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  • "Te vi muerta en la luna de un espejo encantado."
  • "Hay rosas que se abren en selvas misteriosas"
  • "Soy un alma pagana. Adoro al dios bifronte"
  • "El cisne se acercó. Trémula Leda"
  • "Con el fervor de un lapidario antiguo"
  • "Para cantar mi mente quiero un verso pagano"
  • "Llueve... En el viejo bosque de ramaje amarillo"
  • "Ocaso"
  • "En férreas contracciones de serpiente"
  • "ALMERÍA"
  • "GRANADA"
  • "EL GENERALIFE-"
  • "CÓRDOBA"
  • "Paz-"
  • "La hermana"
  • "Convento en ruinas"
  • "Morena mía"
  • "El alba iluminó la vidriera"
  • "La gente de la casa sollozaba"
  • "Aquí el sillón donde bordar solía"
  • "Misa del alba"
  • "Galantería"

  • Te vi muerta en la luna de un espejo encantado.


    Te vi muerta en la luna de un espejo encantado.
    Has sido en todos tiempos Elena y Margarita.
    En tu rostro florecen las rosas de Afrodita
    y en tu seno las blancas magnolias del pecado.

    Por ti mares de sangre los hombres han llorado.
    El fuego de tus ojos al sacrilegio incita,
    y la eterna sonrisa de tu boca maldita
    de pálidos suicidas el infierno ha poblado.

    ¡Oh, encanto irresistible de la eterna Lujuria!
    Tienes cuerpo de ángel y corazón de Furia,
    y el áspid, en tus besos, su ponzoña destila...

    Yo evoco tus amores en medio de mi pena...
    ¡Sansón, agonizante, se acuerda de Dalila,
    y Cristo, en el Calvario, recuerda a Magdalena!

    Los jardines de Afrodita, II-




    Hay rosas que se abren en selvas misteriosas

    Hay rosas que se abren en selvas misteriosas
    y mustias languidecen, nostálgicas de amores,
    sin que haya quien aspire sus púdicos olores...
    ¡Hay almas que agonizan lo mismo que esas rosas!

    Las mariposas tienden sus alas temblorosas
    y en alegría loca de luces y colores,
    ebrias de amor expiran en tálamos de flores...
    ¡Hay vidas que se acaban como esas mariposas!

    "¡Oh, púdicas vestales! ¡Oh, locas meretrices!
    ¿Quiénes son más hermosas? ¿Quiénes son más felices?"
    los hombres preguntaron, en una edad lejana,

    a un Fauno que en las frondas oculto sonreía...
    Hace ya muchos siglos... Y en la conciencia humana
    el Fauno, a esa pregunta, sonríe todavía.

    Los jardines de Afrodita, III.




    Soy un alma pagana. Adoro al dios bifronte

    Soy un alma pagana. Adoro al dios bifronte
    y persigo a las ninfas por las verdes florestas,
    y me gusta embriagarme en mis líricas fiestas
    con vino de las viñas del viejo Anacreonte.

    ¡Que incendie un sol de púrpura de nuevo el horizonte;
    que canten las cigarras en las cálidas siestas,
    y que dancen las vírgenes al son del sistro expuestas
    al violador abrazo de los faunos del monte!

    ¡Oh, viejo Pan lascivo!... Yo sigo la armonía
    de tus pies, cuando danzas. Por ti amo la alegría
    y las desnudas ninfas persigo por el prado.

    Tus alegres canciones disipan mi tristeza,
    y la flauta de caña que tañes me ha iniciado
    en todos los misterios de la eterna Belleza!

    Los jardines de Afrodita, IV.




    El cisne se acercó. Trémula Leda

    El cisne se acercó. Trémula Leda
    la mano hunde en la nieve del plumaje,
    y se adormece el alma del paisaje
    de un rojo crepúsculo de seda.

    La onda azul, al morir, suspira queda;
    gorjea un ruiseñor entre el ramaje,
    y un toro, ebrio de amor, muge salvaje
    en la sombra nupcial de la arboleda.

    Tendió el cisne la curva de su cuello,
    y con el ala -cándido abanico -,
    acarició los senos y el cabello.

    Leda dio un grito y se quedó extasiada...
    y el cisne levantó, rojo, su pico
    como triunfal insignia ensangrentada.

    Los jardines de Afrodita, V.




    Con el fervor de un lapidario antiguo

    Con el fervor de un lapidario antiguo,
    quiero miniar a solas y en secreto,
    la tentación de tu perfil ambiguo
    en las catorce gemas de un soneto.

    Para nimbar tu tez blanca y severa,
    a modo griego, cual real tesoro,
    recogerá tu negra cabellera
    sobre la nuca un alfiler de oro.

    En líneas escultóricas plegada
    la túnica e inmóvil la mirada
    con la clásica unción de las flautistas...

    La siringa en el labio, y temblorosos
    sobre el registro, en gestos armoniosos,
    tus dedos enjoyados de amatistas.

    Los jardines de Afrodita, IX.




    Para cantar mi mente quiero un verso pagano

    Para cantar mi mente quiero un verso pagano;
    un verso que refleje la cándida tristeza
    del azahar, que, trémulo, deshoja su pureza
    a las blancas caricias de una tímida mano.

    No amortajad mi cuerpo con el sayal cristiano;
    ceñid de rosas blancas mi juvenil cabeza,
    y prestadme un sudario digno por su riqueza
    de envolver a un fastuoso emperador romano.

    ¡Que abra la cruz sus brazos en negra catacumba!
    Yo amo al sol, luz y vida, y quiero que en mi tumba
    brotes, cual dulces versos, las más fragantes flores.

    Y que al son de la flauta y del sistro, en la quieta
    tarde, las locas vírgenes tejan danzas de amores
    en torno de la estatua de su muerto poeta.

    Los jardines de Afrodita, X.




    Llueve... En el viejo bosque de ramaje amarillo

    Llueve... En el viejo bosque de ramaje amarillo
    y grises troncos húmedos, que apenas mueve el viento,
    bajo una encina, un sátiro de rostro macilento,
    canciones otoñales silba en su caramillo.

    De vejez muere... Cruzan por sus ojos sin brillo
    las sombras fugitivas de algún presentimiento,
    y entre los dedos débiles el rústico instrumento
    sigue llorando un aire monótono y sencillo.

    Es una triste música, vieja canción que evoca
    aquel beso primero que arrebató a la boca
    de una ninfa, en el claro del bosque sorprendida.

    Su cuerpo vacilante se rinde bajo el peso
    de la Muerte, y el último suspiro de su vida
    tiembla en el caramillo como si fuese un beso.

    Los jardines de Afrodita, XI.


    Ocaso

    Asómate al balcón; cesa en tus bromas,
    y la tristeza de la tarde siente.
    El sol, al expirar en Occidente,
    de rojo tiñe las vecinas lomas.

    El jardín nos regala sus aromas;
    mece el aire las hojas suavemente,
    y en las blancas espumas del torrente
    remojan su plumaje las palomas.

    Al ver con qué tristeza en la llanura
    amortigua la luz su refulgencia,
    mi corazón se llena de amargura...

    ¡Quizá el amor que en vuestros pechos arde,
    apagarse veremos en la ausencia,
    como ese sol en brazos de la tarde!...


    En férreas contracciones de serpiente

    En férreas contracciones de serpiente
    ondula el tren por la campiña verde;
    cruza en nervioso trepidar un puente
    y en la sombra de un gran túnel se pierde.

    Surge a la gloria de la luz dorada
    de la tarde, silbando, entre el ramaje,
    y de nuevo se alegra la mirada
    con la fresca belleza del paisaje.

    En un bosque fragante de naranja
    chispean los cristales de una granja,
    cuyo blancor refléjase en la ría...

    Se pierde nuestro sueño en la floresta...
    -Ella, y una casita como ésta...
    ¡Bien poco era, Señor, lo que pedía!

    Por tierras de sol y sangre, II.




    ALMERÍA

    En el espejo de tu mar tranquila
    la mole secular de la Alcazaba,
    como en el fondo azul de una pupila,
    su morisca silueta recortaba.

    En el áureo fluir del mediodía,
    reclinada en mi seno su cabeza,
    hinchaba el pecho y la pupila
    abría para aspirar tu cálida belleza.

    Y había besos y cánticos y risas
    en su boca, en mi boca y en tus brisas...
    Pasó el ensueño de la juventud...

    Y, enlutado y sin fe, surco tus olas
    en negra barca, con mi pena a solas,
    ¡igual que un muerto sobre un ataúd!

    Por tierras de sol y sangre, VI.




    GRANADA

    Bajo el sopor canicular se enerva
    la calle tortuosa de misterio,
    donde, amarilla y fláccida, la yerba
    crece como en un viejo cementerio.

    El sol ciega... Las puertas entornadas
    esperan algo que vendrá seguro,
    ahogando en el silencio sus pisadas
    y arrastrando su sombra sobre el muro.

    La oscuridad de pobres interiores
    acuchillan de luz los resplandores
    de familiares cobres, y en el fondo

    la vaga y verde claridad del huerto...
    ¡Reina un silencio tan pesado y hondo
    como si todo se encontrase muerto!

    Por tierras de sol y sangre, VII.




    EL GENERALIFE

    En las aristas de las altas cumbres
    la última brasa de la tarde humea.
    Un silencio de paz duerme en la aldea,
    que eleva entre los huertos sus techumbres

    Y al corazón aquieta una saudade
    de beatitud, mientras la sombra oscura,
    con su mudo oleaje de pavura,
    la soledad de mi aposento invade.

    Entre un fresco perfume de jazmines
    -surtidor de cristal - se eleva una
    voz, que es como la voz de los jardines,

    donde la luna su fulgor destella...
    ¡Y el ruiseñor y el rayo de la luna
    me hicieron sollozar, pensando en Ella!

    Por tierras de sol y sangre, XI.




    CÓRDOBA

    En el sopor circular dormita
    el alma con sus épicas quimeras,
    bajo los arcos de la gran Mezquita
    como un viejo bosque de palmeras.

    De pronto, el fasto antiguo resucita
    con pompas de orientales primaveras.
    Resplandecen los muros y palpita
    el aire en un desfile de banderas.

    Fulge bajo las níveas vestiduras
    el oro de las finas armaduras...
    Abro los ojos, pálido, y contemplo

    la faz de un viejo Cristo ensangrentado,
    -símbolo de mi vida - abandonado
    en la medrosa oscuridad del templo.

    Por tierras de sol y sangre, X.


    Paz



    Este cuarto pequeño y misterioso
    tiene algo de silencio funerario,
    y es una tumba, el lecho hospitalario
    donde al fin mi dolor halla reposo.

    Dormir en paz, en un soñar interno,
    sin que nada a la vida me despierte.
    El sueño es el ensueño de la muerte,
    como la muerte es un ensueño eterno.

    Cerrar a piedra y lodo las ventanas
    para que no entre el sol en las mañanas
    y, olvidando miserias y quebrantos,

    dormir eternamente en este lecho,
    con las manos cruzadas sobre el pecho,
    como duermen los niños y los santos.

    Sonetos, II.


    La hermana



    En tierra lejana
    tengo yo una hermana.

    Siempre en primavera
    mi llegada espera
    tras de la ventana.

    Y a la golondrina
    que en sus rejas trina
    dice con dulzura:

    - ¡Por aquella espina
    que arrancaste a Cristo,
    dime si le has visto
    cruzar la llanura!

    ¡El ave su queja
    lanza temerosa,
    y en la tarde rosa,
    bajo el sol se aleja!

    Desde su ventana,
    mi pálida hermana
    pregunta al viajero
    que camina triste:

    - ¡Por tu amor primero,
    dime si le viste
    por ese sendero!

    ¡Pero el pasajero
    su calvario sube,
    y se aleja lento,
    dejando una nube
    de polvo en el viento!

    Desde su ventana
    a la luna grita
    mi pálida hermana:

    - ¡Por la faz bendita
    del Crucificado,
    dime en qué sendero
    tu rayo postrero
    su paso ha alumbrado!

    ¡La luna la vaga
    llanura ilumina,
    trémula declina,
    y en el mar se apaga!

    Acaso yo, errante,
    pasé vacilante
    baja tu ventana,
    y sin conocerme,
    mi pálida hermana,
    preguntes al verme
    venir tan lejano:

    -Dime, peregrino:
    ¿has visto a mi hermano
    por ese camino?


    Convento en ruinas



    El viejo monasterio abandonado
    se pudre de vejez en la colina,
    muda la torre, el coro derrumbado,
    y todo el claustro amenazando ruina.

    Seca la fuente, el huerto se ha secado;
    en sus silencios ni un jilguero trina...
    Tan sólo por las piedras del cercado
    rastrera hiedra en verdecer se obstina.

    Susurra el viento fúnebres querellas
    por los patios ruinosos y desiertos...
    Y, ajena a mundanales intereses,

    parece que a la luz de las estrellas
    está rezando, por los monjes muertos,
    la gris Comunidad de los Cipreses.


    Morena mía

    I

    Bajo el fulgor lunar el mar es plata;
    entreabre tú, mi bien, tu mirador,
    y asómate a escuchar la serenata
    que, mientras duermes tú, vela el amor
    Asómate al balcón, morena mía,
    las sombras de mis noches a alumbrar,
    que, como un ciego, sin bordón ni guía,
    así voy sin la luz de tu mirar.

    II

    La brisa de jazmines perfumada
    despierta la pasión que duerme en mí;
    la noche está para el amor creada
    y todo vive, como yo, por ti.
    Asómate al balcón, morena mía,
    las sombras de mis noches a alumbrar,
    que, como un ciego, sin bordón ni guía,
    así voy sin la luz de tu mirar.

    III

    Sal a darle consuelo a mi tormento;
    que si no sales, del balcón al pie,
    como esas rosas que deshoja el viento,
    sin la luz de tus ojos moriré.
    Asómate al balcón, morena mía,
    las sombras de mis noches a alumbrar,
    que, como un ciego, sin bordón ni guía,
    así voy sin la luz de tu mirar.


     
    El alba iluminó la vidriera

    II

    El alba iluminó la vidriera,
    y a su luz angustiosa y azulada,
    yerto, sobre el blancor de la almohada,
    Se destacaba su perfil de cera.

    Abrió los ojos, y la vida entera
    palpitó en la inquietud de su mirada,
    y en mis manos su frágil mano helada
    temblaba como un ave prisionera...

    Balbució su voz: -¡Te adoro tanto!
    ¡Pídele al Cielo que mañana viva!
    Y mis venas heláronse de espanto

    al contemplar sobre su faz inerte,
    como el vuelo de un ave fugitiva,
    aletear las sombras de la Muerte.

    Canción del recuerdo, II


    La gente de la casa sollozaba



    La gente de la casa sollozaba
    detrás de la empañada vidriera,
    y un acre olor a derretida cera
    en el fúnebre ambiente se aspiraba.

    El carpintero, impávido, clavaba
    aquella negra caja de madera,
    y cada golpe de martillo era
    puñal que el corazón me traspasaba.

    - ¡Señor, Señor! ¿Por qué me la has quitado?
    - al pie de Crucifijo, arrodillado
    y dando suelta a mi dolor, clamaba...

    ¡Y hasta el Cristo, impasible, parecía
    que mi futura soledad sentía
    y de dolor sobre la cruz lloraba!

    Canción del recuerdo, V.


    Aquí el sillón donde bordar solía



    Aquí el sillón donde bordar solía,
    de las noches de invierno en la velada...
    La frente entre las manos apoyada,
    yo, a la luz de la lámpara, leía.

    Cansado, la lectura interrumpía,
    y, sonriendo, alzaba la mirada...
    Ella, a veces, mirándome extasiada
    -la aguja entre los dedos-, sonreía.

    Ahora también parece que la espera
    el vacío sillón, allá en la sombra.
    La lectura interrumpo... El alma entera

    palpita de avidez en mis oídos,
    esperando sentir sobre la alfombra
    el ligero rumor de sus vestidos.

    Canción del recuerdo, IX


    Misa del alba



    En el dulce silencio campesino,
    y en copas de cristal, el labio bebe
    la frescura del alba, como un vino
    de rosas rojas conservado en nieve.

    La geórgica blancura de un molino
    como en una oración sus aspas mueve...
    Se apaga el astro y se despierta el trino,
    y una paz celestial de todo llueve.

    ¡Oh, sentir, entre sueños, el sonoro
    clamor de la campana cristalina
    llamando a misa con su voz de oro...!

    ¡Y mirar florecer en tu ventana,
    en el pico de alguna golondrina,
    la campanilla azul de la mañana!


    Galantería



    Por ver quién recogía tu pañuelo,
    que dejaste caer a unos truhanes,
    con el más bravo de los capitanes
    al pie de tus balcones tuve un duelo.

    Me hirió su espada bajo el ferreruelo,
    y para contener nuevos desmanes
    le hundí el acero hasta los gavilanes
    y cayó, desangrándose, en el suelo.

    Y tu pañuelo recogí galante
    con ademán del que recoge un guante.
    Y envainando la espada enrojecida,

    me alejé sonriente y satisfecho,
    apretando el pañuelo contra el pecho
    para enjugar la sangre de mi herida.




    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac