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Sumario
  • "1. Antonio Machado: Ética y Poética ."  
  • "2. Antonio Machado."  
  • "3. Machado y la superación del 98."  
  • "4. Campos de Castilla."
  • "5. El tema dominmante en Machado."



  • 1. Antonio Machado: Ética y Poética .

    No cabe duda de que Antonio Machado es el poeta más leído y admirado en la España actual. Buena parte de la lírica reciente ha surgido bajo su advocación, y si la pleitesía que se le rinde no siempre parece desinteresada, ello prueba sólo que todo culto está en alguna medida lastrado de intenciones privativas. En esta ocasión quisiéramos explorar algunos de los motivos de tal veneración, sobre todo aquellos que cabe atribuir a singulares condiciones de tiempo y lugar. Dicho de otro modo: °Por qué precisamente Antonio Machado en la España de hoy con preferencia a otros grandes poetas contemporáneos suyos? Va a ser cuestión, como se ve, de "psicología cultural" más que de historia literaria o de crítica poética. Pero es de barruntar que nuestra pesquisa no disgustaría al propio don Antonio, muy dado de suyo a ponderar poetas con un criterio claramente personal.
    "A la ética por la estética", proclama Juan de Mairena, heterónimo preferido de Machado. Con este aforismo acentúa el profesor apócrifo la vertiente humana de toda creación artística y subraya el carácter adjetivo del arte contra quienes pretenden darle la primacía en la escala de los valores o incluso ponerlo fuera del alcance de toda consideración ética. Nada nuevo, en verdad, hay en esta noción. Con ella Machado no hace sino reiterar un tópico de que está jalonada la historia entera del arte, en general, y de la poesía, en particular. Pero, así y todo, a ese aforismo hay que volver una y otra vez para dar con la raíz de la poesía machadiana, que es la "honda palpitación del espíritu" de un hombre "en el buen sentido de la palabra, bueno". Cuando se lee el "Retrato" que abre las páginas de Campos de Castilla, la impresión que se recibe es la de un individuo que para encontrarse a sí mismo se va despojando de todo lo despojable y que se sirve de la poesía para tal fin. No sería exagerado sugerir que toda la obra machadiana, verso y prosa, brota de un afán de renuncia a todo aquello que con insidioso hechizo ha venido a encubrir o falsear lo esencial humano. Para poder averiguar lo que puede o debe ser, el hombre tiene que saber primero lo que es, escudriñarse con ojos limpios de prejuicio, seguro de que al verse "casi desnudo, como los hijos de la mar", le quedará siempre ese "orgullo modesto" que Machado, con característica sordina, hace sinónimo de la humana dignidad: "Poca cosa es el hombre - dice Mairena a sus oyentes - y sin embargo, mirad vosotros si encontráis algo que sea más que el hombre, algo sobre todo, que aspire como el hombre a ser más de lo que es. Del ser saben todos los seres...; del "deber ser" lo que no se es sólo tratan los hombres..."
    Lo específico humano es, pues, ese imperativo moral, ese "deber ser~> que trasciende lo que se es genéricamente. Machado ha insistido tanto más sobre ese mandamiento cuanto que temía que se eclipsara en las contiendas ideológicas de su tiempo, presididas en España por la teoría orteguiana del hombre-masa y la interpretación aristocrática de la cultura asociada a ella. Diríase que frente a la tesis de Ortega quería el poeta afirmar lo que pudiera llamarse paradójicamente un "individualismo universal", de traza romántica, pero cuya expresión más inmediata la encontraba Machado en las dos corrientes de pensamiento que más influyen en su temprana formación espiritual: Francisco Giner y Miguel de Unamuno. Del primero, "viejo alegre de la vida santa~>, recibe durante los años de estudio en la Institución Libre de Enseñanza la noción de que el más alto ideal a que puede aspirar el hombre es, sencillamente, ser bueno: "Sed buenos y no más", dice a sus discípulos don Francisco en el "Elogio" que a su muerte le dedica Machado; y hacia ese ideal ético se enderezan en definitiva los esfuerzos pedagógicos de Giner y sus colaboradores de la Institución. Para Machado, como para Giner, no hay oficio más noble que el de enseñar. Como tantos otros alumnos de la benemérita Institución, Machado sintió el ímpetus sacer que flotaba en las aulas de la Casa y que hacía de cada uno de los educandos un maestro en ciernes, inquisitivo, desembarazado y razonador. A ello se prestaba fácilmente la pedagogía institucionista, de la que Cossío nos ha dejado un resumen cabal: "tolerancia, ingenua alegría, valor sereno, conciencia del deber, honrada lealtad...; mutuo abandono y confianza entre maestros y alumnos...; intuición, trabajo personal y creador, procedimiento socrático, método eurístico, animadores y gratos estímulos, individualidad de la acción educadora en el orden intelectual como en todos, continua, real, viva, dentro y fuera de la clase". No hace falta ser muy zahorí para adivinar en esta descripción la clase de Retórica y Sofística que regenta Juan de Mairena en las horas, nada escasas por lo visto, que le deja libres su cargo oficial de profesor de Gimnasia. Al igual que Giner, Mairena entiende que enseñar no es adoctrinar, sino - nótese la ironía - hacer con los alumnos gimnasia mental, ayudándolos a desentumecer la sustancia gris embotada por la incuria o la desidia: "Vosotros sabéis - dice Mairena a sus discípulos - que yo no pretendo enseñaros nada, y que sólo me aplico a sacudir la inercia de vuestras almas, a arar el barbecho empedernido de vuestro pensamiento, a sembrar inquietudes, como se ha dicho muy razonablemente, y yo diría, mejor, a sembrar preocupaciones y prejuicios". Es de sospechar que si Mairena viera lograda algún día su ambición de fundar una "Escuela Superior de Sabiduría Popular", ésta se asemejaría en lo sustancial a la Institución Libre de Enseñanza y Juan de Mairena sería un don Francisco Giner redivivo, sagaz, travieso y paradójico, dedicado como su modelo a zarandear mentes ociosas.

    Pero la deuda de Machado para con Giner no se limita a la aceptación de la pedagogía institucionista, la cual no es al cabo sino la manifestación dialéctica - dialógica - de una concepción circunstancial del hombre y el mundo. Giner estimaba que la rutina, la apatía, el falso tradicionalismo, residuos de una "España inferior que ora y bosteza / vieja y tahúr, zaragatera y triste", amenazaban ahogar bajo su costra de siglos el manantial mismo de la vida española. Urgente faena, por tanto, era la de hacer calas en esa cobertura anquilosada, llegar a esa fuente misma de realidades y posibilidades humanas y darle salida para que pudiera fecundar el áspero yermo nacional. El niño y el mancebo eran, pues, para Giner y sus colaboradores promesa de redención en un país habituado de antiguo al descuido o despilfarro de sus naturales energías. Pero, por supuesto, no la única promesa. Se podía contar además con una España que empezaba a despuntar cabalmente por los días en que se fundaba la Institución Libre de Enseñanza, "la España del cincel y de la maza" que ya en días de Machado había cobrado conciencia de sí misma y se aprestaba a desempeñar un papel decisivo en la escena nacional. A esa otra España naciente la veía Giner bajo la noción romántica de "pueblo", un pueblo concebido todavía como "espíritu colectivo", guardián inconsciente de lo que Machado llama el "pasado macizo de la raza". Muy dentro de la tradición de los románticos alemanes - y recuérdese que Krause figura a su manera entre ellos - Giner miraba como tarea primordial la de intentar por medio de la educación "hacer pueblo", coadyuvando a elevar a la categoría de tal lo que de lo contrario que daría reducido a lo que en carta a Clarín llamaba una "primera materia, rústica y embrutecida y salvaje". De los otros, del "señorío", como él decía con desdén, poco cabía esperar como no fuera oposición tenaz a todo intento de alterar el orden establecido. No muy desviada de la noción gineriana, aunque desde luego más "poética" o, si se quiere, menos pragmática, está la de Unamuno, atento como es notorio a buscar al hombre inmanente bajo el caparazón del ente social o, más ampliamente, al pueblo eterno bajo la sociedadhistórica. Conviene recordar que la pretendida existencia de ese pueblo eterno, encarnación de la tradición esencial y no del tradicionalismo al uso, pueblo cargado de sabiduría milenaria, pero sordo a la ciencia del día, fue la única esperanza de rehabilitación que creían ver algunos intelectuales españoles desilusionados ante el fracaso del progresismo mesocrático apadrinado por la Revolución de Septiembre, indignados por las artimañas políticas de la Restauración y, por último, afligidos por los acontecimientos calamitosos de 1898. No es, pues, de extrañar que durante ese cuarto de siglo se haga frecuente hincapié en la distinción entre "nación" - lo accidental histórico - y "pueblo" - lo sustancial eterno - y que se llegue en algunos casos extremos (Unamuno, Costa, Morote, Maeztu), incluso a propugnar la disolución de la primera como único recurso para salvar al segundo. Ahí está en gran medida el fundamento de esa apelación en última instancia a un "alma española", incólume a través de los avatares de la historia, que constituye el común denominador de las dispares orientaciones de los llamados "hombres del 98".
    Pareja solicitud por el pueblo, en el sentido en que venimos interpretándolo aquí, descubrimos en Machado, quien en "Juan de Mairena" nos brinda concretas observaciones sobre el particular. "Entre españoles - declara - lo esencial humano se encuentra con la mayor pureza y el más acusado relieve en el alma popular". En principio, al menos, Machado hace suya la mentada tesis de que existe una España inmaculada de espíritu bajo "la malherida España, de carnaval vestida..., pobre y escuálida y beoda". El alma del pueblo permanece virgen en el cuerpo prostituido de la nación. La única salvación posible está en tomar contacto con ese rico venero, a sabiendas de que cuando ha logrado manifestarse de algún modo lo ha hecho con inigualada grandeza y dignidad: "En España casi todo lo grande es obra del pueblo o para el pueblo", afirma Machado-Mairena, y añade en otro lugar: "Tenemos un pueblo maravillosamente dotado para la sabiduría, en el mejor sentido de la palabra; un pueblo a quien no acaba de entontecer una clase media, entontecida a su vez por la indigencia científica de nuestras universidades y por el pragmatismo eclesiástico, enemigo siempre de las altas actividades del espíritu. Nos empeñamos en que este pueblo aprenda a leer, sin decirle para qué y sin reparar en que él sabe muy bien lo poco que nosotros leemos". Adviértase cuán cerca anda aquí Machado de aquel parecer de Unamuno cuya más temprana expresión se halla en sus ensayos de fin de siglo: "░Qué tesoros ignorados guarda aún para el poeta y el pensador el pueblo!" escribe don Miguel, y agrega: "La salvación está, una vez más, en volver a hablar en necio, con la sublime necedad con que Lope hablaba a los mosqueteros de los corrales y, desde los carros de los cómicos de la lengua, al pueblo de los campos".

    La busca de tales "tesoros ignorados" ha sido, según frecuente testimonio de Machado, la intención cardinal de su poesía y su poética, intención cuyo cariz moral, si vale la pena recalcarlo, es manifiesto. Porque ese rico acervo de intactas posibilidades que yace en la entraña del pueblo es sencillamente la quintaesencia de lo humano, la hombría de bien en su más hondo y pleno sentido. Para hablar de ese acervo, Machado emplea de continuo la voz "folklore", cuyo significado (sin duda por influencia del padre, Antonio Machado Alvarez, conocido folklorista de lo andaluz), desdobla Mairena del siguiente modo: "en primer término..., saber popular, lo que el pueblo sabe, tal como lo sabe; lo que el pueblo piensa y siente, tal como lo siente y piensa, y así como lo piensa y plasma en la lengua que él, más que nadie, ha contribuido a formar. En segundo lugar, todo trabajo consciente y reflexivo sobre estos elementos, y su utilización más sabia y creadora". Frente a ese saber infuso que, con palabras de Unamuno, "es más que ciencia, es sabiduría", empalidecen los saberes adventicios de la cultura moderna: "Es muy posible - apunta Mairena - que, entre nosotros, el saber universitario no pueda competir con el "folklore", con el saber popular. El pueblo sabe más y, sobre todo, mejor que nosotros". La plasmación al par que el vehículo de tal sabiduría es "una lengua madura de ciencia y conciencia popular", de cuyo caudal habrán de nutrirse igualmente el filósofo y el poeta. Machado, como Unamuno, se aferra a la idea de que una lengua es ya de por sí una manera de ver, entender y explicar el mundo, es decir, que es ya de por sí una metafísica y una poesía virtuales, y si se quiere, claro está, una religión y una moral. Todas estas actividades del espíritu, en apariencia distintas, laten indiferenciadas en el hondón de la sabiduría popular. "Nuestro punto de arranque, si alguna vez nos decidimos a filosofar, está en el "folklore" metafísico de nuestra tierra", sermonea Abel Martín. "Si vais para poetas, cuidad vuestro "folklore", porque la verdadera poesía la hace el pueblo", predica Juan de Mairena. Obsérvese en este respecto la aseveración machadiana de que "todo poeta debe crearse una metafísica que no necesita exponer, pero que ha de hallarse implícita en su obra"; repárase también en que tal metafísica es anterior a toda lógica, una "fe cordial", una "honda creencia" anclada en los universales del sentimiento; y recuérdese por último que alguna parte de la obra de Machado - y concretamente los "Proverbios y cantares" - revela el afán de ensamblar metafísica y poesía populares a fin de restituirles en alguna medida su prístina conjunción.
    Y ahora creemos que se podrá entender mejor lo que más arriba llamábamos el "individualismo universal" de Machado y por qué, aunque la expresión parece antinómica, no hay inconveniente en usarla. En definitiva se trata de puntualizar la relación entre el poeta, como creador individual, y el pueblo, como depositario de una ética y una sapiencia seculares o, valga la expresión, de los universales del sentimiento. A través de Jorge Meneses - poeta inventado por Mairena, inventado a su vez por Machado - nos dice éste: "La poesía lirica se engendra siempre en la zona central de nuestra "psique", que es la del sentimiento; no hay lirica que no sea sentimental. Pero el sentimiento ha de tener tanto de individual como de genérico, porque aunque no exista un corazón en general que sienta por todos, sino que cada hombre lleva el suyo y siente con él, todo sentimiento se orienta hacia los valores universales o que pretenden serlo". Sin insistir demasiado sobre el tema, Machado esboza una noción del sentimiento - de la que la teoría del amor que pro - pugna Abel Martín es condensación especifica - como "emoción", en una denotación etimológica algo arbitraria, esto es, como movimiento de-hacia, siendo el "de" en este caso el individuo y el "hacia" los demás. "El sentimiento no es una creación del sujeto individualşnos dice taxativamenteş... Hay siempre en él una colaboración del "tú", es decir, de otros sujetos... Mi sentimiento no es, en suma, exclusivamente "mío", sino más bien "nuestro"...; mi corazón canta siempre en coro, aunque su voz sea para mí la voz mejor timbrada." Y aquí, a nuestro juicio, está la clave ética de la poética de Machado y el fundamento de las numerosas apostillas que éste nos brinda sobre el lenguaje de la lírica. El poeta no debe aspirar a crearse una lengua rebuscada y sibilina, privativa y excluyente, pues hacer tal cosa supondrá no sólo la incomunicabilidad de su poesía, sino - lo que es todavía más grave - la perversión deliberada de todo sentimiento germinal. Y conviene apuntar que por "perversión" del sentimiento se entiende aquí una "versión torcida" de él, esto es, el encauce de la poesía no hacia los otros, sino hacia uno mismo. El poeta que se solaza con los juegos malabares del trobar clus puede revelar, si, agudeza e ingenio, rasgos propios de la poética barroca, pero es de sospecha que su vida afectiva es estéril, dominada como está por la autoestima. El desdén palmario con que Machado habla de los poetas culteranos y conceptistas, la discreta aversión con que mira el exuberante metaforismo y la "abigarrada imaginería" de una parte de la poesía joven de su tiempo y, para señalar un caso concreto el manifiesto desencanto con que vio a Juan Ramón Jiménez, a partir de 1917, hacer vía hacia una lírica "cada vez... más conceptual y... menos intuitiva" son conclusiones de una tesis según la cual el poeta es quien a veces lleva la voz cantante entre las voces seculares de su lengua y de su raza, pero a veces también funde la propia voz humildemente con ellas para engrosar lo que es al cabo un patrimonio colectivo.

    A ningún estudioso de la lírica española se le oculta que no pocos de los poetas de hoy conciben su labor en orientación semejante en principio a la de Machado. A la vuelta de tanto gongorismo y garcilasismo, de tanta doctrina extrapoética, de tanto castillo interior y torre ebúrnea, de tanta poesía pura y poesía minoritaria, se ha ido acentuando el perfil del poeta responsable, esto es, del poeta que bucea en la propia intimidad no para regodearse en ella con búdica complacencia, sino para descubrir en lo que cabe su radical condición, su dimensión vital y su destino, en suma, su humanidad genérica. En esa iluminación ejemplar que mediante su poesía nos da el poeta del hombre que lleva dentro consiste el fundamento ético de su quehacer. Porque, en realidad, nos incita a los demás, que no somos poetas, a hacer lo propio a nuestro modo. Vista así, la poesía no tiene por qué repudiar su función ancilaria, ni nosotros tenemos por qué escandalizarnos de que Machado nos aconseje llegar a la ética por vía de la estética. Esto lo saben muy bien algunos de los poetas españoles actuales, sobre todo aquellos cuya obra acusa una clara vertiente social. Y el ejemplo de éstos, en fértil propagación, puede, al menos por lo que respecta a España, dar razón a Gabriel Celaya cuando dice que la poesía es "un instrumento para transformar el mundo". A lo que cabe responder con un sencillo y cálido "amén".
    Juan López-Morillas, Hacia el 98: literatura, sociedad, ideología, Barcelona, 1972, Ariel, págs: 255 - 269.



    2. Antonio Machado.

    Antonio Machado vuelve a publicar sus Poesías Completas en tercera edición. Ha adoptado el poeta para la entrega a público de su nueva obra el procedimiento acumulativo que seguía Walt Whitman, de añadir cada unos cuantos año a su obra ya anterior y conocida las nuevas poesías, unida al conjunto total de modo que el lector tenga siempre presente junto a lo más reciente de la creación lo más remoto, lo inicial de ella. La poesía se nos ofrece así como un ser vivo en toda su integridad, en la florescencia de todas sus primaveras, en su cuerpo, tronco, y en sus últimas raíces. Para el lector distraído, acaso cambie poco lo que ve y se le antoje simple repetición de lo ya visto; para el que mira atentamente, la poesía de Machado crece, se desarrolla en cada edición sin prisa, sin llamativa vistosidad, pero sin cesar, y siempre con tan profunda fidelidad a su impulso más remoto, que estas poesías completas, lejos de ser una simple colección de materiales, aparecen como fábrica viva constantemente renovada en un trabajo interior, callado y profundo. Cada temperamento poético ofrece hasta en el modo de publicar sus obras indicio de su modo de ser. Antonio Machado, repitiendo una y otra vez junto con lo nuevo lo ya publicado de su producción, se diría que nos muestra su conformidad consigo mismo, su aceptación incondicional de todos los momentos de su musa, una especie de serena y señoril complacencia en ser lo que ha sido, en haber sido lo que se es. Antonio Machado es un típico poeta del "98", caso curioso de esa fuerza centrípeta de la literatura de principios del siglo, la cual convocó a españoles dispersos en los puntos más distantes de la Península: a un vasco, como Unamuno; a un gallego como Valle-lnclán, a un levantino como Azorín; a un sevillano, como Antonio Machado, para ponerlos a todos bajo la enseña de lo español y el encendido entusiasmo por Castilla. Castilla, desde el punto de vista literario, ha sido crisol hispánico. "Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla..." "Mi juventud, veinte años en tierra de Castilla." Así dice el poeta en su "Autorretrato" (Campos de Castilla, 1907), y lo que dice de sí podríamos nosotros reiterarlo de su poesía. Porque la primera fase de la poesía de Antonio Machado se parece extraordinariamente a recuerdos de un patio de Sevilla. No a la ciudad misma, no. No a uno de sus patios, sino a todo el encanto de ella, de ellos, revivido o desvivido en el recuerdo, trascendido de materia a sueño. En la primera colección extensa de sus obras (Soledades, Galerías y otros poemas), Machado es el poeta de lo interior. Viviendo en una tierra llena de pláticas y atractivas evidencias, Andalucía, el poeta, sin embargo, escoge el otro lado, y los datos de realidad en sus obras están mirados en el revés más poético que tienen. Hay expresiones en toda esta primera parte de Machado, empezando por los títulos: Soledades (la hermosa palabra tan repleta de significación que ahora Machado sitúa al frente de una poesía de la vida recóndita, poniéndola así en signo inverso al gongorino, cuando Góngora la hacía titular de la más espléndida manifestación de poesía exterior); Galerías, "... esas galerías sin fondo del recuerdo", "laberinto de espejos", "lienzos de recuerdo", que acusan su rumbo hacia los llamamientos interiores. Una voz le llama (LXIV), le invita a ir con ella "a ver el alma"; desde entonces el poeta avanza en su sueño, "por una larga escueta galería". Nada de vanidades muy pocas quejas: "No hay que llorar, silencio." Una esperanza vaga y resignada casi a no ser ni esperanza. Un errar "siempre buscando a Dios entre la niebla...", sin saber nada de nosotros ("nada sabemos de las almas nuestras"), sin confianza en las palabras del sabio que no enseñan más que el silbo del viento, sin otro don que la memoria: "El don preclaro de evocar los sueños." ░Qué sorprendente ver a poeta andaluz, de esa tierra tan injusta y vulgarmente adscrita a la jovialidad pintoresca y al cascabeleo, pronuncia las palabras poéticas más graves, más serias y melancólicas que se alzan en su tiempo ! Pero aún es mucho más sorprendente la poesía de Machado, sorprendente en su firme y acusada independencia, si la consideramos en relación con el momento cronológico en que aparece. Corren los años triunfales del modernismo literario. La renovación poética diríase que se inclina, que rinde todos sus favores a la poderosa fuerza de Rubén Darío. Vida exterior, sensualidad y opulencia decorativa, temas de artificioso refinamiento, exotismo, sobre todo musicalidad, colorismo, ritmo, lujos y juegos verbales invaden el Parnaso español y seducen a las jóvenes musas. Antonio Machado no se rinde. Admirador y amigo personal de Rubén Darío que escribió sobre él poéticas palabras exactas, este hijo de una tierra sensual, en un momento de tentaciones de una poesía sensual, afirma sin la menor petulancia, sin ánimo alguno de combate, por simple modo de ser,una poesía sobria, austera, desdeñosa de complacencias fáciles y de vanidades de los sentidos. Por Antonio Machado, por Juán Ramón Jiménez, sospecho Rodó la existencia de una Andalucía recóndita tan distinta de la litografía en colores del siglo XIX. Y por Antonio Machado y por otro gran poeta de su época, Miguel de Unamuno, debería ya empezar la historia literaria española a sospechar en la precaria y superficial existencia de un modernismo poético en España a la manera del de Rubén Darío el americano. Terminado su alegre alboroto, su vistoso desfile, sin resistencia ante el paso del tiempo, perduran, en cambio, con todas las probabilidades de ser poesía para siempre, esas otras voces sordas y recatadas como la de Machado, que representan la discordancia con el modernismo, la resistencia a él en el punto de su máximo esplendor aparente.

    La segunda aparición al público de la poesía de Antonio Machado es Campos de Castilla (1907). El título en su exacta localización, significa acaso una restricción de esa enorme amplitud de lo soñado y un sujetarse a los límites de la tierra y de una tierra? No mucho. Porque si Antonio Machado sale entonces de su mundo íntimo, de sus galerías interiores, es para asomarse a un paisaje, a una tierra, que son precisamente aquellos en que lo material y localizado se halla precisamente en las fronteras de la desmaterialización y la eternidad; el famoso paisaje castellano, paisaje de los místicos y de los héroes, el que arrancó a aquel espolique de Ortega y Gasset su frase de hombre ofendido: "Señor, en Castilla no hay curvas." En Campos de Castilla, Machado nos muestra que, por muy en la realidad geográfica que se esté se puede seguir "buscando el alma". Campos de Castilla significa, además, en la obra del poeta su máxima asimilación de la mentalidad del "98". En la visión de una Castilla atormentada o ingenua de la "tierra triste y noble" envuelta en sus andrajos y que guarda su secreto de no saber si espera, duerme o sueña. Hay en Campos de Castilla y en la poesía inmediatamente posterior mucha parte de meditación de España, de preocupación española, de obediencia al espíritu del "98". Véase, por ejemplo: "El mañana efímero", "Elogio a Azorín", "Una España joven", "España en paz". Por un instante roza Antonio Machado la poesía de ideas, ideas precisamente del "98", de las ideas de pesimismo y renovación, de sentir dolorido de nuestra tierra y de anhelo de resurgimiento. La visión de España, en esta segunda época de la poesía de Machado, se presenta a veces con la pura limpie~a de lo más directo, con esa "exquisita nitidez y sobriedad en la captación verbal tan peculiar en Antonio Machado. Recuérdense, por ejemplo, los poemas de Soria. Pero alternando con este ver derecho, con este pasar sin intermediarios de la realidad real a la realidad poética, en la poesía castellanista de Machado hay otros ejemplos en los que, con toda claridad, entre los ojos del poeta y el mundo que tiene delante se apelotonan nociones, conceptos sobre España, sobre los españoles, de los que entonces circulaban como moneda corriente entre nuestros intelectuales. Es la famosa "España trágica" la Castilla "por donde cruza errante la sombra de Caín", los tipos de locos, de criminales, de seres deformes que también se asoman a otras figuraciones artísticas de España por aquellos momentos la pintura de Zuloaga. Son las ideas regeneradoras, "la España que alborea - con un hacha en la mano vengadora - España de la rabia y de la idea". Por esta zona de su poesía toca el poeta andaluz con ese complejo de ideas y de sensibilidad que suscitó el desastre español del 98. Más adelante, en las Nuevas canciones, la inspiración de Antonio Machado parece remansarse. Se repiten las canciones de paisajes, acentuaciones felices de los aciertos de lo popular, y abunda mucho un tipo de poesía que desde el comienzo fue muy grata a Machado, poesía de un doble abolengo español culto y popular: la poesía epigramática, sentenciosa, refugia- da en formas muy breves, de copla, hecha a veces un simple dístico, reducida en alguna ocasión a cuatro palabras ("hoy es siempre todavía"), pura notación poética. Son los Proverbios y cantares, verdaderos caprichos de pensamiento. A ratos, estos proverbios parecen que van a parar a Sem Tob, el elegante y lapidario poeta medieval, no ya sólo por su forma, sino por la filosofía un poco escéptica que propagan; otras, las más, nos inducen, sin embargo, a recordar los más felices momentos de la poesía popular. Son como cantares de pensador. Es en Antonio Machado la poesía de pensamiento la que se adensa más y más en su última y más reciente época, la de un Cancionero apócrifo que el poeta atribuye a su doble, Abel Martín. De indispensable lectura para quien quiera conocer a Antonio Machado son esas cincuenta páginas de prosa, que comprenden, por un lado, la obra del fabulado Abel Martín y, por otro, el Cancionero apócrifo de Juan de Mairena. Exposición de su metafísica, de su poética, entreveradas con poesías que aclaran o ejemplifican el curso del pensamiento, constituyen un cuaderno de poesía del más alto valor. Todo ello expresivo de cómo se acentúan en la obra de Antonio Machado la densidad de pensamiento, la afición a un tipo de poesía entre filosófica y humorística, relampagueante de profundidades y de caprichos mentales, en la que, sin embargo, de cuando en cuando, trasparece esa diamantina sencillez suya. El libro cierra muy bien. El poeta que se asomó durante una temporada a las tierras de Castilla y anduvo por su superficie ya va otra vez soterrado por su galería. Y sus poesías terminan con ese mismo ademán de melancólica introspección con que empezaron.

    Noviembre 1933.

    Pedro Salinas - Literatura española del siglo XX, Madrid Alianza, 1970, págs:139 - 144



    3. Machado y la superación del 98.

    El periodo de Baeza (fines de 1912-primavera de 1919), completado por los dos primeros aĎos del periodo de Segovia, es esencial en la progresi█n temĚtica de Machado que, de ahora en adelante, serĚ estrictamente personal. [...]

    Por eso, si hay hechos bĚsicos en la vida personal de Machado (soledad y mayor reflexi█n, mĚs viajes a Madrid y mĚs contactos con sus medios culturales y pol╠ticos, un poco abandonados durante el per╠odo de Leonor - en el que hay tambi╚n la permanencia de largos meses en Par╠s -, hay, sobre todo, los siguientes hechos: irrupci█n de otro grupo generacional de gran protagonismo pol╠tico y universitario (el llamado de 1914); guerra mundial; crisis del sistema pol╠tico de la monarqu╠a espaĎola nacida en Sagunto; papel de primer plano nacional de las organizaciones obreras y subsiguiente protagonismo de las multitudes; contradicciones econ█micas que se sitÖan en la base de la crisis anotada; a ello hay que aĎadir la repercusi█n de la revoluci█n sovi╚tica rusa, de la revoluci█n alemana... En fin, el sistema cruje; en 1919, hay un momento en que los obreros agr╠colas son dueĎos virtuales de provincias enteras, mientras Barcelona conoce la mayor violencia social y represiva; y dos aĎos despu╚s, en 1921, los descalabros de la guerra del Rif ponen de manifiesto la incapacidad del bloque de poder dominante que, perdida su hegemon╠a ideol█gica, se esfuerza en poner remiendos a su estructura estatal con objeto de no desplomarse.

    La sensibilidad de Machado ante todo esto es extraordinaria. Pero no surge de la nada, como tampoco surge de la nada su actitud de 1936. Nos ha contado c█mo, muy de niĎo (deb╠a ser en 1886), recuerda haber llorado de entusiasmo oyendo La Marsellesa a una turba, que vitoreaba a Salmer█n a su vuelta de Barcelona. El pueblo hablaba de la idea republicana, y esta idea era, cuando menos, una emoci█n y muy noble, a fe m╠a!".

    Nos ha contado tambi╚n cuando oy█ por vez primera a Pablo Iglesias, tambi╚n de niĎo, en los Jardines del Buen Retiro. Machado no recordaba la fecha; se trata, seguramente, del mitin de Primero de Mayo de 1891. En los aĎos que nos ocupan (exactamente a fines de 1913) Machado se adhiere a la Liga de Educaci█n Pol╠tica, capitaneada por Ortega y Gasset, verdadera proyecci█n del reformismo "melquiadista" sobre el mundo intelectual. Seguramente, Don Antonio se hab╠a limitado a dar su nombre a cualquier amigo sin preocuparse de mĚs; decimos esto porque contrasta el "accidentalismo" de formas de gobierno de la Liga y del Partido Reformista con la actitud de Machado. [...]

    Son aquellos aĎos en que Machado participa en la revista EspaĎa, firma manifiestos pro aliados...; en 1917 va a la madrileĎa Casa del Pueblo a escuchar la conferencia de Unamuno (llena de dislates, verdad es); en 1918 participa en la manifestaci█n pro amnist╠a; mĚs tarde es miembro cofundador de la Liga EspaĎola de Derechos del Hombre, responde a la encuesta de la revista La Internacional de NÖĎez de Arenas, colabora en la revista La Pluma de AzaĎa. . . [...]

    En el per╠odo 1913-1920 marca la ruptura con todo posible elitismo, con el pesimismo de la abulia, con la mitolog╠a de un campo pobre (que hay aÖn en Campos de Castilla), con la confusi█n entre el pueblo que trabaja y quienes viven de su trabajo. Lo esencial es que el paso del elitismo al humanismo popular, de la mitolog╠a del paisaje y la pobreza a la exaltaci█n del trabajo, estĚ ╠ntimamente vinculado a la elaboraci█n de valores en funci█n de las distintas clases sociales y a una manera de abordar el "problema EspaĎa" que no s█lo se separa de la confusi█n y del esteticismo del 98, sino tambi╚n en la bipolaridad galdosiana o de Ortega. [...]

    Quien no trabaja es el seĎorito; "quien elude el trabajo para ganarse el pan" dirĚ mĚs tarde Mairena. Pero desde 1913 Machado distingue entre quienes cazan en los encinares y quienes trabajan; entre quienes hablan en la rebotica sobre el tiempo y las cosechas (ironiza, "░Las fatigas, los sudores, que pasan los labradores!") y quienes trabajan en los olivares y en los molinos aceiteros.

    Don Guido es la estampa mĚs cr╠tica que se ha hecho del propietario seĎorito de las tierras del sur. Porque es en su Andaluc╠a donde Machado aprehende las relaciones sociales del trabajo (las relaciones de producci█n, podr╠amos decir); un trabajo que era todav╠a abstracto, interclasista en la concepci█n institucionista. Ese trabajo se va haciendo pueblo en tierras sorianas, pero no estĚ claro el no-trabajo, el aprovechamiento del trabajo ajeno en funci█n de la propiedad. Eso surge en Baeza, en contacto con los latifundios olivareros. [...]

    Podr╠a pensarse en un paralelo de la "radicalizaci█n" de Machado con la de Valle-InclĚn, que se produce al terminar el segundo decenio. La idea del paralelismo es de AbellĚn que lo resume "en el paso de un modernismo manifiesto en la mocedad a una literatura "comprometida" en la madurez". Las diferencias, sin embargo, son muy grandes, ya hemos visto (AbellĚn hace paralelo entre Campos de Castilla y Comedias bĚrbaras). "Radicalismo" cuadra mĚs con don Ram█n. Los "esperpentos" son cr╠tica del pasado y del presente nacionales. Pero es Machado quien "ama mucho mĚs la edad que se avecina", la sencillez, los hombres del pueblo en quienes ve el porvenir. Ello sin contar que, como seĎal█ don TomĚs Navarro TomĚs, referente al modernismo de Machado: "s█lo temporalmente, Machado adopt█ algunas de aquellas novedades". Contra lo que durante mucho tiempo se crey█ o se quiso hacer creer, don Antonio vivi█ siempre con la sensibilidad despierta hacia "la cosa pÖblica". Si se conoce su participaci█n en la campaĎa proresponsabilidades, se conoc╠a menos, hasta ahora, su manera de seguir casi cotidianamente la vida pol╠tica durante la dictadura, su firmeza desde los primeros tiempos cuando tantos, hasta Ortega, estaban en expectativa ante la mal llamada "experiencia"; sus ilusiones ingenuas cuando lo de Vera y Atarazanas, etc. MĚs conocida es su participaci█n notoria en la creaci█n de Alianza Republicana (1926) y, mĚs tarde, en la Agrupaci█n al Servicio de la RepÖblica, cuyo primer mitin electoral celebrado en Segovia estĚ por ╚l presidido (como en la Liga de Educaci█n Pol╠tica, y ahora mĚs, Machado cree momentĚneamente en hombres como Ortega, MaraĎ█n y P╚rez de Ayala; su trayectoria es tan diferente a la de aquellos tres hombres, que no vale la pena de detenerse en el tema. Recordemos, empero, a Juan de Mairena: "intelectuales, s╠; pero no virtuosos de la inteligencia", y la condena que hace de quienes "se venden por fil█sofos y ejercen una cierta motoner╠a espiritual"şen tiempos pac╠ficos, que asusta a los pobres de esp╠ritu, sin provecho de nadie, y en tiempos de combate se dicen siempre au-dessus de la mel╚e). [...]

    El trabajo es un supremo valor para Machado, pero distingue el trabajo creador y el necesario. En su art╠culo de Octubre en 1934 se refiere ya a la "emancipaci█n de todo cuanto es servidumbre en el trabajo". La idea estĚ mucho mĚs perfilada en su "Discurso a la JSU". Una vez mĚs se declara ajeno al marxismo (lo que parece fuera de duda) y aĎade: "Veo, sin embargo, con entera claridad, que el socialismo, en cuanto supone una manera de convivencia humana basada en el trabajo, en la igualdad de los medios concedidos a todos para realizarlo, y en la abolici█n de los privilegios de clase, es una etapa inexcusable en el camino de la justicia". . [...]

    En resumen °qu╚ ha quedado del 98 cr╠tico y regeneracionista, elitista y esc╚ptico?, °qu╚ ha quedado del grupo generacional con su mitologizaci█n de un paisaje miserable, e inm█vil de una miseria que les parece eterna? En cambio, las ra╠ces de Giner, Salmer█n y Pi, han quedado en el sustrato sobre el que Machado, "a la altura de las circunstancias" ha elaborado su temĚtica, su po╚tica, su concepto de la cultura, sus ideas sobre la sociedad. Todo a nivel "ideol█gico", es decir, de axiolog╠a, de emociones y juicios de valor, de sentimentalidad, de volici█n. [...]

    A fin de cuentas, en un texto poco conocido, de los Öltimos meses de su vida, Machado ha hablado de dos cuestiones fundamentales: Mairena y su relaci█n con la llamada generaci█n del 98. "Soy posterior a ella. Mi relaci█n con aquellos hombre - Unamuno, Baroja, Ortega, Valle-InclĚn - es la de un disc╠pulo con sus maestros. Cuando yo nac╠ a la vida literaria y filos█fica, todos aquellos hombres eran valores ya cuajados y en saz█n." Modestia, sin duda, imprecisi█n con respecto a Ortega, pero tambi╚n afirmaci█n de una personalidad distinta. Machado pone distancias. [...]

    El Öltimo viaje llega para Valle en enero de 1936; para Unamuno, en lucha consigo mismo, contra todo y contra todos, desbordado por la coyuntura, el Öltimo d╠a de aquel aĎo. Los institucionistas, salvo algunas excepciones (Negr╠n, De los R╠os) que persist╠an en 1931 en la utop╠a educacional y acaparaban despachos, se colocan "au-dessous de la mel╚e"; como Baroja, como Azor~n (republicano ocasional del 31). De Ortega, mĚs vale silenciar lo ocurrido. Los te█ricos de las ╚lites, los que no ten╠an fe en el hombre sencillo del pueblo al despuntar el siglo, abandonan el campo, no tienen nada que hacer ni que decir cuando ese hombre sencillo es el primer protagonista de la historia. Con ese hombre a secas s█lo ha quedado Machado de aquellos j█venes contertulios de Fornos al agonizar el otro siglo. Machado, "casi desnudo / como los hijos de la mar", pero en medio de su pueblo en ╚xodo. Machado enterrado en tierra francesa, pero envuelto en la bandera de su pueblo, por oficiales del ej╚rcito de su pueblo.

    Machado hab╠a superado la ideolog╠a del 98, porque hab╠a superado la ideolog╠a de una pequeĎa burgues╠a rebelde, pero negativamente critica. Rota la hegemon╠a ideol█gica de la Restauraci█n, aquellos escritores e intelectuales no ten╠an mĚs que dos caminos esenciales: ser recuperados por alguna de las fuerzas sociales dominantes que aspiraban a reemplazar la vieja oligarqu╠a o ser "importados" por las fuerzas sociales aÖn dominadas, pero en ascenso y aspirando al poder y a la hegemon╠a. Un tercer camino es la esterilidad de quien no tiene ra╠ces.
    Del 98 Antonio Machado fue el Önico que pas█ de ser el intelectual republicano pequeĎoburgu╚s a ser el poeta y el escritor "ideol█gicamente hablando" de los que ganan su pan con el trabajo diario.

    Manuel TuĎ█n de Lara, "La superaci█n del 98 por Antonio Machado" Bulletin Hispanique, LXXVII (1975), pp. 51-71.



    4. Campos de Castilla.

    Después de que Soledades, de 1903, se convierte en Soledades, Galerías Y Otros Poemas, en la edición de Pueyo de 1907, Antonio Machado, ya metido plenamente en Soria, escribe Campos de Castilla, que edita "Renacimiento" en 1912 el año de la muerte de Leonor. Llegan los ejemplares aún a la ciudad castellana, de la que salió definitivamente en el otoño.
    A este libro se le añade en la edición de Poesías Completas la obra posterior, hasta 1917. Considerado en su conjunto (1907-1917), forman su índice cincuenta y seis poemas, si bien algunos se subdividen en varios; así, "la tierra de Alvargonzález" cuenta cuarenta y un romances; "Proverbios y cantares", cincuenta y cuatro poemitas; "Parábolas", ocho, y "Campos de Soria", nueve.
    El mismo año 1917 escribió don Antonio un breve prólogo, el cual, aunque no es muy preciso, revela otra manera de concebir la poesía diferente a la de Soledades. Le mueve un deseo de escribir "poemas de lo eterno humano, historias animadas que, siendo propias, vivan no obstante por ellas mismas"; a sus poemas llevará también;n - dice - su preocupación española, su amor a la naturaleza y sus meditaciones sobre los enigmas del hombre y el mundo.
    Parece, pues, obvia la evolución. Quiere salir - poca duda cabe, porque lo dice é;l mismoşdel mundo ególatra, de la pura ensoñación; ha comprendido que el poeta no debe evadirse de la vida real a una suerte de mundo quimérico. Se está convenciendo - se convencerá pronto del todo - de que no son sólo emociones íntimas y personales, sino. también, sentimientos comunes frente al mundo de todos lo que la poesía puede expresar. Y Castilla se le revela no sólo estética, sino éticamente, humanamente y hasta socialmente.
    Es muy posible que tenga razón Sánchez Barbudo al suponer la coeficiencia del sentimiento noventaiochista en auge y de la satisfacción amorosa personal por aquellos años; paliada por el matrimonio su soledad y su tristeza en desamor - promotores de tantos poemas del libro precedente - , le quedarían los ojos disponibles, por así decirlo, para mirar más objetivamente, más fuera de sí. La muerte de Leonor abre en la obra otro lapso intimista, para reaccionar poco después en amargas piezas testimoniales y constatadoras.
    Me parece a mí que el gran cambio de un libro a otro se resume en una simple mutación de términos: en lugar de darnos con el paisaje fe de su alma, nos da con su alma fe del paisaje. Esto último es lo que vino a decir Azorín cuando escribió sobre Campos de Castilla: "el poeta se traslada al objeto descrito y en la manera de describirlo nos da su propio espíritu " .
    Sugestionado por la emoción del paisaje castellano, penetrado de su grandeza y de su fondo trágico, Machado decidió cantarlo en unos poemas tan graves y tan hermosos que imprimen carácter al libro - a más de darle el título - , pero que no son su único tema.
    En efecto, la pura incorporación paisajística se cumple en los dos poemas titulados "Orillas del Duero", y "A orillas del Duero" (el que comienza "Mediaba el mes de julio" y el que tiene por verso inicial "Primavera soriana, primavera"), "Las encinas" "En abril, aguas mil", "Amanecer de otoño", "Noche de verano", y algunos fragmentos de "Campos de Soria", que tiene nueve partes. Tales poemas adoptan una forma que llamaríamos peripatética: son fruto de largos paseos, de idas y venidas por los caminos en contacto vivo y directo con la geografía, mirando casi franciscanamente la humilde botánica, la rudimentaria agricultura y los modestos hogares rurales.
    Es raro, no obstante, que el poeta mantenga una contemplación pura - esto es: que se limite a la captación visual -, sino que lo frecuente es una dinámica temporal actuando sobre lo visto, que supone la proyección histórica retrospectiva:

    Castilla varonil, adusta tierra,
    Castilla del desdé;n contra la muerte.
    Castilla del dolor y de la guerra,
    tierra inmortal, Castilla de la muerte. (Cll)

    Este empapamiento de substancia historicista no resulta nunca demasiado enfático, porque el posible énfasis se contrarresta en seguida con una entrañable visión realista:

    Castilla miserable, ayer dominadora,
    envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora. (XCVIII)

    y con una emocionada comprensión de los aspectos humanos, con lo cual los poemas ya no se quedan en la mera incorporación del paisaje, sino que asumen la presencia del hombre y su paso y sus afanes en las tierras contempladas. En esa línea están "Por tierras de España", "El Dios ibero". "Fantasía iconográfica", "Un criminal", "En el tren", "Pascua de Resurrección" y algunos de los fragmentos de "Campos de Soria", además de "La tierra de Alvargonzález", del cual convendrá hablar por separado.
    Ya no es sólo el paisaje, sino que notamos cómo la evocación se suscita también desde una problemática humana, adherida a la tierra como la uña a la carne. Machado no puede cantar la una sin la otra. Porque tierra y hombre son, en una visión historicista como la suya, inseparables. Con qué ternura nos lo recuerda al dirigirse a las muchachas campesinas, a las "madrecitas en flor":

    ¿No han de mirar un día en vuestros brazos
    atónitos el sol de primavera
    ojos que vienen a la luz cerrados
    y que al partirse de la vida ciegan?
    ¿No beberán un día en vuestros senos
    los que mañana labrarán la tierra? (CXII)

    Y se acumulan crisis económicas ("Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares",), transformaciones sociales ("la madre en otro tiempo fecunda en capitanes / madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes"), rasgos etnológicos ("pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto"), observaciones psicológicas ("los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza / guarda su presa y llora la que el vecino alcanza" ), lacras colectivas como la codicia o la miseria, como la injusticia y la sombra de Caín, impregnando los versos de sentido humano y testimonial. Así como ve la penuria económica, ve la penuria moral y refleja, con piedad, las "pobres maldades" y las "misérrimas virtudes".
    Por eso, otro haz de poemas, dentro de la contemplación del paisaje y de la presencia en él de la huella humana, se acerca y compadece (ya sabemos que compadecer es padecer-con) a las gentes más humildes o más castigadas. Recordemos piezas como "El hospicio", "Un loco", "Un criminal" o "El tren".
    En esa entrañable comprensión del paisaje y de sus elementos humanizadores juegan un papel fundamental los árboles. Sentimos que árbol y hombre se identifican, que el paso del tiempo sobre el árbol es el paso del tiempo sobre nosotros mismos. y la pequeña rama verdecida nos lleva a esperar, como el poeta dice, "otro milagro de la primavera". La encina es el campo mismo, la sencillez trabajadora, el estado llano y la sufrida ley moral del propio vivir:

    Brotas derecha o torcida
    con esa humildad que cede
    sólo a la ley de la vida
    que es vivir como se puede. (Clll)

    Mientras, "el roble es la guerra", "el pino es el mar y el cielo", las palmeras "el sol y la lejanía", y las hayas son las leyendas oscuras y medrosas. No en balde vemos a los parricidas de "La tierra de Alvargonzález" cómo "huyen hacia los hayedos". En cambio, los chopos son "liras de la primavera". En la dendrografía machadiana, el naranjo y el limonero evocan siempre la edad infantil, en tanto que el olivo recrea la claridad andaluza y los chopos y los álamos rejuvenecen la soledad de Castilla. ya meciéndose junto al río, ya exhibiendo las grabadas iniciales de los enamorados, contagiándonos siempre su clara vida rumorosa.
    Pero ya se ha dicho que Campos de Castilla es un libro muy variado. Buen número de poemas son los que se incorporaron en la segunda edición, y por tanto están escritos después de 1912, fuera ya de Soria. Consecuencia: que algunos de los paisajes son andaluces, no castellanos. Tal acontece en "Noviembre 1913", en "Los olivos", y en otros que, reflejando la geografía soriana o la andaluza, incorpórase de nuevo el aire nostálgico que tanto conturbó al poeta. En "Recuerdos", es Soria vista - o soñada - a través de la vega del Guadalquivir, y en "Caminos" lo que importa del paisaje es no poderlo ya recorrer en compañía de la amada. El recuerdo de ésta, que acababa de morir, se une inseparablemente al panorama geográfico en que transcurrió aquel amor, de suerte que Leonor y Soria serán, en un pequeño manojo de poemas, una misma evocación.

    ¿No ves Leonor, los álamos del río
    con sus ramajes yertos? (CXXI )

    Porque se siente extranjero en los campos de su tierra, ya que el amor le hizo sentir una nueva patria allá "donde corre el Duero". Machado, con ánimo decaído, vuelto a esa melancolía, tan suya, como una herida que la pérdida de su mujer le abre de nuevo, mirará por sus entornados ojos de dolido soñador, sobre las tapias encaladas de su retiro de Baeza, la tierra de Soria, y allí "el alto Espino donde está su tierra", esto es: el cementerio, al que pide a José; María Palacio, su "buen amigo~. que suba "una tarde azul". "con los primeros lirios y las primeras rosas de las huertas". El poema CXXVI -, firmado en Baeza el 29 de abril de 1913 - antes de cumplirse el año de la muerte de Leonor - sigue una técnica de interrogación aseverativa. Va preguntando lo que sabe, o supone: el curso creciente de la estación primaveral en el paisaje querido y recordado. Si no le temblara tanto el labio del verso por la emoción que sube desde la íntima herida, sería una perfecta composición geórgica. Pero todo es reflejo del amor perdido, que duerme en ya definitiva fusión con aquellos campos.
    El tema castellano, en su versión más objetivada, vuelve en los elogios a Azorín, y, en cierto modo, en la composición "La mujer manchega", donde irrumpe una Castilla distinta, nada trágica, Castilla la Nueva, vinícola y hacendosa, con la inevitable luz cervantina, tan bien vista por el noventaiocho y, sobre todo, por Unamuno. Pero es el amor, no la heroicidad ni la locura, el amor sosegado de una musa ordenadora que "alinea los vasares" y que "las cuentas de la plaza anota en su diario", el que impregna de cotidianidad el poema, poniendo además su estetoscopio sobre el corazón de una realidad social, como hará, con más grave diagnosis, en "El mañana efímero", "Una España joven", "España en paz", "Del pasado efímero", piezas muy representativas del pensamiento machadiano, a las que se ha hecho referencia en otros capítulos.
    La variedad de Campos de Castilla da aún de sí más aspectos. Uno de ellos, Ias meditaciones filosóficas, afloradas en "Poema de un día", el poema profesoral que comentamos páginas antes, y muy patentes en "Proverbios y Cantares", que inaugura la zona de poesía gnómica. Algunos de estos breves poemitas reflejan directamente sus lecturas sobre una cuestión de filosofía, como el neoplatonismo, que Machado rechazaba:

    Dicen que el ave divina.
    Trocada en pobre gallina.
    por obra de las tijeras
    de aquel sabio profesor
    (fue Kant un esquilador
    de las aves altaneras
    toda su filosofía
    un sport de cetrería),
    dicen que quiere saltar
    las tapias del corralón.
    y volar
    otra vez, hacia Platón.
    ¡Hurra! ¡Sea!
    ¡Feliz será quien lo vea! (CXXXVI)

    Otros recaen en sus sueños de fe, del Dios que se lleva en la propia ansia de divinidad:

    Ayer soñé; que veía
    a Dios y que a Dios hablaba
    y soné; que Dios me oía
    Después soné; que soñaba. (CXXXVI)

    Algunos críticos suponen que, tras la muerte de Leonor, Antonio atraviesa una nueva crisis de religiosidad o, si se quiere, un acuciamiento en su sed divina, Io que no tendría nada de particular, porque cuando sentimos el vacío de la muerte tan de cerca, a todos nos produce vértigo. En cualquier caso, no parece que obtuviera sino parvo consuelo:

    Bueno es saber que los vasos
    nos sirven para beber:
    lo malo es que no sabemos
    para qué; sirve la sed. (CXXXVI)

    A esa serie, en la línea temporalista, pertenece el tan famoso:

    Caminante, son tus huellas
    el camino, y nada más;
    caminante, no hay camino,
    se hace el camino al andar.
    Al andar se hace camino
    y al volver la vista atrás
    se ve la senda que nunca
    se ha de volver a pisar.
    Caminante, no hay camino.
    sino estelas en la mar (CXXXVI)

    que es una versión personal de la metáfora del río, de Heráclito: todo pasa, no volvemos a bañarnos en el mimo río ni volvemos a pisar la misma senda. Nuestras vidas no son los ríos - como en Manrique - , sino las estelas en el mar, que se borran inevitablemente. Poema del cual es posible obtener, dentro de su melancólico sentido del tiempo en huida, la consecuencia moral del valor de nuestros propios actos, porque nada se nos da hecho, sino que todo hemos de hacerlo andando. Frente al verso aristocrático y modernista de su hermano Manuel - en "Adelfos" - según el cual "no se ganan, se heredan elegancia y blasón", el verso democrático - y noventaiochista - de Antonio, asegurando que "se hace el camino al andar". Un aspecto más, orientado hacia lo que va a recoger el Cancionero apócrifo en alguno de sus poemas, es la nota burlesca de las "Coplas a la muerte de don Guido", con su intención crítica, que muchas veces acudirá a las páginas de Juan Mairena.
    Parte muy notable de Campos de Castilla es "La tierra de Alvargonzález", que se publicó en la revista La Lectura (número Xll) el año 1912, y que volvió a editarse como pieza exenta por la Editorial Nuestro Pueblo en Barcelona, el año 1938, y en la colección "El ciervo herido", en La Habana, el año 1939.
    La revista Mundial Magazine de París, publicó en su número 9, de aquel mismo año de 1912, el cuento-leyenda, en prosa, escrito por Machado con el mismo tema e igual título, antes que el romance. Algunas ediciones actuales de las Poesías Completas incluyen esa versión juntamente con la más conocida en cuarenta y un breves romances, con setecientos doce versos, que componen un verdadero romancero, como Machado se propuso.
    Si la intención: un romancero sobre la tierra castellana, encaja perfectamente en el clima literario del noventaiocho, el tema de la codicia y de la envidia no está menos motivado. Machado lo resuelve en su estilo más peculiar, y con un alarde de concisión y expresividad en las impresionantes descripciones. Quizá este escuetismo se viera facilitado por el paso de la prosa al verso de ocho sílabas, que, a fragmentos, es casi transcripción, dada la acomodación del castellano al ritmo octosilábico. En esa conversión algo se produjo curioso, porque los versos "Mucha sangre de Caín / tiene la gente labriega", procedentes de unas frases en prosa, no se justifican del todo: los asesinos matan al padre, no al hermano. En la narración sí hay fratricidio; en el romance, no. O a don Antonio se le olvidó ese detalle, o no quiso renunciar a los dos octosílabos que le habían salido tan redondos.
    Encontramos algunos rastros de 12 primera poesía machadiana, como unas hadas hilanderas que manipulan las vedijas del sueño o "una tarde parda y fría" de noviembre, igual que la del invierno de "Recuerdo infantil" de Soledades. Dentro del realismo de la descripción, la poesía simbolista de Machado deja sus hermosas muestras: entre los niños, como una oscura premonición, vemos "un cuervo de negras alas", y el mito del fuego, evocado en la lumbre que no se enciende por las manos de los niños que serán parricidas, sino por las del hijo bueno. El tema aquí se complica y cobra fuerza trágica, al planear el destino fatalmente sobre esos dos hijos que de mayores matarán al padre y arruinarán la hacienda. El romance evoca un ajusticiamiento, como en otros momentos de la obra de Machado, y un ramalazo tétrico por los bosques de hayas, recuerda las alusiones en el poema "Las encinas". Un verso: "Hermosa tierra de España", nos trae a la memoria el mismo, empleado en un poema de 1907. La descripción de los campos primaverales responde a la geórgica exactitud de otras piezas del poeta, así como la vuelta de Miguel, el hermano menor, que se fue a Amé;rica, se aproxima a "El viajero", de Soledades. Si a esto añadimos la dramática visión de las tierras pobres de Castilla ("tierras pobres, tierras tristes / tan tristes que tienen alma"), la perfecta adecuación de este romance a la personal poesía de Machado es evidente, al punto de que quien conociera sólo "La tierra de Alvargonzález" podría decirse que conocía los aspectos fundamentales de la obra del gran poeta.

    Desde el punto de vista formal, Campos de Castilla, el segundo y acaso más alto e importante libro de Antonio Machado, acumula en su variada composición más elementos retóricos que los empleados hasta entonces. Por elementos retóricos - palabra frecuentemente mal empleada - no debe entenderse artificiosidad, ya que, al contrario, en algunos poemas llega a una palabra escueta, a una mera enumeración, a una descripción directa que le ha granjeado la atribución de cierto prosaísmo por parte de algún sector de crítica. Tampoco debe entenderse exceso de énfasis; en mi sentir, lo enfático se contrarrestra aquí siempre con la emoción humana de lo humilde, que no falta nunca, como ya se anotó. Al decir, pues, elementos retóricos se quiere dar a entender mayor afán constructivista del poema, como consecuencia de que el propósito no es expresar una emoción de índole llamada inefable (un estado de alma) a la cual le van bien las medias palabras o alusiones. Aquí se pretende comunicar emociones motivadas en realidades tangibles. Si la temática de lo inefable es aquello que no se puede fablar, hablar o decir, esta otra temática es fablable, hablable o decible y por eso, sin mengua de su sobriedad habitual, Machado emplea un verso más hecho, más construido. El número de composiciones de arte mayor - serventesios y pareados - es aproximadamente el cincuenta por ciento más que las de arte menor, prevaleciendo sobre ambas el número de composiciones de versificación irregular. que sobrepasa la mitad del conjunto. Este tipo de composición irregular cual es la silva se adapta bien al propósito narrativo y descriptivo que mueve al poeta.
    Al contrario de lo que ocurre en Soledades, en Campos de Castilla es bastante mayor el número de poemas con rima perfecta o consonante que el de rima asonantada o imperfecta. Un solo soneto hay en el libro: el muy modernista - por atemperación al tema - de catorce sílabas. dedicado a Flor de Santidad, de Valle Inclán. Machado no ha comenzado aún a volcar su poesía en el molde riguroso del soneto; lo hará poco después, logrando algunos antológicos. Campos de Castilla recoge varios romances, generalmente breves. Los más señalados son. por supuesto, los que integran "La tierra de Alvargonzález". Sabido es que por aquel entonces pensó Machado - y escribió - que el romance podía ser la suprema expresión de la poesía, proyectando escribir un nuevo romancero.
    Con este libro Machado está culminando su obra poética. Tiene cuarenta y dos años. Su tercera etapa alcanza hermosas muestras. sin duda, pero es ya menor en extensión. Comenzará a escribir más prosa - sus parrafadas de Abel Martin y Juan de Mairena - y menos versos. ¿Se siente más urgido por la necesidad de expresar conceptos que intuiciones? Nunca abandonará el poema del todo. sin embargo. y ya hemos visto que los escribió hasta el último día. Pero é;l mismo sintió, ya en 1913 - a los treinta y ocho años - que no tenía "la voz que tuve antaño"; se lo dice a Xavier Valcarce, en un poema - CXLI - evidentemente exagerado, fruto de su pesimismo, de su modestia, de su sentido de apagamiento u ocaso vital - la tarde, como la vida, podíamos decir - , pero fruto también;n, acaso, de una premonición misteriosa. "El alma del poeta se orienta hacia el misterio".
    Después;s de 1913 escribiría aún mucho, sin embargo. Entre otras cosas, su tercer libro: Nuevas canciones, del que vamos a ocuparnos seguidamente.
    Leopoldo de Luis, Antonio Machado - Ejemplo y lección, Madrid 1975, SGEL, págs:203 - 215.



    5. El tema dominmante en Machado.

    La poesía de Machado está dominada por un tema único: la soledad. El tema es dominante también allí donde Machado canta la comunicación del amor y de la solidaridad humana, la naturaleza historizada, "lo esencial castellano", donde celebra acontecimientos y honra personajes o donde describe paisajes, es decir, donde se ocupa de cuestiones que se refieren a todo menos a la soledad
    En su poesía primera, la soledad emerge vestida con ornamentos modernistas, en la lírica tardía no retorna con más frecuencia que otros temas aparentemente centrales. La soledad parece, más bien esconderse ante el peso del sueño, del tiempo, de lo intrahistórico español, de lo popular comunicativo, y se podría suponer que la soledad del Machado modernista no era más que un gesto modernista, aprendido y artificial, que el poeta mismo fue abandonando en la medida en que iba purificando la poesía del lastre ornamental de la escuela Machado mismo rechazó en los prólogos a varias ediciones de sus libros la estética del Modernismo y simultáneamente puso de relieve otros temas que de por sí excluyen la soledad como tema y aun como aceptable situación personal.
    Con estos prólogos, Machado fijó una orientación de interpretación que luego han seguido su comentaristas sin atender al hecho de que esta autointerpretaciones son retrospectivas y resume desde la perspectiva de nuevos proyectos y que por ello, la mezcla de balance y desiderata requiere a su vez una interpretación crítica. Esto no significa que hay que desatar de nuevo la disputa sobre si es posible entender a un autor mejor de lo que él se comprendió. Se trata simplemente de tomar en serio a Machado, es decir, de preguntar a los textos mismos si los temas que él pone de relieve en su interpretación y aquellos que a primera vista parecen determinar su lírica se hallan, cerrados en sí, relacionados sólo por el contexto general o si más bien dejan entrever un más amplio contexto en el cual cada uno de ellos pierde su independencia en favor de un tema dominante, en el cual aquellos se integran como partes esenciales, de modo que a medida que se van integrando va apareciendo con claridad el tema propio y principal.
    El tiempo, el sueño, la comunicación solidaria con los hombres, el amor, lo "esencial castellano", el Yo y todos los demás temas de que se ha ocupado la bibliografía sobre Machado tienen siempre una constante referencia a una tema que emerge tanto en los poemas como en la prosa en diversas imágenes, motivos y pensamientos, con mayor o menor claridad: la soledad.
    Esta no es el sentimiento del abandono o de sentirse aislado, si bien este sentimiento resuena en la lírica de Machado. En él, la soledad es un estado de incesante pasmo I y de extrañeza ante el hecho de que el mundo es como es, de que simplemente es mundo. El poeta Machado no está solo o abandonado, más bien es un extranjero en la tierra, pero no por eso un místico como Teresa de Jesús, cuyas Moradas, secularizadas, resuenan en las "galerías" del alma y en las "cámaras de tiempo" de la soledad machadiana. Más cercano a Ortega y Gasset, el solitario Machado es un sorprendido espectador. Indiferente y con nostalgia de participación e interés a la vez, Machado canta al mundo en el que es un extraño como si éste fuera un teatro compuesto principalmente de telones y escenarios. Con frecuencia parecen "daguerrotipos viejos", amarillentos y empolvados, polvorientos como los caminos de la tarde o del mediodía estival - una imagen que ocurre frecuentemente en su poesía, y que se liga al sentimiento de los recuerdos. Característico de estos "daguerrotipos viejos", imagen de los recuerdos, es no sólo el que ellos son la actualización de algo pasado o soñado, sino ante todo el que lo recordado - pero no sólo esto - emerge en la representación como algo lejano. Esta lejanía refiere siempre a estado permanente de pasmo y extrañeza sobre la existencia del mundo, y le da un perfil más perceptible. Como extrañeza y pasmo del solitario que se manifiestan en la lejanía, es ésta un motivo del tema de la soledad, la que a medida que los otros motivos van desarrollándose se constituye como el tema central, a la vez que da a estos motivos su sentido.
    R. Gutiérrez Girardot, Poesía y prosa en Antonio Machado, Guadarrama, Madrid 1969, págs: 37 - 39



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