Meléndez Valdés



  • "- III - A una fuente"  
  • "- V - De la primavera"  
  • "A la Aurora"  
  • "- X - De las riquezas"  
  • "- XV - De mis niñeces "  
  • "- XIX - El espejo"  
  • "- XXIV - Del vino y el amor"  
  • "- XXVII - De las ciencias"  
  • "- XXXI - A las abejas"  
  • "- LIV - El canto de la alondra"  
  • "- IV - Mi embeleso"  
  • "- VIII - El jilguero"  
  • "- XII - La guirnalda"  
  • "- II - A unos lindos ojos"  
  • "- VI - La flor del Zurguén"  
  • "- IX - La mañana de San Juan"  
  • "- IV - A las Musas"  
  • "- VIII - A Lisi, que siempre se ha de amar"  
  • "- XXXII - Que la felicidad está
    en nosotros mismos"
     
  • "- XVIII - Prosperidad aparente de los malos"  
  • "- XXVII - A mi patria, en sus discordias civiles"  
  • "- III - De mi vida"  
  • "- I - La gran fiesta del Lunes de Aguas"  



  • ANACREÓNTICAS

    - III - A una fuente

      ¡Oh, cómo en tus cristales,
    fuentecilla risueña,
    mi espíritu se goza,
    mis ojos se embelesan!
    Tú de corriente pura,
    tú de inexhausta vena,
    transparente te lanzas
    de entre esa ruda peña,
       do a tus ninfas fugaces
    salida hallando estrecha,
    murmullante te afanas
    en romper sus cadenas,
        y bullendo y saltando,
    las menudas arenas
    afanosa divides
    que tus pasos enfrenan,
        hasta que los hervores
    reposada sosiegas
    en el verde remanso
    que te labras tú mesma.
       Allí aun más cristalina
    a un espejo semejas
    do se miran las flores
    que galanas te cercan.
       Con su plácida sombra
    tu frescura conserva
    el nogal que pomposo
    de tu humor se alimenta,
        y en sus móviles hojas
    el susurro remeda
    de tus ondas volubles
    que al bajar se atropellan.
       En ti las avecillas
    su sed árida templan,


    sus plumas humedecen,
    jugando se recrean.
       Cuando abrasado sirio
    aflige más la tierra
    y el mediodía ardiente
    su faz al mundo ostenta,
       en ti grata frescura
    y amable sueño encuentra
    el laso caminante,
    que tu raudal anhela.
       Su benigna corriente
    el seno refrigera,
    la salud fortifica,
    repara las dolencias.
       En las almas alegres
    el júbilo acrecienta,
    y al que llora angustiado
    le adormece las penas.
        ¡Oh!, nunca, fuente clara
    nunca menguados veas
    los copiosos cristales
    que tus márgenes llenan.
       Nunca turbios la planta
    del ganado los vuelva,
    ni el pintado lagarto,
    ni la ondosa culebra.
       Nunca próvida ceses
    en los giros y vueltas
    con que mansa discurres
    fecundando la vega,
       mas alegre acompañes
    murmurando parlera
    de mi lira los trinos,
    de mi labio las letras.



    - V - De la primavera

    La blanda primavera
    derramando aparece
    sus tesoros y galas
    por prados y vergeles.
        Despejado ya el cielo
    de nubes inclementes,
    con luz cándida y pura
    ríe a la tierra alegre.
       El alba de azucenas
    y de rosa las sienes
    se presenta ceñidas,
    sin que el cierzo las hiele.
        De esplendores más rico
    descuella por oriente
    en triunfo el sol, y a darle
    la vida al mundo vuelve.
        Medrosos de sus rayos
    los vientos enmudecen,
    y el vago cefirillo
    bullendo les sucede,
       el céfiro, de aromas
    empapado, que mueven
    en la nariz y el seno
    mil llamas y deleites.
       Con su aliento en la sierra
    derretidas las nieves,
    en sonoros arroyos
    salpicando descienden.
        De hoja el árbol se viste,
    las laderas de verde,
    y en las vegas de flores
    ves un rico tapete.
        Revolantes las aves
    por el aura enloquecen,
    regalando el oído
    con sus dulces motetes.
       Y en los tiros sabrosos
    con que el ciego las hiere,
    suspirando delicias,
    por el bosque se pierden,
        mientras que en la pradera,
    dóciles a sus leyes,
    pastores y zagalas
    festivas danzas tejen,
       y los tiernos cantares
    y requiebros ardientes
    y miradas y juegos
    más y más los encienden.
        Y nosotros, amigos,
    cuando todos los seres
    de tan rígido invierno
    desquitarse parecen,
        ¿en silencio y en ocio
    dejaremos perderse
    estos días que el tiempo
    liberal nos concede?
       Una vez que en sus alas
    el fugaz se los lleve,
    ¿podrá nadie arrancarlos
    de la nada en que mueren?
       Un instante, una sombra
    que al mirar desaparece,
    nuestra mísera vida
    para el júbilo tiene.
        Ea, pues, a las copas,
    y en un grato banquete
    celebremos la vuelta
    del abril floreciente.



    A la Aurora

    Salud, riente Aurora,
    que entre arreboles vienes
    a abrir a un nuevo día
    las puertas del oriente,
       librando de las sombras
    con tu presencia alegre
    al mundo, que en sus grillos
    la ciega noche tiene;
       salud, hija gloriosa
    del rubio sol, perenne
    venero a los mortales
    de alivios y placeres.
       Tú de eternales rosas
    ceñida vas las sienes,
    mientras tu fresco seno
    flores y perlas llueve;
       tú, de brillantes ojos;
    tú, de serena frente,
    y en cuya boca manan
    risas y aromas siempre.
       Cuando la hermosa lumbre
    de Venus desfallece,
    de ópalo, nácar y oro
    velada le sucedes;
       y el pabellón alzando
    en que su faz envuelve
    tu padre el sol, sus huellas,
    nuncia feliz, precedes.
       Tu manto purpurado,
    flotando al viento leve
    de las eoas plagas,
    del cielo se desprende,
        hinche el espacio inmenso,
    y de su grana y nieve
    las bóvedas eternas
    matiza y esclarece,
       en cuanto alegre cruzas
    por sendas de claveles,
    desde su excelsa cumbre
    al cárdeno occidente.
       El sol que en pos te sigue
    tus vivos rosicleres
    inflama, y retemblando
    por verlos se detiene
       hasta que entre sus llamas
    tú misma al fin te pierdes
    y en su torrente inmenso
    envuelta desapareces;



       si no es que tan penada
    de tu Titón te sientes,
    que por sus brazos dejas
    ya la mansión celeste.
       Los céfiros fugaces,
    que en un letargo muelle
    las flores en su seno
    rendidos guardar quieren,
       con tu calor se animan,
    las prestas alas tienden
    y en delicioso juego
    las liban y las mecen,
        de do a las aves corren
    que aún en sus nidos duermen,
    con su vivaz susurro
    pugnando que despierten
       a darte, oh bella Aurora,
    los dulces parabienes
    y henchir con su alborada
    las auras de deleite.
       Tú, en tanto más graciosa,
    en luz y en rayos creces,
    que en transparentes hilos
    cruzando al viento penden.
       Las cristalinas aguas
    cual vivas flechas hieren
    y hacen de bosque y prados
    más animado el verde,
       a par que sus cogollos
    alzan las ricas mieses
    y abriéndose las flores
    sus ámbares te ofrecen,
        que a la nariz y al seno
    y al labio que los bebe
    de su fragancia inundan
    y a mil delicias mueven.
       Y todo bulle y vive
    y en regocijo hierve
    rayando tú, que al mundo
    la ansiada luz le vuelves.
       Haz, ¡ay!, purpúrea diosa,
    que como en faz riente
    un día fausto y puro
    benigna nos prometes,
        así en mi blando seno,
    sin ansias que lo aquejen
    la paz y la inocencia
    por siempre unidas reinen.



    - X - De las riquezas

    Ya de mis verdes años
    como un alegre sueño
    volaron diez y nueve
    sin saber dónde fueron.
       Yo los llamo afligido,
    mas pararlos no puedo,
    que cada vez más huyen
    por mucho que les ruego;
       y todos los tesoros
    que guarda en sus mineros
    la tierra, hacer no pueden
    que cesen un momento.
       Pues lejos, ea, el oro;
    ¿para qué el afán necio
    de enriquecerse a costa
    de la salud y el sueño?
       Si más gozosa vida
    me diera a mí el dinero,
    o con él las virtudes
    encerrara en mi pecho,
       buscáralo, ¡ay!, entonces
    con hidrópico anhelo;
    pero si esto no puede,
    para nada lo quiero.



    - XV - De mis niñeces

    Siendo yo niño tierno,
    con la niña Dorila
    me andaba por la selva
    cogiendo florecillas,
       de que alegres guirnaldas,
    con gracia peregrina
    para ambos coronarnos,
    su mano disponía.
       Así en niñeces tales
    de juegos y delicias
    pasábamos felices
    las horas y los días.
       Con ellos poco a poco
    la edad corrió de prisa,
    y fue de la inocencia
    saltando la malicia.
       Yo no sé; mas, al verme
    Dorila se reía,
    y a mí de sólo hablarla
    también me daba risa.
       Luego al darle las flores
    el pecho me latía,
    y al ella coronarme
    quedábase embebida.
       Una tarde tras esto
    vimos dos tortolitas
    que con trémulos picos
    se halagaban amigas,
       y de gozo y deleite,
    cola y alas caídas,
    centellantes sus ojos,
    desmayadas gemían.
       Alentonos su ejemplo,
    y entre honestas caricias
    nos contamos turbados
    nuestras dulces fatigas;
       y en un punto, cual sombra
    voló de nuestra vista
    la niñez, mas en torno
    nos dio el Amor sus dichas.



    - XIX - El espejo

    Toma el luciente espejo,
    y en su veraz esfera
    ve, Dorila, el encanto
    de tu sin par belleza:
       la alba frente en contraste
    con las hermosas cejas,
    que en arco prolongadas
    dos iris asemejan;
       la gracia de tus ojos,
    en cuya ardiente hoguera,
    flechando sus arpones,
    Amor su trono asienta;
       su majestad afable
    y esa languidez tierna
    de su mirar, o cuando
    rïentes centellean;
       tu boca y tus mejillas,
    do esparce primavera
    sus rosas y claveles,
    derrama sus esencias;
       ese tu enhiesto cuello,
    el seno, las dos pellas
    que en él de firme nieve
    elásticas se elevan
       y ondulando süaves
    cuando plácida alientas,
    animarse parecen
    y su cárcel desdeñan.
       Ve el aire de tu talle,
    la gracia y gentileza
    con que flexible torna,
    derecho se sustenta;
       tus perfecciones goza,
    y cariñosa al verlas
    mis lágrimas disculpa,
    mis esperanzas premia.
       ¡Ay!, tú al espejo puedes
    pararte, y en su escuela,



    de las Gracias guiada,
    formarte muy más bella,
       de cien vistosas flores
    ornar tus blondas trenzas,
    relevar con sus rizos
    la frente de azucena,
       gobernar de tus ojos
    las miradas arteras,
    y fijar de sus niñas
    la inocente licencia,
       adiestrar en su juego
    la boca pequeñuela,
    la sonrisa en sus labios
    hacer más halagüeña,
       más donosos los quiebros
    de tu linda cabeza,
    tu andar, aun más picante,
    tu talla, más esbelta.
       Yo, ¡triste!, contemplarlo
    no puedo sin que sienta
    doblarse mis pesares,
    más grave mi tristeza.
       Ayer en él buscaba
    tu imagen, y en vez de ella
    vi abatido mi rostro,
    mis ojos sin viveza,
       áridas las mejillas,
    mi boca sin aquella
    de risas y donaires
    festiva competencia;
       doquier, en fin, marcadas
    mil dolorosas huellas
    de tu rigor injusto,
    de mi infeliz terneza.
       Así tú, en el espejo,
    consultándolo encuentras
    a Venus y sus Gracias;
    yo, un retrato de penas.



    - XXIV - Del vino y el amor

       Con una dulce copa
    despierta mi cariño
    si de amor en los fuegos
    Dorila me ve tibio.
       Y si yo desdeñosa
    o cobarde la miro,
    al punto sus temores
    adormezco entre vino,
       cuyo ardor delicioso
    por los dos difundido,
    a Dorila más tierna,
    y a mí vuelve más fino.
       Y en sabrosos debates,
    entre risas y mimos,
    todo es brindis alegres,
    todo blandos suspiros.
       Sabed, pues, amadores,
    que Lïeo y Cupido
    hermanados se prestan
    sus llamas y delirios,
       porque el Málaga dome,
    tras el ruego benigno,
    a la bella que indócil
    se esquivare de oíros.
    Del caer de las hojas
       ¡Oh, cuál con estas hojas
    que en sosegado vuelo
    de los árboles giran,
    circulando en el viento,
       mil imágenes tristes
    hierven ora en mi pecho,
    que anublan su alegría
    y apagan mis deseos!
       Símbolo fugitivo
    del mundanal contento,
    que si fósforo brilla,
    muere en humo deshecho,
       no hace nada que el bosque
    florecidas cubriendo,
    la vista embelesaban
    con su animado juego,
       cuando entre ellas vagando


    el cefirillo inquieto,
    sus móviles cogollos
    colmó de alegres besos.
       Las dulces avecillas
    ocultas en su seno
    el ánimo hechizaron
    con sus sonoros quiebros;
       y entre lascivos píos,
    llagadas ya del fuego
    del blando amor, bullían
    de aquí y de allá corriendo,
       los más despiertos ojos
    su júbilo y el fresco
    de las sombras amigas
    solicitando al sueño.
       Pero el Can abrasado
    vino en alas del tiempo,
    y a su fresca verdura
    mancilló el lucimiento.
       Sucediole el otoño,
    tras de él, árido, el cierzo
    con su lánguida vida
    acabó en un momento;
       y en lugar de sus galas
    y del susurro tierno
    que al más leve soplillo
    vagas antes hicieron,
       hoy muertas y ateridas
    ni aun de alfombrar el suelo
    ya valen, y la planta
    las huella con desprecio.
       Así, sombra, mis años
    pasarán, y con ellos
    cual las hojas fugaces
    volará mi cabello;
       mi faz de ásperas rugas
    surcará el crudo invierno,
    de flaqueza mis pasos,
    de dolores mi cuerpo;
       y apagado a los gustos,
    miraré como un puerto
    de salud en mis males
    de la tumba el silencio.



    - XXVII - De las ciencias

    Apliqueme a las ciencias,
    creyendo en sus verdades
    hallar fácil alivio
    para todos mis males.
       ¡Oh, qué engaño tan necio!,
    ¡oh, cuán caro me sale!
    A mis versos me torno
    y a mis juegos y bailes.
       Por cierto que la vida
    tiene pocos afanes
    para darle otros nuevos
    y añadirle pesares.
       Aténgome a mi Baco,
    que es risueño y afable;
    pues los sabios, Dorila,
    ser felices no saben.
       ¿Qué me importa que fijo
    cual un bello diamante
    esté el sol en el cielo,
    como él nazca a alumbrarme?
       La luna está poblada...
    Mas que tenga millares
    de vivientes, pues que ellos
    ningún daño me hacen.
       Quita allá las historias.
    Que del Danubio al Ganges
    furioso sus banderas
    el Macedón llevase,
       ¿qué nos hará, Dorila,
    si por mucho que pasten
    sobra a nuestras corderas
    la mitad de este valle?
       Pues si no a la justicia...
    Venga un sorbo al instante,
    que en nombrando esta diosa
    me estremezco cobarde.
       Los que estudian padecen
    mil molestias y achaques,
    desvelados y tristes,
    silenciosos y graves.
       ¿Y qué sacan? Mil dudas;
    y de éstas luego nacen
    otros nuevos desvelos,
    que otras dudas les traen.
       Así pasan la vida
    - ¡vida cierto envidiable! -
    en disputas y en odios,
    sin jamás concertarse.
       Dame vino, zagala;
    que como él no me falte
    no hayas miedo que cesen
    mis alegres cantares.



    - XXXI - A las abejas

       Solícitas abejas,
    no en los tendidos valles
    mas revoléis inquietas
    por vuestra miel süave.
       No apuréis de la rosa,
    cuando el rubio sol nace,
    las perlas de que el alba
    llenó su tierno cáliz,
       ni su albor puro sienta
    la azucena fragante
    por vosotras ajado,
    si buscáis azahares;
       y el clavel oloroso
    para las bellas guarde
    su pompa, y con la nieve
    de sus pechos contraste.
       Mas los labios floridos
    asaltad susurrantes
    de mi amada, y el néctar
    que destilan robadle.
       Allí nardo y aromas
    y dulzor inefable
    y líquido rocío
    hallaréis abundante.
       Pero dad a los míos
    del feliz robo parte
    sin que a herirlos se atreva
    vuestro dardo punzante;
       que es su boca divina
    venero inagotable
    de miel süave y pura,
    de gracias celestiales.



    - LIV - El canto de la alondra

       ¿Dónde estás, avecilla,
    que por más que en buscarte
    mis ojos por el viento
    solícitos se afanen,
       dar contigo no pueden
    cuando tú te deshaces
    en llenarlo armoniosa
    de tus píos süaves?
       ¿Dónde estás?
    ¿Cómo el vuelo
    tanto, alondra, encumbraste,
    que la vista más lince
    desfallece en tu alcance?
       Y tú el canto redoblas,
    y en más llenos compases
    ensordeces la esfera
    y enmudeces las aves.
       Tu voz sola se escucha,
    que en trinos penetrantes
    desciende de do el alba
    las puertas al sol abre,
       su alegre mensajera
    con música incesante
    del sueño en que se olvidan
    llamando a los mortales
       a que gocen y admiren
    la pompa con que nace,
    y empieza entre arreboles
    su trono de oro a alzarse.
       Yo a todos me anticipo,
    y en este umbroso valle,
    durmiendo aún tú, ya miro
    si rayan sus celajes,
       que nunca el dios del sueño
    visita favorable
    los pechos que suspiran
    en duelos y pesares.
       Tú cantas, avecilla,
    y en quiebros agradables
    del júbilo en que hierves
    pareces darnos parte.
       Al nuevo día aguardas
    sin miedo de emplearle
    ni en cargos que te abrumen,
    ni en necios que te enfaden,
       siguiendo en tus gorjeos
    y trinos celestiales
    hasta que el sol en brazos
    se apaga de la tarde.
       Y siempre exenta y libre,
    doquiera que te place
    discurres vagarosa
    con ala revolante:
       ya plácida te meces,
    ya rápida te abates,
    ya recta te sublimas,


    doblando tus cantares.
       La vista que te sigue
    no alcanza ya a mirarte,
    o un punto te divisa
    inmóvil en los aires.
       ¡Dichosa tú, a quien cupo
    tan libre ser, y sabes
    sin velas ni zozobras
    pacífica gozarle!
       Yo, atado a un triste cargo
    cual siervo en dura cárcel,
    no alcanzo de este suelo
    ni un punto a separarme.
       Tus alas, tu soltura,
    tu independencia dame;
    yo iré donde a mi suerte
    jamás tu suerte iguale.
       Tú cantas y te gozas;
    yo, envuelto en ansias graves,
    mis cantos en suspiros
    vi súbito tornarse.
       Tú a la alma primavera,
    que el manto ya flotante
    despliega y colma el mundo
    de júbilo inefable,
       canora te anticipas,
    sintiendo ya inundarse
    tu seno en las delicias
    de amor, esposa y madre.
       Mientras yo sólo en ella
    de mi existencia frágil
    la débil llama tiemblo
    ir súbito a apagarse,
       apenas mal seguro
    del golpe inexorable
    que amaga de mis días
    el delicado estambre,
       del fúnebre Aqueronte
    tocando ya la margen,
    do las pálidas sombras
    se espesan a millares
       y al viejo triste ruegan
    que en su batel las pase
    allá do en uno iremos
    pequeñuelos y grandes,
       y do ni por tesoros,
    ni por ínclita sangre,
    ni omnipotente cetro
    jamás se huyera nadie,
       sin que tus dulces trinos,
    alondra amada, basten
    a desprender mi mente
    de esta ominosa imagen.
       Ufana tus venturas,
    celebra, oh feliz ave,
    que a mí no es dado, ¡ay, triste!,
    sino llorar mis males.



    ODAS

    - IV - Mi embeleso

       Repite, Galatea,
    repite la cantata
    en que el feliz delirio
    de tu pasión declaras,
       y los trinos ardientes
    con que juras que me amas
    o los flébiles ayes
    que ocultándolo exhalas,
       aumentando tus ojos
    y halagüeñas miradas
    el sublime embeleso
    de tu dulce garganta.
       Que sus vivas centellas
    me penetren el alma;
    o en el cielo enclavados,
    con tu hechicera gracia
       a una virgen semeja
    que a sus mansiones claras
    entre ahincados suspiros
    extática se lanza.
       Que tu rostro se anime
    con la inefable gracia
    del pudor y el deseo,
    que alternados te inflaman;
       y cediendo al impulso
    que a gozar te arrebata,
    por pintarme más vivos
    tu cariño y tus ansias,
       a mí un tanto te inclina,
    cual si ciega anhelaras
    redoblar las delicias
    en que ya me embriagas.
       Nada, en fin, Galatea,
    nada olvides que valga
    para hacer de tu canto
    más completa la magia.
       En mí, que embebecido
    te contemplo, no hay nada
    que el imperio no sienta
    de tu voz soberana.
       En ti sola el oído,
    las pasiones en calma,
    libertad y alma y vida
    de tu lengua colgadas,
       mi sangre se enardece;
    trémulas mis palabras,
    en una espesa nube
    los ojos se me apagan;
       y frenético el pecho,
    mientras más lo regalas
    con tus trinos süaves,
    más y más te idolatra.



    - VIII - El jilguero

       Encantada mi Erato
    de mirar cómo ceden
    a sus dedos fugaces
    las teclas obedientes,
       preludiaba en el piano
    mil graciosos juguetes,
    sin que el labio canoro
    sus compases siguiese.
       Pero el lindo jilguero
    que entre doradas redes
    su cuidado y delicia
    plácido a un lado pende,
       herido de los sones
    se sacude y conmueve,
    presta atento el oído
    y vivaz enloquece,
       súbito desatando
    su piquito, que alegre
    las tocatas y juegos
    muy más dulces nos vuelve,
       redoblando donoso
    con su voz elocuente
    cuantos trinos y fugas
    en la música advierte.
       Galatea gozosa,
    para más encenderle,
    entre risas y mimos
    nuevos tonos le ofrece;
       y el colorín ufano
    los escucha y aprende,
    y con glosas más bellas
    nuestro oído embebece
       sin cesar en los quiebros
    ni apurar sus motetes,
    que varía triunfante,
    y a sí mismo se excede;
       hasta que por seguirle
    dio muy bien de repente
    de su acento a las auras
    la armonía celeste,
       que colmando mi pecho
    del más puro deleite,
    impresión tan profunda
    causó en él y tan fuerte
       que ya no fue posible
    ni que el pico despliegue,
    ni una sola piada
    provocado volviese,
       y abatido y cobarde,
    pero atónito, atiende
    si la letra repite,
    si otra nueva previene.
       ¿Y qué fue? Que la envidia
    le tomó, aunque inocente,
    de que en música y trinos
    su señora le vence;
       o gritole el respeto:
    "Temerario, ¿qué quieres?
    Con la diosa del canto
    confundido enmudece".



    - XII - La guirnalda

       Mientras tú regalabas,
    Galatea, mi oído
    en tu armónico piano
    con tus célicos trinos,
       yo las flores más lindas
    robé a este canastillo
    que el Amor a mi mano
    presentara benigno;
       y casando con arte
    sus colores más finos,
    ve la hermosa guirnalda
    que feliz he tejido.
       Mira el jazmín cuál hace
    los matices más vivos
    del alhelí, y la rosa
    cómo luce entre lirios.
       Sale el verde en los tallos,
    relevando sombrío
    ya la anémona bella,
    ya el clavel purpurino;
       y entrelazada y rica
    de un amoroso mirto,
    de Citeres y Flora
    une a par los dominios.
       Mas si al gusto no alcanza
    ni al primor exquisito
    que atesoran tus manos
    y en tus obras admiro,
       a lo menos es muestra
    del más tierno cariño
    que abrigó amante pecho,
    y por tal te la rindo.
       Deja, pues, que realce
    su galano atavío
    de tu frente la nieve,
    de tus trenzas el brillo.
       Deja, deja que el labio,
    cuando de ella las ciño
    y al compás de tu acento,
    te repita sencillo:
       "A la diosa del canto,
    cuyo canoro hechizo,
    si allá dulce sonara,
    conmoviera el Olimpo,
       en señal reverente
    del éxtasis divino
    en que oyéndola caigo,
    humilde la dedico".



    LETRILLAS

    - II - A unos lindos ojos

           Tus lindos ojuelos
           me matan de amor
    .
       Ora vagos giren,
    o párense atentos,
    o miren exentos,
    o lánguidos miren,
    o injustos se aíren,
    culpando mi ardor,
           tus lindos ojuelos
           me matan de amor.

       Si al fanal del día
    emulando ardientes,
    alientan clementes
    la esperanza mía,
    y en su halago fía
    mi crédulo error,
           tus lindos ojuelos
           me matan de amor.

       Si evitan arteros
    encontrar los míos,
    sus falsos desvíos
    me son lisonjeros.
    Negándome fieros
    su dulce favor,
           tus lindos ojuelos
           me matan de amor
    .
       Los cierras burlando,
    y ya no hay amores,
    sus flechas y ardores
    tu juego apagando;
    yo entonces temblando
    clamo en tanto horror:
           "¡Tus lindos ojuelos
           me matan de amor!"

       Los abres riente,
    y el Amor renace
    y en gozar se place
    de su nuevo oriente,
    cantando demente
    yo al ver su fulgor:
           "¡Tus lindos ojuelos
           me matan de amor!"

       Tórnalos, te ruego,
    niña, hacia otro lado,
    que casi he cegado
    de mirar su fuego.
    ¡Ay!, tórnalos luego,
    no con más rigor
           tus lindos ojuelos
           me matan de amor
    .



    - VI - La flor del Zurguén

       Parad, airecillos,
    y el ala encoged,
    que en plácido sueño
    reposa mi bien.
       Parad y de rosas
    tejedme un dosel
    do del sol se guarde
           la flor del Zurguén.
       Parad, airecillos,
    parad y veréis
    a aquella que ciego
    de amor os canté,
       a aquella que aflige
    mi pecho cruel,
    la gloria del Tormes,
           la flor del Zurguén.
       Sus ojos, luceros;
    su boca, un clavel;
    rosa, las mejillas;
    y atónitos ved
       do artero Amor sabe
    mil almas prender,
    si al viento las tiende
           la flor del Zurguén.
       Volad a los valles,
    veloces traed
    la esencia más pura
    que sus flores den.
       Veréis, cefirillos,
    con cuánto placer
    respira su aroma
           la flor del Zurguén.
       Soplad ese velo,
    sopladlo, y veré
    cuál late y se agita
    su seno con él,
       el seno turgente
    do tanta esquivez
    abriga en mi daño
           la flor del Zurguén.
       ¡Ay, cándido seno!,
    ¡quién sola una vez
    dolido te hallase
    de su padecer!
       Mas, ¡oh, cuán en vano
    mi súplica es!,
    que es cruda cual bella
           la flor del Zurguén.
       La ruego, y mis ansias
    altiva no cree;
    suspiro, y desdeña
    mi voz atender.
       Decidme, airecillos,
    decidme: ¿Qué haré
    para que me escuche
           la flor del Zurguén?
       Vosotros felices
    con vuelo cortés
    llegad y besadle
    por mí el albo pie.
       Llegad y al oído
    decidle mi fe,
    quizá os oiga afable
           la flor del Zurguén.
       Con blando susurro
    llegad sin temer,
    pues Leda reposa
    su altivo desdén.
       Llegad y piadosos
    de un triste os doled,
    así os dé su seno
           la flor del Zurguén.



    ROMANCES

    - IX - La mañana de San Juan

       Mañanita de San Juan
    por el prado de la aldea
    a celebrarla se salen
    pastores y zagalejas.
       Bailándolas ellos vienen
    con mil mudanzas y vueltas,
    y cantando mil tonadas
    del dulce amor vienen ellas.
       Unos el suyo encarecen
    en bien sentidas ternezas,
    y otros con agudas chanzas
    bulliciosos las alegran.
       Los que son más entendidos,
    cortesanos les presentan
    la mano para apoyarse
    con delicada fineza.
       No hay corazón que esté triste
    ni voluntad que esté exenta:
    todo es amores el valle,
    los zagales, todo fiesta.
       Cuál saltando se adelanta,
    cuál burlando atrás se queda,
    y cuál en medio de todas
    repica la pandereta.
       El crótalo y tamborino
    con la alegre flauta alternan,
    y el regocijo y las vivas
    suben hasta las estrellas.
       Unos de trébol y flores
    y misteriosa verbena
    sus cándidas sienes ciñen,
    matizan sus rubias trenzas;
       otros por detrás sus ojos
    con un lienzo arteros vendan,
    y del juego alegres ríen
    si con el engaño aciertan;
       y otros, de menuda juncia
    tejiendo blandas cadenas,
    hacen como que las prenden
    y en sus lazos más se enredan.
       Aquél deshojando rosas
    en el seno se las echa,
    y aquél en el suyo guarda
    las que a su nariz acercan.
       Cuáles alzando los ramos
    en triunfo de amor las llevan,


    y cuáles porque los pisen
    de ellos el camino siembran.
       Así llegan a la fuente
    que el gran álamo hermosea
    con su pomposo ramaje,
    do en alegre paz se asientan.
       El gusto y júbilo crecen;
    la risa y el placer vuelan
    de boca en boca, y más vivos
    canto y danzas se renuevan.
       La Aurora, de su albo seno
    rosas derramando y perlas,
    cede el cielo al sol que asoma
    y se para y las contempla;
       y en medio su trono de oro
    por las lucientes esferas
    ostentando de sus llamas
    la inagotable riqueza,
       este día más hermoso
    parece que da a la tierra
    más rica luz, y a las flores
    alegría y vida nueva.
       Con la fiesta y el bullicio
    las avecillas despiertan,
    pueblan y animan los aires,
    y la nueva luz celebran.
       Todo, en fin, se goza y ríe:
    fuentes, árboles, praderas,
    selváticos brutos, hombres,
    el júbilo en todos reina.
       Libre en tanto el Amor vaga,
    nadie sus tiros recela.
    El campo, el día, la hora,
    toda la ilusión aumenta.
       Todo encanta los sentidos:
    por una llanada inmensa
    vaga la vista; las aves
    con sus trinos embelesan;
       entre el grato cefirillo
    el labio aromas alienta,
    el tacto en delicias nada,
    y el pecho inflamado anhela,
       gratamente así corriendo
    por las agitadas venas
    del placer la suave llama,
    que a todos arrastra y ciega.


    La ocasión brinda al deseo,
    las miradas son más tiernas,
    los requiebros más ardientes,
    más picante la agudeza.
       Nadie desairado llora,
    ni enojar amando tiembla;
    el baile mismo autoriza
    mil cariñosas licencias.
       Quién rendido se declara,
    quién tierno la mano premia
    de su amada, y quién le roba
    un beso al dar una vuelta,
       beso de que no se ofende
    la zagala más severa,
    pues fueran culpa este día
    el rigor o la tibieza.
       Todos arden y suspiran,
    todo se aplaude y festeja;
    la timidez es osada,
    menos cauta la modestia.
       Y entre tantos regocijos,
    un pastor a quien las nuevas
    de su dulce bien faltaban
    cantó angustiado esta letra:
        Ya no hay, zagales, amor,
    que lo acabara el olvido.
    Nada de Fili he sabido
    y tiemblo su disfavor;
    ausente estoy, fui querido:
    ¡Ved si es justo mi dolor!

       También yo un tiempo dichoso
    cual ora os gozáis me vi,
    y en mi embeleso amoroso
    alegre canté y reí
    a par de mi dueño hermoso.
       Después que dejé su lado
    perdí la dicha y el gusto;
    y hoy con más grave cuidado,
    al ver su silencio injusto,
    sólo exclamo desolado:
        Ya no hay, zagales, amor,
    que lo acabara el olvido.
    Nada de Fili he sabido
    y tiemblo su disfavor;
    ausente estoy, fui querido:
    ¡Ved si es justo mi dolor!



    SILVAS

    - IV - A las Musas

       Perdón, amables Musas; ya rendido
    vuelvo a implorar vuestro favor; el fuego
    gratas me dad con que cantaba un día
    las dulces ansias del amor más ciego,
    o de la ninfa mía
    las gratas burlas, el desdén fingido,
    y aquel huir para rendirse luego.
    El entusiasmo ardiente
    dadme en que ya pintaba
    la florida beldad del fresco prado,
    la calma ya en que el ánimo embargaba
    el escuadrón fulgente
    que en la noche serena
    el ancho cielo de diamantes llena,
    deslizándose en tanto fugitivas
    las horas y la cándida mañana
    sembrando el paso de arrebol y grana
    a Febo luminoso.
    ¡Ah Musas!, ¡qué gozoso
    las canciones festivas
    de las aves armónico siguiera,
    saludando su luz, el labio mío,
    ora mirando el plateado río
    sesgar ondisonante en la ladera,
    ora en la siesta ardiente
    bajo la sombra hojosa
    de algún árbol altísimo copado
    al raudal puro de risueña fuente,
    gozando en paz el soplo regalado
    del manso viento en las volubles ramas!
    Ni allí loca ambición en peligrosos,
    falaces sueños embriagó el deseo,
    ni sus voraces llamas
    sopló en el corazón el odio insano,
    o en medio de desvelos congojosos
    insomne se azoró la vil codicia,
    cubriendo su oro con la yerta mano.
    Miró el más alto empleo
    el alma sin envidia, los umbrales
    del magnate ignoró, y a la malicia
    jamás expuso su veraz franqueza.
    De rústicos zagales
    la inocente llaneza,
    y sus sencillos juegos y alegría
    de cuidados exento
    venturoso gocé, y el alma mía


    entró a la parte en su hermanal contento.
    La hermosa juventud me sonreía,
    y de fugaces flores
    ornaba entonces mis tranquilas sienes,
    mientras el ardiente Baco me brindaba
    con sus dulces favores;
    y de natura al maternal acento
    el corazón sensible,
    en calma bonancible
    y en común gozo y en comunes bienes
    de eterna bienandanza me saciaba.
    ¡Días alegres, de esperanza henchidos,
    de ventura inmortal!, ¡amables juegos
    de la niñez!, ¡memoria,
    grata memoria de los dulces fuegos
    de amor! ¿Dónde sois idos?
    Decidme, Musas, ¿quién ajó su gloria?
    Huyó niñez con ignorado vuelo,
    y en el abismo hundió de lo pasado
    el risueño placer. ¡Desventurado!
    En ruego inútil importuno al cielo,
    y que torne le imploro
    la amable inexperiencia, la alegría,
    el ingenuo candor, la paz dichosa
    que ornaron, ¡ay!, mi primavera hermosa;
    mas nada alcanzo con mi amargo lloro.
    La edad, la triste edad del alma mía
    lanzó tan hechicera
    magia, y a mil cuidados
    me condenó por siempre en faz severa.
    Crudo decreto de malignos hados
    diome de Temis la inflexible vara;
    y que mi blando pecho
    los yerros castigara
    del delincuente, pero hermano mío,
    Astrea me ordenó, mi alegre frente
    de torvo ceño oscureció inclemente
    y de lúgubres ropas me vistiera.
    Yo mudo, mas deshecho
    en llanto triste su decreto impío,
    obedecí temblando,
    y subí al solio, y de la acerba diosa
    las leyes pronuncié con voz medrosa.
    ¡Oh, quién entonces el poder tuviera,
    Musas, de resistir!, ¡quién me volviese
    mi oscura medianía,


    el deleite, el reír, el ocio blando
    que imprudente perdí!, ¡quién convirtiese
    mi toga en un pellico, la armonía
    tornando a mi rabel con que sonaba
    en las vegas de Otea
    de mis floridos años los ardores
    y de Arcadio la voz le acompañaba,
    bailando en torno alegres los pastores!
    El que insano desea
    el encumbrado puesto,
    goce en buen hora su esplendor funesto.
    Yo viva humilde, oscuro,
    de envidia vil, de adulación seguro,
    entre el pellico y el honroso arado;
    y de fáciles bienes abastado,
    en salud firme el cuerpo, sana el alma
    de pasiones fatales,
    entre otros mis iguales,
    en recíproco amor, entre oficiosos
    consuelos. Feliz muera
    en venturosa calma,
    mi honrada probidad dejando al suelo,
    sin que otro nombre en rótulos pomposos
    mi losa al tiempo guarde lisonjera.
    Pero, ¡ah Musas!, que el cielo
    por siempre me cerró la florecida
    senda del bien; y a la cadena dura
    de insoportable obligación atando
    mi congojada vida,
    alguna vez llorando
    puedo solo engañar mi desventura
    con vuestra voz y mágicos encantos.
    Alguna vez en el silencio amigo
    de la noche callada
    puedo en sentidos cantos
    adormir mi dolor; y al crudo cielo
    hago de ellas testigo,
    y en las memorias de mis dichas velo,
    Musas, alguna vez, pues luego airada
    Temis me increpa, y de pavor temblando
    callo y su imperio irresistible sigo,
    su augusto trono en lágrimas bañando.
    Musas, amables Musas, de mis penas
    benignas os doled: vuestra armonía
    temple el son de las bárbaras cadenas
    que arrastro miserable noche y día.



    ODAS

    - VIII - A Lisi, que siempre se ha de amar

       La primavera derramando flores,
    el céfiro bullendo licencioso
    y el trino de las aves sonoroso
    nos brindan a dulcísimos amores
          en lazo delicioso.
       Viene el verano, y la insufrible llama
    agosta de su aliento congojado
    árboles, plantas, flores, hierba y prado.
    Todo cede a su ardor; sólo quien ama
          lo arrostra sin cuidado.
       El amarillo otoño asoma luego,
    de frutas, hiedra y pámpanos ceñido;
    la luz febea, su vigor perdido,
    se encoge, mientras amor dobla su fuego
          blando y apetecido;
       y en el ceñudo invierno, cuando atruena
    más ronco el aquilón tempestuoso,
    entre lluvias y nieves en reposo
    canta su ardor y ríe en su cadena
          el amador dichoso.
       Que así plácido amor sabe del año
    las estaciones, si gozarlos quieres,
    colmar, Lisi, de encantos y placeres.
    ¡Ay!, cógelos, simplilla; ve tu engaño
          y a la vejez no esperes.



    POEMAS FILOSÓFICOS Y MORALES

    - XXXII - Que la felicidad está
    en nosotros mismos

       No es, Julio, la riqueza
    el oro amontonado;
    ni huye la dicha de un humilde estado;
    la dicha, amiga aun de la vil pobreza.
       Ten acorde a tu suerte
    sin cesar el deseo;
    frena un ciego anhelar, el devaneo
    que en la nada hundirá luego la muerte;
       y alegre y venturoso
    adularán tu seno,
    ora de nubes y zozobras lleno,
    la blanda paz, el celestial reposo.
       Providente natura
    para tu bien presenta
    doquier placeres fáciles, y ostenta
    tierna madre a tus ojos su hermosura.
       Escoge: un claro día,
    el sol que con su llama,
    señor del cielo, el universo inflama,
    y la beldad le torna y la alegría;
       el viento que bullente
    jugando entre las flores
    regala tu nariz con sus olores
    y el pecho te dilata dulcemente;
       las flores que embelesan
    con sus galas vistosas;
    las abejas volando entre las rosas
    que abrazados sus vástagos se besan;
       el incesante trino
    con que avecilla tanta
    su gozo explica, sus amores canta,
    de Filomena el suspirar divino;
       y hasta en la noche oscura
    el sinfín que en su velo
    arde de luces y tachona el cielo,
    del sol mismo emulando la hermosura;
       si bien sabes mirarlo,
    todo alegrarte puede,


    que a todos y sin precio se concede,
    porque todos a par puedan gozarlo.
       Ni hay alfombradas salas
    o riquezas iguales,
    ni llegan los alcázares reales
    a pompa tanta y naturales galas;
       o más grato embebece
    un armónico coro
    que el arroyuelo de cristal sonoro
    que serpeando el ánimo adormece,
       salta y ríe, y la vista
    con mágico atractivo
    deslumbra y fija. En su bullir festivo,
    ¿qué pecho habrá que al júbilo resista?
       El llanto mismo, el llanto
    en que un llagado pecho
    prorrumpe a veces, ¡oh dolor!, deshecho,
    aun tiene su placer, y es un encanto.
       El alma que oprimida
    siente ahogarse en su pena,
    con sus lágrimas dulces se serena
    y entre ellas torna a recobrar la vida,
       bien como el caminante
    que en medio la agria cuesta
    aliento toma y a doblar se apresta
    su cima que enriscada ve delante.
       Veces mil, Julio mío,
    lo llevo así probado.
    ¡Triste, ay, de aquel a quien maligno el hado
    abisma en un dolor mudo y sombrío!
       Que siempre, siempre al cielo
    torvo hallará y sañudo,
    ni jamás del dolor el dardo agudo
    de su pecho arrancar verá al consuelo.
       No, pues, necio, te exhales
    en quejas ominosas;
    que nosotros labramos, no las cosas,
    si bien lo estimas, nuestros crudos males.



    - XVIII - Prosperidad aparente de los malos

       En medio de su gloria así decía
    el pecador: "En vano
    tender puede el Señor su débil mano
    sobre la suerte mía.
      A las nubes mi frente se levanta,
     y en el cielo se esconde.
    ¿Dónde está el justo? ¿Las promesas, dónde
    del Dios que humilde canta?
       Hiel es su pan, y miel es mi comida,
    y espinas son su lecho.
    Con su inútil virtud, ¿qué fruto ha hecho?
    Insidiemos su vida.
       A hierro por mis hijos sean taladas
    sus casas y heredades,
    y ellos mi ínclita fama a las edades
    lleven más apartadas;
       que el nombre de los buenos como nube
    se deshace en muriendo;
    sólo el del poderoso va creciendo
    y a las estrellas sube.
       Caiga, caiga en mis redes su simpleza".
    Él habló, yo pasaba;
    mas al tornar, por verle, la cabeza,
    ya no hallé dónde estaba.
       Su gloria se deshizo, sus tesoros
    carbones se volvieron,
    sus hijos al abismo descendieron,
    sus risas fueron lloros.
       La confusión y el pasmo en su alegría
    los pasos le tomaron,
    y entre los lazos mismos le enredaron
    que al bueno prevenía.
       Del injusto opresor ésta es la suerte;
    no brillará su fuego,
    y andará entre tinieblas como ciego
    sin que a salvarse acierte.
       La muerte le amenaza, los disgustos
    le esperan en el lecho;
    contino un áspid le devora el pecho,
    contino vive en sustos.
       Amanece, y la luz le da temores;
    la noche en sombras crece,
    y a solas del Averno le parece
    sentir ya los horrores.
       Dará, huyendo del fuego, en las espadas;
    el Señor le hará guerra;
    y caerán sus maldades a la tierra,
    del cielo reveladas.
       Porque del bien se apoderó inhumano
    del huérfano y vïuda,
    le roerá las entrañas hambre aguda,
    y huirá el pan de su mano.
       Su edad será marchita como el heno;
    su juventud florida
    caerá cual rosa del granizo herida
    en medio el valle ameno.
       Tal es, gran Dios, del pecador la suerte.
    Pero al justo que fía
    en tu promesa y por tu ley se guía,
    jamás llega la muerte.
       Sus años correrán cual bullicioso
    arroyo en verde prado,
    y cual fresno a su márgenes plantado
    se extenderá dichoso.



     
    - XXVII - A mi patria, en sus discordias civiles

       ¿Cuándo el cielo piadoso
    te dará fausta paz, oh patria mía,
    y roto el cetro odioso
    de la discordia impía,
    reirá en tu augusto seno la alegría?
       Tus hijos despiedados
    alzáronse en tu mal por destrozarte;
    ¿cuándo en uno acordados
    correrán a abrazarte
    y en tu acerbo dolor a confortarte?
       ¡Mísera!, ¿dó los ojos
    vuelvas, sin ver allí tu inmenso duelo?
    Estériles abrojos
    cubren el yermo suelo,
    que antes de espigas de oro pobló el cielo.
       La llama asoladora,
    igualando el palacio y la cabaña,
    tus entrañas devora,
    y en su implacable saña
    en lloro y sangre tus provincias baña.
       ¿Y tú el delirio alientas
    contra ti de tus gentes, y en su seno
    los odios alimentas,
    y de mortal veneno
    tú propia el cáliz les presentas lleno?
       ¿Dó vas, o qué pretendes?
    ¿Qué furor te arrebata? ¡Cuánta hoguera,
    ay, en tu estrago enciendes!
    ¡Ay!, ¡cuál la atroz Meguera
    te aguija impía en tu infeliz carrera!
       Y con gesto espantable,
    de su crin las culebras desprendiendo
    con su diestra implacable,
    sobre ti en son horrendo
    está sus alas fúnebres batiendo;
       sus alas, que concitan
    a mil y miles en delirio insano,
    y pavorosos gritan:
    "Hiera el hierro inhumano,
    el hacha tale de la cumbre al llano,
       no haya paz ni acomodo,
    el fatal bronce sin descanso truene
    y, asolándolo todo,
    con sus destrozos llene
    el hondo abismo, que bramando suene..."
       Caiga, patria querida,
    caiga tanto furor; cobre el arado
    el hierro que homicida
    la cólera ha afilado
    y va en tu noble sangre mancillado.
       Hermanos nos herimos,
    y viuda impíos nuestra madre hacemos;
    bajo un cielo vivimos,
    y unas aguas bebemos,
    y a emponzoñarlas bárbaros corremos.
    Ángeles que de España
    fieles guardáis la inmarcesible gloria,
    ahogad tan fiera saña,
      




    robad a la memoria
    de horrores tantos la llorosa historia.
       No dure ni en la pluma
    ni en el labio tan bárbara ruina,
    jamás finible suma
    de estragos, do mezquina
    la patria a hundirse rápida camina.
       ¡Ay, qué plaga ni gente
    de lucha tal ignora los furores
    y el delirio inclemente
    y los ciegos rencores
    con que ilusos doblamos sus errores!
       Bastante a nuestros nietos
    de lágrimas y amargos funerales,
    espantables objetos,
    memorias inmortales,
    dejamos ya de nuestros largos males;
       hasta allá do entre el hielo
    el rudo escita derramado mora
    se oyen con grave duelo,
    y el reino de la aurora
    la gran caída congojado llora.
       Y todos, del divino
    indomable valor que nos inflama
    pasmados, el destino
    maldicen y la trama
    que atizar pudo tan infanda llama.
       Ella en la tumba ha hundido
    una generación; tanta grandeza
    cual sombra ha fenecido;
    la española riqueza
    cebo fue del soldado a la fiereza.
       Nada, nada quedara
    del antiguo esplendor...
    ¡Y aún ciega gritas!,
    ¡y el puñal se prepara!,
    ¡y las teas agitas!,
    ¡y a estragos nuevos el rencor concitas!
       ¡Infeliz!, ¡en qué horrendo
    abismo gemirás precipitada
    con funeral estruendo!
    Después yerma, menguada,
    tu error maldecirás desengañada.
       Demandarás tus hijos,
    y "¡Ay!, perecieron", sonará en respuesta,
    "los ojos en ti fijos
    en su ausencia funesta".
    !Cuánto, ay, tu engaño de virtud te cuesta!
        ¡Oh, luzca el fausto día!,
    ¡oh, luzca al fin, en que la paz gloriosa
    te abrace, oh patria mía!
    En calma deliciosa
    torne el cielo tu cólera ominosa;
       y en tu amor inflamados,
    cual hijos a tus plantas nos postremos,
    do errores olvidados,
    hermanos nos amemos
    y en tu seno felices descansemos.



    ELEGÍAS MORALES

    - III - De mi vida

       ¿Dónde hallar podré paz? ¿El pecho mío,
    cómo alivio tendrá? ¿De mi deseo,
    quién bastará a templar el desvarío?
       Cuanto imagino, cuanto entiendo y veo,
    todo enciende mi mal, todo alimenta
    mi furor en su ciego devaneo.
       Se alza espléndido el sol, y el mundo alienta
    de vida y acción lleno; a mí enojosa
    brilla su luz, y mi dolor fomenta.
       Corre el velo la noche pavorosa,
    bañando en alto sueño a los mortales,
    y en plácida quietud todo reposa.
       Yo solo, en vela, en ansias infernales
    gimo, y el llanto mis mejillas ara,
    y al cielo envío mis eternos males.
       ¡Ay!, ¡la suerte enemiga, cuán avara
    desde la cuna se ostentó conmigo!
    Jamás el bien busqué que el mal no hallara.
       En cuitada orfandad, niño, de abrigo
    falto, solo en el mundo, quien me hiciese
    no hallé un halago o me abrazase amigo.
       ¿Justicia pudo ser que así naciese
    para ser infeliz, que de mi seno
    nunca el gozo señor ni un punto fuese?
       ¿Nacen los hombres a penar? ¿Ajeno
    es el bien de la tierra?, ¿o me castigas
    a mí tan solo, Dios clemente y bueno?
       Perdona mi impaciencia si me obligas
    a tan míseras quejas: ¿por qué el crudo
    dolor en breve punto no mitigas?,
       ¿por qué, por qué me hieres tan sañudo?
    ¿Quieres, justo Hacedor, romper tu hechura
    ¿El polvo, ¡ay, Padre!, en qué ofenderte pudo?
       Da paz a este mi pecho; de la oscura
    tiniebla en que mis pies envueltos veo,
    llévame por tu diestra a la luz pura.
       El iluso y frenético deseo
    rige, Señor, con valedora mano,
    y haz la santa virtud mi eterno empleo.
       Yo de mí nada puedo; que liviano,
    si asirle quiero, escapa; si frenarle,
    de mi flaco poder se burla insano.
       ¡Cuántas, oh cuántas veces arrancarle
    del abismo do está, cuántas del puro,
    del casto bien propuse enamorarle!
       "¡Oh, si alcanzase en soledad seguro
    vivir al menos!", exclamé llorando;
    "mi estado fuera entonces menos duro.
       Ferviente hasta el gran Ser la mente alzando,
    la quieta noche, el turbulento día
    pasara yo sus obras contemplando.
       Con el alba, la célica armonía
    de las aves del sueño me llamara,
    y a las suyas mi lengua se uniría
       a adorar su bondad; cuando vibrara
    más sus fuegos el sol, del bosque hojoso



    la sombra misteriosa me guardara.
       Si su pendón la noche silencioso
    alzara, y en su trono la alba luna
    bañara el mundo en esplendor gracioso,
       yo sus pasos siguiendo de una en una
    recordara, seguro de más daños,
    las vueltas que en mí usara la Fortuna.
       Allí alegre riera sus engaños,
    su falaz ofrecer, el devaneo
    de mis perdidos juveniles años".
       Amé, y hallé dolor; volví el deseo
    a las ciencias, creyendo que serían
    al alma enferma saludable empleo.
       Las ciencias me burlaron, me ofrecían
    remedios que mis llagas irritaban,
    y a la hidalga razón grillos ponían.
       Dejelas, y corrí do me llamaban
    la oficiosa ambición y los honores,
    entre mil que sus premios anhelaban.
       Mas fastidieme al punto; y a las flores
    me torné del placer tras un mentido
    bien, que a mi pecho causa mil dolores.
       ¡Oh, hubiese siempre en soledad vivido!,
    ¡siempre del mundo al ídolo cerrado
    los ojos, y a su voz mi incauto oído!,
       y hubiera tantas ansias excusado,
    tanto miedo y vergüenza y cruda pena,
    vigilia tanta en lágrimas bañado.
       Pero el cielo parece que condena
    los hombres al error, y que se place
    en que arrastren del vicio la cadena.
       Nunca el seguro bien nos satisface;
    el placer nos fascina; la paz santa
    morada nunca entre sus flores hace.
       ¿Quién hay que huelle con segura planta
    la ardua senda del bien? ¿Y quién, perdida,
    la torna a hallar y en ella se adelanta?
       Toda es escollos nuestra frágil vida.
    Tiende el vicio la red, y la dañosa
    ocasión por mil artes nos convida.
       El deseo es osado, cuan medrosa
    y flaca la razón: a quién el oro,
    a quién mirada encanta cariñosa;
       otro al son corre del clarín sonoro
    tras la gloria fatal, y en grato acento
    le suena el bronce horrible, el triste lloro;
       aquél, con impía audacia, al elemento
    voluble se abandona en frágil nave
    y los monstruos del mar mira contento.
       Nadie se rige por razón, ni sabe
    qué codicia, qué teme, qué desea,
    cuál cosa vitupere y cuál alabe.
       Así el hombre infelice devanea
    sin que jamás el justo medio acierte;
    y el mal de todos lados le rodea,
    hasta que da por término en la muerte.



    EPÍSTOLAS

    - I - La gran fiesta del Lunes de Aguas


    Carta escrita a don José Cadalso

       A la gran borrachera
    del Lunes de las Aguas,
    primer fiesta de Baco
    de nuestra Salamanca
       y solemnidad ilustre
    que ella tan sólo guarda
    en todas las aldeas
    que el claro Tormes baña,
       donde salirse suele
    a la campestre estancia
    con opíparas mesas
    de corderos de Pascua
       y en espumantes copas
    del nieto de las parras
    dar a la primavera
    mil bacanales salvas,
       brindome mi capricho
    tras siesta abochornada;
    y al punto a puto el postre
    eché a correr de casa.
       Fuime, como es costumbre,
    a mi alameda amada,
    que el árabe Aldehuela
    y aun nuestro vulgo llama;
       y luego que de un alto
    la descubrí, cual playa,
    todo el pensar llevome
    su grita y algazara.
       La imagen que a lo lejos
    la multitud formaba,
    de blanco, negro y verde,
    no sé cómo pintarla.
       Ansioso, pues, de verme
    envuelto ya en la zambra,
    requerí mi sombrero,
    rebujeme en la capa,
       y eché a correr abajo
    con tan veloces plantas
    que no me compitiera
    la puta de Atalanta.
       Llégome en fin y veo
    multitud de viandas,
    muchedumbre de juegos
    e infinidad de danzas;
       mas mi afecto entre todo
    al baile se pegaba,
    porque a las niñas tengo
    cierta afición innata.
       Vime allí a las Capuchas,
    la Chispa y la Cacharra,
    la Ojotes, las Gurrumas,
    las Calluzas y Claras,
       a cuál más desvergüenzas
    mostrando en sus palabras,
    que francas de sí mismas,
    a nada se negaran.
       Si por acá estuvieras,
    tú dijeras: "Bien haya
    quien tantas putas cría
    y a tantas putas guarda".
       Pues ¿qué podré decirte
    de sus dichos y chanzas?
    Lo nuestro y aun lo suyo
    sin translación nombraban.
       ¿Qué de las frases, pullas...?
    "Cache usted... Mala sarna...
    Cangrena... Peste... Y fuego
    de san Antón te caiga".


       Dalmiro, tú imagina
    qué tal tendría yo el alma
    con tanta nieve y rosa
    cual todas me mostraban;
       pues ver sus frescas carnes
    y ver sus níveas naguas
    era allí más baldío
    y más común que el agua.
       Era tanto el objeto
    y eran tantas las gracias,
    que el no ver con el ojo...,
    lo tuve ya por falta.
       En esto el Zorro y otro
    se traban de palabras,
    que al parecer al Zorro
    los celos le picaban;
       y a su rival le dijo:
    "Hola, amigo, esa maja
    chorrea por mi cuenta,
    ¿lo ha oído usted en plata?".
       Por esto el otro al Zorro
    sentole una puñada
    que brotó sangre y vino
    de la nariz tocada;
       y el Zorro, al verse herido,
    sacó su atroz navaja,
    y entre los pestorejos
    le dio una santiguada.
       Desde el medio del baile
    lo vio la Perandanga;
    y encarándose al Zorro,
    gritó con voces altas:
       "Cuando pensé tuvieras
    treinta orejas cortadas,
    te miro cual mondongo
    la cara embadurnada".
       Y al punto a su contrario
    corre a echarle la zarpa;
    mas, furiosa, del moño
    la apañó la Cacharra,
       que en defensa del otro
    saliera a la demanda,
    porque el otro es su mueble,
    y al verlo herido brama,
       a más que de mal ojo
    mira a la Perandanga,
    y estaba con el Zorro
    no sé por qué atufada.
       Se armó una chamusquina
    que el diablo la apagara:
    cuál vota, cuál lamenta,
    Por cima de los cuernos
    andaban las mojadas;
    que muchos, aunque grandes,
    de ver no los echaban.
      Acudió la justicia,
    viéronse allí sus varas,
    y era el téngase afuera
    la más común palabra.
         Cierto fraile francisco,
    que de fuera atisbaba
    cual piojo por costura,
    metiose entre la danza.
       "Téngase el fraile", dice
    muchacha desollada;
    "vaya al coro a osearse
    las moscas de las nalgas".
       A tan revuelto río,
    vi a algunos que pescaban
    truchas, que con el cebo
    del toma arman la caña.
      "Esta es ocasión buena,
    que no nos ven, muchacha;


    harto esperar me has hecho;
    ya es tarde y tengo gana".
       "Poco a poco", ella dice,
    "que mire usted apurada -
    mente, que ya por darlo
    está rabiando el alma.
       Despacio..., pues..., no es cosa
    de a hogarse en poca agua;
    las seis son, y es bien cierto
    que hay tiempo hasta mañana".
       Otra busca a su hija
    con alto grito, y clama:
    "Colasa, que tu padre
    con la merienda aguarda".
       "Yo merendar no quiero",
    responde, "usted se vaya
    con él a su merienda,
    que a mí el bailar me basta".
       Y la madre al oírlo
    replica: "sal, muchacha;
    ¿qué entre alcahuetas haces
    y entre mujeres malas?"
       Mas ella dice: "madre,
    ¿que es usted tan honrada?
    Y que lo fueran, ¿de ello
    a mí qué me pegaban?".
       La madre va a cogerla;
    y ella, alzadas las naguas,
    echa a correr y vase
    donde el majo la aguarda,
       y los dos con mil risas
    se meten..., pero vaya,
    presume a qué se meten,
    Dalmiro, entre las zarzas.
       Quién, menos audaz, dice,
    llegándose a la Juana,
    zurcidora de gustos,
    corredora de casas:
       "hola, abuela, así cace
    la moza tras quien anda,
    que no me engañe y diga
    si ha hablado a mi salada".
       "Hijo", la vieja dice,
    "¿tú juzgas que olvidaba
    tu gusto? ¡Bueno es eso
    para mi edad y maña!
       De quién, en dónde, cuándo
    y cómo está citada,
    bien pagármelo puedes,
    que es la zagala honrada;
      más limpia está que un oro,
    la flor es de las majas;
    que sal tiene en el baile,
    y un ángel es si canta;
       y ve, niño, seguro
    que no te pegue nada,
    que lo he visto y revisto
    y está frescota y sana.
       ¡Qué pulpa que te comes...!
    ¡Querido..., qué rapaza...!
    Yo al verla, aunque ya vieja,
    me alegro y me dan ganas.
       Gozaros, angelicos,
    que la mocedad pasa;
    pero a la pobre vieja
    para vino una blanca".
    Tras de esto en mil columpios,
    la mantilla terciada,
    talle igual, y pie chico
    con la hebillota baja,
       el cuerpo atimbalado,
    jubón de estrecha manga,


    ancho escote, y al cuello
    pañolillo de gasa,
       con desenfado chusco
    mirando de pasada,
    pisando a lo brioso,
    riéndose a lo zaina,
       Marica al baile viene
    de Antón acompañada;
    y atrás con el Zurdillo
    le sigue la Catalina.
       Llegaron al arroyo,
    y al punto que pasaban,
    primero que ellas, quiso
    pasar una madama.
       "Deténgase", le dijo
    Marica en voz airada;
    "¡Miren la de escofieta!
    ¡Qué tiesa que se pasa!
       La uisía no la escucha;
    Marica va y la agarra,
    y de las pasaderas
    la arroja dentro el agua,
       y sigue su camino
    diciendo, puesta en jarras:
    "aprenda y no se encuentre
    en jamás con las majas".
       A fuego a toda prisa
    tocaron las campanas,
    porque de amor o vino
    todos allí se abrasan;
       la gente se alborota,
    cuál corre hacia su casa,
    y cuál para apagarlo
    va y besa la empegada.
       En esto ya la noche
    su manto desplegaba,
    sin duda para hacerlo
    de tantos vicios capa.
       Yo a esta señora noche
    por mí la encorozara,
    como a quien es de Venus
    tercera en sus marañas.
       Tú mira si de día
    lo que he dicho pasaba,
    de noche en campo raso
    qué tal iría la zambra.
       Vos, Musas, pues ya débil
    veis que mi voz se cansa,
    contad a mi Dalmiro
    la brega que allí andaba.
       Pues repetir los votos
    y palabras pesadas
    de los llenos de vino
    en la vuelta a sus casas,
       sus tumbos y vaivenes,
    carreras y paradas,
    ya hablando como amigos,
    ya echándose bravatas,
       fuera decirte cosas
    ni escritas ni notadas,
    que sólo el padre Baco
    en sus archivos guarda;
       que yo por mí no tuve
    paciencia que bastara
    a tantos disparates,
    no obstante mi cachaza.
       Esto es todo lo nuevo
    y divertido que halla
    mi afecto que contarte
    en la Atenas de España.
       Yo, tu amigo, en día aciago,
    martes por la mañana
    siguiente a la gran fiesta
    del Lunes de las Aguas
    .




    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac