Becquer [ Indice ]
[ Edad Media ] [ Renacimiento ] [ Barroco ] [ Siglo XVIII ]
[ Siglo XIX ] [ Siglo XX (1) ] [ Siglo XX (2) ] [ Hispanoamericana] [ Diccionarios ]
Comentarios] [ Libros ] [ Juegos ] [ Comics ] [ Recursos ]
[ Español para extranjeros ] [ Cajón de sastre ] [ Enlaces ] [ Música ] [ Cine ]
[ Tablón ] [ Romanticismo ] [ Realismo ] [ Cantautores ] [ Modernismo ]



EN CONSTRUCCIÓN.
  • "Volverán las oscuras golondrinas" (Comtexto)  
  • "Olas gigantes que os rompéis bramando"  
  • "Del salón en el ángulo oscuro"  
  • "Saeta que voladora" (Comtexto)
  • "Cendal flotante de leve bruma"(Comtexto)  
  • "¿Será verdad que cuando toca el sueño?"  
  • "Cuando miro el azul horizonte"
  • "No digáis que agotado su tesoro" 
  • "Sobre la falda tenía"
  • "Los suspiros son aire y van al aire" 
  • "Tu pupila es azul y, cuando ríes" 
  • "Yo sé un himno gigante y extraño"(Comtexto) 
  • "Porque son, niña, tus ojos" 
  • "Cerraron sus ojos" 
  • "Besa el aura que gime blandamente" 
  • "¡Cuántas veces, al pie de las musgosas" 
  • "Sacudimiento extraño"
  • "Yo soy ardiente, yo soy morena,"
  • "Cuando en la noche te envuelven"
  • "Antes que tú me moriré..."
  • "Los invisibles átomos del aire"
  • "Cuando me lo contaron sentí el frío"
  • "Yo me he asomado..."
  • "¡Qué hermoso es ver el día"
  • "Las ropas desceñidas"



  •  









    Bécquer en plena juventud (año 1855)


    Volverán las oscuras golondrinas


    Volverán las oscuras golondrinas
    en tu balcón sus nidos a colgar,
    y otra vez con el ala a sus cristales
    jugando llamarán.
    Pero aquellas que el vuelo refrenaban
    tu hermosura y mi dicha al contemplar;
    aquellas que aprendieron nuestros nombres,
    ésas..., ¡ no volverán !

    Volverán las tupidas madreselvas
    de tu jardín las tapias a escalar,
    y otra vez a la tarde, aún más hermosas,
    sus flores abrirán.
    Pero aquellas cuajadas de rocío
    cuyas gotas mirábamos temblar
    y caer como lágrimas del día...
    ésas...,¡ no volverán !

    Volverán del amor en tus oidos
    las palabras ardientes a sonar;
    tu corazón, de su profudo sueño
    tal vez despertará.
    Pero mudo y absorto y de rodillas
    como se adora a dios ante su altar,
    como yo te he querido..., desengáñate,
    ¡ así...no te querrán!

    Comtexto

    Rimas (LIII)



     



    Olas gigantes que os rompéis bramando


    Olas gigantes que os rompéis bramando
    en las playas desiertas y remotas,
    envuelto entre la sábana de espumas,
    ¡llevadme con vosotras!

    Ráfagas de huracán, que arrebatáis
    del alto bosque las marchitas hojas,
    arrastrando en el ciego torbellino,
    ¡llevadme con vosotras!

    Nubes de tempestad que rompe el rayo
    y en fuego ornáis las desprendidas orlas,
    arrebatado entre la niebla oscura,
    ¡llevadme con vosotras!

    Llevadme, por piedad, adonde el vértigo
    con la razón me arranque la memoria...
    ¡Por piedad!... ¡Tengo miedo de quedarme
    con mi dolor a solas!

    Rimas (LII)



     

    Del salón en el ángulo oscuro


    Del salón en el ángulo oscuro
    de su dueña tal vez olvidada
    silenciosa y cubierta de polvo
    veíase el arpa.

    ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
    como el pájaro duerme en las ramas,
    esperando la mano de nieve
    que sabe arrancarlas !

    ¡Ay !, pensé, ¡cuántas veces el genio
    así duerme en el fondo del alma,
    y una voz como Lázaro espera
    que le diga: Levántate y andal !

    Rimas (VII)



     









    Saeta que voladora


    Saeta que voladora
    cruza, arrojada al azar,
    y que no se sabe dónde
    temblando se clavará;

    hoja que del árbol seca
    arrebata el vendaval
    y que no hay quien diga el surco
    donde el polvo volverá.

    Gigante ola que el viento
    riza y empuja en el mar
    y rueda y pasa y se ignora
    qué playa buscando va.

    Luz que en cercos temblorosos
    brilla próxima a expirar
    y que no se sabe de ellos
    cuúl el último será.

    Eso soy yo que al acaso
    cruzo el mundo sin pensar
    de dónde vengo ni a dónde
    mis pasos me llevarán.

    Comtexto

    Rimas (II)



     







    Cendal flotante de leve bruma


    Cendal flotante de leve bruma,
    rizada cinta de blanca espuma,
    rumor sonoro
    de arpa de oro,
    beso del aura, onda de luz,
    eso eres tú.

    Tú, sombra aérea, que cuantas veces
    voy a tocarte te desvaneces.
    ¡Como la llama, como el sonido,
    como la niebla, como el gemido
    del lago azul !

    En mar sin playas onda sonante,
    en el vacío cometa errante,
    largo lamento
    del ronco viento,
    ansia perpetua de algo mejor,
    eso soy yo.

    ¡Yo, que a tus ojos en mi agonía
    los ojos vuelvo de noche y día;
    yo, que incansable corro y demente
    tras una sombra, tras la hija ardiente
    de una visión !

    Comtexto

    Rimas (XV)



     









    ¿Será verdad que cuando toca el sueño?


    ¿Será verdad que cuando toca el sueño
    con sus dedos de rosa nuestros ojos,
    de la cárcel que habita huye el espíritu
    en vuelo presuroso?

    ¿Será verdad que, huésped de las nieblas,
    de la brisa nocturna al tenue soplo,
    alado sube a la región vacía
    a encontrarse con otros?

    ¿Y allí desnudo de la humana forma,
    allí los lazos terrenales rotos,
    breves horas habita de la idea
    el mundo silencioso?

    ¿Y ríe y llora y aborrece y ama
    y guarda un rastro del dolor y el gozo,
    semejante al que deja cuando cruza
    el cielo un meteoro?

    Yo no sé si ese mundo de visiones
    vive fuera o va dentro de nosotros:
    lo que sé es que conozco a muchas gentes
    a quienes no conozco.

    Rimas (LXXV)



     









    Cuando miro el azul horizonte


    Cuando miro el azul horizonte
    perderse a lo lejos
    al través de una gasa de polvo
    dorado e inquieto,
    se me antoja posible arrancarme
    del mísero suelo
    y flotar con la niebla dorada
    ¡en átomos leves
    cual ella deshecho!

    Cuando miro de noche en el fondo
    oscuro del cielo
    las estrellas temblar como ardientes
    pupilas de fuego,
    se me antoja posible a dó brillan
    subir en un vuelo,
    y anegarme en su luz, y con ellas
    en lumbre encendido
    fundirme en un beso.

    En el mar de la duda en que bogo
    ni aún sé lo que creo;
    sin embargo estas ansias me dicen
    que yo llevo algo
    divino aquí dentro.


    Rimas (VIII)




     











    No digáis que agotado su tesoro


    No digáis que agotado su tesoro,
    de asuntos falta, enmudeció lira;
    podrá no haber poetas: pero siempre
    habrá poesía.

    Mientras las ondas de la luz al beso
    palpiten encendidas
    mientras el sol las desgarradas nubes
    de fuego y oro vista
    mientras el aire en su regazo lleve
    perfumes y armonías,
    mientras haya en el mundo primavera,
    ¡habrá poesía!

    Mientras la humana ciencia no descubra
    las fuentes de la vida,
    y en el mar o en el cielo haya un abismo
    que al cálculo resista,
    mientras la humanidad siempre avanzando
    no sepa a dó camina,
    mientras haya un misterio para el hombre,
    ¡habrá poesía!

    Mientras se sienta que se ríe el alma,
    sin que los labios rían;
    mientras se llore, sin que el llanto acuda
    a nublar la pupila;
    mientras el corazón y la cabeza
    batallando prosigan,
    mientras haya esperanzas y recuerdos,
    ¡habrá poesía!

    Mientras haya unos ojos que reflejen
    los ojos que los miran,
    mientras responda el labio suspirando
    al labio que suspira,
    mientras sentirse puedan en un beso
    dos almas confundidas,
    mientras exista una mujer hermosa
    ¡habrá poesía!

    Rimas (IV)



     










    Julia Espín de la que Bécquer estuvo enamorado.


    Sobre la falda tenía


    La bocca mi bacció tutto tremante...

    Sobre la falda tenía
    el libro abierto,
    en mi mejilla tocaban
    sus rizos negros:
    no veíamos las letras
    ninguno, creo,
    y, sin embargo, guardábamos
    hondo silencio.

    ¿Cuánto duró? Ni aun entonces
    pude saberlo.
    Sólo sé que no se oía
    más que el aliento,
    que apresurado escapaba
    del labio seco.
    Sólo sé que nos volvimos
    los dos a un tiempo
    y nuestros ojos se hallaron
    y sonó un beso.

    Creación de Dante era el libro,
    era su Infierno.

    Cuando a él bajamos los ojos
    yo dije trémulo:
    ¿Comprendes ya que un poema
    cabe en un verso?
    Y ella respondió encendida:
    ¡Ya lo comprendo!

    Rimas (XXIX)




     



    Los suspiros son aire y van al aire


    Los suspiros son aire y van al aire.
    Las lágrimas son agua y van al mar.
    Dime, mujer, cuando el amor se olvida,
    ¿sabes tú adónde va?

    Rimas (XXXVIII)



     





    Tu pupila es azul y, cuando ríes


    Tu pupila es azul y, cuando ríes,
    su claridad süave me recuerda
    el trémulo fulgorde la mañana
    que en el mar se refleja.

    Tu pupila es azul y, cuando lloras,
    las transparentes lágrimas en ella
    se me figuran gotas de rocío
    sobre una vïoleta.

    Tu pupila es azul, y si en su fondo
    como un punto de luz radia una idea,
    me parece en el cielo de la tarde
    una perdida estrella.

    Rimas (XIII)




     

    No pueden ustedes figurarse el botín de ideas e impresiones que, para enriquecer la imaginación, he recogido en esta vuelta por un país virgen aún y refractario a las innovaciones civilizadoras. Al volver al monasterio después de haberme detenido aquí para recoger una tradición oscura de boca de una aldeana, allá para apuntar los fabulosos datos sobre el origen de un lugar o la fundación de un castillo, trazar ligeramente con el lápiz el contorno de una casuca medio árabe, medio bizantina, un recuerdo de las costumbres o un tipo perfecto de los habitantes, no he podido menos de recordar el antiguo y manoseado símil de las abejas que andan revoloteando de flor en flor y vuelven a su colmena cargadas de miel. Los escritores y los artistas debían hacer con frecuencia algo de esto mismo. Sólo así podríamos recoger la última palabra de una época que se va, de la que sólo quedan hoy algunos rastros en los más apartados rincones de nuestras provincias y de la que apenas restará mañana un recuerdo confuso.
    Yo tengo fe en el porvenir. Me complazco en asistir mentalmente a esa inmensa e irresistible invasión de las nuevas ideas que van transformando poco a poco la faz de la humanidad, que merced a sus extraordinarias invenciones fomentan el comercio de la inteligencia, estrechan el vínculo de los países fortificando el espíritu de las grandes nacionalidades y borrando, por decirlo así, las preocupaciones y las distancias, hacen caer unas tras otras las barreras que separan a los pueblos. No obstante, sea cuestión de poesía, sea que es inherente a la naturaleza frágil del hombre simpatizar con lo que perece y volver los ojos con cierta triste complacencia hasta lo que ya no existe, ello es que en el fondo de mi alma consagro, como una especie de culto, una veneración profunda por todo lo que pertenece al pasado, y las poéticas tradiciones, las derruidas fortalezas, los antiguos usos de nuestra vieja España tienen para mí todo ese indefinible encanto, esa vaguedad misteriosa de la puesta del sol en un día espléndido cuyas horas, llenas de emociones, vuelven a pasar por la memoria vestidas de colores y de luz antes de sepultarse en las tinieblas en que se han de perder para siempre.

    Carta IV - Desde mi celda -


    Yo sé un himno gigante y extraño


    Yo sé un himno gigante y extraño
    que anuncia en la noche del alma una aurora,
    y estas páginas son de ese himno
    cadenciasque el aire dilata en las sombras.

    Yo quisiera escribirle, del hombre
    domando el rebelde, mezquino idioma,
    con palabras que fuesen a un tiempo
    suspiros y risas, colores y notas.

