De la Rosa [Indice]
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EN CONSTRUCCIÓN.




  • "La tormenta"
  • "La perdiz"
  • "La soledad"
  • "El huérfano"
  • "La niña descolorida"
  • "El árbol de la esperanza"
  • "El reloj de arena"
  • "La muerte" 
  • "Canción guerrera"con motivo del levantamiento de los griegos
  • "La vuelta a la patria" 
  • "El recuerdo de la patria" 
  • "El cementario de Momo (Epitafios)" 
  • "Canción del cautivo"
  • - Teatro -
  • "LA CONJURACIÓN DE VENECIA" 

  • otros textos de Martínez de la Rosa









    La tormenta


    ¿Hubo n día jamás, un solo día,
    cuando el amor mil dichas me brindaba,
    en que la cruda mano del destino
    la copa del placer no emponzoñara?
    Tú lo sabes, mi bien: el mismo cielo
    para amarnos formó nuestras dos almas;
    mas con doble crueldad, las unió apenas,
    las quiso dividir, y las desgarra.
    ¡Cuántas veces sequé con estos labios
    tus mejillas en lágrimas bañadas,
    tus ojos enjugué, y hasta en tu boca
    bebí ansioso tus lágrimas amargas!
    Con suspiros tristísimos salían,
    mezcladas, confundidas tus palabras;
    y al repeler mis manos con latidos,
    tu corazón desdichas presagiaba...
    Todas, a un tiempo, todas se cumplieron:
    y si tal vez un rayo de esperanza
    brilló cual un relámpago, el abismo
    nos mostró abierto a nuestras mismas plantas.
    ¿Lo recuerdas, mi bien? Morir unidos
    demandamos al cielo en noche aciaga,
    cuando natura toda parecía
    en nuestro daño y ruina conjurada:
    la tierra nos negaba hasta un asilo;
    la lluvia nuestros pasos atajaba;
    bramaba el huracán; el cielo ardía,






    las centellas en torno serpeaban...
    ¡Ay!, ojalá la muerte en aquel punto
    sobre entrambos el golpe descargara,
    cuando sin voz, sin fuerzas, sin aliento,
    te sostuve en mis hombros reclinada.
    "¿Qué temes? Vuelve en ti; soy yo, bien mío;
    es tu amante, tu dueño quien te llama;
    ni el mismo cielo separarnos puede:
    o destruye a los dos, o a los dos salva."
    Inmóvil, muda, yerta, parecías
    de duro mármol insensible estatua;
    mas cada vez que retumbaba el trueno,
    trémula contra el seno me estrechabas;
    en tanto que por hondos precipicios,
    casi ya sumergido entre las aguas,
    a pesar de los cielos y la tierra
    conduje a salvo la adorada carga...
    Ahora, ¡ay de mi!, por siempre separados,
    sin amor, sin hogar, sin dulce patria,
    el peligro más leve me amedrenta;
    la imagen de la muerte me acobarda:
    ni habrá un amigo que mis ojos cierre;
    veré desierta mi fatal estancia;
    y solo por piedad mano extranjera
    arrojará mi cuerpo en tierra extraña.









    La perdiz


    Cesa un instante siquiera,
    Cesa, avecilla, en el canto,
    Y no atraigas a los tuyos
    Con tu pérfido reclamo:
    El mismo dueño a quien sirves,
    Te arrancó del nido amado,
    Te robó la libertad,
    Te desterró de los campos;
    Y por complacerle ahora,
    De tanta crueldad en pago
    A tu esposo y a tus hijos
    Tú misma tiendes el lazo.
    La voz del amor empleas,
    Brindas con dulces halagos,
    Cuando la tierra y el cielo
    A amar están convidando;
    Pero entre tanto escondida
    La muerte acecha a tu lado,
    Pronta a salpicar con sangre
    Las bellas flores del prado
    ¡Ay! deja al hombre cruel
    Valerse de esos engaños;
    Llamar con voz alevosa
    y vender a sus hermanos.





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    La soledad


    Único asilo en mis eternos males,
    Augusta soledad, aquí en tu seno,
    Lejos del hombre y su importuna vista,
    Déjame libre suspirar al menos:
    Aquí, a la sombra de tu horror sublime,
    Daré al aire mis lúgubres lamentos,
    Sin que mi duelo y mi penar insulten
    Con sacrílega risa los perversos,
    Ni la falsa piedad tienda su mano,
    Mi llanto enjugue y me traspase el pecho.
    Todo convida a meditar: la noche
    El mundo envuelve en tenebroso velo;
    Y aumentando el pavor, quiebran las nubes
    De la luna los pálidos reflejos:
    El informe peñasco, el mar profundo
    Hirviendo en torno con medroso estruendo,
    El viento que bramando sordamente
    Turba apenas el lúgubre silencio,
    Todo inspira terror, y todo adula
    Mi triste afán y mi dolor acerbo.
    La horrible majestad que me rodea
    Lentamente descarga el grave peso
    Que mi pecho oprimió: por vez primera
    Se mezclan mis sollozos a mis ecos,
    Y apiadado el destino da a mis ojos
    De una mísera lágrima el consuelo...
    ¡Llanto feliz! Cual bienhechor rocío
    Templa la sed del abrasado suelo,
    Calma la angustia, la mortal congoja
    Con que batalla mi cansado esfuerzo;
    Y en plácida tristeza absorta el alma,





    No envidiará la dicha ni el contento.
    Solo en el mundo, de ilusiones libre,
    De vil temor y de esperanza ajeno,
    Encontraré la paz que vanamente
    me ofreció con su magia el universo.
    ¿Qué importa que a mi planta mal segura
    Aún falte tierra en que estampar su sello,
    Y al carcomido escollo amenazando,
    Me estreche el mar en angustioso cerco?
    ¿No me basto a mí mismo? ¿No me es dado
    Alzar mis ojos sin pavor al cielo,
    Sentir mi corazón que quieto late,
    Y el mundo contemplar con menosprecio?
    Yo vi en la aurora de mi edad florida
    Sus encantos brindarse a mis deseos:
    Gloria, riquezas, cuantos falsos bienes
    Anhela el hombre en su delirio ciego,
    En torno me cercaron: oficiosa
    La amistad redoblaba mi contento;
    La pérfida ambición me sonreía;
    Me brindaba el amor su dulce seno
    Temí, temblé, me apercibí al combate,
    Demandé a mi razón su flaco esfuerzo;
    Y apenas pude en afanosa lucha
    Rechazar tanto hechizo lisonjero.
    ¡Qué fuera, o Dios, si al rápido torrente
    Yo propio me arrojara! En presto vuelo
    Pasaron cinco lustros de mi vida,
    Y el cuadro encantador huyó con ellos;
    Huyó, volví la vista, lancé un grito
    Y en vez de flores encontré un desierto.


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    El huérfano


    Mientras el crudo diciembre
    Arroja nieve y granizo,
    Y del palacio las puertas
    Conmueve el ábrego impío,
    A su amparo en noche oscura
    Se acoge un mísero niño,
    Que abandonaron sus padres
    Y no halla en el mundo asilo:
    Ambas manos junto al pecho,
    Tiembla de susto y de frío;
    Y hasta el aliento le falta
    Para demandar auxilio...
    ¡Jamás tuvo el inocente
    Quien oyera sus suspiros,
    Quien enjugase su llanto,
    Quien le llamara su hijo!
    En el hueco de unas rocas
    Le hallaron recién nacido,
    Sin más protector que el cielo,
    Ni más padre que Dios mismo;
    Sólo Dios, que abre su mano
    Para el tierno pajarillo,
    Y hasta en el aura derrama
    Las semillas y el rocío.

      Huérfano desventurado,
    No llores tan afligido;
    Y llama a la misma puerta
    Que hora te sirve de arrimo:
    Llama otra vez, que su dueño
    En blando lecho adormido,
    En sueños ve los tesoros
    Que conducen sus navíos;
    Y no ha de ser tan cruel,





    Que al escuchar tus gemidos,
    Te niegue un pobre sustento,
    Te niegue un mísero abrigo.

                    «¡Amparad piadosos
                   A un niño infeliz;
                  Y Dios os lo premie
                  Mil veces y mil!
                  Solo y desvalido
                  ¡Ay triste! nací;
                  Que mi propia madre
                  Me alejó de sí...
                  Si madre tuvisteis,
                  A Dios bendecid;
                 ¡Y en memoria suya
                  Doleos de mí!
                  Nunca una palabra
                  Cariñosa oí;
                  Llanto de mis ojos
                  Por leche bebí...

                    Por Dios y su Madre,
                  Piadosos abrid;
                 Si no, a vuestra puerta,
                  Me veréis morir!...»

      Apenas estas palabras
    Sollozaba el huerfanito,
    Cuando dentro del palacio
    Sonó de un can el ladrido;
    Cien esclavos acudieron;
    Y amenazaron al niño,
    Si en mal hora el dueño adusto
    Despertaba a sus gemidos.


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    La niña descolorida


    Pálida está de amores
    mi dulce niña.
    ¡Nunca vuelven las rosas
    a sus mejillas!

    Nunca de amapolas
    o adelfas ceñida
    mostró Citerea
    su frente divina.
    Téjenle guirnaldas
    de jazmín sus ninfas,
    y tiernas violas
    Cupido le brinda.

    Pálida está de amores
    mi dulce niña.
    ¡Nunca vuelven las rosas
    a sus mejillas!

    El sol en su ocaso
    presagia desdichas
    con rojos celajes
    la faz encendida.
    El alba, en Oriente,
    más plácida brilla;
    de cándido nácar
    los cielos matiza.

    Pálida está de amores
    mi dulce niña.




    ¡Nunca vuelven las rosas
    a sus mejillas!

    ¡Qué linda se muestra,
    si a dulces caricias
    afable responde
    con blanda sonrisa!
    Pero muy más bellas
    el amor convida
    si de amor se duele
    si de amor respira.

    Pálida está de amores
    mi dulce niña.
    ¡Nunca vuelven las rosas
    a sus mejillas!

    Sus lánguidos ojos
    el brillo amortiguan;
    retiemblan sus brazos;
    su seno palpita.
    Ni escucha, ni habla,
    ni ve, ni respira;
    y busca en sus labios
    el alma y la vida...

    Pálida está de amores
    mi dulce niña.
    ¡Nunca vuelven las rosas
    a sus mejillas!




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    El árbol de la esperanza


    Al pie nace de una cuna
    El árbol de la esperanza;
    Y al son del viento se mece,
    Frágil cual trémula caña:
    Sólo un instante por dicha
    Manso el céfiro le halaga,
    Que el cierzo helado lo seca,
    Y el austro ardiente lo abrasa.
    Crece, da vistosas flores,
    Y el fruto rara vez cuaja:
    Cual tierna flor del almendro,
    Muere por nacer temprana.
    Cuanto más alto se encumbra,
    Más peligros le amenazan;
    Como el cedro que descuella,
    Los rayos del cielo llama.
    Reposa el águila altiva
    En su copa soberana;
    Mientras insectos traidores
    Están royendo su planta:
    Hondas echa las raíces;
    Lejos extiende sus ramas;
    Y apenas da escasa sombra,
    La Muerte su tronco tala.

      




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    El reloj de arena


    ¡Cuán rápida desciende
    La arena ante mi vista;
    Y cada leve grano
    Lleva un mísero instante de mi vida! ...
    Tardos los juzga el Tiempo,
    Y el curso precipita,
      Y el frágil vidrio estalla
    Entre las manos de la Muerte impía:
    Al viento arroja el polvo
    Con bárbara sonrisa;
    Y amor, gloria, ilusiones
    Al borde de la tumba se disipan...
    ¿Dónde voló mi infancia,
    Mi juventud florida,
    Mis años más dichosos,
    Mis gustos, mis encantos, mis delicias?
    Todo pasó cual sueño;
    Todo finó en un día,
    Cual flor que al alba nace,
    Y al trasmontar del sol yace marchita.
    Mi corazón sensible




    A la piedad divina,
    A la amistad sincera,
    Del amor a las plácidas caricias,
    Abrió su incauto seno,
    Exento de perfidia;
    Y la maldad proterva
    Clavó con sangre en él duras espinas...
    ¿Por qué, decid, crueles,
    Desgarráis tan aprisa
    La venda de mis ojos,
    Que el fementido mundo me encubría?
    Amar es mi destino,
    Amar mi bien, mi dicha,
    El cielo bondadoso
    Para amar me dio un alma compasiva.
    Si aborrecer es fuerza,
    Trocad el alma mía;
    Que el odio y la venganza
    En mi pecho jamás tendrán cabida...
    ¡Así, Dios de clemencia,
    Mis súplicas recibas
    Con tu piedad, y enjugues
    Las lágrimas que riegan mis mejillas!


    La muerte

    Al borde está de una tumba
    La inexorable deidad,
    Mal ceñido el negro manto,
    Lívida la horrenda faz,
    Y la planta descarnada
    Sobre una corona real:
    En tablas de bronce y mármol,
    Carcomidas por la edad,
    Apoya el brazo siniestro
    Con terrible majestad,
    Y la historia de cien siglos
    Debajo borrada está.
    Reina en torno hondo silencio,
    Destrucción y soledad,
    Como en el Averno lago
    En que hasta el aire es letal;
    Ni alrededor nace yerba,
    Ni osan las aves volar.
    Ante sus ojos perenne
    Arde una luz funeral,
    Cual si la densa tiniebla
    Luchase por disipar;
    Mas apenas la vislumbra
    Entre sombras el mortal,
    Cuando su débil reflejo
    ¡Se pierde en la eternidad!




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    Canción guerrera con motivo del levantamiento de los griegos


    Nobles hijos de Esparta y de Atenas,
    De la Patria la voz escuchad;
    Y rompiendo las viles cadenas,
    Del combate las armas forjad..
        

        CORO

    De acero el pecho fuerte la época represiva.
    De acero el brazo armad:
    Independencia o muerte, supremo.
    ¡Muerte!
    O muerte o libertad, seguida de un coro,
    repetida siete veces.
    ¿O libertad!
    ¡No miráis a esos fieros tíranos
      Al nacer vuestros hijos sellar,
    Aherrojar vuestros padres y hermanos,
    Vuestro lecho y amor profanar?
        

        CORO

    De acero el pecho fuerte,
    De acero el brazo armad:
    Independencia o muerte,
    ¡Muerte!
    O muerte o libertad,
    ¡O libertad!
    Vuestro campo a otro dueño da fruto;
    A otro dueño labráis vuestro hogar;
    Y pagáis vergonzoso tributo
    Porque el aire podáis respirar.
        

        CORO

    De acero el pecho fuerte,
    De acero el brazo armad:
    Independencia o muerte,
    ¡Muerte!
    O muerte o libertad,
    ¡O libertad!
    El infiel prorrumpió en su venganza:
    «De mis siervos el Dios dónde está?...
    Con blandir en el aire mi lanza,
    Al amago en el polvo caerá.»
        





        CORO

    De acero el pecho fuerte,
    De acero el brazo armad:
    Independencia o muerte,
    ¡Muerte!
    O muerte o libertad,
    ¡O libertad!
    Sangre inunda las aras divinas
    Sangre miro los campos regar;
    Sangre empapan las tumbas y ruinas;
    Sangre corre en la tierra y el mar.
        

        CORO

    De acero el pecho fuerte,
    De acero el brazo armad:
    Independencia o muerte,
    ¡Muerte!
    O muerte o libertad,
    ¡O libertad!
    ¿Qué tardáis?...
    ¡Al combate, a la gloria!
    No hay ya medio; o morid o triunfad:
    Si os negare el laurel la victoria,
    Del martirio la palma alcanzad.
        

        CORO

    De acero el pecho fuerte,
    De acero el brazo armad:
    Independencia o muerte,
    ¡Muerte!
    O muerte o libertad,
    ¡O libertad!
    ¡Oh portento! En los cielos ya brilla
    Del Señor la gloriosa señal:
    Del infiel se tronchó la cuchilla;
    Y ceñís la corona inmortal.

          CORO

    De acero el pecho fuerte,
    De acero el brazo armad:
    Independencia o muerte,
    ¡Muerte!
    O muerte o libertad,
    ¡O libertad!






    (Granada, 27 de octubre de 1831)

    Amada patria mía,
    ¡Al fin te vuelvo a ver! ... Tu hermoso suelo,
    Tus campos de abundancia y de alegría, tierra amada:
    Tu claro sol y tu apacible cielo! ...
    Sí: ya miro magnífica extenderse
    De una y otra colina a la llanura
    La famosa ciudad; descollar torres
    Entre jardines de eternas verdura;
    Besar sus muros cristalinos ríos;
    Su vega circundar erguidos montes;
    Y la Nevada Sierra
    Coronar los lejanos horizontes.
    No en vano tu memoria
    Do quiera me seguía;
    Turbaba mi placer, mi paz, mi gloria;
    El corazón y el alma me oprimía!
    Del Támesis y el Sena
    En la aterida margen recordaba
    Del Dauro y del Genil la orilla amena;
    Y triste suspiraba;
    Y al ensayar tal vez alegre canto,
    Doblábase mi pena,
    Mi voz ahogaba el reprimido llanto.
    El Arno delicioso
    Me ofreció en balde su feraz recinto,
    Esmaltado de flores,
    Asilo de la paz y los amores:
    «Más florida es la vega
    Que el manso Genil riega;
    Más grata la morada
    De la hermosa Granada ... »
    Y tan sentidas voces
    Murmuraba con triste desconsuelo;
    Y el hogar de mis padres recordando,
    Los mustios ojos levantaba al cielo.


    La vuelta a la patria



    Tal vez en mi dolor más me aplacía
    De agreste sitio el solitario aspecto;
    De las ciudades azorado huía,
    Y ansioso, palpitante,
    Los escabrosos Ales recorría;
    Mas su nevada cumbre
    No tan viva y tan pura reflejaba
    Del sol la clara lumbre
    Cual la Nevada Sierra,
    Cuando el astro del día
    Un torrente de luz vierte en la tierra.
    De Pompeya las ruinas pavorosas,
    Sus calles silenciosas,
    Sus pórticos desiertos,
    De yerba ya cubiertos,
    Mi profundo pesar lisonjeaban;
    Y graves reflexiones
    En mi agitada mente despertaban:
    ¿Qué vale el poder vano
    Del miserable humano?
    En abatir su orgullo y su renombre
    La suerte se complace;
    Y las obras que eternas juzga el hombre,
    Con un soplo deshace...
    Por el rastro de escombros junto al Tíber
    Hoy busca el caminante
    Del sumo Jove la ciudad triunfante;
    Rompe el arado la fecunda tierra,
    Que cual lóbrega tumba
    Los sacros restos de Hércules encierra;
    Y si Pompeya en pie mira sus muros,
    Los siglos carcomieron su cimiento;
    Y al respirar el viento,
    Tiembla sobre su planta mal seguros.
    Así en mi juventud yo vi las torres
    de la soberbia Alhambra quebrantadas
    Amenazar del Dauro la corriente
    Con su ruina inminente;
    Cada rápido instante de mi vida






    El plazo apresuró de su caída;
    Y del antiguo Alcázar soberano,
    En que el moro poder vinculó ufano
    Su gloria a las edades,
    Tal vez un día ni hallarán mis ojos
    Los míseros despojos...
    A tan funesta imagen, en el pecho
    Mi corazón se ahogaba;
    Y en lágrimas deshecho,
    Al pie de los sepulcros me postraba...
    ¿Cuál es tu magia, tu inefable encanto,
    Oh patria, oh dulce nombre,
    Tan grato siempre al hombre?
    El tostado africano,
    Lejos tal vez de su nativa arena,
    Con pesar y desdén los prados mira,
    Y por ella suspira:
    Hasta el rudo lapón, si en hora infausta
    Se vio arrancado del materno suelo,
    Envidia y ansía las eternas noches,
    Los yertos campos y el perpetuo hielo;
    Y yo, a quien diera la benigna suerte
    Nacer, Granada, en tu feliz regazo,
    Y crecer en tu seno,
    De tantos bienes lleno;
    Yo triste, ausente de la patria mía,
    De ti me olvidaría!
    En las ásperas costas africanas,
    Al náufrago inhumanas,
    Yo tu sagrado nombre repetía;
    Y las inquietas olas
    Llevábanlo a las costas españolas
    En el polo apartado
    Oyólo de mi labio el mar furioso,
    Por el tesón del batavo enfrenado;
    Oyóle el Rhin, el Ródano espumoso,
    El alto Pirineo, el Apenino;
    Y del Vesubio ardiente
    En el cóncavo hueco
    Por vez primera repitiólo el eco.









    Pintura de Leon Auguste Asselinau -


    El recuerdo de la patria


    (En Londres, año de 1811)

    Vi en el Támesis umbrío
    Cien y cien naves cargadas
    De riqueza;
    Vi su inmenso poderío,
    Sus artes tan celebradas,
    Su grandeza;
    Mas el ánima afligida
    Mil suspiros exhalaba
    Y ayes mil;
    Y ver la orilla florida
    Del manso Dauro anhelaba
    Y del Genil.
    Vi de la soberbia corte
    Las damas engalanadas,
    Muy vistosas;
    Vi las bellezas del norte,
    De blanca nieve formadas
    Y de rosas:
    Sus ojos de azul del cielo;
    De oro puro parecía
    Su cabello;
    Bajo transparente velo
    Turgente el seno se vía,
    Blanco y bello.
    ¿Mas qué valen los brocados,
    Las sedas y pedrería
    De la ciudad?
    ¿Qué los rostros sonrosados,




    La blancura y gallardía,
    Ni la beldad?
    Con mostrarse mi zagala,
    De blanco lino vestida,
    Fresca y pura,
    Condena la inútil gala,
    Y se esconde confundida
    La hermosura.
    ¿Dó hallar en climas helados
    Sus negros ojos graciosos,
    Que son fuego,
    Ora me miren airados,
    Ora roben cariñosos
    Mi sosiego.
    ¿Dó la negra cabellera
    Que al ébano se aventaja?
    ¿Y el pie leve,
    Que al triscar por la pradera,
    Ni las tiernas flores aja,
    Ni aun las mueve?...
    Doncellas las del Genil,
    Vuestra tez escurecida
    No trocara
    Por los rostros de marfil
    Que Albión envanecida
    Me mostrara.
    Padre Dauro, manso río
    De las arenas doradas,
    Dígnate oír
    Los votos del pecho mío;
    Y en tus márgenes sagradas
    Logre morir.

     


    El romanticismo y lo tenebroso

    Los artistas románticos en general aprecian todo aquello que en la naturaleza o en el arte se relacione con lo oncógnito, el más allá, la ultratumba o lo que llamamos en general tétrico o tenebroso.
    Divagan sus espíritus por los parajes desiertos, insólitos, exóticos: cementerios, composantos, charcas, marismas, altas e inacesibles montañas, lugares alejados del ruido de las ciudades o de los pueblos.
    La música romántica - Una Noche en el Monte Pelado, de Mussorgsky, La Danza Macabra, de Saint Saens y otras composiciones musicales nos hablan del gusto de los románticos por lo tétrico y lo macabro. Las brujas, los enanos, los deformes pululan en sus relatos.
    La pintura romántica siente predilección por los mismos temas a los que hemos aludido en la música. Cabe recordar a ciertos artistas considerados generalmente como paradigmáticos: Eugene Delacroix, Goya.
    La poesía, y aquí nos situamos en el terreno de Martínez de la Rosa recorre idénticos caminos. "El cementerio de Momo" es un ejemplo de todo esto. Podemos ver como ronde el mismo espíritu tenebrosoy tétrico en los poemas siguientes: La soledad, El reloj de arena, La muerte (quizá el más tenebrosos de todos), El cementerio de Momo - Epitafios.
    Se atempera un tanto tod esto en su obras de teatro aunque no está del todo ausente como podemos comprobar en La conjuración de Venecia o en La viuda de Padilla.


    El cementario de Momo (Epitafios)


    Yace aquí un mal matrimonio,
    Dos cuñadas, suegra y yerno...
    No falta sino el demonio
    Para estar junto el infierno.
    pareados con rima consonante,
    ¡En sepulcro de escribano
    Una estatua de la Fe!...
    No la pusieron en vano;
    Que afirma lo que no ve.
    ¿Ya hay pleito sobre el sepulcro,
    Y aún no está el hombre enterrado?
    ¡éste sí que era letrado!
    Yace aquí Blas... y se alegra
    Por no vivir con su suegra.

    Agua destilada la piedra,
    Agua está brotando el suelo...
    ¿Yace aquí algún aguador?-
    No, señor: un tabernero.
    Un delator aquí yace...
    ¡Chito! que el muerto se hace...
    Aquí yace una doncella...
    Y han borrado de labor...
    Siempre es bueno hacer favor.
    Yace en esta estrecha caja
    El sastre más afamado;
    Y dicen que no ha robado...
    Al menos en la mortaja.
    ¡Cuñados en paz y juntos!...
    No hay duda que están difuntos.
    Aquí yace una beata
    Que no habló mal de ninguna...
    Perdió la lengua en la cuna.
    Aquí un médico reposa,
    Y al lado han puesto a la Muerte...
    Iban siempre de esta suerte.
    ¡Al pie del sepulcro un cuerno! ...
    ¿No admite dos el infierno?
    Aquí un hablador se halla ...
    Y por vez primera calla.







    Aquí yace una viuda
    Que murió de pena aguda,
    Apenas hubo perdido
    A su séptimo marido.
    Aquí se enterró un suizo ...
    Por el dinero lo hizo.
    Un borrego han esculpido
    En esta tumba modesta ...
    ¿Tuvo el difunto el toison?...
    Fue escribano de la Mesta.
    Aquí a una bruja enterraron,
    Chamuscada a fuego lento ...
    Nunca es malo un escarmiento.
    Aquí yace un cobrador
    Del voto del Rey Ramiro ...
    ¿No era mejor dar mujeres;
    Y quedarnos con el trigo?
    Aquí yace un mayorazgo
    Junto a su hermano mellizo:
    éste se murió de hambre;
    Y aquél se murió de ahíto.
    Aquí yace un proyectista,
    Que quiso dar por asiento
    Agua, tierra, fuego y viento.
    Aquí yace un egoísta
    Que no hizo mal ni hizo bien ...
    Requiescat in pace, Amén.
    Aquí yace Don Matías,
    Acusado de tacaño;
    Y daba gratis al año...
    Pésames, pascuas y días.
    El general que aquí yace,
    Hizo lo mismo que el Cid ...
    Entraba muerto en la lid.
    Aquí yace un alquimista,
    Que en oro trocaba el cobre ...
    Y murió de puro pobre.
    Aquí yacen dos maestrantes ...
    Ocupados como antes.  


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    Canción del cautivo



    Crura sonant ferro, red canit inter opus.
    TIBULO

    Así el cautivo entre cadenas canta.
    LOPE DE VEGA

    Mientras miraba
    Como peinaba
    La mar serena
    La leve arena
    De áfrica altiva,
    Triscar festiva
    Vi una doncella
    Donosa y bella,
    El pie liviano,
    Breve la mano,
    Nevado el cuello,
    Rubio el cabello...
    Y olvidando mi pena,
    El peso no sentí de la cadena
    Tierno la miro,
    Triste suspiro
    Y susurrando
    Céfiro blando,
    El sordo ruido
    Lleva a su oído:
    Torna asustada
    La faz rosada;
    Mírame altiva;
    Húyeme esquiva;
    Seguirla intento,






    Fáltame aliento...
    Y al pie veloz enfrena
    El grave peso de la atroz cadena.
    ¡Oh ilusión fiera!
    La imagen era
    De mi querido
    Dueño perdido,
    Que me fingía
    La fantasía;
    Y Amor me dice:
    «Sigue, infelice,
    Sigue su huella,
    Lograrás vella...
    Y Eco retumba:
    «Ni aun en la tumba;
    Que el hado te condena
    A morir con la bárbara cadena.»
    Canción, advierte
    Mi humilde suerte,
    Y al duro cielo
    No alces el vuelo:
    Tu ala rastrera
    Cruce ligera
    La mar salada;
    Busca a mi amada,
    Dile que vivo
    Triste y cautivo;
    Que el dulce canto
    Trocóse en llanto...
    Mas su nombre resuena
    Al ronco son de la fatal cadena.






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