tenga filosofía y ciencia ha de generar no sólo cabezas sino instituciones y fue esto lo que España no pudo consentirse dada la historia que le tocó vivir. Individualidades sueltas puede haberlas, pero tejido social científico y filosófico faltó en España durante varios siglos. Por eso era difícil que personajes como Jovellanos fueran valorados filosóficamente.
En los manuales al uso no se defiende que Jovellanos posea un pensamiento propio. Tiene, sí, una presencia literaria clara y una serie de ideas económicas, jurídicas, políticas y pedagógicas, que serían las propias de su tiempo. Sería, según algunos, uno de los claros ilustrados españoles, pero sin pensamiento propio. Esto es lo que nos toca negar a nosotros, aunque no va a ser tarea fácil, porque su filosofía se encuentra como la sal en el mar.
La primera dificultad con la que nos encontramos es que los escritos de don Gaspar Melchor no fueron redactados pensando en la propia sistematización que las ideas podían contraer sino bajo imperativos prácticos inmediatos. Estamos lejos del sistematismo de Kant, dedicado en la Universidad a esta tarea, pero también, por ejemplo, del de Hobbes, Locke o Rousseau que compusieron sus escritos conforme a un plan, cuando no sistemático sí, al menos, literario. La mayor parte de los escritos de Jovellanos no son fruto de su «espíritu subjetivo» sino de su «espíritu objetivo», si se nos permite expresarlo de este modo que, sin más, puede sonar a grandilocuencia. Jovellanos resulta difícil de aprehender por la dispersión «práctica» de lo escrito y por la fragmentación de sus contenidos. Es tarea ingrata para un lector no prevenido hacerse una idea rápida y clara de algún núcleo de pensamiento jovellano que tenga verdadera personalidad, y, por lo demás, es tarea bien difícil señalar su sistema filosófico, si es que existe fragmentado y disperso. Nosotros, después de nuestras investigaciones, hemos llegado a la conclusión de que no sólo hay claros núcleos de pensamiento jovellano sino que puede hablarse de un sistema jovinista. Se trata ahora de aclarar un poco este confuso tema.
No seríamos justos, si por querer abusar de nuestra argumentación de falta de sistema en los escritos de Jovellanos nos olvidáramos de algunas obras significativas más cuajadas. En el Informe sobre la ley agraria articula una buena parte de sus ideas económicas; en el Reglamento del Colegio de Calatrava, en el Curso de Humanidades Castellanas y en el Tratado teórico-práctico de enseñanza ­ o Memoria sobre educación pública, como prefieren citar algunos­ articula alguna de sus ideas sobre la enseñanza. Lo mismo podría decirse de las Memorias histórico-artísticas de arquitectura, respecto de sus ideas estéticas y de la Memoria en defensa de la Junta Central, por lo que hace a sus ideas políticas. Sin embargo, la imagen de la dispersión y el veredicto de no destacar como figura sobresaliente en cada uno de los territorios recorridos ­economía, política, pedagogía, jurisprudencia, &c.­ primarán sobre toda otra consideración, en la recepción histórica de su figura. La grandeza de Jovellanos viene siendo atribuida más a su figura, a su personalidad, a su ejemplaridad que a su obra.
Si que quiere avanzar más allá del punto donde nos hallamos, tras los esfuerzos de Julio Somoza y de José Miguel Caso ­y de un amplio acervo de estudiosos españoles e hispanistas extranjeros que han proliferado en los últimos cincuenta años­, se impone buscar si lo efectivamente escrito por Jovellanos responde a algún sistema de ideas subyacente que le diera unidad. Según la opinión de destacados analistas, parecería que las ideas educativas del asturiano, precisamente, serían las llamadas a ocupar lo más relevante de su pensamiento. Nosotros creemos que aún se puede precisar más el eje al que van a parar el conjunto de sus ideas. Su labor educadora respondía, a su vez, a un claro propósito reformador, de reforma político-social. Partiendo de este enfoque nos proponemos mostrar que Jovellanos es un filósofo político-moral en sentido moderno, al lado de autores como Rousseau, Kant, Benjamin Constant, Stuart Mill o Tocqueville.
La obra de Jovellanos es de temática variada y de apariencia dispersa, pero tiene un denominador común, la persistencia del objetivo moral, (tal como nosotros entendemos este concepto), en prácticamente todos sus escritos. De manera que, una vez que hemos localizado este colorido general en su obra, la «dispersión utilitaria» y la variedad de contenidos que tan enojosa nos resulta para ver al filósofo sistemático se convierte en una de las claves de su pensamiento y de su sistema. Jovino está interesado por la prosperidad económica, por la felicidad de los hombres, por la emancipación de los sujetos que procura la instrucción, por la reforma social, y en esa preocupación moral fundamental engarzan sus temas económicos, jurídicos, literarios, religiosos, políticos, estéticos, históricos y educativos.
Nos queda descender a los argumentos concretos y echar una ojeada a algunas de las líneas que el ilustrado liberal sigue en las tesis de las cinco vertientes que a nuestro entender configuran el pensamiento de Jovellanos: la teoría histórica, la economía, la política, la jurisprudencia y la educación. Esta estructura pentagonal temática queda tejida entre sí por sus nexos comunes y, además, a través de los finos hilos de sus ideas éticas, estéticas y religiosas, y el conjunto de estos ocho focos permanecen nucleados en torno a la preocupación moral o, si se prefiere, a su telos político-moral.

1.1 Ideas económicas

¿Por qué es difícil considerar a Jovellanos como un economista? Creemos que porque nunca se detuvo en la economía per se sino que todas sus ideas económicas fueron trazadas para que se tejieran con sus proyectos políticos, y a su vez, con el proyecto moral último de reformar la sociedad. Conocedor de la corriente española mercantilista, de la fisiocracia, y del librecambismo europeo, gran admirador de Adam Smith y de Campomanes, su reflexión corre paralela en muchos aspectos a la de Cabarrús. No cabe encuadrarle en una de las escuelas económicas de la época con exclusión de las demás, puesto que su pragmatismo político le hace ser permeable a prácticas tomadas de principios de procedencia diferente. El eclecticismo teórico-económico del que parte queda refundido en una postura personal de carácter político-económico que se gobierna, creemos, conforme a varios principios:
1º) La economía es la «ciencia» de la política, pero aún no se ha desarrollado como tal ciencia.
2º) La condición primera de todo el círculo económico es la agricultura, como base ineludible en el proceso productivo completo que lleva a la industria y al comercio interior y exterior. 3º) Las leyes más generales han de concebirse en el marco de un mercado internacional, pero éste no borra la especificidad de cada mercado interior.
4º) Cada Estado sólo puede entrar sin desventaja en el comercio exterior si parte de un mercado interior único, liberado del máximo de estorbos interiores: estorbos físicos, políticos y morales. 5º) Como puede verse en el Informe de ley agraria, el conjunto de estorbos económicos van conectados. No basta que se eliminen los estorbos físicos o estructurales y los estorbos políticos o derivados de la legislación ­entre ellos los del régimen de propiedad de la tierra­, porque hay que completar el círculo eliminando los estorbos morales o derivados de la opinión, que tiene que ver directamente con la instrucción de un país. Donde no hay instrucción decae la agricultura, no emerge la industria y merma el comercio. En la misma idea de cerrar el círculo insistió el asturiano ante Godoy cuando le sintetizó el programa de política económica ateniéndose a una triple necesidad: «Buenas leyes, buenas luces, buenos auxilios», lo que quiere decir siguiendo las leyes de la economía, con una implicación positiva del Estado capaz de introducir correcciones y medidas precisas; y con buenas luces, es decir, que nada funcionará de modo estable y completo si no se apoya en la instrucción y educación generalizada. No hay buena política sin el reconocimiento de los imperativos económicos, no hay sana economía sin recta política, y no hay sana política económica sin la elevación moral de la sociedad, esta es la tesis.
6º) La riqueza de una nación no estriba exclusivamente en sus bienes materiales, en la prosperidad, porque si no alcanza el bienestar moral deseable no puede hablarse de una nación rica en sentido pleno. 7º) Retirar los estorbos físicos, políticos y morales supone una defensa relativa del liberalismo económico, una crítica de la propiedad privada y una búsqueda de equilibrio entre el mundo urbano y la zona rural. El liberalismo económico jovinista obliga a los gobiernos a seguir las leyes económicas, pero no exactamente según el criterio del laissez faire, laissez passer de los fisiócratas ni del «egoísmo económico» representado por Adam Smith, sino responsabilizando al gobierno para que introduzca las medidas correctoras necesarias. Ha de haber un protagonismo moral de la sociedad y del Estado que siempre ha de tener marcado un rumbo para que los intereses particulares no perjudiquen a los colectivos; en este sentido, tanto el monopolio como el lujo son perversiones económicas.
8º) Aunque la propiedad privada es fuente de intensos conflictos sociales, hay que partir de que es un hecho histórico difícil de superar. La mejor solución estriba en la generalización de esta propiedad frente a los monopolios y en instituir como derecho inalienable, el derecho al trabajo, que es además una obligación moral.
Este pensamiento económico integrado en su pensamiento político-social, conecta inmediatamente con el núcleo de sus ideas político-jurídicas, con la perspectiva de sus ideas pedagógicas y, en definitiva, con su filosofía de la historia, tres puntos con los que trataremos de redondear el perfil del pensamiento de Jovellanos. (Las ideas jurídicas pueden estudiarse con cierta autonomía respecto de las políticas, pero, persiguiendo la integración de su pensamiento y obligados a ser sintéticos, se nos impone aquí tratarlas ya en la contigüidad en la que se halla lo político y lo jurídico; con ello, proseguimos).

1.2 Ideas político-jurídicas

En el paso de la Ilustración a las revoluciones liberales el concepto de democracia va a tener una «doble vida», la de su acepción política y la de su sentido moral; sentidos que se entreveran, pero que cabe ir diferenciando funcionalmente. La democracia era políticamente, desde la tradición, ese tipo de gobierno diferente de la aristocracia y de la monarquía. Cuando a finales del siglo XVIII se hable de democracia esta concepto no va a significar sin más el ingenuo «gobierno» del pueblo, sino el cumplimiento de tres condiciones: 1º) la participación nacional en la elección de representantes para las cámaras legislativas, 2º) la idea de la «soberanía popular» y 3º) la defensa de las libertades individuales que se habían ido postulando en un territorio cada vez más laico y menos dependiente de la moral hegemónica religiosa; moral que no precisaba de la libertad individual sino para los fines de la salvación del alma y a la que le resultaban escandalosas unas libertades entendidas en un encuadre político que lo que pretendían claramente era cambiar el status quo del poder y su fuerte dependencia de la moral hegemónica católica o, en su caso, protestante.
El problema de la representación social. Jovellanos participaba plenamente del proyecto que transitaba entre la Ilustración y la revolución liberal, pero partía en su análisis más que de un voluntarismo utópico de un realismo inmerso en las condiciones de posibilidad de su presente, lo que le lleva a considerar la necesidad de transformación social como un problema de reformas sucesivas, frente al modo jacobino de la revolución abrupta y sangrienta, que en ese momento estaba siendo muy desacreditada en toda Europa, no sólo por «revolucionaria» sino también por «revolución contrarrevolucionaria» a determinada escala. En este contexto, era partidario en la cuestión del parlamentarismo, del bicameralismo o de la doble cámara, reservando el Senado para la nobleza civil y para la jerarquía eclesiástica. ¿No eran esto resabios de un pensamiento reaccionario o, al menos, muy conservador, como algunos analistas han querido interpretar? Júzguese, en función de las condiciones que impone a su idea de nobleza.
El concepto de nobleza con el que el ilustrado hispano opera debe reunir tres características: A) es un hecho que existen clases económicamente privilegiadas; también es un hecho que Jovellanos califica la propiedad privada como un lastre histórico que moralmente habría que reorientar de algún modo, aunque es consciente del estrecho margen en que puede operarse. B) Han de tenerse en cuenta como nobleza, a estos efectos, sólo los de mayor renta, de manera que no necesiten de los negocios públicos. C) La nobleza sólo puede ser considerada como tal cuando opera guiada por la virtud pública y el servicio al Estado. Creemos que el contenido que Jovellanos aplica al concepto de nobleza se hubiera extinguido históricamente en unas décadas, al compás del desarrollo de la burguesía decimonónica y del retroceso «natural» de las instituciones que procedentes del Antiguo Régimen seguían reteniendo parcelas de poder a finales del siglo XVIII. En otras palabras, que Jovellanos no estaba ni a favor ni en contra de la nobleza del XVIII y XIX, sino que partía de la nobleza realmente existente y buscaba ubicarla en el lugar estratégico más útil para el conjunto, después de exigirle que fuera no gravosa y útil. No se olvide tampoco que «mandarla» a la cámara alta (a la inglesa) suponía sacarla de la cámara baja. Las razones, no obstante, que aporta Jovellanos son de índole técnica (no ideológica), dirigida a una especie de «ciencia de la constitución» (gobernación más legislación más dimensión histórica de los fenómenos positivos).
La renta es un principio realista, pero ésta sin la virtud y servicio público nos hablaría de una clase ociosa, depravada y desdeñable, y no de la verdadera aristocracia moral. En suma, el concepto de nobleza no queda revalidado por su acepción política común, porque es preciso que desarrolle una función moral de servicio a la nación, sin lo cual la sociedad tendrá todo el derecho a promover su descrédito. En esencia, lo que Jovellanos venía a defender era que los que ocuparen los puestos más elevados en la jerarquía de un país, en virtud de su riqueza, fueren respetados sólo a cambio de que prestaren un buen servicio a su sociedad. Esta fórmula jovinista sólo se entiende en su justa medida cuando nos situamos en el tránsito entre el Antiguo Régimen y los estados modernos, proceso en el que el gijonés se hallaba pragmáticamente implicado, pero no porque a toda costa quisiera retener antiguos privilegios. (Si hubiera querido retener privilegios ¿no habría debido empezar por él mismo, él que murió en la estrechez económica? No pretendemos, ni mucho menos, hacer de este argumento el punto fuerte, porque bien hubiera podido suceder que no se hubiera enriquecido porque no hubiera podido y no por algún tipo de honradez contrario a los rancios privilegios; sin embargo, viene bien tenerlo en cuenta, como una prueba forense más al lado de los verdaderos argumentos).
La segunda cuestión que el ilustrado hispano matiza de un modo enteramente original es la idea de la «soberanía popular». Admite el concepto moral que se quiere transmitir, pero lo matiza con un análisis técnico de carácter político estricto. Para ello diferencia entre «soberanía» y «supremacía», tal como podemos ver en la Memoria en defensa de la Junta Central. La soberanía remite, si se es preciso, a un concepto de fuerza política, a la capacidad ejecutiva de una nación frente a sus peligros interiores y frente a otras soberanías, y por tanto, ha de residir, si no quiere disolverse, concentrada en el poder ejecutivo. Ahora bien, este poder político imprescindible en todo buen gobierno encuentra su límite en el poder moral conjunto de la sociedad, que queda expresado en el concepto de «supremacía». La nación es suprema, superior a cualquier modo de soberanía. En este contexto se entiende bien su defensa de la Junta Central en la Guerra de la Independencia frente a la invasión francesa, y su promoción de la convocatoria de Cortes, paralelo al rechazo de la supuesta legitimidad de Napoleón o de José I, «legalidad» soberana rechazada mediante la insurrección que encontraba su fundamentado en el poder de la supremacía de la nación. El concepto de nación no es sólo un concepto político, como el de gobierno, sino político-moral, entendido dentro de una complejidad de relaciones mayor, que tiene la virtualidad de no perder de vista el imperativo de la historia de la propia nación.
El cambio del Antiguo Régimen al nuevo Estado constitucional hizo residir la soberanía en la nación. Fruto de la implicación en este paso, a Jovellanos se le impuso distinguir dos tipos de soberanía: la «soberanía gubernamental» (o soberanía a secas) y la «soberanía nacional» (o supremacía).
La «soberanía gubernamental» recoge el concepto de soberanía como poder indivisible del gobierno que ha de residir en el ejecutivo (en su época, en la monarquía hereditaria); sustraer este poder soberano (poder de acción) al ejecutivo significaría convertirlo en un poder débil, lo que es contradictorio con el concepto de poder. Esta soberanía gubernamental sólo está condicionada directamente por las leyes y tiene su límite en las atribuciones del poder legislativo y judicial. Por su parte, la soberanía nacional o supremacía la concibe como la original, independiente y suprema (de ahí supremacía). Esta soberanía de la nación tiene el poder de vigilar los límites en los que ha de moverse la soberanía del poder gubernamental. La supremacía es así aquella soberanía que no puede desaparecer o prescribir (es imprescriptible, dice Jovellanos) y que tiene el poder de limitar o derrocar el ejercicio soberano del poder del gobierno, cuando éste fuere despótico y atentara contra la misma constitución.
Pero, así como la «soberanía gubernamental» tiene su límite en las leyes y en los derechos imprescriptibles de la nación, la supremacía ¿tiene también sus límites? Según Jovellanos, la supremacía y la Constitución son los dos polos de una misma realidad y, por ello, es la Constitución la que pone los límites a los supremos derechos: una Constitución puede mejorarse y perfeccionarse pero no puede cambiar su naturaleza, no puede destruirse. Las nuevas leyes han de construirse sobre la bondad (legitimidad) de las leyes pretéritas y no pueden menguar los derechos legítimos de la nación sino acrecentarlos o al menos mantenerlos; no puede romper los vínculos de la unión social sino mejorarlos. La Constitución puede cambiar en la historia cuanto sea preciso al compás de los mismos cambios de la nación, pero no puede trasmudarse y cambiar su esencia por el influjo de unos pocos (en uso del poder ejecutivo) ni siquiera por la prerrogativa de hacer leyes del poder legislativo. No se olvide, por otra parte, que las constituciones ilegítimas no serían realmente constituciones.

Distingue, así, Jovellanos, entre lo que podríamos denominar una «Constitución nacional histórica», verdadera plataforma de los derechos de la nación, y un desarrollo constitucional («Constitución en ejercicio») ­rótulos puestos por nosotros pero perfectamente registrables en los textos jovinistas), dictado por el poder legislativo, que sólo alcanza la legitimación en cuanto conserva y perfecciona los derechos ya alcanzados, que tienen su depósito en el supremo poder que la nación se reserva.
Podríamos aquí reprocharle al ilustrado liberal que no es posible apelar a una nación como si fuera un todo unánime. Jovellanos nos respondería, según creo ­por sus textos­, que el concepto de nación juega un doble papel: 1º) como principio de razón que vigila que no se pueda destruir ni alterar esencialmente la Constitución a la que se está ligado, aunque sí adecuar, ampliar y mejorar, y 2º) como ejercicio de poder efectivo que sea capaz de demostrar en un momento preciso esa nación en cuanto suficientemente unida, en la defensa de la Constitución sobre la que se elevan sus derechos. Por eso, en cualquier presente que sea no se han de construir buenas leyes sobre el vacío, como rechazo de un gobierno despótico anterior, sino contra el déspota y los desmanes despóticos, pero apoyándose en los derechos ya alcanzados de la nación a la que se refieren. La tercera y última condición en la transición del Antiguo Régimen a los modelos liberales hemos dicho que era la defensa de las libertades individuales. Para que el concepto de libertad cobre sentido más allá de ser una vaga palabra ha de dibujarse sobre el fondo en el que contrasta y a través del cual pasa a significar algo preciso. No es lo mismo la libertad en la que se diseñaban las vidas dentro del Antiguo Régimen que la de los estados modernos. La libertad que se desarrolla dentro de la moral religiosa del Antiguo Régimen ­como moral única que excluía cualquier otra­, se entiende en el contexto de la libertad y la Gracia, en el de la libertad y la salvación, y en el de las relaciones de interdependencia inexcusable del poder civil y el religioso, y sobre esta línea demarcatoria se perfila la divisoria de los protestantismos y del catolicismo; pero, en todo caso, durante el Antiguo Régimen, no cabe demandar una libertad fuera del marco moral religioso implantado, porque equivaldría a aspirar a una falsa libertad. Los primeros reaccionarios españoles, a principios del siglo XIX se audenominaron «serviles» frente al movimiento liberal porque veían en éste un proceso de laicización que no podían comprender o que no estaban dispuestos a tolerar: ¿para qué era preciso esa libertad que se delineaba externa a la religiosidad?
Lo que sucede con todo el proceso de las distintas «revoluciones» liberales ­la económica, la política, la religiosa­ tiene que ver con el deslindamiento definitivo que se produce entre el trono y el altar, de modo que hay que replantear de qué tipo de moral civil hay que hablar, ahora, cuando la moral religiosa ya no colorea todo el espectro de las costumbres sociales. Voltaire, Rousseau, Kant y todo el liberalismo ético-moral subsecuente ­B. Constant, Tocqueville, J. Stuart MillŠ­ se encargarán de establecer los perfiles de lo que debe ahora entenderse por libertad. La libertad tiene que medirse, en este momento, ya no directamente ni preferentemente frente a los deberes religiosos, sino conjugándose de un modo u otro con la igualdad. Cuando este último concepto adquiera toda su fuerza, al lado de la «morales liberales» se abrirán paso las «morales de la igualdad» que se gestan fundamentalmente en torno a los diversos socialismos.
Jovellanos, como los ilustrados progresistas y como los primeros liberales, no tiene ninguna duda de la necesidad de una progresiva expansión de las libertades político-morales ­de pensamiento, prensa, participación­ De hecho, su prolongado destierro de diez años en Asturias y su encarcelamiento durante siete años en Mallorca, pueden entenderse como el tributo que tuvo que pagar por el ejercicio arriesgado de la libertad que efectivamente arrostró.
En la mayor parte de los aspectos viene a coincidir con la apuesta representada por Rousseau y por Kant, si bien hay elementos que tienen matices propios en el español. Ni Rousseau ni Kant son antirreligiosos, como se sabe, pero ambos contornean la idea de libertad rodeándola de caracteres no directamente religiosos sino naturales (como los del «buen salvaje»), laicos (como la autonomía de la voluntad racional pura), civiles (como la «voluntad general»). La libertad queda definida como un rasgo de la naturaleza humana que no es preciso ir a buscar como don divino. Se opera, en el tránsito que estamos analizando, la recuperación romántica de un rasgo esencial de la humana naturaleza ­la libertad­ que corría el peligro de no encontrar fundamento en un sujeto que iba a actuar dentro de un nuevo escenario: el diseño de la vida política, emancipada ahora de la religiosidad como moral exclusiva.
El ilustrado hispano, inmerso en la transformación que afectaba a España de manera singular, no idealizará románticamente el concepto de libertad, como lo hiciera, paradigmáticamente, Rousseau. Aquella idealización le venía exigida porque, por decirlo así, tenía que ocupar el antiguo lugar que correspondía a la libertad religiosa. Adán y Eva, libres y pecadores, eran ahora, los ciudadanos de un Estado democrático que debían actuar desde su autonomía insertos en la voluntad general. A un mismo tiempo, por primera vez en la historia de la humanidad se sitúa la meta política en el sufragio universal. Había de cambiar necesariamente el concepto de persona, pero, correspondiendo con él, el modo cómo se entendían las relaciones entre la sociedad civil, el Estado y los sujetos individuales. Jovellanos no compondrá esta triple relación de igual manera a como lo hicieron, cada uno por su parte, los dos contrastes a los que nos estamos refiriendo: Rousseau y Kant. El sujeto ético de Jovellanos no necesitaba apelar a una concepción de la libertad idealizada ­autonomía pura­, porque la libertad que había que postular para este sujeto a escala ética (o sea personal individual) coincidía con la que la tradición cristiana-católica atribuía a todo hombre y porque, en realidad, de lo que se estaba tratando era de la libertad en sentido moral (es decir, social) y en sentido político. El tema de la libertad, en Jovellanos, es un problema eminentemente moral y no ético. La idea que se hace Jovellanos de la libertad es muy similar al tratamiento que da al pujante nuevo concepto de igualdad. No idealiza ni uno ni otro, en su sentido ético, aunque, por supuesto, los valora positivamente en sentido político-moral. Para decirlo con una frase expresiva: «los hombres no nacen libres e iguales» (en sentido moral), todo lo contrario; la igualdad es algo que hay que conformar; y, por su parte, la libertad, que ya se posee como estructura antropológica (la libertad ética), ha de ser conseguida a escala político-moral. Para Kant y Rousseau, la libertad se instaura pura en el sujeto puro individual, y de aquí se traduce, subiendo de escala, en las libertades públicas, expresándose como libertad político-moral y jurídica. Hay una química que va del átomo individual a la molécula social y estatal. Para Jovellanos, es distinta la libertad ética personal, que por cierto no es pura sino que es un rasgo antropológico al lado de otros y dependiente de otros, de la libertad política y moral, que es ante todo un concepto que se va constituyendo históricamente. De este modo, la voz ¡libertad!, al lado de las de ¡igualdad, fraternidad!, que fueron propuestas en un contexto claramente político-moral ­el de los revolucionarios­, es para Kant y Rousseau un concepto unitario: se demanda libertad política porque el sujeto individual es esencialmente libre y lo exige; cuando consigue la libertad política o económica es aquella libertad personal la que refluye en el contexto social. Para Jovellanos, hay una libertad de escala ética personal ­el libre arbitrio­ que no hay que confundir con la libertad que ahora se postula políticamente y que tiene que ver con el posible acceso de la sociedad civil en su conjunto al poder legislativo, libertad moral que no será generalizable si no es a través de la instrucción y de la educación. A parecidas consecuencias sobre los beneficios de la instrucción llegarán también Rousseau y Kant, como el resto del movimiento democrático-liberal, pero el recorrido, los presupuestos y engarce de conceptos no serán idénticos. En resumidas cuentas, la diferencia puede compendiarse así: los alineados del lado de los luteranos recuperan una libertad idealizada, entendida ahora de modo ético-personal («todos los hombres nacen libres e iguales»); es ésta la versión que va a prevalecer en lo que va a ser la nueva «mitología democrática» occidental, hasta trasladarse a los actuales DDHH. Nadie va a poner en duda el buen sentido ético de esta expresión, el objetivo al que va dirigida; pero el problema reside, en determinar cuándo efectivamente se es de hecho libre, y en qué sentido, y cuándo se es igual. Jovellanos denunció, en el momento en el que estaban naciendo los conceptos de libertad e igualdad modernos, su vertiente mistificada, porque extrae sus ideas de libertad e igualdad en el contexto de las limitaciones de la vida social y no creando un concepto puro, de escala personal, que podía ser plausible pero no a condición de tergiversar el plural sentido de este concepto. Por decirlo así, era preciso históricamente, con Rousseau y Kant, recrear idealmente una libertad y una igualdad puras y personales, frente al modelo que se trataba de superar ­que era el del súbdito­ pero una vez conceptualizado esto, se impondría volver sobre ello y establecer la crítica que exige diferenciar bien entre los caracteres individuales y los procesos sociales. Jovellanos, en el momento en que estos conceptos se gestaban, apuntó su crítica diferenciando, creemos que correctamente, entre el nivel de los fenómenos éticos y el de los político-morales. Según el ilustrado hispano, la expresión «Todos los hombres nacen libres e iguales», entendida en su sentido absoluto, es fruto de la sofistería, porque «si todo hombre nace en sociedad, sin duda que no nace enteramente libre, sino sujeto a alguna especie de autoridad, cuyos dictados debe obedecer; sin duda que no nace enteramente igual a todos sus consocios,» porque a la sociedad civil le es consustancial el orden y la jerarquía, en suma la desigualdad. «El axioma pues de que todos los hombres nacen libres e iguales, tomado en un sentido absoluto, será un error, será una herejía política».
Algunos interpretarán, en consecuencia, que estas sentencias son indicio de no ser partidario de la igualdad y de la libertad en sentido ético. Sin embargo, Jovellanos se muestra a favor de la libertad y la igualdad (modernas) en sentido ético, pero no de su fundamentación política fraudulenta y del consecuente utopismo moral irresponsable, puesto que acto seguido añade que, en sentido relativo, es cierto y constante que todo ciudadano ha de ser independiente y libre en sus acciones «en cuanto éstas no desdigan de la ley o regla establecida» y «que todo ciudadano será igual a los ojos de esta ley, y tendrá igual derecho a la sombra de su protección; será igual para todos, así en gozar de los beneficios de la sociedad, como igual la obligación de concurrir a su seguridad y prosperidad». Se trata de preservar derechos sociales pero no de inducir a la creencia de una igualdad y libertad perfectas, y en esa medida quiméricas, porque «estos derechos sociales, aunque derivados de la naturaleza, no deben suponerse tales cuales los tendría el hombre en una absoluta independencia natural, sino tales cuales se hallan después de modificados por la institución social en que nace». (Estamos citando textos del Tratado teórico-práctico de enseñanza, BAE, I, pág. 256).

1.3 Ideas sobre filosofía de la historia La perspectiva jurídico-política se nos abre a la filosofía de la historia de la que se parte, que es para el ilustrado español, sobre todo, una historia del hombre civilizado. Anterior a la civilización conocida por la historia reconoce que el hombre ha vivido continuamente en sociedades, aunque éstas fueran menos complejas. Jovellanos se opone a la concepción que mantiene la existencia de tiempos primitivos en los que los hombres pudieran andar salvajes sin asociación ninguna; por su parte, contempla un paso de lo simple a lo complejo y admite en las sociedades dos grados: la asociación y la sociedad política; la asociación de hombres y familias se rige por el poder patriarcal, y la sociedad política aparece en el momento en que el poder deja de residir en los patriarcas y se traspasa como soberanía a un poder central. Por encima de este poder, los miembros de la asociación mantienen siempre la supremacía, es decir, el poder político se halla siempre delimitado por el poder moral de la sociedad, siempre que se entienda que no se trata de un poder que se distribuya puro entre todos y cada uno sino de aquel que posee la sociedad civil en su conjunto, en cuanto individuos asociados.
El paso de la asociación primitiva a la sociedad política se da a través de algún tipo de pacto, que consiste fundamentalmente en una situación de consenso social. Éste acaba formalizándose también mediante alguna ley positiva escrita. El pacto comienza a incumplirse con el uso de la fuerza y la violencia del poder gobernativo que se constituye como absoluto y despótico, y que significa la trasgresión de los objetivos para los que ejercía el poder. La historia es el escenario, muchas veces, del ejercicio abusivo de la soberanía, pero los pueblos no pueden abdicar de sus derechos a la libertad e independencia, a los bienes de su trabajo y a su dignidad personal, por lo que tienen la capacidad y el fundamento legal, basado en derechos naturales, de imponer la supremacía popular sobre la soberanía gubernamental, y si es preciso «Šla nación tendrá también el derecho de resistirla con la fuerza, y en el último caso, de romper por su parte la carta de un pacto ya abiertamente quebrantado por la de su contrincante, recobrando así sus primitivos derechos».
Jovellanos ve en la historia política el proceso de dos fuerzas, la una fruto de necesidades político-morales o soberanía y la otra expresión directa de los derechos inalienables y sagrados o supremacía, que representa los derechos ético-morales. Cuando la política se desgaja de la recta moral social y entra en colisión con los derechos éticos, éstos tienen la legitimidad de imponerse sobre la política. Pero el modo concreto histórico de cómo llevar a efecto esta rectificación de la política por los derechos éticos es problemática, puesto que tiene que realizarse necesariamente a través de algún modelo moral capaz de unificar las distintas posturas individuales. El cambio de un modo de poder político a otro no se ejerce espontáneamente por todos y cada uno de los miembros de la sociedad civil, sino que queda supeditado a la capacidad de reorganizarse moralmente esa sociedad, la cual tiene una especie de conciencia colectiva que es la opinión pública; pero la opinión pública puede ser víctima de los prejuicios y de las tergiversaciones, y, de ahí, la necesidad de un pueblo lo más instruido posible, verdadera guía del progreso.
El progreso debe recorrer un encadenamiento de pasos continuos sin saltos en el vacío y debe extenderse sucesivamente a lo largo de toda la cadena social ­pues de lo contrario no sería completo­. En nombre del progreso no se puede sacrificar una generación entera, por mucho que se piense en la siguiente; las revoluciones propuestas como saltos y rupturas absolutas, acaban siendo involuciones.
La superstición, los fetichismos, la fabulación de los ideólogos, las falsas creencias colectivas y la alucinación han de ser sustituidas por la especulación sana y natural de la razón y por las ciencias naturales. Los pueblos más atrasados seguirán el rumbo de los más adelantados. Sin embargo, aun cuando la civilización modélica es la cristiana, cada pueblo tiene su propio marco de desarrollo y no puede progresar si no es sustentándose sobre el terreno de sus propias leyes, costumbres, instituciones, religión y creencias asentadas. Lo mismo que no cabe saltarse los eslabones de la cadena en el progreso, tampoco puede una nación saltarse su propia historia y sus propias características. Aquello que ya no funciona o funciona mal en el seno de una sociedad es lo que debe ser remodelado. Estima el ilustrado hispano que la historia ha mostrado con ejemplos que la democracia ­ en sentido político, no en sentido moral­ sólo es viable para estados pequeños y que, en todo caso, es superior el gobierno monárquico, por cuanto consigue con mejor fórmula el fin de un ejecutivo fuerte. Las comunidades más «democráticas» de la propia historia medieval de España estaban constituidas por ciudades «libres», pero como quiera que no estuvieran supeditadas a jurisdicción alguna ­señorial, eclesiástica o de realengo­, tarde o temprano acababan solicitando someterse a la jurisdicción de algún señor. Los excesos señoriales terminan descubriendo las limitaciones de la aristocracia y, en esta tesitura, la monarquía aparecía como el mejor garante de los derechos del pueblo. Así, históricamente, la llamada democracia se identifica con la «behetría», es decir con un modelo de gobierno más anárquico y menos poderoso. Entre los tres posibles, Jovellanos aboga claramente por la monarquía, aunque entendiéndola siempre de modo constitucional; pero no nos engañemos, su defensa de la monarquía no lo es a cualquier precio, tal como nos recuerda en una de las cartas que cruza con el bando oponente durante la Guerra de la Independencia: «Pero no; España no lidia por los Borbones ni por los Fernando; lidia por sus propios derechos, derecho originales, sagrados, imprescriptibles, superiores e independientes de toda familia o dinastía. España lidia por su religión, por su Constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos, en una palabra, por su libertad, que es la hipoteca de tantos y tan sagrados derechosŠ Y cuando tema que la ambición o la flaqueza de un rey la exponga a males tamaños como los que ahora sufre, ¿no sabrá vivir sin un rey y gobernarse por sí misma?»

1. 4 Ideas pedagógicas

Aproximémonos ya al final. La teoría económica, la teoría política y jurídica, y su filosofía de la historia no establecen un buen cierre sin lo que nosotros denominamos «teoría pedagógica jovinista». No es que ésta sea la definitiva por más concluyente, porque lo decisivo es la integración del conjunto dentro de una teoría global político-moral. La época de Jovellanos bien ha podido ser denominada «siglo educador». Además de toda la importancia concedida a la educación por el movimiento de las luces, nos hallamos a finales del XVIII y principios del XIX en plena efervescencia de la apuesta por la generalización del saber y de la instrucción.
Locke había concedido importancia trascendental a la educación y a la defensa de una nueva sensibilidad educadora que tan bien subrayaría unas décadas después Juan Jacobo Rousseau en el Emilio. En Alemania Johann Bernhard Basedow (1723-1790) fundó la llamada «escuela libre», que fue seguida por Ernst Christian Trapp (1745-1818), Joachim Heinrich Campe (1746-1818), Christian Gotthilf Salzmann (1744-1811) y Kart Friedrich Bahrdt (1741-1827), escuela que no alcanzaría el éxito que habían soñado. En la época de entresiglos alcanzó gran predicamento en toda Europa Juan Enrique Pestalozzi (1746-1827), cuyas ideas pedagógicas se intentaron aclimatar en España con Godoy. Jovellanos fue quien en paralelo con este movimiento pedagógico europeo desarrolló una serie de esfuerzos prácticos ­como la fundación del Real Instituto Asturiano­ y de fundamentación teórica aplicada, digna de ser resaltada en el contexto de la Ilustración y del comienzo de la contemporaneidad, no sólo por el significado que tuvo en sus días sino también porque influyó en los jóvenes liberales españoles, como Quintana, que habrían de desarrollar los primeros planes educativos con carácter nacional, inspirados en las ideas jovinistas.
Jovellanos coincide con Locke, con Rousseau, con Pestalozzi, en la defensa de una serie de principios pedagógicos que se oponían al rigor con el que se miraba hasta entonces el arte de enseñar, que era un arte de amaestrar con el uso de la disciplina severa y la fuerza. Ahora no sólo se parte de un objetivo intelectual, formativo, repetitivo y memorístico, sino que pasan a tener importancia los valores educativos del sentimiento. Locke había señalado en Ideas sobre la educación (1693), dirigidas a la educación de un noble, que la instrucción ha de ser intuitiva y partir de la sensación, que el niño debe aprender jugando y con trato amable, que el aprendizaje debe ser individual como lo es la tabla del alma propia que cada niño tiene que escribir, y que la educación ha de incluir también la vertiente corporal y de educación física. Rousseau había insistido también en la importancia del juego, de la educación física y la educación sentimental, y había llevado al extremo la defensa de una formación individualizada. Conocemos la admiración que Jovellanos tenía hacia el Emilio, pero sin duda la perspectiva que adopta Jovellanos es, una vez más, enteramente pragmática, en función de las posibilidades prácticas y poniendo en su lugar las pretensiones utópicas.
Distingue Jovellanos dos momentos en la instrucción: el de la edad tierna, que ha de estar reservado a los padres, que por sus condiciones son los más idóneos para transmitir la base de virtudes éticas que han de dar consistencia a la persona en el futuro, «enseñanza [que] es más bien de hecho que de raciocinio, y [que] se da más bien con ejemplos que con discursos», y encargada de transmitir el amor doméstico, entre los esposos, entre los padres y los hijos, y de afianzar los sentimientos de ternura, afecto, unión, recato y decoro, paciencia y templanza, frugalidad y amor al trabajo, orden y paz interior, piedad y prudencia; retahíla de virtudes que tienen hoy, seguramente, tonos cursis ­a la vez que son esencialmente irrenunciables­. Cumplidos estos primeros años de la vida, la formación debe completarse todavía referida al modelado de los sentimientos con la ayuda de una educación a cargo del Estado, en el respeto a las leyes y la religión, el amor a la constitución y al gobierno, en el desinterés y celo público. Creemos que el español coincide más con Pestalozzi que con Rousseau, porque mientras el de Ginebra insistía más en el arte de dejar emerger la humana naturaleza del niño, el de Zurich y el de Gijón no desgajarán los aspectos lúdicos de los disciplinarios y entenderán el programa educativo como un todo unitario desde la infancia hasta la universidad, con una clara sensibilidad hacia la igualación social a través de la educación y con un empeño por ligar la instrucción al mundo laboral, y, por tanto, a la importancia de la enseñanza profesional. Rousseau, por su parte, para enfatizar lo que busca reivindicar, nos propone un instructor idílico más desligado de la contextura y problemática social.
La unión de la educación familiar con la civil conseguirá, según Jovellanos, la educación más perfecta. La primera más dirigida al sentimiento y la segunda más al entendimiento, aquélla enseña las virtudes éticas y el respeto por las valores morales y ésta prepara para las virtudes de urbanidad y políticas. Los seminarios en régimen de internado, que separan a los niños del ambiente familiar prematuramente, sólo serán útiles para los niños huérfanos o aquellos que no dispongan de la familia conveniente.
Una vez que el niño alcanza la edad escolar debe integrarse en un programa de estudios estatal, que concebido como un sistema de enseñanza, debería abarcar la «Escuela de Primeras Letras» de forma obligatoria, pública y para niños y niñas, y después sería deseable que el máximo de niños prosiguiera la educación secundaria que se impartiría en institutos de formación profesional (como el de Marina y Mineralogía de Gijón que fundó él mismo) y, finalmente, la Universidad quedaría reservada para los estudios eclesiásticos y del foro. Respecto de los estudios universitarios le interesa, sobre todo, su reforma, que ha de huir de la enseñanza escolástica, de la esgrima silogística vacía de contenido, y de la rivalidad sistemática de las escuelas. En todas las carreras propone Don Gaspar siempre un estudio de materias interdisciplinares: el estudio de las lenguas ­especialmente la castellana­, de la lógica y de la historia son herramientas que deben perfeccionarse para el recto conocimiento de asignaturas tanto teológicas como jurídicas. En los programas de estudios eclesiásticos y en los reglamentos para los colegios religiosos se percibe una exigencia de austeridad y de dedicación completa:
«No se me diga que pido mucho, si lo que pido es necesario; si lo es, es menester apechugar con todo o renunciar a la ciencia [teológica]. ¿De qué sirven a la Iglesia ni al Estado estos que llaman teologazos solo porque son buenos esgrimidores de escolástica?»
En los planes de los institutos profesionales Jovellanos diferencia una parte instrumental básica, general y necesaria para cualquier programa, a su lado los estudios científico-técnicos de los que se trate, pero sin olvidar las materias interdisciplinares que redondearán los conocimientos y harán que además de útiles desde el punto de vista profesional, perfeccionen al mismo sujeto en su integridad y le hagan, además, mejor técnico. En su Instituto de Gijón, después del plan de estudios inicial de 1794 con las disciplinas instrumentales y las materias científicas, a la altura de 1797 defenderá la necesidad de unir el estudio de la literatura al de las ciencias, en 1799 expondrá ante sus alumnos que el estudio de las ciencias naturales, que contiene cosmología, astronomía, zoología, botánica, historia naturalŠ, exige a la vez una perspectiva de filosofía natural, ayudada de elementos de historia de la filosofía y de historia de la ciencia, sin olvidarse del remate de la teología racional. En 1800 volverá a dar una lección magistral a sus alumnos mostrándoles que la geografía histórica comporta el conocimiento de la geografía física ­necesaria en primera instancia para los marinos­ pero también de la geografía económica, social, política y antropológica. Además, la geografía histórica conecta con el resto de las ciencias: astronomía, geometría, geología, historia, y con las ciencias políticas y morales. Es decir, que aunque se trata de formar buenos marinos y mineros, no por ello cree innecesario en la formación conectar los estudios de la especialidad con un recorrido interdisciplinar que muestre el encadenamiento de todos los saberes, única manera de conseguir una instrucción integral de personas, que complete la estricta formación profesional.
Al lado de las escuelas, los institutos y la universidad no se olvida Jovino de las «cartillas rústicas», tal como habían defendido ya Rubín de Celis y Campomanes, con el fin de mejorar las artes del cultivo y de desarrollar la industria agropecuaria entre el pueblo trabajador, en el seno de las mismas familias. Al igual que la educación, el trabajo ha de ser un derecho y obligación fundamental, y ambos han de ir unidos. Seguidor de la epistemología psicologista de Locke y de Condillac, simpatizante del espíritu renovador propuesto por Rousseau en pedagogía, la teoría de Jovellanos se centra sobre todo en la función social, que aúna dos finalidades: un programa sistemático del Estado para la formación profesional ­la de los universitarios y la del trabajo productivo­ y un objetivo económico y político de impacto global, dentro de la idea de progreso que las luces defendieron: los estados son tanto más prósperos cuanto más instruidos son sus ciudadanos.
El ilustrado hispano inmerso en una concepción onto-teológica cristiana ­ como la de todos los ilustrados a excepción de un puñado, Helvecio, D´Holbach, La Mettrie y Hume ­, ubicado dentro del teísmo y no del deísmo, pero dentro de una aplicación de ideas y una actitud práctica que aproximan ambas posturas, defensor del espiritualismo que concede la existencia del alma y de Dios pero que contempla los contenidos históricos y científico-naturales gobernados según leyes materialistas (sin dejar de estar sometidas a una gravitación espiritual de distancia inalcanzable para la finita razón humana), ofrece un perfil de un pensamiento que se halla en el tránsito que busca la superación del despotismo inherente a la política, la delimitación de la verdadera competencia del poder religioso, y la síntesis de un modelo capaz de superar las contradicciones entre el paradigma explicativo bíblico-teológico y el científico-natural. En medio de todas estas líneas de fuerza, el rasgo característico que define en última instancia el pensamiento de Jovellanos es su pragmatismo moral, que incluye la desconfianza hacia la especulación metafísica, el rechazo de las teorías político-morales que se sostienen en sus propios delirios, y la consideración de que toda postura teórica tiene que tejerse con datos extraídos de la experiencia y con capacidad de regresar de nuevo a ella. Con la inscripción «quid verum, quid utile» que puso en el frontispicio del instituto que fundó en Gijón resumía su talante filosófico y pedagógico, a través de la inextricable unión de lo verdadero y lo útil.

2. Conclusión
¿Cuál es la trascendencia del pensamiento de este jurista, economista, político, historiador, literato y pedagogo, que no acaba de consagrarse como merecería en ninguna de estas áreas?, ¿en qué consiste la estrategia jovinista?
La estrategia de Jovino consistió en desarrollar un modelo de pensamiento en el que se hacía preciso poner en conexión el conjunto de todos los saberes racionales del momento, no sólo para conseguir un encadenamiento unificado teórico de las ciencias ­según el afán de los tiempos­ sino sobre todo por sus mismas finalidades prácticas, que bien pudieran resumirse en un solo objetivo: la transformación político-moral de la sociedad. Jovellanos representa, de este modo, uno de los modelos de teoría político-moral a tener en cuenta.
El jovinismo filosófico puede entenderse como un pragmatismo que partiendo del saber de las ciencias se interesa por idear el modelo de transformación social que cada tiempo histórico ha de afrontar, en cuyo objetivo entiende que la educación racional de un pueblo es el elemento decisivo ­al lado de la prosperidad económica y del poder político en el concierto mundial­ para que la transformación se realice equilibradamente, en bien del conjunto y de la felicidad de los particulares. No se trata de un pragmatismo reduccionista, sino de un pragmatismo trascendental, en cuanto entiende, por ejemplo, que no puede haber buenos marinos o mineros sin conocimientos de geografía, geología y ciencias naturales, pero también de literatura, de historia y de filosofía moral, porque tras la expresión «buen marino» no está entendiendo exclusivamente un «técnico especializado» sino un sujeto cuya función realmente es poner «sus fuerzas y luces» consagradas al bien y prosperidad social.
El pragmatismo moral jovinista, la revolución que pretendió sin recurrir a la revolución jacobina, se basaba en activar la economía y revitalizar las buenas costumbres a través de un programa de medidas políticas que fueran el punto de confluencia de un buen conocimiento de la historia universal y de la propia de cada país, de las reformas jurídicas adecuadas ­entre las cuales, las de una monarquía constitucional­, de una economía trazada con criterios científicos y pragmáticos y de la salvaguarda de dos principios generadores: 1º) la educación e instrucción generalizada no sólo de técnicos sino también de ciudadanos y hombres y 2º) el derecho al trabajo digno de una sociedad concebida de modo cooperativo.
Entre las revoluciones democráticas americana y francesa, por una parte, y, de otra, los Bentham, Saint-Simon, Owen, Proudhom, Bakunin, Marx, Tocqueville, Stuart Mill y la saga que llega a nuestros días, Gaspar Melchor de Jovellanos ocupa un lugar propio que aporta una síntesis de soluciones nada desdeñables y que siguen apuntando a los mismos problemas que nosotros hoy seguimos planteándonos. Esta es la trascendencia de este sistema de ideas que hemos tratado de pergeñar a caballo entre la Ilustración y los aires liberales y socialistas del XIX: que muchos de sus diagnósticos siguen vigentes hoy, cuando parece que se está cerrando esa época que entonces se abría, y que la síntesis personal que trazó se anuncia, en muchos de sus aspectos, como un modelo ejemplar y fértil para el presente y para el futuro, aunque habrá que diferenciar bien entre sus recetas a escala de los acontecimientos positivos y sus ideas filosóficas (histórico-político-económico-morales) que trascienden su tiempo. Afín a Rousseau en cuestiones de fondo, se desmarca de él en lo que hay de pensamiento utópico irrealizable y teje las relaciones entre la ética, la política y la moral con matices singulares, podemos decir que en muchos aspectos con mayor rigor crítico que el ginebrino, por su prevención frente a lo utópico y por el más apurado deslindamiento entre el plano ético de los problemas y el propio de los morales, y, a su vez, entre lo que es estrictamente moral y lo que es político.
Decía don Gaspar Melchor de Jovellanos a sus alumnos, en 1797:
«Y ¿qué?, después de corridos tres años, cuando habéis cerrado ya tan gloriosamente el círculo de vuestros estudios, y cuando vamos a presentar al público los primeros frutos de vuestra aplicación y nuestra conducta, ¿estaremos todavía en la triste necesidad de persuadir e inculcar una verdad tan conocida? [...]
Sí, señores; a pesar de los progresos debidos a nuestra constancia y a la vuestra [...] sé que andan todavía en derredor de vosotros ciertos espíritus malignos, que censuran y persiguen vuestros esfuerzos; enemigos de toda buena instrucción como del bien público, cifrado en ella, desacreditan los objetos de vuestra enseñanza, y aparentando falsa amistad y compasión hacia vosotros, quieren poner en duda sus ventajas y vuestro provecho particular. [...]
Pero ¿qué podría yo responder a unos hombres, que no por celo, sino por envidia y malignidad, murmuran de lo que no entienden y persiguen lo que no pueden alcanzar? No, no esperéis que les respondamos sino con nuestro silencio y nuestra conducta. Vean hoy los frutos de vuestro estudio, y enmudezcan.»
El tema de si Jovellanos fue de izquierdas o de derechas queda bien enfocado ­mínimamente ideologizado­, creemos, si nos limitamos a dejar constancia de los distintos momentos históricos por los que ha transcurrido la historia de España. Cuando Jovellanos moría estaban naciendo las modernas realidades de izquierda y derecha, en sentido político. Según esto, Jovellanos habría sido uno de los impulsores del naciente liberalismo español decimonónico, corriente que consideramos como la segunda izquierda histórica, tras la izquierda jacobina (siguiendo el criterio de Gustavo Bueno). Yo he propuesto que se hable de proto-liberalismo en Jovellanos, porque era naciente y porque contenía orientaciones propias, algunas de las cuales no fueron asumidas por los jóvenes liberales. Después, es obvio que algunas de las ideas de Jovellanos pudieron ser recogidas y utilizadas por la derecha (fundamentalmente, a partir de la etapa que llamo neocatólica, a mediados del siglo XIX). En adelante, la imagen de Jovellanos ha ido ganando en clasicismo y, en consecuencia, se ha ido haciendo más y más ecléctica y más de todos. ¿Es Jovellanos de izquierdas o de derechas, «hoy»? No hay modo de saberlo, sólo podemos repasar la historia. Y, en todo caso, que «sea de izquierdas o de derechas, hoy» dependerá de la capacidad que tenga su ideario de unirse a ideas de uno y otro signo. Sea como fuere, lo importante no se da ya, después de dos siglos, al nivel de las ideologías sino de la filosofía.
Silverio Sánchez Corredera
El Catoblepas - número 61 - marzo 2007


La Guerra de Independencia, vista por Jovellanos. - Jadraque

El 1 de junio de 1808 divisa Jovellanos el castillo de Jadraque y las hermosas vegas del Henares de fértiles huertas de frutales. Al día siguiente por la mañana le llega la orden del general Murat, lugarteniente general del Reino, por la que se le manda que inmediatamente se ponga en camino para la Corte. Es obvio que las nuevas autoridades le seguían los pasos y al igual que el pueblo le necesitaban a su lado y de su parte y no querían perder tiempo. Pero Jovellanos se va a tomar el suyo. De momento espera a que ese mismo día por la tarde llegue a Jadraque su amigo Juan Arias de Saavedra, a quien daba el cariñoso título de Papá, para consultar con él la contestación que ha de dar al general francés. Jovellanos no había rehusado nunca cuantos cargos o servicios públicos se le encomendaron, por muy gravosos que fueran para él. Así, por ejemplo, estaba dispuesto a ir a San Petesburgo como embajador a pesar de la distancia, los años y la falta de economía; el mismo ministerio de Gracia y Justicia lo aceptó a pesar de que veía en ello una carrera difícil, turbulenta, peligrosa, con pérdida de la felicidad y la quietud, como así fue, de la que podía no salir inocente, como anotó en su diario cuando recibió la noticia: "haré el bien, evitaré el mal que pueda; ¡dichoso yo si vuelvo inocente". Pero ahora, por primera vez, va a excusarse alegando su falta de salud.
Insistirán sus viejos amigos afrancesados, y Jovellanos se resistirá una y otra vez con palabras suaves y dulces, y promesas con las que va posponiendo las órdenes que recibe. Algunos párrafos han hecho pensar a algún autor que Jovellanos, cuando menos dudó acerca de qué partido tomar. Frases como "Déjenme ustedes, pues, recobrar mi salud y me verán consagrarla toda en bien de mi patria a una con mis buenos amigos", ¿qué pueden significar sino ganar tiempo? Eso si no contienen una velada reserva mental, pues será el tiempo quien venga a decir cuál es el bien de la patria al que va a consagrarse y quiénes sus buenos amigos. Diez días más tarde de su llegada a Jadraque, Jovellanos dice a su amigo Mazarredo: "La guerra civil, el mayor de todos los males, es ya inevitable. Yo he recorrido desde Barcelona a este rincón. La vergüenza y la rabia está en todos los corazones, sin excepción de uno, y por desgracia estos sentimientos hierven con tanto ardor, que parece difícil reducirlos a orden. Sin unidad, sin plan, sin medios, ¿cuál será la suerte de los pueblos llamados a terrible lucha? ¡Dichoso el que deje de respirar antes de verla consumada".
Se pretende y se le ordena que vaya a Asturias a apaciguar a sus paisanos, alzados contra el ejército invasor, e insiste en la "absoluta imposibilidad" en que se halla de emprender ese viaje, y se excusa alegando el carácter de los asturianos. "Aquel pueblo está disperso en los campos, y es demasiado numeroso y feroz para ser amansado con palabras. Agrégase a esto que yo como a otros sucede, no soy profeta en mi patria, y que aunque le hice mucho bien, cuento en ella con no pocos desafectos y alguno que se unió a mis enemigos para perseguirme". Insisten ellos e insiste él: "No, mi amigo y señor -le dice a O'Farril-, la Providencia, quitándome de antemano las fuerzas para la meditación y el trabajo, no quiere que yo entre en la gran lucha que se prepara a nuestra pobre nación, y por lo mismo, lejos de temer que mis amigos me expongan a ella, debo esperar que conociéndolo y conociéndome, me alejen de sus peligros y me dejen morir en esta oscuridad en que estoy y deseo estar mientras respire". Cuando lleva apenas tres semanas en Jadraque, ya que no podía ir a Asturias, le mandan que escribiese una exhortación a los asturianos, aconsejándoles la paz.
Vuelve a excusase por la falta de salud y escribe a Mazarredo, manifestando más claramente los sentimientos que ha estado ocultando:"La causa de mi país, como la de otras provincias, puede ser temeraria; pero es a lo menos honrada, y nunca puede estar bien a un hombree que ha sufrido tanto por conservar su opinión, arriesgarla tan abiertamente cuando se va acercando al término de su vida". El 7 de julio de 1808 Jovellanos es nombrado ministro del Interior del rey José I Bonaparte. Escribe una carta muy cariñosa al Rey intruso, agradeciendo el nombramiento pero rehusándolo firmemente con esta excusa, evidente excusa por lo cortés: "fuera en mí muy fea ingratitud a sus señaladas bondades aceptar un cargo en la administración pública, que, por ser tan superior a mis debilitadas fuerzas como a mis cortos talentos, nunca podría desempeñar conforme a las benéficas miras de V.M.". Y termina: "Ruego, por tanto, humildemente a V.M. que, exonerándome de este encargo, se digne recibir el sincero homenaje de mi gratitud, junto con el más vivo deseo de contribuir, hasta donde me sea dado, al servicio de V.M. y al bien y felicidad de la nación". "Hasta donde me sea dado", es decir "sin mancillar mi honor" -podríamos leer entre líneas. Pero si todavía alguien ve en estas palabras algo más que verba mellis, juzgue por lo que dice en su diario: lo que no dice a los afrancesados.
En sus íntimas páginas nos descubre toda la inquietud del momento. En ellas vemos la ansiedad a que está sometido. Si hubiera creído un solo momento que aquella era la hora de la razón, de llevar a cabo los dorados planes que tanto progreso y bienestar habrían de dar a España, no hubiera dudado, hubiera corrido a ponerse al lado de José, como hizo Cabarrús. Pero como no es así, su estado anímico es desolador. Quienes mejor conocen su sentir son sus buenos amigos de Jadraque, con quienes consulta todo. "No fue poca la incomodidad que nos dio a todos" escribe cuando le exhortaron a enviar un comunicado a sus paisanos aconsejándoles la paz. Y cuando el 23 de junio llegó a Jadraque el Arcediano de Avila, don Antonio de la Cuesta, diciendo que era amigo de O'Farril, los amigos de Jovino desconfían y temen no sea un espía de los franceses que pudiese venir a corroborar su estado de salud o a conocer su "temple". Sólo Jovellanos se confía.
Y efectivamente, aquella visita no tuvo consecuencias. Jovellanos usa dulces palabras, mientras sus hechos las desmienten. No sólo no hizo la exhortación a sus paisanos para que aceptaran al nuevo gobierno, sino que muy al contrario, según nos dice su amigo González de Posada, en Jadraque mismo redactó, - seguramente en francés-, una proclama a los franceses para que se levantaran contra su propio tirano, de un solo pliego, que se imprimió en Madrid y en Tarragona en el mes de julio. Y también en Jadraque escribió a Lord Holland, que le había visitado hacía muchos años en Gijón, pidiéndole emplee su influencia ante el gobierno inglés en favor de España y en contra de Napoleón. Con ello reanudará y consolidará una vieja amistad de la que nos ha llegado abundante correspondencia que permite conocer algunos detalles interesantes de la visión de Jovellanos acerca de la guerra de la Independencia. Por fin, el 17 de septiembre abandonará aquel dulce retiro de Jadraque para ir a unirse a la Junta Central. Atrás dejará a sus amigos jadraqueños. Dirá adiós a la felicidad y quietud; a la ansiada y apacible oscuridad en que pensaba terminar sus días. Llevará consigo sus años, sus achaques, la cárcel padecida, las injusticias con él cometidas. Le acompañará el honor y le guiará la virtud.
Agustín Guzmán Sancho


Jovellanos, en el centro del poder

El 1 de septiembre de 1808 la Junta General del Principado de Asturias, entonces 'Suprema' (soberana), eligió a Gaspar Melchor de Jovellanos y al marqués de Camposagrado como sus representantes en la Junta que debía asumir el poder unificado de las provincias levantadas contra la invasión napoleónica. Son tantas las decisiones trascendentales que adopta la Junta asturiana en 1808 que resulta difícil señalar una como la más relevante, pero, sin duda, ésta va a influir de manera decisiva en la historia de España. No se trata de atribuirle en exclusiva a una sola persona, aunque tuviera la talla intelectual del ilustrado gijonés, la paternidad de la decisión que dio un giro a la evolución política del bando patriota y abrió el camino a la revolución liberal española, la convocatoria de Cortes realizada por la Central en 1809, pero las cosas se hubieran desarrollado de forma muy diferente si no hubiera formado parte de ella.
Jovellanos era en 1808 una figura respetada y admirada, no sólo como prototipo de la ilustración, sino por su integridad y porque se había convertido en un símbolo de la arbitrariedad del despotismo de Godoy. Que era popular lo demuestra el entusiasmo que despierta a su paso por Aragón, camino de Jadraque. El interés de José I por incorporarlo a su gabinete prueba el papel que unos y otros le concedían en la construcción la nueva España que debería nacer de la crisis. Paralelamente, numerosos escritos, tanto de Juntas como de particulares, reclaman desde principios de junio su incorporación al gobierno que debe crearse para dirigir la España patriota. Pronto se convirtió en la principal figura política de la Central, sobre todo tras el fallecimiento del anciano, y entonces muy conservador, conde de Floridablanca. A pesar de ello, sus opiniones sobre la organización del nuevo poder fueron rechazadas inicialmente y no le resultó fácil sacar adelante la convocatoria de Cortes, pero su prestigio y su inteligencia acabarían permitiéndole resolver positivamente el 'grand affaire', así se refería a él en su correspondencia con lord Holland.
Podría pensarse que, gracias a ese prestigio, su elección como diputado de Asturias en el nuevo gobierno central debió resultar fácil, pero nada más alejado de la realidad. También entonces, como había sucedido con creación del instituto y otras iniciativas anteriores del ilustrado, las ambiciones personales y las intrigas se interpusieron en su camino. La Junta General había elegido en agosto a cuatro representantes que deberían formar parte de un órgano - denominado inicialmente Cortes- que coordinaría a Galicia, Castilla, León y Asturias.
Efectivamente llegó a constituirse una efímera Junta de los tres reinos de Galicia, León y Castilla, pero Asturias abandonó el proyecto tras la retirada de los franceses de la mayor parte de la península, que abrió el camino para la creación de una Junta Central. Al menos uno de los designados -Ignacio Flórez- quería que su elección siguiese siendo válida para el nuevo organismo y, junto a otros procuradores, no deseaba una nueva votación que permitiese la de Jovellanos. Parece que ésta fue una de las razones que indujeron a Álvaro Flórez Estrada a promover una renovación de la Junta y de los poderes de los procuradores, que no habían sido emitidos para un órgano de gobierno convertido en soberano.
A Flórez Estrada, Procurador General del Principado, cabeza de la tendencia más abiertamente liberal y reformista de la Junta, debemos la elección de Jovellanos para formar parte de la nueva Junta Central. La Junta renovada -a la que ya no pertenecerían ni Ignacio Flórez, ni Gregorio Jove, su principal valedor- adoptó este acuerdo en su primera reunión, celebrada el 1 de septiembre de 1808. Por cierto, lo primero que hizo D. Gaspar cuando recibió el poder que, con fecha de 3 de septiembre, le había expedido la Junta General fue renunciar a las dietas que le correspondían.
Jovellanos asumía así, con 64 años, la que probablemente fue su mayor responsabilidad política. No pretendo restar importancia a su breve paso por el Ministerio de Justicia, pero ahora formará parte del órgano que desempeñará tanto las funciones legislativas como la dirección del poder ejecutivo en un momento crucial de la historia de España.
Muy pronto planteó en la Junta Central la necesidad de convocar Cortes. La propuesta, que expuso detalladamente en el 'Dictamen sobre la institución del nuevo gobierno', de 7 de octubre de 1808, llevaba aparejada la creación de un Consejo de Regencia en el que residiría el poder ejecutivo, por ello su posición ha sido en ocasiones asimilada, erróneamente, a la de quienes, desde una perspectiva conservadora, querían el restablecimiento del sistema institucional del Antiguo Régimen. Para Jovellanos la designación del Consejo, que se instalaría el 1 de enero siguiente, debía ser simultánea a la convocatoria de Cortes para 1810. Su mandato finalizaría cuando se constituyese el parlamento. Si se consideraba necesario, para limitar la tentación de que la Regencia se convirtiese en un poder autoritario, podría renovarse anualmente, de forma total o parcial. Paralelamente, se establecerían cinco o seis ministerios (los entonces existentes más uno para ultramar).
La creación del Consejo de Regencia no supondría la disolución de la Junta Central, sino su reducción, ya que quedaría integrada por un diputado de cada Junta y se convertiría en una Junta Central de correspondencia, que coordinaría a las provinciales, controlaría a la Regencia y prepararía la reunión de las Cortes de forma muy similar a como realmente lo haría la Central en 1809. Entre las tareas de las Cortes se encontraba la reforma de la constitución. Jovellanos defenderá en 1808 lo mismo que en 1809 o en 1811, que era necesario convocar unas Cortes que ejerciesen el poder legislativo, dejando el ejecutivo a la Regencia, y que realizasen las reformas necesarias, actualizando una constitución histórica que, desde su punto de vista, existía, pero no se aplicaba totalmente y necesitaba cambios que la adaptasen a las necesidades de la España de comienzos el siglo XIX. Esa 'reforma constitucional' no sólo suponía revitalizar unas Cortes relegadas por el absolutismo a un papel casi decorativo, sino convertirlas en un parlamento bicameral al estilo británico.
Su propuesta fue rechazada, pero en noviembre le plantearía a lord Holland cuales eran sus objetivos y las dificultades con que se encontraban: «Y viniendo ahora a las esperanzas y deseos de V.E. acerca de la reforma de nuestra Constitución, y que son enteramente unívocos con los míos, yo no sé todavía lo que en esto se puede pronosticar. No hay un español dentro ni fuera de nosotros que no los tenga o forme; pero me temo que la diferencia en los medios de caminar a tan santo fin pueda frustrar su logro. En la misma Constitución tenemos señalado el camino, con sólo reunir las Cortes, preparando antes los planes de reforma que debieran sancionar; pero esta reunión no agrada a algunos, que no quisieran restituir a ellas la autoridad que disfrutan».
Apoyándose en los jóvenes más liberales de la Central, aunque moderando su propuesta, logró sacar a delante el decreto de convocatoria de Cortes el 22 de mayo de 1809. Posteriormente se creó una comisión para prepararlas, se puso en marcha la llamada 'consulta al país' y se crearon una serie de juntas para planear la labor legislativa, en ellas estarían futuros diputados de las Cortes de Cádiz, como Agustín Argüelles, que utilizarían sus trabajos en su nueva tarea de legisladores. La gestión de la Junta Central, que se desarrolló en una situación muy difícil, fue contradictoria y discutida, pero en su haber queda, sin duda, la decisión de convocar Cortes. De justicia es que la recordemos hoy que conmemoramos la elección por la Junta General del Principado de Asturias de quien fue su principal promotor. Desde luego, la labor de Jovellanos en la Junta Central fue mucho más amplia y su pensamiento está presente en varios de sus textos legislativos. No es este el momento de extendernos sobre ella, pero quizá sea conveniente mencionar su defensa de la Junta General del Principado cuando fue suprimida por el marqués de la Romana el 2 de mayo de 1809, muy coherente con sus ideas sobre la constitución histórica.
Así se creó la Junta Central Cuando los franceses se retiran, se impone la creación de un organismo integrado por dos representantes de cada junta provincial.
Tras ser derrotados en Bailén el 19 de julio de 1808, los franceses se ven obligados a retirarse de la mayor parte del territorio español, lo que estimula las iniciativas para crear un poder que uniese a las Juntas provinciales que habían surgido por todo el país. La de Asturias fue una de las primeras que, a propuesta de Flórez Estrada, había planteado ya en junio la reunión de Cortes en Oviedo, pero, finalmente, se impuso la creación de una Junta Central integrada por dos representantes de cada provincial. No sin problemas, la Junta Central Suprema Gubernativa del Reino se constituyó el 25 de septiembre en Aranjuez. Su primer presidente sería en conde de Floridablanca, hasta que falleció el 30 de diciembre de 1808.
Nacida de una revolución contradictoria, que impone nuevos órganos de poder pero, aunque predomina entre los patriotas un amplio deseo de reforma, carece de un programa político -salvo la restauración de Fernando VII en el trono y la defensa de la religión y de la patria-, la Central se muestra políticamente indecisa e incluso adopta decisiones claramente conservadoras. Los liberales la criticarán por ello, pero para los absolutistas era un órgano de origen popular que debía ser sustituido por una regencia. Será del bando conservador de donde reciba los ataques más duros, que finalizaron en enero de 1810, poco antes de la caída de la ciudad de Sevilla en manos enemigas, con un verdadero golpe de estado, que supuso la creación de una efímera Junta reaccionaria y una sensación de vacío de poder que favoreció la insurrección americana.
Entre sus decisiones, además de la convocatoria de Cortes, destacan la creación del 'Consejo reunido' en 1809, el intento de organizar y controlar la guerrilla, la reforma de las Juntas provinciales y, aunque tardías, las reformas fiscales. Las derrotas militares, que se suceden tras el inicio de la ofensiva napoleónica en noviembre de 1808, minan su prestigio y la obligaron a trasladarse a Sevilla, donde residirá hasta que en enero de 1810 se refugie en Cádiz, donde será sustituida por un Consejo de Regencia. Tras su disolución, sus integrantes sufrieron censuras y persecuciones, lo que condujo a Jovellanos a redactar en Muros, puerto gallego en el que había encontrado cobijo, su Memoria en defensa de la Junta Central.
Jovellanos en defensa de la Junta Central (Muros de San Pedro, 1810) «Por fin, la nación española se va a juntar en Cortes. El real decreto que las anuncia para el próximo agosto se lee ya con entusiasmo en todas partes. A su voz, las juntas electorales se congregan en las parroquias, en las villas y en las capitales para nombrar sus diputados. Muchos, partiendo ya de sus provincias, se dirigen a la real Isla de León. Aún aquellos pueblos que están separados de nosotros o por inmensos mares o por la cercana tiranía, concurrirán representados por naturales suyos; y la voluntad de todos los padres de familia que habitan los vastos continentes de una y otra España va a ser declarada en este augusto congreso, el más grande, el más libre, el más respetable que pudo concebirse para fijar el destino de una nación tan ultrajada y oprimida en su libertad, como magnánima y constante en el empeño de defenderla. (...) Después de haber sido el primero a proponer en la Suprema Junta Gubernativa la necesidad de anunciar a la nación unas Cortes generales; después de haber procurado demostrar la justicia y utilidad de esta medida; después de haber promovido con el más puro celo los decretos que acordaron y fijaron su convocación (...) ¿qué me quedaba que desear, sino el ver empezada esta grande obra?»
Francisco Carantoña Álvarez


La ley agraria

El informe de la Sociedad Económica de Madrid al Real y Supremo Consejo de Castilla, en el expediente de Ley Agraria, es pieza fundamental en la obra total de Jovellanos y uno de los documentos más meditados de cuantos fueron redactados en España referentes a cuestión capital de la economía nacional. Hombre de realidades, Jovellanos no habla nunca de memoria cuando trata una cuestión básica para la nación. Estudia y observa. Cuando se enfrenta con el campo realiza una doble captación, estética y sociológica. Para la primera está el poeta, para la segunda el sociólogo, estadista en potencia cuyos conocimientos y austeridades no supieron ser recogidos por quienes estaban obligados a hacerlo en beneficio de España. La sociedad encarga de la redacción de ese informe a Jovellanos, segura de que únicamente un hombre de su talento puede salir avante en empresa tan dificultosa. Y Jovellanos da cima a su obra y lega a la posteridad una admirable tesis.
A petición de algunas poblaciones, autoridades, determinados individuos de prestigio y entidades interesadas, fueron instruidos varios expedientes sobre cuestiones relacionadas con el progreso de la agricultura y el trabajo agrícola. De 1752 a 1769 se fueron acumulando estos estudios que tanto interesaban a la economía nacional. En 1771 se ordenó que todo el trabajo acumulado se reuniera en un expediente único, juntamente con otro que a instancias de Campomanes se había iniciado referente a una Ley Agraria. A este asesoramiento de carácter nacional concurrieron los Sexineros, procuradores generales de Salamanca, Ciudad Rodrigo, Ledesma y Segovia; los intendentes de Soria, Burgos, Ávila, Ciudad Rodrigo, Granada, Córdoba, Jaén, Ciudad Real y Sevilla: el decano de la Audiencia de esta última ciudad y el procurador general del Reino. fue después de todas estas intervenciones cuando fue requerida la Sociedad Económica de Madrid para que interviniera, a cuyo efecto le fueron remitidos todos los documentos incorporados, los que formaban un expediente de noventa piezas de autos. La Comisión o Junta de la Ley Agraria que había sido designada para estudiar el asunto, lo extractó para conocimiento de los vocales. Este fue el origen del Memorial ajustado, que apareció en 1784. La Junta, luego de detenida deliberación, dio el encargo de redactar la respuesta a su vocal Jovellanos. Con su informe, se esté conforme o no con la totalidad de los puntos de vista por él fijados, se coloca este economista en la línea de los grandes tratadistas acuciados por el bien de su Patria.
Comienza su informe aludiendo a las guerras que han dificultado el desarrollo de la agricultura nacional hasta comienzos del siglo XVII y afirma «que el cultivo se ha acomodado siempre a la situación política que tuvo la nación coetáneamente», sin que hubiera otra causa que más influyese en él. Como es natural, la tendencia al progreso que muestra la agricultura, todas las leyes que sobre ella se dicten, han de encaminarse a «proteger el interés de sus agentes, separando todos los obstáculos que pueden obstruir o entorpecer su acción y movimiento».
A su juicio, las leyes agrarias únicamente pueden dirigirse a tres fines: la extensión, la perfección y la utilidad del cultivo. Como quiera que las leyes agrarias han de tener como mira la protección del interés particular de sus agentes, han de remover los estorbos que se opongan a esa finalidad. Los estorbos pueden ser clasificados en la tesis de Jovellanos en tres clases: políticos, morales y físicos. Comienza su análisis, de los comprendidos en la primera clase, estudiando los Baldíos. Al estudiarlos, Jovellanos muestra su aversión a cuanto sea privilegio para el ganado, lo que había luego de desarrollar en el apartado que dedica a la Mesta. Tajante es la solución propuesta por este ponente respecto a los Baldíos: «Estas reflexiones bastan para demostrar a vuestra alteza la necesidad de acordar la enajenación de todos los baldóos del reino.» Esa enajenación acarrearía la progresión económica, y con ella las gentes poblarían infinitos parajes entonces desiertos. En cuanto a los sistemas de otorgamiento de estas propiedades resultantes de la distribución propugnada, Jovellanos no generaliza, sino que indica: «Es por lo mismo necesario acomodar las providencias a la situación de cada provincia y preferir en cada una las más convenientes.» El latifundio andaluz, base de tanta injusticia social, lo trata con una anticipación asombrosa de soluciones equitativas: «En Andalucía, para ocurrir a su despoblación convendría empezar vendiendo a censo reservativo a vecinos pobres e industriosos suertes pequeñas, pero acomodadas a la subsistencia de una familia, bajo de un crédito moderado, y con facultad de redimir el capital por partes, para adquirir su propiedad absoluta. Este rédito pudiera ser mayor para los que labrasen desde los pueblos, y menor para los que hiciesen casa y poblasen su suerte; mas de tal modo arreglado, que el rédito más grande nunca excediese del dos, ni el menor bajase del uno por ciento del capital, estimado muy equitativamente; porque si la pensión fuese grande, se haría demasiado gravosa en un nuevo cultivo, y si muy pequeña, no serviría de estímulo para desear su redención y la libertad de la suerte.» Para todas las regiones propone la solución correspondiente.
Idéntica providencia propone para las tierras concejiles, otro de los estorbos políticos que considera. Quiere unir Jovellanos el interés social con el individual, y aún llega a afirmar rotundo: «Ni la sociedad hallaría inconveniente en que se hiciesen ventas libres y absolutas de estas tierras.» Cree que los fondos resultantes de estas ventas acrecentarían las rentas de las comunidades.
Tratada la propiedad comunal o concejil, Jovellanos trata de la abertura de heredades, y califica de «bárbara y vergonzosa» la prohibición de cerrar las tierras, lo que va en menoscabo de la propiedad individual. Detenido es el estudio jurídico que realiza, demostrativo de que esa prohibición no se halla en el derecho histórico, procede de una ordenanza circunscrita al territorio de Granada. Decisivos son sus argumentos para terminar con lo que califica de «hipoteca de la sociedad», que va contra los intereses de los propietarios, pues que sólo beneficia a ganados y viandantes, que encuentran a su disposición las fincas abiertas. La conclusión que establece es el inmediato cerramiento de las tierras laborables de España.
Intenta adscribir totalmente el colono a la tierra: «Una inmensa población rústica derramada sobre los campos, no sólo promete al Estado un pueblo laborioso y rico, sino también sencillo y virtuoso. El colono situado sobre su suerte y libre del choque de las pasiones que agitan a los hombres reunidos en pueblos, estará más distante de aquel fermento de corrupción que el lujo infunde siempre en ellos con más o menos actividad. Reconcentrado con su familia en la esfera de su trabajo, si por una parte puede seguir sin distracción el único objeto de su interés, por otra se sentirá más vivamente conducido a él por los sentimientos de amor y ternura, que son tan naturales al hombre en la sociedad doméstica.» Vuelta a los campos preconizada por Jovellanos, oponiéndose a la continuidad de la «muchedumbre de propietarios de mediana fortuna, que amontonados en la corte y en las grandes capitales, perecen en ellas a manos de la corrupción y del lujo» y con ella la «turba de hombres miserables e flusos, que huyendo de la felicidad que los llama en sus campos, van a buscarla donde no existe, y a fuerza de competir en ostentación con las familias opulentas, labran en pocos años su confusión, su ruina y la de sus inocentes familias».
Luego de oponerse a la protección parcial de los cultivos que contribuye al atraso de los que no gozan del privilegio protector, trata de la renta de las tierras y concluye el apartado con la afirmación de que no puede esperarse la prosperidad de la agricultura «de sistemas de protección parcial y exclusiva, sino de aquella justa, igual y general protección que, dispensada a la propiedad de la tierra y del trabajo, excita a todas horas el interés de sus gentes».
Con gran pasión trata de la Mesta, no obstante afirmar que lo hace «libre de las encontradas pasiones con que se ha hablado hasta aquí de la Mesta». El apartado está rebosante de geniales apreciaciones, de consideraciones propias. Jovellanos no se dejaba influenciar jamás, y su doctrina tiene el marchamo de la exclusividad. No podrá ser tratada la Mesta en estudio de conjunto sin acudir a la apreciación que de ella hace Jovellanos. Como tampoco podrá enjuiciarse el problema de la desamortización sin tener presente lo que Jovellanos postula en este Informe respecto a la amortización. Serenidad apreciativa la suya, con el ideal del bien común sobre todas las cosas.
Abolidos los Mayorazgos, el interés de su apreciación por Jovellanos no alcanza al hombre actual sino como aportación en posibles estudios de carácter histórico, pero sí le afecta el estudio de sus opiniones referentes a los restantes estorbos que él ha fijado como onerosos al desarrollo agrícola de la nación. En la distancia, no han perdido mucho de su valor, y aún, en algunos casos, no carecen de aplicación. En la obra de limpieza toca su parte a la nación, pero las provincias y los concejos no quedan exentos de obligaciones. A todos incumbe poner remedio a los males que quedan determinados en el extenso Informe, a cuyo término hace este ruego, que puede tomarse como resumen de todo lo expuesto: «Dígnese, pues, vuestra alteza de derogar de un golpe las bárbaras leyes que condenan a perpetua esterilidad tantas tierras comunes; las que exponen la propiedad particular al cebo de la codicia y de la ociosidad; las que, prefiriendo las ovejas a los hombres, han cuidado más de las lanas que los visten que de los granos que los alimentan; las que, estancando la propiedad privada en las eternas manos de pocos cuerpos y familias poderosas, enriquecen la propiedad libre y sus productos, y alejan de ella los capitales y la industria de la nación; las que obran el mismo efecto encadenando la libre contratación de los frutos, y las que, gravándolos directamente en su consumo, reúnen todos los grados de funesta influencia de todas las demás. Instruya vuestra alteza la clase propietaria en aquellos útiles conocimientos sobre que se apoya la prosperidad de los estados, y perfeccione en la clase laboriosa el instrumento de su instrucción, para que pueda derivar alguna luz de las investigaciones de los sabios. Por último, luche vuestra alteza con la Naturaleza, y, si puede decirse así, oblíguela a ayudar los esfuerzos del interés individual o, por lo menos, a no frustrarlos.» El diagnóstico con la anticipación suficiente.

Luis Aguirre Prado
Temas españoles, nº 241, Publicaciones españolas, Madrid 1956.

Soberanía y supremacía
doscientos años después: Jovellanos y España


Al comenzar 2008, ante bicentenarios de acontecimientos determinantes de la historia hispana, conviene recordar la apenas distinguida diferencia entre la soberanía y la supremacía en Jovellanos, y su pertinencia en el presente

1. Jovellanos en prisión hace doscientos años

Jovellanos vivió 67 años, de enero de 1744 a noviembre de 1811. Retrocedamos justo doscientos años, hasta 1807: faltaba un año para que Fernando VII depusiera a su padre Carlos IV, para que, inmediatamente, Napoleón invadiera España y para que, entre un acontecimiento y otro, consecuencia del cambio de monarca, se liberara a Jovellanos de una prisión de siete años sin cargos ni juicio.
En 1807 Jovino se encontraba muy disminuido de salud y muy afectada la vista tras siete años leyendo y trabajando en lugares mal iluminados e insanos y haciendo demasiado poco ejercicio, aquél que había recorrido varias veces de arriba abajo España en su montura. Redactaba clandestinamente las Memorias del castillo de Bellver, se ocupaba en su testamento y escribía algunas cartas a sus amistades, que iban firmadas por Manuel Martínez Marina, su amanuense o secretario. Entre las cartas escritas, ésta firmada a su nombre, una del 20 de febrero de 1807 dirigida a Manuel Godoy, quien recientemente había sido nombrado decano del Supremo Consejo de Estado y Generalísimo Almirante de España e Indias. El asturiano aprovecha el momento para felicitar a su antiguo compañero y jefe en el consejo de ministros pero, claro está, para implorar una vez más que se le ponga en libertad, si no en España, sí en la isla de Mallorca o en el continente.
No será liberado, finalmente, a resultas de este ruego sino, paradójicamente, a causa del triunfo de la facción contraria a Godoy, que como una verdadera conjura Fernando VII venía preparando, envalentonado, seguramente, por la mala fama y el odio que el valido había ido acumulando entre las clases populares y el partido palaciego adverso.
Una vez liberado en 1808, este hombre perseguido y mermado va a disponer todavía de fuerzas para desplegar en la última etapa de su vida una intensa actividad de una trascendencia política que llega todavía a nosotros. Va a ser el principal promotor en la Junta Central de las futuras Cortes de Cádiz que situarían a España en su plena contemporaneidad, va a escribir una de sus obras más fecundas y probablemente la más vibrante: la Memoria en defensa de la Junta Central; además decenas de escritos menores en esos sus cuatro últimos años de vida, entre los cuales las Bases para la formación de un plan general de instrucción pública, la Instrucción a la Junta de Real Hacienda y Legislación y su correspondencia, de manera notoria la que mantuvo con lord Holland. Hoy en día Gaspar Melchor de Jovellanos es un clásico. En el diccionario de la RAE se le menciona repetidamente como argumento de autoridad. Los clásicos son importantes en nuestra vida, no por inclinación inercial alguna a sacralizar el presente desde el pasado, sino porque nos hacen ganar perspectiva. Un clásico es aquel que ha solucionado modélicamente una situación dramática o paradigmática, que tiende a repetirse en las generaciones futuras y del que se puede tomar un punto de referencia para no perderse.

2. Jovellanos como perspectiva: su teoría política

Las palabras de Gaspar Melchor han sufrido el desgaste de dos siglos pero sus ideas, muchas, siguen vigentes. El ilustre asturiano, que tanto quiso e hizo por su patria chica, y que supo, a la vez, ser sevillano en Sevilla, madrileño en Madrid y mallorquín en Mallorca, fue uno de los padres de la moderna nación política española, al ser uno de los principales promotores desde 1808 de la convocatoria de Cortes, que felizmente se constituirían en 1810 y darían su fruto constitucional en 1812. Jovellanos participó en el cambio del Antiguo Régimen al nuevo Estado constitucional, que hizo residir la soberanía en la nación.
Marx dijo de él unas décadas más tarde que era la cabeza generalizadora que tenía España, no sin razón, si ahora tenemos en cuenta que el gijonés vio muy bien la compleja semántica que contenía el concepto de soberanía. En ese sentido, distinguió entre «soberanía» y «supremacía», la primera entendida como «soberanía gubernamental» y la segunda como «soberanía nacional». Teoría, por cierto, que no ha sido debidamente estudiada y reivindicada.
Lo que llamaremos «soberanía gubernamental» recoge el concepto de soberanía como poder indivisible del gobierno que ha de residir en el ejecutivo. Sustraer este poder soberano al ejecutivo significaría convertirlo en un poder débil, lo que es contradictorio con el concepto de poder. Esta soberanía gubernamental sólo está condicionada directamente por las leyes y tiene su límite concreto en las atribuciones del poder legislativo, encargado de poner las condiciones formales de todo gobierno. Si bien, por encima de cualquier poder se halla siempre la Ley, no sólo las leyes positivas que ordenan la convivencia sino la Constitución como ley de calado histórico que contiene los derechos ya conseguidos por todas las generaciones que han participado en el asunto común de todo Estado. De este modo, la «soberanía gubernamental» nos lleva a la «supremacía», que concibe como la original soberanía, independiente y suprema. La «supremacía» tiene el poder de vigilar los límites en los que ha de moverse la «soberanía gubernamental» y es, así, aquella «soberanía nacional» que no puede desaparecer o prescribir, es imprescriptible, dice Jovellanos, y que tiene el poder de limitar o derrocar el ejercicio soberano del poder del gobierno, cuando éste fuere despótico y atentara contra la misma Constitución.
Pero, así como la «soberanía gubernamental» tiene su límite en las leyes y en los derechos imprescriptibles de la nación, la supremacía ¿tiene también sus límites? Siguiendo a Jovellanos, la supremacía y la Constitución vendrían a ser los dos polos de una misma realidad y, por ello, es la Constitución la que pone los límites concretos a los supremos derechos, en cuanto que éstos en su trasfondo histórico pueden estar más indefinidos: una Constitución puede mejorarse y perfeccionarse pero no puede cambiar su naturaleza, no puede destruirse. Las nuevas leyes han de construirse sobre la bondad y legitimidad de las leyes pretéritas y no pueden menguar los derechos legítimos de la nación sino acrecentarlos o al menos mantenerlos; no puede romper los vínculos de la unión social sino mejorarlos. La Constitución puede cambiar en la historia cuanto sea preciso al compás de los mismos cambios de la nación, pero no puede trasmudarse y cambiar su esencia por el influjo de unos pocos, ni siquiera por la prerrogativa de hacer leyes del poder legislativo. Sin olvidar, por otra parte, que las constituciones ilegítimas no serían realmente constituciones.
Vendría a distinguir, así, Jovellanos, entre lo que podríamos denominar una «Constitución nacional histórica», verdadera plataforma de los derechos de la nación, y un desarrollo constitucional («Constitución en ejercicio»), dictada por el poder legislativo, que sólo alcanza la legitimación en cuanto conserva y perfecciona los derechos ya alcanzados, que tienen su depósito en el supremo poder que la nación se reserva. En cualquier presente que sea no se han de construir buenas leyes sobre el vacío, como rechazo de un gobierno despótico anterior, sino contra el déspota y los desmanes despóticos, pero apoyándose en los derechos ya alcanzados de la nación a la que se refieren.
Podríamos aquí reprocharle al ilustrado liberal que no es posible apelar a una nación como si fuera un todo unánime. Veamos.

3. Progreso desde el jovinismo político a los problemas del presente A la luz de estos análisis, cabe progresar desvelando algunos de los problemas que hoy tiene planteados España, en la medida en que consideremos que esta filosofía política jovinista es en algún grado clarificadora.
Para fundamentar un cambio que se precie solemos recurrir a alguna perspectiva que consideramos progresista. A falta de una idea mejor, que quizá alguien llegará a mostrar, a una mente progresista lo que realmente le guía es el esquema de la igualdad, más concretamente ­supuesto que la igualdad no es un rodillo uniforme­ de las igualdades convenientes y necesarias. ¿Bajo qué esquema son más viables las relaciones de igualdad entre los ciudadanos del conjunto nacional?:
¿Ha de considerarse un buen orden interior la tensión continua entre los nacionalismos regionales y la corriente nacional conjunta, si se demostrara que esta tensión no tiende a cerrarse y a buscar un equilibrio sino que tiene su finalidad en la independencia política a corto o a largo plazo, si no directamente mediante un rodeo? ¿Mejora esta tensión las igualdades conquistadas o las disuelven?
¿Con qué modelo lingüístico hemos de estar articulados: 1º) con una lengua común, como idioma vehicular básico y general, compartido en las zonas bilingües con su lengua particular (de uso para los bilingües), o, más bien, 2º) hemos de estar amablemente dispersos en cuatro lenguas nacionales con dos claves lingüísticas jerarquizadas en las zonas bilingües (como lengua preferente la particular y como lengua auxiliar la general)? ¿A dónde va a parar la igualdad si los ciudadanos todos dejan de estar igualados por una misma lengua?
Puede resultar insidioso mezclar ahora a Jovellanos con los problemas de nuestro tiempo, sin embargo es una obligación elemental volver a los orígenes cuando quiere comprenderse el sentido de una ruta incierta para algunos. Es necesario tomar perspectiva desde los que fueron «progenitores» del actual modelo constitucional, que históricamente pasa por las Cortes de Cádiz y por el levantamiento de todas las regiones españolas contra la invasión napoleónica. Hay otros muchos referentes, se dirá, y eso nos llevaría a no poder fundamentar nunca nuestras ideas. Sí, pero ahora lo que apuntamos es el valor de una filosofía política, con rigor histórico, que sólo podrá ser sustituida por otra con mejores perspectivas. Vengan otras teorías, que las habrá, pero no parapetadas en fáciles posicionamientos ideológicos partidistas.
Siguiendo la línea argumental de Jovellanos, y sin pretender dogmatizar, la Constitución pertenece a la nación entera. La Constitución de una nación, lo que una nación haya de ser depende en última instancia de ella misma, de ella toda, de ella entera. El poder legislativo puede legislar mejor, y cambiar la Constitución, pero la Constitución no le pertenece. Mucho menos pertenece al poder ejecutivo. El poder judicial, por su parte, es el árbitro o interprete de los intereses de la nación, pero propiamente tampoco le pertenece a él la Constitución. La Constitución puede cambiarse y remodelarse pero siempre que el conjunto nacional dé su supremo consentimiento, calladamente o expresándose en vivo. Si los gobernantes cumplen su función bien, el pueblo no podrá sino respetar esta legalidad y, desde luego, involucrarse en la política activamente en sus mil estratos y mejorar lo presente.
Pero qué pasa cuando la nación misma no está unida. No tendrá otra salida que hacer política, política legítima para sacar adelante con el tiempo sus ideas hasta hacerlas generales. Pero lo que no podrán algunos, en sus intereses, es proclamar una desvinculación partidista, porque para ello habrán de estar de acuerdo todos los demás. Lo que no podrán algunas regiones, en sus intereses económicos, es buscar la secesión del resto, porque para ello tendrán que estar de acuerdo todas las demás. Se puede ir a más y a mejor conjuntamente, pero no se puede ir a menos y a peor porque a una parte del todo le interese. No es suficiente con que a algunos les dé lo mismo, porque hay muchos otros a los que no les da lo mismo porque ellos sí tienen sentido de Estado, es decir, sí entienden que las relaciones políticas internas e internacionales hay que ejercerlas desde alguna plataforma real; cuanto más potente mejor.
La libertad siempre estará salvaguardada: cada uno, cada grupo que obre como crea mejor. Pero esta libertad no podrá ser esgrimida legítimamente para echar a perder conquistas e igualdades ya logradas. Salvo que esa sociedad esté ya moribunda.
Silverio Sánchez Corredera
El Catoblepas - número 71 - enero 2008


La última lección de Jovellanos

Cuentan que antes de morir, Maquiavelo, que conocía bien El sueño de Escipión, relató a los amigos una versión personal de aquel texto, con distinta moraleja. Así, si en el sueño antiguo, que escribiera Cicerón en pleno derrumbe de la Roma republicana, los grandes hombres que habían fundado y gobernado con acierto Estados gozaban de la eternidad en el sitio más luminoso del universo, en el narrado por el culto y astuto diplomático florentino van al infierno, porque para llevar a cabo las grandes obras que los inmortalizaron habían violado las normas de la moral.
No sabemos con certeza si la historia del sueño de Maquiavelo es verdadera o inventada. Lo que sí sabemos es que retrata bien su filosofía pragmática, que encontraba el infierno más bello e interesante que el paraíso, porque, a su juicio, allí estaban los grandes hombres de la política. Lo que también sabemos es que antes de que César Borgia le asombrara con sus notorias empresas de guerrero y administrador -en ambos casos desdeñoso de todas las leyes divinas y humanas- y de que él escribiera que el buen príncipe ha de tomar ejemplo del «zorro y del león», ha de «aprender a poder no ser bueno», era ya un lugar común afirmar que en política todo vale, actuar como si el camino de la virtud, de la clemencia, de la generosidad y la lealtad sólo condujera al desastre y a la ruina, sólo provocara el escarnio propio y el olvido.
Muchas veces, la historia es una historia universal de la infamia. Y por supuesto, discípulos y seguidores de la escuela de Maquiavelo los ha habido muy notables en todas las épocas. Alfonso VI en sus negociaciones con los intrigantes reyes de taifas, a quienes tan pronto daba protección como asfixiaba con la fiera rutina de la guerra, o Enrique IV de Francia con su «París bien vale una misa» resultaron alumnos aventajados de la misma. Los príncipes alemanes del siglo XVI, apoyándose en las tesis de Lutero para desafiar al soñador de quimeras y emperador Carlos V, no anduvieron nada mal, ni tampoco el joven y febril revolucionario Saint Just, que sostuvo que había que enterrar el gran cadáver de Danton con buenos modales, como sacerdotes, no como asesinos. Talleyrand, el hábil camaleón que vistió todas las casacas, superó casi todas las marcas. Lenin y Stalin no se quedaron atrás. Y Nixon consiguió sin duda una clasificación más que destacada.
Por supuesto, al margen de estas figuras señeras de las doctrinas de Maquiavelo, merodean en todas las épocas y latitudes epígonos más o menos brillantes. Lo que sucede es que este prescindir de la moral requiere también un cierto estilo, cuya ausencia puede convertir a los seguidores del florentino en politicastros de medio pelo, en simples lobos de la conspiración, la mentira y el asesinato, o en lamentables posesos del poder.
Comparemos a los verdugos y funcionarios de Stalin, a los Yezhov y Beria, por ejemplo, con Los demonios de Dostoyevski. En éstos hay, a pesar de todo, una nobleza salvaje; en aquellos sólo ha quedado lo salvaje. El cinismo de los personajes de Dostoyevski no carece de cierto estilo rudo; los otros son demasiados vulgares para ser cínicos, únicamente han mantenido la rudeza. Lo mismo puede decirse de los asesinos etarras y de sus seguidores, de quienes no cabe esperar otro comportamiento que el practicado una y otra vez en nombre del fanatismo y del odio: incendios, amenazas, atentadosŠ
Provincianos discípulos de Maquiavelo son los elásticos dirigentes del PNV, que condenan de palabra la barbarie y la inutilidad de ETA, pero saben que la necesitan para sus fines y actúan en consecuencia. Y así mantienen su rechazo de la Ley de Partidos y de las acciones judiciales sobre ANV; utilizan los votos del lumpen etarra para la aprobación de sus proyectos políticos; lloran la muerte de un miembro de la Guardia Civil y a su vez acusan al Gobierno de encubrir imaginarias torturas realizadas por ésta; y, al mismo tiempo que afirman que los terroristas no deben ser tenidos en cuenta en el debate político, legitiman la permanencia de sus secuaces en el Parlamento vasco y, muy por debajo, llegan a sugerir, cínicamente, que los atentados confirman la urgencia de acuerdos y la justeza del plan propuesto por el lendakari. Si el suicidio de Sócrates puso de manifiesto que, al perseguirle y condenarle, los atenienses desconocían los valores sobre los que habían construido la sociedad, la meditada reacción del PNV ante los dos crímenes recientes de ETA ha revelado, una vez más, que en el mal llamado nacionalismo democrático el sentido cívico y moral es un desierto.
Sí, la sombra de Maquiavelo ha sido y es alargada. Y en la historia parece que siempre ganan los más astutos, los políticos con trucos de abogado que saben matar y seguir sonriendo y adulando. Aquéllos que, a las claras o en los actos que desmienten las palabras, asumen que todo lo maquilla el fin alcanzado, aunque lo deshonren los medios.
Pero sucede también que existen algunos ejemplos de quienes han escogido el camino opuesto y no han perecido por ello. Sucede que hay en la historia hombres de Estado, reyes y emperadores de renombre que no solamente han rechazado los preceptos reunidos por Maquiavelo en El Príncipe sino que se han fijado estrictas normas de moral e intachable conducta para gobernar. No son tan numerosos como los otros, cierto, pero también se les recuerda. El sereno emperador Marco Aurelio, que se aconseja a sí mismo «sé justo, compasivo, ecuánime», podría ser un ejemplo. Otro el segundo califa de al Andalus, al-Hakam, que en una carta testamentaria a su hijo Hisham escribió: «No hagas la guerra sin necesidad. Mantén la paz, por tu bienestar y el de tu pueblo. Nunca saques la espada salvo contra los que cometen injusticias. No te dejes deslumbrar por la vanidad: que tu justicia sea siempre como un lago en calma».
Lo que ahora podría sorprender a quienes, en pleno centenario del dos de mayo, siguen la moda melancólica de alabanza del afrancesado, es que a estos dos ilustres personajes de la historia universal podría sumarse, sin ningún rubor, el nombre de un ilustrado español del siglo XVIII que durante la ocupación napoleónica se puso del lado de la resistencia patriótica. Hablo de Jovellanos, cuya carta a los afrancesados O´Farril y Mazarredo, escrita días antes de la batalla de Bailén, resume a la perfección la conducta de un hombre que supo ignorar el fácil camino de la laxitud moral en un momento de graves e insomnes resoluciones políticas: «La nación -escribía Jovellanos- se ha declarado generalmente y se ha declarado con una energía igual al horror que concibió al verse tan cruelmente engañada y escarnecidaŠ Esto tienen que reflexionar ustedes y todos los que en tiempos tan desdichados tienen la desgracia de mandar».
Jovellanos fue uno de los pocos ilustrados de su generación que se resistió a los cantos de sirena de José Bonaparte, uno de los pocos personajes del siglo XVIII que fue siempre fiel a sí mismo y al escrúpulo voraz de su conciencia. Por eso escribiría, poco más tarde, a su amigo, el afrancesado Cabarrús, que los españoles no luchaban por los Borbones ni por Fernando, sino que combatían por su libertad, «que es la hipoteca de tantos y tan sagrados derechos».
La grandeza de estas palabras está hoy en proporción directa al exceso de retórica de muchos políticos, que se enorgullecen de unas virtudes que desconocen en la práctica. No se trata, por supuesto, de que deban quemarse las alas siguiendo el vuelo de Marco Aurelio, pero sí, al menos, de que no siempre nos dejen en el alma esa tristeza sin remedio, esa desolada vergüenza irreparable que tan a menudo nos producen con sus mascaradas y dobles fondos. Se trata, por lo menos, de que no rindan honor al consejo.
Fernando García de Cortázar




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