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El asno y el cochino
Envidiando la suerte del Cochino, |
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La Cigarra y la Hormiga Cantando la Cigarra pasó el verano entero, sin hacer provisiones allá para el invierno. Los fríos la obligaron a guardar el silencio y a acogerse al abrigo de su estrecho aposento. Viose desproveída del preciso sustento: sin mosca, sin gusano, sin trigo, sin centeno. Habitaba la Hormiga allí, tabique en medio, y con mil expresiones de atención y respeto la dijo: -Doña Hormiga, pues que en vuestros graneros sobran las provisiones para vuestro alimento, prestad alguna cosa con que viva este invierno esta triste Cigarra, que, alegre en otro tiempo, nunca conoció el daño, nunca supo temerlo. No dudéis en prestarme; que fielmente prometo pagaros con ganancias, por el nombre que tengo. La codiciosa Hormiga respondió con denuedo ocultando a la espalda las llaves del granero: -¡Yo prestar lo que gano con un trabajo inmenso! Dime, pues, holgazana, ¿qué has hecho en el buen tiempo? -Yo, dijo la Cigarra, a todo pasajero cantaba alegremente, sin cesar ni un momento. -¡Hola!, ¿conque cantabas cuando yo andaba al remo? Pues ahora, que yo como, baila, pese a tu cuerpo. |
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La Zorra y el Busto Dijo la Zorra al Busto, después de olerlo: -Tu cabeza es hermosa, pero sin seso. Como éste hay muchos que, aunque parecen hombres, sólo son bustos. |
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El Ratón de la corte y el del campo Un Ratón cortesano convidó con un modo muy urbano a un Ratón campesino. Diole gordo tocino, queso fresco de Holanda, y una despensa llena de vianda era su alojamiento, pues no pudiera haber un aposento tan magníficamente preparado, aunque fuese en Ratópolis buscado con el mayor esmero, para alojar a Roepán Primero. Sus sentidos allí se recreaban; las paredes y techos adornaban, entre mil ratonescas golosinas, salchichones, perniles y cecinas. Saltaban de placer, ¡oh qué embeleso!, de pernil en pernil, de queso en queso. En esta situación tan lisonjeralisonjera llega la despensera. Oyen el ruido, corren, se agazapan, pierden el tino, mas al fin se escapan atropelladamente por cierto pasadizo abierto a diente. -¡Esto tenemos!, dijo el campesino, reniego yo del queso, del tocino, y de quien busca gustos entre los sobresaltos y los sustos. Volviose a su campaña en el instante y estimó mucho más de allí adelante, sin zozobra, temor ni pesadumbres, su casita de tierra y sus legumbres. |
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La Zorra y la Cigüeña Una Zorra se empeña en dar una comida a la Cigüeña. La convidó con tales expresiones, que anunciaban sin duda provisiones de lo más excelente y exquisito. Acepta alegre, va con apetito; pero encontró en la mesa solamente jigote claro sobre chata fuente. En vano a la comida picoteaba, pues era, para el guiso que miraba, inútil tenedor su largo pico. La Zorra con la lengua y el hocico limpió tan bien su fuente, que pudiera servir de fregatriz si a Holanda fuera. Mas de allí a poco tiempo, convidada de la Cigüeña, halla preparada una redoma de jigote llena: Allí fue su aflicción, allí su pena. El hocico goloso al punto asoma al cuello de la hidrópica redoma, mas en vano, pues era tan estrecho, cual si por la Cigüeña fuese hecho. Envidiosa de ver que a conveniencia chupaba la del pico a su presencia, vuelve, tienta, discurre, huele, se desatina, en fin se aburre. Marchó rabo entre piernas, tan corrida, que ni aun tuvo siquiera la salida de decir: "Están verdes", como antaño. También hay para pícaros engaño. |
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El Labrador y la Cigüeña Un Labrador miraba con duelo su sembrado, porque gansos y grullas de su trigo solían hacer pasto. Armó sin más tardanza diestramente sus lazos, y cayeron en ellos la Cigüeña, las grullas y los gansos. -Señor Rústico, dijo la Cigüeña temblando, quíteme las prisiones, pues no merezco pena de culpados; la diosa Ceres sabe que, lejos de hacer daño, limpio de sabandijas, de culebras y víboras los campos. -Nada me satisface, respondió el hombre airado. Te hallé con delincuentes, con ellos morirás entre mis manos. La inocente Cigüeña tuvo el fin desgraciado que pueden prometerse los buenos que se juntan con los malos. |
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El Calvo y la Mosca Picaba impertinente en la espaciosa calva de un Anciano una Mosca insolente. Quiso matarla, levantó la mano, tiró un cachete, pero fuese salva, hiriendo el golpe la redonda calva. Con risa desmedida la Mosca prorrumpió: - Calvo maldito, si quitarme la vida intentaste por un leve delito, ¿a qué pena condenas a tu brazo, bárbaro ejecutor de tal porrazo? -Al que obra con malicia, le respondió el varón prudentemente, rigurosa justicia debe dar el castigo conveniente, y es bien ejercitarse la clemencia en el que peca por inadvertencia. Sabe, Mosca villana, que coteja el agravio recibido la condición humana, según la mano de donde ha venido. Que el grado de la ofensa tanto asciende, cuanto sea más vil aquel que ofende. |
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La Lechera Llevaba en la cabeza una Lechera el cántaro al mercado con aquella presteza aquel aire sencillo, aquel agrado, que va diciendo a todo el que lo advierte: ¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte! Porque no apetecía más compañía que su pensamiento, que alegre la ofrecía inocentes ideas de contento, marchaba sola la feliz Lechera, y decía entre sí de esta manera: "Esta leche vendida, en limpio me dará tanto dinero, y con esta partida un canasto de huevos comprar quiero, para sacar cien pollos, que al estío me rodeen cantando el pío, pío. Del importe logrado de tanto pollo mercaré un cochino; con bellota, salvado, berza, castaña engordará sin tino; tanto, que puede ser que yo consiga ver cómo se le arrastra la barriga. Llevarelo al mercado, sacaré de él, sin duda, buen dinero: Compraré de contado una robusta vaca y un ternero, que salte y corra toda la campaña, hasta el monte cercano a la cabaña". Con este pensamiento enajenada, brinca de manera que a su salto violento el cántaro cayó. ¡Pobre Lechera! ¡Qué compasión! Adiós leche, dinero, huevos, pollos, lechón, vaca y ternero. ¡Oh loca fantasía, qué palacios fabricas en el viento! Modera tu alegría; no sea que, saltando de contento al contemplar dichosa tu mudanza, quiebre su cantarillo la esperanza. No seas ambiciosa de mejor o más próspera fortuna, que vivirás ansiosa sin que pueda saciarte cosa alguna. No anheles impaciente el bien futuro; mira que ni el presente está seguro. |
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El Lobo y la Cigüeña Sin duda alguna que se hubiera ahogado un Lobo con un hueso atragantado, si a la sazón no pasa una Cigüeña. El paciente la ve, hácela seña; llega y, ejecutiva, con su pico, jeringa primitiva, cual diestro cirujano, hizo la operación y quedó sano. Su salario pedía, pero el ingrato Lobo respondía: -¿Tu salario? Pues ¿qué más recompensa que el no haberte causado leve ofensa, y dejarte vivir para que cuentes que pusiste tu vida entre mis dientes? Marchó por evitar una desdicha, sin decir tus ni mus, la susodicha. "Haz bien, dice el proverbio castellano, y no sepas a quién". Pero es muy llano, que no tiene razón ni por asomo: Es menester saber a quién y cómo. El ejemplo siguiente nos hará esta verdad más evidente. |
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El Charlatán -Si cualquiera de ustedes se da por las paredes o arroja de un tejado, y queda, a buen librar, descostillado, yo me reiré muy bien: Importa un pito, como tenga mi bálsamo exquisito. Con esta relación un Chacharero gana mucha opinión y más dinero; pues el vulgo, pendiente de sus labios, más quiere a un Charlatán que a veinte sabios. Por esta conveniencia los hay el día de hoy en toda ciencia, que ocupan, igualmente acreditados, cátedras, academias y tablados. Prueba de esta verdad será un famoso doctor en elocuencia, tan copioso en charlatanería, que ofreció enseñaría a hablar discreto con facundo pico, en diez años de término, a un borrico. Sábelo el rey: Lo llama y, al momento, le manda dé lecciones a un jumento; pero bien entendido que sería, cumpliendo lo ofrecido, ricamente premiado; mas cuando no, que moriría ahorcado. El Doctor asegura nuevamente sacar un orador asno elocuente. Dícele callandito un Cortesano: -Escuche, buen hermano, su frescura me espanta; a cáñamo me huele su garganta. -No temáis, señor mío, respondió el Charlatán, pues yo me río. ¿En diez años de plazo que tenemos, el rey, el asno o yo no moriremos? Nadie encuentra embarazo en dar un largo plazo a importantes negocios; mas no advierte que ajusta mal su cuenta sin la muerte. |
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El parto de los Montes Con varios ademanes horrorosos los Montes de parir dieron señales. Consintieron los hombres temerosos ver nacer los abortos más fatales. Después que con bramidos espantosos infundieron pavor a los mortales, estos Montes, que al mundo estremecieron, un Ratoncillo fue lo que parieron. Hay autores, que en voces misteriosas, estilo fanfarrón y campanudo, nos anuncian ideas portentosas; pero suele a menudo ser el gran parto de su pensamiento, después de tanto ruido, sólo viento. |
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Las Ranas pidiendo Rey Sin rey vivía, libre, independiente, el pueblo de las Ranas, felizmente. La amable libertad sola reinaba en la inmensa laguna que habitaba; mas las Ranas al fin un rey quisieron, a Júpiter excelso lo pidieron. Conoce el dios la súplica importuna, y arroja un rey de palo a la laguna. Debió de ser, sin duda, buen pedazo, pues dio su majestad tan gran porrazo, que el ruido atemoriza al reino todo. Cada cual se zambulle en agua o lodo, y quedan en silencio tan profundo, cual si no hubiese Ranas en el mundo. Una de ellas asoma la cabeza y, viendo a la real pieza, publica que el monarca es un zoquete. Congrégase la turba, y por juguete lo desprecian, lo ensucian con el cieno, y piden otro rey, que aquel no es bueno. El padre de los dioses, irritado, envía a un culebrón, que, a diente airado, muerde, traga, castiga y a la mísera grey al punto obliga a recurrir al dios humildemente. -Padeced, les responde, eternamente; que así castigo a aquel que no examina si su solicitud será su ruina. |
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El Cordero y el Lobo Uno de los Corderos mamantones, que para los glotones se crían, sin salir jamás al prado, estando en la cabaña muy cerrado, vio por una rendija de la puerta que el caballero Lobo estaba alerta, en silencio esperando astutamente una calva ocasión de echarle el diente. Mas él, que bien seguro se miraba, así lo provocaba: -Sepa usted, seor Lobo, que estoy preso, porque sabe el pastor que soy travieso; mas si él no fuese bobo, no habría ya en el mundo ningún Lobo. Pues yo, corriendo libre por los cerros, sin pastores, ni perros, con sola mi pujanza y valentía contigo y con tu raza acabaría. -Adiós, exclamó el Lobo, mi esperanza de regalar a mi vacía panza. Cuando este miserable me provoca, es señal de que se halla de mi boca tan libre como el cielo de ladrones. Así son los cobardes fanfarrones, que se hacen en los puestos ventajosos más valentones cuanto más medrosos. |
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El Hombre y la Pulga -Oye, Júpiter sumo, mis querellas; y haz, disparando rayos y centellas, que muera este animal vil y tirano, plaga fatal para el linaje humano; y si vos no lo hacéis, Hércules sea quien acabe con él y su ralea. éste es un Hombre que a los dioses clama, porque una Pulga le picó en la cama. Y es justo, ya que el pobre se fatiga, que de Júpiter y Hércules consiga: de éste, que viva despulgando sayos; de aquél, matando Pulgas con sus rayos. Tenemos en el cielo los mortales recurso en las desdichas y en los males; mas se suele abusar frecuentemente, por lograr un antojo impertinente. |
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El Asno y el Perro Un Perro y un Borrico caminaban, sirviendo a un mismo dueño. Rendido éste del sueño, se tendió sobre el prado que pasaban. El Borrico, entre tanto, aprovechado descansa y pace; mas el Perro, hambriento: -Bájate, le decía, buen Jumento; pillaré de la alforja algún bocado. El Asno se le aparta como en chanza; el Perro sigue al lado del Borrico, levantando las manos y el hocico, como perro de ciego cuando danza. -No seas bobo, el Asno le decía; espera a que nuestro amo se despierte, y será de esa suerte el hambre más, mejor la compañía. Desde el bosque entre tanto sale un Lobo: Pide el Asno favor al compañero; en lugar de ladrar, el marrullero con fisga respondió: -No seas bobo; espera a que nuestro amo se despierte; que, pues me aconsejaste la paciencia, yo la sabré tener, en mi conciencia, al ver al lobo que te da la muerte. El Pollino murió, no hay que dudarlo; mas, si resucitara, corriendo el mundo, a todos predicara: Prestad auxilio, si queréis hallarlo. |
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El Viejo y la Muerte Entre montes, por áspero camino, tropezando con una y otra peña, iba un Viejo cargado con su leña, maldiciendo su mísero destino. Al fin cayó y, viéndose de suerte que apenas levantarse ya podía, llamaba con colérica porfía una, dos y tres veces a la Muerte. Armada de guadaña, en esqueleto, la Parca se le ofrece en aquel punto; pero el Viejo, temiendo ser difunto, lleno más de terror que de respeto, trémulo la decía y balbuciente: -Yo... señora... os llamé desesperado; pero... -Acaba, ¿qué quieres, desdichado? -Que me carguéis la leña solamente. Tenga paciencia quien se cree infelice, que, aun en la situación más lamentable, es la vida del hombre siempre amable: El Viejo de la leña nos lo dice. |
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El Asno cargado de reliquias De Reliquias cargado, un Asno recibía adoraciones, como si a él se hubiesen consagrado reverencias, inciensos y oraciones. En lo vano, lo grave y lo severo que se manifestaba, hubo quien conoció que se engañaba, y le dijo: -Yo infiero de vuestra vanidad vuestra locura; el reverente culto que procura tributar cada cual este momento, no es dirigido a vos, señor Jumento, que sólo va en honor, aunque lo sientas, de la sagrada carga que sustentas. Cuando un hombre sin mérito estuviere en elevado empleo o gran riqueza, y se ensoberbeciere porque todos le bajan la cabeza; para que su locura no prosiga, tema encontrar tal vez con quien le diga: "Señor Jumento, no se engría tanto; que, si besan la peana, es por el santo". |
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Los dos Machos Dos Machos caminaban: El primero, cargado de dinero, mostrando su penacho envanecido, iba marchando erguido al son de los redondos cascabeles; el segundo, desnudo de oropeles, con un pobre aparejo solamente, alargando el pescuezo eternamente, seguía de reata su jornada, cargado de costales de cebada. Salen unos ladrones, y al instante asieron de la rienda al arrogante, él se defiende, ellos le maltratan y, después que el dinero le arrebatan, huyen. Y dice entonces el segundo: -Si a estos riesgos exponen en el mundo las riquezas, no quiero, a fe de Macho, dinero, cascabeles ni penacho. |
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El León y el Ratón Estaba un Ratoncillo aprisionado en las garras de un León; el desdichado en la tal ratonera no fue preso por ladrón de tocino ni de queso, sino porque con otros molestaba al León, que en su retiro descansaba. Pide perdón, llorando su insolencia. Al oír implorar la real clemencia, responde el Rey en majestuoso tono: -No dijera más Tito, te perdono. Poco después, cazando, el León tropieza en una red oculta en la maleza: Quiere salir, mas queda prisionero; atronando la selva, ruge fiero. El libre Ratoncillo, que lo siente, corriendo llega: Roe diligente los nudos de la red de tal manera, que, al fin, rompió los grillos de la fiera. Conviene al poderoso para los infelices ser piadoso, tal vez se puede ver necesitado del auxilio de aquel más desdichado. |
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La Gallina de los huevos de oro Érase una Gallina que ponía un huevo de oro al dueño cada día. Aun con tanta ganancia mal contento, quiso el rico avariento descubrir de una vez la mina de oro, y hallar en menos tiempo más tesoro. Matola, abriola el vientre de contado; pero, después de haberla registrado, ¿qué sucedió? Que muerta la Gallina, perdió su huevo de oro y no halló mina. ¡Cuántos hay que teniendo lo bastante, enriquecerse quieren al instante, abrazando proyectos a veces de tan rápidos efectos, que sólo en pocos meses, cuando se contemplaban ya marqueses contando sus millones, se vieron en la calle sin calzones! |
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El Cuervo y el Zorro En la rama de un árbol, bien ufano y contento, con un queso en el pico estaba el señor Cuervo. Del olor atraído un Zorro muy maestro, le dijo estas palabras a poco más o menos: -Tenga usted buenos días, señor Cuervo, mi dueño; vaya que estáis donoso, mono, lindo en extremo; yo no gasto lisonjas, y digo lo que siento; que si a tu bella traza corresponde el gorjeo, juro a la diosa Ceres, siendo testigo el cielo, que tú serás el fénix de sus vastos imperios. Al oír un discurso tan dulce y halagüeño, de vanidad llevado, quiso cantar el Cuervo. Abrió su negro pico, dejó caer el queso; el muy astuto Zorro, después de haberlo preso, le dijo: -Señor bobo, pues sin otro alimento quedáis con alabanzas tan hinchado y repleto, digerid las lisonjas mientras digiero el queso. Quien oye aduladores, nunca espere otro premio. |
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La Muerte Pensaba en elegir la reina Muerte un ministro de Estado; le quería de suerte que hiciese floreciente su reinado. "El tabardillo, gota, pulmonía y todas las demás enfermedades, yo conozco, decía, que tienen excelentes calidades. Mas ¿qué importa? La peste, por ejemplo, un ministro sería sin segundo; pero ya por inútil la contemplo, habiendo tanto médico en el mundo. Uno de éstos elijo... Mas no quiero, que están muy bien premiados sus servicios sin otra recompensa que el dinero". Pretendieron la plaza algunos vicios, alegando en su abono mil razones. Consideró la reina su importancia, y, después de maduras reflexiones, el empleo ocupó la intemperancia. |
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El Amor y la Locura Habiendo la Locura con el Amor reñido, dejó ciego de un golpe al miserable niño. Venganza pide al cielo Venus, mas ¡con qué gritos! Era madre y esposa: Con esto queda dicho. Queréllase a los dioses, presentando a su hijo: -¿De qué sirven las flechas, de qué el arco a Cupido, faltándole la vista para asestar sus tiros? Quítensele las alas y aquel ardiente cirio, si a su luz ser no pueden sus vuelos dirigidos. Atendiendo a que el ciego siguiese su ejercicio, y a que la delincuente tuviese su castigo, Júpiter, presidente de la asamblea, dijo: -Ordeno a la Locura, desde este instante mismo, que eternamente sea de Amor el lazarillo. |
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Hecho con / Made with Mac |