• "Calle de arrabal"  
  • "¿Cómo era?" 
  • "Madrigal de las once" 
  • "Gota pequeña" 
  • "Oración por la belleza de una muchacha" 
  • "Cancioncilla" 
  • "Amor" 
  • "Mujeres" 
  • "Destrucción inminente" 
  • "Insomnio" 
  • "Monstruos" 
  • "Mujer con alcuza" 
  • "Hermanos"
  • "3ª Palinodia. Detrás de lo gris"  
  • "Hombre y Dios" 
  • "A un río le llaman Carlos"
  • "Adiós al poeta Rafael Melero"





  • Calle de arrabal

    Se me quedó en lo hondo
    una visión tan clara,
    que tengo que entornar los ojos cuando
    pretendo recordarla.

    A un lado, hay un calvero de solares;
    al otro, están las casas alineadas
    porque esperan que de un momento a otro
    la Primavera pasará.

    Las sábanas.
    aún goteantes, penden
    de todas las ventanas.
    El viento juega con el sol en ellas
    y ellas ríen del juego y de la gracia.

    Y hay las niñas bonitas
    que se peinan al aire libre.

    Cantan
    los chicos de una escuela ]a lección.
    Las once dan

    Por el arroyo pasa
    un viejo cojitranco
    que empuja su carrito de naranjas.

    Poemas puros. Poemillas de la ciudad

    1921


    Comtexto





    ¿Cómo era?

    ¿Cómo era Dios mío, cómo era?

    JUAN R. JIMÉNEZ

    La puerta, franca.
                                         Vino queda y suave.
    Ni materia ni espíritu. Traía
    una ligera inclinación de nave
    y una luz matinal de claro día.

    No era de ritmo, no era de armonía
    ni de color. El corazón la sabe,
    pero decir cómo era no podría
    porque no es forma, ni en la forma cabe.

    Lengua, barro mortal, cincel inepto,
    deja la flor intacta del concepto
    en esta clara noche de mi boda,

    y canta mansamente, humildemente,
    la sensación, la sombra, el accidente,
    mientras ella me llena el alma toda.

    Poemas puros. Poemillas de la ciudad 1921



    Madrigal de las once.



    Desnudas han caído
    las once campanadas

    Picotean la sombra de los árboles
    las gallinas pintadas
    y un enjambre de abejas
    va rezumbando encima.

                                            La mañana
    ha roto su collar desde la torre.

    En los troncos, se rascan las cigarras.

    Por detrás de la verja del jardín,
    resbala,
            quieta,
                    tu sombrilla blanca.

    Poemas puros. Poemillas de la ciudad 1921




    Gota pequeña.



    Gota pequeña, mi dolor.
    La tiré al mar.
                        Al hondo mar.
    Luego me dije: ¡A tu sabor
    ya puedes navegar!

    Más me perdió la poca fe...
                                            La poca fe
    de mi cantar.
    Entre onda y cielo naufragué.

    Y era un dolor inmenso el mar.

    Poemas puros. Poemillas de la ciudad 1921




    Oración por la belleza de una muchacha.



    Tú le diste esa ardiente simetría
    de los labios,  con brasa de tu hondura,
    y en dos enormes cauces de negrura,
    simas de infinitud, luz de tu día;

    esos bultos de nieve, que bullía
    al soliviar del lino la tersura,
    y, prodigios de exacta arquitectura,
    dos columnas que cantan tu armonía.

    Ay, tú, Señor, le diste esa ladera
    que en un álabe dulce se derrama,
    miel secreta en el humo entredorado.

    ¿A qué tu poderosa mano espera?
    Mortal belleza eternidad reclama.
    ¡Dale la eternidad que le has negado!

    Oscura noticia 1944




    Cancioncilla



    Otros querrán mausoleos
    donde cuelguen los trofeos,
    donde nadie ha de llorar,

    y yo no los quiero, no
    (que lo digo en un cantar)
    porque yo

            morir quisiera en el viento,
            como la gente de mar
            en el mar.

            Me podrían enterrar
            en la ancha fosa del viento.

            Oh, qué dulce descansar
            ir sepultado en el viento
            como un capitán del viento
            como un capitán del mar,
            muerto en medio de la mar.

    Oscura noticia 1944




    Amor.



    ¡Primavera feroz! Va mi ternura
    por las más hondas venas derramada,
    fresco hontanar, y furia desvelada,
    que a extenuante pasmo se apresura.

    ¡Oh qué acezar, qué hervir, oh, qué premura
    de hallar, en la colina clausurada,
    la llaga roja de la cueva helada,
    y su cura más dulce, en la locura!

    ¡Monstruo fugaz, espanto de mi vida,
    rayo sin luz, oh tú, mi primavera,
    mi alimaña feroz, mi arcángel fuerte!

    ¿Hacia qué hondón sombrío me convida,
    desplegada y astral, tu cabellera?
    ¡Amor. amor, principio de la muerte!

    Oscura noticia 1944




    Mujeres.



    Oh, blancura. ¿Quién puso en nuestras vidas
    de frenéticas bestias abismales
    este claror de luces siderales estas nieves, con sueño enardecidas?

    Oh dulces bestezuelas perseguidas.
    Oh terso roce. Oh signos cenitales.
    Oh músicas. Oh llamas. Oh cristales.
    Oh velas altas, de la mar surgidas.

    Ay, tímidos fulgores, orto puro,
    quién os trajo a este pecho de hombre duro,
    a este negro fragor de odio y olvido?

    Dulces espectros, nubes, flores vanas...
    ¡Oh tiernas sombras, vagamente humanas,
    tristes mujeres, de aire o de gemido!

    Oscura noticia 1944




    Destrucción inminente.



    A una rama de avellano
    ¿Te quebraré, varita de avellano,
    te quebraré quizás? ¡Oh tierna vida,
    ciega pasión en verde hervor nacida,
    tú, frágil ser que oprimo con mi mano!

    Un chispazo fugaz, sólo un liviano
    crujir en dulce pulpa estremecida,
    y aprenderás, oh rama desvalida,
    cuánto pudo la muerte en un verano.

    Mas, no; te dejaré... Juega en el viento,
    hasta que pierdas, al otoño agudo,
    tu verde frenesí, hoja tras hoja.

    Dame otoño también, Señor, que siento
    no sé qué hondo crujir, qué espanto mudo.
    Detén, oh Dios, tu llamarada roja.

    Oscura noticia 1944



    INSOMNIO



    Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
    A veces en la noche yo me revuelco y me incorporo en
    este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
    y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar
    los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
    Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche
    de la ubreubre caliente de una gran vaca amarilla.
    Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma.
    por qué se pudren más de un milión de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
    por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mumdo.
    Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
    ¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
    las tristes azucenas letales de tus noches?

    Hijos de la ira 1944




     
    MONSTRUOS



    Todos los días rezo esta oración
    al levantarme:

    Oh Dios,
    no me atormentes más.
    Dime qué significan
    estos espantos que me rodean
    Cercado estoy de monstruos
    que mudamente me preguntan
    igual, igual que yo les interrogo a ellos.
    Que tal vez te preguntan,
    lo mismo que yo en vano perturbo
    el silencio de tu invariable noche
    con mi desgarradora interrogación,
    Bajo la penumbra de las estrellas
    y bajo la terrible tiniebla de la luz solar,
    me acechan ojos enemigos,
    formas grotescas me vigilan,
    colores hirientes lazos me están tendiendo:
    ¡son monstruos,
    estoy cercado de monstruos!
    No me devoran.
    Devoran mi reposo anhelado,
    me hacen ser una angustia que se desarrolla a
    sí misma,
    me hacen hombre,
    monstruo entre monstruos.

    No, ninguno tan horrible
    como este Dámaso frenético
    como este amarillo ciempiés que clama
    con todos sus tentáculos enloquecidos,
    como esta bestia inmediata
    transfundida en una angustia fluyente
    no, ninguno tan monstruoso
    como esta alimaña que brama hacia tí,
    como esta desgarrada incógnita
    que ahora te increpa con gemidos articulados,
    que ahora te dice:
    "Oh Dios,
    no me atormentes más,
    dime qué significan
    estos monstruos que me rodean
    y este espanto íntimo que hacie tí gime en la
    noche" .

    Hijos de la ira 1944




    Mujer con alcuza.


    A Leopoldo Panero

    ¿Adónde va esa mujer,
    arrastrándose por la acera,
    ahora que ya es casi de noche,
    con la alcuza en la mano?

    Acercaos: no nos ve.
    Yo no sé qué es más gris,
    si el acero frío de sus ojos,
    si el gris desvaído de ese chal
    con el que se envuelve el cuello y la cabeza,
    o si el paisaje desolado de su alma.

    Va despacio, arrastrando los pies,
    desgastando suela, desgastando losa,
    pero llevada
    por un terror
    oscuro,
    por una voluntad
    de esquivar algo horrible.

    Sí, estamos equivocados.
    Esta mujer no avanza por la acera
    de esta ciudad,
    esta mujer va por un campo yerto,
    entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
    y tristes caballones,
    de humana dimensión, de tierra removida,
    de tierra
    que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó,
    entre abismales pozos sombríos,
    y turbias simas súbitas,
    llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos del color de la desesperanza.

    Oh sí, la conozco.
    Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
    en un tren muy largo;
    ha viajado durante muchos días
    y durante muchas noches:
    unas veces nevaba y hacía mucho frío,
    otras veces lucía el sol y sacudía el viento
    arbustos juveniles
    en los campos en donde incesantemente estallan extrañas flores encendidas.

    Y ella ha viajado y ha viajado,
    mareada por el ruido de la conversación,
    por el traqueteo de las ruedas
    y por el humo, por el olor a nicotina rancia.
    ¡Oh!:
    noches y días,
    días y noches,
    noches y días,
    días y noches,
    y muchos, muchos días,
    y muchas, muchas noches.

    Pero el horrible tren ha ido parando
    en tantas estaciones diferentes,
    que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
    ni los sitios,
    ni las épocas.

    Ella
    recuerda sólo
    que en todas hacía frío,
    que en todas estaba oscuro,
    y que al partir, al arrancar el tren
    ha comprendido siempre
    cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
    ha sentido siempre
    una tristeza que era como un ciempiés monstruoso que le colgara de la mejilla,
    como si con el arrancar del tren le arrancaran el alma,
    como si con el arrancar del tren le arrancaran innumerables margaritas, blancas cual su alegría infantil en la fiesta del pueblo,
    como si le arrancaran los días azules, el gozo de amar a Dios y esa voluntad de minutos en sucesión que llamamos vivir.
    Pero las lúgubres estaciones se alejaban,
    y ella se asomaba frenética a las ventanillas,
    gritando y retorciéndose,
    solo
    para ver alejarse en la infinita llanura
    eso, una solitaria estación,
    un lugar
    señalado en las tres dimensiones del gran espacio cósmico
    por una cruz
    bajo las estrellas.

    Y por fin se ha dormido,
    sí, ha dormitado en la sombra,
    arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,
    por gritos ahogados y empañadas risas,

    como de gentes que hablaran a través de mantas bien espesas,
    sólo rasgadas de improviso
    por lloros de niños que se despiertan mojados a la media noche,
    o por cortantes chillidos de mozas a las que en los túneles les pellizcan las nalgas, ...aún mareada por el humo del tabaco.

    Y ha viajado noches y días,
    sí, muchos días,
    y muchas noches.
    Siempre parando en estaciones diferentes,
    siempre con una ansia turbia, de bajar ella también, de quedarse ella también,
    ay,
    para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
    para siempre dormitar de nuevo en trayectos inacabables.

    ...No ha sabido cómo.
    Su sueño era cada vez más profundo, iban cesando,
    casi habían cesado por fin los ruidos a su alrededor:
    sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla un instante en las sombras,
    algún cuchillo como un limón agrio que pone amarilla un momento la noche.
    Solo la velocidad,
    solo el traqueteo de maderas y hierro
    del tren,
    solo el ruido del tren.

    Y esta mujer se ha despertado en la noche,
    y estaba sola,
    y ha mirado a su alrededor,
    y estaba sola,
    y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
    de un vagón a otro,
    y estaba sola,
    y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
    a algún empleado,
    a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,
    y estaba sola,
    y ha gritado en la oscuridad,
    y estaba sola,
    y ha preguntado en la oscuridad,
    y estaba sola,
    y ha preguntado
    quién conducía,
    quién movía aquel horrible tren.
    Y no le ha contestado nadie,
    porque estaba sola,
    porque estaba sola.
    Y ha seguido días y días,
    loca, frenética,
    en el enorme tren vacío,
    donde no va nadie,
    que no conduce nadie.

    ...Y esa es la terrible,
    la estúpida fuerza sin pupilas,
    que aún hace que esa mujer
    avance y avance por la acera,
    desgastando la suela de sus viejos zapatones,
    desgastando las losas,
    entre zanjas abiertas a un lado y otro,
    entre caballones de tierra,
    de dos metros de longitud,
    con ese tamaño preciso
    de nuestra ternura de cuerpos humanos.
    Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como el atributo de una semidiosa, su alcuza),
    abriendo con amor el aire, abriéndolo con delicadeza exquisita,
    como si caminara surcando un trigal en granazón ,
    sí, como si fuera surcando un mar de cruces, o un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces,
    de cercanas cruces,
    de cruces lejanas.

    Ella,
    en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más,
    se inclina,
    va curvada como un signo de interrogación,
    con la espina dorsal arqueada
    sobre el suelo.
     ¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo de madera,
    como si se asomara por la ventanilla
    de un tren,
    al ver alejarse la estación anónima
    en que se debía haber quedado?
     ¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro
    sus recuerdos de tierra en putrefacción,
    y se le tensan tirantes cables invisibles
    desde sus tumbas diseminadas?
     ¿O es que como esos almendros
    que en el verano estuvieron cargados de demasiada fruta,
    conserva aún en el invierno el tierno vicio,
    guarda aún el dulce álabe
    de la cargazón y de la compañía,
    en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan los pájaros?

    Hijos de la ira 1944




    Origen del poema - "Mujer con alcuza".

    "Este poema, quizá el más divulgado de Hijos de la ira, se llamó en su versión original "La superviviente". No sé si la historia de su origen real mejorará o estropeará la comprensión: en mi casa entró a servir Carmen, una criada muy vieja (honradísima, inocentísima), que permaneció con nosotros poco tiempo, porque un día se nos despidió: ella sentía mucho dejarnos, pero no tenía otro remedio, porque le había escrito "su señora", que la necesitaba. En nuestras conversaciones con ella habíamos visto su total desamparo: no tenía familia alguna, todos sus parientes se habían ido muriendo, se le habían muerto también sus amistades. Estaba sola. No tenía más que aquella "señora", "su señora", a la que había servido durante muchos años. Carmen le había hecho servicios de gran confianza (había salvado todas las joyas de "su señora", que tuvo consigo ocultas durante toda nuestra guerra civil).

    Carmen desapareció de nuestra vida hasta que un día nos enteramos de que había muerto en un asilo de ancianos, en Murcia. La señora, "su señora", la había despedido por una pequeñísima falta (que no la había oído una noche cuando la llamó a altas horas para que la atendiera).
    En mi poema, claro, el largo viaje en un tren que se va vaciando es el símbolo de la vida de esta mujer, y, en cierto modo, de todo hombre, porque, para todos~ la vejez es un vaciarse de compañía, de ilusión y de sentido del vivir.
    La ocasión la anécdota que dio el primer impulso hacia el poema se olvida pronto. El símbolo se hace más vago y se amplía: esa mujer puede representar lo mismo a un ser humano que a toda la Humanidad; en un sentido distinto podría aplicarse muy bien a España . (y así lo han hecho algunos críticos."

    (Dámaso Alonso. Poemas escogidos. Selección y notas del autor. Gredos. Madrid, 1969. págs. 196-197).



    HERMANOS


    Hermanos, los que estáis en lejanía
    tras las aguas inmensas, los cercanos
    de mi España natal, todos hermanos
    porque habláis esta lengua que es la mía:

    yo digo "amor", yo digo "madre"
    y atravesando mares, sierras, llanos,
    - oh gozo - con sonidos castellanos,
    os llega un dulce efluvio de poesía.

    Yo exclamo "amigo", y en el Nuevo Mundo,
    "amigo" dice el eco, desde donde
    cruza todo el Pacífico, y aún suena.

    Yo digo "Dios", y hay un clamor profundo;
    y "Dios", en español, todo responde,
    v "Dios", sólo "Dios", "Dios", el mundo llena.

    Tres sonetos sobre la lengua castellana con tres comentarios





    3ª Palinodia. Detrás de lo gris.



    Ah, yo quiero vivir
    dentro del orden general
    de tu mundo.
    Necesito vivir entre los hombres.
    Veo un árbol: sus brazos ya en angustia
    o ya en delicia lánguida
    proclaman su verdad:
    su alma de árbol se expresa,
    irreductiblemente única.
    Pero el hombre que pasa junto a mí
    el hombre moderno
    con sus radios, con sus quinielas, con sus películas sonoras
    con sus automóviles de suntuosa hojalata
    o con sus tristes vitaminas,
    mudo tras su etiqueta que dice «comunismo» o «democracia» dice,
    con apagados ojos y un alma de ceniza
    ¿que es?, ¿quién es?

    ¿Es una mancha gris, un monstruo gris?

    Monstruo gris, gris profundo,
    profundamente oculta sus amores, sus odios,
    gris en su casa
    gris en su juego,
    en su trabajo, gris,
    hombre gris, de gris alma.
    Yo quiero, necesito,
    mirarle allá a la hondura de los ojos, conocerle,
    arrancarle su careta de cemento,
    buscarle por detrás de sus tristes rutinas.
    Por debajo de sus fórmulas de lorito
    real (¡Pase usted! ¡Tanto gusto!),
    aventarle sus tumbas de ceniza
    huracanarle su cloroformo diario.

    Un día llegará en que lo gris se rompa,
    y tus bandos resuenen arcangélicos,
    oh gran Dios.

    Dime, Dios mío, que tu amor refulge
    detrás de la ceniza.
    Dame ojos que penetren tras lo gris
    la verdad de las almas,
    la hermosa desnudez de tu imagen:
    el hombre.

    Hombre y Dios 1955




    Hombre y Dios.



    Hombre es amor. Hombre es un haz, un centro
    donde se anuda el mundo. Si Hombre falla
    otra vez el vacío y la batalla
    del primer caos y el Dios que grita «¡Entro!»

    Hombre es amor, y Dios habita dentro
    de ese pecho y profundo, en él se acalla;
    con esos ojos fisga, tras la valla,
    su creación, atónitos de encuentro.

    Amor-Hombre, total rijo sistema
    yo (mi Universo). ¡Oh Dios, no me aniquiles
    tú, flor inmensa que en mi insomnio creces!

    Yo soy tu centro para ti, tu tema
    de hondo rumiar, tu estancia y tus pensiles.
    Si me deshago, tú desapareces.

    Hombre y Dios 1955




    A un río le llaman Carlos.



    (Charles River, Cambridge, Massachusetts)

    Yo me senté en la orilla;
    quería preguntarte, preguntarme tu secreto;
    convencerme de que los ríos resbalan hacia un anhelo y viven;
    y que cada uno nace y muere distinto (lo mismo que a ti te llaman Carlos).

    Quería preguntarte, mi alma quería preguntarte
    por qué anhelas, hacia qué resbalas, para qué vives.
    Dímelo, río,
    y dime, di, por qué te llaman Carlos.

    Ah, loco, yo, loco, quería saber qué eras, quién eras
    (genero, especie)
    y qué eran, qué significaban «fluir», «fluido», «fluente»;
    qué instante era tu instante
    cuál de tus mil reflejos, tu reflejo absoluto
    yo quería indagar el último recinto de tu vida
    tu unicidad, esa alma de agua única,
    por la que te conocen por Carlos.

    Carlos es una tristeza, muy mansa y gris, que fluye
    entre edificios nobles, a Minerva sagrados
    y entre hangares que anuncios y consignas coronan.
    Y el río fluye y fluye, indiferente.
    A veces, suburbana, verde, una sonrisilla
    de hierba se distiende, pegada a la ribera.
    Yo me he sentado allí, sobre la hierba quemada del invierno para pensar por qué los ríos
    siempre anhelan futuro, como tú lento y gris.
    Y para preguntarte por qué te llaman Carlos.

    Y tu fluías, fluías, sin cesar, indiferente
    y no escuchabas a tu amante extático
    que te miraba preguntándote
    como miramos a nuestra primera enamorada para saber si le fluye un alma por los ojos,


    y si en su sima el mundo será todo luz blanca
    o si acaso su sonreír es sólo eso: una boca amarga que besa.
    Así te preguntaba: como le preguntamos a Dios en la sombra de los quince años,
    entre fiebres oscuras y los días‹qué verano‹ tan lentos.
    Yo quería que me revelaras el secreto de la vida
    y de tu vida, y por qué te llamaban Carlos.
    Yo no sé por qué me he puesto tan triste, contemplando
    el fluir de este río
    Un río es agua, lágrimas: mas no sé quién las llora.
    El río Carlos es una tristeza gris, mas no sé quién la llora.
    Pero sé que la tristeza es gris y fluye.
    Porque sólo fluye en el mundo la tristeza.
    Todo lo que fluye es lágrimas.
    Todo lo que fluye es tristeza, y no sabemos de dónde viene la tristeza.
    Como yo no sé quién te llora, río Carlos,
    como yo no sé por qué eres una tristeza
    ni por qué te llaman Carlos.

    Era bien de mañana cuando yo me he sentado a contemplar el misterio fluyente de este río,
    y he pasado muchas horas preguntándome, preguntándote.
    Preguntando a este río, gris lo mismo que un dios;
    preguntándome, como se le pregunta a un dios triste:
    ¿qué buscan los ríos?, ¿qué es un río?
    Dime, dime qué eres, qué buscas,
    río, y por qué te llaman Carlos.

    Y ahora me fluye dentro una tristeza,
    un río de tristeza gris,
    con lentos puentes grises, como estructuras funerales grises.
    Tengo frío en el alma y en los pies.
    Y el sol se pone.
    Ha debido pasar mucho tiempo.
    Ha debido pasar el tiempo lento, lento, minutos, siglos, eras.
    Ha debido pasar toda la pena del mundo, como un tiempo lentísimo.
    Han debido pasar todas las lágrimas del mundo, como un río indiferente.
    Ha debido pasar mucho tiempo, amigos míos, mucho tiempo
    desde que yo me senté aquí en la orilla, a orillas
    de esta tristeza, de este
    río al que le llamaban Dámaso, digo, Carlos.

    Dunster House, febrero de 1954.

    Hombre y Dios 1955




    Adiós al poeta Rafael Melero.

    (muerto de cáncer a los 39 años)

    No hay que llorarte, Melero.
    Fuera llantos. Lo que quiero
    es patear,
    gritar que está muy mal hecho
    - ¡no hay derecho, no hay derecho! -
    y no llorar.

    Juntó su esencia secreta
    la vida, y creó un poeta:
    un corazón,
    que en ensueño se doblaba
    y en clara estela dejaba
    su razón...

    No se forja así un poeta
    para hacerle la peseta
    y como en un
    juego estúpido y malvado,
    romper lo más delicado
    al tuntún.

    ¿Qué bestia gris burriciega
    trota idiota, y te nos siega
    al trompicón?
    ¿Que negro toro marrajo
    te metió ese golpe bajo,
    a traición?

    No lloro por ti, Melero
    (mira mis ojos): yo quiero
    protestar,
    gritar que es un asco, ea,
    y maldecir - a quien sea -,
    y no llorar.

    Poemas puros. Poemillas de la ciudad




    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac