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1.1. El callar de Gerardo Diego.
Gerardo era apenas más que una delgada sombra en aquel tiempo. Una sombra puesta allí calladamente y que allí hubiese quedado cuidadosa y acompañadora, pero que como sombra completa tenía muchas cualidades y muchas realidades, menos la de la voz.
Llegaba con su proyecto de Antología. ¿Quién ha olvidado aquella antología de "Poesía contemporánea" de Gerardo Diego, la que empezaba con Unamuno, en un tiempo en que Unamuno no era considerado poeta, y acababa con un grupo de jóvenes (el que luego sería llamado Generación del 25), algunos de los cuales no habían publicado entonces más que un libro ? Llegaba con su pequeña lista de incluidos... Decisivo y silente, allí estaba Gerardo. Su mano veraz lanzaba, iba a lanzar aquella pequeña bomba en el mundo de la literatura de una época. Bomba de explosión retardada. Porque, si iniciado entonces su abrimiento, fue después, muchos años después, cuando se iba a ver completa su irradiación luminosa, su desplegado abanico solar, hasta ese cenit que él había previsto el día que, en su pequeño laboratorio seguro, mezcló e incluyó aquellos vigorosos, precisos, imprevisibles irreconciliables. Imprevisibles para el que no poseyese su sorprendente pupila de brujo. O si lo queréis, de vate.
Si le mirabais, si un poco os acercabais a él, veríais un bulto estricto, una cabeza enjuta, yo no diría una rebajada imagen en madera, porque encima tenía un pelillo ligero, algo .siempre presto a levantarse como un vilano con el primer viento que lo rodease. Si os acercabais más, os sorprenderíais: .seria un rostro por el que una mano hubiese pasado de arriba a abajo, borrando calladamente las facciones, dejando sólo el movimiento apurado, silente, de unas pestañas sutiles.
Gerardo ha nacido, sabido es, en el borde del Mar Cantábrico.
Yo le he visto, efectivamente, en la orilla del mar brusco, como recién arrojado por los empu jadores oleajes, con ese mismo silencio leñoso de los viejos maderos que han flotado perdidamente sobre la mar.
Hay que decirlo: Si su silencio tiene algo del mar, no es del mar absoluto, total, más hermoso que el hombre, más poderoso, más libre, padre inmenso del existir, único adversario real contra la limitación de la muerte. Sino del otro mar, más modesto, más inmediato, trabajado, mar pisado por los dolorosos pies humanos, mar de cordeles y redes, de sombra y de fugaces platas oscurecidas, cada día quebradas contra las castigadas rocas del borde.
El silencio de Gerardo es el silencio de la materia vivida, y su voz - si se oye al fin - tiene el crujido de la mancera, del puño del arado, de la silla antigua, de todos los instrumentos casi vegetales que han sido tocados, existidos, acariciados durante largos años por la sucesiva mano del hombre.
No he paseado nunca con el por su Montaña natal. Pero a su lado he sentido que no le podríais comparar con la cerca que limita allí en el campo las heredades; sino, dentro del huerto, con el árbol que a nunca vera da sombra. Ah, calladísimo Gerardo, a tu lado podrían conversar los amigos, a tu buen costado, a tu frescor de compañía verdadera. Y allí ser cada uno lo que es, junto a la veracidad de su comprendimiento rumoroso
En todas las estaciones, en todos los inviernos o veranos, en los turbiones o en las claridades inocentes, allí el árbol se quedaría o esperaría. En ocasiones hasta invisible, porque la suprema delicadeza de un silencio, a veces lleno de pájaros, es dar su sombra que ella parezca la misma luz del cielo, recibida de un filtro vivo sin que se le note.
Esta arraigada criatura, sin embargo, ha sido un viajero persistidor. Alondra de verdad sobre continentes; sobre el Atlántico, sobre el Mar Rojo, sobre el Océano Indico, sobre las salpicadas islas de la Malasia... Saltando de Penay a Mindoro, de Sabang a Penang, de Bali a Celebes, o volando sobre la Arabia y v iendo a las nubes casi religiosas pasar su sombra suavemente sobre la arenisca calcinante.
¡Ah, Gerardo de Santander ! El ha nacido en una callecita silenciosa de la ciudad alta. En el rincón más recatado y tranquilo. ¿ Existirá todavía aquella tienda modesta de ropa blanca para niños cuya muestra decía con letras antiguas: "El Encanto"? Un niño corría por "El Encanto" y el humilde encanto, entre la fragancia del lino, de la tira bordada, de las cintas azules, permitía a una criatura encantarse, hechizarse por la virtud de otra fantasía desplegada, pero atenida. Real y ensoñante, niño de provincia v niño volador, a ritmo y alas de golondrina o de gaviota, de ave de alta mar y alta nube, pero con un techo muy bajo de pájaros absolutos.
Profesor de Instituto en una ciudad olvidada, con su traje en color que con ternura evocaba "El Encanto", con su gesto serio, su paseo al atardecer entre los graves señores... El juez, el secretario, el notario, el reposado magistral. El, tan joven, quizá venía de escribir, en su cuartito de la pensión, aquellos versos albos de su Manual de espumas, en una creación y en una Creación que dibujaba su cielo esencial y quebradizo, fresquísimo a cualquier hora, sobre la pupila diáfana del poeta.
Habían pasado algunos años. El había saltado de Soria a Gijón, de Gijón a Santander, de Santander... En uno de sus viajes a Madrid había entrado por aquella puerta. Había sonreído. Había hablado tres o cuatro palabras, mientras
sacaba una lista con unos pocos nombres. "Vicente, traigo aquí un proyecto..."
Vicente Aleixandre, Encuentros, Madrid , Ediciones Guadarrama, 1958, págs: 85-90.
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