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2. 3. El Cántico de Jorge Guillén.
La obra completa de Jorge Guillén aparece hoy con el título de Cántico. Es este título el mismo que llevaba el libro del autor en su edición publicada en 1928, agotada ya hace tiempo. Pero este libro de ahora dista mucho de ser una segunda edición. Se incluyen, desde luego, todas las poesías del anterior, pero con la edición de cincuenta más, y entre esas cincuenta, algunos de los poemas de mayor extensi6n e importancia que el autor ha publicado, como "Salvación de la Primavera" y "Más allá". El contenido total está ordenado de nueva manera en cinco partes, tituladas «Al aire de tu vuelo», «Las horas situadas», «El pájaro en la mano», «Aquí mismo» y «Pleno ser». Se trata, pues, de dos formas distintas de una misma obra poética, tal y como ha ido madurando en dos instantes del tiempo. Entre el primero y el segundo libro hay la misma relación que entre dos grados de crecimiento de un ser. Y así como se crece no sólo en dimensión, en apariencia, sino tambien en potencia y claridad espiritual, así este segundo Cántico, sien do fiel a su naturaleza, es muy otro, es mucho mayor. Nada hubiera sido más fácil al poeta que reeditar la primera forma de Cántico y publicar todos los nuevos poemas aparte, dándoles un nuevo rótulo. Pero Jorge Guillén concibe todo lo que va publicado de su obra poética, hasta ahora, de un modo rigurosamente orgánico, que sólo puede responder, dada la unidad de su naturaleza, a un solo nombre: Cántico. Por lo general, el artista moderno suele ser más bien descuidado en cuanto a las maneras de entregar al público su producción. Lo que hace Guillén nos da ya un indicio sobre una constante cualidad suya: rigor, exquisita vigilancia de su propia obra hasta en el menor detalle.
La carrera de este poeta no ha sido nunca externamente apurada. Siempre se manifestó por su seguridad y su precisión. No tuvo prisa en publicar ningún libro: mucho antes de la salida de Cántico, en 1928, ya circulaban numerosas poesías suyas por las revistas, que le ganaron en España la mayor autoridad y estima que puede tener un poeta sin libro. En 1928, la aparición de su obra le definió en nuestro horizonte con vigor de trazo, con potencia de personalidad indiscutibles. Es porque en ella latía lo indispensable en toda obra poética propiamente dicha: una concepción del mundo lograda a través de una concepción de lo poético, del todo suyas.
Para saber cuál es debemos partir de la primera palabra de su obra, de la que es también la última, del título definitorio: Cántico. Ni canto, ni cantar, ni canción, ni cante, sino precisamente eso, cántico. La palabra lleva infuso un sentido de gracias y alaban~as a la divinidad. La raíz de la poesía de Guillén está precisamente en el entusiasmo ante el mundo y ante la vida. Si eso no se ha reconocido hasta hoy en su pura verdad es porque el entusiasmo generalmente se presenta bajo formas muy distintas a como aparece en la poesía guilleniana. Salta libre y desatado, vive en torrencial desorden, se abandona al capricho y a la espontaneidad bruta, suele dar en ilimitada orgía. Tanto que a veces se convierte en pura gesticulación penosa. Lo peculiar de la poesía guilleniana es el haber logrado lo qúe ilamaríamos una ordenación poética del entusiasmo. Donde ese sentimiento se expresaba confuso, Guillén ha puesto claridad. Donde se desbordaba sin límites, ha trazado contornos. Tales son la luminosidad con que se traduce lo entusiasta y la precisión de líneas con que se delimita, que muchos no ven otra cosa que eso en la poesía guilleniana, y ya es bastante. Pero su actitud poética, el entusiasmo vital, guarda una extraordinaria semejan~a con la del gran poeta ameticano Whitman. La ]írica whitmaniana tiene un cimiento idetltico al de Guillén: júbilo ante las formas de la vida en el mundo, exaltación de todo lo vital. Lo que sucede es que Whitman, aparte de lo que se deba a otras razones temperamentales, vivía en una época romántica, en un clima de cultura semi-rromántico también, y su poesía se explayó sin límites, con magnificencia incomparable en ocasiones, y en otras, con lapsos y oquedades inevitables. Guillén, haciendo arrancar el vuelo de su poesía del mismo nivel, el entusiasmo vital, lo ha tratado con todo lo que la visión de un siglo más de vida y provechos del espíritu humano podía añadir. El arte romántico era un arte extensivo; el moderno aspira capitalmente a la intensidad. Guillén aplica a ese manantial del lirismo entusiasta una norma intensificadora, una voluntad de concentración, todo el tratamiento exquisitamente cuidadoso que en los laboratorios poéticos del siglo XIX han ido forjando, para bien y no para mal de la poesía, como pudiera creerse, los grandes poetas modernos. El que no tenga tiempo ni atención de llegar por medio de la lectura profunda del poeta americano y del español a percibir esa afinidad de actitud poética, siempre advertirá, entre otras cosas, aun en lo más exterior, las semejanzas notorias: la inusitada abundancia de las expres;ones absolutas y de las frases exclamatorias, el constante repetirse de los signos de admiración que lanzan hacia lo más alto del lirismo la palabra.
Y hasta habría versos guillenianos, por ejemplo, éste:
No hay soledad. Hay luz entre todos. Soy vuestro,
donde el sentido de inmensa compañía humana, de entrega del individuo a los hombres, es exactamente el del gran poeta americano.
El tema de esta poesía de la exaltación y del júbilo es la belleza del mundo y del ser. Si el habla poética debe ser para Guillén cántico, es porque, como nos dice en un verso,
Todo en cl aire es pájaro.
La hermosura de la vida no está rebuscada, no se oculta, no hay que buscarla con laberínticas introspecciones. Está ahí, aparente, delante de nosotros. La vida es bella porque es vida.
Ser nada más. Y basta.
Es la absoluta dicha.
Por todas partes circula esa complacencia jubilosa en ser:
¿Qué es ventura? Lo que es.
¿Puede llamarse intelectual una poesía que proclama precisamente como valor supremo de la vida el ser y nada más, la simple conciencia de ser, el gozo casi animal de sentirse en uno la vida? La simplicidad de esta actitud poética en el complejo mundo moderno parece un descubrimiento. Han pasado por los siglos, sobre todo por el siglo último, ráfagas de pesimismo y de desesperación. La lírica de la rebeldía, de la protesta, el grito de los disconformes, produjo desde el romanticismo hasta hoy obras magníficas. Pero he aquí un poeta que, atravesando tales oleajes, surge hoy, aceptando, afirmando, creador de una poesía que parece toda ella un sí. Frente a las imprecaciones del mundo, escarnecido y maldito por tantos poetas, se nos da la afirmación de su belleza total. A despecho de las apariencias, sin necesidad de que los ojos vean nada, una fe ciega y segura de la perfección
de lo creado se imnone sobre todo:
No pasa
Nada. Los ojos no ven
Saben. El mundo está bien
Hecho.
La unidad del mundo consiste, precisamente, en esta plenitud de ser, de ser bello. La tierra de los hombres se canta por muchos poetas como un lugar desgarrado y dividido, campo de batalla donde alternan maravillas y horrores. Guillén siente nuestro mundo como una entidad hermosa y entera.
Y tanto se da el presente
Que el pie caminante siente
La integridad del planeta.
Ahora bien: este sentimiento, inspirador de una poesía panteísta, enamorada, de una poesía de lo cósmico, puesto que exalta la belleza del mundo, no está tratado de un modo
vago e indefinido y se nos revela, no a manera de misterio confuso y abstracto, sino corporeizándose en momentos, ob jetos y situaciones determinadas de la realidad y de la vida del hombre. Por ejemplo, toda la magnitud inmensa del tiempo puede estar milagrosamente resumida en un instante:
Todo está concentrado
Por siglos de raíz
Dentro de este minuto
Eterno y para mí.
De suerte que siendo una poesía de la vida en su dimensión total, entera, no c.anta el poeta nociones abstractas, sino que nos entrega lo vital en condensaciones precisas, en cristalizaciones ejemplares, que responden todas ellas a un nombre, a una cosa, a un estado momentáneo de ser o de sentir. Uno de sus poemas si titula "Delicia en forma de pájaro". No por capricho, no por mero acierto del ingenio. Expresa para nosotros el proceso exacto de la poesía guilleniana al con densar un sentimiento total, lo go~oso, lo deleitable, en algo, en este caso el pájaro, perfectamente concreto, individualizado y reconocible por todos. Es la de Guillén poesía de realidad en las realidades. El repertorio de cosas concretas del mundo hasta ahora aparecido en su obra es numerosísimo. Paisajes, fenómenos naturales, primavera, otoño, invierno; la tormenta, la llanura, la nieve, las alamedas. Esta dos y trances del ser humano: los niños, los amantes, el hombre solo, el dormirse, el despertar, el beso. Animales: el cisne, los caballos, las calandrias. Objetos materiales: la mesa, el sillón. Estos son algunos de los muchos temas de realidad en Cántico. Por aérea, incorpórea y altanera que parezca esta poesía está siempre referida a una circunstancia o a un hecho real perfectamente visible. Recordemos, por ejemplo, esa afirmación poética y vital tan orgullosa, segura y amplia: el mundo está bien hecho. !Pues se encuentra en una décima que tiene por título "Beato sillón". La revelación de esa hermosura de lo existente llega al poeta en un instante de perfecto equilibrio vital, sucedido, precisamente, en una casa, en una oscuridad, en un silencio y en un sillón determinado:
¡Beato sillón! La casa
Corrobora su presencia
Con la vaga intermitencia
De su invocación en masa
A la memoria. No pasa
Nada. Los ojos no ven
Saben. El mundo está bien
Hecho. El instante lo exalta
A marea, de tan alta,
De tan alta, sin vaivén.
Pero una poesía de la realidad puede muy bien no ser, acaso deba no ser, una poesía realista, según lo intentaron poetas como un Campoamor o un Patmore. La realidad, las cosas, están ya ahí, creadas. Con reproducirlas tal cual, nada nuevo se crea, y la poesía tiene el deber primordial de crear. Pero, y ése es su conflicto, a base de lo ya creado: la realidad. Su labor no puede ser otra sino transmutar la realidad material en realidad poética. Si la poesía de Guillén, siendo tan real, es al par tan antirrealista y da una sensación tan perfecta de mundo purificado, esbelto, platónico, de maravillosa selva de ideas de las cosas, es por lo potente y eficaz de su instrumento de transmutación. A nuestro juicio, ese instrumento de transmutación es la claridad de su conciencia poética. Lo bello del mundo, Jo que tenga de poético, se da de un modo vago, disperso, genérico; hay poesía en todas partes, en ninguna. El primer paso de la actividad poética es dejarse apoderar de esa belleza, recibirla, entregarse a ella. En esta etapa se encuentra qui~á la mayor parte de la poesía escrita por los hombres. Pero cabe una actitud reactiva: la de apoderarse a nuestra ve~ de aquello que dejamos que se apoderara de nosotros. ¿Y cómo? Pues simplemente cobrando conciencia clara, plena, de ello. Sino poseído del supremo gozo de conocer el mundo a través de la más limpia forma de conocimiento poético. Lo acepta en conciencia.
Muchas otras virtudes habría que señalar, caso de haber tiempo para ello, en esta poesía. Históricamente, en el momento que vivimos de nuestra lírica, es la que realiza mejor que ninguna la restauración del concepto íntegro de lo poético. Guillén, sin empobrecer en modo alguno ni la visión ni la expresión, las enriquece, pero con riquezas tomadas de su propio caudal, apartando lo ajeno. También merecería atención el lenguaje poético guilieniano, de maestría y perfección sin par, donde nada pasa ni nada se lo lleva el viento, y que logra una distinción expresiva donde se reúnen lo clásico y lo moderno. Pero sobre todo esto, y con la virtud cimera, creeremos siempre que el valor máximo de su poesía es representar la conciencia poética mas clara, más luminosa exacta y profunda que hace mucho tiem~o ofrece nuestla lirica.
Diciembre de 1935
Pedro Salinas, Literatura española. Siglo XX, Alianza Editorial, Madrid, 1970, págs:178-184
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