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  • "Salutación del optimista"  
  • "Pegaso"  
  • "A Roosevelt"  
  • "Canto de esperanza"
  • "Marcha triunfal"  
  • "Los cisnes"  
  • "Tarde del trópico"
  • "Canción de otoño en primavera" 
  • "El soneto de trece versos"
  • "Melancolía"
  • "Nocturno"
  • "Letanía de nuestro señor don Quijote"
  • "Lo fatal"
  • "A Margarita Debayle"
  • "Soneto"
  • "Era un aire suave..."
  • "Sonatina"
  • "Blasón"
  • "El cisne"
  • "Sinfonía en gris mayor"
  • "Cosas del Cid"
  • "Los Motivos del Lobo"
  • "Yo persigo una forma"
  • "Caupolicán"
  • "Autumnal"


  • Salutación del optimista


    - II -

    Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
    espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!
    Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
    lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;
    mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto;
    retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte;
    se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña
    y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron
    encontramos de súbito, talismática, pura, riente,
    cual pudiera decirla en su verso Virgilio divino,
    la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!

      Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba
    o a perpetuo presidio, condenasteis al noble entusiasmo,
    ya veréis el salir del sol en un triunfo de liras,
    mientras dos continentes, abonados de huesos gloriosos,
    del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,
    digan al orbe: la alta virtud resucita,
    que a la hispana progenie hizo dueña de los siglos.

      Abominad la boca que predice desgracias eternas,
    abominad los ojos que ven sólo zodiacos funestos,
    abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres,
    o que la tea empuñan o la daga suicida.
    Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
    la inminencia de algo fatal hoy conmueve la Tierra;
    fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
    y algo se inicia como vasto social cataclismo
    sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
    no despierten entonces en el tronco del roble gigante
    bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?
    ¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
    y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida?
    No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo,
    ni entre momias y piedras que habita el sepulcro,
    la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,
    que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
    ni la que tras los mares en que yace sepulta la Atlántida,
    tiene su coro de vástagos, altos, robustos y fuertes.

      Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos;
    formen todos un solo haz de energía ecuménica.
    Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
    muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.

    Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
    que regará lenguas de fuego en esa epifanía.v Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
    y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
    así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
    de los egregios padres que abrieron el surco prístino,
    sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
    y el rumor de espigas que inició la labor triptolémica.

      Un continente y otro renovando las viejas prosapias,
    en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
    ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.

      La latina estirpe verá la gran alba futura,
    en un trueno de música gloriosa, millones de labios
    saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
    Oriente augusto en donde todo lo cambia y renueva
    la eternidad de Dios, la actividad infinita.
    Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros,
    ¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!

    Cantos de vida y esperanza (1905)

     
    Pegaso


    - VII -

       Cuando iba yo a montar ese caballo rudo
    y tembloroso, dije: "La vida es pura y bella". Entre sus cejas vivas vi brillar una estrella. El cielo estaba azul y yo estaba desnudo.

         Sobre mi frente Apolo hizo brillar su escudo
    y de Belerofonte logré seguir la huella.
    Toda cima es ilustre si Pegaso la sella,
    y yo, fuerte, he subido donde Pegaso pudo.

         ¡Yo soy el caballero de la humana energía,
    yo soy el que presenta su cabeza triunfante
    coronada con el laurel del Rey del día;

         domador del corcel de cascos de diamante,
    voy en un gran volar, con la aurora por guía,
    adelante en el vasto azur, siempre adelante!

    Cantos de vida y esperanza (1905)

     
    A Roosevelt


    - VIII -
      ¡Es con voz de Biblia, o verso de Walt Whitman,
    que habría que llegar hasta ti, Cazador!
    ¡Primitivo y moderno, sencillo y complicado,
    con un algo de Washington y cuatro de Nemrod!
    Eres los Estados Unidos,
    eres el futuro invasor
    de la América ingenua que tiene sangre indígena,
    que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.

         Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
    eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy.
    Y domando caballos o asesinando tigres,
    eres un Alejandro- Nabucodonosor.
    (Eres un profesor de energía
    como dicen los locos de hoy.)

         Crees que la vida es incendio
    que el progreso es erupción;
    en donde pones la bala
    el porvenir pones.

                                                No.

         Los Estados Unidos son potentes y grandes.
    Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor
    que pasa por las vértebras enormes de los Andes.
    Si clamáis se oye como el rugir del león.
    Ya Hugo a Grant le dijo: Las estrellas son vuestras.
    (Apenas brilla, alzándose, el argentino sol
    y la estrella chilena se levanta...) Sois ricos.
    Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón
    y alumbrando el camino de la fácil conquista,
    la Libertad levanta su antorcha en Nueva York.

         Mas la América nuestra, que tenía poetas
    desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,
    que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,
    que el alfabeto pánico aprendió;
    que consultó los astros, que conoció la Atlántida
    cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
    que desde los remotos momentos de su vida
    vive de luz, de fuego, de perfumes, de amor,
    la América del grande Moctezuma, del Inca,
    la América fragrante de Cristóbal Colón,
    la América católica, la América española,
    la América en que dijo el noble Guatemoc:
    «Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América
    que tiembla de huracanes y que vive de amor;
    hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.
    Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.
    Tened cuidado. ¡Vive la América española!,
    hay mil cachorros sueltos del León Español.
    Se necesitaría, Roosevelt, ser por Dios mismo,
    el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
    para poder tenernos en vuestras férreas garras.
    Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!

    Cantos de vida y esperanza (1905)

     
    Canto de esperanza


    - X -

    Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste.
    Un soplo milenario trae amagos de peste.
    Se asesinan los hombres en el extremo Este.

         ¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo?
    Se han sabido presagios y prodigios se han visto
    y parece inminente el retorno de Cristo.

         La tierra está preñada de dolor tan profundo
    que el soñador, imperial meditabundo,
    sufre con las angustias del corazón del mundo.

         Verdugos de ideales afligieron la tierra,
    en un pozo de sombra la humanidad se encierra
    con los rudos molosos del odio y de la guerra.

         ¡Oh, Señor Jesucristo! ¡Por qué tardas, qué esperas
    para tender tu mano de luz sobre las fieras
    y hacer brillar al sol tus divinas banderas!

       Surge de pronto y vierte la esencia de la vida
    sobre tanta alma loca, triste o empedernida,
    que amante de tinieblas tu dulce aurora olvida.

         Ven, Señor, para hacer la gloria de Ti mismo;
    ven con temblor de estrellas y horror de cataclismo,
    ven a traer amor y paz sobre el abismo.

       Y tu caballo blanco, que miró el visionario,
    pase. Y suene el divino clarín extraordinario.
    Mi corazón será brasa de tu incensario.

    Cantos de vida y esperanza (1905)

     
    Marcha triunfal


    - XIV -

    ¡Ya viene el cortejo!
    ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
    La espada se anuncia con vivo reflejo;
    ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.

         Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes,
    los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas,
    La gloria solemne de los estandartes
    llevados por manos robustas de heroicos atletas.
    Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros,
    los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra,
    los cascos que hieren la tierra.
    Y los timbaleros,
    que el paso acompasan con ritmos marciales.
    ¡Tal pasan los fieros guerreros
    debajo los arcos triunfales!

         Los claros clarines de pronto levantan sus sones,
    su canto sonoro,
    su cálido coro,
    que envuelve en un trueno de oro
    la augusta soberbia de los pabellones.
    Él dice la lucha, la herida venganza,
    las ásperas crines,
    los rudos penachos, la pica, la lanza,
    la sangre que niega los heroicos carmines,
    la tierra;
    los negros mastines
    que azuza la muerte, que rige la guerra.

        Los áureos sonidos
    anuncian el advenimiento
    triunfal de la Gloria;
    dejando el picacho que guarda sus nidos,
    tendiendo sus alas enormes al viento,
    los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria!

         Ya pasa el cortejo.
    Señala el abuelo los héroes al niño:
    ved como la barba del viejo
    los bucles de oro circundan de armiño.
    Las bellas mujeres aprestan coronas de flores
    y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa;
    y la más hermosa
    sonríe al más fiero de los vencedores.
    ¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera;
    honor al herido y honor a los fieles
    soldados que muerte encontraron por mano extranjera!
    ¡Clarines! ¡Laureles!

         Las nobles espadas de tiempos gloriosos,
    desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros:
    -las viejas espadas de los granaderos más fuertes que osos,
    hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros -.
    Las trompas guerreras resuenan;
    de voces los aires se llenan...
    -A aquellas antiguas espadas,
    a aquellos ilustres aceros,
    que encarnan las glorias pasadas -;
    Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas,
    y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros;
    al que ama la insignia del sueño materno,
    al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano,
    los soles del rojo verano,
    las nieves y vientos del gélido invierno,
    la noche, la escarcha
    y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal,
    ¡saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la
    marcha
    triunfal!...

    Cantos de vida y esperanza (1905)

     
    Los cisnes


    - III -

    Por un momento, ¡oh Cisne!, juntaré mis anhelos
    a los de tus dos alas que abrazaron a Leda,
    y a mi maduro ensueño, aún vestido de seda,
    dirás, por los Dioscuros, la gloria de los cielos.

         Es el otoño. Ruedan de la flauta consuelos.
    Por un instante, ¡oh Cisne!, en la oscura alameda
    sorberé entre dos labios lo que el Pudor me veda,
    y dejaré mordidos Escrúpulos y Celos.

        Cisne, tendré tus alas blancas por un instante,
    y el corazón de rosa que hay en tu dulce pecho
    palpitará en el mío con su sangre constante.

       Amor será dichoso, pues estará vibrante
    el júbilo que pone al gran Pan en acecho
    mientras su ritmo esconde la fuente de diamante.

    - IV -

    Antes de todo, ¡gloria a ti, Leda!
    tu dulce vientre cubrió de seda
    el Dios. ¡Miel y oro sobre la brisa!
    Sonaban alternativamente
    flauta y cristales, Pan y la fuente.
    ¡Tierra era canto, Cielo sonrisa!

       Ante el celeste, supremo acto,
    dioses y bestias hicieron pacto.
    Se dio a la alondra la luz del día,
    se dio a los búhos sabiduría
    y melodía al ruiseñor.

    A los leones fue la victoria,
    para las águilas toda la gloria
    y a las palomas todo el amor.

         Pero vosotros sois los divinos
    príncipes. Vagos como las naves,
    inmaculados como los linos,
    maravillosos como las aves.

         En vuestros picos tenéis las prendas
    que manifiestan corales puros.
    Con vuestros pechos abrís las sendas
    que arriba indican los Dioscuros.

         Las dignidades de vuestros actos,
    eternizadas en lo infinito,
    hacen que sean ritmos exactos,
    voces de ensueño, luces de mito.

         De orgullo olímpico sois el resumen,
    ¡oh, blancas urnas de la armonía!
    Ebúrneas joyas que anima un numen
    con su celeste melancolía.

         ¡Melancolía de haber amado,
    junto a la fuente de la arboleda,
    el luminoso cuello estirado
    entre los blancos muslos de Leda!

    Cantos de vida y de esperanza (1905)

     
    Tarde del trópico


    - IV -

                                Es la tarde gris y triste.
    Viste el mar de terciopelo
    y el cielo profundo viste
    de duelo.

         Del abismo se levanta
    la queja amarga y sonora.
    La onda, cuando el viento canta,
    llora.

         Los violines de la bruma
    saludan al sol que muere.
    Salmodia la blanca espuma:
    miserere.

          La armonía del cielo inunda,
    y la brisa va a llevar
    la canción triste y profunda
    del mar.

        Del clarín del horizonte
    brota sinfonía rara,
    como si la voz del monte
    vibrara.

         Cual si fuese lo invisible...
    cual si fuese el rudo son
    que diese al viento un terrible
    león.
    Cantos de vida y esperanza (1905)


    Canción de otoño en primavera


    - VI -

    A Martínez Sierra

    Juventud, divino tesoro,
    ¡ya te vas para no volver!
    Cuando quiero llorar, no lloro...
    y a veces lloro sin querer...

         Plural ha sido la celeste
    historia de mi corazón.
    Era una dulce niña, en este
    mundo de duelo y de aflicción.

         Miraba como el alba pura;
    sonreía como una flor.
    Era su cabellera oscura
    hecha de noche y de dolor.

         Yo era tímido como un niño.
    Ella, naturalmente, fue,
    para mi amor hecho de armiño,
    Herodías y Salomé...

         Juventud, divino tesoro,
    ¡ya te vas para no volver!
    Cuando quiero llorar, no lloro...
    y a veces lloro sin querer...

         La otra fue más sensitiva,
    y más consoladora y más
    halagadora y expresiva,
    cual no pensé encontrar jamás.

         Pues a su continua ternura
    una pasión violenta unía.
    En un peplo de gasa pura
    una bacante se envolvía...

         En sus brazos tomó mi ensueño
    y lo arrulló como a un bebé...
    y le mató triste y pequeño,
    falto de luz, falto de fe...

         Juventud, divino tesoro,
    ¡te fuiste para no volver!
    Cuando quiero llorar, no lloro...
    y a veces lloro sin querer...

         Otra juzgó que era mi boca
    el estuche de su pasión;
    y que me roería, loca,
    con sus dientes el corazón.

         Poniendo en un amor de exceso
    la mira de su voluntad,
    mientras eran abrazo y beso
    síntesis de eternidad;

         y de nuestra carne ligera
    imaginar siempre un Edén,
    sin pensar que la Primavera
    y la carne acaban también...

         Juventud, divino tesoro,
    ¡ya te vas para no volver!
    cuando quiero llorar, no lloro...
    y a veces lloro sin querer.

         ¡Y las demás! En tantos climas,
    en tantas tierras, siempre son,
    si no pretextos de mis rimas,
    fantasmas de mi corazón.

         En vano busqué a la princesa
    que estaba triste de esperar.
    La vida es dura. Amarga y pesa.
    ¡Ya no hay princesa que cantar!

         Mas a pesar del tiempo terco,
    mi sed de amor no tiene fin;
    con el cabello gris me acerco
    a los rosales del jardín...

         Juventud, divino tesoro,
    ¡ya te vas para no volver!
    Cuando quiero llorar, no lloro...
    y a veces lloro sin querer...

       ¡Mas es mía el Alba de oro!

    Cantos de vida y esperanza (1905)


    El soneto de trece versos


    - XIV -

    ¡De una juvenil inocencia
    qué conservar sino el sutil
    perfume, esencia de su Abril,
    la más maravillosa esencia!

         Por lamentar a mi conciencia
    quedó de un sonoro marfil
    un cuento que fue de las Mil
    y Una Noches
    de mi existencia...

        Scherezada se entredurmió...
    El Visir quedó meditando...
    Dinarzarda el día olvidó...
    Mas el pájaro azul volvió...

    Pero...

                         No obstante..

                                           Siempre...

                                                     Cuando...

    Cantos de vida y esperanza (1905)


    Melancolía


    - XXV - A Domingo Bolívar 

    Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía.
      Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas.
      Voy bajo tempestades y tormentas
      ciego de sueño y loco de armonía.
     
           Ése es mi mal. Soñar. La poesía
      es la camisa férrea de mil puntas cruentas
      que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas
      dejan caer las gotas de mi melancolía.
     
           Y así voy, ciego y loco, por este mundo amargo;
      a veces me parece que el camino es muy largo,
      y a veces que es muy corto...
     
           Y en este titubeo de aliento y agonía,
      cargo lleno de penas lo que apenas soporto.
      ¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?
     
      Cantos de vida y esperanza (1905)


    Nocturno


    - XXXII -
     
      A Mariano de Cavia
     
      Los que auscultasteis el corazón de la noche,
      los que por el insomnio tenaz habéis oído
      el cerrar de una puerta, el resonar de un coche
      lejano, un eco vago, un ligero ruido...
     
           En los instantes del silencio misterioso,
      cuando surgen de su prisión los olvidados,
      en la hora de los muertos, en la hora del reposo,
      ¡sabréis leer estos versos de amargor impregnados!...
     
           Como en un vaso vierto en ellos mis dolores
      de lejanos recuerdos y desgracias funestas,
      y las tristes nostalgias de mi alma, ebria de flores,
      y el duelo de mi corazón, triste de fiestas.
     
           Y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido,
      la pérdida del reino que estaba para mí,
      el pensar que un instante pude no haber nacido,
      ¡y el sueño que es mi vida desde que yo nací!
     
           Todo esto viene en medio del silencio profundo
      en que la noche envuelve la terrena ilusión,
      y siento como un eco del corazón del mundo
      que penetra y conmueve mi propio corazón.
     
      Cantos de vida y esperanza (1905)


    Letanía de nuestro señor don Quijote


    - XXXIX -
     
      A Navarro Ledesma
     
         Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
      que de fuerzas alientas y de ensueños vistes,
      coronado de áureo yelmo de ilusión;
      que nadie ha podido vencer todavía,
      por la adarga al brazo, toda fantasía,
      y la lanza en ristre, toda corazón.
     
           Noble peregrino de los peregrinos,
      que santificaste todos los caminos
      con el paso augusto de tu heroicidad,
      contra las certezas, contra las conciencias,
      y contra las leyes y contra las ciencias
      y contra la mentira, contra la verdad...
     
           ¡Caballero errante de los caballeros,
      varón de varones, príncipe de fieros,
      par entre los pares, maestro, salud!
      ¡Salud, porque juzgo que hoy muy poca tienes,
      entre los aplausos o entre los desdenes,
      y entre las coronas y los parabienes
      y las tonterías de la multitud!
     
           ¡Tú, para quien pocas fueran las victorias
      antiguas y para quien clásicas glorias
      serían apenas de ley y razón,
      soportas elogios, memorias, discursos,
      resistes certámenes, tarjetas, concursos,
      y, teniendo a Orfeo, tienes a orfeón!
     
           Escucha, divino Rolando del sueño,
      a un enamorado de tu Clavileño,
      y cuyo Pegaso relincha hacia ti;
      escucha los versos de estas letanías
      hechas con las cosas de todos los días
      y con otras que en lo misterioso vi.
     
           ¡Ruega por nosotros, hambrientos de vida,
      con el alma a tientas, con la fe perdida,
      llenos de congojas y faltos de sol,
      por advenedizas almas de manga ancha,
      que ridiculizan el ser de la Mancha,
      el ser generoso y el ser español!
     
           ¡Ruega por nosotros, que necesitamos
      las mágicas rosas, los sublimes ramos
      de laurel! Pro nobis ora, gran señor.
      (Tiembla la floresta de laurel del mundo,
      y antes que tu hermano vago, Segismundo,
      el pálido Hamlet te ofrece una flor.)
     
           Ruega generoso, piadoso, orgulloso;
      ruega casto, puro, celeste, animoso;
      por nos intercede, suplica por nos,
      pues casi ya estamos sin savia, sin brote,
      sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,
      sin pies y sin alas, sin Sancho y sin Dios.
     
           De tantas tristezas, de dolores tantos,
      de los superhombres de Nietzsche, de cantos
      áfonos, recetas que firma un doctor,
      de las epidemias de horribles blasfemias
      de las Academias,
      líbranos, señor.
     
           De rudos malsines,
      falsos paladines
      y espíritus finos y blandos y ruines,
      del hampa que sacia
      su canallocracia
      con burlar la gloria, la vida, el honor,
      del puñal con gracia,
      ¡líbranos, señor!
     
           Noble peregrino de los peregrinos,
      que santificaste todos los caminos
      con el paso augusto de tu heroicidad,
      contra las certezas, contra las conciencias
      y contra las leyes y contra las ciencias,
      contra la mentira, contra la verdad...
     
           Ora por nosotros, señor de los tristes,
      que de fuerzas alientas y de ensueños vistes,
      coronado de áureo yelmo de ilusión;
      ¡que nadie ha podido vencer todavía,
      por la adarga al brazo, toda fantasía,
      y la lanza en ristre, toda corazón!
     
      Cantos de vida y esperanza (1905)


    Lo fatal


    - XLI -
     
      A René Pérez
     
      Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
      y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
      pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
      ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
     
         Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
      y el temor de haber sido y un futuro terror...
      Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
      y sufrir por la vida y por la sombra y por
     
          lo que no conocemos y apenas sospechamos,
      y la carne que tienta con sus frescos racimos,
      y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
      ¡y no saber adónde vamos,
      ni de dónde venimos!...
     
      Cantos de vida y esperanza (1905)


    A Margarita Debayle


    MARGARITA, está linda la mar,
    y el viento
    lleva esencia sutil de azahar;
    yo siento
    en el alma una alondra cantar:
    tu acento.
    Margarita, te voy a contar
    un cuento.

    Éste era un rey que tenía
    un palacio de diamantes,
    una tienda hecha del día
    y un rebaño de elefantes,

    un kiosco de malaquita,
    un gran manto de tisú,
    y una gentil princesita,
    tan bonita
    Margarita,
    tan bonita como tú.

    Una tarde la princesa
    vio una estrella aparecer;
    la princesa era traviesa
    y la quiso ir a coger.

    La quería para hacerla
    decorar un prendedor,
    con un verso y una perla,
    y una pluma y una flor.

    Las princesas primorosas
    se parecen mucho a ti:
    cortan lirios, cortan rosas,
    cortan astros. Son así.

    Pues se fue la niña bella,
    bajo el cielo y sobre el mar,
    a cortar la blanca estrella
    que la hacía suspirar.

    Y siguió camino arriba,
    por la luna y más allá;
    mas lo malo es que ella iba
    sin permiso del papá.

    Cuando estuvo ya de vuelta
    de los parques del Señor,
    se miraba toda envuelta
    en un dulce resplandor.

    Y el rey dijo: "Qué te has hecho?
    Te he buscado y no te hallé;
    y qué tienes en el pecho,
    que encendido se te ve?"

    La princesa no mentía.
    Y así, dijo la verdad:
    "Fui a cortar la estrella mía
    a la azul inmensidad".

    Y el rey clama: "No te he dicho
    que el azul no hay que tocar?
    Qué locura! Qué capricho!
    El Señor se va a enojar".

    Y dice ella: "No hubo intento:
    yo me fui no sé por qué
    por las olas y en el viento
    fui a la estrella y la corté".

    Y el papá dice enojado:
    "Un castigo has de tener:
    vuelve al cielo, y lo robado
    vas ahora a devolver".
    La princesa se entristece
    por su dulce flor de luz,
    cuando entonces aparece
    sonriendo el Buen Jesús.

    Y así dice: "En mis campiñas
    esa rosa le ofrecí:
    son mis flores de las niñas
    que al soñar piensan en mí".

    Viste el rey ropas brillantes,
    y luego hace desfilar
    cuatrocientos elefantes
    a la orilla de la mar.

    La princesita está bella,
    pues ya tiene el prendedor
    en que lucen, con la estrella,
    verso, perla, pluma y flor.

    ---

    Margarita, está linda la mar,
    y el viento
    lleva esencia sutil de azahar:
    tu aliento.

    Ya que lejos de mi vas a estar,
    guarda, niña, un gentil pensamiento
    al que un día te quiso contar
    un cuento.

    [Bahía de Corinto (Nicaragua)
    Isla del Cardón, marzo 20 de 1908]

    Cantos de vida y esperanza (1905)


    Soneto


    Para el señor don Ramón del Valle-Inclán

       Este gran don Ramón, de las barbas de chivo,
    cuya sonrisa es la flor de su figura,
    parece un viejo dios, altanero y esquivo,
    que se animase en la frialdad de su escultura.
       El cobre de sus ojos por instantes fulgura
    y da una llama roja tras un ramo de olivo.
    Tengo la sensación de que siento y que vivo
    a su lado una vida más intensa y más dura.
        Este gran don Ramón del Valle-Inclán me inquieta,
    y a través del zodíaco de mis versos actuales
    se me esfuma en radiosas visiones de poeta,
       o se me rompe en un fracaso de cristales.
    Yo le he visto arrancarse del pecho la saeta
    que le lanzan los siete pecados capitales.
    El canto errante (1907)


    Era un aire suave...


    Era un aire suave, de pausados giros;
    el hada Harmonía ritmaba sus vuelos;
    e iban frases vagas y tenues suspiros
    entre los sollozos de los violoncelos.
    Sobre la terraza, junto a los ramajes,
    diríase un trémolo de liras eolias
    cuando acariciaban los sedosos trajes
    sobre el tallo erguidas las blancas magnolias.
    La marquesa Eulalia risas y desvíos
    daba a un tiempo mismo para dos rivales,
    el vizconde rubio de los desafíos
    y el abate joven de los madrigales.
    Cerca, coronado con hojas de viña,
    reía en su máscara Término barbudo,
    y, como un efebo que fuese una niña,
    mostraba una Diana su mármol desnudo.
    Y bajo un boscaje del amor palestra,
    sobre rico zócalo al modo de Jonia,
    con un candelabro prendido en la diestra
    volaba el Mercurio de Juan de Bolonia.
    La orquesta perlaba sus mágicas notas,
    un coro de sones alados se oía;
    galantes pavanas, fugaces gavotas
    cantaban los dulces violines de Hungría.
    Al oír las quejas de sus caballeros
    ríe, ríe, ríe la divina Eulalia,
    pues son su tesoro las flechas de Eros,
    el cinto de Cipria, la rueca de Onfalia.
    ¡Ay de quien sus mieles y frases recoja!
    ¡Ay de quien del canto de su amor se fíe!
    Con sus ojos lindos y su boca roja,
    la divina Eulalia ríe, ríe, ríe.
    Tiene azules ojos, es maligna y bella;
    cuando mira vierte viva luz extraña:
    se asoma a sus húmedas pupilas de estrella
    el alma del rubio cristal de Champaña.
    Es noche de fiesta, y el baile de trajes
    ostenta su gloria de triunfos mundanos.
    La divina Eulalia, vestida de encajes,
    una flor destroza con sus tersas manos.
    El teclado harmónico de su risa fina
    a la alegre música de un pájaro iguala,
    con los staccati de una bailarina
    y las locas fugas de una colegiala.
    ¡Amoroso pájaro que trinos exhala
    bajo el ala a veces ocultando el pico;
    que desdenes rudos lanza bajo el ala,
    bajo el ala aleve del leve abanico!
    Cuando a medianoche sus notas arranque
    y en arpegios áureos gima Filomela,
    y el ebúrneo cisne, sobre el quieto estanque
    como blanca góndola imprima su estela,
    la marquesa alegre llegará al boscaje,
    boscaje que cubre la amable glorieta,
    donde han de estrecharla los brazos de un paje,
    que siendo su paje será su poeta.
    Al compás de un canto de artista de Italia
    que en la brisa errante la orquesta deslíe,
    junto a los rivales la divina Eulalia
    la divina Eulalia, ríe, ríe, ríe.
    ¿Fue acaso en el tiempo del rey Luis de Francia,
    sol con corte de astros, en campos de azur?
    ¿Cuando los alcázares llenó de fragancia
    la regia y pomposa rosa Pompadour?
    ¿Fue cuando la bella su falda cogía
    con dedos de ninfa, bailando el minué,
    y de los compases el ritmo seguía
    sobre el tacón rojo, lindo y leve el pie?
    ¿O cuando pastoras de floridos valles
    ornaban con cintas sus albos corderos,
    y oían, divinas Tirsis de Versalles,
    las declaraciones de sus caballeros?
    ¿Fue en ese buen tiempo de duques pastores,
    de amantes princesas y tiernos galanes,
    cuando entre sonrisas y perlas y flores
    iban las casacas de los chambelanes?
    ¿Fue acaso en el Norte o en el Mediodía?
    Yo el tiempo y el día y el país ignoro,
    pero sé que Eulalia ríe todavía,
    ¡y es cruel y eterna su risa de oro!

    Prosas profanas (1896 - 1901)


    Sonatina


    La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?
    Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
    que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
    La princesa está pálida en su silla de oro,
    está mudo el teclado de su clave sonoro;
    y en un vaso olvidada se desmaya una flor.
    El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
    Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
    y, vestido de rojo, piruetea el bufón.
    La princesa no ríe, la princesa no siente;
    la princesa persigue por el cielo de Oriente
    la libélula vaga de una vaga ilusión.
    ¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,
    o en el que ha detenido su carroza argentina
    para ver de sus ojos la dulzura de luz?
    ¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
    en el que es soberano de los claros diamantes,
    o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?
    ¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa,
    quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
    tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
    ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
    saludar a los lirios con los versos de Mayo,
    o perderse en el viento sobre el trueno del mar.
    Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
    ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
    ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
    Y están tristes las flores por la flor de la corte,
    los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
    de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
    ¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
    Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
    en la jaula de mármol del palacio real;
    el palacio soberbio que vigilan los guardas,
    que custodian cien negros con sus cien alabardas,
    un lebrel que no duerme y un dragón colosal.
    ¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
    (La princesa está triste. La princesa está pálida)
    ¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
    ¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
    (La princesa está pálida. La princesa está triste)
    más brillante que el alba, más hermoso que Abril!
    ¡Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-,
    en caballo con alas, hacia acá se encamina,
    en el cinto la espada y en la mano el azor,
    el feliz caballero que te adora sin verte,
    y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
    a encenderte los labios con su beso de amor!

    Prosas profanas (1896 - 1901)


    Blasón


    Para la condesa de Peralta

    El olímpico cisne de nieve
    con el ágata rosa del pico
    lustra el ala eucarística y breve
    que abre al sol como un casto abanico.
    En la forma de un brazo de lira
    y del asa de un ánfora griega
    en su cándido cuello que inspira
    como prora ideal que navega.
    Es el cisne, de estirpe sagrada,
    cuyo beso, por campos de seda,
    ascendió hasta la cima rosada
    de las dulces colinas de Leda.
    Blanco rey de la fuente Castalia,
    su victoria ilumina el Danubio;
    Vinci fue su barón en Italia;
    Lohengrín es su príncipe rubio.
    Su blancura es hermana del lino,
    del botón de los blancos rosales
    y del albo toisón diamantino
    de los tiernos corderos pascuales.
    Rimador de ideal florilegio,
    es de armiño su lírico manto,
    y es el mágico pájaro regio
    que al morir rima el alma en su canto.
    El alado aristócrata muestra
    lises albos en campo de azur,
    y ha sentido en sus plumas la diestra
    de la amable y gentil Pompadour.
    Boga y boga en el lago sonoro
    donde el sueño a los tristes espera,
    donde aguarda una góndola de oro
    a la novia de Luis de Baviera.
    Dad, Condesa, a los cisnes cariño,
    dioses son de un país halagüeño
    y hechos son de perfume, de armiño,
    de luz alba, de seda y de sueño.

    Prosas profanas (1896 - 1901)


    El cisne


    A Ch. del Gouffre

    Fue una hora divina para el género humano.
    El Cisne antes cantaba sólo para morir.
    Cuando se oyó el acento del Cisne wagneriano
    fue en medio de una aurora, fue para revivir.
    Sobre las tempestades del humano oceano
    se oye el canto del Cisne; no se cesa de oír,
    dominando el martillo del viejo Thor germano
    o las trompas que cantan la espada de Argantir.
    ¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena
    del huevo azul de Leda brotó de gracia llena,
    siendo de la Hermosura la princesa inmortal
    bajo tus alas la nueva Poesía
    concibe en una gloria de luz y de harmonía
    a Helena eterna y pura que encarna el ideal.

    Prosas profanas (1896 - 1901)


    Sinfonía en gris mayor


    El mar como un vasto cristal azogado
    refleja la lámina de un cielo de zinc;
    lejanas bandadas de pájaros manchan
    el fondo bruñido de pálido gris.
    El sol como un vidrio redondo y opaco
    con paso de enfermo camina al cenit;
    el viento marino descansa en la sombra
    teniendo de almohada su negro clarín.
    Las ondas que mueven su vientre de plomo
    debajo del muelle parecen gemir.
    Sentado en un cable, fumando su pipa,
    está un viejo marinero pensando en las playas
    de un vago, lejano, brumoso país.
    Es viejo ese lobo. Tostaron su cara
    los rayos de fuego del sol del Brasil;
    los recios tifones del mar de la China
    le han visto bebiendo su frasco de gin.
    La espuma impregnada de yodo y salitre
    ha tiempo conoce su roja nariz,
    sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta,
    su gorra de lona, su blusa de dril.
    En medio del humo que forma el tabaco
    ve el viejo el lejano, brumoso país,
    adonde una tarde caliente y dorada
    tendidas las velas partió el bergantín...
    La siesta del trópico. El lobo se aduerme.
    Ya todo lo envuelve la gama del gris.
    Parece que un suave y enorme esfumino
    del curvo horizonte borrara el confín.
    Las siesta del trópico. La vieja cigarra
    ensaya su ronca guitarra senil,
    y el grillo preludia un solo monótono
    en la única cuerda que está en su violín.

    Prosas profanas (1896 - 1901)


    Verlaine


    A Ángel Estrada, poeta

    Responso

    Padre y maestro mágico, liróforo celeste
    que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
           diste tu acento encantador;
    ¡Panida! ¡Pan tú mismo, que coros condujiste
    hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,
           al son del sistro y del tambor!
    Que tu sepulcro cubra de flores Primavera,
    que se humedezca el áspero hocico de la fiera,
          de amor si pasa por allí;
    que el fúnebre recinto visite Pan bicorne;
    que de sangrientas rosas el fresco Abril te adorne
          y de claveles de rubí.
    Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo,
    ahuyenten la negrura del pájaro protervo,
           el dulce canto de cristal
    que Filomela vierta sobre tus tristes huesos,
    o la harmonía dulce de risas y de besos,
          de culto oculto y florestal.
    ¡Que púberes canéforas te ofrenden el acanto,
    que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,
           sino rocío, vino, miel:
    que el pámpano allí brote, las flores de Citeres,
    y que se escuchen vagos suspiros de mujeres
           bajo un simbólico laurel!
    Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya,
    en amorosos días, como en Virgilio, ensaya,
           tu nombre ponga en la canción;
    y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche,
    con ansias y temores entre las linfas luche,
          llena de miedo y de pasión.
    De noche, en la montaña, en la negra montaña
    de las Visiones, pase gigante sombra extraña,
          sombra de un Sátiro espectral;
    que ella al centauro adusto con su grandeza asuste;
    de una extra-humana flauta de melodía ajuste
          a la harmonía sideral.
    ¡Y huya el tropel equino por la montaña vasta;
    tu rostro de ultratumba bañe la luna casta
          de compasiva y blanca luz;
    ¡y el Sátiro contemple sobre un lejano monte,
    una cruz que se eleve cubriendo el horizonte
    y un resplandor sobre la cruz!

    Prosas profanas (1896 - 1901)


    Cosas del Cid


    A Francisco A. de Icaza

    Cuenta Barbey, en versos que valen bien su prosa,
    una hazaña del Cid, fresca como una rosa,
    pura como una perla. No se oyen en la hazaña
    resonar en el viento las trompetas de España,
    no el azorado moro las tiendas abandona
    al ver al sol el alma de acero de Tizona.
    Babieca descansando del huracán guerrero,
    tranquilo pace, mientras el bravo caballero
    sale a gozar del aire de la estación florida.
    Ríe la Primavera, y el vuelo de la vida
    abre lirios y sueños en el jardín del mundo.
    Rodrigo de Vivar pasa, meditabundo,
    por una senda en donde, bajo el sol glorioso,
    tendiéndole la mano, le detiene un leproso.
    Frente a frente, el soberbio príncipe del estrago
    y la victoria, joven, bello como Santiago,
    y el horror animado, la viviente carroña
    que infecta los suburbios de hedor y de ponzoña.
    Y al Cid tiende la mano el siniestro mendigo,
    y su escarcela busca y no encuentra Rodrigo.
    -¡Oh Cid, una limosna! -dice el precito.
    -¡Hermano te ofrezco la desnuda limosna de mi mano! -
    dice el Cid; y, quitando su férreo guante, extiende
    la diestra al miserable, que llora y que comprende.
    Tal es el sucedido que el Condestable escancia
    como un vino precioso en su copa de Francia.
    Yo agregaré este sorbo de licor castellano:
    Cuando su guantelete hubo vuelto a la mano
    el Cid, siguió su rumbo por la primaveral
    senda. Un pájaro daba su nota de cristal
    en un árbol. El cielo profundo desleía
    un perfume de gracia en la gloria del día.
    Las ermitas lanzaban en el aire sonoro
    su melodiosa lluvia de tórtolas de oro;
    el alma de las flores iba por los caminos
    a unirse a la piadosa voz de los peregrinos,
    y el gran Rodrigo Díaz de Vivar, satisfecho,
    iba cual si llevase una estrella en el pecho.
    Cuando de la campiña, aromada de esencia
    sutil, salió una niña vestida de inocencia,
    una niña que fuera una mujer, de franca
    y angélica pupila, y muy dulce y muy blanca.
    Una niña que fuera un hada, o que surgiera
    encarnación de la divina Primavera.
    Y fue al Cid y le dijo: "Alma de amor y fuego,
    por Jimena y por Dios un regalo te entrego,
    esta rosa naciente y este fresco laurel".
    Y el Cid, sobre su yelmo las frescas hojas siente,
    en su guante de hierro hay una flor naciente,
    y en lo íntimo del alma como un dulzor de miel.

    Prosas profanas (1896 - 1901)


    Los Motivos del Lobo


    El varón que tiene corazón de lis,
    alma de querube, lengua celestial,
    el mínimo y dulce Francisco de Asís,
    esta con un rudo y torvo animal,
    bestia temerosa, de sangre y de robo,
    las fauces de furia, los ojos de mal.
    El lobo de Gubbia, el terrible lobo,
    rabioso, ha asolado los alrededores,
    cruel, ha deshecho todos los rebanos;
    devoro corderos, devoro pastores,
    y son incontables sus muertos y danos.
    Fuertes cazadores armados de hierros
    fueron destrozados. Los duros colmillos
    dieron cuenta de los mas bravos perros,
    como de cabritos y de corderillos.
    Francisco salió.
    Al lobo busco
    en su madriguera.
    Cerca de la cueva encontró a la fiera
    enorme, que al verle se lanzo feroz
    contra el. Francisco, con su dulce voz,
    alzando la mano,
    al lobo furioso dijo: - Paz hermano
    lobo! El animal
    contemplo al varón de tosco sayal;
    dejo su aire arisco,
    cerro las abiertas fauces agresivas,
    y dijo:
    - Esta bien, hermano Francisco!
    - Como! exclamo el santo -. Es ley que
    tu vivas de horror y de muerte?
    La sangre que vierte
    tu hocico diabólico, el duelo y espanto
    que esparces, el llanto
    de los campesinos, el grito, el dolor
    de tanta criatura de Nuestro Señor,
    no han de contener tu encono infernal?
    Vienes del infierno?
    Te ha infundido acaso su rencor eterno
    Luzbel o Belial?
    Y el gran lobo, humilde:
    - Es duro el invierno,
    y es horrible el hambre! En el bosque helado
    no halle que comer, y busque el ganado,
    y en veces comí ganado y pastor.
    La sangre? Yo vi mas de un cazador
    sobre su caballo, llevando el azor
    al puño; o correr tras el jabalí,
    el oso o el ciervo; y a mas de uno vi
    mancharse de sangre, herir, torturar,
    de las roncas trompas al sordo clamor,
    a los animales de Nuestro Señor.
    Y no era por hambre,
    que iban a cazar.
    Francisco responde: - En el hombre existe
    mala levadura.
    Cuando nace, viene con pecado. Es triste.
    Mas el alma simple de la bestia es pura.
    Tu vas a tener
    desde hoy que comer.
    Dejaras en paz
    rebaños y gente en este país.
    Que Dios melifique tu ser montaraz!
    - Esta bien, hermano Francisco de Asís.
    - Ante el Señor, que toda ata y desata,
    en fe de promesa tiendeme la pata.
    El lobo tendió la pata al Hermano
    de Asís, que a su vez le alargo la mano.
    Fueron a la aldea. La gente veía
    y lo que miraba casi no creía.
    Tras el religioso iba el lobo fiero,
    y, bajo la testa, quieto le seguía
    como un can de casa, o como un cordero.
    Francisco llamó la gente a la plaza
    y allí predico:
    Y dijo: He aquí una amable caza.
    El hermano lobo se viene conmigo;
    me juro no ser ya vuestro enemigo,
    y no repetir su ataque sangriento.
    Vosotros, en cambio, daréis su alimento
    a la pobre bestia de Dios, - Así sea!
    contesto la gente toda de la aldea,
    Y luego, en señal
    de contentamiento,
    movió la testa y cola el buen animal,
    y entro con Francisco de Asís al convento.
    Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
    en el santo asilo.
    Sus bastas orejas los salmos oían
    y los claros ojos se le humedecían.
    Aprendió mil gracias y hacia mil juegos
    cuando a la cocina iba con los legos,
    y cuando Francisco su oración hacia,
    el lobo las pobres sandalias lamia.
    Salía a la calle,
    iba por el monte, descendía al valle,
    entraba a las casas y le daban algo
    de comer. Mirábanle como a un manso galgo.
    Un día, Francisco se ausento. Y el lobo
    dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
    desapareció, tornó a la montaña
    y recomenzaron su aullido y su sana.
    Otra vez sintiose el temor, la alarma
    entre los vecinos y entre los pastores;
    colmaba el espanto en los alrededores,
    de nada servían el valor y el arma
    pues la bestia fiera
    no dio treguas a su furor jamas,
    como si estuviera
    fuegos de Moloch y de Satanás.
    Cuando volvió al pueblo el divino santo,
    todos los buscaron con quejas y llanto,
    y con mil querellas dieron testimonio
    de lo que sufrían y perdían tanto
    por aquel infame lobo del demonio.
    Francisco de Asís se puso severo.
    Se fue a la montaña
    a buscar al falso lobo carnicero.
    Y junto a su cueva hallo a la alimaña.
    - En nombre del Padre del sacro Universo,
    conjurote - dijo - oh lobo perverso!
    a que me respondas: - Por que has vuelto al mal?
    Contesta. Te escucho.
    Como en sorda lucha, hablo el animal,
    la boca espumosa y el ojo fatal:
    - Hermano Francisco, no te acerques mucho...
    yo estaba tranquilo, alla en el convento,
    al pueblo salía,
    y si algo me daban estaba contento,
    y manso comía.
    Mas empece a ver que en todas las casas
    estaban la Envidia, la Sana, la Ira,
    y en todos los rostros ardían las brasas
    de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
    Hermanos a hermanos hacían la guerra,
    perdían los débiles, ganaban los malos,
    hembra y macho eran como perro y perra,
    y un buen día todos me dieron de palos.
    Me vieron humilde, lamia las manos
    y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
    todas las criaturas eran mis hermanos,
    los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
    hermanas estrellas y hermanos gusanos.
    Y así, me apalearon y me echaron fuera,
    y su risa fue como un agua hirviente,
    y entre mis entrañas revivió la fiera,
    y me sentí lobo malo de repente;
    mas siempre mejor que esa mala gente.
    Y recomencé a luchar aquí,
    a me defender y a me alimentar,
    como el oso hace, como el jabalí,
    que para vivir, tienen que matar.
    Dejame en el monte, dejame en el risco,
    dejame existir en mi libertad;
    vete a tu convento, hermano Francisco,
    sigue tu camino y tu santidad.
    El santo de Asís no le dijo nada.
    Le miro con una profunda mirada,
    y partió con lagrimas y con desconsuelos,
    y hablo al Dios Eterno con su corazón.
    El viento del bosque llevo su oración.
    Que era: Padre nuestro, que estas en los cielos...!

    Prosas profanas (1896 - 1901)


    Yo persigo una forma


    Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
    botón de pensamiento que busca ser la rosa;
    se anuncia con un beso que en mis labios se posa
    al abrazo imposible de la Venus de Milo.

    Adornan verdes palmas el blanco peristilo;
    los astros me han predicho la visión de la Diosa;
    y en mi alma reposa la luz como reposa
    el ave de la luna sobre un lago tranquilo.

    Y no hallo sino la palabra que huye,
    la iniciación melódica que de la flauta fluye
    y la barca del sueño que en el espacio boga;

    y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
    el sollozo continuo del chorro de la fuente
    y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.

    Prosas profanas (1896 - 1901)


    Caupolicán


    A Enrique Hernández Miyares

    Es algo formidable que vio la vieja raza:
    robusto tronco de arbol al hombro de un campeón
    salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
    bandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

    Por casco sus cabellos, por pecho su coraza,
    pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
    lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
    desjaretar un toro, o estrangular un león.

    Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
    le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
    y siempre el tronco de arbol a cuestas del titan.

    "!El Toqui, el Toqui!" clama la conmovida casta.
    Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: 'Basta",
    e irguiose la alta frente del gran Caupolicán.

    Azul (1888 - 1890 - 1905)


    Autumnal


      AUTUMNAL Eros, Vita, Lumen
    En las pálidas tardes
    yerran nubes tranquilas
    en el azul; en las ardientes manos
    se posan las cabezas pensativas.
    ¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
    ¡Ah las tristezas íntimas!
    ¡Ah el polvo de oro que en el aire flota,
    tras cuyas ondas trémulas se miran
    los ojos tiernos y húmedos,
    las bocas inundadas de sonrisas,
    las crespas cabelleras
    y los dedos de rosa que acarician!
    En las pálidas tardes
    me cuenta un hada amiga
    las historias secretas
    llenas de poesía:
    lo que cantan los pájaros,
    lo que llevan las brisas,
    lo que vaga en las nieblas,
    lo que sueñan las niñas.

    Una vez sentí el ansia
    de una sed infinita.
    Dije al hada amorosa:
    --Quiero en el alma mía
    tener la aspiración honda, profunda,
    inmensa: luz, calor, aroma, vida.
    Ella me dijo: --¡Ven!-- con el acento
    con que hablaría un arpa. En él había
    un divino aroma de esperanza.
    ¡Oh sed del ideal!

    Sobre la cima
    de un monte, a medianoche,
    me mostró las estrellas encendidas.
    Era un jardín de oro
    con pétalos de llama que titilan.
    Exclamé: --¡Más!...

    La aurora
    vino después. La aurora sonreía,
    con la luz en la frente,
    como la joven tímida
    que abre la reja, y la sorprenden luego
    ciertas curiosas mágicas pupilas.
    Y dije: --¡Más!... Sonriendo
    la celeste hada amiga
    prorrumpió: --¡Y bien! ¡Las flores!

    Y las flores
    estaban frescas, lindas,
    empapadas de olor: la rosa virgen,
    la blanca margarita,
    la azucena gentil y las volúbiles
    que cuelgan de la rama estremecida.
    Y dije: --¡Más!...

    El viento
    arrastraba rumores, ecos, risas,
    murmullos misteriosos, aleteos,
    músicas nunca oídas.
    El hada entonces me llevó hasta el velo
    que nos cubre las ansias infinitas,
    la inspiración profunda,
    y el alma de las liras.
    Y lo rasgó. Allí todo era aurora.
    En el fondo se vía
    un bello rostro de mujer.

    ¡Oh, nunca,
    Piérides, diréis las sacras dichas
    que en el alma sintiera!
    Con su vaga sonrisa:
    --¿Más?... --dijo el hada. Yo tenía entonces
    clavadas las pupilas
    en el azul; y en mis ardientes manos
    se posó mi cabeza pensativa...

    Azul (1888 - 1890 - 1905)




    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac