Sumario
  • 1 - Testimonio de los amigos - Vicente Aleixandre  
  • 2. 1. Dámaso Alonso enPoetas españoles contemporáneos  


  • 1. Testimonio de los amigos - Vicente Aleixandre


    1.1. El callar de Gerardo Diego.

    Gerardo era apenas más que una delgada sombra en aquel tiempo. Una sombra puesta allí calladamente y que allí hubiese quedado cuidadosa y acompañadora, pero que como sombra completa tenía muchas cualidades y muchas realidades, menos la de la voz.
    Llegaba con su proyecto de Antología. ¿Quién ha olvidado aquella antología de "Poesía contemporánea" de Gerardo Diego, la que empezaba con Unamuno, en un tiempo en que Unamuno no era considerado poeta, y acababa con un grupo de jóvenes (el que luego sería llamado Generación del 25), algunos de los cuales no habían publicado entonces más que un libro ? Llegaba con su pequeña lista de incluidos... Decisivo y silente, allí estaba Gerardo. Su mano veraz lanzaba, iba a lanzar aquella pequeña bomba en el mundo de la literatura de una época. Bomba de explosión retardada. Porque, si iniciado entonces su abrimiento, fue después, muchos años después, cuando se iba a ver completa su irradiación luminosa, su desplegado abanico solar, hasta ese cenit que él había previsto el día que, en su pequeño laboratorio seguro, mezcló e incluyó aquellos vigorosos, precisos, imprevisibles irreconciliables. Imprevisibles para el que no poseyese su sorprendente pupila de brujo. O si lo queréis, de vate.
    Si le mirabais, si un poco os acercabais a él, veríais un bulto estricto, una cabeza enjuta, yo no diría una rebajada imagen en madera, porque encima tenía un pelillo ligero, algo .siempre presto a levantarse como un vilano con el primer viento que lo rodease. Si os acercabais más, os sorprenderíais: .seria un rostro por el que una mano hubiese pasado de arriba a abajo, borrando calladamente las facciones, dejando sólo el movimiento apurado, silente, de unas pestañas sutiles.
    Gerardo ha nacido, sabido es, en el borde del Mar Cantábrico.
    Yo le he visto, efectivamente, en la orilla del mar brusco, como recién arrojado por los empu jadores oleajes, con ese mismo silencio leñoso de los viejos maderos que han flotado perdidamente sobre la mar.
    Hay que decirlo: Si su silencio tiene algo del mar, no es del mar absoluto, total, más hermoso que el hombre, más poderoso, más libre, padre inmenso del existir, único adversario real contra la limitación de la muerte. Sino del otro mar, más modesto, más inmediato, trabajado, mar pisado por los dolorosos pies humanos, mar de cordeles y redes, de sombra y de fugaces platas oscurecidas, cada día quebradas contra las castigadas rocas del borde.
    El silencio de Gerardo es el silencio de la materia vivida, y su voz - si se oye al fin - tiene el crujido de la mancera, del puño del arado, de la silla antigua, de todos los instrumentos casi vegetales que han sido tocados, existidos, acariciados durante largos años por la sucesiva mano del hombre.
    No he paseado nunca con el por su Montaña natal. Pero a su lado he sentido que no le podríais comparar con la cerca que limita allí en el campo las heredades; sino, dentro del huerto, con el árbol que a nunca vera da sombra. Ah, calladísimo Gerardo, a tu lado podrían conversar los amigos, a tu buen costado, a tu frescor de compañía verdadera. Y allí ser cada uno lo que es, junto a la veracidad de su comprendimiento rumoroso En todas las estaciones, en todos los inviernos o veranos, en los turbiones o en las claridades inocentes, allí el árbol se quedaría o esperaría. En ocasiones hasta invisible, porque la suprema delicadeza de un silencio, a veces lleno de pájaros, es dar su sombra que ella parezca la misma luz del cielo, recibida de un filtro vivo sin que se le note.
    Esta arraigada criatura, sin embargo, ha sido un viajero persistidor. Alondra de verdad sobre continentes; sobre el Atlántico, sobre el Mar Rojo, sobre el Océano Indico, sobre las salpicadas islas de la Malasia... Saltando de Penay a Mindoro, de Sabang a Penang, de Bali a Celebes, o volando sobre la Arabia y v iendo a las nubes casi religiosas pasar su sombra suavemente sobre la arenisca calcinante.
    ¡Ah, Gerardo de Santander ! El ha nacido en una callecita silenciosa de la ciudad alta. En el rincón más recatado y tranquilo. ¿ Existirá todavía aquella tienda modesta de ropa blanca para niños cuya muestra decía con letras antiguas: "El Encanto"? Un niño corría por "El Encanto" y el humilde encanto, entre la fragancia del lino, de la tira bordada, de las cintas azules, permitía a una criatura encantarse, hechizarse por la virtud de otra fantasía desplegada, pero atenida. Real y ensoñante, niño de provincia v niño volador, a ritmo y alas de golondrina o de gaviota, de ave de alta mar y alta nube, pero con un techo muy bajo de pájaros absolutos.
    Profesor de Instituto en una ciudad olvidada, con su traje en color que con ternura evocaba "El Encanto", con su gesto serio, su paseo al atardecer entre los graves señores... El juez, el secretario, el notario, el reposado magistral. El, tan joven, quizá venía de escribir, en su cuartito de la pensión, aquellos versos albos de su Manual de espumas, en una creación y en una Creación que dibujaba su cielo esencial y quebradizo, fresquísimo a cualquier hora, sobre la pupila diáfana del poeta.
    Habían pasado algunos años. El había saltado de Soria a Gijón, de Gijón a Santander, de Santander... En uno de sus viajes a Madrid había entrado por aquella puerta. Había sonreído. Había hablado tres o cuatro palabras, mientras sacaba una lista con unos pocos nombres. "Vicente, traigo aquí un proyecto..."

    Vicente Aleixandre, Encuentros, Madrid , Ediciones Guadarrama, 1958, págs: 85-90.



    2. La crítica.


    2. 1. Dámaso Alonso en "Poetas españoles contemporáneos".

    La poesía de Gerardo Diego -

    Lo primero que llama la atención en la poesia de Gerardo Diego a quien la considera en su conjunto, es su variación, sus variaciones. Alguien las creería barquinazos. No han sido nunca tentones casuales del que camina sin luz. El lector de la reciente Primera antología poética, de Gerardo Diego, ve cómo se suceden en ella los «versos tradicionales / y versos raros, nuevos y diversos». Pero el poeta sabe adonde quiere ir y que se trata de dos caños de un mismo manantial. A un lado, los Versos humanos; a otro, Imagen y Manual de espumas. Mas lo mismo el verso tradicional que el puro experimento lirico brotan humanamente del corazón, son voces diversas de una sola y total armonía. [...]
    Ignoro muchas de las distinciones que los que vivieron de cerca el ultraísmo y el creacionismo explican con‹relativa‹claridad. Gerardo Diego, a ruego mío, me mostraba hace poco la diferencia de técnica y de intención que más o menos confusamente observa el lector al pasar de Imagen a Manual de espumas. Lo que sí sé es quede todo aquel vocinglero estrépito de Ultra lo único que nos queda son esos dos libros, juveniles, primaverales, llenos de ingenio, de fuerza intuitiva, pero también de fresca y jugosa emoción. Las imágenes de poderosa (y a veces muy extravagante) novedad están, sobre todo en el primero, sueltas, desgranadas, sin la unión de partes más neutras. Pero la unión temática suele ser continua, o con quiebras fácilmente vadeables. [...]
    En Manual de espumas comienza, en parte, una técnica distinta. "~se libro ‹ me venía a decir Gerardo Diego - nace de un conocimiento más directo del verdadero creacionismo y de Vicente Huidobro, todo ligado con mi primera visita a París. En esos poemas quiero hacer una transposición poética de lo que entonces era el cubismo. Así como en el cubismo, en un mismo cuadro, se funden formas diversas, asf, en mi Manual de espumas, dos o tres temas distintos en un mismo poema." Sí, en el cu- bismo y en esta poesía, lo que comenzaba como mujer hermosa podía terminar en pez. El iniciado abría la boca, cercano al arrobo, pero el Arte poética del viejo Horacio quedaba en pie: el buen público no podía contener la risa. (¡Y, sin embargo, qué bellas son esas sirenas!) Estos intentos generosos tenían además de su hermetismo otro grave inconveniente: una barrera invencible, levantada por las condiciones fonéticas del lenguaje. Frecuentemente se ven forzados a resolverse en fáciles aleluyas, de metro irregular, con tintineo metálico (que hoy nos suena a hierro viejo) ¡Pero cuánta juventud, cuánta alegría creadora y cuánta emoción en estos versos! Yo, personalmente, prefiero estos libros al de Versos humanos, donde, si hay sonetos que anuncian al hondo y maestro poeta de Alondra de verdad, hay también bastante ganga sin valor. Y creo a Gerardo Diego cuando repetidamente nos asegura las humanfsimas raíces de sus intentos hacia una poesía absoluta.
    [En Alondra de verdad son cuarenta y dos sonetos los que se han juntado. Se habrían juntado en libro, aun contra la voluntad del poeta. Algún legítimo hermano que no entró en el cómputo - el primer "Ciprés de Silos" no ha tenido más remedio que arrezagarse en las notas. Un mismo fervor les une, una misma maestría de poeta en el ápice de su clímax. Todos, poesía vivida. Alondra: "poesía luminosa y alada". Y, a la vez, de verdad: "auténtica y vivida". Tftulo que podía cubrir, no a este libro (que tan bien lo representa), sino a toda la poesía, a la verdadera poesía. ]
    Aquella generación de 1920 a 1936 no podía ser infiel al rasgo tal vez más constante de las letras de España: ser reconcentrada expresión de lo hispánico. Son dos grandes poetas de entonces los que más resaltan en tal sentido. ¡Quién lo diría! Aquella poesía a la que se tenía por cerebral, inhumana, se mete por lo popular con calor amoroso, con una intensidad y un poder de intuición como desde Lope no se había dado. Los metros irregulares y estrofas populares de la Edad Media y del Siglo de Oro (canciones paralelísticas, zéjeles, seguidillas, letrillas, etcétera), y los vividos giros idiomáticos, reviven ahora con tal brillo, que el poeta, a veces, no parece un escritor culto que busca lo popular, sino anónimo artista que canta desde el corazón del pueblo, o cuya obra ha sido filtrada y cernida en lentos siglos de tradición. Esta tendencia roza también a Gerardo Diego [En el centenario de Góngora, Gerardo Diego tiene una destacada intervención. A él se debe la recopilación de la Antología en honor de Góngora, si bien IQ que hay de gongorismo en su poesía es sólo un delicioso casi pastiche (por lo que respecta al movimiento y al impulso rítmico); esa Fábula de Equis y Zeda, que es como una de las muchas "metamorfosis de la poesía barroca, en la que sobre la anécdota hubiera triunfado el puro gozo verbal e imaginativo. Nada más que eso, o muy poco más.] Mas apenas si, en busca de expresión cercana a lo popular, encontraremos en él las seguidillas del «Torerillo en Triana»: "Torerillo en Triana / frente a Sevilla. / Cántale a la Sultana / tu seguidilla...", o tal estribillo en verso irregular, o alguna expresión desligada. Y cuando estos rasgos ocurren es, generalmente, en poema de asunto taurino. Dentro de la poesía de tema folklórico, o de composición folklórica, es la taurina la que ha tenido más desarrollo.
    [En los sonetos de tema musical,] Gerardo - el hombre aparentemente frío - nos abre las simas cálidas de su pasión. Y sólo un profundo conocedor de la música como él habría podido caracterizar tan rápida, tan intuitivamente a cinco grandes creadores: Beethoven, Schumann, Schubert, Scriabin y Debussy. Oíd flotar - perfume, suave color, nostalgia - la vaga tonalidad de Debussy: "... Tú sabes dónde yerra un son de rosa, / una fragancia rara de añafiles / con sordina, de crótalos sutiles / y luna de guitarras . . . ".
    A juzgar por sus notas, Diego prefiere el dedicado a Beethoven. Yo, decididamente, pongo por delante los de Shumann y Schubert. En el primero de estos dos, música y mística se entrefunden. Pero no es el gozo de la "unión", desde las alturas de Teresa o de Juan de la Cruz, sino - como en Fray Luis de León - la honda nostalgia del desterrado.

    Dámaso Alonso, «La poesía de Gerardo Diego», en Poetas españoles con- temporáneos, Gredos, Madrid, 1971, pp. 233-255 (233, 235-243, 246-252, 255).




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