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  • "La sandía"
  • "El ave del paraíso"
  • "La cigarra"
  • "El cohete"
  • "La lámpara de la poesía"
  • "La copla"
  • "Hora de fuego"
  • "Las bodas del mar"
  • "El copo"
  • "Ramo de lirios"
  • "Afrodita"
  • "La bacanal"
  • "Coplas"
  •   
    La sandía


    Cual si de pronto se entreabriera el día 
    despidiendo una intensa llamarada,
      por el acero fúlgido rasgada
    mostró su carne roja la sandía.

    Carmín incandescente parecía 
    la larga y deslumbrante cuchillada, 
    como boca encendida y desatada
    en frescos borbotones de alegría.

      Tajada tras tajada señalando
      las fue el hábil cuchillo separando,
      vivas a la ilusión como ningunas.

      Las separó la mano de repente,
    y de improviso decoró la fuente 
    un círculo de rojas medias lunas.
     

     
    El ave del paraíso (1)


    Ved el ave inmortal, es su figura;
      la antigüedad un silfo la creía,
      y la vio su extasiada fantasía 
      cual hada, genio, flor o llama pura.
     
      Su plumaje es la luz hecha locura, 
      un brillante hervidero de alegría 
      donde tiembla la ardiente sinfonía 
      de cuantos tonos casa la hermosura. 
     
      Su cola real, colgando en catarata 
      y dirigida al sol, haz que desata
       vivo penacho de arcos cimbradores.
     
       Curvas suelta la cola sorprendente,
       y al aire lanza cual tazón de fuente 
      un surtidor de plumas de colores.

    (1) - Ave exótica, principalmente de Oceanía, de plumaje exuberante.

     
    La cigarra

    Canta tu estrofa, cálida cigarra,
      y baile al son de tu cantar la mosca,
      que ya la sierpe en el zarzal se enrosca
      y lacia extiende su verdor la parra.

      Desde la yedra que a la vid se agarra
      y en su cortina espléndida te embosca,
      recuerda el caño de la fuente tosca
      y el fresco muro de la blanca jarra.

      No consientan tus élitros fatiga,
      canta del campo el productivo costo,
      ebria de sol y del trabajo amiga.

      Canta, y excita al inflamado agosto
      a dar el grano de la rubia espiga
      y el chorro turbio del ardiente mosto.
     


    El cohete


    Lanzóse audaz a la extensión sombría 
    y era al hender el céfiro sonante,
      un surtidor de fuego palpitante
      que en las ondas del aire se envolvía.

      Viva su luz como la luz del día,
      resplandeció en los cielos fulgurante
      cuando la Luna en el azul radiante
      como rosa de nieve se entreabría.

      Perdióse luego su esplendor rojizo; 
    siguió fugaz cual raudo meteoro 
    y al fin surgió como candente rizo.

    Paró de pronto su silbar sonoro;
      y tronando potente, se deshizo
      en un raudal de lágrimas de oro. 


    La lámpara de la poesía


    Desde la frente, que es lámpara lírica, desborda su acento
    como un aceite de aroma y de gracia la ardiente poesía,
    y a los ensalmos exhala cantando su fresca armonía,
    vase llenando de luz inefable la esponja del viento.
    Rozan los versos como alas ungidas de lírico ungüento
    sobre las frentes, que se abren cual rosas de blanca alegría;
    y un abanico de ritmos celestes el aire deslía,
    cual si moviera sus plumas de magia de Dios el aliento.
    Vierte en el aire la lámpara noble sus sones divinos,
    que goteantes de sílabas puras derraman sus trinos
    desde el tazón del cerebro de lumbre que canta sonoro.
    Y revolando las almas acuden de sed abrasadas
    como palomas que beben rocío y ondulan bañadas
    en el temblor de la fuente sube del verso de oro.
     



    La copla

    Tiene la mariposa cuatro alas;
    tu tienes cuatro versos voladores;
    ella, al girar, resbala por las flores;
    tú por los labios, al girar, resbalas.
    Como luces su túnica, tú exhalas
    de tu forma divinos resplandores,
    y fingen ocho vuelos tembladores
    tus cuatro remos y sus cuatro palas.
    Ya te enredas del alma en una queja,
    ya en la azul campanilla de una reja,
    ya de un mantón en el airoso fleco.
    En el pueblo, andaluz, copla, has nacido,
    y tienes --¡ave musical!-- tu nido
    de la guitarra en el sonoro hueco.
     


    Hora de fuego


    Quietud, pereza, languidez, sosiego...;
    un sol desencajado el suelo dora,
    y a su valiente luz deslumbradora
    queda el que a fascinado y ciego.
    El mar latino, y andaluz, y griego,
    suspira dejos de cadencia mora,
    y la jarra gentil que perlas llora
    se columpia en la siesta de oro y fuego.
    Al rojo blanco la ciudad llamea;
    ni una brisa los árboles cimbrea,
    arrancándoles lentas melodías.
    Y sobre el tono de ascuas del ambiente,
    frescas cubren su carmín rüente
    en sus rasgadas bocas las sandías.


    Las bodas del mar

    Ya acudes a tu cita misteriosa
    con el inquieto mar, luna constante,
    y asoma las playas de Levante,
    hostia de luz, tu cara milagrosa.
    En la onda azul, cual nacarada rosa,
    se abre tu seno con pasión de amante
    y dibuja un reguero rutilante
    tu pie sobre la espuma en que se posa.
    El agua, como un tálamo amoroso,
    te ofrece sus cristales movedizos
    donde tiendes tu cuerpo luminoso.
    Y al ostentar desnuda tus hechizos,
    el mar, con un abrazo tembloroso,
    te envuelve en haz de onduladores rizos...


    El copo

    Tíñese el mar de azul y de escarlata;
    el sol alumbra su cristal sereno,
    y circulan los peces por su seno
    como ligeras góndolas de plata.
    La multitud que alegre se desata
    corre a la playa de las ondas freno,
    y el musculoso pescador moreno
    la malla coge que cautiva y mata.
    En torno de él la muchedumbre grita,
    que alborozada sin cesar se agita
    doquier fijando la insegura huella.
    Y son portento de belleza suma:
    la red, que sale de la blanca espuma:
    y el pez, que tiembla prisionero en ella.
     


    Ramo de lirios

    Porque de ti se vieron adorados,
    tengo un vaso de lirios juveniles:
    unos visten pureza de marfiles;
    los otros terciopelos afelpados.
    Flores que sienten, cálices alados
    que semejan tener sueños sutiles,
    son los lirios, ya blancos y gentiles,
    ya como cardenales coagulados.
    Cuando la muerte vuelva un ámbar de oro
    tus largas manos de ilusión que adoro,
    iré lirios en ellas a tejerte.
    Y mezclarán sus tallos quebradizos
    con sus dedos cruzados y pajizos,
    ¡que fingirán los lirios de la muerte!


    Afrodita


    Venus, la de los senos adorados
    que nutren de vigor savias y rosas;
    la que al mirar derrama mariposas
    y al sonreír florecen los collados;
    la que en almas y cuerpos congelados
    fecunda vierte llamas generosas,
    de Eros a las caricias amorosas
    ostenta sus ropajes cincelados.
    Ella es la fuerza viva, el soplo ardiente
    de cuanto sueña y goza, piensa y siente;
    de cuanto canta y ríe, vibra y ama.
    En el niño es candor, eco en la risa;
    en el agua canción, beso en la brisa,
    ascua en corazón, flor en la rama.


    La bacanal

    Desfile antiguo

    I

    Está de fiesta la triunfante Roma;
    desierto y mudo su elocuente Foro;
    con estallar de estrépito sonoro
    la delirante bacanal asoma.

    No importa que minando la carcoma
    esté su base de sillares de oro,
    ni que entre mares de imborrable lloro
    caiga como la impúdica Sodoma.

    El festival con su esplendor la baña,
    y sus noches magnificas recrea,
    y con báquicos bailes le acompaña.

    Y Roma, entre el festín que la rodea,
    vacila como tronco en la montaña
    que, antes de herirlo, el viento bambolea.

    II

    Abren la marcha grupos numerosos
    de Silenos con pieles revestidos,
    que adelantan el paso confundidos
    con grupos de bacantes bulliciosos.

    Agitando los tirsos primorosos
    de cien lazos espléndidos ceñidos,
    excitan y enardecen los sentidos
    con sus bailes de ritmos cadenciosos.

    De la noche rompiendo las tristezas,
    van antorchas de rayos penetrantes
    que del cuadro destacan las bellezas.

    Y un escuadrón de sátiros saltantes
    conduce en las cornígeras cabezas
    hojas de hiedra en círculos triunfantes.

    III

    Mujeres con figura de victoria
    siguen vestidas de lujosas galas,
    y abren en sus omóplatos las alas,
    símbolo de su triunfo y de su gloria.

    Vivas luces ardiendo a la memoria
    del gran Dionisos brillan cual bengalas,
    y de sus tonos tienden las escalas
    sobre el festín de la romana escoria.

    Un bello altar de perlas coronado,
    que irradia como asiático tesoro,
    va de frondosas pámpanas orlado.

    Y en pos de cien niños a compás sonoro,
    llevan como presente delicado
    el azafrán en páteras de oro.

    IV

    Tras de un tropel que rompe y desbarata,
    libre de toda ley, lazos y frenos,
    llegan en el tumulto dos Silenos
    en cuya piel la luz rayos desata.

    Uno que e1 vivo júbilo retrata
    va dando brincos de destreza llenos,
    y el otro lanza vibradores truenos
    de una trompeta de maciza plata.

    Entre los dos, de trágico vestido,
    un hombre va colérico accionando
    y el rostro tras la máscara escondido.

    Es el actor que avanza declamando,
    y viene con acento enardecido
    dáctilos y espondeos recitando.

    Hodler





    V

    Esparciendo, prolíficas, los dones
    con que la madre tierra las dotara,
    entre pompas que un rey ambicionara
    avanzan las diversas estaciones.

    Resuenan encomiásticas canciones
    en las que va la perfección más rara,
    y en copa enorme que de hervir no para
    hacen sátiros mil sus libaciones.

    Trípodes al de Delfos semejantes
    y piedras erizadas de facetas,
    van mezclados con copas deslumbrantes.

    Y ensalzan en su lira los poetas,
    con ditirambos bellos y brillantes,
    el premio destinado a los atletas.

    VI

    Baco, encima de un carro reluciente,
    va por torvas panteras arrastrado,
    y en un vaso de plata cincelado
    bebe la espuma del licor hirviente.

    Un tazón de Laconia transparente,
    bajo el dosel de pámpanas formado,
    luce su primoroso modelado
    junto a jarros y perlas del Oriente.

    Muestran las cabelleras destrenzadas
    en el carro triunfal nobles matronas
    con las sacerdotisas inspiradas.

    Y cubiertas de pieles de leonas,
    van al pagano rito encadenadas
    mujeres con laureles y coronas.

    VII

    Cien brutos de otro carro van tirando:
    es un lagar de áureos racimos lleno,
    que están, al son de un canto de Sileno,
    enardecidos sátiros pisando.

    Al brusco ritmo con que van bailando,
    la uva derrama su jugoso seno,
    y fingen sordo resonar de trueno
    los duros pies el suelo golpeando.

    Copas de plata el chorro desprendido
    reciben en sus fondos deslumbrantes,
    cual si el nácar hubiéralos bruñido.

    Trasiéganlas las turbas delirantes,
    y el carro lleva a su espaldar uncido
    un reguero de lúbricas bacantes.

    VIII

    De la profusa bacanal liviana
    avanza otro vehículo asombroso
    bajo un odre gigante y portentoso
    que de leopardas pieles se engalana.

    Sobre su inmensa cima soberana,
    como en hombros de homérico coloso,
    en montón hacinado y prodigioso
    junta sus artes la ciudad romana.

    Jarros, trípodes, vasos a porfía,
    bajo relieves de cincel divino,
    asombran la exaltada fantasía.

    Y a lo largo llevadas del camino,
    al par que derramando la alegría,
    van vertiendo las cráteras el vino.


    Hodler

    IX

    Sigue un cuadro de gracia y de belleza:
    niños vestidos de ideal blancura
    muestran ceñidas en la frente pura
    coronas que tejió Naturaleza.

    Sobre un carro cargado de riqueza
    vierte una gruta esencias y frescura,
    y hay un coro de ninfas que asegura
    verde laurel a la gentil cabeza.

    Dos fuentes de las peñas se desmandan
    entre ramajes y aromadas pomas,
    y leche y vino en sus raudales mandan.

    Ungen el aire asiáticos aromas,
    y por cima del carro se desbandan
    espirales de espléndidas palomas.

    X

    Dos cazadores con venablos de oro,
    de numerosos perros circundados,
    que Hircania regaló en sus collados
    para ornamento del festín sonoro,

    van escuchando el encendido coro
    de entusiásticos himnos, dedicados
    al dios que lleva a su poder atados
    tanto regio esplendor, tanto tesoro.

    Arboles de magnífico follaje
    ponen dosel de agreste poesía
    al cuadro halagador con su ramaje.

    Y en sus hojas estalla la armonía
    de cien aves de espléndido plumaje
    que en bellas jaulas regaló Etiopía.

    XI

    Siguen el lento paso torvas fieras
    de hirsuta piel en tintas salpicadas,
    elefantes de trompas enroscadas,
    las de diente voraz rubias panteras.

    Con lanas como blondas cabelleras
    van las llamas de formas delicadas,
    y las alas de armiño inmaculadas
    abren los cisnes como dos banderas.

    Aguilas de pupila rutilante,
    de duras garras y de corvo pico,
    nobleza prestan al festín brillante.

    Y el pavo real, de tornasoles rico,
    desata la baraja deslumbrante
    de las plumas sin fin de su abanico.

    XII

    Cierra la marcha, espléndido y grandioso,
    un grupo de cien carros resonantes,
    donde avestruces, ciervos y elefantes,
    pasan en un desfile esplendoroso.

    Baco, en medio, deslumbra victorioso
    coronado de pámpanas flotantes,
    entre sabias ciudades que triunfantes
    simbolizó el artista prodigioso.

    El vino en copas cinceladas prueban
    sátiros que, beodos, van saltando
    y a las bacantes lúbricas sublevan.

    Y esclavos rudos a compás danzando,
    ébano en troncos colosales llevan
    sobre los recios hombros descansando.

    XIII

    Y entre esa orgía de placer profundo,
    pasmo y asombro del cerebro humano,
    que atraviesa en desfile soberano
    con su tropel de carros rubicundo;

    entre ese delirar vivo y jocundo
    río que corre al lóbrego Océano
    donde revueltas en su estruendo vano
    van a morir las glorias de este mundo,

    la antigua sociedad, roto su cielo,
    siente que en su espaldas se desploma,
    y herida pliega el vacilante vuelo.

    Borra el festín su embriagador aroma,
    se apagan las antorchas, tiembla el suelo,
    ¡se abre el abismo y se sepulta Roma!





    Copla


    XXIX

    Si quieres darme la muerte
    tira donde más te agrade,
    pero no en el corazón
    porque allí llevo tu imagen.

    XXX

    Viviendo como tú vives
    enfrente del cementerio,
    qué te importa ver pasar
    un cadáver más o menos.

    XXXI

    Una lápida en su pecho
    pone al amar la mujer,
    que en letras de luto dice:
    "muerta, menos para él".

    XXXII

    A saludar a su amada
    voló un dulce ruiseñor,
    vio otro pájaro en su nido
    y de repente murió.




    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac