• "(AZAHAR)"  
  • "Un carnívoro cuchillo"  
  • "Umbrío por la pena, casi bruno"(Comtexto)
  • "Me llamo barro aunque Miguel me llame"  
  • "Vierto la red, esparzo la semilla"  
  • "Como el toro he nacido para el luto" 
  • "ELEGÍA (A Ramón Sijé)"(Comtexto)
  • "SONETO FINAL"  
  • "Astros momificados y bravíos"  
  • "Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos"  
  • "SENTADO SOBRE LOS MUERTOS"  
  • "Vientos del pueblo me llevan"  
  • "EL NIÑO YUNTERO"(Comtexto)
  • "ROSARIO, DINAMITERA"  
  • "Al soldado internacional caído en España"  
  • "EL SUDOR"  
  • "CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO" 
  • "ACEITUNEROS"(Comtextos)
  • "Canción última" (Comtextos)
  • "EL HERIDO" (Comtexto)
  • "CANCIÓN PRIMERA"  
  • "LLAMO AL TORO DE ESPAÑA"  
  • "MADRE ESPAÑA"  
  • "Llegó con tres heridas-"  
  • "Menos tu vientre"  
  • "LA BOCA" (Comtexto)
  • "NANAS DE LA CEBOLLA" (Comtexto)
  • "¿Quién llenará este vacío?"  
  • "MUERTE NUPCIAL"  
  • "CORRIDA REAL"  
  • "VUELO"  



  • (AZAHAR)

       
    Frontera de lo puro, flor y fría.
    Tu blancor de seis filos, complemento,
    en el principal mundo, de tu aliento,
    en un mundo resume un mediodía.
    Astrólogo el ramaje en demasía,
    de verde resultó jamás exento.
    Ártica flor al sur: es necesario
    tu desliz al buen curso del canario.

    Perito en lunas (1933)



    Un carnívoro cuchillo

       
    Un carnívoro cuchillo
    de ala dulce y homicida
    sostiene un vuelo y un brillo
    alrededor de mi vida.

    Rayo de metal crispado
    fulgentemente caído,
    picotea mi costado
    y hace en él un triste nido.

    Mi sien, florido balcón
    de mis edades tempranas,
    negra está, y mi corazón,
    y mi corazón con canas.

    Tal es la mala virtud
    del rayo que me rodea,
    que voy a mi juventud
    como la luna a mi aldea.

    Recojo con las pestañas
    sal del alma y sal del ojo
    y flores de telarañas
    de mis tristezas recojo.

    ¿A dónde iré que no vaya
    mi perdición a buscar?
    Tu destino es de la playa
    y mi vocación del mar.

    Descansar de esta labor
    de huracán, amor o infierno
    no es posible, y el dolor
    me hará a mi pesar eterno.

    Pero al fin podré vencerte,
    ave y rayo secular,
    corazón, que de la muerte
    nadie ha de hacerme dudar.

    Sigue, pues, sigue cuchillo,
    volando, hiriendo. Algún día
    se pondrá el tiempo amarillo
    sobre mi fotografía.

    El rayo que no cesa (1934-35)


    Umbrío por la pena, casi bruno

       
    Umbrío por la pena, casi bruno,
    porque la pena tizna cuando estalla,
    donde yo no me hallo no se halla
    hombre más apenado que ninguno.

    Sobre la pena duermo solo y uno,
    pena es mi paz y pena mi batalla,
    perro que ni me deja ni se calla,
    siempre a su dueño fiel, pero importuno.

    Cardos y penas llevo por corona,
    cardos y penas siembran sus leopardos
    y no me dejan bueno hueso alguno.

    No podrá con la pena mi persona
    rodeada de penas y cardos:
    ¿cuánto penar para morirse uno!

    El rayo que no cesa (1934-35)

    Comtexto
    Interpretación de Joan Manuel Serrat


    Me llamo barro aunque Miguel me llame

       
    Me llamo barro aunque Miguel me llame.
    Barro es mi profesión y mi destino
    que mancha con su lengua cuanto lame.

    Soy un triste instrumento del camino.
    Soy una lengua dulcemente infame
    a los pies que idolatro desplegada.

    Como un nocturno buey de agua y barbecho
    que quiere ser criatura idolatrada,
    embisto a tus zapatos y a sus alrededores,
    y hecho de alfombras y de besos hecho
    tu talón que me injuria beso y siembro de flores.

    Coloco relicarios de mi especie
    a tu talón mordiente, a tu pisada,
    y siempre a tu pisada me adelanto
    para que tu impasible pie desprecie
    todo el amor que hacia tu pie levanto.

    Más mojado que el rostro de mi llanto,
    cuando el vidrio lanar del hielo bala,
    cuando el invierno tu ventana cierra
    bajo a tus pies un gavilán de ala,
    de ala manchada y corazón de tierra
    Bajo a tus pies un ramo derretido
    de humilde miel pataleada y sola,
    un despreciado corazón caído
    en forma de alga y en figura de ola.

    Barro en vano me invisto de amapola,
    barro en vano vertiendo voy mis brazos,
    barro en vano te muerdo los talones,
    dándole a malheridos aletazos
    sapos como convulsos corazones.

    Apenas si me pisas, si me pones
    la imagen de tu huella sobre encima,
    se despedaza y rompe la armadura
    de arrope bipartido que me ciñe la boca
    en carne viva y pura,
    pidiéndote a pedazos que la oprima
    siempre tu pie de liebre libre y loca.

    Su taciturna nata se arracima,
    los sollozos agitan su arboleda
    de lana cerebral bajo tu paso.
    Y pasas, y se queda
    incendiando su cera de invierno ante el ocaso,
    mártir, alhaja y pasto de la rueda.

    Harto de someterse a los puñales
    circulantes del carro y la pezuña,
    teme del barro un parto de animales
    de corrosiva piel y vengativa uña.

    Teme que el barro crezca en un momento,
    teme que crezca y suba y cubra tierna,
    tierna y celosamente
    tu tobillo de junco, mi tormento,
    teme que inunde el nardo de tu pierna
    y crezca más y ascienda hasta tu frente.

    Teme que se levante huracanado
    del bando territorio del invierno
    y estalle y truene y caiga diluviado
    sobre tu sangre duramente tierno.

    Teme un asalto de ofendida espuma
    y teme un amoroso cataclismo.

    Antes que la sequía lo consuma
    el barro ha de volverte de lo mismo.

    El rayo que no cesa (1934-35)



    Vierto la red, esparzo la semilla

       
    Vierto la red, esparzo la semilla
    entre ovas, aguas, surcos y amapolas,
    sembrando a secas y pescando a solas
    de corazón ansioso y de mejilla.

    Espero a que recaiga en esta arcilla
    la lluvia con sus crines y sus colas,
    relámpagos sujetos a olas
    desesperando espero en esta orilla.

    Pero transcurren lunas y más lunas,
    aumenta de mirada mi deseo
    y no crezco en espigas o en pescados.

    Lunas de perdición como ningunas,
    porque sólo recojo y sólo veo
    piedras como diamantes eclipsados.

    El rayo que no cesa (1934-35)


    Como el toro he nacido para el luto

       
    Como el toro he nacido para el luto
    y el dolor, como el toro estoy marcado
    por un hierro infernal en el costado
    y por varón en la ingle con un fruto.

    Como el toro la encuentra diminuto
    todo mi corazón desmesurado,
    y del rostro del beso enamorado,
    como el toro a tu amor se lo disputo.

    Como el toro me crezco en el castigo,
    la lengua en corazón tengo bañada
    y llevo al cuello un vendaval sonoro.

    Como el toro te sigo y te persigo,
    y dejas mi deseo en una espada, como el toro burlado, como el toro.

    El rayo que no cesa (1934-35)


    ELEGÍA (A Ramón Sijé)

       
    (En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como el rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería.)

    Yo quiero ser llorando el hortelano
    de la tierra que ocupas y estercolas,
    compañero del alma, tan temprano.

    Alimentando lluvias, caracolas
    y órganos mi dolor sin instrumento,
    a las desalentadas amapolas

    daré tu corazón por alimento.
    Tanto dolor se agrupa en mi costado,
    que por doler me duele hasta el aliento.

    Un manotazo duro, un golpe helado,
    un hachazo invisible y homicida,
    un empujón brutal te ha derribado.

    No hay extensión más grande que mi herida,
    lloro mi desventura y sus conjuntos
    y siento más tu muerte que mi vida.

    Ando sobre rastrojos de difuntos,
    y sin calor de nadie y sin consuelo
    voy de mi corazón a mis asuntos.

    Temprano levantó la muerte el vuelo,
    temprano madrugó la madrugada,
    temprano estás rodando por el suelo.

    No perdono a la muerte enamorada,
    no perdono a la vida desatenta,
    no perdono a la tierra ni a la nada.

    En mis manos levanto una tormenta
    de piedras, rayos y hachas estridentes
    sedienta de catástrofes y hambrienta.

    Quiero escarbar la tierra con los dientes,
    quiero apartar la tierra parte a parte
    a dentelladas secas y calientes.

    Quiero minar la tierra hasta encontrarte
    y besarte la noble calavera
    y desamordazarte y regresarte.

    Volverás a mi huerto y a mi higuera:
    por los altos andamios de las flores
    pajareará tu alma colmenera

    de angelicales ceras y labores.
    Volverás al arrullo de las rejas
    de los enamorados labradores.

    Alegrarás la sombra de mis cejas,
    y tu sangre se irán a cada lado
    disputando tu novia y las abejas.

    Tu corazón, ya terciopelo ajado,
    llama a un campo de almendras espumosas
    mi avariciosa voz de enamorado.

    A las aladas almas de las rosas
    del almendro de nata te requiero,
    que tenemos que hablar de muchas cosas,
    compañero del alma, compañero.

    (10 de enero de 1936)

    El rayo que no cesa (1934-35)


    SONETO FINAL

       
    Por desplumar arcángeles glaciales,
    la nevada lilial de esbeltos dientes
    es condenada al llanto de las fuentes
    y al desconsuelo de los manantiales.

    Por difundir su alma en los metales,
    por dar el fuego al hierro sus orientes,
    al dolor de los yunques inclementes
    lo arrastran los herreros torrenciales.

    Al doloroso trato de la espina,
    al fatal desaliento de la rosa
    y a la acción corrosiva de la muerte

    arrojado me veo, y tanta ruina
    no es por otra desgracia ni por otra cosa
    que por quererte y sólo por quererte.

    El rayo que no cesa (1934-35)


    Astros momificados y bravíos

       
    Astros momificados y bravíos
    sobre cielos de abismos y barrancas
    como densas coronas de carlancas
    y de erizados pensamientos míos.

    Bajo la luz mortal de los estíos,
    zancas y uñas se os ponen oriblancas,
    y os azuzáis las uñas y las zancas
    ¡en qué airados y eternos desafíos!

    ¡Qué dolor vuestro tacto y vuestra vista!
    intimidáis los ánimos más fuertes,
    anatómicas penas vegetales

    Todo es peligro de agresiva arista,
    sugerencia de huesos y de muertes,
    inminencia de hogueras y de males.

    Imagen de tu huella (1934)


    Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos

       
    Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
    que son dos hormigueros solitarios,
    y son mis manos sin las tuyas varios
    intratables espinos a manojos...

    No me encuentro los labios sin tus rojos,
    que me llenan de dulces campanarios,
    sin ti mis pensamientos son calvarios
    criando nardos y agostando hinojos.

    No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
    ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
    y mi voz sin tu trato se afemina.

    Los olores persigo de tu viento
    y la olvidada imagen de tu huella,
    que en ti principia, amor, y en mí termina.

    Imagen de tu huella (1934)


    SENTADO SOBRE LOS MUERTOS

       
    Sentado sobre los muertos
    que se han callado en dos meses,
    beso zapatos vacíos
    y empuño rabiosamente
    la mano del corazón
    y el alma que lo sostiene.
    Que mi voz suba a los montes
    y baje a la tierra y truene,
    eso pide mi garganta
    desde ahora y desde siempre.
    Acércate a mi clamor,
    pueblo de mi misma leche,
    árbol que con tus raíces
    encarcelado me tienes,
    que aquí estoy yo para amarte
    y estoy para defenderte
    con la sangre y con la boca
    como dos fusiles fieles.
    Si yo salí de la tierra,
    si yo he nacido de un vientre
    desdichado y con pobreza,
    no fue sino para hacerme
    ruiseñor de las desdichas,
    eco de la mala suerte,
    y cantar y repetir
    a quien escucharme debe
    cuanto a penas, cuanto a pobres,
    cuanto a tierra se refiere.
    Ayer amaneció el pueblo
    desnudo y sin qué comer,
    y el día de hoy amanece
    justamente aborrascado
    y sangriento justamente.
    En su mano los fusiles
    leones quieren volverse:
    para acabar con las fieras
    que lo han sido tantas veces.
    Aunque le faltan las armas,
    pueblo de cien mil poderes,
    no desfallezcan tus huesos,
    castiga a quien te malhiere
    mientras que te queden puños,
    uñas, saliva, y te queden
    corazón, entrañas, tripas,
    cosas de varón y dientes.
    Bravo como el viento bravo,
    leve como el aire leve,
    asesina al que asesina,
    aborrece al que aborrece
    la paz de tu corazón
    y el vientre de tus mujeres.
    No te hieran por la espalda,
    vive cara a cara y muere
    con el pecho ante las balas,
    ancho como las paredes.
    Canto con la voz de luto,
    pueblo de mí, por tus héroes:
    tus ansias como las mías,
    tus desventuras que tienen
    del mismo metal el llanto,
    las penas del mismo temple,
    y de la misma madera
    tu pensamiento y mi frente,
    tu corazón y mi sangre,
    tu dolor y mis laureles.
    Antemuro de la nada
    esta vida me parece.
    Aquí estoy para vivir
    mientras el alma me suene,
    y aquí estoy para morir,
    cuando la hora me llegue,
    en los veneros del pueblo
    desde ahora y desde siempre.
    Varios tragos es la vida
    y un solo trago es la muerte.

    Viento del pueblo (1937)


    Vientos del pueblo me llevan

       
    Vientos del pueblo me llevan,
    vientos del pueblo me arrastran,
    me esparcen el corazón
    y me aventan la garganta.

    Los bueyes doblan la frente,
    impotentemente mansa,
    delante de los castigos:
    los leones la levantan
    y al mismo tiempo castigan
    con su clamorosa zarpa.

    No soy de un pueblo de bueyes,
    que soy de un pueblo que embargan
    yacimientos de leones,
    desfiladeros de águilas
    y cordilleras de toros
    con el orgullo en el asta.

    Nunca medraron los bueyes
    en los páramos de España.

    ¿Quién habló de echar un yugo
    sobre el cuello de esta raza?
    ¿Quién ha puesto al huracán
    jamás ni yugos ni trabas,
    ni quién al rayo detuvo
    prisionero en una jaula?

    Asturianos de braveza,
    vascos de piedra blindada,
    valencianos de alegría
    y castellanos de alma,
    labrados como la tierra
    y airoso como las alas;
    andaluces de relámpagos,
    nacidos entre guitarras
    y forjados en los yunques
    torrenciales de las lágrimas;
    extremeños de centeno,
    gallegos de lluvia y calma,
    catalanes de firmeza,
    aragoneses de casta,
    murcianos de dinamita
    frutalmente propagada,
    leoneses, navarros, dueños
    del hambre, el sudor y el hacha,
    reyes de la minería,
    señores de la labranza,
    hombres que entre las raíces,
    como raíces gallardas,
    vais de la vida a la muerte,
    vais de la nada a la nada:
    yugos os quieren poner
    gentes de la hierba mala,
    yugos que habéis de dejar
    rotos sobre sus espaldas.

    Crepúsculo de los bueyes
    está despuntando el alba.

    Los bueyes mueren vestidos
    de humildad y olor de cuadra:
    las águilas, los leones
    y los toros de arrogancia,
    y detrás de ellos, el cielo
    ni se enturbia ni se acaba.
    La agonía de los bueyes
    tiene pequeña la cara,
    la del animal varón
    toda la creación agranda.

    Si me muero, que me muera
    con la cabeza muy alta.
    Muerto y veinte veces muerto,
    la boca contra la grama,
    tendré apretado los dientes
    y decidida la barba.

    Cantando espero a la muerte
    que hay ruiseñores que cantan
    encima de los fusiles
    y en medio de las batallas.

    Viento del pueblo (1937)


    EL NIÑO YUNTERO

       
    Carne de yugo, ha nacido
    más humillado que bello,
    con el cuello perseguido
    por el yugo para el cuello.
    Nace, como la herramienta,
    a los golpes destinado,
    de una tierra descontenta
    y un insatisfecho arado.
    Entre estiércol puro y vivo
    de vacas, trae a la vida
    un alma color de olivo
    vieja ya y encallecida.
    Empieza a vivir, y empieza
    a morir de punta a punta
    levantando la corteza
    de su madre con la yunta.
    Empieza a sentir, y siente
    la vida como una guerra
    y a dar fatigosamente
    en los huesos de la tierra.
    Contar sus años no sabe,
    y ya sabe que el sudor
    es una corona grave
    de sal para el labrador.
    Trabaja, y mientras trabaja
    masculinamente serio,
    se unge de lluvia y se alhaja
    de carne de cementerio.
    A fuerza de golpes, fuerte,
    y a fuerza de sol, bruñido,
    con una ambición de muerte
    despedaza un pan reñido.
    Cada nuevo día es
    más raíz, menos criatura,
    que escucha bajo sus pies
    la voz de la sepultura.
    Y como raíz se hunde
    en la tierra lentamente
    para que la tierra inunde
    de paz y panes su frente.
    Me duele este niño hambriento
    como una grandiosa espina,
    y su vivir ceniciento
    resuelve mi alma de encina.
    Lo veo arar los rastrojos,
    y devorar un mendrugo,
    y declarar con los ojos
    que por qué es carne de yugo.
    Me da su arado en el pecho,
    y su vida en la garganta,
    y sufro viendo el barbecho
    tan grande bajo su planta.
    ¿Quién salvará a este chiquillo
    menor que un grano de avena?
    ¿De dónde saldrá el martillo
    verdugo de esta cadena?
    Que salga del corazón
    de los hombres jornaleros,
    que antes de ser hombres son
    y han sido niños yunteros.

    Viento del pueblo (1937)


    ROSARIO, DINAMITERA

       
    Rosario, dinamitera,
    sobre tu mano bonita
    celaba la dinamita
    sus atributos de fiera.
    Nadie al mirarla creyera
    que había en su corazón
    una desesperación,
    de cristales, de metralla
    ansiosa de una batalla,
    sedienta de una explosión.

    Era tu mano derecha,
    capaz de fundir leones,
    la flor de las municiones
    y el anhelo de la mecha.
    Rosario, buena cosecha,
    alta como un campanario
    sembrabas al adversario
    de dinamita furiosa
    y era tu mano una rosa
    enfurecida, Rosario.

    Buitrago ha sido testigo
    de la condición de rayo
    de las hazañas que callo
    y de la mano que digo.
    ¿Bien conoció el enemigo
    la mano de esta doncella,
    que hoy no es mano porque de ella,
    que ni un solo dedo agita,
    se prendó la dinamita
    y la convirtió en estrella!

    Rosario, dinamitera,
    puedes ser varón y eres
    la nata de las mujeres,
    la espuma de la trinchera.
    Digna como una bandera
    de triunfos y resplandores,
    dinamiteros pastores,
    vedla agitando su aliento
    y dad las bombas al viento
    del alma de los traidores.

    Viento del pueblo (1937)


    Al soldado internacional caído en España

       
    Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras,
    una esparcida frente de mundiales cabellos,
    cubierta de horizontes, barcos y cordilleras,
    con arena y con nieve, tú eres uno de aquellos.
    Las patrias te llamaron con todas sus banderas,
    que tu aliento llenara de movimientos bellos.
    Quisiste apaciguar la sed de las panteras,
    y flameaste henchido contra sus atropellos.
    Con un sabor a todos los soles y los mares,
    España te recoge porque en ella realices
    tu majestad de árbol que abarca un continente.
    A través de tus huesos irán los olivares
    desplegando en tierra sus más férreas raíces,
    abrazando a los hombres universal, fielmente.

    Viento del pueblo (1937)


    EL SUDOR

       
    En el mar halla el agua su paraíso ansiado
    y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje.
    El sudor es un árbol desbordante y salado,
    un voraz oleaje.
    Llega desde la edad del mundo más remota
    a ofrecer a la tierra su copa sacudida,
    a sustentar la sed y la sal gota a gota,
    a iluminar la vida.
    Hijo del movimiento, primo del sol, hermano
    de la lágrima, deja rodando por las eras,
    del abril al octubre, del invierno al verano,
    áureas enredaderas.
    Cuando los campesinos van por la madrugada
    a favor de la esteva removiendo el reposo,
    se visten una blusa silenciosa y dorada
    de sudor silencioso.
    Vestidura de oro de los trabajadores,
    adorno de las manos como de las pupilas.
    Por la atmósfera esparce sus fecundos olores
    una lluvia de axilas.
    El sabor de la tierra se enriquece y madura:
    caen los copos del llanto laborioso y oliente,
    maná de los varones y de la agricultura,
    bebida de mi frente.
    Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos
    en el ocio sin brazos, sin música, sin poros,
    no usaréis la corona de los poros abiertos
    ni el poder de los toros.
    Viviréis maloliendo, moriréis apagados:
    la encendida hermosura reside en los talones
    de los cuerpos que mueven sus miembros trabajados
    como constelaciones.
    Entregad al trabajo, compañeros, las frentes:
    que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,
    con sus lentos diluvios, os hará transparentes,
    venturosos, iguales.

    Viento del pueblo (1937)


    CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO

       
    He poblado tu vientre de amor y sementera
    he prolongado el eco de sangre a que respondo
    y espero sobre el surco como el arado espera:
    he llegado hasta el fondo.
    Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
    esposa de piel, gran trago de mi vida,
    tus pechos locos crecen hacia mi dando saltos
    de cierva concebida.
    Ya me parece que eres un cristal delicado,
    temo que te me rompas al mas leve tropiezo
    y a reforzar tus penas con mi piel de soldado
    fuera como el cerezo.
    Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
    te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
    Mujer, mujer te quiero cercado por las balas,
    ansiado por el plomo.
    Sobre los ataúdes feroces en acecho,
    sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
    te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
    hasta en el polvo, esposa.
    Cuando junto a los campos de combate te piensa
    mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
    te acercas hacia mí como una loca inmensa
    de hambrienta dentadura.
    Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
    aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
    y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
    y defiendo tu hijo.
    Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
    envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
    y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
    sin colmillos ni garra.
    Es preciso matar para seguir viviendo.
    Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
    y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
    cosida por tu mano.
    Tus piernas implacables al parto van derechas,
    y tu implacable boca de labios indomables,
    y ante mi soledad de explosiones y de brechas
    recorres un camino de besos implacables.
    Para el hijo será la paz que estoy forjando.
    Y al fin en océano de irremediables huesos
    tu corazón y el mío naufragarán, quedando
    una mujer y un hombre gastados por los besos.

    Viento del pueblo (1937)


    ACEITUNEROS

       
    Andaluces de Jaén
    Aceituneros altivos,
    decidme en el alma: ¿quién,
    quién levantó los olivos?
    No los levantó la nada,
    ni el dinero, ni el señor,
    sino la tierra callada,
    el trabajo y el sudor.
    Unidos al agua pura,
    y a los planetas unidos,
    los tres dieron la hermosura
    de los troncos retorcidos.
    Levántate, olivo cano,
    dijeron al pie del viento.
    Y el olivo alzó una mano
    poderosa de cimiento.
    Andaluces de Jaén,
    aceituneros altivos,
    decidme en el alma: ¿quién
    amamantó los olivos?
    Vuestra sangre, vuestra vida,
    no la del explotador
    que se enriqueció en la herida
    generosa del sudor.
    No la del terrateniente
    que os sepultó en la pobreza,
    que os pisoteó la frente,
    que os redujo la cabeza.
    Arboles que vuestro afán
    consagró al centro del día
    eran principio de un pan
    que sólo el otro comía.
    ¡Cuántos siglos de aceituna,
    los pies y las manos presos,
    sol a sol y luna a luna,
    pesan sobre vuestros huesos!
    Andaluces de Jaén,
    aceituneros altivos,
    pregunta mi alma: ¿de quién,
    de quién son estos olivos?
    Jaén, levantante brava
    sobre tus piedras lunares,
    no vayas a ser esclava
    con todos tus olivares.
    Dentro de la claridad
    del aceite y sus aromas,
    indican tu libertad
    la libertad de tus lomas.

    Viento del pueblo (1937)

    Comtexto
    Interpretación de Paco Ibañez


    Canción última

       
    Pintada, no vacía:
    pintada está mi casa
    del color de las grandes
    pasiones y desgracias.

    Regresará del llanto
    adonde fue llevada
    con su desierta mesa,
    con su ruinosa cama.

    Florecerán los besos
    sobre las almohada.

    Y en torno de los cuerpos
    elevará la sábana
    su inmensa enredadera
    nocturna, perfumada.

    El odio se amortigua
    detrás de la ventana.
    Será la garra suave.
    Dejadme la esperanza.

    Viento del pueblo (1937)

    Comtexto
    Interpretación de Joan Manuel Serrat


    EL HERIDO

       
    Para el muro de un hospital de sangre.

                      I

    Por los campos luchados se extienden los heridos.
    Y de aquella extensión de cuerpos luchadores
    salta un trigal de chorros calientes, extendidos
    en roncos surtidores.
    La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
    Y las heridas suenan, igual que caracolas,
    cuando hay en las heridas celeridad de vuelo,
    esencia de las olas.
    La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega.
    La bodega del mar, del vino bravo, estalla
    allí donde el herido palpitante se anega,
    y florece, y se halla.
    Herido estoy, miradme: necesito más vidas.
    La que contengo es poca para el gran cometido
    de sangre que quisiera perder por las heridas.
    Decid quién no fue herido.
    Mi vida es una herida de juventud dichosa.
    ¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente
    herido por la vida, ni en la vida reposa
    herido alegremente!
    Si hasta a los hospitales se va con alegría,
    se convierten en huertos de heridas entreabiertas,
    de adelfos florecidos ante la cirugía.
    de ensangrentadas puertas.

                      II

    Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
    Para la libertad, mis ojos y mis manos,
    como un árbol carnal, generoso y cautivo,
    doy a los cirujanos.
    Para la libertad siento más corazones
    que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
    y entro en los hospitales, y entro en los algodones
    como en las azucenas.
    Para la libertad me desprendo a balazos
    de los que han revolcado su estatua por el lodo.
    Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
    de mi casa, de todo.
    Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
    ella pondrá dos piedras de futura mirada
    y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
    en la carne talada.
    Retoñarán aladas de savia sin otoño
    reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
    Porque soy como el árbol talado, que retoño:
    porque aún tengo la vida.

    El hombre acecha (1937-39)

    Comtexto
    Interpretación de Joan Manuel Serrat


    CANCIÓN PRIMERA

       
    Se ha retirado el campo
    al ver abalanzarse
    crispadamente al hombre.
    ¡Qué abismo entre el olivo
    y el hombre se descubre!
    El animal que canta:
    el animal que puede
    llorar y echar raíces,
    rememoró sus garras.
    Garras que revestía
    de suavidad y flores,
    pero que, al fin, desnuda
    en toda su crueldad.
    Crepitan en mis manos.
    Aparta de ellas, hijo.
    Estoy dispuesto a hundirlas,
    dispuesto a proyectarlas
    sobre tu carne leve.
    He regresado al tigre.
    Aparta, o te destrozo.
    Hoy el amor es muerte,
    y el hombre acecha al hombre.

    El hombre acecha (1937-39)


    LLAMO AL TORO DE ESPAÑA

       
    Alza, toro de España: levántate, despierta.
    Despiértate del todo, toro de negra espuma,
    que respiras la luz y rezumas la sombra,
    y concentras los mares bajo tu piel cerrada.

    Despiértate.

    Despiértate del todo, que te veo dormido,
    un pedazo del pecho y otro de la cabeza:
    que aún no te has despertado como despierta un toro
    cuando se le acomete con traiciones lobunas.

    Levántate.

    Resopla tu poder, despliega tu esqueleto,
    enarbola tu frente con las rotundas hachas,
    con las dos herramientas de asustar a los astros,
    de amenazar al cielo con astas de tragedia.

    Esgrímete.

    Toro en la primavera más toro que otras veces,
    en España más toro, toro, que en otras partes.
    Más cálido que nunca, más volcánico, toro,
    que irradias, que iluminas al fuego, yérguete.

    Desencadénate.

    Desencadena el raudo corazón que te orienta
    por las plazas de España, sobre su astral arena.
    A desollarte vivo vienen lobos y águilas
    que han envidiado siempre tu hermosura de pueblo.

    Yérguete.

    No te van a castrar: no dejarás que llegue
    hasta tus atributos de varón abundante,
    esa mano felina que pretende arrancártelos
    de cuajo, impunemente: pataléalos, toro.

    Víbrate.

    No te van a absorber la sangre de riqueza,
    no te arrebatarán los ojos minerales.
    La piel donde recoge resplandor el lucero
    no arrancarán del toro de torrencial mercurio.

    Revuélvete.
    Es como si quisieran arrancar la piel al sol,
    al torrente la espuma con uña y picotazo.
    No te van a castrar, poder tan masculino
    que fecundas la piedra; no te van a castrar.

    Truénate.

    No retrocede el toro: no da un paso hacia atrás
    si no es para escarbar sangre y furia en la arena,
    unir todas sus fuerzas, y desde las pezuñas
    abalanzarse luego con decisión de rayo.

    Abalánzate.

    Gran toro que en el bronce y en la piedra has mamado,
    y en el granito fiero paciste la fiereza:
    revuélvete en el alma de todos los que han visto
    la luz primera en esta península ultrajada.

    Revuélvete.

    Partido en dos pedazos, este toro de siglos,
    este toro que dentro de nosotros habita:
    partido en dos mitades, con una mataría
    y con la otra mitad moriría luchando.

    Atorbellínate.

    De la airada cabeza que fortalece el mundo,
    del cuello como un bloque de titanes en marcha,
    brotará la victoria como un ancho bramido
    que hará sangrar al mármol y sonar a la arena.

    Sálvate.

    Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate.
    Levanta, toro: truena, toro, abalánzate.
    Atorbellínate, toro: revuélvete.
    Sálvate, denso toro de emoción y de España.

    Sálvate.

    El hombre acecha (1937-39)


    MADRE ESPAÑA

       
    Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,
    con todas las raíces y todos los corajes,
    ¿quién me separará, me arrancará de ti,
    madre?

    Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará,
    si su fondo titánico da principio a mi carne?
    Abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa,
    ¡nadie!

    Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas
    donde desembocando se unen todas las sangres:
    donde todos los huecos caídos se levantan:
    madre.

    Decir madre es decir tierra que me ha parido;
    es decir a los muertos: hermanos, levantarse;
    es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo
    sangre.

    La otra madre es un puente, nada más, de tus ríos.
    El otro pecho es una burbuja de tus mares.
    Tú eres la madre entera con todo su infinito,
    madre.

    Tierra: tierra en la boca, y en el alma, y en todo.
    Tierra que voy comiendo, que al fin ha de tragarme.
    Con más fuerza que antes, volverás a parirme,
    madre.

    Cuando sobre tu cuerpo sea una leve huella,
    volverás a parirme con más fuerza que antes.
    Cuando un hijo es un hijo, vive y muere gritando:
    ¡madre!

    Hermanos: defendamos su vientre acometido,
    hacia donde los grajos crecen de todas partes,
    pues, para que las malas alas vuelen, aún quedan
    aires.

    Echad a las orillas de vuestro corazón
    el sentimiento en límites, los afectos parciales.
    Son pequeñas historias al lado de ella, siempre
    grande.

    Una fotografía y un pedazo de tierra,
    una carta y un monte son a veces iguales.
    Hoy eres tú la hierba que crece sobre todo,
    madre.

    Familia de esta tierra que nos funde en la luz,
    los más oscuros muertos pugnan por levantarse,
    fundirse con nosotros y salvar la primera
    madre.

    España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos
    de dolor y de piedra profunda para darme:
    no me separarán de tus altas entrañas,
    madre.

    Además de morir por ti, pido una cosa:
    que la mujer y el hijo que tengo, cuando pasen,
    vayan hasta el rincón que habite de tu vientre,
    madre.

    El hombre acecha (1937-39)


    Llegó con tres heridas

       
    Llegó con tres heridas:
    la del amor,
    la de la muerte,
    la de la vida.

    Con tres heridas viene:
    la de la vida,
    la del amor,
    la de la muerte.

    Con tres heridas yo:
    la de la vida,
    la de la muerte,
    la del amor.

    Cancionero y Romancero de ausencias (1938-41)
    Comtexto
    Interpretación de Joan Manuel Serrat


    Menos tu vientre

       
    Menos tu vientre,
    todo es confuso.
    Menos tu vientre,
    todo es futuro,
    fugaz, pasado
    baldío, turbio.
    Menos tu vientre,
    todo es oculto.
    Menos tu vientre,
    todo inseguro,
    todo postrero,
    polvo sin mundo.
    Menos tu vientre
    todo es oscuro.
    Menos tu vientre
    claro y profundo.

    Cancionero y Romancero de ausencias (1938-41)


    LA BOCA

       
    Boca que arrastra mi boca:
    boca que me has arrastrado:
    boca que vienes de lejos
    a iluminarme de rayos.
    Alba que das a mis noches
    un resplandor rojo y blanco.
    Boca poblada de bocas:
    pájaro lleno de pájaros.

    Canción que vuelve las alas
    hacia arriba y hacia abajo.
    Muerte reducida a besos,
    a sed de morir despacio,
    dando a la grana sangrante
    dos tremendos aletazos.
    El labio de arriba el cielo
    y la tierra el otro labio.

    Beso que rueda en la sombra:
    beso que viene rodando
    desde el primer cementerio
    hasta los últimos astros.
    Astro que tiene tu boca
    enmudecido y cerrado,
    hasta que un roce celeste
    hace que vibren sus párpados.

    Beso que va a un porvenir
    de muchachas y muchachos,
    que no dejarán desiertos
    ni las calles ni los campos.

    ¡Cuántas bocas enterradas,
    sin boca, desenterramos!

    Beso en tu boca por ellos,
    brindo en tu boca por tantos
    que cayeron sobre el vino
    de los amorosos vasos.
    Hoy son recuerdos, recuerdos,
    besos distantes y amargos.

    Hundo en tu boca mi vida,
    oigo rumores de espacios,
    y el infinito parece
    que sobre mí se ha volcado.

    He de volverte a besar,
    he de volver, hundo, caigo,
    mientras descienden los siglos
    hacia los hondos barrancos
    como una febril nevada
    de besos y enamorados.

    Boca que desenterraste
    el amanecer más claro
    con tu lengua. Tres palabras,
    tres fuegos has heredado:
    vida, muerte, amor. Ahí quedan
    escritos sobre tus labios.
    La basura diaria
    que de los hombres queda.

    Cancionero y Romancero de ausencias (1938-41)

    Comtexto
    Interpretación de Joan Manuel Serrat


    NANAS DE LA CEBOLLA

       
    La cebolla es escarcha
    cerrada y pobre:
    escarcha de tus días
    y de mis noches.
    Hambre y cebolla:
    hielo negro y escarcha
    grande y redonda.

    En la cuna del hambre
    mi niño estaba.
    Con sangre de cebolla
    se amamantaba.
    Pero tu sangre,
    escarchaba de azúcar,
    cebolla y sangre.

    Una mujer morena,
    resuelta en luna,
    derrama hilo a hilo
    sobre la cuna.
    Ríete, niño,
    que te tragas la luna
    cuando es preciso.

    Alondra de mi casa,
    ríete mucho.
    Es tu risa en los ojos
    la luz del mundo.
    Ríete tanto
    que en el alma, al oírte,
    bata el espacio.

    Tu risa me hace libre,
    me pone alas.
    Soledades me quita,
    cárcel me arranca.
    Boca que vuela,
    corazón que en tus labios
    relampaguea.

    Es tu risa la espada
    más victoriosa.
    Vencedor de las flores
    y las alondras.
    Rival del sol,
    porvenir de mis huesos
    y de mi amor.

    La carne aleteante,
    súbito el párpado,
    y el niño como nunca
    coloreado.
    ¡Cuánto jilguero
    se remonta, aletea,
    desde tu cuerpo!

    Desperté de ser niño.
    Nunca despiertes.
    Triste llevo la boca.
    Ríete siempre.
    Siempre en la cuna,
    defendiendo la risa
    pluma por pluma.

    Ser de vuelo tan alto,
    tan extendido,
    que tu carne parece
    cielo cernido.
    ¡Si yo pudiera
    remontarme al origen
    de tu carrera!

    Al octavo mes ríes
    con cinco azahares.
    Con cinco diminutas
    ferocidades.
    Con cinco dientes
    como cinco jazmines
    adolescentes.

    Frontera de los besos
    serán mañana,
    cuando en la dentadura
    sientas un arma.
    Sientas un fuego
    correr dientes abajo
    buscando el centro.

    Vuela niño en la doble
    luna del pecho.
    Él, triste de cebolla.
    Tú, satisfecho.
    No te derrumbes.
    No sepas lo que pasa
    ni lo que ocurre.

    Cancionero y Romancero de ausencias (1938-41)

    Comtexto
    Interpretación de Joan Manuel Serrat


    ¿Quién llenará este vacío?

       
    ¿Quién llenará este vacío
    de cielo desalentado
    que deja tu cuerpo al mío?

    Cancionero y Romancero de ausencias (1938-41)


    MUERTE NUPCIAL

       
    El lecho, aquella hierba de ayer y de mañana:
    este lienzo de ahora sobre madera aún verde,
    flota como la tierra, se sume en la besana
    donde el deseo encuentra los ojos y los pierde.

    Pasar por unos ojos como por un desierto:
    como por dos ciudades que ni un amor contienen.
    Mirada que va y vuelve sin haber descubierto
    el corazón a nadie, que todos la enarenen.

    Mis ojos encontraron en un rincón los tuyos.
    Se descubrieron mudos entre las dos miradas.
    Sentimos recorrernos un palomar de arrullos,
    y un grupo de arrebatos de alas arrebatadas.

    Cuanto más se miraban más se hallaban: más hondos
    se veían, más lejos, y más en uno fundidos.
    El corazón se puso, y el mundo, más redondos.
    Atravesaba el lecho la patria de los nidos.

    Entonces, el anhelo creciente, la distancia
    que va de hueso a hueso recorrida y unida,
    al aspirar del todo la imperiosa fragancia,
    proyectamos los cuerpos más allá de la vida.

    Espiramos del todo. ¡Qué absoluto portento!
    ¡Qué total fue la dicha de mirarse abrazados,
    desplegados los ojos hacia arriba un momento,
    y al momento hacia abajo con los ojos plegados!

    Pero no moriremos. Fue tan cálidamente
    consumada la vida como el sol, su mirada.
    No es posible perdernos. Somos plena simiente.
    Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.

    Otros Poemas


    CORRIDA REAL

       
    Cartel
    Gabriel de las imprentas:
    yedra cuadrangular de las esquinas,
    cuelga, anuncia sonrisas presidentas,
    situaciones taurinas.
    Un sol de propaganda, el sol posible
    nada más, asegura,
    jura para tal día.
    Y un toro de pintura,
    el más viudo y varonil terrible
    que halló el pintor en su ganadería,
    a un sombrero amenaza,
    del gozo espectador seña presunta,
    con una doble punta
    de cornadas que nunca desenlaza.

    Plaza
    Corro de arena: noria
    de sangre horizontal y concurrencia
    de anillos: sí, ¡victoria!
    de la circunferencia.
    Palcos: marzos lluviosos de mantones
    nutridos de belleza deseada.
    Acometividad de los tendidos:
    por las curvas, si no por los silbidos,
    humanos culebrones
    ordenan su inquietud de grada en grada.
    Sol y sombra en el ojo y el asiento:
    avispas de momento.
    A los toriles, toros,
    al torero le exigen el portento
    y caballos de más al as de oros.

    Toro
    Copiosa de azagayas,
    provisión de furores,
    urgentes tras los cuernos,
    recomiendan clarines
    a una arena sin playas,
    era de resplandores
    con parva de carmines
    manejables y alternos.

    Toro y caballos
    Si las peinas elevan las mantillas,
    si las mantillas damas,
    si las damas elevan -¡banderillas! -
    las masculinas bramas,
    el negro toro, luto articulado
    y tumba de la espada,
    caballos sólo ciegos por el lado
    por que habrán de morir, y picadores,
    hacen casi celestes, si las varas
    sus obstinados carmesís mayores.

    Toro y banderillero
    Pródigas en papeles, pero avaras
    en longitud y acero,
    la presencia corriente del arquero
    citan, si su atención anteriormente,
    verdes prolongaciones y amarillas.
    Pero el banderillero,
    gracia, sexo patente,
    si lo busca de frente,
    en primorosos lances
    curvo, para evitar rectos percances,
    de pronto lo rehúsa,
    palco de banderillas,
    que martrimonia en conjunción confusa.

    Toro y peón
    Huyendo de las cóleras mortales,
    sin temor a lucir su mucho miedo,
    tablas para el peligro pide al ruedo,
    redondos salvavidas terrenales;
    mientras el toro alza
    la que su frente calza
    aviesa media vuelta
    más caliente, más pita y más esbelta.

    Toro y torero
    Profesando bravura sale y pisa
    graciosidad su planta:
    la luz por indumento, por sonrisa
    la beldad fulminante que abrillanta.
    Sol se ciega al mirarlo.

    Galeote
    de su ciencia, su mano y su capote, fluye el toro detrás de sus marfiles.
    Concurren situaciones bellas miles
    en un solo minuto
    de valor, que induciendo está a peones
    a la temeridad como tributo
    de sus intervenciones.  
    Se arrodilla, implorante valentía,
    y como al caracol, el cuerno toca
    a éste, que en su existencia lo hundiría
    como en su acordeón los caracoles.
    La sorda guerra su actitud provoca 
    de la fotografía.
    Puede ser sonreír, en ese instante
    crítico, un devaneo;
    un trágico desplante,
    -¡ay, temeraria luz, no te atortoles! -,
    hacer demostraciones de un deseo.
    Heroicidad ya tanta,
    música necesita:
    y la pide la múltiple garganta,
    y el juzgador balcón las facilita.
    Muertes intenta el toro, el asta intenta
    recoger lo que sobra de valiente
    al macho en abundancia.
    ¡Ya! casi experimenta
    heridas el lugar sobresaliente
    de aquel sobresaliente de arrogancia.
    ¡Ya! va a hacerlo divino.
    ¡Ya! en el tambor de arena el drama bate...
    Mas no: que por ser fiel a su destino,
    el toro está queriendo que él lo mate.
    Enterrador de acero,
    sepulta en grana el arma de su gloria,
    tan de una vez certero
    que el toro, sin dudar en su agonía,
    le da para señal de su victoria
    el miembro que aventó moscas un día,
    mientras su muerte arrastran cascabeles.
    -¡Se ha realizado! el sol que prometía
    el pintor, si la empresa, en los carteles.

    Otros Poemas


    VUELO

       
      Sólo quien ama vuela. Pero ¿quién ama tanto
    que sea como el pájaro más leve y fugitivo?
    Hundiendo va este odio reinante todo cuanto
    quisiera remontarse directamente vivo.
    Amar... Pero ¿quién ama? Volar... Pero ¿quién vuela?
    Conquistaré el azul ávido de plumaje,
    pero el amor, abajo siempre, se desconsuela
    de no encontrar las alas que da cierto coraje.
    Un ser ardiente, claro de deseos, alado,
    quiso ascender, tener la libertad por nido.
    Quiso olvidar que el hombre se aleja encadenado.
    Donde faltaban plumas puso valor y olvido.
    Iba tan alto a veces, que le resplandecía
    sobre la piel el cielo, bajo la piel el ave.
    Ser que te confundiste con una alondra un día,
    te desplomaste otros como el granizo grave.
    Ya sabes que las vidas de los demás son losas
    con que tapiarte: cárceles con que tragar la tuya.
    Pasa, vida, entre cuerpos, entre rejas hermosas.
    A través de las rejas, libre la sangre afluya.
    Triste instrumento alegre de vestir: apremiante
    tubo de apetecer y respirar el fuego.
    Espada devorada por el uso constante.
    Cuerpo en cuyo horizonte cerrado me despliego.
    No volarás. No puedes volar, cuerpo que vagas
    por estas galerías donde el aire es mi nudo.
    Por más que te debatas en ascender, naufragas.
    No clamarás.  El campo sigue desierto y mudo.
    Los brazos no aletean. Son acaso una cola
    que el corazón quisiera lanzar al firmamento.
    La sangre se entristece de batirse sola.
    Los ojos vuelven tristes de mal conocimiento.
    Cada ciudad, dormida, despierta loca, exhala
    un silencio de cárcel, de sueño que arde y llueve
    como un élitro ronco de no poder ser ala.
    El hombre yace. El cielo se eleva. El aire mueve.

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