Hartzenbusch [Indice]
[Edad Media] [Renacimiento] [Barroco] [Siglo XVIII]
[Siglo XIX ] [Siglo XX (1) ] [Siglo XX (2) ]
[Hispanoamericana] [Diccionarios ]
[Comentarios] [Libros] [Juegos] [Comics] [Recursos]
[Español para extranjeros] [Cajón de sastre] [Enlaces]
[Música] [Tablón] [ Cantautores] [Cine]
[Romanticismo] [ Realismo] [Modernismo]


Poemas varios
  • "La rosa amarilla"  
  • "La vuelta del emigrado"  
  • "Al busto de mi esposa"  
  • "A una romántica"
  • Fábulas
  • "Ellas y ellos"  
  • "La rosa y la zarza."
  • "La verdad sospechosa."
  • "El envidioso." 
  • "El santero." 
  • "Los polvos de la madre Celestina." 
  • "El comprador y el hortera." 
  • Teatro -
    Los amantes de Teruel
  • "Acto I"- "I- Escena I"- "I- Escena II"- "I- Escena III"
    - "I- Escena IV"- "I- Escena V"- "I- Escena VI"
  • "Acto II"- "II- Escena I"- "II- Escena II"- "II- Escena III"
    - "II- Escena IV"- "II- Escena V"- "II- Escena VI"
    - "II- Escena VII"- "II- Escena VIII"- "II- Escena IX"
    - "II- Escena X"- "II- Escena XI"- "II- Escena XII"- "II- Escena XIII"
  • "Acto III"- "III- Escena I"- "III- Escena II"- "III- Escena III"
    - "III- Escena IV"- "III- Escena V"- "III- Escena VI"
    - "III- Escena VII"- "III- Escena VIII"- "III- Escena IX"
    - "III- Escena X"- "III- Escena XI"
  • "Acto IV"- "IV- Escena I"- "IV- Escena II"- "IV- Escena III"
    - "IV- Escena IV"- "IV- Escena V"- "IV- Escena VI"
    - "IV- Escena VII"- "IV- Escena VIII"- "IV- Escena IX"
    - "IV- Escena X"- "IV- Escena XI"
  • La rosa amarilla

    Amarilla volviose
    la rosa blanca,
    por envidia que tuvo
    de la encarnada.
    Teman las niñas
    convertirse de blancas
    en amarillas.

    La vuelta del emigrado

    Elegía

    Yo os vi desarraigar, olmos lozanos,
    Del nativo plantel; yo vi los fosos
    Abrir en larga hilera, donde vida
    Nueva os dio la común próvida madre;
    Yo os vi las ramas extender nacientes,
    Y de tierno follaje revestiros.
    Niño yo entonces, vuestro liso tronco
    Ceñía con la mano; ya ni os puedo
    Con ambas abarcar. Ruda corteza
    Los caracteres deformó, que un día
    En vosotros grabé, cual en mi rostro
    La mano de la edad y la desgracia
    Trocaron ¡ay! en repugnante ceño
    Los dulces rasgos de la infancia hermosa.
        En otro tiempo para mí de dicha
    Me visteis de la cítara sonante
    Pulsar las cuerdas por la vez primera,
    Y ufano celebrar el fausto día
    En que la patria respiró. Sobre este
    Duro peñasco destrocé furioso
    La libre lira, cuando hueste inmensa
    Descendió de la cumbre de Pirene,
    Para arrasar el venerando templo
    Que a la alma libertad alzara España.
    ¿Cuál es el árbol de vosotros, donde
    Di reclinado lágrimas ardientes
    De la patria infeliz a la ruina
    Al deciros adiós? ¡Cielos! ¡qué miro!
    ¿No era aquél? Sí. ¡De la segur despojo
    Fuiste al fin!... ¡Como tantos inocentes
    Que bárbara inmoló la tiranía!
    Pero tú, más feliz, árbol querido,
    Vuelves a renacer en ese bello
    Vástago que a tu pie brota pujante,
    Y las vidas ¡ay, Dios! que en el sepulcro
    La mano sumergió del despotismo,
    Para siempre jamás en él se hundieron.
        Pero estas melancólicas memorias
    Abandonemos ya. La patria vuelve
    De nuevo a respirar el aura pura
    De libertad; y a saludaros torno,
    Árboles, otra vez. No ya, cual antes,
    Mancebo, de venturas coronado,
    No. Huérfano me veis, sin bienes, seca
    Del padecer la fuente de mi vida.
    corta será su duración; mas si oye
    La Parca ruegos de quien no la teme,
    Cuando tendido a vuestra sombra entone
    Con falleciente voz, en llanto ahogada
    Los números que en días más serenos
    Vosotros me inspirasteis, vibre el golpe
    Crüel entonces; y la vida mía,
    Donde canté la libertad, acabe.

    Al busto de mi esposa

                        Imagen de mi adorada
    Consuelo de mi dolor,
    Única prenda salvada
    Del naufragio de mi amor,
        ¿Por qué clavados están
    Siempre mis ojos en ti,
    Si jamás en ti verán
    A la hermosa que perdí?
        ¿Dónde el fuego de sus ojos
    Me ha conservado el cincel;
    ¿Dónde los matices rojos
    De su labio de clavel?
        Mas ¿pudo quedar cautiva
    En piedra, tela o metal
    Su belleza fugitiva,
    Su mirada angelical?
        Naturaleza, al formarte,
    Ídolo del alma mía,
    Quiso luchar con el arte
    Que en imitarla porfía;
        Y dijo con altivez
    Después que en ti se miró:
    «Que venga el hombre esta vez
    A copiar lo que hice yo.»
        Triunfabas, naturaleza,
    Y triunfas en mi memoria;
    Pero ¡con qué ligereza
    Renunciaste la victoria!
       Polvo ya la criatura
    Donde brilló tu poder,
    No tiene esa piedra dura
    Competencias que temer.
        Diestro, escritor, anduviste;
    Disculpa mi loco error:
    No hay en la boca del triste
    Sino acentos de rigor.
        ¿Qué dejaras por hacer
    Al que rige las esferas,
    Si tú una piedra pudieras
    Trocar en una mujer?
        Debiera yo comprenderte,
    Y en ese mármol fatal
    Ver el triste material
    De las urnas de la muerte.
        Memorias de destrucción
    Graba en él la humanidad:
    ¡Era fatídico el don,
    Escultor, de tu amistad!
        Yerta me representaste
    La faz del bien de mi vida:
    ¡Pronto la vi convertida
    En el mármol que labraste!
        Como él encontré de frío
    Su labio cárdeno y mudo,
    La única vez que no pudo
    Responder al labio mío.
        ¡Cuántas veces, dulce dueño,
    Turbó con su huella ardiente
    La dulzura de tu sueño
    El beso que di en tu frente!
       Mas no te pudo arrancar
    De aquel letargo profundo:
    De él sólo has de despertar
    Al ay de muerte del mundo.
       ¡Qué condición miserable!
    ¡Cuánta es del hombre la mengua!
    ¡Tener un ángel que le hable,
    Y no comprender su lengua!
        Aquella noche postrera,
    Bien mío, de tu vivir,
    Tú me hablabas placentera
    De un dichoso porvenir.
        En tu semblante lucía
    Profética inspiración:
    Era tu hablar de alegría,
    Y era lúgubre su son.
        ¡Cerca de la dicha estabas!
    ¡No fue el presagio falaz!
    Poco después habitabas
    Las regiones de la paz.
        Como antorcha moribunda
    Tal vez aviva su fuego,
    Y el aire de luz inunda,
    Y en sombrase abisma luego;
        Así aureola brillante
    De esperanza y juventud
    Te ciñó por un instante,
    Palpando ya el ataúd.
        Fugaz relámpago aquél
    De dicha para los dos:
    Todo fue ternura en él,
    porque era el último adiós.
        Así nos viene a halagar
    Con su plácido arrebol,
    Y se hace más bello el sol
    Al sepultarse en el mar.
        Leía en tu languidez
    La muerte su triunfo vil,
    Viendo tu rosada tez
    Vuelta en pálido marfil.
        Bella y fuerte de improviso,
    Venturas te prometías...
    -Era que abrir te veías
    Las puertas del Paraíso.
        Tal te miro en ilusión,
    Que en mi despecho me arredra,
    Muchas veces en la piedra
    Que te retrata en borrón.
        Que allá en las horas de calma
    Vestidas de obscuridad,
    En que misterios al alma
    Revela la eternidad;
        Si tu imagen se estremece
    Cuando el viento ronco zumba,
    Que levantas me parece
    La cabeza de la tumba.
        Luz que de purpúrea tinta
    Se reviste, porque pasa
    Por pliegues de roja gasa,
    Tu bulto cándido pinta;
        Y sus rayos se despuntan
    En el cristal, que es el velo,
    De tu semblanza de hielo,
    Y resbalan y se juntan;
        Y ornan la impasible sien
    Con diadema esplendorosa,
    Cual la que tu frente hermosa
    Lleva junto al Sumo Bien.
        La piedra entonces se mueve,
    Se reaniman tus luceros:
    Ya coral en vez de nieve
    Son tus labios hechiceros:
        Y eres tú, la misma, aquélla
    Que yo delirante amé,
    La que mi vida, mi estrella,
    Mi cielo en la tierra fue.
        Tú, mi angélica MARÍA,
    Tan bella como te vi,
    Tan llena de amor, el día
    Que diste el modesto sí.
        De tus labios el consuelo
    Nace entre sonrisa pura,
    Tu frente exhala ventura,
    Derraman tus ojos cielo.
        Buscando tus brazos voy,
    Ciego a la luz con que brillas:
    Adórote de rodillas,
    Y vienes a donde estoy.
        Tu ósculo me hace sentir
    Tu inefable ser divino,
    Y de su encierro mezquino
    Tras ti el alma quiere huir.
        Con tu diestra la detienes,
    Y batiendo blancas alas,
    Vuelas ¡ay! y me señalas
    La mansión de donde vienes.
       Y en tu rápido volar
    Despidiéndote de mí
    Te paras a pronunciar
    Un espera y un allí.
        Y en el espacio azulado
    Luego mis ojos no ven
    Más que un iris empapado
    En fragancias del Edén.
        Disipada la visión,
    Cobras la forma glacial,
    Mas dejas al corazón
    Esperanza celestial. 
       Que el hombre que a poseer
    Llegó entre delicias mil
    Un puro angélico ser
    En un cuerpo femenil, 
       En el valle del dolor
    Querer sólo puede ya
    Unirse pronto a su amor
    En el cielo donde está.

    A una romántica

    Soneto

                                        Mujer: hazles la cruz de Caravaca
    (O tu juicio va a andar de ceca en meca)
    A tanto libro de palabra hueca,
    Merecedores de cruel matraca. 
       Borda, en vez de gemir, una petaca,
    O cósele un vestido a una muñeca,
    O si te cansan almohadilla y rueca,
    Diviértete en cuidar tiestos de albaca.

         Tu traje en forma de villana alcuza,
    Sólo puede agradar a algún mostrenco,
    Que te juzga salmón y eres merluza. 
       No leas: cuando comas, llena el cuenco,
    Y haz por trocar tu cara de gazuza
    En colorado rostro de flamenco.

    Ellas y ellos

    Romance

       Años ha que hay en el mundo
    Reñidísima cuestión
    Sobre cuál, de hombre y mujer,
    Es en lo moral mejor.
    Cada uno defiende el pleito
    Pidiendo sentencia en pro;
    Y a falta de juez que pueda
    Fallar sin apelación,
    Uno y otro litigante
    Se proclama vencedor.
    Satisfechos de este modo
    Entrambos con su opinión,
    Viven en tregua apacible
    Hombres y mujeres hoy,
    Y para el día del juicio
    Se aplaza la decisión
    Que a ellas y ellos manifieste
    Quién acertaba y quién no.
    Pero como a cada riña
    Que tienen hembra y varón,
    La suspendida contienda
    Se renueva con calor,
    Y es en circunstancia tal

    La salida de cajón
    Decirse ambos al sacarse
    Todos los trapos al sol:
    «Ustedes son los peores,-
    Ustedes sí que lo son;»
    Yo, sin ánimo de hacerme
    De ninguno defensor,
    Quiero agregar a los autos,
    Por vía de ilustración,
    Unos apuntes históricos,
    Obra de ignorado autor,
    Que hallé por casualidad
    En un viejo cronicón.
       Cuando la alta Omnipotencia
    La obra del mundo acabó,
    Al poner a hombre y mujer
    En su plena posesión,
    Árbitro de su destino
    Hizo al hombre el Criador.
    Todos los vicios y males
    Encerrados se los dio
    En una caverna horrible,
    Segurísima prisión,
    De cuya puerta de acero
    La llave al hombre fió.
    Las virtudes y placeres
    En tanto a su discreción
    Dueños del orbe quedaron:
    Edad venturosa, ¡ay Dios!
    Y tanto más envidiable
    Cuanto más breve pasó.
    Tuvo una vez la mujer
    El deseo tentador
    De ver qué clase de gente
    Guardaba aquella mansión;
    Pues conociendo de trato
    La paz, el gozo, el amor,
    Quiso conocer de vista
    Y oír un rato la voz
    A la tristeza, la envidia,
    La cólera y la ambición.
    Cogió por desgracia un día
    Al hombre de buen humor;
    Cogiole luego la llave,
    Y sin más meditación
    Fue a la gruta, y para abrirla
    La osada mano tendió.
    Los firmes ejes del mundo
    Se estremecieron al son
    Que hizo la llave al girar
    De su punto en derredor,
    Abrió la puerta; los vicios
    Salieron en pelotón,
    Y tropezando de golpe
    Con la mísera que abrió,
    Hicieron en ella presa
    Sin ninguna compasión.
    El hombre, que estaba lejos,
    Mejor al pronto libró,
    Porque al fin sólo pudieron
    Entrar en su corazón
    Los vicios que, por salir
    Con ligereza menor,
    No hallaron en la mujer
    Desocupado rincón.
    Pero esta desigualdad
    Pronto desapareció;
    Pues llorando la curiosa,
    Aunque algo tarde, su error,
    En busca de su consorte
    Guió la planta veloz:
    Abrió el esposo los brazos;
    Ella en ellos se arrojó,
    Y al seno del hombre entonces
    Pasaron sin dilación
    Las demás calamidades
    Con que la mujer cargó,
    Heredando al abrazarla
    Cuanta humana imperfección
    Cifró en la naturaleza
    La ley del Sumo Hacedor,
       De esta memoria secreta
    Infiere el que la escribió
    Que, a vivir hombre y mujer
    Con total separación,
    Quizá el hombre en ese caso
    Fuera de ambos el mejor;
    Mas como ella y él se tienen
    Invencible inclinación;
    Como es, a pesar de todo,
    Ese sexo encantador
    La maravilla que puso
    Término a la creación,
    Busca el hombre a la mujer,
    Copia de ella lo peor,
    Y así junta en su persona
    Los vicios de ambos a dos.

    FABULAS

    Fábula III

    La rosa y la zarza.

     Murmuraba impaciente
    una rosa naciente
    del cautiverio duro que sufría,
    porque una zarza espesa la tenía
    con sus punzantes vástagos cercada.
    -Yo (sin cesar decía),
    yo no disfruto aquí ni sé de nada;
    sin un rayo de sol, tasado el aire,
    desperdicio, de todos ignorada,
    y entre espinas incómodas reclusa,
    mi fragancia, colores y donaire.
    La zarza respondió: Joven ilusa,
    tu previsión escasa,
    del bien que te hago, sin razón me acusa.
    Bajo mis ramas a cubierto vives
    del sol canicular que nos abrasa;
    el golpe no recibes
    del granizo cruel que nos deshoja;
    y ese muro de espinas que te enoja,
    defiende tu hermosura
    de que una mano rústica la coja.
    La flor entonces, de despecho roja,
    ¡Mal haya (replicó) la ruin cordura,
    que de riesgos que no hay, tiembla y se apura!
    No fue la maldición echada en vano.
    A los pocos momentos un villano
    llega con la cortante podadera:
    la despiadada mano
    descarga en el zarzal; hiere, destroza,
    y tan completamente me le roza,
    que ni un retoño le dejó siquiera.
    Poco de la catástrofe se duele,
    persuadida la rosa de que gana,
    quedándose sin aya que la cele.
    Descanse en paz la rígida guardiana.
    ¡Qué feliz su discípula es ahora!
    Bañada en el relente de la aurora,
    descoge con orgullo
    su tierno y odorífero capullo:
    princesa de las flores
    la proclaman los pájaros cantores.
    Pero el viento la empolva y la molesta,
    sol picante la tuesta,
    la ensucia el caracol impertinente
    con pegajosa baba,
    y apenas se la enjuga,
    cuando voraz la oruga
    su venenoso diente
    una vez y otra vez en ella clava.
    Se descolora la infeliz, se arruga,
    y una ráfaga recia de solano
    desparramó sus hojas por el llano.
       Es el recogimiento
    condición de las jóvenes precisa:
    falta en la mocedad conocimiento
    del suelo que se pisa.
    La niña que imprudente,
    sola y sin guía recorrer intente
    la senda de la vida peligrosa,
    tema la suerte de la indócil rosa.

    Fábula V

    La verdad sospechosa.

      Llevaban a enterrar dos granaderos
    al soldado andaluz Fermín Trigueros,
    embrollón sin igual, que de un balazo
    cayó sin menear ni pie ni brazo.
    -¡Hola, sepultureros!
    (les dijo un oficial), ¿murió ese tuno?
    -Murió, (contesta, de los dos, el uno).
    Aquí Trigueros en su acuerdo torna,
    y oyendo la expresión, dice con sorna:
    Lo que es por la presente,
    me figuro que vivo, mi teniente.
    A lo cual replicó su camarada:
    No dé usted a Fermín crédito en nada.
    Siempre embustero fue: su fin es cierto;
    pero aún miente el bribón después de muerto.
       Quien falte a la verdad, con eso cuente:
    dirá que hay Dios, y le dirán que miente.

    Fábula VII

    El envidioso.

       Magnífico manzano
    en el corral de un clérigo crecía.
    Un vecino, de envidia se moría
    viéndole tan fecundo y tan lozano:
    él ni manzano ni corral tenía.
       Y ya que de otro modo
    no supo desfogar su encono fiero,
    arrojaba al frutal desde un granero
    el desperdicio de su casa todo,
    haciendo del corral estercolero.
       Bien ensució el ramaje;
    mas la lluvia a su tiempo le limpiaba,
    la tierra con la broza se abonaba,
    y el resultado fue del ruin ultraje
    que más fruto y mejor el árbol daba.
       Más útil que nociva
    es la gente mordaz que tanto abunda,
    pues hace con su rabia furibunda
    que el íntegro varón más cauto viva,
    y más pronto a sus émulos confunda.

    Fábula XXI

    El santero.

       A cierta romería,
    sobre una dócil mula caballero,
    iba en Andalucía
    un pícaro santero,
    que de cada espolazo
    al animal sacábale un pedazo,
    y mientras, cariñoso le decía:
    Corra, que su cachaza me atribula;
    corra por caridad, hermana mula.
       Faz de paloma, corazón de arpía,
    palabras de ángel y obras de demonio:
    tal es, sin levantarle testimonio,
    la pérfida, la vil hipocresía.

    Fábula XXIV

    Los polvos de la madre Celestina.

       Señor maestro, (preguntó Raimundo)
    los polvos de la madre Celestina,
    que todo lo alcanzaban en el mundo,
    ¿se sabe o se imagina
    de qué pudieran ser? -Cuatro ingredientes,
    (díjole el preceptor) omnipotentes,
    entraban en la mágica mixtura:
    oro, saber, esfuerzo y hermosura.
    Hoy, lo que tantas maravillas obra
    es el oro no más; el resto sobra.
       Por gracia, no de Dios, reina el dinero,
    soberano señor del mundo entero.

    Fábula XXXII

    El comprador y el hortera.

        Cuentecillo forjado por deleite
    parecerá sin duda la contienda,
    que se trabó en Madrid en una tienda
    de vinagre y aceite.
       Despachaba en la calle de Torija
    líquidos un muchacho madrileño;
    y otro, según la traza, lugareño,
    fue por aceite allí con su vasija.
    - Tú, cara de lechuza,
    (dijo sin aprensión el forastero)
    despáchame ligero,
    lléname bien la alcuza.
    - Cuando sepas hablar en castellano,
    (le replicó el hortera)
    sabrás que lo que tienes en la mano
    se llama la aceitera.
    - En toda tierra que garbanzos cría
    (contestó el provincial enardecido),
    alcuza siempre ha sido,
    y alcuza la nombramos en el día.
    - En tierra (dijo el otro) de garbanzos,
    corre por aceitera solamente;
    y quien le ponga nombre diferente,
    ha nacido entre malvas y mastranzos.
       El patán en sus trece se mantuvo;
    le rechazaba el horterilla listo:
    se incomodaron, y hubo
    por consiguiente la de Dios es Cristo.
       A las voces y apodos
    cachetina siguió larga y furiosa:
    todo por una cosa
    que se puede llamar de entrambos modos.
       Pueril extravagancia
    es, pero comunísima en el hombre,
    no poner en disputa la sustancia
    y reñir por el nombre.





    LOS AMANTES DE TERUEL

    PERSONAJES

    JUAN DIEGO MARTÍNEZ GARCÉS DE MARCILLA O MARSILLA.
    ISABEL DE SEGURA.
    DOÑA MARGARITA.
    ZULIMA.
    DON RODRIGO DE AZAGRA.
    DON PEDRO DE SEGURA.
    DON MARTÍN GARCÉS DE MARSILLA.
    TERESA.
    ADEL.
    OSMÍN.
    Soldados moros.
    Cautivos.
    Damas.
    Caballeros.
    Pajes.
    Criados.
    Criadas. 


    El primer acto pasa en Valencia, y los demás en Teruel.  
    Año de 1217.

      Acto I

      Dormitorio morisco en el Alcázar de Valencia. A la derecha del espectador una cama, junto al proscenio; a la izquierda una ventana con celosías y cortinajes. Puerta grande en el fondo y otras pequeñas a los lados.
      I- Escena I


      ZULIMA, ADEL; JUAN DIEGO MARSILLA, adormecido en la cama: sobre ella un lienzo con letras de sangre.
      ZULIMA
    No vuelve en sí.
    ADEL
    Todavía
    tardará mucho en volver.
    ZULIMA
    Fuerte el narcótico ha sido.
    ADEL
    Poco ha se lo administré.
    Dígnate de oír, señora,
    la voz de un súbdito fiel,
    que orillas de un precipicio
    te ve colocar el pie.
    ZULIMA
    Si disuadirme pretendes,
    no te fatigues, Adel.
    Partir de Valencia quiero,
    y hoy, hoy mismo partiré.
    ADEL
    ¿Con ese cautivo?
    ZULIMA

    me has de acompañar con él.
    ADEL
    ¿Así al esposo abandonas?
    ¡Un amir, señora, un rey!
    ZULIMA
    Ese rey, al ser mi esposo,
    me prometió no tener
    otra consorte que yo.
    ¿Lo ha cumplido? Ya lo ves.
    A traerme una rival
    marchó de Valencia ayer.
    Libre a la nueva sultana
    mi puesto le dejaré.
    ADEL
    Considera...
    ZULIMA
    Está resuelto.
    El renegado Zaén,
    el que aterra la comarca
    de Albarracín y Teruel,
    llamado por mí ha venido,
    y tiene ya en su poder
    casi todo lo que yo
    de mis padres heredé,
    que es demás para vivir
    con opulencia los tres.
    De la alcazaba saldremos
    a poco de anochecer.
    ADEL
    Y ese cautivo, señora,
    ¿te ama? ¿Sabes tú quién es?
    ZULIMA
    Es noble, es valiente, en una
    mazmorra iba a perecer
    de enfermedad y de pena,
    de frío, de hambre y de sed:
    yo le doy la libertad,
    riquezas, mi mano; ¿quién
    rehúsa estos dones? ¡Oh!
    si ofendiera mi altivez
    con una repulsa, caro
    le costara su desdén
    conmigo. Tiempo hace ya
    que este acero emponzoñé,
    furiosa contra mi aleve
    consorte Zeit Abenzeit:
    quien es capaz de vengarse
    en el príncipe, también
    escarmentara al esclavo
    como fuera menester.
    ADEL
    ¿Qué habrá escrito en ese lienzo
    con su sangre? Yo no sé
    leer en su idioma; pero
    puedo llamar a cualquier
    cautivo...
    ZULIMA
    Él nos lo dirá,
    yo se lo preguntaré.
    ADEL
    ¿No fuera mejor hablarle
    yo primero, tú después?
    ZULIMA
    Le voy a ocultar mi nombre:
    ser Zoraida fingiré,
    hija de Merván.
    ADEL
    ¡Merván!
    ¿Sabes que ese hombre sin ley
    conspira contra el amir?
    ZULIMA
    A él le toca defender
    su trono, en vez de ocuparse,
    contra la jurada fe,
    en devaneos que un día
    lugar a su ruina den.
    Mas Ramiro no recobra
    los sentidos: buscaré
    un espíritu a propósito...

      (Vase.)


    I- Escena II


      OSMÍN, por una puerta lateral; ADEL, MARSILLA.
      OSMÍN
    ¿Se fue Zulima?
    ADEL
    Se fue.
    Tú nos habrás acechado.
    OSMÍN
    He cumplido mi deber.
    Al ausentarse el amir
    con este encargo quedé.
    Es más cauto nuestro dueño
    que esa liviana mujer.
    El lienzo escrito con sangre
    ¿dónde está?
    ADEL
    Allí.
      (Señalando la cama.)
      OSMÍN
    Venga.
    ADEL
    Ten.
      (Le da el lienzo y OSMÍN lee.)
      Mira sí es que dice, ya
    que tú lo sabes leer,
    dónde lo pudo escribir;
    porque en el encierro aquel
    apenas penetra nunca
    rayo de luz: verdad es
    que rotas esta mañana
    puerta y cadenas hallé:
    debió, después de romperlas,
    el subterráneo correr,
    y hallando el lienzo...
    OSMÍN
     (Asombrado de lo que ha leído.)  ¡Es posible!
    ADEL
    ¿Qué cosa?
    OSMÍN
    ¡Oh vasallo infiel!
    Avisar al rey es fuerza,
    y al pérfido sorprender.
    ADEL
    ¿Es este el pérfido?
     (Señalando a MARSILLA.)
      OSMÍN
    No
    ese noble aragonés
    hoy el salvador será
    de Valencia y de su rey.
    ADEL
    Zulima viene.
    OSMÍN
    Silencio
    con ella, y al punto ve
    a buscarme.
     (Vase.)
      ADEL
    Norabuena.
    Así me harás la merced
    de explicarme lo que pasa.

    I- Escena III


      ZULIMA, ADEL, MARSILLA.

      ZULIMA
    Déjame sola.
    ADEL
    Está bien.
     (Vase.)

     
    I- Escena IV


      ZULIMA, MARSILLA.
      ZULIMA
    Su pecho empieza a latir
    más fuerte; así que perciba...
      (Aplícale un pomito a la nariz.)
      MARSILLA
    ¡Ah!
    ZULIMA
    Volvió.
    MARSILLA
     (Incorporándose.)
      ¡Qué luz tan viva!
    No la puedo resistir.
    ZULIMA
     (Corriendo las cortinas de la ventana.)
      De aquella horrible mansión
    está a las tinieblas hecho.
    MARSILLA
    No es esto piedra, es un lecho.
    ¿Qué ha sido de mi prisión?
    ZULIMA
    Mira este albergue despacio,
    y abre el corazón al gozo.
    MARSILLA
    ¡Señora!...
     (Reparando en ella.)
      ZULIMA
    Tu calabozo
    se ha convertido en palacio.
    MARSILLA
    Di (porque yo no me explico
    milagro tal), di, ¿qué es esto?
    ZULIMA
    Que eras esclavo, y que presto
    vas a verte libre y rico.
    MARSILLA
    ¡Libre! ¡Oh divina clemencia!
    Y ¿a quién debo tal favor?
    ZULIMA
    ¿Quién puede hacerle mejor
    que la reina de Valencia?
    Zulima te proporciona
    la sorpresa que te embarga
    dulcemente; ella me encarga
    que cuide de tu persona,
    y desde hoy ningún afán
    permitiré que te aflija.
    MARSILLA
    ¿Eres?...
    ZULIMA
    Dama suya, hija
    del valeroso Merván.
    MARSILLA
    ¿De Merván?
      (Aparte.)
      ¡Ah!, ¡qué recuerdo!
      (Busca y recoge el lienzo.)
    ZULIMA
    ¿Qué buscas tan azorado?
    ¿Ese lienzo ensangrentado?
    MARSILLA
     (Aparte.)
      Si ésta lo sabe, me pierdo.
    ZULIMA
    ¿Qué has escrito en él?
    MARSILLA
    No va
    esto dirigido a ti;
    es para el rey.
    ZULIMA
    No está aquí.
    MARSILLA
    Para la reina será.
    Haz, pues, que a mi bienhechora
    vea: por Dios te lo ruego.
    ZULIMA
    Conocerás aquí luego
    a la reina tu señora.
    MARSILLA
    ¡Oh!...
    ZULIMA
    No estés con inquietud.
    Olvida todo pesar:
    trata sólo de cobrar
    el sosiego y la salud.
    MARSILLA
    Defienda próvido el cielo
    y premie con altos dones
    los piadosos corazones
    que dan al triste consuelo.
    Tendrá Zulima, tendrás
    tú siempre un cautivo en mí:
    hermoso es el bien por sí,
    pero en una hermosa, más.
    Ayer, hoy mismo, ¿cuál era
    mi suerte? Sumido en honda
    cárcel, estrecha y hedionda,
    sin luz, sin aire siquiera;
    envuelto en infecta nube
    que húmedo engendra el terreno;
    paja corrompida, cieno
    y piedras por cama tuve.
    -Hoy... si no es esto soñar,
    torno a la luz, a la vida,
    y espero ver la florida
    margen del Guadalaviar,
    allí donde alza Teruel,
    señoreando la altura,
    sus torres de piedra oscura
    que están mirándose en él.
    No es lo más que me redima
    la noble princesa mora:
    el bien que me hace, lo ignora
    aun la propia Zulima.
    ZULIMA
    Ella siempre algún misterio
    supuso en ti, y así espera
    que me des noticia entera
    de tu vida y cautiverio.
    Una vez que en tu retiro
    las dos ocultas entramos
    te oímos... y sospechamos
    que no es tu nombre Ramiro.
    MARSILLA
    Mi nombre es Diego Marsilla,
    y cuna Teruel me dio,
    pueblo que ayer se fundó
    y es hoy poderosa villa,
    cuyos muros, entre horrores
    de lid atroz levantados,
    fueron con sangre amasados
    de sus fuertes pobladores.
    Yo creo que al darme ser,
    quiso formar el Señor

    modelos de puro amor,
    un hombre y una mujer;
    y para hacer la igualdad
    de sus afectos cumplida
    les dio un alma en dos partida,
    y dijo: Vivid y amad.
    Al son de la voz creadora
    Isabel y yo existimos,
    y ambos los ojos abrimos
    en un día y una hora.
    Desde los años más tiernos
    fuimos ya finos amantes;
    desde que nos vimos... antes
    nos amábamos de vernos;
    porque el amor principió
    a enardecer nuestras almas
    al contacto de las palmas
    de Dios cuando nos crió;
    y así fue nuestro querer,
    prodigioso en niña y niño,
    encarnación del cariño
    anticipado al nacer,
    seguir Isabel y yo,
    al triste mundo arribando,
    seguir con el cuerpo amando
    como el espíritu amó.
    ZULIMA
    Inclinación tan igual
    sólo dichas pronostica.
    MARSILLA
    Soy pobre, Isabel es rica.
    ZULIMA
     (Aparte.)
      Respiro.
    MARSILLA
    Tuve un rival.
    ZULIMA
    ¿Sí?
    MARSILLA
    Y opulento.
    ZULIMA
    Y bien...
    MARSILLA
    Hizo
    alarde de su riqueza...
    ZULIMA
    ¿Y qué?, ¿rindió la firmeza
    de Isabel?
    MARSILLA
    Es poco hechizo
    el oro para quien ama.
    Su padre, sí, deslumbrado...
    ZULIMA
    ¿Tu amor dejó desairado,
    privándote de tu dama?
    MARSILLA
    Le vi, mi pasión habló
    su fuerza exhalando toda,
    y, suspendida la boda,
    un plazo se me otorgó,
    para que mi esfuerzo activo
    juntara un caudal honrado.
    ZULIMA
    ¿Es ya el término pasado?
    MARSILLA
    Señora, ya ves... aún vivo.
    Seis años y una semana
    me dieron: los años ya
    se cumplen hoy; cumplirá
    el primer día mañana.
    ZULIMA
    Sigue.
    MARSILLA
    Un adiós a la hermosa
    di, que es de mis ojos luz,
    y combatí por la cruz
    en las Navas de Tolosa.
    Gané con brioso porte
    crédito allí de guerrero;
    luego en Francia prisionero
    caí del conde Monforte.
    Huí, y en Siria un francés
    albigense, refugiado,
    a quien había salvado
    la vida junto a Besiés,
    me dejó, al morir, su herencia:
    volviendo con fama y oro
    a España, pirata moro
    me apresó y trajo a Valencia.
    Y en pena de que rompió
    de mis cadenas el hierro
    mi mano, profundo encierro
    en vida me sepultó,
    donde mi extraño custodio
    sin dejarse ver ni oír,
    me prolongaba el vivir,
    o por piedad o por odio.
    De aquel horrendo lugar
    me sacais: bella mujer,
    sentir sé y agradecer:
    di como podré pagar.
    ZULIMA
    No borres de tu memoria
    tan debido ofrecimiento,
    y haz por escuchar atento
    cierta peregrina historia.
    Un joven aragonés
    vino cautivo al serrallo:
    sus prendas y nombre callo;
    tú conocerás quién es.
    Toda mujer se lastima
    de ver padecer sonrojos
    a un noble: puso los ojos
    en el esclavo Zulima,
    y férvido amor en breve
    nació de la compasión:
    aquí es brasa el corazón;
    allá entre vosotros, nieve.
    Quiso aquel joven huir;
    fue desgraciado en su empeño:
    le prenden, y por su dueño
    es condenado a morir.
    Pero en favor del cristiano
    velaba Zulima: ciega,
    loca, le salva; más, llega
    a brindarle con su mano.
    Respuesta es bien se le dé
    en trance tan decisivo:
    habla tú por el cautivo;
    yo por la reina hablaré.
    MARSILLA
    Ni en desgracia ni en ventura
    cupo en mi lenguaje dolo.
    Este corazón es sólo
    para Isabel de Segura.
    ZULIMA
    Medita, y concederás
    al tiempo lo que reclama.
    ¿Sabes tú si es fiel tu dama?
    ¿Sabes tú si la verás?
    MARSILLA
    Me matara mi dolor
    si fuera Isabel perjura;
    mi constancia me asegura
    la firmeza de su amor.
    Con espíritu gallardo,
    si queréis, daré mi vida;
    dada el alma y recibida,
    fiel al dueño se la guardo.
    ZULIMA
    Mira que es poco prudente
    burlar a tu soberana,
    que tiene sangre africana,
    y ama y odia fácilmente.
    Y si ella sabe que cuando
    yo su corazón te ofrezco,
    por ella el dolor padezco
    de ver que le estás pisando;
    volverás a tus cadenas
    y, a tu negro calabozo,
    y allí yo, con alborozo
    que más encone tus penas,
    la nueva te llevaré
    de ser Isabel esposa.
    MARSILLA
    Y en prisión tan horrorosa
    ¿cuántos días viviré?
    ZULIMA
    ¡Rayo del cielo!, el traidor
    cuanto fabrico derrumba:
    defendido con la tumba,
    se ríe de mi furor.
    Trocarás la risa en llanto.
    Cautiva desde Teruel
    me han de traer a Isabel...
    MARSILLA
    ¿Quién eres tú para tanto?
    ZULIMA
    Tiembla de mí.
    MARSILLA
    Furia vana.
    ZULIMA
    ¡Insensato! La que ves
    no es hija de Merván, es
    Zulima.
    MARSILLA
    ¡Tú la sultana!
    ZULIMA
    La reina.
    MARSILLA
    Toma, con eso
      (Dándole el lienzo ensangrentado.)
      correspondo a tu afición:
    entrega sin dilación
    a hombre de valor y seso
    el escrito que te doy.
    Sálvete su diligencia.
    ZULIMA
    ¡Cómo! ¿Qué riesgo?...
    MARSILLA
    A Valencia
    tu esposo ha de llegar hoy;
    y en llegando, tú y él y otros
    al sedicioso puñal
    perecéis.
    ZULIMA
    ¿Qué desleal
    conspira contra nosotros?
    MARSILLA
    Merván, tu padre supuesto.
    Si tu cólera no estalla,
    mi labio el secreto calla,
    y el fin os llega funesto.
    ZULIMA
    ¿Cómo tal conjuración
    a ti?...
    MARSILLA
    Frenético ayer,
    la puerta pude romper
    de mi encierro: la prisión
    recorro, oigo hablar, atiendo...
    junta de aleves impía
    era, Merván presidía.
    allí supe que volviendo
    a este alcázar el amir,
    trataban de asesinarle.
    Resuélvome a no dejarle
    pérfidamente morir,
    y con roja tinta humana
    y un pincel de mi cabello
    la trama en un lienzo sello,
    y el modo de hacerla vana.
    Poner al siguiente día
    pensaba el útil aviso
    en la cesta que el preciso
    sustento me conducía.
    Vencióme tenaz modorra,
    más fuerte que mi cuidado:
    desperté maravillado,
    fuera ya de la mazmorra.
    Junta pues tu guardia, pon
    aquí un acero, y que venga
    con todo el poder que tenga
    contra ti la rebelión.
    ZULIMA
    Dé a la rebelión castigo
    quien tema por su poder;
    no yo, que al anochecer
    huir pensaba contigo.
    Poca gente, pero brava,
    que al marchar nos protegiera,
    sumisa mi voz espera
    escondida en la alcazaba.
    Con ellos entre el rebato
    del tumulto partiré;
    con ellos negociaré
    que me venguen de un ingrato.
    Teme la cuchilla airada
    de Zaen el bandolero;
    tiembla más que de su acero,
    de esta daga envenenada,
    ¡ay del que mi amor trocó
    en frenesí rencoroso!
    ¡Nunca espere ser dichoso
    quien de celos me mató!
    MARSILLA
    ¡Zulima!... ¡Señora!...
      (Vase ZULIMA por la puerta del fondo y cierra por dentro.)

     

    I- Escena V


      OSMÍN, MARSILLA.
      OSMÍN
    Baste
    de plática sin provecho.
    Al rey un favor has hecho:
    acaba lo que empezaste.
    MARSILLA
    ¡Cómo!, ¿tú?...
    OSMÍN
    El lienzo he leído
    que al rey dirigiste: allí
    le ofreces tu brazo.
    MARSILLA
    Sí,
    armas y riesgo le pido.
    OSMÍN
    Pues bien, dos tropas formadas
    con los cautivos están:
    serás el un capitán,
    el otro Jaime Celladas.
    MARSILLA
    ¡Jaime está aquí! Es mi paisano,
    es mi amigo.
    OSMÍN
    Si hay combate,
    así tendrá su rescate
    cada cautivo en la mano.
    Con ardimiento lidiad.
    MARSILLA
    ¿Quién, de libertad sediento,
    no lidia con ardimiento
    al grito de libertad?
    OSMÍN
    Cuanto a Zulima...
    MARSILLA También
    libre ha de ser.
    OSMÍN
    No debiera;
    pero llévesela fuera
    de nuestro reino Zaen.

    I- Escena VI


      ADEL, soldados moros; MARSILLA, OSMÍN.
      ADEL
    Osmín, a palacio van
    turbas llegando en tumulto,
    y Zaen, que estaba oculto,
    sale aclamando a Merván.
    Zulima nos ha vendido.
    OSMÍN
    Ya no hay perdón que le alcance.
    MARSILLA
    Después de correr el lance,
    se dispondrá del vencido.
    Cuando rueda la corona
    entre la sangre y el fuego,
    primero se triunfa, luego...
    OSMÍN
    Se castiga.
    MARSILLA
    Se perdona.
    VOCES
    ¡Muera el tirano!
    (Dentro.)
      MARSILLA
    ¡Mi espada!
    ¡Mi puesto!
    OSMÍN
    Ven, ven a él.
    Guarda el torreón, Adel.
    ADEL
    Ten tu acero.
     (Dásele a MARSILLA.)
      MARSILLA
    ¡Arma anhelada!
    ¡Mi diestra te empuña ya!
    Ella al triunfo te encamina.
    Rayo fue de Palestina,
    rayo en Valencia será.


    Acto II

    Teruel. -Sala en casa de DON PEDRO SEGURA.

      II- Escena I

      DON PEDRO, entrando en su casa; MARGARITA, ISABEL y TERESA, saliendo a recibirle.
      MARGARITA
    ¡Esposo!
     (Arrodillándose.)
      ISABEL
    ¡Padre!
    (Arrodillándose.)
      TERESA
    ¡Señor!
    DON PEDRO
    ¡Hija! ¡Margarita! Alzad.
    ISABEL
    Dadme a besar vuestra mano.
    MARGARITA
    Déjame el suelo besar
    que pisas.
    TERESA
     (A MARGARITA.)
      Vaya, señora,
    ya es vicio tanta humildad.
    DON PEDRO
    Pedazos del corazón,
    no es ese vuestro lugar.
    Abrazadme.
    (Levanta y abraza a las dos.)
      TERESA
    Así me gusta.
    Y a mí luego.
    DON PEDRO
    Ven acá,
    fiel Teresa.
    TERESA Fiel y franca,
    tengo en ello vanidad.
    DON PEDRO
    Ya he vuelto por fin.
    MARGARITA
    Dios quiso
    mis plegarias escuchar.
    DON PEDRO
    Gustoso a Monzón partí,
    comisionado especial
    para ofrecer a don Jaime
    las tropas que alistará
    nuestra villa de Teruel
    en defensa de la paz,
    que don Sancho y don Fernando
    nos quieren arrebatar:
    fue don Rodrigo de Azagra,
    obsequioso y liberal,
    acompañándome al ir,
    y me acompaña al tornar;
    mas yo me acordaba siempre
    de vosotras con afán.
    Triste se quedó Isabel;
    más triste la encuentro.
    TERESA
    Ya.
    MARGARITA
    ¡Teresa!
    ISABEL
    ¡Padre!
    DON PEDRO
    Hija mía,
    dime con sinceridad
    lo que ha pasado en mi ausencia.
    TERESA
    Poco tiene que contar.
    MARGARITA
    ¡Teresa!
    TERESA
    Digo bien. ¿Es
    por ventura novedad
    que Isabel suspire, y vos
    (A MARGARITA.)
      recéis, y ayunéis a pan
    y agua, y os andéis curando
    enfermos por caridad?
    Es la vida que traéis,
    lo menos, quince años ha...
    MARGARITA
    Basta.
    TERESA
    Y hace seis cumplidos
    que no se ha visto asomar
    en los labios de Isabel
    ni una sonrisa fugaz.
    ISABEL
     (Aparte.
    ¡Ay mi bien!
    TERESA
    En fin, señor,
    del pobrecillo don Juan
    Diego de Marsilla nada
    se sabe.
    MARGARITA
    Si no calláis,
    venid conmigo.
    TERESA
    Ir con vos
    fácil es; pero callar...
      (Vanse MARGARITA y TERESA. DON PEDRO se quita la espada y la pone sobre un bufete.)

     

    II- Escena II

      DON PEDRO, ISABEL.

      DON PEDRO
    Mucho me aflige, Isabel,
    tu pesadumbre tenaz;
    pero, por desgracia, yo
    no la puedo remediar.
    Esclavo de su palabra
    es el varón principal;
    tengo empeñada la mía,
    la debo desempeñar.
    En el honor de tu padre
    no se vio mancha jamás:
    juventud honrada pide
    más honrada ancianidad.
    ISABEL
    No pretendo yo...
    DON PEDRO
    Por otra
    parte, parece que están
    de Dios ciertas cosas. Oye
    un lance bien singular,
    y di si no tiene traza
    de caso providencial.
    ISABEL
    A ver.
    DON PEDRO
    En Teruel vivió
    (no sé si te acordarás)
    un tal Roger de Lizana,
    caballero catalán.
    ISABEL
    ¿El templario?
    DON PEDRO
    Sí. Roger
    paraba en Monzón. Allá
    es voz que penas y culpas
    de su libre mocedad
    trajéronle una dolencia
    de espíritu y corporal,
    que vino a dejarle casi
    mudo, imbécil, incapaz.
    Pacífico en su idiotez,
    permitíanle vagar
    libre por el pueblo. Un día
    sobre una dificultad
    en mi encargo y sobre cómo
    se debiera de allanar,
    don Rodrigo y yo soltamos
    palabras de enemistad.
    Marchóse enojado, y yo
    exclamé al verle marchar:
    ¿Ha de ser este hombre dueño
    de lo que yo quiero más?
    Si la muerte puede sola
    mi palabra desatar,
    lléveme el Señor, y quede
    Isabel en libertad
    ISABEL
    ¡Oh padre!
    DON PEDRO
    En esto, un empuje
    tremendo a la puerta dan,
    se abre, y con puñal en mano
    entra...
    ISABEL
    ¡Virgen del Pilar!
    ¿Quién?
    DON PEDRO
    Roger. Llégase a mí,
    y en voz pronunciada mal:
    Uno (dijo) de los dos
    la vida aquí dejará.
    ISABEL
    ¿Y qué hicisteis?
    DON PEDRO
    Yo, pensando
    que bien pudiera quizás
    mi muerte impedir alguna
    mayor infelicidad,
    crucé los brazos, y quieto
    esperé el golpe mortal.
    ISABEL
    ¡Cielos! ¿Y Roger?
    DON PEDRO
    Roger,
    parado al ver mi ademán,
    en lugar de acometerme
    se fue retirando atrás,
    mirándome de hito en hito,
    llena de terror la faz.
    Asió con entrambas manos
    el arma por la mitad,
    y señas distintas hizo
    de querérmela entregar.
    Yo no le atendí, guardando
    completa inmovilidad
    como antes: y él, con los ojos
    fijos, y sin menear
    los párpados, balbuciente
    dijo: Matadme, salvad
    en el hueco de mi tumba
    mi secreto criminal.
    ISABEL
    ¡Su secreto!
    DON PEDRO
    En fin, de estarse
    tanto sin pestañear,
    él, cuyos sentidos eran
    la suma debilidad,
    se trastornó, cayó, dio
    la guarnición del puñal
    en tierra, le fue la punta
    al corazón a parar
    al infeliz y a mis plantas
    rindió el aliento vital.
    Huí con espanto: Azagra,
    viniéndose a disculpar
    conmigo, me halló; le dije
    que no pisaba el umbral
    de aquella casa en mi vida;
    y él, próvido y eficaz,
    avisó al rey y mandó
    el cadáver sepultar.
    Ya ves, hija: por no ir
    yo contra tu voluntad,
    por no cumplir mi palabra,
    quise dejarme matar,
    y Dios me guardó la vida:
    su decreto celestial
    es sin duda que esa boda
    se haga por fin... y se hará,
    si en tres días no parece
    tu preferido galán.
    ISABEL
     (Aparte.)
      ¡Ay de él y de mí!

    II- Escena III

      TERESA, DON PEDRO, ISABEL.

      TERESA
    Señor,
    acaba de preguntar
    por vos don Martín, el padre
    de don Diego.
    ISABEL
     (Aparte.)
      ¿Si sabrá?...
    TERESA
    Como es enemigo vuestro
    le he dejado en el zaguán.
    DON PEDRO
    A enemigo noble se abren
    las puertas de par en par.
    Que llegue.
    (Vase TERESA.)
    Ve con tu madre.
    ISABEL
     (Aparte.)
      Ella a sus pies me verá
    llorando hasta que consiga
    vencer su severidad.
     (Vase.

    II- Escena IV

      DON PEDRO.
    Desafiados quedamos
    al tiempo de cabalgar
    yo para Monzón: el duelo
    llevar a cabo querrá.
    Bien. Pero él ha padecido
    una larga enfermedad.
    Si no tiene el brazo firme,
    conmigo no lidiará.

    II- Escena V

      DON MARTÍN, DON PEDRO.

      DON MARTÍN
    Den Pedro Segura, seáis bienvenido.
    DON PEDRO
    Y vos, don Martín Garcés de Marsilla,
    seáis bien hallado: tomad una silla.
     (Siéntase DON MARTÍN, mientras DON PEDRO va a tomar su espada.)
      DON MARTÍN
    Dejad vuestra espada.
    DON PEDRO
     (Sentándose.)
      Con pena he sabido
    la grave dolencia que habéis padecido.
    DON MARTÍN
    Al fin me repuse del todo.
    DON PEDRO
    No sé...
    DON MARTÍN
    Domingo Celladas...
    DON PEDRO
    ¡Fuerte hombre es, a fe!
    DON MARTÍN
    Pues aun a la barra le gano el partido.
    DON PEDRO
    Así os quiero yo. Desde hoy, elegid
    al duelo aplazado seguro lugar.
    DON MARTÍN
    Don Pedro, yo os tengo primero que hablar.
    DON PEDRO
    Hablad en buen hora; ya escucho. Decid.
    DON MARTÍN
    Causó nuestra riña...
    DON PEDRO
    La causa omitid:
    sabémosla entrambos. Por vos se me dijo
    que soy un avaro, y os privo de un hijo.
    De honor es la ofensa, precisa la lid.
    DON MARTÍN
    ¿Tenéisme por hombre de aliento?
    DON PEDRO
    Sí tal.
    Si no lo creyera, con vos no lidiara.
    DON MARTÍN
    Jamás al peligro le vuelvo la cara.
    DON PEDRO
    Sí, nuestro combate puede ser igual.
    DON MARTÍN
    Será por lo mismo...
    DON PEDRO
    Sangriento, mortal.
    Ha de perecer uno de los dos.
    DON MARTÍN
    Oid un suceso feliz para vos...
    feliz para entrambos.
    DON PEDRO
    Decídmele. ¿Cuál?
    DON MARTÍN
    Tres meses hará que en lecho de duelo
    me puso la mano que todo lo guía.
    Del riesgo asustada la familia mía,
    quiso en vuestra esposa buscar su consuelo.
    Con tino infalible, con próvido celo
    salud en la villa benéfica vierte,
    y enfermo en que airada se ceba la muerte,
    le salva su mano, bendita del cielo.
    Con vos irritado no quise atender
    al dulce consejo de amante inquietud.
    No cobre (decía) jamás la salud,
    si mano enemiga la debe traer.
    Mayor mi tesón a más padecer,
    la muerte en mi alcoba plantó su bandera.
    Por fin una noche... ¡Qué noche tan fiera!
    Blasfemo el dolor hacíame ser;
    pedía una daga con furia tenaz,
    rasgar anhelando con ella mi pecho...
    En esto a mis puertas, y luego a mi lecho,
    llegó un peregrino, cubierta la faz.
    Ángel parecía de salud y paz.
    Me habla, me consuela; benigno licor
    al labio me pone; me alivia el dolor,
    y parte, y no quiere quitarse el disfraz.
    La noche que tuve su postrer visita,
    ya restablecido, sus pasos seguí.
    Cruzó varias calles, viniendo hacia aquí,
    y entró en esa ruina de gótica ermita,
    que a vuestros jardines términos limita.
    Detúvele entonces: el velo cayó,
    radiante la luna su rostro alumbró...
    Era vuestra esposa.
    DON PEDRO
    ¡Era Margarita!
    DON MARTÍN
    Confuso un momento, cobréme después,
    y viome postrado la noble señora.
    Con tal beneficio, no cabe que ahora
    provoque mi mano sangriento revés.
    Don Pedro Segura, decid a quien es
    deudor este padre de verse con vida,
    que está la contienda por mí fenecida.
    Tomad este acero, ponedle a sus pies.
      (Da su espada a DON PEDRO, que la coloca en el bufete.)
      DON PEDRO
    ¡Feliz yo, que logro el duelo escusar
    con vos, por motivo que es tan lisonjero!
    Si pronto me hallasteis, por ser caballero,
    cuidado me daba el ir a lidiar.
    Con tal compañera, ¿quién no ha de arriesgar
    con susto la vida que lleva, dichosa?
    Ella me será desde hoy más preciosa,
    si ya vuestro amigo quereisme llamar.
    DON MARTÍN
    Amigos seremos.
     (Danse las manos.)
      DON PEDRO
    Siempre.
    DON MARTÍN
    Siempre, sí.
    DON PEDRO
    Y al cabo, ¿qué nuevas tenéis de don Diego?
    En hora menguada, vencido del ruego
    de Azagra, la triste palabra le di.
    Si antes vuestro hijo se dirige a mí,
    ¡cuánto ambas familias se ahorran de llanto!
    No lo quiso Dios.
    DON MARTÍN
    Yo su nombre santoV bendigo, mas lloro por lo que perdí.
    DON PEDRO
    Pero ¿qué?
    DON MARTÍN
    Después de la de Maurel,
    donde cayó en manos del conde Simón,
    de nadie consigo señal ni razón,
    por más que anhelante pregunto por él,
    cada día al cielo con súplica fiel
    pido que me diga qué punto en la tierra
    sostiénele vivo, o muerto le encierra:
    mundo y cielo guardan silencio cruel.
    DON PEDRO
    El plazo otorgado dura todavía.
    Un hora, un instante le basta al Eterno:
    y mucho me holgara si fuera mi yerno
    quien a mi Isabel tan fino quería.
    Pero si no viene, y cúmplese el día,
    y llega la hora... por más que me pesa,
    me tiene sujeto sagrada promesa:
    si fuera posible, no la cumpliría.
    DON MARTÍN
    Diligencia escasa, fortuna severa
    parece que en suerte a mi sangre cupo:
    quien a la desgracia sujetar no supo,
    sufrido se muestre cuando ella le hiera.
    A Dios.
    DON PEDRO
    No han de veros de aquesa manera.
    Yo quiero esta espada; la mía tomad
    (Dásela.)
      en prenda segura de fiel amistad.
    DON MARTÍN
    Acepto: un monarca llevarla pudiera.
      (Vase DON MARTÍN, y DON PEDRO le acompaña.)  

    II- Escena VI

      MARGARITA, ISABEL.

      MARGARITA
     (Aparte, siguiendo con la vista a los dos, que se retiran.)
      Aunque nada les oí,
    deben estar ya los dos
    reconciliados.
    ISABEL
     (Que viene tras su madre.)
      Por Dios,
    madre, haced caso de mí:
    MARGARITA
    No, que es repugnancia loca
    la que mostráis a un enlace,
    que de seguro nos hace
    a todos merced no poca.
    Noble sois; pero mirad
    que quien su amor os consagra
    es don Rodrigo de Azagra,
    que goza más calidad,
    más bienes: en Aragón
    le acatan propios y ajenos,
    y muestra, con vos al menos,
    apacible condición.
    ISABEL
    Vengativo y orgulloso
    es lo que me ha parecido.
    MARGARITA
    Vuestro padre le ha creído
    digno de ser vuestro esposo.
    Prendarse de quien le cuadre
    no es lícito a una doncella,
    ni hay más voluntad en ella
    que la que tenga su padre.
    Hoy día, Isabel, así
    se conciertan nuestras bodas:
    así nos casan a todas,
    y así me han casado a mí.
    ISABEL
    ¿No hay a los tormentos míos
    otro consuelo que dar?
    MARGARITA
    No me tenéis que mentar
    vuestros locos amoríos.
    Yo por delirios no abogo.
    Idos.
    ISABEL
    En vano esperé.
    (Sollozando al retirarse.)
      MARGARITA
    ¡Qué!, ¿lloráis?
    ISABEL
    Aún no me fue
    vedado ese desahogo.
    MARGARITA
    Isabel, si no os escucho,
    no me acuséis de rigor.
    Comprendo vuestro dolor
    y le compadezco mucho;
    pero, hija... cuatro años ha
    que a nadie Marsilla escribe.
    Si ha muerto...
    ISABEL
    ¡No, madre, vive...
    Pero ¡cómo vivirá!
    Tal vez, llorando, en Sión
    arrastra por mí cadenas,
    quizá gime en las arenas
    de la líbica región.
    Con aviso tan funesto
    no habrá querido afligirme.
    Yo trato de persuadirme,
    y sin cesar pienso en esto.
    Yo me propuse aprender
    a olvidarle, sospechando
    que infiel estaba gozando
    caricias de otra mujer.
    Yo escuché de su rival
    los acentos desabridos,
    y logré de mis oídos
    que no me sonaran mal.
    Pero ¡ay!, cuando la razón
    iba a proclamarse ufana
    vencedora soberana
    de la rebelde pasión,
    al recordar la memoria
    un suspiro de mi ausente,
    se arruinaba de repente
    la fortaleza ilusoria,
    y con ímpetu mayor,
    tras el combate perdido,
    se entraba por mi sentido
    a sangre y fuego el amor.
    Yo entonces a la virtud
    nombre daba de falsía,
    rabioso llanto vertía,
    y hundirme en el ataúd
    juraba en mi frenesí
    antes que rendirme al yugoV de ese hombre, fatal verdugo,
    genio infernal para mí.
    MARGARITA
    Por Dios, por Dios, Isabel,
    moderad ese delirio;
    vos no sabéis el martirio
    que me hacéis pasar con él.
    ISABEL
    ¡Qué! ¿Mi audacia os maravilla?
    Pero estando ya tan lleno
    el corazón de veneno,
    fuerza es que rompa su orilla.

    No a vos, a la piedra inerte
    de esa muralla desnuda,
    a esa bóveda que muda
    oyó mi queja de muerte,
    a ese suelo donde mella
    pudo hacer el llanto mío,
    a no ser tan duro y frío
    como alguno que le huella,
    para testigos invoco
    de mi doloroso afán
    que, si alivio no le dan,
    no les ofende tampoco.
    MARGARITA
     (Aparte.)
      ¿Quién con ánimo sereno
    la oyera? -El dolor mitiga;
    de una madre, de una amiga
    ven al cariñoso seno.
    Conóceme, y no te ahuyente
    la faz severa que ves;
    máscara forzosa es
    que dio el pesar a mi frente;
    pero tras ella te espera,
    para templar tu dolor,
    el tierno, indulgente amor
    de una madre verdadera.
    ISABEL
    ¡Madre mía!
    (Abrázanse.)
      MARGARITA
    Mi ternura
    te oculté... porque debí...
    ¡Ha quince años que hay aquí
    guardada tanta amargura!
    Yo hubiera en tu amor filial
    gozado, y gozar no debo
    nada ya, desde que llevo
    el cilicio y el sayal.
    ISABEL
    ¡Madre!
    MARGARITA Temí, recelé
    dar a tu amor incentivo,
    y sólo por correctivo
    severidad te mostré;
    mas oyéndote gemir
    cada noche desde el lecho,
    y a veces en tu despecho
    mis rigores maldecir,
    yo al Señor, de silencioso
    materno llanto hecha un mar,
    ofrecí mil veces dar
    mi vida por tu reposo.
    ISABEL
    ¡Cielos! ¡Qué revelación
    tan grata! ¡Qué injusta he sido!
    ¿Qué tanto me habéis querido?
    ¡Madre de mi corazón!
    Perdonadme... ¡Qué alborozo
    siento, aunque llorar me veis.
    Seis años ha, más de seis,
    que tanta dicha no gozo.
    Mi desgracia contemplad,
    cuando como dicha cuento
    que mis penas un momento
    aplaquen su intensidad.
    Pero este rayo que inunda
    en viva luz mi alma yerta,
    ¿dejaréis que se convierta
    en lobreguez más profunda?
    Madre, madre a quien adoro
    el labio os pongo en el pie:
    mi aliento aquí exhalaré
    si no cedéis a mi lloro.
    (Póstrase.)
      MARGARITA
    Levanta, Isabel; enjuga
    tus ojos; confía... Sí:
    cuanto dependa de mí...
    ISABEL
    Ya veis que en rápida fuga
    el tiempo desaparece.
    Si pasan tres días, ¡tres!,
    todo me sobra después,
    toda esperanza fallece.
    Mi padre, por no faltar
    a la palabra tremenda,
    le rendirá por ofrenda
    mi albedrío en el altar.
    Vuestras razones imprimen
    en su alma la persuasión:
    en mí toda reflexión
    fuera desacato, crimen.
    Y yo, señora, lo veo:
    podrá llevarme a casar;
    pero en vez de preparar
    las galas del himeneo,
    que a tenerme se limite
    una cruz y una mortaja;
    que esta gala y esta alhaja
    será lo que necesite.
    MARGARITA
    No, no, Isabel; cesa, cesa;
    yo en tu defensa me empeño:
    no será Azagra tu dueño,
    yo anularé la promesa.
    Me oirá tu padre, y tamaños
    horrores evitará.
    Hoy madre tuya será
    quien no lo fue tantos años.

    II- Escena VII

      TERESA, MARGARITA, ISABEL.

      TERESA.-  Señoras, don Rodrigo de Azagra pide licencia para visitaros.
    MARGARITA.-  Hazle entrar. A buen tiempo llega.  (Vase TERESA.)
      ISABEL.-  Permitid que yo me retire.
    MARGARITA.-  Quédate en la pieza inmediata, y escucha nuestra conversación.
    ISABEL.-  ¿Qué vais a decir?
    MARGARITA.-  Óyelo, y acabarás de hacer justicia a tu madre. (Vase ISABEL.)

      II- Escena VIII

      DON RODRIGO, MARGARITA.

      MARGARITA.-  Ilustre don Rodrigo...
    DON RODRIGO.-  Señora... al fin nos vemos.
    MARGARITA.-  Honrad mi estrado, ya que la prisa de venir a mi casa no os ha dejado sosegar en la vuestra.
    DON RODRIGO.-  Aquí vengo a buscar el sosiego que necesito.  (Siéntase.)  ¿Qué me decís de mi desdeñosa?
    MARGARITA.-  ¿Me permitiréis que hable con franqueza?
    DON RODRIGO.-  Con franqueza pregunto yo. Hablad.
    MARGARITA.-  Mi esposo os prometió la mano de su hija única; y, por él, debéis contar de seguro con ella. Pero la delicadeza de vuestro amor y la elevación de vuestro carácter, ¿se satisfarían con la posesión de una mujer cuyo cariño no fuese vuestro?
    DON RODRIGO.-  El corazón de Isabel no es ahora mío, lo sé; pero Isabel es virtuosa, es el espejo de las doncellas: cumplirá lo que jure, apreciará mi rendida fe, y será el ejemplo de las casadas.
    MARGARITA.-  Mirad que su afecto a Marsilla no se ha disminuido.
    DON RODRIGO.-  No me inspira celos un rival cuyo paradero se ignora, cuya muerte, para mí, es indudable.
    MARGARITA.-  ¿Y si volviese aún? ¿Y si antes de cumplirse el término se presentara tan enamorado como se fue, y con aumentos muy considerables de hacienda?
    DON RODRIGO.-  Mal haría en aparecer ni antes ni después de mis bodas. Él prometió renunciar a Isabel, si no se enriquecía en seis años; pero yo nada he prometido. Si vuelve, uno de los dos ha de quedar solo junto a Isabel. La mano que pretendemos ambos, no se compra con oro; se gana con hierro, se paga con sangre.
    MARGARITA.-  Vuestro lenguaje no es muy reverente para usado en esta casa y conmigo; pero os le perdono, porque me perdonéis la pesadumbre que voy a daros. Yo, noble don Rodrigo, yo que hasta hoy consentí en vuestro enlace con Isabel, he visto por último que de él iba a resultar su desgracia y la vuestra. Tengo, pues, que deciros, como cristiana y madre; tengo que suplicaros por nuestro señor y nuestra señora, que desistáis de un empeño, ya poco distante de la temeridad.
    DON RODRIGO.-  Ese empeño es público, hace muchos años que dura, y se ha convertido para mí en caso de honor. Es imposible que yo desista. No os opongáis a lo que no podréis impedir.
    MARGARITA.-  Aunque habéis desairado mi ruego, tal vez no le desaire mi esposo.
    DON RODRIGO.-  Mucho alcanzáis con él: adora en vos, y lo merecéis, porque ha quince años que os empleáis en la caridad y la penitencia... Pero... ¿Os ha contado ya la muerte de Roger de Lizana?
    MARGARITA.-  ¡Cómo! ¿Roger ha muerto?
    DON RODRIGO.-  Sí, loco y mudo, según estaba; desgraciadamente según merecía; y a los pies de don Pedro, como era justo.
    MARGARITA.-  ¡Cielos! Nada sabía de ese infeliz.
    DON RODRIGO.-  Ese infeliz era muy delincuente, era el corruptor de una dama ilustre.
    MARGARITA.-  ¡Don Rodrigo!
    DON RODRIGO.-  La esposa más respetable entre las de Teruel.
    MARGARITA.-  Por compasión... Si Roger ha muerto...
    DON RODRIGO.-  Casi expiró en mis brazos. Yo tendí sobre el féretro su cadáver, y yo hallé sobre su corazón unas cartas...
    MARGARITA.-  ¡Cartas!
    DON RODRIGO.-  De mujer... cinco... sin firma todas. Pero yo os las presentaré, y vos me diréis quién las ha escrito.
    MARGARITA.-  ¡Callad! ¡Callad!
    DON RODRIGO.-  Si no, acudiré a vuestro esposo: bien conoce la letra.
    MARGARITA.-  ¡No! ¡Dádmelas, rompedlas, quemadlas!
    DON RODRIGO.-  Se os entregarán; pero Isabel me ha de entregar a mí su mano primero.
    MARGARITA.-  ¡Oh!
    DON RODRIGO.-  Dios os guarde, señora.
    MARGARITA.-  Deteneos, oídme.
    DON RODRIGO.-  Para que os oiga, venid a verlas.  (Vase.)
      MARGARITA.-  Escuchad, escuchadme.  (Vase tras DON RODRIGO.)

     
    II- Escena IX

      ISABEL, después TERESA.

    ISABEL.-  ¡Qué es lo que oí! No lo he comprendido, no quiero comprender ese misterio horrible: sólo entiendo que de infeliz he pasado a más.  (Sale TERESA.)
      TERESA.-  Señora, un joven extranjero ha llegado a casa pidiendo que se le dejara pasar a descansar un rato...
    ISABEL.-  Recíbele y déjame.
    TERESA.-  Ya se le recibió, y le han agasajado con vino y magras, por señas que nada de ello ha probado, como si fuera moro o judío. Aparte de esto, es muy lindo muchacho: he trabado conversación con él, y dice que viene de Palestina.
    ISABEL.-  ¿De Palestina?
    TERESA.-  Yo me acordé al punto del pobre don Diego. Como os figuráis que debe estar por allá...
    ISABEL.-  Sí. Llámale pronto.  (Vase TERESA.)  ¡Virgen piadosa! ¡Que haya sido sueño lo que pienso que oí! ¡Oh! Pensemos en el que viene de Palestina.

    II- Escena X

      ZULIMA, en traje de noble aragonés; TERESA, ISABEL.

      ZULIMA
    El cielo os guarde.
    ISABEL
    Y a vos
    también.
    ZULIMA
     (Aparte.)
      Mi rival es ésta.
    ISABEL
    Mejor podéis descansar
    en esta sala que fuera.
    TERESA
    Este mancebo, señora,
    viene de lejanas tierras,
    de Jerusalén, de Jope,
    de Belén y de Judea.
    ISABEL
    ¿Cierto?
    ZULIMA
    Sí.
    TERESA
    Y ha conocido
    allá gente aragonesa.
    ZULIMA
    Un caballero traté
    de Teruel.
    ISABEL
    ¿Cuál? ¿Quién? ¿Quién era?
    Su nombre.
    ZULIMA
    Diego Marsilla.
    ISABEL
    ¡Os trajo Dios a mi puerta!
    ¿Dónde le dejáis?
    TERESA
    Entonces
    ¿era ya rico?
    ZULIMA
    Una herencia
    cuantiosa le dejaron
    allí.
    ISABEL
    Pero, ¿dónde queda?
    ZULIMA
    Hace poco era cautivo
    del rey moro de Valencia.
    ISABEL
    ¡Cautivo ¡Infeliz!
    ZULIMA
    No tanto.
    La esposa del rey, la bella
    Zulima, le amó.
    ISABEL
    ¿Le amó?
    ZULIMA
    ¡Sí! ¡Mucho!
    TERESA
    ¡Qué desvergüenza!
    ISABEL
    ¡Y qué! ¿No viene por eso
    Marsilla donde le esperan?
    TERESA
    ¿Se ha vuelto moro quizá?
    ZULIMA
     (Aparte.)
      Ya que padecí, padezca.
    Finjamos.
    ISABEL
    Hablad.
    ZULIMA
    No es fácil
    resistir a una princesa
    hermosa y amante: al fin
    Marsilla, para con ella,
    era un miserable.
    TERESA
    Pero
    vamos, acabad...
    ISABEL
     (Aparte.)
      ¡Apenas
    vivo!
    ZULIMA
    El rey llegó a saber
    lo que pasaba; la reina
    pudo escapar, protegida
    por un bandido, cabeza
    de la cuadrilla temible
    que hoy anda por aquí cerca;
    y Marsilla...
    ISABEL
    ¿Qué?
    ZULIMA
    Rogad
    a Dios que le favorezca.
    ISABEL
    ¡Ha muerto! ¡Jesús, valedme!
     (Desmáyase.)
      TERESA
    ¡Isabel! ¡Isabel! ¡Buena
    la habéis hecho!
    ZULIMA
     (Aparte.)
      Sabe amar
    esta cristiana de veras;
    yo sé más, yo sé vengarme.
    TERESA
    ¡Señora! ¡Paula! ¡Jimena!
    (A ZULIMA.)
      Buscad agua, llamad gente.
    ZULIMA
     (Aparte.)
      Salgamos. Con esta nueva,
    se casará.
    (Vase.)
      TERESA
    ¡Dios confunda
    la boca ruin que nos cuenta
    noticia tan triste!... Pero
    un prójimo que no prueba
    cerdo ni vino, ¿qué puede
    dar de sí?
      (Salen dos criadas que traen agua.)
      Pronto aquí, lerdas.
    ¿Dónde estabais? A ver: dadme
    el agua.
    ISABEL
    ¡Ay Dios! ¡Ay Teresa!

    II- Escena XI

      MARGARITA, ISABEL, TERESA, criadas.

      MARGARITA
    ¿Qué sucede?
    ISABEL
    ¡Ay madre mía!
    Ya no es posible que venga.
    Murió.
    MARGARITA
    ¿Quién? ¿Marsilla?
    TERESA
    ¿Quién
    ha de ser?
    ISABEL
    Y ha muerto en pena
    de serme infiel.
    TERESA
    Una mora,
    que dicen que no era fea,
    la esposa del reyezuelo
    valenciano, buena pieza
    sin duda, nos le quitó.
    ISABEL
    ¡En esto paran aquellas
    ilusiones de ventura
    que alimentaba risueña!
    Conmigo nacieron, ¡ay!
    se van, y el alma se llevan.
    Ese infausto mensajero,
    ¿dónde está? Dile que vuelva.
    MARGARITA
    Sí: yo le preguntaré...
    TERESA
    Pues como nos dé respuestas
    por el estilo... Seguidme.
      (Vanse TERESA y las criadas.)

     
    II- Escena XII

      MARGARITA, ISABEL.

      ISABEL
    ¿Quién figurarse pudiera
    que me olvidara Marsilla?
    ¡Qué sonrojo! ¡Qué vileza!
    Pero, ¿cómo ha sido, cómo
    fue que no lo presintiera
    mi corazón? No es verdad;
    imposible que lo sea.
    Se engañó si lo creyó
    la Sultana de Valencia.
    Sólo por volar a mí,
    quebrantando sus cadenas,
    dejó soñar a la mora
    con esa falaz idea.
    Mártir de mi amor ha sido,
    que desde el cielo en que reina,
    de su martirio me pide
    la debida recompensa.
    Yo se la daré leal,
    yo defenderé mi diestra:
    viuda del primer amor
    he de bajar a la huesa.
    Llorar libremente quiero
    lo que de vivir me resta
    sin que pueda hacer ninguno
    de mis lágrimas ofensa.
    No he de ser esposa yo
    de Azagra: primero muerta.
    MARGARITA
    ¿Tendrás valor para?...
    ISABEL
    Sí,
    mi desgracia me le presta.
    MARGARITA
    ¿Y si te manda tu padre?...
    ISABEL
    Diré que no.
    MARGARITA
    Sí te ruega...
    ISABEL
    No.
    MARGARITA
    Si amenaza...
    ISABEL
    Mil veces
    no. Podrán en hora buena,
    de los cabellos asida
    arrastrarme hasta la iglesia,
    podrán maltratar mi cuerpo,
    cubrirle de áspera jerga,
    emparedarme en un claustro
    donde lentamente muera:
    todo esto podrán, sí; pero
    lograr que diga mi lengua
    un sí perjuro, no.
    MARGARITA
    Bien,
    bien. Tu valor... me consuela.
    (Aparte.)
      Nada oyó: mas vale así.
    La culpa, no la inocencia
    debe padecer. Ten siempre
    esa misma fortaleza,
    y no te dejes vencer,
    suceda lo que suceda.
    Matrimonio sin cariño
    crímenes tal vez engendra.
    Yo sé de alguna infeliz
    que dio su mano violenta...
    y... después de larga lucha...
    desmintió su vida honesta.
    Muchos años lleva ya
    de dolor y penitencia...
    y al fin le toca morir
    de oprobio justo cubierta.
    ISABEL
    ¡Ah madre! ¿Qué dije yo?
    Me olvidé, con esa nueva,
    de otra desdicha tan grande
    que a mi desdicha supera.
    MARGARITA
    ¡No te cases, Isabel!
    ISABEL
    Sí, madre: mi vida es vuestra:
    dárosla me manda Dios,
    lo manda naturaleza.
    MARGARITA
    ¡Hija!
    ISABEL
    Por fortuna mía,
    Marsilla al morir me deja
    el corazón sin amor
    y sin lugar donde prenda.
    Por más fortuna, Marsilla
    de mí se olvidó en la ausencia,
    y puso en otra mujer
    el amor que me debiera.
    Por dicha mayor, Azagra
    es de condición soberbia,
    celoso, iracundo: así
    mis lágrimas y querellas
    insufribles le serán;
    querrá que yo las contenga,
    no podré, se irritará,
    y me matará.
    MARGARITA
    ¡Me aterras,
    hija, me matas a mí!
    ISABEL
    Tengo yo cartas que lea:
    puede encontrármelas.
    MARGARITA
    ¡Oh!
    ¡Si como las tuyas fueran
    otras!...
    ISABEL
    Y tengo un retrato
    en esta joya.
     (Saca un relicario.)
      ¿Son ésas
    sus facciones? Pues sabed
    que, sin estudio ni regla,
    de amor guiada la mano,
    al primer ensayo diestra,
    yo supe dar a ese rostro
    semejanza tan perfecta.
    Me sirvió para suplir
    de Marsilla la presencia;
    no le necesito ya:
    mas vale que no le vea.
    ¡Ah!, dejadme que le bese
    una vez... la última es ésta.
    Tomad. ¿Veis? el sacrificio
    consumo, y estoy serena,
    tranquila... como la tumba.
    Imitad vos mi entereza,
    mi calma... y no me digáis
    una palabra siquiera.
    De mí vuestra fama pende:
    la conservaréis ilesa.
    Yo me casaré: no importa,
    no importa lo que me cuesta.
     (Vase.)

      II- Escena XIII

      MARGARITA.
      ¿Y debo yo consentir
    que la inocente Isabel,
    por mi egoísmo cruel,
    se ofrezca más que a morir?
    Pero, ¿cómo he de sufrir
    que, perdida mi opinión,
    me llame todo Aragón
    hipócrita y vil mujer?
    Mala madre me hace ser
    mi buena reputación.
    A todo me resignara
    con ánimo ya contrito,
    si al saberse mi delito,
    yo sola me deshonrara.
    Pero a mi esposo manchara
    con ignominia mayor.
    ¡Hija infeliz en amor!
    ¡Hija desdichada mía!
    Perdona la tiranía
    de las leyes del honor.

          
    Acto III

      Retrete o gabinete de ISABEL. Dos puertas.

      III- Escena I

      ISABEL, TERESA.

        (Aparece ISABEL ricamente vestida, sentada en un sillón junto a una mesa, sobre la cual hay un espejo de mano, hecho de metal. TERESA está acabando de adornar a su ama.)
      TERESA.-  ¿Qué os parece el tocado? Nada, ni me oye. Que os miréis os digo; tomad el espejo.  (Se le da a ISABEL, que maquinalmente le toma, y deja caer la mano sin mirarse.)  A esotra puerta. Miren, ¡qué trazas éstas de novia! ¡Ved que preciosa gargantilla voy a poneros!  (ISABEL inclina la cabeza.)  Pero alzad la cabeza, Isabel. Si esto es amortajar a un difunto.
    ISABEL.-  ¡Marsilla!
    TERESA.-   (Aparte.)  Dios le haya perdonado.  (Alto.)  Ea, se concluyó. Bien estáis. Ello sí, me habéis hecho perder la paciencia treinta veces.
    ISABEL.-  ¡Madre mía!
    TERESA.-  Si echáis menos a mi señora, ya os he dicho que no está en casa, porque para ella, la caridad es antes que todo. El juez de este año, Domingo Celladas, tenía un hijo en tierra de infieles: Jaime, ya le conocéis. Hoy, sin que hubiese noticia de que viniera, se lo han encontrado en el camino de Valencia unos mercaderes, herido y sin conocimiento. Por un rastro de sangre que iba a parar a un hoyo, se ha comprendido que debieron echarle dentro; y se cree que hasta poder salir, habrá estado en el hoyo quizá más de un día, porque las heridas no son recientes. Vuestra madre ha sido llamada para asistirle; me ha encargado que os aderece, os he puesto hecha una imagen; y ni siquiera he logrado que deis una mirada al vestido para ver si os gusta.
    ISABEL.-  Sí: es el último.
    TERESA.-  ¡El dulcísimo nombre de Jesús! No lo quiera Dios, Isabelita de mi alma: no lo querrá Dios; antes os hará tan dichosa como vos merecéis. Pero salid de ese abatimiento: mirad que ya van a venir los convidados a la boda, y es menester no darles que decir.
    ISABEL.-   (Con sobresalto.)  ¿Qué hora es ya?
    TERESA.-  No tardarán en tocar a vísperas ahí al lado, en San Pedro. Es la hora en que salió de Teruel don Diego, y hasta que pase, mi señor no se considera libre de su promesa.
    ISABEL.-  Sí, a esa hora, a esa hora misma partió... para nunca volver. En este aposento, allí, delante de ese balcón estaba yo, llorando sobre mi labor, como ahora sobre mis galas. Continuamente miraba a la calle por donde había de pasar, para verle; ahora no miro; no le veré. Por allí vino, dirigiendo el fogoso alazán enseñado a pararse bajo mis balcones. Por allí vino, vestida la cota, la lanza en la mano, al brazo la banda, último don de mi cariño. Hasta la dicha o hasta la tumba, me dijo. Tuya o muerta, le dije yo; y caí sin aliento en el balcón mismo, tendidas las manos hacia la mitad de mi alma que se ausentaba. ¡Suya o muerta! Y voy a dar la mano a Rodrigo. ¡Bien cumplo mi palabra!
    TERESA.-  Hija mía, desechad esas ideas. Yo ¿qué os he de decir para consolaros? Que os he visto nacer, que habéis jugado en mis brazos, y en mis rodillas... y qué diera yo porque recobraseis la paz del alma y fuerais feliz, ¡ay! diera yo todos los días que me faltan que vivir, menos uno para verlo.
    ISABEL.-  ¡Feliz, Teresa! Con este vestido, ¿cómo he de ser feliz! ¡Pesa tanto, me ahoga tanto!... Quítamele, Teresa.  (Levantándose.)
      TERESA.-  Señora, que viene don Rodrigo.
    ISABEL.-  ¡Don Rodrigo!, Busca pronto a mi madre.  (Vase TERESA.)

     

    III- Escena II

      DON RODRIGO, ISABEL.

      DON RODRIGO
    Mis ojos por fin os ven
    a solas, ángel hermoso.
    Siempre un amargo desdén
    y un recato riguroso
    me han privado de este bien.
    Trémula estáis: ocupad
    la silla.
    ISABEL
    ¡Ante mi señor!
    DON RODRIGO
    Esclavo diréis mejor.
    Soberana es la beldad
    en el reino del amor.
    ISABEL
    ¡Mentida soberanía!
    DON RODRIGO
    De mi rendimiento fiel,
    que dudarais no creía.
    ¡Si a conocer, Isabel,
    llegaseis el alma mía!
    ISABEL
    ¿Para qué? Señas ha dado
    que indican su índole bella.
    DON RODRIGO
    Mi destino desastrado
    solo mostrar me ha dejado
    lo deforme que hay en ella.
    Un Azagra conocéis
    orgulloso y vengativo;
    y otro por fin hallaréis,
    que en vuestro rigor esquivo
    figuraros no podéis.
    El Azagra que os adora,
    el Azagra para vos,
    aún no le visteis, señora;
    y nos conviene a los dos
    una explicación ahora.
    ISABEL
    Mis padres pueden mandar,
    yo tengo que obedecer,
    nada pretendo saber:
    hiciera bien en callar
    quien ha logrado vencer.
    DON RODRIGO
    El vencedor, que aparece
    lleno ante vos de amargura,
    manifestaros ofrece
    que sabe lo que merece
    doña Isabel de Segura.
    Os vi, y en vos admiré
    virtud y belleza rara:
    digno de vos me juzgué,
    y uniros a mí juré,
    costara lo que costara.
    Maldición más espantosa
    no pudo echarme jamás
    una lengua venenosa,
    que decir: -No lograrás
    hacer a Isabel tu esposa.
    -Lidiaré, si es necesario,
    por ella con todo el orbe,
    clamaba yo de ordinario.
    ¡Infeliz el que me estorbe,
    competidor o contrario!
    En mi celoso furor
    cabe hasta lo que denigre
    mi calidad y mi honor.
    Amo con ira de tigre...
    porque es muy grande mi amor.
    No el vuestro, tan delicado,
    me pintéis para mi mengua:
    quizá no lo haya espresado
    en seis años vuestra lengua,
    sin que me lo hayan contado.
    Cuantas cartas escribió
    Marsilla ausente, leí:
    él su retrato no vio,
    yo sí: junto a vos aquí
    siempre tuve un guarda yo.
    Ha sido mi ocupación
    observaros noche y día;
    y abandonaba a Monzón
    siempre que lo permitía
    la marcial obligación.
    Viéndoos al balcón sentada
    por las noches a la luna,
    mi fatiga era pagada:
    jamás fue mujer ninguna
    de amante más respetada.
    Para romper mis prisiones,
    para defectos hallaros
    fueron mis indagaciones;
    y siempre para adoraros
    encontré nuevas razones.
    Seducido el pensamiento
    de lisonjeros engaños,
    un favorable momento
    espero hace ya seis años,
    y aún llegado no lo cuento.
    Pero, por dicha, quizá
    no deba estar muy distante.
    ISABEL
    ¡Qué! ¿Pensáis que cesará
    mi pasión, muerto mi amante?
    No; lo que yo vivirá.
    DON RODRIGO
    Pues bien, amad, Isabel,
    y decidlo sin reparo;
    que con ese amor tan fiel,
    aunque a mí me cueste caro,
    nunca me hallaréis cruel.
    Mas si ese afecto amoroso,
    cuya espresión no limito,
    mantener os es forzoso,
    yo, mi bien, yo necesito
    el nombre de vuestro esposo.
    No más que el nombre, y concluyo
    de desear y pedir:
    todas mis dichas incluyo
    en la dicha de decir:
    Me tienen por dueño suyo.
    Separada habitación,
    distinto lecho tendréis...
    ¿Queréis más separación?
    vos en Teruel viviréis,
    yo en la corte de Aragón.
    ¿Teméis que la soledad
    bajo mi techo os consuma?
    Vuestros padres os llevad
    con vos: mudaréis en suma
    de casa y de vecindad.
    Nunca sin vuestra licencia
    veré esos divinos ojos...
    ¡Ay!, dádmela con frecuencia.
    Si os oprimen los enojos,
    hablad, y mi diligencia
    ya un festín, ya una batida,
    ya un torneo dispondrá.
    Si lloráis... ¡Prenda querida!
    cuando lloréis, ¿qué os dirá
    quien no ha llorado en su vida?
    Míseros ambos, hacer
    con la indulgencia podemos
    menor nuestro padecer.
    Ahora, aunque nos casemos,
    ¿me podréis aborrecer?
    ISABEL
    ¡Don Rodrigo! ¡Don Rodrigo!
    (Sollozando.)
      DON RODRIGO
    ¡Lloráis! ¿Es porque muestro
    digno de ser vuestro amigo?
    ¿No sufrí del odio vuestro
    bastante duro el castigo?
    ISABEL
    ¡Oh!, no, no: mi corazón
    palpitar de odio no sabe.
    DON RODRIGO
    Ni al mirar vuestra aflicción,
    hay fuerza en mí que no acabe
    rindiéndose a discreción.
    Es ya el caso de manera,
    que el infausto desposorio
    viene a ser obligatorio
    para ambos: lo demás fuera
    dar escándalo notorio.
    Pero el amor que os consagro,
    se ha vuelto a vos tan propicio,
    que si Dios en su alto juicio
    quiere obrar hoy un milagro...
    contad con un sacrificio.
    Ayer, si resucitara
    mi aciago rival Marsilla,
    sin compasión le matara,
    y sin limpiar la cuchilla
    corriera con vos al ara.
    Hoy, resucitado o no,
    si antes que me deis el sí,
    viene... que triunfe dé mí.
    ISABEL
    ¡Vos sí que triunfáis así
    de esta débil mujer!
     (El llanto le ahoga la voz por unos instantes; luego, al ver a DON PEDRO y a los que te acompañan, se contiene, exclamando.) 
    ¡Oh!

    III- Escena III

      DON PEDRO, DON MARTÍN, damas, caballeros, pajes, ISABEL, DON RODRIGO; después, TERESA.
    DON PEDRO.-  Hijos, el sacerdote que ha de bendecir vuestra unión, ya nos está esperando en la iglesia. Tanto mis deudos como los de Azagra me instan a que apresure la ceremonia; pero aún no ha fenecido el plazo que otorgué a don Diego. Al toque de vísperas de un domingo salió de su patria el malogrado joven, seis años y siete días hace: hasta que suene aquella señal en mi oído, no tengo libertad para disponer de mi hija.  (A DON MARTÍN.)  Porque veáis de qué modo cumplo mi promesa, os he rogado que vinierais aquí.
    DON MARTÍN.-  ¡Inútil escrupulosidad! No os detengáis. No romperá mi hijo el seno de la tierra para reconveniros.
    ISABEL.-   (Aparte.)  ¡Infeliz!
    DON PEDRO.-  Fiel a lo que juré me verá desde el túmulo, cual me hallaríaviviendo.  (Sale TERESA.)
      DON RODRIGO.-  Isabel deseará la compañía de su madre: pudiéramos, pasar por casa del juez...
    TERESA.-  Ahora empezaba el herido a volver en su conocimiento. Si antes de vísperas no se halla mi señora en la iglesia, es señal de que no puede asistir a los desposorios: esto me ha dicho.
    DON PEDRO.-  La esperaremos en el templo.  (A DON MARTÍN.)  Si la pesadumbre os permite acompañarnos, venid...
    DON MARTÍN.-  Excusadme el presenciar un acto que debe serme tan doloroso.
    DON PEDRO.-  Estad seguro de que mientras no oigáis las campanas, no habrá dado su mano Isabel. Estos caballeros podrán atestiguar que se esperó hasta el cabal vencimiento del plazo. Marchemos.
    ISABEL.-   (Aparte.)  ¡Morada de mi pasado bien, a Dios para siempre!  (Vanse todos, menos DON MARTÍN.)

     
    III- Escena IV

      DON MARTÍN.- Con pena, con celos veo yo a Isabel dirigirse al altar. Hubo un tiempo en que la tuve por hija; hoy me quitan su cariño, y ella consiente. Pero ¿qué falta hace al mísero cadáver de mi hijo la constancia de la que él amó? ¡Si su sombra necesita lágrimas, bien se puede satisfacer con las mías!

    III- Escena V

      ADEL, DON MARTÍN.

      ADEL.-  Cristiano, busco a Martín Marsilla, que está aquí, según se me dice. ¿Eres tú?
    DON MARTÍN.-  Yo soy.
    ADEL.-  ¿Qué sabes de tu hijo?
    DON MARTÍN.-  ¡Moro!... su muerte.
    ADEL.-  Esa noticia... ¿quién la ha traído?
    MARTÍN.-  Un joven forastero.
    ADEL.-  ¿En dónde para?
    DON MARTÍN.-  Apenas se detuvo en Teruel: yo no pude verle.
    ADEL.-  ¿Qué ha pasado con Jaime Celladas?
    DON MARTÍN.-  Le han herido gravemente al llegar a la villa: en su lecho yace todavía sin voz ni conocimiento.
    ADEL.-  ¿Luego tú nada sabes?
    DON MARTÍN.-  ¿Qué vas a decirme?
    ADEL.-  Acabo de averiguar que disfrazada con traje de hombre, ha entrado en Teruel Zulima, la esposa del amir de Valencia.
    DON MARTÍN.-  ¿La que fue causa de la pérdida de mi hijo? ADEL.-  Él la desdeñó, y ella se ha vengado mintiendo.
    DON MARTÍN.-  ¿Mintiendo?
    ADEL.-  ¡Anciano! Bendice al Señor: aún eres padre.
    DON MARTÍN.-  ¡Dios poderoso!
    ADEL.-  Tu hijo libró de un asesinato pérfido al amir de Valencia, y el Amir le ha colmado de riquezas y honores. Herido en un combate, no se le permitió caminar hasta reponerse. Jaime venía delante para anunciar su vuelta. Sígueme, y no pararé hasta poner a Marsilla en tus brazos.  (Vase.
    DON MARTÍN.-   (Alzando las manos al cielo, arrebatado de júbilo.)  ¡Señor! ¡Señor!

    III- Escena VI

      MARGARITA, DON MARTÍN.

      MARGARITA.-   (Dentro.)  ¡Isabel! ¡Isabel!  (Sale y repara en DON MARTÍN, que se retiraba con ADEL.)  Don Martín...
    DON MARTÍN.-   (Deteniéndose.)  Margarita, sabedlo...
    MARGARITA.-  Sabedlo el primero. Jaime Celladas...
    DON MARTÍN.-  Ese moro que veis...
    MARGARITA.-  Ha vuelto en sí.
    DON MARTÍN.-  Viene de Valencia.
    MARGARITA.-  Jaime también.
    DON MARTÍN.-  Vive mi hijo.
    MARGARITA.-  Lo ha dicho Jaime. Corred, impedid ese casamiento.  (Óyese el toque de vísperas.
    DON MARTÍN.-  ¡Ah! Ya es tarde.
    MARGARITA.-  ¡Dios ha rechazado mi sacrificio!
    DON MARTÍN.-  ¡Hijo infeliz!
    MARGARITA.-  ¡Hija de mis entrañas!  (Vanse.)

     

    III- Escena VII

      Bosque inmediato a Teruel.

      MARSILLA
     (Atado a un árbol.
    Infames bandoleros,
    que me habéis a traición acometido,
    venid y ensangrentad vuestros aceros:
    la muerte ya por compasión os pido.
    -Nadie llega, de nadie soy oído:
    vuelve el eco mis voces, y parece
    que goza en mi dolor y me escarnece.
    Me adelanté a la escolta que traía:
    su lento caminar me consumía.
    Yo vengo con amor, ellos con oro.
    -Enemigos villanos,
    los ricos dones del monarca moro
    no como yo darán en vuestras manos:
    tiene quien los defienda.
    Pero las horas pasan, huye el día.
    ¿Qué vas a imaginar, Isabel mía?
    ¿Qué pensarás, idolatrada prenda,
    si esperando abrazar al triste Diego
    corrido el plazo ves, y yo no llego?
    Mas por Jaime avisados
    en mi casa estarán: pronto, azorados
    con mi tardanza... Sí, ya se aproxima
    gente. ¿Quién es?

    III- Escena VIII

      ZULIMA, en traje de hombre; MARSILLA.

      ZULIMA
    Yo soy.
    MARSILLA
    ¡Cielos! ¡Zulima!
    ¡Tú aquí!
    (Aparte.)
      ¡Presagio horrendo!
    ZULIMA
    Vecinos de Teruel vienen corriendo
    a quienes más que a mí toca librarte:
    yo solo en esta parte
    me debo detener mientras te digo
    que Isabel es mujer de don Rodrigo.
    MARSILLA
    ¡Gran Dios! Mas no: me engañas, impostora.
    ZULIMA
    Zaén, que llega de Teruel ahora,
    Zaén ha visto dar aquella mano
    tan ansiada por ti.
    MARSILLA
    Finges en vano.
    Tú ignoras que mi próxima llegada
    previno un mensajero.
    ZULIMA
    Tú no sabes
    que un tirador certero
    supo dejar tu previsión burlada,
    saliéndole al camino al mensajero.
    Yo hablé con Isabel, yo de tu muerte
    la noticia le di, y a los bandidos
    encargué que tu viaje detuvieran.
    Yo, celebradas de Isabel las bodas,
    te las vengo a anunciar.
    MARSILLA
    ¿Conque ya es tarde?
    ZULIMA
    Mírame bien, y dúdalo si puedes.
    Inútiles mercedes
    el rey te prodigó: más he podido
    prófuga yo que mi real marido.
    Yo mi amor te ofrecí, bienes y honores,
    y te inmolé mi fe y el ser que tengo;
    tú preferiste ingrato mis rencores:
    me ofendiste cruel, cruel me vengo.
    A Dios: en mi partida
    te dejo por ahora con la vida,
    mientras padeces en el duro potro
    de ver a tu Isabel en brazos de otro.
     (Vase.

    III- Escena IX

      MARSILLA.
      Monstruo, por cuya voz ruge el abismo,
    vuelve y di que es engaño
    todo lo que te oí.
     (Forceja para desatarse.)
      Lazos crueles,
    ¿cómo me resistís? ¡Ligan cordeles
    al que hierros quebró! ¿No soy el mismo?
    ¡Ah!, no. Mujer fatal, cortos instantes
    me quedan que vivir, si no has mentido;
    pero ¡permita Dios que mueras antes!

    III- Escena X

      ADEL, pasando por una altura; MARSILLA.

      ADEL
    Rumor aquí he sentido.
    Atraviesan el valle bandoleros
    con Zulima a caballo.
    Yo, cueste lo que cueste,
    la tengo de prender; voy a ver si hallo
    cerca mis compañeros.
    MARSILLA
    ¿Quién va?
    ADEL
    Marsilla es éste.
      (A voces.
    ¡Aquí! ¡Por este lado, caballeros!
     (Vase.)

      III- Escena XI

      DON MARTÍN, caballeros, criados, MARSILLA.

      DON MARTÍN
     (Dentro.) 
    Él es.
    MARSILLA
    ¡Mi padre!
    VOCES
     (Dentro.)
      Él es.
    MARSILLA
    ¡Padre!
    DON MARTÍN
     (Dentro.)
      ¡Hijo mío!
    Subid, corred, volad: libradle pronto.
      (Salen caballeros y criados.)
    MARSILLA
    Desatadme, decidme... 
    (Desatan a MARSILLA.)
    DON MARTÍN
     (Saliendo.)
    ¡Hijo querido!
    MARSILLA
    ¡Padre!
    DON MARTÍN
    Por fin te hallé.
    MARSILLA
    Decid... ¿Es tarde?
    Yo quisiera dudar... Mi mal, ¿es cierto?
    DON MARTÍN
    Respóndante las lágrimas que vierto.
    Hijo del alma, a quien su hierro ardiente
    tu triste padre, que por verte vive,
    la desgracia al nacer marcó en la frente,
    con dolor en sus brazos te recibe.
    ¿Quién tu llegada ha retardado?
    MARSILLA
    El cielo...
    El infierno... No sé... Facinerosos...
    Una mujer... Dejadme.
    DON MARTÍN
    ¿La sultana?
    ¿Esos bandidos que cobardes huyen
    de los guerreros que conmigo traje?
    ¿Te han herido?
    MARSILLA
    ¡Ojalá!
    DON MARTÍN
    ¿Te han despojado?
    MARSILLA
    Nada he perdido. La esperanza solo.
    DON MARTÍN
    ¡Suerte cruel! Cuando el fatal sonido
    de la campana término ponía...
    MARSILLA
    ¡Esa tigre anunció la muerte mía!
    DON MARTÍN
    ¿Lo sabes?
    MARSILLA
    De ella.
    DON MARTÍN
    ¡Horror! Entonces era
    cuando Jaime, el sentido recobrando,
    la traidora noticia desmentía.
    Corro al templo a saber... Miro, enmudezco...
    ¡Eran esposos ya! Tú bien perdiste...
    Dios lo ha querido así... Pero aún te quedan
    padres que lloren tu destino triste.
    MARSILLA
    El ajeno dolor no quita el mío.
    ¿Con qué llenáis el hórrido vacío
    que el alma siente, de su bien privada?
    ¡Padre!, sin Isabel, para Marsilla
    no hay en el mundo nada.
    Por eso en mi doliente desvarío
    sed bárbara de sangre me devora.
    Verterla a ríos para hartarme quiero,
    y cuando más que derramar no tenga,
    la de mis venas soltará mi acero.
    DON MARTÍN
    Hijo, modera ese furor.
    MARSILLA
    ¿Quién osa
    hijo llamarme ya? ¡Fuera ese nombre!
    La desventura quiebra
    los vínculos del hombre con el hombre
    y con la vida y la virtud. Ahora,
    que tiemble mi rival, tiemble la mora.
    Breve será su victorioso alarde:
    para acabar con ambos aún no es tarde.
    DON MARTÍN
    ¡Desgraciado! ¿Qué intentas?
    MARSILLA
    Con el crimen
    el crimen castigar. Una serpiente
    se me enreda en los pies: mi pie destroce
    su garganta infernal. Un enemigo
    me aparta de Isabel: desaparezca.
    DON MARTÍN
    Hijo...
    MARSILLA
    Perecerá.
    DON MARTÍN
    No...
    MARSILLA
    ¡Maldecido
    mi nombre sea, si la sangre odiosa
    de mi rival no vierto!
    DON MARTÍN
    Es poderoso...
    MARSILLA
    Marsilla soy.
    DON MARTÍN
    Mil deudos le acompañan...
    MARSILLA
    Mi furia a mí.
    DON MARTÍN
    Merézcate respeto
    ese lazo...
    MARSILLA
    Es sacrílego, es aleve.
    DON MARTÍN
    En presencia de Dios formado ha sido.
    MARSILLA
    Con mi presencia queda destruido.

          
    Acto IV

      Habitación de ISABEL, en la casa de DON RODRIGO. Dos puertas a la izquierda del espectador, una en el fondo, y una ventana sin reja a la derecha.

      IV- Escena I


      DON PEDRO, DON MARTÍN.
      PEDRO
    Ya cesó la vocería.
    DON MARTÍN
    Ya se tranquiliza el pueblo.
    Zaén en la cárcel queda
    con los demás bandoleros.
    DON PEDRO
    Milagro ha sido salvarlos
    mayor que lo fue prenderlos.
    DON MARTÍN
    Y no los prenden quizá,
    si no acuden tan a tiempo
    los moros que de Valencia
    con los regalos vinieron
    de su rey para mi hijo.
    ¡Regalos ya sin provecho!
    ¡Castigue Dios a quien tiene
    la culpa!
    DON PEDRO
    ¡Oh!, lo hará. Primero
    que vayamos esta noche
    los dos al ayuntamiento,
    donde ya deben hallarse
    juntos el juez y mi yerno,
    ¿tendréis, don Martín, a bien
    que los dos conferenciemos
    un rato?
    DON MARTÍN
    Hablad.
    DON PEDRO
    Aquí está
    Zulima.
    Bien me dijeron
    los moros.
    DON PEDRO
    En esta calle
    arremetió con los presos
    un tropel de gente; y ella,
    puesta en libertad en medio
    del tumulto, se arrojó
    por estas puertas adentro.
    DON MARTÍN
    Confesad que don Rodrigo
    la salvó.
    DON PEDRO
    No lo confieso...
    porque no lo vi.
    DON MARTÍN
    Yo, en suma,
    no diré que fue mal hecho:
    él debe a la mora estar
    agradecido en extremo.
    Por ella logra la mano
    de Isabel.
    DON PEDRO
    Resentimiento
    justo mostráis; pero yo,
    que he sido enemigo vuestro,
    necesito de vos hoy.
    DON MARTÍN
    Aquí me tenéis, don Pedro.
    DON PEDRO
    Sois quien sois. Esa mujer
    nos pone en terrible aprieto.
    Ya veis, los moros reclaman
    su entrega con mucho empeño.
    MARTÍN
    Y mientras el juez resuelve
    cercada se ve por ellos
    esta casa.
    DON PEDRO
    Y bien, ¿quisierais
    que entre vos y yo de un riesgo
    libráramos a Teruel?
    DON MARTÍN
    Crimen fuera no quererlo.
    DON PEDRO
    Si en la junta de la villa
    negamos, como debemos,
    la entrega de la sultana,
    va a ser enemigo nuestro
    el rey de Valencia, y puede
    gravísimo daño hacernos.
    DON MARTÍN
    Y el que recibimos ambos
    de su mujer, ¿es pequeño?
    DON PEDRO
    Pero es mujer, y nosotros
    cristianos y caballeros.
    DON MARTÍN
    Proseguid.
    DON PEDRO
    El compromiso
    queda evitado, si hacemos
    que huya en el instante.
    DON MARTÍN
    Hagámoslo.
    -Págueme Dios el esfuerzo
    que me cuesta no vengarme.
    Disponed.
    DON PEDRO
    Con un pretexto
    llevad los moros de aquí.
    De vos harán caso.
    DON MARTÍN
    Creo
    que sí.
    DON PEDRO
    Lo demás es fácil.
    Puesta ya en salvo, diremos
    que ella huyó por sí.
    DON MARTÍN
    Voy pues,
    y ya que la mano tiendo
    al uno de los autores
    de mi desventura, quiero
    dársela también al otro.
    Decid al dichoso dueño
    de esta casa y de Isabel,
    que mire en estos momentos
    por su vida; que mi hijo
    va, loco de sentimiento
    y de furor, en su busca
    por Teruel; y, ¡vive el cielo
    que, doliente como está,
    valor le sobra al mancebo
    para vengar!... Perdonadme.
    A Dios. Voy a complaceros,
    y a buscarle y conducirle
    esta misma noche lejos
    de unos lugares en donde
    vivimos los dos muriendo.
      (Vase por la puerta izquierda, más cercana al proscenio.DON PEDRO Id con Dios. ¡Padre infeliz!
    ¿Y nosotros? Me estremezco
    al pensar en Isabel,
    cuando de todo el suceso
    llegue a enterarse.
    IV- Escena II

      TERESA, DON PEDRO.

      TERESA
     (Dentro.)
      ¡Favor!
    ¡que me vienen persiguiendo!
      (Sale.)
      DON PEDRO
    ¡Teresa! ¿Qué hay? ¿Quién te sigue?
    TERESA
    Las ánimas del infierno...
    las del purgatorio... No
    sé cuáles; pero las veo,
    las oigo...
    DON PEDRO
    Mas, ¿qué sucede?
    TERESA
    ¡Ay!, muerta de susto vengo.
    ¡Ay! Isabel me ha enviado
    por mi señora corriendo,
    que volvió, no sé por qué,
    a la casa del enfermo;
    y antes de llegar, he visto
    en un callejón estrecho,
    junto a la ermita caída...
    ¡Jesús!, convulsa me vuelvo
    a casa.
    DON PEDRO
    ¿Qué viste? Di.
    TERESA
    Una fantasma, un espectro
    todo parecido, todo,
    al pobrecito don Diego.
    DON PEDRO
    Calla: no te oiga Isabel.
    Guarda con ella silencio.
    Marsilla ha venido, y ella
    no lo sabe.
    TERESA
    Pero, ¿es cierto
    que vive?
    DON PEDRO
    ¿No ha de ser?
    TERESA
    ¡Ay!
    Pues otra desgracia temo.
    DON PEDRO
    ¿Cuál?
    TERESA
    No lo aseguraré,
    por si es aprensión del miedo;
    sin embargo, yo creí
    ver que se llevaba el muerto
    asido del brazo al novio.
    DON PEDRO
    ¡Qué dices!
    TERESA
    Aún traigo el eco
    de su voz en los oídos.
    Con alarido tremendo
    decía: «Vas a morir,
    has de morir. Lo veremos»,
    replicaba don Rodrigo;
    y echando votos y retos,
    iban los dos como rayos
    camino del cementerio.
    Yo, señor, ya les recé
    la salve y el padre nuestro
    en latín.
    DON PEDRO
    Se han encontrado
    y van a tener un duelo.
    Esto es antes.

    IV- Escena III


     
    ISABEL, por la segunda puerta del lado izquierdo; DON PEDRO, TERESA.

      ISABEL
    ¡Padre!
    DON PEDRO
    Aguárdame
    aquí: pronto volveremos
    tu madre, tu esposo y yo.
    Venid, Teresa.
      (Vanse los dos.)
    ISABEL
    ¿Qué es esto?
    ¡Mi padre me deja sola,
    cuando con tanto secreto
    un moro me quiere hablar!
    Sin duda están sucediendo
    cosas extrañas aquí.
     (Acércase a la segunda puerta.)
      Llegad. Al mirarle, tiemblo.

    IV- Escena IV

      ADEL, ISABEL.

      ADEL
    Cristiana, brillante honor
    de las damas de tu ley,
    yo imploro, en nombre del rey
    de Valencia, tu favor.
    ISABEL
    ¿Mi favor?
    ADEL
    Tendrás noticia
    de que salió de su corte
    Zulima, su infiel consorte,
    huyendo de su justicia.
    ISABEL
    Sí.
    ADEL
    Mi señor decretó
    con rectitud musulmana
    castigar a la sultana,
    ya que a Marsilla premió.
    ISABEL
    ¡Premiar!... ¿Ignoras, cruel,
    que le dio muerte sañuda?
    ADEL
    Tú no le has visto, sin duda,
    entrar como yo en Teruel.
    ISABEL
    ¿Marsilla en Teruel?
    ADEL
    Sí.
    ISABEL
    Mira
    si te engañas.
    ADEL
    Mal pudiera.
    Infórmate de cualquiera,
    y mátenme si es mentira.
    ISABEL
    No es posible. ¡Ah, sí!, que siendo
    mal, no es imposible nada.
    ADEL
    Por la villa alborotada
    tu nombre va repitiendo.
    ISABEL
    ¡Eterno Dios! ¡Qué infelices
    nacimos! ¿Cuándo ha llegado?
    ¿Cómo es que me lo han callado?
    Y tú, ¿por qué me lo dices?
    ADEL
    Porque estás, a mi entender,
    en grave riesgo quizá.
    ISABEL
    Perdido Marsilla, ya
    ¿qué bien tengo que perder?
    ADEL
    Con viva lástima escucho
    tus ansias de amor estremas;
    pero aunque tú nada temas,
    yo debo decirte mucho.
    Marsilla a mi rey salvó
    de unos conjurados moros,
    el rey vertió sus tesoros
    en él, y aquí le envió.
    Él despreció la liviana
    inclinación de la infiel...
    ISABEL
    ¡Oh, sí!
    ADEL
    Y airada con él.
    vino, y se vengó villana
    contando su falso fin.
    ISABEL
    ¡Ella!
    ADEL
    Con una gavilla
    de bandidos, a Marsilla
    detuvo, ya en el confín
    de Teruel, donde veloces
    corriendo en tropel armado,
    le hallamos a un tronco atado,
    socorro pidiendo a voces.
    ISABEL
    Calla, moro: no más.
    ADEL
    Pasa
    más, y es bien que te aperciba.
    La sultana fugitiva
    se ha refugiado en tu casa:
    en ésta.
    ISABEL
    ¡Aquí mi rival!
    ADEL
    Tu esposo la libertó.
    ISABEL
    ¡Ella donde habito yo!
    ADEL
    Guárdate de su puñal.
    Por celos allá en Valencia
    matar a Marsilla quiso.
    ISABEL
    A tiempo llega el aviso.
    ADEL
    Confirma tú la sentencia
    que justo lanzó el amir.
    Por esa mujer malvada,
    para siempre separada
    de Marsilla has de vivir.
    Ella te arrastra al odioso
    tálamo de don Rodrigo.
    Envíala tú conmigo
    al que le apresta su esposo,
    pena digna del ultraje
    que siente.
    ISABEL
    Sí, moro: salga
    pronto de aquí, no le valga
    el fuero del hospedaje.
    Como perseguida fiera
    entró en mi casa: pues bien,
    al cazador se la den,
    que la mate donde quiera.
    Mostrarse de pecho blando
    con ella, fuera rayar
    en loca: voy a mandar
    que la traigan arrastrando.
    Sean de mi furia jueces
    cuantas pierdan lo que pierdo.
    ¡Jesús! Cuando yo recuerdo
    que hoy pude... ¡Jesús mil veces!
    No le ha de valer el llanto,
    ni el ser mujer, ni ser bella,
    ni reina. ¡Si soy por ella
    tan infeliz! ¡Tanto, tanto!...
    Dime, pues, di: tu señor,
    ¿qué suplicio le impondrá?
    ADEL
    Una hoguera acabará
    con su delincuente amor.
    ISABEL
    ¡Su amor! ¡Amor desastrado!
    Pero es amor...
    ADEL
    Y ¿es bastante
    esa razón?...
    ISABEL
    ¡Es mi amante
    tan digno de ser amado!
    Le vio, le debió querer
    en viéndole. ¡Y yo que hacía
    tanto que no le veía...
    y ya no le puedo ver!
    Moro, la víctima niego
    que me vienes a pedir:
    quiero yo darle a sufrir
    castigo mayor que el fuego.
    Ella con feroz encono
    mi corazón desgarró...
    me asesina el alma... yo
    la defiendo, la perdono.

     (Vase.IV- Escena V



     

      ADEL.

      He perdido la ocasión.
    Suele tener esta gente
    acciones, que de un creyente
    propias en justicia son.
    Yo dejara con placer
    este empeño abandonado;
    pero el amir lo ha mandado,
    y es forzoso obedecer.

     (Vase.)
      IV- Escena VI MARSILLA, por la ventana.

      Jardín... una ventana... y ella luego.
    Jardín abierto hallé y hallé ventana;
    mas ¿dónde está Isabel? Dios de clemencia,
    detened mi razón, que se me escapa;
    detenedme la vida, que parece
    que de luchar con el dolor se cansa.
    Siete días hace hoy, ¡qué venturoso
    era en aquel salón! Sangre manaba
    de mi herida, es verdad; pero agolpados
    alrededor de mi lujosa cama,
    la tierna historia de mi amor oían
    los guerreros, el pueblo y el monarca,
    y entre piadoso llanto y bendiciones -
    Tuya será Isabel -juntos clamaban
    súbditos y señor. Hoy no me ofende
    mi herida, rayos en mi diestra lanza
    el damasquino acero... No le traigo...
    ¡y hace un momento que con dos me hallaba!
    Salvo en Teruel y vencedor, ¿qué angustia
    viene a ser ésta que me rinde el alma,
    cuando acabada la cruel ausencia,
    voy a ver a Isabel?

    IV- Escena VII

     

    ISABEL, MARSILLA.

      ISABEL
    Por fin se encarga
    mi madre de Zulima.
    MARSILLA
    ¡Cielo santo!
    ISABEL
    ¡Gran Dios!
    MARSILLA
    ¿No es ella?
    ISABEL
    ¡Él es!
    MARSILLA
    ¡Prenda adorada!
    ISABEL
    ¡Marsilla!
    MARSILLA
    ¡Gloria mía!
    ISABEL
    ¿Cómo, ¡ay!, cómo
    te atreves a poner aquí la planta?
    si te han visto llegar... ¿A qué has venido?
    MARSILLA
    Por Dios... que lo olvidé. Pero ¿no basta,
    para que hacia Isabel vuele Marsilla,
    querer, deber, necesitar mirarla?
    ¡Oh!, ¡qué hermosa a mis ojos te presentas!
    Nunca te vi tan bella, tan galana...
    y un pesar sin embargo indefinible
    me inspiran esas joyas, esas galas.
    Arrójalas, mi bien; lana modesta,
    cándida flor, en mi jardín criada,
    vuelvan a ser tu virginal adorno:
    mi amor se asusta de riqueza tanta.
    ISABEL
     (Aparte.) 
    ¡Delira el infeliz! Sufrir no puedo
    su dolorida, atónita mirada.
    ¿No entiendes lo que indica el atavío,
    que no puedes mirar sin repugnancia?
    nuestra separación.
    MARSILLA
    ¡Poder del cielo!
    Sí. ¡Funesta verdad!
    ISABEL
    ¡Estoy casada!
    MARSILLA
    Ya yo sé. Llegué tarde. Vi la dicha,
    tendí las manos, y voló al tocarlo.
    ISABEL
    Me engañaron: tu muerte supusieron
    y tu infidelidad.
    MARSILLA
    ¡Horrible infamia!
    ISABEL
    Yo la muerte creí.
    MARSILLA
    Si tú vivías,
    y tu vida y la mía son entrambas
    una sola no más, la que me alienta
    ¿cómo de ti sin ti se separara?
    Juntos aquí nos desterró la mano
    que gozo y pena distribuye sabia:
    juntos al fin de la mortal carrera
    nos toca ver la celestial morada.
    ISABEL
    ¡Oh!, ¡si me oyera Dios!...
    MARSILLA
    Isabel, mira,
    yo no vengo a dar quejas: fueran vanas.
    Yo no vengo a decirte que debiera
    prometerme de ti mayor constancia,
    cumplimiento mejor del tierno voto
    que invocando a la Madre Inmaculada,
    me hiciste amante la postrera noche
    que me apartó de tu balcón el alba.
    ¡Para ti (sollozando me decías),
    o si no, para Dios! ¡Dulce palabra,
    consoladora fiel de mis pesares
    en los ardientes páramos del Asia
    y en mi cautividad! Hoy ni eres mía,
    ni esposa del Señor. Di, pues, declara
    (esto quiero saber) de qué ha nacido
    el prodigio infeliz de tu mudanza.
    Causa debe tener.
    ISABEL
    La tiene.
    MARSILLA
    Grande.
    ISABEL
    Poderosa, invencible: no se casa
    quien amaba cual yo, sino cediendo
    a la fuerza mayor en fuerza humana.
    MARSILLA
    Dímelo pronto, pues, dilo.
    ISABEL
    Imposible.
    No has de saberlo.
    MARSILLA
    Sí.
    ISABEL
    No.
    MARSILLA
    Todo.
    ISABEL
    Nada.
    Pero tú en mi lugar también el cuello
    dócil a la coyunda sujetaras.
    MARSILLA
    Yo no, Isabel, yo no. Marsilla supo
    despreciar una mano soberana
    y la muerte arrostrar, por quien ahora
    la suya vende y el porqué le calla.
    ISABEL
     (Aparte.) 
    ¡Madre, madre!
    MARSILLA
    Responde.
    ISABEL
     (Aparte.)
      ¿Qué le digo?
    Tendré que confesar... que soy culpada.
    ¿Cómo no lo he de ser? Me ves ajena.
    Perdóname... Castígame por falsa,
     (Llora.)
      mátame, si es tu gusto... Aquí me tienes,
    para el golpe mortal arrodillada.
    MARSILLA
    Ídolo mío, no; yo sí que debo
    poner mis labios en tus huellas. Alza.
    No es de arrepentimiento el lloro triste
    que esos luceros fúlgidos empaña;
    ese llanto es de amor, yo lo conozco,
    de amor constante, sin doblez, sin tacha,
    ferviente, abrasador, igual al mío.
    ¿No es verdad, Isabel? Dímelo franca:
    va mi vida en oírtelo.
    ISABEL
    ¿Prometes
    obedecer a tu Isabel?
    MARSILLA
    ¡Ingrata!
    ¿Cuándo me rebelé contra tu gusto?
    Mi voluntad ¿no es tuya? Dispón, habla.
    ISABEL
    Júralo.
    MARSILLA
    Sí.
    ISABEL
    Pues bien... Yo te amo. Vete.
    MARSILLA
    ¡Cruel! ¿Temiste que ventura tanta
    me matase a tus pies, si su dulzura
    con venenosa hiel no iba mezclada?
    ¿Cómo ésas dos ideas enemigas
    de destierro y de amor hiciste hermanas?
    ISABEL
    Ya lo ves, no soy mía; soy de un hombre
    que me hace de su honor depositaria,
    y debo serle fiel. Nuestros amores
    mantuvo la virtud libres de mancha:
    su pureza de armiño conservemos.
    Aquí hay espinas, en el cielo palmas.
    Tuyo es mi amor y lo será: tu imagen
    siempre en el pecho llevaré grabada,
    y allí la adoraré: yo lo prometo,
    yo lo juro; mas huye sin tardanza.
    Libértame de ti, sé generoso:
    libértate de mí...
    MARSILLA
    No sigas, basta.
    ¿Quieres que huya de ti? Pues bien, te dejo.
    Valor... y separémonos. En paga,
    en recuerdo si no, de tantas penas
    con gozo por tu amor sobrellevadas,
    permite, Isabel mía, que te estrechen
    mis brazos una vez...
    ISABEL
    Deja a la esclava
    cumplir con su señor.
    MARSILLA
    Será el abrazo
    de un hermano dulcísimo a su hermana,
    el ósculo será que tantas veces
    cambió feliz en la materna falda
    nuestro amor infantil.
    ISABEL
    No lo recuerdes.
    MARSILLA
    Ven...
    ISABEL
    No: jamás.
    MARSILLA
    En vano me rechazas.
    ISABEL
    Deténte... o llamo...
    MARSILLA
    ¿A quién? ¿A don Rodrigo?
    No te figures que a tu grito salga.
    No lisonjeros plácemes oyendo,
    su vanidad en el estrado sacia,
    no; lejos de los muros de la villa,
    muerde la tierra que su sangre baña.
    ISABEL
    ¡Qué horror! ¿Le has muerto?
    MARSILLA
    ¡Pérfida! ¡Te afliges!
    Si lo llego a pensar, ¿quién le librara?
    ISABEL
    ¿Vive?
    MARSILLA
    Merced a mi nobleza loca,
    vive: apenas cruzamos las espadas,
    furiosa en él se encarnizó la mía:
    un momento después, hundido estaba
    su orgullo en tierra, en mi poder su acero.
    ¡Oh!, ¡maldita destreza de las armas!
    ¡Maldito el hombre que virtudes siembra,
    que le rinden cosecha de
    Se trata
    de salvarte, Isabel. ¿Sabes qué dijo
    el cobarde que lloras desolada,
    al caer en la lid? Triunfante quedas;
    pero mi sangre costará bien cara.
    ISABEL
    ¿Qué dijo? ¿Qué?
    MARSILLA
    Me vengaré en don Pedro,
    en s desgracias!
    No más humanidad, crímenes quiero.
    A ser cruel tu crueldad me arrastra,
    y en ti la he de emplear. Conmigo ahora
    vas a salir de aquí.
    ISABEL
    ¡No, no!
    MARSILLA u esposa, en los tres: guardo las cartas.
    ISABEL
    ¡Jesús!
    MARSILLA
    ¿Qué cartas son?...
    ISABEL
    ¡Tú me has perdido!
    La desventura sigue tus pisadas.
    ¿Dónde mi esposo está? ¡Dímelo pronto,
    para que fiel a socorrerle vaya,
    y a fuerza de rogar venza sus iras!
    MARSILLA
    ¡Justo Dios! ¡Y decía que me amaba!
    ISABEL
    ¿Con su pasión funesta reconvienes
    a la mujer del vengativo Azagra?
    ¡Te aborrezco!
     (Vase.)

    IV- Escena VIII

      MARSILLA.

      MARSILLA
    ¡Gran Dios! Ella lo dice.
    Con furor me lo dijo: no me engaña.
    Ya no hay amor allí. Mortal veneno
    su boca me arrojó, que al fondo pasa
    de mi seno infeliz, y una por una,
    rompe, rompe, me rompe las entrañas!
    Yo con ella, por ella, para ella
    viví... Sin ella, sin su amor, me falta
    aire que respirar... ¡Era amor suyo
    el aire que mi pecho respiraba!
    Me le negó, me le quitó: me ahogo,
    no sé vivir.
    VOCES
     (Dentro.) 
    Entrad, cercad la casa.

    IV- Escena IX

      ISABEL, trémula y precipitada; MARSILLA.

      ISABEL
    Huye, que viene gente, huye.
    MARSILLA
     (Todo trastornado.
    No puedo.
    VOCES
     (Dentro.) 
    ¡Muera, muera!
    MARSILLA
    Eso sí.
    ISABEL
    Ven.
    MARSILLA
    ¡Dios me valga!   (ISABEL le ase la mano y se entra con él por la puerta del fondo.)

      IV- Escena X

     
    ADEL, huyendo de varios caballeros con espadas desnudas; DON PEDRO, MARGARITA, criados; ISABEL, MARSILLA, dentro.

      CABALLEROS
    ¡Muera, muera!
    DON PEDRO
    Escuchad.
    ADEL
    Aragoneses,
    yo la sangre vertí de la sultana;
    pero el rey de Valencia, esposo suyo,
    tras ella me envió para matarla.
    Consorte criminal, amante impía,
    la muerte de Marsilla maquinaba,
    la muerte de Isabel...
    ISABEL  (Dentro.
    ¡Ay!
    ADEL
    Ved en prueba
    esta punta sutil envenenada.
    (Muestra el puñal de ZULIMA.)
      Marsilla lo que digo corrobore.
    Cerca de aquí ha de estar.
      (Ábrese la puerta del fondo, y sale por ella ISABEL, que se arroja enbrazos de MARGARITA. MARSILLA aparece caído en un escaño.)

      IV- Escena XI

     
    ISABEL, dichos.
      ISABEL
    ¡Madre del alma!
    ADEL
    Vedle allí...
    MARGARITA
    ¡Santo Dios!
    DON PEDRO
    Inmóvil...
    ISABEL
    ¡Muerto!
    ADEL
    Cumplió Zulima su feroz venganza.
    ISABEL
    No le mató la vengativa mora.
    Donde estuviera yo, ¿quién le tocara?
    Mi desgraciado amor es quien le mata.
    Delirante le dije: Te aborrezco:
    él creyó la sacrílega palabra,
    y expiró de dolor.
    MARGARITA
    Por todo el cielo...
    ISABEL
    El cielo que en la vida nos aparta,
    nos unirá en la tumba.
    DON PEDRO
    ¡Hija!
    ISABEL
    Marsilla
    un lugar a su lado me señala.
    MARGARITA
    ¡Isabel!
    DON PEDRO
    ¡Isabel!
    ISABEL
    Mi bien, perdona
    mi despecho fatal. Yo te adoraba.
    Tuya fui, tuya soy: en pos del tuyo
    mi enamorado espíritu se lanza.
     (Dirígese adonde está el cadáver de MARSILLA; pero antes de llegar, cae sin aliento con los brazos tendidos hacia su amante.)

      FIN






    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac