|
2. 2. En busca de un paraíso.
En la poesía de Luis Cernuda está presente, como en leitmotiv, una actitud desengañada: la del poeta que habiendo soñado la vida, en su adolescencia, como embeleso inagotable, como fuente pura de goce y de libertad, tropieza, apenas abandonado su cielo adolescente, con la torpe y sucia realidad, fea de alma y muchas veces de cuerpo. El contraste entre el sueño y la vida, entre el deseo y la realidad, deviene tan vio
lento, que el poeta llega en su desilusión a actitudes extremas (declaraciones nihilistas, de un surrealismo extremista, en la antología de Gerardo Diego; adhesión a un partido político revolucionario en la revista "Octubre"; pero estas posturas extremas a nada conducían, y el poeta no podía encontrarse en ellas, una vez agotada su circunstancial justificación. Sólo a través del sueño y de la poesía, como una continuación de los deseos adolescentes, iba a encontrar Cernuda una compensación a su desengaño. Pues ni siquiera en el amor, única realidad que quisiera salvar de aquel naufragio de sus sueños, encontraba el poeta la gloria, el paraíso deseado. Por eso, de espaldas a la diaria realidad, al duro tiempo que en la ciudad habita, vuelve el poeta la mirada al país del Sur, a la soñadora y clara Andalucía, o a la dorada Grecia de los dioses antiguos, de belleza y espíritu inmortales. Bellos paraísos con los que el poeta sueña y recuerda, cuya luz y hermosura se evocan nostálgicamente en sus versos. Sombra de un paraíso perdido y deseado, que en el gran libro de Vicente Aleixandre no tenía una fijación concreta, geográfica y temporal, y que en Cernuda se sitúa en una tierra del Sur - Andalucía - y en una edad feliz para los dioses y los hombres: la Grecia antigua.
ANDALUCÍA, PARAÍSO HUMANO
Se canta lo que se pierde, ha dicho un poeta. Y si lo que se pierde es la tierra y el aire andaluces, la canción será nostálgica y punzante como el recuerdo de una dicha. Lejos de Sevilla, y más tarde lejos de España, evocará Cernuda, con el más puro acento elegíaco, "su niñez y adolescencia andaluzas, pobladas de romántica soledad y lírico anhelo". Evocar Andalucía, ¿no es evocar un paraíso? Ya antes de que los árabes la poblaran, era Andalucía una tierra que invitaba a la embriaguez de los sentidos. ¿Y acaso no pudieron estar situados en ella los antiguos Campos Elíseos, que algunos geógrafos identifican con las islas Canarias? Al menos, he aquí el deseo de un poeta: "Confesaré- dice Cernuda en su Divagación sobre la Andalucía romántica - que sólo encuentro apetecible un edén donde mis ojos vean el mar transparente y la luz radiante de este mundo; donde los cuerpos sean jóvenes, oscuros y ligeros; donde el tiempo se deslice insensiblemente entre las hojas de las palmas y el lánguido aroma de las flores meridionales. Un edén, en suma, que para mí bien pudiera estar situado en Andalucía. Si se me preguntara qué es para mí Andalucía, qué palabra cifra las mil sensaciones, sugerencias, posibilidades unidas en el radiante haz andaluz, yo diría: felicidad." Palabras que convienen con las que escribió Chateaubriand en el prólogo a El último abencerraje. "Recorrí la antigua Bética, donde los poetas habían situado la felicidad." Pero ¿cuál es el secreto de esa misteriosa atracción, de ese mágico hechizo de la tierra y el aire de Andalucía? Cernuda parece revelárnoslo al escribir de esa «tierra misteriosamente clara", de "cierta particular atmósfera embriagadora que baña hoy calladamente esa tierra, y que visible y manifiesta en la época romántica, atrajo a muchos artistas extranjeros"
Pocos años después de escribir su Divagación sobre la Andalucía romántica, Cernuda se aleja de España, y a través de los años de destierro, el recuerdo de aquel paraíso andaluz se hará más doloroso y punzante. En Londres escribe Ocnos, un libro de evocaciones andaluzas en su mayor parte, en forma de poemas en prosa. En uno de esos poemas, «La ciudad a distancia», evoca así la hermosa imagen de Sevilla, vista desde San Juan de Aznalfarache: "Más allá de la otra margen (del río) estaba la ciudad, la aérea silueta de sus edificios claros, que la luz, velándolos en la distancia, fundía en un tono gris de plata. Sobre las casas todas se erguía la catedral, y sobre ella aún la torre, esbelta como una palma morena. Al pie de la ciudad brotaban desde el río las jarcias, las velas de los barcos
anclados ."
El recuerdo de Andalucía va unido primero en Cernuda a la soledad; luego, al amor. Muy temprano en su carrera poética, en una de sus Primeras poesías -libro inicial de La realidad y el deseo-escribe ya estos versos:
El fresco verano llena
andaluzas soledades.
En otro poema de Ocnos, al evocar Cernuda su infancia y su adolescencia andaluzas, sevillanas, recordará con gratitud la estremecida soledad que las acompañó, como si esa soledad, en la que nació y creció su sed de amor y de belleza, fuera inseparable de su voz
más pura: "Cuenta hecha con todo, con la tierra, con la tradición, con los hombres, a ninguno debes tanto como a la soledad. Poco o mucho, lo que tú seas, a ella se lo debes."
Pero quizá sea en sus dos libros, I.as nubes y Como quien espera el alba, donde la tierra andaluza es más bellamente evocada con una serena y dulce melancolía, punzada por el recuerdo doloroso y feliz del amor:
Es la luz misma, la que abrió mis ojos
toda ligera y tibia como un sueño.
sosegada en colores delicados
sobre las formas puras de las cosas.
El encanto de aquella tierra llana,
extendida, tal una mano abierta,
adonde el limonero, encima de la fuente,
suspendía su fruto entre el ramaje.
Todo vuelve otra vez vivo a la mente,
irreparable ya con el andar del tiempo,
y su recuerdo ahora me traspasa
el pecho, tal puñal fino y seguro.
Raíz del tronco verde ¿quién la arranca?
Aquel amor primero ¿quién lo vence?
Tu sueño y tu recuerdo ¿quién lo olvida,
tierra nativa, más mía cuanto más lejana?
("Tierra nativa".)
Y en otro poema, de Como quien espera el alba, canta el poeta la dicha de pasear por su ciudad nativa:
Ahora, al poniente morado de la tarde,
en flor ya los magnolios mojados de rocío,
pasar aquellas calles, mientras crece
la luna por el aire, será soñar despierto.
Todo contribuye a que el recuerdo de aquella tierra y de aquel aire se haga más constante y nostálgico: el contraste del país frío y gris en que el poeta vive - niebla y humo-; la forzada soledad que, evocando aquella otra soledad andaluza embriagadora, es ahora hostil, cuando no trágica; la cosecha de años que va ya acumulando el destierro y que le aleja de la juventud... ¿Cómo no recordar con añoranza la dulzura de aquella tierra y de aquel tiempo juvenil, abierto y puro como un rosa en la tarde? El deseo de volver a aquella tierra amada inspira a Cernuda dos de los más bellos poemas de Como quien espera el alba: "Hacia la tierra" y "Elegía anticipada". No ignora el poeta que la distancia y el tiempo embellecen los recuerdos, al tiempo que mudan las cosas que se amaron que cambian tanto como los seres al paso de los años.
[...]
GRECIA, PARAÍSO PAGANO
El otro paraíso que sueña Cernuda es Grecia, la Grecia antigua de los cuerpos bellos y libres, de los dioses inmortales. La nostalgia del mundo helénico fue un sentimiento romántico que cantaron grandes poetas del romanticismo como Keats y Holderlin. En
otras páginas de este libro me refiero a cómo se pro dujo el amor de Keats por los mitos griegos y cómo éstos influyen en su poesía. Pues bien: esa misma concepción del mundo griego como paraíso, como mágico edén, del que el hombre moderno apenas si sabe nada-pues poco es conocer su historia externa-, es la que encontramos en otro gran poeta romántico: Friedrich Holderlin. Holderlin lleva a sus poemas, a sus dramas, a su novela Hyperion, ese ardiente helenismo inspirado en la belleza de los dioses griegos y de sus mitos. El tema de Grecia está en toda la obra de Holderlin. El es el único poeta - [dice Guardini - al que se debe creer cuando afirma que cree en los dioses. Esto es tanto más maravilloso cuanto que Holderlin no pudo alcanzar nunca las orillas del Mediterráneo, con
las que soñaba, y donde sabía que encontrará de nuevo el aliento inmortal de aquellos dioses. En su viaje hacia el Sur, Holderlin sólo llegó a la región del Garona. Pero, como él decía, "es suficiente un signo para el que anhela". Cuando regresa a su patria, está herido
por el hechizo del Sur. Vuelve transformado. "Me ha herido Apolo", es la frase que le oyen sus amigos. Y desde entonces, en medio de la rutina y la miseria de su vida, jamás le abandonará la nostalgia por el mundo griego.
La lectura de Holderlin probablemente acercó aún más a Cernuda al paraíso de la Grecia pagana. En 1935, Cernuda, en colaboración con el poeta alemán Hans Gebser, entonces radicado en España (y más tarde autor de un Rilke en España), traduce a Holderlin. Se publica su traducción en el número 32 de la revista "Cruz y Raya", y lleva una significativa nota introductoria del mismo Cernuda, en la que está patente aquella nostalgia del mundo griego, junto a una defensa apasionada del paganismo, más que en su sentido religioso, en su sentido de libertad y adoración de los cuerpos y de su belleza. Cuando Cernuda escribe
las siguientes palabras, que pertenecen a esa introducción, ¿acaso no está evocando su propia actitud, su misma íntima nostalgia?: "Algunos hombres, en diferentes siglos, parecen guardar una pálida nostalgia por la desaparición de aquellos dioses, blancos seres inmateriales impulsados por deseos no ajenos a la tierra, pero dotados de vida inmortal. Son tales hombres imborrable eco vivo de las fuerzas paganas hoy hundidas, como si en ellos ardiese todavía una chispa de tan armoniosa hoguera religiosa; eco sin fuerza ya, pero que tampoco puede perderse por completo." Y más adelante: "Siempre extrañará a alguno la hermosa diversidad de la Naturaleza y la horrible vulgaridad del hombre. Y siempre la Naturaleza, a pesar de esto, parece reclamar la presencia de un ser hermoso
y distinto entre sus perennes gracias inconscientes. De ahí la recóndita eternidad de los mitos paganos, que de manera tan perfecta respondieron a ese tácito deseo de la tierra con sus símbolos religiosos, divinos y humanizados a un tiempo mismo. El amor, la poesía, la fuerza, la belleza, todos estos remotos impulsos que mueven al mundo, a pesar de la inmensa fealdad que los hombres arrojan diariamente sobre ellos para de formarlos o destruirlos, no son simples palabras, son algo que aquella religión supo simbolizar externamente a través de criaturas ideales, cuyo recuerdo aún puede estremecer la imaginación humana."
Diez años después de escribir estas palabras, Cernuda insistirá en esa expresiva nostalgia de un mundo pagano. En una página de su libro Ocnos, titulada "El poeta y los mitos» , se dice a sí mismo: "Bien temprano en la vida, antes que leyeses versos algunos, cayó en tus manos un libro de mitología. Aquellas páginas te revelaron un mundo donde la poesía, vivificándolo como la llama al leño, trasmutaba lo real. Qué triste te pareció entonces tu propia religión. Tú no discutías ésta, ni la ponías en duda; mas en tus creencias hondas y arraigadas se insinuó, si no una objeción racional, el presentimiento de una alegría ausente"... "Que tú no comprendieras entonces la causalidad profunda que une ciertos mitos con ciertas formas intemporales de vida, poco importa: cualquier aspiración que haya en ti hacia la poesía, aquellos mitos helénicos fueron quienes la provocaron y la orientaron. Aunque al lado no tuvieses alguien para advertir el riesgo que así corrías, guiando la vida, instintivamente, conforme a una realidad invisible para la mayoría, y a la nostalgia de una armonía espiritual y corpórea rota y desterrada siglos atrás de entre las gentes."
Ese resplandor de la Grecia pagana, de las pasiones humanas de los dioses, tiñe aún de nostalgia del paraíso griego el acento elegíaco de la poesía de Cernuda. Acento mucho más intenso en las últimas obras del poeta, pero que ya se insinúa en sus primeras producciones. Tras la gracia aérea y delicada de las primeras poesías (1924-1927), con que se inician los libros que componen La realidad y el deseo, título de sus poesías completas, viene el esbelto homenaje de Égloga, Elegía, Oda ( 1927-1928), en cuyos poemas insinúa el mármol su gracia de dorada piedra indolente, sosiego de los dioses. Entre las rosas y las frondas mitológicas vemos aparecer «los cuerpos fabulosos y divinos». En la Égloga evoca Cernuda el paraíso helénico, aquel idílico paraje
de dulzor tan primero
nativamnte digno de los dioses.
Este poema no figura en ninguna de las dos ediciones de Ocnos, sino sólo en muy pocos ejemplares, no destinados a la venta, de la edición de "Insula".
Pero sólo puede el poeta soñar con ese paraíso, que los hombres mismos destruyeron. Por un instante parece apresar la dicha paradisíaca y sentir la mágica embriaguez de su luz. Mas la dicha huye, corza rápida:
Y la dicha se esconde;
su presencia rehúye
la plenitud total ya prometida.
Y deja vacío y melancólico el paraíso:
Y deja yerto, oscuro,
este florido ámbito mudable,
a quien la luz asiste
con un dejo pretérito tan triste.
Sólo queda entonces el recuerdo, el infecundo hastío:
El cielo ya no canta,
ni su celeste eternidad asiste
a la luz y a las rosas,
sino el horror nocturno de las cosas.
El siguiente poema, "Elegía", es la evocación de Narciso, un Narciso íntimo e indolente, enamorado de su lánguido ensueño:
¿Vive o es una sombra, mármol frío
en reposo inmortal, pura presencia
ofreciendo a su estéril indolencia
con un claro, cruel escalofrío?
Equívoca delicia. Esa hermosura
no rinde su abandono a ningún dueño.
-camina desdeñosa por su sueño,
pisando una falaz ribera oscura.
Pero, como tras aquella entrevista dicha paradisíaca. también la soledad amorosa de Narciso acaba provocando el hastío:
¿Y qué esperar, amor? Sólo un hastío,
el amargor profundo, los despojos.
Llorando vanamente ven los ojos
ese entreabierto lecho torpe y frío.
En el tercer poema, "Oda", vuelve a destacar, sobre un luminoso fondo paradisíaco-ramas, aguas-, la mágica presencia de un joven dios, cuyo resplandor dora el bosque todo. Altivo en su belleza y destreza, reina en el bosque y en el mar, tan sólo una jornada, y acaba huyendo también del paraíso:
Por la centelleante trama oscura
huye, el cuerpo feliz casi en un vuelo,
dejando la espesura
por la delicia púrpura del cielo.
Estas resonancias paganas casi desaparecen por completo en los siguientes libros de Cernuda - Un río, un amor, Los placeres prohibidos y Donde habite el olvido -, pero volvemos a encontrarlas en Invocaciones a las gracias del mundo (1934-1935), por cuyos poemas corre ardiente un alentar pagano. Una etérea presencia, alegre mensaje de algún dios, visita al poeta en Por unos tulipanes amarillos. La luz de aquellas alas deslumbra al poeta, que quisiera apresar aquella angélica presencia, mágico. don de un paraíso:
Y mordí duramente la verdad del amor para que no
y palpitara fija
en la memoria de alguien,
amante, dios o la muerte en su día.
Pero la misteriosa presencia, toda mágica luz, huye también rápida de la tierra, como el joven dios de la "Oda". Dejando sólo
una ligera embriaguez por la casa vacía.
El último poema de las Invocaciones es un cántico a las estatuas de los dioses. El poeta evoca aquella edad dichosa en que las criaturas, reflejo de la hermosa verdad de los dioses,
La vida, añade el poeta, no era aún un delirio sombrío, sino un sueño feliz. Por eso ahora se dirige a los dioses, y en la noche otoñal,
bajo el blanco embeleso lunático
mira las ramas que el verdor abandona
nevarse de luz beatamente,
y sueña con vuestro trono de oro
y vuestra faz cegadora,
lejos de los hombres
allá en la altura impenetrable.
En los dos siguientes libros de Cernuda - Las nubes (1937-1938) y Como quien espera el alba (1941-1944) todavía hallamos ecos de aquella nostalgia de la Grecia pagana. Así en el "Monólogo de la estatua", del poema "Resaca en Sansueña", de Las nubes, o en el poema "Urania", la diosa que preside las esferas celestes, de Como quien espera el alba. Pero ya en estos dos libros, a la nostalgia de la vida pagana de los dioses, sucede la nostalgia de la tierra propia del poeta, Andalucía, de la que se halla lejos. Soñada en la distancia, la tierra andaluza es evocada como el único paraíso que el poeta vivió en su juventud: la única tierra que se parece a la felicidad.
José Luis Cano. La poesía de la generación del 27, ed. Guadarrama, Madrid. págs: 189-202
|