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Introducción a la muerte.
El libro Poeta en Nueva York es de 1929-30 y sus poemas, según el propio García Lorca, están escritos en el mismo Nueva York, durante su estancia en la Columbia University. Sin embargo, no ha sido publicado en su totalidad hasta 1944, en la segunda edición de las obra completas hecha por Guillermo de Torre en Buenos Aires para la Editorial Losada. Desde esta edición y esta fecha ha empezado a ejercer su influencia sobre los jóvenes poetas españoles de la posguerra. Antes del 36, la fama y la importancia de García Lorca Se fundaban casi exclusivamente en unas pocas canciones con música, en sus obras de teatro ya estrenadas y sobre todo en el Romancero gitano. A partir del 44, Poeta en Nueva York, publicado en su integridad, empieza a competir con el Romancero y vuelve a salir por los fueros de una palabra poética surrealista ya abandonada en España. Frente a los admiradores y detractores de Federico, que coinciden en su empeño por que no sea más que un poeta popular y folklórico, es decir, lorquiano, hay que afirmar que la realidad poética absoluta lograda plenamente en el Romancero, no sólo recibe confirmación en Poeta en Nueva York, sino se enriquece aún más a través de la nueva dimensión imaginativa de su palabra. Como en seguida veremos, en Poeta en Nueva York García Lorca ha querido traspasar los límites de su propia imaginación creadora: ir un poco más allá de lo que podía ir con su palabra. Por eso hay en él momentos de desesperación formal que faltan en el resto de su obra. Se trata de un libro contemporáneo de Sobre los ángeles, con menos unidad poemática que éste, pero con palabra tan potente y luchadora.
Lo mismo que el de Rimbaud, el libro de Lorca podría llamarse Una temporada en el infierno. Es, por lo tanto, un libro de actualidad y de condenación de su época, pero aceptándola con todas sus consecuencias. Federico no se queda al margen; se arroja, para decirlo con retórica anticuada, al fragor de la corriente. Y su libro es una protesta por la deshumanización del hombre mismo. y no precisamente del arte. Al contrario, el arte y la poesía siguen luchando por un hombre más humano dentro de la sociedad industrial y materialista, monstruosa y deshumanizada, fuera de escala. Una protesta hacia adelante, en vez de hacia atrás, que en algunos momentos se convierte en denuncia: "Nueva York: oficina y denuncia". La denuncia que él hace es de sangre derramada, o sangre como aceite sin la cual no funciona el engranaje de la gran ciudad:
Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato;
debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero;
debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de Nueva York.
En estos versos queda presentada con toda su crueldad y en toda su falsedad la civilización moderna. Y queda presentada con palabras que vienen de lejos y son mucho más que ella. Lo peor no es que haya esas gotas de sangre - de pato o de marinero, animal o humana -, sino que haya que prescindir de ellas como si no fueran gotas de sangre. Son versos antiprogresistas: desde los miseros dormitorios de los arrabales - creados por la civilización industrial y el progreso - la corriente de sangre humana mueve los cálculos materiales y se convierte en cemento o plata, edificios o dinero, dentro de un alba que ya no tiene nada de natural y fresca, un alba mentida o sucedánea.
El optimismo whitmaniano - para el viejo Whitman la existencia de tantas multiplicaciones y divisiones tendría un ultimo sentido humano y por lo tanto religioso, y seria un motivo más de exaltación vital jubilosa - se ha convertido, como en el caso de León Felipe, aunque por otros motivos, en violento pesimismo de raíz humanística europea. A pesar de su "Oda a Whitman", que incluye en el libro, García Lorca va a mirar y a ver la realidad americana con ojos muy distintos a los del gran poeta decimonónico de la Democracia. Residir en Nueva York va a ser para el - europeo y granadino a un tiempo - adquirir plena conciencia de su responsabilidad como poeta del siglo xx y de la importancia que pueden tener entre los hombres de su época su misión y su mensaje. ¿Están cargados de mensaje los poemas escritos por él en Nueva York?
El libro tiene diez partes y empieza con los Poetas de la soledad en Columbia University. No es raro que, trasladado a suelo extraño, los primeros poemas del libro sean poemas de soledad. O que la primera cosa con que se encuentra Federico al llegar a Nueva York sea la soledad. Más adelante, la parte sexta del libro, Introducción a la muerte, lleva también como subtitulo: Poemas de la soledad en Vermont. Soledad y muchedumbre (la muchedumbre o multitud que vomita, la multitud que orina, etc... de la tercera parte del libro) van a ser los dos extremos equivalentes de una misma realidad vivida por el poeta.
El primer poema del libro se llama "Vuelta de paseo" y es todavía un poema con forma tradicional de versos pareados y música de asonancia:
Asesinado por el cielo,
entre las formas que van hacia la sierpe
y las formas que buscan el cristal,
dejaré crecer mis cabellos.
La sierpe y el cristal son los dos extremos de la deformación a que puede llegar una criatura natural. Entre ambos, el poeta, en vez de dejar crecer su alma o sus recuerdos, etc..., se contenta con dejar crecer sus cabellos precisamente porque son una realidad natural auténtica. Sus cabellos creciendo como la hierba frente a la invasión de la gran ciudad. Por eso los deja crecer "asesinado por el cielo", que no es más que el cielo de la ciudad que está tan cerca y en la que la forma natural de la muerte es el asesinato. Y el verso entero: "Asesinado por el cielo", que se repite al final, se incorpora a la categoría de sus mejores estribillos. También nos estremece la profecía involuntaria que puede haber en él sobre su destino personal de poeta. En los versos siguientes, va a aumentar el repertorio de palabras que nos introducen en el clima de oposición del libro: agua harapienta (tan harapienta que tiene los pies secos), cansancio sordomudo, mariposa ahogada en el tintero, todas ellas sonidos negros de la voz andaluza del poeta, brotados del verso-estribillo y su nueva posibilidad de muerte.
Con el árbol de muñones que no canta
y el niño con el blanco rostro de huevo.
Con los animalitos de cabeza rota
y el agua harapienta de los pies secos.
Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
y mariposa ahogada en el tintero.
Tropezando con mi rostro distinto de cada día.
¡Asesinado por el cielo!
Su primer contacto con la realidad americana ha sido mas bien deprimente. Más adelante, se va a crecer frente a ella y a tratarla con toda dureza. Además de oposición de la materia - o del lenguaje como materia - va a haber oposición del tema y de los motivos que le hacen poetizar. En los tres poemas siguientes de esta primera parte van a crecer dentro del primer vacio de su soledad los recuerdos de su infancia y de sus amigos juveniles. Y también los recuerdos de sus miradas:
Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
no vieron enterrar a los muertos...
Lo primero que nos ofrece desde Nueva York son recuerdos y visiones de su infancia, pero referidos a los ojos, como no podía menos de ser en un poeta que nos ha dicho en alguna ocasión que la poesía se escribe con los ojos.
En el sitio donde el sueño tropezaba con su realidad
Allí mis pequeños ojos
Se trata todavía de sus ojos de niño - y de poeta - para los que la realidad es cuestión de ensueño. En la segunda parte va a reunir los poemas que le inspira la vida de los negros neoyorkinos. En el barrio de Harlem están los negros, lejanos de Africa pero mentalmente mágicos todavía, con rubores grises en la piel y sin acabar, afortunadamente, de ser civilizados, ni cristianos occidentales tampoco. Siendo cristianos y civilizados a su manera. El encuentro de Federico con el mundo de los negros es el encuentro de un gran poeta con uno de sus grandes temas. Es famosa y muy conocida su "Oda al Rey de Harlem", un rey-cocinero que con su cuchara sigue mentalmente arrancándoles los ojos a los cocodrilos y golpeando el trasero de los monos. La cuchara de este negro tiene tanta categoría existencial y poética como el cuchillo de Bodas de sangre y del Diálogo del Amargo. Pero el poema que yo prefiero en esa segunda parte es el titulado "Iglesia abandonada (Balada de la gran guerra)", en el que un padre se lamenta por la muerte de su hijo. En sus lamentaciones se transparenta el fondo indomable de su alma selvática o tradicional:
Yo tenía un hijo que se llamaba Juan.
Yo tenía un hijo.
Se perdió por los arcos un viernes de todos los muertos...
Al principio el poema está construido sobre el verbo tener y sobre la importancia de tener un hi jo:
He golpeado los ataúdes. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo
Saque una pata de gallina por detrás de la luna y luego
comprendí que mi niña era un pez
por donde se alejan las carretas.
Yo tenía una niña.
Yo tenía un pez muerto bajo las cenizas de los incensarios.
El poema acusa desde luego la lectura de Frobenius, entonces de moda, y de otros libros sobre la mentalidad primitiva. Pero una lectura - y una técnica - vivificada por el contacto directo con la realidad existencial de los negros de Nueva York. El hijo es una niña porque si hubiera sido una niña no hubiera muerto en la guerra. Pero la niña, mágicamente, tiene que ser también otra cosa. Y la niña es un pez para que el hijo sea un mar. Tener un hijo era como tener un mar.
Yo tenía un mar. ¿De que? ¡Dios mio! ¡Un mar!
Nada menos que todo un mar es lo que ha perdido. En su lamentación desesperada, los ritos de la misa católica se mezclan con las encantaciones ancestrales:
En las anémonas del ofertorio te encontraré, ¡corazón mio!
Cuando el sacerdote levanta la mula y el buey con sus fuertes brazos
para espantar los sapos nocturnos que rondan los helados paisajes del cáliz.
Yo tenía un hijo que era un gigante,
pero los muertos son más fuertes y saben devorar pedazos de cielo.
Su voz se ha convertido ya en la voz de sus antepasados que han tenido que ahuyentar de veras tantísimos sapos nocturnos y que han medido sus fuerzas naturales para saber quien es más fuerte. Además, nos damos cuenta de que el hijo era o iba a ser sacerdote y por eso el poema se llama Iglesia abandonada y por eso los muertos, más fuertes, han devorado un pedazo de cielo. En algún momento, el verbo tener le cede su primacía al verbo ser: a todo lo que hubiera sido el hijo.
¡Si mi hijo hubiera sido un oso!
Tal vez no hubiera muerto, si hubiera sido un oso. Sin embargo, el tener sigue siendo lo más importante. El poema termina con un grito primitivo de posesión paternal:
... en el centro de la misa yo romperé el timón y entonces
vendrá a la piedra la locura de pingüinos y gaviotas
que harán decir a los que duermen y a los que cantan por las esquinas:
el tenía un hijo.
¡Un hijo! ¡Un hijo! ¡Un hijo!
que no era más que suyo, porque era su hijo.
¡Su hijo! ¡Su hijo! ¡Su hijo!
Federico nos introduce en Nueva York a través del mundo de los negros. El primer poema de la tercera parte, "Danza de la muerte", sigue siendo poema de selva en la ciudad. Su titulo medieval se refiere también a otra edad media vegetal, distinta de la europea. Es el mascarón del Africa salvaje el que baila en medio de Wall Street.
De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo tenso
que atraviesa el corazón de todos los niños pobres
El ímpetu primitivo baila con el ímpetu mecánico
ignorantes en su frenesí de la luz original.
Porque si la rueda olvida su fórmula
ya puede cantar desnuda con las manadas de caballos. . .
Es decir: a través de la civilización se puede llegar otra vez a la barbarie. ¿Ha llegado a olvidar la rueda, fruto maduro de la imaginación humana, su fórmula creadora? García Lorca cree que lo mismo la deformación mágica primitiva - o formas que van hacia la sierpe - que la deformación mecánica - o formas que buscan el cristal - se han alejado tanto de la luz original que la ignoran como semilla lenta y tranquila, anterior a todos los ritmos.
No es extraño este sitio para la danza, yo lo digo.
El mascarón bailará entre columnas de sangre y de números,
entre huracanes de oro y gemidos de obreros parados
que aullarán, noche oscura, por tu tiempo sin luces,
¡oh salvaje Norteamérica! ¡Oh impúdica! ¡Oh salvaje,
tendida en la frontera de la nieve !
La realidad de la ciudad supercivilizada y vuelta a la barbarie, se ha convertido en profética pesadilla y visión irreal. Y a esta misma visión van a pertenecer todos los poemas de la tercera parte, titulada Calles y sueños. En primer lugar, los dos paisajes ciudadanos, el de la multitud que vomita (en Coney Island) y el de la multitud que orina (en Battery Place). Siempre la multitud opuesta al hombre. En el primer paisaje se repite el estribillo de la mujer gorda que venía al frente de la multitud:
la mujer gorda
que vuelve del reves los pulpos agonizantes
Y en el segundo paisaje se oye el gemido de un niño y la multitud orina alrededor de ese
gemido. En los nueve poemas de esta parte se acumulan horrores con técnica surrealista, pero con palabra lucida y despiadada. Son poemas extensos, como los dos que acabo de citar y los titulados "Ciudad sin sueño" y "Panorama ciego de Nueva York". En ellos agota su visión apocalíptica de la ciudad:
Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacaran los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.
No hay refugio posible, porque no sólo los cielos sino también las vacas de ojos mansos van a terminar siendo otra cosa. En el último poema de esta parte, "Aurora", ésta llega una vez más a la ciudad, pero también va a ser otra cosa:
La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas...
Las palabras van siendo cada vez mas enterizas y llegan a su colmo de alucinación sin renunciar a su sentido realista, sino al contrario, potenciándolo hasta el limite.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Nadie comulga con la aurora, recibiéndola en
su boca, porque es la aurora de los que salen de
sus casas para un trabajo sin esperanza.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin frutos.
Enjambres furiosos de monedas, cieno de números y leyes, sudores sin frutos, ¡y esos hombres que comprenden con sus huesos! Pero algo faltaba, todavía:
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
En los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.
¡Cómo ha aumentado desde el año 30 en que escribía Federico estos versos, la amenaza del reto impúdico de esa ciencia sin raíces! Estos cuartetos alejandrinos debemos situarlos al mismo nivel que los mejores de su "Oda a Salvador Dalí" o de su "Oda al Santísimo Sacramento del altar". En la misma parte tercera hay dos poemas dedicados al tiempo de Navidad, "Navidad en el Hudson" y "Nacimiento de Cristo". Confiemos en que para los habitantes de Nueva York, la Navidad sea otra cosa radicalmente distinta de como la ha visto García Lorca:
No importa que cada minuto
un niño nuevo agite sus ramitos de venas...
Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo. Desembocadura.
Alba no. Fábula inerte.
Sólo esto: Desembocadura.
La Navidad para muchos consiste en que uno está solo y no hay comunicación posible con los demás. Y en vez de alba o amanecer de un nuevo día se ha convertido en una leyenda inerte y sin sentido.
Desde luego, en esta parte, no podía faltar la muerte bajo su forma trágica neyorkina por excelencia: Asesinato. Hablan dos voces en River Side Drive, y hablan desde el mundo de los gansters, pero con ritmo de copla andaluza:
- ¿Cómo fue?
- Una grieta en la mejilla.
¡Eso es todo!
Una uña que aprieta el tallo.
Un alfiler que bucea
hasta encontrar las raicillas del grito.
Y el mar deja de moverse.
Recordemos que el negro que tenía un hijo decía que tenía un mar. Y recordemos ese cuchillo o cuchillito - casi un alfiler - del Poema del cante jondo, y del Romancero gitano, y de sus tragedias andaluzas, que también buceaba y encontraba las raíces del grito.
- ¿Cómo, cómo fue?
- Así.
- ¡Déjame! ¿De esa manera?
El corazón salió solo.
- ¡Ay, ay de mi!
Tal vez este ultimo verso esté un poco de más después de la magnifica explicación de que el corazón salió solo.
Después de esta parte dedicada a la ciudad vienen otras dos más idílicas dedicadas a su estancia en el campo. El poeta ha vuelto a quedarse a solas consigo mismo y se da cuenta de que después de todas las multitudes le sigue doliendo la vida. Los poemas de estas dos partes son poemas del campo y de la naturaleza pero también de un corazón y una mirada recuperados. Las realidades americanas pasan a segundo termino.Las dos partes, cuarta y quinta del libro, se llaman Poemas del lago Edem Mills y En la cabaña del farmer, y sus poemas "Poema doble del lago Edem" y "Cielo vivo" en la cuarta parte y "El niño Stanton", "Vaca" y "Niña ahogada en el pozo", en la quinta. "El Poema doble del lago Edem", poema de amor ausente, lleva una cita de Garcilaso: "Nuestro ganado pace, el viento espira." Y empieza así:
Era mi voz antigua
ignorante de los densos jugos amargos.
La adivino lamiendo mis pies
bajo los frágiles helechos mojados.
¡Ay, voz antigua de mi amor,
ay, voz de mi verdad,
voz de mi abierto costado,
cuando todas las rocas manaban de mi lengua
y el césped no conocía la implacable dentadura del caballo!
En este arranque de poema nos anticipa el tono doliente de algunas "gacelas" del Diván del Tamarit. No cabe duda de que Federico ha llegado a hablarnos con la voz de su verdad. Su llaga de amor, como única realidad, le hace renunciar a la realidad del mundo y a la del sueño:
Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,
quiero mi libertad, mi amor humano
en el rincón mas oscuro de la brisa que nadie quiera.
¡Mi amor humano!
Un rincón inestable y oscuro con amor en vez del mundo sin él. Y su voz antigua la voz de su verdad y de su costado abierto - en vez de sus otras voces superpuestas:
¡Oh voz antigua, quema con tu lengua
esta voz de hojalata y de talco!
Federico se da muy bien cuenta del peligro que está corriendo su poesía, pero de ese peligro va a salir con su voz antigua más necesitada de realidades últimas. En el poema "El niño Stanton" suena atormentada su voz de ciudad. Pero en el poema siguiente se trata nada más - a la manera de Hemingway o de Steinbeck, que en definitiva viene de Tolstoi - de la muerte de una vaca:
Se tendió la vaca herida;
árboles y arroyos trepaban por sus cuernos.
Su hocico sangraba en el cielo.
Su hocico de abejas
bajo el bigote lento de la baba.
Un alarido blanco puso en pie la mañana,
En este poema, Lorca asiste a la muerte de la vaca con la misma piedad que Steinbeck a la del poney rojo o Tolstoi a la del viejo campesino y a la del viejo árbol.
Las vacas muertas y las vivas,
rubor de luz o miel de establo,
balaban con los ojos entornados.
Que se enteren las raíces
y aquel niño que afila su navaja
de que ya se pueden comer la vaca.
Ya ha muerto la vaca, "ya se fue balando / por el derribo de los cielos yertos". Y en el poema siguiente, muere una niña ahogada en un pozo. Mejor dicho, mueren dos, porque la muerte de una niña ahogada en Newburg le hace recordar la de otra niña ahogada en un pozo de Granada:
Tranquila en mi recuerdo, astro, círculo, meta,
lloras por las orillas de un ojo de caballo.
... que no desemboca.
El agua del pozo es agua que no desemboca y en ese agua se ahoga la niña: una, dos y mas veces.
¡Ya vienen por las rampas! ¡Levántate del agua!
¡Cada punto de luz te dará una cadena!
... que no desemboca.
Pero el pozo te alarga manecitas de musgo.
El pozo acaba reteniéndola para siempre con sus manecitas de musgo. En estos dos poemas, el de la muerte de la vaca y el de la muerte de la niña, Federico ha recuperado su plenitud de "sonidos negros". Son auténticos poemas de Introducción a la muerte. Sin embargo, la parte del libro que se llama así es la siguiente y en ella no hay mas que poemas de amor ausente y desesperado. O poemas de la soledad en Vermont. Para expresar desde mucho más adentro su desesperación Federico desespera de la forma misma del poema. El primero de esta parte se titula "Muerte" y es el poema de la insatisfacción en el propio ser:
¡ Qué esfuerzo !
¡Qué esfuerzo del caballo por ser perro!
¡Qué esfuerzo del perro por ser golondrina!
¡Que esfuerzo de la golondrina por ser abeja!
¡Qué esfuerzo de la abeja por ser caballo!
A través de todos estos esfuerzos imposibles - con imposibilidad física y metafísica - nos esta hablando de la imposibilidad misma del amor o de lo imposible que le resulta a un amante ser el otro. En los demás poemas de esta parte, "Nocturno del hueco", "Paisaje con un perro asirio", "Ruina", "Luna y panorama de los insectos", aumenta el vacío de la realidad a través de la insatisfacción y la ausencia. Y en ese aumento de vacio o de hueco solo perduran las cosa.s mas cargadas de existencia, que son las que llegan de más lejos:
Son mentira los aires. Sólo existe
una cunita en el desván
que recuerda todas las cosas.
La séptima parte es la de la Vuelta a la ciudad y en ella está el poema: "Nueva York: oficina y denuncia", que ya he comentado antes y que es uno de los mas violentos y mejor construidos del libro. Vuelto a la ciudad, empieza en seguida a huir de ella. En la octava parte está la "Oda a Whitman", el gran poeta de la vitalidad americana desenfrenada pero también integradora de las demás realidades en su gran realidad de actividad humana. La Oda está precedida por el "Grito hacia Roma", desde lo alto del más alto de los rascacielos en aquella fecha, y después de ella viene la novena parte con sus dos valses hacia la civilización, y la décima, con la llegada a La Habana y el son de los negros cubanos. En este sentido podemos decir que el libro empieza y termina con poemas dedicados al mundo de los negros.
"Grito hacia Roma", "Pequeño vals vienés", "Vals de las ramas", "Son de negros de Cuba"; todo esto lo hubiera incorporado Walt Whitman a su canción de América, para que no faltara nada. A García Lorca le sirve para volver, cargado de responsabilidad, a su raíz humana andaluza. "El Grito hacia Roma" es un poema normativo y disciplinado, en la misma linea mediterránea y hasta católica de sus grandes odas a Salvador Dalí y al Santísimo Sacramento. ¿Ha habido influencia de Lorca sobre Dalí, o al revés, o sencillamente actitud estética común? En todo caso, se trataba de una actitud de ética-estética, emparentada con otras actitudes de la época. La "Oda al Santísimo Sacramento del altar", dedicada a Falla, al que tanto le indignaron algunas de sus imágenes más atrevidas, termina con este verso:
Sacramento inmutable de amor y disciplina.
Es decir: inmutable desde las palabras de Cristo que lo fundaron, porque otras partes de la misa han cambiado a lo largo de los siglos, pero la Consagración sigue siendo la misma. Y Sacramento de amor, con toda la Mística dentro, pero también de disciplina, con todo el Dogma y toda la Liturgia.
Y todavía me falta hablar del Diván del Tamarit, y de los Seis poemas galegos, y sobre todo del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. Pero he querido detenerme en el comentario de su gran libro sobre Nueva York por lo que significa la poderosa y esforzada invención de sus poemas dentro de nuestra poesía contemporánea. En primer lugar, Federico, en vez de explotar el éxito del Romancero, va a partir de su nueva exigencia de realidad poética absoluta o estremecimiento en la metáfora, dejándoles a seguidores y epígonos la exclusiva del lorquismo Y su palabra surrealista va a ser una palabra de verdades humanas porque la metáfora en ella, ha dejado de ser metáfora. La poesía es otro mundo, pero otro mundo en que resulta más evidente la condición mortal o perecedera del hombre Para llegar a esa palabra, ha abandonado su metro corto y quebrado por el versículo blanco, aunque conservando el estribillo y, a veces, el ritmo y la asonancia. Y al final del libro, cuando ya ha conseguido huir de Nueva York y llegar a La Habana, su conquista suprema van a ser las cosas de siempre dentro de su verso pequeño, también de siempre:
Iré a Santiago.
¡Oh bovino frescor de cañavera!
Iré a Santiago.
Vivanco - Introducción a la poesía contemporánea española. Madrid, Guadarrama, págs:62-79
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