Crítica sobre Cernuda



Sumario
  • "1. 1. El poeta deja Sevilla."  
  • "1. 2. Homenaje a Luis Cernuda."  
  • "2. 1. Luis Cernuda, poeta."  
  • "2. 2. En busca de un paraíso."
  • "2. 3. La realidad y el deseo."
  • "2. 4. Luis Cernuda en su mito."


  • 1. Testimonio de los amigos


    1. 1. El poeta deja Sevilla.


    A Luis Cernuda le conocí en Madrid. Estaba yo ordenando unos libros, en una habitación donde los había dispersos por algunos estantes, cuando oí la voz que me lo anunciaba: «Luis Cernuda.» Volví la cabeza y allí estaba: silencioso, enlutado, fino. Octubre de 1928. Yo sabia de Luis Cernuda que era el autor de un libro de poesía aparecido el año anterior: Perfil del aire. Que era de Sevilla y vivía allí, en una callecita de la ciudad exhalada. Sutil y densísimo, ese primer volumen de poemas estaba ahí, en esa tabla, al lado justo de la figura que en ese momento daba unos pasos. Nos sentamos y empezamos a hablar. Tenía el pelo negro, de un negro definitivo, partido en raya, con hebra suelta y lisa sobre su cabeza. La tez, pálida; escueta la cara, con el pómulo insinuado bajo la piel andaluza. Dominaban allí unos ojos oscuros y un poco retrasados, tan pronto fijos, tan pronto vagos y renunciadores. Le vi con ellos recorrer las cosas, como si las estuviese viendo pasar en una corriente, mientras oía su voz, con dejo sevillano serio, modular unas breves palabras amistosas. Habíamos nacido los dos en Sevilla; pero Sevilla para mi fue el relámpago de mi nacimiento. Para él era su niñez y su primera juventud. Acababa de perder a su madre y abandonaba su ciudad natal, este sevillano recóndito, para pasar por Madrid, cruzar la frontera y aposentarse en Toulouse, donde seria por un año lector de español en su Universidad. Era la hora ultima del atardecer, y la ventana daba a Poniente. Al fondo, la azulada masa de la Sierra, casi vaporosa bajo un cielo de luces increíbles. Delante, las largas tierra de la Moncloa, apenas movidas, llanas, todavía precisas hasta el con fin. Como dos poetas jóvenes que se ven por vez primera, hablabamos de poesía, de libros, de poetas...
    Acabada la breve charla, Luis Cernuda se puso de pie y dio un paso. Apoyado en la biblioteca, con su mano delgada estaba repasar do las primeras hojas de un libro. Pero apenas lo miraba. Se detuvo, y con su pluma trazó una dedicatoria: una caligrafía esbelta, de letras separadas, como una suma de rasgos verticales, en pie, que se congregasen. Firmo. Levanto los ojos con lejanía y afecto. Vestido de negro, bajo de color el rostro, fina la figura, anduvo casi sin pesar, como si al marchar recogiese todo lo suyo para que debidamente no molestase. La puerta estaba abierta y un ultimo gesto amistoso en el umbral, dejo ver un momento, allá, una tierra ancha, con sol, bajo un cielo retirado. «Hasta el regreso.>~ Y despacio, quedamente, sin ruido, se cerró la puerta.

    Un año después volvería a Madrid, al parecer para asentarse por tiempo indefinido en la capital]. Si le veíais ahora, fuera de sus horas de trabajo o en los días de asueto, pronto percibiríais el cambio ocurrido en su aspecto exterior. Mejor que cambio yo diría la fiel estilización. Sin luto ya, vestido y calzado con refinado esmero, peinado cuidadosamente; si con sombrero, éste de marca; en la mano, endosado, el guante de precio, Luis Cernuda daba en seguida la impresión de una atención elegante en el cuidado de su persona. Viéndole caminar por la ciudad, en cualquier estación del año, sentíais cuan complejo podía ser el motor de la nueva presentación. Acercamiento y distancia estaban quizá mezclados en el movimiento original. Un subrayamiento, una puesta en valor de si mismo, llena de propio respeto, parecía indicar la aproximación. Una aceptación, una utilización del canon externo de la moda, en lo que éste tiene de refinado uniformador, establecía una superficie en cierto modo convenida, tras la que el veraz Luis Cernuda parecía ofrecer una figuración desdeñosa.
    Este doble movimiento se correspondía de otra manera en el saludo amistoso. Un cierto impulso separador de la mano, que al estrecharos la vuestra la alzaba y levísimamente la retrasaba (sin que esto tuviese el menor valor personal), estaba simultáneamente corregido o templado por la mirada o la sonrisa y su destello amistoso.
    Este doble polo se diría también presidir su transito por la ciudad. Como si simbólicamente su mano, al caminar, apartase fachadas Y gentes, unas y otras en doble onda parecían ceder, retraerse, y Luis pasaba lejano, acaso un poco angustiado, ávido quizá de proximidad y de suma, por la calle ensanchada. Que un instante después volvía a embestir con su doble oleada confluyente, fundiéndose y rescatando al poeta, mientras veíamos a Luis Cernuda, coronador de la onda reunida, rematar la plenitud deseada. Repetíase la escisión, la doble onda se retiraba y la dolorosa resaca dejaba en seco el pie, lejano el rumor de los otros, y el transeúnte haciendo apresurado su vía, desde la que, no sé si con desdén, mas seguramente con amor, miraba el allá, por encima de la realidad que rodaba.
    En el flujo y reflujo, Cernuda pasaba, mientras nadie veía el movimiento de la ciudad inestable, y él hablaba una palabra con éste o saludaba poco vehemente a aquel otro. ¿Frío Luis Cernuda? Proceloso en el transito, urgido, adelante, siempre la mirada adelante. Esmerado, severo en el detalle de su cuidado, envuelto en la superficie de su elegancia, Luis Cernuda continuaba marchando. Debajo de su pisada la realidad comprobable, contra el pie verdaderamente desnudo; los ojos, altos, fijos en el lejano, en el inmarcesible, en el nunca devastado brillo reverberador del deseo.

    Tu, verdad solitaria,
    Transparente pasión, mi soledad de siempre (...)
    El hombre y su deseo
    La airada muchedumbre,
    ¿Qué son sino tu misma?

    Por ti, mi soledad, los busqué un día;
    Por ti, mi soledad, los amo ahora.

    Vicente Aleixandre. Los encuentros, Guadarrama, Madrid, 1958 , págs: 139 -143


    1. 2. Homenaje a Luis Cernuda.


    No vengo yo en este momento a esta mesa como amigo de Luis Cernuda, ni amigo vuestro, ni a ofrecer este banquete para cumplir un rito gastado ya en tantas farsas con discursitos decorados, con envidias cubiertas de veneno y lágrimas de cocodrilo. No vengo tampoco dispuesto a que mi voz la lleve el aire para recibir en cambio, como tantas veces, una bandeja de aplausos coronada por un "muy interesante" de merengue. Yo vengo para saludar con reverencia y entusiasmo a mi "capillita" de poeta, quizá la mejor capilla poética de Europa, y lanzar un vítor de fe en honor del gran poeta del misterio, delicadísimo poeta Luis Cernuda, para quien hay que hacer otra vez, desde el siglo XVII, la palabra divino, y a quien hay que entregar otra vez agua, juncos y penumbra para su increíble cisne renovado.
    No me equivoco. Lo que voy a decir es verdad y está en la conciencia de toda persona sensible. La aparición del libro La realidad y el deseo es una efemérides importantísima en la gloria y el paisaje de la literatura española. No me equivoco, porque para decir esto aquí yo he luchado a brazo partido con el libro, leyendo sin gana al acostarme, al levantarme; leyendo con dolor de cabeza, sacando ese poquito de odio que sentimos todos contra autores de obras perfectas; pero ha sido inútil. La realidad y el deseo me ha vencido con su perfección sin mácula, con su amorosa agonía encadenada, con su ira y sus piedras de sombra. Libro delicado y terrible al mismo tiempo, como un clave pálido que manara hilo de sangre por el temblor de cada cuerda. No habrá escritor en España, de la clase que sea, si es realmente escritor, manejador de palabras, que no quede admirado del encanto y refinamiento con que Luis Cernuda une los vocablos para crear su mundo poético propio; nadie que no se sorprenda de su efusiva lírica gemela de Bécquer y de su capacidad de mito, de transformación de elementos que surgen en el bellísimo poema El joven marino con la misma fuerza que en nuestros mejores poetas clásicos. Entre todas las voces de la actual poesía, llama y muerte en Aleixandre, ala inmensa en Alberti, lirio tierno en Moreno Villa, torrente andino en Pablo Neruda, voz doméstica entrañable en Salinas, agua oscura de gruta en Guillén, ternura y llanto en Altolaguirre, por citar poetas distintos, la voz de Luis Cernuda erguida suena original, sin alambradas ni fosos para defender su turbadora sinceridad y belleza.
    La pluma que dibujó los primorosos mapas de los árabes, la que inventó clavellinas y negras mariposas en las cintas de los niños muertos, la pluma que ha escrito con sangre una carta de amor sobre la que después se ha escupido, la que ha copiado con temblor un torso de Apolo en la agonía de los institutos, pluma de pena y frenesí de rocío. es la que ha sostenido entre sus dedos Luis Cemuda mientras oía la voz que dictaba su Realidad y el deseo. Desde que el poeta canta en 1924:


    Va la brisa reciente
    por el espacio esbelta
    y en las bojas, cantando,
    abre una primavera.

    empieza un duelo con sus tristezas, con su tristeza de sevillano profundo, duelo elegantísimo, con espadín de oro y careta de narcisos; pero con miedo y sin esperanza, porque el poeta cree en la muerte total. Este duelo sin esperanza de paraíso, que hace que el poeta quiera fijar eternamente los hombros desnudos de un navegante o una momentánea cabellera, anima todas sus páginas, hasta que al fin cae victoriosamente rendido.

    Fortalecido estoy contra tu pecho
    y augusta piedra fría,
    bajo tus ojos crepusculares,
    ¡oh madre inmortal!

    en el grave himno de la "Tristeza", uno de los últimos de La realidad y el deseo.
    No es hora de que yo estudie el libro de Luis Cernuda, pero sí es la hora de que lo cante. De que cante su espera inútil, su impiedad, y su llanto, y su desvío, expresados en norma, en frialdad, en línea de luz, en arpa. No me equivoco. No nos equivocamos. Saludemos con fe a Luis Cernuda. Saludemos a La realidad y el deseo como uno de los mejores libros de la poesía actual de España.

    Federico García Lorca. Homenajes

    2. Los críticos


    2. 1. Luis Cernuda, poeta.



    La realidad y el deseo es el titulo que ha dado el poeta Luis Cernuda a la colección de su obra poética completa, escrita, poco mas o menos, en los diez últimos años. Contiene La realidad y el deseo las Primeras poesías, que vienen a ser una selección del primer libro publicado por el poeta, Perfil del aire. Otra segunda parte, Égloga, Elegía, Oda, a la que siguen Un río, un amor, Los placeres prohibidos, Donde habite el olvido e Invocaciones a las gracias del mundo. ¿Cabe hacer una clasificación de estos libros menores que componen La realidad y el deseo en la cual se destaquen los distintos matices a primera vista apreciables en el curso de la poesía de Cernuda? De intentarlo diríamos que las Primeras poesías y la Égloga, Elegía, Oda, son el momento de iniciación poética, francamente reveladoras de una segura y auténtica vocación por la poesía, libros llenos ya de aciertos y perfecciones, pero donde el poeta todavía no ha encontrado su zona propia e inconfundible de canto. Los tres libritos centrales - Un río, un amor, Los placeres prohibidos, Donde habite el olvido - representan la plena posesión de un concepto de la poesía, de una voz poética y de unos recursos expresivos del todo originales y reveladores. Es la fase mas empapada de elementos románticos de su poesía. En cuanto a la parte final, Invocaciones a las gracias del mundo, parece representar un acceso a un concepto mas amplio y sereno de la lírica, donde, aunque perduran las vibraciones románticas, se las ve alentar con amplitud y serenidad de clasicismo.
    El titulo de la compilación corresponde a la entraña del drama del hombre, tal y como se la plantearon los románticos. Realidad y deseo enfrentados, como el luchador y la fiera en el coso del mundo. El hombre desea sin tasa y sin concreción: el mundo le ofrece, por un lado, concreciones - la realidad es concreción -; por otro, tasa, porque la realidad nos esta inevitablemente tasada. Y así el conflicto nunca tendrá solución. Porque apenas el deseo aprehende la concreción de lo real, la suelta desengañado, porque en la realidad hay siempre, al propio tiempo que una satisfacción del deseo, una tasa a su incesante afán. En la visión romántica del mundo, la criatura humana, pequeña e insignificante en si misma, se agiganta por el pujante vuelo de deseos inmensos a que sirve de apoyo material; y, en cambio, la magnitud real del cosmos se achica y se reduce a las proporciones de una nuez vacia, de un desengañó. Como ha dicho otro poeta contemporáneo, Jorge Guillén, el mundo cabe en un olvido.
    En la poesía de Luis Cernuda se sigue, a través de matices delicados y finos, esta trayectoria del vivir espiritual romántico. El deseo es una aspiración, interrogante que clamara siempre sin poder ser contestada:


    ... El deseo es una pregunta
    Cuya respuesta no existe,
    Una hoja cuya rama no existe
    Un mundo cuyo cielo no existe.

    (No decía palabras)

    La desgracia del hombre, su condena a ser eso que afirma el poeta, pregunta sin respuesta, hoja sin rama, esta en la desproporción inevitable entre los medios de que dispone el ser humano y la vastedad de lo deseado.

    Un día comprendió como sus brazos eran
    solamente de nubes:
    Imposible con nubes estrechar hasta d fondo
    Un cuerpo, una fortuna.

    (Desdicha)

    La vida y el mundo no pueden ser, por consiguiente, para el poeta posesión gozosa ni triunfo jubiloso. No pasara de ser un continuo deslizarse entre sombras:

    Tu destino sera escuchar lo que digan
    Las sombras inclinadas sobre la cuna.

    (De qué país)

    Entre ellas habrá de vivir, entre "Los fantasmas del deseo", como titula Cernuda una de sus poesías, entre "sombras frágiles, blancas". Algunas veces estas sombras se apoyan en concretas formas terrenales. Nos encontramos de pronto entre las poesías del libro algunas tituladas "Daytona", "Nevada" (el Estado de Nevada), "Durango", lugares que el poeta no conoce, pero que le sirven de estaciones terrenales, momentáneas, del deseo. Pero pronto la tierra, la arena, se queda sola en su verdad de mentira:

    Como la arena, tierra,
    Como la arena misma

    La caricia es mentira, el amor es mentira, la amistad es mentira. Tu sola quedas con el deseo.

    (Los fantasmas del deseo)

    Y el final de la vida nos sorprenderá tan desnudos y tan desamparados de certidumbres como nos encontró al nacer:

    Cuando la muerte quiera
    Una verdad quitar de entre mis manos,
    Las hallara vacias, como en la adolescencia
    Recientes de deseo, tendidas hacia el aire.

    (Poesía VII de Donde habite el olvido)

    Pero obsérvese la profunda significación poética del último verso: aun en el momento final el deseo se siente reciente, las manos continúan tendidas implorando. Lo que sustenta la vida y le da razón de ser es ese tender las manos, es el desear anhelante, aunque no pueda nunca apresar una verdad.

    Esta imposibilidad de contacto absoluto y posesorio con la realidad da a la visión del poeta su carácter esencial, y es que el mundo para él no sera ni lo poseido materialmente ni siquiera lo poseido por el sentimiento, lo sentido. No pasa de ser un presentimiento, un estado de angustiosa preconciencia:

    Y su forma revela
    Un mundo eternamente presentido.

    (Oda)

    Tal es, en efecto, el mundo poético de Cernuda. Fidelísima su poesía a esa concepción, por eso nos encontramos que en ella pululan las sombras, los fantasmas las prerrealidades. De ahí le viene ese carácter inmaterial, aéreo, de ligereza y gracia incomparables, de una delicadísima espiritualidad, que califica a Cernuda con inconfundible trazo entre todos los demás poetas españoles de hoy. De ahí deriva esa especie de extraterrenalidad, de aspiración celeste, que expresan estos versos, en donde hallamos una fraterna afinidad con el final de la Égloga primera, de Garcilaso:

    Hacia el ultimo cielo
    Donde estrellas
    Sus labios dan a otras estrellas
    Donde mis ojos, estos ojos
    Se despiertan en otros.

    (Todo esto por amor)

    Poblado este mundo presentido de fantasmas y de sombras, es inevitable que el poeta se sienta siempre en soledad El libro de Cernuda es el hermoso y ultimo ejemplo de esa poesía de la soledad empezada a estudiar históricamente por Karl Vossler (Pesie de Finsamkeiy i Spanien) y que casi nunca se interrumpe a través de los siglos, en una u otra forma, en la lírica española. Es poesía de soledades la de Cernuda, con todo lo que ese hermoso vocablo ha sido cargado sobre si de riqueza de aspectos, en el curso de nuestra historia espiritual. Soledad amorosa, como escribe el poeta y como era la de Garcilaso. Soledad del deseo y de la aspiración, como en fray Luis de León y San Juan de la Cruz. Soledad del anhelo desengañado, como en Bécquer. Constantemente se repiten en el libro las expresiones referentes a la soledad del ser humano. El poeta esta solo en el universo:

    Solo yo con mi vida,
    Con mi parte en el mundo.

    (Dans ma péniche)

    Un muro, ¿no comprendes ? Un muro frente al cual estoy solo.

    (Telarañas cuelgan de la razón)

    Sin vida esta viviendo profundamente:

    (Habitación de al lado)
    Ni siquiera el amor es otra cosa, es un enajenamiento del hombre. No pasa de una nueva forma de la soledad:

    ... Ese triste trabajo
    De ser yo solo el amor y su imagen.

    (Veía sentado)

    Y la única compañera posible en la vida es la no vida, su negación:
    Sabiendo nada mas que vivir es estar a solas con la muerte.

    Este sentimiento de la soledad traspasa los limites del individuo y se aplica a lo que le rodea:
    Si, la tierra esta sola, a solas canta...

    (Decidme anoche)
    Pero precisamente este es el milagro de la poesía. La soledad que parece ser negación de la compañía, vacio insondable (inestable vacio sin alba ni crepúsculo), donde nada cabe esperar (¿Y qué esperar amor? Sólo un hastio), viene a convertirse, por fuerza de su presencia constante ante el alma del poeta, en algo como una compañera. Y ella, que parecía negarlo todo, dará lo necesario para tapar su propio hueco:

    ¿Como llenarte, soledad
    Sino contigo misma?

    (Soliloquio del Farero)

    Así esta poesía de la soledad en Cernuda, en vez de dejar el animo desesperado, desgarrado, le hace fondear consoladoramente en ese sentimiento de una soledad activa positiva, la única capa de curar la misma herida que hace.

    Y es que esa soledad del poeta, si bien lo es porque no se siente cercado de realidades, no llega a serlo enteramente porque Cernuda constituye sutilmente a las realidades sus fantasmas y sus sombras: los olvidos. En La realidad y el deseo acaso no abunde tanto ninguna palabra esencial como ésta: olvido. Así se completa el proceso de visión del mundo de Cernuda. Veíamos antes que en Cernuda el mundo era lo presentido, forma de anterrealidad. Veamos ahora cómo es lo olvidado, el olvido, forma de posrealidad.

    Amor color de olvido.
    (La canción del Oeste)

    Y cuan dulce sera rodar igual que tu, del otro lado, en el olvido.

    (El joven marino)
    Un vidrio que despierta formas color de olvido.

    Olvidos de tristeza, de un amor de la vida.

    (Cuerpo en pena)

    El mismo deseo, aunque parece posarse en el amor, lo traspasa:
    vivo un solo deseo
    Un afán claro, unánime:
    Afán de amor y olvido.

    (Poesía Vll. Primeras poesías)

    Y ni siquiera el olvido es término de si mismo. Cernuda profundiza con implacable agudeza poética en esa noción y encuentra una ultima forma del olvidar, que es olvidarse del propio olvido.

    Como el olvido está dentro del olvido.
    Como un amor esta dentro de otro

    (Vieja ribera)

    No, no quisiera volver
    sino morir aun mas.
    Arrancar una sombra
    Olvidar un olvido.

    (Poesía Vll. Donde habite el olvido)

    En el proceso de desmaterialización de la realidad, el primer paso es el recuerdo, forma mental de lo que ha sido. El segundo es el olvido de lo recobrado, en que ya aquella realidad parece deshacerse por completo, aniquilarse. Cernuda encuentra una tercera forma implacable: olvidar el mismo olvido. Pero por una trayectoria pareja a la que anteriormente mostramos de cómo la soledad, valor negativo de compañía, se convertía en compañera, así también, el final de este drama en que consiste el olvido del propio olvido, nos encontramos con una conversión análoga, reveladora de lo penetrante y sutil de esta visión poética:

    Luchamos por fijar nuestro anhelo
    Como si hubiera alguien mas fuerte que nosotros
    Que tuviera en memoria nuestro olvido.

    (Himno a la tristeza)

    Es decir, puede existir, por paradójico que esto sea lógicamente, una memoria del olvido. El poeta, al cantar desde su mas intimo fondo el olvido, acaso crea así un recuerdo. Extraordinaria sutileza y delgadez de la poesía de Cernuda, perfectamente visible en este tema, en esta serie de transmutaciones espirituales en que las formas de la vida van siendo, a fuerza de depuración poética, trasuntos de sombras, recuerdos de olvidos. Creación allí donde el mismo poeta había afirmado la nada, donde nada parecía existir. Y esta creación en lo inexistente es la mas pura y peculiar labor de la inteligencia poética. Y así, en las breves palabras preliminares de Donde habite el olvido, escribe: "Las siguientes paginas son el recuerdo de un olvido." [...]
    Se viene señalando en la nueva poesía española un predominio del acento romántico. La realidad y el deseo es, a nuestro juicio, la depuración mas perfecta, el cernido mas fino el ultimo posible grado de reducción a su pura esencia del lirismo romántico español.

    Mayo 1 936.

    Pedro Salinas - Literatura española Siglo XX , Alianza Editorial, Madrid 1970, págs: 213-221



    2. 2. En busca de un paraíso.



    En la poesía de Luis Cernuda está presente, como en leitmotiv, una actitud desengañada: la del poeta que habiendo soñado la vida, en su adolescencia, como embeleso inagotable, como fuente pura de goce y de libertad, tropieza, apenas abandonado su cielo adolescente, con la torpe y sucia realidad, fea de alma y muchas veces de cuerpo. El contraste entre el sueño y la vida, entre el deseo y la realidad, deviene tan vio lento, que el poeta llega en su desilusión a actitudes extremas (declaraciones nihilistas, de un surrealismo extremista, en la antología de Gerardo Diego; adhesión a un partido político revolucionario en la revista "Octubre"; pero estas posturas extremas a nada conducían, y el poeta no podía encontrarse en ellas, una vez agotada su circunstancial justificación. Sólo a través del sueño y de la poesía, como una continuación de los deseos adolescentes, iba a encontrar Cernuda una compensación a su desengaño. Pues ni siquiera en el amor, única realidad que quisiera salvar de aquel naufragio de sus sueños, encontraba el poeta la gloria, el paraíso deseado. Por eso, de espaldas a la diaria realidad, al duro tiempo que en la ciudad habita, vuelve el poeta la mirada al país del Sur, a la soñadora y clara Andalucía, o a la dorada Grecia de los dioses antiguos, de belleza y espíritu inmortales. Bellos paraísos con los que el poeta sueña y recuerda, cuya luz y hermosura se evocan nostálgicamente en sus versos. Sombra de un paraíso perdido y deseado, que en el gran libro de Vicente Aleixandre no tenía una fijación concreta, geográfica y temporal, y que en Cernuda se sitúa en una tierra del Sur - Andalucía - y en una edad feliz para los dioses y los hombres: la Grecia antigua.

    ANDALUCÍA, PARAÍSO HUMANO

    Se canta lo que se pierde, ha dicho un poeta. Y si lo que se pierde es la tierra y el aire andaluces, la canción será nostálgica y punzante como el recuerdo de una dicha. Lejos de Sevilla, y más tarde lejos de España, evocará Cernuda, con el más puro acento elegíaco, "su niñez y adolescencia andaluzas, pobladas de romántica soledad y lírico anhelo". Evocar Andalucía, ¿no es evocar un paraíso? Ya antes de que los árabes la poblaran, era Andalucía una tierra que invitaba a la embriaguez de los sentidos. ¿Y acaso no pudieron estar situados en ella los antiguos Campos Elíseos, que algunos geógrafos identifican con las islas Canarias? Al menos, he aquí el deseo de un poeta: "Confesaré- dice Cernuda en su Divagación sobre la Andalucía romántica - que sólo encuentro apetecible un edén donde mis ojos vean el mar transparente y la luz radiante de este mundo; donde los cuerpos sean jóvenes, oscuros y ligeros; donde el tiempo se deslice insensiblemente entre las hojas de las palmas y el lánguido aroma de las flores meridionales. Un edén, en suma, que para mí bien pudiera estar situado en Andalucía. Si se me preguntara qué es para mí Andalucía, qué palabra cifra las mil sensaciones, sugerencias, posibilidades unidas en el radiante haz andaluz, yo diría: felicidad." Palabras que convienen con las que escribió Chateaubriand en el prólogo a El último abencerraje. "Recorrí la antigua Bética, donde los poetas habían situado la felicidad." Pero ¿cuál es el secreto de esa misteriosa atracción, de ese mágico hechizo de la tierra y el aire de Andalucía? Cernuda parece revelárnoslo al escribir de esa «tierra misteriosamente clara", de "cierta particular atmósfera embriagadora que baña hoy calladamente esa tierra, y que visible y manifiesta en la época romántica, atrajo a muchos artistas extranjeros"

    Pocos años después de escribir su Divagación sobre la Andalucía romántica, Cernuda se aleja de España, y a través de los años de destierro, el recuerdo de aquel paraíso andaluz se hará más doloroso y punzante. En Londres escribe Ocnos, un libro de evocaciones andaluzas en su mayor parte, en forma de poemas en prosa. En uno de esos poemas, «La ciudad a distancia», evoca así la hermosa imagen de Sevilla, vista desde San Juan de Aznalfarache: "Más allá de la otra margen (del río) estaba la ciudad, la aérea silueta de sus edificios claros, que la luz, velándolos en la distancia, fundía en un tono gris de plata. Sobre las casas todas se erguía la catedral, y sobre ella aún la torre, esbelta como una palma morena. Al pie de la ciudad brotaban desde el río las jarcias, las velas de los barcos anclados ."
    El recuerdo de Andalucía va unido primero en Cernuda a la soledad; luego, al amor. Muy temprano en su carrera poética, en una de sus Primeras poesías -libro inicial de La realidad y el deseo-escribe ya estos versos:

    El fresco verano llena
    andaluzas soledades.

    En otro poema de Ocnos, al evocar Cernuda su infancia y su adolescencia andaluzas, sevillanas, recordará con gratitud la estremecida soledad que las acompañó, como si esa soledad, en la que nació y creció su sed de amor y de belleza, fuera inseparable de su voz más pura: "Cuenta hecha con todo, con la tierra, con la tradición, con los hombres, a ninguno debes tanto como a la soledad. Poco o mucho, lo que tú seas, a ella se lo debes." Pero quizá sea en sus dos libros, I.as nubes y Como quien espera el alba, donde la tierra andaluza es más bellamente evocada con una serena y dulce melancolía, punzada por el recuerdo doloroso y feliz del amor:

    Es la luz misma, la que abrió mis ojos
    toda ligera y tibia como un sueño.
    sosegada en colores delicados
    sobre las formas puras de las cosas.

    El encanto de aquella tierra llana,
    extendida, tal una mano abierta,
    adonde el limonero, encima de la fuente,
    suspendía su fruto entre el ramaje.

    Todo vuelve otra vez vivo a la mente,
    irreparable ya con el andar del tiempo,
    y su recuerdo ahora me traspasa
    el pecho, tal puñal fino y seguro.

    Raíz del tronco verde ¿quién la arranca?
    Aquel amor primero ¿quién lo vence?
    Tu sueño y tu recuerdo ¿quién lo olvida,
    tierra nativa, más mía cuanto más lejana?

    ("Tierra nativa".)

    Y en otro poema, de Como quien espera el alba, canta el poeta la dicha de pasear por su ciudad nativa:
    Ahora, al poniente morado de la tarde,
    en flor ya los magnolios mojados de rocío,
    pasar aquellas calles, mientras crece
    la luna por el aire, será soñar despierto.

    Todo contribuye a que el recuerdo de aquella tierra y de aquel aire se haga más constante y nostálgico: el contraste del país frío y gris en que el poeta vive - niebla y humo-; la forzada soledad que, evocando aquella otra soledad andaluza embriagadora, es ahora hostil, cuando no trágica; la cosecha de años que va ya acumulando el destierro y que le aleja de la juventud... ¿Cómo no recordar con añoranza la dulzura de aquella tierra y de aquel tiempo juvenil, abierto y puro como un rosa en la tarde? El deseo de volver a aquella tierra amada inspira a Cernuda dos de los más bellos poemas de Como quien espera el alba: "Hacia la tierra" y "Elegía anticipada". No ignora el poeta que la distancia y el tiempo embellecen los recuerdos, al tiempo que mudan las cosas que se amaron que cambian tanto como los seres al paso de los años. [...]
    GRECIA, PARAÍSO PAGANO

    El otro paraíso que sueña Cernuda es Grecia, la Grecia antigua de los cuerpos bellos y libres, de los dioses inmortales. La nostalgia del mundo helénico fue un sentimiento romántico que cantaron grandes poetas del romanticismo como Keats y Holderlin. En otras páginas de este libro me refiero a cómo se pro dujo el amor de Keats por los mitos griegos y cómo éstos influyen en su poesía. Pues bien: esa misma concepción del mundo griego como paraíso, como mágico edén, del que el hombre moderno apenas si sabe nada-pues poco es conocer su historia externa-, es la que encontramos en otro gran poeta romántico: Friedrich Holderlin. Holderlin lleva a sus poemas, a sus dramas, a su novela Hyperion, ese ardiente helenismo inspirado en la belleza de los dioses griegos y de sus mitos. El tema de Grecia está en toda la obra de Holderlin. El es el único poeta - [dice Guardini - al que se debe creer cuando afirma que cree en los dioses. Esto es tanto más maravilloso cuanto que Holderlin no pudo alcanzar nunca las orillas del Mediterráneo, con las que soñaba, y donde sabía que encontrará de nuevo el aliento inmortal de aquellos dioses. En su viaje hacia el Sur, Holderlin sólo llegó a la región del Garona. Pero, como él decía, "es suficiente un signo para el que anhela". Cuando regresa a su patria, está herido por el hechizo del Sur. Vuelve transformado. "Me ha herido Apolo", es la frase que le oyen sus amigos. Y desde entonces, en medio de la rutina y la miseria de su vida, jamás le abandonará la nostalgia por el mundo griego.
    La lectura de Holderlin probablemente acercó aún más a Cernuda al paraíso de la Grecia pagana. En 1935, Cernuda, en colaboración con el poeta alemán Hans Gebser, entonces radicado en España (y más tarde autor de un Rilke en España), traduce a Holderlin. Se publica su traducción en el número 32 de la revista "Cruz y Raya", y lleva una significativa nota introductoria del mismo Cernuda, en la que está patente aquella nostalgia del mundo griego, junto a una defensa apasionada del paganismo, más que en su sentido religioso, en su sentido de libertad y adoración de los cuerpos y de su belleza. Cuando Cernuda escribe las siguientes palabras, que pertenecen a esa introducción, ¿acaso no está evocando su propia actitud, su misma íntima nostalgia?: "Algunos hombres, en diferentes siglos, parecen guardar una pálida nostalgia por la desaparición de aquellos dioses, blancos seres inmateriales impulsados por deseos no ajenos a la tierra, pero dotados de vida inmortal. Son tales hombres imborrable eco vivo de las fuerzas paganas hoy hundidas, como si en ellos ardiese todavía una chispa de tan armoniosa hoguera religiosa; eco sin fuerza ya, pero que tampoco puede perderse por completo." Y más adelante: "Siempre extrañará a alguno la hermosa diversidad de la Naturaleza y la horrible vulgaridad del hombre. Y siempre la Naturaleza, a pesar de esto, parece reclamar la presencia de un ser hermoso y distinto entre sus perennes gracias inconscientes. De ahí la recóndita eternidad de los mitos paganos, que de manera tan perfecta respondieron a ese tácito deseo de la tierra con sus símbolos religiosos, divinos y humanizados a un tiempo mismo. El amor, la poesía, la fuerza, la belleza, todos estos remotos impulsos que mueven al mundo, a pesar de la inmensa fealdad que los hombres arrojan diariamente sobre ellos para de formarlos o destruirlos, no son simples palabras, son algo que aquella religión supo simbolizar externamente a través de criaturas ideales, cuyo recuerdo aún puede estremecer la imaginación humana."
    Diez años después de escribir estas palabras, Cernuda insistirá en esa expresiva nostalgia de un mundo pagano. En una página de su libro Ocnos, titulada "El poeta y los mitos» , se dice a sí mismo: "Bien temprano en la vida, antes que leyeses versos algunos, cayó en tus manos un libro de mitología. Aquellas páginas te revelaron un mundo donde la poesía, vivificándolo como la llama al leño, trasmutaba lo real. Qué triste te pareció entonces tu propia religión. Tú no discutías ésta, ni la ponías en duda; mas en tus creencias hondas y arraigadas se insinuó, si no una objeción racional, el presentimiento de una alegría ausente"... "Que tú no comprendieras entonces la causalidad profunda que une ciertos mitos con ciertas formas intemporales de vida, poco importa: cualquier aspiración que haya en ti hacia la poesía, aquellos mitos helénicos fueron quienes la provocaron y la orientaron. Aunque al lado no tuvieses alguien para advertir el riesgo que así corrías, guiando la vida, instintivamente, conforme a una realidad invisible para la mayoría, y a la nostalgia de una armonía espiritual y corpórea rota y desterrada siglos atrás de entre las gentes."
    Ese resplandor de la Grecia pagana, de las pasiones humanas de los dioses, tiñe aún de nostalgia del paraíso griego el acento elegíaco de la poesía de Cernuda. Acento mucho más intenso en las últimas obras del poeta, pero que ya se insinúa en sus primeras producciones. Tras la gracia aérea y delicada de las primeras poesías (1924-1927), con que se inician los libros que componen La realidad y el deseo, título de sus poesías completas, viene el esbelto homenaje de Égloga, Elegía, Oda ( 1927-1928), en cuyos poemas insinúa el mármol su gracia de dorada piedra indolente, sosiego de los dioses. Entre las rosas y las frondas mitológicas vemos aparecer «los cuerpos fabulosos y divinos». En la Égloga evoca Cernuda el paraíso helénico, aquel idílico paraje

    de dulzor tan primero
    nativamnte digno de los dioses.

    Este poema no figura en ninguna de las dos ediciones de Ocnos, sino sólo en muy pocos ejemplares, no destinados a la venta, de la edición de "Insula".
    Pero sólo puede el poeta soñar con ese paraíso, que los hombres mismos destruyeron. Por un instante parece apresar la dicha paradisíaca y sentir la mágica embriaguez de su luz. Mas la dicha huye, corza rápida:

    Y la dicha se esconde;
    su presencia rehúye
    la plenitud total ya prometida.

    Y deja vacío y melancólico el paraíso:

    Y deja yerto, oscuro,
    este florido ámbito mudable,
    a quien la luz asiste
    con un dejo pretérito tan triste.

    Sólo queda entonces el recuerdo, el infecundo hastío:

    El cielo ya no canta,
    ni su celeste eternidad asiste
    a la luz y a las rosas,
    sino el horror nocturno de las cosas.

    El siguiente poema, "Elegía", es la evocación de Narciso, un Narciso íntimo e indolente, enamorado de su lánguido ensueño:

    ¿Vive o es una sombra, mármol frío
    en reposo inmortal, pura presencia
    ofreciendo a su estéril indolencia
    con un claro, cruel escalofrío?

    Equívoca delicia. Esa hermosura
    no rinde su abandono a ningún dueño.
    -camina desdeñosa por su sueño,
    pisando una falaz ribera oscura.

    Pero, como tras aquella entrevista dicha paradisíaca. también la soledad amorosa de Narciso acaba provocando el hastío:

    ¿Y qué esperar, amor? Sólo un hastío,
    el amargor profundo, los despojos.
    Llorando vanamente ven los ojos
    ese entreabierto lecho torpe y frío.

    En el tercer poema, "Oda", vuelve a destacar, sobre un luminoso fondo paradisíaco-ramas, aguas-, la mágica presencia de un joven dios, cuyo resplandor dora el bosque todo. Altivo en su belleza y destreza, reina en el bosque y en el mar, tan sólo una jornada, y acaba huyendo también del paraíso:

    Por la centelleante trama oscura
    huye, el cuerpo feliz casi en un vuelo,
    dejando la espesura
    por la delicia púrpura del cielo.

    Estas resonancias paganas casi desaparecen por completo en los siguientes libros de Cernuda - Un río, un amor, Los placeres prohibidos y Donde habite el olvido -, pero volvemos a encontrarlas en Invocaciones a las gracias del mundo (1934-1935), por cuyos poemas corre ardiente un alentar pagano. Una etérea presencia, alegre mensaje de algún dios, visita al poeta en Por unos tulipanes amarillos. La luz de aquellas alas deslumbra al poeta, que quisiera apresar aquella angélica presencia, mágico. don de un paraíso:

    Y mordí duramente la verdad del amor para que no
    y palpitara fija
    en la memoria de alguien,
    amante, dios o la muerte en su día.

    Pero la misteriosa presencia, toda mágica luz, huye también rápida de la tierra, como el joven dios de la "Oda". Dejando sólo

    una ligera embriaguez por la casa vacía.

    El último poema de las Invocaciones es un cántico a las estatuas de los dioses. El poeta evoca aquella edad dichosa en que las criaturas, reflejo de la hermosa verdad de los dioses,
    La vida, añade el poeta, no era aún un delirio sombrío, sino un sueño feliz. Por eso ahora se dirige a los dioses, y en la noche otoñal,

    bajo el blanco embeleso lunático
    mira las ramas que el verdor abandona
    nevarse de luz beatamente,
    y sueña con vuestro trono de oro
    y vuestra faz cegadora,
    lejos de los hombres
    allá en la altura impenetrable.

    En los dos siguientes libros de Cernuda - Las nubes (1937-1938) y Como quien espera el alba (1941-1944) todavía hallamos ecos de aquella nostalgia de la Grecia pagana. Así en el "Monólogo de la estatua", del poema "Resaca en Sansueña", de Las nubes, o en el poema "Urania", la diosa que preside las esferas celestes, de Como quien espera el alba. Pero ya en estos dos libros, a la nostalgia de la vida pagana de los dioses, sucede la nostalgia de la tierra propia del poeta, Andalucía, de la que se halla lejos. Soñada en la distancia, la tierra andaluza es evocada como el único paraíso que el poeta vivió en su juventud: la única tierra que se parece a la felicidad.

    José Luis Cano. La poesía de la generación del 27, ed. Guadarrama, Madrid. págs: 189-202


    2. 3. La realidad y el deseo.



    Luis Cernuda ha sido uno de los casos mas claros de voz poética. Lo que ha habido siempre en su mejor poesía ha sido eso: voz, indefinible acento, ritmo pero no insistente, sino tierno y ahogado como de agua murmurante. Cuando ese acento no murmura en sus versos, lo que le pasa a su poesía es bastante triste y opaco, y prefiero hablar de esto al principio para decir después cuan extraordinario y precioso me parece lo otro.
    Para mi ese tono se mantiene mas o menos constante hasta Las nubes, y empieza a flaquear en Como quien espera el alba, aunque con espléndidas reapariciones, por ejemplo, en el poema "Vereda del cuco", de una melancolía tan auténtica. En los libros siguientes resurge cada vez menos. Todavía a veces, como en los "Cuatro poemas a una sombra" o los "Poemas para un cuerpo", (temas de los mas suyos) se mantiene, un poco apagado, casi sin desmayos. Pero lo que domina en estos libros es un tipo de poesía que ni siquiera es agresivamente prosaico, sino de una irremediable vulgaridad. Comprendo que esta vulgaridad es voluntaria, y que no deja de tener relación con el absoluto desprecio hacia nosotros sus semejantes que Cernuda no ha perdido ocasión de manifestarnos; pero lo que no comprendo es adónde va o adónde cree que va con eso. :En largos versos que no se atreve uno a llamar coloquiales (porque afortunadamente la gente no habla así), arrítmicos, carentes de imágenes, hechos en un lenguaje incoloro de periodista, con absurdas trasposiciones sintácticas de ateneo de pueblo, donde incluso escatima los artículos para mayor sequedad de estilo notarial, el autor nos cuenta, tal como podemos encontrarlos en la pagina literaria de un periódico de provincia, algunos episodios de historia literaria o de historia a secas. O bien nos habla de conocidos suyos o de su propia familia, haciendo gala de unos sentimientos que no tienen la fuerza de la maldad, la acidez~ del cinismo, el fuego de la rebeldía, sino sólo una falta, la falta de bondad y de luz del tendero cerril, que son lo que bien podemos llamar torpes sentimientos. Todo esto es como de un Campoamor sin positivismo. Porque a Campoamor por lo menos le gustaba la vulgaridad y creía en ella. Mientras que Cernuda parece un instrumento que la vulgaridad rencorosa utiliza para vengarse de toda nobleza, y en primer lugar de la de Cernuda mismo. Supongo que él, que ha hecho la defensa de Campoamor, no adopta inconscientemente el antilirismo de este escritor. Utilizar hoy en día este antilirismo para insultar al mismo tiempo a la moral positiva de Campoamor (que de todas maneras es lo mejor que tiene) y a las formas expresivas de nuestra época (que de todas maneras ~s en lo que sin duda supera a Campoamor): he aquí, en cuanto a idea negativa, una de las ocurrencias mas refinadas que puedan imaginarse. Solo que ese refinamiento muere en la etapa de la ocurrencia, y una vez puesto en practica resulta débil y bastante aburrido.

    Comprendo también que en ese antilirismo hay tal vez un intento de superar esa especie de "panlirismo" que a veces resulta un poco asfixiante en nuestra poesía. E incluso, a pesar de lo poco que Cernuda dice querernos, a nosotros los humanos, que hay también allí una tentativa de "poesía objetiva", con todo lo que estas tentativas han implicado siempre de voluntad de comunicación. Ya en poemas anteriores, como en "La Adoración de los Magos", "Lázaro", "Soliloquio del farero", había un tono descriptivo, despersonalizado, relato de acontecimientos comunes, de pueblos en marcha, a veces casi de masas, un «nosotros» repetido con el que se expresaban situaciones de muchos. Pero me parece que en los poemas que acabo de citar, sobre todo en el magnifico "Soliloquio..." había encontrado un tono auténtico y veraz, que no se comprende por que abandona por este otro, vacio y falso. Y en cuanto a la superación del «panlirismo», creo que las tentativas hacia lo épico (o lo "neoépico"), incluso hacia el prosaísmo decidido, tienen en todo caso mas consistencia. Porque evidentemente no vale la pena salir de donde estamos para caer al mismo tiempo en la vulgaridad de la forma, de los temas, de la posición vital v de los sentimientos.
    Pero volvamos al Cernuda de los buenos momentos y a su voz tan pura y melodiosa, a ese cuya sensibilidad extrema es la primera victima de la venganza de que hablábamos. La comparación con Bécquer y con los poetas ingleses es ya un lugar común para comentar esta poesía. De Bécquer tiene en efecto la autenticidad en la melancolía, ese acento de ángel brutalizado v de sufrir la vida como una especie de enfermedad, pero no negándola del todo, sino compensando esa tendencia a la muerte con un sentimiento nada común de lo bello y puro que hay en el mundo. Y hay que reconocer ademas que esta autenticidad, que se puede comparar sin menoscabo con la de Bécquer, encuentra en Cernuda una voz incluso mas limpia, una voz "sobrebecqueriana" (como dijo Juan Ramón), por- que cuando se lo ha propuesto, Cernuda ha alcanzado una pureza de "dicción" rara vez superada en español.
    En cuanto a los ingleses, alguna vez se le ha reprochado esa "influencia", injustamente a mi juicio. Porque no se trata de una "influencia" (aunque también habría mucho que decir en favor de las influencias), sino de una coincidencia mucho mas profunda, una especie de hermandad de seres. Evidentemente Cernuda no "imita" por ejemplo a Keats, sino que siente cosas que sólo él y Keats, y nadie o casi nadie mas, han sentido. Y digo Keats porque justamente me parece que sólo Cernuda ha sabido suscitar una clase de magia parecida a la suya: como Keats, Cernuda puede hacernos de un jardín, de unos chopos, de unas violetas, una descripción aparentemente sencilla, directa y llana; y, sin embargo, misteriosamente, con el latido del lenguaje, con el roce de las consonantes, con el murmullo de los acentos, con no se sabe qué, producirnos la sensación casi asfixiante de aquello, del lugar y la hora junto con la trémula vida que los siente. Es de esos poetas, tal vez los mas desconcertantes, que no necesitan poner en el poema, como ese esqueleto de alambre sobre el cual dispone el barro el escultor, ninguna clase de "idea" mas o menos disimulada después, ni siquiera un tema bien definido o una estructura formulable, para infundir a ese cuerpo ingrávido, como un soplo de vida, la palpitación del sentimiento; de esos poetas que pueden permitirse, llegado el caso, las nimiedades o intrascendencias que en otros no serian nada, porque (como decía Thomas Mann de Goethe) "todo esto esta dicho con boca de ángel". Este Cernuda‹porque ya he explicado que hay otro‹tiene el poder de transformar en poesía lo que toca. O mejor dicho, de meterlo en la poesía; porque precisamente lo keatsiano que encuentro en él es esa manera alada de tocar el tema, que da la impresión de no transformarlo en absoluto: esa magia tan impalpable que, al terminar la lectura, no nos parece haber asistido a un poema, sino a la realidad misma. En él, como en Keats y en otros pocos, parece que es la realidad la que es poética, y que el poeta no ha hecho nada. Pero este aparente no hacer nada es lo mas difícil, quiero decir, lo mas inusitado: es el don, el inimitable don.
    Se comprende fácilmente que todas estas características expresivas le van como un guante al sentimiento melancólico y delicado que es propio de Cernuda. La juventud, que el poeta añoraba ya cuando todavía era suya ("Veía mi juventud ni ganada ni perdida...") es uno de sus temas mas constantes. La admiración, la añoranza y la delicia que le produce se expresan en versos tan limpios como éstos:

    ...llorarías pensando
    Cuan bella fue la vida y cuan inútil.

    (Primavera vieja)
    Con este tema se relacionan otros, y en primer lugar el amor y su otra cara: el olvido; el cuerpo, la belleza de las cosas frágiles y pasajeras; todo ello bailado en el sentimiento central de la soledad, cada vez mas relacionado con el de la muerte. Pero aun mas alto que el amor, como única verdad suprema, de la que el propio amor no es mas que un aspecto, esta el deseo. Amor, juventud, belleza corporal, son todo funciones del deseo; v casi hasta la realidad en general, como se ve en el titulo mismo del libro. Lo cual, creo yo, es muy típico de esa clase de erotismo que este poeta asume y casi profesa, como lo ha manifestado sin rodeos en muchos pasajes de sus poemas, cosa que le produce un orgullo tal vez legitimo ("Te hubiera dado el mundo, / Muchacho que surgiste. . . ", etc. ). Pero eso, si Cernuda ha cantado el amor con el acento inimitable que puede verse, entre otros muchos, en estos ejemplos:

    Si no te conozco, no he vivido;
    Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

    (Si el hombre pudiera decir)

    Adiós, dulces amantes invisibles,
    Siento no haber dormido en vuestros brazos.
    Vine por esos besos solamente;
    Guardad los labios por si vuelvo.

    (He venido para ver)

    No decía palabras,
    Acercaba tan solo un cuerpo interrogante...

    (No decía palabras)

    si ha podido lograr ese acento donde se unen un apasionamiento femenino y una lucidez masculina, también ha dicho del amor algunas de las cosas mas desalentadoras que pueden leerse:

    Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman...

    (Qué ruido tan triste)
    No podrás pues besar con inocencia,
    ( ...)
    Deja, deja, harapiento de estrellas;
    Muérete bien a tiempo.

    (De qué país)

    La época surrealista de Cernuda es magnifica, y me parece que a medida que pase el tiempo lo que ira quedando del surrealismo sera precisamente esa adaptación que de él han hecho algunos poetas, sobre todo de lengua española, realizando la paradoja de un "surrealismo consciente" (o mejor dicho, asumiendo esta paradoja, porque en el fondo todos los surrealistas la realizan, aunque inconfesadamente). Cernuda se había iniciado en la poesía manejando los metros clásicos con una pureza y maestría como no se habían visto desde el siglo XVII. Y no es exageración: su Égloga, a este respecto, es ya tan clásica como los clásicos Guillén era tal vez mas riguroso, Alberti mas "fácil"; pero en la unión de pureza y maestría no tiene rival. Cuando recibe la influencia surrealista, la limpieza y elegancia de su expresión están ya demasiado arraigadas para perderse. Lo que se produce entonces es un verdadero enriquecimiento, y no ese dar el oro a cambio de cuentas y baratijas, que a los surrealistas ortodoxos les parecía una ganancia solo porque era un cambio. Cernuda, como poco después Villaurrutia, como en otro terreno Gracia Lorca, adquiere las cuentas v baratijas sin perder el oro. Y hace una poesía donde los sentimientos oníricos o sonambúlicos, la libertad imaginativa, la ironía o el jugueteo juveniles se expresan con la fluidez y la transparencia de los grandes poetas, sometiéndose a la plena luminosidad de la conciencia:

    La noche por ser triste carece de fronteras.
    (...)
    La noche, la noche deslumbrante,
    Que junto a las esquinas retuerce sus caderas,
    Aguardando, quién sabe,
    Como yo, como todos.

    (Razón de las lagrimas)

    (Estoy cansado)

    Pero ningún lebrel acompaña a la muerte.
    Ella con mucho amor solo ama a los pájaros,
    Pájaros siempre mudos, como lo es el secreto,
    Con sus grandes colores formando un torbellino
    En torno a la mirada fijamente metálica.

    (Habitación de al lado)

    Pero a través de todas estas vicisitudes, en apretadas décimas, en estrofas aliradas de talla perfecta, en fantásticos poemas en prosa o en versos tan libres por el ritmo fino y caprichoso como por la imaginación y el tono despreocupado, la inspiración de Cernuda se mantiene fiel a si misma: fiel a su desesperación sin aspavientos; a su elegancia sobria; a su amor a las flores, a lo efímero, a su Andalucía; a su pasión por la juventud y los cuerpos hermosos; a su intimidad susurrante.

    Cuando la muerte quiera
    Una verdad quitar de entre mis manos,
    Las hallará vacías...

    (Donde habite el olvido, VII)

    Goce o pena, es igual,
    Todo es triste al volver.

    (Donde habite el olvido, XI)

    No es el amor quien muere,
    Somos nosotros mismos.
    (Donde habite el olvido, XII)

    Se ve que estos ejemplos están escogidos al azar: su tono es de una misma magnifica calidad. Este es el tono del Cernuda que quedara; cuyos temas, actitudes, tendencias pueden no gustarnos o no parecerse a los nuestros; pero que los dice con tanta autenticidad y tanto acento, con una voz tan de poeta, que nos hace, queramoslo o no verlos por dentro, vivir desde ellos, ver con sus ojos. Lograr escribir de tal manera que quien lee aquello no lo esta escuchando, sino que lo esta diciendo él mismo: eso es ser poeta, y Cernuda (nuestro Cernuda) es poeta con la naturalidad con que las flores son flores. En cuanto al otro Cernuda, el que se dedica a destruir y poner en descomposición todo esto, en busca sin duda de algo que hasta ahora no se entiende, hay que esperar que un día encontrara la manera de que se entienda: que encontrara la forma, la estructura o el tono necesarios para que haya, a pesar de todo, algún transito posible entre lo que él cree escribir y lo que nosotros creemos leer.

    Tomás Segovia [Revista Mexicana de Literatura, num. 1, enero-marzo de 1959.] in El autor y la crítica - Luis Cernudaa, Taurus, Madrid págs: 53 - 58.



    2. 4. Luis Cernuda en su mito.



    Chacun d'eux portait sur son dos une
    énorme Chimère.

    Baudelaire

    The loud lament of the disconsolate
    chimera.
    T.S. Eliot, Burnt Norton

    La imagen de Luis Cernuda es ya la del poeta identificado con su propia, enorme, desolada Quimera. Nada se interpone ahora entre él y su mito: imagen dura, obstinada, amarga, superpuesta a su persona y a su palabra como amenazadora señal o, en efecto, "como uno de aquellos cascos horribles con que los guerreros antiguos esperaban aumentar el terror del enemigo". Cernuda ha asumido en silencio el rostro de su propia Quimera.

    El mismo busco mas de una vez encamación histórica en el personaje suscitador de hostilidad o de odio, en el personaje erizado por la dificultad de su propio destino, de un destino inconfundiblemente suyo que obliga a fidelidad hasta la muerte. Quizá el lugar donde esa encamación del poeta en la figura interior del héroe odiado resulte mas visible sea "Aguila y rosa", uno de los grandes poemas de una obra mas abundante en ellos que cualquiera de las escritas por sus contemporáneos y en su lengua. Por tres veces se acerco Cernuda a la hermética pasión del Demonio del Mediodía: "Aguila y rosa", "Silla del Rey", "El ruiseñor sobre la piedra". Tal vez fue en este ultimo poema donde dejo clave mas neta de su propia obra y su secreto:

    [...] recio afuera,
    mas propicio y jugoso en lo escondido.


    Recio y amargo afuera; propicio y puro en lo profundo. Muchos retratos nos ha dejado Cernuda de si mismo o de la propia figura por otros evocada. Pues tuvo él conciencia entera de su mito y terminó asumiéndolo. Su mito o su Quimera, su desolada Quimera. No es otro el sentido de sus palabras, testamento o envio final "A sus paisanos":


    [...] Si queréis
    que ame todavía, devolvedme
    al tiempo del amor. ¿Os es posible?
    Imposible como aplacar ese fantasma que de mi evocasteis.


    Fantasma airado, desolada Quimera, duro mito. Mito que sobrepasa hoy en su crecimiento poderoso la mezquindad apreciativa, la lejanía o el desconocimiento. Mal cabe Cernuda en la exigua embocadura de la clasificación o el casillero. Mal puede recluirsele en un tema: poeta de la soledad, como se ha dicho. Pues cabe acaso en esa sola etiqueta cuanto en su obra sobrecrece la soledad o la conciencia lacerada de la "falacia de nuestro trato humano" para cantar la compañía deseada, el milagro suficiente de la solidaridad ejemplar, la persistencia de la memoria o de la estirpe, el destino futuro de la propia palabra? ¿Cabría en esa sola etiqueta quien ha escrito algunos de los mas estremecedores poemas de amor de nuestra lengua?
    Luis Cernuda en su mito. Dos poetas, los dos mayores de su generación, residen ya en su mito: Lorca y Cernuda. Mitos de faz contraria: el Duende y la Quimera. El mito de Lorca esta hoy, si no menos vivo, mas lejano; sentimos el de Cernuda próximo y necesario. Pues solo de él cabe preguntarse, como de la pantera de Ocnos: " ¿Qué poeta o qué demonio odio tanto y tan bien la vulgaridad humana circundante?". Y es precisamente la necesidad de ese odio, esgrimido contra la hipocresía del orden heredado, la que hoy nos acerca a la desolada faz de su Quimera.
    La propagada imagen de su rareza, de su apartamiento, de su amargura, de su acre aptitud para la invectiva, de su arbitrario humor para la amistad o la malquerencia, ha hecho de esos aspectos del hombre otros tantos poderes míticos capaces de manifestarse, con virtud poética no igualada entre nosotros, contra una moral hipócrita y vacia. La aceptación abierta de todos los defectos marcados a sangre y fuego por esa moral ha dado a aquellos dimensiones heroicas al alzarlos contra la falsa ostentación de las virtudes opuestas. Y ésa es la profunda raíz ética de su violencia.
    Mito próximo y necesario el de Cernuda, mito a cuyo crecimiento no ha contribuido poco, por vía negativa, el silencio tenaz y desproporcionado que ha venido rodeando su obra en un medio literario donde el elogio, por prodigalidad necia, halago interesado o miedo hirsuto, ha dejado de tener significación critica o moral de índole alguna.
    Empieza ahora a crecer ese mito, a encontrar su respuesta en nuestro reconocimiento y su obra perduración en la nuestra. Entretanto, el poeta reside ya - no acabado, completo - en su Quimera.

    Valente, JoséAngel, Las palabras de la tribu. Tusquets, Bercelona, 1994, págs: 210-212. (Se publicó este texto en homenaje a Luis Cernuda a raíz de su muerte acaecida en México el año 1963).



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