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Campesinas
  • "Una nube"  
  • "Mi vaquerillo"  
  • "La flor del espino"  
  • "Idilio"
  • "Dos paisajes"  
  • "En la majada"  
  • "La canción del terruño"
  • Castellanas
  • "Lo inagotable" 
  • Extremañas
  • "El embargo"
  • "Bálsamo casero"
  • Religiosas
  • "La pedrada"
  • "Alegórica"
  • "Vamos a esperarlos"



  • Una nube


            No hay posibles hogaño pa eso
    -dijo el padre de ella;
    y el del mozo exclamó pensativo:
       «Pues entonces hogaño se deja
    porque yo también ando atrasao
    con tantas gabelas...
    Que se casen al año que viene,
    dispués de cosecha,
    y hogaño entre dambos
    le daremos tierra
    pa que el mozo ya siembre pa ellos
    esta sementera.»
    Y el mozo y la moza,
    rojos de vergüenza,
    lo escucharon humildes y mudos,
    sin osar levantar la cabeza.
    Y el mozo labraba,
    derramaba las siete fanegas,
    regaba su trigo
    con sudor de la frente morena,
    y en sus sueños lo vio muchas veces
    maduro en las tierras,
    cargado en el carro,
    junto ya en las eras,
    limpio ya en las trojes,
    blanqueadas tres veces por ella...
       ¡Agosto lejano!
    ¿No vienes, no llegas?
       Agosto ya vino;
    su sol ya platea
    los inmensos tablares de espigas
    que doblándose henchidos revientan...
    ¡Qué hermosa la hoja!
    ¡Contento da verla!
    ¡Qué ondear tan suave a los ojos!
    ¡Qué música aquella,
    la del choque de tantas espigas
    que la brisa a compás balancea!
    ¡La brisa!... ¡La brisa!...
    una tarde radiante y serena
    sopló más caliente,
    sopló con más fuerza,
    humilló las espigas al suelo,
    revolvió la tranquila alameda,
    levantó remolinos de polvo,
    trajo nubes negras
    que azotaron al suelo con gotas
    calientes y gruesas...
       Se pusieron los valles oscuros,
    se pusieron violáceas las sierras,
    y fatídica, ronca, iracunda,
    vengadora, cercana, tremenda,
    zumbó la amaneza
    vibró la centella,
    que rayó con su látigo el vientre
    de la nube cargada de piedra...
    ¡Y la nube en los campos inermes
    derrumbó aquella carga siniestra!...
    ¡Qué triste la hoja!
    ¡Pena daba verla!
    ¡Ya no pueden los mozos casarse
    cuando ellos quisieran!
    ¡Qué triste está el mozo!
     ¡Cómo llora ella!...
    Y es bueno que esperen,
    ¡que no es firme el amor que no espera!


    Mi vaquerillo


    He dormido esta noche en el monte
    con el niño que cuida mis vacas.
    En el valle tendió para ambos,
    el rapaz su raquítica manta
    ¡y se quiso quitar -¡pobrecillo! -
    su blusilla y hacerme almohada!
       Una noche solemne de junio,
    una noche de junio muy clara...
    Los valles dormían,
    los búhos cantaban,
    sonaba un cencerro;
    rumiaban las vacas...,
    y una luna de luz amorosa,
    presidiendo la atmósfera diáfana,
    inundaba los cielos tranquilos
    de dulzuras sedantes y cálidas.
    ¡Qué noches, qué noches!
    ¡Qué horas, qué auras!
    ¡Para hacerse de acero los cuerpos!
    ¡Para hacerse de oro las almas!
    Pero el niño, ¡qué solo vivía!
    ¡Me daba una lástima
    recordar que en los campos desiertos
    tan solo pasaba
     las noches de junio
    rutilantes, medrosas, calladas,
    y las húmedas noches de octubre,
    cuando el aire menea las ramas,
    y las noches del turbio febrero,
    tan negras, tan bravas,
    con lobos y cárabos,
    con vientos y aguas!...
    ¡Recordar que dormido pudieran
    pisarlo las vacas,
    morderle en los labios
    horrendas tarántulas,
    matarlo los lobos,
    comerlo las águilas!...
    ¡Vaquerito mío!
    ¡Cuán amargo era el pan que te daba!
       Yo tenía un hijito pequeño
    -¡hijo de mi alma,
    que jamás te dejé si tu madre
    sobre ti no tendía sus alas! -
    y si un hombre duro
    le vendiera las cosas tan caras...
       Pero ¡qué van a hablar mis amores,
    si el niñito que cuida mis vacas
    también tiene padres
    con tiernas entrañas?
       He pasado con él esta noche,
    y en las horas de más honda calma
    me habló la conciencia
    muy duras palabras...
    y le dije que sí, que era horrible...,
    que llorándolo el alma ya estaba.
    El niño dormía
    cara al cielo con plácida calma;
    la luz de la luna
    puro beso de madre le daba,
     y el beso del padre
    se lo puso mi boca en su cara.
       Y le dije con voz de cariño
    cuando vi clarear la mañana:
    -¡Despierta, mi mozo,
     que ya viene el alba
    y hay que hacer una lumbre muy grande
    y un almuerzo muy rico!... ¡Levanta!
    Tú te quedas luego
     guardando las vacas,
    y a la noche te vas y las dejas...
    ¡San Antonio bendito las guarda!...
       Y a tu madre a la noche le dices
    que vaya a mi casa,
     porque ya eres grande
    y te quiero aumentar la soldada.


    La flor del espino


    - I -

    El padre es un tosco
    labriego fornido,
    áspero y velludo
    gigante broncíneo.

         ¡La madre, una hembra
    con hombrunos bríos,
    desgarradas formas,
    groseros aliños!

         ¡Y ved el misterio!...
    La niña ha nacido
    pequeñita y blanca
    como flor de espino.

         ¡La teta es tan grande
    como el angelito!
    Parecen el bronce
    y el mármol unidos.

         Me da mucha pena
    que aquel hociquillo
    tan tierno, tan puro,
    tan fresco, tan rico,
    toque el pezón negro
    el pechazo henchido.

        Y ¡siento una lástima
    y un miedo y un frío
    cuando el gigantesco
    labriego fornido
    coge en sus manazas
    aquel cuerpecito
    blanco como el mármol,
    tierno como un lirio!

         Como es tan pequeño,
    tan blando, tan fino,
    temo que las zarpas
    del león broncíneo
    lo hieran, lo quiebren...
    ¡Me da miedo y frío!

       Y luego, ¡qué ira
    cuando le hace mimos
    con aquellos dedos
    callosos y heridos
    y cuando le pone
    con brutal cariño
    los labiazos ásperos
    sobre el hociquillo,
    que parece un fresco
    clavel con rocío!...

      - II -

       ¡Eran aprensiones!
    Después lo he sabido.
    El pezón negruzco
    del pechazo henchido
    no mancha los labios
    de los angelitos.
    Es moreno y tosco,
    ¡pero está tan tibio!...
    ¡Tan tibia y tan pura
    derrama en hilillos
    la leche purísima
    del pechazo henchido,
    que ¡pobre de aquella
    flor blanca de espino
    sin ese venero
    de vida tan rico!

         ¡Por eso aquel ángel
    lo quiere tantísimo,
    que cuando se aparta,
    cansado y ahíto,
    del pezón moreno
    rebosante y tibio,
    lo mira y sonríe,
    le quiere hacer mimos,
    lo dobla y lo estruja
    con el hociquillo,
    lo coge y lo suelta,
    le da golpecitos,
    y poquito a poco
    se queda dormido
    de hartura y de gusto
    junto al calorcillo!...

         Ni aquellas manazas
    del padre sombrío
    lastiman al ángel...
    ¡Ya lo he comprendido!
    ¿Qué es lo que no torna
    süave el cariño?

         Cogerá a su hija
    como yo a mi hijo,
    quien dice su madre
    cuando se lo quito
    desnudo del halda
    para hacerle mimos:

         -¡Me da gusto verte
    levantar al niño,
    porque lo levantas
    lo mismo, lo mismo
    que los sacerdotes
    el cuerpo de Cristo!

      - III -

       Eran aprensiones,
    ¡ya lo he comprendido!
    Mas queda el enigma
    recóndito, vivo...

         El hombre es velloso,
    grosero, cetrino;
    la madre es hombruna
    de ceños sombríos;
    la débil niñita
    ¿por qué habrá nacido
    blanca como el mármol,
    tierna como el lirio?
       Pues es un misterio
    lo mismo, lo mismo,
    que el que nos ofrece
    la flor del espino...


    Idilio


        La pulida paverilla
    -¡un capullo de amapola!-
    huelga con el paverillo
    en la linde de la hoja.
    La pavada anda buscando
    hormiguitas y langostas
    en los cercanos baldíos,
    que no tienen otra cosa.
    Sentada está la pavera
    del lindón sobre la alfombra,
    y el pavero de rodillas,
    como adoran los que adoran.
    Ella ha juntado en el halda,
    donde los tallos les corta,
    un montón de bien cerrados
    capullitos de amapola.
    Sin romperlo, en sus dedillos
    uno coge cuidadosa
    y se lo muestra al muchacho
    preguntando: «¿Fraile o monja?»
    Y esperando se le queda
    ¡más picaresca y más mona!...
    El capullo será fraile
    si tiene rojas las hojas,
    pero si las tiene blancas,
    el capullo será monja.
    Y estático el paverillo,
    con ojazos interrogan,
    contempla el misterio, y duda,
    y se agita, y se emociona,
    y mira luego a la niña
    que lo apremia, que lo azora,
    y lleno del hondo pánico
    que presiente la derrota,
    se lanza a dar la respuesta
    como el que a morir se arroja.
    Y apenas ha dicho: «¡Fraile!»
    con la voz un poco ronca,
    rompe la niña el capullo
    y exclama entre risas: «¡Monja!»
    Y apenas ha dicho el niño:
    «¡Monja!», con voz temblorosa,
    «¡Fraile!», le grita riéndose
    la paverilla burlona...
        ¡Está más torpe el muchacho!
    ¡La niña tanto lo azora!...
    ¡Y luego, es tan misterioso
    un capullo de amapola!...
    ¡Como que yo no diría
    jamás ni fraile ni monja!...
     


                                   
    La pulida paverilla


    -¡Un capullo de amapola! -
    huelga con el paverillo
    en la linde de la hoja.
    La pavada anda buscando
    hormiguitas y langostas
    en los cercanos baldíos,
    que no tienen otra cosa.
    Sentada está la pavera
    del lindón sobre la alfombra,
    y el pavero de rodillas,
    como adoran los que adoran.
    Ella ha juntado en el halda,
    donde los tallos les corta,
    un montón de bien cerrados
    capullitos de amapola.
    Sin romperlo, en sus dedillos
    uno coge cuidadosa
    y se lo muestra al muchacho
    preguntando: «¿Fraile o monja?»
    Y esperando se le queda
    ¡más picaresca y más mona!...
    El capullo será fraile
    si tiene rojas las hojas,
    pero si las tiene blancas,
    el capullo será monja.
    Y estático el paverillo,
    con ojazos interrogan,
    contempla el misterio, y duda,
    y se agita, y se emociona,
    y mira luego a la niña
    que lo apremia, que lo azora,
    y lleno del hondo pánico
    que presiente la derrota,
    se lanza a dar la respuesta
    como el que a morir se arroja.
    Y apenas ha dicho: «¡Fraile!»
    con la voz un poco ronca,
    rompe la niña el capullo
    y exclama entre risas: «¡Monja!»
    Y apenas ha dicho el niño:
    «¡Monja!», con voz temblorosa,
    «¡Fraile!», le grita riéndose
    la paverilla burlona...
        ¡Está más torpe el muchacho!
    ¡La niña tanto lo azora!...
    ¡Y luego, es tan misterioso
    un capullo de amapola!...
    ¡Como que yo no diría
    jamás ni fraile ni monja!...


    Dos paisajes


    - I -

    Dos paisajes: el uno soñado
    y el otro vivido.
       ¡Cuán amarga, sin sueños, me fuera
    la vida que vivo!

    ......................................................

        Era un trozo de tierra jurdana
    sin una alquería;
    era un trozo de mundo sin ruido,
    de mundo sin vida.
       Era un campo tan solo, tan solo
    como un cementerio,
    donde más hondamente se sienten
    los hondos silencios.
       Madroñeras, lentiscos y jaras
    helechos y piedras,
    madreselvas, zarzales y brezos,
    retamas escuetas...
       ¡La maraña revuelta y estéril
    que viste los campos
    cuando no los fecunda y riegan
    sudores humanos!
       No tenían trigales las lomas,
    ni huertos las vegas,
    ni sotillos las frescas umbrías,
    ni árboles la sierra...
       No tenían las rudas labores
    cantores humanos,
       ni el sabroso caer de las tardes
    cantores alados.
       No tenían ni puente el riachuelo,
    ni torre la aldea,
    ni alegría de vida sus grises
    hórridas viviendas.
       A sus puertas holgaban desnudos
    niñitos hambrientos,
    devorando sopores de muerte
    de alma y del cuerpo.
       Y unas ruines mujeres traían
    de pueblos lejanos
    miserables mendrugos mohosos
    envueltos en trapos...
       Y unos hombres huraños y entecos
    la tierra arañaban
    como ruines raposos sin presa
    que el páramo escarban.
       Y una sorda quietud imponente,
    grabándolo todo,
    sobre el muerto vivir descargaba
    su losa de plomo...

      - II -

       Era un trozo de tierra jurdana
    con una alquería:
    era un trozo de mundo vibrante,
    de ruidos de vida.
       Era un campo de flores y frutos,
    con hombres y pájaros,
    con caricias de sol y aguas puras,
    de limpios regatos.
       Olivares azules que escalan
    alegres laderas;
    huertecillos con frutos de oro
    que engríen las vegas.
       Recortados, pequeños trigales;
    minúsculos prados
    alamedas pomposas y viñas,
    sotos de castaños...
       Y la sierra gentil, más arriba,
    perdiendo asperezas...
    ¡sonriendo a medida que sube
    la vida por ella!
       Colmenares que zumban y labran,
    palomares blancos,
    majadillas que alegran las cuestas
    sonoros rebaños...
       Carboneras humosas que fingen
    pequeños volcanes;
    leñadores que cortan y cantan,
    que llevan y traen...
       ¡La visión de los campos incultos
    que ricos se tornan
    si los baña del sol del trabajo
    la luz creadora!
       Y tenía ya puente el riachuelo,
    y torre la aldea,
    y alegría de vida sus blancas
    y sanas viviendas.
      Y del útil saber en un templo
     limpio y diminuto,
    y en el templo más grande y más sabio
    del campo fecundo,
       bando alegre de niños que un hombre
    discreto guiaba,
    la salud y la vida bebían
    del cuerpo y del alma.
        Y unas madres con leche en sus pechos,
    y luz en la mente,
    y en las caras morenas, dulzuras
    y risas alegres,
        amasaban el pan de los suyos,
     rezaban, bullían,
    gobernaban la casa cantando,
    ¡cantando la vida!
       Y unos hombres briosos y cultos
     labraban los campos
    con la sana alegría que infunden
    la paz y el trabajo.
        Y flotaba en los aires el ritmo
    gigante y oscuro
    con que alienta la tierra fecunda
     preñada de frutos.

    ........................................................

         ¡Dos paisajes! El uno soñado
     y el otro vivido.
    Del vivir al soñar, ¿hay distancia?
    ¡Pues amor cegará tal abismo!


    En la majada


    (Coro de vaqueros)

    VAQUEROS

                         La alborada,
    la alborada, la alborada va a venir.
    No se puede con el frío de la helada
       dormir.
    ¡No se puede dormir!
    Se mete hasta los tuétanos
    el húmedo relente 
    y el filo del carámbano
    parece que se siente
    por la carne dolorida penetrar.
    Se hielan en los párpados
    las gotas de rocío,
    las mantas empandéranse
    y no quitan el frío;
    este frío que nos hace tiritar.

     MAYORAL

     ¡Arriba, muchachos!
    ¡Que va a amanecer
    y al chozo hoy los amos
    nos vienen a ver!

      VAQUEROS

    La alborada,
    la alborada por allí despuntará.
    Ya la luna, melancólica, borrada,
        se va;
    ¡ya la luna se va!
    Pusiéronse ya pálidos
    el carro y las cabrillas;
    ya cantan en los árboles
    las tontas abubillas
    la temprana monorrítmica canción.
    Calláronse los cárabos,
    y braman los becerros;
    las vacas, levantándose,
    sacuden los cencerros,
    que resuenan como notas de un bordón.
    ¡Dolón! ¡Dolón!
    ¡Dolón! ¡Dolón!

     MAYORAL

    ¡Aprisa, muchachos
    que va a clarear,
    y ya están las vacas
    queriendo marchar!

      VAQUEROS

        La alborada,
    la alborada por allí ya despuntó.
    Su venida la alegría en la majada
    vertió.
    ¡La alegría vertió!
    Las vacas, relamiéndolos,
    sus chotos amamantan;
    allá en las vegas húmedas,
    las nieblas se levantan
    y transponen de las cúspides a ras;
    la escarcha de los árboles
    el sol va derritiendo,
    y al suelo en puras lágrimas,
    deshechas van cayendo
    con monótono dulcísimo compás.
    ¡Tas! ¡Tas!
    ¡Tas! ¡Tas!

    ........................................................

       Y a la vaca más lechera,
    que llamándonos espera,
    desde que al choto se acercó
    asaltamos de costado,
    el becerro por un lado,
    por el otro lado, yo.
         Y espumosa,
    mantecosa,
    bienoliente,
    sabrosa,
    bullente,
    jugosa,
    caliente,
    cual finísimo riel
    de la ubre va fluyendo
    y en la cuerna va cayendo
    espumando,
    chispeando,
    humeando,
    leche dulce como miel...


    La canción del terruño


    De los cuerpos y las almas de mis hijos
    yo soy cuna, yo soy tumba, yo soy patria;
    yo soy tierra donde afincan sus amores,
    yo soy tierra donde afincan sus nostalgias,
    yo soy álveo que recoge los regueros
    de sudores que fecundan mis entrañas,
    yo soy fuente de sus gozos
    yo soy vaso de sus lágrimas...

         Yo el calvario de sus bárbaras caídas,
    yo el oriente de sus tenues esperanzas,
    yo la carga de sus días mal vividos
    y el insomnio de sus noches abreviadas,
    yo el tesoro de sabroso pan moreno
    que las manos honradísimas amasan
    de los hijos bien nacidos
    y la esposa bien amada.

         Yo quisiera que los gérmenes fecundos
    que sotierran en mis áridas entrañas,
    vigorosos y prolíferos se hinchasen,
    y pletóricos de vida reventaran,
    y paridos de mis senos a la vida,
    por mi haz se derramasen en cascadas
    que espumaran en agosto
    oro rubio sobre plata...

         Pero yo soy un decrépito ya estéril,
    sin las vírgenes frescuras de las savias,
    que mis bellas primaveras de otros días
    encendieron y cuajaron en sustancias,
    ¡en sustancias de la vida que rebosan
    porque hierven, porque sobran, porque matan
    si cuajando en otras vidas
    sus esencias no derraman!

         De la vida que me dio Naturaleza
    me sorbieron esas vírgenes sustancias,
    que en la mano pedigüeña de mis hijos
    yo vertía en creaciones espontáneas.
    El tesoro de mis senos ya está pobre,
    seco el álveo que la linfa refrescaba...
     ¡No pidáis pan al hambriento
    ni al sediento pidáis agua!

         Ya están hondos, ya están hondos los filones
    del tesoro que mi seno os regalaba;
    con la punta de esas rejas no se topan,
    con gemidos y sudores no se ablandan...
    Ya mis senos no son cuna de semillas
    que en fecundo limo virgen germinaran:
    ¡Son sepulcros de simientes
    en el polvo sepultadas!

         Y es preciso que renazcan, que rebullan,
    que revivan en mi hondura nuevas savias,
    que me enciendan fructuosas concepciones,
    que me alegren florescencias soberanas,
    que me engrían madureces olorosas
    de cosechas opulentas bien gozadas...
       ¡Hizo Dios así a Natura:
    grande y fértil, bella y sana!

         Pero quiero que los hijos del trabajo
    no derritan de su carne las sustancias
    en la vieja brega estéril que me oprime,
    en la ruda brega torpe que los mata...
    No con riegos de sudores solamente
    se conquistan y enriquecen mis entrañas.
    ¡Hace falta luz fecunda!
    ¡Sol de ideas hace falta!


    Lo inagotable


       De rodillas delante de la fosa
    donde se pudre el mocetón garrido,
    la pobre vieja sin moverse pasa
    la tarde del domingo.

       Una tarde otoñal, helada y muda,
    de cielo muy azul, campiña yerta,
    y un sol amarillento que se muere
    de frío y de tristeza.

        Una vela amarilla que no alumbra,
    se quema, como el alma de la anciana,
    cuyos ojos decrépitos no lloran
    porque no tienen lágrimas.

       Todas se las tragó la avara tierra
    de la tumba del hijo malogrado,
    a cuyos pies la hierba está escaldada
    con las sales del llanto.

       Vagaba por los ámbitos vacíos
    del humilde y herboso cementerio,
    el aroma de muerte que despide
    la tierra de los muertos.

       Volaban sobre el templo los cernícalos
    y rasaban el viejo campanario
    los bandos de veloces aviones
    que pasaban chillando.

        Y de la plaza del lugar venían
    sones de tamboril y castañuelas,
    notas de gaita que al hablar de amores
    infundían tristeza.

        ¡Cómo bailaba la muchacha alegre
    para quien fue belleza vigorosa
    lo que era ya bajo viscosa hierba
    montón de carne rota!

        Montón de carne rota que una madre
    tuvo un día pegado a sus entrañas,
    y espejado en las niñas de sus ojos
    y en el centro del alma.

        Y ya está allí, deshecho en las tinieblas,
    el fuerte hastial de la feliz casita,
    el que ganaba el mendruguito blando
    que la anciana comía.

       Una alondra del páramo vecino
    se posó en la pared del campo santo
    para beber el rayo agonizante
    del frío sol dorado,

        y cantó una canción opaca y fría
    que ni siquiera le agitó el pechuelo
    que cien mañanas pareció romperse
    modulando gorjeos.

        ¡Sorda elegía que inspiró Natura
    junto a la tumba donde el mozo estaba,
    que tantas veces, cual la alondra aquella,
    le cantó la alborada!

        Se hundieron en sus grietas los cernícalos,
    y en los huecos del viejo campanario,
    poco a poco los raudos aviones
    se metieron chillando.

        Cayó el silencio sobre el pueblo humilde,
    murió la tarde y se marchó la alondra,
    y la vida le dijo a la ancianita
    que estaba ya muy sola.

        ¡Era preciso abandonar al hijo!
    Besó la tumba y apagó la vela,
    que derramó sobre la hierba húmeda
    dos lágrimas de cera.

        ¡Y dieron todavía otras dos lágrimas
    aquellos ojos que estrujó el dolor!
    Ni ignoradas ni estériles las dieron:
    ¡las vimos Dios y yo!


    El embargo


    Señol jues, pasi usté más alanti
    y que entrin tos esos.
    No le dé a usté ansia
    no le dé a usté mieo...
    Si venís antiayel a afligila
    sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s'ha muerto!
    Embargal, embargal los avíos,
    que aquí no hay dinero:
    lo he gastao en comías pa ella
    y en boticas que no le sirvieron;
    y eso que me quea,
    porque no me dio tiempo a vendello,
    ya me está sobrando,
    ya me está jediendo.
    Embargal esi sacho de pico,
    y esas jocis clavás en el techo,
    y esa segureja
    y ese cacho e liendro...
    ¡Jerramientas, que no quedi una!
    ¿Ya pa qué las quiero?
    Si tuviá que ganalo pa ella,
    ¡cualisquiá me quitaba a mí eso!
    Pero ya no quio vel esi sacho,
    ni esas jocis clavás en el techo,
    ni esa segurejav ni ese cacho e liendro...
    ¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto
    si alguno de esos
    es osao de tocali a esa cama
    ondi ella s'ha muerto:
    la camita ondi yo la he querío
    cuando dambos estábamos güenos;
    la camita ondi yo la he cuidiau,
    la camita ondi estuvo su cuerpo
    cuatro mesis vivo
    y una noche muerto!...
    Señol jues: que nenguno sea osao
    de tocali a esa cama ni un pelo,
    porque aquí lo jinco
    delanti usté mesmo.
    Lleváisoslo todu,
    todu, menus eso,
    que esas mantas tienin
    suol de su cuerpo...
    ¡y me güelin, me güelin a ella
    ca ves que las güelo!...


    Bálsamo casero


                                        Estamos perdíos,
    no hay que dali güeltas,
    que ya estoy mu jarto
    de jechal la cuenta,
    y ca ves que güelvo
    se me poni dolol de cabeza.
    -Quico, no te agines.
    -Paecis boba, Cleta;
    quedrás que me esponji,
    u que baile, u que jaga fachenda;
    mentris que la genti
    mos jaci esta cuenta:
    «Dies al escribano,
    dieciséis al tío Lucio Candela,
    nuevi a la comadri
    y ocho a tía Endelenceia,
    sin contal los caíos de hogaño,
    que entri to, pues, se arrima a sesenta...
    Y no miento al méico
    ni al jerrero, que ya se mos quejan;
    ni te meto la renta de hogaño,
    ni el trimestri, que ya se mos llega,
    que solo de costas
    un duru te cuesta.
    ¡Estamos perdíos...
    no hay que dali güeltas!
    U se vende el cachujo de casa
    y en cueros mos quean...,
    ¡u me ajorco y me ajorro de andalmi
    jechando más cuentas!
    -¡Vamos, no esvaríes,
    que ni en groma, ni en groma siquiera
    debin de mintalsi
    brutás como esa!
    Y más que las trampas
    tampoco te aprietan
    pa que asín te agines,
    pa que asín de ajogao te veas.
    Verdá que se debin
    toas esas gabelas;
    pero, mira, tenemos posibles
    pa pagal sin vendel la jacienda.
    Treinta duros quiciás la potranca
    te vali en la feria;
    tres guarrapos, a cinco, son quinci,
    y preñá la lichona mos quea;
    entri yo y la muchacha otros cinco
    mos ganamos jilando dos telas,
    que quiciás este ivierno poamos
    jilal dos y media;
    con los burros, a días perdíos,
    tú te sacas tres durus de güebras,
    y las miajas de rastras que faltan
    y el réito que sea,
    lo poemos matal con jornalis
    de la aceitunera,
    de los cavucheos
    y de la lavería.
    Si asperan un año,
    no se quea a debel una perra.
    Y en cuenta no meto
    lo primero que para la yegua,
    que está senteciao
    pa si al cabo se casa Teresa,
    que hay que jateala
    bien de ropa nueva.
    ¿No ves cómo sali
    pa salil de deudas
    sin mental la casa
    ni decilmos brutás como aquella?
    -¡Hora! Ya lo veo;
    no sé jechal cuentas,
    porque no pienso en esos rinconis
     que a ti te se acuerdan.
    Lo que jago es ponelme mörro
    cuando doy en quereli dal güeltas;
    y con estas que tú me has jechao,
    me has barrío el dolol de cabeza...


    La pedrada


    - I -

       Cuando pasa el Nazareno
    de la túnica morada,
    con la frente ensangrentada,
    la mirada del Dios bueno
    y la soga al cuello echada,
       el pecado me tortura,
    las entrañas se me anegan
    en torrentes de amargura,
    y las lágrimas me ciegan
    y me hiere la ternura...
       Yo he nacido en esos llanos
    de la estepa castellana,
    cuando había unos cristianos
    que vivían como hermanos
    en república cristiana.
       Me enseñaron a rezar,
    enseñáronme a sentir
    y me enseñaron a amar,
    y como amar es sufrir
    también aprendí a llorar.
        Cuando esta fecha caía
    sobre los pobres lugares,
    la vida se entristecía,
    cerrábanse los hogares
    y el pobre templo se abría.
       Y detrás del Nazareno
    de la frente coronada,
    por aquel de espigas lleno
    campo dulce, campo ameno,
    de la aldea sosegada,
       los clamores escuchando
    de dolientes Misereres,
    iban los hombres rezando,
    sollozando las mujeres
    y los niños observando...
       ¡Oh, qué dulce, qué sereno
    caminaba el Nazareno
    por el campo solitario,
    de verdura menos lleno
    que de abrojos el Calvario!
       ¡Cuán suave, cuán paciente
    caminaba y cuán doliente
    con la cruz al hombro echada,
    el dolor sobre la frente
    y el amor en la mirada!
       Y los hombres, abstraídos,
    en hileras extendidos,
    iban todos encapados,
    con hachones encendidos
    y semblantes apagados.
       Y enlutadas, apiñadas,
    doloridas, angustiadas,
    enjugando en las mantillas
    las pupilas empañadas
    y las húmedas mejillas,
       viejecitas y doncellas
    de la imagen por las huellas
    santo llanto iban vertiendo...
    ¡Como aquellas, como aquellas
    que a Jesús iban siguiendo!
       Y los niños, admirados,
    silenciosos, apenados,
    presintiendo vagamente
    dramas hondos no alcanzados
    por el vuelo de la mente,
       caminábamos sombríos,
    junto al dulce Nazareno,
    maldiciendo a los judíos,
    ¡que eran Judas y unos tíos
    que mataron al Dios bueno!

      - II -

       ¡Cuántas veces he llorado
    recordando la grandeza
    de aquel hecho inusitado
    que una sublime nobleza
    inspiróle a un pecho honrado!
       La procesión se movía
    con honda calma doliente.
    ¡Qué triste el sol se ponía!
    ¡Cómo lloraba la gente!
    ¡Cómo Jesús se afligía!...
       ¡Qué voces tan plañideras
    el Miserere cantaban!
    ¡Qué luces, que no alumbraban,
    tras las verdes vidrïeras
    de los faroles brillaban!
       Y aquel sayón inhumano
    que al dulce Jesús seguía
    con el látigo en la mano,
    ¡qué feroz cara tenía,
    qué corazón tan villano!
       ¡La escena a un tigre ablandara!
    Iba a caer el cordero,
    y aquel negro monstruo fiero
    iba a cruzarle la cara
    con el látigo de acero...
       Mas un travieso aldeano,
    una precoz criatura
    de corazón noble y sano
    y alma tan grande y tan pura
    como el cielo castellano,
        rapazuelo generoso
    que al mirarla, silencioso,
    sintió la trágica escena,
    que le dejó el alma llena
    de hondo rencor doloroso,
       se sublimó de repente,
    se separó de la gente,
    cogió un guijarro redondo,
    miróle al sayón de frente
    con ojos de odio muy hondo, 
      paróse ante la escultura,
    apretó la dentadura,
    aseguróse en los pies,
    midió con tino la altura,
    tendió el brazo de través,
        zumbó el proyectil terrible,
    sonó un golpe indefinible,
    y del infame sayón
    cayó botando la horrible
    cabezota de cartón.
       Los fieles, alborotados
    por el terrible suceso,
    cercaron al niño, airados,
    preguntándole admirados:
    -¿Por qué, por qué has hecho eso?...
        Y él contestaba, agresivo,
    con voz de aquellas que llegan
    de un alma justa a lo vivo:
    -¡Porque sí, porque le pegan
    sin hacer ningún motivo!

      - III -

       Hoy, que con los hombres voy,
    viendo a Jesús padecer,
    interrogándome estoy:
    ¿Somos los hombres de hoy
    aquellos niños de ayer?


    Alegórica


       Pajarillos con alas doradas,
    que en las ramas del árbol bendito
    suspendidos de hilillos de oro,
    tenéis vuestros nidos...
    ¡Mirad hacia abajo,
    mirad con cariño!

        Pajarillos con alas de pluma,
    que debajo del árbol bendito
    vuestros nidos tenéis en el suelo
    cuajados de frío...,
    ¡mirad hacia arriba
    y esperad tranquilos!

       Pajarillos dorados de arriba:
    de las plumas calientes del nido,
    de los frutos del árbol sagrado
    cargad los piquillos,
    tended esas alas,
    cortad esos hilos...

       Pajarillos humildes del suelo,
    ya va el sol a templar vuestros nidos,
    ya el amor va a bajar a buscaros;
    abrid los piquitos,
    tended las alillas,
    estad prevenidos...

       Descended ya vosotros del árbol,
    elevaos vosotros y uníos,
    y en los aires os dais un abrazo,
    juntáis los piquitos,
    rozáis vuestras alas.
    unís los pechillos...

       Y bajaron amables los unos,
    y subieron los otros sumisos,
    y después de besarse en los aires
    volaron unidos...
    ¡Todos eran unos!
    ¡Todos pajarillos!

    ..................................................

        ¡Que se calle ese sabio parlante,
    que los males del mundo afligido
    no se curan con esos discursos
    hinchados y fríos...
    ¡Se curan con besos,
    con besos de niño!

        Los que nazcan en camas de oro
    que se acuerden de sus hermanitos.
    Los que nazcan en cunas de paja
    que sufran sumisos,
    porque Aquel que nació en el pesebre
    también tuvo frío...


    Vamos a esperarlos


    ¡Dichosos los niños
    que tienen caballo,
    que es tener la dicha
    de ser Reyes Magos!
    ¡Dichoso vosotros
    que vais a esperarlos,
    pues por tantos Reyes
    seréis visitados!

         Ya vienen, ya llegan...
    ¡Y cuántos! ¡Y cuántos!
    ¿Cómo habrá en Oriente
    tierras y vasallos,
    mantos y coronas,
    tronos para tantos?
    ¡Qué trajes tan ricos!
    ¡Qué hermosos caballos!
    ¡Y qué pequeñuelos
    estos Reyes Magos!
    ¿Pequeños he dicho?
    Pues dije un pecado;
    ¡no hay Reyes más grandes
    que esos de ocho años!
    No traen escuadrones
    de bravos soldados,
    ni orgullo en el pecho,
    ni sangre en las manos,
    ni órdenes terribles
    brotan de sus labios,
    ni al de la victoria
    trepidante carro
    míseros vencidos
    traen encadenados.
    Soldados de plomo,
    risas en los labios,
    amor en el pecho,
    dulces en las manos...
    ¡Eso es lo que traen
    estos Reyes Magos
    que se dieron cita
    para conquistarnos!
    De Oriente vinieron,
    vinieron mandados
    por aquel Rey Niño
    que a los hombres malos
    con el arma sol
    de Amor ha ganado.
    ¡Esos son los Reyes
    que tendrán vasallos
    como el mar arenas,
    y la selva ramos,
    y estrellas los cielos
    y espigas los campos!
    ¡Vamos con vosotros,
    vamos a esperarlos!
    Todos esos Reyes
    de otro son vasallos,
    de otro que les manda
    que vengan a daros
    dulces y juguetes,
    y besos y abrazos.

    ¡Que vengan, que vengan,
    que van a enseñarnos
    que ellos y vosotros
    de Amor sois vasallos,
    ¡vasallos de Cristo,
    que es de Amor dechado!

         ¡Dichosos los niños
    que tienen caballo,
    que es tener la dicha
    de ser Reyes Magos!
    ¡Dichosos vosotros,
    que vais a esperarlos,
    que es ir a un convite
    de dulces y abrazos!




    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac