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. 1. 2. El poeta. Cernuda habla de Salinas.
Existe una literatura burguesa, aunque no aludo estrictamente a la así llamada entre los críticos literarios que se basan en la doctrina marxista, por ser expresión de un estado político y económico de la sociedad; me refiero tan sólo a una literatura que descansa en el aprecio burgués de los valores huma nos y, en general, sobre un concepto burgués de la vida. En este sentido, hasta ahora, a ninguno de los poetas aquí estudiados podemos aplicar el calificativo de poeta burgués; ni siquiera a Campoamor, a quien así suele aplicársele sin razón alguna, porque una cosa es que viviera dentro de una sociedad bur guesa y otra que fuera un poeta burgués; se sirvió de la sociedad en que vivía para expresarse a sí mismo y a su visión de la vida, y llamarle burgués por eso no sería menos absurdo que llamar medieval a un pintor impresionista por haber presentado catedrales en sus lienzos.
En general, el poeta moderno, quiero decir el poeta que- vive y escribe después de la etapa literaria romántica, ha roto con la sociedad de que es contemporáneo; ruptura donde nada violento hay, sino que se consuma quieta y tácitamente, y ésa es quizá la razón, no la supuesta oscuridad de su poesía, para que la sociedad no guste de ella: porque ya no se reconoce en la obra del poeta. Ni siquiera podemos llamar burgués al poeta que lleve exteriormente una vida en todo burguesa, si su poesía supone ruptura con el medio social donde en apariencia vive conforme. El poeta, como en esas cajas chinas insertadas unas dentro de otras, vive el medio social que lo envuelve, pero separado de él y encerrando a su vez dentro de sí otro mundo distinto, que es suyo y el de unos cuantos hombres afines. Pero al referimos ahora a la obra literaria de Pedro Salinas y Jorge Guillén nos encontramos con que esa obra es conforme con la sociedad la de Guillén aún más que la de Salinas, expresando un concepto burgués de la vida y que en ella la imagen del poeta no trasciende al hombre sino a una forma histórica y transitoria del hombre, que es el burgués.
El primer libro de Pedro Salinas, Presagios, aparece en 1923. Como el Cántico de Guillén, no parece en realidad un libro primero; quiero decir que tras de ambos volúmenes es lógico suponer una serie de composiciones que sus autores destruyeron o que al menos dejaron inéditas. La edad de Salinas (32 años) y la de Guillén (35 años) al publicar sus primeros volúmenes nos autoriza a pensarlo así, como también la voz poética, más bien madura que juvenil. Cierto que Presagios, a diferencia de lo que ocurre en Cántico desde su primera edición, ofrece poemas de tono diferente, que acaso pudiéramos reducir a tres grupos: 1.°) poemas de tono prosaico y realista, como "Un viejo chulo la dijo"; 2.°) poemas de cierta riqueza expresiva, un tanto gongorina, como "Agua en la noche, serpiente indecisa", y 3.°) poemas de tono intelectual e ingenioso como "Cuánto rato te
he mirado". Este último será el tono de preferencia que adopte Salinas en sus libros ulteriores, aunque la emoción, que al principio era perceptible en él, vaya soterrándose poco a poco.
Si en ese libro primero Salinas parecía más bien un poeta sencillo y directo, en ocasiones deliberada mente prosaico, en los siguientes se desvía de lo que tal vez era su camino verdadero, acaso por influencia de Guillén (Salinas fue el admirador más incondicional que tuvo la poesía de Guillén), para convertirse en un poeta ingenioso de tendencias cosmo politas, llegando, si no a desconocer enteramente la naturaleza poética propia, casi hasta malograrla. El ingenio, que Salinas pudo creer justificado en poesía gracias a Góngora, será constante en sus libros, desde los títulos (Seguro azar, Fábula y signo) y los temas hasta el tratamiento expresivo de éstos. Como ejemplo recuérdese una composición de Seguro azar (1929) titulada "Far West": el viento que agita el pelo de Mabel la caballista lo está viendo el poeta en la pantalla cinematográfica, pero no sopla ahí, sino allá, al otro lado del mar,
en una tarde distante;
no es el viento: es el retrato
de un viento que se murió.
El análisis de dicho juego ingenioso puede repetirse en la mayoría de los poemas de Salinas, los que de preferencia parecen atender, antes que a captar una realidad poética culta, al juego susodicho; o mejor: en el juego susodicho diríamos que consiste para Salinas la creación poética.
Esa predilección se relaciona con la actitud que ya hemos recordado como frecuente entre los poetas españoles de la generación de 1925, al menos en sus comienzos: la de tomar el arte por juego. Y aun que Salinas, ni por su edad, ni por su posición en la vida, era de los más indicados para adoptarla, sin embargo la adoptó. Que llegó muy adentro del ánimo del poeta podemos comprobarlo en otro aspecto que se relaciona con la creencia de que el arte es un juego: la «modernidad», la «novedad», de la materia poética y de los accesorios que e~pea en sus versos: ascensores, teléfonos, trasatlánticos, aviones, cinematógrafo, deportes, etc.
Salinas, que era un crítico excelente (con tal de que las obras criticadas fueran en el propio sentido y orientación suyos), hablando de Baudelaire en cierta ocasión a quien esto escribe, observó lo "moderno" de sus accesorios y de sus fondos poéticos. Pero si la observación era justa, porque Baudelaire fue en efecto el primer poeta de la vida moderna, Salinas no supo adaptar el procedimiento a sus propósitos, resultando así su modernidad externa y ficticia. El secreto de ello, como escribe T. S. Eliot, estudiando precisamente la obra de Baudelaire, es que la modernidad "no consiste sólo en el uso de la imaginería de la vida sórdida en una gran metrópoli, sino en la elevación de esa imaginería a la intensidad primera, presentándola tal como es, y, sin embargo, haciendo que represente mucho más de lo que es".
Y eso, hacer que las cosas parezcan o representen más de lo que son, que sólo lo obtiene el poeta al llenarlas de una intensidad que está en él, es precísamente algo que Salinas rehuía, por su contradicción con aquel juego en que, según ya dijimos, consistía para él la poesía. Había en él. si exceptuamos su primer libro, una especie de temor a tocar temas o situaciones donde apareciese lo humano fundamental; hasta evitaba usar la palabra para decir algo que no fuese rasgo de ingenio o preciosismo verbal; o sea, en uno y otro caso, sólo para frases donde el poeta no arriesga nada suyo profundo. Ahí intervino la «poesía pura». Porque ésa es la actitud poética de Monsieur Valéry, que tan en boga estuvo por aquellos años, y que Salinas, por influencia de Guillén, su hermano gemelo en poesía, había adoptado. Pero el sentido estético de Salinas era menos agudo del que suele darse en un poeta francés, y su actitud puede conducir al lector a ver ahí un temor burgués a comprometerse, o una incapacidad burguesa para sentir emociones intensas.
Por eso, al cambiar el rumbo la poesía hacia 1930 dejando atrás el juego para exhibir al contrario una determinada intensidad, buscando el poeta aquellos temas o situaciones que más la favorecían (así pasa Alberti, por ejemplo, de Cal y canto a Sobre los ángeles), Salinas, en un viraje brusco, pretende seguir la corriente, y escribe primero La voz a tí debida (1934), luego Razón de amor (1936). La voz a tí debida despertó entre los lectores una admiración que ningún otro libro anterior de Salinas había conseguido despertar; en cuanto a Razón de amor, publicado poco antes de la guerra civil, apenas tuvo espacio para que respecto de él se formara una opinión. Ambos libros son un poema de amor, pero de lo que antes indiqué como rasgos principales en la poesía de Salinas, puede deducir el lector una contradicción nueva en el poeta: ¿dónde es más él, en Seguro azar y Fábula y signo o en La voz a ti debida y Razón de amor? Para mí no hay duda: el amor, que es tema de esos dos libros, me parece otro juego; y si no juego, afectación: deseo de móstrarse tan humano como el que más. En favor de mi parecer hay esto: la aparición entre los versos de ambos volúmenes de otras frases ingeniosas, de otros rasgos de ingenio, que desentonan hondamente con la voz nueva del poeta. Voz que persiste, con la misma contradicción íntima, en los volúmenes que luego publica: Error de cálculo (1938), El contemplado (1947), sin aludir a algunos que sólo aparecieron en versión inglesa. Poesía junta (1942) reúne la obra poética de Salinas; Todo más claro (1949) sería la última colección de versos que publicó en vida, dejando, sin duda, bastantes inéditos, además de las composiciones dispersas que aparecieron en revistas.
Dichos libros, más que colecciones de poemas, parecen largos monólogos poéticos cortados por la división en fragmentos que el poeta les da. A esa apariencia de monólogo contribuye también el tipo de versificación que Salinas emplea siempre: un verso de medida variable, predominando el de arte menor con asonante irregular, aunque a veces sin rima. Su versificación, que tiene por base al romance, no queda fuera de aquel momento de transición, inmediatamente anterior a la generación de 1925, a que ya he aludido. Nunca cayó en el formalismo poético de Guillén; es más bien de los poetas que crean su forma propia, según las exigencias de sus temas y de su expresión. A veces hay en él, extrañamente, cierta tendencia a la reminiscencia folklórica, como, por ejemplo, el uso de la seguidilla (véase la mitad segunda de la composición "El poema", del libro Todo más claro). Su expresión fluctúa en alguna ocasión, asomando a ella unas veces el recuerdo de Jiménez y otras el de Guillén; como ejemplo de lo primero, entre otros que pudiéramos citar, puede verse el fragmento "Perdóname por andar así buscando", de La voz a ti debida, y de lo segundo, también entre otros que es posible mencionar, el poema "En ansias inflamada", de Todo más claro.
Entre los poetas de la generación de 1925 es Salinas uno de aquellos cuya obra parece más difícil de apreciar en su valor justo; frente a la indiferencia de unos no pesa bastante la admiración algo convencional de otros, y acaso sea necesario dejar que pase tiempo antes de decidir acerca de la aportación hecha por Salinas a nuestra lírica contemporánea. Sin embargo, con recelo inevitable a lo que de aventurado haya en esta opinión, quisiera decir que Presagios me parece lo más importante de su labor; muestra ahí cualidades poéticas espontáneas en su temperamento, cualidades que sus libros siguientes dejarán a un lado, sin duda por creerlas el autor inferiores a las otras artificiales que luego ha de ad
quirir y cultivar. El hecho de que yo leyera Presagios siendo muy joven, y quizá menos acostumbrado al examen objetivo de mi lectura, no creo que tenga parte en la simpatía por dicho libro; su relectura ulterior me ha confirmado en la creencia de que es el libro de más valor entre los de Salinas. Y también uno de los más valiosos en la generación de 1925.
Luis Cernuda - Estudios sobre poesía española contemporánea. Guadarrama. Madrid 1972, págs: 169-176.
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