• "Preciosa y el aire"(Comtexto)
  • "Canción del jinete"  
  • "Romance de la pena negra" (Comtexto)  
  • "Muerte de Antoñito Camborio"
  • "Niña ahogada en el pozo"  
  • "Casida de la mujer tendida"  
  • "Este pichón del Turia que te mando"
  • Romance de la luna, luna" 
  • "Romance sonámbulo"
  • "Prendimiento de Antoñito Camborio
    camino de Sevilla"
    (Comtexto)
  • "Pueblo"
  • "Sorpresa"
  • "Llanto por Ignacio Sánchez Mejías"(Comtexto)
  • "La aurora"(Comtexto)
  • "Cementerio judío"
  • "Guitarra"(Comtexto)
  • "Son de negros en Cuba"






  • Ramo de flores pintado por Federico García Lorca
    Preciosa y el aire


    Su luna de pergamino
    Preciosa tocando viene
    por un anfibio sendero
    de cristales y laureles.
    El silencio sin estrellas,
    huyendo del sonsonete,
    cae donde el mar bate y canta
    su noche llena de peces.
    En los picos de la sierra
    los carabineros duermen
    guardando las blancas torres
    donde viven los ingleses.
    Y los gitanos del agua
    levantan por distraerse,
    glorietas de caracolas
    y ramas de pino verde.
    Romancero gitano (1924-1927)




    Comtexto







    Canción del jinete

    Córdoba.
    Lejana y sola.

    Jaca negra, luna grande,
    y aceitunas en mi alforja.
    Aunque sepa los caminos
    yo nunca llegaré a Córdoba.

    Por el llano, por el viento,
    jaca negra, luna roja.
    La muerte me está mirando
    desde las torres de Córdoba.

    ¡Ay qué camino tan largo!
    ¡Ay mi jaca valerosa!
    ¡Ay que la muerte me espera
    antes de llegar a Córdoba!

    Córdoba.
    Lejana y sola.

    Canciones (1921-1924)




    Comtexto

    Origen de la "CANCIóN DEL JINETE"

    Jessie L. Weston. Sin descartar la posibilidad de que ese poema haya dejado después algún depósito en Lorca, creo que la aparición en la poesía de éste de formas relacionadas con el fondo mítico de la «materia de Bretaña» es anterior a esa hipotética relación. Las vías de penetración exterior de esa materia mítica en el mundo lorquiano pueden haber sido muchas; en todo caso, habría que buscarlas, para una primera fase de absorción, en lecturas más inmediatas. En el caso de la "Canción del jinete", creo que pudo haber sido factor precipitante una narración de Lord Dunsany titulada "Carcasona", del volumen Cuentos de un sonador, editado por la Revista de Occidente el año 1924, en traducción de Manuel Ortega y Gasset. Lorca escribe su poema ese mismo año, poco después de aparecer el libro del escritor irlandés. Juan Ramón Jiménez señaló la influencia de los irlandeses - concretamente la de Synge -en Lorca. El propio Juan Ramón Jiménez cita al lado de los grandes nombres irlandeses (Joyce, Yeats, Synge) el de Lord Dunsany, lo que tal vez dé algún indicio de la presencia que este escritor‹muerto hace pocos años - pudo tener entonces en el medio peninsular. La Carcasona mítica de Lord Dunsany - tan mítica como la Córdoba de Lorca‹, "con el sol brillando sobre su ciudadela en la cima de una lejana montaña", es claramente el Palacio del Rey-Pescador hacia el que se va siempre en una aventura sin término. Así camina en el cuento del irlandés el rey Camorak, con los Hombres que Nunca Descansarían, para combatir la sentencia del Hado que había dicho: "Nunca llegaréis a Carcasona". Igual que sobre la anchura del llano cabalga el jinete de Lorca contra la certeza del propio destino: "Yo nunca llegaré a Córdoba"
    José Valente. Las palabras de la tribu- págs. 109-110
    .

















    Primera edición de "Romancero gitano"
    Romance de la pena negra

    A José Navarro Pardo
    Las piquetas de los gallos
    cavan buscando la aurora,
    cuando por el monte oscuro
    baja Soledad Montoya.
    Cobre amarillo, su carne
    huele a caballo y a sombra.
    Yunques ahumados, sus pechos
    gimen canciones redondas.
    - Soledad: ¿por quién preguntas
    sin compaña y a estas horas?
    - Pregunte por quien pregunte,
    dime: ¿a ti qué se te importa?
    Vengo a buscar lo que busco,
    mi alegría y mi persona.
    - Soledad de mis pesares
    caballo que se desboca,
    al fin encuentra la mar
    y se lo tragan las olas.
    - No me recuerdes el mar,
    que la pena negra brota
    en las tierras de aceituna
    bajo el rumor de las hojas.
    - ¡Soledad, qué pena tienes!
    ¡Qué pena tan lastimosa!
    Lloras zumo de limón
    agrio de espera y de boca.

    - ¡Qué pena tan grande! Corro
    mi casa como una loca,
    mis dos trenzas por el suelo
    de la cocina a la alcoba.
    ¡Qué pena! Me estoy poniendo
    de azabache, carne y ropa.
    ¡Ay mis camisas de hilo!
    ¡Ay mis muslos de amapola!
    - Soledad: lava tu cuerpo
    con agua de las alondras,
    y deja tu corazón
    en paz, Soledad Montoya.

    Por abajo canta el río:
    volante de cielo y hojas,
    Con flores de calabaza
    la nueva luz se corona.
    ¡Oh pena de los gitanos!
    Pena limpia y siempre sola.
    ¡Oh pena de cauce oculto
    y madrugada remota!

    Romancero gitano 1928


    Comtexto
    Romancero gitano

    En el Romancero gitano, con su repetido paisaje andaluz de barandas altas, [la actitud es apenas más avanzada que en el Poema]. Igual utilización de la frase popular, apareada con metáforas de otra procedencia: "El toro de la reyerta / se sube por las paredes" ("Reyerta"); "... dime: ¿a ti qué te importa?" ("Romance de la pena negra"); "‹¡Ay, San Gabriel de mis ojos! / ¡Gabrielillo de mi vida!" ("San Gabriel"); y "la pena negra", la "noche que noche nochera", hermana de la "luna lunera" del Libro de poemas; las milagrosas "torres de canela", semejantes a la que hacía el gitano de la "Escena del teniente coronel" (Poema del cante jondo); y el llamar a "la benemérita" a la Guardia Civil.l También el "Míralo por dónde viene" ("Preciosa y el aire") repite un verso tradicional ya aparecido en el Libro de poemas. [...]
    La influencia del romancero clásico se percibe en un cierto tono y una manera comunes, más que por expresiones directamente emparentadas. Hay apenas unas "sábanas de holanda" ("Romance sonámbulo"), ese "emperador coronado" ("San Gabriel"), ese "rumor... de flecha recién clavada" ("Thamar y Amnón"), que consuena con el de algunas saetas y con el temblor de la lanza del rey, su tío, en el cuerpo de Tristán; y esa pregunta inicial del "Muerto de amor": " - ¿Qué es aquello que reluce / por los altos corredores?", que tanto recuerda una de las del rey don Juan al moro Abenámar: "¿Qué castillos son aquéllos? / ¡Altos son, y relucían!".
    Mayor es siendo poco y no directo, el empleo del material tradicional. La comparación del viento que persigue a Preciosa con San Cristobalón (ya en el "Madrigal de verano" del Libro de poemas se habla de "un San Cristóbal campesino" de muslos sudorosos y hermosos que sería preferido al poeta por Estrella la gitana) se basa sobre la devoción popular que hace de San Cristóbal un buen casamentero; y García Lorca no ignoraría el cuento de la vieja gitana que iba a injuriar al santo: "San Cristobalón, / manazas, patazas...". Cabra, cuyos puertos aparecen en el "Romance sonámbulo", es lugar recordado en juegos, cantares y refranes; "por donde retumba el agua", que para Díaz-Plaja es "evidente reflejo lopesco" al que quizás haga proceder de la conocida canción "¡Cómo retumban los remos, / madre, en el agua!...", puede no ser tan evidentemente lopesco: la expresión es mucho más clara en varias canciones populares en las que el agua, y no los remos, retumba: "Que retumbe / el agua . el arena... / Debajo de la puente / retumba el agua..."; y el mismo "grupo expresivo retumbar el agua" aparece asociado a una canción que García Lorca parafrasea en Canciones: "Tres hojitas tiene, / madre, el arbolé... / Verde era la hoja, / seca era la rama, / debajo del puente / retumba el agua". [...] Los versos "En el musgo de los troncos / la cobra tendida canta"
    ("Thamar y Amnón") marcan el límite último de la estilización en el Romancero gitano: la "asiatización" de la culebra asturiana que canta en la danza prima y en ciertas versiones del romance de Don Bueso, creando la misma atmósfera de seducción prohibida y de deseo incestuoso que no desesperamos de considerar alguna vez más extensamente.
    Daniel Devoto, Federico García Lorca, Taurus, Madrid, 1973, págs: 115-164.














    MUERTE DE ANTOÑITO EL CAMBORIO

    Voces de muerte sonaron
    cerca del Guadalquivir.
    Voces antiguas que cercan
    voz de clavel varonil.
    Les clavó sobre las botas
    mordiscos de jabalí.
    En la lucha daba saltos
    jabonados de delfín.
    Bañó con sangre enemiga
    su corbata carmesí,
    pero eran cuatro puñales
    y tuvo que sucumbir.
    Cuando las estrellas clavan
    rejones al agua gris,
    cuando los erales sueñan
    verónicas de alhelí,
    voces de muerte sonaron
    cerca del Guadalquivir.

    - Antonio Torres Heredia,
    Camborio de dura crin,
    moreno de verde luna,
    voz de clavel varonil:
    ¿Quién te ha quitado la vida
    cerca del Guadalquivir?
    - Mis cuatro primos Heredias,
    hijos de Benamejí.
    Lo que en otros no envidiaban,
    ya lo envidiaban en mí.
    Zapatos color corinto,
    medallones de marfil,
    y este cutis amasado
    con aceituna y jazmín.
    - ¡Ay, Antoñito el Camborio,
    digno de una Emperatriz!
    Acuérdate de la Virgen
    porque te vas a morir.
    - ¡Ay, Federico García,
    llama a la Guardia Civil!
    Ya mi talle se ha quebrado
    como caña de maíz.

    Tres golpes de sangre tuvo
    y se murió de perfil.
    Viva moneda que nunca
    se volverá a repetir.
    Un ángel marchoso pone
    su cabeza en un cojín.
    Otros de rubor cansado
    encendieron un candil.
    Y cuando los cuatro primos
    llegan a Benamejí,
    voces de muerte cesaron
    cerca del Guadalquivir.

    Romancero gitano1928






    NIÑA AHOGADA EN EL POZO
    (GRANADA Y NEWBURG)

    Las estatuas sufren con los ojos
    por la oscuridad de los ataúdes,
    pero sufren mucho más
    por el agua que no desemboca.
    ...que no desemboca.

    El pueblo corría por las almenas,
    rompiendo las cañas de los pescadores
    Pronto. Los bordes, de prisa.
    Y croaban las estrellas tiernas.
    ...que no desemboca.

    Tranquila en mi recuerdo. Astro. Círculo. Meta.
    Lloras por las orillas de un ojo de caballo.
    ...que no desemboca.

    Pero nadie en lo oscuro podrá darte distancia,
    sino afilado límite, porvenir de diamante.
    ...que no desemboca.

    Mientras la gente busca silencios de tu almohada
    tú lates para siempre definida en tu anillo.
    ...que no desemboca.

    Eterna en los finales de unas ondas que aceptan
    combate de raíces y soledad prevista.
    ...que no desemboca.

    Ya vienen por las rampas, ¡levántate del agua!
    Cada punto de luz te dará una cadena.
    ...que no desemboca.

    Pero el pozo te alarga manecitas de musgo,
    insospechada ondina de su casta ignorancia.
    ...que no desemboca.

    No, que no desemboca. Agua fija en un punto
    respirando con todos los violines sin cuerdas
    en la escala de las heridas y los edificios deshabitados.

    Agua que no desemboca.

    Poeta en Nueva York (1929-1930)






    CASIDA DE LA MUJER TENDIDA

    Verte desnuda es recordar la tierra.
    La tierra lisa, limpia de caballos.
    La tierra sin un junco, forma pura
    cerrada al porvenir: confín de plata.

    Verte desnuda es comprender el ansia
    de la lluvia que busca débil talle,
    o la fiebre del mar de inmenso rostro
    sin encontrar la luz de su mejilla.

    La sangre sonará por las alcobas
    y vendrá con espada fulgurante,
    pero tú no sabrás dónde se ocultan
    el corazón del sapo o la violeta.

    Tu vientre es una lucha de raíces,
    tus labios son un alba sin contorno
    bajo las rosas tibias de la cama,
    los muertos gimen esperando turno.
    Diván del Tamarit (1936)














    Este pichón del Turia que te mando

    Este pichón del Turia que te mando,
    de dulces ojos y de blanca pluma,
    sobre laurel de Grecia vierte y suma
    llama lenta de amor do estoy parando.

    Su cándida virtud, su cuello blando,
    en limo doble de caliente espuma,
    con un temblor de escarcha, perla y bruma
    la ausencia de tu boca está marcando.

    Pasa la mano sobre su blancura
    y verás qué nevada melodía
    esparce en copos sobre tu hermosura.

    Así mi corazón de noche y día,
    preso en la cárcel del amor oscuro,
    llora sin verte su melancolía.

    Sonetos del amor oscuro


















    Romance de la luna, luna.


    La luna vino a la fragua
    Con su polisón de nardos.
    El niño la mira, mira.
    El niño la está mirando.
    En el aire conmovido
    mueve la luna sus brazos
    y enseña, lúbrica y pura,
    sus senos de duro estaño.
    -Huye luna, luna, luna.
    Si vinieran los gitanos,
    habrían con tu corazón
    collares y anillos blancos.
    - Niño, déjame que baile.
    Cuando vengan los gitanos,
    te encontrarán sobre el yunque
    con los ojillos cerrados.
    -Huye luna, luna, luna,
      que ya siento sus caballos.
    -Niño, déjame, no pises
    mi blancor almidonado.
    el jinete se acercaba
    tocando el tambor del llano.
    Dentro de la fragua el niño
    tiene los ojos cerrados.
    Por el olivar venían,
    bronce y sueño, los gitanos.
    Las cabezas levantadas
    y los ojos entornados.
    Cómo canta la zumaya,
    !ay, como canta en el árbol!
    por el cielo va la luna
    con un niño de la mano.
    Dentro de la fragua lloran,
    dando gritos, los gitanos.
    El aire la vela, vela.
    El aire la está velando.

    Romancero gitano (1924-1927)



































    Romance sonámbulo.



    Verde que te quiero verde,
    verde viento. Verdes ramas.
    El barco sobre el mar
    y el caballo en la montaña.
    Con la sombra en la cintura
    ella sueña en su baranda,
    verde carne, pelo verde,
    con ojos de fría plata.
    Verde que te quiero verde.
    Bajo la luna gitana,
    las cosas la están mirando
    y ella no puede mirarlas.

    Verde que te quiero verde.
    Grandes estrellas de escarcha
    vienen con el pez de sombra
    que abre el camino del alba.
    La higuera frota su viento
    con lija de sus ramas,
    y el monte, el gato garduño ,
    eriza sus pitas pitas agrias.
    Pero ¿quién vendrá? ¿Y por donde...?

    Ella sigue en su baranda,
    verde carne, pelo verde,
    soñando en la mar amarga.
    - Compadre, quiero cambiar
    mi caballo por su casa,
    mi montura por su espejo,
    mi cuchillo por su manta.
    Compadre, vengo sangrando,
    desde los puertos de Cabra.
    - Si yo pudiera, mocito,
    este trato se cerraba.
    Pero yo ya no soy yo.
    ni mi casa es ya mi casa.
    - Compadre, quiero morir
    decentemente en mi cama.
    De acero, si puede ser,
    con las sábanas de holanda.
    ¿No ves la herida que tengo
    desde el pecho a la garganta?
    - Trescientas rosas morenas
    lleva tu pechera blanca.
    Tu sangre rezuma rezuma y huele
    alrededor de tu faja.
    Pero yo ya no soy yo,
    ni mi casa es ya mi casa.
    - Dejadme subir al menos
    hasta las altas barandas;
    !dejadme subir!, dejadme,
    hasta las verdes barandas.
    Barandales de la luna
    por donde retumba el agua.

    Ya suben los dos compadres
    hacia las altas barandas.
    Dejando un rastro de sangre.
    Dejando un rastro de lágrimas.
    Temblando en los tejados
    farolillos de hojalata.
    Mil panderos de cristal
    herían la madrugada.

    Verde que te quiero verde,
    verde viento verde ramas.
    Los dos compadres subieron.
    El largo viento dejaba
    en la boca de un raro gusto
    de hiel, y de menta y de albahaca.
    !Compadre! ¿Dónde está, dime,
    dónde está tu niña amarga?
    !Cuántas veces te esperó!
    ¡Cuántas veces te esperara,
    cara fresca, negro pelo,
    en esta verde baranda!

    Sobre el rostro del aljibe
    se mecía mecía la gitana.
    Verde carne, pelo verde,
    con los ojos de fría plata.
    Un carámbano carámbano de luna
    la sostiene sobre el agua.
    La noche se puso íntima
    como una pequeña plaza.
    Guardias civiles, borrachos
    en la puerta golpeaban.
    Verde que te quiero verde.
    Verde viento, verdes ramas.
    El barco sobre el mar.
    Y el caballo en la montaña.

    Romancero gitano (1924-1927)






    Prendimiento de Antoñito Camborio
    camino de Sevilla.


    Antonio Torres Heredia,
    hijo y nieto de Camborios,
    con una vara de mimbre
    va a Sevilla a ver los toros.
    Moreno de verde luna
    anda despacio y garboso.
    Sus empavonados bucles
    le brillan entre los ojos.
    A la mitad del camino
    cortó limones redondos,
    y los fue tirando al agua
    hasta que la puso de oro.

    Y a la mitad del camino,
    bajo las ramas de un olmo,
    guardia civil caminera
    lo llevo codo con codo.

    El día se va despacio,
    la tarde colgada a un hombro,
    dando una larga torera
    sobre el mar y los arroyos.
    Las aceitunas aguardan
    la noche de Capricornio,
    y una corta brisa, ecuestre,
    salta los montes de plomo.






    Antonio Torres Heredia,
    hijo y nieto de Camborios,
    viene sin vara de mimbre
    entre los cinco tricornios.
    -Antonio, ¿quién eres tú?
    Si te llamaras Camborio,
    hubieras hecho una fuente
    de sangre con cinco chorros.
    Ni tú eres hijo de nadie,
    ni legítimo Camborio.
    !Se acabaron los gitanos
    que iban por el monte solos!
    Están los viejos cuchillos
    tiritando bajo el polvo.

    A las nueve de la noche
    lo llevan al calabozo,
    mientras los guardias civiles
    beben limonada todos.
    Y a las nueve de la noche
    le cierran el calabozo,
    mientras el cielo reluce
    como la grupa del potro.

    Romancero gitano (1924-1927)

    Comtexto






    Pueblo.



    Sobre el monte pelado,
    un calvario.
    Agua clara
    y olivos centenarios.
    Por las callejas
    hombres embozados,
    y en las torres
    veletas girando.
    Eternamente
    girando.
    !Oh, pueblo perdido,
    en la Andalucía del llanto!

    Poema del cante jondo 1921

    Oleo de Germán Bandera / "El tajo y la vega"







    Sorpresa.



        Muerto se quedó en la calle
    con un puñal en el pecho.
    No lo conocía nadie.
    ! Cómo temblaba el farol !
    Madre.
    ! Cómo temblaba el farolito
    de la calle !
    Era madrugada. Nadie
    pudo asomarse a sus ojos
    abierto al duro aire.
    Que muerto se quedó en la calle
    que con un puñal en el pecho

    Poema del cante jondo 1921

    Poemas del cante hondo


    Una especie de mitología andaluza provee de temas al Poema del cante hondo. La personificación y dramatización de figuras y asuntos es sobria; sólo unos cuantos versos bastan para presentar el fondo y la acción que constituyen el poema. Así ocurre en "Sorpresa", cuya estrofa final, a semejanza de las coplas de cante hondo, usa a comienzos de cada verso ese "que" del cual Machado, tan fanático de lo folklórico, usa también alguna vez . La "Canción del jinete", aunque incluida en el libro siguiente, Canciones, pertenece al mismo ciclo poético. Ambos, "Canción del jinete" y "Sorpresa", son poemas de acción eludida; en el primero la tragedia ha ocurrido ya, no sabemos cómo, y sólo el escalofrío de algo trágico y el misterio que lo rodea es lo que el poema sugiere; en cambio, en el segundo lo trágico no ha ocurrido aún, y su ocurrencia es lo que el poema presagia, hasta que al final, sin transición, presenta como misterio lo sucedido. Algo semejante pudiera repetirse de otras composiciones en el Poema del cante hondo: "Gráfico de la petenera", "Sevilla". Cierto que también hay intercaladas en el libro composiciones puramente líricas, que dan vida nueva en nuestro tiempo a la letrilla clásica.
    Fue Lorca un poeta dramático al mismo tiempo que lírico, y aunque no hubiera escrito teatro, todavía sería poeta dramático por una parte grande de su poesía. Otra, en cambio, nos presenta a manera de pequeñas pinturas, de miniaturas donde se dibuja el poema; porque Lorca a veces "veía" sus composiciones, pudiendo decirse de él la frase de Gautier tantas veces repetida: "Para mí el mundo visible existe." Claro que no sólo el sentido de la vista, sino todos los cinco intervienen con frecuencia en esa ~obra tan sensual y tan sentida, en la cual se diría que la inteligencia apenas tiene parte y todo se debe al instinto y a la intuición. Muchas veces parece Lorca un poeta oriental; la riqueza de su visión y el artificio que en no pocas ocasiones hay en ella, lo recamado de la expresión y lo exuberante de la emoción, todo concurre a corroborar ese orientalismo. Orientalismo que acaso también se manifieste en la manera natural de expresar su sensualidad, que es rasgo capital de su poesía. Dicha sensualidad, sin embargo, no es cualidad suya exclusiva, pues dentro de la generación del 25 también debemos tenerla en cuenta al hablar de otros poetas: Aleixandre, por ejemplo. La poesía de Lorca, como la de Aleixandre, me parece a veces consecuencia clc un impulso sexual sublimado, doloroso a fuerza de intensidad, y esa sensualidad dominante en ellos, aquel impulso amoroso que determina la existencia de su poesía, se enlaza para ambos con la presencia de la muerte en sus versos.

    Luis Cernuda, Poesía española contemporánea, Madrid, Guadarrama, págs: 180-181.








    En el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, aunque el costumbrismo español sea circunstancia del poema, queda relegado en el desarrollo del mismo y olvidado frente a la amplia significación humana y poética de la obra. Recordemos que se trata de un «poema». La palabra ha ido perdiendo su significado original, ya que hoy llamamos poema a cualquier breve composición en verso; y ciertamente tampoco una como ésta hubiera justificado el calificativo en tiempos pasados. Dicha obra de Lorca como otras de sus compañeros de generación, marca una reacción de los poetas entonces jóvenes contra la fragmentación excesiva, la pérdida del sentido de composición en los versos de las gentes del 98. Hoy no es raro sentir desvío hacia aquellos poemillas en estado de larva, como son la mayoría de los de J. R. Jiménez (quien, precisamente por influencia de los poetas del 25, trata hace algunos años de escribir poemas de cierta extensión, aunque yuxtaponer versos no es componer un poema), a los cuales se habían ido acostumbrando los lectores de poesía en lengua española, aparte de que el egotismo sempiterno de su contenido pueda contribuir además a nuestro desagrado actual. El poema de Lorca, en verdad, no alcanza ciertas proporciones sino dividido en partes, división subrayada aún por el empleo en cada una de metro diferente. La obra parece mucho más referirse, por adivinación profética de vate, al propio autor, a su temprana y trágica muerte a manos de sus propios compatriotas, que no al individuo vulgar y tosco a quien en apariencia va dirigida. No otro sino Lorca puede ser ya ese "andaluz tan claro, tan rico de aventura" de que nos habla uno de los versos. El poema es una elegía, y acaso la mejor obra que Lorca alcanzó a componer. Sus cualidades extraordinarias de poeta en ninguna otra obra suya parecen desarrolladas también como aquí; la combinación de dotes raciales y personales, el poder expresivo, la intensidad poética, hacen de ésta una obra capital en la poesía española moderna. Ciertas palabras del poema: "Tu apetencia de muerte", me parecen señalar la intención del mismo, porque ahí surge la muerte, muy a la española, con todos los terrores que sin duda tenía para el poeta, como razón y motivo de la obra. La emoción levanta y sostiene la expresión, dejando a un lado cuanta lindeza, prurito efectista y mal gusto malogran a veces la labor de Lorca. Ahí llegaba ya a recoger y encauzar el caudal verdadero de su poesía.
    Luis Cernuda. Poesía española contemporánea, Madrid, Guadarrama, 1972, págs: 186-187.

    Llanto por Ignacio Sánchez Mejías


    2. LA SANGRE DERRAMADA

    ¡Que no quiero verla!

    Dile a la luna que venga,
    que no quiero ver la sangre
    de Ignacio sobre la arena.

    ¡Que no quiero verla!

    La luna de par en par.
    Caballo de nubes quietas,
    y la plaza gris del sueño
    con sauces en las barreras

    ¡Que no quiero verla¡
    Que mi recuerdo se quema.
    ¡Avisad a los jazmines
    con su blancura pequeña!

    ¡Que no quiero verla!

    La vaca del viejo mundo
    pasaba su triste lengua
    sobre un hocico de sangres
    derramadas en la arena,
    y los toros de Guisando,
    casi muerte y casi piedra,
    mugieron como dos siglos
    hartos de pisar la tierra.
    No.
    ¡Que no quiero verla!

    Por las gradas sube Ignacio
    con toda su muerte a cuestas.
    Buscaba el amanecer,
    y el amanecer no era.
    Busca su perfil seguro,
    y el sueño lo desorienta.
    Buscaba su hermoso cuerpo
    y encontró su sangre abierta.
    ¡No me digáis que la vea!
    No quiero sentir el chorro
    cada vez con menos fuerza;
    ese chorro que ilumina
    los tendidos y se vuelca
    sobre la pana y el cuero
    de muchedumbre sedienta.
    ¡Quién me grita que me asome!
    ¡No me digáis que la vea!



    Comtexto





    No se cerraron sus ojos
    cuando vio los cuernos cerca,
    pero las madres terribles
    levantaron la cabeza.
    Y a través de las ganaderías,
    hubo un aire de voces secretas
    que gritaban a toros celestes,
    mayorales de pálida niebla.
    No hubo príncipe en Sevilla
    que comparársele pueda,
    ni espada como su espada,
    ni corazón tan de veras.
    Como un rio de leones
    su maravillosa fuerza,
    y como un torso de mármol
    su dibujada prudencia.
    Aire de Roma andaluza
    le doraba la cabeza
    donde su risa era un nardo
    de sal y de inteligencia.
    ¡Qué gran torero en la plaza!
    ¡Qué gran serrano en la sierra!
    ¡Qué blando con las espigas!
    ¡Qué duro con las espuelas!
    ¡Qué tierno con el rocío!
    ¡Qué deslumbrante en la feria!
    ¡Qué tremendo con las últimas
    banderillas de tiniebla!

    Pero ya duerme sin fin.
    Ya los musgos y la hierba
    abren con dedos seguros
    la flor de su calavera.
    Y su sangre ya viene cantando:
    cantando por marismas y praderas,
    resbalando por cuernos ateridos
    vacilando sin alma por la niebla,
    tropezando con miles de pezuñas
    como una larga, oscura, triste lengua,
    para formar un charco de agonía
    junto al Guadalquivir de las estrellas.
    ¡Oh blanco muro de España!
    ¡Oh negro toro de pena!
    ¡Oh sangre dura de Ignacio!
    ¡Oh ruiseñor de sus venas!
    No.
    ¡Que no quiero verla!
    Que no hay cáliz que la contenga,
    que no hay golondrinas que se la beban,
    no hay escarcha de luz que la enfríe,
    no hay canto ni diluvio de azucenas,
    no hay cristal que la cubra de plata.
    No.


    ¡¡Yo no quiero verla!!

    Llanto por Ignacio Sánchez Mejías 1935














    La aurora


    La aurora de Nueva York tiene
    cuatro columnas de cieno y un huracán de negras palomas
    que chapotean en las aguas podridas.

    La aurora de Nueva York gime
    por las inmensas escaleras
    buscando entre las aristas
    nardos de angustia dibujada.

    La aurora llega y nadie la recibe en su boca
    porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
    A veces las monedas en enjambres furiosos
    taladran y devoran abandonados niños.

    Los primeros que salen comprenden con sus huesos
    que no habrá paraísos ni amores deshojados;
    saben que van al cieno de números y leyes,
    a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
    La luz es sepultada por cadenas y ruidos
    en impúdico impúdico reto de ciencia sin raíces.
    Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
    como recién salidas de un naufragio de sangre.

    Poeta en Nueva York (1939-1930)

    Comtexto




    Cementerio judío



    Las alegres fiebres huyeron a las maromas de los barcos
    y el judio empujó la verja con el pudor helado del interior de la lechuga.
    Los niños de Cristo dormían,
    y el agua era una paloma,
    y la madera era una garza,
    y el plomo era un colibrí, y aun las vivas prisiones de fuego
    estaban consoladas por el salto de la langosta.

    Los niños de Cristo bogar y los judíos llenaban los muros
    con un solo corazón de paloma
    por el que todos querían escapar.
    Las niñas de Cristo cantaban y las judías miraban la muerte
    con un solo ojo de faisán,
    vidriado por la angustia de un millón de paisajes.

    Los médicos ponen en el níquel sus tijeras y guantes de goma
    cuando los cadáveres sienten en los pies
    la terrible claridad de otra luna enterrada.
    Pequeños dolores ilesos se acercan a los hospitales
    y los muertos se van quitando un traje de sangre cada día.

    Las arquitecturas de escarcha,
    las liras y gemidos que se escapan de las hojas diminutas
    en otoño, mojando las últimas vertientes,
    se apagaban en el negro de los sombreros de copa.

    La hierba celeste y sola de la que huye con miedo el rocío
    y las blancas entradas de mármol que conducen al aire duro
    mostraban su silencio roto por las huellas dormidas de los zapatos.

    El judío empujó la verja;
    pero el judío no era un puerto.
    y las barcas de nieve se agolparon
    por las escalerillas de su corazón.






    Las barcas de nieve que acechan
    un hombre de agua que las ahogue,
    las barcas de los cementerios
    que a veces dejan ciegos a los visitantes.

    Los niños de Cristo dormían
    y el judío ocupó su litera.
    Tres mil judíos lloraban en el espanto de las galerías
    porque reunían entre todos con esfuerzo media paloma,
    porque uno tenía la rueda de un reloj
    y otro un botín con orugas parlantes
    y otro una lluvia nocturna cargada de cadenas
    y otro la uña de un ruiseñor que estaba vivo;
    y porque la media paloma gemía,
    derramando una sangre que no era la suya.

    Las alegres fiebres bailaban por las cúpulas humedecidas
    y la luna copiaba en su mármol
    nombres viejos y cintas ajadas.
    Llegó la gente que come por detrás de las yertas columnas
    y los asnos de blancos dientes,
    con los especialistas de las articulaciones.
    Verdes girasoles temblaban
    por los páramos del crepúsculo
    y todo el cementerio era una queja
    de bocas de cartón y trapo seco.
    Ya los niños de Cristo se dormían
    cuando el judío, apretando los ojos,
    se cortó las manos en silencio
    al escuchar los primeros gemidos.

    New York, 18 de enero de 1930.

    Poeta en Nueva York (1929-1930)















    Paco de Lucía y Ricardo Modrego tocando la guitarra
    - Del disco "12 canciones de García Lorca para 2 guitarras".
    Dibujo de Gregorio Prieto.


    Guitarra.



    Empieza el llanto
    de la guitarra.
    Se rompen las copas
    de la madrugada.
    Empieza el llanto
    de la guitarra.
    Es inútil callarla.
    Es imposible
    callarla.
    Llora monótona
    como llora el agua,
    como llora el viento
    sobre la nevada
    Es imposible
    callarla,
    Llora por cosas
    lejanas.
    Arena del Sur caliente
    que pide camelias blancas.
    Llora flecha sin blanco,
    la tarde sin mañana,
    y el primer pájaro muerto
    sobre la rama
    ¡Oh guitarra!
    Corazón malherido
    por cinco espadas.

    Poema del cante jondo 1921

    Comtexto




    Son de negros en Cuba



    Cuando llegue la luna llena
    iré a Santiago de Cuba,
    iré a Santiago,
    en un coche de agua negra.
    Iré a Santiago.
    Cantarán los techos de palmera.
    Iré a Santiago.
    Cuando la palma quiere ser cigüeña,
    iré a Santiago.
    Y cuando quiere ser medusa el plátano,
    Iré a Santiago
    con la rubia cabeza de Fonseca.
    Iré a Santiago.
    Y con la rosa de Romeo y Julieta
    iré a Santiago.
    Mar de papel y plata de monedas
    Iré a Santiago.
    ¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!
    Iré a Santiago.
    ¡Oh cintura caliente y gota de madera!
    Iré a Santiago.
    ¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!
    Iré a Santiago.
    Siempre dije que yo iría a Santiago
    en un coche de agua negra.
    Iré a Santiago.
    Brisa y alcohol en las ruedas,
    iré a Santiago.
    Mi coral en la tiniebla,
    iré a Santiago.
    El mar ahogado en la arena,
    iré a Santiago,
    calor blanco, fruta muerta,
    iré a Santiago.
    ¡Oh bovino frescor de cañavera!
    ¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!
    Iré a Santiago.

    Poeta en Nueva York (1929-1930)



    dibujo de musas
    Hecho con / Made with Mac