    Pero en vano es luchar, que no hay cifra
    capaz de encerrarle; y apenas, ¡oh, hermosa!,
    si, teniendo en mis manos las tuyas,
    pudiera, al oído, cantártelo a solas.

    Comtexto

    Rimas (I)



    Porque son, niña, tus ojos


    Porque son, niña, tus ojos
    verdes como el mar, te quejas;
    verdes los tienen las náyades,
    verdes los tuvo Minerva,
    y verdes son las pupilas
    de las huríes del Profeta.

    El verde es gala y ornato
    del bosque en la primavera;
    entre sus siete colores
    brillante el Iris lo ostenta,
    las esmeraldas son verdes;
    verde el color del que espera,
    y las ondas del océano
    y el laurel de los poetas.

    Es tu mejilla temprana
    rosa de escarcha cubierta,
    en que el carmín de los pétalos
    se ve al través de las perlas.

    Y sin embargo,
    sé que te quejas
    porque tus ojos
    crees que la afean,
    pues no lo creas.

    Que parecen sus pupilas
    húmedas, verdes e inquietas,
    tempranas hojas de almendro
    que al soplo del aire tiemblan.

    Es tu boca de rubíes
    purpúrea granada abierta
    que en el estío convida
    a apagar la sed con ella,

    Y sin embargo,
    sé que te quejas
    porque tus ojos
    crees que la afean,
    pues no lo creas.

    Que parecen, si enojada
    tus pupilas centellean,
    las olas del mar que rompen
    en las cantábricas peñas.

    Es tu frente que corona,
    crespo el oro en ancha trenza,
    nevada cumbre en que el día
    su postrera luz refleja.

    Y sin embargo,
    sé que te quejas
    porque tus ojos
    crees que la afean:
    pues no lo creas.

    Que entre las rubias pestañas,
    junto a las sienes semejan
    broches de esmeralda y oro
    que un blanco armiño sujetan.

    Porque son, niña, tus ojos
    verdes como el mar te quejas;
    quizás, si negros o azules
    se tornasen, lo sintieras.

    Rimas (XII)






    Cerraron sus ojos


    Cerraron sus ojos
    que aún tenía abiertos,
    taparon su cara
    con un blanco lienzo,
    y unos sollozando,
    otros en silencio,
    de la triste alcoba
    todos se salieron.

    La luz que en un vaso
    ardía en el suelo,
    al muro arrojaba
    la sombra del lecho;
    y entre aquella sombra
    veíase a intérvalos
    dibujarse rígida
    la forma del cuerpo.
    Despertaba el día,
    y, a su albor primero,
    con sus mil rüidos
    despertaba el pueblo.
    Ante aquel contraste
    de vida y misterio,
    de luz y tinieblas,
    yo pensé un momento:

    ¡Dios mío, qué solos
    se quedan los muertos!


    De la casa, en hombros,
    lleváronla al templo
    y en una capilla
    dejaron el féretro.
    Allí rodearon
    sus pálidos restos
    de amarillas velas
    y de paños negros.

    Al dar de las Ánimas
    el toque postrero,
    acabó una vieja
    sus últimos rezos,
    cruzó la ancha nave,
    las puertas gimieron,
    y el santo recinto
    quedóse desierto.

    De un reloj se oía
    compasado el péndulo,
    y de algunos cirios
    el chisporroteo.
    Tan medroso y triste,
    tan oscuro y yerto
    todo se encontraba
    que pensé un momento:

    ¡Dios mío, qué solos
    se quedan los muertos!


    De la alta campana
    la lengua de hierro
    le dio volteando
    su adiós lastimero.
    El luto en las ropas,
    amigos y deudos
    cruzaron en fila
    formando el cortejo.

    Del último asilo,
    oscuro y estrecho,
    abrió la piqueta
    el nicho a un extremo.
    Allí la acostaron,
    tapiáronle luego,
    y con un saludo
    despidióse el duelo.

    La piqueta al hombro
    el sepulturero,
    cantando entre dientes,
    se perdió a lo lejos.
    La noche se entraba,
    el sol se había puesto:
    perdido en las sombras
    yo pensé un momento:

    ¡Dios mío, qué solos
    se quedan los muertos!


    En las largas noches
    del helado invierno,
    cuando las maderas
    crujir hace el viento
    y azota los vidrios
    el fuerte aguacero,
    de la pobre niña
    a veces me acuerdo.

    Allí cae la lluvia
    con un son eterno;
    allí la combate
    el soplo del cierzo.
    Del húmedo muro
    tendida en el hueco,
    ¡acaso de frío
    se hielan sus huesos...!

    ¿Vuelve el polvo al polvo?
    ¿Vuela el alma al cielo?
    ¿Todo es sin espíritu,
    podredumbre y cieno?
    No sé; pero hay algo
    que explicar no puedo,
    algo que repugna
    aunque es fuerza hacerlo,
    el dejar tan tristes,
    tan solos los muertos.

    Rimas (LXXIII)



     









    Besa el aura que gime blandamente


    Besa el aura que gime blandamente
    las leves ondas que jugando riza;
    el sol besa a la nube en occidente
    y de púrpura y oro la matiza;
    la llama en derredor del tronco ardiente
    por besar a otra llama se desliza;
    y hasta el sauce, inclinándose a su peso,
    al río que le besa, vuelve un beso.

    Rimas (IX)



     








    Siempre que atravieso este recinto, cuando la noche se aproxima y comienza a influir en la imaginación con su alto silencio y sus alucinaciones extrañas, voy pisando quedo y poco a poco las sendas abiertas entre los zarzales y las hierbas parásitas, como temeroso de que al ruido de mis pasos despierten en sus fosas y levanten la cabeza algunos de los monjes que duermen allí el sueño de la eternidad. Por último, entro en el claustro, donde ya reina una oscuridad profunda. La llama del fósforo que enciendo para atravesarlo vacila, agitada por el aire, y los círculos de luz que despide luchan trabajosamente con las tinieblas. Sin embargo, a su incierto resplandor pueden distinguirselas largas series de ojivas festoneadas de hojas de trébol, por entre las que asoman con una mueca muda y horrible esas mil fantásticas y caprichosas creaciones de la imaginación que el arte misterioso de la Edad Media dejó grabadas en el granito de sus basílicas: aquí, un endriago que se retuerce por una columna y saca su deforme cabeza por entre la hojarasca del capitel; allí, un ángel que lucha con un demonio y entre los dos soportan la recaída de un arco que se apunta al muro; más lejos, y sombreadas por el batiente oscuro del lucillo que las contiene, las urnas de piedra, donde, bien con la mano en el montante o revestidos de la cogulla, se ven las estatuas de los guerreros y abades más ilustres que han patrocinado este monasterio o lo han enriquecido con sus dones.



    Carta II - Desde mi celda -
    ¡Cuántas veces, al pie de las musgosas


    ¡Cuántas veces, al pie de las musgosas
    paredes que la guardan,
    oí la esquila que al mediar la noche
    a los maitines llama!

    ¡Cuántas veces trazó mi silueta
    la luna plateada,
    junto a la del ciprés, que de su huerto
    se asoma por las tapias!

    Cuando en sombras la iglesia se envolvía,
    de su ojiva calada,
    ¡cuántas veces temblar sobre los vidrios
    vi el fulgor de la lámpara!

    Aunque el viento en los ángulos oscuros
    de la torre silbara,
    del coro entre las voces percibía
    su voz vibrante y clara.

    En las noches de invierno, si un medroso
    por la desierta plaza
    se atrevía a cruzar, al divisarme
    el paso aceleraba.

    Y no faltó una vieja que en el torno
    dijese a la mañana,
    que de algún sacristán muerto en pecado
    acaso era yo el alma.

    A oscuras conocía los rincones
    del atrio y la portada;
    de mis pies las ortigas que allí crecen
    las huellas tal vez guardan.

    Los búhos, que espantados me seguían
    con sus ojos de llamas,
    llegaron a mirarme con el tiempo
    como a un buen camarada.

    A mi lado sin miedo los reptiles
    se movían a rastras;
    hasta los mudos santos de granito
    creo que me saludaban.

    Rimas





     

    Introducción sinfónica
    Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el Arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo.
    Fecunda, como el lecho de amor de la Miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi Musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma.
    Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse al beso del sol en flores y frutos.
    Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones y ante esa idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida y agitándose en terrible aunque silencioso tumulto buscan en tropel por donde salir a la luz, de las tinieblas en que viven. Pero ¡ay!, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra, y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos! Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cae el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino.
    Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa desconocida para la ciencia de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí: paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término y a éstas hay que ponerles punto.
    El Insomnio y la Fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya, como las raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia disputándose los átomos de la memoria como el escaso jugo de una tierra estéril. Necesario es abrir paso a las aguas profundas, que acabarán por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo.
    ¡Andad, pues!; andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables. Os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no averg¸ence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estofa tejida de frases exquisitas en la que os pudierais envolver con orgullo como en un manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. ¡Mas es imposible!


    Gustavo Adolfo Bécquer
    Sacudimiento extraño


    Sacudimiento extraño
    que agita las ideas
    como huracán que empuja
    las olas en tropel.

    Murmullo que en el alma
    se eleva y va creciendo
    como volcán que sordo
    anuncia que va a arder.

    Deformes siluetas
    de seres imposibles,
    paisajes que aparecen
    como al través de un tul.

    Colores que fundiéndose
    remedan en el aire
    los átomos del iris
    que nadan en la luz.

    Ideas sin palabras,
    palabras sin sentido,
    cadencias que no tienen
    ni ritmo ni compás.

    Memorias y deseos
    de cosas que no existen,
    accesos de alegría,
    impulsos de llorar.

    Actividad nerviosa
    que no halla en qué emplearse,
    sin riendas que le guíe
    caballo volador.

    Locura que el espíritu
    exalta y desfallece,
    embriaguez divina
    del genio creador.

    Tal es la inspiración.

    Gigante voz que el caos
    ordena en el cerebro
    y entre las sombras hace
    la luz aparecer.

    Brillante rienda de oro
    que poderosa enfrena
    de la exaltada mente
    el volador corcel.

    Hilo de luz que en haces
    los pensamientos ata,
    sol que las nubes rompe
    y toca en el cenit.

    Inteligente mano
    que en un collar de perlas
    consigue las indóciles
    palabras reunir.

    Armonioso ritmo
    que con cadencia y número
    las fugitivas notas
    encierra en el compás.

    Cincel que el bloque muerde
    la estatua modelando,
    y la belleza plástica
    añade a la ideal.

    Atmósfera en que giran
    con orden las ideas
    cual átomos que agrupa
    recoóndita atracción.

    Raudal en cuyas ondas
    su sed la fiebre apaga,
    oasis que al espíritu
    devuelve su vigor.

    Tal es nuestra razón.

    Con ambas siempre en lucha,
    y de ambas vencedor,
    tan sólo al genio es dado
    a un yugo atar las dos.

    Rimas (VIII)



     



    Yo soy ardiente, yo soy morena,


    Yo soy ardiente, yo soy morena,
    yo soy el símbolo de la pasión;
    de ansia de goces mi alma está llena;
    ¿a mí me buscas? -No es a ti; no

    Mi frente es pálida; mis trenzas de oro
    puedo brindarte dichas sin fin;
    yo de ternura guardo un tesoro;
    ¿a mí me llamas? -No; no es a ti.

    Yo soy un sueño, un imposible,
    vano fantasma de niebla y luz;
    soy incorpórea, soy intangible;
    no puedo amarte. -¡Oh, ven; ven tú!

    Rimas ( XI)


     


    Como a la mitad de esta alameda deliciosa, y en un punto en que varios olmos dibujan un circulo pequeño enlazando entre sí sus espesas ramas, que recuerdan, al tocarse en la altura, la cúpula de un santuario; sobre una escalinata formada de grandes sillares de granito, por entre cuyas hendiduras nacen y se enroscan los tallos de las flores trepadoras, se levanta gentil, artística y alta, casi como los árboles, una cruz de mármol que, merced a su color, es conocida en estas cercanías por la Cruz, negra de Veruela.
    Nada más hermosamente sombrío que este lugar. Por un extremo del camino limita la vista al monasterio, con sus arcos ojivales, sus torres puntiagudas y sus muros almenados e imponentes; por el otro, las ruinas de una pequeña ermita se levantan al pie de una eminencia sembrada de tomillos y romeros en flor. Allí, sentado al pie de la cruz, y teniendo en las manos un libro que casi nunca leo, y que muchas veces dejo olvidado en las gradas de piedra, estoy una y dos y a veces hasta cuatro horas aguardando el periódico. De cuando en cuando veo atravesar a lo lejos una de esas figuras aisladas que se colocan en un paisaje para hacer sentir mejor la soledad del sitio. Otras veces, exaltada la imaginación, creo distinguir confusamente, sobre el fondo oscuro del follaje, a los monjes blancos que van y vienen silenciosos alrededor de la abadía, o a una muchacha de la aldea que pasa por ventura al pie de la cruz con un manojo de flores en el halda, se arrodilla un momento y deja un lirio azul sobre los peldaños. Luego, un suspiro que se confunde con el rumor de las hojas; después... ¿qué sé yo?, escenas sueltas de no sé qué historia que yo he oído o que inventaré algún día; personajes fantásticos que, unos tras otros, van pasando ante mi vista, y de los cuales cada uno me dice una palabra o me sugiere una idea: idea y palabras que más tarde germinarán en mi cerebro y acaso den fruto en el porvenir.



    Carta II - Desde mi celda -
    Cuando en la noche te envuelven

    Cuando en la noche te envuelven
    las alas de tul del sueño
    y tus tendidas pestañas
    semejan arcos de ébano,
    por escuchar los latidos
    de tu corazón inquieto
    y reclinar tu dormida
    cabeza sobre mi pecho,
    diera, alma mía,
    cuanto poseo,
    la luz, el aire
    y el pensamiento!

    Cuanto se clavan tus ojos
    en un invisible objeto
    y tus labios ilumina
    de una sonrisa el reflejo,
    por leer sobre tu frente
    el callado pensamiento
    que pasa como la nube
    del mar sobre el ancho espejo,
    diera, alma mía,
    cuanto deseo,
    la fama, el oro,
    la gloria, el genio!









    Cuanto enmudece tu lengua
    y se apresura tu aliento
    y tus mejillas se encienden
    y entornas tus ojos negros,
    por ver entre sus pestañas
    brillar con húmedo fuego
    la ardiente chispa que brota
    del volcán de los deseos,
    diera, alma mía,
    por cuanto espero,
    la fe, el espíritu,
    la tierra, el cielo.

    Rimas (XXV)



     


    Una senda que sigue el curso del arroyo que cruza el valle, serpenteando por entre los cuadros de los trigos, verdes y tirantes como el paño de una mesa de billar, sube, dando vueltas a los amontonados pedruscos sobre que se asienta el pueblo, hasta el punto en que un pilarote de ladrillos con una cruz en el remate señala la entrada.
    Sucede con estos pueblecitos tan pintorescos, cuando se ven en lontananza tantas líneas caprichosas, tantas chimeneas arrojando pilares de humo azul, tantos árboles y peñas y accidentes artísticos, lo que con otras muchas cosas del mundo, en que todo es cuestión de la distancia a que se miran, y la mayor parte de las veces, cuando se llega a ellos, la poesía se convierte en prosa. Ya en la cruz de la entrada, lo que pude descubrir del interior del lugar no me pareció, en efecto, que respondía ni con mucho a su perspectiva, de modo que no queriendo arriesgarme por sus estrechas, sucias y empinadas callejas, comencé a costearlo y me dirigí a una reducida llanura que se descubre a su espalda, dominada sólo por la iglesia y el castillo. Allí, en unos campos de trigo, y junto a dos o tres nogales aislados que comenzaban a cubrirse de hojas, está lo que por su especial situación y la pobre cruz de palo enclavada sobre la puerta, colegí que sería el cementerio.
    Desde muy niño concebí, y todavía conservo, una instintiva aversión a los camposantos de las grandes poblaciones: aquellas tapias encaladas y llenas de huecos, como la estantería de una tienda de géneros o ultramarinos; aquellas calles de árboles raquíticos, simétricos y enarenada, como las avenidas de un parque inglés; aquella triste parodia de jardín con flores sin perfume y verdura sin alegría, me oprimen el corazón y me crispan los nervios. El afán de embellecer grotesca y artificialmente la muerte me trae a la memoria a esos niños de los barrios bajos a quienes después de expirar embadurnan la cara con arrebol, de manera que entre el cerco violado de los ojos, la intensa palidez de las sienes y el rabioso carmín de las mejillas, resulta una mueca horrible. Por el contrario, en más de una aldea he visto un cementerio chico, abandonado, pobre, cubierto de ortigas y cardos silvestres, y me ha causado una impresión melancólica, es verdad, pero mucho más suave, mucho más respetuosa y tierna. En aquellos vastos almacenes de la muerte siempre hay algo de esa repugnante actividad de tráfico. La tierra, constantemente removida, deja ver fosas profundas que parecen aguardar su presa con hambre. Aquí, nichos vacíos a los que no falta más que el letrero: Esta casa se alquila; allí, huesos que se retrasan en el pago de la habitación y son arrojados qué sé yo a dónde, para dejar lugar a otros, y lápidas con filetes de relumbrones y décimas y coronas de trapos, y siemprevivas de comerciantes de objetos fúnebres. En estos escondidos rincones, último albergue de los ignorados campesinos, hay una profunda calma. Nadie turba su santo recogimiento, y después de envolverse en su ligera capa de tierra, siquiera sin tener encima el peso de una losa, deben dormir mejor y más sosegados.



    Carta III - Desde mi celda -
    Antes que tú me moriré...


    Antes que tú me moriré: escondido
    en las entrañas ya
    el hierro llevo con que abrió tu mano
    la ancha herida mortal.

    Antes que tú me moriré: y mi espíritu,
    en su empeño tenaz,
    sentándose a las puertas de la muerte,
    allí te esperará.

    Con las horas los días, con los días
    los años volarán,
    y a aquella puerta llamarás al cabo...
    ¿Quién deja de llamar?

    Entonces que tu culpa y tus despojos
    la tierra guardará,
    lavándote en las ondas de la muerte
    como en otro Jordán.

    Allí, donde el murmullo de la vida
    temblando a morir va,
    como la ola que a la playa viene
    silenciosa a expirar.

    Allí donde el sepulcro que se cierra
    abre una eternidad...
    ¡ Todo lo que los dos hemos callado
    lo tenemos que hablar !

    Rimas (XXXVII)



     



    Los invisibles átomos del aire


    Los invisibles átomos del aire
    en derredor palpitan y se inflaman
    el cielo se deshace en rayos de oro,
    la tierra se estremece alborozadaalborozada.
    Oigo flotanto en olas de armonías
    rumor de besos y batir de alas;
    mis párpados se cierran... ¿Qué sucede?
    ¿Dime?... ¡Silencio! ¿Es es amor que pasa!

    Rimas (XXXVIII)



     









    Cuando me lo contaron sentí el frío


    Cuando me lo contaron sentí el frío
    de una hoja de acero en las entrañas,
    me apoyé contra el muro, y un instante
    la conciencia perdí de donde estaba.

    Cayó sobre mi espíritu la noche,
    en ira y en piedad se anegó el alma,
    ¡Y se me revelo por qué se llora,
    Y comprendí una vez por qué se mata!

    Pasó la nube de dolor..., con pena
    logré balbucear breves palabras...
    ¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo
    ¡Me hacia un gran favor!... Le di las gracias.

    Rimas (XLII)



     



    Yo me he asomado...


    Yo me he asomado a las profundas simas
    de la tierra y del cielo
    y les he visto el fin con los ojos
    o con el pensamiento.

    Mas, ¡ay! de un corazón llegué al abismo,
    y me incliné por verlo,
    y mi alma y mis ojos se turbaron:
    ¡tan hondo era y tan negro!

    Rimas (XLVII)



     



    ¡Qué hermoso es ver el día


    ¡Qué hermoso es ver el día
    coronado de fuego levantarse,
    y a su beso de lumbre
    brillar las olas y encenderse el aire!

    ¡Qué hermoso es tras la lluvia
    del triste otoño en la azulada tarde,
    de las húmedas flores
    el perfume beber hasta saciarse!

    ¡Qué hermoso es cuando en copos
    la blanca nieve silenciosa cae,
    de las inquietas llamas
    ver las rojizas lenguas agitarse!

    ¡Qué hermoso es cuando hay sueño
    dormir bien... y roncar como un sochantre...
    y comer... y engordar... y qué desgracia
    que esto solo no baste!

    Rimas ( LXVII)



     







    Dibujo de Gustavo Adolfo Bécquer


    Las ropas desceñidas


    Las ropas desceñidas,
    desnudas las espadas,
    en el dintel de oro de la puerta
    dos ángeles velaban.

    Me aproximé a los hierros
    que defienden la entrada,
    y de las dobles rejas en el fondo
    la vi confusa y blanca.

    La vi como la imagen
    que en un ensueño pasa,
    como un rayo de luz tenue y difuso
    que entre tinieblas nada.

    Me sentí de un ardiente
    deseo llena el alma;
    ¡como atrae un abismo, aquel misterio
    hacía si me arrastraba!

    Mas, ¡ay!, que de los ángeles
    parecían decirme las miradas:
    "¡El umbral de esta puerta
    sólo Dios lo traspasa!"

    Rimas (LXXIV)



    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac