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2. 2. El cuerpo deshabitado.
Hasta ahora, Alberti no ha sido demasiado partidario de hablarnos de si mismo a través de sus figuraciones de poeta lírico. Cuando lo hace, es más bien desde fuera, y no desde una actitud intimista. En este sentido, su actitud lírica difiere radicalmente de la de un Juan Ramón, como ya hemos visto, o de la de un Cernuda, como veremos en seguida. Ahora, en algunos poemas de Sobre los ángeles, no tiene más remedio que hablarnos en primera persona. Y sin embargo, su libro va a ser el que menos presencia personal subjetiva contiene de toda nuestra poesía contemporánea. Esto quiere decir que la presencia personal del poeta se objetiviza en seguida en figuraciones de orden suprapersonal. Como en la Angelología orsiana, este orden suprapersonal es el que justifica la existencia de sus ángeles, pero a diferencia de lo que sucede en aquélla, los ángeles de Alberti no son arquetipos o definiciones esenciales de lo humano, sino todo lo contrario: criaturas elementales y anteriores a toda precisión intelectual. Tal vez por eso pueden contener dentro de si tantísimas posibilidades de existencia imaginativa. En el primer caso, los ángeles del filósofo ‹Eugenio d'Ors‹ son los ángeles de la Inteligencia en los que quedan superadas todas las contradicciones del plano existencial. En el caso de Alberti, son los ángeles de la imaginación disponible y vacante, mantenidos en libertad por la palabra misma que los crea, pero vinculados de una manera circunstancial al planteamiento de un drama humano.
Desprovisto de intimidad, Sobre los ángeles es también un libro desprovisto de paisaje. Y desprovisto de tiempo. Quiero decir: de minutos suficientes que hayan sido vividos de veras y cuya realidad misma hay que dejar potenciada en la palabra. En este sentido, su poesía es la más opuesta a la de un Antonio Machado e, incluso, a la de un Guillén (a quien está dedicado el libro en su primera edición). No se trata de una poesía que arranca de la contemplación de la belleza, o de la entrega a las realidades del mundo y de la vida. Más bien se trata de volverse de espaldas a toda realidad y arrancar ya de lo que está más allá del aquí y el ahora. Y esto sucede así porque la situación desesperada del poeta adquiere categoría de situación única, y suprime todas las otras situaciones normales o intermedias. Su palabra, entonces, en vez de intentar agotar imaginativamente ninguna realidad anímica o exterior, lo que va a hacer es utilizarlas como meros instrumentos para la obtención de la realidad del poema, en la que ya no tienen sentido las nociones de dentro y fuera. Por eso llega a ser una palabra tan acelerada a través de sus enumeraciones sustantivas de objetos o de criaturas naturales y artificiales, sin detenerse en ellas. Acelerada y hasta precipitada, pero no sólo con prisa, sino con necesidad polémica de realidad absoluta. En la segunda parte del libro, y en el poema titulado, precisamente, Los ángeles de la prisa, en el que empieza diciendo que le empujaban seis espíritus pajizos, de seis alas cada uno, es donde nos sorprende con este verso:
acelerado aire era mi sueño.
Y donde termina diciéndonos:
No querían
que yo me parara en nada.
Los ángeles, por lo tanto, intervienen de una manera decidida en la actividad del poeta y en la creación de los poemas en los que ellos mismos aparecen, casi siempre como enemigos: ángeles crueles, vengativos, rabiosos, mentirosos, envidiosos, falsos, mudos, tontos o feos, iracundos, mohosos o avaros, pero de vez en cuando como amigos inmerecidos: el ángel bueno y el ángel ángel.
Introducción a la poesía espa˜ola contemporánea, Luis Felipe Vivanco, ed. Guadarrama. Madrid, 1974, págs: 236 - 238
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