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1. 2. Cosmovisión simbólica y cosmovisión realista en Vicente Aleixandre.
[Dentro te la dispersión cosmovisionaria que caracteriza la lírica moderna, Aleixandre no sólo se contradistingue de sus compañeros de generación sino que se diferencia de sí mismo a cada libro y, más violentamente aún, a cada serie de libros. Frente al estilo "cósmico" de la primera época, el de la segunda es "histórico". Fruto del individualismo, ese constante cambio engendra una gran brillantez.]
Es evidente que la gran originalidad del mundo aleixandrino hace que todos o casi todos los elementos que lo constituyen en su primera época estén bastante alejados de la experiencia humana ordinaria. Así, el trato de favor que se concede a la elementalidad, estimada en esta poesía muy por encima de lo que normalmente recibe nuestro mayor aprecio; la idea de la unidad del mundo, y más aún, la de que sea el amor, dentro de esa unidad, la sustancia de todos los seres, incluso de los inanimados; la concepción de que el amor se manifiesta como destrucción, no en el sentido vulgar de que nos haga sufrir, sino en otro más esencial y profundo; y, sobre todo, esa diversa y más audaz concepción con que Aleixandre cierra, dentro de la primera parte de su obra, el amplísimo arco de su interpretación de la realidad: la muerte como vida y amor, como el amor definitivo y absoluto, pese a ser la muerte para él disolución del individuo en la materia universal.
¿Como es posible que estas ideas, tan opuestas a nuestro modo común de entender el mundo, puedan ser por nosotros plenamente "asentidas"? [Por supuesto el lector, para otorgar eso que acabo de llamar "asentimiento pleno", no necesita creer lo que el poeta cree: basta con que eso que el poeta cree le parezca posible en un hombre cabal. Ahora bien: decir, como dice Aleixandre, que la muerte, esa que llamamos "muerte para siempre", es "gloria, vida" ("El enterrado"), o decir, y no por pesimismo, que destruir es amar ("amarlos con las garras estrujando su muerte"; "mientras cuchillos aman corazones"), etcétera, ¿no es ir más allá de ese holgado margen de que el poeta, en cuanto a la "veracidad" de sus palabras, dispone? ]
La solución de estas cuestiones es, sin embargo, si no me engaño, muy sencilla. Si partimos de que un poema emociona y sin embargo sus ideas no pueden ser del todo "creídas" por ninguna persona normal, evidentemente ello sólo puede ser porque tales ideas, pese tal vez a su apariencia contraria, no se ofrecen, en realidad, para ser creídas, sino sólo como medios para transmitirnos, ocultamente y por vía irreflexiva, otras perfectamente sustentables. Dicho de modo diferente y más preciso: esas ideas se manifiestan, en rigor, como símbolos. [ .. . ] Y, como les ocurre a los símbolos, lo que se nos quiere decir a su través sólo aparece emotivamente en nosotros, aunque esa emoción lleve dentro de su atmosférica masa emotiva un núcleo duro de tipo conceptual, o dicho mejor, la equivalencia funcional de uno o varios conceptos, que d análisis (innecesario, claro es, desde el punto de vista estético) puede extraer hasta la conciencia lúcida.
Nótese que aunque esos conceptos o equivalencias de conceptos no sean percibidos por nosotros en el momento de la lectura, están en nuestra psique, al implicarse en las emociones. La emoción que sentimos supone la existencia de esos conceptos, y sin ellos no existiría. Y ocurre que el asentimiento o el disentimiento del lector se refiere no a las ideas símbolos, sino, a tras¿s de las emociones implicitadoras, a esos conceptos de que hablo, a los que podemos ya denominar "ideas simbolizadas"). De ahí que aunque el pensamiento poético aleixandrino en la primera Poesía nos cueste trabajo sentirlo como verdaderamente "creíble" en todos sus puntos en la vida real de alguien, nuestro asentimiento fluya con naturalidad y sin embarazo alguno.
Se nos plantea aquí otro importante problema. Puesto que el sistema aleixandrino de la primera época se ofrece como una vasta red de relaciones entre elementos simbólicos, diríase, a primera vista al m~nos, que habría de darse tras ella, otra red paralela de de elementos «reales» (llamémoslos de este modo) que entre sí se encadenarían, uno a uno, como perfectos homólogos de los primeros. Y sin embargo no es así. Lo que en último término "signifiquen" en Aleixandre la preferencia por lo elemental, lo que signifiquen la unidad del mundo, d amor sustancial, la ecuación amor = muerte y muerte = amor, etcétera, no son ingredientes relacionados entre sí del mismo modo que lo están las coberturas simbólicas respectivas que acabo de nombrar. Y ello precisamente porque una visión del mundo no es un conjunto alegórico sino un conjunto simbólico. [...]
Aunque no podamos decir que el tipo simbólico de cosmovisión sea muy frecuente en la época contemporánea, no hay duda te que, en cambio, la caracteriza, puesto que con toda evidencia tiene tanto significado en ella como el mucho que a todas luces posee el uso del símbolo en sentido estricto y su modo específico de desarrollo.
Pues bien las cosmovisiones no simbólicas sino "realistas" son propias del nuevo período. Y como el segundo Aleixandre es uno de los representantes de ese nuevo período, su respectiva cosmovisión será realista también. En efecto: nada de lo que hemos dicho de la visión del mundo inicial de nuestro poeta vale para la última. Esta, al contrario de la otra, se nos hace directamente "creíble" en todos sus términos. [Por tanto, también en este importante aspecto, coherentemente, la poética actual manifiesta un claro "realismo". Su pupila (la del segundo Aleixandre) ve más y mejor que la nuestra, pero no es, en esencia, distinta; no se sitúa en un plano más alto, o más guarecido o más solemne para mirar un mundo diferente del habitual. Es un hombre a la intemperie que mira como cualquiera, aunque salga de su contemplación más enriquecido que nosotros por el espectáculo múltiple de la realidad cotidiana.]
En consecuencia, las dos cosmovisiones aleixandrinas (la cósmica y la histórica) son, insisto, de distinta índole: la primera es simbólica y la segunda no lo es. Esa diferencia entre ambos mundos no impide que ambos puedan integrarse en la concepción más amplia y abarcadora de En un vasto dominio, donde, en efecto, la visión naturalista del primer Aleixandre y la historicista de Historia del corazón se funden armónicamente en lo que llamaríamos un "naturalismo historicista». Pues ocurre que al contactar de ese modo que digo, el realismo cosmovisionario del segundo orbe contagia al primero, que se hace también así inmediatamente "creíble". Y no sólo "creíble": ciertos elementos de la inicial visión del mundo que En un vasto dominio recoge, como. por ejemplo, la unidad material del universo, al ser contemplados ahora por una pupila historicista, precipitan un resultado que viene a coincidir con la verdad objetiva, o al menos con lo que desde la ciencia actual o desde el pensamiento de la mayoría de los científicos representativos de hoy, y en especial, de algunos de entre ellos, puede llamarse así. El parecido, digamos, entre lo que Aleixandre viene a decirnos acerca de la evolución de la materia unitaria, como resultado de un "proyecto", encarnado en esa materia, que se dirige a la aparición del ser humano, y lo que dice Teilhard de Chardin es hasta pasmoso. Por su realismo cosmovisionario, precisamente, En un vasto dominio es, pues, un libro plenamente inserto en la época segunda, [pese a que abarque los dos fundamentales momentos aleixandrinos: el de Historia del corazón y el anterior, que va desde Ambito a Nacimiento último.]

Carlos Bousoño, La poesía de Vicente Aleixandre, Gredos, Madrid, 1977, págs: 146-156.
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