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    EL REO DE MUERTE

    ¡Para hacer bien por el alma
    del que van a ajusticiar!

    I

    Reclinado sobre el suelo
    con lenta amarga agonía,
    pensando en el triste día
    que pronto amanecerá,
    en silencio gime el reo
    y el fatal momento espera
    en que el sol por vez postrera
    en su frente lucirá.

    Un altar y un crucifijo,
    y la enlutada capilla
    lánguida vela amarilla
    tiñe en su luz funeral,
    y junto al mísero reo,
    medio encubierto el semblante,
    se oye al fraile agonizante
    en son confuso rezar.

    El rostro levanta el triste
    y alza los ojos al cielo;
    tal vez eleva en su duelo
    la súplica de piedad:
    ¡Una lágrima! ¿es acaso
    de temor o de amargura?
    ¡Ay! a aumentar su tristura
    ¡Vino un recuerdo quizá!

    Es un joven y la vida
    llena de sueños de oro,
    pasó ya, cuando aún el lloro
    de la niñez no enjugó:
    El recuerdo es de la infancia,
    ¡Y su madre que le llora,
    para morir así ahora
    con tanto amor le crió!

    Y a par que sin esperanza
    ve ya la muerte en acecho,
    su corazón en su pecho
    siente con fuerza latir,
    al tiempo que mira al fraile
    que en paz ya duerme a su lado,
    y que ya viejo y postrado
    le habrá de sobrevivir.

    ¿Mas qué rumor a deshora
    rompe el silencio? resuena
    una alegre cantinela
    y una guitarra a la par,
    y gritos y de botellas
    que se chocan, el sonido,
    y el amoroso estallido
    de los besos y el danzar.

    Y también pronto en son triste
    lúgubre voz sonará:
    ¡Para hacer bien por el alma
    del que van a ajusticiar!


    Y la voz de los borrachos,
    y sus brindis, sus quimeras,
    y el cantar de las rameras,
    y el desorden bacanal
    en la lúgubre capilla
    penetran, y carcajadas,
    cual de lejos arrojadas
    de la mansión infernal.

    Y también pronto en son triste
    lúgubre voz sonará:
    ¡Para hacer bien por el alma
    del que van a ajusticiar!


    ¡Maldición! al eco infausto
    el sentenciado maldijo
    la madre que como a hijo
    a sus pechos le crió;
    y maldijo el mundo todo,
    maldijo su suerte impía,
    maldijo el aciago día
    y la hora en que nació.




    II

    Serena la luna
    alumbra en el cielo,
    domina en el suelo
    profunda quietud;
    ni voces se escuchan,
    ni ronco ladrido,
    ni tierno quejido
    de amante laúd.

    Madrid yace envuelto en sueño,
    todo al silencio convida,
    y el hombre duerme y no cuida
    del hombre que va a expirar;
    si tal vez piensa en mañana,
    ni una vez piensa siquiera
    en el mísero que espera
    para morir, despertar;

    que sin pena ni cuidado
    los hombres oyen gritar:
    ¡Para hacer bien por el alma
    del que van a ajusticiar!


    ¡Y el juez también en su lecho
    duerme en paz! ¡y su dinero
    el verdugo placentero
    entre sueños cuenta ya!
    Tan sólo rompe el silencio
    en la sangrienta plazuela
    el hombre del mal que vela
    un cadalso al levantar.

    Loca y confusa la encendida mente,
    sueños de angustia y fiebre y devaneo
    el alma envuelven del confuso reo,
    que inclina al pecho la abatida frente.

    Y en sueños
    confunde
    la muerte,
    la vida.
    Recuerda
    y olvida,
    suspira,
    respira
    con hórrido afán.

    Y en un mundo de tinieblas
    vaga y siente miedo y frío,
    y en su horrible desvarío
    palpa en su cuello el dogal;
    y cuanto más forcejea,
    cuanto más lucha y porfía,
    tanto más en su agonía
    aprieta el nudo fatal.

    Y oye ruido, voces, gentes,
    y aquella voz que dirá:
    ¡Para hacer bien por el alma
    del que van a ajusticiar!


    O ya libre se contempla,
    y el aire puro respira,
    y oye de amor que suspira
    la mujer que un tiempo amó,
    bella y dulce cual solía,
    tierna flor de primavera,
    el amor del la pradera
    que el abril galán mimó.

    Y gozoso a verla vuela,
    y alcanzarla intenta en vano,
    que al tender la ansiosa mano
    su esperanza a realizar,
    su ilusión la desvanece
    de repente el sueño impío,
    y halla un cuerpo mudo y frío
    y un cadalso en su lugar.

    Y oye a su lado en son triste
    lúgubre voz resonar:

    ¡Para hacer bien por el alma
    del que van a ajusticiar!














    LA CANCIÓN DEL PIRATA

    Con diez cañones por banda,
    viento en popa, a toda vela,
    no corta el mar, sino vuela
    un velero bergantín.
    Bajel pirata que llaman,
    por su bravura, el Temido,
    en todo mar conocido
    del uno al otro confín.

    La luna en el mar riela,
    en la lona gime el viento,
    y alza en blando movimiento
    olas de plata y azul;
    y va el capitán pirata,
    cantando alegre en la popa,
    Asia a un lado, al otro Europa,
    y allá a su frente Stambul:

    “Navega, velero mío,
    sin temor,
    que ni enemigo navío
    ni tormenta, ni bonanza
    tu rumbo a torcer alcanza,
    ni a sujetar tu valor.
    Veinte presas
    hemos hecho
    a despecho
    del inglés,
    y han rendido
    sus pendones
    cien naciones
    a mis pies.

    Que es mi barco mi tesoro,
    que es mi dios la libertad,
    mi ley, la fuerza y el viento,
    mi única patria, la mar.

    Allá muevan feroz guerra
    ciegos reyes
    por un palmo más de tierra;
    que yo aquí tengo por mío
    cuanto abarca el mar bravío,
    a quien nadie impuso leyes.

    Y no hay playa,
    sea cualquiera,
    ni bandera
    de esplendor,
    que no sienta
    mi derecho
    y dé pecho
    a mi valor.

    Que es mi barco mi tesoro,
    que es mi dios la libertad,
    mi ley, la fuerza y el viento,
    mi única patria, la mar.





    A la voz de “¡barco viene!”
    es de ver
    cómo vira y se previene
    a todo trapo escapar;
    Que yo soy el rey del mar,
    y mi furia es de temer.

    En las presas
    yo divido
    lo cogido
    por igual;
    sólo quiero
    por riqueza
    la belleza
    sin rival.

    Que es mi barco mi tesoro,
    que es mi dios la libertad,
    mi ley, la fuerza y el viento,
    mi única patria, la mar.

    ¡Sentenciado estoy a muerte!
    Yo me río;
    no me abandone la suerte,
    y al mismo que me condena,
    colgaré de alguna antena,
    quizá en su propio navío.
    Y si caigo,
    ¿qué es la vida?
    Por perdida
    ya la di,
    cuando el yugo
    del esclavo,
    como un bravo,
    sacudí.

    Que es mi barco mi tesoro,
    que es mi dios la libertad,
    mi ley, la fuerza y el viento,
    mi única patria, la mar.

    Son mi música mejor
    aquilones,
    el estrépito y temblor
    de los cables sacudidos,
    del negro mar los bramidos
    y el rugir de mis cañones.

    Y del trueno
    al son violento,
    y del viento
    al rebramar,
    yo me duermo
    sosegado,
    arrullado
    por el mar.

    Que es mi barco mi tesoro,
    que es mi dios la libertad,
    mi ley, la fuerza y el viento,
    mi única patria, la mar.”









    Bueno es el mundo, ¡bueno!, ¡bueno!, ¡bueno!
    Como de Dios al fin obra maestra,
    Por todas partes de delicias lleno,
    De que Dios ama al hombre hermosa muestra;
    Salga la voz alegre de mi seno
    A celebrar esta vivienda nuestra:
    ¡Paz a los hombres!, ¡gloria en las alturas!
    ¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!
      (María por D. Miguel
    de los Santos Alvarez.)


    ¿Por qué volvéis a la memoria mía,
    Tristes recuerdos del placer perdido,
    A aumentar la ansiedad y la agonía
    De este desierto corazón herido?
    ¡Ay!, que de aquellas horas de alegría
    Le quedó al corazón sólo un gemido,
    ¡Y el llanto que al dolor los ojos niegan,
    Lágrimas son de hiel que el alma anegan!

    ¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas
    De juventud, de amor y de ventura,
    Regaladas de músicas sonoras,
    Adornadas de luz y de hermosura?
    Imágenes de oro bullidoras,
    Sus alas de carmín y nieve pura,
    Al sol de mi esperanza desplegando,
    Pasaban, ¡ay!, a mi alrededor cantando.

    Gorjeaban los dulces ruiseñores,
    El sol iluminaba mi alegría,
    El aura susurraba entre las flores,
    El bosque mansamente respondía,
    Las fuentes murmuraban sus amores...
    ¡Ilusiones que llora el alma mía!
    ¡Oh! ¡Cuán suave resonó en mi oído
    el bullicio del mundo y su ruïdo.!

    Mi vida entonces, cual guerrera nave
    Que el puerto deja por la vez primera
    Y al soplo de los céfiros suave
    Orgullosa despliega su bandera,
    Y al mar dejando que a sus pies alabe
    Su triunfo en roncos cantos, va velera-,
    Una ola tras otra bramadora
    Hollando y dividiendo vencedora,

    ¡Ay! En el mar del mundo, en ansia ardiente
    De amor volaba; el sol de la mañana
    Llevaba yo sobre mi tersa frente,
    Y el alma pura de su dicha ufana:
    Dentro de ella, el amor, cual rica fuente
    Que entre frescura y arboledas mana,
    Brotaba entonces abundante río
    De ilusiones y dulce desvarío.

    Yo amaba todo: Un doble sentimiento
    Exaltaba mi ánimo, y sentía
    En mi pecho un secreto movimiento
    De grandes hechos generoso guía.
    La libertad, con su inmortal aliento,
    Santa diosa, mi espíritu encendía,
    Continuo imaginando en mi fe pura
    Sueños de gloria al mundo y de ventura.

    El puñal de Catón, La adusta frente
    Del noble Bruto, la constancia fiera
    Y el arrojo de Scévola valiente,
    La doctrina de Sócrates severa,
    La voz atronadora y elocuente
    Del orador de Atenas, la bandera
    Contra el tirano macedonio alzando
    Y al espantado pueblo arrebatando.

    El valor y la fe del caballero,
    Del trovador el arpa y los cantares,
    Del gótico castillo el altanero
    Antiguo torreón, do sus pesares
    Cantó tal vez con eco lastimero,
    ¡Ay!, arrancada de sus patrios lares,
    Joven cautiva, al rayo de la luna,
    Lamentando su ausencia y su fortuna.

    El dulce anhelo del amor que aguarda
    Tal vez, inquieto y con mortal recelo,
    La forma bella que cruzó, gallarda
    allá en la noche entre el medroso velo;
    La ansiada cita que en llegar se tarda
    Al impaciente y amoroso anhelo,
    La mujer y la voz de su dulzura,
    Que inspira al alma celestial ternura;

    A un tiempo mismo en rápida tormenta,
    Mi alma alborotada de continuo,
    Cual las olas que azota con violenta
    Cólera impetuoso torbellino;
    Soñaba el héroe ya, la plebe atenta
    En mi voz escuchaba su destino,
    Ya al caballero, al trovador soñaba
    Y de gloria y de amores suspiraba.

    Hay una voz secreta, un dulce canto,
    Que el alma sólo recogida entiende,
    Un sentimiento misterioso y santo
    Que del barro al espíritu desprende;
    Agreste, vago y solitario encanto
    Que en inefable amor el alma enciende,
    Volando tras la imagen peregrina
    El corazón de su ilusión divina.

    Yo, desterrado en extranjera playa,
    Con los ojos extáticos seguía
    La nave audaz que argentada raya
    Volaba al puerto de la patria mía;
    Yo cuando en Occidente el sol desmaya,
    Solo y perdido en la arboleda umbría,
    Oír pensaba el armonioso acento
    De una mujer, al suspirar del viento.

    ¡Una mujer! En el templado rayo
    De la mágica luna se colora,
    Del sol poniente al lánguido desmayo,
    Lejos entre las nubes se evapora;
    Sobre las cumbres que florece mayo,
    Brilla fugaz al despuntar la aurora,
    Cruza tal vez por entre el bosque umbrío,
    Juega en las aguas del sereno río.

    ¡Una mujer! Deslízase en el cielo
    Allá en la noche desprendida estrella,
    Si aroma el aire recogió en el suelo,
    Es el aroma que le presta ella.
    Blanca es la nube que en callado vuelo
    Cruza la esfera que su planta huella,

    CANTO II A TERESA

    Descansa en paz

    Y en la tarde la mar olas le ofrece
    De plata y de
    zafir donde se mece.

    Mujer que amor en su ilusión figura,
    Mujer que nada dice a los sentidos,
    Ensueño de suavísima ternura,
    Eco que regaló nuestros oídos:
    De amor la llama generosa y pura,
    Los goces dulces del placer cumplidos
    Que engalana la rica fantasía,
    Goces que avaro el corazón ansía.

    ¡Ay!, aquella mujer, tan sólo aquélla
    Tanto delirio a realizar alcanza,
    Y esa mujer tan cándida y tan bella
    Es mentida ilusión de la esperanza:
    Es el alma que vívida destella
    Su luz al mundo cuando en él se lanza,
    Y el mundo con su magia y galanura,
    Es espejo no más de su hermosura.

    Es el amor que al mismo amor adora,
    El que creó las sílfides y ondinas,
    La sacra ninfa que bordando mora
    Debajo de las aguas cristalinas:
    Es el amor que recordando llora
    Las arboledas del Edén divinas,
    Amor de allí arrancado, allí nacido,
    Que busca en vano aquí su bien perdido.

    ¡Oh, llama santa! ¡Celestial anhelo!
    ¡Sentimiento purísimo! ¡Memoria
    Acaso triste de un perdido cielo,
    Quizá esperanza de futura gloria!
    ¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!
    ¡Oh, mujer, que en imagen ilusoria
    Tan pura, tan feliz, tan placentera,
    Brindó el amor a mi ilusión primera!

    ¡Oh, Teresa! ¡Oh, dolor! Lágrimas mías,
    ¡Ah!, ¿Donde estáis que no corréis a mares?
    ¿Por qué, por qué como en mejores días
    No consoláis vosotras mis pesares?
    ¡Oh!, Los que no sabéis las agonías
    De un corazón que penas a millares,
    ¡Ay!, desgarraron, y que ya no llora,
    ¡Piedad tened de mi tormento ahora!

    ¡Oh, dichosos mil veces, sí, dichosos
    Los que podéis llorar! Y, ¡ay!, sin ventura
    De mí, que, entre suspiros angustiosos,
    ¡Ahogar me siento en infernal tortura!
    Retuércese entre nudos dolorosos
    Mi corazón gimiendo de amargura...
    También tu corazón hecho pavesa,
    ¡Ah!, llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!

    ¿Quién pensara jamás, Teresa mía,
    Que fuera eterno manantial de llanto
    Tanto inocente amor, tanta alegría,
    Tantas delicias y delirio tanto?
    ¿Quién pensara jamás llegase un día
    en que, perdido el celestial encanto
    Y caída la venda de los ojos,
    Cuanto diera placer causara enojos?

    Aún parece, Teresa, que te veo
    Aérea cual dorada mariposa,
    En sueño delicioso del deseo,
    Sobre tallo gentil temprana rosa,
    Del amor venturoso devaneo,
    Angélica, purísima y dichosa,
    Y oigo tu voz dulcísima, y respiro
    Tu aliento perfumado en tu suspiro.

    Y aún miro aquellos ojos que robaron
    A los cielos su azul, y las rosadas
    Tintas sobre la nieve, que envidiaron
    Las de mayo serenas alboradas;
    Y aquellas horas dulces que pasaron
    Tan breves, ¡ay!, como después lloradas,
    Horas de confianza y de delicias,
    De abandono, y de amor, y de caricias.

    Que así las horas rápidas pasaban,
    Y pasaba a la par nuestra ventura;
    Y nunca nuestras ansias las contaban,
    Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura
    Las horas ¡ay! huyendo nos miraban,
    Llanto tal vez vertiendo de ternura,
    Que nuestro amor y juventud veían
    Y temblaban las horas que vendrían.

    Y llegaron en fin ... ¡Oh! ¿Quién, impío,
    ¡Ay!, agostó la flor de tu pureza?
    Tú fuiste un tiempo un cristalino río,
    Manantial de purísima limpieza;
    Después torrente de color sombrío,
    Rompiendo entre peñascos y maleza,
    Y estanque, en fin, de aguas corrompidas,
    Entre fétido fango detenidas.

    ¿Cómo caíste despeñado al suelo,
    Astro de la mañana luminoso?
    ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo
    A este valle de lágrimas odioso?
    Aún cercaba tu frente el blanco velo
    Del serafín, y entre ondas fulguroso,
    Rayos al mundo tu esplendor vertía
    Y otro cielo el amor te prometía.

    Mas, ¡ay!, que es la mujer ángel caído
    O mujer nada más y lodo inmundo,
    Hermoso ser para llorar nacido,
    O vivir como autómata en el mundo;
    Sí, que el demonio en el Edén perdido
    Abrasara con fuego del profundo
    La primera mujer, y, ¡ay!, aquel fuego
    La herencia ha sido de sus hijos luego.

    Brota en el cielo del amor la fuente
    Que a fecundar el universo mana,
    Y en la tierra su límpida corriente
    Sus márgenes con flores engalana:
    Mas, ¡ay!, huid: el corazón ardiente
    Que el agua clara por beber se afana,
    Lágrimas verterá de duelo eterno,
    Que su raudal lo envenenó el infierno.

    Huid, si no queréis que llegue un día
    En que, enredado en retorcidos lazos
    El corazón, con bárbara porfía
    Luchéis por arrancároslo a pedazos;
    En que al cielo, en histérica agonía,
    Frenéticos alcéis entrambos brazos,






    Para en vuestra impotencia maldecirle,
    Y escupirás, tal vez, al escupirle.

    Los años, ¡ay!, de la ilusión pasaron;
    Las dulces esperanzas que trajeron,
    Con sus blancos ensueños se llevaron,
    Y el porvenir de oscuridad vistieron;
    Las rosas del amor se marchitaron,
    Las flores en abrojos convirtieron,
    Y de afán tanto y tan soñada gloria
    Sólo quedó una tumba, una memoria.

    ¡Pobre Teresa! Al recordarte siento
    Un pesar tan intenso... Embarga impío
    Mi quebrantada voz mi sentimiento,
    Y suspira tu nombre el labio mío;
    Para allí su carrera el pensamiento,
    Hiela mi corazón punzante frío,
    Ante mis ojos la funesta losa,
    Donde, vil polvo, tu beldad reposa.

    Y tú, feliz, que hallaste en la muerte
    Sombra a que descansar en tu camino,
    Cuando llegabas mísera a perderte
    Y era llorar tu único destino;
    Cuando en tu frente la implacable suerte
    Grababa de los réprobos el sino...
    ¡Feliz!, la muerte te arrancó del suelo,
    Y otra vez ángel te volviste al cielo.

    Roída de recuerdos de amargura,
    Árido el corazón sin ilusiones,
    La delicada flor de tu hermosura
    Ajaron del dolor los aquilones;
    Sola y envilecida, y sin ventura,
    Tu corazón secaron las pasiones;
    Tus hijos, ¡ay!, de ti se avergonzaran,
    Y hasta el nombre de madre te negaran.

    Tus ojos escaldados por el llanto
    Tu rostro cadavérico y hundido,
    único desahogo en tu quebranto,
    El histérico, ¡ay!, de tu gemido:
    ¿Quién, quién pudiera en infortunio tanto
    envolver tu desdicha en el olvido,
    Disipar tu dolor y recogerte
    En su seno de paz? ¡Sólo la muerte!

    ¡Y tan joven, y ya tan desgraciada!
    Espíritu indomable, alma violenta,
    En ti, mezquina sociedad lanzada
    A romper tus barreras turbulenta;
    Nave contra las rocas quebrantada,
    Allá vaga, a merced de la tormenta,
    En las olas tal vez náufraga tabla,
    Que sólo ya de sus grandezas habla.

    Un recuerdo de amor que nunca muere
    Y está en mi corazón; un lastimero
    Tierno quejido que en el alma hiere,
    Eco suave de su amor primero:
    ¡Ay! De tu luz, en tanto yo viviere,
    Quedará un rayo en mí, blanco lucero,
    Que iluminaste con tu luz querida
    La dorada mañana de mi vida.

    Que yo como una flor que en la mañana
    Abre su cáliz al naciente día,
    ¡Ay!, al amor abrí tu alma temprana,
    Y exalté tu inocente fantasía.
    Yo, inocente también, ¡oh, cuán ufana
    Al porvenir mi mente sonreía,
    Y en alas de mi amor con cuánto anhelo
    Pensé contigo remontarme al cielo!

    Y alegre, audaz, ansioso, enamorado,
    En tus brazos, en lánguido abandono,
    De glorias y deleites rodeado,
    Levantar para ti soñé yo un trono:
    Y allí, tú venturosa y yo a tu lado,
    Vencer del mundo el implacable encono,
    Y en un tiempo sin horas y medida
    Ver como un sueño resbalar la vida.

    ¡Pobre Teresa! Cuando ya tus ojos
    áridos ni una lágrima brotaban;
    Cuando ya su color tus labios rojos
    En cárdenos matices cambiaban;
    Cuando, de tu dolor tristes despojos,
    La vida y su ilusión te abandonaban
    Y consumía lenta calentura
    Tu corazón al par de tu amargura;

    Si en tu penosa y última agonía
    Volviste a lo pasado el pensamiento;
    Si comparaste a tu existencia un día
    Tu triste soledad y tu aislamiento;
    Si arrojó a tu dolor tu fantasía
    Tus hijos, ¡ay!, en tu postrer momento,
    A otra mujer tal vez acariciando,
    Madre tal vez a otra mujer llamando.

    Si el cuadro de tus breves glorias viste
    Pasar como fantástica quimera,
    Y si la voz de tu conciencia oíste
    Dentro de ti gritándote severa;
    Sí, en fin, entonces tú llorar quisiste
    Y no brotó una lágrima siquiera
    Tu seco corazón, y a Dios llamaste,
    Y no te escuchó Dios, y blasfemaste;

    ¡Oh, cruel! ¡Muy cruel! ¡Martirio horrendo!
    ¡Espantosa expiación de tu pecado!
    ¡Sobre un lecho de espinas maldiciendo,
    Morir el corazón desesperado!
    Tus mismas manos de dolor mordiendo,
    Presente a tu conciencia lo pasado,
    Buscando en vano con los ojos fijos
    Y extendiendo tus brazos a tus hijos.

    ¡Oh, cruel! ¡Muy cruel!... ¡Ah!, yo, entretanto,
    Dentro del pecho mi dolor oculto,
    Enjugo de mis párpados el llanto
    Y doy al mundo el exigido culto;
    Yo escondo con vergüenza mi quebranto,
    Mi propia pena con mi risa insulto,
    Y me divierto en arrancar del pecho
    Mi mismo corazón pedazos hecho.

    Gocemos, sí; la cristalina esfera
    Gira bañada en luz: ¡bella es la vida!
    ¿Quién a parar alcanza la carrera
    Del mundo hermoso que al placer convida?
    Brilla radiante el sol, la primavera
    Los campos pinta en la estación florida:
    Truéquese en risa mi dolor profundo...
    Que haya un cadáver mas, ¡qué importa al mundo!





    SONETO

    Fresca, lozana, pura y olorosa,
    gala y adorno del pensil florido,
    gallarda puesta sobre el ramo erguido,
    fragancia esparce la naciente rosa.

    Mas si el ardiente sol lumbre enojosa
    vibra del can en llamas encendido,
    el dulce aroma y el color perdido,
    sus hojas lleva el aura presurosa.

    Así brilló un momento mi vena
    en alas del amor, y hermosa nube
    fingí tal vez de gloria y de alegría.

    Mas& ¡ay! que el bien trocóse en amargura,
    y deshojada por los aires sube
    la dulce flor de la esperanza mía.




    Versificación romántica
    Espronceda, en general sigue las pautas de lo que se ha definido como versificación romántica- hecha de tradición y renovación, de clasicismo (siglos XVI y XVII) y de formas populares, que es lo que revindican siempre los "revolucionarios" románticos. En este caso vemos la utilización de un soneto y algo más lejos un romance, junto a formas poco usuales como la que tutiliza en La canción del pirata. De todos modos (véase en otro apartado) abundan el alejandrino, el dodecasílabo y el decasílabo. Prevalece fundamentalmente el sentido de la variedad y así encontramos versos muy variados para diversos asuntos o en un mismo poema.








    La cautiva - P. Hébert


    LA CAUTIVA

    Ya el sol esconde sus rayos,
    el mundo en sombras se vela,
    el ave a su nido vuela,
    busca asilo el trovador.
    Todo calla: en pobre cama
    duerme el pastor venturoso,
    en su lecho suntuoso
    se agita insomne el señor.

    Se agita: mas ¡ay! reposa
    al fin en su patrio suelo,
    no llora en mísero duelo
    la libertad que perdió:
    los campos ve que a su infancia
    horas dieron de contento,
    su oído halaga el acento
    del país donde nació.

    No gime ilustre cautivo
    entre doradas cadenas,
    que si bien de encanto llenas,
    al cabo cadenas son.
    Si acaso triste lamenta,
    en torno ve a sus amigos,
    que, de su pena testigos,
    consuelan su corazón.

    La arrogante erguida palma
    que en el desierto florece,
    al viajero sombra ofrece,
    descanso y grato manjar:




    y, aunque sola, allí es querida
    del árabe errante y fiero,
    que siempre va placentero
    a su sombra a reposar.

    Mas ¡ay triste! yo cautiva,
    huérfana y sola suspiro,
    el clima extraño respiro,
    y amo a un extraño también;
    no hallan mis ojos mi patria;
    humo has sido mis amores;
    nadie calma mis dolores,
    y en celos me siento arder.

    ¡Ah! :¿Llorar? ¿Llorar?... no puedo,
    ni ceder a mi tristura,
    ni consuelo en mi amargura
    podré jamás encontrar.
    Supe amar como ninguna,
    supe amar correspondida;
    despreciada, aborrecida;
    ¿No sabré también odiar?

    ¡Adiós, patria! ¡adiós, amores!
    la infeliz Zoraida ahora
    sólo venganzas implora,
    ya condenada a morir.
    No soy yo del castellano
    la sumisa enamorada,
    soy la cautiva cansada
    ya de dejarse oprimir.



    CANTO DEL COSACO

    Donde sienta mi caballo los pies
     no vuelve a nacer yerba.

    Atila

    CORO

    ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
    La Europa os brinda espléndido botín:
    Sangrienta charca sus campiñas sean,
    de los grajos su ejército festín.

    ¡Hurra, a caballo hijos de la niebla!
    Suelta la rienda a combatir volad:
    ¿Veis esas tierras fértiles? las puebla
    gente opulenta, afeminada ya.
    Casas, palacios, campos y jardines,
    todo es hermoso y refulgente allí,
    son sus hembras celestes, serafines,
    su sol alumbra un cielo de zafir.

    ¡Hurra, cosacos del desierto...

    Nuestros sean su oro y sus placeres,
    gocemos de ese campo y ese sol;
    son sus soldados menos que mujeres,
    sus reyes viles mercaderes son.

    Vedlos huir para esconder su oro,
    vedlos cobardes lágrimas verter...
    ¡Hurra! volad, sus cuerpos, su tesoro
    huellen nuestros caballos con sus pies.

    ¡Hurra, cosacos del desierto...

    Dictará allí nuestro capricho leyes,
    nuestras casas alcázares serán,
    los cetros y coronas de los reyes
    cual juguetes de niños rodarán.

    ¡Hurra! Volad a hartar nuestros deseos,
    las más hermosas nos darán su amor,
    y no hallarán nuestros semblantes feos,
    que siempre brilla hermoso el vencedor.





    ¡Hurra, cosacos del desierto...

    Desgarraremos la vencida Europa,
    cual tigres que devoran su ración;
    en sangre empaparemos nuestra ropa,
    cual rojo manto de imperial señor.

    Nuestros nobles caballos relinchando
    regias habitaciones morarán;
    cien esclavos, sus frentes inclinando,
    al mover nuestros ojos temblarán.

    ¡Hurra, cosacos del desierto...

    Venid, volad, guerreros del desierto,
    como nubes en negra confusión,
    todos suelto el bridón, el ojo incierto,
    todos atropellándoos en montón.

    Id en la espesa niebla confundidos,
    cual tromba que arrebata el huracán,
    cual témpanos de hielo endurecidos
    por entre rocas despeñados van.

    ¡Hurra, cosacos del desierto...

    Nuestros padres un tiempo caminaron
    hasta llegar a una imperial ciudad;
    un sol más puro es fama que encontraron,
    y palacios de oro y de cristal.

    Vadearon el Tíber sus bridones;
    yerta a sus pies la tierra enmudeció;
    su sueño con fantásticas canciones
    la fadafada de los triunfos arrulló.

    ¡Hurra, cosacos del desierto...

    ¡Qué! ¿no sentís la lanza estremecerse
    hambrienta en vuestras manos de matar?
    ¿No veis entre la niebla aparecerse
    visiones mil que el parabién nos dan?






    Escudo de esas míseras naciones
    era ese muro que abatido fue;
    la gloria de Polonia y sus blasones
    en humo y sangre convertidos ved.

    ¡Hurra, cosacos del desierto...

    ¿Quién en dolor trocó sus alegrías?
    ¿Quién sus hijos triunfante encadenó?
    ¿Quién puso fin a sus gloriosos días?
    ¿Quién en su propia sangre los ahogó?

    ¡Hurra, cosacos! ¡Gloria al más valiente!
    Esos hombres de Europa nos verán:
    ¡Hurra! nuestros caballos en su frente
    hondas sus herraduras marcarán.

    ¡Hurra, cosacos del desierto...

    A cada bote de la lanza ruda,
    a cada escape en la abrasada lid,
    la sangrienta ración de sangre cruda
    bajo la silla sentiréis hervir.
    Y allá después en templos suntuosos,
    sirviéndonos de mesa algún altar,
    nuestra sed calmarán vinos sabrosos,
    hartará nuestra hambre blanco pan.

    ¡Hurra, cosacos del desierto...

    Y nuestras madres nos verán triunfantes,
    y a esa caduca Europa a nuestros pies,
    y acudirán de gozo palpitantes,
    en cada hijo a contemplar un rey.

    Nuestros hijos sabrán nuestras acciones,
    las coronas de Europa heredarán,
    y a conquistar también otras regiones
    el caballo y la lanza aprestarán.

    ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
    La Europa os brinda espléndido botín,
    sangrienta charca sus campiñas sean,
    de los grajos su ejército festín.




    A LA MUERTE DE TORRIJOS Y SUS COMPAÑEROS



    Helos allí: junto a la mar bravía
    cadáveres están ¡ay! los que fueron
    honra del libre, y con su muerte dieron
    almas al cielo, a España nombradía.

    Ansia de patria y libertad henchía
    sus nobles pechos que jamás temieron,
    y las costas de Málaga los vieron
    cual sol de gloria en desdichado día.

    Españoles, llorad; mas vuestro llanto
    lágrimas de dolor y sangre sean,
    sangre que ahogue a siervos y opresores,

    y los viles tiranos con espanto
    siempre delante amenazando vean
    alzarse sus espectros vengadores.

    Óleo de Antonio Gisbert - Museo del Prado











    DESPEDIDA DEL PATRIOTA GRIEGO DE LA HIJA DEL APÓSTATA

    Era la noche: en la mitad del cielo
    Su luz rayaba la argentada luna,
    Y otra luz más amable destellaba
    De sus llorosos ojos la hermosura.

        Allí en la triste soledad se hallaron
    Su amante y ella con mortal angustia,
    Y su voz en amarga despedida
    Por vez postrera la infeliz escucha.

      “Determinado está; sí, mi sentencia
    Para siempre selló la suerte injusta,
    Y cuando allá la eternidad sombría
    Este momento en sus abismos hunda,

      ¡Ojalá para siempre que el olvido,
    Suavizando el rigor de la fortuna,
    La imagen ¡ay! de las pasadas glorias
    Bajo sus alas lóbregas encubra!

      ¿Por qué al nacer crüeles me arrancaron
    Del seno de mi madre moribunda,
    Y salvo he sido de mortales riesgos
    Para vivir penando en amargura?

      ¿Por qué yo fui por mi fatal destino
    Unido a ti desde la tierna cuna?
    ¿Por qué nos hizo iguales en riqueza
    Y en linaje también mi desventura?

      ¿Por qué mi infancia en inocentes juegos
    Brilló contigo, y con delicia mutua
    Ambos tejimos el infausto lazo
    Que nuestras almas míseras anuda?

      ¡Ah! para siempre adiós: vano es ahora
    Acariciar memorias de ventura;
    Voló ya la ilusión de la esperanza,
    Y es vano amar sin esperanza alguna.

      ¿Qué puede el infeliz contra el destino?
    ¿Qué ruegos moverán, qué desventuras
    El bajo pecho de tu infame padre?
    Infame, sí, que al despotismo jura

      Vil sumisión, y en sórdida avaricia
    Vende su patria a las riquezas turcas.
    él apellida sacrosantas leyes
    El capricho de un déspota; él nos juzga

      De rebeldes doquier: su voz comprada
    Culpa a su patria y al tirano adula;
    él nos ordena ante el sultán odioso
    Humilde miedo y obediencia muda.

      Mas no, que el alma de la Grecia existe;
    Santo furor su corazón circunda,
    Que ávido se hartará de sangre hirviente,
    Que nuevo ardor le infundirá y bravura.

      No ya el tirano mandará en nosotros:
    Tristes rüinas, áridas llanuras,
    Cadáveres no más serán su imperio,
    Será solo el señor de nuestras tumbas.

      Ya osan ser libres los armados brazos
    Y ya rompen la bárbara coyunda,
    y con júbilo a ti, todos ¡oh muerte!
    y a ti, divina libertad, saludan.

      Gritos de triunfo, sacudido el viento
    hará que al éter resonando suban,
    O eterna muerte cubrirá a la Grecia
    En noche infanda y soledad profunda.

      Ese altivo monarca, que embriagado
    Yace en perfumes y lascivia impura,
    Despechado sabrá que no hay cadena
    Que la mano de un libre no destruya.

      Con rabia oirá de libertad el grito
    Sonar tremendo en la obstinada lucha,
    Y con miedo y horror su sed de sangre
    Torrentes hartarán de sangre turca.

     




     

    Y tu padre también, si ora imprudente
    So el poder del Islam su patria insulta,
    Pronto verá cuan formidable espada
    Blande en la lid la libertad sañuda.

      Marcha y dile por mí que hay mil valientes,
    Y yo uno de ellos, que animosos juran
    Morir cual héroes o romper el cetro
    A cuya sombra el pérfido se escuda.

      Que aunque marcados con la vil cadena,
    No han sido esclavas nuestras almas nunca,
    Que el heredado ardor de nuestros padres
    Las hace hervir aún: que nuestra furia

      Nos labrará, lidiando, en cada golpe
    Triunfo seguro o noble sepultura.
    Dile que solo en baja servidumbre
    Puede vivir un alma cual la suya,

      El alma de un apóstata que indigno
    Llega sus labios a la mano impura,
    Que de caliente sangre reteñida,
    Nuevos destrozos a su patria anuncia.

      Perdóname, infeliz, si mis palabras
    Rudas ofenden tu filial ternura.
    Es verdad, es verdad: tu padre un tiempo
    Mi amigo se llamó, y ¡ojalá nunca

      Pasado hubieran tan dichosos días!
    ¡Yo no llamara injusta a la fortuna!
    ¡Cómo entonces mi mano enjugaría
    Las lágrimas que viertes de amargura!

      Tú padre ¡oh Dios! como engañoso amigo
    Cuando la Grecia la servil coyunda
    Intrépida rompió, cuando mi pecho
    Respiraba gozoso el aura pura

    De la alma libertad, pensó el inicuo
    Seducirme tal vez con tu hermosura,
    Y en premio vil me prometió tu mano
    Si ser secuaz de su traición inmunda,

      Y desolar mi patria le ofrecía,
    ¡Esclavo yo de la insolente turba
    De esclavos del sultán!!! Antes el cielo
    Mis yertos miembros insepultos cubra,

      Que goce yo de ignominiosa vida
    Ni en el seno feliz de tu dulzura.
    ¡Ah! para siempre a Dios: la infausta suerte
    Que el lazo rompe que las almas junta,

      Y va a arrancar tu corazón del mío,
    Tan solo ahora una esperanza endulza.
    Yo te hallaré donde perpetuas dichas
    Las almas de los ángeles disfrutan.

    ¡Ah! para siempre adiós...tente...un momento
    Un beso nada más... es de amargura...
    Es el último ¡oh Dios!... mi sangre hiela...
    ¡Ah! los martirios del infierno nunca

      Igualaron mi pena y mi agonía.
    ¡Terminara muerte aquí mi angustia,
    Y aun muriera feliz! Mis ojos quema
    Una lágrima ¡oh Dios! y tú la enjugas.

      ¡Quién resistir podrá! Basta, la hora
    Se acerca ya que mi partida anuncia.
    ¡Ojalá para siempre que el olvido,
    Suavizando el rigor de la fortuna,

      La imagen ¡ay! de las pasadas glorias
    Bajo sus alas lóbregas encubra!”

      Dice, y se alejan. A esperar consuelo
    La hija del Apóstata en la tumba;
    él batallando pereció en las lides,
    Y ella víctima fue de su amargura.


    Etapas en la posía de Esprondeda -

    Espronceda había sido educado en la normativa neoclasica por parte de sus maestros, sobre todo recibe la influencia de Lista y desde estos presupuestos intentará acomodarse desde los gustos del momento a su cambiante trayectoria poética. Podemos distinguir tres etapas en su obra:

    - 1- La neoclásica de su educación infantil y juvenil a la que pertenecen poemas como "La noche", "A la Noche", "Serenata" en la que aprecen los tópicos de la cultura clásica greco-latina.
    - 2 - Influencia de Ossian- Conoce Espronceda al gran poeta céltico Ossian (antiguo bardo del que no se tenía nticia hasta la época romántica, Macpherson... que fue su inventor) al que se atribuyen varios poemas que influyen fundamentalmente el Europa más que en el Reino Unido. En Espronceda hay que pensar en el largo poema "Oscar y Malvina" y engunos pemas menores como: "A la muerte de Don Joaquín de Pablo", "El combate", "Himno a sol".
    - 3 - Romántica - Siempre, sin embargo con cierte regusto retó neoclásico. Aquí hay que señalar la gran influencia de Lord Byron por lo que se considera elpoeta romá,ntico por excelencia. Son algunos de su poemas más largos donde se puede detectar un cierto aliento byroniano: El estudiante de Salamanca y El diablo mundo. El tema de la marginación, como veremos, es tambiŕn plenamente romántico. Son poemas cortos quew denominó "canciones": "Canción del pirata", "Canción del cosaco", "El mendigo", "El reo de muerte", ... Apunta el tema social en la lírica juntamente con los primeros apuntes existencialistas.


    SERENATA


    Delio a las rejas de Elisa
    Le canta en noche serena
        Sus amores.

      Raya la luna, y la brisa
    Al pasar plácida suena
        Por las flores.

      Y al eco que va formando
    El arroyuelo saltando
        Tan sonoro,

      Le dice Delio a su hermosa
    En cantilena amorosa:
        “Yo te adoro ”.

      En el regazo adormida
    Del blando sueño, presentes
        Mil delicias,

      En tu ilusión embebida,
    Feliz te finges, y sientes
        Mis caricias.

      Y en la noche silenciosa
    Por la pradera espaciosa
        Blando coro

      Forman, diciendo a mi acento,
    El arroyuelo y el viento:
        “Yo te adoro”.

      En derredor de tu frente
    Leve soplo vuela apenas
        Muy callado,

      Y allí esparcido se siente
    Dulce aroma de azucenas
        Regalado,

     





    Que en fragancia deleitosa
    Vuela también a la diosa
        Que enamoro,

      El eco grato que suena
    Oyendo mi cantilena:
        “Yo te adoro”.

      Del fondo del pecho mío
    Vuela a ti suspiro tierno
        con mi acento;

      En él, mi Elisa, te envío
    El fuego de amor eterno,
        Que yo siento.

      Por él, mi adorada hermosa,
    Por esos labios de rosa
        De ti imploro

    Que le escuches con ternura,
    Y le oirás cómo murmura:
        “Yo te adoro”.

      Despierta y el lecho deja:
    No prive el sueño tirano
        De tu risa

      A Delio, que está a tu reja,
    Y espera ansioso tu mano,
        Bella Elisa.

      Despierta, que ya pasaron
    Las horas que nos costaron
        Tanto lloro;

      Sal, que gentil enramada
    Dice a tu puerta enlazada:
        “Yo te adoro”.

    Londres, 1828



    odalisca1


    A UNA DAMA BURLADA

    Dueña de rubios cabellos,
        Tan altiva,
    Que creéis que basta el vellos
    Para que un amante viva
        Preso en ellos
    El tiempo que vos queréis;
    Si tanto ingenio tenéis
    Que entretenéis tres galanes,
    ¿Cómo salieron mal hora,
        Mi señora,
        Tus afanes?

    Pusiste gesto amoroso
        Al primero;
    Al segundo el rostro hermoso
    Le volviste placentero,

    Y con doloso
    Sortilegio en tu prisión
    Entró un tercer corazón;
    Viste a tus pies tres galanes,
    Y diste, al verlos rendidos,
        Por cumplidos
        Tus afanes.




      ¡De cuántas mañas usabas
        Diligente!
    Ya tu voz al viento dabas,
    Ya mirabas dulcemente,
        O ya hablabas
    De amor, o dabas enojos;
    Y en tus engañosos ojos
    A un tiempo los tres galanes,
    Sin saberlo tú, leían
        Que mentían
        Tus afanes.

    Ellos de ti se burlaban;
        Tú reías;
    Ellos a ti te engañaban,
    Y tú, mintiendo, creías
        Que te amaban:
    Decid, ¿quién aquí engañó?

      ¿Quién aquí ganó o perdió?
    Sus deseos tus galanes
    Al fin miraron cumplidos,
        Tú, fallidos,
        Tus afanes.







    Romance

     Salve, oh tú, noche serena,
    Que al mundo velas augusta,
    Y los pesares de un triste
    Con tu oscuridad endulzas.

      El arroyuelo a lo lejos
    Más acallado murmura,
    Y entre las ramas el aura
    Eco armonioso susurra.

      Se cubre el monte de sombras
    Que las praderas anublan,
    Y las estrellas apenas
    Con trémula luz alumbran.

      Melancólico ruido
    Del mar las olas murmuran,
    Y fatuos, rápidos fuegos
    Entre sus aguas fluctúan.

      El majestuoso río
    Sus claras ondas enluta,
    Y los colores del campo
    Se ven en sombra confusa.

      Al aprisco sus ovejas
    Lleva el pastor con presura,
    Y el labrador impaciente
    Los pesados bueyes punza.

      En sus hogares le esperan
    Su esposa y prole robusta,
    Parca cena, preparada
    Sin sobresalto ni angustia.


    A LA NOCHE



      Todos suave reposo
    En tu calma, ¡oh noche!, buscan,
    Y aun las lágrimas tus sueños
    Al desventurado enjugan.

    ¡Oh qué silencio! ¡Oh qué grata
    Oscuridad y tristura!
    ¡Cómo el alma contemplaros
    En sí recogida gusta!

      Del mustio agorero búho
    El ronco graznar se escucha,
    Que el magnífico reposo
    Interrumpe de las tumbas.

    Allá en la elevada torre
    Lánguida lámpara alumbra,
    Y en derredor negras sombras,
    Agitándose, circulan.

    Mas ya el pértigo de plata
    Muestra naciente la luna,
    Y las cimas del otero
    De cándida luz inunda.

      Con majestad se adelanta
    Y las estrellas ofusca,
    Y el azul del alto cielo
    Reverbera en lumbre pura.

      Deslízase manso el río
    Y su luz trémula ondula
    En sus aguas retratada,
    Que, terso espejo, relumbran.

     




     
    Al blando batir del remo
    Dulces cantares se escuchan
    Del pescador, y su barco
    Al plácido rayo cruza.

      El ruiseñor a su esposa
    Con vario cántico arrulla,
    Y en la calma de los bosques
    Dice él solo sus ternuras.

      Tal vez de algún caserío
    Se ve subir en confusas
    Ondas el humo, y por ellas
    Entreclarear la luna.

      Por el espeso ramaje
    Penetrar sus rayos dudan,
    Y las hojas que los quiebran,
    Hacen que tímidos luzcan.

      Ora la brisa suave
    Entre las flores susurra,
    Y de sus gratos aromas
    El ancho campo perfuma.

      Ora acaso en la montaña
    Eco sonoro modula
    Algún lánguido sonido,
    Que otro a imitar se apresura.

      Silencio, plácida calma
    A algún murmullo se juntan
    Tal vez, haciendo más grata
    La faz de la noche augusta.

      ¡Oh! salve, amiga del triste,
    Con blando bálsamo endulza
    Los pesares de mi pecho,
    Que en ti su consuelo buscan.



    EL MENDIGO


    Mío es el mundo: como el aire libre,
    otros trabajan porque coma yo;
    todos se ablandan si doliente pido
    una limosna por amor de Dios.
    El palacio, la cabaña
    son mi asilo,
    si del ábrego el furor
    troncha el roble en la montaña,
    o que inunda la campaña
    el torrente asolador.
    Y a la hoguera
    me hacen lado
    los pastores
    con amor,
    y sin pena
    y descuidado
    de su cena
    ceno yo.
    en la rica
    chimenea,
    que recrea
    con su olor
    me regalo
    codicioso
    del banquete
    suntüoso
    con las sobras
    de un señor.
    Y me digo: el viento brama,
    caiga furioso turbión;
    que al son que cruje de la seca leña,
    libre me duermo sin rencor ni amor.
    Mío es el mundo: como el aire libre, etc.
    Todos son mis bienhechores,
    por todos
    a Dios ruego con fervor;
    de villanos y señores
    yo recibo los favores
    sin estima y sin amor.
    Ni pregunto
    quiénes sean,
    ni me obligo
    a agradecer;
    que mis rezos
    si desean,
    dar limosna
    es un deber.
    Y es pecado
    la riqueza,
    la pobreza
    santidad:
    Dios a veces
    es mendigo,
    al avaro
    da castigo
    que le niegue
    caridad.
    Yo soy pobre y se lastiman
    todos al verme plañir,
    sin ver son mías sus riquezas todas,
    que mina inagotable es el pedir.
    Mío es el mundo: como el aire libre, etc.




      Mal revuelto y andrajoso,
    entre harapos
    del lujo sátira soy,
    y con mi aspecto asqueroso
    me vengo del poderoso
    y adonde va, tras él voy.
    Y a la hermosa
    que respira
    cien perfumes,
    gala, amor,
    la persigo
    hasta que mira,
    y me gozo
    cuando aspira
    mi punzante
    mal olor.
    Y las fiestas
    y el contento
    con mi acento
    turbo yo,
    y en la bulla
    y la alegría
    interrumpen
    la harmonía
    mis harapos
    y mi voz.
    Mostrando cuán cerca habitan
    el gozo y el padecer,
    que no hay placer sin lágrimas, ni pena
    que no transpire en medio del placer.
    Mío es el mundo: como el aire libre, etc.
    Y para mí no hay mañana.
    ni hay ayer,
    olvido el bien como el mal,
    nada me aflige ni afana;
    me es igual para mañana
    un palacio, un hospital.
    Vivo ajeno
    se memorias;
    de cuidados
    libre estoy.
    Busquen otros
    oro y glorias,
    yo no pienso
    sino en hoy.
    Y do quiera
    vayan leyes,
    quiten reyes,
    reyes den.
    Yo soy pobre,
    al mendigo,
    por el miedo
    del castigo,
    todos hacen
    siempre bien.
    Y un asilo donde quiera,
    y un lecho en el hospital
    siempre hallaré, y un hoyo donde caiga
    mi cuerpo miserable al expirar.
    Mío es el mundo: como el aire libre,
    otros trabajan porque coma yo
    todos se ablandan si doliente pido
    una limosna por amor de Dios.



    EL PESCADOR



    Pescadorcita mía,
    Desciende a la ribera,
    Y escucha placentera
    Mi cántico de amor;
    Sentado en su barquilla,
    Te canta su cuidado,
    Cual nunca enamorado
    Tu tierno pescador.

      La noche el cielo encubre
    Y acalla manso el viento,
    Y el mar sin movimiento
    También en calma está:
    A mi batel desciende,
    Mi dulce amada hermosa:
    La noche tenebrosa
    Tu faz alegrará.

      Aquí apartados, solos,
    Sin otros pescadores,
    Suavísimos amores
    Felice te diré,
    Y en esos dulces labios
    De rosas y claveles
    El ámbar y las mieles
    Que vierten libaré.

    La mar adentro iremos,
    En mi batel cantando
    Al son del viento blando
    Amores y placer;







    Regalarete entonces
    Mil varios pececillos
    Que al verte, simplecillos,
    De ti se harán prender.

      De conchas y corales
    Y nácar a tu frente
    Guirnalda reluciente,
    Mi bien, te ceñiré;
    Y eterno amor mil veces
    Jurándote, cumplida
    En ti, mi dulce vida,
    Mi dicha encontraré.

      No el hondo mar te espante,
    Ni el viento proceloso,
    Que al ver tu rostro hermoso
    Sus iras calmarán;
    Y sílfides y ondinas
    Por reina de los mares
    Con plácidos cantares
    A par te aclamarán.

      Ven ¡ay! a mi barquilla,
    Completa mi fortuna;
    Naciente ya a la luna
    Refleja el ancho mar;
    Sus mansas olas bate
    Suave, leve brisa;
    Ven ¡ay! mi dulce Elisa,
    Mi pecho a consolar. 



    AL SOL



    Himno

    Para y óyeme ¡oh Sol! yo te saludo
    Y estático ante ti me atrevo a hablarte;
    Ardiente como tú mi fantasía,
    Arrebatada en ansia de admirarte,
    Intrépidas a ti sus alas guía.
    ¡Ojalá que mi acento poderoso,
    Sublime resonando,
    Del trueno pavoroso
    La temerosa voz sobrepujando,
    ¡Oh sol!, a ti llegara
    Y en medio de tu curso te parara!
    ¡Ah! si la llama que mi mente alumbra
    Diera también su ardor a mis sentidos,
    Al rayo vencedor que los deslumbra,
    Los anhelantes ojos alzaría,
    Y en tu semblante fúlgido atrevidos
    Mirando sin cesar los fijaría.
    ¡Cuánto siempre te amé, sol refulgente!
    ¡Con qué sencillo anhelo,
    Siendo niño inocente,
    Seguirte ansiaba en el tendido cielo,
    Y extático te vía
    Y en contemplar tu luz me embebecía!
    De los dorados límites de Oriente,
    Que ciñe el rico en perlas Océano,
    Al término asombroso de Occidente
    Las orlas de tu ardiente vestidura
    Tiendes en pompa, augusto soberano,
    Y el mundo bañas en tu lumbre pura.
    VívidoVívido lanzas de tu frente el día,
    Y, alma y vida del mundo,
    Tu disco en paz majestuoso envía
    Plácido ardor fecundo,
    Y te elevas triunfante,
    Corona de los orbes centellante.
    Tranquilo subes del cenit dorado
    Al regio trono en la mitad del cielo,
    De vivas llamas y esplendor ornado,
    Y reprimes tu vuelo.
    Y desde allí tu fúlgida carrera
    Rápido precipitas,
    Y tu rica encendida cabellera
    En el seno del mar trémula agitas,
    Y tu esplendor se oculta,
    Y el ya pasado día
    Con otros mil la eternidad sepulta.
    ¡Cuántos siglos sin fin, cuántos has visto
    En su abismo insondable desplomarse!
    ¡Cuánta pompa, grandeza y poderío
    De imperios populosos disiparse!
    ¿Qué fueron ante ti? Del bosque umbrío
    Secas y leves hojas desprendidas,
    Que en círculo se mecen,
    Y al furor de Aquilón desaparecen.









       Libre tú de la cólera divina,
    Viste anegarse el universo entero,
    Cuando las aguas por Jehová lanzadas,
    Impelidas del brazo justiciero,
    Y a mares por los vientos despeñadas,
    Bramó la tempestad; retumbó en torno
    El ronco trueno y con temblor crujieron
    Los ejes de diamante de la tierra;
    Montes y campos fueron
    Alborotado mar, tumba del hombre.
    Se estremeció el profundo;
    Y entonces tú, como Señor del mundo,
    Sobre la tempestad tu trono alzabas,
    Vestido de tinieblas,
    Y tu faz engreías,
    Y a otros mundos en paz resplandecías.
    Y otra vez nuevos siglos
    Viste llegar, huir, desvanecerse
    En remolino eterno, cual las olas
    Llegan, se agolpan y huyen de Océano,
    Y tornan otra vez a sucederse;
    Mientras inmutable tú, solo y radiante
    ¡Oh sol! siempre te elevas,
    Y edades mil y mil huellas triunfante.
    ¿Y habrás de ser eterno, inextinguible,
    Sin que nunca jamás tu inmensa hoguera
    Pierda su resplandor, siempre incansable,
    Audaz siguiendo tu inmortal carrera,
    Hundirse las edades contemplando,
    Y solo, eterno, perenal, sublime,
    Monarca poderoso dominando?
    No, que también la muerte,
    Si de lejos te sigue,
    No menos anhelante te persigue.
    ¿Quién sabe si tal vez pobre destello
    Eres tú de otro sol que otro universo
    Mayor que el nuestro un día
    Con doble resplandor esclarecía!!!
       Goza tu juventud y tu hermosura
    ¡Oh sol!, que cuando el pavoroso día
    Llegue que el orbe estalle y se desprenda
    De la potente mano
    Del Padre Soberano,
    Y allá a la eternidad también descienda,
    Deshecho en mil pedazos, destrozado
    Y en piélagos de fuego
    Envuelto para siempre, y sepultado
    De cien tormentas al horrible estruendo,
    En tinieblas sin fin tu llama pura
    Entonces morirá. Noche sombría
    Cubrirá eterna la celeste cumbre;
    Ni aun quedará reliquia de tu lumbre!!!



    EL VERDUGO

    De los hombres lanzado al desprecio,
    de su crimen la víctima fui;
    y se evitan de odiarse a sí mismos,
    fulminando sus odios en mí.
    Y su rencor
    al poner en mi mano, me hicieron
    su vengador;
    y se dijeron:
    “Que nuestra vergüenza común caiga en él;
    se marque en su frente nuestra maldición;
    su pan amasado con sangre y con hiel,
    su escudo con armas de eterno baldón
    sean la herencia
    que legue al hijo,
    el que maldijo
    la “sociedad”.
    Y de mí huyeron,
    de sus culpas el manto me echaron,
    y mi llanto y mi voz escucharon
    ¡sin piedad!!!
    Al que a muerte condenan le ensalzan...
    ¿Quién al hombre del hombre hizo juez?
    ¿Que no es hombre ni siente el verdugo
    imaginan los hombres tal vez?
    Y ellos no ven
    que yo soy de la imagen divina
    ¡copia también!
    Y cual dañina
    fiera a que arrojan un triste animal,
    que ya entre sus dientes se siente crujir,
    así a mí, instrumento del genio del mal
    me arrojan el hombre que traen a morir.
    Y ellos son justos,
    yo soy maldito,
    yo sin delito
    soy criminal:
    Mirad al hombre
    que me paga una muerte; el dinero
    me echa al suelo con rostro altanero,
    ¡a mi, su igual!
    El tormento que quiebra los huesos
    y del reo el histérico ¡ay!
    y el crujir de los nervios rompidos
    bajo el golpe del hacha que cae,
    son mi placer,
    y al rumor que en las piedras rodando
    hace, al caer,
    del triste saltando
    la hirviente cabeza de sangre en un mar,
    allí entre el bullicio del pueblo feroz
    mi frente serena contemplan brillar,
    tremenda, radiante con júbilo atroz.
    Que de los hombres
    en mí respira
    toda la ira,
    todo el rencor;
    que a mí pasaron
    la crueldad de sus almas impía,
    y al cumplir su venganza y la mía




    gozo en mi horror!
    Ya más alto que el grande, que altivo
    con sus plantas hollara la ley,
    al verdugo los pueblos miraron
    y mecido en los hombros de un rey;
    y en él se hartó,
    embriagado de gozo aquel día
    cuando expiró;
    y su alegría
    su esposa y sus hijos pudieron notar;
    que en vez de la densa tiniebla de horror,
    miraron la risa su labio amargar,
    lanzando sus ojos fatal resplandor.
    Que el verdugo
    con su encono
    sobre el trono
    se asentó.
    Y aquel pueblo
    que tan alto le alzara bramando,
    otro rey de venganzas, temblando,
    en él miró.
    En mí vive la historia del mundo
    que el destino con sangre escribió,
    y en sus páginas rojas Dios mismo
    mi figura impaciente grabó.
    La eternidad
    ha tragado cien siglos y ciento,
    y la maldad
    su monumento
    en mí todavía contempla existir.
    Y en vano es que el hombre do brota la luz
    con viento de orgullo pretenda subir:
    ¡Preside el verdugo los siglos aún!
    Y cada gota
    que me ensangrienta,
    del hombre ostenta
    un crimen más.
    Y yo aún existo,
    fiel recuerdo de edades pasadas,
    a quien siguen cien sombras airadas
    ¡siempre detrás!
    ¡Oh! ¿por qué te ha engendrado el verdugo,
    tú, hijo mío, tan puro y gentil?
    En tu boca la gracia de un ángel
    presta gracia a tu risa infantil.
    ¡Ay! tu candor,
    tu inocencia, tu dulce hermosura
    me inspira horror.
    ¡Oh! tu ternura,
    mujer, ¿a qué gastas con ese infeliz?
    ¡Oh! muéstrate madre piadosa con él,
    ¡ahógale, y piensa será así feliz!
    ¿Qué importa que el mundo te llame cruel?
    Mi vil oficio
    querrás que siga
    ¡que te maldiga
    tal vez querrás!
    Piensa que un día
    al que hoy miras jugar inocente,
    ¡maldecido cual yo y delincuente
    también verás.






    ¡Salve, llama creadora del mundo,
    lengua ardiente de eterno saber,
    puro germen, principio fecundo
    que encadenas la muerte a tus pies!

    Tu la inerte materia espoleas,
    tu la ordenas juntarse y vivir,
    tu su lodo modelas, y creas
    miles seres de formas sin fin.

    Desbarata tus obras en vano
    vencedora la muerte tal vez;
    de sus restos levanta tu mano
    nuevas obras triunfante otra vez.

    Tu la hoguera del sol alimentas,
    tu revistes los cielos de azul,
    tu la luna en las sombras argentas,
    tu coronas la aurora de luz.

    Gratos ecos al bosque sombrío,
    verde pompa a los árboles das,
    melancólica música al río,
    ronco grito a las olas del mar.

    Tu el aroma en las flores exhalas,
    en los valles suspiras de amor,


    HIMNO A LA INMORTALIDAD


    tu murmuras del aura en las alas,
    en el Bóreas retumba tu voz.

    Tu derramas el oro en la tierra
    en arroyos de hirviente metal;
    tu abrillantas la perla que encierra
    en su abismo profundo la mar.

    Tu las cárdenas nubes extiendes,
    negro manto que agita Aquilón;
    con tu aliento los aires enciendes,
    tus rugidos infunden pavor.

    Tu eres pura simiente de vida,
    manantial sempiterno del bien;
    luz del mismo Hacedor desprendida,
    juventud y hermosura es tu ser.

    Tu eres fuerza secreta que el mundo
    en sus ejes impulsa a rodar;
    sentimiento armonioso y profundo
    de los orbes que anima tu faz.

    De tus obras los siglos que vuelan
    incansables artífices son,
    del espíritu ardiente cincelan
    y embellecen la estrecha prisión.






    Tu, en violento, veloz torbellino,
    los empujas enérgica, y van;
    y adelante en tu raudo camino
    a otros siglos ordenas llegar.

    Y otros siglos ansiosos se lanzan,
    desaparecen y llegan sin fin,
    y en su eterno trabajo se alcanzan,
    y se arrancan sin tregua el buril.

    Y afanosos sus fuerzas emplean
    en tu inmenso taller sin cesar,
    y en la tosca materia golpean,
    y redobla el trabajo su afán.

    De la vida en el hondo Océano
    flota el hombre en perpetuo vaivén,
    y derrama abundante su mano
    la creadora semilla en su ser.

    Hombre débil, levanta la frente,
    pon tu labio en su eterno raudal;
    tu serás como el sol en Oriente;
    tu serás, como el mundo, inmortal. 










    odalisca1


    A LA MUERTE DE DON JOAQUÍN DE PABLO (CHAPALANGARRA)


     Desde la elevada cumbre
    Do el gran Pirene levanta
    Término y muro soberbio
    Que cerca y defiende a España,
    Un joven proscrito de ella
    Tristes lágrimas derrama,
    Y acaso tiende la vista
    Por ver desde allí su patria,
    Desde allí do a su despecho,
    Llorando deja las armas
    Con que del Sena al Pirene
    Se lanzó por libertarla;
    Y al ver la turba de esclavos
    Que sus hierros afianzan,
    De infame triunfo orgullosos,
    Alejarse en algazara,
    Solo entonces, contemplando
    El suelo que ellos pisaran,
    Y que aun torrentes de sangre
    Recién derramada bañan,
    En su rápida carrera
    Volcando cuerpos y armas,
    Se sienta en la alzada cima,
    A un lado la rota espada,
    Y al rumor de los torrentes
    Y del huracán que brama,
    Negra cítara pulsando,
    Endechas lúgubres canta.

      “Llorad, vírgenes tristes de Iberia,
    Nuestros héroes en fúnebre lloro;
    Dad al viento las trenzas de oro
    Y los cantos de muerte entonad.





       Y vosotros, ¡oh nobles guerreros!
    De la patria sostén y esperanza,
    Abrasados en sed de venganza,
    Odio eterno al tirano jurad.”

     CORO DE VÍRGENES

    “Danos, noche, tu lóbrego manto;
    Nuestras frentes enlute el ciprés.
    El robusto cayó: su sepulcro
    Del inicuo mancharon los pies.

      Enrojece ¡oh Pirene! tus cumbres
    Pura sangre del libre animoso,
    Y el tropel de los siervos odioso
    En su lago su sed abrevó.
    Cayó en ellos la gloria de España,
    Cayó en ellas De Pablo valiente,
    Y la patria, inclinada la frente,
    Su gemido al del héroe juntó.

      Sus cadenas la patria arrastrando,
    Y su manto con sangre teñido,
    Tardamente y con hondo gemido
    Va a la tumba del fuerte varón.
    Y el ajado laurel de su frente
    Al sepulcro circunda llorosa,
    Mientras ruge en la fúnebre losa,
    Aherrojado a sus pies, el león.”

     CORO DE MANCEBOS

    “Traición solo ha vencido al valiente;
    Sénos astro de triunfo y de honor,
    Tú, que siempre a los déspotas fuiste.
     




    odalisca1 odalisca1

    Goya . DESASTRES - (detalles)

    1. "Estragos de la guerra".
    2. "No se puede mirar".


    ¡GUERRA!


    ¿Oís? Es el cañón. Mi pecho hirviendo
    El cántico de guerra entonará,
    Y al eco ronco del cañón venciendo,
    La lira del poeta sonará.

      El pueblo ved que la orgullosa frente
    Levanta ya del polvo en que yacía,
    Arrogante en valor, omnipotente,
    Terror de la insolente tiranía.
    Rumor de voces siento,
    Y al aire miro deslumbrar espadas,
    Y desplegar banderas;
    Y retumban al son las escarpadas
    Rocas del Pirineo;
    Y retiemblan los muros
    De la opulenta Cádiz, y el deseo
    Crece en los pechos de vencer lidiando,
    Brilla en los rostros el marcial contento,
    Y donde quiera el generoso acento
    Se alza de patria y libertad tronando.
    Al grito de la patria
    Volemos, compañeros,
    Blandamos los aceros
    Que intrépida nos da.
    A par en nuestros brazos
    Ufanos la ensalcemos
    y al mundo proclamemos:
    “España es libre ya.”

    ¡Mirad, mirad en sangre
    Y lágrimas teñidos
    Reír los forajidos,
    Gozar en su dolor!
    ¡Oh! fin tan sólo ponga
    Su muerte a la contienda,
    Y cada golpe encienda
    Aún más nuestro rencor.
     





      ¡Oh! siempre dulce patria
    Al alma generosa;
    ¡Oh! ¡siempre portentosa
    Magia de libertad!
    Tus ínclitos pendones
    Que el español tremola,
    Un rayo tornasola
    Del iris de la paz.

      En medio del estruendo
    Del bronce pavoroso,
    Tu grito prodigioso
    Se escucha resonar.
    Tu grito que las almas
    Inunda de alegría,
    Tu nombre que a esa impía
    Caterva hace temblar.

      ¿Quién hay ¡oh compañeros!
    Que al bélico redoble
    No sienta el pecho noble
    Con júbilo latir?
    Mirad centelleantes,
    Cual nuncios ya de gloria,
    Reflejos de victoria
    Las armas despedir.

      ¡Al arma!, ¡al arma!, ¡mueran los carlistas!
    Y al mar se lancen con bramido horrendo
    De la infiel sangre caudalosos ríos,
    Y atónito contemple el Océano
    Sus olas combatidas
    Con la traidora sangre enrojecidas.

      Truene el cañón: el cántico de guerra,
    Pueblos ya libres, con placer alzad.
    Ved, ya desciende a la oprimida tierra
    Los hierros a romper, la libertad.


    A LA PATRIA


    Elegía
    ¡Cuán solitaria la nación que un día
    Poblara inmensa gente,
    La nación cuyo imperio se extendía
    Del Ocaso al Oriente!
    ¡Lágrimas viertes, infeliz ahora,
    Soberana del mundo,
    Y nadie de tu faz encantadora
    Borra el dolor profundo!
    Oscuridad y luto tenebroso
    En ti vertió la muerte,
    Y en su furor el déspota sañoso
    Se complació en tu suerte.
    No perdonó lo hermoso, patria mía;
    Cayó el joven guerrero,
    Cayó el anciano, y la segur impía
    Manejó placentero.
    So la rabia cayó la virgen pura
    Del déspota sombrío,
    Como eclipsa la rosa su hermosura
    En el sol del estío.
    ¡Oh vosotros, del mundo habitadores,
    Contemplad mi tormento!
    ¿Igualarse podrán ¡ah! qué dolores
    Al dolor que yo siento?
    Yo desterrado de la patria mía,
    De una patria que adoro,
    Perdida miro su primer valía
    Y sus desgracias lloro.
    Hijos espúreos y el fatal tirano
    Sus hijos han perdido,
    Y en campo de dolor su fértil llano
    Tienen ¡ay! convertido.
    Tendió sus brazos la agitada España,
    Sus hijos implorando;
    Sus hijos fueron, mas traidora saña
    Desbarató su bando.







      ¿Qué se hicieron tus muros torreados?
    ¡Oh mi patria querida!
    ¿Dónde fueron tus héroes esforzados,
    Tu espada no vencida?
    ¡Ay! de tus hijos en la humilde frente
    Está el rubor grabado;
    A sus ojos caídos tristemente
    El llanto está agolpado.
    Un tiempo España fue: cien héroes fueron
    En tiempos de ventura,
    Y las naciones tímidas la vieron
    Vistosa en hermosura.
    Cual cedro que en el Líbano se ostenta,
    Su frente se elevaba;
    Como el trueno a la virgen amedrenta,
    Su voz las aterraba.
    Mas ora, como piedra en el desierto,
    Yaces desamparada,
    Y el justo desgraciado vaga incierto
    Allá en tierra apartada.
    Cubren su antigua pompa y poderío
    Pobre yerba y arena,
    Y el enemigo que tembló a su brío
    Burla y goza en su pena.
    Vírgenes, destrenzad la cabellera
    Y dadla al vago viento;
    Acompañad con arpa lastimera
    Mi lúgubre lamento.
    Desterrados, ¡oh Dios!, de nuestros lares,
    Lloremos duelo tanto.
    ¿Quién calmará, ¡oh España!, tus pesares?
    ¿Quién secará tu llanto?

    Londres 1829



    A UNA ESTRELLA




    ¿Quién eres tú, lucero misterioso,
    Tímido y triste entre luceros mil,
    Que cuando miro tu esplendor dudoso,
    Turbado siento el corazón latir?
    ¿Es acaso tu luz recuerdo triste
    De otro antiguo perdido resplandor,
    Cuando engañado como yo creíste
    Eterna tu ventura que pasó?
    Tal vez con sueños de oro la esperanza
    Acarició su pura juventud,
    Y gloria y paz y amor y venturanza
    Vertió en el mundo tu primera luz.
    Y al primer triunfo del amor primero
    Que embalsamó en aromas el Edén,
    Luciste acaso, mágico lucero,
    Protector del misterio y del placer.
    Y era tu luz voluptuosa y tierna
    La que entre flores resbalando allí,
    Inspiraba en el alma un ansia eterna
    De amor perpetuo y de placer sin fin.
    Mas ¡ay! que luego el bien y la alegría
    En llanto y desventura se trocó:
    Tu esplendor empañó niebla sombría;
    Sólo un recuerdo al corazón quedó.
    Y ahora melancólico me miras
    Y tu rayo es un dardo del pesar;
    Si amor aún al corazón inspiras,
    Es un amor sin esperanza ya.

               ¡Ay, lucero! yo te vi
        Resplandecer en mi frente,
        Cuando palpitar sentí
        Mi corazón dulcemente
        Con amante frenesí.

              Tu faz entonces lucía
        Con más brillante fulgor,
        Mientras yo me prometía
        Que jamás se apagaría
        Para mí tu resplandor.

               ¿Quién aquel brillo radiante
        ¡Oh lucero! te robó,
        Que oscureció tu semblante,
        Y a mi pecho arrebató
        La dicha en aquel instante?

              ¿O acaso tú siempre así
        Brillaste y en mi ilusión
        Yo aquel esplendor te di,
         Que amaba mi corazón,
         Lucero, cuando te vi?

              Una mujer adoré
         Que imaginara yo un cielo;
        Mi gloria en ella ,cifré,
         Y de un luminoso velo
        En mi ilusión la adorné.

              Y tú fuiste la aureola
        Que iluminaba su frente,
         Cual los arrebola
        El fúlgido sol naciente,
        Y el puro azul tornasola.

              Y, astro de dicha y amores,
        Se deslizaba mi vida




        A la luz de tus fulgores,
        Por fácil senda florida,
        Bajo un cielo de colores.

              Tantas dulces alegrías,
        Tantos mágicos ensueños,
         ¿Dónde fueron?
        Tan alegres fantasías,
        Deleites tan halagüeños,
         ¿Qué se hicieron?

              Huyeron con mi ilusión
        Para nunca más tornar,
        Y pasaron,
        Y sólo en mi corazón
        Recuerdos, llanto y pesar
        ¡Ay! dejaron.

              ¡Ah lucero! tú perdiste
        También tu puro fulgor,
        Y lloraste;
        También como yo sufriste,
        Y el crudo arpón del dolor
        ¡Ay! probaste.

              ¡Infeliz! ¿por qué volví
        De mis sueños de ventura
        Para hallar
        Luto y tinieblas en ti,
        Y lágrimas de amargura
        Que enjugar?

              Pero tú conmigo lloras,
        Que eres el ángel caído
        Del dolor,
        Y piedad llorando imploras,
        Y recuerdas tu perdido
        Resplandor.

              Lucero, si mi quebranto
        Oyes, y sufres cual yo,
        ¡Ay! juntemos
        Nuestras quejas, nuestro llanto:
        Pues nuestra gloria pasó,
        Juntos lloremos.

      Mas hoy miro tu luz casi apagada,
    Y un vago padecer mi pecho siente;
    Que está mi alma de sufrir cansada,
    Seca ya de las lágrimas la fuente.

      ¡Quién sabe!... tú recordarás acaso
    Otra vez tu pasado resplandor,
    A ti tal vez te anunciará tu ocaso
    Un Oriente más puro que el del sol.

      A mí tan sólo penas y amargura
    Me quedan en el valle de la vida;
    Como un sueño pasó mi infancia pura,
    Se agosta ya mi juventud florida.

      Astro sé tú de candidez y amores
    Para el que luz te preste en su ilusión,
    Y ornado el porvenir de blancas flores,
    Sienta latir de amor su corazón.

      Yo indiferente sigo mi camino
    A merced de los vientos y la mar,
    Y entregado en los brazos del destino,
    Ni me importa salvarme o zozobrar.








    Trae, Jarifa, trae tu mano,
    Ven y pósala en mi frente,
    Que en un mar de lava hirviente
    Mi cabeza siento arder.

    Ven y junta con mis labios
    Esos labios que me irritan,
    Donde aún los besos palpitan
    De tus amantes de ayer.

      ¿Qué la virtud, la pureza?
    ¿Qué la verdad y el cariño?
    Mentida ilusión de niño
    Que halagó mi juventud.

    Dadme vino: en él se ahoguen
    Mis recuerdos; aturdida,
    Sin sentir, huya la vida;
    Paz me traiga el ataúd.

      El sudor mi rostro quema,
    Y en ardiente sangre, rojos
    Brillan inciertos mis ojos,
    Se me salta el corazón.

    Huye, mujer; te detesto,
    Siento tu mano en la mía,
    Y tu mano siento fría,
    Y tus besos hielo son.

      ¡Siempre igual! Necias mujeres,
    Inventad otras caricias,
    otro mundo, otras delicias,
    ¡O maldito sea el placer!

    Vuestros besos son mentira,
    Mentira vuestra ternura,
    Es fealdad vuestra hermosura,
    Vuestro gozo es padecer.

      Yo quiero amor, quiero gloria,
    Quiero un deleite divino,
    Como en mi mente imagino,
    Como en el mundo no hay;


    A JARIFA EN UNA ORGÍA



    Y es la luz de aquel lucero
    Que engañó mi fantasía,
    Fuego fatuo, falso guía
    Que errante y ciego me traytray.

      ¿Por qué murió para el placer mi alma,
    Y vive aún para el dolor impío?
    ¿Por qué, si yazgo en indolente calma,
    Siento en lugar de paz árido hastío?

      ¿Por qué este inquieto abrasador deseo?
    ¿Por qué este sentimiento extraño y vago
    Que yo mismo conozco un devaneo,
    Y busco aún su seductor halago?

      ¿Por qué aún fingirme amores y placeres
    Que cierto estoy de que serán mentira?
    ¿Por qué en pos de fantásticas mujeres
    Necio tal vez mi corazón delira,

      Si luego en vez de prados y de flores
    Halla desiertos áridos y abrojos,
    Y en sus sandios sandios o lúbricos amores
    Fastidio sólo encontrará y enojos?

      Yo me arrojé, cual rápido cometa,
    En alas de mi ardiente fantasía,
    Do quier mi arrebatada mente inquieta
    Dichas y triunfos encontrar creía.

    Yo me lancé con atrevido vuelo
    Fuera del mundo en la región etérea,
    Y hallé la duda, y el radiante cielo
    Vi convertirse en ilusión aérea.

      Luego en la tierra la virtud, la gloria
    Busqué con ansia y delirante amor,
    Y hediondo polvo y deleznable escoria
    Mi fatigado espíritu encontró.

      Mujeres vi de virginal limpieza
    Entre albas nubes de celeste lumbre;
    Yo las toqué, y en humo su pureza
    trocarse vi, y en lodo y podredumbre.

    Y encontré mi ilusión desvanecida,
    Y eterno e insaciable mi deseo;
    Palpé la realidad y odié la vida:
    Sólo en la paz de los sepulcros creo.

     






    Y busco aún y busco codicioso,
    Y aún deleites el alma finge y quiere;
    Pregunto, y un acento pavoroso
    “¡Ay! -me responde-, desespera y muere.

       “Muere, infeliz: la vida es un tormento,
    Un engaño el placer; no hay en la tierra
    Paz para ti, ni dicha, ni contento,
    Sino eterna ambición y eterna guerra”.

      “Que así castiga Dios el alma osada,
    Que aspira loca, en su delirio insano,
    De la verdad para el mortal velada,
    A descubrir el insondable arcano.”

      ¡Oh, cesa! No, yo no quiero
    Ver más, ni saber ya nada;
    Harta mi alma y postrada,
    Sólo anhela el descansar.

      En mí muera el sentimiento,
    Pues ya murió mi ventura,
    Ni el placer ni la tristura
    Vuelvan mi pecho a turbar.

      Pasad, pasad en óptica ilusoria,
    Y otras jóvenes almas engañad;
    Nacaradas imágenes de gloria,
    Coronas de oro y de laurel, pasad.

      Pasad, pasad, mujeres voluptuosas,
    Con danza y algazara en confusión;
    Pasad como visiones vaporosas
    Sin conmover ni herir mi corazón.

      Y aturdan mi revuelta fantasía
    Los brindis y el estruendo del festín,
    Y huya la noche y me sorprenda el día
    En un letargo estúpido y sin fin.

      Ven, Jarifa; tú has sufrido
    Como yo; tú nunca lloras;
    mas, ¡ay triste!, que no ignoras
    Cuán amarga es mi aflicción.

    Una misma es nuestra pena,
    En vano el llanto contienes...
    Tú también, como yo tienes,
    Desgarrado el corazón.

    odalisca

    Odalisque de Adolphe Weiz



    EL COMBATE

    Cairvar yace adormido
    y tiene junto a sí lanza y escudo,
    y relumbra su yelmo
    claro a la llamarada reluciente
    de un tronco carcomido
    casi despojo de la llama ardiente,
    mitad dél a cenizas reducido.
    “Levántate, Cairvar, Oscar le grita.
    Cual hórrida tormenta
    eres tú de temer, mas yo no tiemblo:
    desprecio tu arrogancia y osadía;
    la lanza apresta y el escudo embraza,
    álzate pues, que Oscar te desafía”.
    Cual en noche serena
    súbito amenazante, inmensa nube
    la turbulenta mar de espanto llena,
    se levanta Cairvar, alto cual roca
    de endurecido hielo.
    ¿Quién osa del valiente,
    en voz tronante grita,
    ora turbar el sueño, y quién irrita
    la cólera a Cairvar omnipotente?”
    “Vigoroso es tu brazo en la pelea,
    rey de la mar de aurirrolladas olas,
    Oscar de negros ojos le responde,
    hará ceder tu indómita pujanza.”
    Como el furor del viento proceloso
    ondas con ondas con bramido horrendo
    estrella impetuoso,
    los guerreros ardiendo se arremeten
    y fieros se acometen.




      Chispea el hierro, la armadura suena,
    al rumor de los golpes gime el viento,
    y su son, dilatándose violento,
    al ronco monte atruena.
    Cayó Cairvar como robusto tronco
    que tumba el leñador al golpe rudo
    de hendiente hacha pesada
    y cayó derribada
    su soberbia fiereza,
    y su insolente orgullo y aspereza.
    Mas ¡ay! que moribundo
    Oscar yace también: ¡triste Malvina!
    aún no los bellos ojos apartaste
    del bosque aquel que le ocultó a tu vista,
    y del último adiós aún no enjugaste
    las lágrimas hermosas,
    tú más dulce a tu Oscar que las sabrosas
    auras de la mañana,
    siempre sola estarás; si entre las selvas
    pirámide de hielo
    reverbera a la luna,
    en tu ilusión dichosa
    figurarás tu amante,
    pensando ver su cota fulgorosa;
    pasará tu delirio
    y verterás el llanto de amargura
    sola y desconsolada...
    "¡Ay! ¡Oscar pereció!" gemirá el viento
    al romper la alborada,
    y al ocultar el sol la sombra oscura
    de la noche callada.


     


    Me gusta ver el cielo
    con negros nubarrones
    y oír los aquilones
    horrísonos bramar,
    me gusta ver la noche
    sin luna y sin estrellas,
    y sólo las centellas la tierra iluminar.

    Me agrada un cementerio
    de muertos bien relleno,
    manando sangre y cieno
    que impida el respirar,
    y allí un sepulturero
    de tétrica mirada
    con mano despiadada
    los cráneos machacar.

    Me alegra ver la bomba
    caer mansa del cielo,
    e inmóvil en el suelo,
    sin mecha al parecer,
    y luego embravecida
    que estalla y que se agita
    y rayos mil vomita
    y muertos por doquier.

    Que el trueno me despierte
    con su ronco estampido,
    y al mundo adormecido
    le haga estremecer,
    que rayos cada instante
    caigan sobre él sin cuento,
    que se hunda el firmamento
    me agrada mucho ver.

    La llama de un incendio
    que corra devorando


    LA DESESPERACIÓN


    y muertos apilando
    quisiera yo encender;
    tostarse allí un anciano,
    volverse todo tea,
    y oír como chirrea
    ¡qué gusto!, ¡qué placer!

    Me gusta una campiña
    de nieve tapizada,
    de flores despojada,
    sin fruto, sin verdor,
    ni pájaros que canten,
    ni sol haya que alumbre
    y sólo se vislumbre
    la muerte en derredor.

    Allá, en sombrío monte,
    solar desmantelado,
    me place en sumo grado
    la luna al reflejar,
    moverse las veletas
    con áspero chirrido
    igual al alarido
    que anuncia el expirar.

    Me gusta que al Averno
    lleven a los mortales
    y allí todos los males
    les hagan padecer;
    les abran las entrañas,
    les rasguen los tendones,
    rompan los corazones
    sin de ayes caso hacer.

    Insólita avenida
    que inunda fértil vega,
    de cumbre en cumbre llega,
    y arrasa por doquier;
    se lleva los ganados




    y las vides sin pausa,
    y estragos miles causa,
    ¡qué gusto!, ¡qué placer!

      Las voces y las risas,
    el juego, las botellas,
    en torno de las bellas
    alegres apurar;
    y en sus lascivas bocas,
    con voluptuoso halago,
    un beso a cada trago
    alegres estampar.

    Romper después las copas,
    los platos, las barajas,
    y abiertas las navajas,
    buscando el corazón;
    oír luego los brindis
    mezclados con quejidos
    que lanzan los heridos
    en llanto y confusión.

    Me alegra oír al uno
    pedir a voces vino,
    mientras que su vecino
    se cae en un rincón;
    y que otros ya borrachos,
    en trino desusado,
    cantan al al dios vendado
    impúdica canción.

    Me agradan las queridas
    tendidas en los lechos,
    sin chales en los pechos
    y flojo el cinturón,
    mostrando sus encantos,
    sin orden el cabello,
    al aire el muslo bello...
    ¡Qué gozo!, ¡qué ilusión.


    odalisca







    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac