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Don Juan Fermín de Plateros baja la sierra en su jaca, dos luceros en los ojos y una zozobra en el alma. Una garrocha en el hombro, cuatro herraduras de plata y en la sombra del caballo una acollarada galga. No contesta a la perdiz que tartamudea en las matas, ni al arroyo que se ríe sobre las chinas lavadas. Don Juan Fermín de Plateros cesa en esta cabalgada, que del mundo se retira cuando se apee de su jaca. Ni a Bailén de guerrillero, ni a la plaza a quebrar cañas, ni a la fuente a robar besos de colmeneruelas mansas. Ni a derribar toros bravos, ni a reñir en las posadas entre una jarra de vino y una mesonera en jarras; que en la curva de su vida puso un punto. Voz le llama. De esquila voz. De suave divina esquila afilada, que tañe entre sus pecados en la torre de su alma. |
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Si fueran puertas del mar tus limones dorados las guardara un dragón como el que mató San Yago, que en el agua fuera pez y la tierra fuera macho, con mis dientes cortaría tus dos limones dorados. Mi corazón a tus pies y mi vida entre tus manos; cuchillo mi pensamiento, volcán de besos mis labios, nadaría en el verde-mar de tu camisa de raso; en una aurora alhelí de tus hombros, y en el lazo de tus piernas, tus dorados serían la llave jardín de tus encantos. Aunque te guarde un dragón como el que mató San Yago ... ! Plaza de piedra de Ronda, la de los toreros machos: pide tu balconería balconaría una Carmen cada palco; un Romero cada toro, un Maestrante Maestrante a caballo y dos bandidos que pidan la llave con sus retacos. Plaza de piedra de Ronda, la de los toreros machos. |
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Joseph-Hillo, Joseph-Hillo el de la peineta grana, que a marquesas enamoras y en los cosos toros matas. De veludillo de oro la calzona, verde faja, chaquetilla de caireles y medias anaranjadas. Sobre el charol del zapato dos mariposas de plata. Joseph-Hillo, Joseph-Hillo, no vayas más a la plaza, que anoche durmió tu dueña un sueño de abracadabra. Negro toro. Negro toro. Una Muerte en cada asta, una Pena en cada gota de su sangre atormentada. Joseph- Hillo, Joseph-Hillo, no vayas hoy a la plaza, ni en la calesa te subas, ni te relíes en la capa que alfombra fue del chapín de la Duquesa de Alba. Negro toro. Negro toro. Una Muerte en cada asta, una Pena en cada gota de su sangre atormentada. Una viuda, de luto, en cada palco lloraba. |
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Con los estribos muy cortos y las cinchas apretadas, a todo el palo las picas y las crines en la barba, tres mil caballos tendidos apenas la arena rayan. Garrochistas de la Ysla los de las overas jacas, yegüerizos de Xerez los de las corvas navajas; caballistas los de Utrera los de la marisma llana. Ni Bailén tiene campiña, ni los Dragones corazas, ni Doupont es general, ni Castaños tropas manda. ¡;Viva Don Miguel Cherif y Don José de Sanabria! (Tres mil caballos tendidos apenas la arena rayan). Pañuelos rojos al viento y en los dientes la navaja. Virgen de Consolación, de los camperos la dama, Virgen de la cara negra con sol y sal amasada, libre y sola en la llanura tú nunca serás esclava. |
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Dame la jaca alazana y el trabuco de mi abuelo; el que tiene el guardamonte filigranado de acero; al campo de tiro hoy, al campo como los buenos, camino de Cádiz voy hasta dar con los de Riego. Cádiz, tacita de plata, las cadenas se rompieron. |
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Madre: cóseme esa hopa, que sea con tus mismas manos. Hoy salgo para Valencia, mañana para el cadalso. Que no te tiemble la aguja que nosotros no temblamos. |
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¡República federal! ¡Con su gorro y su bandera, su león amaestrado detrás, con la boca abierta! Tan azul, tan escondida, que ni el mismo mar la encuentra. ¡Muera el general Pavía! ¡Viva Málaga la bella! La cara llena de besos, las manos blancas de vendas, los mozos, con los cortados dedos de la mano diestra, van cantando por las calles porque no van a la guerra. Sus campos llenos de abrojos, sus pies llenos de cadenas. Muerta de pena a la patria seis generales la llevan. El león se tiró al mar, a la mar de Cartagena. |
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Con sus dos perras podencas y su hurona en el cestillo, su pusca de siete cuartas, su cuerno y su capotillo, sus ceñideras de paño y su mixtero en el cinto, el furtivo cazador caza por Sierra de Armijo. No tires a la perdiz que tiene en el cardo el nido, tírale a aquellos conejos que se están comiendo el trigo; azúzale las podencas a la liebre en el lentisco, y a la paloma no mates que tiene de rubí el pico. Ten en cuenta, cazador, que civiles he sentido; de sus inquietos caballos he 'sentido los relinchos. Tira la escopeta al monte y esconde bien el castillo, silba a las perras que vengan y siéntate en el camino. |
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