• "Niñez" 
  • "No busques, no" 
  • "Unidad en ella" 
  • "Ven, ven tu" 
  • "Canción a una muchacha muerta" 
  • "Soy el destino" 
  • "Se querían"  (Comtexto)
  • "Tormento del amor" 
  • "Nacimiento del amor"
  • "La rosa"
  • "Los besos"
  • "Casi me amabas" 
  • "Padre mío" 
  • "Ciudad del paraíso" 
  • "No basta" 
  • "Mano entregada" 
  • "En la plaza"  (Comtexto)





  • Copia de Sorolla.

    N I Ñ E Z

    Giro redondo, gayo,
    vertiginoso, suelto,
    sobre la arena. Excusas
    entre los tiernos fresnos.

    Sombras. La piel, despierta.
    Ojos - sin mar - risueños.
    Verdes sobre la risa.
    Frente a la noche, negros.

    Iris de voluntades.
    Palpitación. Bosquejo.
    Por entre lonas falsas
    una verdad y un sueño.

    Fuga por galería,
    sin esperar. Diverso
    todo el paisaje. Sumo,
    claro techado, el cielo.

    Ámbito


        Ámbito
    Ámbito se publicó en la revista malagueña Litoral (1928). Es un libro primerizo en el que Aleixandre ante todo recibe los influjos de, por un lado, la poesía de Juan ramón Jiménez y, por el otro, de la de Jorge Guillén. La presencia de Cántico es notoria sobre todo en la presencia de la luz (recuérdese en título de la obra Ámbito) y la tendencia tan guilleniana a usar el sustantivo sin el determinante artículo. A pesar del recuerdo del libro de Guillén el mundo que configura Aleixandre es bien distinto al de Cántico. No existe la plenitud sino un mundo lleno de luchas, de luces sombrias. La presencia de Góngora también es notoria. El año anterior se había celebrado el centenario del poeta barroco: desorden del discurso, inclusión de acotaciones, de paréntesis y guiones, las preguntas retóricas. Pero en el libro de Aleixandre no hay solamente imitación puede verse ya lo que posteriormente sera la labor poética del autor: la ascensión hacia la luz desde la profundidad de la sombra. También aparece el tema de la ciudad hostil y artificiosa en opisicón a la naturaleza elemental. Veremos este mismo rasgo en muchos de los poetas de la generación del 27.



    NO BUSQUES, NO.

    Yo te he querido como nunca.
    Eras azul como noche que acaba,
    eras la impenetrable caparazón del galápago
    que se oculta bajo la roca de la amorosa llegada de la luz.
    Eras la sombra torpe
    que cuaja entre los dedos cuando en tierra dormimos solitarios.

    De nada serviría besar tu oscura encrucijada de sangre alterna,
    donde de pronto el pulso navegaba
    y de pronto faltaba como un mar que desprecia a la arena.
    La sequedad viviente de unos ojos marchitos,
    de los que yo veía a través de las lágrimas,
    era una caricia para herir las pupilas,
    sin que siquiera el párpado se cerrase en defensa.

    Cuán amorosa forma
    la del suelo las noches del verano
    cuando echado en la tierra se acaricia este mundo que rueda,
    la sequedad oscura,
    la sordera profunda,
    la cerrazón a todo,
    que transcurre como lo más ajeno a un sollozo.

    Tú, pobre hombre que duermes
    sin notar esa luna trunca
    que gemebunda apenas si te roza;
    tú, que viajas postrero
    con la corteza seca que rueda entre tus brazos,
    no beses el silencio sin falla por donde nunca
    a la sangre se espía,
    por donde será inútil la busca del calor
    que por los labios se bebe
    y hace fulgir el cuerpo como con una luz azul si la noche es de plomo.

    No, no busques esa gota pequeñita,
    ese mundo reducido o sangre mínima,
    esa lágrima que ha latido
    y en la que apoyar la mejilla descansa.

    La destrucción o el amor 1932 - 1933


        Entre la "destrucción y el amor".

    Hasta la aparición de libro La destrucción o el amor era Vicente Aleixandre, con sus volúmenes de versos publicados ámbito, 1928; Espadas como labios, 1932), un poeta de personalidad ya marcada, estimado en un reducido circulo como una segura fuerza del porvenir lírico español. Ahora su figura poética se corona, sin duda alguna de trazo ni de intensidad, con esta obra importantísima, que obtuvo en 1934 el primer premio en el Concurso Nacional de Literatura. Las nuevas formas y apetencias líricas de tipo superrealista, hablando en general, que desde hace unos anos, en tentativas curiosas unas, francamente acertadas otras, venían intentando abrir un nuevo camino en nuestra lírica, han encontrado ya (sea esa tendencia todo lo discutible y sujeta a debate que se quiera) su perfección en el libro de Aleixandre.
    Poesía difícil, no hay duda. Difícil en su acceso, en los caminos por que llega al lector, pero en el fondo tan clara y tan evidente en su sentimiento, en su radical esencia poética, como la buena poesía de todos los tiempos. ¿Qué hacer con el poeta difícil contemporáneo? El poeta clásico difícil, aureolado con el respeto que imprime el paso del tiempo, revestido de su dignidad de clásico, goza ya de una relativa fortuna: respeto, acumulación de comentarios explicativos a lo largo del tiempo, luz arrojada sobre lo arduo de su intento por los posteriores avances de la literatura. Pero la suerte del poeta llamado difícil en sus propios días, en nuestros días, es mucho peor. Negación franca en unos; reserva en los cautos que esperan a ver lo que van diciendo los demás. Hasta la defensa, confiada casi siempre a panegiristas apasionados, suele serle de mas daño que provecho. Y tiene que esperar, no se sabe cuanto, un juicio imparcial, movido por deseo de simple justicia. Las historias literarias, la critica oficial, le cierran sus puertas, basándose en ese curioso temor a opinar honradamente sobre lo de hoy: como si una cabeza crítica capaz de discurrir bien sobre el fenómeno literario de hace un siglo perdiera las entendederas al encararse con el fenómeno literario actual. Y por miedo, por timidez, por cautela de los demás, el poeta queda, y no es culpa suya, acorralado en un circulo estrecho, con las puertas cerradas al contacto con el gran publico, que muchas veces se merece. Es obra de justicia estricta señalar a los aficionados a la poesía, a los interesados en la historia viva y de hoy de una literatura, estas apariciones, cuando sin temor a errar se las puede considerar con densidad y valor suficientes en su época para definirla y caracterizarla en una de sus facetas auténticas.
    En la misma valentía del titulo ya nos adelanta Aleixandre el carácter de su obra: La destrucción o el amor. Así afirma el poeta la equivalencia de dos nociones, que se dan para muchos como opuestas y contrarias, y que él, en ese titulo, tiene por la misma cosa. Claro es que ni filosófica ni poéticamente es nueva esa visión. Para muchos poetas y pensadores, el amor es fuente de vida, es potencia creadora inagotable, cuya misión incesante consiste precisamente en reponer las bajas continuas de las fuerzas destructoras. No son tan sólo los seres humanos y sus actos criaturas del amor; también los movimientos de las estrellas están guiados por el amoroso impulso. (Amor che muove el sole e d'altre stelle) Mil ejemplos nos da toda la literatura del Renacimiento de esta concepción de la vida. Pero ya en el Renacimiento también se insinua la idea de que los caminos del amor desembocan impensadamente en su enemiga y que los protagonistas de esa pasión son consumidos por la misma fuerza que crearon. Con el romanticismo amor y muerte se emparejan, y en otro gran poeta italiano, Leopardi, vemos engendrados por la suerte, al mismo tiempo, a la muerte y al amor. En la raíz misma del libro, expresada en su titulo, nos hallamos ya con una actitud espiritual romántica, afirmación de los contrarios, desordenación de los valores usados del mundo, confusión de términos en la mente humana, ruptura de fronteras, rumbo hacia una especie de caótica oscura existencia primitiva. Esa visión romántica de la identidad esencial de amor y muerte se corrobora en varios pasajes del libro; trágicamente a veces, como cuando escribe el poeta:

    Aguilas de metal sonorísimo
    cantan la ira de amar los corazones,
    amarlos con las garras estrujando su muerte;
    lánguida y vencidamente otras, como en el verso:
    Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo.

    El romántico piensa que la vida es soledad y desamparo, lugar de sufrimiento, donde la felicidad y el reposo huyen como sombras delante del hombre que las persigue, aunque por un momento se engaña creyendo que las teñía en los brazos. Escribe Aleixandre:

    La soledad destella en el mundo sin amor.
    La vida es una vivida corteza,
    una rugosa piel inmóvil
    donde el hombre no puede encontrar su descanso
    por mis que aplique su sueno contra un astro apagado[...]


    Pedro Salinas - Literatura española Siglo XX , ed. Alianza Editorial, Madrid, págs: 204-206.




    De un dibujo de Casas.


    UNIDAD EN ELLA

    Cuerpo feliz que fluye entre mis manos,
    rostro amado donde contemplo el mundo,
    donde graciosos pájaros se copian fugitivos,
    volando a la región donde nada se olvida.

    Tu forma externa, diamante o rubí duro,
    brillo de un sol que entre mis manos deslumbra,
    cráter que me convoca con su música íntima,
    con esa indescifrable llamada de tus dientes.

    Muero porque me arrojo, porque quiero morir,
    porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera
    no es mío, sino el caliente aliento
    que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo.

    Deja, deja que mire, teñido del amor,
    enrojecido el rostro por tu purpúrea vida,
    deja que mire el hondo clamor de tus entrañas
    donde muero y renuncio a vivir para siempre.

    Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo,
    quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente
    que regando encerrada bellos miembros extremos
    siente así los hermosos límites de la vida.

    Este beso en tus labios como una lenta espina.
    como un mar que voló hecho un espejo,
    como el brillo de un ala,
    es todavía unas manos, un repasar de tu crujiente pelo,
    un crepitar de luz vengadora,
    luz o espada mortal que sobre mi cuello amenaza,
    pero que nunca podrá destruir la unidad de este mundo.

    La destrucción o el amor









    Primera ediciín de La destrucción o el amor.

    VEN, VEN TU.



    ALLá donde el mar no golpea,
    donde la tristeza sacude su melena de vidrio,
    donde el aliento suavemente espirado
    no es una mariposa de metal, sino un aire.

    Un aire blando y suave
    donde las palabras se murmuran como a un oído.
    Donde resuenan unas débiles plumas
    que en la oreja rosada son el amor que insiste.

    ¿Quién me quiere? ¿Quién dice que el amor es un hacha doblada,
    un cansancio que parte por la cintura el cuerpo,
    un arco doloroso por donde pasa la luz
    ligeramente sin tocar nunca a nadie?

    Los árboles del bosque cantan como si fueran aves.
    Un brazo inmenso abarca la selva como una cintura.
    Un pájaro dorado por la luz que no acaba
    busca siempre unos labios por donde huir de su cárcel.

    pero el mar no golpea como un corazón,
    ni el vidrio o cabellera de una lejana piedra,
    hace más que asumir todo el brillo del sol sin devolverlo.
    Ni los peces innumerables que pueblan otros cielos
    son más que las lentísimas aguas de una pupila remota.

    Entonces este bosque, esta mota de sangre,
    este pájaro que se escapa de un pecho,
    este aliento que sale de unos labios entreabiertos,
    esta pareja de mariposas que en algún punto va a amarse...

    Esta oreja que próxima escucha mis palabras,
    esta carne que amo con mis besos de aire,
    este cuerpo que estrecho como si fuera un nombre,
    esta lluvia que cae sobre mi cuerpo extenso,
    este frescor de un cielo en el que unos dientes sonríen,
    en el que unos brazos se alargan, en que un sol amanece,
    en que una música total canta invadiéndolo todo,
    mientras el cartón, las cuerdas, las falsas telas,
    la dolorosa arpillera, el mundo rechazado,
    se retira como un mar que muge sin destino.

    La destrucción o el amor 1932 -1933

        ¿La muerte o el amor?

    En La destrucción o el amor, libro de pasión cósmica y humana, el amor esta sentido como una fuerza fatal e inexorable, que absorbe las ultimas raíces del ser. La disyuntiva del titulo del libro no ha sido puesta para optar u oponer, sino para identificar o fundir. El amor es la destrucción. Sólo se llega a la raíz mas honda del amor destruyéndose a si mismo el amante para nacer - vivir - en la sangre del ser amado. Y este amor humano es sólo un simulacro - el único posible - del amor total, que únicamente en la fusión última con la tierra puede lograr el hombre. Por ello, en este libro, el poeta se identifica tantas veces con todo lo creado con la selva, la luz, el mar, el sol: "Mina"
    Soy el sol que bajo la tierra pugna por quebrantarla
    como un brazo solísimo que al fin entreabre su cárcel
    y se eleva clamando mientras las aves huyen.
    Y en el hermoso poema "Soy el destino", esta irrefrenable ansia de entrañarse, de fundirse, en amorosa comunión, con los seres que pueblan el mundo, se sucede insaciable:
    Soy el caballo que enciende su crin contra el peladoviento
    soy el león torturado por su propia melena,
    la gacela que teme al río indiferente
    el avasallador tigre que despuebla la selva
    el diminuto escarabajo que también brilla en el día.
    Y cuando el poeta invoca a la amada, en los tremendos versos finales del poema "Ven siempre, ven", no sabe ya Si es el amor o la muerte lo que imperiosamente necesita:
    ¡Ven, ven, muerte, amor; ven pronto, te destruyo,
    ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo;
    ven, que ruedas como liviana piedra,
    confundida como una luna que me pide mis rayos!

    ¿Qué antecedentes podrían encontrarse a esta singular concepción del amor? ¿De dónde arranca su radicalismo, la fuerza de su pasión destructora? Ya Dámaso Alonso, con su penetrante mirada de crítico y de poeta, observó que esa actitud de la poesía de Aleixandre frente al amor no se hallaba muy lejos de la actitud de nuestros grandes poetas místicos. Ese deseo, expresado invocatoriamente, de morir en el amor, destruyéndose en el éxtasis amoroso, no parece diferenciarse mucho del que muestran los poemas de amor divino de un San Juan, de una Teresa de Jesús. Cuando Santa Teresa pide a Dios que le dé la muerte, porque sólo esta muerte habrá de darle la vida, no clama sino por esa total fusión con la criatura amada, que sólo al morir es posible. Para llegar a la entraña mas honda del amor, a la posesión plena, hay que perder la vida. Esto es casi un axioma místico, y esta también en los mas bellos versos de San Juan. Así, en su "Canción a la llama de amor viva":

    ¡Oh cauterio suave!
    ¡Oh regalada llaga!
    ¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
    que a vida eterna sabe,
    y toda deuda paga!
    Matando, muerte en vida la has trocado.



    (Sigue en el texto siguiente - ...)




    De un cuadro de Millais.

    CANCIÓN A UNA MUCHACHA MUERTA

    DIME, dime el secreto de tu corazón virgen,
    dime el secreto de tu cuerpo bajo tierra,
    quiero saber por qué ahora eres un agua,
    esas orillas frescas donde unos pies desnudos se bañan con espuma.

    Dime por qué sobre tu pelo suelto,
    sobre tu dulce hierba acariciada,
    cae, resbala, acaricia, se va
    un sol ardiente o reposado que te toca
    como un viento que lleva sólo un pájaro o mano

    Dime por que tu corazón como una selva diminuta
    esa canción total que por encima de los ojos
    hacen los sueños cuando pasan sin ruido.

    Oh tú, canción que a un cuerpo muerto o vivo
    que a un ser hermoso que bajo el suelo duerme,
    cantas color de piedra, color de beso o labio,
    cantas como si el nacar durmiera o respirara.

    Esa cintura, ese débil volumem de un pecho triste,
    ese rizo voluble que ignora el viento,
    esos ojos por donde sólo boga el silencio,
    esos dientes que son de marfil resguardado
    ese aire que no mueve unas hojas no verdes...

    ¡Oh tú, cielo riente que pasas como nube
    oh pájaro feliz que sobre un hombro ríes
    fuente que, chorro fresco te enredas con la luna
    césped blando que pisan unos pies adorados!

    La destrucción o el amor 1932-1933



    Comtexto
        (Continuación - ...)

    Sólo que el misticismo de Vicente Aleixandre - ya lo advirtió también Dámaso Alonso - es un misticismo panteísta. La fusión amorosa - la muerte - ansíala Aleixandre en los cuerpos, en la piel resplandeciente del mar o del avasallador tigre, en la dulce hoja de un árbol, en la poderosa tierra maternal, que en su caliente seno le sustenta.
    En otro hermoso y viejo - pero vivo aun como el primer día - libro de amor, acaso está ya apuntada esa concepción del amor como destrucción, como muerte. Me refiero al genial poema erótico del arcipreste de Hita. Juan Ruiz, que debía de saber bien como quemaba y mataba el amor, nos dejó su concepto del mismo en los versos del "Enxiemplo del garcon que quería casar con tres mujeres". He aquí como el poeta se dirige a don Amor:

    Eres padre del fuego, pariente de la llama.
    Mas arde e mas se quema cualquier que te mas ama;
    Amor, quien te mas sigue, quémasle cuerpo e alma,
    destrúyesle del todo, como el fuego a la rama.
    Das muerte perdurable a tas almas que quieres,
    das muchos enemigos al cuerpo que requieres,
    faces perder la fama al que mas amor dieres,
    a Dios pierde e al mundo, Amor, el que mas quieres.


    A través de estos reproches, que tienen todo el acento de lo vivido, ¿no parece verse cierta complacencia en quemarse y morir de amor? Si; de vivir hoy, Juan Ruiz hubiera entendido y gustado de ese libro extraordinario que se llama La destrucción o el amor.

    José Luis Cano - La poesía de la generación del 27, Guadarrama, Madrid, 1973, págs:130-132.


    SOY EL DESTINO.



    Sí, te he querido como nunca.

    ¿Por qué besar tus labios, si se sabe que la muerte está próxima
    si se sabe que amar es sólo olvidar la vida,
    cerrar los ojos a lo oscuro presente
    para abrirlos a los radiantes límites de un cuerpo?

    Yo no quiero leer en los libros una verdad que poco a poco
    sube como un agua,
    renuncio a ese espejo que dondequiera las montañas ofrecen,
    pelada roca donde se refleja mi frente
    cruzada por unos pájaros cuyo sentido ignoro.

    No quiero asomarme a los ríos donde los peces colorados con el rubor de vivir,
    embisten a las orillas límites de su anhelo,
    ríos de los que unas voces inefables se alzan,
    signos que no comprendo echado entre los juncos.

    No quiero, no; renuncio a tragar ese polvo, esa tierra dolorosa, esa arena mordida,
    esa seguridad de vivir con que la carne comulga
    cuando comprende que el mundo y este cuerpo
    ruedan como ese signo que el celeste ojo no entiende.

    No quiero, no, clamar, alzar la lengua,
    proyectarla como esa piedra que se estrella en la altura,
    que quiebra los cristales de esos inmensos cielos
    tras los que nadie escucha el rumor de la vida.





    Quiero vivir, vivir como la hierba dura,
    como el cierzo o la nieve, como el carbón vigilante
    como el futuro de un niño que toó.lía no nace,
    Como el contacto de los amantes cuando la luna los ignora

    Soy la música que bajo tantos cabellos
    hace el mundo en su vuelo misterioso,
    pájaro de inocencia que con sangre en las alas
    va a morir en un pecho oprimido.

    Soy el destino que convoca a todos los que aman,
    mar único al que vendrán todos los radios amantes
    que buscan a su centro, rizados por el círculo
    que gira como la rosa rumorosa y total.

    Soy el caballo que enciende su crin contra el pelado viento
    soy cl león torturado por su propia melena,
    la gacela que teme al río indiferente,
    el avasallador tigre que despuebla la selva,
    el diminuto escarabajo que también brilla en el día.

    Nadie puede ignorar la presencia del que vive,
    del que en pie en medio de las flechas gritadas,
    muestra su pecho transparente que no impide mirar,
    que nunca será cristal a pesar de su claridad,
    porque si acercáis vuestras manos, podréis sentir la sangre.

    La destrucción o el amor 1932 - 1933




    SE QUERíAN.


    SE querían.
    Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
    labios saliendo de la noche dura,
    labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
    Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

    Se querían como las flores a las espinas hondas,
    a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
    cuando los rostros giran melancólicamente,
    giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

    Se querían de noche, cuando los perros hondos
    laten bajo la tierra y los valles se estiran
    como lomos arcaicos que se sienten repasados:
    caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

    Se querían de amor entre la madrugada,
    entre las duras piedras cerradas de la noche,
    duras como los cuerpos helados por las horas,
    duras como los besos de diente a diente sólo.

    Se querían de día, playa que va creciendo,
    ondas que por los pies acarician los muslos,
    cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...
    Se querían de día, sobre el mar, bajo el ciclo.

    Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
    mar altísimo y joven, intimidad extensa,
    soledad de lo vivo, horizontes remotos
    ligados como cuerpos en soledad cantando.

    Amando. Se querían como la luna lúcida,
    como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
    dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
    donde los peces rojos van y vienen sin música.

    Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
    ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
    mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
    metal, música, labio, silencio, vegetal,
    mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

    La destrucción o el amor 1932 - 1933



    Comtexto
        El amor y la muerte

    El anhelo de fusión da en la confusión. Esa sensación vastamente confusa del libro, donde los limites humanos, animales, vegetales, se desvanecen, ofreciéndonos una especie de criatura total e indeterminada, el mundo, nos expresa el camino profundamente lógico por donde el individuo ha ido a perderse en lo cósmico. No busca tras ello, como el místico cristiano, a Dios. Mas bien es una forma de desesperación, de aniquilación de la persona humana y sus angustias en los latidos, y el volar y el arrastre de las innumerables formas que constituyen la vida total y donde el individuo ya puede prescindir de su responsabilidad, abdicando de su intimidad en las fuer~as exteriores. Es un panteísmo pesimista. Cosmos, no como motivo de admiración, místico panteísmo arrobado, no, sino como disolvente del hombre, de su amor y su destrucción en los mil multiplicados amores y muertes de la naturaleza, como refugio de la desesperada angustia sin la sonrisa del cielo al final. Porque al fin la dicha suprema no es la salvación, el hallazgo de la luz ultima, como en la poesía mística, sino la muerte y la destrucción, tal y como se expresa en estos versos, ecos del titulo del libro:

    Entonces la dicha, la oscura dicha de morir,
    de comprender que el mundo es un grano que se deshará.
    La dicha consistirá en deshacerse como lo minúsculo.

    Dios es el orden supremo. El místico, en su afán de fundirse con lo exterior, busca su orden. Aquí la poesía se sumerge en el intrincado desorden con que el mundo se aparece y duele al que no le contempla dominado por una esencia ordenadora de origen divino. En la poesía de Aleixandre la sensualidad cósmica está sirviendo a la desesperación humana, sin salida. Hasta ahora, en este somero repaso de temas, nos hemos tropezado con la visión del mundo y la sensibilidad romántica frecuentemente. Cabria calificar a Aleixandre como poeta inscrito dentro del circulo neorromantico, cada día mas poderoso, de la poesía moderna. Pero si nos volvemos ahora a estudiar su lenguaje, su expresión poética, nos hallaremos en tangencia con otra escuela muy de hoy: el superrealismo. No hay en eso contradicción ni mera superposición accidental. En cierto modo, el superrealismo, o las escuelas afines que desde hace veinte anos bullen en las letras, podrían tomarse como una consecuencia extrema desmesurada, de lo romántico. Así como la razón era la enemiga de los románticos, la gran heroína clásica con que luchaban, la lógica es la bestia negra del superrealismo, cuyo esfuerzo se concentra en sofocarla, en ensordecer ante su voz y atender a otras oscuras y profundas. Aleixandre no es un poeta superrealista. Ha pasado junto a esta escuela, y en su lengua poética adopta decididamente y con una brillantez y acierto no superados en espa˜ol, ni acaso en otros idiomas, todas las libertades ofrecidas por esta escuela. Pero hay en su poesía una lógica interna que se soterra a veces, dando la impresión de incoherencia absoluta, aunque no puede enga˜ar. La liberación de la lógica, el abandono del poeta al dictado de lo inconsciente, que existe sin duda en este libro a trechos, no pasa de un plano subordinado, no afecta a la génesis del poema, no es sistema. El poema es siempre fiel a su arranque, a su idea, a la que vemos nacer, ya con el titulo muchas veces, y desarrollarse, no obstante todas las desviaciones y caprichos incidentales de su curso, con absoluta lógica poética. Entre las diversas fases o términos del poema no se da, es cierto, un encadenamiento conceptual riguroso. Pero hay una impresión final, unitaria del poema, y se percibe que a través de las licencias y escapadas de la lógica que el poeta se permite, la idea poética no deja de dominar el conjunto. "La luz", "Las águilas", "Se querían", por no citar sino tres de los mejores poemas del libro, jamas se podrían calificar ni aproximativamente como poemas superrealistas sin incurrir en superficial ligereza. Es en el lenguaje figurado, en las metáforas y transposiciones poéticas de la realidad donde Aleixandre ha aprovechado amplia y certeramente las adquisiciones del superrealismo. La diferencia entre el lenguaje figurado de la poesía clásica y el de la moderna es que en aquélla, por mucho que el término metafórico se alejase de su punto de partida real, una inteligencia fina y sensible podía encontrar siempre las relaciones lógicas, la posibilidad de acercamiento objetivo entre el objeto figurado y su figuración [...]



    Pedro Salinas, ibídem, págs: 209-211



    TORMENTO DEL AMOR.



    TE amé, te amé, por tus ojos, tus labios, tu garganta, tu voz,
    tu corazón encendido en violencia.
    Te amé como a mi furia, mi destino furioso,
    mi cerrazón sin alba, mi luna machacada.

    Eras hermosa. Tenías ojos grandes.
    Palomas grandes, veloces garras, altas águilas potentísimas...
    Tenías esa plenitud por un cielo rutilante
    donde el fragor de los mundos no es un beso en tu boca.

    Pero te amé como la luna ama la sangre,
    como la luna busca la sangre de las venas,
    como la luna suplanta a la sangre y recorre furiosa
    las venas encendidas de amarillas pasiones.

    No sé lo que es la muerte, si se besa la boca.
    No sé lo que es morir. Yo no muero. Yo canto.
    Canto muerto y podrido como un hueso brillante,
    radiante ante la luna como un cristal purísimo.

    Canto como la carne, como la dura piedra.
    Canto tus dientes feroces sin palabras.
    Canto su sola sombra, su tristísima sombra
    sobre la dulce tierra donde un césped se amansa.



    Nadie llora. No mires este rostro
    donde las lágrimas no viven, no respiran.
    No mires esta piedra, esta llama de hierro,
    este cuerpo que resuena como una torre metálica.

    Tenías cabellera, dulces rizos, miradas y mejillas.
    Tenías brazos, y no ríos sin límite.
    Tenías tu forma, tu frontera preciosa, tu dulce margen de carne estremecida.
    Era tu corazón como alada bandera

    ¡Pero tu sangre no, tu vida no, tu maldad no!
    ¿Quien soy yo que suplica a la luna mi muerte?
    ¿Quién soy yo que resiste los vientos, que siente las heridas de sus frenéticos cuchillos,
    que deja que le mojen su dibujo de mármol
    como una dura estatua ensangrentada por la tormenta?

    ¿Quien soy yo que no escucho mi voz entre los truenos,
    ni mi brazo de hueso con signo de relámpago,
    ni la lluvia sangrienta que tiñe la hierba que ha nacido
    entre mis pies mordidos por un río de dientes?

    ¿Quién soy, quién eres, quien te sabe?
    ¿A quién amo, oh tú, hermosa mortal,
    amante reluciente, pecho radiante;
    a quien, a quién amo, a qué sombra, a qué carne,
    a que podridos huesos que como flores me embriagan?

    Mundo a solas 1934 - 1936















    NACIMIENTO DEL AMOR

    ¿Cómo nació el amor? Fué ya en otoño.
    Maduro el mundo,
    no te aguardaba ya.
    Llegaste alegre,
    ligeramente rubia, resbalando en lo blando
    del tiempo. Y te miré. ¡Qué hermosa
    me pareciste aún, sonriente, vívida,
    frente a la luna aún niña, prematura en la tarde,
    sin luz, graciosa en aires dorados; como tú,
    que llegabas sobre el azul, sin beso,
    pero con dientes claros, con impacientc amor!

    Te miré. La tristeza
    se encogía a lo lejos, llena de paños largos,
    como un poniente graso que sus ondas retira.
    Casi una lluvia fina - ¡el cielo, azul! - mojaba
    tu frente nueva. ¡Amante, amante era el destino
    de la luz! Tan dorada te miré que los soles
    apenas se atrevían a insistir, a encenderse
    por ti, de ti, a darte siempre
    su pasión luminosa, ronda tierna
    de soles que giraban en torno a ti, astro dulce,
    en torno a un cuerpo casi transparente, gozoso,
    que empapa luces húmedas, finales, de la tarde
    y vierte, todavía matinal, sus auroras.

    Eras tú, amor, destino, final amor luciente,
    nacimiento penúltimo hacia la muerte acaso.
    Pero no. Tú asomaste. ¿Eras ave, eras cuerpo,
    alma sólo? ¡;Ah, tu carne traslúcida
    besaba como dos alas tibias,
    como el aire que mueve un pecho respirando,
    y sentí tus palabras, tu perfume,
    y en el alma profunda, clarividente
    diste fondo.
    Calado de ti hasta el tuétano de la luz,
    sentí tristeza, tristeza del amor: amor es triste.
    En mi alma nacía el día. Brillando
    estaba de ti; tu alma en mí estaba.
    Sentí dentro, en mi boca, el sabor a la aurora.
    Mis ojos dieron su dorada verdad. Sentí a los pájaros
    en mi frente piar, ensordeciendo
    mi corazón. Miré por dentro
    los ramos, las cañadas luminosas, las alas variantes,
    y un vuelo de plumajes de color, de encendidos
    presentes me embriagó, mientras todo mi ser a un mediodía,
    raudo, loco, creciente se incendiaba
    y mi sangre ruidosa se despeñaba en gozos
    de amor, de luz, de plenitud, de espuma.

    Sombra del paraiso 1939-1943



        La mujer centro del cosmos

    En «Nacimiento del Amor» hay una conjunción de elementos románticos: otoño, luna... El fondo - escenario y símbolo - es el mundo. (veros 1-3). El tiempo, la estación, esta detrás cual atmosfera: es el otoño. Y la amada, imagen viva de él, (versos 1-3):

    Llegaste alegre
    ligeramente rubia, resbalando en lo blando
    del tiempo. Y te miré. ¡Qué hermosa
    me pareciste aún...

    La luna, ahora, otoñal también, «graciosa en aires dorados», "prematura en la tarde", se alza frente a ella, sólo a ella comparable, a ella que se adelanta "con impaciente amor". Y, al mirarla el poeta, huye la tristeza: "se encogía a lo lejos". Y ella adviene dorada, y tan áureo, tan perfectamente áureo es su color, que "los soles / apenas se atrevían a insistir, a encenderse / por ti, de ti, a darte siempre / su pasión luminosa". La amada es el centro del cosmos. Los astros giran en torno suyo, en su ronda de luz. (El Amor es el centro, allá en lo intimo, de la obra de Aleixandre.) La presencia femenina es aquí un "astro dulce" que absorbe toda la luz del día, la luz crepuscular: (versos 19-23)
    El cuerpo de la amada, cuando todo se apaga, emana claridad aun: astro inapagado, porque el amor y los ojos del poeta lo ven así. Mas, si él inquiere la calidad de este amor que le nace en otoño (símbolo también de la vida), es "un nacimiento penúltimo hacia la muerte acaso", "un final amor luciente". (Y estos versos definen el amor: es nacimiento, no renacer: es estrenar el mundo con gracia original.) Pero una duda le asalta: "Eras ave, eras cuerpo, alma sólo?" A la pregunta responde el recuerdo vivido de la presencia femenina, la huella que perduro imborrable en sus ojos. Y la expresión hermosísima y el acierto poético recrean la imagen yacente en la memoria con plasticidad, respiro, pasión y aroma: (versos 27-32) Y la luz que irradia, le penetra: "Calado de ti hasta el tuétano de la luz". Y, al penetrarle y ganarle la tristeza le invade desconsoladamente: sabe que el amor es triste porque muere. (Todo muere en el mundo y, por esto, es inmensa la tristeza - llámese melancolía o sentimiento trágico - del hombre que se para a meditarlo, es sobrecogedora certidumbre.) Y, justamente porque lo sabe mortal, reacciona enfebrecido, anhelando apurar hasta el ápice del suspiro aquella fugaz presencia, al mismo tiempo que compara su estado interior al florecer del día que asciende a su plenitud. ( ¡Ah, y el día morirá también! ). (versos 34-45) ¡Qué jubiloso sentimiento de la aurora‹pájaros, ramos, cañadas‹y vocación pasional que se destina a asir el amor "hasta que muera", a gozarlo y a padecer después toda la tristeza de su muerte, que sera un ir muriendo! En el poema, el tiempo - el amor, la amada, la presencia femenina- pasa por tres etapas: el crepúsculo, la noche (que está presente sólo por detrás, en brazos de esa tristeza que hemos nombrado) y la aurora incendiándose hacia un mediodía de luz. El poeta ha necesitado esta gradación, pues anhela fiar todavía en la belleza, perfecta en sus cúmulos, como en la vida antes de que se extinga. Después del atardecer, la noche, la muerte. Mas, detrás de ella, advendrá la aurora - la resurrección -, el culminar radiante, adorando la luz y a su criatura humana.

    Concha Zardoya La presencia femenina en Sombra del paraíso
    Pueden leerse con provecho los siguientes poemas: Diosa, No estrella, El desnudo, Luna del Paraíso, A una muchacha desnuda... Todos se hallan en Sombra del Paraíso.










    Motivo retocado de Fantin-Latour.

    LA ROSA.



    Yo sé que aquí en mi mano
    te tengo, rosa fría.
    Desnudo el rayo débil
    del sol te alcanza. Hueles,
    emanas. ¿ Desde dónde,
    trasunto helado que hoy
    me mientes? ¿Desde un reino
    secreto de hermosura,
    donde tu aroma esparces
    para invadir un cielo
    total en que dichosos
    tus solos aires, fuegos,
    perfumes se respiran?
    ¡Ah, sólo allí celestes
    criaturas tú embriagas!

    Pero aquí, rosa fría,
    secreta estás, inmóvil;
    menuda rosa pálida
    que en esta mano finges
    tu imagen en la tierra.

    Sombra del paraíso 1939-1943

        Sombra del Paraíso

    Sombra del Paraíso aparece en 1944 tras algunos forcejeos con la censura franquista. Su aparición representó una bocanada de aire fresco para la poesía del momento. Aparecía también en sus versos un resurgir poderoso del sentimiento humano y de emoción hondamente sentida. Hijo de hombre, de Dámaso Alonso, tan distinto en muchos aspectos, representó también algo semejante (publicado el mismo año). Tanto uno como otro libro representaron un aldabonazo en la conciencia poética de los jóvenes de aquella época.
    Los críticos han solido ver un sentido antitético ya desde el mismo título - sombra /paraíso. En general han insistido más en el sentido pesimista del libro, un libro en la habría más sombras que paraíso: el hombre ha perdido la felicidad, como perdió el paraíso. El mito de la edad de oro ha sido borrado por la reciente guerra civil. Pero la riqueza del libro es mucho mayor que esta dicotomía. Aleixandre añora la infancia y la juventud ya lejanas y echa en falta también la inocencia primigenia del hombre. Por eso podemos decir que la evocación del Paraíso es tan importante que los dos aspectos señalados anteriormente se reparten los poemas del libro. Puede decirse que el tono general del poemario es elegíaco. Pero puede señalarse que el libro también está inmerso en la nostalgia y la evocación y, ante todo, en de la profundidad la la tierra, es decir: "una evasión mágica hacia lo más profundo del hombre.
    El libro consta de seis partes pero en todas ellas laten unas grandes ansias de amor y muerte que, para el poeta, también es amor. El tema podríamos decir consta de una exaltación de la "tierra", es decir, del "paraíso". La misión del hombre para conseguir la felicidad es unirse a la tierra, con la materia, con el cosmos todo. Quizá el poema que mejor expresa ese sentido exultante de vivir sea:

    "Primavera en la tierra" :

    Gocé, sufrí, encendí los agoniosos mares,
    los abrasados mares,
    y sentí la pujanza de la vida cantando,
    ensalzando en el ápice del placer a los cielos...




    LOS BESOS

    Sólo eres tú, contínua,
    graciosa, quien se entrega,
    quien hoy me llama. Toma,
    toma el calor, la dicha
    la cerrazón de bocas
    selladas. Dulcemente
    vivimos. Muere, ríndete.
    Sólo los besos reinan:
    sol tibio y amarillo,
    riente, delicado,
    que aquí muere, en las bocas
    felices, entre nubes
    rompientes rompientes, entre azules
    dichosos, donde brillan
    los besos, las delicias
    de la tarde, la cima
    de este poniente loco,
    quietísimo, que vibra
    y muere.- Muere, sorbe
    la vida. - Besa. - Beso.
    ¡Oh mundo así dorado!

    Sombra del paraíso

       
    Amor paradisíaco (1)


    Si La destrucción o el amor es el libro del amor total y heridor, de la fusión con todo lo creado, Sombra del paraíso es el libro de la nostalgia y evocación de un mundo paradisíaco, del que el poeta, viviendo en este mundo mortal, se siente desterrado, lejos de su única patria. El mundo de Sombra del paraíso está iluminado por un puro resplandor virginal y habitado por celestes, resplandecientes criaturas. El poeta evoca su luz y sus alas, el mar y sus bosques, lo que era el amor y lo que era también la muerte en aquel paraíso perdido. Y una apasionada y dulce nostalgia tiñe de melancolía estos versos evocadores, a los que el mismo mágico mundo que evocan parece prestarles algo de su radiante luz, de la celeste pasión de sus criaturas:

    La música de los ríos, la quietud de las alas,
    esas plumas que todavía con el recuerdo del día se
    plegaron para el amor, como para el sueño,
    entonaban su quietísimo éxtasis
    bajo el mágico soplo de la luz,
    luna ferviente que aparecida en el cielo
    parece ignorar su efímero destino transparente.

    Esta voz que fluye serena, cósmicamente dulce y nostálgica, no es ya la voz frenética y ardentísima de La destrucción o el amor. Aquel poderoso amor que en este libro clamaba y ardía en todo lo creado parece transido en Sombra del paraíso de una superior y tristísima sapiencia, y aunque sigue clamando a los seres, lo hace ahora más con dulzura que con ira, más con amorosa tristeza que con las palabras terribles de la pasión:

    Pero suelta, suelta tu gracioso cestillo,
    mágica mensajera de los campos;
    échate sobre el césped aquí a la orilla del río.
    Y déjame que en tu oído yo musite mi sombra,
    mi penumbrosa esperanza bajo los álamos plateados.







    CASI ME AMABAS

    Alma celeste para amar nacida.
    ESPRONCEDA

    CASI me amabas.

    Sonreías, con tu gran pelo rubio donde la luz resbala hermosamente.
    Ante tus manos el resplandor del día se aplacaba continuo,
    dando distancia a tu cuerpo perfecto.
    La transparencia alegre de la luz no ofendía,
    pero doraba dulce tu claridad indemne.
    Casi... casi me amabas.

    Yo llegaba de allí, de más allá, de esa oscura conciencia
    de tierra, de un verdear sombrío de selvas fatigadas,
    donde el viento caducó para las rojas músicas;
    donde las flores no se abrían cada mañana celestemente
    ni donde el vuelo de las aves hallaba al amanecer virgen el día.

    Un fondo marino te rodeaba.
    Una concha de nácar intacta bajo tu pie, te ofrece
    a ti como la última gota de una espuma marina.
    Casi... casi me amabas.

    ¿Por qué viraste los ojos, virgen de las entrañas del mundo
    que esta tarde de primavera
    pones frialdad de luna sobre la luz del día
    y como un disco de castidad sin noche,
    huyes rosada por un azul virgíneo?

    Tu escorzo dulce de pensativa rosa sin destino
    mira hacia el mar. ¿Por qué, por qué ensordeces
    y ondeante al viento tu cabellera, intentas
    mentir los rayos de tu lunar belleza?

    ¡Si tú me amabas como la luz!... No escapes,
    mate, insensible, crepuscular, sellada.
    Casi, casi me amaste. Sobre las ondas puras
    del mar sentí tu cuerpo como estelar espuma,
    caliente, vivo, propagador. El beso
    no, no, no fué de luz: palabras
    nobles sonaron: me prometiste el mundo
    recóndito, besé tu aliento, mientras la crespa ola
    quebró en mis labios, y como playa tuve
    todo el calor de tu hermosura en brazos.

    Sí, sí, me amaste sobre los brillos, fija,
    final, extática. El mar inmóvil
    detuvo entonces su permanente aliento,
    y vi en los cielos resplandecer la luna,
    feliz, besada, y revelarme el mundo.


    Sombra del paraíso 1939-1943

        Amor paradisíaco (2)

    Mas esta evocación paradisíaca, tan hermosamente lograda en poemas como Criaturas en la aurora, El río, Primavera en la tierra, Ciudad del paraíso, acaba siendo tristeza; es ella misma, en los ojos del poeta, dolorosa y no alegre visión, porque la conciencia de su radiante hermosura no puede separarse en él de la conciencia - trágica - de su instantaneidad, de su perecedero fulgor. Cuanto más bello es ese paraíso que mágicamente vuelve a vivir en estos versos, cuanto más hermosas son sus criaturas, sus aves, sus luces, más dolorosamente siente el poeta el paso de su aura embriagadora. Efímero rocío estelar cuya dulzura no dejará ya nunca de habitar su corazón. Este contraste entre el cielo feliz de ese paraíso, de esa alada ciudad, de esas aves que por un instante siente el poeta como suspensas milagrosamente en sus brazos, y la conciencia de su fugitividad, de su reino instantáneo, es lo que presta un halo trágico a aquella evocación y lo que constituye la metafísica de este libro, su entraña mas honda y patética.
    En cuanto al sentimiento del amor, la concepción del amor como luz que brilla momentáneamente en unos labios, en la espuma continua del mar, en la dulce falda de una colina, para morir pronto y finalmente deshecha tras el mágico éxtasis, sigue siendo en esencia la misma concepción que informaba los principales poemas de La destrucción o el amor. De nuevo vemos brillar como una espada la fúlgida llama destructora: ("Sierpe de amor".)

    Pero al igual que la evocación del paraíso, la evocación del amor, reino también paradisíaco, se tiñe en estos poemas de tristeza y de gravedad, de pesarosa melancolía. Elementos que se hallaban casi ausentes en La destrucción o el amor, y que prestan a Sombra del paraíso un halo de excelsitud, de dolor humanísimo. En algunos poemas podría incluso advertirse cierta sombra de religiosidad; por ejemplo, en "Padre mío". Y una nueva conciencia de la fatal instantaneidad del amor, de su efímera gloria, da una luz grave y dolorosa a la presencia de la criatura amada: "Nacimiento del amor", "Ultimo amor".
    Pero es sobre todo en el poema final del libro, "No basta", donde Aleixandre parece resumir la consecuencia humana y metafísica del libro. En estos versos, el poeta vuelto del amor, del resplandor de los bosques, de la espuma crepitante del mar, se acoge filialmente al seno eternal de la tierra, para ofrecerle el único beso que perdura, y decirle:
    Así, madre querida
    tú puedes saber bien - lo sabes, siento tu beso
    secreto de sabiduría -
    que el mar no baste, que no basten los bosques,
    que una mirada oscura llena de humano misterio,
    no baste; que no baste, madre, el amor,
    como no baste el mundo.

    Mas este pesimismo amoroso no es siempre triste en el libro. La conciencia de la fugitiva ebriedad del amor no impide el entusiasmo ante ese resplandor glorioso que sabemos que va a morir. En último término - y aquí queremos sintetizar lo que a nuestro juicio contiene ese "pesimismo entusiasta" de Sombra del paraíso -, sólo el amor, a pesar de la fugacidad de su reino, sabe darnos la ilusión y la embriaguez de un paraíso. Sólo él, dulce sombra paradisíaca, nos da las alas que nos destierran, transitoriamente, de este mundo. "Es tocar el cielo - decía Novalis - poner el dedo sobre un cuerpo humano". De igual modo, ceñir la quebradiza espuma de la cintura amada es aprisionar - un instante - la bóveda celeste del universo:

    ¡Ah maravilla lúcida de tu cuerpo cantando
    destellando de besos sobre tu piel despierta.
    bóveda centelleante, nocturnamente hermosa
    que humedece mi pecho de estrellas o de espumas! ("Plenitud del amor".)

    Sabemos cuán efímera es esa cintura, cuán fugaces esos labios que brillan y nos convocan a su luz. Mas esa luz efímera, aura fugitiva que un día nos roza, es la que más mortalmente nos hiere, la única capaz de hacer olvidar al poeta su miseria de hombre perecedero, su rápido y doloroso paso por la tierra.




    PADRE MíO.


    A mi hermana.
    LEJOS estás, padre mío, allá en tu reino de las sombras.
    Mira a tu hijo, oscuro en esta tiniebla huérfana,
    lejos de la benévola luz de tus ojos continuos.
    Allí nací, crecí; de aquella luz pura
    tomé vida, y aquel fulgor sereno
    se embebió en esta forma, que todavía despide,
    como un eco apagado, tu luz resplandeciente.

    Bajo la frente poderosa, mundo entero de vida,
    mente completa que un humano alcanzara,
    sentí la sombra que protegió mi infancia. Leve, leve,
    resbaló así la niñez como alígero pie sobre una hierba noble,
    y si besé a los pájaros, si pude posar mis labios
    sobre tantas alas fugaces que una aurora empujara,
    fue por ti, por tus benévolos ojos que presidieron mi nacimiento
    y fueron como brazos que por encima de mi testa cernían
    la luz, la luz tranquila, no heridora a mis ojos de niño.

    Alto, padre, como una montaña que pudiera inclinarse,
    que pudiera vencerse sobre mi propia frente descuidada
    y besarme tan luminosamente, tan silenciosa y puramente
    como la luz que pasa por las crestas radiantes
    donde reina el azul de los cielos purísimos.

    Bor tu pecho bajaba una cascada luminosa de bondad, que tocaba
    luego mi rostro y bañaba mi cuerpo aún infantil, que emergí
    de tu fuerza tranquila como desnudo, reciente,
    nacido cada día de ti, porque tú fuiste padre
    diario, y cada día yo nací de tu pecho, exhalado
    de tu amor, como acaso mensaje de tu seno purísimo.
    Porque yo nací entero cada día, entero y tierno siempre,
    y débil y gozoso cada día hollé naciendo





    la hierba misma intacta: pisé leve, estrené brisas,
    henchí también mi seno, y miré el mundo
    y lo vi bueno. Bueno tú, padre mío, mundo frío, tú sólo.

    Hasta la orilla del mar condujiste mi mano.
    Benévolo y potente tú como un bosque en la orilla,
    yo sentí mis espaldas guardadas contra el viento estrellado.
    Pude sumergir mi cuerpo reciente cada aurora en la espuma;
    y besar a la mar candorosa en el día,
    siempre olvidada, siempre, de su noche de lutos.

    Padre, tú me besaste con labios de azul sereno.
    Limpios de nubes veía yo tus ojos,
    aunque a veces un velo de tristeza eclipsaba a mi frente
    esa luz que sin duda de los cielos tomabas.
    Oh padre altísimo, oh tierno padre gigantesco
    que así, en los brazos, desvalido, me hubiste.

    Huérfano de ti, menudo- como entonces, caído sobre una hierba triste,
    heme hoy aquí, padre, sobre el mundo en tu ausencia,
    mientras pienso en tu forma sagrada, habitadora acaso de un sombra amorosa,
    por la que nunca, nunca tu corazón me olvida.
    Oh padre frío, seguro estoy que en la tiniebla fuerte
    tú vives y me amas. Que un vigor poderoso,
    un latir, aún revienta en la tierra.
    Y que unas ondas de pronto, desde un fondo, sacuden
    a la tierra y la ondulan, y a mis pies se estremece.

    Pero yo soy de carne todavía. Y mi vida
    es de carne, padre, padre mío. Y aquí estoy,
    solo, sobre la tierra quieta, menudo como entonces, sin verte,
    derribado sobre los inmensos brazos que horriblemente te imitan.

    Sombra del paraíso1939 -1943




    CIUDAD DEL PARAÍSO

    A mi ciudad de Málaga.

    SIEMPRE te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
    Colgada del imponente monte, apenas detenida
    en tu vertical caída a las ondas azules,
    pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
    intermedia
    en los aires, como si una mano dichosa
    te hubiera retenido, un momento de gloria, antes de
    hundirte para siempre en las olas amantes.

    Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira
    o brama
    , por ti, ciudad de mis días alegres,
    ciudad madre y blanquísima donde viví, y recuerdo,
    angélica
    ciudad que, más alta que el mar, presides sus
    espumas.

    Calles apenas, leves, musicales. Jardines
    donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.
    Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,
    mecen
    el brillo de la brisa y suspenden
    por un instante labios celestiales que cruzan
    con destino a las islas remotísimas, mágicas,
    que allá en el azul índigo
    , libertadas, navegan.

    Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.
    Allí, donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable
    y donde las rutilantes
    paredes besan siempre
    a quienes siempre cruzan, hervidores, en brillos.

    Allí fui conducido por una mano materna.
    Acaso de una reja florida una guitarra triste
    cantaba la súbita canción suspendida en el tiempo;
    quieta la noche, más quieto el amante,
    bajo la luna eterna que instantánea transcurre.

    Un soplo de eternidad pudo destruirte,
    ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un Dios
    emergiste
    .
    Los hombres por un sueno vivieron, no vivieron,
    eternamente fúlgidos
    como un soplo divino.

    Jardines, flores. Mar alentando como un brazo que anhela
    a la ciudad voladora entre monte y abismo,
    blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso

    que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!

    Por aquella mano materna fui llevado ligero
    por tus calles ingrávidas
    . Pie desnudo en el día.
    Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.
    Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
    Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.

    Sombra del Paraíso (1944)













    La ciudad utópica y paradisíaca y el mar.



    NO BASTA.


    PERO no basta, no, no basta
    la luz del sol, ni su cálido aliento.
    No basta el misterio oscuro de una mirada.
    Apenas bastó un día el rumoroso fuego de los bosques.
    Supe del mar. Pero tampoco basta.

    En medio de la vida, al filo de las mismas estrellas,
    mordientes, siempre dulces en sus bordes inquietos,
    sentí iluminarse mi frente.
    No era tristeza, no. Triste es el mundo;
    pero la inmensa alegría invasora del universo
    reinó también en los pálidos días.

    No era tristeza. Un mensaje remoto
    de una invisible luz modulaba unos labios
    aéreamente, sobre pálidas ondas,
    ondas de un mar intangible a mis manos.

    Una nube con peso, nube cargada acaso de pensamiento estelar,
    se detenía sobre las aguas, pasajera en la tierra,

    El cielo alto quedó como vacío.
    Mi grito resonó en la oquedad sin bóveda
    y se perdió, como mi pensamiento que voló deshaciéndose
    como un llanto hacia arriba, al vacío desolador, al hueco.

    Sobre la tierra mi bulto cayó. Los cielos eran
    sólo conciencia mía, soledad absoluta.
    Un vacío de Dios sentí sobre mi carne,
    y sin mirar arriba nunca, nunca hundí mi frente en la arena
    y besé sólo a la tierra, a la oscura, sola,
    desesperada tierra que me acogía.

    Así sollocé sobre el mundo.
    ¿Qué luz lívida, qué espectral vacío velador,
    qué ausencia de Dios sobre mi cabeza derribada
    vigilaba sin límites mi cuerpo convulso?
    ¡Oh madre, madre, sólo en tus brazos siento
    mi miseria! Sólo en tu seno martirizado por mi llanto
    rindo mi bulto, sólo en ti me deshago.


    Estos límites que me oprimen,
    esta arcilla que de la mar naciera,
    que aquí quedó en tus playas,
    hija tuya, obra tuya, luz tuya,
    extinguida te pide su confusión gloriosa,
    te pide sólo a ti, madre inviolada,
    madre mía de tinieblas calientes,

    Todavía quisiera, madre,
    con mi cabeza apoyada en tu regazo,
    volver mi frente hacia el cielo
    y mirar hacia arriba, hacia la luz, hacia la luz pura,
    y sintiendo tu calor, echado dulcemente sobre tu falda,
    contemplar el azul, la esperanza risueña,
    la promesa de Dios, la presentida frente amorosa.
    ¡Qué bien desde ti, sobre tu caliente carne robusta,
    mirar las ondas puras de la divinidad bienhechora!
    ¡Ver la luz amanecer por oriente, y entre la aborrascada nube preñada
    contemplar un instante la purísima frente divina destellar,
    y esos inmensos ojos bienhechores
    donde el mundo alzado quiere entero copiarse
    y mecerse en un vaivén de mar, de estelar mar entero,
    compendiador de estrellas, de luceros, de soles,
    mientras suena la música universal, hecha ya frente pura,
    radioso amor, luz bella, felicidad sin bordes!

    Así, madre querida,
    tú puedes saber bien - lo sabes, siento tu beso secreto de sabiduría
    que el mar no baste, que no basten los bosques,
    que una mirada oscura llena de humano misterio,
    no baste; que no baste, madre, el amor,
    como no baste el mundo.

    Madre, madre, sobre tu seno hermoso
    echado tiernamente, déjame así decirte
    mi secreto; mira mi lágrima
    besarte; madre que todavía me sustentas,
    madre cuya profunda sabiduría me sostiene ofrecido.

    Sombra del paraíso 1939 - 1943












    MANO ENTREGADA.



    "Pero otro día toco tu mano. Mano tibia.
    Tu delicada mano silente. A veces cierro
    mis ojos y toco tu leve mano, leve toque
    que comprueba su forma, que tienta
    su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso
    insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca
    el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor hermoso.

    Es por la piel secreta, secretamente abierta, invisiblemente entreabierta
    por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce:
    por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias,
    para rodar por ellas en tu escondida sangre,
    como otra sangre que sonara oscura, que dulcemente oscura te besara
    por dentro, recorriendo despacio como sonido puro
    ese cuerpo, que ahora resuena mío, mío poblado de unas voces profundas,
    oh resonado cuerpo de mi amor, oh, poseído cuerpo, oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndolo.

    Por eso, cuando acaricio tu mano, sí que sólo el hueso rehúsa
    mi amor - el nunca incandescente hueso del hombre -.
    Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,
    mientras tu carne entera llega un instante lúcido
    en que total flamea , por virtud de ese lento contacto de tu mano,
    de tu porosa mano suavísima que gime,
    tu delicada mano silente , por donde entro
    despacio, despacísimo, secretamente en tu vida
    hasta tus venas hondas totales donde bogo,
    donde te pueblo y canto completo entre tu carne.

    Historia del corazón 1945 - 1953






















    Detalle del cuadro de Giuseppe Pelliza de Volpedo "El cuarto estado".


    Antes del comentario - Ideas b´sicas, im´genes...

    La idea/clave que cruza de principio a fin este poema es la búsqueda de la identidad en medio de los otros, en la sociedad, el reconocer su individualidad en medio del mundo, el reconocerse como uno entre todos, la fraternidad humana y el compromiso social. Los hombres aparecen como algo rumoroso que lleva, que conduce, que arrastra. Puede ser "mar", según sea lento, pausado, tranquilo, o "torrente", si es mas violento. La imagen de un ser caudaloso es persistente. El viento rizándolo el serpear que cubre la tierra, el corazón individual como un afluente que desemboca en ese gran caudal extendido que es el gran corazón de los hombres. Esta visión le lleva al poeta al hallazgo de esa expresiva imagen del bañista que, después de dudarlo, entra al fin en el agua y, rodeado por ella, se siente aún más vivo. Movimiento como vida; compañía como conciencia de sí mismo. No es bueno quedar fuera, en la orilla, quieto y solo. El poeta ve a un vecino bajar a la calle y perderse en ese gran río. Pero "era reconocible el diminuto corazón afluido". Porque "allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse". "No te busques en el espejo", dice el poeta, en un diálogo sordo contigo mismo. "Baja, baja despacio y búscate entre los otros". "Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete".

    Sigue...
    EN LA PLAZA

    Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
    sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
    llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

    No es bueno
    quedarse en la orilla
    como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
    Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
    de fluir y perderse,
    encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.

    Como ése que vive ahí, ignoro en qué piso,
    y le he visto bajar por unas escaleras
    y adentrarse
    valientemente entre la multitud y perderse.
    La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto
    corazón afluido.

    Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
    con silenciosa humildad, allí él también
    transcurría.

    Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
    Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
    un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
    su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

    Y era el serpear,
    que se movía
    como un único ser, no sé si desvalido,
    no sé si poderoso
    pero existente y perceptible, pero cubridor,
    de la tierra.

    Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
    Cuando, en la tarde caldeada,
    , solo en tu gabinete.
    con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
    quisieras algo preguntar a tu imagen
    no te busques en el espejo,
    en un extinto,
    diálogo en que no te oyes
    Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
    Allí están todos, y tú entre ellos.
    Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

    Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con
    mucho amor y recelo al agua,
    introduce primero sus pies es la espuma,
    y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
    Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.

    Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos
    y se entrega completo.
    Y allí fuerte se reconoce, y crece y se lanza,
    y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
    y hiende,
    y late en las aguas vivas,
    y canta, y es joven.
    Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor,
    en la plaza.
    Entra en el torrente que te reclama y allí sé tu mismo.
    ¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere
    latir.
    para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

    Historia del corazón(1954)



    Comtexto
       



























    La idea de la desnudez es constante en la poesía de Aleixandre; la desnudez como un despojarse de hábitos mezquinos y egoístas que nos separan, que nos aíslan de los demás. Por eso también los pies aparecen siempre descalzos.

    Modo de expresión.


    Cuando el bañista se acerca temeroso al agua el ritmo de los versos se retarda con el uso de incisos, verbos dubitativos, acciones suspendidas. "Temeroso... con mucho recelo... introduce primero sus pies... y ya se atreve, y casi ya se decide... todavía no se confía". Hasta que al fin se entrega completo al agua. Entonces los verbos de movimiento se amontonan, las acciones son rápidas, el polisíndeton no nos permite la menor pausa, y sentimos cómo todo ocurre al mismo tiempo en una explosión de vida y juventud. "Y allí fuerte se reconoce, y crece... y salta... y late... y canta, y es joven". El poema termina con la imagen-oposición ya expresada anteriormente: el pequeño corazón diminuto latiendo en el unánime corazón de todos los hombres.




    Detalle del cuadro de Giuseppe Pelliza de Volpedo "El cuarto estado".



    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac