Meléndez Valdés






ANACREÓNTICAS

- III - A una fuente

  ¡Oh, cómo en tus cristales,
fuentecilla risueña,
mi espíritu se goza,
mis ojos se embelesan!
Tú de corriente pura,
tú de inexhausta vena,
transparente te lanzas
de entre esa ruda peña,
   do a tus ninfas fugaces
salida hallando estrecha,
murmullante te afanas
en romper sus cadenas,
    y bullendo y saltando,
las menudas arenas
afanosa divides
que tus pasos enfrenan,
    hasta que los hervores
reposada sosiegas
en el verde remanso
que te labras tú mesma.
   Allí aun más cristalina
a un espejo semejas
do se miran las flores
que galanas te cercan.
   Con su plácida sombra
tu frescura conserva
el nogal que pomposo
de tu humor se alimenta,
    y en sus móviles hojas
el susurro remeda
de tus ondas volubles
que al bajar se atropellan.
   En ti las avecillas
su sed árida templan,


sus plumas humedecen,
jugando se recrean.
   Cuando abrasado sirio
aflige más la tierra
y el mediodía ardiente
su faz al mundo ostenta,
   en ti grata frescura
y amable sueño encuentra
el laso caminante,
que tu raudal anhela.
   Su benigna corriente
el seno refrigera,
la salud fortifica,
repara las dolencias.
   En las almas alegres
el júbilo acrecienta,
y al que llora angustiado
le adormece las penas.
    ¡Oh!, nunca, fuente clara
nunca menguados veas
los copiosos cristales
que tus márgenes llenan.
   Nunca turbios la planta
del ganado los vuelva,
ni el pintado lagarto,
ni la ondosa culebra.
   Nunca próvida ceses
en los giros y vueltas
con que mansa discurres
fecundando la vega,
   mas alegre acompañes
murmurando parlera
de mi lira los trinos,
de mi labio las letras.



- V - De la primavera

La blanda primavera
derramando aparece
sus tesoros y galas
por prados y vergeles.
    Despejado ya el cielo
de nubes inclementes,
con luz cándida y pura
ríe a la tierra alegre.
   El alba de azucenas
y de rosa las sienes
se presenta ceñidas,
sin que el cierzo las hiele.
    De esplendores más rico
descuella por oriente
en triunfo el sol, y a darle
la vida al mundo vuelve.
    Medrosos de sus rayos
los vientos enmudecen,
y el vago cefirillo
bullendo les sucede,
   el céfiro, de aromas
empapado, que mueven
en la nariz y el seno
mil llamas y deleites.
   Con su aliento en la sierra
derretidas las nieves,
en sonoros arroyos
salpicando descienden.
    De hoja el árbol se viste,
las laderas de verde,
y en las vegas de flores
ves un rico tapete.
    Revolantes las aves
por el aura enloquecen,
regalando el oído
con sus dulces motetes.
   Y en los tiros sabrosos
con que el ciego las hiere,
suspirando delicias,
por el bosque se pierden,
    mientras que en la pradera,
dóciles a sus leyes,
pastores y zagalas
festivas danzas tejen,
   y los tiernos cantares
y requiebros ardientes
y miradas y juegos
más y más los encienden.
    Y nosotros, amigos,
cuando todos los seres
de tan rígido invierno
desquitarse parecen,
    ¿en silencio y en ocio
dejaremos perderse
estos días que el tiempo
liberal nos concede?
   Una vez que en sus alas
el fugaz se los lleve,
¿podrá nadie arrancarlos
de la nada en que mueren?
   Un instante, una sombra
que al mirar desaparece,
nuestra mísera vida
para el júbilo tiene.
    Ea, pues, a las copas,
y en un grato banquete
celebremos la vuelta
del abril floreciente.



A la Aurora

Salud, riente Aurora,
que entre arreboles vienes
a abrir a un nuevo día
las puertas del oriente,
   librando de las sombras
con tu presencia alegre
al mundo, que en sus grillos
la ciega noche tiene;
   salud, hija gloriosa
del rubio sol, perenne
venero a los mortales
de alivios y placeres.
   Tú de eternales rosas
ceñida vas las sienes,
mientras tu fresco seno
flores y perlas llueve;
   tú, de brillantes ojos;
tú, de serena frente,
y en cuya boca manan
risas y aromas siempre.
   Cuando la hermosa lumbre
de Venus desfallece,
de ópalo, nácar y oro
velada le sucedes;
   y el pabellón alzando
en que su faz envuelve
tu padre el sol, sus huellas,
nuncia feliz, precedes.
   Tu manto purpurado,
flotando al viento leve
de las eoas plagas,
del cielo se desprende,
    hinche el espacio inmenso,
y de su grana y nieve
las bóvedas eternas
matiza y esclarece,
   en cuanto alegre cruzas
por sendas de claveles,
desde su excelsa cumbre
al cárdeno occidente.
   El sol que en pos te sigue
tus vivos rosicleres
inflama, y retemblando
por verlos se detiene
   hasta que entre sus llamas
tú misma al fin te pierdes
y en su torrente inmenso
envuelta desapareces;



   si no es que tan penada
de tu Titón te sientes,
que por sus brazos dejas
ya la mansión celeste.
   Los céfiros fugaces,
que en un letargo muelle
las flores en su seno
rendidos guardar quieren,
   con tu calor se animan,
las prestas alas tienden
y en delicioso juego
las liban y las mecen,
    de do a las aves corren
que aún en sus nidos duermen,
con su vivaz susurro
pugnando que despierten
   a darte, oh bella Aurora,
los dulces parabienes
y henchir con su alborada
las auras de deleite.
   Tú, en tanto más graciosa,
en luz y en rayos creces,
que en transparentes hilos
cruzando al viento penden.
   Las cristalinas aguas
cual vivas flechas hieren
y hacen de bosque y prados
más animado el verde,
   a par que sus cogollos
alzan las ricas mieses
y abriéndose las flores
sus ámbares te ofrecen,
    que a la nariz y al seno
y al labio que los bebe
de su fragancia inundan
y a mil delicias mueven.
   Y todo bulle y vive
y en regocijo hierve
rayando tú, que al mundo
la ansiada luz le vuelves.
   Haz, ¡ay!, purpúrea diosa,
que como en faz riente
un día fausto y puro
benigna nos prometes,
    así en mi blando seno,
sin ansias que lo aquejen
la paz y la inocencia
por siempre unidas reinen.



- X - De las riquezas

Ya de mis verdes años
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.
   Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
   y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.
   Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?
   Si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,
   buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.



- XV - De mis niñeces

Siendo yo niño tierno,
con la niña Dorila
me andaba por la selva
cogiendo florecillas,
   de que alegres guirnaldas,
con gracia peregrina
para ambos coronarnos,
su mano disponía.
   Así en niñeces tales
de juegos y delicias
pasábamos felices
las horas y los días.
   Con ellos poco a poco
la edad corrió de prisa,
y fue de la inocencia
saltando la malicia.
   Yo no sé; mas, al verme
Dorila se reía,
y a mí de sólo hablarla
también me daba risa.
   Luego al darle las flores
el pecho me latía,
y al ella coronarme
quedábase embebida.
   Una tarde tras esto
vimos dos tortolitas
que con trémulos picos
se halagaban amigas,
   y de gozo y deleite,
cola y alas caídas,
centellantes sus ojos,
desmayadas gemían.
   Alentonos su ejemplo,
y entre honestas caricias
nos contamos turbados
nuestras dulces fatigas;
   y en un punto, cual sombra
voló de nuestra vista
la niñez, mas en torno
nos dio el Amor sus dichas.



- XIX - El espejo

Toma el luciente espejo,
y en su veraz esfera
ve, Dorila, el encanto
de tu sin par belleza:
   la alba frente en contraste
con las hermosas cejas,
que en arco prolongadas
dos iris asemejan;
   la gracia de tus ojos,
en cuya ardiente hoguera,
flechando sus arpones,
Amor su trono asienta;
   su majestad afable
y esa languidez tierna
de su mirar, o cuando
rïentes centellean;
   tu boca y tus mejillas,
do esparce primavera
sus rosas y claveles,
derrama sus esencias;
   ese tu enhiesto cuello,
el seno, las dos pellas
que en él de firme nieve
elásticas se elevan
   y ondulando süaves
cuando plácida alientas,
animarse parecen
y su cárcel desdeñan.
   Ve el aire de tu talle,
la gracia y gentileza
con que flexible torna,
derecho se sustenta;
   tus perfecciones goza,
y cariñosa al verlas
mis lágrimas disculpa,
mis esperanzas premia.
   ¡Ay!, tú al espejo puedes
pararte, y en su escuela,



de las Gracias guiada,
formarte muy más bella,
   de cien vistosas flores
ornar tus blondas trenzas,
relevar con sus rizos
la frente de azucena,
   gobernar de tus ojos
las miradas arteras,
y fijar de sus niñas
la inocente licencia,
   adiestrar en su juego
la boca pequeñuela,
la sonrisa en sus labios
hacer más halagüeña,
   más donosos los quiebros
de tu linda cabeza,
tu andar, aun más picante,
tu talla, más esbelta.
   Yo, ¡triste!, contemplarlo
no puedo sin que sienta
doblarse mis pesares,
más grave mi tristeza.
   Ayer en él buscaba
tu imagen, y en vez de ella
vi abatido mi rostro,
mis ojos sin viveza,
   áridas las mejillas,
mi boca sin aquella
de risas y donaires
festiva competencia;
   doquier, en fin, marcadas
mil dolorosas huellas
de tu rigor injusto,
de mi infeliz terneza.
   Así tú, en el espejo,
consultándolo encuentras
a Venus y sus Gracias;
yo, un retrato de penas.



- XXIV - Del vino y el amor

   Con una dulce copa
despierta mi cariño
si de amor en los fuegos
Dorila me ve tibio.
   Y si yo desdeñosa
o cobarde la miro,
al punto sus temores
adormezco entre vino,
   cuyo ardor delicioso
por los dos difundido,
a Dorila más tierna,
y a mí vuelve más fino.
   Y en sabrosos debates,
entre risas y mimos,
todo es brindis alegres,
todo blandos suspiros.
   Sabed, pues, amadores,
que Lïeo y Cupido
hermanados se prestan
sus llamas y delirios,
   porque el Málaga dome,
tras el ruego benigno,
a la bella que indócil
se esquivare de oíros.
Del caer de las hojas
   ¡Oh, cuál con estas hojas
que en sosegado vuelo
de los árboles giran,
circulando en el viento,
   mil imágenes tristes
hierven ora en mi pecho,
que anublan su alegría
y apagan mis deseos!
   Símbolo fugitivo
del mundanal contento,
que si fósforo brilla,
muere en humo deshecho,
   no hace nada que el bosque
florecidas cubriendo,
la vista embelesaban
con su animado juego,
   cuando entre ellas vagando


el cefirillo inquieto,
sus móviles cogollos
colmó de alegres besos.
   Las dulces avecillas
ocultas en su seno
el ánimo hechizaron
con sus sonoros quiebros;
   y entre lascivos píos,
llagadas ya del fuego
del blando amor, bullían
de aquí y de allá corriendo,
   los más despiertos ojos
su júbilo y el fresco
de las sombras amigas
solicitando al sueño.
   Pero el Can abrasado
vino en alas del tiempo,
y a su fresca verdura
mancilló el lucimiento.
   Sucediole el otoño,
tras de él, árido, el cierzo
con su lánguida vida
acabó en un momento;
   y en lugar de sus galas
y del susurro tierno
que al más leve soplillo
vagas antes hicieron,
   hoy muertas y ateridas
ni aun de alfombrar el suelo
ya valen, y la planta
las huella con desprecio.
   Así, sombra, mis años
pasarán, y con ellos
cual las hojas fugaces
volará mi cabello;
   mi faz de ásperas rugas
surcará el crudo invierno,
de flaqueza mis pasos,
de dolores mi cuerpo;
   y apagado a los gustos,
miraré como un puerto
de salud en mis males
de la tumba el silencio.



A Jovino, el melancólico

- II -
   Cuando la sombra fúnebre y el luto
de la lóbrega noche el mundo envuelven
en silencio y horror, cuando en tranquilo
reposo los mortales las delicias
gustan de un blando saludable sueño,
tu amigo solo, en lágrimas bañado,
vela, Jovino, y al dudoso brillo
de una cansada luz, en tristes ayes
contigo alivia su dolor profundo.
   ¡Ah, cuán distinto en los fugaces días
de sus venturas y soñada gloria
con grata voz tu oído regalaba!,
cuando ufano y alegre, seducido
de crédula esperanza al fausto soplo,
sus ansias, sus delicias, sus deseos
depositaba en tu amistad paciente,
burlando sus avisos saludables.
Huyeron prestos como frágil sombra,
huyeron estos días; y al abismo
de la desdicha el mísero ha bajado.
   Tú me juzgas feliz... ¡Oh, si pudieras
ver de mi pecho la profunda llaga
que va sangre vertiendo noche y día!
¡Oh, si del vivo, del letal veneno
que en silencio le abrasa, los horrores,
la fuerza conocieses! ¡Ay, Jovino!,
¡ay, amigo!, ¡ay de mí! Tú solo a un triste,
leal, confidente en su miseria extrema,
eres salud y suspirado puerto.
En tu fiel seno, de bondad dechado,
mis infelices lágrimas se vierten,
y mis querellas sin temor; piadoso
las oye, y mezcla con mi llanto el tuyo.
Ten lástima de mí; tú solo existes,
tú solo para mí en el universo.
Doquiera vuelvo los nublados ojos,
nada miro, nada hallo que me cause
sino agudo dolor o tedio amargo.
Naturaleza, en su hermosura varia,
parece que a mi vista en luto triste
se envuelve umbría, y que, sus leyes rotas,
todo se precipita al caos antiguo.
   Sí, amigo, sí: mi espíritu insensible,
del vivaz gozo a la impresión süave,
todo lo anubla en su tristeza oscura,
materia en todo a más dolor hallando,
y a este fastidio universal que encuentra
en todo el corazón perenne causa.
La rubia aurora entre rosadas nubes
plácida asoma su risueña frente
llamando al día; y desvelado, me oye
su luz molesta maldecir los trinos
con que las dulces aves la alborean,
turbando mis lamentos importunos.
El sol, velando en centellantes fuegos
su inaccesible majestad, preside
cual rey al universo, esclarecido
de un mar de luz que de su trono corre.
Yo, empero, huyendo de él, sin cesar llamo
la negra noche, y a sus brillos cierro
mis lagrimosos fatigados ojos.
La noche melancólica al fin llega,
tanto anhelada: a lloro más ardiente,
a más gemidos su quietud me irrita.
Busco angustiado el sueño; de mí huye
despavorido; y en vigilia odiosa
me ve desfallecer un nuevo día,
por él clamando detestar la noche.
   Así tu amigo vive; en dolor tanto,
Jovino, el infelice, de ti lejos,
lejos de todo bien, sumido yace.
¡Ay!, ¿dónde alivio encontraré a mis penas?
¿Quién pondrá fin a mis extremas ansias,
o me dará que en el sepulcro goce
de un reposo y olvido sempiternos...?
Todo, todo me deja y abandona.
La muerte imploro, y a mi voz la muerte
cierra dura el oído; la paz llamo,
la suspirada paz que ponga al menos


alguna leve tregua a las fatigas
en que el llagado corazón guerrea;
con fervorosa voz en ruego humilde
alzo al cielo las manos: sordo se hace
el cielo a mi clamor; la paz que busco
es guerra y turbación al pecho mío.
   Así huyendo de todos, sin destino,
perdido, extraviado, con pie incierto,
sin seso corro estos medrosos valles,
ciego, insensible a las bellezas que ora
al ánimo doquiera reflexivo
natura ofrece en su estación más rica.
Un tiempo fue que de entusiasmo lleno
yo las pude admirar, y en dulces cantos
de gratitud holgaba celebrarlas
entre éxtasis de gozo el labio mío.
¡Oh, cómo entonces las opimas mieses,
que de dorada arista defendidas,
en su llena sazón ceden al golpe
del abrasado segador!, ¡oh, cómo
la ronca voz, los cánticos sencillos
con que su afán el labrador engaña,
entre sudor y polvo revolviendo
el rico grano en las tendidas eras,
mi espíritu inundaran de alegría!
Los recamados centellantes rayos
de la fresca mañana, los tesoros
de llama inmensos que en su trono ostenta
majestuoso el sol, de la tranquila
nevada luna el silencioso paso,
tanta luz como esmalta el velo hermoso
con que en sombras la noche envuelve el mundo,
melancólicas sombras, jamás fueran
vistas de mí sin bendecir humilde
la mano liberal que omnipotente
de sí tan rica muestra hacernos sabe.
Jamás lo fueran sin sentir batiendo
mi corazón en celestial zozobra.
   Tú lo has visto, Jovino: en mi entusiasmo
perdido, dulcemente fugitivas
volárseme las horas... Todo, todo
se trocó a un infeliz: mi triste musa
no sabe ya sino lanzar suspiros,
ni saben ya sino llorar mis ojos,
ni más que padecer mi tierno pecho.
En él su hórrido trono alzó la oscura
melancolía, y su mansión hicieran
las penas veladoras, los gemidos,
la agonía, el pesar, la queja amarga,
y cuanto monstruo en su delirio infausto
la azorada razón abortar puede.
   ¡Ay!, ¡si me vieses elevado y triste,
inundando mis lágrimas el suelo,
en él los ojos, como fría estatua
inmóvil y en mis penas embargado,
de abandono y dolor imagen muda!
¡Ay!, ¡si me vieses, ay, en las tinieblas
con fugaz planta discurrir perdido,
bañado en sudor frío, de mí propio
huyendo, y de fantasmas mil cercado!
   ¡Ay!, ¡si pudieses ver..., el devaneo
de mi ciega razón, tantos combates,
tanto caer y levantarme tanto,
temer, dudar, y de mi vil flaqueza
indignarme afrentado, en vivas llamas
ardiendo el corazón al tiempo mismo!,
¡hacer al cielo mil fervientes votos
y al punto traspasarlos..., el deseo...,
la pasión, la razón ya vencedoras...,
ya vencidas huir...! Ven, dulce amigo,
consolador y amparo, ven y alienta
a este infeliz, que tu favor implora.
Extiende a mí la compasiva mano,
y tu alto imperio a domeñar me enseñe
la rebelde razón; en mis austeros
deberes me asegura en la escabrosa
difícil senda que temblando sigo.
La virtud celestial y la inocencia
llorando huyeran de mi pecho triste,
y en pos de ellas la paz; tú conciliarme
con ellas puedes, y salvarme puedes.
No tardes, ven; y poderoso templa
tan insano furor; ampara, ampara
a un desdichado que al abismo que huye
se ve arrastrar por invencible impulso,
y abrasado en angustias criminales,
su corazón por la virtud suspira.




- XXVII - De las ciencias

Apliqueme a las ciencias,
creyendo en sus verdades
hallar fácil alivio
para todos mis males.
   ¡Oh, qué engaño tan necio!,
¡oh, cuán caro me sale!
A mis versos me torno
y a mis juegos y bailes.
   Por cierto que la vida
tiene pocos afanes
para darle otros nuevos
y añadirle pesares.
   Aténgome a mi Baco,
que es risueño y afable;
pues los sabios, Dorila,
ser felices no saben.
   ¿Qué me importa que fijo
cual un bello diamante
esté el sol en el cielo,
como él nazca a alumbrarme?
   La luna está poblada...
Mas que tenga millares
de vivientes, pues que ellos
ningún daño me hacen.
   Quita allá las historias.
Que del Danubio al Ganges
furioso sus banderas
el Macedón llevase,
   ¿qué nos hará, Dorila,
si por mucho que pasten
sobra a nuestras corderas
la mitad de este valle?
   Pues si no a la justicia...
Venga un sorbo al instante,
que en nombrando esta diosa
me estremezco cobarde.
   Los que estudian padecen
mil molestias y achaques,
desvelados y tristes,
silenciosos y graves.
   ¿Y qué sacan? Mil dudas;
y de éstas luego nacen
otros nuevos desvelos,
que otras dudas les traen.
   Así pasan la vida
- ¡vida cierto envidiable! -
en disputas y en odios,
sin jamás concertarse.
   Dame vino, zagala;
que como él no me falte
no hayas miedo que cesen
mis alegres cantares.



- XXXI - A las abejas

   Solícitas abejas,
no en los tendidos valles
mas revoléis inquietas
por vuestra miel süave.
   No apuréis de la rosa,
cuando el rubio sol nace,
las perlas de que el alba
llenó su tierno cáliz,
   ni su albor puro sienta
la azucena fragante
por vosotras ajado,
si buscáis azahares;
   y el clavel oloroso
para las bellas guarde
su pompa, y con la nieve
de sus pechos contraste.
   Mas los labios floridos
asaltad susurrantes
de mi amada, y el néctar
que destilan robadle.
   Allí nardo y aromas
y dulzor inefable
y líquido rocío
hallaréis abundante.
   Pero dad a los míos
del feliz robo parte
sin que a herirlos se atreva
vuestro dardo punzante;
   que es su boca divina
venero inagotable
de miel süave y pura,
de gracias celestiales.



- LIV - El canto de la alondra

   ¿Dónde estás, avecilla,
que por más que en buscarte
mis ojos por el viento
solícitos se afanen,
   dar contigo no pueden
cuando tú te deshaces
en llenarlo armoniosa
de tus píos süaves?
   ¿Dónde estás?
¿Cómo el vuelo
tanto, alondra, encumbraste,
que la vista más lince
desfallece en tu alcance?
   Y tú el canto redoblas,
y en más llenos compases
ensordeces la esfera
y enmudeces las aves.
   Tu voz sola se escucha,
que en trinos penetrantes
desciende de do el alba
las puertas al sol abre,
   su alegre mensajera
con música incesante
del sueño en que se olvidan
llamando a los mortales
   a que gocen y admiren
la pompa con que nace,
y empieza entre arreboles
su trono de oro a alzarse.
   Yo a todos me anticipo,
y en este umbroso valle,
durmiendo aún tú, ya miro
si rayan sus celajes,
   que nunca el dios del sueño
visita favorable
los pechos que suspiran
en duelos y pesares.
   Tú cantas, avecilla,
y en quiebros agradables
del júbilo en que hierves
pareces darnos parte.
   Al nuevo día aguardas
sin miedo de emplearle
ni en cargos que te abrumen,
ni en necios que te enfaden,
   siguiendo en tus gorjeos
y trinos celestiales
hasta que el sol en brazos
se apaga de la tarde.
   Y siempre exenta y libre,
doquiera que te place
discurres vagarosa
con ala revolante:
   ya plácida te meces,
ya rápida te abates,
ya recta te sublimas,


doblando tus cantares.
   La vista que te sigue
no alcanza ya a mirarte,
o un punto te divisa
inmóvil en los aires.
   ¡Dichosa tú, a quien cupo
tan libre ser, y sabes
sin velas ni zozobras
pacífica gozarle!
   Yo, atado a un triste cargo
cual siervo en dura cárcel,
no alcanzo de este suelo
ni un punto a separarme.
   Tus alas, tu soltura,
tu independencia dame;
yo iré donde a mi suerte
jamás tu suerte iguale.
   Tú cantas y te gozas;
yo, envuelto en ansias graves,
mis cantos en suspiros
vi súbito tornarse.
   Tú a la alma primavera,
que el manto ya flotante
despliega y colma el mundo
de júbilo inefable,
   canora te anticipas,
sintiendo ya inundarse
tu seno en las delicias
de amor, esposa y madre.
   Mientras yo sólo en ella
de mi existencia frágil
la débil llama tiemblo
ir súbito a apagarse,
   apenas mal seguro
del golpe inexorable
que amaga de mis días
el delicado estambre,
   del fúnebre Aqueronte
tocando ya la margen,
do las pálidas sombras
se espesan a millares
   y al viejo triste ruegan
que en su batel las pase
allá do en uno iremos
pequeñuelos y grandes,
   y do ni por tesoros,
ni por ínclita sangre,
ni omnipotente cetro
jamás se huyera nadie,
   sin que tus dulces trinos,
alondra amada, basten
a desprender mi mente
de esta ominosa imagen.
   Ufana tus venturas,
celebra, oh feliz ave,
que a mí no es dado, ¡ay, triste!,
sino llorar mis males.



ODAS

- IV - Mi embeleso

   Repite, Galatea,
repite la cantata
en que el feliz delirio
de tu pasión declaras,
   y los trinos ardientes
con que juras que me amas
o los flébiles ayes
que ocultándolo exhalas,
   aumentando tus ojos
y halagüeñas miradas
el sublime embeleso
de tu dulce garganta.
   Que sus vivas centellas
me penetren el alma;
o en el cielo enclavados,
con tu hechicera gracia
   a una virgen semeja
que a sus mansiones claras
entre ahincados suspiros
extática se lanza.
   Que tu rostro se anime
con la inefable gracia
del pudor y el deseo,
que alternados te inflaman;
   y cediendo al impulso
que a gozar te arrebata,
por pintarme más vivos
tu cariño y tus ansias,
   a mí un tanto te inclina,
cual si ciega anhelaras
redoblar las delicias
en que ya me embriagas.
   Nada, en fin, Galatea,
nada olvides que valga
para hacer de tu canto
más completa la magia.
   En mí, que embebecido
te contemplo, no hay nada
que el imperio no sienta
de tu voz soberana.
   En ti sola el oído,
las pasiones en calma,
libertad y alma y vida
de tu lengua colgadas,
   mi sangre se enardece;
trémulas mis palabras,
en una espesa nube
los ojos se me apagan;
   y frenético el pecho,
mientras más lo regalas
con tus trinos süaves,
más y más te idolatra.



- VIII - El jilguero

   Encantada mi Erato
de mirar cómo ceden
a sus dedos fugaces
las teclas obedientes,
   preludiaba en el piano
mil graciosos juguetes,
sin que el labio canoro
sus compases siguiese.
   Pero el lindo jilguero
que entre doradas redes
su cuidado y delicia
plácido a un lado pende,
   herido de los sones
se sacude y conmueve,
presta atento el oído
y vivaz enloquece,
   súbito desatando
su piquito, que alegre
las tocatas y juegos
muy más dulces nos vuelve,
   redoblando donoso
con su voz elocuente
cuantos trinos y fugas
en la música advierte.
   Galatea gozosa,
para más encenderle,
entre risas y mimos
nuevos tonos le ofrece;
   y el colorín ufano
los escucha y aprende,
y con glosas más bellas
nuestro oído embebece
   sin cesar en los quiebros
ni apurar sus motetes,
que varía triunfante,
y a sí mismo se excede;
   hasta que por seguirle
dio muy bien de repente
de su acento a las auras
la armonía celeste,
   que colmando mi pecho
del más puro deleite,
impresión tan profunda
causó en él y tan fuerte
   que ya no fue posible
ni que el pico despliegue,
ni una sola piada
provocado volviese,
   y abatido y cobarde,
pero atónito, atiende
si la letra repite,
si otra nueva previene.
   ¿Y qué fue? Que la envidia
le tomó, aunque inocente,
de que en música y trinos
su señora le vence;
   o gritole el respeto:
"Temerario, ¿qué quieres?
Con la diosa del canto
confundido enmudece".



- XII - La guirnalda

   Mientras tú regalabas,
Galatea, mi oído
en tu armónico piano
con tus célicos trinos,
   yo las flores más lindas
robé a este canastillo
que el Amor a mi mano
presentara benigno;
   y casando con arte
sus colores más finos,
ve la hermosa guirnalda
que feliz he tejido.
   Mira el jazmín cuál hace
los matices más vivos
del alhelí, y la rosa
cómo luce entre lirios.
   Sale el verde en los tallos,
relevando sombrío
ya la anémona bella,
ya el clavel purpurino;
   y entrelazada y rica
de un amoroso mirto,
de Citeres y Flora
une a par los dominios.
   Mas si al gusto no alcanza
ni al primor exquisito
que atesoran tus manos
y en tus obras admiro,
   a lo menos es muestra
del más tierno cariño
que abrigó amante pecho,
y por tal te la rindo.
   Deja, pues, que realce
su galano atavío
de tu frente la nieve,
de tus trenzas el brillo.
   Deja, deja que el labio,
cuando de ella las ciño
y al compás de tu acento,
te repita sencillo:
   "A la diosa del canto,
cuyo canoro hechizo,
si allá dulce sonara,
conmoviera el Olimpo,
   en señal reverente
del éxtasis divino
en que oyéndola caigo,
humilde la dedico".



LETRILLAS

- II - A unos lindos ojos

       Tus lindos ojuelos
       me matan de amor
.
   Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren,
culpando mi ardor,
       tus lindos ojuelos
       me matan de amor.

   Si al fanal del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,
y en su halago fía
mi crédulo error,
       tus lindos ojuelos
       me matan de amor.

   Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.
Negándome fieros
su dulce favor,
       tus lindos ojuelos
       me matan de amor
.
   Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;
yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
       "¡Tus lindos ojuelos
       me matan de amor!"

   Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,
cantando demente
yo al ver su fulgor:
       "¡Tus lindos ojuelos
       me matan de amor!"

   Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay!, tórnalos luego,
no con más rigor
       tus lindos ojuelos
       me matan de amor
.



- VI - La flor del Zurguén

   Parad, airecillos,
y el ala encoged,
que en plácido sueño
reposa mi bien.
   Parad y de rosas
tejedme un dosel
do del sol se guarde
       la flor del Zurguén.
   Parad, airecillos,
parad y veréis
a aquella que ciego
de amor os canté,
   a aquella que aflige
mi pecho cruel,
la gloria del Tormes,
       la flor del Zurguén.
   Sus ojos, luceros;
su boca, un clavel;
rosa, las mejillas;
y atónitos ved
   do artero Amor sabe
mil almas prender,
si al viento las tiende
       la flor del Zurguén.
   Volad a los valles,
veloces traed
la esencia más pura
que sus flores den.
   Veréis, cefirillos,
con cuánto placer
respira su aroma
       la flor del Zurguén.
   Soplad ese velo,
sopladlo, y veré
cuál late y se agita
su seno con él,
   el seno turgente
do tanta esquivez
abriga en mi daño
       la flor del Zurguén.
   ¡Ay, cándido seno!,
¡quién sola una vez
dolido te hallase
de su padecer!
   Mas, ¡oh, cuán en vano
mi súplica es!,
que es cruda cual bella
       la flor del Zurguén.
   La ruego, y mis ansias
altiva no cree;
suspiro, y desdeña
mi voz atender.
   Decidme, airecillos,
decidme: ¿Qué haré
para que me escuche
       la flor del Zurguén?
   Vosotros felices
con vuelo cortés
llegad y besadle
por mí el albo pie.
   Llegad y al oído
decidle mi fe,
quizá os oiga afable
       la flor del Zurguén.
   Con blando susurro
llegad sin temer,
pues Leda reposa
su altivo desdén.
   Llegad y piadosos
de un triste os doled,
así os dé su seno
       la flor del Zurguén.



ROMANCES

- IX - La mañana de San Juan

   Mañanita de San Juan
por el prado de la aldea
a celebrarla se salen
pastores y zagalejas.
   Bailándolas ellos vienen
con mil mudanzas y vueltas,
y cantando mil tonadas
del dulce amor vienen ellas.
   Unos el suyo encarecen
en bien sentidas ternezas,
y otros con agudas chanzas
bulliciosos las alegran.
   Los que son más entendidos,
cortesanos les presentan
la mano para apoyarse
con delicada fineza.
   No hay corazón que esté triste
ni voluntad que esté exenta:
todo es amores el valle,
los zagales, todo fiesta.
   Cuál saltando se adelanta,
cuál burlando atrás se queda,
y cuál en medio de todas
repica la pandereta.
   El crótalo y tamborino
con la alegre flauta alternan,
y el regocijo y las vivas
suben hasta las estrellas.
   Unos de trébol y flores
y misteriosa verbena
sus cándidas sienes ciñen,
matizan sus rubias trenzas;
   otros por detrás sus ojos
con un lienzo arteros vendan,
y del juego alegres ríen
si con el engaño aciertan;
   y otros, de menuda juncia
tejiendo blandas cadenas,
hacen como que las prenden
y en sus lazos más se enredan.
   Aquél deshojando rosas
en el seno se las echa,
y aquél en el suyo guarda
las que a su nariz acercan.
   Cuáles alzando los ramos
en triunfo de amor las llevan,


y cuáles porque los pisen
de ellos el camino siembran.
   Así llegan a la fuente
que el gran álamo hermosea
con su pomposo ramaje,
do en alegre paz se asientan.
   El gusto y júbilo crecen;
la risa y el placer vuelan
de boca en boca, y más vivos
canto y danzas se renuevan.
   La Aurora, de su albo seno
rosas derramando y perlas,
cede el cielo al sol que asoma
y se para y las contempla;
   y en medio su trono de oro
por las lucientes esferas
ostentando de sus llamas
la inagotable riqueza,
   este día más hermoso
parece que da a la tierra
más rica luz, y a las flores
alegría y vida nueva.
   Con la fiesta y el bullicio
las avecillas despiertan,
pueblan y animan los aires,
y la nueva luz celebran.
   Todo, en fin, se goza y ríe:
fuentes, árboles, praderas,
selváticos brutos, hombres,
el júbilo en todos reina.
   Libre en tanto el Amor vaga,
nadie sus tiros recela.
El campo, el día, la hora,
toda la ilusión aumenta.
   Todo encanta los sentidos:
por una llanada inmensa
vaga la vista; las aves
con sus trinos embelesan;
   entre el grato cefirillo
el labio aromas alienta,
el tacto en delicias nada,
y el pecho inflamado anhela,
   gratamente así corriendo
por las agitadas venas
del placer la suave llama,
que a todos arrastra y ciega.


La ocasión brinda al deseo,
las miradas son más tiernas,
los requiebros más ardientes,
más picante la agudeza.
   Nadie desairado llora,
ni enojar amando tiembla;
el baile mismo autoriza
mil cariñosas licencias.
   Quién rendido se declara,
quién tierno la mano premia
de su amada, y quién le roba
un beso al dar una vuelta,
   beso de que no se ofende
la zagala más severa,
pues fueran culpa este día
el rigor o la tibieza.
   Todos arden y suspiran,
todo se aplaude y festeja;
la timidez es osada,
menos cauta la modestia.
   Y entre tantos regocijos,
un pastor a quien las nuevas
de su dulce bien faltaban
cantó angustiado esta letra:
    Ya no hay, zagales, amor,
que lo acabara el olvido.
Nada de Fili he sabido
y tiemblo su disfavor;
ausente estoy, fui querido:
¡Ved si es justo mi dolor!

   También yo un tiempo dichoso
cual ora os gozáis me vi,
y en mi embeleso amoroso
alegre canté y reí
a par de mi dueño hermoso.
   Después que dejé su lado
perdí la dicha y el gusto;
y hoy con más grave cuidado,
al ver su silencio injusto,
sólo exclamo desolado:
    Ya no hay, zagales, amor,
que lo acabara el olvido.
Nada de Fili he sabido
y tiemblo su disfavor;
ausente estoy, fui querido:
¡Ved si es justo mi dolor!



SILVAS

- IV - A las Musas

   Perdón, amables Musas; ya rendido
vuelvo a implorar vuestro favor; el fuego
gratas me dad con que cantaba un día
las dulces ansias del amor más ciego,
o de la ninfa mía
las gratas burlas, el desdén fingido,
y aquel huir para rendirse luego.
El entusiasmo ardiente
dadme en que ya pintaba
la florida beldad del fresco prado,
la calma ya en que el ánimo embargaba
el escuadrón fulgente
que en la noche serena
el ancho cielo de diamantes llena,
deslizándose en tanto fugitivas
las horas y la cándida mañana
sembrando el paso de arrebol y grana
a Febo luminoso.
¡Ah Musas!, ¡qué gozoso
las canciones festivas
de las aves armónico siguiera,
saludando su luz, el labio mío,
ora mirando el plateado río
sesgar ondisonante en la ladera,
ora en la siesta ardiente
bajo la sombra hojosa
de algún árbol altísimo copado
al raudal puro de risueña fuente,
gozando en paz el soplo regalado
del manso viento en las volubles ramas!
Ni allí loca ambición en peligrosos,
falaces sueños embriagó el deseo,
ni sus voraces llamas
sopló en el corazón el odio insano,
o en medio de desvelos congojosos
insomne se azoró la vil codicia,
cubriendo su oro con la yerta mano.
Miró el más alto empleo
el alma sin envidia, los umbrales
del magnate ignoró, y a la malicia
jamás expuso su veraz franqueza.
De rústicos zagales
la inocente llaneza,
y sus sencillos juegos y alegría
de cuidados exento
venturoso gocé, y el alma mía


entró a la parte en su hermanal contento.
La hermosa juventud me sonreía,
y de fugaces flores
ornaba entonces mis tranquilas sienes,
mientras el ardiente Baco me brindaba
con sus dulces favores;
y de natura al maternal acento
el corazón sensible,
en calma bonancible
y en común gozo y en comunes bienes
de eterna bienandanza me saciaba.
¡Días alegres, de esperanza henchidos,
de ventura inmortal!, ¡amables juegos
de la niñez!, ¡memoria,
grata memoria de los dulces fuegos
de amor! ¿Dónde sois idos?
Decidme, Musas, ¿quién ajó su gloria?
Huyó niñez con ignorado vuelo,
y en el abismo hundió de lo pasado
el risueño placer. ¡Desventurado!
En ruego inútil importuno al cielo,
y que torne le imploro
la amable inexperiencia, la alegría,
el ingenuo candor, la paz dichosa
que ornaron, ¡ay!, mi primavera hermosa;
mas nada alcanzo con mi amargo lloro.
La edad, la triste edad del alma mía
lanzó tan hechicera
magia, y a mil cuidados
me condenó por siempre en faz severa.
Crudo decreto de malignos hados
diome de Temis la inflexible vara;
y que mi blando pecho
los yerros castigara
del delincuente, pero hermano mío,
Astrea me ordenó, mi alegre frente
de torvo ceño oscureció inclemente
y de lúgubres ropas me vistiera.
Yo mudo, mas deshecho
en llanto triste su decreto impío,
obedecí temblando,
y subí al solio, y de la acerba diosa
las leyes pronuncié con voz medrosa.
¡Oh, quién entonces el poder tuviera,
Musas, de resistir!, ¡quién me volviese
mi oscura medianía,


el deleite, el reír, el ocio blando
que imprudente perdí!, ¡quién convirtiese
mi toga en un pellico, la armonía
tornando a mi rabel con que sonaba
en las vegas de Otea
de mis floridos años los ardores
y de Arcadio la voz le acompañaba,
bailando en torno alegres los pastores!
El que insano desea
el encumbrado puesto,
goce en buen hora su esplendor funesto.
Yo viva humilde, oscuro,
de envidia vil, de adulación seguro,
entre el pellico y el honroso arado;
y de fáciles bienes abastado,
en salud firme el cuerpo, sana el alma
de pasiones fatales,
entre otros mis iguales,
en recíproco amor, entre oficiosos
consuelos. Feliz muera
en venturosa calma,
mi honrada probidad dejando al suelo,
sin que otro nombre en rótulos pomposos
mi losa al tiempo guarde lisonjera.
Pero, ¡ah Musas!, que el cielo
por siempre me cerró la florecida
senda del bien; y a la cadena dura
de insoportable obligación atando
mi congojada vida,
alguna vez llorando
puedo solo engañar mi desventura
con vuestra voz y mágicos encantos.
Alguna vez en el silencio amigo
de la noche callada
puedo en sentidos cantos
adormir mi dolor; y al crudo cielo
hago de ellas testigo,
y en las memorias de mis dichas velo,
Musas, alguna vez, pues luego airada
Temis me increpa, y de pavor temblando
callo y su imperio irresistible sigo,
su augusto trono en lágrimas bañando.
Musas, amables Musas, de mis penas
benignas os doled: vuestra armonía
temple el son de las bárbaras cadenas
que arrastro miserable noche y día.



ODAS

- VIII - A Lisi, que siempre se ha de amar

   La primavera derramando flores,
el céfiro bullendo licencioso
y el trino de las aves sonoroso
nos brindan a dulcísimos amores
      en lazo delicioso.
   Viene el verano, y la insufrible llama
agosta de su aliento congojado
árboles, plantas, flores, hierba y prado.
Todo cede a su ardor; sólo quien ama
      lo arrostra sin cuidado.
   El amarillo otoño asoma luego,
de frutas, hiedra y pámpanos ceñido;
la luz febea, su vigor perdido,
se encoge, mientras amor dobla su fuego
      blando y apetecido;
   y en el ceñudo invierno, cuando atruena
más ronco el aquilón tempestuoso,
entre lluvias y nieves en reposo
canta su ardor y ríe en su cadena
      el amador dichoso.
   Que así plácido amor sabe del año
las estaciones, si gozarlos quieres,
colmar, Lisi, de encantos y placeres.
¡Ay!, cógelos, simplilla; ve tu engaño
      y a la vejez no esperes.



POEMAS FILOSÓFICOS Y MORALES

- XXXII - Que la felicidad está
en nosotros mismos

   No es, Julio, la riqueza
el oro amontonado;
ni huye la dicha de un humilde estado;
la dicha, amiga aun de la vil pobreza.
   Ten acorde a tu suerte
sin cesar el deseo;
frena un ciego anhelar, el devaneo
que en la nada hundirá luego la muerte;
   y alegre y venturoso
adularán tu seno,
ora de nubes y zozobras lleno,
la blanda paz, el celestial reposo.
   Providente natura
para tu bien presenta
doquier placeres fáciles, y ostenta
tierna madre a tus ojos su hermosura.
   Escoge: un claro día,
el sol que con su llama,
señor del cielo, el universo inflama,
y la beldad le torna y la alegría;
   el viento que bullente
jugando entre las flores
regala tu nariz con sus olores
y el pecho te dilata dulcemente;
   las flores que embelesan
con sus galas vistosas;
las abejas volando entre las rosas
que abrazados sus vástagos se besan;
   el incesante trino
con que avecilla tanta
su gozo explica, sus amores canta,
de Filomena el suspirar divino;
   y hasta en la noche oscura
el sinfín que en su velo
arde de luces y tachona el cielo,
del sol mismo emulando la hermosura;
   si bien sabes mirarlo,
todo alegrarte puede,


que a todos y sin precio se concede,
porque todos a par puedan gozarlo.
   Ni hay alfombradas salas
o riquezas iguales,
ni llegan los alcázares reales
a pompa tanta y naturales galas;
   o más grato embebece
un armónico coro
que el arroyuelo de cristal sonoro
que serpeando el ánimo adormece,
   salta y ríe, y la vista
con mágico atractivo
deslumbra y fija. En su bullir festivo,
¿qué pecho habrá que al júbilo resista?
   El llanto mismo, el llanto
en que un llagado pecho
prorrumpe a veces, ¡oh dolor!, deshecho,
aun tiene su placer, y es un encanto.
   El alma que oprimida
siente ahogarse en su pena,
con sus lágrimas dulces se serena
y entre ellas torna a recobrar la vida,
   bien como el caminante
que en medio la agria cuesta
aliento toma y a doblar se apresta
su cima que enriscada ve delante.
   Veces mil, Julio mío,
lo llevo así probado.
¡Triste, ay, de aquel a quien maligno el hado
abisma en un dolor mudo y sombrío!
   Que siempre, siempre al cielo
torvo hallará y sañudo,
ni jamás del dolor el dardo agudo
de su pecho arrancar verá al consuelo.
   No, pues, necio, te exhales
en quejas ominosas;
que nosotros labramos, no las cosas,
si bien lo estimas, nuestros crudos males.



- XVIII - Prosperidad aparente de los malos

   En medio de su gloria así decía
el pecador: "En vano
tender puede el Señor su débil mano
sobre la suerte mía.
  A las nubes mi frente se levanta,
 y en el cielo se esconde.
¿Dónde está el justo? ¿Las promesas, dónde
del Dios que humilde canta?
   Hiel es su pan, y miel es mi comida,
y espinas son su lecho.
Con su inútil virtud, ¿qué fruto ha hecho?
Insidiemos su vida.
   A hierro por mis hijos sean taladas
sus casas y heredades,
y ellos mi ínclita fama a las edades
lleven más apartadas;
   que el nombre de los buenos como nube
se deshace en muriendo;
sólo el del poderoso va creciendo
y a las estrellas sube.
   Caiga, caiga en mis redes su simpleza".
Él habló, yo pasaba;
mas al tornar, por verle, la cabeza,
ya no hallé dónde estaba.
   Su gloria se deshizo, sus tesoros
carbones se volvieron,
sus hijos al abismo descendieron,
sus risas fueron lloros.
   La confusión y el pasmo en su alegría
los pasos le tomaron,
y entre los lazos mismos le enredaron
que al bueno prevenía.
   Del injusto opresor ésta es la suerte;
no brillará su fuego,
y andará entre tinieblas como ciego
sin que a salvarse acierte.
   La muerte le amenaza, los disgustos
le esperan en el lecho;
contino un áspid le devora el pecho,
contino vive en sustos.
   Amanece, y la luz le da temores;
la noche en sombras crece,
y a solas del Averno le parece
sentir ya los horrores.
   Dará, huyendo del fuego, en las espadas;
el Señor le hará guerra;
y caerán sus maldades a la tierra,
del cielo reveladas.
   Porque del bien se apoderó inhumano
del huérfano y vïuda,
le roerá las entrañas hambre aguda,
y huirá el pan de su mano.
   Su edad será marchita como el heno;
su juventud florida
caerá cual rosa del granizo herida
en medio el valle ameno.
   Tal es, gran Dios, del pecador la suerte.
Pero al justo que fía
en tu promesa y por tu ley se guía,
jamás llega la muerte.
   Sus años correrán cual bullicioso
arroyo en verde prado,
y cual fresno a su márgenes plantado
se extenderá dichoso.



 
- XXVII - A mi patria, en sus discordias civiles

   ¿Cuándo el cielo piadoso
te dará fausta paz, oh patria mía,
y roto el cetro odioso
de la discordia impía,
reirá en tu augusto seno la alegría?
   Tus hijos despiedados
alzáronse en tu mal por destrozarte;
¿cuándo en uno acordados
correrán a abrazarte
y en tu acerbo dolor a confortarte?
   ¡Mísera!, ¿dó los ojos
vuelvas, sin ver allí tu inmenso duelo?
Estériles abrojos
cubren el yermo suelo,
que antes de espigas de oro pobló el cielo.
   La llama asoladora,
igualando el palacio y la cabaña,
tus entrañas devora,
y en su implacable saña
en lloro y sangre tus provincias baña.
   ¿Y tú el delirio alientas
contra ti de tus gentes, y en su seno
los odios alimentas,
y de mortal veneno
tú propia el cáliz les presentas lleno?
   ¿Dó vas, o qué pretendes?
¿Qué furor te arrebata? ¡Cuánta hoguera,
ay, en tu estrago enciendes!
¡Ay!, ¡cuál la atroz Meguera
te aguija impía en tu infeliz carrera!
   Y con gesto espantable,
de su crin las culebras desprendiendo
con su diestra implacable,
sobre ti en son horrendo
está sus alas fúnebres batiendo;
   sus alas, que concitan
a mil y miles en delirio insano,
y pavorosos gritan:
"Hiera el hierro inhumano,
el hacha tale de la cumbre al llano,
   no haya paz ni acomodo,
el fatal bronce sin descanso truene
y, asolándolo todo,
con sus destrozos llene
el hondo abismo, que bramando suene..."
   Caiga, patria querida,
caiga tanto furor; cobre el arado
el hierro que homicida
la cólera ha afilado
y va en tu noble sangre mancillado.
   Hermanos nos herimos,
y viuda impíos nuestra madre hacemos;
bajo un cielo vivimos,
y unas aguas bebemos,
y a emponzoñarlas bárbaros corremos.
Ángeles que de España
fieles guardáis la inmarcesible gloria,
ahogad tan fiera saña,
  




robad a la memoria
de horrores tantos la llorosa historia.
   No dure ni en la pluma
ni en el labio tan bárbara ruina,
jamás finible suma
de estragos, do mezquina
la patria a hundirse rápida camina.
   ¡Ay, qué plaga ni gente
de lucha tal ignora los furores
y el delirio inclemente
y los ciegos rencores
con que ilusos doblamos sus errores!
   Bastante a nuestros nietos
de lágrimas y amargos funerales,
espantables objetos,
memorias inmortales,
dejamos ya de nuestros largos males;
   hasta allá do entre el hielo
el rudo escita derramado mora
se oyen con grave duelo,
y el reino de la aurora
la gran caída congojado llora.
   Y todos, del divino
indomable valor que nos inflama
pasmados, el destino
maldicen y la trama
que atizar pudo tan infanda llama.
   Ella en la tumba ha hundido
una generación; tanta grandeza
cual sombra ha fenecido;
la española riqueza
cebo fue del soldado a la fiereza.
   Nada, nada quedara
del antiguo esplendor...
¡Y aún ciega gritas!,
¡y el puñal se prepara!,
¡y las teas agitas!,
¡y a estragos nuevos el rencor concitas!
   ¡Infeliz!, ¡en qué horrendo
abismo gemirás precipitada
con funeral estruendo!
Después yerma, menguada,
tu error maldecirás desengañada.
   Demandarás tus hijos,
y "¡Ay!, perecieron", sonará en respuesta,
"los ojos en ti fijos
en su ausencia funesta".
!Cuánto, ay, tu engaño de virtud te cuesta!
    ¡Oh, luzca el fausto día!,
¡oh, luzca al fin, en que la paz gloriosa
te abrace, oh patria mía!
En calma deliciosa
torne el cielo tu cólera ominosa;
   y en tu amor inflamados,
cual hijos a tus plantas nos postremos,
do errores olvidados,
hermanos nos amemos
y en tu seno felices descansemos.



ELEGÍAS MORALES

- III - De mi vida

   ¿Dónde hallar podré paz? ¿El pecho mío,
cómo alivio tendrá? ¿De mi deseo,
quién bastará a templar el desvarío?
   Cuanto imagino, cuanto entiendo y veo,
todo enciende mi mal, todo alimenta
mi furor en su ciego devaneo.
   Se alza espléndido el sol, y el mundo alienta
de vida y acción lleno; a mí enojosa
brilla su luz, y mi dolor fomenta.
   Corre el velo la noche pavorosa,
bañando en alto sueño a los mortales,
y en plácida quietud todo reposa.
   Yo solo, en vela, en ansias infernales
gimo, y el llanto mis mejillas ara,
y al cielo envío mis eternos males.
   ¡Ay!, ¡la suerte enemiga, cuán avara
desde la cuna se ostentó conmigo!
Jamás el bien busqué que el mal no hallara.
   En cuitada orfandad, niño, de abrigo
falto, solo en el mundo, quien me hiciese
no hallé un halago o me abrazase amigo.
   ¿Justicia pudo ser que así naciese
para ser infeliz, que de mi seno
nunca el gozo señor ni un punto fuese?
   ¿Nacen los hombres a penar? ¿Ajeno
es el bien de la tierra?, ¿o me castigas
a mí tan solo, Dios clemente y bueno?
   Perdona mi impaciencia si me obligas
a tan míseras quejas: ¿por qué el crudo
dolor en breve punto no mitigas?,
   ¿por qué, por qué me hieres tan sañudo?
¿Quieres, justo Hacedor, romper tu hechura
¿El polvo, ¡ay, Padre!, en qué ofenderte pudo?
   Da paz a este mi pecho; de la oscura
tiniebla en que mis pies envueltos veo,
llévame por tu diestra a la luz pura.
   El iluso y frenético deseo
rige, Señor, con valedora mano,
y haz la santa virtud mi eterno empleo.
   Yo de mí nada puedo; que liviano,
si asirle quiero, escapa; si frenarle,
de mi flaco poder se burla insano.
   ¡Cuántas, oh cuántas veces arrancarle
del abismo do está, cuántas del puro,
del casto bien propuse enamorarle!
   "¡Oh, si alcanzase en soledad seguro
vivir al menos!", exclamé llorando;
"mi estado fuera entonces menos duro.
   Ferviente hasta el gran Ser la mente alzando,
la quieta noche, el turbulento día
pasara yo sus obras contemplando.
   Con el alba, la célica armonía
de las aves del sueño me llamara,
y a las suyas mi lengua se uniría
   a adorar su bondad; cuando vibrara
más sus fuegos el sol, del bosque hojoso



la sombra misteriosa me guardara.
   Si su pendón la noche silencioso
alzara, y en su trono la alba luna
bañara el mundo en esplendor gracioso,
   yo sus pasos siguiendo de una en una
recordara, seguro de más daños,
las vueltas que en mí usara la Fortuna.
   Allí alegre riera sus engaños,
su falaz ofrecer, el devaneo
de mis perdidos juveniles años".
   Amé, y hallé dolor; volví el deseo
a las ciencias, creyendo que serían
al alma enferma saludable empleo.
   Las ciencias me burlaron, me ofrecían
remedios que mis llagas irritaban,
y a la hidalga razón grillos ponían.
   Dejelas, y corrí do me llamaban
la oficiosa ambición y los honores,
entre mil que sus premios anhelaban.
   Mas fastidieme al punto; y a las flores
me torné del placer tras un mentido
bien, que a mi pecho causa mil dolores.
   ¡Oh, hubiese siempre en soledad vivido!,
¡siempre del mundo al ídolo cerrado
los ojos, y a su voz mi incauto oído!,
   y hubiera tantas ansias excusado,
tanto miedo y vergüenza y cruda pena,
vigilia tanta en lágrimas bañado.
   Pero el cielo parece que condena
los hombres al error, y que se place
en que arrastren del vicio la cadena.
   Nunca el seguro bien nos satisface;
el placer nos fascina; la paz santa
morada nunca entre sus flores hace.
   ¿Quién hay que huelle con segura planta
la ardua senda del bien? ¿Y quién, perdida,
la torna a hallar y en ella se adelanta?
   Toda es escollos nuestra frágil vida.
Tiende el vicio la red, y la dañosa
ocasión por mil artes nos convida.
   El deseo es osado, cuan medrosa
y flaca la razón: a quién el oro,
a quién mirada encanta cariñosa;
   otro al son corre del clarín sonoro
tras la gloria fatal, y en grato acento
le suena el bronce horrible, el triste lloro;
   aquél, con impía audacia, al elemento
voluble se abandona en frágil nave
y los monstruos del mar mira contento.
   Nadie se rige por razón, ni sabe
qué codicia, qué teme, qué desea,
cuál cosa vitupere y cuál alabe.
   Así el hombre infelice devanea
sin que jamás el justo medio acierte;
y el mal de todos lados le rodea,
hasta que da por término en la muerte.



EPÍSTOLAS

- I - La gran fiesta del Lunes de Aguas


Carta escrita a don José Cadalso

   A la gran borrachera
del Lunes de las Aguas,
primer fiesta de Baco
de nuestra Salamanca
   y solemnidad ilustre
que ella tan sólo guarda
en todas las aldeas
que el claro Tormes baña,
   donde salirse suele
a la campestre estancia
con opíparas mesas
de corderos de Pascua
   y en espumantes copas
del nieto de las parras
dar a la primavera
mil bacanales salvas,
   brindome mi capricho
tras siesta abochornada;
y al punto a puto el postre
eché a correr de casa.
   Fuime, como es costumbre,
a mi alameda amada,
que el árabe Aldehuela
y aun nuestro vulgo llama;
   y luego que de un alto
la descubrí, cual playa,
todo el pensar llevome
su grita y algazara.
   La imagen que a lo lejos
la multitud formaba,
de blanco, negro y verde,
no sé cómo pintarla.
   Ansioso, pues, de verme
envuelto ya en la zambra,
requerí mi sombrero,
rebujeme en la capa,
   y eché a correr abajo
con tan veloces plantas
que no me compitiera
la puta de Atalanta.
   Llégome en fin y veo
multitud de viandas,
muchedumbre de juegos
e infinidad de danzas;
   mas mi afecto entre todo
al baile se pegaba,
porque a las niñas tengo
cierta afición innata.
   Vime allí a las Capuchas,
la Chispa y la Cacharra,
la Ojotes, las Gurrumas,
las Calluzas y Claras,
   a cuál más desvergüenzas
mostrando en sus palabras,
que francas de sí mismas,
a nada se negaran.
   Si por acá estuvieras,
tú dijeras: "Bien haya
quien tantas putas cría
y a tantas putas guarda".
   Pues ¿qué podré decirte
de sus dichos y chanzas?
Lo nuestro y aun lo suyo
sin translación nombraban.
   ¿Qué de las frases, pullas...?
"Cache usted... Mala sarna...
Cangrena... Peste... Y fuego
de san Antón te caiga".


   Dalmiro, tú imagina
qué tal tendría yo el alma
con tanta nieve y rosa
cual todas me mostraban;
   pues ver sus frescas carnes
y ver sus níveas naguas
era allí más baldío
y más común que el agua.
   Era tanto el objeto
y eran tantas las gracias,
que el no ver con el ojo...,
lo tuve ya por falta.
   En esto el Zorro y otro
se traban de palabras,
que al parecer al Zorro
los celos le picaban;
   y a su rival le dijo:
"Hola, amigo, esa maja
chorrea por mi cuenta,
¿lo ha oído usted en plata?".
   Por esto el otro al Zorro
sentole una puñada
que brotó sangre y vino
de la nariz tocada;
   y el Zorro, al verse herido,
sacó su atroz navaja,
y entre los pestorejos
le dio una santiguada.
   Desde el medio del baile
lo vio la Perandanga;
y encarándose al Zorro,
gritó con voces altas:
   "Cuando pensé tuvieras
treinta orejas cortadas,
te miro cual mondongo
la cara embadurnada".
   Y al punto a su contrario
corre a echarle la zarpa;
mas, furiosa, del moño
la apañó la Cacharra,
   que en defensa del otro
saliera a la demanda,
porque el otro es su mueble,
y al verlo herido brama,
   a más que de mal ojo
mira a la Perandanga,
y estaba con el Zorro
no sé por qué atufada.
   Se armó una chamusquina
que el diablo la apagara:
cuál vota, cuál lamenta,
Por cima de los cuernos
andaban las mojadas;
que muchos, aunque grandes,
de ver no los echaban.
  Acudió la justicia,
viéronse allí sus varas,
y era el téngase afuera
la más común palabra.
     Cierto fraile francisco,
que de fuera atisbaba
cual piojo por costura,
metiose entre la danza.
   "Téngase el fraile", dice
muchacha desollada;
"vaya al coro a osearse
las moscas de las nalgas".
   A tan revuelto río,
vi a algunos que pescaban
truchas, que con el cebo
del toma arman la caña.
  "Esta es ocasión buena,
que no nos ven, muchacha;


harto esperar me has hecho;
ya es tarde y tengo gana".
   "Poco a poco", ella dice,
"que mire usted apurada -
mente, que ya por darlo
está rabiando el alma.
   Despacio..., pues..., no es cosa
de a hogarse en poca agua;
las seis son, y es bien cierto
que hay tiempo hasta mañana".
   Otra busca a su hija
con alto grito, y clama:
"Colasa, que tu padre
con la merienda aguarda".
   "Yo merendar no quiero",
responde, "usted se vaya
con él a su merienda,
que a mí el bailar me basta".
   Y la madre al oírlo
replica: "sal, muchacha;
¿qué entre alcahuetas haces
y entre mujeres malas?"
   Mas ella dice: "madre,
¿que es usted tan honrada?
Y que lo fueran, ¿de ello
a mí qué me pegaban?".
   La madre va a cogerla;
y ella, alzadas las naguas,
echa a correr y vase
donde el majo la aguarda,
   y los dos con mil risas
se meten..., pero vaya,
presume a qué se meten,
Dalmiro, entre las zarzas.
   Quién, menos audaz, dice,
llegándose a la Juana,
zurcidora de gustos,
corredora de casas:
   "hola, abuela, así cace
la moza tras quien anda,
que no me engañe y diga
si ha hablado a mi salada".
   "Hijo", la vieja dice,
"¿tú juzgas que olvidaba
tu gusto? ¡Bueno es eso
para mi edad y maña!
   De quién, en dónde, cuándo
y cómo está citada,
bien pagármelo puedes,
que es la zagala honrada;
  más limpia está que un oro,
la flor es de las majas;
que sal tiene en el baile,
y un ángel es si canta;
   y ve, niño, seguro
que no te pegue nada,
que lo he visto y revisto
y está frescota y sana.
   ¡Qué pulpa que te comes...!
¡Querido..., qué rapaza...!
Yo al verla, aunque ya vieja,
me alegro y me dan ganas.
   Gozaros, angelicos,
que la mocedad pasa;
pero a la pobre vieja
para vino una blanca".
Tras de esto en mil columpios,
la mantilla terciada,
talle igual, y pie chico
con la hebillota baja,
   el cuerpo atimbalado,
jubón de estrecha manga,


ancho escote, y al cuello
pañolillo de gasa,
   con desenfado chusco
mirando de pasada,
pisando a lo brioso,
riéndose a lo zaina,
   Marica al baile viene
de Antón acompañada;
y atrás con el Zurdillo
le sigue la Catalina.
   Llegaron al arroyo,
y al punto que pasaban,
primero que ellas, quiso
pasar una madama.
   "Deténgase", le dijo
Marica en voz airada;
"¡Miren la de escofieta!
¡Qué tiesa que se pasa!
   La uisía no la escucha;
Marica va y la agarra,
y de las pasaderas
la arroja dentro el agua,
   y sigue su camino
diciendo, puesta en jarras:
"aprenda y no se encuentre
en jamás con las majas".
   A fuego a toda prisa
tocaron las campanas,
porque de amor o vino
todos allí se abrasan;
   la gente se alborota,
cuál corre hacia su casa,
y cuál para apagarlo
va y besa la empegada.
   En esto ya la noche
su manto desplegaba,
sin duda para hacerlo
de tantos vicios capa.
   Yo a esta señora noche
por mí la encorozara,
como a quien es de Venus
tercera en sus marañas.
   Tú mira si de día
lo que he dicho pasaba,
de noche en campo raso
qué tal iría la zambra.
   Vos, Musas, pues ya débil
veis que mi voz se cansa,
contad a mi Dalmiro
la brega que allí andaba.
   Pues repetir los votos
y palabras pesadas
de los llenos de vino
en la vuelta a sus casas,
   sus tumbos y vaivenes,
carreras y paradas,
ya hablando como amigos,
ya echándose bravatas,
   fuera decirte cosas
ni escritas ni notadas,
que sólo el padre Baco
en sus archivos guarda;
   que yo por mí no tuve
paciencia que bastara
a tantos disparates,
no obstante mi cachaza.
   Esto es todo lo nuevo
y divertido que halla
mi afecto que contarte
en la Atenas de España.
   Yo, tu amigo, en día aciago,
martes por la mañana
siguiente a la gran fiesta
del Lunes de las Aguas
.




dibujo de musas
Hecho con / Made with Mac