- I - La gran fiesta del Lunes de Aguas
Carta escrita a don José Cadalso
A la gran borrachera
del Lunes de las Aguas,
primer fiesta de Baco
de nuestra Salamanca
y solemnidad ilustre
que ella tan sólo guarda
en todas las aldeas
que el claro Tormes baña,
donde salirse suele
a la campestre estancia
con opíparas mesas
de corderos de Pascua
y en espumantes copas
del nieto de las parras
dar a la primavera
mil bacanales salvas,
brindome mi capricho
tras siesta abochornada;
y al punto a puto el postre
eché a correr de casa.
Fuime, como es costumbre,
a mi alameda amada,
que el árabe Aldehuela
y aun nuestro vulgo llama;
y luego que de un alto
la descubrí, cual playa,
todo el pensar llevome
su grita y algazara.
La imagen que a lo lejos
la multitud formaba,
de blanco, negro y verde,
no sé cómo pintarla.
Ansioso, pues, de verme
envuelto ya en la zambra,
requerí mi sombrero,
rebujeme en la capa,
y eché a correr abajo
con tan veloces plantas
que no me compitiera
la puta de Atalanta.
Llégome en fin y veo
multitud de viandas,
muchedumbre de juegos
e infinidad de danzas;
mas mi afecto entre todo
al baile se pegaba,
porque a las niñas tengo
cierta afición innata.
Vime allí a las Capuchas,
la Chispa y la Cacharra,
la Ojotes, las Gurrumas,
las Calluzas y Claras,
a cuál más desvergüenzas
mostrando en sus palabras,
que francas de sí mismas,
a nada se negaran.
Si por acá estuvieras,
tú dijeras: "Bien haya
quien tantas putas cría
y a tantas putas guarda".
Pues ¿qué podré decirte
de sus dichos y chanzas?
Lo nuestro y aun lo suyo
sin translación nombraban.
¿Qué de las frases, pullas...?
"Cache usted... Mala sarna...
Cangrena... Peste... Y fuego
de san Antón te caiga".
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Dalmiro, tú imagina
qué tal tendría yo el alma
con tanta nieve y rosa
cual todas me mostraban;
pues ver sus frescas carnes
y ver sus níveas naguas
era allí más baldío
y más común que el agua.
Era tanto el objeto
y eran tantas las gracias,
que el no ver con el ojo...,
lo tuve ya por falta.
En esto el Zorro y otro
se traban de palabras,
que al parecer al Zorro
los celos le picaban;
y a su rival le dijo:
"Hola, amigo, esa maja
chorrea por mi cuenta,
¿lo ha oído usted en plata?".
Por esto el otro al Zorro
sentole una puñada
que brotó sangre y vino
de la nariz tocada;
y el Zorro, al verse herido,
sacó su atroz navaja,
y entre los pestorejos
le dio una santiguada.
Desde el medio del baile
lo vio la Perandanga;
y encarándose al Zorro,
gritó con voces altas:
"Cuando pensé tuvieras
treinta orejas cortadas,
te miro cual mondongo
la cara embadurnada".
Y al punto a su contrario
corre a echarle la zarpa;
mas, furiosa, del moño
la apañó la Cacharra,
que en defensa del otro
saliera a la demanda,
porque el otro es su mueble,
y al verlo herido brama,
a más que de mal ojo
mira a la Perandanga,
y estaba con el Zorro
no sé por qué atufada.
Se armó una chamusquina
que el diablo la apagara:
cuál vota, cuál lamenta,
Por cima de los cuernos
andaban las mojadas;
que muchos, aunque grandes,
de ver no los echaban.
Acudió la justicia,
viéronse allí sus varas,
y era el téngase afuera
la más común palabra.
Cierto fraile francisco,
que de fuera atisbaba
cual piojo por costura,
metiose entre la danza.
"Téngase el fraile", dice
muchacha desollada;
"vaya al coro a osearse
las moscas de las nalgas".
A tan revuelto río,
vi a algunos que pescaban
truchas, que con el cebo
del toma arman la caña.
"Esta es ocasión buena,
que no nos ven, muchacha;
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harto esperar me has hecho;
ya es tarde y tengo gana".
"Poco a poco", ella dice,
"que mire usted apurada -
mente, que ya por darlo
está rabiando el alma.
Despacio..., pues..., no es cosa
de a hogarse en poca agua;
las seis son, y es bien cierto
que hay tiempo hasta mañana".
Otra busca a su hija
con alto grito, y clama:
"Colasa, que tu padre
con la merienda aguarda".
"Yo merendar no quiero",
responde, "usted se vaya
con él a su merienda,
que a mí el bailar me basta".
Y la madre al oírlo
replica: "sal, muchacha;
¿qué entre alcahuetas haces
y entre mujeres malas?"
Mas ella dice: "madre,
¿que es usted tan honrada?
Y que lo fueran, ¿de ello
a mí qué me pegaban?".
La madre va a cogerla;
y ella, alzadas las naguas,
echa a correr y vase
donde el majo la aguarda,
y los dos con mil risas
se meten..., pero vaya,
presume a qué se meten,
Dalmiro, entre las zarzas.
Quién, menos audaz, dice,
llegándose a la Juana,
zurcidora de gustos,
corredora de casas:
"hola, abuela, así cace
la moza tras quien anda,
que no me engañe y diga
si ha hablado a mi salada".
"Hijo", la vieja dice,
"¿tú juzgas que olvidaba
tu gusto? ¡Bueno es eso
para mi edad y maña!
De quién, en dónde, cuándo
y cómo está citada,
bien pagármelo puedes,
que es la zagala honrada;
más limpia está que un oro,
la flor es de las majas;
que sal tiene en el baile,
y un ángel es si canta;
y ve, niño, seguro
que no te pegue nada,
que lo he visto y revisto
y está frescota y sana.
¡Qué pulpa que te comes...!
¡Querido..., qué rapaza...!
Yo al verla, aunque ya vieja,
me alegro y me dan ganas.
Gozaros, angelicos,
que la mocedad pasa;
pero a la pobre vieja
para vino una blanca".
Tras de esto en mil columpios,
la mantilla terciada,
talle igual, y pie chico
con la hebillota baja,
el cuerpo atimbalado,
jubón de estrecha manga,
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ancho escote, y al cuello
pañolillo de gasa,
con desenfado chusco
mirando de pasada,
pisando a lo brioso,
riéndose a lo zaina,
Marica al baile viene
de Antón acompañada;
y atrás con el Zurdillo
le sigue la Catalina.
Llegaron al arroyo,
y al punto que pasaban,
primero que ellas, quiso
pasar una madama.
"Deténgase", le dijo
Marica en voz airada;
"¡Miren la de escofieta!
¡Qué tiesa que se pasa!
La uisía no la escucha;
Marica va y la agarra,
y de las pasaderas
la arroja dentro el agua,
y sigue su camino
diciendo, puesta en jarras:
"aprenda y no se encuentre
en jamás con las majas".
A fuego a toda prisa
tocaron las campanas,
porque de amor o vino
todos allí se abrasan;
la gente se alborota,
cuál corre hacia su casa,
y cuál para apagarlo
va y besa la empegada.
En esto ya la noche
su manto desplegaba,
sin duda para hacerlo
de tantos vicios capa.
Yo a esta señora noche
por mí la encorozara,
como a quien es de Venus
tercera en sus marañas.
Tú mira si de día
lo que he dicho pasaba,
de noche en campo raso
qué tal iría la zambra.
Vos, Musas, pues ya débil
veis que mi voz se cansa,
contad a mi Dalmiro
la brega que allí andaba.
Pues repetir los votos
y palabras pesadas
de los llenos de vino
en la vuelta a sus casas,
sus tumbos y vaivenes,
carreras y paradas,
ya hablando como amigos,
ya echándose bravatas,
fuera decirte cosas
ni escritas ni notadas,
que sólo el padre Baco
en sus archivos guarda;
que yo por mí no tuve
paciencia que bastara
a tantos disparates,
no obstante mi cachaza.
Esto es todo lo nuevo
y divertido que halla
mi afecto que contarte
en la Atenas de España.
Yo, tu amigo, en día aciago,
martes por la mañana
siguiente a la gran fiesta
del Lunes de las Aguas.
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