1. Testimonio de los amigos


1.1. Testimonio de un alumno.

IRA Y POESÍA DE DAMASO ALONSO (MEMORIAS DE UN ALUMNO)

La primavera ha venido
nadie sabe cómo ha sido
.
A. M.

Ahora que ya no soy, y que lo puedo decir sin nostalgia, ningún poeta adolescente, de esos que Dámaso Alonso evoca en su poema En el día de los difuntos, posados ante él como estorninos en los alambres del telégrafo, mientras‹tristísimo pedagogo‹escribe en la pizarra, con la pequeña mano toda manchada de tiza, el proceso de los grupos interiores consonánticos en las lenguas romances; ahora creo que se me puede permitir hablar objetivamente, sin ansia alguna de venganza, de la poesía de Dámaso Alonso. Su clase de la Facultad de Filosofía y Letras era una de las pocas a las que acudíamos los alumnos en masa, atraídos por el prestigio del profesor y por la necesidad de aprobar la terrible filología románica. La recuerdo muy bien: era un delicioso martirio. Todavía siento nostalgia de "aquellas dulces muchachitas con fragancia de narciso, como nubes rosadas que leyeran a Pérez y Pérez", pero también me parece aún que vuelvo a sentir, rondándome los párpados, aquella irresistible somnolencia que me invadía - mayo madrileño, calor a plomo, hora de la siesta en el viejo caserón de San Bernardo - cuando Dámaso Alonso, con traje nuevo azul y blanco, cuello duro, nos explicaba las características fonéticas del sardo o del retorrumano. Seríamos allí un medio centenar de pobres estorninos y otro medio de rosa~las adolescentes, a las que la misma primavera parecía prestar una gracia fragante de erguidos capullos en flor. Una luz poderosa inundaba de claridad los bancos, la tarima, reflejando el brillo del cielo en el negro mate de la gran pizarra, toda llena de garabatitos misteriosos. Dámaso sol~a dar un ligero saltito y se sentaba en la mesa para explicar. Y siempre llegaba un momento, hacia la mitad de la clase, en que la más bella de las adolescentes, la indestronable diosa del curso, bostezaba con un gesto encantador, mientras un ave cruzaba el espacio de la ventana, y el radiante azul se hacía más azul, más propagadoramente azul, y un suave, tibio, sensual calor embriagaba nuestros cuerpos de inquietos estorninos. Era la primavera. Y aquel hombre bajito, rechoncho y calvo, por el que todos sentíamos una inmensa admiración, y algunos además una profunda simpatía humana, sentía también el dulce peso de la primavera, y lucha~ba bravamente contra ella, a brazo partido. Pan~a no sólo su fervor humano, sino también su mejor arte en transmitirnos la complicada y misteriosa trama de su saber. Y de pronto, un sonoro martilleo profundo y solemne en la calma azul de la tarde, retumbaba misteriosamente en el aula. Imposible saber de dónde procedía. (¿Era algún ángel carpintero, algún zapatero prodigioso que se había parado, invisible, en nuestra ventana?) El bedel no sabía nada, nadie sabía nada de aquel ruido. Aquello era demasiado. Demasiada primavera sonora. Y Dámaso estallaba entonces en un ataque tan súbito de ira, y tan violento, que la bella durmiente despertaba asustada, y por unos instantes, aguantando la respiración, le mirábamos atónitos y espantados, mientras dirigía graves insultos a los que no sabían respetar el sagrado silencio del aula. Pero ¿era realmente contra el misterioso carpintero o albañil fantasma contra quien dirigía Dámaso aquellas iracundas imprecaciones, que tan transparentemente dejaban traslucir su natural bondad, o era acaso contra la misma primavera, a la que sin duda amaba, pero que venía a interponerse entre él y sus alumnos como elemento trastomador?
Y he aquí que por estos mismos días primaverales, Dámaso Alonso, olvidado por un instante de su complicada filología, de su caparazón profesoral, de un bagaje de ilustre hombre de ciencia, ha bajado sigilosamente de la tarima, ha escapado raudamente por la ventana toda llena de cielo estival, de pájaros felices, y ya en su lejana Colonia del Zarzal, en su Chamartín lleno de insectos - monstruosos mantis religiosa, verdes y terribles crisopas - se ha quedado de pronto a solas con la misteriosa duna Poesía, y rendido por ella, herido por su gran ala de luz, a solas con Dios y con los insectos, a solas con d corazón del viento y el canto de la noche, se ha puesto a decirnos, termblorosa y angustiadamente, sus palabras más hondas, más bellas, más humanas, manando el chorro de su furor más puro y profundo, de sus amores más verdaderos, de su latido~ido más habitado por Dios. Y ha puesto son coeur au nu, como Baudelaire, y ha tenido la mística valentía de hablarnos de la miseria de su cuerpo y de su alma., de su miseria de hombre perecedero, al que sólo la mano de Dios y esas dos alas purísimas que canta en su poema Dedicatoria final, "fuertes, inmensas, de inmortal blancura" - la de su mujer, la de su madre -, sostienen aún contra el dolor, contra la injusticia, contra la crueldad insaciable del mundo. Y después de cantar su oscura noticia de Dios, y dedicarle una oración por la belleza de una muchacha, y cantar a la frágil varilla de avellano y a los que van a nacer, a la noche y a la sangre, con una madurez y una belleza de verso tanto más hondas cuanto más lo había sido su silencio poético de cerca de veinte años, Dámaso Alonso nos ofrece sus Hijos de la ira, ese dramático «diario intimo», en cuyos poemas alienta el hombre en su soledad más terrible, la de su propio desprecio humano, como mísera carne mortal que no ignora su podredumbre, pero que, conducida por el amor divino o humano puede convertirse en cielo. Soledad de la carne y del verso, de su desconocimiento mismo de hombre: misterio del hombre, del que es alado trasunto el misterio de la poesía. El hombre, que se había cubierto de nobles y decorosos ropajes, de gestos de erudición y sociabilidad, de signos jerárquicos y científicos, ha dado de pronto un poderoso manotazo a esa gran máscara puesta artificialmente para guardar el equilibrio y ha dejado al desnudo su más hondo desfallecimiento y su elevación más pura, la grandeza y miseria de su existencia humana, la torre abatida de su primer ímpetu de hombre:

Yo soy la piltrafa que el tablajero arroja al perro del mendigo,
y el perro del mendigo arroja al muladar.
Pero desde la mina de los maldades, desde el pozo de la miseria,
mi corazón se ha levantado hasta mi Dios,
y le ha dicho: Oh Señor, tú que has hecho también la podredumbre,
mírame,
yo soy el orujo exprimido en el año de la mala cosecha,
yo soy cl excremento del can sarnoso,
el zapato sin suela en el carnero del camposanto,
yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer que nadie compra,
y donde ni casi escarban las gallinas.
Pero te amo,
pero te amo frenéticamente.
¡Déjame, déjame fermentar en tu amor,
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las últimas briznas de mi ser
para que un día sea mantillo de tus huertos!

He aquí la verdadera poesía religiosa, la poesía religiosa en su más puro y original sentido, en su sentido más dramático y agónico: el hombre clamando a su Dios, invocando desgarradamente su ayuda, el suave cielo de su mano balsámica, no versificando en burila dos y plácidos versos sus milagros o sus bellezas. Poesía religiosa a lo Unamuno, no tranquila ni risueña, sino angustiada, desesperada, clamante. En la que el acento a veces imprecatorio no traduce una menor necesidad de aquel celeste bálsamo, de aquella gloria suave de Dios. En todo d libro está manifestándose constantemente ese sentido de la existencia humana como amargo y dramático viaje, acosado de acechanzas, de desfallecimientos, en cándida e indefensa barquilla a la que el sol y el viento baten sin descanso:

¡Qué horrible viaje, qué pesadilla sin retorno!
A cada instante mi vida cruza un río,
un nuevo, inmenso río que se vierte
en la desnuda eternidad!

(En el día de los difuntos)

Esa Mujer con alcuza que avanza arrastrándose por un camino, noches y días, días y noches, o que viaja sin esperanza en un tren donde no va nadie, que no conduce nadie, que ni ella misma sabe adónde va; esa mujer que aún conserva un resto de ternura para las estaciones, míseras y solitarias, del trayecto, para los florecidos almendros que desfilan velozmente ante su mirada atónita, para el gozoso trigal erguido que la ve alejarse raudamente, es un poco el símbolo de ese desesperado, tristísimo viaje del corazón por entre los aires y las sombras, golpeado, abandonado, lanzado por la injusticia y la miseria del mundo a la más solitaria congoja, pero aun suspenso ante toda flor de belleza, resucitado ante la más naciente y frágil esperanza, de nuevo dispuesto a amar, a entregarse, a perderse, a morir ciega y dulcemente bajo la más bella o cruda luz.
La consideración de la propia miseria, de la podredumbre del hombre puesta al desnudo con un realismo casi brutal, aunque siempre tocado de ternura, informa la mayoría de estos implacables cantos de Dámaso Alonso, de estos frenéticos Hijos de la ira, y en especial los titulados En el día de los difuntos, Monstruos, Yo, De profundis y Dedicatoria final: Las alas, todos ellos conmovedores. De aquella consideración de la propia miseria arranca siempre, como en los más patéticos sermones realistas de nuestro Siglo de Oro, la elevación a Dios, el clamor por la necesidad de la ayuda divina, si bien en la poesía de Dámaso Alonso el contraste entre el abatimiento y elevación no es nunca puro recurso oratorio, sino un hondo grito del corazón, el quejido brutal o tierno del hombre herido, abatido en la creciente lucha. No es extraño, pues, que Dámaso Alonso cante en uno de sus mejores poemas - En el día le los difuntos - a los muertos diáfanos, a los muertos inmortales, envidiando en ellos el descanso, la paz y la serenidad de sus vidas:

... Vosotros, únicos seres
en quienes cada instante
no es una roja dentellada de tiburón,
un traidor zarpazo de tigre!
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Vosotros sois los despiertos, los diáfanos, los fijos.
Nosotros somos un turbión de arena,
nosotros somos médanos en la playa,
que hacen rodar los vientos y las olas,
nosotros, sí, los que estamos cansados
nosotros, si, los que tenemos sueño.


Quienes busquen en la poesía el ritmo fácil, la risueña pirueta, la música adormecedora, la canción, en fin, plácida y satisfecha, que no coja en sus manos estos terribles y frenéticos Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, terribles y bellos como huracanes devastadores en la soledad y en la angustia del hombre moderno.
(1944)
( 1944)Jose Luis Cano. La poesía de la generación del 27 Madrid 1973, Guadarrama, págs: 102-107




1.2. La poesía existencial de Dámaso Alonso - El hombre Dámaso y sus problemas.

El que Dámaso Alonso sea poeta, y hasta poeta auténtico, es mucho mas de agradecer que el que lo sean otros. Porque en su caso se trata también de un gran filólogo, con profesionalidad y profesoralidad filológicas a ultranza. Yo no creo que filología y poesía tengan que ser necesariamente enemigas, pero, de hecho, no pueden llevarse demasiado bien en el terreno de la imaginación. La imaginación poética se apoya directamente en lo real, y en cambio, entre la imaginación científica o filológica y la realidad se interponen aquellas convenciones de orden ideal sin las cuales no puede existir ninguna ciencia. La filología es una ciencia, la ciencia del lenguaje o de las palabras, y por lo tanto, algo espiritualmente distanciado y que se queda fuera de él. La poesía, por su parte, no consiste más que en mantenerse como Palabra viva dentro del lenguaje.
Decía Nietzsche que la filología no es mas que el arte de leer correctamente. Pero esta es la opinión sobre la filología de un gran poeta: el gran poeta que era Nietzsche. Unamuno, que también era un gran poeta - lírico y trágico - metido a filólogo, presumía mucho de esto último. Pero lo que le gustaba hacer - mucho más que a Nietzsche, a quien en el fondo se lo impedía su honradez intelectual germánica - era filología poética o imaginativa, desde dentro del lenguaje mismo, y no desde fuera. Y en el momento en que la imaginación en libertad empieza a hacer de las suyas, la seriedad científica empieza también a resentirse por su parte. No me refiero, claro está, a la labor de Unamuno como catedrático de griego‹que no ha sido recogida en libro y sobre la que únicamente podrían opinar los que fueron alumnos u oyentes suyos‹sino a la filología marginal que aparece en muchos de sus libros de creación.
Dámaso Alonso, en cambio, hace filología rigurosa. Y eso de ser un científico - aunque la materia de la ciencia que uno cultiva no sea más que el lenguaje, en vez de los átomos o las sulfamidas - tiene bastante importancia en el mundo en que vivimos. Quiero decir: en el momento actual de nuestra cultura Mucha mas, seguramente, que ser poeta. Y Dámaso Alonso, ademas de un gran poeta, es un filólogo profesional, y no solo aficionado. Como poeta - tenemos su confesión y su testimonio reiterados - aborrece cordialmente al filólogo o, por lo menos, al catedrático o profesor de filología que ha llegado a ser. Pero, ¿no podría suceder también lo contrario? ¿No podría suceder que en algunos momentos excepcionales de podredumbre vital - después veremos cómo Dámaso se ha empeñado en ser poeta de esa podredumbre - no tuviera más remedio que ponerse a hacer poesía, pero el filólogo y el científico se sintieran muy por encima de esa actualidad culpable de publicano, despreciándola o condenándola? En todo caso, se trata de una personalidad tan compleja y desdoblada, que el hombre Dámaso pu~de aborrecerse parcialmente así mismo, sin necesidad de salir de sí. Este aborrecimiento es algo así como su lujo particular de filólogo consagrado, lo mismo que otros tienen un automóvil. El hombre Dámaso no es el filólogo Dámaso Alonso. Pero el hombre Dámaso nos interesa mucho porque su poesía sigue siendo el hombre Dámaso.
Los problemas del hombre Dámaso empiezan, por lo tanto, con su desdoblamiento en filólogo y poeta, pero no terminan en él Yo creo que existe todavía una oposición más honda entre su posible actividad vital y su actividad filológica. El hombre Dámaso es un fauve, es decir, una fiera que se pasea furiosa tras los barrotes de su prestigio científico bien ganado. Y que ruge de vez en cuando (en verso y hasta en soneto). Y es una fiera porque quiere ser poeta. Es un niño que quiere ser poeta... (Un niño, según nos dijo Manuel Machado, es una fiera, aunque también es un niño.) Pero, ¿cómo se puede ser poeta sabiendo tanto, científicamente, sobre el lenguaje? Modificando un poco la tópica afirmación de nuestras preceptivas literarias, podemos decir que el filólogo nace, mientras el poeta se hace. Dámaso - como don Marcelino, al que llama genio - es un monstruo filológico de nacimiento. Después, poco a poco - y hasta la aparición a sus 45 años de Hijos de la ira ha ido humanizándose o haciéndose poeta (en sentido contrario). Porque la poesía - habrá que repetirlo, una vez mas - es una actividad en sentido contrario, un "desvivir del Corazón" -, como diría el poeta Luis Rosales, lo mismo para el adolescente Rimbaud que para los cuarentones, ya corridos, Miguel de Unamuno o Dámaso Alonso. Para el que no conozca personalmente al hombre Dámaso, debo aclarar en seguida que, a través de su desdoblamiento existencial, la poesía para él - en contra de su época - es actividad mucho mas decisiva y, sobre todo más responsable, que la filología. Una cosa es tratar pretenciosamente con las palabras desde fuera sin necesitarlas de una manera angustiada, por así decirlo - y otra, manejar humildemente, menesterosamente, a esas mismas palabras desde dentro. Una cosa es dejar establecida la verdad sobre las leyes universales del lenguaje, y otra, aumentar un poco más la realidad anímica o espiritual de sus palabras. Sin este aumento - en el que la palabra se convierte en fundante no hay poesía, sino lenguaje repetido o retorico.
Ademas, ser poeta afecta a regiones del alma y de la personalidad a las que no puede llegar el ser filólogo. La poesía es, entre otras cosas menos importantes, el arte de volver a la superficie pasando por lo mas hondo. Hoy día, después de haber leído Oscura noticia~c~a e Hijos de la ira, no nos cabe duda de que Dámaso Alonso ha pasado por lo más hondo. Pero, ¿ha vuelto siempre a la superficie, fundando con su palabra de poeta las realidades subterráneas‹o submarinas‹encontradas allí abajo? Quedarse en lo profundo es lo que hacen las voces que - según la distinción machadiana - no son mas que ecos. Y es lo que no podía hacer la voz autentica de poeta de Dámaso Alonso. Para escaparse de ella - y llegar a ser otro Alberti u otro Lorca - su condición de filólogo le ha obligado a bucear a mas bajas profundidades que ningún otro poeta español contemporáneo, pero su condición de poeta auténtico le instala al mismo tiempo en una palabra bien aireada, individualizada hasta el limite y de una gran eficacia plástica. Una vez más, repito la única formula aceptable: por su palabra los conoceréis (a los poetas) y no por sus imágenes. Dos o tres, o más poetas pueden utilizar las mismas imágenes, pero convertidas en realidades diferentes a través de la calidad decisiva de cada una de sus palabras.
Lo primero que nos sorprende en un libro como Hijos de la ira al que su autor llama: diario intimo - es la naturaleza de la confidencia o confesión que allí se nos hace. Pero en seguida nos sorprende también la naturaleza de la palabra poética con que esa confesión se nos hace. Porque no se trata de una palabra desordenada y violenta‹salvo en contadas excepciones‹sino exageradamente precisa y servicial hasta el detalle. En el poema "Dolor" - de Hijos de la ira - el poeta se despierta, hacia la madrugada, con un dolor "en el tercer espacio intercostal derecho".

¡Ay!
Yo acurrucado junto a mi dolor,
era igual que un niñito de seis años
que contemplara absorto
a un hermano menor, recién nacido,
y de pronto le viera
crecer, crecer, crecer,
hacerse adulto, crecer
y convertirse en un gigante,
crecer, pujar, y ser ya cual los montes,
pujar, pujar, y ser como la vía láctea,
pero de fuego,
crecer aún, aún,
ay, crecer siempre.
Y yo era un niño de seis años
acurrucado en sombra junto a un gigante cósmico.

En esta poesía sin rima ni estrofa, sin regularidad de metro, ni siquiera de ritmo, la calidad de la palabra depende de su disposición de orden funcional. En este sentido podemos decir que su fuerza expresiva consiste en no pertenecer a ninguna situación desesperada. Cuanto más crece el dolor - hasta convertirse en gigante cósmico - mas se empequeñecen las palabras activas que lo están diciendo o haciendo crecer en el poema. Puede haber - y de hecho hay - desesperación en el alma o en la conciencia del poeta, pero no en la realidad final de su lenguaje. Lo que podríamos llamar el "tema existencial" a cuerpo limpio, le va a exigir, como en seguida veremos, la "transcendencia simbólica" del poema. Pero, a su vez, esta transcendencia necesita ser realizada por una "palabra experi mental o funcional" - casi como la que se emplea en la épica o en el teatro - en vez de for malmente ambiciosa. El poema, como símbolo de una situación existencial extrema - el hombre frente a Dios, o frente a la muerte, o frente a la injusticia del mundo, o mas modestamente frente a su dolor físico - necesita humillarse hasta esa puntualidad de sus palabras más activas y eficaces. Palabras obreras - o palabras abejas - al servicio de la vitalidad de la colmena. La peculiar dosificación de estos tres ingredientes - tema existencial, transcendencia simbólica y palabra funcional dentro de una exigencia de forma única, va a ser la calidad distintiva de la poesía de Dámaso Alonso, lo mismo entre los poetas de su generación que entre los inmediatamente posteriores. Y esa misma calidad le convierte en poeta situado en el punto de inflexión entre una generación y otra.
Pretender definir al con~unto de una generación compuesta por voces autenticas de poetas siempre resulta aproximado e inexacto. En cada poeta auténtico, la realidad aumenta a través de su palabra fundante o fundadora, y esta palabra tiene que ser autónoma e independiente, no solo en su raíz o arranque, sino, sobre todo, en su necesidad de evolución posterior. Por eso, en este libro, en vez de repetir e inventarme por mi cuenta una serie mas o menos acertada de consideraciones de orden general - verdaderamente útiles y hasta imprescindibles cuando se trata de hacer historia de la literatura - he preferido estudiar cada palabra auténtica de poeta en si misma, persiguiéndola hasta sus últimas consecuencias como palabra diferenciada. Esto es lo que ahora estoy haciendo con la palabra de Dámaso Alonso. No se trata, por lo tanto, de un libro sobre generaciones, sino sobre poetas aislados, aunque situado cada uno de ellos en la cima de vigencia espiritual que le corresponde. La relación entre esta vigencia espiritual y lo que podríamos llamar la vigencia social de su poesía queda también fuera de los limites de este libro.
Un estudio más amplio, y tal vez más completo, sobre la evolución externa de nuestra lírica contemporánea, podría titularse muy bien: De la poesía pura a la poesía social. Y a través de él nos daríamos cuenta de cómo esa evolución externa no coincide exactamente con la constitución de la voz de cada poeta. Esto no quiere decir, claro esta, que las dos dimensiones no tengan muchos puntos efectivos - y eficientes - de contacto. Uno de los mas importantes que me interesa recoger aquí por lo que representa en la constitución interior de la poesía de Dámaso Alonso - es el momento en que empieza a estar vigente, entre los poetas más jóvenes que él, el tipo de exigencia machadiana en la palabra. Yo creo que el propio Antonio Machado, tan inteligente y tan irónico vaticinador - a través de sus "complementarios" - de toda suerte de actividades pasadas o futuras, estaba completa mente seguro de que los caminos de la joven poesía tendrían que volver a arrancar del Corazón y, por lo tanto, tendrían que volver a partir de la suya.
En todo caso, Dámaso Alonso no ha necesitado volver a Machado. Desde muy antiguo, desde sus poemas puros, que son de 1921, es decir, seis años anteriores al centenario de (Gangueara era ya el mas machadiano de los poetas de su generación. Ahora bien, Antonio Machado se empeña - en muchos de sus mejores momentos - en no ser mas que un gran poeta en tono menor. Y en esta misma dirección, el tono del Dámaso juvenil es mucho menor todavía De esta exageración voluntaria de su tono brota todo el encanto, así como la diafanidad de su primera voz poética, tan tímida y recogida. ¿Quién iba a sospechar que se trata del futuro poeta de Preparativos de viaje y de Los insectos:
La puerta, franca.
Vino queda y suave.
Ni materia ni espíritu. Traía
una ligera inclinación de nave
y una luz matinal de claro día.

Sin embargo, en algún otro poema de esa misma época va a hacer su aparición‹sin perder el tono menor - la transcendencia simbólica unitaria. Por ejemplo, en Mañana lenta, inédito hasta 1944 en que lo incorpora a Oscura noticia, incluyéndolo en la parte titulada Estampas de primavera: Mañana lenta,
cielo azul,
campo verde.
tierra vinariega.
Y tú, mañana que me llevas.
Carreta
demasiado lenta,
carreta
demasiado llena
de mi hierba nueva,
temblorosa y fresca,
que ha de llegar - sin darme cuenta -
seca,
- sin saber cómo -
seca.

La construcción y hasta la disposición tipográfica de algún verso recuerda la de los poemas ultraistas o creacionistas. ~Sn embargo, no se trata de la belleza de la imagen por la imagen. Todas ellas, imágenes directas de la realidad - en vez de metáforas - quedan inmoladas, por así decirlo, a la realidad total del símbolo unitario: la mañana como- carreta demasiado lenta. Recordemos que para Guillén la mañana no era - no podía ser - más que mañana. Y lo mismo la tarde o la noche, realidades naturales vinculadas a una situación existencial. Y cuanto mas aumentaba su realidad en el poema, eran aún más mañana, o tarde, o noche, sin convertirse en símbolo de nada. Ahora, en vez de aumentar o mejorar la realidad a través de las imágenes, estas desaparecen para dejar paso al símbolo único que pueda contener dentro de si la realidad existencial que hace cantar al poeta. "Cielo azul, campo verde, tierra vinariega", son todavía imágenes desnudas de una realidad natural. Después, la mañana se convierte en carreta, en la carreta que lleva demasiado lentamente al poeta, tan lentamente que toda la hierba fresca de su juventud, al llegar, se habrá secado ya. Carreta y hierba, por lo tanto, o carreta cargada con hierba no es sencillamente una imagen, sino símbolo existencial de gran envergadura.
Me interesaba analizar este pequeño poema porque la aptitud de Dámaso Alonso para el símbolo no solo no va a disminuir o a desaparecer del todo, sino que va a adquirir toda su amplitud y toda su perfección en los mejores poemas de Hijos de la ira. Mientras el poeta, a través de sus palabras, se refiere nada más que a sus vivencias parciales, emplea las imágenes como tales imágenes. (También puede suceder que la belleza artística de la imagen sea el único objetivo del poema: creacionismo. Pero este no ha sido nunca el caso de Dámaso Alonso.) Y en cuanto quiere expresar una situación existencial extremada, tiene que convertir las imágenes en símbolo. La razón de ser de este último consiste en la identificación absoluta de todos los términos dispersos. Por eso es tan difícil llegar a el. Cuando se llega, como en el caso de Dámaso Alonso, todas las posibilidades de universo poético se han concentrado en un solo motivo de existencia. Y ha hecho su aparición, no precisamente el tema religioso de cortos vuelos, mas o menos objetivo y adjetivo, sino la dimensión religiosa constitutiva de la voz autentica del poeta. Porque la poesía consiste, efectivamente, en volver a la superficie, pero pasando por lo más profundo.

Luis Felipe Vivanco - Introducción a la poesía española contemporánea. Madrid 1974, Guadarrama, págs: 81-90




dibujo de musas
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