• "Quisiera estar solo en el Sur"
  • "En medio de la multitud"
  • "No decía palabras"
  • "Yo fuí" (Comtexto)
  • "Si el hombre pudiera decir" (Comtexto)
  • "Te quiero"
  • "Donde habite el olvido"
  • "Soliloquio del farero"
  • "Lamento y esperanza"
  • "Tristeza del recuerdo"
  • "Tierra nativa"
  • "Niño tras un cristal"
  • "Unos cuerpos son como flores" (Comtexto)
  • "Peregrino" (Comtexto)
  • "El huerto"  
  • "El piano" 
  • "El magnolio"









  • Quisiera estar solo en el Sur.

    Quizá mis lentos ojos no verán más el sur
    De ligeros paisajes dormidos en el aire,
    Con cuerpos a la sombra de ramas como flores
    O huyendo en un galope de caballos furiosos.

    El sur es un desierto que llora mientras canta,
    Y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
    Hacia el mar encamina sus deseos amargos
    Abriendo un eco débil que vive lentamente.

    En el sur tan distante quiero estar confundido.
    La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta,
    Su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
    Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.

    Un río, un amor 1929

       
    Un río, un amor.

    Mientras Luis Cernuda está en Toulouse (Francia) como lector de español en el año 1928 comienza a redactar los primeros poemas de esta obrita que tendrá un carácter surrealista. En esta época lee con asiduidad a los poetas franceses: Breton, Eluard. Sus circunstancias personales, la inestabilidad económica, profesional y social le empujaron quizá a buscar en el surrealismo la libertad que tanto ansiaba. El jazz y el cine están presentes en los diversos poemas de que consta la obra. En su deseo de alejarse de la realidad que le rodea no duda en acudir a evocaciones tan alejadas como puden ser los paisajes, que evocan la música negra y las películas que ve por aquella época: Quisiera estar solo en el Sur (I want to be alone in the South, evocador título de una canción de jazz), Nevada, Sombras blancas, Daytona, Durango... dos aspectos sobresalen en este libro: la ausencia de amor y la actitud desafiante y crítica con la sociedad que le margina.









    En medio de la multitud.



    En medio de la multitud le vi pasar, con sus ojos tan rubios como la cabellera. Marchaba abriendo el aire y los cuerpos; una mujer se arrodilló a su paso. Yo sentí cómo la sangre desertaba mis venas gota a gota.
    Vacío, anduve sin rumbo por la ciudad. Gentes extrañas pasaban a mi lado sin verme. Un cuerpo se derritió con leve susurro al tropezarme. Anduve más y más.
    No sentía mis pies. Quise cogerlos en mi mano, y no hallé mis manos; quise gritar, y no hallé mi voz. La niebla me envolvía.
    Me pesaba la vida como un remordimiento; quise arrojarla de mí. Mas era imposible, porque estaba muerto y andaba entre los muertos.

    Los placeres prohibidos. 1936

       
    Los placeres prohibidos

    Los placeres prohibidos(1936) es su tercer libro. Comienza su redacción en el año 1931 después de la publicación de Un río, un amor. La técnica surrealistas está más depurada en esta obra. Está lleno y construido de imágenes surrealistas que salen a borbotones por los versos. Los poemas no tienen encabezamiento sino que se emplea el primer verso del poema o una parte del mismo como título. Se inicia en este libro la rebeldía existencial pero sin llegar al escándalo como parece anunciar el título ( No produjo la misma sensación en su tiempo.). Aparece, casi de forma repentina, una deslumbrante plenitud formal que nos sorprende. Es, sin embargo en este libro donde el poeta expone y define su inclinación amorosa. Aumenta el tono lírico y las imágenes saltan por encima de la lógica sintáctica. La extensión de los versos, a veces parece prosa, sirve la audacia de lo que escribe. Aparece el sentimiento del amor (tal como lo entiende Cernuda) como algo platónico y contemplativo pero cargado de un fuerte erotismo. Lo que podríamos llamar "contemplación sensual", esa tendencia peculiar suya, tiende a la melancolía y al desengaño. "No es el amor quien muere, / somos nosotros mismos.", dirá el poeta en un libro posterior: Donde habite el olvido.














    ...un mundo cuyo cielo no existe".
    NO DECÍA PALABRAS

    No decía palabras,
    Acercaba tan sólo un cuerpo interrogante
    Porque ignoraba que el deseo es una pregunta
    Cuya respuesta no existe,
    Una hoja cuya rama no existe,
    Un mundo cuyo cielo no existe.

    La angustia se abre paso entre los huesos,
    Remonta por las venas
    Hasta abrirse en la piel,
    Surtidores de sueño
    Hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.
    Un roce al paso,
    Una mirada fugaz entre las sombras,
    Bastan para que el cuerpo se abra en dos,
    Avido de recibir en sí mismo
    Otro cuerpo que sueñe;
    Mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne;
    Iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo
    Aunque sólo sea una esperanza,
    Porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe

    La realidad y el deseo. (1936)

       
    La realidad y el deseo

    La realidad o el deseo es el título que Cernuda da a la reunión de su obra completa anterior a 1936. En el prólogo escribía el poeta: " Las siguientes palabras son el recuerdos de un olvido". Consta de los libros siguientes: Primeras poesías, Perfil del aire, Egloga, elegía, oda, Un río, un amor, Los placeres prohibiidos, Donde habite el olvido, Invocaciones a las gracias del mundo. Los dos primeros títulos son el comienzo e iniciación en la poesía de Cernuda. Se halla ya en plena posesión de todos los atributros de un poeta personlísimo y con voz propia en: Un río, un amor, Los placeres prohibidos, Donde habite el olvido, suenan aín los aires románticos que le caracterizan. El último libro - Invocaciones a las gracias del mundo - representa una mayor serenidad que roza con el clasicismo. El título de la colección subraya el drama del hombre según la visión de los románticos: realidad y deseo enfrentados. El hombre desea constantemente y lo que le ofrede el mundo nunca llega a satisfacerle. Es un afán incesante de insatisfacción y de desengaño. El deseo es siempre una aspiración insatisfecha y sin objeto "...El deseo es una pregunta / Cuya respuesta no existe, / Una hoja cuya rama no existe, / Un mundo cuyo cielo no existe." (No decía palabras) Sus deseos son siempre mayores que las posibilidades que tiene de conseguirlos. Pero seguirá tendiendo las manos con el vano deseo de conseguir sus deseos "...tendidas hacia el aire." El poeta termina constatando que está solo en el mundo: "...Solo yo con mi vida, / Con mi parte en el mundo." La soledad termina convirtiéndose en la compañera inevitable del poeta: ¿Cómo llenarte, soledad, / Sino contigo misma? (Soliloquio del farero). Para colmar esa soledad Cernuda puebla su poesía de "fantasmas" y "sombras", lo que él llama: olvido. Ninguna palabra se halla tan presente como ésta en su obra porque para Cernuda llega al colmo cuando propugna que el olvido más profundo es: :olvidar el olvido:
    Arrancar una sombra.
    Olvidar un olvido.









    Si el hombre pudiera decir


    Si el hombre pudiera decir lo que ama,
    Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
    Como una nube en la luz
    Si como muros que se derrumban,
    Para saludar la verdad erguida en medio,
    Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor,

    La verdad de sí mismo,
    Que no se llama gloria, fortuna o ambición,
    Sino amor o deseo
    Yo sería aquel que imaginaba;
    Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
    Proclama ante los hombres la verdad ignorada,
    La verdad de su amor verdadero.

    Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
    Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío ;
    Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina ,
    Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
    Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
    Como leños perdidos que el mar anega o levanta
    Libremente, con la libertad del amor,
    La única libertad que me exalta,
    La única libertad porque muero.

    Tú justificas mi existencia:
    Si no te conozco, no he vivido
    Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

    La realidad y el deseo (1936)

    Comtexto

       







    Te quiero.


    Te quiero.
    Te lo he dicho con el viento,
    Jugueteando como animalillo en la arena
    O iracundo como órgano tempestuoso;

    Te lo he dicho con el sol,
    Que dora desnudos cuerpos juveniles
    Y sonríe en todas las cosas inocentes;

    Te lo he dicho con las nubes,
    Frentes melancólicas que sostienen el cielo,
    Tristezas fugitivas;

    Te lo he dicho con las plantas,
    Leves criaturas transparentes
    Que se cubren de rubor repentino;

    Te lo he dicho con el agua,
    Vida luminosa que vela en un fondo de sombra;
    Te lo he dicho con el miedo,
    Te lo he dicho con la alegría,
    Con el hastío, con las terribles palabras.

    Pero así no me basta:
    Más allá de la vida,
    Quiero decírtelo con la muerte;
    Más allá del amor,
    Quiero decírtelo con el olvido.

    Los placeres prohibidos 1931

        Defensa de la diferencia


    Podría afirmarse sin lugar a dudas que Cernuda ha sido, junto con Salinas y en sentido bien diferente, uno de los poetas que mejor ha expresado en sus libros el sentimiento amoroso. Lo hace con una sinceridad total y desde muy temprano y del modo menos convencional posible. Se mantuvo dentro de una delicada discreción pero no dejó de apuntar con claridad de qué amor escribía: el homosexual. La moral de la España de entonces y la dominante moral burguesa suelen disimularlo cuando no lo ocultan en las sombras de lo inconfesable. Luis Cernuda admitió desde muy joven su condición y su honradez le impedía disfrazar sus sentimientos sin que se transparenten falsos remordimientos y complejos cristianos de culpa o pecado. Habiéndose aceptado tal como era defendió su opción moral y en este empeño no cesó durante toda su vida.
    La moral de Cernuda en este punto, no hay mas que releer muchos de sus textos consiste en la búsqueda valiente de su propia identidad y dignidad. Cernuda no deja de reconocer que esa verdad, la suya, no es superior ni inferior a la de los otros, sino diferente. Con su postura lo que hace es defender su derecho inalienable a la diferencia. Octavio Paz lo dice de modo claro en un estudio sobre el poeta: "Reconocerse homosexual es aceptarse diferente de los otros. ¿Pero quiénes son los otros? Los otros son el mundo; y el mundo es la propiedad de los otros. En ese mundo se persigue con la misma saña a los amantes heterosexuales, al revolucionario, al negro, al proletario, al burgués expropiado, al poeta solitario, al mendigo, al excéntrico y al santo". De este modo la conducta y la poesía de Cernuda (a menudo van juntas) son una muestra de crítica contra la opresión y procalamción de su irreductible derecho a ser diferente. De ahí proviene su modernidad y su permanencia cien años después de su nacimiento.












    "La pereza" de Julio Romero de Torres".

    Donde habite el olvido



    Donde habite el olvido,
    En los vastos jardines sin aurora;
    Donde yo sólo sea
    Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
    Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

    Donde mi nombre deje
    Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
    Donde el deseo no exista.

    En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
    No esconda como acero
    En mi pecho su ala,
    Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el
    tormento.

    Allá donde termine este afán que exige un dueño a
    imagen suya,
    Sometiendo a otra vida su vida,
    Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

    Donde penas y dichas no sean más que nombres,
    Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
    Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
    Disuelto en niebla, ausencia,
    Ausencia leve como carne de niño.

    Allá, allá lejos;
    Donde habite el olvido.

    Donde habite el olvido(1932-33)

       
    Luis Cernuda, el último romántico




    El título del poema y del libro, Donde habite el olvido, nos remite necesariamente al verso de Bécquer tantas veces mencionado y inspirador ("Rima LXVI") y nos señala de modo claro dónde se halla la inspiración y el profundo aprendizaje de Cernuda. No dejó casi nunca de ser fiel al surrealismo pero bebió en la más profunda fuente de Occidente: el romanticismo, concretando más - el romanticismo alemán. La poesía de Höderlin es su modelo cuando nos presenta al poeta frente a la hostilidad del mundo. La figura del diablo (no en sentido cristiano sino como encarnación de la beldad juvenil y de la rebeldía moral) la toma del poeta alemán.
    Aprecia y gusta de la compañia de los poetas muertos. Cernuda lee además a Jean-Paul, Novalis, Blake, Colerdige, y los proclama miembros de su familia y siente hacia ellos como un eterno reconocimiento. Intenta ser digno de ellos y la mejor manera de serlo es afirmar su verdad, ser él mismo. Está es la lección profunda de los románticos. Los románticos ingleses, que descubre algo más tarde, están también presentes en su poesía. Terminará este largo recorrido en los grandes mitos del Occidente cristiano sin dejar, sin embargo, de ser romántico. Solamente el conocimiento de T. S. Eliot terminará moderando sus impulsos románticos cuando Cernuda ha llegado ya a la madurez.









    Foto retocada de Luis Cernuda".

    Yo fuí

    Yo fuí.

    Columna ardiente, luna de primavera.
    Mar dorado, ojos grandes.

    Busqué lo que pensaba;
    Pensé, como al amanecer en sueño lánguido,
    Lo que pinta el deseo en días adolescentes.

    Canté, subí,
    Fui luz un día
    Arrastrado en la llama.

    Como un golpe de viento
    Que deshace la sombra,
    Caí en lo negro,
    En el mundo insaciable.

    He sido.

    Donde habite el olvido (1934)
    Comtexto






    Foto retocada de Luis Cernuda al borde del mar".




    Soliloquio del farero.


    Cómo llenarte, soledad
    Sino contigo misma.

    De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
    Quieto en ángulo oscuro,
    Buscaba en tí, encendida guirnalda,
    Mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
    Y en tí los vislumbraba,
    Naturales y exactos, también libres y fieles,
    A semejanza mía,
    A semejanza tuya, eterna soledad.

    Me perdí luego por la tierra injusta
    Como quien busca amigos o ignorados amantes;
    Diverso con el mundo,
    Fuí luz serena y anhelo desbocado,
    Y en la lluvia sombría o en el sol evidente
    Quería una verdad que a tí te traicionase,
    Olvidando en mi afán
    Cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

    Y al velarse a mis ojos
    Con nubes sobre nubes de otoño desbordado
    La luz de aquellos días en ti misma entrevistos,
    Te negué por bien poco;
    Por menudos amores ni ciertos ni fingidos,
    Por quietas amistades de sillón y de gesto,
    Por un nombre de reducida cola en un mundo
    fantasma,
    Por los viejos placeres prohibidos,
    Como los permitidos nauseabundos,
    Útiles solamente para el elegante salón susurrando,
    En bocas de mentira y palabras de hielo.
    Por tí me encuentro ahora el eco de la antigua
    persona
    Que yo fuí,
    Que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
    Por tí me encuentro ahora, constelados hallazgos,
    Limpios de otro deseo,
    El sol, mi dios, la noche rumorosa,
    La lluvia, intimidad de siempre,
    El bosque y su alentar pagano,
    El mar, el mar como su nombre hermoso; Y sobre todos ellos,
    Cuerpo oscuro y esbelto,
    Te encuentro a tí, tú, soledad tan mía,
    Y tú me das fuerza y debilidad
    Como al ave cansada los brazos de la piedra.

    Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
    Oigo sus oscuras imprecaciones,
    Contemplo sus blancas caricias;
    Y erguido desde cuna vigilante
    Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a
    los hombres,
    Por quienes vivo, aun cuando no los vea;
    Y así, lejos de ellos
    Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
    Roncas y violentas como el mar, mi morada,
    Puras ante la espera de una revolución ardiente
    O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
    Cuando toca la hora de reposo que su fuerza
    conquista.

    Tú, verdad solitaria,
    Transparente pasión, mi soledad de siempre,
    Eres inmenso abrazo;
    El sol, el mar,
    La oscuridad, la estepa,
    El hombre y su deseo,
    La airada muchedumbre,
    ¿Qué son sino tú misma?

    Por tí, mi soledad, los busqué un día;
    En tí, mi soledad, los amo ahora.

    Innovaciones 1934-1935

       
    Cernuda en persona -
    Testimonio de Octavio Paz



    El mismo impulso lo llevó, en 1936, a alistarse como voluntario en las milicias populares. Se fue a la sierra de Guadarrama con un fusil y un tomo de Hölderlin en la chaqueta, según me ha contado Arturo Serrano Plaja, que compartió con él esos días exaltados. Repitió el gesto un año después, al regresar a Valencia de París (adonde había ido como Secretario del Embajador Álvaro de Albornoz), a sabiendas de que la guerra estaba perdida. Por cierto, en Valencia y Barcelona lo hostigó un personaje del Partido (nada menos que el traductor de Marx), alto funcionario del Ministerio de Educación en esos días, que encontró poco ortodoxos varios poemas de Cernuda, especialmente la elegía a García Lorca. En sus tratos con gente e instituciones de su lengua, Cernuda no tuvo suerte. En México, país al que amó, la Universidad sólo pudo ofrecerle, no sin largas gestiones, una mísera clase de literatura francesa (¡como profesor substituto!) y alguna otra ayuda pequeña. El Colegio de México, o mas bien Alfonso Reyes, le dio una beca que le permitió escribir sus estudios sobre poesía española contemporánea- a la muerte de Reyes, el nuevo Director lo despidió, sin mucha ceremonia. ¿Era un «hombre difícil», como se repite, o le hicimos nosotros difícil la vida? Aunque no sea éste el sitio oportuno, daré aquí mi testimonio. Desde 1938, año de nuestro casual encuentro en Valencia, en la imprenta de Hora de España, hasta el día de su muerte, nuestra relación no se empañó un instante. Separados por la distancia, nos escribimos desde 1939 hasta 1962. Lo vi en Londres, donde pasamos varios días juntos en 1945. Lo volví a ver y tratar en México, de 1953 a 1958 y, otra vez unos cuantos días, en 1962. Lo encontré siempre tolerante y cortés; amigo leal y buen consejero, tanto en la vida como en la literatura. Era tímido pero no cobarde; era reservado pero también franco. La moderación de su lenguaje daba firmeza a su rechazo de los valores de nuestro mundo. Respetaba los gustos y opiniones ajenos y pedía respeto para los suyos. Su intransigencia era de orden moral e intelectual: odiaba la inautenticidad (mentira e hipocresía) y no soportaba a los necios ni a los indiscretos. Era un ser libre y amaba la libertad en los otros. Cierto, a veces sus reacciones eran exageradas y sus juicios no eran siempre justos ni piadosos. ¿En nuestro medio no es mejor pecar por intransigencia que complicidad literaria, política o de camarilla? Tuvo (poquísimos) amigos, no compinches.
    Rompió con varios, a veces con razón, otras sin ella; en todo caso, exigía fidelidad a la amistad y la daba. (Fue conmovedor el cuidado con que preparó la edición de las Poesías de su amigo Manuel Altolaguirre). Nunca fue un cursi, ni en el vestir ni en el hablar. Si alguna afectación tuvo, fue por el lado de la sobriedad. Le repugnaba la familiaridad del trato de españoles e hispanoamericanos, que continuamente se entrometen en las vidas de sus semejantes. Su humor era seco. Sabía reírse (un poco) de sí mismo. Aborrecía la promiscuidad (café, club, perro o fandango), pero amaba la conversación con sus amigos. Uno de sus gustos era cenar en algún restorán pequeño y después caminar hasta bien avanzada la noche, en charla tranquila. En esas ocasiones era comunicativo y hablaba largamente (sin escucharse). Tenía una virtud rara: sabia oir. Otra: era puntual. Fue siempre un rebelde y un solitario... Mi trato con su poesía se remonta a la Antología de Gerardo Diego y a las publicaciones de Héroe y La tentativa Poética aquellas colecciones que editaba Altolaguirre y que nos descubrieron, a los muchachos mexicanos de entonces, al grupo de poetas españoles. En 1936 leí La realidad y el deseo, la primera edición, en un ejemplar de José Ferrel (el traductor mexicano de Rimbaud y Lautréamont). Años después, en 1939, llegaron a México varios amigos de Cernuda, que pronto lo fueron míos: María Zambrano, Ramón Gaya, Juan Gil-Albert, Concha de Albornoz. Aparte de este grupo de poetas y artistas españoles, Cernuda siempre tuvo entre nosotros un reducido círculo de lectores fervientes. Me gusta pensar que en sus años de destierro en Inglaterra, cuando su poesía era menospreciada en su patria y en el resto de Hispanoamérica, la amistad de uno o dos mexicanos le hizo sentir que no estaba enteramente solo. Ese largo periodo de indiferencia ante su obra le llevó a creer que nadie se interesaba en lo que escribía. Recuerdo su gesto de sorpresa e incredulidad ante el entusiasmo con que Joaquín Diez-Canedo y Alí Chumacero acogieron la idea de publicar en el Fondo de Cultura Económica la tercera edición de La realidad y el deseo. Fue una de sus pocas alegrías de escritor.

















    Urania la musa de la astronomia".

    Lamento y esperanza.


    Soñábamos algunos cuando niños, caídos
    En una vasta hora de ocio solitario
    Bajo la lámpara, ante las estampas de un libro,
    Con la revolución. Y vimos su ala fúlgida
    Plegar como una mies los cuerpos poderosos.

    Jóvenes luego, el sueño quedó lejos
    De un mundo donde desorden e injusticia,
    Hinchendo oscuramente las ávidas ciudades,
    Se alzaban hasta el aire absorto de los campos.
    Y en la revolución pensábamos: un mar
    Cuya ira azul tragase tanta fría miseria.

    El hombre es una nube de la que el sueño es viento.
    ¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño?
    Sabedlo bien vosotros, los que envidiéis mañana
    En la calma este soplo de muerte que nos lleva
    Pisando entre ruinas un fango con rocío de sangre.

    Un continente de mercaderes y de histriones histriones,
    Al acecho de este loco país, está esperando
    Que vencido se hunda, solo ante su destino,
    Para arrancar jirones de su esplendor antiguo.
    Le alienta únicamente su propia gran historia
    dolorida.

    Si con dolor el alma se ha templado, es invencible;
    Pero, como el amor, debe el dolor ser mudo:
    No lo digáis, sufridlo en esperanza. Así este
    pueblo iluso
    Agonizará antes, presa ya de la muerte,
    Y vedle luego abierto, rosa eterna en los mares.

    Las nubes 1937-1940









    Tristeza del recuerdo.


    Por las esquinas vagas de los sueños,
    Alta la madrugada, fue conmigo
    Tu imagen bien amada, como un día
    En tiempos idos, cuando Dios lo quiso.

    Agua ha pasado por el río abajo,
    Hojas verdes perdidas llevó el viento
    Desde que nuestras sombras vieron quedas
    Su afán borrarse con el sol traspuesto.

    Hermosa era aquella llama, breve
    Como todo lo hermoso: luz y ocaso.
    Vino la noche honda, y sus cenizas
    Guardaron el desvelo de los astros.





    Tal jugador febril ante una carta,
    Un alma solitaria fue la apuesta
    Arriesgada y perdida en nuestro encuentro;
    El cuerpo entre los hombres quedó en pena.

    ¿Quién dice que se olvida? No hay olvido.
    Mira a través de esta pared de hielo
    Ir esa sombra hacia la lejanía
    Sin el nimbo radiante del deseo.

    Todo tiene su precio. Yo he pagado
    El mío por aquella antigua gracia;
    Y así despierto, hallando tras mi sueño
    Un lecho solo, afuera yerta el alba.

    Las nubes 1937-1940




    Tierra nativa.


    A Paquita G. de la Bárcena

    Es la luz misma, la que abrió mis ojos
    Toda ligera y tibia como un sueño,
    Sosegada en colores delicados
    Sobre las formas puras de las cosas.

    El encanto de aquella tierra llana,
    Extendida como una mano abierta,
    Adonde el limonero encima de la fuente
    Suspendía su fruto entre el ramaje.

    El muro viejo en cuya barda abría
    A la tarde su flor azul la enredadera,
    Y al cual la golondrina en el verano
    Tornaba siempre hacia su antiguo nido.

    El susurro del agua alimentando,
    Con su música insomne en el silencio,
    Los sueños que la vida aún no corrompe,
    El futuro que espera como página blanca.

    Todo vuelve otra vez vivo a la mente,
    Irreparable ya con el andar del tiempo,
    Y su recuerdo ahora me traspasa
    El pecho tal puñal fino y seguro.

    Raíz del tronco verde, ¿quién la arranca?
    Aquel amor primero, ¿quién lo vence?
    Tu sueño y tu recuerdo, ¿quién lo olvida,
    Tierra nativa, más mía cuanto más lejana?

    Como quien espera el alba1941-1944














    Niño tras un cristal.


    Al caer la tarde, absorto
    Tras el cristal, el niño mira
    Llover. La luz que se ha encendido
    En un farol contrasta
    La lluvia blanca con el aire oscuro.

    La habitación a solas
    Le envuelve tibiamente,
    Y el visillo, velando
    Sobre el cristal, como una nube,
    Le susurra lunar encantamiento.

    El colegio se aleja. Es ahora
    La tregua, con el libro
    De historias y de estampas
    Bajo la lámpara, la noche,
    El sueño, las horas sin medida.

    Vive en el seno de su fuerza tierna
    Todavía sin deseo, sin memoria,
    El niño, y sin presagio
    Que afuera el tiempo aguarda
    Con la vida, al acecho.

    En su sombra ya se forma la perla.

    Desolación de la quimera 1956-1962

       
    Desolación de la Quimera


    Desolación de la quimera se lee como una revisión de cuentas del poeta con su pasado; para hallarle al final solo, reflexivo, critico seco y amargo. No obstante, esta sostenido aun por su voluntad de descubrir y rescatar lo humano esencial, cuya fe no ha perdido, y de vivir por ello y para ello, limpia y dignamente. En el poema "Ninfa y pastor, por Tiziano", en el que evoca al anciano venerable cerca ya de sus cien anos prodigiosos, es esa misma voluntad lo que el poeta exalta por encima de todo, pues "su fervor humano, agradecido al mundo / Inocente aun era en él, como en el mozo / Destinado a ser hombre solo y para siempre". Ser hombre solamente: he ahí el ultimo, fundamental objetivo. No es entonces la amargura el tono único del libro. Tal vez al contrario, lo que le dé su valor hondo y definitivo sea esa aspiración a detectar y cantar la verdadera humanidad del hombre, reino de la fe y la nobleza y por eso tan exiguo. Cernuda, que bajo su rostro ácido luchaba contra el escepticismo, intenta siempre encontrar y recuperar para la poesía esa nobleza esencial, y acierta a veces. En tales momentos tenemos que agradecerle su esfuerzo, pues es una mano que nos tiende y nos levanta. Así, por ejemplo, en el poema que lleva por titulo esta fecha, "1936", donde se parte, como es natural en él, de una concretísima situación anecdótica: su encuentro accidental con un antiguo soldado de la Brigada Lincoln. Este soldado había ido, en aquel ano, a una tierra que le era extraña, la patria del poeta, para combatir allí por una fe en la que creía, apostando en ello su vida. Y después de recordar muy someramente esa historia, el narrador se vuelve a su protagonista para dedicarle el testimonio emocionado de su gratitud:

    Gracias, compañero, gracias
    Por el ejemplo. Gracias porque me dices
    Que el hombre es noble.
    Nada importa que tan pocos lo sean:
    Uno, uno tan solo basta
    Como testigo irrefutable
    De toda la nobleza humana.



    (José Olivio Jiménez - Diez años de poesía española, Madrid, Insula, 1972)


    Unos cuerpos son como flores



    Unos cuerpos son como flores,
    Otros como puñales,
    Otros como cintas de agua;
    Pero todos, temprano o tarde,
    Serán quemaduras que en otro cuerpo se agranden,
    Convirtiendo por virtud del fuego a un piedra en un hombre.

    Pero el hombre se agita en todas direcciones,
    Sueña con libertades, compite con el viento,
    Hasta que un día la quemadura se borra,
    Volviendo a ser piedra en el camino de nadie.

    Yo, que no soy piedra, sino camino
    Que cruzan al pasar los pies desnudos,
    Muero de amor por todos ellos;
    Les doy mi cuerpo para que lo pisen,
    Aunque les lleve a una ambición o a una nube,
    Sin que ninguno comprenda
    Que ambiciones o nubes
    No valen un amor que se entrega.

    Los placeres prohibidos (1913)


    Comtexto











    PEREGRINO

    ¿Volver? Vuelva el que tenga
    Tras largos años, tras un largo viaje,
    Cansancio del camino y la codicia
    De su tierra, su casa, sus amigos,
    Del amor que al regreso fiel le espere.
    Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas,
    Sino seguir libre adelante
    Disponible por siempre, mozo o viejo,
    Sin hijo que te busque, como a Ulises
    Sin Itaca que aguarde y sin Penélope.
    Sigue, sigue adelante y no regreses,
    Fiel hasta el fin del camino y tu vida,
    No eches de menos un destino más fácil,
    Tus pies sobre la tierra antes no hollada,
    Tus ojos frente a lo antes nunca visto.

    Desolación de la quimera (1962)


    Comtexto
       









    EL HUERTO


    Alguna vez íbamos a comprar una latania o un rosal para el patio de casa. Como el huerto estaba lejos había que ir en coche; y al llegar aparecían tras el portalón los senderos de tierra oscura, los arriates bordeados de geranios, el gran jazminero cubriendo uno de los muros encalados.
    Acudía sonriente Francisco el jardinero, y luego su mujer. No tenían hijos, y cuidaban de su huerto y hablaban de él tal si fuera una criatura. A veces hasta bajaban la voz al señalar una planta enfermiza, para que no oyese, ¡la pobre!, cómo se inquietaban por ella.
    Al fondo del huerto estaba el invernadero, túnel de cristales ciegos en cuyo extremo se abría una puertecilla verde. Dentro era un olor cálido, oscuro, que se subía a la cabeza: el olor de la tierra húmeda mezclado al perfume de las hojas. La piel sentía el roce del aire, apoyándose insistente sobre ella, denso y húmedo. Allí crecían las palmas, los bananeros, los helechos, a cuyo pie aparecían las orquídeas, con sus pétalos como escamas irisadas, cruce imposible de la flor con la serpiente.
    La opresión del aire iba traduciéndose en una íntima inquietud, y me figuraba con sobresalto y con delicia que entre las hojas, en una revuelta solitaria del invernadero, se escondía una graciosa criatura, distinta de las demás que yo conocía, y que súbitamente y sólo para mí iba acaso a aparecer ante mis ojos.
    ¿Era dicha creencia lo que revestía de tanto encanto aquel lugar? Hoy creo comprender lo que entonces no comprendía: cómo aquel reducido espacio del invernadero, atmósfera lacustre y dudosa donde acaso habitaban criaturas invisibles, era para mí imagen perfecta de un edén, sugerido en aroma, en penumbra y en agua, como en el verso del poeta gongorino: "Verde calle, luz tierna, cristal frío."



    Ocnos (1942)


    El piano.



    Pared frontera de tu casa vivía la familia de aquel pianista, quien siempre ausente por tierras lejanas. en ciudades a cuyos nombres tu imaginación ponía un halo mágico, alguna vez regresaba por unas semanas a su país y a los suyos. Aunque no aprendieras su vuelta por haberle visto cruzar la calle, con su aire vagamente ex tranjero y demasiado artista, el piano al anochecer te lo decía.
    Por los corredores ibas hacia la habitación a través de cuya pared él estudiaba, y allí solo y a oscuras, profun damente atraído más sin saber por qué, escuchabas aquellas frases lánguidas, de tan penetrante melancolía, que llamaban y hablaban a tu alma infantil, evocándole un pasado y un futuro igualmente desconocidos.
    Años después otras veces oíste los mismos sones, reconociéndolos y adscribiéndolos ya a tal músico de ti amado, pero aún te parecía subsistir en ellos, bajo el renombre de su autor: la vastedad. La expectación de una latente fuerza elemental que aguarda un gesto divino, el cual, dándole forma, ha de hacerla brotar bajo la luz.
    El niño no atiende a los nombres sino a los actos, y en éstos al poder que los determina. Lo que en la sombra solitaria de una habitación te llamaba desde el muro, y te dejaba anhelante y nostálgico cuando el piano callaba, era la música fundamental, anterior y superior a quienes la descubren e interpretan, como la fuente de quien el río y aun el mar sólo son formas tangibles y limitadas.



    Ocnos 1940-1962













    EL MAGNOLIO



    Se entraba a la calle por un arco. Era estrecha, tanto que quien iba por en medio de ella, al extender a los lados sus brazos, podía tocar ambos muros. Luego, tras una cancela, iba sesgada a perderse en el dédalo de otras callejas y plazoletas que componían aquel barrio antiguo. Al fondo de la calle sólo había una puertecilla siempre cerrada, y parecía como si la única salida fuera por encima de las casas, hacia el cielo de un ardiente azul.
    En un recodo de la calle estaba el balcón, al que se podía trepar, sin esfuerzo casi, desde el suelo; y al lado suyo, sobre las tapias del jardín, brotaba cubriéndolo todo con sus ramas el inmenso magnolio. Entre las hojas brillantes y agudas se posaban en primavera, con ese sutil misterio de lo virgen, los copos nevados de sus flores.
    Aquel magnolio fue siempre para mí algo más que una hermosa realidad: en él se cifraba la imagen de la vida. Aunque a veces la deseara de otro modo, más libre más en la corriente de los seres y de las cosas, yo sabía que era precisamente aquel apartado vivir del árbol aquel florecer sin testigos, quienes daban a la hermosura tan alta calidad. Su propio ardor lo consumía, y brotaba en la soledad unas puras flores, como sacrificio inaceptado ante el altar de un dios.



    Ocnos (1942)











    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac