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1.1. Testimonio de un alumno.
IRA Y POESÍA DE DAMASO ALONSO (MEMORIAS DE UN ALUMNO)
La primavera ha venido
nadie sabe cómo ha sido.
A. M.
Ahora que ya no soy, y que lo puedo decir sin nostalgia, ningún poeta adolescente, de esos que Dámaso Alonso evoca en su poema En el día de los difuntos, posados ante él como estorninos en los alambres del telégrafo, mientras‹tristísimo pedagogo‹escribe en la pizarra, con la pequeña mano toda manchada de tiza, el proceso de los grupos interiores consonánticos en las lenguas romances; ahora creo que se me puede permitir hablar objetivamente, sin ansia alguna de venganza, de la poesía de Dámaso Alonso. Su clase de la Facultad de Filosofía y Letras era una de las pocas a las que acudíamos los alumnos en masa, atraídos por el prestigio del profesor y por la necesidad de aprobar la terrible filología románica. La recuerdo muy bien: era un delicioso martirio. Todavía siento nostalgia de "aquellas dulces muchachitas con fragancia de narciso, como nubes rosadas que leyeran a Pérez y Pérez", pero también me parece aún que vuelvo a sentir, rondándome los párpados, aquella irresistible somnolencia que me invadía - mayo madrileño, calor a plomo, hora de la siesta en el viejo caserón de San Bernardo - cuando Dámaso Alonso, con traje nuevo azul y blanco, cuello duro, nos explicaba las características fonéticas del sardo o del retorrumano. Seríamos allí un medio centenar de pobres estorninos y otro medio de rosa~las adolescentes, a las que la misma primavera parecía prestar una gracia fragante de erguidos capullos en flor. Una luz poderosa inundaba de claridad los bancos, la tarima, reflejando el brillo del cielo en el negro mate de la gran pizarra, toda llena de garabatitos misteriosos. Dámaso sol~a dar un ligero saltito y se sentaba en la mesa para explicar. Y siempre llegaba un momento, hacia la mitad de la clase, en que la más bella de las adolescentes, la indestronable diosa del curso, bostezaba con un gesto encantador, mientras un ave cruzaba el espacio de la ventana, y el radiante azul se hacía más azul, más propagadoramente azul, y un suave, tibio, sensual calor embriagaba nuestros cuerpos de inquietos estorninos. Era la primavera. Y aquel hombre bajito, rechoncho y calvo, por el que todos sentíamos una inmensa admiración, y algunos además una profunda simpatía humana, sentía también el dulce peso de la primavera, y lucha~ba bravamente contra ella, a brazo partido. Pan~a no sólo su fervor humano, sino también su mejor arte en transmitirnos la complicada y misteriosa trama de su saber. Y de pronto, un sonoro martilleo profundo y solemne en la calma azul de la tarde, retumbaba misteriosamente en el aula. Imposible saber de dónde procedía. (¿Era algún ángel carpintero, algún zapatero prodigioso que se había parado, invisible, en nuestra ventana?) El bedel no sabía nada, nadie sabía nada de aquel ruido. Aquello era demasiado. Demasiada primavera sonora. Y Dámaso estallaba entonces en un ataque tan súbito de ira, y tan violento, que la bella durmiente despertaba asustada, y por unos instantes, aguantando la respiración, le mirábamos atónitos y espantados, mientras dirigía graves insultos a los que no sabían respetar el sagrado silencio del aula. Pero ¿era realmente contra el misterioso carpintero o albañil fantasma contra quien dirigía Dámaso aquellas
iracundas imprecaciones, que tan transparentemente dejaban traslucir su natural bondad, o era acaso contra la misma primavera, a la que sin duda amaba, pero que venía a interponerse entre él y sus alumnos como elemento trastomador?
Y he aquí que por estos mismos días primaverales, Dámaso Alonso, olvidado por un instante de su complicada filología, de su caparazón profesoral, de un bagaje de ilustre hombre de ciencia, ha bajado sigilosamente de la tarima, ha escapado raudamente por la ventana toda llena de cielo estival, de pájaros felices, y ya en su lejana Colonia del Zarzal, en su Chamartín lleno de insectos - monstruosos mantis religiosa, verdes y terribles crisopas - se ha quedado de pronto a solas con la misteriosa duna Poesía, y rendido por ella, herido por su gran ala de luz, a solas con Dios y con los insectos, a solas con d corazón del viento y el canto de la noche, se ha puesto a decirnos, termblorosa y angustiadamente, sus palabras más hondas, más bellas, más humanas, manando el chorro de su furor más puro y profundo, de sus amores más verdaderos, de su latido~ido más habitado por Dios. Y ha puesto son coeur au nu, como Baudelaire, y ha tenido la mística valentía de hablarnos de la miseria de su cuerpo y de su alma., de su miseria de hombre perecedero, al que sólo la mano de Dios y esas dos alas purísimas que canta en su poema Dedicatoria final, "fuertes, inmensas, de inmortal blancura" - la de su mujer, la de su madre -, sostienen aún contra el dolor, contra la injusticia, contra la crueldad insaciable del mundo. Y después de cantar su oscura noticia de Dios, y dedicarle una oración por la belleza de una muchacha, y cantar a la frágil varilla de avellano y a los que van a nacer, a la noche y a la sangre, con una madurez y una belleza de verso tanto más hondas cuanto más lo había sido su silencio poético de cerca de veinte años, Dámaso Alonso nos ofrece sus Hijos de la ira, ese dramático «diario intimo», en cuyos poemas alienta el hombre en su soledad más terrible, la de su propio desprecio humano, como mísera carne mortal que no ignora su podredumbre, pero que, conducida por el amor divino o humano puede convertirse en cielo. Soledad de la carne y del verso, de su desconocimiento mismo de hombre: misterio del hombre, del que es alado trasunto el misterio de la poesía. El hombre, que se había cubierto de nobles y decorosos ropajes, de gestos de erudición y sociabilidad, de signos jerárquicos y científicos, ha dado de pronto un poderoso manotazo a esa gran máscara puesta artificialmente para guardar el equilibrio y ha dejado al desnudo su más hondo desfallecimiento y su elevación más pura, la grandeza y miseria de su existencia humana, la torre abatida de su primer ímpetu de hombre:
Yo soy la piltrafa que el tablajero arroja al perro del mendigo,
y el perro del mendigo arroja al muladar.
Pero desde la mina de los maldades, desde el pozo de la miseria,
mi corazón se ha levantado hasta mi Dios,
y le ha dicho: Oh Señor, tú que has hecho también la podredumbre,
mírame,
yo soy el orujo exprimido en el año de la mala cosecha,
yo soy cl excremento del can sarnoso,
el zapato sin suela en el carnero del camposanto,
yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer que nadie compra,
y donde ni casi escarban las gallinas.
Pero te amo,
pero te amo frenéticamente.
¡Déjame, déjame fermentar en tu amor,
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las últimas briznas de mi ser
para que un día sea mantillo de tus huertos!
He aquí la verdadera poesía religiosa, la poesía religiosa en su más puro y original sentido, en su sentido más dramático y agónico: el hombre clamando a su Dios, invocando desgarradamente su ayuda, el suave cielo de su mano balsámica, no versificando en burila
dos y plácidos versos sus milagros o sus bellezas. Poesía religiosa a lo Unamuno, no tranquila ni risueña, sino angustiada, desesperada, clamante. En la que el acento a veces imprecatorio no traduce una menor necesidad de aquel celeste bálsamo, de aquella gloria suave de Dios. En todo d libro está manifestándose constantemente ese sentido de la existencia humana como amargo y dramático viaje, acosado de acechanzas, de desfallecimientos, en cándida e indefensa barquilla a la que el sol y el viento baten sin descanso:
¡Qué horrible viaje, qué pesadilla sin retorno!
A cada instante mi vida cruza un río,
un nuevo, inmenso río que se vierte
en la desnuda eternidad!
(En el día de los difuntos)
Esa Mujer con alcuza que avanza arrastrándose por un camino, noches y días, días y noches, o que viaja sin esperanza en un tren donde no va nadie, que no conduce nadie, que ni ella misma sabe adónde va; esa mujer que aún conserva un resto de ternura para las estaciones, míseras y solitarias, del trayecto, para los florecidos almendros que desfilan velozmente ante su mirada atónita, para el gozoso trigal erguido que la ve alejarse raudamente, es un poco el símbolo de ese desesperado, tristísimo viaje del corazón por entre los aires y las sombras, golpeado, abandonado, lanzado por la injusticia y la miseria del mundo a la más solitaria congoja, pero aun suspenso ante toda flor de belleza, resucitado ante la más naciente y frágil esperanza, de nuevo dispuesto a amar, a entregarse, a perderse, a morir ciega y dulcemente bajo la más bella o cruda luz.
La consideración de la propia miseria, de la podredumbre del hombre puesta al desnudo con un realismo casi brutal, aunque siempre tocado de ternura, informa la mayoría de estos implacables cantos de Dámaso Alonso, de estos frenéticos Hijos de la ira, y en especial los titulados En el día de los difuntos, Monstruos, Yo, De profundis y Dedicatoria final: Las alas, todos ellos conmovedores. De aquella consideración de la propia miseria arranca siempre, como en los más patéticos sermones realistas de nuestro Siglo de Oro, la elevación a Dios, el clamor por la necesidad de la ayuda divina, si bien en la poesía de Dámaso Alonso el contraste entre el abatimiento y elevación no es nunca puro recurso oratorio, sino un hondo grito del corazón, el quejido brutal o tierno del hombre herido, abatido en la creciente lucha. No es extraño, pues, que Dámaso Alonso cante en uno de sus mejores poemas - En el día le los difuntos - a los muertos diáfanos, a los muertos inmortales, envidiando en ellos el descanso, la paz y la serenidad de sus vidas:
... Vosotros, únicos seres
en quienes cada instante
no es una roja dentellada de tiburón,
un traidor zarpazo de tigre!
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Vosotros sois los despiertos, los diáfanos, los fijos.
Nosotros somos un turbión de arena,
nosotros somos médanos en la playa,
que hacen rodar los vientos y las olas,
nosotros, sí, los que estamos cansados
nosotros, si, los que tenemos sueño.
Quienes busquen en la poesía el ritmo fácil, la risueña pirueta, la música adormecedora, la canción, en fin, plácida y satisfecha, que no coja en sus manos estos terribles y frenéticos Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, terribles y bellos como huracanes devastadores
en la soledad y en la angustia del hombre moderno. (1944)
( 1944)Jose Luis Cano. La poesía de la generación del 27 Madrid 1973, Guadarrama, págs: 102-107
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