Sumario
  • "1. 1. De la pintura a la escritura."  
  • "1. 2. Elaboración de Marinero en tierra."  
  • "1. 3. Sobre los ángeles y su época."  
  • "2. 1. Vicente Gaos en Claves de Literatura."
  • "2. 2. El cuerpo deshabitado".



  • 1. Testimonio del autor


    1. 1. De la pintura a la escritura.

    Continué escribiendo. Un lento mes helado sin recibir a nadie. Hasta que, de pronto, una tarde, sin aviso, se presentó en mi cuarto la primera visita de la temporada. Se trataba de un joven escritor, conocido por mí a˜os antes, creo que en un Salón de Oto˜o. Su nombre era Juan Chabás. Valenciano, moreno, de grandes ojos y pesta˜as aún mayores, voz pastosa, engolada, traje gris, cuello bajo y corbatín negro, de lazo. Un tipo levantino, de indudable belleza, simpático pero a veces algo cargante. Me traía un librito de poemas - Ondas- , el primero que publicaba. Leí la dedicatoria: ."AI pintor Rafael Alberti".- No pude evitar un gesto casi de desagrado.
    - No sé si lo sabrás, pero hace ya algún tiempo que dejé la pintura. Me ha prohibido el médico estar de pie... Tampoco es bueno para mi salud el olor de los colores - le dije, exagerando- . Ahora escribo.
    - Está bien... Podrías dibujar sentado. Y volver a los cuadros cuando ya estés sano del todo.
    - No tendré tiempo para las dos cosas. Quiero que se me olvide como pintor. Me gusta más la poesía. Te voy a leer algo. ¿No te importa?
    Y rápido, sin atender a su respuesta, le dije de memoria tres poemas Uno de ellos - el único que recuerdo ahora - era como sigue:

    La noche ajusticiada
    en el patíbulo de un árbol.

    Alegrías arrodilladas le besan y ungen las sandalias.
    Vena
    suavemente lejana
    ‹cinturón del Globo‹

    Arterias infinitas,
    mares del corazón que se desangra.


    - ¿Sabes que está muy bien?‹dejó caer al cabo de un deliberado silencio -. ¿Tienes más?
    - Muchos. Un libro.
    Nuevo silencio.
    - Yo venía para otra cosa. Pensaba que te gustar~a hacer una exposición de tus obras en el saloncillo del Ateneo. Pertenezco ahora a la directiva y puedo organizártela.. .
    - ¿Para qué? Eso me va a perjudicar.
    - No seas tonto. Tú siempre seguirás siendo pintor, aunque escribas.
    - No me interesa ya.
    Y en mi interior me derrumbé. Mis poemas no le habían gustado. Estaba seguro. Fingir que si no era tan difícil.
    - Podrías reunir tus mejores obras..., entre óleos y dibujos.
    - No.
    - Yo me encargo de todo... Seria tu despedida de pintor... ¿Qué te parece? -
    Vacilé. Tenía el convencimiento de mi derrota, de que los escritores jamás me tomarían en serio. Desde ahora en adelante escribiré para mí solo, me dije. únicamente mi hermana Pepita juzgaría mis poemas.
    - Bien. Si tú te ocupas de todo... Será mi adiós a la pintura, como dices. Yo no salgo a la calle...¿Qué fecha? -
    - A comienzos de a˜o.
    - Apareceré por el Ateneo el día de la inauguración.
    Le di la mano. Y se fue.
    Casi lloré de ira, tendido en la cama. Pero a la ma˜ana siguiente me rehíce. Y escribí de nuevo, aunque considerando perdida la batalla.
    Pasado poco más de una semana, apareció otra vez Chabás. Venía acompa˜ado.
    - Dámaso Alonso...
    No me era desconocido del todo aquel nombre.
    - Te trae también un libro.
    Mientras el nuevo autor me lo entregaba, pude leer el título: Poemas puros. Poemillas de ta ciudad.
    - Es formidable- adelantó Chabás, campanudo.
    Dámaso Alonso marcó un gesto en sus labios, entre contrariado e irónico...

    La arboleda perdida. Rafael Alberti, ed. Bruguera, Barcelona, 1980; págs: 138-140.


    1. 2. Elaboración de Marinero en tierra.


    Una noche, de pronto, comprendí que mi libro Mar y tierra estaba terminado. No había más que a˜adir. La copia a máquina - tres ejemplares - era perfecta. Hasta parecía ya un libro impreso. Durante varias ma˜anas salí con él al campo. Allí, bajo, los olivares o en un poyo del puente de las Golondrinas, me lo leía en alta voz, no hallando ya correcciones que hacerle. Lo medité antes mucho. («¡A lo mejor te dan el premio!») ¿Qué hacer con él? ¿Qué editor de Madrid iba a atreverse a publicarlo? La poesía no era negocio. Juan Ramón Jiménez en esa época se editaba sus propios libros. Apenas 500 ejemplares. ¿Por qué no seguir el consejo de Claudio de la Torre? Había que decidirse Pasaba el tiempo y el plazo de admisión se cerraba. Una tarde, acabado el reposo del almuerzo, empaqueté dos copias, me fui al correo y con sellos de urgencia las envié a Madrid, a nombre de José Maria Chacón y Calvo. En carta aparte suplicaba al escritor cubano hiciese llegar una al "Concurso racional de Literatura". A los pocos días tuve respuesta de mi amigo: había llegado tarde, pero unas mágicas pesetas a no sé qué empleado del ministerio sirvieron para arreglarlo todo.
    Tranquilo, aunque no sin ciertos remordimientos de orden moral y estético por haber sucumbido a la tentación de presentarme como un poetastro cual quiera - a un concurso oficial, eché tierra a mi audacia y me dispuse a comenzar un nuevo libro. Necesitaba, primeramente, el título. Desde mis días iniciales, pretendí que cada una de mis obras fuese enfocada como una unidad casi un cerrado circulo en el que los poemas, sueltos y libres en apariencia, completaran un todo armónico, definido. ¿Por qué decidirme? Me tocaba, me sacudía la atmósfera de Rute, aquel dramático pueblo andaluz al pie del Monte de las Cruces, pueblo, como tantos otros escondidos de aquellas serranías, saturado de terror religioso, entrecruzado de viejas supersticiones populares, soliviantado aún más por una represión de todos los sentidos, que a veces llegaba a reventar en los crímenes más inusitados y turbios; pueblo rico, abundante de suicidas y borrachos, de gentes locas que después de invocar a los espíritus vagaban a caza de tesoros por los montes nocturnos, terminándose casi siempre estas expediciones diabólicas a palo limpio, tiros o navajazos. Creí, por fin, luego de eliminar algunos otros, haber hallado el titulo: Cales negras, pretendiendo condensar así todo lo oscuro, trágico y misterioso que se escondía bajo la cal ardiente de Rute.
    Comencé la primera serie de canciones. Aquel color azul de mis playeras y salineras gaditanas aquí no era posible. Era otra la música, más quebrados los ritmos; otros los tonos de la luz; otro el lenguaje. Aun a pesar del sol, la voz tajante, dura de las sombras iba a poner como un manto de luto en casi todo lo que entonces escribiera. De entre las cosas que veía, las que me contaban o adivinaba, iría extrayendo yo los peque˜os motivos. La esencia dramática de mis nuevos poemas: algunos, con verdadero aire de coplas, más para la guitarra que para la culta vihuela de los cancioneros.

    pág:171-172





    1. 3. Sobre los ángeles y su época.

    El año 28 se marchó para mí con la honda emoción de una conferencia de Salinas dedicada a Sobre los ángeles casi en vísperas de aparecer. Fuertes tormentas en el cielo político de Espa˜a propiciaban esta salida. Pero antes, en edición de la Revista de Occidente, le tocó a Cal y canto, libro del que ya me había desentendido, sintiéndolo lejano y fuera del hervor en que vivía Llegaba a fines del invierno, ya estallante en los árboles el verde de la primavera. Bergamín seria el primero en saludarlo con un extenso ensayo en "La Gaceta Literaria". Críticas de Quiroga, Pla y Salazar Chapela se ocupaban también de él, ayudándolo en sus primeros pasos... Cal y canto iniciaba su camino, reavivando fulgores ya pasados de Góngora. Empecé a interesarme por su suerte. Pero, de pronto, las alas de los ángeles, escapados en vuelo por esos mismos días, lo oscurecieron por completo, ahogándole en escombros su feliz ruta comenzada. Aquellos seres encendidos, rotos, violentos, se alzaban contra él en medio de una primavera convulsa. Las primeras conmociones estudiantiles contra la dictadura que padecíamos ya estremecían las calles. ¡Qué días confusos para mí estos de la aparición de Sobre los ángeles, se˜alado por Azorín como mi arribo "a las más altas cumbres de la poesía lírica"! Pero los ángeles ya se me habían ido, quedándome desventrado de ellos, permaneciendo sólo en mi la oquedad dolorosa de la herida. Mas no era tiempo de llorar. El momento predicho turbiamente en uno de mis poemas no se acercaba. Allí estaba presente, incitándome.
    Pero por fin llegó el día, la hora de las palas y los cubos...
    Poco o nada sabía yo de política, entregado a mis versos solamente en aquella Espa˜a hasta entonces de apariencia tranquila. Mas de repente mis oídos se abrieron a palabras que antes no había escuchado o nada me dijeran: como república, fascismo, libertad... Y supe, a partir de ese instante, que don Miguel de Unamuno, desde su destierro de Hendaya, enviaba cartas y poemas a los amigos, verdaderos panfletos contra el otro Miguel, el divertido y jaranero espadón jerezano, sostenedor de la monarquía tambaleante; cartas y poemas que no más recibidos corrían como la pólvora por las tertulias literarias las redacciones de los periódicos enemigos del régimen, las manos agitadas de los universitarios. Y vi que don Ramón del Valle-Inclán, en su cuartel cafetero de La Granja, en la calle, en los teatros, en donde se le venía en gana, entablaba también su duelo a muerte contra el gracioso general, quien llega en nota memorable aparecida en los-diarios a llamar lo: «Ese tan gran escritor como extravagante ciudadano.» Sin sentir, como por ensalmo, se había creado un clima de violencia que me fascinaba. El grito y la protesta que de manera oscura me mordían rebotando en mis propias paredes, encontraban por fin una puerta de escape, precipitándose, encendidos, en las calles enfebrecidas de estudiantes, en las barricadas de los paseos, frente a los caballos de la guardia civil y los disparos de sus máusers. Nadie me había llamado. Mi ciego impulso me guiaba. La mayor parte de aquellos muchachos poco sabía de mí, pero ya todos eran mis amigos ¿Qué hacer? ¿Cómo darles ayuda para no parecer únicamente un instigador, uno de esos «elementos extra˜os» a los que la prensa atribuía siempre cualquier suceso contra el régimen? Ni los poemas de Sermones y moradas, aún más desesperados y duros que los de podían servirles. A nadie, por otra parte, se le ocurría entonces pensar que la poesía sirviese para algo más que el goce intimo de ella. A nadie se le ocurría. Pero los vientos que soplaban ya iban henchidos de presagios.

    págs: 256-258




    2. La crítica.


    2. 1. Vicente Gaos en Claves de Literatura.

    RAFAEL ALBERTI -
    Más que a Lorca, con quien suele comparársele por fáciles motivos - andalucismo, vena popular - , Alberti recuerda a Gerardo Diego por el dominio de la técnica, la variedad de facetas, la fecundidad. En la poesía de Alberti hay que distinguir las siguientes etapas:
    La neopopularista - Marinero en tierra, La amante, El alba del alhelí -, inspirada en nuestro cancionero tradicional y en el folklore andaluz. Estas breves canciones donde se conjuntan felizmente tradición y modernidad, escritas con la gracia de un Gil Vicente o de un Lope, son quizá el máximo acierto de Alberti que en los últimos a˜os ha vuelto más de una vez a su primera manera: Entre el clavel y la espada, Baladas y canciones del Paraná.
    La neogongorina y vanguardista - Cal y canto - , propia del entusiasmo de su generación por el autor de las Soledades, de quien hace una paráfrasis. La obra incluye, además, sonetos, tercetos, romances, cuartetos y algunos poemas que preludian el humor de Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Cal y canto es un libro sin unidad temática ni formal, un ejercicio de virtuosismo barroco, sin mayores méritos que los técnicos.
    La surrealista: Sobre los ángeles. En nuestra opinión, se ha exagerado mucho el valor de este libro, que muchos consideran la obra maestra del autor y una de las obras capitales del surrealismo espa˜ol. El surrealismo de Alberti parece más fruto de una deliberada actitud mimética que de una honda convicción interior. Los ángeles y demonios de Alberti resultan «literarios». El verso libre es indeciso, como producto de una nueva experimentación del poeta, que no logra en él la maestría formal mostrada en los metros, populares o cultos, antes cultivados. Sobre los ángeles incluye un homenaje al so˜ador y angélico Bécquer, a quien los poetas de 1927 salvaron, por su pureza estética, del descrédito en que envolvieron al romanticismo. Sermones y moradas prolonga la línea de Sobre los ángeles, en un verso libre estirado hasta los límites de la prosa.
    A partir de este momento y a través de Elegía cívica - "crisis anarquista y tránsito de mi pensamiento poético", en palabras del autor - , Alberti desemboca en la poesía política, que cultivará hasta la fecha, aunque con frecuentes retornos a la "poesía burguesa", que repudió en 1931. Es lugar común afirmar que la lírica revolucionaria de Alberti no está al nivel de su producción anterior. Es verdad que en dicha lírica hay lamentables caídas y muestras de mal gusto. Pero también lo es que en esta dirección Alberti ha escrito bastantes de los mejores poemas que salieron jamás de su pluma.
    En conjunto, Alberti es, a nuestro juicio, un gran poeta, pero no un poeta de primerísimo orden, como creen muchos que lo ponen a la par, y aun por encima, de Lorca.

    Claves de Literatura espa˜ola (2). Vicente Gaos, ed. Guadarrama, Madrid, 1971; págs239 - 241.



    2. 2. El cuerpo deshabitado.

    Hasta ahora, Alberti no ha sido demasiado partidario de hablarnos de si mismo a través de sus figuraciones de poeta lírico. Cuando lo hace, es más bien desde fuera, y no desde una actitud intimista. En este sentido, su actitud lírica difiere radicalmente de la de un Juan Ramón, como ya hemos visto, o de la de un Cernuda, como veremos en seguida. Ahora, en algunos poemas de Sobre los ángeles, no tiene más remedio que hablarnos en primera persona. Y sin embargo, su libro va a ser el que menos presencia personal subjetiva contiene de toda nuestra poesía contemporánea. Esto quiere decir que la presencia personal del poeta se objetiviza en seguida en figuraciones de orden suprapersonal. Como en la Angelología orsiana, este orden suprapersonal es el que justifica la existencia de sus ángeles, pero a diferencia de lo que sucede en aquélla, los ángeles de Alberti no son arquetipos o definiciones esenciales de lo humano, sino todo lo contrario: criaturas elementales y anteriores a toda precisión intelectual. Tal vez por eso pueden contener dentro de si tantísimas posibilidades de existencia imaginativa. En el primer caso, los ángeles del filósofo ‹Eugenio d'Ors‹ son los ángeles de la Inteligencia en los que quedan superadas todas las contradicciones del plano existencial. En el caso de Alberti, son los ángeles de la imaginación disponible y vacante, mantenidos en libertad por la palabra misma que los crea, pero vinculados de una manera circunstancial al planteamiento de un drama humano.
    Desprovisto de intimidad, Sobre los ángeles es también un libro desprovisto de paisaje. Y desprovisto de tiempo. Quiero decir: de minutos suficientes que hayan sido vividos de veras y cuya realidad misma hay que dejar potenciada en la palabra. En este sentido, su poesía es la más opuesta a la de un Antonio Machado e, incluso, a la de un Guillén (a quien está dedicado el libro en su primera edición). No se trata de una poesía que arranca de la contemplación de la belleza, o de la entrega a las realidades del mundo y de la vida. Más bien se trata de volverse de espaldas a toda realidad y arrancar ya de lo que está más allá del aquí y el ahora. Y esto sucede así porque la situación desesperada del poeta adquiere categoría de situación única, y suprime todas las otras situaciones normales o intermedias. Su palabra, entonces, en vez de intentar agotar imaginativamente ninguna realidad anímica o exterior, lo que va a hacer es utilizarlas como meros instrumentos para la obtención de la realidad del poema, en la que ya no tienen sentido las nociones de dentro y fuera. Por eso llega a ser una palabra tan acelerada a través de sus enumeraciones sustantivas de objetos o de criaturas naturales y artificiales, sin detenerse en ellas. Acelerada y hasta precipitada, pero no sólo con prisa, sino con necesidad polémica de realidad absoluta. En la segunda parte del libro, y en el poema titulado, precisamente, Los ángeles de la prisa, en el que empieza diciendo que le empujaban seis espíritus pajizos, de seis alas cada uno, es donde nos sorprende con este verso:
    acelerado aire era mi sueño.

    Y donde termina diciéndonos:

    No querían

    que yo me parara en nada.

    Los ángeles, por lo tanto, intervienen de una manera decidida en la actividad del poeta y en la creación de los poemas en los que ellos mismos aparecen, casi siempre como enemigos: ángeles crueles, vengativos, rabiosos, mentirosos, envidiosos, falsos, mudos, tontos o feos, iracundos, mohosos o avaros, pero de vez en cuando como amigos inmerecidos: el ángel bueno y el ángel ángel.

    Introducción a la poesía espa˜ola contemporánea, Luis Felipe Vivanco, ed. Guadarrama. Madrid, 1974, págs: 236 - 238



    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac