dibujo de musas



  • "El Asno y el Cochino"  
  • "La Cigarra y la Hormiga"  
  • "La Codorniz"  
  • "La Zorra y el Busto"  
  • "El Ratón de la corte y el del campo "  
  • "La Zorra y la Cigüeña"  
  • "Las Moscas"  
  • "El Labrador y la Cigüeña"  
  • "El Calvo y la Mosca"  
  • "La Lechera"  
  • "El Lobo y la Cigüeña"  
  • "El Pescador y el Pez"  
  • " El Charlatán"  
  • " El parto de los Montes"  
  • "Las Ranas pidiendo Rey"  
  • "El Cordero y el Lobo"  
  • "El Hombre y la Pulga"  
  • "El Asno y el Perro"  
  • "El Viejo y la Muerte"  
  • "La Zorra y las Uvas"  
  • "El Asno cargado de reliquias"  
  • "Los dos Machos"  
  • "El León y el Ratón"  
  • "La Gallina de los huevos de oro"  
  • "El Cuervo y el Zorro"  
  • "La Muerte"  
  • "El Amor y la Locura"  



  • El asno y el cochino

    Envidiando la suerte del Cochino,
    un Asno maldecía su destino.
    -Yo, decía, trabajo y como paja;
    él come harina y berza, y no trabaja.
    A mí me dan de palos cada día,
    a él le rascan y halagan a porfía
    .
    Así se lamentaba de su suerte;
    pero, luego que advierte
    que a la pocilga
    .
    alguna gente avanza
    en guisa de matanza,
    armada de cuchillo y de caldera,
    y que con maña fiera
    dan al gordo Cochino fin sangriento,
    dijo entre sí el Jumento:
    "Si en esto para el ocio y los regalos,
    al trabajo me atengo y a los palos".



    La Cigarra y la Hormiga

    Cantando la Cigarra
    pasó el verano entero,
    sin hacer provisiones
    allá para el invierno.
    Los fríos la obligaron
    a guardar el silencio
    y a acogerse al abrigo
    de su estrecho aposento.
    Viose desproveída
    del preciso sustento:
    sin mosca, sin gusano,
    sin trigo, sin centeno.
    Habitaba la Hormiga
    allí, tabique en medio,
    y con mil expresiones
    de atención y respeto
    la dijo: -Doña Hormiga,
    pues que en vuestros graneros
    sobran las provisiones
    para vuestro alimento,
    prestad alguna cosa
    con que viva este invierno
    esta triste Cigarra,
    que, alegre en otro tiempo,
    nunca conoció el daño,
    nunca supo temerlo.
    No dudéis en prestarme;
    que fielmente prometo
    pagaros con ganancias,
    por el nombre que tengo.
    La codiciosa Hormiga
    respondió con denuedo
    ocultando a la espalda
    las llaves del granero:
    -¡Yo prestar lo que gano
    con un trabajo inmenso!
    Dime, pues, holgazana,
    ¿qué has hecho en el buen tiempo?
    -Yo, dijo la Cigarra,
    a todo pasajero
    cantaba alegremente,
    sin cesar ni un momento.
    -¡Hola!, ¿conque cantabas
    cuando yo andaba al remo?
    Pues ahora, que yo como,
    baila, pese a tu cuerpo.

    La Codorniz

    Presa en estrecho lazo,
    la Codorniz sencilla
    daba quejas al aire,
    ya tarde arrepentida.
    "¡Ay de mí miserable,
    infeliz avecilla,
    que antes cantaba libre,
    y ya lloro cautiva!
    Perdí mi nido amado,
    perdí en él mis delicias;
    al fin perdilo todo,
    pues que perdí la vida.
    ¿Por qué desgracia tanta?
    ¿Por qué tanta desdicha?
    ¡Por un grano de trigo!
    ¡Oh cara golosina!".
    El apetito ciego,
    ¡a cuántos precipita,
    que por lograr un nada,
    un todo sacrifican!

    La Zorra y el Busto

        Dijo la Zorra al Busto,
    después de olerlo:
    -Tu cabeza es hermosa,
    pero sin seso.
    Como éste hay muchos
    que, aunque parecen hombres,
    sólo son bustos.

    El Ratón de la corte y el del campo

        Un Ratón cortesano
    convidó con un modo muy urbano
    a un Ratón campesino.
    Diole gordo tocino,
    queso fresco de Holanda,
    y una despensa llena de vianda
    era su alojamiento,
    pues no pudiera haber un aposento
    tan magníficamente preparado,
    aunque fuese en Ratópolis buscado
    con el mayor esmero,
    para alojar a Roepán Primero.
    Sus sentidos allí se recreaban;
    las paredes y techos adornaban,
    entre mil ratonescas golosinas,
    salchichones, perniles y cecinas.
    Saltaban de placer, ¡oh qué embeleso!,
    de pernil en pernil, de queso en queso.
    En esta situación tan lisonjeralisonjera
    llega la despensera.
    Oyen el ruido, corren, se agazapan,
    pierden el tino, mas al fin se escapan
    atropelladamente
    por cierto pasadizo abierto a diente.
    -¡Esto tenemos!, dijo el campesino,
    reniego yo del queso, del tocino,
    y de quien busca gustos
    entre los sobresaltos y los sustos.
    Volviose a su campaña en el instante
    y estimó mucho más de allí adelante,
    sin zozobra, temor ni pesadumbres,
    su casita de tierra y sus legumbres.




    La Zorra y la Cigüeña

        Una Zorra se empeña
    en dar una comida a la Cigüeña.
    La convidó con tales expresiones,
    que anunciaban sin duda provisiones
    de lo más excelente y exquisito.
    Acepta alegre, va con apetito;
    pero encontró en la mesa solamente
    jigote claro sobre chata fuente.
    En vano a la comida picoteaba,
    pues era, para el guiso que miraba,
    inútil tenedor su largo pico.
    La Zorra con la lengua y el hocico
    limpió tan bien su fuente, que pudiera
    servir de fregatriz si a Holanda fuera.
    Mas de allí a poco tiempo, convidada
    de la Cigüeña, halla preparada
    una redoma de jigote llena:
    Allí fue su aflicción, allí su pena.
    El hocico goloso al punto asoma
    al cuello de la hidrópica redoma,
    mas en vano, pues era tan estrecho,
    cual si por la Cigüeña fuese hecho.
    Envidiosa de ver que a conveniencia
    chupaba la del pico a su presencia,
    vuelve, tienta, discurre,
    huele, se desatina, en fin se aburre.
    Marchó rabo entre piernas, tan corrida,
    que ni aun tuvo siquiera la salida
    de decir: "Están verdes", como antaño.
    También hay para pícaros engaño.




    Las Moscas

        A un panal de rica miel
    dos mil Moscas acudieron,
    que por golosas murieron,
    presas de patas en él.
    Otra, dentro de un pastel,
    enterró su golosina.
    Así, si bien se examina,
    los humanos corazones
    perecen en las prisiones
    del vicio que los domina.

    El Labrador y la Cigüeña

        Un Labrador miraba
    con duelo su sembrado,
    porque gansos y grullas
    de su trigo solían hacer pasto.
    Armó sin más tardanza
    diestramente sus lazos,
    y cayeron en ellos
    la Cigüeña, las grullas y los gansos.
    -Señor Rústico, dijo
    la Cigüeña temblando,
    quíteme las prisiones,
    pues no merezco pena de culpados;
    la diosa Ceres sabe
    que, lejos de hacer daño,
    limpio de sabandijas,
    de culebras y víboras los campos.
    -Nada me satisface,
    respondió el hombre airado.
    Te hallé con delincuentes,
    con ellos morirás entre mis manos.
    La inocente Cigüeña
    tuvo el fin desgraciado
    que pueden prometerse
    los buenos que se juntan con los malos.

    El Calvo y la Mosca

        Picaba impertinente
    en la espaciosa calva de un Anciano
    una Mosca insolente.
    Quiso matarla, levantó la mano,
    tiró un cachete, pero fuese salva,
    hiriendo el golpe la redonda calva.

        Con risa desmedida
    la Mosca prorrumpió: - Calvo maldito,
    si quitarme la vida
    intentaste por un leve delito,
    ¿a qué pena condenas a tu brazo,
    bárbaro ejecutor de tal porrazo?

       -Al que obra con malicia,
    le respondió el varón prudentemente,
    rigurosa justicia
    debe dar el castigo conveniente,
    y es bien ejercitarse la clemencia
    en el que peca por inadvertencia.

        Sabe, Mosca villana,
    que coteja el agravio recibido
    la condición humana,
    según la mano de donde ha venido.
    Que el grado de la ofensa tanto asciende,
    cuanto sea más vil aquel que ofende.

    La Lechera

        Llevaba en la cabeza
    una Lechera el cántaro al mercado
    con aquella presteza
    aquel aire sencillo, aquel agrado,
    que va diciendo a todo el que lo advierte:
    ¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!

        Porque no apetecía
    más compañía que su pensamiento,
    que alegre la ofrecía
    inocentes ideas de contento,
    marchaba sola la feliz Lechera,
    y decía entre sí de esta manera:

        "Esta leche vendida,
    en limpio me dará tanto dinero,
    y con esta partida
    un canasto de huevos comprar quiero,
    para sacar cien pollos, que al estío
    me rodeen cantando el pío, pío.

        Del importe logrado
    de tanto pollo mercaré un cochino;
    con bellota, salvado,
    berza, castaña engordará sin tino;
    tanto, que puede ser que yo consiga
    ver cómo se le arrastra la barriga.

       Llevarelo al mercado,
    sacaré de él, sin duda, buen dinero:
    Compraré de contado
    una robusta vaca y un ternero,
    que salte y corra toda la campaña,
    hasta el monte cercano a la cabaña".

        Con este pensamiento
    enajenada, brinca de manera
    que a su salto violento
    el cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
    ¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
     huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.

        ¡Oh loca fantasía,
    qué palacios fabricas en el viento!
    Modera tu alegría;
    no sea que, saltando de contento
    al contemplar dichosa tu mudanza,
    quiebre su cantarillo la esperanza.

       No seas ambiciosa
    de mejor o más próspera fortuna,
    que vivirás ansiosa
    sin que pueda saciarte cosa alguna.
    No anheles impaciente el bien futuro;
    mira que ni el presente está seguro.

    El Lobo y la Cigüeña

        Sin duda alguna que se hubiera ahogado
    un Lobo con un hueso atragantado,
    si a la sazón no pasa una Cigüeña.
    El paciente la ve, hácela seña;
    llega y, ejecutiva,
    con su pico, jeringa primitiva,
    cual diestro cirujano,
    hizo la operación y quedó sano.
    Su salario pedía,
    pero el ingrato Lobo respondía:
    -¿Tu salario? Pues ¿qué más recompensa
    que el no haberte causado leve ofensa,
    y dejarte vivir para que cuentes
    que pusiste tu vida entre mis dientes?
    Marchó por evitar una desdicha,
    sin decir tus ni mus, la susodicha.
    "Haz bien, dice el proverbio castellano,
    y no sepas a quién". Pero es muy llano,
    que no tiene razón ni por asomo:
    Es menester saber a quién y cómo.
    El ejemplo siguiente
    nos hará esta verdad más evidente.

    El Pescador y el Pez

        Recoge un Pescador su red tendida,
    y saca un Pececillo. - Por tu vida,
    exclamó el inocente prisionero,
    dame la libertad. Sólo la quiero,
    mira que no te engaño,
    porque ahora soy ruin; dentro de un año
    sin duda lograrás el gran consuelo
    de pescarme más grande que mi abuelo.
    ¡Qué!, ¿te burlas?, ¿te ríes de mi llanto?
    Sólo por otro tanto
    a un hermanito mío
    un señor Pescador lo tiró al río.
    -¿Por otro tanto al río? ¡Qué manía!,
    replicó el Pescador. ¿Pues no sabía
    que el refrán castellano
    dice: "Más vale pájaro en la mano..."?
    A sartén te condeno, que mi panza
    no se llena jamás con la esperanza.

    El Charlatán

        -Si cualquiera de ustedes
    se da por las paredes
    o arroja de un tejado,
    y queda, a buen librar, descostillado,
    yo me reiré muy bien: Importa un pito,
    como tenga mi bálsamo exquisito.
    Con esta relación un Chacharero
    gana mucha opinión y más dinero;
    pues el vulgo, pendiente de sus labios,
    más quiere a un Charlatán que a veinte sabios.
    Por esta conveniencia
    los hay el día de hoy en toda ciencia,
    que ocupan, igualmente acreditados,
    cátedras, academias y tablados.
    Prueba de esta verdad será un famoso
    doctor en elocuencia, tan copioso
    en charlatanería,
    que ofreció enseñaría
    a hablar discreto con facundo pico,
    en diez años de término, a un borrico.
    Sábelo el rey: Lo llama y, al momento,
    le manda dé lecciones a un jumento;
    pero bien entendido
    que sería, cumpliendo lo ofrecido,
    ricamente premiado;
    mas cuando no, que moriría ahorcado.
    El Doctor asegura nuevamente
    sacar un orador asno elocuente.
    Dícele callandito un Cortesano:
    -Escuche, buen hermano,
    su frescura me espanta;
    a cáñamo me huele su garganta.
    -No temáis, señor mío,
    respondió el Charlatán, pues yo me río.
    ¿En diez años de plazo que tenemos,
    el rey, el asno o yo no moriremos?
    Nadie encuentra embarazo
    en dar un largo plazo
    a importantes negocios; mas no advierte
    que ajusta mal su cuenta sin la muerte.

    El parto de los Montes

        Con varios ademanes horrorosos
    los Montes de parir dieron señales.
    Consintieron los hombres temerosos
    ver nacer los abortos más fatales.
    Después que con bramidos espantosos
    infundieron pavor a los mortales,
    estos Montes, que al mundo estremecieron,
    un Ratoncillo fue lo que parieron.
    Hay autores, que en voces misteriosas,
    estilo fanfarrón y campanudo,
    nos anuncian ideas portentosas;
    pero suele a menudo
    ser el gran parto de su pensamiento,
    después de tanto ruido, sólo viento.

    Las Ranas pidiendo Rey

        Sin rey vivía, libre, independiente,
    el pueblo de las Ranas, felizmente.
    La amable libertad sola reinaba
    en la inmensa laguna que habitaba;
    mas las Ranas al fin un rey quisieron,
    a Júpiter excelso lo pidieron.
    Conoce el dios la súplica importuna,
    y arroja un rey de palo a la laguna.
    Debió de ser, sin duda, buen pedazo,
    pues dio su majestad tan gran porrazo,
    que el ruido atemoriza al reino todo.
    Cada cual se zambulle en agua o lodo,
    y quedan en silencio tan profundo,
    cual si no hubiese Ranas en el mundo.
    Una de ellas asoma la cabeza
    y, viendo a la real pieza,
    publica que el monarca es un zoquete.
    Congrégase la turba, y por juguete
    lo desprecian, lo ensucian con el cieno,
    y piden otro rey, que aquel no es bueno.
    El padre de los dioses, irritado,
    envía a un culebrón, que, a diente airado,
    muerde, traga, castiga
    y a la mísera grey al punto obliga
    a recurrir al dios humildemente.
    -Padeced, les responde, eternamente;
    que así castigo a aquel que no examina
    si su solicitud será su ruina.

    El Cordero y el Lobo

        Uno de los Corderos mamantones,
    que para los glotones
    se crían, sin salir jamás al prado,
    estando en la cabaña muy cerrado,
    vio por una rendija de la puerta
    que el caballero Lobo estaba alerta,
    en silencio esperando astutamente
    una calva ocasión de echarle el diente.
    Mas él, que bien seguro se miraba,
    así lo provocaba:
    -Sepa usted, seor Lobo, que estoy preso,
    porque sabe el pastor que soy travieso;
    mas si él no fuese bobo,
    no habría ya en el mundo ningún Lobo.
    Pues yo, corriendo libre por los cerros,
    sin pastores, ni perros,
    con sola mi pujanza y valentía
    contigo y con tu raza acabaría.
    -Adiós, exclamó el Lobo, mi esperanza
    de regalar a mi vacía panza.
    Cuando este miserable me provoca,
    es señal de que se halla de mi boca
    tan libre como el cielo de ladrones.
    Así son los cobardes fanfarrones,
    que se hacen en los puestos ventajosos
    más valentones cuanto más medrosos.

    El Hombre y la Pulga

        -Oye, Júpiter sumo, mis querellas;
    y haz, disparando rayos y centellas,
    que muera este animal vil y tirano,
    plaga fatal para el linaje humano;
    y si vos no lo hacéis, Hércules sea
    quien acabe con él y su ralea.
    éste es un Hombre que a los dioses clama,
    porque una Pulga le picó en la cama.
    Y es justo, ya que el pobre se fatiga,
    que de Júpiter y Hércules consiga:
    de éste, que viva despulgando sayos;
    de aquél, matando Pulgas con sus rayos.
    Tenemos en el cielo los mortales
    recurso en las desdichas y en los males;
    mas se suele abusar frecuentemente,
    por lograr un antojo impertinente.

    El Asno y el Perro

        Un Perro y un Borrico caminaban,
    sirviendo a un mismo dueño.
    Rendido éste del sueño,
    se tendió sobre el prado que pasaban.
    El Borrico, entre tanto, aprovechado
    descansa y pace; mas el Perro, hambriento:
    -Bájate, le decía, buen Jumento;
    pillaré de la alforja algún bocado.
    El Asno se le aparta como en chanza;
    el Perro sigue al lado del Borrico,
    levantando las manos y el hocico,
    como perro de ciego cuando danza.
    -No seas bobo, el Asno le decía;
    espera a que nuestro amo se despierte,
    y será de esa suerte
    el hambre más, mejor la compañía.
    Desde el bosque entre tanto sale un Lobo:
    Pide el Asno favor al compañero;
    en lugar de ladrar, el marrullero
    con fisga respondió: -No seas bobo;
    espera a que nuestro amo se despierte;
    que, pues me aconsejaste la paciencia,
    yo la sabré tener, en mi conciencia,
    al ver al lobo que te da la muerte.
    El Pollino murió, no hay que dudarlo;
    mas, si resucitara,
    corriendo el mundo, a todos predicara:
    Prestad auxilio, si queréis hallarlo.

    El Viejo y la Muerte

        Entre montes, por áspero camino,
    tropezando con una y otra peña,
    iba un Viejo cargado con su leña,
    maldiciendo su mísero destino.

       Al fin cayó y, viéndose de suerte
    que apenas levantarse ya podía,
    llamaba con colérica porfía
    una, dos y tres veces a la Muerte.

        Armada de guadaña, en esqueleto,
    la Parca se le ofrece en aquel punto;
    pero el Viejo, temiendo ser difunto,
    lleno más de terror que de respeto,
        trémulo la decía y balbuciente:
    -Yo... señora... os llamé desesperado;
    pero...
    -Acaba, ¿qué quieres, desdichado?
    -Que me carguéis la leña solamente.

        Tenga paciencia quien se cree infelice,
    que, aun en la situación más lamentable,
    es la vida del hombre siempre amable:
    El Viejo de la leña nos lo dice.

    La Zorra y las Uvas

        Es voz común que, a más del mediodía,
    en ayunas la Zorra iba cazando.
    Halla una parra, quédase mirando
    de la alta vid el fruto que pendía.
    Causábale mil ansias y congojas
    no alcanzar a las Uvas con la garra,
    al mostrar a sus dientes la alta parra
    negros racimos entre verdes hojas.
    Miró, saltó y anduvo en probaduras;
    pero vio el imposible ya de fijo.
    Entonces fue cuando la Zorra dijo:
    -No las quiero comer: «No están maduras».
    No por eso te muestres impaciente,
    si te se frustra, Fabio, algún intento.
    Aplica bien el cuento,
    y di: No están maduras, frescamente.

    El Asno cargado de reliquias

        De Reliquias cargado,
    un Asno recibía adoraciones,
    como si a él se hubiesen consagrado
    reverencias, inciensos y oraciones.
    En lo vano, lo grave y lo severo
    que se manifestaba,
    hubo quien conoció que se engañaba,
    y le dijo: -Yo infiero
    de vuestra vanidad vuestra locura;
    el reverente culto que procura
    tributar cada cual este momento,
    no es dirigido a vos, señor Jumento,
    que sólo va en honor, aunque lo sientas,
    de la sagrada carga que sustentas.
    Cuando un hombre sin mérito estuviere
    en elevado empleo o gran riqueza,
    y se ensoberbeciere
    porque todos le bajan la cabeza;
    para que su locura no prosiga,
    tema encontrar tal vez con quien le diga:
    "Señor Jumento, no se engría tanto;
    que, si besan la peana, es por el santo".

    Los dos Machos

        Dos Machos caminaban: El primero,
    cargado de dinero,
    mostrando su penacho envanecido,
    iba marchando erguido
    al son de los redondos cascabeles;
    el segundo, desnudo de oropeles,
    con un pobre aparejo solamente,
    alargando el pescuezo eternamente,
    seguía de reata su jornada,
    cargado de costales de cebada.
    Salen unos ladrones, y al instante
    asieron de la rienda al arrogante,
    él se defiende, ellos le maltratan
    y, después que el dinero le arrebatan,
    huyen. Y dice entonces el segundo:
    -Si a estos riesgos exponen en el mundo
    las riquezas, no quiero, a fe de Macho,
    dinero, cascabeles ni penacho.

    El León y el Ratón

        Estaba un Ratoncillo aprisionado
    en las garras de un León; el desdichado
    en la tal ratonera no fue preso
    por ladrón de tocino ni de queso,
    sino porque con otros molestaba
    al León, que en su retiro descansaba.
    Pide perdón, llorando su insolencia.
    Al oír implorar la real clemencia,
    responde el Rey en majestuoso tono:
    -No dijera más Tito, te perdono.
    Poco después, cazando, el León tropieza
    en una red oculta en la maleza:
    Quiere salir, mas queda prisionero;
    atronando la selva, ruge fiero.
    El libre Ratoncillo, que lo siente,
    corriendo llega: Roe diligente
    los nudos de la red de tal manera,
    que, al fin, rompió los grillos de la fiera.
    Conviene al poderoso
    para los infelices ser piadoso,
    tal vez se puede ver necesitado
    del auxilio de aquel más desdichado.

    La Gallina de los huevos de oro

        Érase una Gallina que ponía
    un huevo de oro al dueño cada día.
    Aun con tanta ganancia mal contento,
    quiso el rico avariento
    descubrir de una vez la mina de oro,
    y hallar en menos tiempo más tesoro.
    Matola, abriola el vientre de contado;
    pero, después de haberla registrado,
    ¿qué sucedió? Que muerta la Gallina,
    perdió su huevo de oro y no halló mina.
    ¡Cuántos hay que teniendo lo bastante,
    enriquecerse quieren al instante,
    abrazando proyectos
    a veces de tan rápidos efectos,
    que sólo en pocos meses,
    cuando se contemplaban ya marqueses
    contando sus millones,
    se vieron en la calle sin calzones!








    El Cuervo y el Zorro

       En la rama de un árbol,
    bien ufano y contento,
    con un queso en el pico
    estaba el señor Cuervo.
    Del olor atraído
    un Zorro muy maestro,
    le dijo estas palabras
    a poco más o menos:
    -Tenga usted buenos días,
    señor Cuervo, mi dueño;
    vaya que estáis donoso,
    mono, lindo en extremo;
    yo no gasto lisonjas,
    y digo lo que siento;
    que si a tu bella traza
    corresponde el gorjeo,
    juro a la diosa Ceres,
    siendo testigo el cielo,
    que tú serás el fénix
    de sus vastos imperios.
    Al oír un discurso
    tan dulce y halagüeño,
    de vanidad llevado,
    quiso cantar el Cuervo.
    Abrió su negro pico,
    dejó caer el queso;
    el muy astuto Zorro,
    después de haberlo preso,
    le dijo: -Señor bobo,
    pues sin otro alimento
    quedáis con alabanzas
    tan hinchado y repleto,
    digerid las lisonjas
    mientras digiero el queso.
    Quien oye aduladores,
    nunca espere otro premio.

    La Muerte

        Pensaba en elegir la reina Muerte
    un ministro de Estado;
    le quería de suerte
    que hiciese floreciente su reinado.
    "El tabardillo, gota, pulmonía
    y todas las demás enfermedades,
    yo conozco, decía,
    que tienen excelentes calidades.
    Mas ¿qué importa? La peste, por ejemplo,
    un ministro sería sin segundo;
    pero ya por inútil la contemplo,
    habiendo tanto médico en el mundo.
    Uno de éstos elijo... Mas no quiero,
    que están muy bien premiados sus servicios
    sin otra recompensa que el dinero".
    Pretendieron la plaza algunos vicios,
    alegando en su abono mil razones.
    Consideró la reina su importancia,
    y, después de maduras reflexiones,
    el empleo ocupó la intemperancia.

    El Amor y la Locura

        Habiendo la Locura
    con el Amor reñido,
    dejó ciego de un golpe
    al miserable niño.
    Venganza pide al cielo
    Venus, mas ¡con qué gritos!
    Era madre y esposa:
    Con esto queda dicho.
    Queréllase a los dioses,
    presentando a su hijo:
    -¿De qué sirven las flechas,
    de qué el arco a Cupido,
    faltándole la vista
    para asestar sus tiros?
    Quítensele las alas
    y aquel ardiente cirio,
    si a su luz ser no pueden
    sus vuelos dirigidos.
    Atendiendo a que el ciego
    siguiese su ejercicio,
    y a que la delincuente
    tuviese su castigo,
    Júpiter, presidente
    de la asamblea, dijo:
    -Ordeno a la Locura,
    desde este instante mismo,
    que eternamente sea
    de Amor el lazarillo.



    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac